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Etiqueta: Ludwig von Mises

La crítica de Rallo a Mises: Paradigmas Monetarios Austriacos Enfrentados

En Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises, Juan Ramón Rallo desarrolla una visión alternativa sobre la teoría del valor del dinero y de los medios fiduciarios, así como su influencia en el ciclo económico. Desde Ludwig von Mises, ha proliferado dentro de los pensadores de la Escuela Austriaca una aproximación teórica hacia las ideas de la Escuela Monetaria del siglo XIX, que se opuso a la emisión de los medios fiduciarios, desde billetes de banco hasta depósitos a la vista.

En este sentido, Mises, Murray N. Rothbard, Jesús Huerta de Soto, Hans Hermann Hoppe y muchos otros adoptaron estas posturas desde el punto de vista metodológico de la Escuela Austriaca, argumentando en favor de un coeficiente de caja del cien por cien para depósitos a la vista y equivalentes. Más allá de los problemas que pueda generar este tipo de sistema bancario, es muy relevante entender que todas estas posturas quedan enraizadas en una teoría del valor del dinero y de los medios fiduciarios específica.

En su libro, Rallo trata de deconstruir la teoría monetaria de Mises premisa por premisa. Desde la teoría cuantitativa del dinero, hasta la teoría del ciclo económico. Y es que Rallo pertenece a esa otra vertiente de la Escuela Austriaca, heredera de la Escuela Bancaria del siglo XIX en el ámbito monetario. Aquí encontramos a economistas como George Selgin, Lawrence White, Antal Fekete y el propio Rallo, los cuales han enfatizado la importancia de un sistema donde la emisión de medios fiduciarios en un mercado competitivo sea flexible para evitar descoordinaciones económicas como la deflación o el descalce de plazos.

Sobre la definición científica del dinero

Cualquier teoría monetaria que se precie debe responder a la pregunta de qué es el dinero. Aunque esta pregunta pueda parecer sencilla a priori, esta definición ha de conseguir explicar todos los tipos de dinero, desde la moneda fiat hasta el dinero mercancía. La definición de Mises, la más extendida en la academia, es que el dinero es un “medio de cambio generalmente aceptado”. En su libro, Rallo critica esta definición por su baja precisión, dado que no tiene en cuenta el papel de los medios fiduciarios con respecto al activo real (en palabras de Perry Mehrling, la jerarquía natural del dinero) y nunca se llega a explicar en qué consiste la aceptación general del dinero o de medios de cambio secundarios.

Sin embargo, el problema del que adolece la definición de Rallo es el papel de patrones monetarios basados enteramente activos financieros, y no solo una combinación de activos reales con medios fiduciarios –esto sería el caso de la moneda fiat. Respecto a esta cuestión, Rallo argumenta que el dinero fiat sería un medio de cambio secundario y no dinero en sentido estricto. No obstante, todas las propiedades que Rallo atribuye al dinero –el activo real sobre el que se emiten los sustitutos monetarios– pueden ser cumplidas por la moneda fiat. A saber, la transferencia inter e intratemporal de liquidez.

El papel de la moneda fiat

No es que la definición de Rallo sea deficiente, pues es compatible con la jerarquía natural deldinero. Y no lo concibe como una estructura meramente horizontal y homogénea en las que los sustitutos monetarios actúan cual activo real –en términos de Mises, un sustituto monetario perfecto–, sin ninguna diferencia entre ambos.

Sin embargo, no solo un activo real puede ser dinero en sentido estricto, sino también patrones monetarios cuya base la constituyan activos financieros, como es el caso de la moneda fiat. En otras palabras, el dinero en sentido estricto sería todo activo real y financiero que se sitúa en la cúspide de esta jerarquía natural, a partir de la cual se emiten sustitutos monetarios y otros activos financieros. O, dicho de otra manera, sería aquel “medio de cambio que ya no necesite ser intercambiado ulteriormente por otros medios de cambio indirectos para terminar adquiriendo los bienes finales deseados” (Rallo, 2019), sea este oro, Bitcoin o moneda fiat no redimible en otro activo real.

Sobre el ahorro real y los medios fiduciarios en el ciclo económico

Una de las tesis centrales de la teoría monetaria de Rallo es que la emisión de medios fiduciarios no es ni condición necesaria ni suficiente para generar el ciclo económico tal y como es entendido por la Escuela Austriaca, siempre y cuando se preserve la liquidez de estos activos financieros. De cualquier otra manera, se produciría una descoordinación debido al decrecimiento de la calidad de los activos financieros –que puede suceder por vulnerar la Regla de Oro de Mises, con el sistema bancario incurriendo en un descalce de plazos.

Esto es porque podrían emitirse sustitutos monetarios que no respondan a una mayor demanda de dinero en sentido estricto, bien sea por motivo de transacción, especulación o precaución. Por otro lado, teóricos como Huerta de Soto (2020) y Bagus (2023) defienden que ninguna emisión de medios fiduciarios puede llegar a canalizar ahorro real, porque, para para ellos, el ahorro únicamente puede producirse renunciando a “bienes presentes”, en la terminología de Mises.

Ahorro real…

Por ello, toda expansión crediticia de medios fiduciarios generaría un alargamiento artificial de la estructura productiva, conduciendo a la realización de proyectos empresariales insostenibles en el tiempo, que en última instancia acabarían siendo liquidados una vez se manifiestan las distorsiones reales causadas por esta expansión de los medios fiduciarios.

Sin embargo, la cuestión reside en si toda emisión de medios fiduciarios no respaldada por activos reales conduce necesariamente al ciclo económico porque, en ese caso, tendríamos que asumir que los medios fiduciarios no pueden constituir ahorro real, lo cual no es cierto. Toda emisión de medios fiduciarios supone renunciar a bienes presentes en algún momento del tiempo –no necesariamente en t=0–, por lo cual no podemos afirmar que los medios fiduciarios no pueden ser ahorro real.

y medios fiduciarios

A partir de aquí, la teoría de la liquidez y su teoría cualitativa sobre las consecuencias de la emisión de los medios fiduciarios en las economías modernas es más compresible, pues no existe ninguna razón para aducir que los medios fiduciarios no son ahorro real. En el fondo, que los medios fiduciarios sean ahorro real o no se reduce a si la emisión de estos responde a una demanda exógena a los propios emisores. En caso contrario, si la demanda de sustitutos monetarios estuviera determinada por el propio sistema bancario, entonces no habría razón para defender la banca libre con reserva fraccionaria, pues en ese caso la emisión de medios fiduciarios únicamente generaría distorsiones macroeconómicas como las descritas por Hayek, Huerta de Soto y, en general, la teoría austriaca del capital y del ciclo.

Dicho de otra forma, si todo medio fiduciario que se introdujera al sistema bancario fuera empleado cual sustituto monetario perfecto, entonces el tipo de interés se vería reducido provisionalmente hasta que se manifestara que los sustitutos monetarios generados ex novo no respondían a un incremento de la demanda monetaria. En ese caso, no cabría afirmar que la demanda de dinero en sentido extenso no existiera ontológicamente, sino que el sistema bancario sería incapaz de responder dinámicamente ante las variaciones de esta.

Teoría del ciclo

Por esta razón, no es correcto afirmar que la banca con reserva fraccionaria pueda generar medios fiduciarios con nueva demanda monetaria, sino que, hasta que se manifiesta que tales medios fiduciarios han perdido cualitativamente su valor –para ello, sería necesario un entorno de banca libre sin leyes de curso forzoso sobre estos–, los agentes económicos lo continúan empleando como un sustituto monetario perfecto. El mismo Huerta de Soto (2014) admite que un sistema bancario libre con reserva fraccionaria frenaría esta expansión crediticia no respaldada por su demanda cuando dice que “if there exist many free Banks that are not supported by a central bank, credit expansión will stop much earlier than in an environment in which the central bank orchestrated and drove it”.

Con todo, existe la posibilidad de que los bancos lleven a cabo un proceso de expansión crediticia paralelamente, maximizando la cantidad de medios fiduciarios emitidos en el sistema económico. En esta coyuntura, lo más probable es que si el precio de los bienes de consumo sube en términos de los medios fiduciarios –es decir, que el poder adquisitivo de estos se reduce–, todos estos acabarán cotizando con descuento, ya que la demanda pasará a canalizarse a los activos reales en los que los activos financieros son convertibles –suponiendo, de nuevo, que la calidad de los medios fiduciarios de todo el sistema bancario se ha deteriorado.

Jesús Huerta de Soto

Si, por el contrario, los agentes económicos emplean los nuevos medios fiduciarios para demandar bienes de orden superior –a saber, aquellos más alejados del consumo final–, entonces es cierto que se engendraría el inicio de un ciclo económico, pero siempre y cuando estos activos financieros hayan perdido parte de su liquidez –esto es, la teoría del ciclo económico que he expuesto previamente. En suma, siempre y cuando se preserve la coordinación inter e intratemporal de los agentes económicos, entonces la expansión crediticia daría lugar a una producción sostenible basada en el ahorro real.

En A Critical Note of Fractional-Reserve Banking, Huerta de Soto (2014) critica que el enfoque del equilibrio monetario es estrictamente macroeconómico, basado en un análisis que, lejos de ser austriaco, se aproxima al monetarista y keynesiano. Sin embargo, aunque ha habido autores monetarios que han adoptado este método para abordar la defensa de un sistema monetario elástico basado en activos reales y financieros, podemos expresar la demanda de dinero en sentido estricto en términos de utilidad marginal y de eficiencia dinámica (Ibidem), compatible con el método de la Escuela Austriaca.  

El equilibrio monetario desde el punto de vista de la eficiencia dinámica

Tal y como señala Huerta de Soto (2010), la eficiencia en un sistema se alcanza cuando, dentro de un marco institucional que respete los principios generales del derecho, no existan obstáculos al ejercicio de la función empresarial. De esta manera, esta podría exhibir su pleno potencial creativo para resolver los desajustes existentes entre los agentes económicos, alcanzando mayores cotas de desarrollo social. En un sistema monetario elástico funcionaría de forma análoga: los bancos, en plena competencia entre ellos, tratarían de emitir la cantidad óptima de medios fiduciarios para que su valor no decrezca, manteniendo el equilibrio monetario, en el cual la utilidad marginal de la unidad monetaria se mantiene constante y, por ende, su poder adquisitivo.

Este equilibrio monetario, que no debe asociarse al enfoque neoclásico estático, es plenamente compatible con una concepción dinámica de los procesos de mercado. Bajo este enfoque, los emisores de medios fiduciarios –o, dicho de otra forma, los intermediarios financieros– tratarán de emitir la cantidad óptima para poder captar financiación sin que estos –ya sean billetes o depósitos a la vista– coticen a descuento en el mercado.

Es más, únicamente un entorno de banca libre sin leyes de curso forzoso ni regulación de cualquier tipo podrá ser eficiente en alcanzar el equilibrio monetario a lo largo del tiempo. No se trata de que exista una cantidad de dinero (en sentido amplio) óptima que deba ser hallada mágicamente por el sistema bancario, sino que solo la función empresarial de carácter eminentemente creativo en un entorno de competencia alcanzará lo que en cada momento será la cantidad de medios de pago necesaria para que los precios no se distorsionen por variaciones en el lado monetario.

Bibliografía

Bagus, P. (2023). Anti-Rallo: Una Crítica a la Teoría Monetaria de Juan Ramón Rallo.

Huerta de Soto, J:

Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos (1994 [2020]). Unión Editorial.

A Critical Note on Fractional Reserve Banking (2010 [2014]) en The Theory of Dynamic Efficiency. Routledge.

Mises, L. V. (1912 [2012]). La Teoría del Dinero y el Crédito. Unión Editorial.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Hayek, F.A. (1976). The Denationalisation of Money. Institute of Economic Affairs.

La tensión entre el libre comercio y la política de poder

La narrativa, comúnmente aceptada en Europa sobre la guerra en Ucrania, es que existe un paralelismo histórico evidente entre los acontecimientos políticos de los años anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial y la agresión militar rusa contra Ucrania. Según esta narrativa, los movimientos de la Alemania nazi, bendecidos por la política de apaciguamiento de Occidente, para apoderarse de Austria y de los territorios de Checoslovaquia, predominantemente poblados por alemanes, solo sirvieron para alimentar los agresivos planes de Hitler para la conquista del mundo.

Desde esta perspectiva, cualquier política exterior de apaciguamiento frente a un gobernante autoritario se considera un error fundamental. Especialmente cuando el agresor alega que está protegiendo a la minoría étnica de un estado vecino. El compromiso está así prohibido y solo se permite la victoria absoluta sobre una reencarnación del malvado dictador que pretende revisar las fronteras.

Tú Chamberlain, yo Churchill

Esta postura se ha convertido en un absoluto moral, un absoluto que se ve reforzado por su conexión indirecta con el holocausto. Cualquiera que piense de un modo diferente quedará anulado. Esta anulación se ve reforzada por el hecho de que los políticos marginados, como Trump y Orbán, son vistos como las reencarnaciones actuales de Chamberlain, marionetas de Putin, mientras que su némesis asume el papel de Churchill. En este sentido, no niego que la “posición churchilliana” tenga y haya tenido méritos, ni que existan paralelismos válidos. Sin embargo, sostengo que la realidad del estallido de la guerra en Ucrania guarda un gran parecido con los acontecimientos que condujeron a la Primera Guerra Mundial. 

En aquella ocasión, la chispa fue el asesinato del príncipe heredero de la monarquía austrohúngara en Sarajevo, la capital de Bosnia, en el verano de 1914. Un complejo y aparentemente insoluble conjunto de problemas condujo al asesinato en sí y desencadenó una serie de acontecimientos en los que no se llegó a ningún compromiso, ya que cada participante en el conflicto estaba impulsado por una mezcla de miedo, ambición imperial y nacionalismo.

Hacia los cañones de agosto

La monarquía austrohúngara temía el ascenso de Serbia y Rusia y, por prevención, ocupó Bosnia en 1878, a pesar de que no tenía ni reivindicación nacional ni histórica legítima sobre este territorio multiétnico, poblado en parte por serbios. Los serbios estaban impulsados por su afán de unir y reunificar a los serbios y a toda la nación sureslava bajo dominio serbio cuya búsqueda amenazaba la existencia de Austria-Hungría, con su numerosa población sureslava. Serbia, por su parte, contaba con el apoyo de Rusia, que pretendía controlar los Dardanelos y la Península balcánica poblada, en su mayoría, por eslavos ortodoxos. Además, el paneslavismo ruso amenazaba la existencia de Austria-Hungría con su numerosa población eslava.

Austria-Hungría contaba con el apoyo de Alemania, que temía la rápida aceleración del desarrollo industrial ruso y la pinza potencialmente mortal de la recién creada alianza ruso-francesa. Al mismo tiempo, las élites políticas y empresariales alemanas albergaban diversas ambiciones imperiales a costa de sus rivales.

A su vez, ni Francia ni Inglaterra podían permitirse la derrota de Rusia, ya que inclinaría la balanza de poder en Europa hacia Alemania y significaría una amenaza directa para sus propios vastos imperios.

Así, no es de extrañar que los historiadores sigan discutiendo hasta hoy sobre la proporción de la responsabilidad de las grandes potencias ante el estallido de la guerra, mientras que no se discute quién disparó los primeros tiros.

El fin de la belle epoque

La terrible guerra fue la gran catástrofe del viejo mundo. Puso fin al periodo de la belle epoque de Europa, caracterizada por el aumento de la riqueza, la democratización y una larga paz. Uno de los legados de esta guerra fue la insoportable tensión surgida a raíz de los tratados de paz unilaterales dictados por los vencedores que dieron lugar a un sentimiento generalizado de injusticia entre los perdedores.  La guerra fue la causa directa del ascenso del comunismo y el fascismo y, en consecuencia, de la aún más terrible Segunda Guerra Mundial.

El actual conflicto sobre Ucrania es, probablemente también, una de las últimas consecuencias de estas dos guerras mundiales interconectadas, de su violento legado y de los acuerdos de paz entre los vencedores que, una vez más, volvieron a trazar las fronteras internacionales sin tener en cuenta las tradiciones culturales y la composición étnica de su población ni sus deseos.

Causas inmediatas y causas mediatas

En el caso de la guerra en Ucrania, al igual que en 1914, no hay duda sobre quién disparó el primer tiro. Ucrania fue atacada por Rusia. Y punto. Sin embargo, las causas subyacentes son complejas, al igual que en 1914. En el antiguo territorio de un imperio soviético fallido surgió un peligroso campo de minas tras la formación de nuevos estados intensamente nacionalistas con cuestiones de nacionalidad sin resolver. Una parte de la población de Ucrania es rusa o tiene simpatías rusas, mientras que la otra parte es fervientemente ucraniana y alberga fuertes sentimientos antirrusos que se vieron reforzados por los horribles crímenes del régimen estalinista. Al igual que en el periodo previo a la Primera Guerra Mundial, Ucrania, dividida internamente, también se convirtió en un punto de ignición entre las ambiciones de las grandes potencias. 

Rusia pretendía mantener a Ucrania en su órbita y apoyaba las reivindicaciones de aquella parte de la población ucraniana concentrada, sobre todo, en las regiones orientales de Ucrania que albergaba simpatías rusas. Las potencias occidentales prestaron su apoyo a los ucranianos que buscaban la inclusión de su país en la OTAN y la UE, lo que también significaba el total alejamiento de la influencia rusa.

Lucha sin renuncias

Otra complicación es que la guerra ucraniana también está vinculada a las luchas entre Estados Unidos y China, ya que Rusia volvió sus ojos hacia Oriente a medida que se distanciaba de Occidente.  En este sentido, al igual que en el período previo a la Primera Guerra Mundial, existe un conflicto más amplio de fondo entre Estados Unidos y China.

La guerra continúa … La situación es trágica. Trágica la pérdida de vidas y la destrucción material. El gran desafío, sin embargo, llegará cuando las líneas defensivas sean traspasadas por uno u otro bando. En ese caso puede darse incluso el peor de los escenarios, dada la determinación y el profundo compromiso emocional de los beligerantes con sus propios objetivos bélicos. Lo que está en juego es si puede evitarse otro enfrentamiento militar de la magnitud de una guerra mundial entre las grandes potencias con armamento nuclear.

En la actualidad, ambos bandos mantienen sus objetivos bélicos máximos y, por tanto, no existe ninguna posibilidad de compromiso entre ellos. Para poner fin a esta horrenda sangría, cada una de las partes beligerantes debe realizar el duro trabajo interno de examinar su propia posición y buscar una solución que no solo satisfaga sus propias necesidades mínimas, sino que también represente un arreglo aceptable para la otra parte. A largo plazo, solo un compromiso aceptado como legítimo de alguna forma por ambas partes conducirá a una paz real.

Comercio y paz

Una de las condiciones de la paz real, en mi opinión, es la reconstrucción de las conexiones comerciales normales en el mundo. En los albores de la civilización industrial moderna, Adam Smith y otros pensadores pro-mercado esperaban que el libre comercio condujera a la paz universal, ya que el libre comercio haría innecesarias las guerras por la propiedad exclusiva de los recursos. De hecho, en el propio continente europeo, las grandes potencias europeas mantuvieron durante el siglo XIX una política de libre comercio casi perfecta que provocó, o al menos coincidió, con un periodo inusualmente pacífico en la historia del continente.

No es de extrañar que el ruso Ivan Bloch, y el inglés Norman Angell, justo antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, sostuvieran que el daño de una guerra sería tan grande que ningún político en su sano juicio se arriesgaría a ella. Ambos afirmaban que la guerra era una acción suicida, ya que la economía europea se había interconectado y la prosperidad de las naciones se basaba en un comercio libre casi sin fricciones entre sí.

Ludwig von Mises y Richard Overy

Tenemos que decir, en retrospectiva, que las mismas potencias europeas incumplieron esta idea smithiana del libre comercio al perseguir un implacable sueño colonizador y construir imperios coloniales cerrados. Sin duda, los planes de expansión imperial contrapuestos fueron una de las causas de las dos guerras mundiales entre las grandes potencias. Ludwig von Mises, en su libro El Gobierno Omnipotente, sostenía que una de las razones más importantes del estallido de las guerras mundiales fue el cambio de política económica en los años setenta para restringir el libre comercio e introducir aranceles industriales y económicos. A falta de libre comercio, Alemania, industrialmente avanzada pero escasa de materias primas, optó por lanzar guerras de agresión.

Richard Overy, en su libro Blood and Ruins,The Last Imperial War, llegó a una conclusión similar, identificando la Segunda Guerra Mundial como la última gran guerra imperial por el dominio de las colonias. Overy argumentó que las políticas arancelarias defensivas de las antiguas potencias coloniales forzaron el impulso colonial de los nuevos estados industriales emergentes, ya que Alemania, Italia y Japón llegaron a la conclusión de que sólo construyendo un imperio podrían asegurar su supervivencia nacional.

Si el comercio es realmente libre, no utilizará ni la fuerza ni la coerción, ni se basará en la construcción de imperios. Pero si el comercio, relativamente libre, se combina con la construcción de imperios y la coerción, surgirá el miedo y un sentimiento de injusticia y crecerá un fuerte impulso para extender la influencia más allá de las fronteras propias. Así pues, parece claro que el principio del libre comercio no es suficiente para alcanzar la paz. Se impone la necesidad de buscar una política de paz.

Friedrich von Wieser

Por lo tanto, es muy importante preguntar a cada gobierno no solo si cumple el requisito de mantener el libre comercio entre países, sino si está dispuesto a renunciar a las ambiciones imperiales y a la construcción de una esfera de influencias que lo beneficie.

Friedrich von Wieser, uno de los alumnos más importantes de Carl Menger, se dio cuenta de la importancia de la política en 1924, tras el final de la Primera Guerra Mundial. Wieser era miembro del gabinete de guerra austriaco, por lo que tenía experiencia de primera mano sobre el poder y las ambiciones. En su libro La ley del poder, sostenía que las consideraciones políticas prevalecían sobre las económicas y establece que la cuestión más importante para los políticos es el poder y su inmensa capacidad de manipulación. Por este motivo es fundamental plantear qué límites se deben poner al poder político. Para llegar a una situación de paz, más allá de abogar por un comercio lo menos friccionado posible entre naciones, tenemos que observar cuáles son las lecciones políticas de las horribles experiencias de las guerras europeas modernas.

El poder destructor de una guerra

En primer lugar, debe quedar claro que la guerra es la peor solución para los conflictos interestatales y los choques de poder. Las guerras modernas, libradas por ejércitos masivos con una potencia de fuego devastadora son tan destructivas para todos los beligerantes que hay que aprovechar cualquier oportunidad para evitar la guerra.

La disuasión es importante para defenderse de una posible agresión. Pero la disuasión solo debe utilizarse como medio de defensa y hay que tener el mayor cuidado posible para garantizar que otro país no se sienta amenazado por una potencia competidora. Una sensación de amenaza por parte de un vecino o de una ideología intolerable cercana puede provocar una histeria política que desemboque en una guerra. Lo mejor es que cada parte siga una política de moderación, tenga en cuenta los intereses de la otra y evite la histeria política, el odio personal o la ideología dogmática para no caer en el círculo vicioso del alarmismo y el miedo real.

Autonomía cultural y territorial en un Estado multicultural

Es especialmente importante abordar la cuestión de las aspiraciones nacionales contrapuestas dentro de un Estado. Ludwig von Mises concluyó, a partir de las lecciones de la desintegración de la monarquía austrohúngara, que la solución al problema de los nacionalismos en conflicto reside en la garantía de la autonomía cultural y territorial en el marco de un estado multinacional. En última instancia, un referéndum en un territorio determinado también es concebible si no hay otra forma de evitar la guerra civil.

Pero, incluso con los referendos hay que proceder con la máxima cautela y moderación. Eso es porque sabemos que la disolución de un marco estatal puede ser un caldo de cultivo para nuevos conflictos internos, ya que es muy probable que los nuevos estados que se creen en el lugar del estado multiétnico en disolución estén compuestos, a su vez, de conjunto de nacionalidades, y es probable que surjan inextricables antagonismos nacionales. 

Ninguna solución de poder puede sustituir el papel de la cooperación pacífica, la buena voluntad y la búsqueda de compromisos. Las élites políticas tienen la enorme responsabilidad de no manipular los sentimientos nacionales de la comunidad real o imaginaria en cuyo nombre actúan con fines políticos, sino de aplicar políticas moderadas y equilibradas. Podemos añadir que, salvo el engrandecimiento personal, el beneficio global se maximiza con una economía pacífica a favor del libre comercio y no con la especulación bélica.

Nuestra conclusión es que la mejor garantía de paz pasa por procurar el establecimiento de un comercio lo más libre posible y una política de moderación que incluya la renuncia a sueños imperiales y que se base en el ejercicio de la tolerancia y el compromiso.

Ver también

La interdependencia y el libre mercado, ¿amortiguan los conflictos internacionales? (George Youkhadar).

Fricciones europeas por la guerra de Ucrania. (José Antonio Díaz).

Más Adam Smith y menos Hans-Hermann Hoppe

Hans-Hermann Hoppe, en respuesta a una pregunta que le hicieron durante el evento que organiza con su Property and Freedom Society, dijo:

Es muy importante en estas réplicas a gente como Krugman que no nos metamos en detalles técnicos, sino que hagamos algunas preguntas casi como un niño. Explícame cómo es posible que el aumento de papelitos haga más rica a una sociedad. Si ese fuera el caso, explícame ¿por qué sigue habiendo pobreza en el mundo? ¿No son todos los bancos centrales del mundo capaces de imprimir tanto papel como quieran? Y ¿crees entonces que la sociedad, el mundo en su conjunto, sería más rico? Estoy seguro de que el tío no puede responder este tipo de preguntas, nadie puede responder este tipo de preguntas.

Hans Hermann Hoppe

Hoppe aquí se equivoca al menospreciar a Krugman. Tras estas declaraciones, me temo que podría dejarle muy mal parado en un debate y dejarle en evidencia y a la escuela austríaca de economía detrás. Y, en parte, con razón, pues gran parte de la escuela austríaca de economía sigue una rama de la teoría cuantitativa del dinero debido al legado intelectual de Ludwig von Mises, quien bebía a su vez de las ideas de David Ricardo.

Austríacos cuantitativistas

El principal problema de la teoría cuantitativa del dinero, que podemos observar ha mantenido gran parte de los teóricos monetarios de la escuela austríaca, es que asume que la demanda monetaria es constante. Podemos ver este error en la comprensión del dinero claramente expresado por Murray Rothbard (2009, 766) cuando dice que:

Por lo tanto, una de las leyes económicas más importantes es: Toda oferta de dinero se utiliza siempre al máximo y, por lo tanto, no se puede obtener ninguna utilidad social aumentando la oferta de dinero. (Énfasis en el original)

Murray N. Rothbard

Hoppe se equivoca al pensar que ningún “aumento en la impresión de papelitos” puede hacer a una sociedad más rica. Tendría razón si pensamos que estamos en una situación de equilibrio. Si en una economía la oferta de liquidez iguala la demanda de liquidez, cualquier expansión de la oferta es cierto que no generará riqueza, sino que aumentará los precios proporcionalmente a las unidades monetarias creadas. Pero las economías no se encuentran en situación de equilibrio y, de estarlo, ese estado no sería estático—algo que, irónicamente, explica muy bien la economía austríaca. Por tanto, la creación de sustitutos monetarios nos puede ahorrar tres tipos de costes.

Papelitos que crean riqueza

En primer lugar, si solo tuviésemos unas cantidades contadas de oro, digamos cincuenta monedas de oro para una economía de cuarenta millones de personas, muchos de los intercambios que los individuos querrían llevar a cabo no podrían realizarse. Pues cincuenta monedas no se mueven de una forma lo suficientemente rápida de mano a mano para que esos cuarenta millones de personas puedan hacer todos los intercambios necesarios. Por tanto, poder crear papelitos en esta ocasión generaría riqueza. La gente podría pagar a crédito y llevar a cabo más intercambios que si no pudiese imprimir estos papelitos.

En segundo lugar, y adelantándome a la posible réplica de que también se podría crear riqueza minando más oro sin necesidad de imprimir papelitos, hay que remarcar que esta impresión requiere de menos recursos que la extracción de oro. En una economía con restricciones sobre el ejercicio bancario donde se obligase a la fuerza a los intermediarios financieros a operar con un coeficiente de caja del 100%, el coste anual de minar oro, según los cálculos de Milton Friedman (1960), serían del 2,5% del PIB. Si se estima que esa economía creciese al 3%, el 75% de su crecimiento sería dedicado a la extracción de oro.

Por otro lado, según los cálculos de Lawrence White (1999, 46-48), el coste de la producción de oro en una economía donde además se pudieran imprimir esos papelitos sería del 0,05% del PIB. Unas cuantas veces más barato. Por lo que, otra vez, esa creación de papelitos estaría volviendo a generar riqueza.

Flexibilidad en la creación de crédito

En tercer lugar, tenemos el hecho de que la creación y destrucción de estos papelitos es muy flexible y nos permite cambios en la oferta de liquidez ante movimientos de la demanda. Si la demanda de liquidez de los individuos de una economía aumenta (se reduce), que también aumente (se reduzca) la oferta monetaria es beneficioso, pues suavizará—o hasta evitará—las variaciones en el valor del dinero y así nos protegerá ante posibles inflaciones o deflaciones.

Una contracción de la demanda de liquidez sin su correspondiente disminución de la oferta provocaría inflación. Una expansión de la demanda de liquidez sin un correspondiente aumento de la oferta, deflación. Por esto mismo Antal Fekete dice (2017, 43) que un patrón oro que operase bajo un coeficiente de caja del 100% no era más que “una quimera”. Y es que para aumentar la oferta monetaria tenemos dos opciones: o solo oro u oro y papelitos. Como hemos visto, la primera es mucho más costosa que la segunda.

Incluso si se optase por una opción aún más drástica y se prohibiese además toda extracción de oro para no tener que destinar tanta parte del PIB en esta actividad y hasta si hubiese una cantidad aparentemente suficiente de monedas de oro que pudiesen circular en la economía (más de las cincuenta anteriormente mencionadas), se estaría dejando de crear riqueza si no se creasen papelitos para hacer frente a los aumentos en la demanda de liquidez. Esto se debe a que los cambios en el valor del dinero, tanto los aumentos como los descensos generalizados de precios, son costosos.

La inflación, pero también la deflación

Los austríacos esto lo tienen muy claro con lo que respecta a la inflación, pero parece ser que no tanto cuando se habla de deflación. Un sistema como el que Rothbard y Hoppe proponen es demasiado rígido y al no poder imprimir papelitos, se genera deflación. Si tenemos la ecuación cuantitativa en la cabeza (M*V=P*Q), un aumento en la demanda monetaria—la cual tiende a aumentar con el tiempo, debido a que con el aumento de sus ingresos reales la gente cada vez demanda más liquidez—sin aumentos en M, llevarán consigo disminuciones en P; es decir, deflación. Esta sería una deflación monetaria (por el lado monetario de la ecuación, M*V).

Un ejemplo de esto sería lo que Milton Friedman y Anna Schwartz (1963) llaman la Gran Contracción, los primeros años de la Gran Depresión. Para Friedman y Schwartz fue la mala gestión de la oferta monetaria por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos lo que exacerbó y prolongó la depresión. Según su análisis, la Reserva Federal no solo falló en prevenir la contracción de la oferta monetaria, sino que a través de sus políticas contribuyó activamente a ella.

La deflación real

No obstante, no sólo la deflación monetaria nos debería preocupar. También la deflación real; la causada por aumento de producción. La deflación real sigue siendo un problema pues aun así nos encontramos con diversos costes. Por un lado, los costes de carta. Estos son los costes asociados ya no solo a literalmente cambiar los precios en las cartas de los restaurantes, sino otros gastos como el tiempo dedicado a pensar cómo cambiar los precios, la información contable errónea o los costes de renegociación de contratos.

Por otro lado, la rigidez de los precios y en especial, del salario. Diversos estudios empíricos han demostrado que os individuos calculan en términos nominales (Hoffman 2019, 19-40). La deflación hace que los beneficios de las empresas disminuyan nominalmente, lo que aumenta el riesgo de quiebra si los salarios no disminuyen en consecuencia; los individuos, sin embargo, pueden mostrarse reticentes a negociar recortes salariales (pues calculan en términos nominales), lo que conduce a despidos que no reflejan la situación real de la economía. Y despedir a trabajadores productivos debido a la falta de flexibilidad de los precios genera ineficiencias. En este caso, también, con la creación de papelitos se crearía riqueza. ¿Entonces, tanto la deflación como la inflación tienen costes? Sí, por eso el ideal sería la estabilidad de precios.

Adam Smith

¿Se les pude culpar a Rothbard y a Hoppe de no saber que la creación de papelitos podía generar riqueza? Pues sí, porque esto es algo que ya sabía—y dejó escrito—Adam Smith.

Adam Smith, en su La riqueza de las naciones (1776), al hablar sobre el dinero en el y los sustitutos monetarios Libro II, capítulo 2, dice que:

Cuando el papel moneda reemplaza al oro y la plata, la cantidad de materiales, herramientas y subsistencias que puede suministrar todo el capital circulante puede aumentar por el valor total del oro y la plata que antes se empleaban en su compra. El valor de la gran rueda de la circulación y distribución se añade a los bienes que circulan y son distribuidos a través suyo. La operación se parece en alguna medida a la del empresario de una gran fábrica que, como consecuencia de alguna innovación mecánica, retira su vieja maquinaria y suma la diferencia entre su precio y el de la nueva a su capital circulante, al fondo del que provee a sus trabajadores con materiales y salarios.

Alas de Dédalo

Y que:

El dinero de oro y plata que circula en cualquier país puede muy bien compararse con una carretera, que aunque permite la circulación y el transporte hacia el mercado de todos los pastos y cereales del país, no produce nada de ninguno de ellos. La juiciosa acción de los bancos proporciona, si puedo emplear una metáfora tan violenta, una especie de carretera aérea, y permite que el país convierta una gran parte de sus carreteras en buenos campos de pastos y cereales, con lo que incrementa de forma muy considerable el producto anual de su tierra y su trabajo.

Debe advertirse, sin embargo, que aunque el comercio y la industria del país puedan ser algo mayores, jamás estarán tan seguros cuando viajan, por así decirlo, suspendidos por las alas de Dédalo del papel moneda, como cuando viajan apoyados en el sólido suelo del oro y la plata. Además de los accidentes a los que se hallan expuestos por la torpeza de quienes dirigen los billetes, corren otros muchos riesgos, de los que ni la prudencia ni la destreza de tales directores los pueden librar.

Construcción de carreteras

Es decir, leyendo a Adam Smith—que recomiendo hacer a través de mi artículo—podemos entender mejor cómo a veces la creación de sustitutos monetarios, esos papelitos que Hoppe decía, crean riqueza para la sociedad. Son como unas carreteras aéreas que sirven para transportar bienes. Es decir, estas carreteras son un bien de capital que produce servicios de liquidez y se sostienen sobre los papelitos creados. Al igual que las carreteras convencionales, las terrestres, construirlas puede generar riqueza. Puede conectar dos puntos, facilitando el transporte e iniciando nuevas rutas de intercambio. Con los papelitos igual.

También puede ser que estemos construyendo muchas carreteras. El mercado nos castiga con ello, salvo que operemos bajo restricciones presupuestarias laxas—como los bancos centrales—y estemos en pérdidas constantes refinanciados mediante una socialización de las pérdidas. No va a ser menos al construir demasiadas carreteras aéreas mediante papelitos, existen mecanismos en el mercado como el reflujo de Fullarton para evitar que esto pase.

Adam Smith disfrazado por Rothbard

Los bancos tampoco construirán demasiadas pocas de estas carreteras, porque entonces dejando de obtener los beneficios de ser el que ha creado los papelitos sobre el que las carreteras aéreas se sostienen. Con la disciplina del mercado, veríamos una tendencia hacía la creación de carreteras que más beneficio generase; y, con ello, mayor riqueza.

Estas carreteras no sólo crean riqueza al conectar dos puntos nuevos y permitir más intercambios, sino también al descongestionar las convencionales y estas podrán usarse para fines más deseados, igual que el oro que podrá emplearse como catalizador facilitando la acumulación de capital. Además, en caso de mayor tráfico, estas son más baratas de construir, por lo que no tenemos que dejarnos una gran parte del fruto de nuestra producción en construirlas. Gracias a estas carreteras, las economías pueden intercambiar más y fácilmente y así crecer más.

Igual si Rothbard no hubiera hecho una interpretación tan torticera de Adam Smith, más austríacos se atreverían a leerle y a aprender de él.

Referencias

Fekete, Antal E. 2017. Critique of Austrian Economics in the Spirit of Carl Menger. Aarschot, Belgium: Pintax cvba.

Friedman, Milton. 1960. A Program for Monetary Stability. Nueva York, Estados Unidos: Fordham University Press.

Friedman, Milton y Schwartz, Anna Jacobson. 1963. A Monetary History of the United States, 1867-1960. Princeton, Estados Unidos: Princeton University Press.

Hoffman, Michael. 2019. Monetary Kaleidics. Autopublicado.

Rothbard, Murray N. 2009. Man, Economy, and State with Power and Market. 2ª ed. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Smith, Adam. 1776. The Wealth of Nations. Londres, Reino Unido: W. Strahan and T. Cadell.

White, Lawrence. 1999. The Theory of Monetary Institutions. Malden, Estados Unidos: Blackwell Publishers.

Ver también

Teoría cuantitativa del dinero. (Jon Alekoa).

Rallo contra Mises. Una reconstrucción necesaria de la teoría monetaria. (Ignacio Moncada).

El debate sobre el cálculo socialista, entonces y ahora

Por Kristian Niemieth. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

Voy a hablar del llamado debate sobre el cálculo socialista, que fue uno de los principales debates dentro de la economía del siglo XX. Un debate sobre la viabilidad de las economías planificadas.

Pero antes de nada, me gustaría decir unas palabras sobre por qué esto importa hoy, porque algunos de ustedes probablemente estén pensando: “¿Por qué debería importarme lo que un puñado de blancos muertos discutían hace 100 años?”.

Cuando ‘murió’ la historia

Si es así, hace diez años, habrían tenido razón. Tras la caída del Muro de Berlín, y durante aproximadamente un cuarto de siglo, la opinión generalizada era que el debate entre capitalismo y socialismo estaba prácticamente zanjado. Cuando Francis Fukuyama hablaba del “fin de la historia”, no quería decir que ya no iba a ocurrir nada interesante. Se refería a que las grandes batallas ideológicas que habían definido los siglos XIX y XX habían terminado.

Durante un tiempo, eso pareció cierto. En las décadas de 1990 y 2000, casi todo el espectro político -incluida la izquierda política dominante- aceptaba que las economías planificadas habían fracasado en la práctica y que una economía de éxito tendría que basarse predominantemente en el mercado. El Partido Laborista británico, por ejemplo, degradó su propia ala socialista y, bajo Tony Blair, se rebautizó como un partido que se sentía cómodo con la economía de mercado.

Por supuesto, siempre hubo grandes desacuerdos sobre política económica: sobre el tamaño y el alcance adecuados del Estado, sobre los límites de los mercados, sobre cómo deben regularse los mercados, sobre qué modelo de capitalismo es el mejor. Nadie ha dicho que eso esté resuelto, ni siquiera que pueda estarlo. Pero estos son debates dentro del capitalismo, no debates sobre si deberíamos tener una economía capitalista.

“Demasiado a la izquierda”

El marxismo nunca desapareció, pero se retiró de la primera línea de los debates de política económica y se convirtió en un tema más académico. Siempre ha habido movimientos anticapitalistas importantes, pero en los años noventa, 2000 y principios de 2010, eran sobre todo eso: antimovimientos, no movimientos por una alternativa específica.

Este sentimiento del fin de la historia todavía era notable después de las elecciones generales de 2015, cuando muchos comentaristas de los medios de comunicación -incluidos comentaristas simpatizantes de Ed Miliband- argumentaron que Miliband había perdido, porque era, con razón o sin ella, visto como “demasiado de izquierdas”. No había conseguido desprenderse de su imagen de “Red Ed”.

Dos años después, esa idea fue ampliamente refutada. Si Miliband había perdido porque era “demasiado de izquierdas”, entonces, lógicamente, su sucesor Jeremy Corbyn, un autodenominado socialista que estaba muy a la izquierda de Miliband, debería haber perdido por un margen aún mayor.

Pero ocurrió exactamente lo contrario. Corbyn ganó diez puntos porcentuales en comparación con Ed Miliband, y algo así como veinte puntos porcentuales entre los votantes más jóvenes. No ganó del todo, pero es evidente que contó con el apoyo entusiasta de millones de personas.

Corbymanía

La “Corbynmanía” llevó a las empresas de sondeos a preguntar a la gente más explícitamente cuál era su posición en el debate socialismo contra capitalismo, ese debate que supuestamente se había “zanjado” con la caída del Muro de Berlín. Resultó que no se había “zanjado” en absoluto. La idea de que “ahora todos somos capitalistas” es completamente errónea. Millones de personas no lo son. Entre los jóvenes y las personas de mediana edad, al menos una mayoría relativa -y quizá incluso absoluta- prefiere el socialismo al capitalismo. Si 1990 fue “el fin de la historia”, entonces la historia debe haberse reiniciado en algún momento de la última década.

Esta es, en pocas palabras, la razón por la que el debate sobre el cálculo socialista vuelve a ser importante. No es sólo una cuestión de los años veinte, sino también de los años veinte. Por eso tiene sentido conocerlo un poco, y esto es así independientemente del lado del debate socialismo vs. capitalismo en el que te encuentres.

¿Qué es el debate sobre el cálculo socialista?

El socialismo ha tenido sus críticos desde que existe como teoría. Sin embargo, antes de 1920, esas críticas se referían más a la naturaleza humana que, estrictamente hablando, a la economía. Los críticos afirmaban que el socialismo sería inviable, porque se basa en la voluntad de las personas de trabajar por el bien común y no para sí mismas, y la mayoría de la gente sería demasiado egoísta para eso.

Pero el debate sobre el cálculo socialista no trata de eso en absoluto.

En 1920, el economista austriaco Ludwig von Mises publicó un artículo titulado Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen -El cálculo económico en la mancomunidad socialista- en el que criticaba el socialismo desde un ángulo completamente distinto. Estaba de acuerdo con los socialistas y se limitaba a asumir la cuestión de la naturaleza humana:

Aún si concedemos […] que cada individuo en una sociedad socialista se esforzará con el mismo celo que lo hace hoy […], sigue existiendo el problema de medir el resultado de la actividad económica en una mancomunidad socialista que no permite ningún cálculo económico.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Para ver lo que quería decir con eso, tenemos que dar un paso atrás.

Sin intercambio, no hay precios

Cuando decimos que una unidad de un bien, X, vale cinco veces más que una unidad de otro bien, Y, ¿qué queremos decir con eso? ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo sabemos que vale cinco veces más que trece veces o tres mil veces? La respuesta es: porque ésa es la proporción en la que la gente suele estar dispuesta a intercambiar X e Y entre sí. Si a unas personas les das X y a otras Y, y les dejas que intercambien entre sí, convergerán en esa relación de intercambio de 5:1. Pero para eso, necesitas intercambiar. Pero para eso se necesita el intercambio. Si nadie intercambia nunca X e Y, no tenemos ni idea de cuál es la proporción “correcta”.

Von Mises suponía que, incluso en una economía socialista, seguiría habiendo algo así como “precios de mercado” para los bienes de consumo. Ello se debe a que suponía que existirían amplios mercados secundarios informales. Supongamos que el Estado asume que X vale tres veces más que Y, y reparte raciones de X e Y sobre esa base.

Pero es una proporción errónea, porque los consumidores valoran X cinco veces más que Y, no tres. La gente empezaría entonces a comerciar entre sí, y la proporción 5:1 sería observable en el mercado secundario. El Estado podría reaccionar y corregir la asignación primaria.

Sencillamente, imposible

Que yo sepa, eso nunca ha ocurrido. Hubo amplios mercados negros bajo el socialismo, pero no tengo constancia de que los planificadores socialistas observaran los precios de mercado en esos mercados negros y respondieran a ellos. Pero fue la suposición optimista de von Mises que una economía socialista podría, de esta manera indirecta, todavía generar algo parecido a los precios de mercado para los bienes de consumo.

Pero lo que no podría haber son precios de mercado para los bienes utilizados en la producción: factores de producción y bienes de capital. No habría precios de mercado para los distintos tipos de maquinaria, los distintos tipos de edificios industriales, los distintos tipos de materias primas, los distintos tipos de productos semiacabados, etcétera.

Si no tenemos precios de mercado para esos bienes, no podemos hacer cálculos económicos, en el sentido convencional. No podemos determinar si un método de producción es más eficaz que otro. Nos enfrentaríamos a miles de alternativas diferentes, pero no tendríamos ningún método racional para determinar cuáles son mejores y cuáles peores. La “planificación socialista” no sólo sería una mala idea. Sería literalmente imposible.

Nuevas reglas del juego

La afirmación de Von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo cambió las reglas del juego en varios sentidos.

En primer lugar, fue una inversión completa de lo que era una opinión muy extendida en la época: que el capitalismo era caótico (Marx y Engels habían hablado de “anarquía en la producción”), mientras que una economía socialista estaría racionalmente planificada. Au contraire, decía von Mises. Una economía capitalista puede parecer “caótica”, porque nadie la dirige en su conjunto. Pero es el único tipo de economía que nos permite comparar racionalmente los costes y los beneficios de diferentes cursos de acción. Es precisamente la economía “planificada” la que es caótica, porque hace imposible una auténtica planificación:

Tenemos el espectáculo de un orden económico socialista flotando en el océano de combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico. Así, en la mancomunidad socialista, cada cambio económico se convierte en una empresa cuyo éxito no puede evaluarse de antemano ni determinarse más tarde retrospectivamente. Sólo hay tanteos en la oscuridad. El socialismo es la abolición de la economía racional.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Una estatua para Ludwig von Mises

En segundo lugar, obligó a los economistas socialistas a reflexionar más detenidamente sobre cómo debía ser, en la práctica, la “planificación económica”. Algunos socialistas trataron de rebatir los argumentos de von Mises – eso es lo que convirtió el Debate sobre el Cálculo Socialista en un debate. Oskar Lange, un economista que más tarde se convertiría en una figura importante de la República Popular Polaca, escribió en 1936, casi con toda seguridad ligeramente irónico:

Los socialistas tienen ciertamente buenas razones para estar agradecidos al profesor Mises, el gran advocatus diabol de su causa. Porque fue su poderoso desafío el que obligó a los socialistas a reconocer la importancia de un sistema adecuado de contabilidad económica para guiar la asignación de recursos en una economía socialista. […]

El mérito de haber llevado a los socialistas a abordar sistemáticamente este problema pertenece enteramente al profesor Mises. […] Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en la gran sala del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Simplemente, cambiamos de gestor

Lange creía que von Mises estaba equivocado en última instancia, y que el Estado podía fijar los precios tan bien como el mercado:

En una economía socialista […] el proceso de determinación de precios es bastante análogo al de un mercado competitivo. La Junta Central de Planificación desempeña las funciones del mercado. […] Una sustitución de las funciones del mercado por la planificación es bastante posible y viable.

Oskar Lange

Lenin: trabajadores armados

Esto puede sonar extraño, pero hasta ese momento, los socialistas nunca habían pensado realmente en cómo funcionaría, en la práctica, una economía socialista. Marx y Engels nunca se habían preocupado de ello. Incluso Lenin sólo tenía esto que decir:

Todos los ciudadanos se transforman en empleados contratados por el Estado, que consiste en los trabajadores armados. Todos los ciudadanos se convierten en empleados y obreros de un “sindicato” estatal único en todo el país. Todo lo que se exige es que trabajen por igual, realicen la parte de trabajo que les corresponde y reciban el mismo salario; la contabilidad y el control necesarios para ello han sido simplificados al máximo por el capitalismo y reducidos a las operaciones extraordinariamente sencillas -que cualquier persona alfabetizada puede realizar- de supervisar y registrar, conocer las cuatro reglas de la aritmética y emitir los recibos correspondientes.

Friedrich A. Hayek

Eso es todo. Así de fácil. Sólo un poco de contabilidad y emisión de recibos, y trabajo hecho. Después de la Revolución Rusa, él -o mejor dicho, la gente lo suficientemente desafortunada como para ser sometida a ese experimento- aprendió por las malas que la economía es algo más que emitir recibos. De todos modos, esa fue la primera ronda del debate sobre el cálculo socialista. Uno de los alumnos de von Mises, el futuro Premio Nobel Friedrich August von Hayek, refinó más tarde los argumentos.

Hayek dejó más claro qué tienen los precios de mercado que los convierten en una herramienta tan vital, y por qué los precios fijados por el Estado no eran un sustituto adecuado. La idea básica es la siguiente: En una economía avanzada y compleja, dependemos de la especialización y de la división del trabajo. Nadie sabe hacerlo todo. No hay neurocirujanos que también sean grandes fontaneros, electricistas, poetas, traductores y expertos en política exterior. Pero todo el mundo sabe hacer algo. Así que todos hacemos cosas diferentes, y luego hacemos que esas diferentes piezas encajen.

División del conocimiento

Del mismo modo, las economías avanzadas y complejas se basan en una división del conocimiento. Nadie lo sabe todo sobre la economía. Nadie sabe más que una pequeña parte. Pero todos sabemos algo. Todos tenemos algún conocimiento económicamente relevante: tal vez sobre la industria en la que trabajamos, la región en la que vivimos o, si no hay nada más, todos conocemos nuestras propias preferencias mejor que nadie.

Todos aportamos conocimientos al mercado. El mercado agrega todos esos conocimientos y los difunde. Un ejemplo que Hayek utilizó fue el de una caída repentina de la oferta de estaño en algún lugar del mundo; o alternativamente, se descubre un nuevo uso industrial del estaño, lo que provoca un aumento de la demanda.

La mayoría de nosotros no tenemos ni idea de ese sector de la economía. No sabemos nada de la minería del estaño, y no tenemos ni idea de que esto haya ocurrido. Pero no necesitamos saberlo. Todo lo que tenemos que hacer es observar que los precios del estaño, y los precios de los productos que contienen estaño, han subido, y reaccionar a ello de alguna manera.

Precios y orden

Las empresas que utilizan estaño para fabricar, por ejemplo, muebles, pueden buscar algún sustituto. Los consumidores pueden cambiar a un producto alternativo que utilice menos estaño o, si eso no es posible, simplemente reducir su consumo de productos que contengan estaño. Al mismo tiempo, alguien, en algún lugar, detectará la oportunidad de obtener beneficios e intentará introducir en el mercado nuevos suministros de estaño o sustitutos cercanos.

Todos lo hacemos varias veces al día: reaccionamos a los cambios de precios, a veces de forma casi automática, normalmente sin saber qué los ha provocado. Y no necesitamos saberlo. Alguien, en algún lugar, sí lo sabe, y su conocimiento está contenido en los precios. Las condiciones económicas cambian todo el tiempo, de maneras que la mayoría de las veces ignoramos, y a través del sistema de precios, las partes relevantes de ese conocimiento se difunden por toda la economía.

Las economías planificadas no disponen de este mecanismo. Dependen de una junta de planificación para cotejar y evaluar toda la información pertinente. Hayek no fue tan lejos como von Mises: no dijo que una economía socialista fuera literalmente imposible. Sólo dijo que era una forma muy inferior de organizar una economía.

¿Es una cuestión de computación?

Hasta aquí, podría pensarse: ¿no es todo esto un problema de insuficiente capacidad de procesamiento de datos? Si es así, ¿no significa esto que el debate sobre el cálculo socialista está ya desfasado? Claro, planificar una economía requiere cantidades colosales de datos. Puede que en el antiguo bloque del Este no fuera posible recopilar, procesar y evaluar semejante volumen de datos. Pero, ¿seguiría siendo un problema hoy en día? ¿Acaso Amazon y Google no disponen ya de más información sobre sus clientes que la que jamás haya tenido cualquier consejo de planificación socialista?

Hayek no vivió para ver la era de Internet, y mucho menos el auge de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, si viviera hoy, sospecho que no se sentiría obligado a modificar mucho sus argumentos. El Debate Socialista sobre el Cálculo nunca versó principalmente sobre el procesamiento de datos en el sentido técnico.

Conocimiento tácito y no articulable

Hayek también argumentaba que gran parte del conocimiento económicamente relevante es de naturaleza tácita. El conocimiento tácito es el que poseemos, pero nos costaría articular. Para la mayoría de la gente, la gramática de su lengua materna es un conocimiento tácito. Todos podemos hablar un inglés perfecto, pero si un hablante no nativo nos preguntara “¿Por qué usaste este tiempo en vez de aquel?”, o “¿Por qué usaste esta palabra en vez de aquella?”, la mayoría de las veces, nuestra respuesta sería “No lo sé; simplemente suena bien, y la otra suena rara”.

Hay que reconocer que este es un mal ejemplo, porque si quieres puedes estudiar las reglas gramaticales de tu lengua materna. En este caso, puedes convertir el conocimiento tácito en formal.

El escritor que no sabe explicar cómo escribir

Pero a menudo no es así. La mayoría de los trabajos contienen conocimientos tácitos que se han adquirido a lo largo de los años, pero que costaría mucho articular y, por tanto, transmitir a un sucesor o a un colega. Nunca olvidaré mi decepción cuando leí el libro On Writing de Stephen King, el autor de novelas de terror. Lo leí porque pensé que podría aprender algunos trucos del maestro. No fue así. Es evidente que King es un gran escritor, pero explica fatal cómo lo hace. No sabe cómo lo hace. Es un conocimiento tácito. No puede articularlo. Pero si él no puede hacerlo, ¿quién puede?

Incluso las preferencias de los consumidores suelen ser tácitas y, por diversas razones, nuestro comportamiento de compra real suele desviarse de nuestras preferencias declaradas. El conocimiento empresarial también suele contener una gran parte tácita. Cuando se les pregunta por sus ideas de negocio, los empresarios de éxito suelen decir que tuvieron “una corazonada”, “un presentimiento” o “una intuición”.

Para ese tipo de conocimiento, no sirve de nada tener ordenadores más rápidos que puedan manejar más datos.

Prueba y error

Yendo un poco más allá del debate sobre el cálculo socialista en sentido estricto, Hayek también hizo hincapié en el papel de los procesos de ensayo y error en la vida económica. En economía, aprendemos la mayoría de las cosas a través de la experimentación y no de grandes planes. Esto es aún más evidente hoy que en la época de Hayek. Para casi todos los productos que usamos hoy en día, se pueden encontrar citas de expertos de la industria de la época de su lanzamiento, prediciendo con seguridad que el producto nunca despegaría. Las compras en línea nunca existirán. Internet nunca existirá. La televisión nunca existirá. El coche nunca existirá. Los Beatles nunca existirán. Arnold Schwarzenegger nunca triunfará como actor. Walt Disney nunca encontrará público para su excéntrica idea de un pato parlante en traje de marinero y un ratón parlante en bañador.

En retrospectiva, sería tentador burlarse de las personas que hicieron esas predicciones que envejecieron tan terriblemente, pero eso sería errar el tiro. Esas personas no eran estúpidas ni ignorantes. Es que así es la vida económica. Sabemos muy poco. Es muy poco lo que podemos planificar conscientemente. Tenemos que probar cosas, ver qué pasa y aprender haciendo.

No en una economía socialista

¿Podría una economía socialista permitir también ese tipo de experimentación? No veo cómo. Se necesita un sistema en el que la gente pueda probar ideas que, para la mayoría de los observadores, parecen inverosímiles y descabelladas. Las burocracias (o los comités democráticos) no funcionan así, ni deberían hacerlo. Un sistema en el que las personas tienen libertad para asumir riesgos debe ser un sistema en el que asuman la responsabilidad de las consecuencias. Para ello es necesaria la propiedad privada.

Yo diría que está claro, tanto desde el punto de vista teórico como histórico, qué bando ha ganado el debate sobre el cálculo socialista: el bando austriaco, el bando antisocialista. Pero yo no soy un observador neutral. Estoy firmemente en el “Equipo Austria”.

Pero también diría que, incluso si te encuentras en el bando socialista, deberías tomarte en serio el Debate sobre el Cálculo Socialista y comprometerte con la crítica austriaca. Las generaciones anteriores de socialistas ciertamente lo hicieron.

Recuerde lo que dijo Oskar Lange:

Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en el gran salón del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Oskar Lange

Me gustaría ver algo de ese espíritu en los socialistas de hoy. Me gustaría ver a un socialista actual intentar dar una respuesta meditada a los argumentos de Mises-Hayek. Me gustaría verles intentar presentar una versión del socialismo que evite esos problemas de cálculo socialista.

Los socialistas actuales no lo hacen. Se limitan a desestimar las objeciones al socialismo como “deleznables”. Disfrutan de una gran ventaja de reputación sobre sus oponentes, a saber, el hecho de que el socialismo se considera moderno y de moda, y por lo tanto, simplemente capitalizan esa ventaja, en lugar de preocuparse por los aspectos prácticos.

Convencer a los socialistas de que el socialismo es posible

Hasta cierto punto, les funciona. Sin embargo, al menos un socialista está de acuerdo conmigo en que la gente de su bando debería esforzarse un poco más. Sam Gindin, un marxista canadiense, escribe en la popular revista socialista Jacobin:

De las dos tareas centrales que exige la construcción del socialismo -convencer a una población escéptica de que una sociedad basada en la propiedad pública de los medios de producción, distribución y comunicación podría de hecho funcionar, y actuar para acabar con el dominio capitalista- la atención abrumadora […] se ha centrado en la batalla política para derrotar al capitalismo. El aspecto que podría tener la sociedad al final del arco iris […] sólo ha recibido una atención retórica o superficial.

Pero […] la afirmación arrogante de la viabilidad del socialismo ya no es suficiente. Ganar a la gente para una lucha compleja y prolongada para introducir formas profundamente nuevas de producir, vivir y relacionarse exige un compromiso mucho más profundo con la posibilidad real del socialismo. […] No basta con centrarse en llegar. Ahora es al menos igual de importante convencer a los futuros socialistas de que realmente hay un ‘ahí’ al que llegar.

Sam Gindin

Así es.

Ver también

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico. (Eduardo Blasco).

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (y V)

Réplica (4 de 4) al artículo “Bitcoin es una mercancía”[1]

Las tomas falsas de este debate

Algunos de los argumentos empleados por Polavieja en este debate los considero como tomas falsas. En el mundo del cine o de la televisión, las tomas falsas son aquellas tomas descartadas para su emisión o emitidas posteriormente, por ejemplo, por ser divertidas. En este caso, considero tales argumentos como errores o manipulaciones demasiado evidentes como para ser tomados en serio (es decir, los considero una toma falsa, una toma que debe ser descartada). Por ese motivo, apenas los analizaré. Simplemente, mostraré aquí esas “tomas falsas” para que no se lleve a engaño el autor y crea que sus argumentos han pasado por buenos.

Primera toma falsa

Para que se pueda entender a lo que me voy a referir con esta primera toma falsa, comenzaré por repetir de forma abreviada algunos de los argumentos que empleaba en mi réplica a Polavieja, en los que planteaba una duda que podía surgir a partir de ciertas palabras de Menger. La duda era si Menger consideraba necesario que una mercancía (un bien destinado al intercambio) tuviera usos distintos a ser medio de cambio. En primer lugar, citaba unas palabras de Menger referidas al dinero (la mercancía por antonomasia, según su definición) en las que parece entenderse que considera necesario el valor de uso:

La fuerza de la costumbre es tal que asegura al dinero su capacidad de intercambio, incluso cuando ya no se tiene inmediatamente en cuenta su carácter de metal útil. Esta observación es del todo correcta. Pero no es menos claro que desaparecería rápidamente la capacidad de intercambio del dinero, a una con la costumbre sobre la que se fundamenta, si, por la razón que fuere, el dinero perdiera su característica de metal útil.[3]

Manuel Polavieja

A continuación explicaba que “este párrafo se refiere a una observación de Oppenheim en Die Natur des Geldes (1855)” y decía que, se compartiera o no la última afirmación de Menger, tal vez Polavieja no estaba muy acertado “cuando interpreta que según Menger no sería necesario que una mercancía tuviera otros usos distintos a ser medio de cambio”.

La respuesta de Polavieja a mis argumentos fue la siguiente:

…al contrario de lo que parece insinuar Serrano, Menger no afirma que la amplia demanda de una mercancía tenga que venir porque además tenga valor de uso, e incluso si así fuera (que no lo es), tampoco afirma que sea una característica obligatoria.

Manuel Polavieja

Por supuesto, yo nunca insinué nada en ese sentido, simplemente plantee una duda y esperaba que Polavieja pudiera ofrecer alguna explicación, cosa que no hizo. Pero lo mejor viene a continuación. Dice Polavieja:

Con respecto al texto de Menger en el que se refiere a Oppenheimer, la conozco muy bien y la traducción al castellano omite la palabra “cantidades”. Este texto termina de la siguiente manera en el escrito original: “wenn der Charakter der Geldstücke, als Quantitäten von Nutzmetall, verloren ginge.” Que en la versión en inglés está traducido con mayor fidelidad que en castellano: “if the character of coins as quantities of industrial raw materials were lost. Menger se está refiriendo a que la cantidad de metal (oro o plata) desaparezca, es decir, al envilecimiento de la moneda.

Manuel Polavieja

El texto de Menger citado al comienzo y al que se refiere Polavieja en esta cita corresponde a una nota del primer apartado (“Naturaleza y origen del dinero”) del capítulo VIII (Teoría del dinero) del libro de Menger Principios de Economía Política. Cuando introduce esa nota a pie de página (larguísima nota), Menger está hablando de la gran importancia de la costumbre en el origen del dinero. La nota al completo (casi dos mil palabras) trata sobre las diferentes teorías del origen del dinero defendidas por los economistas a lo largo de la historia (desde Aristóteles, Jenofonte y Plinio, pasando por Law, Genovesi y Turgot, hasta llegar a Rau, Roscher y, finalmente, Oppenheim, entre muchos otros).

¿Por qué incluyo este asunto en la categoría de “tomas falsas”? Porque este texto no tiene absolutamente nada que ver con el envilecimiento de la moneda, ni en español, ni en inglés ni en alemán. Bajo ningún concepto se puede afirmar lo que dice Polavieja.[4] Les pido a aquellos que se creyeran la réplica políglota de Polavieja que la comprueben (don´t trust, verify). Aquí no cabe una mala interpretación. Polavieja se “saca de la manga” el sentido de las palabras de Menger para no dar explicaciones de la duda que se le estaba planteando y que ponía en un brete sus tesis.

Segunda toma falsa

Siguiendo con el tema anterior, en la réplica le mostraba a Polavieja otro texto en el que de nuevo se podía interpretar que Menger consideraba necesario que las mercancías tuvieran siempre un uso distinto al de estar destinadas al intercambio:

Por doquier vemos que las mercancías que, por condiciones históricas y geográficas, son más negociables, además de ser empleadas para fines útiles, asumen al mismo tiempo la función de medios de cambio de uso general.[5]

Menger, Carl (1892): El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013, p. 90

En mi opinión, Menger da por hecho que las mercancías usadas como dinero se emplean siempre para fines útiles. No dice a veces asumen, dice asumen al mismo tiempo… De hecho, se podría cambiar el orden de la frase sin alterar el significado. Las mercancías más negociables, además de ser usadas para el intercambio, se emplean al mismo tiempo para fines útiles. Sin embargo, Polavieja me saca del error con una lección magistral (nótese la ironía):

También trae Serrano otra cita donde Menger se refiere a mercancías donde dice: “además de ser empleadas para fines útiles”. En primer lugar, el adverbio “además” ya denota un carácter accesorio o accidental (no esencial).

Manuel Polavieja

Decir que el adverbio “además” denota un carácter accesorio o accidental (no esencial) es simplemente ridículo. El adverbio “además” se usa para introducir información que se añade a la ya presentada (RAE), pero ese uso no denota nada. La locución preposicional “además de” se usa para añadir información a algo que se indica expresamente (RAE) y, de nuevo, este uso no denota nada. El diccionario María Moliner dice que el adverbio “además” expresa que la acción del verbo a que afecta ocurre añadida a otra ya expresada. Y pone como ejemplo la frase tiene mucho dinero, además de fincas, que como se podrá entender no denota ningún “carácter accesorio o accidental (no esencial)” de las fincas, simplemente añade información.

Por los motivos expresados, este pequeño pasaje de Polavieja también se ha ganado el derecho a aparecer en la categoría de “tomas falsas”.

Tercera toma falsa

Dice Polavieja, en referencia al origen del dinero que

una cosa es que individualmente sea históricamente muy improbable, más bien virtualmente imposible, inventar algo tan abstracto como el dinero de forma individual, y otra muy distinta que una vez descubierto espontáneamente y sobre el soporte de los bienes con valor de uso, cualquiera pueda intentar lanzar, de manera expresa y exclusiva, un bien cuya finalidad sea únicamente servir como medio de intercambio.

Manuel Polavieja

Por supuesto, nada impide que cualquiera pueda lanzar un bien con la única intención de servir como medio de intercambio o cuya finalidad sea, desde su punto de vista, únicamente esa. Pero, por un lado, la intención del creador de ese bien no es relevante a la hora de que ese bien sea adoptado finalmente en sociedad como medio de intercambio y, por otro, el hecho de que el creador de un bien solo encuentre en ese bien una determinada finalidad no impide que otras personas encuentren finalidades distintas (la creatividad del ser humano es sorprendente e inagotable).

Y, relacionado con lo que dice Polavieja en ese párrafo, uno de los errores más habituales es pensar que la teoría del origen del valor del dinero de Mises (una teoría apriorístico-deductiva compatible con la teoría histórico-evolutiva del surgimiento del dinero de Menger) es solo aplicable al primer dinero, pero que cuando hay otros dineros en funcionamiento y es conocido el concepto de dinero las circunstancias son diferentes. En realidad, las circunstancias son, en última instancia, exactamente las mismas. Es posible inventar un bien con la intención de que se convierta en dinero, y ese bien puede efectivamente llegar a ser dinero, pero no es posible demandar algo como dinero/MoE si no se ha establecido antes un precio de ese bien en el mercado. Y precisamente de este asunto del primer precio es de lo que quería hablar ahora. En referencia a la hipotética invención de un bien con la intención de ser dinero, dice Polavieja:

Que dicha invención no tenga ningún valor de uso no monetario que genere un primer precio, o que dicha invención acabe por fracasar, en absoluto impide que el promotor la lance y que uno o más individuos consideren que puede funcionar como medio de cambio adquiriendo las primeras unidades al precio que voluntariamente acuerden las partes y generando así un primer valor de cambio basado única y exclusivamente en la expectativa de utilidad monetaria.[6]

Manuel Polavieja

Ya he analizado en profundidad el asunto de las expectativas, las esperanzas, etc., en la tercera parte de este trabajo,[7] y ese análisis las ha mostrado como valor de uso, así que no voy a repetirme. Lo único que voy a hacer aquí es mostrar un ejemplo similar al de Polavieja, el de Lawrence H. White en el año 2014 y su rectificación en el año 2015.

En 2014, poco después del 100 aniversario de la obra de Mises La Teoría del Dinero y del Crédito, Lawrence H. White organizó un debate en “Liberty Matters”.[8] Los participantes (Lawrence H. White, Jörg Guido Hülsmann, Jeffrey Rogers Hummel, y George A. Selgin) analizaron la importancia de La Teoría del Dinero y del Crédito de Mises como un paso más en la aplicación de los avances de los economistas austriacos a la teoría monetaria y discutieron la solidez de la teoría de Mises una vez que, supuestamente, había sido puesta a prueba por la aparición de Bitcoin. En ese debate Lawrence H. White consideraba un desafío dar cuenta de Bitcoin utilizando el teorema de la regresión de Mises y utilizaba muchos de los argumentos que hoy emplea Polavieja. Incluso llega a cuestionar el propio teorema. Pero al igual que le sucede a Polavieja, el cuestionamiento del teorema por parte de White estaba basado en asunciones manifiestamente erróneas acerca de los inicios de Bitcoin. No obstante, a diferencia de Polavieja, White corrigió algunos de esos errores en 2015:

Anteriormente (White 2014a) rechacé demasiado apresuradamente este argumento como explicación de cómo Bitcoin logró por primera vez un precio de mercado positivo, sobre la base de que «no ofrece lo que requiere el argumento, es decir, una descripción de cómo Bitcoin inicialmente alcanzó un valor independiente de su uso real o futuro como medio de intercambio. El valor en cada punto de este escenario deriva enteramente del uso o uso prospectivo como medio de intercambio…» Me equivoqué al pensar que el argumento requiere tal cosa. Una valoración de afinidad positiva de una criptomoneda bien puede estar referida a la posibilidad de que despegue como dinero no estatal, pero eso no implica el problema del huevo o la gallina. La demanda de afinidad y, por lo tanto, el valor de mercado pueden ser positivos antes de que comience el uso real del medio de intercambio.[9]

Lawrence H. White, The Market for Cryptocurrencies.

Polavieja sigue repitiendo hasta la saciedad que Bitcoin no tuvo nunca ningún valor de uso no monetario y que cualquier valor que se le apreciara y que condujera al primer precio de mercado fue debido únicamente a su utilidad monetaria esperada. Ese empeño absurdo de Polavieja, que como hemos visto White no tardó en abandonar, le hace merecedor de esta nueva “toma falsa”.

Cuarta toma falsa

Antes de comenzar, conviene recordar dos cosas: la primera, que tanto la utilidad como el valor son siempre subjetivos, y la segunda, que no se debe confundir la eficiencia de una máquina (utilidad técnica) con la utilidad que cada uno pueda encontrar en ella (utilidad praxeológica). Digo esto, porque Polavieja utiliza muy a menudo el ejemplo de los coches o los teléfonos para compararlos con Bitcoin. Según su opinión, son todos mercancías y no hay diferencias esenciales entre ellos. Pero las diferencias existen y son insuperables.

La utilidad técnica de un coche es innegable, al igual que la de un teléfono. Digamos que no es necesaria una red de personas para reconocer la utilidad técnica de un teléfono (la puede comprobar el inventor por sí mismo, poniéndose un auricular en el oído izquierdo y otro auricular en el derecho). Y el hecho de que se venda o no el teléfono es indiferente, la utilidad técnica existiría igualmente aunque no se vendiera un solo teléfono y se dejara de fabricar.

En el caso de Bitcoin (como en el caso del coche o del teléfono) también hay un funcionamiento técnico evidente (bueno… al principio no era tan evidente, Satoshi Nakamoto y “Hal” Finney pasaron algunos apuros corrigiendo los problemas que iban surgiendo, pero hace mucho tiempo que no hay ninguna duda al respecto). No obstante, a pesar de un funcionamiento técnico impecable, el sistema Bitcoin no produce medios de intercambio. Un congelador produce cubitos de hielo, y el sistema Bitcoin “produce” bitcoins, pero este sistema no produce medios de intercambio. El hielo se puede utilizar para enfriar bebidas, independientemente de que los usuarios finalmente decidan no enfriar sus bebidas.

Sin embargo, la utilidad monetaria de Bitcoin no es independiente de que los usuarios decidan utilizar los bitcoins como medio de intercambio indirecto, porque los medios de intercambio surgen precisamente como consecuencia de las acciones de los agentes económicos (no como consecuencia del funcionamiento técnico de un sistema). Es decir, los bitcoins solo se convierten en medios de intercambio si los usuarios los utilizan para tal fin. Mientras los usuarios no utilizaban los bitcoins para el intercambio indirecto, los bitcoins no eran medios de intercambio (a pesar de que el sistema desde el primer momento y sin descanso “producía” nuevos bitcoins cada diez minutos).

Pretender que la utilidad monetaria de Bitcoin es equivalente a la utilidad técnica de los coches, de los teléfonos o de la máquina de hielo es absurdo; es desconocer completamente las leyes que rigen el intercambio indirecto. Por ello, esta idea de Polavieja merece ser considerada como una nueva “toma falsa”.

Quinta toma falsa

Respecto a ciertos asuntos que no vienen al caso, dice Polavieja lo siguiente:

Esto ni siquiera lo disputa Mises en la cita que expuse en el IV artículo de mi serie, donde afirma que los servicios monetarios son capaces de generar valor, que Serrano parece que no leyó, pues la aporta como novedad en su crítica.

Manuel Polavieja

Antes de nada, decir que yo no aporto ese párrafo de Mises como novedad, sino que lo aporto en apoyo de mis argumentos. El hecho de que también lo citara Polavieja en su artículo es irrelevante, pues no tiene la exclusiva de las ideas de Mises. Además, seguramente las interpretemos de forma muy diferente. No obstante, lo que quiero decir sobre este asunto no tiene del todo que ver con la respuesta de Polavieja a mi crítica, sino más bien con esa alusión directa.

El caso es que hace un tiempo Polavieja publicó en Twitter el siguiente mensaje:

Incluso Ludwig V. Mises, a pesar de su desafortunado teorema de la regresión, finalmente reconoció que la función monetaria es en sí misma capaz de crear valor.[10] [Traducción propia]

Manuel Polavieja

Añadiendo una foto de un párrafo de Mises, que es precisamente el párrafo del que estamos hablando ahora:

Todos los que negaron la capacidad de los servicios del dinero para determinar su valor de cambio no supieron reconocer que el único elemento decisivo es la demanda. El hecho de que exista una demanda de dinero —el bien más comerciable (más vendible), por el cual los propietarios de otros bienes están dispuestos a intercambiar— significa que la función monetaria es capaz de crear valor.[11] [Traducción propia]

Mises, Ludwig von. Money, Method, and the Market Process : essays by Ludwig von Mises. Selected by Margit von Mises. United States of America: Kluwer Academic Publishers, 1990, p. 59

Esto que dice Mises en ese libro de 1990 (que la función monetaria es capaz de crear valor) coincide al cien por cien con lo que defiende Polavieja. Por ello, Polavieja interpretó esas palabras de Mises a su favor y dijo eso de “a pesar de su desafortunado Teorema de la Regresión, Mises finalmente reconoció que la función monetaria en sí misma era capaz de crear valor” [las cursivas son mías]. Como yo conocía la fecha en que Mises escribió tales palabras, le pregunté a Polavieja lo siguiente:

¿Qué quieres decir con eso de “finalmente reconoció”? Escribió eso en 1932, 17 años antes de escribir La Acción Humana y en este trabajo no necesitó cambiar nada esencial sobre su teorema de la regresión de 1912…[12] [Traducción propia]

Tras esto, Polavieja me responde: “Esa cita es de Money, Method, and the Market Process, publicado en 1990 por su esposa. No sabía que lo escribió en 1932, ¿estás seguro de esa fecha?”[13] [Traducción propia]. Una vez que le envié los datos de publicación,[14] Polavieja no tuvo inconveniente en reconocer su error:

Entonces me equivoqué usando la palabra “finalmente”.[15] [Traducción propia]

Manuel Polavieja

Pero aquí la cuestión verdaderamente importante no es reconocer el error de usar la palabra “finalmente”, sino lo que esto significaba. Polavieja daba a entender que Mises había planteado su teorema de la regresión en 1912 (en La Teoría del Dinero y del Crédito), lo había ratificado en 1949 (en La Acción Humana) y, sin embargo, en 1990 se daba cuenta por fin de su error y rectificaba. Es decir, Polavieja se había inventado una interpretación favorable a las tesis que defiende a partir de un dato erróneo y que no había comprobado antes de hacer su interpretación. A esto se le llama sesgo de confirmación. Ignacio Moncada lo explicaba muy bien en este mismo medio (el IJM):

Las personas tenemos una enorme tendencia a intentar confirmar nuestras ideas preconcebidas. Para ello, inconscientemente, buscamos y seleccionamos la información que nos interesa, la interpretamos como nos viene bien y le damos una importancia desproporcionada. Sin embargo, tendemos a evitar la información que pone en duda nuestras ideas, la reinterpretamos para no tener que modificarlas y le damos una importancia mucho menor que a la información que nos interesa.[16]

Ignacio Moncada

Polavieja aceptó su error al usar la palabra “finalmente”, pero la inclinación a hacer interpretaciones que favorecen los argumentos propios únicamente le condujo a cambiar de interpretación. Si primero decía que Mises, “a pesar de su desafortunado teorema de regresión, finalmente reconoció…” Ahora dice: “estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Mises en esa cita, y añado que ahí contradice de pleno su propio teorema de regresión”. En lugar de pensar que Mises difícilmente caería en tal contradicción y buscar una explicación plausible, eligió el camino fácil.

En realidad, en este caso a Polavieja no parece importarle demasiado qué versión dar, lo que parece interesarle más es confirmar sus ideas preconcebidas. Esto es una reinterpretación en el sentido que señalaba Ignacio Moncada cuando explicaba el sesgo de confirmación. En castellano antiguo esta actitud se describía como “sostenella e no enmendalla”. Y creo que merece ser incluida en la categoría de “tomas falsas”.

Evidentemente, el sesgo de confirmación es muy poco recomendable en la investigación, sobre todo si como dice Polavieja él solo busca “avanzar en conocimiento”. De hecho, el sesgo de confirmación es más propio de propagandistas que de investigadores. No quiero decir con esto que Polavieja actúe como un propagandista, si lo pensara lo diría. Ahora bien, ese peligro siempre está ahí, ¿a cuántas personas conocen que después de llevar mucho tiempo defendiendo una misma posición se dan cuenta de su error y rectifican? Eso es más fácil hacerlo cuando uno lleva poco tiempo, pero cuando lleva mucho…

En mi caso particular, siendo Jesús Huerta de Soto presidente del tribunal que me examinaba, defendí los errores del teorema de la regresión en un trabajo de investigación sobre Bitcoin. Pero, una vez que profundicé en esa investigación (en el doctorado que estoy realizando en la actualidad) y entendí el teorema en toda su profundidad, me di cuenta de que el error era mío, no de Mises ni del teorema. Y no tengo problema ninguno en admitirlo.

Por supuesto, cuando cometí ese error llevaba poco tiempo de investigación y, por lo tanto, era más fácil admitirlo que si hubiera llevado muchos años defendiendo la misma posición. Como simple curiosidad, quiero añadir que el hecho de que cualquier aprendiz de economista o cualquiera que empiece a profundizar en teoría monetaria encuentre (o crea encontrar) fallos en las teorías de Mises al parecer es algo muy habitual. Se lo he leído a Joseph T. Salerno e incluso también a Rallo:

… cuando releo a Mises intentando encontrar sus fallas me doy cuenta, la mayoría de las veces, de que cuando yo he ido, él ya ha vuelto. Es cierto que sigo manteniendo ciertas diferencias irreconciliables con él, en asuntos en los que estoy seguro de que se equivoca, pero en muchas otras ocasiones sólo me queda concluir que las objeciones que había desarrollado contra sus argumentos ya las había tenido él en cuenta, analizado enteramente y refutado en unas pocas líneas. Y es en esos momentos en los que me rindo ante la elegancia del austriaco y comprendo que una sola lectura de La acción humana no es suficiente: la riqueza intelectual que contiene cada uno de sus párrafos es demasiado grande como para apreciarla y comprenderla en toda su magnitud… [17]

Juan Ramón Rallo. El libro que me convirtió en economista

Me quedo con estas últimas palabras de Rallo y doy por terminada mi respuesta al artículo de Polavieja. A continuación añadiré un apartado final con unas breves reflexiones (simples pensamientos puestos por escrito).

Addenda

Unas breves reflexiones. Vaya por delante que estas reflexiones no son las conclusiones del análisis realizado (eso ya queda visto para sentencia de los lectores), sino solo unas reflexiones personales expuestas con luz y taquígrafos. Esta expresión, popularizada en su día por Antonio Maura en el Congreso de los Diputados quiere decir “claridad en los planteamientos y que quede por escrito para que conste”. Pues esa es precisamente mi intención con estas reflexiones.

Como ya he comentado anteriormente, Polavieja dice que prefiere hablar de mercancía para referirse al estatus inicial de Bitcoin, renunciando a hablar de medio de intercambio. Pero, en mi opinión, si pretende hablar de utilidad monetaria, no queda otro remedio que hablar de medios de intercambio. Según alega, el motivo de su renuncia es despejar el debate. Sin embargo, cuando Polavieja dice esto, parece que lo único que pretende es enredar los argumentos, no aclararlos. Comienza con las mercancías, que transforma en medios de cambio, luego cambia el significado del concepto valor de cambio de forma que pueda enlazar con los anteriores… Con estos tejemanejes presenta como verosímil lo que en realidad es una imposibilidad lógica (la existencia de una mercancía con valor de cambio sin haber tenido antes valor de uso) y, finalmente, mediante una interpretación ad hoc de Bitcoin, acaba sosteniendo que este novedoso fenómeno monetario refuta el teorema de la regresión de Mises.

En mi opinión, el verdadero interés de Polavieja es arrumbar el teorema de la regresión. Polavieja defiende una teoría monetaria muy difusa. Dado que esta teoría no cuenta con unos sólidos fundamentos y es puesta en evidencia desde su misma base por el teorema de Mises, Polavieja se afana en tratar de desprestigiarlo. Como curiosidad, decir que mientras escribía estas palabras me llegó un mensaje informándome de un nuevo artículo de Polavieja en el Instituto Juan de Mariana, adivinen sobre qué trataba… Efectivamente, sobre el teorema de Mises. El artículo se titulaba “Refutación del teorema de regresión de Mises”. La casualidad hizo que llegara esta supuesta “refutación” justo cuando trataba de explicar el porqué de la obsesión de Polavieja por dicho teorema.

En línea con lo ya apuntado, el intento de Polavieja de enfrentar a Mises y a Menger[18] se podría explicar por dos motivos, en primer lugar, por la imperiosa necesidad de refutar el teorema de Mises (los defensores de esa teoría monetaria tienen que aparentar haber refutado la teoría de Mises antes de poder seguir adelante con sus planteamientos). Y, en segundo lugar, porque al romper con Mises los defensores de esa teoría monetaria necesitan imperiosamente mantener un enlace con la Escuela Austriaca de Economía. De lo contrario, se quedarían huérfanos, espantando a todos aquellos que solo llegan a ellos atraídos por el prestigio de esta escuela económica (principalmente liberales, anarcocapitalistas y, en los últimos años, también bitcoiners). En el caso de Polavieja, el enlace con la escuela lo busca a través de la defensa de algunas teorías muy específicas de Menger y, en lo relacionado con Bitcoin, ese enlace lo busca principalmente a través de la teoría de la mercancía del mismo autor.

Desconozco si Polavieja se considera seguidor de la Escuela Austriaca de Economía o simplemente seguidor de Menger. Tal vez ninguna de las anteriores y, en realidad, solo se sirva de Menger de forma utilitarista para conseguir los objetivos citados. En todo caso, mi opinión es que en la actualidad desarrolla una estrategia que solo está enfocada hacia la defensa de su teoría monetaria (considero que esto es así incluso cuando habla de Bitcoin). Esa teoría monetaria que defiende supone un claro retroceso en el ámbito de la teoría económica y es un peligro para el entorno de Bitcoin (es un peligro siempre que esta teoría monetaria sea tomada en serio, por supuesto). A este respecto, resulta curioso (y triste) observar las contradicciones de aquellos que a lo largo de los años han convencido a muchos bitcoiners de que la teoría monetaria de Mises era rechazable porque implicaba la imposibilidad del surgimiento de Bitcoin como dinero/MoE (en una errónea interpretación del teorema de la regresión y del surgimiento de Bitcoin) y ahora tratan de convencerlos de que Bitcoin no puede llegar a ser dinero (por su volatilidad, falta de estabilidad, imposibilidad de adaptar la oferta a la demanda, etc.) Ver para creer.

En referencia a esto, últimamente veo asomar un peligro en el horizonte, no para Bitcoin, sino para el interés particular de aquellos bitcoiners que han aceptado la teoría monetaria defendida por Polavieja como si fuera una verdad absoluta e incuestionable. Este potencial peligro es que los defensores de dicha teoría traten de lanzar una nueva moneda digital que “solucione” los problemas de Bitcoin (por supuesto, una moneda que estaría basada en su defectuosa teoría monetaria). Hace mucho tiempo que sigo con interés las publicaciones de Polavieja referentes a Bitcoin y tengo que decir que me inquieta su actual deriva. Solo en los últimos días, he visto a Polavieja decir lo siguiente:

Esta fue claramente la intención de los cypherpunks desde la década de los 80 del siglo pasado, que Friedman veía venir con toda claridad, también es clara la intención de Satoshi viendo el título de su whitepaper, o la intención de todo aquel que esté trabajando hoy en diseñar una moneda totalmente independiente trust minimized sin vinculación a ningún activo que por ejemplo sea más estable que Bitcoin por la vía de adaptar algorítmicamente la oferta a la demanda.[19]

Manuel Polavieja. Bitcoin es una mercancía II

No parece que esta última idea le produzca a Polavieja ningún rechazo, toda vez que coincide con su teoría monetaria. Lo dice aún más claro en el siguiente mensaje:

Totalmente spot on. Una moneda estable e igual de trust-minimized que Bitcoin sería la muerte de las monedas fiat. Posiblemente, dejaría a Bitcoin agonizando, no lo sé. Pero si esa nueva moneda liquida las monedas estatales, yo firmo ya mismo.[20]

Manuel Polavieja. Una moneda estable e igual de trust-minimized que Bitcoin

Estos mensajes me resultan muy extraños. En primer lugar, porque Polavieja es uno de los mayores defensores del dólar que yo conozca. Pero dejando esto a un lado, qué lejano queda aquello de que Bitcoin era un berserker, la anti fragilidad, la resiliencia… cuando ahora los defensores de esta teoría monetaria sostienen que Bitcoin no sirve para aquello que fue creado (no sirve como dinero). Lamentablemente, algunos bitcoiners de perfil técnico aceptan con poco espíritu crítico las conclusiones que se deducen de dicha teoría monetaria, mientras asumen ingenuamente que tales conclusiones están basadas en hechos y no en teorías.[21]

Probablemente, cada vez está más cerca el momento de ver aparecer una nueva moneda patrocinada por los defensores de esa teoría monetaria (una stableshitcoin diseñada para “solucionar” los problemas de Bitcoin). Mientras llega ese momento, espero que muchos de los bitcoiners influidos por dicha teoría monetaria empiecen a darse cuenta de que los problemas no se sitúan en Bitcoin, sino en la teoría monetaria desde la que se interpreta. De no ser así, seguramente serán ellos los que soporten voluntariamente el coste de lanzar esa nueva moneda(por supuesto, a costa de sus bitcoins, como lo fue en su día para otros bitcoiners pensar que la solución de los problemas se encontraba en Bitcoin Cash o en Bitcoin Satoshi Vision). Incluso Fernando Nieto tiene esto muy claro, al menos cuando es capaz de abandonar el punto de vista de esa defectuosa teoría monetaria que defiende y lo analiza desde el punto de vista de un bitcoiner experimentado:

Complexity implies risk, and risks have a cost. Bitcoin excels as the simplest digital trust-minimized wealth. Trying to add complexity in the pursue of something that may be impossible or not provide enough utility to offset its cost puts you in the path for creating an altcoin.[22]

Para terminar quiero decir que mi interés está centrado desde hace ya tiempo en el análisis de Bitcoin desde los postulados de la Escuela Austriaca de Economía. Esta tarea autoimpuesta me obliga (y me obligará) a tratar de mostrar los errores que encuentro en las diferentes interpretaciones de Bitcoin (acertada o equivocadamente). Soy plenamente consciente de que la crítica no suele ser bien recibida, pero al menos los defensores del espíritu crítico, del don´t trust, verify y de la profundización en el conocimiento de Bitcoin no podrán achacarme que no sea perseverante y que no hable claro. Por supuesto, estas reflexiones en voz alta no son más que una opinión personal. Reflejan mi actual interpretación de la situación. Tal vez, dentro de un tiempo esa interpretación cambie. El tiempo lo dirá.

Notas

[1] El presente artículo es una réplica al artículo de Manuel Polavieja “Bitcoin es una mercancía II”, que a su vez es una contrarréplica a mi artículo “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger”, que asimismo es una réplica a la serie de artículos de Manuel Polavieja titulados “Mises no comprendió a Menger” (véase “Mises no comprendió a Menger”,Mises no comprendió a Menger II”, “Mises no comprendió a Menger III” y “Mises no comprendió a Menger IV”)

[3] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 326 (nota al pie). Esta nota de la edición en español aparece en la versión en inglés en el “Appendix J: History of Theories of the Origin of Money”: Menger, Carl (1871), Principles of Economics. Auburn, Alabama:Ludwig von Mises Institute, 2007, p. 320

[4] De hecho, ese tema del envilecimiento de la moneda solo es abordado por Menger, y muy tangencialmente, en las tres últimas páginas del libro (pp. 347-349) y en la nota 21 (p. 347).

[5] Menger, Carl (1892): El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013, p. 90

[6] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[7] Véase “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (III)

[8] Véase Lawrence-white-mises-theory-of-money-credit

[9] Este es el texto original: “I previously (White 2014a) too hastily rejected this argument as an explanation of how Bitcoin first achieved a positive market price, on the grounds that it «does not deliver what the argument requires, namely, an account of how Bitcoins initially had a positive value apart from their actual or prospective use as medium of exchange. The value at every point in this scenario derives entirely from use or prospective use as a medium of exchange …» I was mistaken to think that the argument has such a requirement. A positive affinity valuation of a cryptocurrency may well require the possibility of its taking off as a nonstate money, but that does not imply a chicken-or-egg problem. Affinity demand and hence market value can be positive before actual medium-of-exchange use begins.” White L. H., (2015), The Market for Cryptocurrencies

[10] Véase Even Ludwig V. Mises

[11] Mises, Ludwig von. Money, Method, and the Market Process : essays by Ludwig von Mises. Selected by Margit von Mises. United States of America: Kluwer Academic Publishers, 1990, p. 59

[12] Véase ¿Qué quieres decir con eso de “finalmente reconoció”?

[13] Véase ¿Estás seguro de esa fecha?

[14] Originally published in Die Wirtschaftstheorie der Gegenwart vol. 2, Hans Mayer, Frank A. Fetter, and Richard Reisch, eds. (Vienna: Julius Springer, 1932). Translated for this volume by Albert H. Zlabinger—Ed

[15] Véase Entonces me equivoqué…

[16] Véase Behavioral investing una cura de humildad

[17] Véase El libro que me convirtió en economista

[18] Recuerden sus cuatro artículos titulados “Mises no comprendió a Menger” I, II, III y IV

[19] Escrito el 12 de enero de 2023 en el artículo “Bitcoin es una mercancía II

[20] Escrito el 2 de febrero de 2023: Una moneda estable e igual de trust-minimized que Bitcoin

[21] Por ejemplo, Miguel Vidal, un bitcoiner al que tengo por una persona muy coherente, me sorprendió hace unos días con varios mensajes de apoyo al enésimo intento de refutación del teorema de la regresión de Mises, esta vez por parte de Polavieja. Decía, entre otras cosas, lo siguiente: “Yo creo que la mera existencia de Bitcoin falsa (y por tanto refuta) dicho teorema. … Es decepcionante que tantos académicos tengan más apego a la teoría que a los hechos”. Miguel Vidal no parece darse cuenta de que en las ciencias sociales las teorías se desarrollan para poder entender o explicar la realidad, es decir, la realidad solo se puede entender o explicar a partir de esas teorías. Usaré un ejemplo para mostrar lo que quiero decir (creo que este ejemplo o uno muy parecido se lo leí alguna vez a Rothbard o a Huerta de Soto, no estoy muy seguro). Si un extraterrestre observa a una persona acercarse a un cajero automático y sacar 200 euros en billetes de 50, de 20 y de 10. Lo único que capta es que un terrícola se acerca a lo que parece una máquina y después de manipularla salen de ella unos papeles de diferentes tamaños y colores, los recoge y se va. Esto es así, salvo que el extraterrestre parta de una teoría de los medios de intercambio y del dinero y que esta teoría, junto a su experiencia vital y su conocimiento histórico, le permita comprender lo que en realidad estaba haciendo el terrícola. En el mismo sentido de este ejemplo, se puede decir que no es posible interpretar el fenómeno monetario Bitcoin sin partir de una teoría de los medios de intercambio y del dinero o de la teoría del intercambio indirecto (como se prefiera denominar). Por supuesto, sobra decir que todo esto no tiene nada que ver con la utilidad técnica del sistema Bitcoin. Por otra parte, Miguel Vidal no cae en la cuenta de que Polavieja también extrae sus conclusiones acerca de Bitcoin a partir de la teoría (no puede ser de otra manera). En su caso, a partir de la teoría monetaria que defiende y de la teoría de la mercancía de Menger (que yo creo que malinterpreta, pero eso es cuestión aparte). Espero que estas palabras sirvan al menos para hacer reflexionar a Miguel…

[22] Véase The path for creating an altcoin

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Joel Serrano

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (IV)

El lenguaje económico (XXX): fallos del mercado

¿Por qué se afirma que el mercado tiene «fallos»? Según Schumpeter, el origen reside en las exigencias del positivismo económico: «El ascenso general del rigor científico acabó por producir la sustancia, aunque no el término, de lo que hoy llamamos teoría de la competición pura o perfecta» (Schumpeter, 2012: 1059). Los economistas matemáticos se vieron obligados a trabajar con esquemas estrechos de la realidad, fácilmente manejables, hasta simplificar sus planteamientos drásticamente.

Falacia ‘nirvana’

El modelo de competencia perfecta, como ficción, no es problemático: «el sistema de investigación típico de la economía es aquél que se basa en construcciones imaginarias» (Mises, 2011: 288); tal es el caso de la economía de giro uniforme o la tan conocida ficción robinsoniana (Rothbard, 2009: 10). El argumento de los «fallos» del mercado ha sido acuñado como falacia «nirvana»: «En la práctica, quienes adoptan el punto de vista nirvana pretenden descubrir discrepancias entre lo ideal y lo real y si las discrepancias son encontradas, deducen que la realidad es ineficiente» (Demsetz, 1969: 1).

Hecha la comparación entre un mundo ideal y otro real, resulta irresistible concluir que el segundo tiene taras, que la realidad es imperfecta o que el mercado es ineficiente y posee fallos. Como afirma Coase (2011: 77): «En el fondo se precisa bien poco análisis para poner de manifiesto que un mundo ideal es mejor que un estado de laissez-faire». Veamos cómo Samuelson y Nordhaus (2006: 33-34) introducen la engañosa comparación entre lo ideal y lo real, entre el modelo de competencia perfecta y el mercado, tal cual es:

Una economía de mercado ideal es aquella en la que todos los bienes y servicios se intercambian voluntariamente por dinero a los precios de mercado. Este sistema extrae el beneficio máximo, los recursos existentes en la sociedad sin intervención del Estado. Sin embargo, en el mundo real, ninguna economía se ajusta por completo al mundo idealizado de la mano invisible que funciona sin dificultades. Más bien, todas las economías de mercado tienen imperfecciones que producen males como una contaminación excesiva, desempleo y extremos de riqueza y pobreza. Por este motivo, ningún Estado del mundo, por muy conservador que sea, mantiene sus manos alejadas de la economía (…).

Samuelson y Nordhaus (2006: 33-34)

Políticos “insensatos y presuntuosos”

Estos autores ponen en boca de Adam Smith algo que nunca afirmó, a saber, que la «mano invisible» fuera referida de algún modo a un mundo ideal. Al contrario, el escocés describe la cruda realidad: «No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio» (Smith, 2011: 46). Segundo, Smith (2011: 554) tampoco parecía tener demasiada fe en la labor beatífica del gobierno:

Nunca he visto muchas cosas buenas hechas por los que pretenden actuar en bien del pueblo (… ) El político que pretende dirigir a las personas privadas sobre la forma en que deben invertir sus capitales no sólo se carga a sí mismo con la preocupación más innecesaria sino que asume una autoridad que no debería ser delegada con seguridad en ninguna persona, en ningún consejo o senado, y que en ningún sitio es más peligrosa que cuando está en manos de un hombre tan insensato y presuntuoso como para fantasear que es realmente capaz de ejercerla.

Adam Smith (2011: 554)

Por un lado, resulta patente que la acción humana no es «perfecta». Por otro lado, el concepto de «eficiencia» es equívoco en el ámbito humano. Solamente el individuo está capacitado para valorar si su conducta ha sido acertada o errada, y en qué grado lo ha sido, lo que depende de factores que solamente él puede valorar (Hayek, 1945).

Pero aun admitiendo, a efectos dialécticos, que el mercado fuera ineficiente o que tuviera fallos, constituye un non sequitur afirmar que «el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). La teoría económica de la Elección Pública ha puesto de manifiesto que «los fallos o costes que genera la intervención del sector público en las decisiones de los agentes económicos pueden resultar superiores a los que provoca el mercado» (Lasheras, 1999: 25).

Economía metafórica

Lamentablemente, la elección de metáforas y analogías por parte de algunos economistas no facilita el análisis racional del problema. Por ejemplo, dan a entender que el mercado es el «enfermo» y el Estado, el «médico». Incluso aceptando la dudosa tesis de que el libre mercado «infraproduce» ciertos bienes (i.e. defensa), no se sigue que el gobierno deba intervenir: «La afirmación de que el gobierno se debería involucrar en la economía privada es una conclusión moral, que solamente puede alcanzarse si existen argumentos éticos en las premisas» (Block, 1983: 3).

Los defensores del intervencionismo, al atribuir al Estado una función reparadora, tácitamente asumen una (discutible) superioridad. Para ser justos, «uno debe comparar el mercado con el Estado, no como uno desearía que el Estado se comportase en un ambiente ideal, sino como debe comportarse en el mundo real» (Hummel, 1990: 101).

Para apreciar más claramente la falacia nirvana imaginemos que un grupo de «expertos» construye un modelo de matrimonio perfecto: las aportaciones de ambos cónyuges son similares, la pareja nunca discute, el amor mutuo es idéntico y constante en todo tiempo y lugar, los esposos conocen perfectamente sus expectativas, deseos y necesidades, etc. Luego, analizamos la realidad matrimonial: infidelidad, asimetrías en el amor y en los trabajos, egoísmo, incomprensiones, riñas, etc. Por último, comparamos el matrimonio nirvana con el real y alcanzamos dos conclusiones: 1) La institución matrimonial es «imperfecta». 2) Sus «fallos» deben ser subsanados mediante la intervención del Estado. Razonando de esta manera, no hay institución humana que esté a salvo de la tiranía.

Bibliografía

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HAYEK, F. (1945): «El uso del conocimiento en la sociedad». Estudios Públicos. pp. 157-169. Recuperado de <http://www.hacer.org/pdf/Hayek03.pdf>.

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MISES, L.  (2011): La acción humana. Madrid: Unión Editorial

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SCHUMPETER, J. (2012): Historia del Análisis Económico. Barcelona: Ariel.

SMITH, A. (2011) [1776]: La Riqueza de las Naciones. Madrid: Alianza Editorial.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXX) Los fallos del mercado

(XXIX) Gasolineras

(XXVIII) Dad al César lo que es del César

(XXVII) Humanismo

(XXVI) Publicidad (II)

(XXV) Publicidad (I)

(XXIV) El juego

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (IV)

Sobre la idea de bien en Menger

En mi réplica al artículo de Polavieja decía que, de acuerdo a las condiciones que establecía Menger para poder considerar que una cosa era un bien, Bitcoin se podía considerar un bien desde el momento de su “nacimiento”. Y citaba un caso particular para demostrarlo, como era que al surgir el genesis block Satoshi Nakamoto daba satisfacción a esa necesidad intelectual que le llevó a trabajar en un proyecto tan complejo. Sólo por ese motivo, ya era posible considerar a Bitcoin como un bien.

Según Menger, para que una cosa sea considerada un bien, debe darse, en primer lugar, la existencia (o anticipación) de una necesidad humana; en segundo lugar, que la cosa tenga cualidades que la capaciten para mantener una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad; en tercer lugar, que se conozca esta última posibilidad; y, en cuarto lugar, que el ser humano tenga poder de disposición sobre la cosa y la pueda utilizar para satisfacer su necesidad.[1]

No obstante, no se trataba de decidir si Bitcoin era un bien, sino de decidir si era un bien monetario (si tenía utilidad monetaria en el momento de su “nacimiento”). Y, en ese sentido, en mi réplica a Polavieja decía que se incumplía la segunda parte de la cuarta condición de Menger. Es decir, que aun teniendo poder de disposición sobre sus bitcoins, Satoshi no los podía utilizar para satisfacer sus necesidades mediante el intercambio indirecto. Por tanto, concluía que “en ese momento inicial, Bitcoin no se ajustaba a todas las exigencias de Menger para que pudiera ser considerado un bien de tipo monetario (un medio de intercambio)”.[2] En referencia a esto, dice Polavieja:

Es curioso que Serrano parece utilizar el texto de la segunda edición de Principios de Economía Política donde Menger añade la palabra “anticipación” en la primera condición, pero no parece utilizar esta segunda edición para citar la cuarta condición donde Menger añade: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”.[3]

Anticiparte a las necesidades futuras

En su respuesta, Polavieja desvía la atención hacia la palabra anticipación. Pero la necesidad que detectaba Satoshi Nakamoto estaba bien presente, no necesitaba anticiparla. Y, precisamente, Satoshi trató de satisfacerla mediante la creación de Bitcoin. Por tanto, dado que la necesidad estaba ya presente en él, la palabra anticipación no aporta nada. De hecho, cuando cité las condiciones que establece Menger para que una cosa sea considerada un bien, añadí la palabra anticipación (de la segunda edición de Principios de Economía Política) precisamente para tratar de evitar que Polavieja recurriera a ese ardid, algo que hace habitualmente y que, en realidad, es irrelevante para la discusión.

Sin embargo, esto no ha sido suficiente para lograr que Polavieja abandonara ese asunto. Como se ha podido comprobar, decidió añadir la frase de Menger: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”, y lo hizo señalando en negrita la palabra futura como si aportara algo novedoso. Pero es obvio que referirse a una necesidad futura es volver a insistir en la anticipación de una necesidad, que como he dicho es irrelevante en la discusión.

Posteriormente, Polavieja todavía vuelve a insistir en que “la necesidad puede ser futura, no tiene que ser presente”.[4] Dado que esto yo no lo he negado, no es más que un intento continuado de desviar la atención del asunto principal. Enseguida hablaremos sobre lo que quiere decir realmente Menger cuando se refiere a anticipar una necesidad o, también, cuando se refiere a “una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”, pero ya adelanto que nada tiene que ver con lo que da a entender Polavieja.

Crusoe naufraga y llega a una isla desierta

Lo dicho hasta ahora se podrá entender mejor a través de unos ejemplos. Imaginemos a Robinson Crusoe tras el naufragio de su barco. Completamente solo en una isla. La desgraciada circunstancia que vive le lleva a agudizar el ingenio para tratar de satisfacer de la mejor forma posible sus necesidades más básicas. Con esa intención, fabrica un sortricultor, utensilio que le facilita mucho la vida.

Evidentemente, Crusoe considera ese utensilio como un bien desde el mismo momento de su fabricación. Menger estaría de acuerdo con él, pues cumple todas las condiciones para que un objeto pueda ser considerado un bien: Crusoe tiene una necesidad; el utensilio tiene cualidades para satisfacer su necesidad; conoce esas cualidades; tiene poder de disposición sobre el utensilio que ha creado, y puede utilizarlo para satisfacer su necesidad. Es decir, el sortricultor sería un bien para Crusoe, y no importaría si nadie más en el mundo apreciara su utilidad, seguiría siendo un bien para Crusoe. Vemos que en este caso no hace falta que Crusoe anticipara la necesidad, pues la necesidad estaba ya presente. Es esa necesidad la que motivó que Crusoe fabricara el utensilio.

Imaginemos ahora que unos monos con muy mala intención se llevan el sortricultor y lo cuelgan en el árbol más alto de la isla, de forma que es inalcanzable para Crusoe. En esta situación dejaría de ser un bien para Crusoe (en el sentido de Menger), pues ya no tendría poder de disposición sobre el utensilio.[5] Vemos que en tal caso sería irrelevante cualquier referencia a la anticipación de la necesidad o a una necesidad futura de Crusoe.

Conchas, plata y dinero

Pasado el tiempo, Crusoe se encuentra ya en unas circunstancias muy diferentes. Tiene cubiertas las necesidades más básicas y su imaginación se dirige hacia otro tipo de cosas. Añora su país natal y piensa en el porqué de que se utilizara la plata como dinero. Se acuerda de la libra esterlina y, al mismo tiempo, recuerda haber leído que a lo largo de la historia muchos bienes habían sido utilizados como dinero antes de que se empezaran a utilizar las monedas metálicas. De repente, se pone a recoger conchas marinas, convencido de que algún día se convertirían en el dinero de su isla. Tras unos días de intensa recolección, Crusoe da por terminada esa actividad y guarda celosamente su colección de conchas marinas en una cueva. Está muy satisfecho. Las conchas son, sin duda, su tesoro más preciado.

En esa situación, ¿se podría considerar que las conchas marinas eran un bien para Crusoe? Según los criterios de Menger, Crusoe tiene una necesidad; las conchas marinas tienen cualidades para satisfacer su necesidad; conoce esas cualidades; tiene poder de disposición sobre las conchas marinas, y puede utilizarlas para satisfacer su necesidad. Por tanto, es evidente que las conchas marinas son un bien para Crusoe.

Pero, ¿cuál es la necesidad que puede satisfacer Crusoe con sus conchas marinas? Esa necesidad es meramente psicológica, en su difícil situación seguramente necesitaba alguna esperanza que le proporcionara ánimo para seguir adelante. Y en su mente delirante, las conchas marinas le llevaban a imaginar que poseía el equivalente a muchas libras esterlinas de buena plata y le permitían soñar que era inmensamente rico.

No hay dinero sin intercambio

Ahora bien, la cruda realidad nos dice que las conchas de Crusoe no eran dinero, tampoco eran un medio de intercambio, ni siquiera había gente en la isla con la que pudiera utilizarlas en el intercambio. Así las cosas, ¿se podría considerar que las conchas marinas eran un bien de tipo monetario para Crusoe? Según los criterios de Menger, Crusoe tiene una necesidad monetaria; las conchas marinas tienen cualidades para satisfacer esa necesidad (ya lo han hecho en otros períodos de la historia); conoce esas cualidades; y tiene poder de disposición sobre las conchas marinas, pero ¿puede utilizarlas para satisfacer su supuesta necesidad monetaria?

Como ya he dicho, en tales circunstancias las conchas no son dinero. ¿Podrían llegar a serlo? Sí, pero no lo son. Tampoco son medios de intercambio. ¿Podrían llegar a serlo? Sí, pero no lo son. En la isla no hay habitantes que puedan intercambiar las conchas. ¿Podrían llegar nuevos habitantes a la isla? Sin duda, pero de momento no han llegado. Y, además, ¿qué garantías existen de que esos nuevos habitantes acepten las conchas como medio de intercambio? Evidentemente, ninguna. Por tanto, ¿se puede decir que las conchas marinas tenían utilidad como medio de intercambio indirecto para Crusoe? De ningún modo. Las conchas marinas no eran un bien de tipo monetario para Crusoe y, de nuevo, sería totalmente irrelevante cualquier referencia a la anticipación de una necesidad o a una necesidad futura.

Martes, Miércoles, Jueves y Viernes

Tiempo después llega Viernes a la isla. Crusoe piensa inmediatamente en su tesoro más preciado, piensa en utilizar sus conchas marinas como medio de intercambio indirecto con su nuevo vecino. Pero Viernes enseguida le devuelve a la realidad. Siendo solo dos personas, no tiene demasiado sentido usar medios de intercambio. El cambio puede ser directo. Viernes le dice a Crusoe que para utilizar las conchas marinas como medio de intercambio sería preferible que hubiera más habitantes en la isla. Ante semejante golpe de realidad, Crusoe cae en depresión.

Meses más tarde llegan a la isla Martes, Miércoles y Jueves. Esto anima mucho a Crusoe. De hecho, está eufórico, piensa que por fin podrá usar su preciado tesoro. Enseguida entabla relación con ellos y trata de comprarles unos relucientes cuchillos que llevaban colgados del cinturón. Les ofrece a cambio un buen número de conchas marinas. Pero una vez más se lleva una decepción. Martes, Miércoles y Jueves rechazan las conchas. Crusoe les explica que no son unas meras conchas, sino un medio de intercambio indirecto muy valioso. Pero los tres personajes, entre risas, le contestan que si las conchas son tan valiosas se las puede quedar todas. Crusoe cae de nuevo en la depresión.

Pan y cuchillos

Un buen día, la lucidez hizo aparición en la mente de Crusoe. Había encontrado una forma de satisfacer la imperiosa necesidad que sentía de poseer aquellos relucientes cuchillos. Decidió hacer pan. El olor a pan recién hecho se extendió inmediatamente por toda la isla y llegó al resto de habitantes, que acudieron como las moscas a la miel. Finalmente, tras una intensa negociación, Crusoe consiguió sus deseados cuchillos a cambio de un buen número de panes.

Se podría pensar que Crusoe logró satisfacer sus necesidades mediante un simple trueque y en parte es cierto, pero esto se puede ver también desde otro punto de vista. ¿Cómo logró realmente Crusoe sus cuchillos? En primer lugar, anticipando una necesidad. La que sentirían los habitantes de la isla al oler sus panes. Es decir, intuyendo que, en algún momento de su vida, todos ellos habrían comido pan recién hecho y lo apreciarían mucho, máxime en la situación de penuria en la que se encontraban en la isla. Y, en segundo lugar, anticipando que esa necesidad futura se podía satisfacer con la ayuda de otros bienes, en este caso, con las plantas de maíz y la harina de maíz que previamente hubo de procurarse Crusoe.

La planta crecía por sí sola en una parte remota de la isla y la harina la obtuvo Crusoe moliendo con piedras los granos de maíz maduros que había dejado secar. De ese modo, el maíz, que hasta ese momento no era un bien para Crusoe, pues desconocía su existencia en la isla, se convirtió en un bien de producción o bien de orden superior (esto es así, independientemente de que el pan fuera para consumo propio o para destinar a la venta).

Conclusiones obtenidas a partir de los ejemplos

Menger reconoce dos formas indirectas de satisfacer las necesidades. La primera de ellas es a través del valor de cambio de los bienes (aquellos bienes que son apreciados por muchas personas pueden tener valor de cambio para su poseedor). La principal consecuencia histórica del hecho de que mucha gente reconociera valor de cambio en un bien y de que aumentara mucho la negociabilidad de ese bien fue el descubrimiento del intercambio indirecto. En la actualidad, sigue sucediendo algo similar. Determinados bienes muy comercializables se convierten en medios de intercambio. Y algunos llegan a convertirse en dinero (medios de intercambio común o generalmente aceptados).

La segunda forma indirecta de satisfacer las necesidades es la que se va a analizar en estos momentos. Antes de comenzar con las peripecias de Crusoe en la isla, dejé pendiente de explicar qué quería decir realmente Menger cuando se refería a la anticipación de necesidades o, específicamente, a “una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”. Pues bien, el ejemplo del maíz indica claramente a qué se refería. Menger tenía en mente los bienes de producción.

Los bienes de un orden superior piden y afirman su cualidad de bienes no con referencia a necesidades del presente inmediato, sino únicamente respecto a necesidades que, a tenor de las expectativas humanas, sólo aparecerán en unos momentos en los que ya habrá llegado a su fin el proceso de producción…[6]

Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 121.

Bienes de orden superior

Por ese motivo, las condiciones que establecía Menger para que una cosa se pudiera considerar un bien debían incluir las especificidades de estos bienes de orden superior. Y eso es precisamente lo que hace cuando se refiere a la anticipación de una necesidad, cuando habla de necesidades futuras y cuando añade solo con la ayuda de otros bienes.

Los bienes de producción se emplean para dar satisfacción a necesidades en el futuro, puesto que estos bienes se transforman en bienes de consumo tras un periodo más o menos largo de producción (i. e., son usados para producir bienes de consumo en un proceso que conlleva tiempo). Por tanto, esas necesidades deben ser anticipadas necesariamente.

Estos bienes de producción son apreciados como bienes porque, como diría Menger, tienen cualidades que los capacitan para mantener una relación causal con la satisfacción de una necesidad (la harina es indispensable para ese bien de consumo que es el pan, las ruedas son indispensables para ese bien de consumo que es un coche). En líneas generales, esto es de lo que habla Menger y, como se ve, nada tiene que ver con lo que da a entender Polavieja cuando cita sus palabras.

Una utilidad desconocida

Algunos lectores podrán pensar que, al igual que Crusoe anticipó la necesidad de pan que sentirían los habitantes de la isla, Satoshi Nakamoto también podría haber anticipado la necesidad futura de bitcoins (como medio de intercambio) por parte de otras personas. Y, a partir de esta idea, estos lectores tal vez deducen que los bitcoins serían un bien monetario desde su “nacimiento”, como el sortricultor era un bien desde el momento en que lo creó Crusoe, o el pan desde el momento en que estaba listo para comerse, o la harina desde el momento en que podía ser utilizada para hacer pan. Evidentemente, esto es un error. Veamos el porqué y las diferencias entre estos casos.

En primer lugar, nadie en el mundo sabe qué es ni para qué sirve un sortricultor, por tanto, solo podía ser un bien para Crusoe. Y lo mismo pudo suceder en el caso del primer pan de la historia. En ese momento, ese pan solo era un bien para aquel que lo cocinó. Esta persona era la única que conocía de qué estaba hecho el pan, es decir, era la única que sabía que era un alimento. Esto no era conocido por el resto del mundo, el resto del mundo necesitó conocerlo y probarlo, antes de considerarlo como un bien.

Valor de cambio

El caso de Bitcoin tiene algunas similitudes con el primer pan de la historia, al igual que ese pan Bitcoin también era un bien para su creador desde el momento de su “nacimiento” (ya se ha hablado de los valores de uso que se podían otorgar a Bitcoin en los momentos iniciales). Sin embargo, si se considera desde el punto de vista de un bien monetario, tiene algunas diferencias insalvables.

Ni siquiera su creador (que conocía perfectamente el sistema Bitcoin) podía considerarlo como un bien monetario desde sus inicios, pues un bien monetario depende de otras personas, es una institución social (Viernes enseguida se dio cuenta de eso y se lo hizo ver a Crusoe, lo que le produjo una gran depresión).

El hecho de que Satoshi especulara con la posibilidad de que en el futuro Bitcoin fuera aceptado y usado como medio de intercambio era un valor de uso[7] similar al que Crusoe otorgaba a sus conchas marinas (el valor de uso otorgado por ambos personajes existe y es completamente independiente de la verosimilitud que cualquiera de nosotros podamos otorgar a la idea de Satoshi o a la de Crusoe).

En todo caso, en aquellos momentos iniciales ni Satoshi ni Crusoe podían otorgar valor de cambio[8] a sus bienes. Antes de poder hacerlo, era necesario que se estableciera un precio de esos bienes en el mercado como consecuencia de la utilidad apreciada en ellos (del tipo que fuera).

Hal Finney

Eso tal vez es lo que intentaba provocar “Hal” Finney tan solo ocho días después del genesis block. El 11 de enero de 2009, Finney imagina a Bitcoin convertido en el sistema de pagos dominante en el mundo, y calcula que en ese caso su valor sería aproximadamente de 10 millones de dólares por bitcoin. A continuación dice lo siguiente: “Entonces, la posibilidad de generar monedas hoy con unos pocos centavos de tiempo de cómputo puede ser una buena apuesta, ¡con una rentabilidad de algo así como 100 millones a 1!”[9] Es decir, Finney incitaba a que se apreciara una utilidad especulativa en Bitcoin, buscando sin duda hash rate, pero también buscando un primer precio.

En el caso de Bitcoin, la aparición de un precio de mercado se demoró más de lo que es habitual en cualquier bien novedoso que aparece en el mercado. Esto fue debido a que Bitcoin no era un bien al uso, un bien del que se pudiera valorar fácilmente su utilidad. Era necesario un trabajo de “investigación” previo. Transcurridos varios meses, casi un año, surgió ya un precio de Bitcoin en el mercado. A partir de la existencia de ese precio, podía darse el caso de que Bitcoin alcanzara una buena comerciabilidad (como le puede suceder a cualquier otro bien) y a partir de esa situación era igualmente susceptible de convertirse en medio de intercambio (i. e., la gente podía decidir usarlo como intermediario de los intercambios).

Bitcoin, medio de intercambio

Bitcoin se convirtió en medio de intercambio muy rápidamente, solo fue necesario el transcurso de varios años, todo un hito histórico. Evidentemente, puede haber personas que anticiparan esta circunstancia, de hecho, la propia hipótesis de trabajo de Satoshi Nakamoto pasaba necesariamente por anticipar que Bitcoin se convertiría en medio de intercambio. Lo contrario no tendría sentido.

Sin embargo, esa anticipación intelectual e hipotética, esa anticipación esperanzada, expectante y especulativa de Satoshi Nakamoto no se debe confundir con la anticipación de Menger, que se refiere al empleo de un bien de producción. Por definición, un bien de producción sirve para dar satisfacción a una necesidad futura. Esta necesidad debe ser necesariamente anticipada por aquel que use un bien de producción para tratar de satisfacerla.

Menger sobre los bienes

Veamos cómo se aplicarían las condiciones establecidas por Menger a la harina de Crusoe. Para que la harina pueda ser considerada un bien, debe darse, en primer lugar, la existencia (o anticipación) de una necesidad humana (Crusoe anticipa que en el futuro los habitantes de la isla tendrán hambre, es decir, anticipa una necesidad futura sobre la base de una necesidad presente y constante en el ser humano). En segundo lugar, que la harina tenga cualidades que la capaciten para mantener una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad (con la harina se puede hacer pan y el pan sacia el hambre).

En tercer lugar, que se conozca esta última posibilidad (Crusoe sabe que con la harina se puede hacer pan y que el pan sacia el hambre). Y, en cuarto lugar, que el ser humano tenga poder de disposición sobre la harina (Crusoe tiene ese poder de disposición sobre la harina que ha elaborado) y la pueda utilizar para satisfacer su necesidad (no hay duda de que Crusoe puede saciar el hambre con el pan hecho con harina).

Por tanto, la harina es un bien. Pero la harina es un bien, no porque permita satisfacer directamente las necesidades alimenticias, sino porque se puede emplear para hacer pan. Es decir, se anticipa que usando la harina en el presente como bien de producción se podrá satisfacer una necesidad futura cuando el pan esté listo para el consumo (bien de consumo). Ese y no otro es el sentido de la anticipación de Menger.

Los primeros bitcoin

¿Sucede lo mismo en el caso de los primeros bitcoins? El hecho de que Bitcoin pudiera ser considerado un bien está fuera de toda duda, lo que nos interesa aquí es si los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo[10] podían ser considerados desde un inicio bienes de tipo monetario. Veamos. A este respecto, tendríamos que, según Menger, para que los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo puedan ser considerados un bien de tipo monetario, debe darse, en primer lugar, la existencia (o anticipación) de una necesidad humana (Satoshi sentía la necesidad de una moneda digital que se pudiera intercambiar sin necesitar terceros de confianza y, además, podía anticipar que otras personas sentirían esa misma necesidad).

En segundo lugar, que los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo tengan cualidades que los capaciten para mantener una relación causal con la satisfacción de dicha necesidad (no hay duda de que los bitcoins tenían esas cualidades). Tres: que se conozca esta última posibilidad (nadie más indicado que Satoshi Nakamoto para conocerlo). Y, en cuarto lugar, que Satoshi tenga poder de disposición sobre los bitcoins surgidos en el primer bloque efectivo (aceptemos que desde el primer momento Satoshi tenía ya ese poder de disposición sobre sus bitcoins)[11] y que pueda utilizar esos bitcoins para satisfacer su necesidad (aquí es donde se incumplen las condiciones de Menger, pues en aquel momento los bitcoins no se podían utilizar para tal fin).

Por tanto, aquellos bitcoins eran un bien, pero no eran un bien monetario (pues no era posible usar ese bien como dinero o como medio de intercambio cuando todavía no existía un precio de mercado de ese bien). Y, además, nadie podía saber si algún día llegarían a ser un bien monetario.

Producción y premonición

Ciertamente, es posible inventar algo y que ese algo en el futuro se convierta en dinero/MoE, e incluso es posible inventarlo específicamente con esa intención (aunque la intención no sea relevante a la hora de que se logre el objetivo), pero no es posible utilizarlo como medio de intercambio sin la referencia de precios de intercambio pasados[12] y tampoco es posible adivinar si un bien se convertirá en medio de intercambio en el futuro.

Desde el punto de vista de Menger, se puede anticipar razonablemente una necesidad futura (e. g., el hambre), pero no es posible adivinar el futuro (en el caso del surgimiento de Bitcoin, no era posible adivinar lo que le depararía el futuro). Este tipo de anticipación premonitoria no es, de ninguna manera, el tipo de anticipación que contemplaba Menger a la hora de aceptar que un objeto pudiera ser considerado un bien.

Una vez más, Polavieja juega con el significado de las palabras para forzar las conclusiones en el sentido que le conviene, pero lo que dice es completamente ajeno a Menger. Pensar que un bien es un bien monetario (i. e., que tiene utilidad monetaria) antes de que sea posible utilizar ese bien para satisfacer las necesidades a través del intercambio indirecto es autoengañarse. Polavieja afirma:

Si Bitcoin no cumpliera la segunda parte de la cuarta condición de Menger por razón de no poder ser utilizada en el presente de forma inmediata a voluntad de su propietario, entonces ninguna otra mercancía sería un bien económico.[13]

Manuel Polavieja. Bitcoin es una mercancía II.

Pero, cuando dice esto, Polavieja está tergiversando los argumentos, pues nadie ha puesto en duda que Bitcoin se pudiera considerar un bien económico. Lo que se afirma es que, en sus inicios, no se podía considerar un bien monetario. Pretender tal cosa es como pretender que las conchas marinas de Crusoe tenían utilidad monetaria debido a algún tipo de anticipación trascendental de este personaje.

Contingentes, especulativos, inciertos

En el mismo párrafo que acabo de citar, afirma Polavieja que “tanto el valor de uso como el valor de cambio, son contingentes, especulativos y más o menos inciertos”.[14] Evidentemente, hace esta afirmación con la intención de reforzar sus argumentos. Pero no estoy de acuerdo con él en absoluto. De hecho, voy a rechazar los tres atributos que Polavieja adjudica al valor de uso y al valor de cambio.

En primer lugar, estos valores no son contingentes (lo que es contingente es el resultado perseguido por la acción, pero no el valor que le otorgamos al llevarla a cabo). Ese valor que le otorgamos subjetivamente es lo contrario de contingente, es cierto y seguro, pues los valores se manifiestan a través de la acción y si hemos actuado en cierto sentido esto demuestra la existencia de determinada valoración en el momento de nuestra actuación.

En segundo lugar, el valor de uso y el valor de cambio no son especulativos en ningún sentido. El hecho de que, en un momento dado, otorguemos a un bien determinado valor de uso o de cambio solo quiere decir que en nuestra escala de valoración lo situamos en determinada posición en relación con otros bienes y que actuamos en consecuencia para satisfacer de la mejor manera posible nuestras necesidades. En relación con estos valores, no existe especulación ninguna, puesto que la acción es la demostración de nuestra valoración en un momento determinado, es decir, solo atañe al presente, no al futuro (en el futuro podemos cambiar de valoración y actuar de un modo distinto).

Y en tercer lugar, el valor de uso y el valor de cambio tampoco son inciertos. Se aplica aquí lo mismo que se ha dicho en el primer caso, lo único incierto son los resultados perseguidos con la acción, pero no el valor que le otorgamos al llevarla a cabo.

Diez razones

Esto es, los ejemplos utilizados con Robinson Crusoe, así como el resto de cuestiones que he relacionado con estos ejemplos, sirven para mostrar lo siguiente.

En primer lugar, que el sortricultor es un bien para Crusoe, pero no es un bien para nadie más, porque nadie sabe qué es un sortricultor ni para qué sirve. En segundo lugar, que el pan es un bien para Crusoe. También lo es para cualquier otra persona (al menos en potencia), quien lo niegue que se quede un mes a pan y agua y veremos si lo considera o no un bien. En tercer lugar, que la harina de maíz es un bien de producción que permite obtener pan (un bien de consumo). Por tanto, de forma indirecta, se aplica igualmente el dilema del mes a pan y agua.

En cuarto lugar, que las conchas marinas eran consideradas un bien por Crusoe y también podrían ser consideradas un bien por otros habitantes de la isla (e. g., para hacer adornos, sonajeros, carrillones de viento, etc.) En quinto lugar, que los primeros bitcoins eran considerados un bien por Satoshi Nakamoto. También podían ser vistos como un bien por todos aquellos que en el momento de su surgimiento ya se hubieran formado una idea de qué era Bitcoin (acertada o equivocada, no importa) y consideraran que para ellos cierta cantidad de bitcoins tenía valor de uso (del tipo que fuera).

Utilidad monetaria

En sexto lugar, que el sortricultor de Crusoe no tenía utilidad monetaria, ni podía tenerla en las circunstancias descritas. Siete: que los panes de Crusoe no tenían utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudieran convertir en un medio de intercambio en la isla (a pesar de que, siendo perecederos, difícilmente serían un buen medio de intercambio). En octavo lugar, que la harina de maíz de Crusoe no tenía utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudiera convertir en un medio de intercambio en la isla (a pesar de que, siendo perecedera, difícilmente sería un buen medio de intercambio).

En noveno lugar, que las conchas marinas no tenían utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudieran convertir en medio de intercambio en la isla (a pesar de que, siendo tan abundantes y fáciles de conseguir, difícilmente serían un buen medio de intercambio). Y, en décimo lugar, que los primeros bitcoins no tenían utilidad monetaria, pero no era posible descartar que se pudieran convertir en un medio de intercambio utilizado en todo el mundo. Para ello deberían alcanzar previamente un precio de mercado (sin precio de mercado no podrían convertirse en medio de intercambio); luego deberían alcanzar una gran comerciabilidad, pues solo así podrían competir con las alternativas existentes (esta gran comerciabilidad, en caso de alcanzarse, implica que se aprecian sus características); y, por fin, la gente debería empezar a utilizarlos en el intercambio indirecto.

Como conclusión, es evidente que Polavieja no puede alegar la anticipación de una necesidad futura para defender que el sortricultor de Crusoe, sus panes, la harina de maíz, las conchas marinas o los bitcoins en sus inicios tuvieran utilidad monetaria. Sin embargo, a todos estos bienes se les apreciaba una utilidad de otro tipo (no monetaria), por tanto, antes de que cualquiera de ellos pudiera convertirse, hipotéticamente, en medio de intercambio (como así ha sucedido en el caso de Bitcoin) ya eran valorados previamente por otros usos, tal y como establece el teorema de la regresión de Mises.[15]


Notas

[1] Véase “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger

[2] Ídem

[3] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[4] Ídem

[5] “Un bien pierde esta su cualidad [cualidad de bien] cuando el hombre carece del poder de disposición sobre ella, de modo que o no puede utilizarla para la satisfacción inmediata de sus necesidades o no dispone de los medios necesarios para volver a ponerla bajo su dominio”. Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 105 Vemos que esta idea de Menger, además de aplicarse al ejemplo citado, también se aplica perfectamente a lo que sucede cuando un bitcoiner pierde la semilla que da acceso a sus bitcoins.

[6] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 121

[7] Se ha explicado ese valor de uso en “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (III)”

[8] Se ha explicado ese valor de cambio en “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger (III)”.

[9] Véase https://www.mail-archive.com/cryptography@metzdowd.com/msg10152.html

[10] Recordemos que los bitcoins surgidos en el genesis block (3 de enero de 2009) no se pueden gastar y que el primer bloque efectivo tuvo lugar seis días después, el 9 de enero de 2009.

[11] En realidad, la primera transferencia de bitcoins no tuvo lugar hasta tres días más tarde y a modo de prueba. Se produjo el día 12 de enero de 2009 entre Satoshi Nakamoto y “Hal” Finney, un desarrollador y activista de la criptografía que recibió 10 bitcoins. Finney había publicado en 1993 dos estudios, uno acerca del doble gasto “Detecting Double Spend” y otro sobre el dinero digital y la privacidad “Digital Cash and privacy”, y apoyó el proyecto Bitcoin desde un inicio. Esta transferencia de bitcoins recibida por Finney fue solo una prueba de funcionamiento del sistema. https://bitcointalk.org/index.php?topic=155054.0 En palabras de Finney: “I mined block 70-something, and I was the recipient of the first bitcoin transaction, when Satoshi sent ten coins to me as a test. I carried on an email conversation with Satoshi over the next few days, mostly me reporting bugs and him fixing them.”

[12] En el caso de Bitcoin, como en el de cualquier otro bien, la existencia de precios de intercambio anteriores es un requisito necesario para poder convertirse en medio de intercambio. Ahora bien, no es suficiente, como lo demuestra el hecho de que una vez que existieron precios de intercambio de Bitcoin en el mercado, todavía tardó algunos años en convertirse de hecho en medio de intercambio.

[13] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[14] Ídem

[15] Aprovecho para decir que en esta serie de artículos no daré respuesta a lo alegado por Polavieja en referencia al teorema de la regresión de Mises. Ello es debido a que Polavieja suscribe la refutación de Bondone y Rallo del teorema de la regresión y ya he expuesto mi posición en el artículo “La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo”. Revista Procesos de Mercado, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96.  Los argumentos utilizados por Rallo contra el teorema de la regresión son igualmente rebatidos aquí:

Bagus & Serrano (2023): “Anexo: Por qué el teorema regresivo del dinero no es lógicamente defectuoso”, en Bagus, Philipp (2023): Anti-Rallo: Una crítica a la teoría monetaria de Juan Ramón Rallo. Madrid: Unión Editorial, pp. 155-179. https://www.unioneditorial.net/libro/anti-rallo/ 

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Joel Serrano

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Manuel Polavieja no entendió a Mises; tampoco a Menger (IV)

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (III)

Sobre el valor de uso y el valor de cambio

Introducción

Este apartado está dedicado a los conceptos valor de uso y valor de cambio, conceptos que serán utilizados para interpretar el fenómeno Bitcoin. Considero que esta actividad puede resultar fundamental a la hora de desmontar los habituales juegos de palabras y tergiversaciones que se dan en este asunto.

El valor de uso es, pues, la significación que adquieren para nosotros los bienes que nos aseguran de una manera directa la satisfacción de necesidades en unas circunstancias en las que, si no dispusiéramos de estos bienes, no podríamos satisfacerlas. El valor de intercambio es la significación que adquieren para nosotros aquellos bienes cuya posesión nos garantiza el mismo resultado bajo las mismas circunstancias, pero de forma indirecta.[1]

Como se puede deducir de las explicaciones de Menger, tanto el concepto valor de uso como el concepto valor de cambio o valor de intercambio son subjetivos. En la misma línea se pronuncia Böhm-Bawerk:

El valor de uso es la importancia que el bien tiene para el bienestar de una persona, suponiendo que esa persona lo utilice personalmente para dar respuesta a sus objetivos. De igual forma, el valor de cambio subjetivo es la importancia que el bien tiene para el bienestar de la persona, pero en función de su capacidad para procurarse otros bienes por medio del intercambio.[2]

Con anterioridad a Menger y Böhm-Bawerk, en el ámbito económico no solo era aceptado el valor de uso subjetivo, sino también el valor de uso objetivo. Y lo mismo, en referencia al valor de cambio, tanto el subjetivo como el objetivo. Tras el desarrollo de la teoría subjetiva del valor por parte de los fundadores de la Escuela Austriaca de Economía, todavía se arrastraron durante mucho tiempo esos conceptos caducos, que fueron utilizados incluso por algunos de los propios maestros austriacos, pues nunca resulta sencillo romper con el pasado. Aún hoy en día hay quien se sigue refiriendo al valor intrínseco de determinados bienes, como si tal cosa pudiera tener algún sentido. Todas estas circunstancias han provocado y siguen provocando mucha confusión.

Antes de continuar con lo que nos interesa, comencemos por aclarar que el concepto valor de uso objetivo es una contradicción en los términos, toda vez que el valor es siempre subjetivo. Este concepto, desechado en la actualidad en tales términos, venía a referirse, como nos dice Mises, a un funcionamiento técnico objetivo:

El concepto praxeológico de utilidad (valor de uso subjetivo, según la terminología de los primitivos economistas de la Escuela Austríaca) debe diferenciarse claramente del concepto técnico de utilidad (valor de uso objetivo, como decían los mismos economistas). El valor de uso en sentido objetivo es la relación existente entre una cosa y el efecto que la misma puede producir. Es al valor de uso objetivo al que se refiere la gente cuando habla del «valor calórico» o de la «potencia térmica» del carbón.[3]

El concepto valor de cambio objetivo es, igualmente, una contradicción en los términos y también se ha dejado de utilizar. Sin embargo, hasta el propio Böhm-Bawerk lo utilizaba, siguiendo el uso tradicional de este concepto en la ciencia económica. No obstante, también utilizaba, de vez en cuando, la expresión capacidad objetiva de intercambio que evitaba al menos la contradicción valor-objetivo. De la misma forma que Böhm-Bawerk, Mises también utilizaba el concepto valor de cambio objetivo en su obra de 1912, La Teoría del Dinero y del Crédito, aunque dejó ya de utilizarlo en su obra de 1949, La Acción Humana. Este concepto venía a significar en todos los casos lo que hoy entendemos como poder adquisitivo o poder de compra.[4]

En la tradición subjetivista de la escuela austriaca nunca se dudó de que la separación entre valor de uso y valor de cambio era un simple recurso explicativo que facilitaba el análisis. El propio Menger deja claro en 1871 que valor de uso y valor de cambio son “las distintas formas del único fenómeno general del valor”.[5] En esa misma línea, dice Böhm-Bawerk en 1889 que

es fácil ver que podemos hablar de dos «valores» solo con la misma inexactitud que lo hacemos cuando hablamos de «disposiciones alternativas de la utilidad marginal». Porque evidentemente para una persona solo puede tener un valor subjetivo. Valor es, por definición, la importancia que un bien tiene para el bienestar de un ser humano y ese valor no puede ser a la vez, grande y pequeño, alto y bajo. Pero la manera de pensar y hablar acerca de esto, aunque no totalmente correcta, es la forma real de pensar y hablar en la vida diaria y por esa razón, en los pasajes anteriores, he adaptado mi fórmula a ella.[6]

Y en 1912 dice Mises que “la distinción entre valor de uso y valor de cambio no tiene ya en la teoría del valor la importancia que solía tener”.[7]

En la práctica, no cabe duda de que es siempre una única valoración la que nos conduce a la acción. Esa valoración es, por supuesto, subjetiva. Y si nos centramos en la subjetividad de la valoración, evitando que la palabra cambio o la palabra uso nos lleven a equívoco, nos daremos cuenta de que el valor de uso y el valor de cambioúnicamente están relacionados con nuestras necesidades, el hecho de que la forma que encontremos de satisfacerlas sea a través del uso o del intercambio es circunstancial e irrelevante y no debería llevar a confusión. En definitiva, los conceptos valor de uso y valor de cambio pueden ser un buen recurso explicativo a nivel analítico, pero siempre que se utilicen para aclarar las cosas y no para tergiversarlas.[8]

Sobre el valor de cambio de Bitcoin en sus inicios

Las definiciones citadas al comienzo de este apartado nos permiten darnos cuenta de que cuando “nace” Bitcoin todavía no podía dar satisfacción a nuestras necesidades de forma indirecta, es decir, todavía no se podía cambiar por otros bienes que dieran satisfacción directa a nuestras necesidades. En consecuencia, en aquellos momentos iniciales, no era posible apreciar en Bitcoin ningún valor de cambio. Por supuesto, menos aún se podría haber apreciado utilidad monetaria,[9] puesto que esta implica un valor de cambio que todavía no era posible otorgarle a Bitcoin y algunas otras condiciones más (e. g., una gran comerciabilidad, que no podía existir en el momento de su “nacimiento”). En definitiva, la esperanza de que a Bitcoin se le pudiera llegar a apreciar valor de cambio y utilidad monetaria en el futuro no le otorgaba valor de cambio ni utilidad monetaria en el presente, que es más o menos lo que hace ilusoriamente Polavieja:

La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades. De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.[10]

Dejando a un lado el “tono” empleado por Polavieja en este párrafo, tengo que decir que esa esperanza, al igual que sucede con las expectativas, permite otorgarle subjetivamente a Bitcoin un valor de uso, pero nunca un valor de cambio. Aquellos que no estén de acuerdo con esta idea me gustaría que reflexionaran sobre lo siguiente. Todo el mundo, en mayor o menor medida, aprecia la música y concede valor de uso a alguna canción en particular. El valor de uso que una persona concede a una canción concreta se debe, entre otros posibles motivos, al agrado que siente al escucharla. Es decir, ese valor de uso se debe a que la canción logra dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades de esa persona relacionadas con el disfrute del placer sensorial. Pues bien, de la misma manera, el valor de uso que una persona concede a una determinada cantidad de bitcoins también se debe, entre otros posibles motivos, a que dichos bitcoins logran dar satisfacción psicológica a ciertas necesidades subjetivas (e. g., la esperanza de que Bitcoin se convierta en dinero y el Estado pierda el monopolio en el ámbito monetario o la expectativa de una gran revalorización). En todo caso, tanto la satisfacción psicológica que una persona pueda alcanzar al escuchar su música preferida como la satisfacción psicológica (esperanza o expectativa)[11] que una persona pueda apreciar al adquirir determinada cantidad de bitcoins solo pueden ser valorados como valor de uso, nunca como valor de cambio.

En relación con esa esperanza que es posible alcanzar gracias a Bitcoin, Polavieja solía terminar sus artículos en el Instituto Juan de Mariana con las siguientes palabras de Hayek:

No creo que volvamos a tener un buen dinero hasta que se lo quitemos al Gobierno de las manos, es decir, no podemos quitárselo violentamente, todo lo que podemos hacer es introducirlo astutamente de tal forma que no lo puedan parar.[12]

Cuando Polavieja concluía sus artículos citando estas palabras, algo que ya no hace, estaba otorgando a sus bitcoins el valor de uso psicológico correspondiente a la esperanza que mantenía en aquellos momentos. Pero, en sí misma, esa esperanza no permitía otorgarle valor de cambio a Bitcoin. De hecho, las esperanzas que uno pueda albergar no permiten otorgarle valor de cambio a ningún bien (todo aquel que no tenga esto claro deberá volver a la definición de valor de cambio).

Este asunto de la esperanza y las expectativas como valor de uso será abordado con mayor detalle más adelante, puesto que se pueden plantear algunas dudas relacionadas con la ley de la utilidad marginal que será necesario solventar. Por el momento, seguiré tratando de establecer firmemente los fundamentos.

Sobre las “necesidades” y sobre la amplitud del concepto “valor de uso”

La acción humana persigue la satisfacción de necesidades subjetivas no satisfechas que son valoradas y consideradas como fines. Si no fuera así, no se actuaría en esa dirección. Todo ser humano satisface siempre en primer lugar las necesidades más básicas, pero cuando ya las tiene satisfechas surgen inmediatamente otro tipo de necesidades y actúa en consecuencia para satisfacerlas. Estas necesidades pueden ir desde lo más superfluo y mundano hasta lo más elevado. Tanto las propias necesidades como los medios que se consideren adecuados para satisfacerlas son producto de la subjetividad de cada persona, así que desde un punto de vista praxeológico no hay demasiado que decir al respecto. Aquellos que se hacen tatuajes o se ponen piercings es indudable que sienten esa “necesidad” y actúan en consecuencia para satisfacerla. Exactamente igual, aquellos que sienten necesidades intelectuales o ideológicas. Y lo mismo, aquellos que dedican su vida a Dios, a la ciencia, al altruismo, etc.

El distinguir las diversas actuaciones con arreglo a los múltiples impulsos que las motivan puede ser importante para la psicología o para su valoración moral, pero para la economía tales circunstancias carecen de interés. Lo mismo puede afirmarse de las pretensiones de quienes quisieran limitar el campo de la economía a las acciones humanas cuyo objetivo es proporcionar a la gente mercancías materiales y tangibles del mundo externo. El hombre no busca los bienes materiales per se, sino por el servicio que tales bienes piensa le pueden proporcionar. Quiere incrementar su bienestar mediante la utilidad que piensa pueden reportarle los diversos bienes. De ahí que no deban excluirse de las acciones «económicas» las que directamente, sin mediación de ninguna cosa tangible o visible, permiten suprimir determinado malestar humano.[13]

Hemos hablado con anterioridad del valor de cambio. Como veíamos en la definición de Menger, cuando se otorga valor de cambio a un bien es porque se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta. Es decir, o se puede usar para satisfacer las necesidades de forma indirecta o no se le otorga valor de cambio. Este valor de cambio es un concepto más bien estrecho, pues solo hay un tipo de valor de cambio, el que surge gracias al intercambio. Vayamos ahora al valor de uso. Cuando se le otorga valor de uso a un bien, es porque se puede usar directamente para satisfacer las necesidades. Es decir, o se puede usar para satisfacer directamente las necesidades o no se le otorga valor de uso. A diferencia del valor de cambio, el valor de uso es un concepto muy amplio, de hecho, no es posible imaginar un concepto más amplio, pues el ser humano, en su inmensa creatividad, puede descubrir infinitos tipos de valor de uso en un mismo bien.

Con un ejemplo, se podrá ver mejor lo que quiero plantear acerca de la amplitud del concepto valor de uso. Pensemos en la música y, en concreto, en una pieza musical determinada como es la última canción de Shakira con Bizarrap. Esta pieza musical puede tener valor de uso como mero disfrute sensorial. Puede tener valor de uso para crear un ambiente activo y dinámico en una tienda de ropa juvenil. Puede tener valor de uso como símbolo en el seno de agrupaciones feministas que promueven el empoderamiento de las mujeres frente a los hombres. Puede tener valor de uso en una asociación de mujeres engañadas como terapia emocional que ayuda a superar determinados acontecimientos de la vida privada. Puede tener valor de uso para la propia cantante como venganza personal y escarnio público contra su ex pareja. Sirvan estos casos hipotéticos únicamente como una pequeña muestra de los diferentes valores de uso que pueden ser apreciados en un mismo bien.

La satisfacción intelectual como valor de uso

Teniendo en cuenta todo lo dicho, nos daremos cuenta de la gran variedad de valores de uso que se pueden apreciar o descubrir en los bienes de nueva creación. Esta variedad comienza ya en el propio creador. Por ejemplo, cuando alguien crea un producto eminentemente práctico, las necesidades que satisface al hacerlo no son solo las relacionadas con la utilidad técnica del producto. Así, es indudable que el creador estará más o menos orgulloso de su creación y sentirá la satisfacción intelectual de haber tenido la capacidad de desarrollar el producto. Si trasladamos esto a Bitcoin, es posible asegurar que para Satoshi Nakamoto tanto el sistema como las unidades que surgen de ese sistema tenían valor de uso desde un inicio, al menos en cuanto suponían la culminación de un desafío que logró satisfacer las necesidades intelectuales de su creador. Cuando Satoshi Nakamoto descubrió como encajar las piezas de ese puzle que es Bitcoin, cuando publicó su white paper y cuando minó el genesis block dio satisfacción a aquellas necesidades intelectuales que le habían conducido tiempo atrás a emplear su tiempo y sus recursos en esa tarea.

Obviamente, no fue únicamente una necesidad intelectual lo que motivó a Satoshi a emprender ese camino. El hecho de que ponga el énfasis en este asunto se debe a que Polavieja mostró una gran sorpresa en su artículo por el mero hecho de que hice referencia a un valor de uso “intelectual” de Bitcoin en sus inicios (dijo textualmente: “¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!”). Pero si él se sorprende con mi afirmación, más sorprendido estoy yo con su asombro. ¿Pretende Polavieja que no es posible valorar, por ejemplo, el intento de Bit Gold por parte de Nick Szabo? ¿Acaso no es cierto que Satoshi tiene en cuenta las aportaciones previas de Wei Dai, Ralph Merkle o Adam Back? Como resultará evidente, la alta valoración intelectual que estas aportaciones previas le merecen a Satoshi se demuestra cuando las incluye como referencias en su white paper. Esta circunstancia significa que estas aportaciones tienen para Satoshi un claro valor de uso, pues fueron tenidas en cuenta y/o utilizadas para el desarrollo de Bitcoin. ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a los trabajos teóricos existentes con anterioridad? ¿Hubiera sido posible Bitcoin sin el valor de uso “intelectual” que Satoshi concedió a su propia investigación? Si no la hubiera valorado, es indudable que la habría abandonado a medias.

Naturalmente, la motivación intelectual de Satoshi no era su única motivación y probablemente no la principal, pero es evidente que esa motivación existía. Cuando cité la “satisfacción intelectual” en mi réplica al artículo de Polavieja, lo hice únicamente para dejar claro que Bitcoin era un bien desde un inicio (lo era desde el punto de vista de Satoshi, pues ese bien lograba dar satisfacción a su necesidad intelectual). Por supuesto, se podía considerar igualmente un bien desde otros puntos de vista que ni siquiera consideré necesario citar, pues en aquella parte de mi réplica solo se trataba de señalar que, según el criterio de Menger, Bitcoin era indudablemente un bien (al menos, en el sentido citado), pero no era de ningún modo un bien monetario (lo sería más adelante). En aquellos momentos iniciales, no se podía otorgar valor de cambio a Bitcoin ni se podía utilizar como medio de intercambio indirecto (utilidad monetaria). Solo se trataba de señalar eso, cosa que al parecer no le gustó a Polavieja que señalara.

Valores de uso peculiares y su utilidad marginal

Decía más arriba, cuando hablaba del valor de uso de la esperanza y las expectativas que muchos encontramos en Bitcoin, que desde un punto de vista económico se podrían plantear algunas dudas que sería necesario solventar, relacionadas con la ley de la utilidad marginal. Debo recordar antes de nada que nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no era posible utilizarlo como medio de intercambio. Pues bien, hay que empezar por decir que en términos económicos es un error de concepto referirnos de forma general a la esperanza y las expectativas depositadas en Bitcoin (considerado como un todo), puesto que el valor de un bien “viene determinado por su utilidad marginal, no por la utilidad «filosófica» de los bienes tomados en absoluto o en abstracto.”[14] Este error tan simple, repetido a lo largo de la historia, impidió durante mucho tiempo que los economistas resolvieran la supuesta paradoja del valor entre el agua y los diamantes. Si el agua es más necesaria para el ser humano que los diamantes, ¿por qué los diamantes son más caros que el agua? La solución a la paradoja del valor pasaba por darse cuenta de que no se compara el agua en su conjunto con los diamantes en su conjunto, sino que se comparan cantidades específicas de unidades relevantes para la acción de un sujeto en un momento determinado. Como señalaba muy acertadamente Menger, “valor es la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades”.[15] Por tanto, aunque filosóficamente podamos reflexionar sobre Bitcoin de forma general, nuestra valoración praxeológica (que es la que nos conduce a actuar) solo se puede referir a una cantidad parcial de ese bien, pues es solo una cantidad concreta la que nos permitirá satisfacer nuestras necesidades. Rothbard también subraya esta idea al decir que el valor “no pertenece en abstracto a una clase de bienes; es atribuido por los consumidores a unidades reales, específicas…”[16] En definitiva, una valoración subjetiva de Bitcoin debe consistir en elegir entre cierta cantidad de bitcoins o cierta cantidad de bienes alternativos que pueden competir con esos bitcoins a la hora de paliar nuestras necesidades.

Planteado así el asunto, tenemos que dilucidar si los valores de uso que hipotéticamente se le podrían haber apreciado a Bitcoin en aquellos momentos iniciales de su existencia eran coherentes con la ley de la utilidad marginal. Citábamos anteriormente como posibles valores de uso, en primer lugar, la satisfacción intelectual del creador de Bitcoin. También mencionábamos como valor de uso la esperanza de que Bitcoin se convirtiera en dinero. De igual manera, la esperanza de que Bitcoin le quitara el dinero de las manos al Estado. Y, por último, la expectativa de una gran revalorización. En todos estos casos nos encontramos ante valores de uso un tanto peculiares, pero ya se ha explicado que tanto las necesidades como los valores de uso no tienen límite alguno (son subjetivos). A cualquier bien se le puede atribuir subjetivamente valor de uso simplemente por el hecho de que logre dar satisfacción a una necesidad psíquica. Y, evidentemente, ese es el caso de la satisfacción intelectual, de la esperanza y de las expectativas. Por tanto, lo que nos queda ahora es ver si esos valores de uso eran o podían ser atribuidos a una cantidad específica de bitcoins o, por el contrario, solo se trataba de simples valoraciones filosóficas de Bitcoin, en cuyo caso, no se podrían considerar verdaderamente valores de uso. Quede claro que esta “confrontación” no quiere decir que no pueda darse al mismo tiempo una valoración filosófica y un valor praxeológico, pero en nuestro análisis debemos dejar a un lado la primera y centrarnos exclusivamente en la segunda.

Vayamos con el caso de la satisfacción intelectual. Cuando Satoshi Nakamoto publica el white paper de Bitcoin, es evidente que siente la satisfacción de un logro intelectual y puede atribuirle valor de uso. No obstante, no es el valor de uso de una publicación lo que estamos buscando, sino el valor de uso de unos bitcoins que en ese momento todavía no existían. Sin embargo, cuando se produce el genesis block, nos encontramos ya ante 50 bitcoins y ante una persona que ha utilizado esfuerzo, tiempo y recursos en su consecución. Por tanto, es indudable que puede sentirse satisfecho intelectualmente y atribuirles valor de uso en ese sentido. Pero esto no acaba aquí, pues el proyecto continúa, debe seguir desarrollándose y corrigiendo sus pequeños fallos de funcionamiento. En consecuencia, cada nuevo bloque que se mina con éxito (tic toc, un nuevo bloque cada diez minutos desde el año 2009) supone una nueva satisfacción intelectual (producto de las mejoras introducidas en el proyecto). Y, dado que Bitcoin era (y es) un proyecto en continuo desarrollo, siempre se podrá atribuir un valor de uso intelectual a los bitcoins que se minen exitosamente bajo nuevas especificaciones.

Vayamos ahora con los casos de la esperanza puesta en que Bitcoin se convierta en dinero o en que le quite el dinero de las manos al Estado. El motivo por el que pueda pensarse que son deseables estas circunstancias resulta aquí irrelevante. Lo realmente importante es que para que podamos reconocer un valor de uso tiene que haber unos bienes que nos aseguren de manera directa la satisfacción de ciertas necesidades. Evidentemente, Bitcoin no asegura las circunstancias citadas, pero de lo que se trata aquí no es de las circunstancias en sí, sino de la esperanza puesta en que tales circunstancias sucedan. En este sentido, resulta claro que, ante una necesidad psíquica, a cualquier medio que le dé satisfacción se le podrá atribuir valor de uso. Es cierto que hasta este momento el planteamiento puede parecer más general o filosófico que referido a cantidades específicas de bitcoins. Sin embargo, nada impide que una persona adquiera[17] una cantidad específica de bitcoins por el mero hecho de ser consecuente con sus ideas, apoyando así el proyecto que vislumbra en Bitcoin (económico, político, filosófico o del tipo que sea), y obtenga de esa manera una esperanza que le permite otorgar valor de uso a los bitcoins adquiridos. Y no importa cuántas veces se repita esta acción, puesto que en cada una de las ocasiones la nueva adquisición de bitcoins implicará siempre que esta persona ha situado las nuevas unidades en una posición ordinalmente superior en su escala de valoración a otros bienes que podría haber adquirido alternativamente para tratar de satisfacer sus necesidades.

Algo similar se puede aplicar a la expectativa de una gran revalorización. Si alguien tiene esa expectativa, lo lógico es actuar en consecuencia, es decir, lo lógico es comprar/minar bitcoins. Y el hecho de comprarlos/minarlos debido a la expectativa de una gran revalorización es la constatación de que a tal expectativa se le concede valor de uso. En definitiva, se puede concluir que los valores de uso que hipotéticamente se le apreciaban a Bitcoin en los momentos iniciales de su existencia son coherentes con la ley de la utilidad marginal.

Notas

[1] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 290

[2] Böhm-Bawerk, Eugen von (1889) Teoría Positiva del Capital. Madrid: Ediciones Aosta, 1998, pp. 279-280

[3] Mises, Ludwig von (1949): La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 145

[4] He realizado un breve análisis crítico del concepto “valor de cambio objetivo” y de su utilización por parte de Mises en la nota 21 pp. 73-74 del artículo “La liquidez frente al teorema de la regresión del dinero: una crítica a J. R. Rallo”. Revista Procesos de Mercado, vol. 19, no. 1, Aug. 2022, pp. 63-96. https://www.procesosdemercado.com/index.php/inicio/article/view/776/863  

[5] Menger, 1871, óp. cit., p. 291

[6] Böhm-Bawerk, 1889, óp. cit., p. 280, nota 5

[7] Mises, Ludwig von (1912) La Teoría del Dinero y del Crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997, p. 72

[8] En este trabajo se utilizarán los conceptos valor de uso y valor de cambio para interpretar el fenómeno Bitcoin. Pero esta interpretación solo es posible sobre una base teórica que se ha desarrollado previamente. En el próximo número de la revista Procesos de Mercado se publicará un artículo que he escrito en colaboración con el profesor Philipp Bagus. Entre otras cosas, en dicho artículo se analizarán desde un punto de vista teórico general los conceptos valor de uso y valor de cambio, refutándose la posibilidad de la existencia de un bien con valor de cambio y sin valor de uso previo. Si el lector del presente trabajo echa en falta alguna explicación o no entiende alguno de los argumentos que aquí se emplean, le sugiero que lea dicho artículo, puesto que se complementa perfectamente con este.

[9] Utilidad monetaria o bien monetario es una forma breve (e incorrecta) de referirse a la utilidad de un bien como medio de intercambio. Evidentemente moneda y medio de intercambio no son lo mismo, sin embargo, esas expresiones se suelen usar de una forma general con ese significado. Por ese motivo y por la falta de otra expresión más adecuada para referirnos a esta idea de forma breve, en este escrito se utilizarán tales expresiones.

[10] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[11] RAE: Esperanza: Estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. RAE: Expectativa: Posibilidad razonable de que algo suceda.

[12] Estas palabras de Hayek eran utilizadas por Polavieja al final de sus artículos, por ejemplo en este: https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/bitcoin-burbujas-y-especulacion/

[13] Mises, 1949, óp. cit., p. 284

[14] Rothbard, Murray N. (1995): Historia del pensamiento económico (Vol. I): El pensamiento económico hasta Adam Smith. Madrid: Unión Editorial, 1999 (segunda reimpresión, 2012), p. 92

[15] Menger, 1871, óp. cit., p. 172

[16] Rothbard, 1995, óp. cit., p. 416

[17] Más que adquirir, me tendría que referir a minar, puesto que para este planteamiento nos situábamos en los inicios de Bitcoin, cuando todavía no se podían comprar bitcoins en el mercado. No obstante, mantengo el uso de la palabra “adquirir” para hacer más sencillo el argumento. Considérese que “adquirir” se refiere de forma general a emplear recursos para obtener bitcoins.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Mercancías y economía de mercado

Es una lástima que el debate que mantengo con Joel Serrano se esté quedando en cuestiones superficiales. Como, por ejemplo, la definición de mercancía que yo pueda considerar más precisa. No se trata de ser precisos ni de que una definición sea mejor que otra, se trata de no cometer el gran error de leer a Menger en los términos de otro autor, tal y como yo mismo hice equivocadamente las primeras veces que leía a Menger con la definición de mercancía de Mises. Y por cierto, no sé de ni una sola persona que conozca bien la tradición austriaca que no cometiera este mismo error, incluyendo a notables Mengerianos como Selgin, Rallo, Bondone o Keith Weiner. ¿Quizá sea Serrano el primero que no lo ha cometido? 

El papel central de la mercancía

Como decía, Serrano no se está enfocando en lo esencial, y es el papel que juega el concepto de mercancía dentro de la teoría del intercambio de Menger. La mercancía es el instrumento crucial a través del cual abandonamos las formas primitivas de economía y evolucionamos hacia la economía de mercado. No hay mercancías sin mercado ni mercado sin mercancías. 

Por reducción al absurdo, una economía de supervivencia donde no hay nada más allá del valor de uso sería la “economía” del Ñú, si se me permite la expresión. La aparición del valor de cambio es lo que nos saca de la economía primitiva, por eso Menger elabora una Teoría de la Mercancía como elemento fundamental dentro de su Teoría del Intercambio, e insiste hasta la saciedad en que la esencia de la mercancía, lo que la caracteriza, es su valor de cambio.

Cuestiones irrelevantes

Menger denunció una y otra vez la profunda incomprensión de los intermediarios, tanto a nivel popular como a nivel académico.  Si la incomprensión era preocupante cuando el intermediario es una persona o entidad, no digamos cuando el intermediario es una cosa como son las mercancías o el dinero. Pareciera que este debate sobre la teoría de la mercancía es anacrónico y fútil, pero nada más lejos de la realidad. Esta incomprensión sigue de rabiosa actualidad. Y prueba de ello son, por ejemplo, los ataques a Mercadona como intermediario-entidad y la calificación de Bitcoin, intermediario-cosa, como burbuja especulativa de valor cero por parte de reputados economistas como Steve Hanke o Xavier Sala y Martí, o financieros de gran prestigio como Charlie Munger.

En fin, insisto en que me parece una lástima perderse en cuestiones de poco fondo. Aun así, paso a analizar el último artículo de Serrano. Los argumentos que aporta sobre el hecho de que Satoshi o MicroStrategy no intercambien sus Bitcoins para negar que sea una mercancía ni se sostienen, ni son relevantes para el debate.

No son relevantes porque es una cuestión pacífica en el debate que una vez que un bien dejó atrás su primer intercambio y ya tiene valor de cambio, el propio valor de cambio, en el sentido de los servicios de intercambio que proporciona, puede ser ya razón suficiente para atesorarlo. Tal y como el propio Mises reconoce. Es decir, según Mises, una vez que un instrumento tiene valor de cambio, no hace falta ya ser más papista que el Papa, intentando suponer ningún valor de uso actual para encontrar justificación al atesoramiento o demanda de ese bien.

Un experimento mental

Al reconocimiento de Mises yo añado, que se puede especular o apostar con un potencial valor de cambio aunque la cosa no tenga valor de uso ni precios, tal y como hizo el propio Hal Finney el 11 de Enero de 2009, tan solo dos días después de que Satoshi minara el bloque génesis (traducción libre):

Un problema inmediato con cualquier nueva moneda es cómo valorarla. Incluso ignorando el problema de que prácticamente nadie la aceptará al principio, aún existe la dificultad de encontrar un argumento razonable a favor de un valor específico distinto de cero para esta moneda.

A modo de divertido experimento mental, imaginemos que Bitcoin tiene éxito y se convierte en el sistema de pago dominante utilizado en todo el mundo. Entonces, el valor total de la moneda debería ser igual al valor total de toda la riqueza en el mundo. Las estimaciones actuales de la riqueza total de los hogares en todo el mundo que he encontrado varían de $100 billones a $300 billones. Con 20 millones de monedas, eso le daría a cada moneda un valor de aproximadamente $10 millones.

Por lo tanto, la posibilidad de generar monedas hoy en día con unos pocos centavos de tiempo de cálculo puede ser una apuesta bastante buena, ¡con un beneficio de aproximadamente 100 millones a 1! Incluso si las probabilidades de que Bitcoin tenga éxito en este grado son escasas, ¿realmente son de 100 millones a uno en contra? Algo en qué pensar…

Hal Finney

Independientemente de que estemos de acuerdo o no con el dudoso cálculo que hace del posible valor de Bitcoin, podemos ver como Hal Finney enuncia inicialmente el supuesto problema que identifica Mises sobre el valor inicial, que luego refuta con total contundencia. Esos pocos céntimos son el precio inicial para Finney y el valor que estima como posible, aunque poco probable es de 10 millones.

Pero lo relevante aquí no es el hecho histórico o anecdótico de que Finney inmediatamente pasase a la acción minando Bitcoin por la expectativa de que pudiera ser dinero cuando aún no existían precios interpersonales (si, Finney esperaba que fuera dinero, no un objeto de coleccionismo ni ninguna otra utilidad peregrina). Podía no haber minado ni un solo Bitcoin y haberse olvidado del invento para siempre, y aun así el hecho de haber realizado esta reflexión refutaría el Teorema de Regresión de Mises igualmente. 

Traigo aquí a Finney porque es evidente que él no es ningún capitán posteriori. Hizo esta reflexión en aquel momento y no a toro pasado cuando Bitcoin ya tenía precios interpersonales. Cualquiera puede comprender esta sencilla reflexión de Finney por mera introspección individual y, por tanto, deducir que es perfectamente racional, dentro de la categoría de la acción humana, invertir unos cuantos céntimos en obtener una cosa si tienes la única y exclusiva expectativa de que esa cosa pudiera convertirse en medio de cambio en el futuro. Y ya de paso, esos pocos céntimos serían el precio inicial que tanto preocupa a Mises. 

¿Bien a coste cero?

Es decir, en el marco metodológico de Mises no solo es irrelevante la acción de Satoshi o Finney demandando Bitcoin, también es irrelevante que empíricamente podamos demostrar que esta reflexión de Finney existió. La lógica nos dice que aunque Finney no la hubiera documentado o ni siquiera la hubiera realizado, esta reflexión es perfectamente posible y racional.

Como ya he expuesto en artículos anteriores, el problema que identifica Mises simplemente no existe. Yo defiendo que cualquier precio inicial o pasado es totalmente innecesario para demandar una cosa que crees que puede convertirse en medio de cambio. Pero es que si fuera necesario, que no lo es, no es posible obtener ningún bien a coste cero. No hay nada gratis. 

Dedicar aunque sea una parte de tu tiempo a recolectar, fabricar, atesorar o crear una cosa ya implica valorar esa cosa más que tu tiempo, y todos tenemos una idea aproximada de cómo valorar nuestro tiempo. Siempre hay un intercambio aunque sea autístico, y los intercambios generan precios que se pueden utilizar como referencia.

Todavía el valor objetivo

Por tanto, la siguiente afirmación de Mises es insostenible:

Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

Ludwig von Mises. La Acción Humana, capítulo XVII, sección 4

La anterior afirmación denota que Mises no fue capaz de abandonar totalmente la teoría del valor objetivo (costes) en lo que respecta a los medios de intercambio. Pero es que además incluso en el contexto equivocado de la teoría del valor objetivo, tal afirmación no tiene ningún sentido porque es imposible que no exista un precio de referencia aunque proceda de un intercambio autístico. Como ya expliqué, si la cosa no tiene valor de uso ni valor de cambio conocido, el incentivo para demandarla por parte del comprador racional es de hecho ¡mayor! porque el coste de obtener dicha cosa no será cero, pero casi seguro será ínfimo precisamente porque no tiene valor de uso ni tampoco aún valor de cambio. ¡La cosa es inútil a ojos del resto del mundo!

El primer precio de Bitcoin

En el caso de Satoshi, pretender que para él Bitcoin no era un medio de cambio me parece surrealista teniendo en cuenta lo que escribe en el whitepaper y en los diversos foros. En una ocasión, por cierto, negando explícitamente el teorema de regresión al describir como un objeto que no tuviera ningún valor de uso podría tener un valor inicial “circular” porque la gente apreciara su potencial utilidad para el intercambio. Afirmar que la satisfacción de que pueda funcionar como medio de cambio es un valor de uso distinto a ser medio de cambio es una pirueta ridícula. 

Dice Serrano que Satoshi no intercambió uno solo de sus Bitcoin. Esto no solo es irrelevante, sino también rotundamente falso. Desconoce lo elemental de la historia temprana de Bitcoin. El primer intercambio interpersonal de Bitcoin fue de 10 bitcoins de Satoshi a Finney el 12 de enero de 2009 (asumiendo que no fueran la misma persona). Ya tiene Serrano el intercambio de esa parte “por pequeña que fuera” de los bitcoins de Satoshi. También hizo algunos pagos, que se sepa, a Dustin Trammell, Nicholas Bohm o Mike Hearn. Se ha analizado que gastó como mínimo 900 bitcoins en los primeros meses.

Las estimaciones de los bitcoins de Satoshi varían entre 700.000 y 1.100.000. Hay 500.000 bitcoins sobre los que existen dudas. Y da igual si los intercambios fueron a título lucrativo, a cambio de ayuda en la programación, o a modo de simple prueba. Si Serrano quiere entrar en el barro del empirismo (allá él), los hechos son que Satoshi demandó bitcoins para posteriormente intercambiarlos, y sabemos que el primer receptor conocido, Finney, valoró expresamente la posibilidad de que fuera dinero un día antes de recibirlos.

Teorema de regresión

Además, es patente que Satoshi lo planificó todo con sumo cuidado ¿Cómo sabe Serrano que Satoshi no minó bitcoins con un equipo distinto y posteriormente vendió esos bitcoins con su identidad real? También sabemos que Finney vendió unidades de Bitcoin ¿Cómo puede estar n seguro de que Finney no era Satoshi?, y por tanto Finney fue el primer demandante que posteriormente vendió, y además demandó única y exclusivamente por su potencial como medio de cambio tal y como explicó el 11 de Enero de 2009, ¿Cómo encaja esto en el teorema de regresión?

Como digo, Serrano hace afirmaciones sin documentarse debidamente, pero sobre todo se pierde en lo anecdótico. Porque si entramos en lo empírico las razones por las que Satoshi y los primeros mineros no vendieran sus bitcoins pueden ser muchas sin que esto implique que tengan valor de uso para ellos: Porque pueden haber fallecido, porque a día de hoy creen que aún valdrán más, porque ya no tienen las claves privadas para gastar esas monedas, porque viendo lo que les pasó a otros que intentaron lanzar dinero privado, valoran más su anonimato, libertad e integridad física que la riqueza que pudieran obtener a cambio de sus Bitcoin, etc. Pero con tal de aferrarse al teorema de regresión, Serrano pretende negar lo que Satoshi o Finney afirmaron de manera expresa. Serrano está convencido de conocer mejor que ellos mismos la razón por la que demandaban Bitcoin. En cuanto a Microstrategy ¿Cómo van a plantearse vender si aún no ha terminado de pagar las que está comprando y en estos precios aún creen que están baratas? 

New Liberty Standard

Serrano menciona el caso de New Liberty Standard que yo ya cité en mi artículo anterior. No comprendo cómo puede pensar que estos hechos apoyan su argumento. Entiendo que Serrano recurre a él porque cree erróneamente que Satoshi nunca intercambió y que, atención, ¡el creador de un  “Peer-to-Peer Electronic Cash System“ no consideraba que su creación fuera un bien destinado al intercambio!, y pasa a analizar el supuesto de que el primer intercambio de Bitcoin lo protagonizaran otras personas en la página web de New Liberty Standard.

Pero, ¿Qué referencia a ningún valor de uso por parte del vendedor o del comprador existió en el primer intercambio de esta página web? Qué Martin Malmi venda una pequeña fracción de sus Bitcoin para ayudar al propietario de un exchange que expresamente publicita Bitcoin como moneda (”Bitcoin is the gold standard of digital ¡¡currency!!”), va en favor de promocionar la demanda de Bitcoin como moneda y su valor de cambio, porque Malmi tenía muchos. Aquí la labor de Malmi es claramente la de market maker o proveedor de liquidez, todo un señor valor de uso, claro que sí. Serrano se vuelve a refutar a sí mismo.   

Especula Serrano que podría darse el caso de que Bitcoin no fuese una mercancía porque para algunos tuviera algún valor de uso. Si, y también podríamos afirmar que para muchos Bitcoin era una simple cosa y no tendría absolutamente ningún valor, que no era un bien para ellos. ¿Y?. La teoría del valor subjetivo es así, el valor lo otorga el sujeto. Esto no es más que enunciar la definición de mercancía de Menger: El carácter de mercancía es una relación con el sujeto. Además, ¿Qué tiene que ver esto con el teorema de regresión de Mises? Nada. El teorema de regresión de Mises afirma de manera concreta y tajante que el primer precio de una mercancía debe ser consecuencia del valor de uso. En el marco metodológico de Mises no vale especular de manera inespecífica. Hay que demostrar de manera concreta, por la vía de la lógica y no por empirismo, que el primer precio de Bitcoin solo pudo tener origen en un valor de uso.  

Confusión entre bien entregado y bien obtenido

Aludir a que la “satisfacción” de que el sistema funcione es un bien de uso, a pesar de ser un argumento ridículo no me sorprende en absoluto. Desde la irrupción de Bitcoin, este tipo de argumentos son toda una tradición entre aquellos Miseanos que no están dispuestos a cuestionar una coma de Mises. Para empezar no es lo mismo el sistema Bitcoin, el software que es un bien libre (no económico), que las unidades de Bitcoin. No son el mismo bien. Además, ¿Qué tendrá que ver el atesoramiento de unidades de Bitcoin con esa satisfacción? La satisfacción de que el sistema funcione en todo caso te la proporcionará el tiempo que le dediques a crear, mejorar y ejecutar el sistema, no las unidades en si. No es necesario en absoluto atesorar unidades. Y si contribuyes minando, puedes obviar las unidades que obtengas despositándolas en direcciones de las que no tengas las claves.

En cuanto al subsidio a los demás propietarios, Serrano se refuta de nuevo a sí mismo, pues estamos hablando de transmitir valor utilizando Bitcoin como medio de intercambio, y los intercambios son intercambios sean lucrativos o no. Sería como decir que una cantidad de  Euros no son medio de cambio sino “satisfacción” cuando se utilizan como medio de pago en una donación. El refrito que hace aquí Serrano es antológico, confundiendo el bien entregado  con el bien obtenido. 

Confusión entre utilidad y costes

Serrano también confunde gravemente utilidad con costes. Esto es básico. Vender un bien siempre tiene fricción, implica costes de oportunidad, puede tener consecuencia negativas, etc. Resumiendo: Vender tiene costes. Estos costes no son la inversa de la utilidad del bien. Si por ejemplo concluyo que vender bitcoins pone en riesgo mi libertad física, de ninguna manera  cabe afirmar que la utilidad de atesorarlos sea proporcionarme libertad. Al contrario, si considero que nunca podré venderlos sin correr ese riesgo, seré más libre si no los atesoro o nunca los hubiera atesorado. 

Mercancías y atesoramiento

Como decía al principio, los argumentos de Serrano no se sostienen porque se puede atesorar un bien únicamente por su valor de cambio, y tal y como explica Menger puedes acabar por no intercambiarlo jamás (“Pero no a cualquier precio”). Concluir que una mercancía ha de tener algún valor de uso por el hecho de no ponerla a la venta es insostenible. 

Es perfectamente posible y racional no poner a la venta una mercancía si crees que su valor presente es menor que el valor de cambio futuro que tú estimas, y no por ello se puede concluir que se le esté asignando ningún valor de uso o consumo. Circunstancia que puede darse durante muchos años o indefinidamente si se trata de un bien en proceso de adopción o demanda creciente, que es lo que creen (equivocados o no) los hodlers que dicen que nunca van a vender sus bitcoins. 

También es perfectamente racional no vender una mercancía si en tu patrimonio dispones de otros medios de cambio líquidos que poder vender y que crees que se van a comportar relativamente peor que esa mercancía en el futuro, y esto en absoluto implica asignar ningún valor de uso o consumo a esa mercancía. Se puede atesorar una mercancía como reserva patrimonial y también como activo que poder vender en el mercado en caso de necesitarlo y que esa necesidad resulte por no llegar, y de nuevo esto no implica asignar ningún valor de uso o consumo a esta mercancía.

El oro atesorado

Hay muchos otros motivos para atesorar una mercancía únicamente por su valor de cambio y acabar por no intercambiarla. Por ejemplo, que los pagos que finalmente tengas que realizar con ella acaben por resultar en una fiscalidad, divisibilidad o proceso de verificación que en ese momento hagan más conveniente utilizar otra mercancía menos gravosa fiscalmente, más divisible o más fácil de verificar, atesorando la mercancía original para otros intercambios más adecuados a sus características, sin que ello implique que la mercancía original tenga menor valor para tí. Estas y otras circunstancias podrían encadenarse indefinidamente, de manera que no vendas la mercancía en mucho tiempo o incluso nunca (pase a tus herederos).

Nótese que según el razonamiento de Serrano llegaríamos al absurdo de que el oro no sería mercancía o dinero cuando se atesora indefinidamente al no querer venderlo en favor de intercambiar otros bienes que valoremos menos como puedan ser plata, dólares, euros o pesos argentinos. El concepto de mercancía lleva implícito el atesoramiento por más o menos tiempo, y solo dejará de ser mercancía en el momento que se use o consuma.

Para cerrar esta cuestión, el propio Serrano apunta correctamente a la explicación de Menger de que una mercancía sigue siendo una mercancía aunque no esté puesta a la venta, y es que simplemente o el mercado no ofrece lo suficiente, o no resulta económico por los costes (“no a cualquier precio”). Las valoraciones son siempre dinámicas y cambian con el tiempo, por tanto esta situación puede prolongarse indefinidamente incluso si el mercado actualiza lo que ofrece, y a su vez el propietario mantiene o actualiza el valor que le otorga a su mercancía por encima del ofrecido por el mercado.

Mercancías y medios de cambio

Insisto en que la polémica de los medios de cambio es prescindible en este debate. Pero como, por otro lado, de lo que se trata es de interpretar correctamente a Menger, retomo la polémica. Dice Joel Serrano que he cercenado a propósito la segunda parte del párrafo donde Menger expone la definición de medio de cambio porque contradice la primera parte. Esta segunda parte dice así:

Pero como, en el lenguaje de la ciencia, para ambos conceptos se emplea la expresión «medio de cambio», y resulta difícil repetir continuamente la expresión «intermediario en el intercambio», en la exposición que sigue nos hemos atenido a la expresión usada hasta ahora, siempre que la rigurosa distinción en los mencionados conceptos no da lugar a dudas

Carl Menger

De ninguna manera este fragmento contradice ni matiza la primera parte. Al contrario, la corrobora. Que Menger aclare que va a utilizar medios de cambio en lugar de intermediarios del intercambio no niega la definición: “medio de cambio que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio”. Tampoco aprecia Serrano el adverbio “también”. Es decir, explica Menger que medio de cambio se utiliza para referirse no sólo a los intermediarios del intercambio, sino ¡también! a cualquier otro bien destinado al intercambio. Y esta definición “cualquier otro bien destinado al intercambio” es esencialmente idéntica a la definición de mercancía: “Bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio”.

Medios de (inter)cambio

Tampoco aprecia Serrano que en el texto que supuestamente no me venía bien, Menger habla de “ambos conceptos” y “rigurosa distinción de los mencionados conceptos” ¿Qué dos conceptos? Pues el de intermediario del intercambio, por un lado, y el de cualquier otro bien destinado al intercambio por otro. Es decir, es totalmente falso que en este párrafo Menger se esté refiriendo al único concepto de intermediario del intercambio. Lo que está aclarando aquí Menger es que por claridad expositiva a veces va a sustituir el concepto específico y preciso (intermediarios del intercambio), por otro concepto ¡distinto!, y más amplio (medios de cambio) que incluye al específico.

Dice Serrano que cualquiera que lea con atención el capítulo I de El Dinero podrá darse cuenta de que Menger utiliza siempre medios de cambio en el sentido de “intermediario del intercambio”. Falso. Igual que no conoce el ABC de la historia temprana de Bitcoin, tampoco ha leído con atención el primer capítulo de El Dinero. En la nota al pie 11 (p.99), Menger utiliza los términos medio de cambio y mercancía indistintamente explicando cómo unos mismos medios de cambio pueden ser en su mayor parte protagonistas de intercambios directos, y en menor medida para menos gente, medios de cambio indirectos:

Cuando solo una parte de la población de un territorio se sirve de los medios de cambio, utilizándolos como intermediarios para vender sus bienes, mientras la otra, normalmente la parte más numerosa, los emplea simplemente como bienes de consumo a voluntad, los medios de cambio de ese territorio están aún tan poco evolucionados que hacen dudar que puedan definirse ya como dinero. 

Carl Menger

Mercancías y dinero

En el anterior pasaje la mayoría de los intercambios son directos. Menger no daba puntada sin hilo, y si no quisiera utilizar medios de cambio para este tipo de intercambios podría haber utilizado el término mercancía, pero no lo hace. Y no será porque no tuviera el término mercancía presente, pues lo utiliza en el párrafo inmediatamente siguiente, donde continúa desarrollando la misma idea:

Quien en el mercado cambia sus propias mercancías por abalorios, panecillos de té prensado, tabletas de sal u otras cosas parecidas, de modo que adquiere por esta vía intermedia los bienes de que tiene necesidad inmediata de manera más fácil, más económica y más segura que cambiando directamente sus propias mercancías por aquellos bienes, esas mercancías intermediarias de sus transacciones se puede decir que son su dinero. Pero cuando una gran parte, o incluso la mayor parte de la población, acepta de buena gana estas mercancías a cambio de los bienes que lleva al mercado, pero las emplea solo para su propio uso y consumo, utilizando como adorno los abalorios, consumiendo el té y la sal adquiridos, etc, estas podrán ser también las mercancías más queridas y preferidas por esta porción de la población, pero jamás serán dinero.

Carl Menger

Dinero y consumo

Después, Menger explica en qué circunstancias los medios de cambio pueden empezar a considerarse dinero. Utiliza el término mercancía para referirse a los medios de intercambio indirecto, y luego utiliza el término medio de cambio para referirse a aquel bien que por lo general se utiliza como medio indirecto. Es decir, que en algún caso aunque no sea el general acaban en el consumo, pudiéndose utilizar dichos medios de cambio en intercambios directos:

Del dinero en este sentido específico se puede hablar exclusivamente cuando no solo las clases de población que participan activamente en el desarrollo de las actividades económicas, sino también las que permanecen sustancialmente pasivas en el plano económico, utilizan una mercancía —por imitación y costumbre— como intermediario del cambio, o sea la aceptan a cambio de sus mercancías y de sus prestaciones, aunque de tales bienes no tienen necesidad o están ya provistas abundantemente; en tales circunstancias, por lo general, los medios de cambio no acaban en el consumo, sino que permanecen en circulación.

Carl Menger

De nuevo el cambio (in)directo

Por último, Menger también afirma que al poseedor de una mercancía no sólo le trae sin cuidado si el comprador la va a consumir o la va a revender, también explica que el hecho de que una mercancía se pueda llegar a consumir es una circunstancia incierta. Es decir, toda mercancía es de entrada un medio de cambio directo y al mismo tiempo un potencial medio de cambio indirecto, y esto es así porque si, para el vendedor era una mercancía, nada impide que también pueda serlo para el comprador:

También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas.

El Dinero, Menger 2013, p. 103

Así, recientemente un destacado comentarista sobre el dinero y la acuñación niega el carácter de mercancía del dinero, especialmente porque una ‘mercancía’, para cumplir su propósito, es decir, para ser usada y consumida, debe desaparecer del mercado, pero el dinero, como medio de cambio, presta sus servicios permaneciendo en el mercado. Esto es un error, porque la circunstancia de que una mercancía finalmente se llegue a consumir es incierta y, por lo tanto, no es una característica esencial del concepto de mercancía.

Geld – Menger, 1892, p.46 traducción libre. Énfasis mío

¿Un cambio retrospectivo?

La tableta de sal, que Menger califica indistintamente como “medio de cambio” o “mercancía”, cumple exactamente la misma función para su productor tanto si el comprador las revende como si las consume. ¿Qué función? La de medio de cambio. Pero es que si hubiera dos funciones distintas, que no las hay, ¿Qué sentido tendría afirmar que la función que desempeñó para el productor mutará dependiendo de lo que posteriormente haga el comprador con la tableta de sal? ¿Acaso si el comprador la consume o la revende, la función que cumplió en el pasado para el productor cambia retroactivamente? Absurdo.

Que una mercancía deje de serlo tras un solo intercambio, tras varios, o que nunca deje de serlo es una cuestión de grado, no de concepto. Y la enorme aportación de Menger es que el hecho de que una mercancía se utilice más o menos como tal, encuentra su causa en las propiedades que facilitan su vendibilidad.

No seré yo el que niegue que por lo general con medios de cambio nos solemos referir más a los indirectos y no tanto a los directos, pues en teoría monetaria los indirectos son más relevantes. Un medio de cambio es “más medio de cambio” en tanto en cuanto se utilice más para intercambios indirectos. Pero es que en la teoría de Menger esto es exactamente igual para las mercancías. Una mercancía es “más mercancía” en tanto en cuanto se utiliza para más intercambios indirectos, siendo el dinero la mercancía por excelencia. Otra corroboración más del mismo significado de estos dos términos en la teoría de Menger.

Conclusión

He mostrado que las definiciones que aporta Menger para mercancía y medio de cambio son exactamente las mismas. He mostrado cómo utiliza expresamente el término medios de cambio para referirse a intercambios directos, y mercancías para los indirectos (y viceversa). También he mostrado como Menger deja claro que para el vendedor es irrelevante si el comprador consume o revende la mercancía. En fin, esta polémica sobre los medios de cambio me demuestra que erre que erre la cabra tira al monte: Vuelta otra vez a gravitar el concepto de mercancía hacia el valor de uso, en este caso el (incierto y circunstancial) valor de uso por parte del comprador.

Cuando sostengo que Bitcoin es un medio de cambio o mercancía, me estoy refiriendo a que encaja como un guante en la definición de mercancía de Menger, pues se inventó expresamente para el intercambio y se utiliza para el intercambio, teniendo en cuenta además que el atesoramiento, ya sea temporal o indefinido, es inseparable de este concepto de mercancía. Cabe señalar, además, que el atesoramiento no es otra cosa que un intercambio intrapersonal-intertemporal.

Pero fuera de debates meramente semánticos, lo más importante es que, tal y como nos muestra la reflexión de Finney el 11 de Enero de 2009, es perfectamente posible dentro del marco de la acción humana valorar que una cosa pudiera utilizarse como un instrumento para el intercambio en el futuro sin que le asignemos ningún otro tipo de utilidad presente o futura, y para demandarla basta con que la estimación futura de su valor como medio de cambio sea superior al valor de aquello a lo que tenemos que renunciar para obtener esa cosa. No es necesario que un bien deba tener un precio previo para que un sujeto le asigne valor. El precio es siempre una consecuencia de la utilidad, y facilitar el intercambio es una utilidad como cualquier otra.

El debate sobre las mercancías

Joel Serrano

La liquidez frente al teorema de la liquidez del dinero: una crítica a J. R. Rallo

Manuel Polavieja

Mises no comprendió a Menger (I)

Mises no comprendió a Menger (II)

Mises no comprendió a Menger (III)

Bitcoin, dinero y mercancías

Bitcoin es una mercancía (I)

Mises no comprendió a Menger (IV)

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (I)

Manuel Polavieja

Bitcoin es una mercancía (II)

Refutación del teorema regresivo de Mises

Joel Serrano

Manuel Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Manuel Polavieja

Mercancías y economía de mercado

Polavieja no comprendió a Mises; tampoco a Menger (II)

Tras la respuesta de Polavieja a mi artículo, decía un amable lector lo siguiente: “Buena respuesta. No tan detallada y precisa como la de Joel Serrano, pero «salva» alguno (o algunos) de los puntos criticados. Enhorabuena a los dos”. Agradezco este comentario y reconozco que, en apariencia, la respuesta de Polavieja “salva” alguna de las críticas recibidas. Pero, como digo, creo que solo las salva en apariencia. He analizado en profundidad la réplica de Polavieja y, en mi opinión, puedo mantener todas las tesis, si bien es posible explicarlas mucho mejor. Esa es mi intención en este nuevo artículo, mejorar las explicaciones y rebatir los argumentos de Polavieja.

Cuatro partes más

Ya adelanto que mi escrito no será breve. Esto se debe, por un lado, a que en muchas ocasiones, antes de cuestionar los argumentos de Polavieja me he visto obligado a explicarlos. Y, por otro lado, se debe también a que en esta ocasión he preferido partir de cero en mis argumentaciones, no dar nada por sobreentendido. Estas dos circunstancias explican la extensión del artículo. Para facilitar su lectura lo he dividido en varias partes claramente diferenciadas.

Mi pretensión inicial era publicar el artículo de una sola vez, en lugar de publicar cada una de las partes quincenal o mensualmente, el motivo es que, en mi opinión, las ideas solo se logran explicar y entender bien después de ser analizadas en profundidad desde diferentes puntos de vista (en este caso, las diferentes partes). Sin embargo, al final no será así, la extensión no lo hace aconsejable. En la primera publicación se incluirá un apartado referido a las mercancías y otro referido a los medios de cambio. La segunda publicación estará relacionada con el valor de uso y el valor de cambio. La tercera publicación tratará sobre la idea de bien en Menger. Y la cuarta y última publicación constará de un apartado con las tomas falsas del debate y de una addenda en la que se plasmarán unas reflexiones finales.

Bitcoin, una visión austríaca

Cada una de estas publicaciones podrá ser leída de forma independiente, pues todas las partes tienen sentido en sí mismas. No obstante, no hay que olvidar que las cuatro publicaciones son, en su conjunto, la contrarréplica a la réplica[1] que a Polavieja le mereció mi artículo.[2] Por ello, pediría a los interesados en el debate que lean el trabajo completo antes de sacar conclusiones apresuradas, sobre todo si encuentran algún razonamiento muy distinto al que suelen estar acostumbrados.

Si algo bueno encontrarán en este artículo, es que toda afirmación la trataré de explicar en detalle (no obligaré al lector a ser, además de lector, intérprete). En ese sentido, siempre intento ser muy claro en mi lenguaje. Cuando estudiaba filosofía se me quedó grabada en la mente una frase de Ortega y Gasset que decía: “la claridad es la cortesía del filósofo”. Y yo creo que esto no debe aplicarse únicamente a la filosofía.

Por último, me gustaría señalar que en estas publicaciones se va esbozando la idea de Bitcoin que va fraguando poco a poco en la tesis doctoral que estoy desarrollando en la URJC y que llevará por título: “Bitcoin como dinero fuerte en potencia: una interpretación de Bitcoin a la luz de la Escuela Austriaca de Economía”.

Sobre las mercancías

En el artículo titulado “Bitcoin es una mercancía”,[3] dice Polavieja que la RAE define mercancía como “cosa mueble que se hace objeto de trato o venta” y añade que esta definición va “en la misma línea” que la del diccionario Merrian Webster, que define “commodity” como “something useful or valued”. En mi opinión, estas definiciones no tienen nada que ver la una con la otra, pero dejemos esto a un lado por el momento. Manuel Polavieja establece lo que considera como la definición más precisa de mercancía. Esta definición concuerda básicamente con las explicaciones de Menger de 1871 (tanto es así que resulta un poco extraño que no cite a su autor). La definición de mercancía de Polavieja es la siguiente:

Como explicaré en este artículo, la definición más precisa de mercancía es aquello que poseemos con el único propósito de venderlo. Después, es posible que el siguiente comprador tenga la intención de venderlo o consumirlo. Si el comprador lo revende, sigue siendo una mercancía. Si lo consume, deja de ser una mercancía y pasa a ser un bien de consumo. Es decir, el carácter de mercancía no es intrínseco al propio bien, sino una relación que tenemos con ese bien. En concreto esa relación consiste en que el bien solo tiene valor de venta para mí, no tiene valor de uso, no lo quiero consumir.[4]

Definición de mercancía

Dado que el uso del término mercancía en la argumentación depende de cómo se defina ese término previamente, de ningún modo se puede considerar incorrecta la definición de Polavieja, simplemente se está obligado a conocerla para entender a qué se refiere cuando la utiliza y poder debatir sobre ese asunto en esos términos.

Evidentemente, el hecho de otorgar diferentes significados a los mismos términos complica un poco el debate, pero si las definiciones están claras, esto es lo único que se puede objetar. Nadie debería molestarse por el uso de un término con un significado diferente al suyo, al menos siempre que se haya definido con antelación y sea usado coherentemente. Sin embargo, Polavieja parece incomodarse cuando no se usan las palabras en el sentido que él les otorga. Por ejemplo, se refiere a Mises en estos términos: “El raro es Mises al utilizar el significado de “valor de uso”.[5]

De esa manera tan poco elegante, Polavieja trata de sostener que la esencia de las mercancías es tener valor de cambio y no valor de uso. Pero, como ya ha quedado claro, eso dependerá necesariamente de la definición previa de mercancía. Así, si alguien definiera mercancía de forma muy amplia, como hemos visto que hace el diccionario Merrian Webster (“something useful or valued”), ese debate sobre la esencia de las mercancías no tendría sentido (cualquier bien útil o valorado sería una mercancía, sin importar si se le otorga valor de uso o valor de cambio). En definitiva, toda crítica y todo desprecio a Mises en ese sentido resultan absurdos.

Decisión sobre el uso y la enajenación

Pero centrémonos en la definición de mercancía de Polavieja/Menger. En mi opinión, la idea planteada se entiende perfectamente, pero debe quedar claro que el poseedor del bien puede cambiar su propósito de venderlo cuando le parezca oportuno (es su propiedad y, por lo tanto, en cualquier momento puede decidir consumirlo, regalarlo o incluso destruirlo).

Aparte de esa aclaración, quiero señalar que la última frase de Polavieja (“el bien solo tiene valor de venta para mí, no tiene valor de uso, no lo quiero consumir”) puede llevar a engaño. No digo que esté mal o sea incorrecta, pero puede dar lugar a malas interpretaciones. Por ese motivo, más adelante se abordarán en profundidad los conceptos valor de uso y valor de cambio.

Siempre dedicamos nuestros bienes a aquel uso que tiene una mayor utilidad y ese es su verdadero valor. El profesor guarda sus libros, el librero los vende. O el académico puede venderlos también si siente el aguijón de la pobreza[6]

¿Es bitcoin una mercancía?

Dicho esto, vayamos con el análisis crítico de las conclusiones relacionadas con Bitcoin a las que llega Polavieja a partir de su definición de mercancía. Si mercancía es “aquello que poseemos con el único propósito de venderlo” y “el carácter de mercancía no es intrínseco al propio bien, sino una relación que tenemos con ese bien”, ¿cómo llega Polavieja a la conclusión de que Bitcoin es una mercancía? Es decir, si la consideración de mercancía es siempre subjetiva, ¿basándose en qué podríamos definir a Bitcoin como una mercancía? Antes de continuar, quiero aclarar que, en mi opinión, Bitcoin es una mercancía, pero lo es en el sentido de la acepción del diccionario Merrian Webster (i. e., Bitcoin es una mercancía porque es algo útil o valorado).

Resulta evidente que, bajo la definición de mercancía de Polavieja, no se puede definir a Bitcoin como una mercancía. A lo sumo se podría afirmar que, en determinado momento, ciertas personas consideran como mercancía una determinada cantidad de bitcoins que poseen (es decir, que los consideran bienes dedicados al intercambio). Respecto a este asunto, se podría decir, incluso, que bajo la teoría de la mercancía de Menger en la que se apoya Polavieja no sería suficiente con el hecho de considerar esos bitcoins como bienes dedicados al intercambio. Esa consideración de mercancía se demostraría únicamente poniendo a la venta los bitcoins que uno posee.

Intercambio y precio

Por supuesto, admito que es posible tener la intención de intercambiar los bitcoins, pero no a cualquier precio. Esta posibilidad también la dejaba abierta Menger:

La mercancía es un bien económico destinado al intercambio. Pero no se define únicamente en razón del intercambio. El dueño de las mercancías tiene, sin duda, la intención de intercambiarlas. Pero no a cualquier precio.[7]

No obstante, el planteamiento de Menger es muy claro y de él se deduce que en el momento en que los poseedores de bitcoins tienen la capacidad de cambiarlos o venderlos a precios económicos (expresión de Menger) y, sin embargo, no lo hacen, ello solo puede ser debido a que en ese momento no los están considerando “mercancías”, sino otra cosa muy diferente que valoran por encima del hecho de destinarlos al intercambio. Posteriormente, los propietarios podrán cambiar de idea y dedicarlos al intercambio, pero, en tanto en cuanto no sea así, no pueden afirmar que los consideran mercancías en el sentido de Menger (y de Polavieja).

Ejemplos

Vayamos con algunos ejemplos clarificadores. Un trader es indudable que considera sus bitcoins como bienes dedicados al intercambio, y ello a pesar de que en ciertos momentos no los venda y esté esperando el precio que considera adecuado, según sus análisis. Esto es lo mismo que ocurre con un comerciante, podría vender en cualquier momento sus productos, pero decide poner un precio que considera ventajoso y esperar que los clientes los compren a ese precio (por supuesto, si esto no sucede, rebaja los precios). Por lo tanto, para un trader los bitcoins serían mercancías, en el sentido de Menger/Polavieja.

Otro ejemplo, muy diferente, lo encontraríamos en Michael Saylor y la empresa MicroStrategy (que fundó en 1989, dirigió hasta el año 2022, y controla de forma mayoritaria).[8] MicroStrategy tiene en su balance 132 500 bitcoins (enero de 2023) y, a decir de Saylor, no tiene ninguna intención de venderlos. De hecho, a menudo se refiere a la propiedad de esos bitcoins como “la granja familiar”, algo que nunca se debería vender.[9] Considera que posee el activo más deseable del universo y, por tanto, le parece absurdo querer venderlo.[10] En definitiva, esos bitcoins que forman parte del balance de MicroStrategy no se pueden considerar mercancías, en el sentido de Menger/Polavieja. Por otra parte, Saylor es solo un ejemplo, otros muchos poseedores de bitcoins consideran igualmente que por uno u otro motivo (acertado o equivocado) no deben vender sus bitcoins.[11]

“Medios de intercambio”

En algún momento de su respuesta a mi crítica, decía Polavieja que aunque estaba plenamente convencido de mi equivocación al interpretar a Menger renunciaba a usar el término “medio de cambio” (supuestamente por despejar el debate) y, en adelante, se limitaría a usar el término “mercancía” para referirse al estatus inicial de Bitcoin. Esto podría ser interpretado de una forma muy diferente. De hecho, yo lo hago de la siguiente manera: Como Serrano me ha pillado con el carrito de los helados en el asunto de los medios de intercambio, en lugar de reconocerlo voy a tratar de enfocarlo hacia el término mercancía y hacia los inicios de Bitcoin donde creo que lo tengo todo mejor atado… Sea esto realmente así o solo imaginaciones mías, enseguida se podrá comprobar que, a diferencia de Polavieja, yo no voy a rehuir el desafío.

Según afirma Polavieja, “Bitcoin es una mercancía pura”. Ya hemos visto el poco sentido que tiene decir esto a partir de su propia definición de mercancía, puesto que la consideración de un bien como mercancía dependería de la subjetividad del propietario de ese bien. También hemos visto el poco sentido de esa afirmación a través de un ejemplo.

Un propósito distinto

Como se acaba de mostrar, el caso de Saylor/MicroStrategy sirve para echar por tierra la idea de Polavieja de que Bitcoin es una mercancía (según su definición de mercancía, por supuesto). En opinión de Polavieja, una mercancía pura (supuestamente Bitcoin) es aquella que solo sirve para comprar y vender. Y, sin embargo, hemos comprobado con el ejemplo citado que esto no es así, que los bitcoins de Saylor/MicroStrategy tienen otro propósito. No obstante, hay que reconocer que este ejemplo no nos sirve para referirnos a los inicios de Bitcoin (que tanto nos interesan a Polavieja y a mí, aunque los interpretemos de manera diferente). Por tanto, en este caso lo mejor será utilizar el ejemplo de su creador, Satoshi Nakamoto. De nuevo, un ejemplo muy diferente a los anteriores. Veamos.

Antes de nada una aclaración. Hay otro punto de vista muy importante desde el que no tiene ningún sentido afirmar, como hace Polavieja, que “Bitcoin es una mercancía pura”. Y es que si hablamos de bienes dedicados al intercambio por sus propietarios, el bien en cuestión no sería Bitcoin (en general), sino una cantidad específica de bitcoins que su propietario considere relevantes para la acción. Y dado que hay diferentes propietarios con diferentes objetivos no es posible afirmar que todos los bitcoins son una mercancía pura. En el caso de aquellos propietarios de bitcoins que sí los consideran como bienes dedicados al intercambio (mercancía en el sentido de Polavieja/Menger), la acción efectuada por ellos debe ser coherente con dicha consideración, es decir, la acción de estos propietarios debe ir encaminada a destinarlos de hecho al intercambio (recordemos el concepto preferencia demostrada desarrollado por Rothbard).

Satoshi Nakamoto

Aquí es donde voy a introducir a Satoshi Nakamoto. El creador de Bitcoin posee aproximadamente un millón de bitcoins, que consiguió gracias al intercambio autístico (utilizando su tiempo y su ordenador personal para obtener bitcoins mediante “minado”).[12] Dado que en el sistema de funcionamiento de Bitcoin todas las transacciones son registradas de forma inmutable, es conocido que Satoshi no ha utilizado uno solo de sus bitcoins[13] para intercambiarlo por otros bienes. Polavieja da por hecho que Satoshi consideraba sus bitcoins como mercancías (bienes destinados al intercambio), sin embargo, los hechos demuestran lo contrario.

Es cierto que, si solo nos fijamos en los momentos iniciales, podría pensarse que el hecho de no dedicarlos al intercambio solo fue debido a que, en la práctica, esas unidades todavía no podían ser utilizadas para el intercambio por otros bienes (y es que los pocos interesados en esas unidades también podían conseguirlas mediante intercambio autístico, así lo hizo por ejemplo “Hal” Finney).[14]

Bitcoin como mercancía

También podría pensarse que el hecho de no venderlos en los momentos iniciales solo fue debido a que todavía no existía un precio de mercado. Y, en efecto, tuvieron que transcurrir varios meses para que apareciera un precio de Bitcoin en el mercado.[15] En realidad, ya he admitido la posibilidad de que el propietario de una mercancía no quiera venderla a cualquier precio y, por lo tanto, espere el momento adecuado (como sucede en el caso del trader y de cualquier comerciante). Pero realmente esas hipótesis ya pueden ser rechazadas. Hace mucho tiempo que Satoshi podría haber utilizado sus bitcoins para intercambiarlos por otros bienes (pagar bienes con bitcoins), y lo mismo se puede decir en el caso de que hubiera querido venderlos (obtener dinero fiat a cambio de bitcoins).

Si al menos hubiera vendido o intercambiado una pequeña parte de sus bitcoins, por pequeña que fuera, podríamos pensar que los utilizaba como mercancías, aunque prefiriera reservar la mayor parte en espera de una revalorización posterior. Sin embargo, nunca los ha utilizado para el intercambio, ni siquiera esa mínima parte, y ello a pesar de que sus bitcoins pronto se revalorizaron considerablemente.

Revalorización

Sirva como ejemplo que el último mensaje de Satoshi Nakamoto tuvo lugar el 12 de diciembre de 2010, pues bien, un mes antes, el precio de un bitcoin en el mercado había llegado a ser de 0,5 dólares. Esto suponía una revalorización de aproximadamente un 12 500 % con respecto al precio pagado por dos pizzas solo unos meses antes.

En definitiva, si las intenciones o los propósitos se demuestran andando, es evidente que hasta diciembre de 2010 Satoshi nunca consideró sus bitcoins como mercancías (bienes destinados al intercambio, según Menger/Polavieja) y tampoco lo ha hecho en el período que va desde 2010 hasta 2023. El propio Polavieja reconocía en su definición de mercancía citada al comienzo de este apartado que “mercancía es aquello que poseemos con el único propósito de venderlo”.

Zarandear el sistema

Se podrá especular con la idea de que Satoshi no ha utilizado sus bitcoins debido a que no ha querido poner en peligro el sistema, y estoy muy de acuerdo en que seguramente ese fuera/sea el motivo, pero tal cosa querría decir, precisamente, que valoraba o valora más la satisfacción directa que le proporcionaba o proporciona el hecho de mantener sus bitcoins intactos y no poner en peligro el sistema (valor de uso) que la satisfacción indirecta que de hecho le podía y le puede proporcionar dedicarlos al intercambio (valor de cambio).

Todo lo dicho implica que, a la hora de la verdad, Satoshi Nakamoto no ha considerado sus bitcoins como mercancías en ningún momento, por más que deseara que todos los bitcoins presentes en el mercado se pudieran utilizar como medios de intercambio (así es en la actualidad) y que posteriormente se generalizara su uso y se convirtieran en dinero (así puede ser en el futuro). Como vemos, lo primero (la consideración de sus bitcoins como mercancías) es independiente de lo segundo (el deseo de que se conviertan en MoE/dinero).

Cambio intrapersonal y cambio interpersonal

Un bien deja de ser mercancía en el instante mismo en que el sujeto económico que dispone de ella renuncia a su intención de venderla o bien pasa a manos de una persona que no tiene intención de intercambiarla.[16]

A estas alturas, creo que todos los bitcoiners deberíamos empezar ya a considerar que Satoshi Nakamoto ha hecho una donación al resto de propietarios de bitcoins (ceteris paribus, a menor número de bitcoins, mayor precio). Es decir, ha realizado un cambio intrapersonal o autístico en el que nos ha implicado a todos:

La frontera entre el cambio intrapersonal y el interpersonal resulta, por ello, nítida. Es cambio intrapersonal hacer obsequios unilateralmente, sin ánimo de ser correspondido por parte del donatario o de tercero. El donante goza de la satisfacción que le produce el contemplar la mejor situación personal del obsequiado, aunque éste no sienta agradecimiento.[17]

Valor de uso y valor de cambio

Para concluir este apartado quiero poner el foco sobre las siguientes palabras de Polavieja: “quisiera recalcar que mi argumento no es tanto el hecho histórico de que Bitcoin se demandara como mercancía sin ningún valor de uso, sino la posibilidad de que pudiera valorarse de esta manera”.[18] He rechazado por activa y por pasiva ese supuesto “hecho histórico” (y lo seguiré haciendo siempre que sea necesario). Pero, dado que también considero absurda la idea teórica de un bien con valor de cambio y sin ningún valor de uso previo, quiero decirle a Polavieja y a los lectores que acepto el reto de discutir ese planteamiento.

Así se hará en un artículo que será publicado próximamente en la revista Procesos de Mercado.[19] No obstante, dicho artículo estará enfocado únicamente desde un punto de vista teórico y general, así que en el presente trabajo dedicaré igualmente un apartado a los conceptos valor de uso y valor de cambio, que se desarrollará sobre la base del artículo citado, pero que se relacionará específicamente con Bitcoin (i. e., se utilizará para interpretar el fenómeno Bitcoin). Considero que ese apartado resultará fundamental a la hora de desmontar los habituales juegos de palabras y tergiversaciones que se dan en este asunto.

Sobre los medios de cambio

En un artículo anterior, afirmaba Polavieja que “para Menger lo que caracteriza a una mercancía es precisamente ser medio de cambio”.[20] En mi réplica a esa idea,[21] sostuve que Menger nunca defendió que la esencia de una mercancía fuera el hecho de ser un medio de cambio, sino simplemente ser un bien destinado al intercambio.

Mi opinión era (y es) que esa interpretación de Polavieja no se encontraba de ningún modo en la teoría de la mercancía de Menger. Para demostrarlo puse negro sobre blanco las teorías defendidas por Menger y mostré las incoherencias en que incurrirían estas teorías si se interpretaran como lo sugiere Polavieja (en ese caso, la teoría del surgimiento de los medios de intercambio y del dinero de Menger sería incoherente con su propia teoría de la mercancía). Dado que resulta difícil negar esta circunstancia, Polavieja ha tratado de salvar la situación alegando que cuando se refería a medios de cambio no se refería a medios de cambio indirecto, sino a medios de cambio en general.

Extra Menger

El problema que encuentro en esta alegación es que, aunque Polavieja se hubiera referido a medios de cambio en general y no a medios de cambio indirecto, Menger sí lo hace. Cuando Menger emplea el concepto medio de cambio lo hace inequívocamente en el sentido de “intermediario de los intercambios”, es decir, siempre refiriéndose a un intercambio indirecto (en perfecta sintonía con Mises: “el cambio indirecto se distingue del cambio directo según se emplee o no un medio”).[22] Esto se puede ver, por ejemplo, en la siguiente frase de Menger referida al dinero: “más allá de su función de medio de cambio (de intermediario del mercado de mercancías)”.[23]

Como se puede ver, no solo usa medio de cambio en el sentido indirecto, sino que además lo explica para aquellos que tengan dudas, dejando claro en una sola frase que los medios de cambio son los intermediarios del mercado de mercancías. Otra frase en la que queda claro que para Menger las mercancías no son medios de cambio es la siguiente: “La circunstancia de que una mercancía se convierta en medio de cambio…”[24] El propio Polavieja, en la primera parte de su artículo, dice lo siguiente: “Quisiera dejar claro que cuando digo «medio de intercambio» me estoy refiriendo a medio de intercambio indirecto, en oposición al intercambio directo o trueque”.[25]

Es decir, Polavieja (al igual que Menger y Mises) utiliza la expresión medio de cambio o medio de intercambio en sentido indirecto, por más que ahora quiera esconder su error diciendo que se refería a medios de cambio en general y no a medios de cambio indirecto. En definitiva, debo insistir en que la interpretación de Polavieja no se encuentra de ninguna manera en la teoría de la mercancía de Menger y, además, puede llevar a graves confusiones.

Medios directos e indirectos

No obstante, Polavieja no se conforma únicamente con esa alegación. Al leer la crítica que reciben sus argumentos, decide lo que coloquialmente se conoce como “marear la perdiz”. Rehúye en su respuesta el fondo de la cuestión y decide adornarse con argumentos irrelevantes y juegos de palabras. Por ejemplo, se escuda en unas palabras de Menger en las que dice que en alemán medio de cambio, además de ser usado en el sentido indirecto, también se usa para referirse simplemente a un bien destinado al intercambio. Y, para reforzar esta idea, Polavieja añade que “la mera existencia en la literatura económica de calificar algunos medios de cambio como “indirectos”, ya demuestra que existen los medios de cambio directos”.[26]

Empezando por esto último, tengo que decir que una cosa no se deduce de la otra. El hecho de que alguien se refiera a medios de cambio indirectos puede ser una simple redundancia. Pretender que tal cosa es una demostración es como pretender que la referencia a un “supuesto hipotético” demuestre la existencia de supuestos no hipotéticos o que referirse a una “opinión personal” demuestre la existencia de opiniones impersonales. Por otra parte, si Polavieja quería referirse a una acepción de la expresión medio de cambio con el significado de bien destinado al intercambio no necesitaba recurrir a una deducción tan poco afortunada, ni era necesario que viajara hasta Alemania, pues en español sucede algo similar. Una de las acepciones de medio, reconocidas por la RAE, es “cosa que puede servir para un determinado fin” (así se usa, por ejemplo, en las expresiones medio de transporte o medio de comunicación).

Lo que Menger quiere decir

Lo que quiero decir con esto es que lo relevante en nuestra discusión no es que la expresión medio de cambio pueda ser usada de esa manera, sino que Menger nunca la usa en ese sentido. De hecho, si Polavieja, en lugar de citar únicamente la primera parte de ese párrafo con la clara intención de “arrimar el ascua a su sardina”, hubiera citado el párrafo completo, se podría ver que lo que trataba de hacer Menger es, precisamente, evitar los posibles malentendidos. En ese párrafo, Menger explica que cuando use la expresión medio de cambio lo hará siempre con el sentido de “intermediario de los intercambios” (i. e., como medio de cambio indirecto). El párrafo completo (incluida la parte referida al uso de la expresión medio de cambio en alemán que es utilizada por Polavieja) es el siguiente:

La expresión «intermediario del intercambio» para designar la función de intermediación del dinero en el intercambio de bienes es incomparablemente más exacta que la de «medio de cambio», que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio. Pero como, en el lenguaje de la ciencia, para ambos conceptos se emplea la expresión «medio de cambio», y resulta difícil repetir continuamente la expresión «intermediario en el intercambio», en la exposición que sigue nos hemos atenido a la expresión usada hasta ahora siempre que la rigurosa distinción en los mencionados conceptos no da lugar a dudas.[27]

Estas palabras de Menger se corresponden con una nota aclaratoria al título del primer capítulo de su libro El Dinero. Ese título es “El origen de los intermediarios de uso general” y cualquiera que lea con atención el capítulo podrá darse cuenta de que Menger utiliza siempre medios de cambio en el sentido de “intermediario del intercambio”.[28] También utiliza en numerosas ocasiones esta última expresión, pero lo hace solo cuando de no hacerlo pudiera dar lugar a dudas y crear confusión (como explica en la nota citada). Parece ser que ni siquiera esta nota aclaratoria ha sido suficiente para que Polavieja entienda al bueno de Menger.

Tradición alemana

En resumen, se podría decir que Polavieja, con el objetivo de llevar a los lectores hacia su interpretación, ha recurrido a un uso irrelevante de la expresión medio de cambio, ha forzado una deducción a todas luces errónea y ha cercenado un párrafo a conveniencia. Después de tergiversar los argumentos de esta manera, Polavieja decide citar, por fin, unas palabras de Menger correspondientes a su teoría de la mercancía: “De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio”.[29]

Por supuesto, nunca he puesto en duda esta circunstancia. En el primer párrafo de este apartado ya he dicho que “Menger nunca defendió que la esencia de una mercancía fuera el hecho de ser un medio de cambio, sino simplemente ser un bien destinado al intercambio”, y prácticamente con las mismas palabras sostuve en mi réplica original que “Menger en ningún caso afirma que toda mercancía sea un medio de cambio, sino que su esencia es estar destinada al intercambio.”

Intermediario de los intercambios

Sin embargo, Polavieja, que parece tener el valor de un torero, cita estas palabras de Menger como si demostraran mágicamente su posición, y para no entrar en explicaciones remata su escenificación con un pase de pecho diciendo: sobra ningún comentario adicional por mi parte”. Le diría a Polavieja que no me convence mucho eso de que sobren los comentarios (esto no es Twitter, aquí puede uno desarrollar sus argumentos) y tal vez los lectores hubieran agradecido alguna idea hilada y coherente, en lugar de simplemente dejarlas caer y obligar a quien quiera rebatirlas a tener primero que explicarlas.

Para dar por concluido este apartado, quiero insistir, una vez más, en que cuando Menger utiliza la expresión medio de cambio lo hace inequívocamente en el sentido de “intermediario de los intercambios”. Y, además, resulta definitivo que Menger nunca emplea la expresión medio de cambio en el desarrollo de su teoría de la mercancía. Únicamente utiliza esta expresión cuando desarrolla su teoría sobre el surgimiento de los medios de intercambio y del dinero (y siempre en sentido indirecto).

Así que, si Polavieja quiere jugar con las palabras mercancía, medio de cambio, valor de cambio; si Polavieja quiere tergiversar los argumentos para tratar de demoler la teoría monetaria aceptada mayoritariamente en la Escuela Austriaca, que es la de Mises (y que incluye su impecable teorema de la regresión); si Polavieja quiere confundir a los bitcoiners y austriacos más ingenuos para atraerlos hacia su teoría monetaria, tengo que decirle que no podrá hacerlo usando como excusa a Menger.


[1]Bitcoin es una mercancía II

[2]Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger

[3] Véase “Bitcoin es una mercancía

[4] Ídem

[5] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[6] Böhm-Bawerk, Eugen von (1889) Teoría Positiva del Capital. Madrid: Ediciones Aosta, 1998, p. 280

[7] Menger, Carl (1871) Principios de Economía Política. Madrid:Unión Editorial, 2019, p. 310

[8] A este respecto, véase: https://capital.com/microstrategy-shareholder-who-owns-most-mstr-stock

[9] Véase https://cfi.co/finance/2022/08/michael-saylor-bitcoin-secrets/

[10] Sobre este asunto, véase https://mobile.twitter.com/saylor/status/1347621155738419200 Para evitar algunas posibles respuestas ventajistas, adelanto que, a finales del año 2022, MicroStrategy vendió 704 bitcoins. No obstante, dos días más tarde compró 810 bitcoins. Como muestra la información facilitada por la empresa a la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), esos bitcoins se vendieron para generar beneficios fiscales: “MicroStrategy plans to carry back the capital losses resulting from this transaction against previous capital gains, to the extent such carrybacks are available under the federal income tax laws currently in effect, which may generate a tax benefit”. Sobre este asunto, véase https://www.binance.com/es/feed/post/143393

[11] Sobre este asunto, véase https://www.investortrip.com/never-sell-bitcoin/

[12] “La acción consiste fundamentalmente en sustituir una situación por otra. Cuando la acción se practica sin contar con la cooperación de terceros, podemos calificarla de cambio «autístico» o intrapersonal. Un ejemplo: el cazador aislado, que mata un animal para su propio consumo, cambia su ocio y cartucho por alimentos.” Mises, Ludwig von (1949): La Acción Humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 233

[13] En adelante, señalaré siempre en cursivas las palabras “sus bitcoins” para indicar que cuando se habla de Bitcoin desde un punto de vista económico y monetario, en realidad se habla siempre de las unidades de ese bien relevantes para la acción, no del bien en sentido filosófico o general.

[14] “Hal” Finney en https://bitcointalk.org/index.php?topic=155054.0 :“When Satoshi announced the first release of the software, I grabbed it right away. I think I was the first person besides Satoshi to run bitcoin. I mined block 70-something…” Es decir, Finney comenzó a minar menos de un día después de que lo hiciera Satoshi.

[15] Nueve meses después del “nacimiento” de Bitcoin se creó el primer exchange específico. Este primer mercado organizado, en el que se podían comprar y vender bitcoins, se denominó New Liberty Standard. En la web de New Liberty Standard se podía leer lo siguiente: “An Economic Revolution: Bitcoin is the gold standard of digital currency. The availability of bitcoins can not be manipulated by governments or financial institutions and bitcoin transactions occur directly between two parties without a middleman.”

Su propietario había lanzado la idea en un foro y Martti Malmi, uno de los colaboradores más cercanos a Satoshi Nakamoto, vio la iniciativa con interés, por lo que decidió colaborar en su consecución. Malmi vendió 5050 bitcoins al propietario del exchange por un importe total de 5,02 dólares. Es la primera transacción registrada de bitcoins por dólares de la que se tenga noticia. Fue realizada a través de PayPal. Comprador y vendedor se pusieron de acuerdo en establecer el precio calculando el coste energético necesario para minar dicha cantidad de bitcoins. Es decir, Martti Malmi (uno de los principales desarrolladores de Bitcoin en aquellos momentos) estaba interesado en facilitar que el exchange comenzara su actividad, por lo que vendió esos bitcoins al propietario de New Liberty Standard a precio de coste.

Esto sucedió el 12 de octubre de 2009, a partir de ese momento, el precio de intercambio de bitcoin comenzó a fluctuar libremente en el exchange. En febrero de 2010, surgió el segundo exchange. Un usuario de Bitcointalk denominado dwdollar creó un portal llamado “Bitcoin Market” en el que se podían comprar y vender bitcoins de persona a persona, mediante sistemas de pago como Paypal. En el mensaje original, decía dwdollar que intentaba “crear un mercado en el que los bitcoins se trataran como una mercancía”. Un mercado en el que la gente pudiera “intercambiar Bitcoins por dólares y especular sobre su valor”.

[16] Menger, 1871, óp. cit., p. 302

[17] Mises, Ludwig von (1949): La acción humana. Madrid: Unión Editorial, 2007, p. 234

[18] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[19] En un trabajo realizado en colaboración con el profesor Philipp Bagus y que será publicado en el próximo número de la revista Procesos de Mercado, se han analizado los conceptos valor de uso y valor de cambio. Este trabajo incluye la refutación de la posibilidad de un bien con valor de cambio y sin valor de uso previo.

[20] Véase “Mises no comprendió a Menger”

[21] Véase “Polavieja no comprendió a Mises, tampoco a Menger

[22] Mises, Ludwig von (1912) La Teoría del Dinero y del Crédito. Madrid: Unión Editorial, 1997, p. 4

[23] Menger, Carl (1892): El dinero. Madrid: Unión Editorial, 2013, p. 162

[24] Ibídem, p. 95

[25] Véase “Bitcoin es una mercancía

[26] Véase “Bitcoin es una mercancía II

[27] Menger, 1892, óp. cit., p. 97

[28] Ejemplo del uso por parte de Menger de la expresión medio de cambio en el sentido de medio de intercambio indirecto [las cursivas en los siguientes textos son mías]: “Quien en cambio acude al mercado con mercancías de otro género, se encuentra normalmente en una situación menos favorable que antes, en el caso de que quiera cambiarlas directamente por bienes que necesita particularmente. En efecto, en el mercado encuentra ya consolidada la costumbre de servirse de un medio de cambio, con la consecuencia de que un intercambio directo de bienes —ya de por sí incierto y difícil en los mercados en los que se practicaba el trueque— se hace desde ese momento todavía más difícil y en definitiva y por regla general incluso casi imposible.” Menger, 1892, óp. cit., p. 94.

[29] Menger, 1871, óp. cit., p. 300

Serie Polavieja no comprendió a Menger; tampoco a Mises

I Mercancía y teorema de la regresión