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Etiqueta: Mario Vargas Llosa

De buenos revolucionarios a buenos liberales

El itinerario político intelectual de Mario Vargas Llosa ejemplifica, en parte, la orfandad liberal de la América hispana. Una carencia que se explica por la omisión del propio pasado hispanoamericano que, producto de la leyenda negra promovida por la historiografía decimonónica a partir de las independencias, se tradujo en que poco o nada se conoce de las raíces españolas del liberalismo y su influencia en el surgimiento de las primeras repúblicas independientes.

Como todo intelectual de su tiempo, el Nobel peruano abrazó las premisas que configuran lo que Carlos Rangel llamaba el buen revolucionario. Como decía el venezolano en su libro Del buen salvaje al buen revolucionario: «En gran medida, el desarrollo de las ideas que los latinoamericanos nos hemos formado sobre nosotros mismos y sobre el mundo responde, por una parte, a la aspiración de proclamarnos víctimas de España en la Conquista y la Colonia, y ajenas a todo lo español».

Por ejemplo, sólo un español es aludido como referencia por Vargas Llosa en su libro La llamada de la Tribu: José Ortega y Gasset. No hay alusión a un gaditano como José Joaquín de Mora o el sevillano José María Blanco White, ni a algunos hispanoamericanos liberales importantes como el argentino Juan Bautista Alberdi, el chileno José Victorino Lastarria o el peruano Manuel Pardo y Lavalle.

¿Cuánto se conoce respecto a las cortes de Cádiz y su incidencia en el proceso de emancipación en la América hispana, por ejemplo, al proclamar la libertad de imprenta o la soberanía popular y la igualdad ante la ley? Por otro lado, ¿cuánto se conoce de la vida y obra del gaditano José Joaquín de Mora, que tuvo enorme incidencia en Chile, Perú y Bolivia? ¿Cuánto se conoce de las ideas que De Mora tenía respecto al periodismo y el teatro como medios para promover la ilustración del pueblo?

No es raro que el liberalismo, incluso actualmente, sea visto como una impostura de origen eminentemente inglés o francés y sin raíces en el mundo hispanoamericano. Algo que ha sido cuestionado por historiadores como François-Xavier Guerra, Manuel Chust o Javier Fernández Sebastián. Este último dice que «los primeros (así llamados) liberales fueron españoles, españoles, europeos y americanos».

Vargas Llosa, quizás como reflejo de ese desconocimiento instalado respecto de la tradición liberal hispana, aun siendo miembro de las élites cultas peruanas partió siendo comunista y recién se hizo liberal, abandonando la psicología del fracaso y la ideología del tercermundismo predominante en la mal llamada América Latina del siglo XX, leyendo a pensadores como Adam Smith, Friedrich von Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin, Raymond Aron y Jean-François Revel.

Cuánto se podría haber evitado en América si la tradición liberal hispana se hubiera sostenido e intelectuales como Vargas Llosa hubieran leído los Cursos de Lógica y Ética según la Escuela de Edimburgo publicado por De Mora en 1845 o las Lecciones de Política Positiva de José Victorino Lastarria, publicado en 1874 y que incluso fue usado como texto oficial en universidades mexicanas y brasileñas.

Joaquín Fernández de Leyva, regidor del Cabildo de Santiago y medio hermano del libertador chileno Manuel Rodríguez, fue diputado suplente del reino de Chile en las Cortes de Cádiz y en 1811 decía: “La privación o casi la privación de los medios para ser honrados y gozar de los beneficios de una Constitución liberal, expone a los que comprende a sesgar del camino de las buenas acciones, y a fomentar pasiones perjudiciales al buen orden. Que es muy distinta la igualdad jacobiniana de la igualdad racional.

Aquélla, confundiendo todas las clases y jerarquías de la sociedad, produce anarquía y los horrores que la son consiguientes. Viola la justa y equitativa ley de los premios graduales del mérito y la virtud”. De Leyva respondía al ideario del liberalismo hispano que extrañamente pasaría al olvido tanto en América como en la Península. Un olvido que a estas alturas se hace insostenible.

Mario Vargas Llosa: “El liberalismo como camino irremediablemente necesario”

Desde el Instituto Juan de Mariana queremos rendir homenaje a Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, defensor de la libertad y faro intelectual del liberalismo iberoamericano. 

Su deceso marca el final de una era, pero su legado profundo, ético y combativo permanece como guía para quienes creemos en la sociedad abierta y trabajamos por hacerla realidad..

Este volumen reúne textos de Manuel Llamas, Javier Fernández-Lasquetty y Diego Sánchez de la Cruz, así como el memorable discurso que Don Mario pronunció en nuestra Cena de la Libertad en 2012. 

A través de estas páginas, recorremos su evolución intelectual, su ruptura con el colectivismo y su firme apuesta por el individuo como núcleo del orden libre.

Haga clic a continuación para leer el documento al completo y sumergirse en el pensamiento de uno de los grandes escritores y liberales de nuestra historia.

Leer el homenaje completo

La sabiduría de Mario Vargas Llosa

Lawrence Reed. Este artículo fue publicado originalmente en la FEE.

En su extraordinario nuevo libro, La llamada de la tribu, el Nobel peruano Mario Vargas Llosa explica hasta dónde le ha llevado su viaje intelectual. En los años 50 y 60 fue un socialista que incluso coqueteó con el comunismo cubano. Gracias a tener una mente abierta y observadora, lo superó. Desde hace 50 años, defiende la libertad y el libre mercado del liberalismo clásico. Escribe,

La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades no significan igualdad de ingresos… Porque eso sólo sería posible en una sociedad dirigida por un gobierno autoritario que “igualara” económicamente a todos los ciudadanos mediante un sistema opresivo, acabando con las diferentes capacidades individuales, la imaginación, la inventiva, la concentración, la diligencia, la ambición, la ética del trabajo y el liderazgo. Esto implicaría la desaparición del individuo, subsumido en la tribu.

Mario Vargas Llosa

Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich A. Hayek…

El primer capítulo de La llamada de la tribu vale por sí solo el precio del libro. A partir de ahí, el libro es aún mejor. El autor dedica cada uno de los siete capítulos siguientes a los intelectuales cuya obra le hizo pasar de ser un joven marxista fatuo a un liberal clásico maduro y reflexivo: Adam Smith, José Ortega y Gasset, F. A. Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean-François Revel. Lo recomiendo con entusiasmo.

Este 28 de marzo, Vargas Llosa cumple 87 años. Esta actualización de un ensayo anterior que escribí con motivo de su 85 cumpleaños en 2021 es mi manera de felicitar de nuevo al Gran Viejo de la Libertad de América Latina.

Defensa de la libertad frente a China

Cuando el coronavirus estalló en todo el mundo en marzo de 2020, Vargas Llosa provocó las críticas del régimen comunista chino cuando afirmó que la pandemia podría no haber ocurrido si China “fuera un país libre y democrático en lugar de una dictadura”. (Se aprende mucho de un hombre simplemente por quiénes son sus enemigos).

Escribiendo para periódicos de Perú y España, señaló lo que el mundo sabe ahora como un hecho indiscutible, a saber, que “al menos un prestigioso médico, y quizá varios, detectaron este virus con tiempo suficiente y, en lugar de tomar las medidas correspondientes, el gobierno trató de ocultar la información y de acallar esa voz, o esas voces sensatas, y trató de sofocar la información, como hacen todas las dictaduras”.

El “prestigioso médico” al que aludía Vargas Llosa era el doctor Li Wenliang, de 34 años, una de las primeras víctimas tanto del virus como de la cleptocracia comunista que trató de ocultarlo.

Los tiranos mentirosos de Pekín se tomaron un descanso de su genocidio contra los uigures, su persecución de los cristianos, su probable liberación (accidental o intencionada) del virus COVID de un laboratorio de Wuhan, su aplastamiento de las libertades en Hong Kong y su acoso a Taiwán para reprender a su contrincante peruano por su “difamación arbitraria” y sus “opiniones irresponsables y prejuiciosas”. Merece llevar esas acusaciones como una insignia de honor.

Cuando se pudo arreglar Perú…

Perú perdió una oportunidad de grandeza cuando sus votantes fracasaron por un estrecho margen a la hora de elegir Presidente a Mario Vargas Llosa en 1990. Se trata de un hombre que fue lo suficientemente inteligente como para rechazar el socialismo cuando vio la tiranía y las privaciones que producía en lugares como Cuba. Es reconocido en todo el mundo como uno de los mejores novelistas latinoamericanos de los últimos tiempos.

Más recientemente, el pueblo de Perú saltó del acantilado por el socialismo cuando eligió al “socialista democrático” Pedro Castillo como su Presidente en 2021. Cuando hombres o mujeres del signo de Castillo llegan al poder, su componente socialista prima sobre el democrático y las libertades comienzan a desaparecer. Castillo apenas cumplió un año en el cargo cuando, en diciembre de 2022, fue destituido y destituido por intentar un golpe de Estado muy poco democrático. Los peruanos deberían haber escuchado a Vargas Llosa hace años, en cuyo caso podrían haber evitado este doloroso episodio.

Hace trece años, Vargas Llosa recibió el Premio Nobel de Literatura “por su cartografía de las estructuras de poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, la revuelta y la derrota del individuo”. Decir la verdad al poder es un motivo frecuente en sus novelas y ensayos; también es un compromiso personal en su propia vida.

Elogio de la lectura y la ficción

En la conferencia que pronunció en Estocolmo el 7 de diciembre de 2010, sostuvo que la base de la buena literatura es la libertad de expresión. Titulada “Elogio de la lectura y la ficción”, dijo que lo más importante que le había ocurrido en la vida era aprender a leer a los cinco años. La lectura, explicó, “transformó los sueños en vida y la vida en sueños y puso el universo de la literatura al alcance del niño que una vez fui”. Pronto se dio cuenta de que “para que floreciera la literatura, primero era necesario que una sociedad alcanzara la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia”.

Un crítico de la conferencia declaró que era “un tributo rotundo al poder de la ficción para inspirar a los lectores a una mayor ambición, a la disidencia y a la acción política”.

Con motivo del 87 cumpleaños de Mario Vargas Llosa, comparto los siguientes extractos de su conferencia. Espero que los lectores se unan a mí para desearle muchos años más poniendo su pluma al servicio del bien de la humanidad.


Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola. Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes.

Mario Vargas Llosa

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas.

Mario Vargas Llosa

No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos –aunque nunca llegaremos a alcanzarla– a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

Mario Vargas Llosa

¡Feliz 87 cumpleaños, Mario Vargas Llosa!

Una visita guiada al pensamiento liberal

Javier Fernández-Lasquetty. Publicado originalmente en Law & Liberty y en Cuadernos FAES.

Mario Vargas Llosa ha publicado un elogio razonado de la libertad bajo el paradójico título La llamada de la tribu. Como él mismo explica, ha tomado de Karl Popper la idea del espíritu tribal que está eternamente presente y que ofrece el falso orden igualitario del grupo identitario, con su jefe, su planificación y su coactividad. A cambio, eso sí, de que no haya individualidad, ni libertad, ni responsabilidad. Vargas Llosa apunta directamente al comunismo y al nacionalismo –valga la redundancia- como modernos imanes que atraen hacia esa antiquísima “tribu” contra la que se erige el individuo soberano.

Vargas Llosa

Este libro merece una expresión de gratitud hacia su autor, cubierto ya de todos los laureles literarios que existen y que él merece, empezando por los Premios Nobel y Cervantes. Este libro es el legado que Mario Vargas Llosa deja en el terreno de las ideas políticas. Uno tiene la impresión de que es una obligación autoimpuesta, como si no quisiera cerrar su bibliografía sin entregar un libro que sirva de guía de las ideas liberales, las que a él le parece que valen la pena. Para ello se sumerge en la obra de siete autores de primera fila. Entra a fondo en sus principales libros, ordena las ideas, selecciona citas, incluso traduce él mismo determinados textos. Lo que ha hecho Mario Vargas Llosa ha debido llevarle tanto trabajo que a los lectores nos lo ha puesto sencillísimo: el libro se lee con facilidad, y con la prosa extraordinaria del maestro se enuncian ideas muy complejas, que no pierden nada de su contenido original.

No son novedades el interés de Vargas Llosa por la política, ni su visión liberal. Mauricio Rojas lo ha sintetizado en Pasión por la libertad. El liberalismo integral de Mario Vargas Llosa (Gota a Gota – FAES, 2011). Ahí están sus artículos, sus comparecencias públicas, e incluso bastantes de sus novelas (Conversación en la Catedral, La fiesta del chivo, entre otras). Muchos tenemos El pez en el agua en la lista de nuestros libros favoritos, con ese relato de la campaña electoral que hizo en 1990 que es una novela trepidante, al mismo tiempo que un manual de política liberal.

Revel, Aron, Popper, Hayek…

Mario Vargas Llosa elogia continuamente la honradez intelectual de los autores a los que trata en La llamada de la tribu, por ejemplo al hablar de Jean-François Revel o de Raymond Aron. La primera honradez intelectual que debe ser aplaudida es la del propio autor. Él mismo explica en la introducción su peripecia intelectual, que se inicia en el marxismo –cuyas obras lee, a diferencia de tantos neomarxistas- pero que se aparta de él a medida que ve en la revolución cubana o en su viaje a la URSS lo que significa el socialismo real. También habla repetidamente de su decepción con Jean-Paul Sartre, de quien era devoto seguidor y de quien, sin negar su inteligencia, deja en el libro citas suficientes para comprender recordar que el padre del existencialismo defendió los campos de concentración soviéticos y negó cínicamente la evidente represión ideológica comunista.

Del rechazo a las dictaduras de cualquier signo al liberalismo pasa –él mismo lo explica- de manera lenta, avanzando como el escalador, agarrando puntos firmes para atreverse a llegar cada vez más lejos. Señala a Popper, Hayek y Berlin como “los tres pensadores modernos a los que debo más, políticamente hablando”. Pero Vargas Llosa escribe dos nombres como definitivos en su llegada al liberalismo, los de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. No oculta – ¡ni tiene por qué hacerlo! – su admiración por los dos grandes políticos liberales de finales del siglo XX, decisivos en la demostración de que la libertad y la responsabilidad superan moral y materialmente al socialismo.

Una pieza maestra de una gran construcción intelectual

La delimitación del liberalismo y sus autores que Vargas Llosa hace no se adscribe ni limita a ninguna de sus escuelas. Nos presenta una big tent, un espacio amplio de pensadores que tienen como rasgo común la creencia de que el individuo está por encima del colectivo, que la responsabilidad va unida a la libertad, y que la libertad está por encima de todo. El autor peruano y español no enuncia su propia visión del liberalismo. No se identifica con el anarcocapitalismo, sino que cree que debe existir un Estado pequeño, pero fuerte y eficaz, que asegure “la libertad, el orden público, el respeto a la ley, la igualdad de oportunidades”. Es partidario de que el Estado asegure e incluso provea un sistema educativo de alto nivel a todos, pero cree que la competencia y la iniciativa privada deben ser protagonistas también en el terreno educativo. Cuando habla de igualdad de oportunidades deja claro que no la identifica con igualdad en los ingresos y en la renta, consciente de que “esto último sólo se puede obtener en una sociedad mediante (…) un sistema opresivo”.

Rechaza la identificación del liberalismo con lo que llama una “receta económica de mercados libres”, pero cree que la libertad económica es “una pieza maestra” de la doctrina liberal. Por eso reprocha repetidamente a Ortega y Gasset -a quien sin embargo incluye entre los siete pensadores a los que dedica el libro- el que tuviera un pensamiento económico tan raquítico y tan desconfiado hacia el capitalismo.

Unas ideas para los humildes

En el concepto de liberalismo de Vargas Llosa está muy presente la noción de humildad, que se traduce en el empeño en limitar el poder en lugar de aprovecharlo, y se traduce también en la humildad intelectual de no pretender tener verdades dogmáticas e inmutables.

Para el autor es esencial la idea de discusión, de debate; la posibilidad abierta siempre de la refutación, que toma de Popper, o las verdades contradictorias que lee en Isaiah Berlin. Es ese espíritu crítico el que “resquebraja los muros de la sociedad cerrada y expone al hombre a una experiencia desconocida: la responsabilidad individual”. Por eso Vargas Llosa gira siempre en torno a la idea de pluralismo, al que considera una necesidad práctica para la supervivencia de los hombres, y que en nada debe ser confundido con el relativismo, porque siguiendo a Popper “la verdad tiene un pie asentado en la realidad objetiva”.

Vargas Llosa nos habla también de los enemigos del liberalismo. El principal de ellos, el constructivismo. Es en el capítulo dedicado a Hayek en el que más rotundamente denuncia “la fatídica pretensión de querer organizar, desde un centro cualquiera de poder, la vida de la comunidad”. Con no menor severidad rechaza ese otro enemigo del liberalismo, mucho más sinuoso, que es el mercantilismo. También con Hayek y con Adam Smith coloca como opuestos al capitalismo los arreglos de ciertos empresarios y ciertos políticos para proteger a los primeros de la competencia mediante barreras, regulaciones o incentivos proteccionistas.

Siete autores

El libro de Mario Vargas Llosa destila alegría y optimismo. La libertad no conduce al caos, sino que genera ese orden espontáneo hayekiano, basado en las decisiones libres y en la responsabilidad individual. Es el individualismo lo que hace a Vargas ser optimista, a diferencia del pesimismo que le produce el hombre-masa de Ortega, igualado en un ser colectivo en el que abdica de su individualidad. La libertad es la diferencia, y es una libertad que, para el autor, no existe si no es completa: no puede haber libertad si falta la libertad política, o la económica, o la de creación y pensamiento. Por eso el libro es también un respaldo a la democracia liberal y un rechazo a cualquier forma de dictadura.

Para explicar su propio recorrido vital se apoya en siete autores, de los cuales hace un fascinante retrato personal e intelectual. Presta mucha atención a las circunstancias de sus vidas, y también a las personas de su entorno. Adam Smith en sus tertulias, en su vida universitaria, y en su amistad con David Hume. Ortega en la Europa del auge totalitario, en la guerra civil y en la posguerra. Hayek con Mises, pero sin ser igual a Mises. Popper en Nueva Zelanda, en la London School of Economics… y apartándose del atizador que agita Wittgenstein. Aron frente a todos, especialmente en esos días confusos de mayo de 1968. Isaiah Berlin en Washington durante la Segunda Guerra Mundial, o en Leningrado en su noche casta y transformadora con la poetisa represaliada Anna Ajmátova. Revel, en fin, vital, jovial, sagaz y demoledor en la denuncia de los liberticidas.

Claridad y estilo

Hay en el libro una crítica recurrente a los intelectuales, lo que dice mucho de la honradez de pensamiento de Mario Vargas Llosa. Rechaza el elitismo de Ortega y, con Hayek y Popper, coincide en denunciar al intelectual constructivista, o simplemente oscurecedor y tenebrista. Adictos a ese opio de los intelectuales que valientemente denunció Raymond Aron, el escritor peruano concluye –siguiendo a Revel- que “por lo general los pueblos son mejores que la mayoría de sus intelectuales: más sensatos, más pragmáticos, más libres”.

Nos quejamos muchas veces los liberales de que nos faltan claridad, estilo y atractivo para presentar las ideas de la libertad. Al leer “La llamada de la tribu” tenemos por fin entre las manos lo que deseábamos. Sin ser perfecto, sin dejar de ser opinable –refutable, diría su admirado Popper-, lo que ha escrito Vargas Llosa merece ser leído por muchas personas de muchas generaciones. Es imposible encontrar mejor cicerone para hacer un recorrido y disfrutar de un paseo exquisito por ese jardín frondoso, variado y abierto que son las ideas de la Libertad.

Sobre Borges y el libro de Martín Krause

Mi admirada Irune, subdirectora de esta casa, me mandaba un pantallazo del libro “Borges y la economía” de Martín Krause, editado por Unión Editorial. Al día siguiente lo tenía en casa. Así funciona la innovación, también conocida como capitalismo, y que algunos quieren repensar. Que repiensen lo que quieran, con el dinero de los demás por cierto, pero que no nos protejan de comprar algo y tenerlo al día siguiente, por favor. Un día es un libro y otro es un medicamento.

El libro es precioso y sentí ganas de escribir sobre ello. Desde este rincón doy mi enhorabuena a Unión Editorial y a Martín Krause. 

Los que defendemos las ideas de la libertad estamos demasiado acostumbrados a oír sobre Hayek, Mises o Friedman, eminencias a las que no me corresponde quitar mérito. También oímos hablar mucho sobre el liberal Mario Vargas Llosa o sobre la escritora rusa Ayn Rand. Rara vez se escucha en esta batalla, que algunos creemos necesario librar, a Jorge Luis Borges. 

Empezaré fuerte, diciendo que la obra de Borges es bastante más libertaria, anarquista, minarquista o liberal, como cada uno le quiera llamar a “dejar-en-paz-al-de-al-lado”, que la obra de Vargas Llosa. Separando al escritor del pensador, la obra de Vargas Llosa, no se sienta lejos de García Marquez, por poner un ejemplo cercano. Y lejos de debatir, porque no me corresponde ni me interesa, el porqué de ese giro copernicano, diré que los valores que defiende Borges en su vida y en su obra responde más al liberalismo clásico que casi cualquier otro escritor que podamos pensar.

Aquella frase del profesor Bastos, que tanta enjundia tiene a la vez que sorna en redes y dice “capitalismo, ahorro y trabajo duro, no hay otra cosa”, es lo que vemos repetidamente en la obra de Borges. El escritor no habla de estados, de impuestos, banderas o ni siquiera de países, Borges habla de individuos, como casi lo único real. Borges no necesita exponer al siempre excitante Howard Roark, ni aquella heroína Dominique Francon, encima de edificios viendo como los hombres de bien vencen a los hombres colectivistas. Borges comparte historias que comienzan siendo aparentemente humildes pero acaban situando al hombre en medio de todo, como piedra angular de la vida como la conocemos. 

Tenemos al hombre que se pregunta si puede existir otro hombre en su propio sueño, en ese cuento que se llama “Las ruinas circulares”; tenemos a dos Borges encontrándose en un banco obviando el tiempo en “El otro”, como si el hombre pudiera superar en alguna realidad o en el futuro los límites el tiempo. ¿Quién podría hacerlo sino el hombre?. Tenemos a Pierre Menard intentando escribir, otra vez, “El Quijote”; tenemos a Funes, capaz de recordar todo, capaz de contener un “Aleph” en su memoria; tenemos los cien poemas que mencionan a Heráclito con la cuestión del ser. Y con el hombre, Borges, también hace mención y homenaje a los oficios, todos ellos respetables hasta el extremo de la admiración, por esos cuchilleros apátridas a los que solo les queda el honor de ser quiénes son. Tenemos esa crítica con el fino estilo borgiano al “azar” en la lotería de Babilonia, donde el trabajo duro ha dejado paso al “azar” convirtiendo en tiranía lo que era la democracia. No sé si les suena. O esos “inmortales” que, privados de la muerte, se dan cuenta que están privados de su capacidad de ser hombres, ese “salario mínimo vital” que es saber que al día siguiente seguirás vivo pase lo que pase dejando incluso, como se describe en el cuento que un pájaro, “anidaba en su pecho”.
Aunque nos hagan creer que el capitalismo es “American Psycho” de Easton Ellis, está en nuestra mano demostrar que el capitalismo es ser honrado, ahorrar, usar la cabeza e intentar sobrevivir con dignidad. No hay otra cosa, como diría Bastos.