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Etiqueta: libertad

El precio de la libertad es la eterna vigilancia, que no se nos olvide

Hace cuarenta y cinco años en España sólo había dos canales de televisión, y ambos eran públicos (TV1 y TV2), el número de diarios de papel conocidos en España se contaban con los dedos de una mano (en total, incluyendo nacionales, regionales y locales, el número no superaba la cuarentena), y lo mismo ocurría con el número de cadenas de radio. Eso, con los rumores, eran los medios de que disponía la gente para informarse. Y toda esa información no estaba almacenada en un mismo sitio, acceder a ella era costoso y requería mucho tiempo.

A cualquiera que le preguntes te dirá que la situación, hoy, es infinitamente mejor en lo que al derecho de información (y su otra cara de la moneda: libertad de expresión) se refiere: cualquiera puede hoy escribir, o grabar, casi con cualquier otro aparato, fácil de adquirir, y barato, en cualquier momento y sin dificultad (todo un sueño hasta para los James Bond de hace sólo un par de décadas); ese escrito o grabación se puede subir a la red en segundos, también  de manera gratuita y sin apenas dificultad, y con ello hacerlo accesible a miles de millones de personas, pudiendo, de hecho, monetizar las visitas y hacer de esas publicaciones un medio de vida.

Así, son millones las webs a las que uno puede acceder con un click desde su casa, o el número de canales que hay en las principales plataformas de vídeo, y miles de millones el número de publicaciones, de todo tipo, recientes y no tan recientes, almacenadas pero disponibles. El problema, dicen, no es ya la dificultad y el coste de acceder a la información, sino las dificultades de discriminar ante tanto dato a nuestro alcance.

Pero la cosa no es tan maravillosa como parece y existen nubes en el horizonte del derecho a la información que no deberíamos obviar. Y no sólo por las amenazas del poder político (estas últimas semanas hemos visto cómo se tramita una reforma del Reglamento del Congreso de los Diputados para crear un Consejo Consultivo de Comunicación Parlamentaria que regule la concesión y renovación de las credenciales de  periodistas, fijando los requisitos y las sanciones que a los mismos puedan imponerse). También por otras circunstancias de las que también hemos tenido, estos días, ejemplos curiosos.

El analista político InfoVlogger, por ejemplo, con cientos de miles de seguidores, ha sido expulsado del Programa para Partners de Youtube (propiedad de Google), lo que le impide seguir monetizando sus vídeos en dicha plataforma, unos vídeos muy críticos con los partidos mayoritarios y con los medios de comunicación de masas; el blog Missa in Latino, uno de los sitios más influyentes del mundo en el ámbito del pensamiento católico tradicional, ha sido bloqueado por la plataforma Blogger, propiedad también de Google, a pesar de haberse destacado por algo tan aparentemente inocuo como defender la liturgia católica tradicional, reprobar decisiones vaticanas y ser crítico con los obispos. Dos “publicadores” muy distintos, dedicados a materias muy diversas, con estilos diferentes…

Se me dirá que las empresas privadas deben ser libres, que cada uno en su casa debe poder hacer lo que quiera, que son dos anécdotas descontextualizadas y de las que no doy más datos, etc… y se me dirá, seguramente, bien.

Decíamos al principio del artículo que a principio de los años 80 sólo había dos canales de televisión, un puñado de periódicos y otro puñado de cadenas de radio. Hoy la situación es infinitamente mejor, pero ¿cuántas son las principales empresas -con cuota de mercado significativas- que ofrecen servicios “en la nube”, ya sea infraestructura como servicio (IaaS), plataforma como servicio (PaaS), o software como servicio (SaaS)? O, aterrizando esos conceptos -y siglas- tan abstrusos: ¿cuántos son los motores de búsqueda que utiliza el grueso de los usuarios de internet? ¿Cuántas son las plataformas utilizadas masivamente para subir, ver y compartir vídeos, o alojar blogs? ¿Cuántas son las aplicaciones de mensajería instantánea realmente utilizadas por la mayoría? ¿Y de redes sociales?

El efecto red, los fuertes requisitos de capital, las economías de escala, el apalancamiento operativo etc. ayudan a que se hayan creado esos gigantes -de capital privado, no digo que no-, un puñado de los cuales son líderes en varias de las líneas de negocio señaladas en el párrafo anterior…  Pero también contribuye nuestro deseo de no complicarnos la vida. Nos hemos echado una soga al cuello que no es nuestra y sobre la que no tenemos ningún control; hasta ahora no nos han apretado demasiado, al menos, que nos hayamos dado cuenta; muy posiblemente nunca lo hagan, ojalá, pero si en algún momento les da por hacerlo, tendremos un problema.

Estamos mejor que hace cuarenta años, es evidente, pero no tan bien como para poder estar tranquilos; y, a pesar de ello, quizás por el contraste, nos sentimos totalmente seguros. Qué ocurriría si a los mandamases de las seis o siete grandes tecnológicas les da por considerar -ya sea motu proprio, ya sea por “recomendación” de los políticos, o por ensoñaciones de una noche de verano- a los liberales gente que incita al odio -contra los políticos, por ejemplo-, y “bloquean” las búsquedas, las webs, los blogs, los canales, en definitiva, de nuestros referentes… y quien dice a los liberales, dice a cualquier otro colectivo; lo han hecho hasta con un blog dedicado a defender la liturgia tradicional católica, precisamente porque promovía “discurso de odio”, y quizás lo has promovido, puede ser, todo depende, y dependerá, de la sensibilidad y criterio de quien tenga que juzgar lo que es “odio”.

Algunos dirán: “no lo pueden hacer, sería antieconómico”. Y seguramente lo sería; pero también es antieconómico el socialismo, y ahí estamos. Por eso deberíamos mantener abiertas alternativas, aunque sea más caro y menos eficiente… aunque sólo sea por “si acaso”.

Decían los Padres Fundadores de EE.UU. que “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”. Pues eso.

Don Miguel Anxo Bastos: Un Pilar del Anarcocapitalismo Contemporáneo

Introducción

En el ámbito del anarcocapitalismo, una filosofía política que aboga por la eliminación total del estado en favor de un mercado completamente libre, Don Miguel Anxo Bastos se destaca como una figura central. Este post se dedica a explorar su considerable contribución a esta corriente de pensamiento, destacando su influencia y aportaciones clave.

Inicios y Trayectoria Académica

Miguel Anxo Bastos es un académico español cuya carrera ha estado profundamente arraigada en el estudio de la política y la economía. Con un enfoque particular en la teoría anarcocapitalista, ha enseñado en varias instituciones prestigiosas, inspirando a innumerables estudiantes con sus ideas innovadoras y su enfoque crítico del papel del estado en la sociedad.

El Anarcocapitalismo: Una Visión de Libertad

Bastos ha contribuido significativamente a la promoción del anarcocapitalismo. Sus trabajos y conferencias han sido fundamentales para explicar cómo una sociedad sin estado podría funcionar, basándose en principios de libre mercado y propiedades privadas. Argumenta que en un entorno sin intervención estatal, las interacciones voluntarias y los contratos entre individuos serían la base de la organización social y económica.

Críticas al Estado y Defensa de la Libertad Individual

Una parte esencial del trabajo de Bastos es su crítica al estado y su defensa de la libertad individual. Argumenta que el estado, en todas sus formas, es inherentemente coercitivo y limita la libertad personal. Su visión es que la eliminación del estado conduciría a una mayor libertad, innovación y prosperidad, permitiendo a los individuos vivir en una sociedad regida por el libre acuerdo y la cooperación voluntaria.

La Teoría del Orden Espontáneo

Bastos es un firme defensor de la teoría del orden espontáneo, que sostiene que el orden en la sociedad puede surgir naturalmente sin la necesidad de una autoridad central. En sus escritos y conferencias, ha explicado cómo los sistemas de libre mercado pueden autorregularse y proporcionar soluciones más eficientes y justas que las impuestas por un gobierno central.

Impacto y Legado en el Pensamiento Anarcocapitalista

El impacto de Bastos en el pensamiento anarcocapitalista es considerable. Ha sido una voz influyente en el debate sobre el papel del estado, la economía y la sociedad. Su capacidad para combinar la teoría económica con la filosofía política ha hecho que sus ideas sean accesibles a un público amplio, extendiendo el alcance del anarcocapitalismo más allá de los círculos académicos.

El Futuro del Anarcocapitalismo

Mirando hacia el futuro, Bastos continúa siendo una figura clave en la evolución del anarcocapitalismo. Su trabajo no solo se centra en la crítica al estado, sino también en la exploración de alternativas viables y prácticas para sistemas sociales y económicos basados en principios anarcocapitalistas. Su enfoque en el análisis práctico y teórico sigue siendo esencial para el desarrollo de esta corriente de pensamiento.

Conclusión

Don Miguel Anxo Bastos ha jugado un papel crucial en la promoción y el desarrollo del anarcocapitalismo. Su enfoque en la crítica al estado y la defensa de la libertad individual, junto con su apoyo a la teoría del orden espontáneo y su impacto en la educación y el debate público, lo establecen como una figura imprescindible en este campo. Su legado y su trabajo continúan inspirando a aquellos que buscan entender y promover una sociedad basada en la libertad y la cooperación voluntaria.

Javier Milei: Un baluarte de la libertad

Introducción

En el panorama contemporáneo de los defensores de la libertad, Javier Milei se erige como una figura destacada. Este post pretende explorar las contribuciones de Milei en la promoción y defensa de las ideas de libertad, destacando su pensamiento y acciones en este ámbito.

Trayectoria y Compromiso con la Libertad

Javier Milei no es solo un pensador, sino un activista cuya vida ha estado dedicada a la causa de la libertad. Desde sus primeros días como estudiante, mostró un interés profundo en la filosofía de la libertad, estudiando y difundiendo las ideas de autores clásicos como John Stuart Mill y Friedrich Hayek. Su compromiso no se limitó al ámbito académico; se involucró activamente en movimientos sociales y políticos que promovían la libertad individual y el libre mercado.

Innovación y Libertad

Una de las contribuciones más significativas de Milei ha sido su enfoque en la relación entre innovación y libertad. Argumenta que la libertad es un catalizador esencial para la innovación y el progreso. En su obra “Innovar para la Libertad”, Milei explica cómo un entorno de libertad permite a los individuos explorar y desarrollar nuevas ideas, lo que a su vez conduce a avances tecnológicos y sociales.

Educación y Libertad

Otro aspecto clave en el pensamiento de Milei es el papel de la educación en la promoción de la libertad. Aboga por un sistema educativo que no solo transmita conocimientos, sino que también inculque un espíritu crítico y un aprecio por la libertad individual. Su trabajo en este campo ha incluido tanto la teoría como la práctica, colaborando con instituciones educativas para desarrollar programas que fomenten el pensamiento independiente.

Libertad y Responsabilidad Social

Milei también ha enfocado su atención en la intersección entre la libertad y la responsabilidad social. Contrario a la idea de que la libertad conduce al egoísmo, Milei sostiene que una verdadera comprensión de la libertad implica un compromiso con el bienestar de los demás. En su libro “Libertad y Comunidad”, explora cómo los individuos pueden ejercer su libertad de manera responsable, contribuyendo al bienestar colectivo.

Desafíos Contemporáneos para la Libertad

En el mundo actual, Milei identifica varios desafíos que enfrenta la libertad. Desde el autoritarismo hasta el exceso de regulaciones, argumenta que la libertad está siendo erosionada en múltiples frentes. Su labor consiste en señalar estos problemas y proponer soluciones basadas en los principios de la libertad individual y el respeto a los derechos.

Conclusión

Javier Milei se destaca como un defensor incansable de la libertad. Su enfoque holístico, que abarca desde la educación hasta la innovación, y su compromiso con la responsabilidad social, lo convierten en una voz esencial en el discurso sobre la libertad en nuestros tiempos. Su trabajo y su vida son un testimonio del poder y la importancia de la libertad en la sociedad contemporánea.

La virtud de la libertad frente a sus distorsiones

La libertad es una virtud ligada a la esencia misma del ser humano y sobre cuya base se construye una idea intrínseca del hombre que lo hace un ser social y un ser político, esto es, sujeto de derechos, deberes y garantías frente al Estado. La libertad entendida, por supuesto, no desde el punto de vista de la división social entre hombres ‘libres’ y esclavos carentes de tal virtud en el sentido clásico, sino como la característica que le otorga al ser humano su facultad de ser integrante de la sociedad y cuya vida la construye de forma autónoma, según su proyecto vital. Esto es, la libertad como virtud o facultad de un individuo comprendido como parte de un grupo social y no fuera de él y, por tanto, dentro del marco de los derechos y deberes de los otros sujetos, que desarrolla su vida bajo la prescripción de la ley y no excluido o redimido en ella. 

El concepto de libertad como derecho y reconocimiento en la sociedad y frente al poder público, en consecuencia, genera certidumbre a las personas y les permite prosperar de acuerdo con sus aspiraciones y construir sus relaciones con los otros, con los que comparte un entorno sea cual fuese: familiar, laboral, social, cultural.

En ese sentido, en el contexto en el cual vivimos hoy, es preciso detenernos en la propuesta de ‘libertad’ que plantean algunos grupos en su intento de disfrazar sus intenciones en la búsqueda de mensajes que los proyecte como los verdaderos defensores de los derechos de los ciudadanos y de su libertad.

Frente al concepto correcto de los liberales que apelan a una idea de libertad individual y negativa, entendida como la virtud que termina donde empieza la de los demás, el marxismo clásico, inspirado en los ideales del filósofo alemán, usan tal concepto como justificación y no como garantía, es decir, creen en una libertad comunitaria y positiva, donde los individuos deban someterse en primer término a la masa y cuya libertad se vea delimitada en la medida en que esa colectividad se lo permita. Se trata de una imposición más que un derecho reconocido por los otros.

Hoy somos testigos de cómo el comunismo y el ‘socialismo real/extremo’ presentan una línea de continuidad entre el concepto marxista de libertad y los resultados nefastos para la humanidad que han significado en la práctica. Vemos cómo distintos partidos políticos y sus portavoces alzan banderas vinculadas a una ‘ausencia de derechos’ o a la insatisfacción de las demandas presentes en la sociedad para calar un mensaje radical que pretende, en última instancia, dividir a la sociedad y desgastar las instituciones.

En ese sentido, resulta curioso que sean los partidos políticos de corte populista o de extrema izquierda quienes propongan la ‘democracia participativa’ como la solución a los problemas que presenta la democracia liberal como institución, si es que consideramos que tiene, verdaderamente, flecos que resolver en cuanto a sistema y en cuanto a forma de gobierno. Si tenemos en cuenta que la democracia presenta algunos fallos, la resolución de ellos no viene dado por un cambio de orden procedimental, ni de cambio radical del sistema que haga que la democracia, como forma de gobierno tal y como hoy la conocemos, deje de existir.

Para ello, en las democracias occidentales emergen partidos políticos que proponen un cambio radical del esquema político, promoviendo entre otras cuestiones, una mayor participación o un control social de la ciudadanía, amparándose en el paradigma ateniense de democracia antigua, la cual se acercaba a este funcionamiento, en el que los ciudadanos de la Polis ejercían una gran parte de sus derechos políticos de forma directa. Pero la verdadera diferencia con nuestros días radica en la idea ya no del número de ciudadanos que ejercían esos derechos ni el tamaño de los Estados (mucho más reducidos en todos lo términos que los actuales), ni en las formas de estructura social, como la esclavitud, sino en la idea de libertad que entonces existía y la que hoy tenemos los ciudadanos modernos en las democracias occidentales.

En ese sentido, los portavoces de dichos partidos se amparan en la necesidad de que la ciudadanía tome las decisiones de la política cotidiana a través de asambleas o referéndums, procesos que no están exentos de vicios cuando la intención es transformar las decisiones políticas en decisiones de orden social y cuando se reemplaza el esquema de representación por el de cabildo abierto.

Cierto es que el régimen democrático no es perfecto y no está exento de mejoras que se deben llevar a cabo de forma progresiva cuando sea necesario. No obstante, la solución no pasa por reemplazar la democracia liberal, tal y como hoy la conocemos, por el de la democracia popular o asamblearia, llamada así en los países con regímenes populistas-autoritarios.

‘Los Límites de la Libertad’ y los límites de la propiedad

Los Limites de la Libertad” es el título de un provocador ensayo del economista premio Nobel James M. Buchanan. En él, se plantea una teoría descriptiva sobre la aparición del Estado, utilizando en algunos momentos herramientas familiares a los economistas neoclásicos.

Según Buchanan, partiendo de una situación que él califica de anárquica, es en beneficio de los individuos dotarse de normas consensuadas, de forma que puedan tener una mayor certidumbre en el ejercicio de sus libertades/derechos. El análisis que hace es de equilibrio, considerando la existencia de unos costes de defensa de esas libertades que se verían muy reducidos en caso de haberse acordado una norma constitucional. Así pues, es beneficioso para un creciente número de individuos formar parte de esa comunidad constitucional, que dará lugar a lo que más adelante Buchanan llama “anarquía ordenada”.

Buchanan asume que tiene que haber un Estado que haga cumplir las normas constitucionales acordadas. No solo eso, como también asume la existencia de bienes públicos, precisa de un Estado productor que los genere, cuyas normas también habrán de acordarse en el acuerdo constitucional. Y a partir de aquí se embarca en un análisis que no resultará nada sorprendente a los conocedores de la teoría de la Regulación de Mises, ya que, a base de incorporar “imperfecciones” al modelo, llega a la conclusión de que ese Estado va a cercenar las libertades de los individuos, a transformarse en el temido y previsible Leviathan de Hobbes, y a devolvernos a esa situación de anarquía caótica de la que habíamos pretendido salir con el acuerdo constitucional. La diferencia con la anarquía caótica original es que ahora la incertidumbre en nuestras relaciones la causa el creciente poder del Estado.

En todo caso, como digo, nada de este último análisis resulta sorprendente al economista austriaco ni al anarcocapitalista. Sí puede resultar más chocante la exigencia de que se tenga que llegar a un acuerdo, el constitucional, para el respeto a los derechos de propiedad. ¿No existen, por tanto, los derechos de propiedad absoluta, que parece preconizar Rothbard en su “For a new Liberty[1]?

La idea de Rothbard es ciertamente atractiva, sobre todo desde el punto de vista de eficiencia económica. Sin embargo, cuando se lleva al terreno práctico, hay que preguntarse qué significa eso de los derechos absolutos, y aquí es donde Buchanan expone sus dudas. Claro, mientras no haya contacto con otros individuos (quizá mejor hablar de tribus, para describir un escenario históricamente más realista) nadie va a discutir el derecho absoluto a la propiedad que uno tiene.

Los problemas ocurren cuando se entra en contacto con otro individuo/tribu que no reconoce tal derecho, ni tiene por qué hacerlo. A bote pronto, se abren dos posibilidades básicas para defender el derecho: el recurso a la violencia para su protección, o el debate tratando de convencer al interlocutor de que reconozca el derecho de propiedad (usando los argumentos éticos propuestos por Rothbard, por ejemplo).

Supongo que históricamente se habrán usado ambas posibilidades, en numerosísimas ocasiones la primera. Lo que Buchanan añade es que esta opción, la de la violencia, nos sitúa en un escenario de incertidumbre permanente en que los costes de defender los derechos de propiedad son muy grandes. Por ello, superados ciertos umbrales, puede ser más eficiente para ambas partes respetarse mutuamente los derechos adquiridos. O, mejor dicho, negociar las condiciones para que se produzca este mutuo respeto, sin dar por asumido el status quo inicial, que puede quedar alterado como consecuencia de la negociación.

Solo después de esta negociación constituyente, que seguramente tenga que ser expresa, se puede hablar ya de normas de convivencia (entre los individuos/tribus que la acuerdan), en particular, de derechos de propiedad, y ya entraríamos a jugar con todo el análisis económico.

Los derechos de propiedad que dimanan de tal constitución podrán, o no, ser absolutos en el sentido de Rothbard. Es bastante posible que alguna o las dos tribus constituyentes hayan tenido que hacer cesiones para llegar al acuerdo de respetarse. A lo mejor han tenido que ceder parte de los bienes que consideraban suyos en el tiempo preconstitucional; o a lo mejor han tenido que aceptar una reducción en lo que pueden hacer con sus bienes, como coste a pagar a cambio de obtener el beneficio de la certidumbre. Es fácil imaginar casos: si una tribu ha adquirido pre-constitucionalmente todo el territorio con manantiales de agua, será muy difícil que las otras tribus le reconozcan esa propiedad en términos absolutos: les tendrá que dar algún tipo de derecho de uso. La alternativa será seguir en el ámbito anárquico caótico, con el coste que ello puede tener. Si las otras tribus abusan de sus exigencias, el balance coste-beneficio puede cambiar, y a lo mejor se prefiere mantenerse en la anarquía caótica (sin normas).

Así pues, es claro que los derechos de propiedad, como cualquier otra norma de convivencia, quedan sometidos a un proceso espontáneo hayekiano de descubrimiento. Su definición dependerá en cada momento de las necesidades que tenga la sociedad, y pueden variar con sus preferencias, creencias, tecnología, entorno natural… Y ningún derecho de propiedad así creado se puede considerar moral o éticamente superior a otro, pues está informado por la moral y ética que tenga cada sociedad[2]. Si las tribus primigenias tenían todo en común, o si un grupo en la actualidad decide que constituirse en comuna, ¿es ética o moralmente inferior al anarco-capitalismo[3]?

No creo que se pueda responder que sí, aunque Rothbard parece hacerlo. En todo caso, si se deja la ética aparte, aún tenemos el análisis económico para analizar cuál solución de derechos de propiedad es más eficiente a la hora de resolver las necesidades de los seres humanos. Y aquí sí parece claro que la definición precisa de los derechos de propiedad para evitar externalidades, por un lado, y la ausencia de límites sobre el uso de la propiedad al propietario, por otro, incrementan la eficiencia del mercado, la generación de recursos, la riqueza, las posibilidades de supervivencia y, seguramente, la felicidad de la sociedad que se haya constituido con este tipo de derechos.

En resumen, y tratando de conciliar a Buchanan con Rothbard:

  1. Los límites a la libertad/derechos de propiedad son necesarios para que una sociedad pueda funcionar y convivir. Los derechos absolutos de propiedad solo tienen sentido en la autarquía; en cuanto convivimos con terceros, necesitamos que se reconozcan tales derechos para no estar en conflicto constante.
  2. En la medida en que los derechos de propiedad que se otorgue la sociedad sean más próximos al ideal absoluto rothbardiano, mejores serán las perspectivas de supervivencia y bienestar de dicha sociedad, sin que ello implique que sea moral o éticamente superiores.
  3. En ningún caso cabe aceptar el positivismo en la definición de dichos derechos de propiedad. O bien irían contra la eficiencia económica sin tener sustrato moral; o bien, si se imponen derechos absolutos de propiedad cuando la sociedad ha optado por no otogárselos, atacarían la moral de la sociedad a cambio de una mayor eficiencia.

[1] Ver página 39: “Absolute right to private property of every man: first, in his own body (right of self-ownership), and second, in the previously unused natural resources which he first transforms by his labor (right to “homestead”).

[2] Ojo, no se puede decir lo mismo si introducimos normas positivas que no derivan de un proceso espontáneo, sino de su promulgación por terceros.

[3] Sobre la superioridad moral de una sociedad a otra conviene leer “The righteous Mind”, de Jonathan Haidt.

La emergencia de Cuba

América Latina es un continente marcado, con algunas excepciones, por la inestabilidad política y por las tentaciones autoritarias de dirigentes circunstanciales que aprovechan las crisis de orden económico, social o político, para impulsar sus proyectos totalitarios a lo largo y ancho del subcontinente. Estas ideologías, marcadas por las corrientes del proteccionismo, la estatización y el cooperativismo están vinculadas, a su vez, a la mala praxis de una realidad de la que adolece constantemente la región: la corrupción, la desigualdad social, la pobreza y la ausencia de instituciones fuertes son algunos de los elementos que facilita el arribo de caudillos populistas, la versión contemporánea del totalitarismo de antaño.

No obstante, existe en el continente un ejemplo paradigmático de la resistencia comunista del siglo pasado que desde sus inicios intentó cruzar sus fronteras. Lo logró en los casos venezolano y nicaragüense y su influencia transciende a toda la región. La dictadura de los Castro en Cuba lleva en el poder desde el 1959, año en que Fidel Castro asume la jefatura de la nación después del golpe militar-guerrillero contra Fulgencio Batista. Desde entonces, el régimen autoritario de Fidel sobrevivió a las denuncias permanentes del mundo libre e incluso al fracaso de la Unión Soviética en 1991.

En el mundo sólo quedan dos países de gobiernos totalitarios con economías de carácter marxista: Cuba y Corea del Norte. El gobierno cubano es considerado como una de las dictaduras totalitarias más restrictivas e iliberales que siguen vigentes desde el siglo pasado y el último reducto en el mundo que preserva el modelo ideológico marxista, anticapitalista y antiimperialista. Su posicionamiento sigue una estrategia geopolítica que pretende impulsar su proyecto por una razón fundamental: la subsistencia del régimen y de sus allegados. Más allá de las consideraciones ideológicas que guardan en su asidero las líneas del autoritarismo comunista que caracterizó el desprecio de la libertad en las comunistas China o Rusia, la idea es desestabilizar los sistemas democráticos del continente.

El proyecto multinacional se extendió con el Foro de Sao Pablo a partir de 1990 cuando el régimen castrista entendió, tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso de la URSS, que la conquista del poder ya no cabría a través de la lucha armada o la revolución socialista, sino por medio de la movilización social y la pugna electoral que permite la democracia como sistema de gobierno. Entonces, su razonamiento se escuda bajo la lógica del secuestro de las instituciones públicas y los poderes del Estado por medios pacíficos.

La estrategia continúa vigente y sigue los mismos pasos de los cuales la región ha sido testigo las ultimas décadas. El ejemplo más lúcido del caos e inestabilidad que siembra el régimen cubano más allá de sus fronteras es Venezuela, un país destruido en menos de veinte años por el comunismo, la persecución y la hambruna.

Pero el aparato ideológico ejercido desde La Habana no se limita a hechos temporales u oportunidades circunstanciales para mantener al régimen vivo, como ocurre con el caso venezolano, el fin último es que la ‘revolución socialista’ como hacía referencia Castro, se extrapole a otros escenarios más complejos. Los últimos meses hemos sido testigos de los acontecimientos ocurridos en Chile, Colombia o Perú. En caso de chileno, a pesar de que el país logró estándares sobresalientes en términos económicos y de desarrollo y además de ser uno de los países de la región más libres en cuanto a derechos políticos y sociales, cuenta con las instituciones más fuertes en términos de lucha contra la corrupción e independencia de los poderes del Estado, incluido el sistema judicial, las protestas desentrañaron una idea adversa a los avances conseguidos hasta hoy. Eso demuestra, además, la importancia de articular estrategias para comunicar los éxitos obtenidos en la gestión pública. No basta con obtener buenos resultados en términos de crecimiento, desarrollo y desempeño social si no se transmiten con contundencia y se gana el relato en el debate político.

Perú y Colombia son otros casos recientes, donde el mensaje de la izquierda más radical del continente supo ganarse el relato e imponerlo. Como consecuencia de ello, en Perú asumirá la presidencia un maestro rural vinculado al maoísmo de la sierra peruana que defiende sin tapujos la ‘democracia venezolana’ y en Colombia, que vive a la sombra de una de las guerrillas más oscuras de la historia latinoamericana, repunta en las últimas encuestas el senador Gustavo Petro, íntimo aliado de los gobiernos populistas que azotan a la región y simpatizante de la dictadura castrista.

No es baladí pensar que, tras todas estas movilizaciones y apariciones no casuales de líderes formados bajo la estela autoritaria de Cuba, se encuentren intereses trasnacionales que pretenden desestabilizar a toda la región. Se suman a la lista ejemplos paradigmáticos del retorno de viejos caudillos como Evo Morales en Bolivia y sus prácticas autoritarias o Daniel Ortega que pretende perpetuarse en el poder en Nicaragua, a costa de la persecución a la oposición política y a la ciudadanía disidente.  

Pero, a pesar de décadas de la dictadura más dura y las amenazas del dictador de turno, Díaz Canel, en Cuba aparecen protestas nada habituales contra el régimen, bajo las consignas de ‘Patria y Vida’, ‘libertad’, ‘no tenemos miedo’ o ‘muera el comunismo’. Gritos que no tienen que ver con algún tipo de injerencia extranjera –como el régimen pretende justificar sin pruebas–, demuestran el hastío de la población y encienden una chispa inevitable, algo que pocos se imaginaban considerando la raigambre totalitaria que el régimen construyó durante décadas.

No obstante, si bien las manifestaciones son una muestra ineludible del desgaste del régimen y del despertar social, las transiciones suelen ser traumáticas y tal como lo expresó el dictador Díaz Canel “tienen que pasar por encima de nuestros cadáveres si quieren enfrentar a la revolución (…) estamos dispuestos a todo y estaremos en la calle combatiendo”. En efecto, sabemos a lo que están dispuestos porque son hijos de aquel revolucionario, mal estratega y cobarde que dijo en su mensaje a la Tricontinental en 1967: “el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Era la cara cruel del Che Guevara, ese rostro que el castrismo intentó ocultar durante años y que muchos ignoran hasta hoy.

Lo cierto es que el gobierno de La Habana está preocupado y llegarán hasta las últimas consecuencias con el objetivo de conservar el poder. El resultado final puede demorar mucho tiempo. La región latinoamericana ha vivido constantemente a expensas y bajo la influencia del régimen castrista, cuyas consecuencias han sido nefastas para la democracia y la libertad de países como Venezuela, Nicaragua o Bolivia. Cuando la dictadura comunista de Cuba llegue a su fin podremos pensar en una nueva oportunidad para la democracia en la región, aunque ello implique dejar a muchos desamparados sin templo ni religión en todo el mundo. No será tarea sencilla, pero remitámonos a la historia: en 1987 nadie se imaginaba que el Muro de Berlín caería solo dos años después.

Elogio a los que dan la cara

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido”, Gramsci.

Vivir en libertad no sale nunca gratis. Es cierto que el estado, como decimos los liberales, “nos sale muy caro”, pero aunque los beneficios de un estado mínimo son claros para muchos, mantener esa situación (y mucho más alcanzarla) exige un esfuerzo pedagógico constante, a través de cualesquiera medios disponibles: educación, medios de comunicación o tertulias de sobremesa o de café; un conste del que no todos somos conscientes.

Los antiliberales siempre han tenido claro, como advertía Gramsci, que para conquistar (y, por supuesto, mantener) el poder político es necesario conquistar antes el poder cultural, y esto último debían lograrlo, según el marxista italiano, “mediante la acción concertada de los intelectuales llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”, algo que la izquierda ha sabido hacer desde sus orígenes.

Quizás porque los liberales, aunque recelosos del poder, hemos tenido siempre una infinitamente mayor confianza en el ser humano que los socialistas, no hemos dado igual batalla en estos campos, confiando siempre en el sentido común y la inteligencia de la gente para advertir lo que nos parece obvio y evidente. Quizás, también, porque entre nosotros no abundan los “políticos profesionales”, con lo que los incentivos para destinar recursos individuales a esa labor pedagógica se diluían y resultaban, por tanto, menores, sin que tengamos al estado para realizar tales tareas (por razones de coherencia evidentes). Quizás simplemente porque estábamos preocupados de otras cosas más inmediatas y que creíamos más urgentes.

Pero tenemos que ser muy conscientes de que, por mucho sentido común que pueda tener la gente, los humanos nos relacionamos con el mundo desde conceptos y concepciones de los que, en la mayor parte de los casos, no somos ni conscientes; y que esos conceptos se pueden ir cambiando (que es lo que pretendía Gramsci), por lo que con ellos cambiaría también la forma de vivir o de pensar. Y es que, como decía Huxley en Las puertas de la percepción, es nuestro cerebro quien nos ayuda a seleccionar, de la abrumadora y confusa masa de información que percibimos, “la muy reducida y especial selección que tiene probabilidades de sernos útil”, siendo los prejuicios inconscientemente adquiridos los encargados de hacer esa selección (“la realidad está definida con palabras. Por tanto, el que controla las palabras, controla la realidad”, que decía, en un sentido parecido, también Gramsci).

Hace unas horas apelaba Abascal a los españoles, pidiéndoles que “den el paso” y financien una televisión “que plante cara” a las televisiones entregadas a la izquierda para dar la batalla cultural. Desconozco si la solución es una gran televisión, o miles de pequeños canales independientes en las redes. Lo que tengo claro es que en cualquier momento de nuestra historia, presente, pasado o futuro, esa batalla cultural, incesante y omnipresente, es esencial y no darla lleva al desastre; algo que no nos podemos permitir.

Cuenta Roberto de Mattei, en su Historia del Vaticano II, lo que uno de los Padres conciliares escribió a Roma, en las fases previas al Concilio. Evidentemente iba dirigido contra los “modernistas” que querían atacar la sana doctrina y el Magisterio milenario de la Iglesia, pero es perfectamente aplicable a lo que estamos comentando:

“(…) a) La condena de las doctrinas perversas, aunque absolutamente necesaria, no es suficiente. b) Es necesaria una batalla organizada contra los errores y contra los que promueven y propagan los errores. Una batalla así, organizada como por un ejército ordenado y metódico, hoy resulta fácil por el progreso de las comunicaciones con la Santa Sede. A pesar de ello, el Clero, las Órdenes Religiosas, nuestras escuelas, el laicado, no se movilizan para dar batalla. Falta una resistencia organizada contra las ideas y contra las personas. c) Una batalla organizada debe dirigirse también contra las formas larvadas de Revolución, sus errores y su espíritu, que la propagan junto con su espíritu. Estas formas en general tienen dos (sic) características: 1. Son consecuencias lógicas de errores o expresiones psicológicas de un falso principio, aplicadas a un campo muy concreto. 2. Los contenidos son presentados de tal manera que un fiel menos informado no capta la malicia de la doctrina. 3. Aunque no perciba la malicia de la doctrina, el fiel conserva de modo latente y activo el principio perverso en el alma, y de manera insensible, sin darse cuenta, se impregna de este principio y del espíritu de la Revolución” (Roberto de Mattei: Concilio Vaticano II: Una historia nunca escrita. Homo Legens. 2018).

No sé si Monseñor Proença Sigaud (el obispo brasileño autor de esas líneas), había leído a Gramsci… pero más nos valdría a nosotros, en los que nos atañe, tenerlas presentes. Lenin decía, y Gramsci repetía, que la mentira es un arma revolucionaria. Nosotros tenemos la ventaja de que podemos ir con la Verdad… pero hay que “ir”, como están empezando a hacer algunos, aunque todavía insuficientes; los resultados de esa batalla, por ahora, no pintan demasiado bien.

Que no te engañen: Tauromaquia no es libertad

Hace unos días un compañero y amigo, al que aprecio y admiro, escribía un artículo para el Instituto Juan de Mariana, institución en la que tengo el placer de trabajar. El artículo, a mi juicio poco acertado, señalaba que la posición abolicionista de la tauromaquia es “de mirada corta y sectarismo amplio”, y que su defensa, en cambio, es “expresión máxima de la Libertad”.

En contra de lo que muchas personas piensan, y pese a la popularidad que siguen teniendo estos “festejos” en muchas zonas de España, algunas encuestas como la elaborada por SocioMétria para el digital El Español en 2019, apuntan a que más de la mitad de los electores españoles está a favor de “prohibir o limitar” las corridas de toros (56,4%) y la cacería (53,8%). Esta cifra, dos años después, no creo que haya cambiado mucho, y dudo también que nos permita concluir que el 56,4% y el 53,8% de los españoles, respectivamente, tienen posiciones sectarias y dogmáticas. Diría yo que parece todo lo contrario.

El artículo, que se trata de una defensa más bien estética, cultural, e incluso diría que identitaria de la tauromaquia, deja de lado que la cuestión importante no es si esta tiene valor estético, sino si está ética y políticamente justificada. 

En ese debate, precisamente, es en el que se enmarcan posiciones como la que pretendo defender aquí. Posiciones, que, aún bebiendo de tradiciones filosóficas diferentes, coinciden en la afirmación normativa de que debemos tener una mayor consideración por el sufrimiento de los demás, incluidos los animales no humanos. 

Dos teorías diferentes, aunque no son las únicas, nos permiten aproximarnos a esta cuestión: el utilitarismo y las teorías de los derechos morales. 

Empezando por la primera, el utilitarismo es una doctrina moral universalista, asistencialista, consecuencialista y agregativa. Es asistencialista porque define lo “bueno” en base al bienestar (o felicidad) de los individuos. Es consecuencialista porque evalúa la corrección (o incorrección) de las acciones de los individuos en base a su consecuencia esperada. Y es agregativa porque considera los intereses de todos los individuos afectados de forma agregada. (Mill, 1861; Singer, 1985). 

Autores como Jeremy Bentham (1780) o Stuart Mill (1861), aunque no plantean la necesidad de otorgar derechos a los animales no humanos, defienden que tenemos la obligación moral de no menospreciar sus intereses por el mero hecho de no pertenecer a la especie humana y de causarles daños graves por motivos triviales. Esto no es más que la extensión del principio humanista, heredero de la tradición judeocristiana, de la compasión ante el sufrimiento de los demás, extendido para abarcar a todos los individuos con capacidad de sufrir. 

Sin embargo, ha sido Peter Singer el autor utilitarista de referencia para la cuestión animal. Desde su obra Animal Liberation (1975), ha dedicado su actividad académica principalmente a la discusión de los argumentos de la discriminación por razon de especie, del rechazo al maltrato animal y el apoyo a una dieta vegetariana, así como del reconocimiento de igualdad moral para los animales no humanos. En concreto se basa en dos principios (Singer, 1999):

  • El principio de igual consideración de intereses. Es decir, aceptar que los juicios éticos deben ser universales, esto es que intereses iguales deben ser tenidos en cuenta igual en nuestra deliberación moral, con independencia de otros atributos irrelevantes del individuo de cuyos intereses se trate.
  • La regla principal del utilitarismo de preferencia, como extensión del principio de igual consideración de intereses. Esto es, actuar de tal forma que se maximice la satisfacción esperada de los intereses de los individuos afectados por una acción, sin que quepa ningún tipo de descriminación injustificada. 

Para el autor, no existe motivo alguno por el cual los animales no humanos deban ser excluidos del concepto de individuos al que se refieren estos principios. Los motivos que aduce son los siguientes: a saber, que la sintiencia, o capacidad de sufrir y/o gozar, es un “requisito para tener cualquier otro interés, una condición que tiene que satisfacerse antes de que podamos hablar con sentido de intereses” (Singer, 1999: 43). Es decir, la sintiencia sería una condición suficiente para tener intereses y que estos puedan pasar a ser considerados de igual forma. Y no la racionalidad, la inteligencia, el lenguaje, la capacidad de tener acuerdos morales recíprocos o la pertenencia a una u otra especie. 

En segundo lugar tenemos a una de las teorías deontológicas por excelencia: las teorías de los derechos morales. Estas sostienen que hay ciertas cosas que no podemos hacer contra los individuos, porque estos son poseedores de derechos morales. O dicho de otra forma, que hay cosas que estos individuos pueden hacer porque les ampara un derecho. Ese derecho supone a la vez una habilitación y un límite para actuar. Para algunos autores, son de carácter negativo y requieren únicamente la abstención de un individuo de realizar cierto tipo de acciones. Para otros, requiere algún tipo de acción. 

Henry Salt, como defensor del enfoque de los derechos, presenta otra perspectiva diferente de la de Singer. Para el autor, asumir que los animales no humanos tienen derechos resulta tan obvio como asumir que los tienen los humanos. Pues debe aplicarse el mismo sentido de justicia y compasión a ambos: no se puede otorgar derechos a unos (los seres humanos), de forma consistente, y negarlos a otros (los animales no humanos). Esto es, no se puede, sin caer en una incoherencia, reclamar la libertad para uno a menos que estemos dispuestos a permitirla a otros individuos. En este sentido, que esos otros pertenezcan a otra especie, no es relevante. (Salt, 1894) 

Más tarde, Tom Regan continuaría su legado. De acuerdo con este autor, los individuos poseen ciertos derechos morales cuya inviolabilidad no depende de la utilidad agregada que un acto reporte a otro grupo de individuos. No existe un buen fin que justifique el uso de unos medios que violen los derechos de un individuo. Los animales no humanos, pese a carecer de muchas de las habilidades que poseen los humanos, no tienen menos valor inherente y, por ende, tienen el mismo derecho que los demás a ser tratados de forma respetuosa. El origen de este derecho está en la capacidad que todos estos individuos tienen de experimentar una vida. Son criaturas conscientes con un bienestar individual valioso independientemente de la utilidad que pueda reportar a los demás. Para el autor, cualquiera que sea “sujeto de una vida” tiene valor inherente. (Regan, 1983)

En definitiva, existen argumentos relevantes para, como mínimo, oponerse a las prácticas que, como la tauromaquia, producen algún tipo de sufrimiento no consentido en los demás, pertenezcan a la especie que pertenezcan; así como para rechazar que el legado cultural de una práctica pueda ser condición suficiente para su mantenimiento.

La universidad sin libertad no es universidad

En una época en la que la Libertad, codiciado tesoro y anhelada meta, divino sueño y vulgar pasión, se encuentra más amenazada que nunca, pues su ancestral significado se ha visto transformado de virtud a pecado, debemos plantearnos esta pregunta: ¿Qué es realmente la Libertad? “Una libertad que no crece está condenada a menguar. Porque en la naturaleza del Poder y en la historia de las civilizaciones humanas, acaso de la especie misma, está escrito, para el que quiera y sepa leer, que el apetito de libertad no es moneda corriente. Por el contrario, sólo la tensión moral, la convicción del espíritu acerca del significado profundo de la libertad en la vida del ser humano nos permite avanzar y consolidar su posibilidad política”.

Estas palabras nacidas de la pluma de don Federico Jiménez Losantos veinte años atrás, en el primer número de la revista La Ilustración Liberal, son más que contemporáneas. Me atrevería a decir que la libertad, en nuestro país, jamás había estado tan amenazada como ahora desde el nacimiento de nuestra Constitución en mil novecientos setenta y ocho. Pues en estos últimos cuarenta años la libertad, lejos de crecer, ha sobrevivido, casi de milagro, a las nefastas políticas de los sucesivos gobiernos.

Una libertad que no crece está condenada a menguar, poco a poco, sin que nadie lo note, hasta que ya es demasiado tarde y la sociedad civil no tiene capacidad ni moral ni intelectual para defenderse. Pues cuando menos te lo esperas, el totalitarismo se cierne sobre el niño y el anciano, la mujer y el hombre, el ciudadano, al fin y al cabo. Para arrasar así con el individuo y los valores que hacen próspera una sociedad, como se ha demostrado incontables veces a lo largo de la Historia.

Dicen que la libertad es el único valor que nunca desaparecerá. Pues con el paso del tiempo las ideologías, ancladas a su época, terminarán pereciendo por sí mismas. Pero siempre que nazca un ser humano en su conciencia hallará el deseo por ser libre. Y luchará por ello. Porque esa es parte de su naturaleza, de nuestra naturaleza.

Yo soy liberal porque creo en el Individuo frente al colectivo: no quiero que otras personas decidan sobre cómo tengo que actuar o cómo tengo que pensar; porque creo en la libertad de poder llevar a cabo tu proyecto vital siempre que respetes la libertad de otras personas; y porque creo en la responsabilidad del individuo sobre su libertad, tanto para responder por los males que cause como para recibir compensación por el valor que produzca, tanto para recibir beneficios como para soportar pérdidas. Y mucha gente, aún sin saberlo, es liberal. Comparten esos ideales universales sin haber oído hablar del liberalismo. El problema sucede cuando esas personas llegan a la universidad. 

“Cuando llegué a la universidad me sentí decepcionado”. Esa es la idea general que comparten miles de estudiantes en nuestro país. Pues en sus mentes la Universidad era la casa del conocimiento, del debate y la razón. Aquel lugar mágico (o científico) donde se formarían como profesionales a través de sus méritos intelectuales. Pero lo único que encontraron fue totalitarismo y un pensamiento único que apresaba la palabra y el corazón de los jóvenes. no tardaron en darse cuenta de que los estudiantes que no comulgaban con la ideología hegemónica tenían miedo. Miedo a ser rechazados por sus compañeros. Miedo a los profesores y a las instituciones académicas cuyos miembros predican esas ideologías. Miedo a su integridad física por las bandas de criminales que ocupan y destrozan los campus con sus protestas, asaltando e increpando, insultando y agrediendo, como le pasa a todo aquel que ose nadar a contracorriente.

La universidad no era la casa del conocimiento, del debate y la razón. La Universidad era la casa del dogmatismo, de la dictadura del silencio y del sentimentalismo por encima de la argumentación lógica. Los valores del Liberalismo no deberían defenderse. O más bien, ojalá no tuvieran que defenderse. Ojalá no tuvieran que divulgarse. Porque deberían estar ya inculcados en la comunidad universitaria. Los valores del Liberalismo son valores esenciales. Pero su rechazo es mayúsculo.

La libertad académica es la garantía del futuro. Pues el futuro son las nuevas generaciones que deberán ser educadas en libertad para la garantizar la prosperidad de nuestro mundo. Pero el totalitarismo ha penetrado y destruido, año tras año, uno de los lugares más importantes de creación y transmisión de ideas. Los docentes, como los estudiantes, deberían poder en la práctica comprobar la veracidad de sus argumentos en debates libres y abiertos. Debates que han quedado censurados para siempre. Decía el artículo La libertad Intelectual que “sin el horror y la compasión que provocan los efectos de la dictadura es difícil anhelar la libertad”. Esa dictadura silenciosa se ha instalado, cuando el pensamiento liberal yacía adormilado, en la nueva casa del dogmatismo más rancio, que recuerda a pasados muy lejanos. Y ahora es cuando se comienza a anhelar esa libertad. Pues las dictaduras tienen muchas formas, y no todas son sangrientas, sobre todo en sus comienzos.

Ante una Universidad que nos desea a los estudiantes un frío invierno como vida intelectual y una voz caliente para repetir los eslóganes de campaña. Ante una institución politizada que nos anhela sumidos en la eterna minoría de edad, mansos y a la vez rebeldes. Mansos ante la peligrosidad del pensamiento crítico, rebeldes contra aquellos que osen opinar diferente… ¡Si es que los Liberales son los verdaderos revolucionarios! La Universidad debe volver a ser la casa de la Libertad. Pues sé de buena fe que, de los espacios de debate cimentados en respeto y tolerancia, lugares donde la gente no tenga miedo a compartir una opinión y sea creativa en abundancia, nacen las mejores ideas para solucionar los mayores problemas que padecen nuestras sociedades en este recién comenzado siglo XXI.

¿Qué es realmente la Libertad? Esa es la pregunta que debemos hacernos en esta oscura época donde el significado de la palabra se ha transformado de virtud a pecado. La libertad, sea política, filosófica, moral o económica, es en esencia el camino hacia la paz. Pues todo aquello contrario a la libertad, es el camino hacia la guerra y la muerte. Sean guerras de clases o de sexos, de naciones contra naciones o fratricidas guerras civiles. De pobres contra ricos, y cuando no queden ricos, de pobres contra pobres. Y en cuanto a la muerte, simplemente es eso, la muerte. La muerte de personas, la muerte de ideas, la muerte de la esperanza en un futuro mejor. Eso es lo que no es la libertad, pues esta es el camino hacia la vida, vivida en plenitud por ciudadanos iguales ante la ley, que pacíficamente y en respeto mutuo son los arquitectos de sus proyectos vitales.

¿Y qué podemos hacer? ¿Componer un réquiem por la libertad perdida? ¿Resignarnos a perder nuestro derecho a la vida? ¿Aceptar nuestra mordaza en el mundo universitario, y corromper el significado mismo de lo que representa la universidad, alejándola de su valor fundamental? ¡No! Debemos tomar el testigo de las generaciones pasadas que dieron su vida por defender la libertad. Debemos heredar su voluntad para lograr defender la libertad. Debemos luchar para que nuestra libertad crezca. La libertad es aquello que hace al ciudadano, ciudadano. La libertad es aquello que garantiza nuestros derechos frente al poder político. La libertad es nuestro pasado, presente y futuro. La libertad es algo por lo que merece la pena combatir. Combatir no con violencia, sino con la palabra. No con destrucción, sino construyendo argumentos e ideas comunes. No imponiendo nuestros ideales, sino creando espacios de debate, que enriquecen y contribuyen a crear una sociedad más libre.

En conclusión, nuestra libertad no va a parar de menguar a no ser que la defendamos y la hagamos crecer, fuerte y sana, para así lentamente ir desterrando de nuestras instituciones académicas al fanatismo y a la espiral de violencia hacia la que se encaminan nuestras sociedades en su conjunto y en todos los ámbitos. No podría resumirlo mejor que con estas contemporáneas palabras de don Federico Jiménez Losantos, en aquel artículo suyo del primer número de La Ilustración Liberal, que pese a ser de hace más de veinte años, son tan inmortales como el propio valor de la Libertad: “Nos falta volver al principio de nuestra vocación intelectual, la libertad, para tratar de entender mejor este mundo que nos ha tocado vivir y al que no debemos simplemente sobrevivir. Debemos atrevernos a saber. Y que la siempre peligrosa libertad nos acompañe”.

Bibliografía
Jímenez Losantos, F. (1999) La libertad intelectual. La Ilustación Liberal. Volumen (1)

La libertad en tiempos de pandemia

Hace un año la crisis del coronavirus llegó a la puerta de nuestros hogares y trastocó nuestras vidas en niveles y formas que no imaginábamos. Viendo hacia atrás, me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones acerca del momento histórico que, para bien o para mal, nos ha tocado vivir. 

Esta crisis ha puesto a prueba nuestra inventiva, nuestra resiliencia, nuestra coherencia y, sobre todo, nuestros valores. Las lecciones de esta experiencia disruptiva son múltiples y profundas, y cada una de las lecciones individuales aprendidas marcará indirectamente el rumbo de nuestra sociedad en las próximas décadas. Este tiempo pasará a la historia como la época de la prevención distanciadora, de contactos sociales virtualizados, de crisis económica y de incertidumbre extrema. Para muchas familias el impacto habrá sido profundo e irreparable. Todos, sin excepción, hemos  tenido  que  improvisar nuevas formas de hacer las cosas, desde la conducción de las relaciones sociales hasta la forma de continuar aprendiendo y educando.

Algunos gobernantes usaron la pandemia para imponer sus sueños intervencionistas más salvajes, desde la prohibición a la sanidad privada de tratar pacientes contagiados o realizar pruebas de la COVID-19, hasta los controles de precios o los cierres empresariales forzosos. La mentalidad intervencionista y autoritaria encontró en el virus la excusa perfecta para dirigir la vida de millones de ciudadanos.

Y las consecuencias, en forma de desabastecimiento, caos y crisis económica, no se hicieron esperar. La globalización se detuvo y todos conocimos de primera mano que impedir la libertad de intercambios a nivel mundial trae consigo empobrecimiento y miseria. Al mismo tiempo, millones de personas decidieron superarse ante la adversidad y dar lo mejor de sí mismos. Son episodios como este los que han marcado los grandes cambios en el devenir de la historia.

¿Qué vamos a hacer? ¿Aceptaremos que nos impongan una única solución desde arriba o exploraremos múltiples opciones entre todos? ¿Delegaremos la búsqueda de la verdad en los supuestos expertos o nos responsabilizaremos personalmente de hacerlo? ¿Permitiremos que nos pastoréen como un rebaño de ovejas o asumiremos cada uno los retos que cada nueva crisis nos presente? 

El progreso de la humanidad ha sido posible gracias a personas que desde toda posición se han atrevido a retar el statu quo, las convenciones y lo que era políticamente correcto, para, así, hacer avanzar la libertad y la prosperidad de todos. El futuro de nuestra sociedad está en manos de quienes se atreven a defender la libertad en los momentos en los que es más cuestionada. Aún quedan por superar muchos de los retos que nos ha dejado esta crisis, y necesitaremos nuestra creatividad y empresarialidad para hacerlo. Los meses que vienen por delante nos dan la oportunidad de volver a una normalidad en la que la libertad, y no la coerción, sea la que rija nuestras vidas. 

Desde la Universidad Francisco Marroquín seguiremos cultivando el estudio y la discusión de la importancia que la libertad y la responsabilidad individual tienen en el acontecer de la civilización. Esa es nuestra misión. Además, este año lo haremos con mucho entusiasmo y renovada energía en el marco de nuestro cincuenta aniversario. Les invito a celebrar medio siglo de trabajo por la libertad de todos, convencidos de que, como dijo Manuel F. Ayau en su discurso inaugural, “solo  las  personas  responsables pueden crear civilizaciones prósperas y pacíficas, y donde no hay libertad,  no florece la responsabilidad”.

Un abrazo, desde la Casa de la Libertad. 

Publicado en El Periódico