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Etiqueta: Medio Ambiente

El capitalismo está salvando al planeta

Por Mark Brolin. El artículo El capitalismo está salvando al planeta fue publicado originalmente en CapX.

Los psicólogos están en gran medida de acuerdo en que todos vivimos con un pesimista interior. ¿Por qué? Porque durante la mayor parte de la historia de la humanidad, reaccionar al peligro —real o percibido— era esencial para la supervivencia. Esto nos ha dejado biológicamente programados para reaccionar de forma exagerada a las amenazas y de forma insuficiente a las buenas noticias, lo que ayuda a explicar por qué las historias emocionales y apocalípticas tienden a quedarse más con nosotros que las equilibradas, incluso cuando los hechos apuntan hacia el progreso.

El problema climático es un buen ejemplo. Los relatos catastróficos de un apocalipsis climático a menudo resuenan con una parte profunda de nuestra psique. Sin embargo, la historia real es mucho más matizada y, en muchos sentidos, esperanzadora. Es una historia de innovación, emprendimiento, despertar moral y resolución práctica de problemas. Para países como el Reino Unido, también es una historia de oportunidad.

Cambio climático: un catalizador para la innovación

A medida que la ambición política y económica en torno a la política climática ha aumentado, el mundo ha sido testigo de un flujo diario de avances. La mayoría de estos no han sido individualmente titulares, pero en conjunto han sido ciertamente transformadores. Algunos aspectos destacados:

  • Recuperación del ozono: Gracias a la eliminación casi total de las sustancias que agotan la capa de ozono (y sustitutos creativos), la capa de ozono se está recuperando.
  • Electrificación del transporte: Los vehículos eléctricos están batiendo nuevos récords año tras año. Si bien la producción de baterías sigue siendo intensiva en energía, lo que significa que el beneficio climático neto aún no es tan grande como a veces se anuncia, el cambio hacia una fabricación aún más limpia está claramente en marcha.
  • Aumento de las energías renovables: El precio de los módulos solares se ha desplomado debido al exceso de oferta global, y el coste de construir nueva energía solar a gran escala se encuentra ahora entre los más bajos —y a menudo el más bajo— en comparación con otras nuevas fuentes de energía en muchas regiones.
  • Ciudades más verdes: Las principales ciudades —incluido Londres— están reduciendo las emisiones a pesar del crecimiento de sus poblaciones.
  • El giro de China: China —hasta hace poco considerada el peor infractor ambiental del mundo— es ahora el mayor productor (e instalador) mundial de energía solar y eólica. Su sector de transporte se está electrificando a una velocidad vertiginosa, y la calidad del aire en ciudades que alguna vez estuvieron asfixiadas por la contaminación tóxica ha mejorado significativamente.

Por qué el Reino Unido está en una posición única

Las fortalezas del Reino Unido —universidades de clase mundial, una sólida cultura empresarial y un ecosistema de capital de riesgo maduro— lo convierten en una plataforma ideal para la innovación climática.

Ya lideramos en áreas clave: energía eólica marina, hidrógeno limpio, captura de carbono, agricultura sostenible e incluso investigación de fusión. Estos éxitos no son solo victorias ambientales, son tecnologías exportables que pueden impulsar la descarbonización global mientras impulsan el crecimiento económico del Reino Unido.

Sí, la extralimitación regulatoria y los subsidios ineficientes han causado contratiempos. Pero ninguna transformación importante está exenta de tropiezos. Con las correcciones de rumbo adecuadas, el Reino Unido puede ser un pionero.

También nos beneficiamos de los fuertes lazos con el ecosistema de innovación de EE. UU., que sigue siendo el líder mundial en tecnología climática debido a su escala, sistema educativo, amplios recursos y una interacción aún más fluida entre universidades, emprendedores y capitalistas de riesgo. La colaboración, no el aislamiento, será clave.

IA: acelerando la innovación

La inteligencia artificial que ayuda a combatir los desafíos climáticos no es una promesa futurista: ya está optimizando los sistemas de calefacción, pronosticando el tiempo, gestionando las redes energéticas, reduciendo el desperdicio y evaluando los datos ambientales en tiempo real. El progreso ya está ocurriendo y no se necesita un oráculo para predecir que solo estamos viendo el comienzo.

Más allá de impulsar la innovación, la IA también puede arrojar luz sobre cuestiones como la politización y el “greenwashing”. Durante décadas, políticos, académicos y lobistas han tenido fuertes incentivos para amplificar el alarmismo, afirmando que la catástrofe solo es evitable si obtienen más influencia, financiación o regulación. Ahora, con una enorme capacidad de procesamiento de datos, la IA puede detectar más rápido que nunca las correlaciones entre las propuestas políticas, el lobby, las asignaciones presupuestarias y el impacto climático real.

La IA también facilita la identificación de escenarios apocalípticos basados en suposiciones de modelos improbables (pero útiles). A medida que la transparencia analítica se convierta en la norma, los proyectos “verdes” de prestigio —con mucha retórica pero poco impacto— también se enfrentarán a un nuevo escrutinio. ¿El resultado? Los recursos futuros se pueden asignar donde realmente maximicen un impacto climático positivo.

El poder de los emprendedores

La innovación privada complementa cada vez más la acción gubernamental, a menudo impulsando el impacto donde la burocracia se queda corta. Un excelente ejemplo en el ámbito de la ayuda exterior es la Fundación Bill y Melinda Gates. La inversión de la Fundación en vacunas, diagnósticos de bajo coste y nutrición ha salvado millones de vidas, ha llevado la polio al borde de la erradicación y ha reducido drásticamente la mortalidad infantil en las regiones más pobres del mundo. El enfoque de la Fundación Gates —práctico, simplificado y centrado en los resultados— destaca notoriamente en contraste con las agencias gubernamentales más lentas.

O tomemos una organización como Cool Earth, cofundada por Frank Fields y Johan Eliasch, que trabaja en asociación con comunidades locales para proteger la selva tropical, uno de los sumideros de carbono más vitales del planeta. En lugar de centrarse únicamente en la conservación de la tierra, Cool Earth canaliza recursos directamente a los pueblos indígenas, cuyo conocimiento tradicional y presencia sobre el terreno han demostrado ser críticos en la lucha contra la deforestación. El enfoque de la organización ha sido ampliamente elogiado por su rentabilidad y por combinar con éxito el impacto climático con el desarrollo social local.

Ocean Born Foundation es otro ejemplo empresarial. Combina la construcción de marca (como Ocean Beer) con la conservación, invirtiendo todas sus ganancias en proyectos ambientales tangibles.

La Children’s Investment Fund Foundation (CIFF), fundada por Sir Chris Hohn, ha canalizado vastos recursos hacia la reforma de la política climática, la energía limpia y las iniciativas de calidad del aire, particularmente donde la salud pública y el clima se intersecan. Con un fuerte énfasis en la evidencia, el impacto y la escala, CIFF ejemplifica cómo la filantropía estratégica puede acelerar la descarbonización global.

Organizaciones como estas a menudo han sido capaces de identificar y apoyar de forma rápida y flexible soluciones climáticas prometedoras, frecuentemente en colaboración con las partes interesadas y los investigadores locales. Su éxito también está animando al sector público a adoptar un enfoque más pragmático y orientado a los resultados, especialmente a medida que las asociaciones público-privadas se vuelven cada vez más comunes. Esto permite que ambos sectores (y el planeta) se beneficien de las fortalezas y redes complementarias del otro.

Del pánico al progreso

Es justo decir que la reciente ola de alarmismo climático ha tenido un lado positivo: una mayor concienciación. Las actitudes públicas han cambiado. Los hábitos de consumo están evolucionando. Pero una alarma que nunca deja de sonar —y lleva a las generaciones jóvenes a creer que un futuro sin esperanza está respaldado por la ciencia— conduce a la desesperación y, en muchos casos, a la depresión. Difícilmente es la mentalidad adecuada para arremangarse y abordar desafíos clave.

La historia muestra claramente que los humanos somos más innovadores cuando la presión es mayor. Ya sea que enfrentemos pandemias, crisis energéticas o desafíos ambientales, hemos reinventado repetidamente lo posible, hemos colaborado y hemos encontrado soluciones que nadie creía alcanzables, adaptándonos incluso a realidades nuevas y parcialmente irreversibles. No hay razón para encerrarse en la idea de que el cambio climático es la primera crisis existencial que no se puede superar. Especialmente ahora que la innovación se acelera a una velocidad vertiginosa gracias a la IA.

Por supuesto, las voces tribales siempre gritarán “negación climática” o “alarmismo climático”, dependiendo de la burbuja en la que habiten, a menos que sus pensamientos arraigados sean aplaudidos acríticamente. Aun así, hay muchas razones para pensar que la mayoría —personas que normalmente tienen cosas mejores que hacer que moralizar inmoralmente en cada hilo de comentarios que encuentran— quieren un diálogo maduro y centrado en soluciones que reconozca la complejidad y acepte compensaciones sensatas. Especialmente durante un período de transición.

Lejos de los tediosos hilos de comentarios mencionados, es exactamente hacia donde ya se dirige la conversación: lejos de la hipérbole, hacia la autenticidad, la transparencia y la resolución de problemas.

Anarcocapitalismo y los desafíos ecológicos contemporáneos (I): la gestión de la incertidumbre

La ecología de mercado (free-market environmentalism), expresión que corresponde al título original del libro de Terry L. Anderson y Donald R. Leal (1993) que es referencia obligada en este campo, ha dotado a los teóricos de la ciencia social, muy particularmente de la economía, de una más profunda y sutil comprensión de la organización y los mecanismos de autorregulación de los sistemas ecológicos, en tanto que interacción dinámica entre los grupos humanos con el medio físico y biótico.

Más allá del absoluto paralelismo en cuanto a la concepción espontánea y evolutiva de los procesos de mercado y la ciencia ecológica (véase, por ejemplo, Huerta de Soto 2020a), no son pocos los autores que han puesto en duda la capacidad de coordinación y ajuste que surge del mercado con respecto de la gestión de los elementos y recursos de la naturaleza (p. ej. Blumm 1992), un debate que resulta de especial interés a la hora de analizar la viabilidad de un eventual marco social post-estatal en el que el entorno natural haya trascendido su carácter reservado al dominio público para estar organizado basándose en un entramado policéntrico de contratos voluntarios regulados por la libre empresa y los incentivos de mercado.

Viejas y nuevas cuestiones

Inspirado en el artículo seminal de Edwin G. Dolan (1990), en este comentario y en la serie que le procede en forma de trilogía se bosquejan algunas cuestiones que, a juicio del autor, plantean los desafíos medioambientales contemporáneos en el contexto de un escenario de mercado totalmente libre de injerencia estatal: (I) la gestión de la inexorable incertidumbre práctica vinculada a las interacciones ecológicas, (II) la definición de los derechos de propiedad en relación con el entorno natural, y (III) el problema de los costes de transacción.

En aras de la brevedad, se obvian aquellos argumentos críticos vinculados con la situación de monopolio, la doctrina de las externalidades negativas, los bienes públicos y el problema de los free riders o el dilema de la equidad intergeneracional, en tanto que estos razonamientos ya han sido replicados in extenso en monográficos previos (en castellano por Huerta de Soto 2020b). También se pone de manifiesto cómo el enfoque adaptativo, evolutivo y dinámico inherente al sistema anarcocapitalista podría contribuir a circunvalar estos desafíos característicos de la modernidad, no por ello obviando la máxima que advierte que la gama y variedad de soluciones empresariales provistas por el orden espontáneo del mercado a estos problemas concretos no pueden ser determinadas ex ante.

La incertidumbre

En esta primera reseña se aborda la incertidumbre estructural que constituye el locus cœruleus de las dinámicas ecológicas, en absoluto paralelismo con los procesos espontáneos a los que responde el desarrollo económico, y se discute cómo la fuerza mercantil podría acometer estrategias de mejora en relación con el estado de la naturaleza, sobre todo en contraposición al actual marco institucional y burocrático dominado por el monopolio estatal.

Como en cualquier área compleja de la ciencia, la aparición de incertidumbres es un rasgo intrínseco de los sistemas ecológicos, concebidos como procesos de interacción dinámica y evolutiva de tipo no lineal cuya autoorganización depende de una miríada de circunstancias características de sus respectivas coordenadas de tiempo y lugar, un principio axiomático y con vocación universal que la ciencia ecológica ha bautizado como dependencia del contexto.

En efecto, la inferencia del tamaño poblacional de una especie, un estadístico demográfico relativamente “simple”, depende de las correspondientes estimaciones de parámetros como la natalidad, la mortalidad o las tasas de inmigración y emigración, descriptores de naturaleza estocástica cuyos cálculos están sujetos a una inerradicable incertidumbre práctica. A ello se le suma la naturaleza no aditiva (sinérgica o antagónica) de la infinidad de interacciones protagonizadas por los diferentes mecanismos de organización ecológica, cuya prevalencia y magnitud siguen plagando de incertidumbre empírica las proyecciones en su dimensión espacial y temporal.

La lluvia ácida

El perfeccionamiento de nuevas técnicas de modelización multivariante, como los modelos de ecuaciones estructurales o los análisis de comunalidad, por poner dos ejemplos de rutinario empleo en el campo de la ciencia ecológica, han permitido probar y estimar interacciones dinámicas a partir de parámetros estadísticos y suposiciones cualitativas sobre la causalidad entre variables, mejorando la cuantificación de los efectos directos, indirectos y sinérgicos entre los factores ambientales.

Desde el punto de vista técnico, el desarrollo y optimización de estas y otras herramientas de modelización serían claves para solucionar de manera efectiva las correspondientes agresiones a los derechos de propiedad sobre el entorno natural en una futura sociedad post-estatal, sobre todo a colación del debate que suscitó a finales del pasado siglo la valoración de los efectos directos e indirectos de la lluvia ácida sobre las aguas continentales y las masas boscosas en las Montañas Rocosas de los Estados Unidos.

Y es que la acidificación de las precipitaciones (derivada de la contaminación atmosférica por óxidos de nitrógeno y azufre) intervino como un agente impactante no lineal cuyos efectos sobre la biota se manifestaron sinérgicamente (aunque en función del contexto particular de los condicionantes ambientales característicos de cada lugar) en combinación con el ozono troposférico de las zonas periurbanas (fenómeno conocido comúnmente como smog fotoquímico) y los iones metálicos retenidos en la matriz arcillosa del suelo.

El papel de la regulación

La expeditiva respuesta política a la problemática causada por el fenómeno de la lluvia ácida al otro lado del Atlántico vino acompañada de un severo esfuerzo regulatorio que cristalizó con la aprobación de los New Perfomance Standards de la Clean Air Act (Ley del Aire Limpio) de 1977, cuyo sobrecoste anual se ha estimado en casi 80 millones de dólares al año desde la era Bush (datos extraídos del Programa Nacional de Evaluación de las Precipitaciones Ácidas), en parte por la estricta aplicación de las normas de la mejor tecnología disponible que, en lugar de fijar niveles de emisión específicos mediante la autorización de carbón más limpio y de bajo contenido en compuestos sulfurosos, obligó a los propietarios de las instalaciones térmicas a implementar sistemas de filtrado de gases más caros, menos eficientes y de muy complicada manipulación.

A todo ello se le sumó el esfuerzo de la administración federal por conseguir una drástica reducción en los niveles de emisión de los precursores químicos de la lluvia ácida sin tener en cuenta las incertidumbres inherentes en los modelos de compartimentos ambientales, obviando el desacoplamiento temporal entre la reducción de las emisiones gaseosas y la merma de las sedimentaciones ácidas en el suelo y la biota, un enfoque que infringe de facto las bases de la teoría ecológica de metasistemas al perseguir soluciones estáticas a problemas dinámicos y multidimensionales.

El papel de la libre empresa

En contraposición a la intervención sistemática y regulatoria de la administración pública, fundamentada en forzar a terceros la internalización de los efectos ambientales so pretexto de los mecanismos disciplinarios y de control político exigidos por omniscientes, benevolentes y laureados burócratas y expertos (entiéndase la ironía), las mejoras en las recetas concretas y específicas de tipo técnico e institucional legítimamente confiables a la libre empresa y al entramado de procesos espontáneos que distinguen al modelo anarcocapitalista de cualquier otra forma de organización social, conllevarían la adopción de soluciones innovadoras y descentralizadas articuladas a través de los intereses particulares e incentivos de mercado; por ejemplo, a través de la asunción de responsabilidad de los daños causados por una acción contaminante, dando lugar a un proceso negociador entre el acusado y los receptores de la contaminación (demandantes).

En efecto, bajo el paraguas del marco teórico que ofrece la ecología de mercado, una vez identificada(s) la(s) fuente(s) contaminante(s) se obligaría a los primeros a pagar por los daños causados sobre la propiedad ajena a través de indemnizaciones o interdictos según los principios y normas establecidos por los pertinentes estándares jurídicos libertarios. Este enfoque adaptativo, consustancial a la teoría general del capitalismo libertario, y que reconoce explícitamente las incertidumbres inherentes a los fenómenos naturales, resultaría compatible con los principios fundamentales que vertebran la ciencia ecológica moderna, garantizando en términos dinámicos e intertemporales la solución a los problemas medioambientales contemporáneos a través de acciones ingeniosas e imaginativas surgidas evolutiva y empresarialmente en Libertad.

Innovación

En futuras reseñas que serán publicadas en este foro de forma regular se examinarán los potenciales beneficios de la custodia privada de los recursos naturales y la biodiversidad, en especial en comparación con los modelos de gestión pública vía regulaciones administrativas, haciendo énfasis en las innovaciones técnicas necesarias para minimizar los daños generados sobre la propiedad en relación con el entorno natural, así como el surgimiento de la falacia de los costes de transacción como consecuencia inapelable de la actual deficiencia en materia de definición y defensa de los derechos de propiedad, en contraste con el diseño institucional que cabría concebir en un mercado libre de coerción estatal.

Se ruega a los amables lectores que compartan con el autor cualesquiera críticas o apreciaciones sobre este manuscrito a través de la siguiente vía de contacto institucional: jogarg@unileon.es

Bibliografía

Anderson, T. L. y Leal, D. R. (1993). Ecología de Mercado. Unión Editorial, Madrid: España.

Bengtsson, J. (2010) “Applied (meta)community ecology: diversity and ecosystem services at the intersection of local and regional processes”, en Verhoef, H. A. y Morin, P. J. (eds.) Community Ecology: Processes, Models and Applications (pp. 115-130), Oxford University Press, Oxford: Reino Unido.

Block, W. E. (1990). “Environmental Problems, Private Property Right Solutions”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 281-332), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.

Blumm, M. C. (1992). The Fallacies of the Free Market Environmentalism. Harvard Journal of Law and Public Policy, 15: 371-389.

Catford, J. A., Wilson, J. R. U., Pyšek, P., Hulme, P. E. y Duncan. (2022). Addressing context dependency in ecology. Trends in Ecology and Evolution, 37(2): 158-170.

Dolan, E. G. (1990). “Controlling Acid Rain”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 215-232), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.

Hoppe, H.-H. (2004). Monarquía, Democracia y Orden Natural. Unión Editorial, Madrid: España.

Huerta de Soto, J. (2007). Liberalismo versus Anarcocapitalismo. Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política, 4(2): 13-32.

Huerta de Soto, J. (2020a). “Ecología de Mercado” en Estudios de Economía Política (pp. 217-228). Tercera Edición. Unión Editorial, Madrid: España.

Huerta de Soto, J. (2020b). “Derechos de Propiedad y Gestión Privada de los Recursos de la Naturaleza” en Estudios de Economía Política (pp. 229-249). Tercera Edición. Unión Editorial, Madrid: España.

Rothbard, M. N. (1990). “Law, Property Rights, and Air Pollution”, en Block, W. E. (ed.) Economics and the Environment: A Reconciliation (pp. 233-279), The Fraiser Institute, Vancouver: Canadá.

Urban, P., Sabo, P. y Plesník, J. (2021). How to define ecology on the basis of its current understanding? Folia Oecologica, 48(1): 1-8.

Ver también

Calentamiento cada mil quinientos años. (Antonio Gimeno).

¿Hablaron los austriacos de economía ambiental?

Si hay una crítica que ha calado fuerte entre los economistas austriacos a lo largo de los últimos años, ha sido la relacionada con que no exista una teoría austriaca homogénea sobre la economía ambiental. Cabe resaltar, llegados a este punto, como ya he hecho en otras ocasiones, que no me considero un economista austriaco, aunque comparta ciertas visiones de la economía con esta escuela.

Lo que sí considero es el hecho de que, aunque comparta con la crítica que no existe una teoría austriaca homogénea de la economía ambiental, sí disponemos de suficientes elementos teóricos en la literatura austriaca para describir lo que sería una visión austriaca de la economía ambiental, sobre todo en lo relacionado con teorías de las externalidades, como es la contaminación ambiental. Para ello es necesario explicar la economía ambiental, en primer lugar, para después analizar cómo encajan algunas premisas y teorías de la escuela austriaca con las principales cuestiones de que trata esta rama de la economía.

La economía ambiental surge dentro de la economía neoclásica a partir de las teorías de la eficiencia y las teorías pigouvianas de la economía del bienestar, sobre todo en lo referente a las externalidades y sus costes. En muchas ocasiones hemos escuchado y leído críticas de la escuela austriaca a ciertos elementos de estas teorías, sobre todo en lo referente a las políticas públicas que se proponían a partir de ellas.

Externalidades y medio ambiente

Tal y como hemos comentado, la economía ambiental se desarrolla a partir de las teorías de las externalidades, poniendo el foco en la maximización de la eficiencia de la utilización de recursos ambientales, cuyo grado máximo se alcanzaría, hipotéticamente, por la asignación de recursos obtenida a través del punto de equilibrio general en un mercado competitivo en el que la totalidad de los costes sean internalizados. Las ineficiencias ocurrirían cuando los costes sociales asociados a los efectos externos de ciertas actividades de consumo o producción fueran plenamente incorporados al coste o precio de la producción o consumo de dicho bien, respectivamente, como podría ser el caso de la contaminación del agua o del aire.

Por lo tanto, partiendo de esta hipótesis, el valor total de la producción para la sociedad puede verse incrementado estabilizando el nivel de producción y consumo de los bienes contaminantes al nivel en el que se hallaría si el coste de las externalidades se viera plenamente reflejado en el precio (por ejemplo, aplicando un impuesto extraordinario a los carburantes contaminantes equivalente al coste de la contaminación generada por estos). En este escenario, por lo tanto, la reasignación de recursos se tornaría eficiente, de tal manera que se produciría o consumiría una menor cantidad de bienes contaminantes y más de los que no lo son, debido a su menor coste proporcional.

La Escuela Austríaca

Sin embargo, la Escuela Austriaca no comparte esta manera de verlo, ni mucho menos las recomendaciones de políticas públicas que surgen de ella por varios motivos. En primer lugar, la Escuela austriaca considera que la eficiencia es praxeológica, es decir, es un objetivo individual y no un problema de maximización, como tradicionalmente se ha tratado en economía. (No comparto la visión de los austriacos aquí, ya que nos cambiaría absolutamente todo lo que sabemos sobre productividad, pero eso es otro tema). Para los austriacos, por lo tanto, desde el punto de vista de las políticas públicas, la eficiencia social se debe entender como el nivel al que las instituciones legales y políticas facilitan la consistencia y cohesión entre los objetivos que los actores individuales persiguen y los medios que consideran óptimos para lograrlos.

Por otro lado, vuelve la sempiterna discusión sobre costes sociales y valor. Para los austriacos, como bien sabemos, los costes y el valor son puramente subjetivos, por lo que los costes sociales y el valor social de algo no se puede calcular de manera agregada. En cambio, en la economía neoclásica, el enfoque tradicional se basa en identificar situaciones donde el beneficio marginal privado de una actividad es superior a su coste marginal social y viceversa, para potenciar un tipo de situaciones y desincentivar las otras. Claramente, este enfoque neoclásico requiere de comparaciones de utilidad interpersonales y agregación de preferencias o juicios valorativos individuales, lo cual los austriacos consideran metodológicamente incorrecto y, por lo tanto, inductor de conclusiones y recomendaciones inválidas.

Contra la economía neoclásica

En tercer lugar, otro debate en el que los austriacos siempre están enfrentados a la economía neoclásica y que se halla en el núcleo de la economía ambiental es el de la eficiencia de Pareto, que deriva de la posibilidad, en la economía neoclásica, de que exista un equilibrio general competitivo, pero que para los austriacos es simplemente una construcción teórica sin respaldo e irrelevante como baremo de análisis para fenómenos reales.

Tal y como conocemos a través de los escritos de Mises, la acción humana se prolonga en el tiempo, con acumulación de conocimiento y generando oferta y demanda constantes y permanentemente cambiantes, por lo que el equilibrio de Pareto en un instante determinado del tiempo resultaría irrelevante. Por ello, manteniéndose fieles a la teoría del valor y coste subjetivos, los austriacos rechazan de frente emplear el equilibrio-eficiencia de Pareto en cualquier análisis, torpedeando la base de flotación teórica de gran parte de la economía ambiental moderna.

Por lo tanto, aunque está claro que no existe una teoría unificada y homogénea de la economía ambiental por parte de la escuela austriaca, sí que existen unos principios, sobre todo metodológicos, que consolidan su oposición a la visión al respecto de la economía neoclásica y, por lo tanto, a la mayoría del policy making actual sobre la cuestión.

Ver también

La deshumanización del medio ambiente. (Adriá Pérez Martí).

Sólo el libre mercado protegerá al medio ambiente. (Daniel Lacalle).

Propiedad privada y medio ambiente. (Juan José Mora Villalón)

Rolos care´chimba y la COP16: El cuento de la biodiversidad y los mesías de la moral global

Desde mediados de octubre de 2024, Cali, la capital de departamento del Valle del Cauca, en Colombia, comenzó a llenarse de personajes curiosos. Cruzando la ciudad por la calle Quinta, mientras los caleños corrían a cumplir con sus labores diarias bajo un sol que amenaza con derretir hasta la paciencia más templada, estos extraños caminaban sin rumbo definido, envueltos en uniformes de telas naturales y patrones florales. Los caleños, testigos involuntarios de esta invasión, no podían evitar dirigir miradas curiosas —y a veces de abierta incredulidad— hacia estos grupos, equipados con sus “boho bags” y sus sonrisas que combinaban perfectamente con el desprecio implícito en sus comentarios: “¿Por qué tantas motos?”, “¿Por qué no todos usan bicicleta?”, “¡Qué calor tan insoportable!”

“Rolos care´chimba”, sentenció un taxista, entre quejas sobre el tráfico y lamentos sobre la invasión de esta nueva tribu urbana. Para quienes no estén familiarizados con la jerga local, un “rolo” es un habitante de Bogotá, hogar natural del enorme aparato estatal colombiano y su incalculable número de agencias, conocido por su amor a la formalidad y un peculiar desdén hacia todo lo que no encaje en su clima perennemente frío y nublado. El complemento, “cara de chimba”, es más flexible: puede usarse para admirar un estilo extravagante o, como en este caso, para señalar con ironía una actitud entre insolente y altanera.

Una autoproclamada élite

Resulta que el desfile de personajes por las calles de Cali no era fruto del azar: estaban aquí para la 16ª Conferencia de las Partes (COP16), una reunión global en torno al marco de biodiversidad de Kunming-Montreal. El objetivo declarado: “detener y revertir la pérdida de biodiversidad”. Suena noble, ¿no? Pero tras el maquillaje de palabras como “conservación”, “uso sostenible” y “participación equitativa” subyace una narrativa más inquietante: la arrogancia de una élite que presume saber, mejor que nadie, cómo deben usarse los recursos del planeta.

En el fondo, la lógica es sencilla: los individuos comunes, vulgares agentes del mercado, son demasiado ignorantes para tomar decisiones acertadas sobre recursos naturales. Según esta narrativa, solo los iluminados que desfilan en camisones coloridos y portan mochilas étnicas están calificados para decidir el destino de un lago, un colibrí o una parcela de tierra. Y claro, respaldados por el monopolio del Estado, tienen todo el derecho de imponer estas decisiones, incluso si eso significa pisotear la propiedad privada o las aspiraciones de desarrollo económico de las comunidades locales.

La paradoja del ambientalismo estatal

Aquí entra la deliciosa ironía. Los recursos naturales, entregados al Estado para su “conservación”, terminan siendo gestionados de forma arbitraria e ineficiente. ¿Por qué? Porque el Estado no participa en el mercado. Sin precios que transmitan información sobre costos y beneficios, no hay forma de asignar recursos de manera que realmente satisfagan las necesidades de la gente. En el mejor de los casos, esta gestión estatal conduce al malgasto de recursos. En el peor, al agotamiento acelerado de aquello que se pretendía preservar.

Y hay más. La democracia, con su horizonte de corto plazo —cuatro o cinco años en el poder—, fomenta la explotación inmediata. ¿Qué gobernante va a sacrificar popularidad, dejando de entregar medios en subsidios y de consumir hoy para que su sucesor coseche los beneficios mañana? Así, la COP16 y sus fervorosos seguidores no solo ignoran las leyes económicas básicas, sino que, paradójicamente, socavan sus propios objetivos conservacionistas.

El hombre común frente al mesías ambientalista

En una economía de mercado, los recursos se asignan según la propiedad privada y las señales transmitidas por los precios. Si alguien encuentra un uso mejor para un recurso, puede adquirirlo, generando un sistema dinámico que equilibra oferta y demanda. Pero esto no es suficiente para los autoproclamados salvadores del planeta, que desprecian la acción privada y prefieren imponer su voluntad mediante regulaciones y prohibiciones.

Al final del día, el verdadero rostro del ambientalismo que representan los asistentes de la COP16 no es uno de conservación, sino de control. El control de cómo vivimos, qué comemos, cómo nos desplazamos y qué sueños podemos perseguir. Porque, para ellos, el hombre común no puede ser confiado con algo tan importante como un árbol o un pájaro.

Mientras reflexionaba sobre todo esto, no podía evitar recordar al taxista. Su queja, aunque cargada de sarcasmo, contenía una verdad fundamental: estos “rolos care´ chimba”, que para estos efectos no solo cobija a los amigos del estado bogotano, sino también a los alemanes, suecos y angoleses empleados pro el supraestado de la ONU, con su aire de superioridad moral y sus mochilas de diseño artesanal, no solo son un espectáculo pintoresco en las calles de Cali, sino un recordatorio de la constante lucha entre el individuo y las élites que creen saber mejor qué es bueno para todos.

Lo más gracioso —y trágico— de todo esto es que, en su afán por “proteger” el medio ambiente, estas élites terminan perjudicando precisamente aquello que dicen defender. Una prueba más de que, muchas veces, los mayores problemas vienen de aquellos que intentan resolverlos con la soberbia de quien cree tener todas las respuestas.

Ver también

¿Es necesaria la biodiversidad? (Alberto Illán Oviedo).

¿Cómo preservamos la biodiversidad? (I): el modelo público. (Alberto Illán Oviedo).

¿Cómo preservamos la biodiversidad? (II): el modelo privado. (Alberto Illán Oviedo).

El Mar Negro (II): el impacto soviético. (Alberto Illán Oviedo).

Greenpeace tiene razón. (Fernando Parrilla).

El Mar Negro (II): el impacto soviético

Uno de los principales problemas que suelen afectar a los ecosistemas, o al menos uno de los más publicitados, es la proliferación de especies invasoras. Hay que decir que este argumento es un poco tramposo, pues da la sensación de que los sistemas ecológicos son cerrados, aislados de otros, que las especies que los habitan son eternas y únicas y apenas sufren variaciones en su calidad genética, en la cantidad de individuos y especies distintas que los componen, y que las condiciones se mantienen para siempre. Los ecosistemas son sistemas dinámicos que tienen sus propios mecanismos de defensa y adaptación y que cambian con el tiempo, soportando desde luego la invasión de especies, de modo que una multitud de pequeños cambios a lo largo del tiempo termina dando lugar a uno lo suficientemente profundo como para considerar que estamos ante un nuevo ecosistema. Es cierto que, antes del hombre, estas invasiones eran posiblemente más pausadas y el ecosistema tenía más tiempo para adaptarse a los cambios. El ser humano, como especie dentro del ecosistema global que forma la Tierra, ha creado e introducido en ella la tecnología que le permite hacer mucho más rápidos los intercambios de materiales, energía o información, además de cambiar las condiciones del entorno para su comodidad[1] y esto, obviamente, termina impactando sobre los ecosistemas, más acostumbrados a cambios más suaves y prolongados en el tiempo.

En los años 80 apareció en el Mar Negro una nueva especie, la Mnemiopsis leidyi, un cetanóforo (una especie de medusa) proveniente de la costa americana del Atlántico. Esta especie invasora, que también arraigó en toda Europa y en la parte occidental de Asia y que seguramente se introdujo de manera accidental en buques mercantes provenientes de Estados Unidos, se alimenta de zooplancton -en el que se incluyen las larvas de pescado y crustáceos-, así como de otras medusas. Al ser hermafrodita, es capaz de fecundarse a sí mismo, por lo que su proliferación no está condicionada a la aparición de otro espécimen de género contrario. Además, en su nuevo entorno del Mar Negro no tenía ninguna especie que lo depredara, por lo que su población se disparó sin apenas problemas, alimentándose del zooplancton que en unos pocos años empezó a escasear, afectando a las especies que sí dependen de él, entre ellas, algunas de las especies que se pescaban y que fueron escaseando.

Sin embargo, siendo la situación preocupante, hubo un elemento que vino a alterar aún más el estado del Mar Negro durante los años 80: la ineficacia de la agricultura soviética a la hora de satisfacer las necesidades alimentarias de su población. Su agricultura era una parte más de la planificación económica y no estaba sujeta a una investigación de la mejora del rendimiento, al menos no cómo lo estaba en otros países. A ello se unió la megalomanía del régimen que se embarcó en la construcción de infraestructuras sin el debido estudio de su viabilidad, siendo más importante el hecho de mostrar estas inútiles obras de ingeniería como grandes logros de su poder. La economía soviética de los años 80 estaba en crisis, pese a que en Occidente se la tenía como una potencia, no sólo en el aspecto militar, sino también en el económico.

La URSS llevaba muchos años teniendo dificultades para alimentar a su población, pues tenía una agricultura demasiado anticuada comparada con la de su enemigo occidental. Ello le obligó a hacer dos cosas. La primera fue endeudarse, comprando trigo a su gran enemigo americano y a sus aliados. La segunda fue optar por una explotación sin sentido de sus recursos hídricos y el abuso de abonos químicos, con la esperanza de que sus cosechas tuvieran un mayor rendimiento. En el entorno del Mar Negro, las fértiles -hasta hacía relativamente pocas décadas- llanuras cerealistas empezaron a recibir dosis excesivas de abonos de nitrógeno, fósforo y otros productos químicos. Por otra parte, con la intención de aprovechar mejor los recursos hídricos, se realizaron presas a lo largo de los ríos que desembocaban en sus aguas, como la de Stalin en el Dniéper o la de Tsimlyansk en el Don; presas que no tenían en cuenta cosas tan básicas como el proceso de colmatación en el transcurso de los años[2]. Esta necesidad megalómana también afectaba a sus países satélites. El dictador rumano Chauchescu planeó drenar el delta del Danubio, talar la vegetación y poner arrozales. Afortunadamente, semejante salvajada no se llevó a cabo.

En los 80, un exceso de contaminantes empezó a verterse hacia el Mar Negro, el nitrógeno y el fósforo de los abonos ayudaban al fitoplancton a desarrollarse de manera descontrolada, a la vez que la Mnemiopsis leidyi depredaba el zooplancton que se alimentaba de él. Esta dinámica propició la eutrofización del mar, fenómeno que ocurre cuando hay un aporte excesivo de nutrientes que favorece una proliferación excesiva del fitoplancton que, a su vez, termina con el oxígeno libre que hay disuelto en las aguas, del que vive la mayoría de las especies acuáticas, provocando la muerte de estas o su migración a zonas aún adecuadas para su vida.

La contaminación del agua fue la gran aportación del régimen soviético y otros países comunistas al medioambiente del Mar Negro, y no sólo de fósforo o nitrógeno. La agricultura soviética también usaba de manera masiva los pesticidas que, a diferencia de Occidente, no tenían un control para impedir daños colaterales. A eso había que añadir la contaminación radiactiva proveniente del accidente de Chernóbil y otras fuentes, así como los habituales vertidos de aguas fecales o contaminadas por la industria, que tampoco tenían los sistemas de limpieza que se estaban desarrollando con mayor o menor acierto en Occidente. La proliferación de presas también estaba afectando al agua que llegaba al mar, con una fauna piscícola especialmente afectada, sobre todo, la migrante. Un ejemplo de este desgobierno ocurrió en 1983, cuando una presa industrial en la ciudad de Stebniki estalló liberando en el mar 400 toneladas de compuestos potásicos, que contaminaron las aguas durante décadas.

La solución chocó con unas circunstancias difíciles. Los institutos científicos de la URSS ya habían avisado de que se debía hacer algo y su análisis de la situación, pese a haber sido ignorado por el régimen, era certero y proporcionó datos a los investigadores posteriores. La desaparición de la URSS afectó al proceso de investigación que, de la noche a la mañana, se vio sin fondos ni medios. El caos político pareció acrecentar el problema o, al menos, paró el planteamiento de soluciones.

La introducción de un depredador natural para el Mnemiopsis leidyi no era una buena solución, pues no habría dejado de ser otra nueva especie invasora que podría afectar a las existentes, así que el único recurso factible era reducir los vertidos y eso era, literalmente, cambiar la política agrícola de varios regímenes comunistas o en breve excomunistas. En este sentido, puede que la desaparición de la URSS y la democratización de sus países satélites fuera una ayuda inesperada.

En unos años, la presión sobre la ecología del Mar Negro se redujo significativamente con la introducción de sistemas más adecuados en la agricultura, tras la apertura del bloque del Este a Occidente. Por otra parte, una de las cosas que más llamó la atención a los científicos fue la relativa y rápida recuperación de los ecosistemas cuando los vertidos se redujeron. El grado de eutrofización disminuyó y algunas especies empezaron a prosperar de nuevo, aunque otras desaparecieron. En la actualidad, otros peligros amenazan al Mar Negro desde lo que fue la URSS. Los problemas militares y políticos entre la Federación Rusa y Ucrania, por una parte, y Georgia por otra, impiden hacer frente a este y otros muchos asuntos y se está volviendo a viejos escenarios.

Resulta sorprendente ver cómo la izquierda comunista se ha hecho con el monopolio de la lucha por el medio ambiente y cómo es el capitalismo el que, desde el punto de vista popular, agrede al planeta Tierra, al equilibrio ecológico y a la biodiversidad. Un repaso a la historia muestra que los principales desastres naturales a manos del hombre han venido de sistemas políticos de carácter totalitario o autoritario, aunque no únicamente. Sólo hay que ver actualmente cómo afronta la República Popular China la lucha contra la contaminación: de ninguna manera práctica que la rebaje y sí mediante un gran plan de propaganda que endosa a sus enemigos occidentales sus propios desastres.

Al contrario, si de algún lugar surgen las denuncias y las soluciones a estas catástrofes, es de aquellas sociedades donde se es más libre a la hora de criticar o denunciar las agresiones y de buscar las soluciones. El socialismo/comunismo y el ecologismo tienen una coincidencia muy evidente: ambos defienden una solución basada en la regulación, la intervención económica y la ingeniería social. Ambos se complementan muy bien y uno, el ecologismo, le sirve como base moral al otro, el comunismo/socialismo. Desde un punto de vista más político, la excusa del daño medioambiental ha sido usada para instalar políticas mucho más restrictivas, con o sin razones científicas, sobre las actividades humanas. Las instituciones favorables a la intervención y las personas o grupos que las dirigen se han congratulado en encontrar una razón moral que justifique su existencia. El problema en Occidente es que el resto del espectro político ha aprendido esta estrategia de colaboración entre ideologías y, hoy por hoy, conservadores, cristianodemócratas y populistas de diversas familias incluyen en sus programas ciertas políticas que, no hace mucho, sólo se podían leer en los programas de los partidos verdes.

Por último, quiero incidir en la capacidad que tienen los ecosistemas para reparar las heridas que las circunstancias, entre las que se encuentra la acción del hombre, pueden infligir y que está basada en su dinamismo y capacidad de adaptación. No estoy diciendo con esto que se pueda hacer cualquier cosa porque al final se ‘curan’, pero sí observo que en los mensajes mediáticos se ignora esta resiliencia (sí, en este caso está bien usado el término) de los ecosistemas, que se muestran habitualmente como sistemas frágiles que hay que mimar.

En el siguiente artículo analizaré la explotación comercial pesquera y cómo, desde la otra orilla del Mar Negro, la costa turca, se actuó de manera insensata en nombre de la intervención estatal.


[1] Hay que tener en cuenta que, de alguna manera, esta capacidad la tienen todas las especies, siendo más marcada en las especies animales sociales.

[2] No es raro que los regímenes totalitarios cometan este tipo de errores. La presa de las Tres Gargantas en China lo está experimentando en la actualidad o, si nos vamos a casos más antiguos, la de Asuán en Egipto, es otro ejemplo de mal diseño. La sobreexplotación de los acuíferos, que son sobreexplotados sin esperar a que las lluvias los recarguen, terminan provocando la desertificación de la zona, como ocurrió con el Mar de Aral.

El Mar Negro (I): Un acercamiento

Bienestar Sustentable: capacidades y libertades

Jhoner Perdomo 1*, Mauricio Phélan C 1 and Sary Levy-Carciente 1,2

1Universidad Central de Venezuela. Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales.

2Academia Nacional de Ciencias Económicas. Venezuela.

*Correspondencia: jhonerperdomo@gmail.com.

Nota: El artículo recoge información contenida en Bienestar Sustentable. Una forma de hacer vida, una forma de hacer política (Ed. Universo de Letras, Madrid).

Los modelos de desarrollo y bienestar actualmente están evolucionando hacia perspectivas multidimensionales, destacando elementos éticos que respeten valores y principios consustanciales a la condición humana -desarrollo en libertad- y de sostenibilidad, tanto ambiental como temporal, fomentando una consciencia sobre la responsabilidad de las generaciones presentes.

El desarrollo en libertad nos invita a incorporar el valor que tienen las capacidades de las personas para forjar su propio desarrollo. Esa capacidad que tienen los propios individuos se potencia con otras capacidades, oportunidades sociales y libertades para lograr el florecimiento humano y el bienestar de las personas, basado en lo que el individuo valora en ser y hacer. En ese sentido, en la medida que el individuo logre más capacidades, podrá ir ampliando sus libertades y a su vez generando mayor bienestar.

Uno de los principales desafíos para el desarrollo en libertad es incorporar las condiciones futuras del bienestar manteniendo las libertades presentes y futuras. Lograr resultados positivos, considerando el costo que ello puede tener para las futuras generaciones e inclusive la suya en un momento futuro. Ello es: una persona puede estar disfrutando de cierto nivel de bienestar hoy, sin percatarse de estar reduciendo o suprimiendo sus libertades y capacidades de su propio bienestar en el futuro. En muchos casos, incluso, sin poder tomar decisiones como agente de su propio bienestar. Asimismo, sus decisiones presentes tendrán impacto en las capacidades y libertades de las siguientes generaciones.

Un modelo de desarrollo puede ser considerado como generador de bienestar si el mismo es sustentable en el tiempo. Precisamente la cuestión no es qué modelo genera más bienestar, sino cuál genera más bienestar de forma sustentable en el tiempo, ¿cuál otorga las mejores garantías para que ese bienestar que ostentan los países llamados desarrollados, o quiénes quieran alcanzarlo, perdure? Así, es evidente la necesidad de cambiar la perspectiva de lo que es un bienestar presente aceptable.

En ese sentido, el bienestar debe ser más que una forma de vida del presente y plantear una alternativa basada en el Bienestar Sustentable, que permita crear más condiciones para la sustentabilidad y mayor responsabilidad. En este orden de ideas, las personas tomarán decisiones para su bienestar actual, considerando el riesgo y los costos que eso implica para su propio bienestar futuro y el de otros. El bienestar actual condicionado por el futuro favorece la creación de consciencia y el fortalecimiento de una ciudadanía libre y responsable. Ello a su vez induce a considerar las múltiples aristas del desarrollo concibiéndose bajo un enfoque multidimensional y de capacidades que habilitan y potencian al individuo en sociedad.

Para poder afirmar que algo es sustentable, es necesario incorporar todas las dimensiones asociadas al bienestar: debe ser sustentable económicamente, porque de lo contrario generaría una deuda social inaceptable; debe ser sustentable políticamente, porque de lo contrario limitaría la gobernabilidad; debe ser sustentable culturalmente, porque de lo contrario generaría tensiones que atentaría con la paz; debe ser sustentable ambientalmente, porque de lo contrario se alterarían las posibilidades ecológicas; y naturalmente, debe ser sustentable éticamente, porque estos fundamentos no son negociables. Las dimensiones deben estar equiparadas a fin de garantizar la armonía entre ellas, con la finalidad de integrar una visión temporal de la sustentabilidad entre presente y futuro.

Es también importante reemplazar la visión de medición de resultados – más asociadas al ahora y a los enfoques actuales de desarrollo – incorporando la de capacidades que permite obtener las condiciones asociadas para la sustentabilidad del bienestar. Amartya Sen plantea que la sustentabilidad es el impulso de las capacidades del presente, sin comprometer las capacidades de las generaciones futuras; ya que desconocemos en el presente lo que ellos valorarán en ser y hacer, y suponerlo es una supresión de sus libertades. Entonces ¿Qué condiciones generan capacidades? Y la respuesta es que éstas son múltiples y diversas: desde la institucionalidad, la democracia, la educación, la familia, el derecho de propiedad, o en general el estado de derecho, las libertades, entre otras. Son condiciones que en sí mismas generan capacidades y sustentabilidad.

Lo anterior sienta las bases de una concepción más amplia de bienestar. Al incorporar sus condiciones futuras, se abre un camino para alcanzar la sustentabilidad. Es decir, un Bienestar Sustentable. Al integrar el enfoque de capacidades y el enfoque multidimensional del bienestar nos lleva a considerar las capacidades centrales propuestas por Martha Nussbaum. Las 12 dimensiones del Bienestar Sustentable serían entonces: Vida; Salud Física; Integridad Física; Sentidos, Imaginación y Pensamientos; Emociones; Razón Práctica; Afiliación: Amistas, Afiliación: Respeto; Relaciones con otras especies, Control sobre el Juego y la distracción, Control sobre el entorno Político; y Control sobre el entorno Material. Agregándolas en cuatro grandes macro-capacidades, tendríamos: (1) Cuerpo: como elemento que nos conecta físicamente con el mundo, el cual, se debe mantener con salud e integridad hasta su muerte natural de ser posible; (2) Mente: para ser capaces de pensar, sentir las emociones y concretar el razonamiento de la buena vida y las virtudes en la que debemos ser y hacer; (3) Relaciones: y (4) Manejo del Entorno que permite contactarnos con la sociedad y con la naturaleza, para poner en práctica las virtudes y nuestras libertades. Véase la Figura 1.

Plantear el Bienestar Sustentable desde el enfoque de capacidades, tiene como hipótesis que en la medida que existen mayores capacidades, oportunidades y libertades, habrá mayores posibilidades de que dichas condiciones generen sustentabilidad. Así, en el tiempo, las personas tendrán garantías para poder ser y hacer lo que valoran, incrementando sus libertades y su bienestar. Entonces para un Bienestar Sustentable se debe considerar los riesgos hacia el futuro por medio de las condiciones existentes para que el bienestar sea sustentable en el tiempo, y esas condiciones estén basadas en las capacidades del presente.

Partiendo de estos elementos teóricos, se realizó una prueba estadística con los países de Latinoamérica. Para ello, se consultaron diversas bases de datos: Latinobarómetro, LAPOP, Foro Económico Mundial, Banco Mundial, diversas instancias de las Naciones Unidas, CATO, HERITAGE y FRASER, así como empresas internacionales como GALLUP y Google, entre otras. Se seleccionaron un total de 116 indicadores distribuidos entre las 12 dimensiones y se aplicó un análisis de correspondencias múltiples (ACM).

Los países de la región con los mejores resultados y por lo tanto con condiciones del Bienestar Sustentable son Uruguay, Chile y Costa Rica (ver Fig. 2). Son países donde las personas tienen las mejores garantías para que en el futuro puedan tener mayores oportunidades para ser y hacer lo que valoren. En el caso de Uruguay se puede notar la armonía favorable en las diversas dimensiones, lo que representa un modelo a estudiar y posiblemente a replicar.

En conclusión: el modelo de Bienestar Sustentable ofrece un enfoque de desarrollo integral, que rescata tanto valores éticos como de sustentabilidad (temporal y ambiental) favoreciendo así la concientización de una ciudadanía libre y responsable. Este trabajo permite mostrar que no solo son fundamentales los valores en su concepción y dimensionamiento, sino que es factible su medición para guiar la toma de decisiones tanto públicas como privadas.

Referencia

Perdomo, Jhoner; Phélan, Mauricio and Levy-Carciente, Sary (2021). El Bienestar Sustentable. Una forma de hacer vida, una forma de hacer política. ISBN: 9788418570636. 344pp. Madrid: Editorial Universo de Letras. Disponible en: https://n9.cl/jhoner

Hidrógeno, ¿volver a los viejos errores?

El 6 de mayo de 1937, a las 19.25 de la tarde, el dirigible LZ 129 Hindenburg, orgullo de la Alemania del Tercer Reich, tras su decimoséptima travesía atlántica desde Europa, largaba amarras en la Estación Aeronaval de Lakehurst, en Nueva Jersey, en una tarde bochornosa en la que el aire estaba muy cargado electrostáticamente por una tormenta eléctrica. Es posible que una de esas chispas iniciara la combustión del hidrógeno que se almacenaba en 14 de las 16 bolsas que sustentaban en el aire a una gigantesca estructura de 245 metros de largo y 41 de diámetro. En menos de un minuto, el dirigible se vino abajo en llamas, matando a 36 personas, 13 pasajeros y 22 tripulantes. Investigaciones recientes han indicado que el material del que estaba hecha la estructura aceleró el fuego. El accidente fue retransmitido por muchos medios de comunicación -incluyendo radios- y rodado por varias cámaras para el cine. Ante semejante ridículo, Adolf Hitler dio por terminado el aprovechamiento comercial de este tipo de aparatos que, por otra parte, estaban en franco retroceso, dada la versatilidad de sus competidores tecnológicos, los aviones.

84 años después, el hidrógeno se ha vuelto a poner de moda, pero esta vez no interesa que sustente ninguna estructura en el cielo, sino que se pretende quemar para aprovechar la energía de la combustión y, de esta manera, desplazar a los hidrocarburos, avanzando en el proceso de descarbonización. ¿Estamos preparados para usar este gas como combustible de manera eficiente y segura o por el contrario, estamos cayendo en los viejos vicios de la planificación político-energética que propone cosas que no puede cumplir o que lo hace a medias y con costes excesivos? Antes de contestar a esta pregunta, deberíamos entender el contexto en el que se plantea.

Un año después de que se iniciara la pandemia global del Covid-19, el mundo político español vive preocupado por cumplir una serie de objetivos que no coinciden necesariamente con las preocupaciones más acuciantes e inmediatas de los ciudadanos. Pese a que buena parte de nuestro sector turístico y hostelero, dos de las principales industrias del país, no sabe cómo va a salir de la quiebra y se plantea cierres generalizados y despidos inevitables, al Gobierno de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias le preocupa más la descarbonización y la digitalización de la economía española y plantea que sean estas dos líneas las que deban cumplir algunos de los proyectos que puedan recibir una parte jugosa de las ayudas que desde Europa se repartirán. Personalmente, me cuesta imaginar lo que debe de pensar un hostelero, un hotelero, un restaurador o el dueño de cualquier otro negocio dedicado a dar este tipo de servicios, cuando otras empresas que gozan, no pocas veces, del apoyo gubernamental, se posicionan para recibir miles de millones de euros en forma de ayudas de distintos tipos. Sin embargo, es lo que tenemos y las principales empresas energéticas del país, además de un creciente número de empresas dedicadas a las energías renovables, han presentado sus proyectos a la caza de fondos europeos. La planificación es una de las características coyunturales de las grandes organizaciones como la UE y el keynesianismo imperante ayuda a que sea así. Entre estos proyectos, se incluyen los ligados al hidrógeno verde.

El hidrógeno se ha venido usando desde hace décadas en la industria química, el refinado, la metalurgia, la industria alimentaria y otros procesos industriales, pero quizá sea su uso como combustible el más interesante desde la perspectiva actual. Como pudimos ver en el Hindenburg, el hidrógeno se combina muy bien con el oxígeno para formar agua y esa reacción es muy energética, además de poco contaminante, por lo que aprovecharla es algo razonable en una sociedad tan dependiente de la energía.

Durante años, se han ido desarrollando sistemas de almacenamiento que eviten el peligro de accidentes como el ocurrido en 1937. Ha sido a finales del siglo XX y principios del XXI cuando la tecnología ha empezado a producir pilas y contenedores lo suficientemente ligeros y seguros para que coches, camiones y otros vehículos puedan moverse con niveles de eficiencia similares a los vehículos que usan combustibles fósiles habituales. Hoy en día, hay automóviles que pueden recorrer distancias de 600 o más kilómetros con su tanque lleno y camiones que llegan a 1.000 kilómetros, permitiendo los viajes a larga distancia. Esta capacidad le da ventaja sobre los coches eléctricos, que tienen una menor autonomía y el tiempo de recarga es mucho más largo, no menos de 20 minutos si se usan sistemas recarga rápida. Sin embargo, parece ser que es este último tipo de vehículo, el eléctrico, el que más apoyo político tiene, pese a tener una desventaja evidente. Es también posible que se pueda usar en aeronaves, pero de momento, los contenedores son demasiado pesados y deberá avanzar la tecnología, como también es posible que los precios de todos estos automóviles sean aún un poco caros si los comparamos con los tradicionales. Algunos ponen el horizonte en década y media.

Un uso del hidrógeno, menos comentado en los medios de comunicación pero quizá más interesante desde un punto de vista energético, es su papel como sistema de almacenamiento de energía. La teoría es que, en los momentos en que la velocidad de aire es adecuada o la insolación es intensa, pero no se requiere la energía en el sistema, se use este exceso para producir hidrógeno, que podría almacenarse y que, en momentos de carencia, podría usarse como reserva de combustible y generar la energía que no se cubre con estas renovables, reforzando así de respaldo al sistema renovable, algo que ahora cumplen las nucleares y los ciclos combinados.

Si el hidrógeno tiene tantas ventajas y es un buen sustituto de los combustibles fósiles, ¿dónde está el problema? Como en el caso del coche eléctrico, se necesitaría una red de puntos donde poder abastecer al vehículo que no existe, pero quizá se puedan aprovechar las gasolineras. El principal problema está en conseguir el gas en condiciones de calidad y cantidad. El hidrógeno libre, dado su escaso peso, tiende a irse al espacio y no tiene sentido su captura, pero está presente combinado en la materia orgánica y, sobre todo, en el agua. La electrolisis del agua, la separación del hidrógeno y del oxígeno, es un proceso habitual, conocido desde hace tiempo, que requiere energía. También existen otras fuentes, como subproducto de algunas reacciones químicas y bioquímicas y del refinado del petróleo. La idea que han tenido las industrias energéticas ha sido ligar las fuentes renovables con los procesos industriales de electrolisis, de forma que el hidrógeno obtenido sea teórica y medioambientalmente limpio. Este es el denominado hidrógeno verde. El que llaman hidrógeno azul sería el que se obtiene usando gas natural como fuente de energía, que no es tan ‘sucio’ como los combustibles fósiles (carbón, diésel, gasolina, etc.), quedando el término hidrógeno gris para el que viene usando estas fuentes de energía o viene derivado de los procesos industriales antes mencionados. De esta forma, la revolución que se pretende está ligada a la viabilidad o no de las energías renovables, no a las características del propio hidrógeno como combustible y quizá, en menor medida, a la manera de almacenarlo (pilas y depósitos).

Varias empresas han anunciado que algunas de sus centrales térmicas, que han sido cerradas o están a punto de serlo y van a ser desmanteladas, serán sustituidas, si obtienen los fondos necesarios de la UE, por grandes plantas electrolíticas, rodeadas de centrales renovables, ya sean eólicas o fotovoltaicas, que las van a abastecer para dar lugar a una novedosa y -se pretende- próspera industria del hidrógeno. Hay que reconocer que, como utopía energética, no está mal y hasta tiene visos de que podrían cumplirse algunos de los objetivos parciales, pero me cuesta creer que vaya a ser tan exitosa la cruzada medioambiental.

Hoy por hoy, las energías renovables requieren dos condiciones: el primero sería un espacio adecuado. En el caso de la fotovoltaica, hectáreas y hectáreas de superficie donde colocar las placas. En el caso de la eólica, puntos adecuados donde sople el viento. ¿Hay de ambos en el entorno de las centrales? Pudiera ser, pero el segundo requerimiento sería las centrales de apoyo que permitan que, en caso de que no haya viento o luz, se pueda seguir alimentando la planta, lo que hace que no sea tan verde el hidrógeno, más bien un verde tirando a azul. Por otra parte, hay otras razones para pensar que, tarde o temprano, los grupos ecologistas sacarán los colores al verde. Las cubas de electrolisis usan catalizadores, que no son precisamente materiales medioambientalmente neutros. Estas centrales tomarán el agua y la transformarán en oxígeno e hidrógeno, es decir, no la devuelven al río o al pantano, cosa que sí que hacen las térmicas. Esto afectará al caudal y a las actividades que requieren agua, como la agricultura, es decir, no sería demasiado viable en zonas donde no haya una pluviometría adecuada. Además, no debemos olvidar que el agua debe tener unas características concretas, así que se deberá tratar. En el caso del agua marina, se debe desalar y las desaladoras han sido también una fuente de problemas para los grupos ecologistas. El verde de nuevo se torna azul. La proliferación de centrales renovables ha generado el rechazo de los vecinos y algunos grupos ecologistas. Un ejemplo de esta polémica es la oposición del municipio de la Espluga de Francolí a la planta de hidrógeno propuesta y las renovables asociadas, y el motivo es, precisamente, la escasez de agua en la zona.

No hace mucho, el CEO de Endesa, José Bogas, se preguntaba si no estábamos asistiendo a una burbuja de renovables. Y es una buena pregunta, pues si miramos al mercado bursátil español, veremos que gran cantidad de empresas renovables, que cuentan con un capital y un proyecto lo suficientemente interesante, tienen intención de salir al parqué. Empresas como la petrolera Repsol también quieren sacar al mercado su filial renovable, que hace “dos días” no tenían. Me preocupa semejante estallido de proyectos y empresas renovables, porque nace, no de las necesidades de los ciudadanos de tener una energía más limpia, no de las inquietudes de los ciudadanos por consumir una energía menos contaminante, incluso no de los caprichos de los ciudadanos que se apuntan a las políticas verdes de ciertos iluminados, sino de la planificación energética surgida desde la política, de la ingeniería social de ciertos líderes, públicos y privados, y de las pretensiones interesadas de ciertos lobbies que viven muy bien de los dineros públicos en forma de ayudas, subvenciones y otras prebendas que se financian con el dinero de los impuestos. No es una solución de mercado a una inquietud moral o ética, sino la respuesta a una decisión que supone una planificación política. Las empresas se adaptan a lo que hay, pero algunas veces olvidan que los que terminan dándoles el pan de cada día no son los políticos, sino los clientes, y no sé si tendrán suficientes clientes para este desarrollo verde (¿o es que ya nos hemos olvidado de la Abengoa de principios de los años diez de este siglo?). Tengo que reconocer que, de todas las posibilidades que han surgido desde el Estado o de las empresas que orbitan en torno a él, esta del hidrógeno puede ser la más razonable. Aun así, creo que estamos aún lejos de salir a la calle, tomar un automóvil con el tanque lleno de hidrógeno y hacer lo mismo que ahora con uno de gasolina. No adelantemos una tecnología que puede ser rentable en un futuro porque algún inspirado tenga un capricho adolescente.