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Etiqueta: Nacional Socialismo

Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista?

Por Stefan Beig. El artículo Hitler, ¿un revolucionario anticapitalista? Fue publicado en el IEA.

A día de hoy, se considera que Hitler tenía una visión del mundo de extrema derecha. Ahora, décadas después de su publicación original, un libro que cuestiona la clasificación de la ideología política de Hitler despierta un interés creciente y está disponible en una nueva edición. El aclamado estudio de Rainer Zitelmann Hitler. Selbstverständnis eines Revolutionärs (en español: El nacionalsocialismo de Hitler) revela que Hitler no se identificaba ni con la derecha ni con la izquierda, sino más bien como un revolucionario anticapitalista que no sentía más que desprecio por los intereses burgueses y conservadores. Daba gran importancia a las cuestiones sociales y a la igualdad de oportunidades y, a medida que envejecía, llegó a expresar su admiración por la economía planificada soviética.

El libro es un «longseller», pues se ha vendido con éxito durante muchos años. Cuando fue publicado por primera vez por Berg-Verlag hace 37 años, atrajo principalmente a historiadores. En los últimos años, ha suscitado el interés de un público cada vez más amplio, ajeno al mundo especializado, tanto dentro como fuera del país. Hitler. Selbstverständnis eines Revolutionärs de Rainer Zitelmann es una exploración en profundidad del pensamiento y las creencias íntimas de Adolf Hitler. A través de un meticuloso análisis de los discursos y escritos de Hitler, la primera tesis doctoral de Zitelmann, que le valió el doctorado en Historia en 1986, se ha consolidado como un estudio definitivo sobre la visión del mundo del líder nazi.

Hasta la fecha se han publicado varias ediciones en alemán de la obra. El interés por la obra también crece a escala internacional: el estudio ya se ha publicado en inglés y recientemente se ha editado en ruso y checo. Actualmente, se están realizando traducciones al polaco, español, portugués e italiano, a las que seguirán otras en breve.

Un estudio matizado con conclusiones inesperadas

El libro de Zitelmann se distingue de las obras de otros historiadores en varios aspectos. En primer lugar, distingue muy cuidadosamente entre el Hitler de los años veinte, el de los treinta y el de los cuarenta. Otros autores tienden a adoptar un enfoque general de la visión del mundo de Hitler a partir de 1919, como si el líder del NSDAP tuviera una única visión coherente del mundo desde el principio. Esto no es cierto. Rainer Zitelmann identifica varios cambios y evoluciones en la forma de pensar de Hitler, hasta los últimos años de su vida.

En segundo lugar, la valoración que Zitelmann hace de Adolf Hitler es sobria y objetiva, sin emitir nunca juicios de valor. Por razones comprensibles, muchos estudiosos siguen teniendo dificultades para mantener una postura tan neutral y libre de prejuicios a la hora de evaluar a uno de los mayores criminales de la historia de la humanidad. Sin embargo, la clara separación entre el análisis de los hechos y la opinión personal refuerza el rigor académico del libro y evita caer en la misma trampa que otros biógrafos de Hitler, muchos de los cuales sacan conclusiones precipitadas basadas en juicios morales. Además, Zitelmann consigue en todo momento desvincular claramente su estudio de sus propias convicciones políticas (entonces de izquierdas). (En la actualidad, Zitelmann es miembro del Partido Demócrata Libre (FDP) alemán y partidario del liberalismo clásico).

En tercer lugar, las conclusiones del estudio son bastante sorprendentes: rebaten la categorización tradicional de Adolf Hitler a la derecha del espectro político. Según Zitelmann, Hitler era tanto un extremista de derechas como de izquierdas. Como líder del NSDAP, pretendía trascender esta dicotomía, «pero no en el “medio”, sino mediante un nuevo extremo en el que ambos se sublimaran». Además, Hitler se consideraba a sí mismo un revolucionario y tenía a los socialdemócratas y a los comunistas en mayor estima que a los conservadores, a la burguesía e incluso a sus aliados fascistas como Benito Mussolini y Francisco Franco. Inicialmente en el ala izquierda del espectro político, Hitler conservó muchas de sus convicciones hasta el final.

Socialistas y comunistas: ¿la verdadera fuerza opositora al nacionalsocialismo?

Según la valoración convencional de Hitler como político de extrema derecha, la izquierda habría sido la verdadera oposición política al nacionalsocialismo. A primera vista, este punto de vista parece plausible, sobre todo teniendo en cuenta la persecución generalizada de socialistas y comunistas en el Tercer Reich.

En conjunto… es incontestable que los comunistas y los socialdemócratas tuvieron que soportar los mayores sacrificios. Mientras ellos eran torturados y asesinados en los campos de concentración, los burgueses de derechas y las fuerzas capitalistas seguían ganando mucho dinero en el Tercer Reich.

Rainer Zitelmann

Adolf Hitler atacó públicamente al «bolchevismo judío» en varias ocasiones, y algunos estudiosos identifican esta animadversión como el principal catalizador de sus creencias antisemitas. Además, y esto es indiscutible, existe una contradicción fundamental (de la que el propio Hitler era muy consciente) entre el nacionalismo de Hitler y el internacionalismo del socialismo.

Para intelectuales de izquierdas como Max Horkheimer, el principal filósofo de la Escuela de Fráncfort, estaba por tanto claro: el nacionalsocialismo era fascismo, de acuerdo con la definición de fascismo proporcionada por Georgi Dimitrov, secretario general de la Internacional Comunista, que lo describía «como la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero».

Esta tesis profundamente ideológica persiste hasta nuestros días, a pesar de que hace tiempo que ha sido desmentida por la investigación histórica. No obstante, la reputación de la izquierda como verdadera antítesis del hitlerismo ha otorgado a menudo credibilidad a sus análisis del nacionalsocialismo. Sin embargo, Zitelmann, él mismo maoísta en su juventud, llega a una conclusión completamente diferente en su estudio. Llega a la conclusión de que Hitler tenía mucho más en común con la izquierda de lo que generalmente se supone.

¿Qué pensaba realmente?

El análisis de Rainer Zitelmann se basa principalmente en dos de los libros de Hitler -Mein Kampf (1925) y su Segundo Libro (1928), que no llegó a publicarse en vida- junto con innumerables discursos, artículos periodísticos y grabaciones de sus monólogos y conversaciones.

Como señala Zitelmann, los discursos públicos de Adolf Hitler deben leerse con precaución. Tomar sus palabras al pie de la letra puede llevar a conclusiones contradictorias, ya que el líder del NSDAP decía cosas diferentes según la ocasión, el momento y el público. Hitler era también un hábil populista, que adaptaba sus mensajes a los diferentes grupos destinatarios y a sus respectivos intereses. Era muy diferente dirigirse a campesinos, obreros o industriales. «En esto era un maestro de la demagogia y a menudo conseguía engañar tanto a sus partidarios como a sus oponentes sobre sus verdaderas opiniones e intenciones», subraya Zitelmann.

Como Hitler creía que las masas eran estúpidas, sus discursos seguían un patrón simple de «blanco/negro» y «bueno/malo». Sin embargo, sus declaraciones en privado demuestran que su pensamiento sobre ciertas cuestiones era mucho más matizado. En sus primeros discursos y artículos, así como en sus dos libros, Hitler expresó sus objetivos de política interior y exterior a largo plazo con una franqueza asombrosa, señala Zitelmann.

Ataques a Benito Mussolini y Francisco Franco

Para distinguir entre las declaraciones de Hitler motivadas tácticamente y las que deben tomarse en serio y al pie de la letra, Zitelmann las somete a tres «pruebas de coherencia». Compara las declaraciones públicas de Hitler con las que no estaban destinadas al público, las realizadas a puerta cerrada, registradas en actas y diarios de colaboradores cercanos. Este análisis revela disparidades significativas. Por ejemplo, Hitler criticó con frecuencia a Mussolini y más tarde al dictador español Franco en conversaciones privadas, algo que nunca hizo en la misma medida en público. Al mismo tiempo, Hitler mostraba admiración por socialistas y comunistas dentro de su círculo íntimo, mientras que no expresaba más que desprecio por los partidos burgueses y conservadores.

El partido empresarial DVP (Partido Popular Alemán), fue menospreciado por Hitler como un mero «hormigueo», con sus miembros considerados «inofensivos, sin importancia, políticamente sin fuerza; solo vegeta». El veredicto de Hitler sobre el liberal Partido Democrático Alemán (DDP) fue aún más mordaz. Lo llamó «una llaga apestosa dentro de la nación». En cambio, se mostró mucho más positivo hacia el Partido Socialdemócrata (SPD): «El pueblo alemán es racialmente más impecable y mejor convive en la socialdemocracia». Valoraba al SPD como un partido revolucionario y esperaba antes de la Primera Guerra Mundial que los socialdemócratas de Austria provocaran un «debilitamiento del régimen de los Habsburgo que tanto odiaba.» Según las propias notas de Hitler, el hecho de que se apartara de los socialdemócratas se debió a la influencia de los judíos dentro del partido.

Las ideas fijas de Hitler

Además, Zitelmann distingue entre las declaraciones realizadas por Hitler en momentos concretos o ante audiencias particulares, y las realizadas de forma sistemática a lo largo de su carrera política ante todas las audiencias. Las primeras tenían a menudo motivaciones tácticas, mientras que las segundas pueden considerarse un reflejo más fiel de las verdaderas convicciones de Hitler. Por ejemplo, a finales de la década de 1920, Adolf Hitler apeló a los votantes rurales con visiones románticas de la vida agraria, pero esta estrategia fue efímera y estuvo claramente motivada por consideraciones tácticas.

En tercer lugar, Zitelmann examina la coherencia de las declaraciones de Hitler, concretamente si ciertas afirmaciones contradicen las creencias que expresó en otros lugares. Es importante señalar que había temas coherentes en la ideología de Hitler, que servían como principios fundacionales de los que se podían derivar sus demás opiniones. El más importante de estos axiomas fundamentales era su concepto de la «lucha eterna», que para él se basaba en el darwinismo social: «Considero que la lucha es el destino de todas las criaturas».

Un revolucionario que une nacionalismo y socialismo

Zitelmann reconstruye y traza la evolución de la visión del mundo de Hitler con un gran número de citas, a veces sorprendentes. Según su análisis, el líder del NSDAP se veía a sí mismo como un revolucionario cuya misión era transformar la sociedad. Hitler creía que esta transformación sólo podía lograrse con una élite combatiente, un grupo que, en su opinión, sólo podía encontrarse en los márgenes del espectro político, entre comunistas y nacionalistas, y no entre los «colgados» pasivos del centro burgués.

Hitler admiraba el comunismo porque, a diferencia de las fuerzas burguesas, defendía «fanáticamente» una visión del mundo. Quería llevar a cabo su revolución con partidarios del campo comunista y nacionalista. En 1941, recordaba: «Mi partido en aquel momento estaba formado en un noventa por ciento por gente de izquierdas. Sólo podía utilizar a gente que hubiera luchado». (Es probable que el porcentaje sea una exageración).

Hitler: nacionalismo = socialismo

Para Hitler, «nacionalismo» y «socialismo» eran idénticos.

Toda idea verdaderamente nacional es social en última instancia, es decir, quien esté dispuesto a comprometerse con su nación tan completamente que realmente no tenga ningún ideal más elevado que sólo el bienestar de ésta, su nación, … es un socialista…

Cuanto más fanáticamente nacionales somos, más debemos tomarnos a pecho el bienestar de la comunidad nacional, eso significa que más fanáticamente socialistas nos volvemos.

Adolf Hitler

Al mismo tiempo, Hitler «rechazaba tajantemente el nacionalismo burgués porque identificaba los intereses egoístas de clase y de lucro con los intereses de la nación», y Hitler también quería trascenderlos. En palabras del propio Hitler: «el socialismo se convierte en nacionalismo, el nacionalismo en socialismo… No reconocemos el orgullo de estamento, tan poco como el orgullo de clase. Sólo conocemos un orgullo, el de ser servidores de un pueblo». Dentro de esta nación, Hitler quería llevar a cabo la igualdad buscada por el socialismo: «El socialismo sólo puede existir en el marco de mi nación» porque «sólo puede haber iguales aproximados dentro de un cuerpo nacional, en comunidades raciales más grandes, pero no fuera de ellas.»

Siempre fue anticapitalista, pero sólo esporádicamente antibolchevique

Contrariamente a lo que se ha supuesto durante mucho tiempo, las cuestiones sociales desempeñaron un papel importante en el pensamiento de Hitler. Estaba profundamente preocupado por promover la igualdad de oportunidades y eliminar las distinciones sociales y de clase. Al mismo tiempo, Hitler era un anticapitalista acérrimo. Una creencia que impregnaba su pensamiento de forma coherente, en lugar de ser una mera maniobra táctica, como sugirieron en la década de 1920 algunos marxistas y socialdemócratas, para quienes la retórica anticapitalista de Hitler planteaba un problema. Como demuestra Zitelmann, el anticapitalismo fue una característica definitoria del pensamiento de Hitler en todo momento. No hay contradicción aquí entre Hitler en público y Hitler en privado. El anticapitalismo fue un hilo conductor constante, desde el principio de la carrera política de Hitler hasta el final.

No puede decirse lo mismo de la actitud de Hitler hacia el «bolchevismo judío». Según Zitelmann, Hitler creía en esta ideología a principios de los años 20. A finales de los años 20, su convicción había empezado a flaquear. Y en los años 40 se limitó a defender de boquilla la tesis del bolchevismo judío, defendiéndola públicamente sin tomársela en serio.

El historiador Thomas Weber llegó a una conclusión similar hace unos años en su libro Becoming Hitler: The Making of a Nazi. Según Weber, Hitler no veía el bolchevismo como una amenaza distinta, sino más bien como una herramienta del capitalismo judío.

Sólo veía a los comunistas como rivales, aunque la oposición más peligrosa procedía de la derecha

Por tanto, quien interprete las declaraciones antibolcheviques de Hitler como prueba de un fascismo reaccionario y chovinista se equivoca. Sin embargo, el hecho de que Hitler persiguiera más a la izquierda que a las filas de la burguesía «no tiene nada que ver con la preferencia de Hitler por la derecha, sino todo lo contrario. Consideraba a las fuerzas derechistas y burguesas como cobardes, débiles, sin energía e incapaces de cualquier resistencia. Mientras, suponía que la izquierda tenía las fuerzas valientes, valerosas, decididas y, por lo tanto, peligrosas.» Hitler consideraba el nacionalsocialismo como un movimiento revolucionario en competencia con los comunistas. Por tanto, consideraba a los comunistas como sus únicos adversarios serios. 

Posiblemente se trataba de una suposición errónea. Como señala Zitelmann:

La única oposición efectiva a Hitler, en realidad, representada por fuerzas conservadoras y en parte también monárquicas como Ludwig Beck, Franz Halder, Hans Oster, Erwin von Witzleben, Carl Friedrich Goerdeler, Johannes Popitz, el conde Peter Yorck von Wartenburg y Ulrich von Hassell, se situaba a su derecha.

Sebastian Haffner

El renombrado periodista Sebastian Haffner expresó una opinión similar en 1979:

La única oposición que realmente podría haber llegado a ser peligrosa para Hitler procedía de la derecha. Desde su posición ventajosa, estaba a la izquierda. Esto nos hace pararnos a pensar. Hitler no puede clasificarse tan fácilmente en la extrema derecha del espectro político, como mucha gente tiene la costumbre de hacer.

Sebastian Haffner

El 24 de febrero de 1945, ante el fracaso total e irreversible del Tercer Reich, Hitler declaró: «Liquidamos a los luchadores de clase de izquierdas. Pero desgraciadamente olvidamos entretanto lanzar también el golpe contra la derecha. Ese es nuestro gran pecado de omisión». Intentaba encontrar una explicación a su inminente derrota. De hecho, como subraya Rainer Zitelmann, fue la adhesión de Hitler a sus creencias ideológicas lo que le impulsó a no actuar contra los oponentes de derechas que tanto despreciaba, y no un mero descuido.

El Estado necesitaba «espacio vital en el Este»

Las políticas económicas de Hitler estaban muy influidas por el célebre economista Thomas Robert Malthus. Malthus sugería que el crecimiento de la población superaría a la producción agrícola, lo que provocaría posibles hambrunas, malestar social e inflación. Él extendió esta teoría a la producción industrial, prediciendo que la demanda de recursos naturales superaría a la oferta. A diferencia de Malthus, Hitler creía que la solución a este problema residía en la expansión territorial. Sostenía que si un Estado carecía de recursos suficientes dentro de sus fronteras, debía adquirirlos de Estados vecinos, escasamente poblados y con abundantes tierras fértiles. Esta ideología alimentó su fijación por adquirir «espacio vital en el este».

Con esto en mente, el 23 de noviembre de 1939, Hitler declaró a sus comandantes en jefe:

El creciente número de nuestro pueblo requiere un mayor espacio vital. Mi objetivo es establecer un equilibrio racional entre el tamaño de la población y el espacio vital. Aquí es donde debe comenzar la lucha. Ninguna nación puede eludir este reto o, de lo contrario, deberá ceder y extinguirse gradualmente… He elegido un camino diferente: ajustar el espacio vital para acomodar a la población. Una constatación es importante: el Estado sólo tiene sentido si sirve para preservar la esencia de su pueblo. En nuestro caso, hablamos de 82 millones de personas … El eterno reto es adecuar el número de alemanes a la tierra disponible.

Adolf Hitler

El dictador, inspirado en Malthus

Por cierto, la suposición de Malthus era errónea. Las poblaciones en crecimiento también pueden alimentarse mediante el aumento de la productividad y el libre comercio. El hecho de que pequeños Estados como Suiza y Singapur se encuentren hoy entre los países más ricos del mundo habla por sí solo. Pero a Hitler no le interesaba el libre comercio y tenía una visión pesimista del futuro del comerciJoo mundial. Este sentimiento era compartido por muchos políticos de su época que, como él, abogaban por la autosuficiencia, pero sin dar prioridad a la expansión de sus propios territorios.

Su actitud hacia la propiedad privada de los activos productivos es algo más complicada. Prescindió de las nacionalizaciones totales. Pero sus políticas erosionaron los derechos de los propietarios al imponer un estricto control estatal sobre la producción y la inversión. Hitler creía que la propiedad privada sólo era permisible cuando servía al «bien común» y no al interés propio del empresario. Se exigía a los propietarios que alinearan sus acciones con los objetivos del Estado. De este modo, todo quedaba subordinado al Estado.

La admiración de Adolf Hitler por la economía soviética fue en aumento, sobre todo en los últimos años de su vida. Recibía informes del Frente Oriental en los que se destacaban los importantes avances logrados gracias a los esfuerzos de industrialización de Stalin. En su círculo íntimo, elogió explícitamente el sistema soviético de planificación estatal. E insinuó que debería convertirse en un componente de la economía de posguerra, en total consonancia con su nacionalsocialismo.

El libro de Zitelmann es muy recomendable para profundizar en las perspectivas políticas y económicas de Hitler. En los años transcurridos desde entonces, se han publicado cada vez más resultados de investigaciones que apoyan y validan las conclusiones originales de Zitelmann.

Ver también

Por qué Hitler adoraba la justicia social. (Jon Miltimore).

Hitler y Che Guevara, dos caras de la misma moneda. (Manuel Llamas).

Tener a Hitler para cenar. (Helen Dale).

Hitler, líder de la izquierda. (José Carlos Rodríguez).

Tener a Hitler para cenar

Por Helen Dale. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Si nadie se lo dijera antes de su visita, y no tuviera internet, no sabría que la Kehlsteinhaus, en el sureste de Alemania, fue en su día la casa de Hitler. No hay nada que evoque los mitos de la guerra.

Sin embargo, se daría cuenta de que es muy extraño. Se llega a través de un largo y atmosférico túnel al que sigue el ascenso en un ascensor chillón, dorado y parecido al de Trump. La arquitectura y el diseño interior son extraños, no se parecen a ningún estilo conocido. La chimenea, hecha de un extraordinario mármol rojo, parece haber sido atacada por buscadores ambulantes decididos a arrancar algunas gemas, por lo desconchada y mellada que está. La pared trasera de la chimenea está decorada con lo que mi padre solía llamar “bajorrelieve nazi”, algo ahora poco común, pero lo bastante identificable como para que la mayoría de la gente lo distinga del socialismo-realismo soviético, el futurismo italiano y el Art Déco. La fecha del centro también ayuda: 1938.

El Nido del Águila

Conocido fuera de Alemania como el Nido del Águila, el Kehlsteinhaus sólo acogió a Hitler en 14 ocasiones, debido a su odio a las alturas, al aire enrarecido de la montaña y al ascensor. Su supervivencia tras la guerra fue una excepción: Todos los demás edificios nazis del Obersalzberg han sido destruidos. El famoso escuadrón nº 617 de la RAF (“Los Dambusters”) comenzó el trabajo el 25 de abril de 1945. Lo que ellos no terminaron, lo hizo el Estado Libre de Baviera durante la década de 1950. (Por supuesto, no es que los Dambusters no quisieran arrasar el Kehlsteinhaus junto con todo lo demás. Simplemente no lo hicieron. En una época anterior a las municiones guiadas, incluso los Dambusters fallaron).

Los gobiernos alemanes de posguerra de todos los colores estaban desesperados por asegurarse de que la montaña no se convirtiera en una especie de extraño santuario nazi. En los años inmediatamente posteriores a 1945, buscadores de recuerdos y carroñeros rebuscaron entre las ruinas bombardeadas, con la esperanza de encontrar cosas como insignias de baja numeración de miembros del Partido Nazi, uniformes militares desechados y objetos de arte. Estos objetos, junto con los que las tropas aliadas habían saqueado durante y inmediatamente después de la rendición incondicional de Alemania, pronto aparecieron en los mercados negros dedicados a las antigüedades robadas.

Un restaurante y varios guías

Sin embargo, ni siquiera la voladura de los restos del Berghof (que Hitler adoraba y utilizaba mucho, probablemente porque no estaba a dos mil metros de altura) y de su chalet cercano favorito detuvo a los turistas y buscadores. Trozos de mármol rojo de la chimenea de la Kehlsteinhaus, arrancados a martillazos por las tropas americanas en 1945, aparecieron por todo el mundo, como pedazos de la Única Cruz Verdadera en la Europa anterior a la Reforma. El gobierno de Baviera se había quedado bloqueado.

Se produjo un cambio de enfoque. El Nido del Águila no sólo se protegió -las tropas estadounidenses que fueron sorprendidas dañando la chimenea acabaron con una carga-, sino que se dejó intacto, tal y como Martin Bormann y Gerdy Troost lo diseñaron y pretendían. Ahora es un restaurante, con espectaculares vistas a las montañas y una población residente de chovas alpinas: pequeños y audaces córvidos con picos de color amarillo mirlo y un amplio repertorio de expertas acrobacias aéreas (actúan para merendar). Por supuesto, guías externos dirigen visitas no oficiales (discretas) dedicadas a su pasado nazi, y una serie de discretas imágenes de época en la pared de la terraza esbozan su historia.

Decoración nazi

Una de las fotos muestra al Führer en una tumbona, con el mismo aspecto que los turistas alemanes de los famosos anuncios de cerveza británicos. Es aquí donde uno se entera de que Hitler odiaba el ascensor dorado -es tan luminoso que resulta difícil fotografiarlo- porque lo consideraba peligroso. Decía a todo el mundo que el mecanismo de la parte superior era vulnerable a la caída de un rayo. En esto tenía razón: Bormann ocultó dos impactos directos que tuvieron lugar durante la construcción.

Mientras que el ascensor de Hitler puede parecer una Tardis brillante -en consonancia con el tropo de que los dictadores no se escatiman, aunque hoy en día prefieran los lavabos dorados-, el resto del Nido de Águila es de buen gusto, aunque un tanto peculiar, precisamente porque su estilo y sus motivos no tienen herederos. En algún universo alternativo, los Aliados unieron sus fuerzas con la Alemania de Hitler contra la URSS y los estudiantes de diseño de todo el mundo bromean sobre la “decoración nazi” en lugar de las “monstruosidades soviéticas”.

Y aun así, los turistas vienen, la mayoría de ellos no por las vistas. Aunque no es un santuario nazi, el Nido del Águila sigue siendo una pieza del oscuro patrimonio a la vez desagradable y difícil de manejar.

Generaciones dañadas

Las dificultades del gobierno bávaro para gestionar su pasado son, en mi opinión, ilustrativas de algo más amplio. Es difícil recordar bien la Segunda Guerra Mundial. La guerra rara vez es pura y nunca es sencilla. La Segunda Guerra Mundial no fue una excepción. La torpe y tacaña respuesta alemana en la hora de necesidad de Ucrania tiene sus raíces en una culpa nacional paralizante y en un fallo de la memoria histórica.

Aquí resuena la afirmación del arqueólogo e historiador Neil Oliver de que somos hijos y nietos de “generaciones dañadas”. Nadie ha “superado” los años 1914 a 1945. En algunos aspectos, ese periodo demente y sanguinario fue una segunda Guerra de los Treinta Años. “Pensar que hemos superado esos años, esas consecuencias, es un error”, sugiere Oliver, y le preocupa -porque los últimos veteranos del primer conflicto del siglo XX ya no están y los del segundo están en peligro- que “ahora y siempre el Somme y Passchendaele sean mitos como las Termópilas, o Cartago”.

Mientras tanto, si eres británico, australiano, estadounidense o canadiense, la Segunda Guerra Mundial puede parecer lo que mi padre solía llamar (con gran ironía) “la guerra buena”. Mi padre era veterano de la Royal Navy. Proteger los barcos mercantes destinados al Reino Unido en su travesía por el Atlántico -como él hacía- era un bien sin paliativos.

Menciono Canadá porque un fallo de memoria es también lo que llevó al Presidente de su Cámara de los Comunes -probablemente con el conocimiento del Primer Ministro Justin Trudeau, a pesar de sus repetidos desmentidos- a invitar a un veterano de las Waffen-SS a la Cámara y a aclamarlo como un héroe de guerra.

Yaroslav Hunka, el héroe nazi

Dicho así, parece imposible, una locura. Cuando me lo dijeron por primera vez, no les creí. Ningún gobierno es tan tonto como para hacer eso, pensé, y menos el de la Canadá woke. Aclamado como alguien que “luchó contra Rusia”, Yaroslav Hunka, de 98 años, recibió una ovación bipartidista y los elogios del Presidente ucraniano Zelenskyy. Hunka es un veterano ucraniano de la 14ª División “gallega” de las Waffen-SS. Compuesta casi en su totalidad por voluntarios ucranianos, estaba al mando de una minoría étnica conocida como Volksdeutsche, hombres de ascendencia mixta ucraniana y alemana que hablaban ambos idiomas.

Todos nos hemos familiarizado con la idea de que Ucrania no es “parte de Rusia” desde el 24 de febrero del año pasado. Sin embargo, esa situación existe desde hace al menos décadas y probablemente siglos. En la (aproximadamente) mitad del país al oeste del río Dnipro, el nacionalismo ucraniano ha sido históricamente fervoroso. En cambio, la mitad (más o menos) al este del Dnipro siempre ha estado más cerca de Rusia cultural y lingüísticamente. Cuando (en la década de 1990) investigué y escribí The hand that signed the paper -con su escenario de “Ucrania occidental durante el Holodomor/Segunda Guerra Mundial”- admito que veía partición en el futuro del país.

Fin de la etnogénesis de Ucrania

La mala administración y la incompetencia de Putin en los trozos de Ucrania que Rusia conquistó en 2014, junto con las atrocidades más recientes, han acercado la mitad oriental del país a la mitad occidental, de tal manera que creo que es seguro decir que la etnogénesis de Ucrania ya se ha completado. Esto significa que goza del derecho a la autodeterminación tal y como lo concebían los liberales clásicos del siglo XIX.

Dicho esto, ¿cómo se explica lo de Yaroslav Hunka y otros como él? Después de la metedura de pata de Canadá, el mundo buscó en Google al de Galizia del 14, pero basta con escarbar un poco para descubrir todo tipo de colaboración ucraniana en algunos de los peores planes genocidas de Hitler. Busque “Trawniki Men” u “Operación Reinhard” si se atreve, y no diga que no se lo advertí.

Dicho esto, la razón principal de la colaboración ucraniana con la Alemania nazi -como el propio Hunka ha admitido en varios artículos escritos para su asociación de veteranos [en ucraniano]- era matar rusos. Y, en consonancia con las (entonces) divisiones lingüísticas y culturales del país, la mayoría de los colaboradores procedían de la Ucrania occidental, que se distinguía religiosa y lingüísticamente. Los ucranianos al este del Dnipro (y, por supuesto, todos los judíos ucranianos, incluida la familia de Zelenskyy) lucharon por la URSS. Varios líderes nazis también se quejaron de esto.

La alianza del Diablo

Pensaban que todo el país sería como la mitad occidental y se quejaban de la “pasividad” de ciudades orientales como Donetsk y Kharkiv. La opinión que me formé cuando escribí mi primera novela era que había buenas razones para que los ucranianos lucharan contra el imperialismo ruso y comunista (y más en general contra el marxismo, que es un dislate tóxico y genocida). El problema, por supuesto, era cómo esas razones llevaban a los nacionalistas ucranianos a una colaboración nazi generalizada y destructiva. El nazismo era un disparate tóxico y genocida similar.

El error de Canadá, por tanto, tiene sus raíces en las complejidades y exigencias de la guerra: los aliados occidentales tuvieron que hacer causa común con la URSS, un gran imperio con un gobierno tan asesino y trastornado como el de Berlín.

Rusia y varias “naciones cautivas” (incluida Ucrania) fueron gobernadas por una tiranía salvaje que mató a más ciudadanos durante la década de 1930 de los que logró la Alemania nazi al amparo de la guerra. Mientras tanto, Stalin se repartió Polonia con Hitler en 1939, un acuerdo que el historiador Roger Moorhouse llamó La alianza del Diablo en su libro sobre el Pacto Molotov-Ribbentrop. Si eras polaco y luchabas contra los rusos en 1939-1940, probablemente eras un héroe de guerra.

Holodomor

Los nazis también engatusaron a los ucranianos, prometiendo a los dirigentes del país que Alemania apoyaría la independencia de Ucrania. Hitler, por supuesto, no hizo tal cosa: veía a los ucranianos como eslavos racialmente inferiores, aptos sólo para la servidumbre. Alemania ni siquiera puso fin a la monstruosa colectivización forzada de Stalin (que contribuyó significativamente al Holodomor de Ucrania en 1931-1933). Sólo cuando los subordinados de Himmler lo persuadieron de que los ucranianos occidentales eran arios, la política nazi hacia Ucrania comenzó a cambiar, y sólo en formas que facilitaron a Alemania el uso de reclutas ucranianos como carne de cañón y de civiles ucranianos como mano de obra esclava.

Más tarde, mientras los ejércitos de Stalin violaban y asesinaban a lo largo de Europa del Este en 1944-1945, las tropas soviéticas eran seguidas por todas partes por batallones de policías secretos dispuestos a fusilar a los disidentes locales, por no hablar de los aterrorizados muchachos campesinos que huían del frente.

Una espada ceremonial para Stalin

Si la guerra fue una cruzada contra la barbarie -una “buena guerra”- es difícil explicar que el Reino Unido forjara una espada larga ceremonial cubierta de joyas como regalo de guerra para José Stalin, o la observación de Churchill de que, “si Hitler invadiera el Infierno, yo haría al menos una referencia favorable al Diablo en la Cámara de los Comunes”. La alianza soviética sólo es inteligible y defendible en el contexto de una guerra tanto por la supervivencia nacional como por el interés nacional. Es menos aceptable si concebimos el conflicto como una gran batalla del bien contra el mal.

Por desgracia, la reconfiguración de nuestra memoria colectiva de la Segunda Guerra Mundial -es decir, la reconfiguración de los acontecimientos de la guerra para contar una simple historia de victoria sobre el fascismo en nombre del liberalismo y los derechos humanos- está ahora tan extendida que cualquiera que haya luchado contra la tiranía por cualquier motivo puede ser considerado un héroe. Y creo que eso es lo que explica la ovación que recibió Yaroslav Hunka en Ottawa.

No hay guerras buenas

Los acontecimientos históricos de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial no son unívocos. No dicen una sola cosa. Baviera sigue luchando contra esta realidad, mientras que el bochorno de Canadá se debe a una memoria popular ahistórica y politizada de ese gran conflicto. Esto, por supuesto, se une a la creencia de que la causa de Ucrania en su actual guerra de necesidad contra Rusia es siempre y en todas partes “una buena guerra”. A la Wokery, de la que Canadá está particularmente aquejada, también le gusta hacer juegos de moralidad del pasado. El pasado -en la persona de Yaroslav Hunka- se negó a cooperar.

“Espera, ¿la casa de Hitler es un lugar turístico?”, me preguntó un asombrado interlocutor en Twitter después de que compartiera fotos del llamativo ascensor del Nido del Águila, a lo que la única respuesta razonable fue “más o menos”. Baviera lleva lidiando con la incómoda realidad de albergar la casa de Hitler desde 1945, mostrando una incoherencia comprensible. Canadá fue el país que más cerca estuvo (en 2023) de invitar a Hitler a cenar a casa.

He escrito dos veces para Law & Liberty sobre por qué creo que Ucrania está del lado del bien en este conflicto. Sin embargo, lo correcto y lo bueno no son lo mismo. Es posible hacer cosas malas por una buena causa. Es posible hacer cosas buenas por una causa mala. Es posible resistir a la tiranía por malas razones y por una mala causa.

Y no hay “guerras buenas”, sino guerras malas y menos malas.

Ver también

¿Por qué Hitler invadió la URSS? (Fernando Díaz Villanueva).

Nacional socialismo: creían que eran libres

Así se titula el ensayo (Gatopardo, 2022) de Milton Mayer a propósito del nacional socialismo en Alemania como un estudio de fenómeno de masas que el autor trabajó en los años cincuenta, después de que este fenómeno, que alcanzó su cúspide entre 1933 y 1945, hasta la derrota del Tercer Reich, cuando parecía, o así entonces se pudo haber creído, que aquellos efectos en las conciencias ciudadanas habían reaccionado y reflexionado acerca de las consecuencias del nazismo, no solo en la Alemania o la Europa de entonces, sino en el mundo entero y en la vida misma de los ciudadanos.

Ciudadanos que no eran diferentes a otros

Ciudadanos alemanes que no eran realmente distintos de otros ciudadanos europeos. Desde obreros de clase sencilla (ténganse en cuenta el grado de elitismo que definía la sociedad alemana en los años de la postguerra y antes del conflicto bélico), hasta intelectuales, profesores o policías, que representaban la esencia, en cierta medida, y la realización de la alta cultura alemana en aquellos años, se vieron influidos, persuadidos o seducidos por un fenómeno que cambio el mundo para siempre.

La articulación dialéctica del hitlerismo que penetraba en una sociedad arrastrada por los traumas de la Gran Guerra, calaba de forma sigilosa, casi de forma imperceptible en cuanto a sus efectos posteriores, en la conciencia de la gente. Ésta afirmaba más su convicción en la idea genérica que representaba la mejora de la vida individual y colectiva. Esa convicción estaba por encima de ideologías que los ciudadanos no veían materializadas en su quehacer diario ni las comprendían. Ideas que probablemente no compartían ni sobre las cuales se veían identificados, más allá de un nacionalismo y un racismo (respecto a lo que llamaron problema judío) que formó parte de una Alemania que se sometía a los designios del Kaiser.

La frustración

La política siempre es relevante, pero la idea de la política cobra especial importancia en momentos de la historia en los que se juegan grandes cosas y en los lugares donde existe un terreno fértil para promover un totalitarismo que acaba con el concepto de libertad con el que, en ese preciso momento, el individuo y la sociedad se ven reconocidos. En ese contexto, la democracia depende de la idea que cada cual tiene respecto de ella. El crecimiento económico, el desarrollo, las oportunidades, el dinero o la propia libertad no dependen, entonces, del propio sistema político en el que se desenvuelve la sociedad, sumergida en el hálito del dogmatismo, la insatisfacción y el odio.

Este contexto se podría definir, tal como puede ocurrir hoy en día: El repudio de la clase política producido por la corrupción y la inseguridad. El rechazo al sistema de partidos y la representación provocada por el incumplimiento de las promesas políticas de los representantes. La creación interesada del enemigo externo –es más cómoda la idea de la imputabilidad externa que la introspección: llámese bolchevique o judío–. O la frustración general de una generación que había experimentado la crisis de una idea de sociedad que solo permanencia en el recuerdo o era una simple anécdota, no por ello justa, igual y próspera para todos.

Nacional socialismo: el señuelo de la política

Hay cuestiones en la vida de los seres humanos y su entorno que no cambian. Cuando el nazismo empieza a ganar más y más adeptos y conquista el poder en 1933, pocos tenían una idea de lo que el hitlerismo significaría para Alemania y el mundo. Las personas piensan todos los días en sus propios problemas, en su día a día, en las cosas que ven, perciben y ocupan parte de su tiempo y sus pensamientos, familia, amigos, trabajo, no en aquellas que son extraordinarias y que se escapan de su reflexión cotidiana.

En definitiva, el individuo piensa en lo primero que ve frente al espejo cuando se levanta cada mañana, y lo anormal sería que no fuese así. El nazismo significó para la gran mayoría de la gente estabilidad, empleo, seguridad, un estatus social y hasta una nueva identificación con lo que Alemania representaba, después de la Primera Guerra Mundial, para Europa y el mundo.

Conversaciones con nacional socialistas

El ensayo es un análisis de un compendio de conversaciones que el autor tuvo con diez ‘amigos’ alemanes, todos ellos afiliados al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, que habían vivido los días de la guerra en un pequeño pueblo que fácilmente podría ser el microcosmos de toda una nación. En los debates que tiene surgen respuestas, otras veces no, a preguntas que hoy podrían parecer obvias, pero que muestran en primera persona cómo en una sociedad puede una ideología llegar a influir de tal modo que no exista un antes más allá que del que los dirigentes hayan impuesto y un después carente de reflexión.

Muchas cosas han cambiado desde entonces, por supuesto que a través de los años la sociedad alemana fue capaz de superar un trauma que condicionó a generaciones de ciudadanos que llegaron a la conclusión de que lo que se había hecho se pudo evitar o lo que se había llegado a cometer, estaba mal. Una de las causas de esta ceguera o de la facilidad con la que se tradujo el adiestramiento colectivo fue la resolución de carencias y necesidades de una sociedad adormecida en un letargo de pasividad y falta de advertencia.

Más conectados, pero más excluidos

Porque en el mundo en el que vivimos, volátil, lleno de constantes vuelcos, cuya rapidez no se compara con la modesta velocidad con la que se producían cambios políticos y sociales cincuenta años atrás, nos interpela sobre muchas cuestiones. Algunas de ellas son la democracia, la libertad y los valores que al ser humano le identifican como tal, hoy todos estos principios o ideas en cuestión.

La tecnología, la inteligencia artificial, la rapidez con la que avanza el mundo nos han hecho, paradójicamente, seres cada vez más excluidos, aislados e indiferentes. Por ello, quizás ahora más que nunca el precio de la libertad sea la eterna vigilancia, dado que, tal como establece el autor, unos hombres que ignoran que son esclavos ignoran que son liberados cuando esto ocurre.

Cuando un liberal clásico se enfrentó al terror nazi

Samuel Gregg. Este artículo ha sido originalmente en Law & Liberty.

Hace noventa años, Adolf Hitler juró su cargo como Canciller de Alemania. El 30 de enero de 1933 sería considerado por los nacionalsocialistas alemanes como el Machtergreifung: el día en que los nazis tomaron el poder y empezaron a enviar a la República de Weimar a la tumba.

Hitler nunca ocultó su intención de atacar a quienes consideraba sus enemigos una vez consolidado su control del poder. Así, un joven profesor de economía alemán pronunció una conferencia pública en Fráncfort del Meno, tan sólo ocho días después de que Hitler asumiera el poder, en la que dejó clara su oposición al nuevo gobierno.

Wilhelm Röpke ya era conocido como un abierto crítico del nazismo. Incluso había hecho campaña personalmente contra el Partido Nazi. “Seréis cómplices”, escribió en un panfleto electoral de 1930, “si votáis nazi o a un partido que no tiene reservas en formar gobierno con los nazis”. Ese “o” punzante era un disparo a las élites políticas y militares conservadoras que, tres años más tarde, permitirían a Hitler llegar al poder con la ilusión de que podían controlarle.

A Röpke no le habría resultado difícil adaptarse a las realidades políticas alemanas posteriores a enero de 1933. Para empezar, no era judío. Además, Röpke era un veterano de combate condecorado que había servido con distinción en las trincheras del Frente Occidental. Joven y atlético, incluso parecía el übermensch ario ensalzado por la ideología nazi. A los 24 años, Röpke se había convertido en el catedrático más joven de Alemania y en 1933 su fama como economista se había extendido por toda Europa. Si Röpke hubiera estado dispuesto a transigir, podría haber llegado lejos bajo el nuevo régimen. Sin embargo, la conferencia de Röpke de febrero de 1933 indicó que no iba a ceder. A partir de ese momento, no tuvo futuro en el Tercer Reich.

Fin de los tiempos

Cuando los nazis accedieron al poder en 1933, el efecto no fue de consternación masiva por parte de los que tenían recelos. Incluso el grupo representativo judío alemán más importante, la Asociación Central de Ciudadanos Alemanes de Fe Judía, sostenía que, a pesar del feroz antisemitismo de los nazis, “nadie se atrevería a tocar [sus] derechos constitucionales”.

En su conferencia del 8 de febrero, Röpke demostró que no se hacía tales ilusiones. Titulada “Epochenwende” (Fin de una era), la conferencia de Röpke explicaba con precisión por qué la entrada de Hitler en la Cancillería representaba algo totalmente distinto a un cambio normal de gobierno. El triunfo del nacionalsocialismo constituyó, afirmó Röpke, una derrota de la razón y la libertad. El movimiento nazi, dijo a su audiencia, con su desnuda apelación a los “estados de ánimo y las emociones” y su constante invocación al “mito”, la “sangre” y el “alma primordial”, no dejaba espacio para tales cosas.

Röpke insistía en que no sólo se inculcaban “la estupidez y el estupor” de un modo que no tiene descripción; “todo acto inmoral y brutal”, observaba, “está justificado por la santidad del fin político” para los nazis. Las amenazas de destruir grupos enteros – “judíos en Alemania” y “enemigos hereditarios de todo tipo”- no eran, argumentaba Röpke, mera retórica diseñada para azuzar el resentimiento populista que se archivaría discretamente una vez que los nazis tomaran el poder. Röpke sabía que formaba parte integrante de todo el proyecto nacionalsocialista.

El liberalismo como civilización

La conferencia de Röpke, sin embargo, fue más allá de enumerar todos los problemas profundos del movimiento nazi. También trató de identificar la esencia de lo que los movimientos altamente ideológicos de derecha e izquierda que entonces luchaban por el poder en toda Europa querían aniquilar. Aquí llegamos a la segunda dimensión de la conferencia de Röpke: su defensa del liberalismo.

Por liberalismo, Röpke no entendía los partidos liberales de la Alemania de Weimar que habían sido expulsados por los comunistas alemanes a su izquierda y los nacionalsocialistas a su derecha. Tampoco pensaba en los pensadores y movimientos liberales que ejercieron una influencia considerable en la Europa del siglo XIX. “La rebelión actual contra el liberalismo”, declaró Röpke, “no es una mera rebelión contra los ideales y modos de pensamiento perecederos del siglo XIX”. El liberalismo “no debe equipararse al liberalismo político o económico de ese siglo”. Con esto, Röpke tenía en mente el capitalismo industrial y figuras como el primer ministro liberal británico, William Gladstone.

En cambio, el liberalismo servía en la conferencia de Röpke como sinónimo de la integración de las ideas, la cultura y las instituciones grecorromanas, judías y cristianas y de la Ilustración que, en su opinión, constituían la civilización de Occidente. Röpke sostenía que el nazismo -y el bolchevismo- debía reconocerse como una insurrección contra ese particular conjunto de conceptos, expectativas e instituciones.

Como distinguido economista del libre mercado, Röpke era muy consciente del papel desempeñado por la hiperinflación que había socavado económicamente y radicalizado políticamente a parte de la clase media alemana a principios de la década de 1920, así como de la Gran Depresión en la propulsión del Partido Nazi al poder. “La actual crisis mundial”, dijo, “supera todos los estándares del pasado”. La recesión económica que comenzó en 1929 había conducido a Alemania al abismo político al hacer añicos la relativa estabilidad que Weimar había alcanzado en 1926.

Sin embargo, Röpke no era ni un determinista económico ni un materialista filosófico. La situación política en la que se encontraba Alemania no debía entenderse, según él, como la entrada del país en “una nueva era histórica” del tipo predicho por la dialéctica marxista.

La causa más profunda de que muchos alemanes abrazaran a los nazis, en opinión de Röpke, era el vuelco de los que él llamaba “las masas”, pero también de un buen número de profesores, contra valores muy específicos en nombre del “despertar de Alemania” y de la “purificación del alma alemana”. Los delicados y sofisticados acuerdos del capitalismo y el constitucionalismo liberal, argumentaba Röpke, se basaban en algunos fundamentos decididamente no materialistas que muchos alemanes habían sido persuadidos a rechazar o nunca habían interiorizado realmente.

Individualidad, libertad y razón

Una de las premisas del liberalismo a la que Röpke prestó especial atención en su conferencia fue la individualidad de cada persona. El liberalismo, dijo, implica una creencia en “la dignidad humana de cada individuo” y “la profunda convicción de que el hombre nunca debe ser degradado a un objeto”. Por eso, decía Röpke, el liberalismo rechazaba la opresión de las personas por su raza o religión. Era imposible una concepción coherente de la tolerancia sin una afirmación de principio de la dignidad inherente a cada individuo, sobre todo porque excluía tratar a los oponentes políticos como “enemigos” que pertenecían a un grupo diferente y que, en última instancia, tendrían que ser reducidos a la condición de no ciudadanos o expulsados del cuerpo político.

No era casualidad, argumentaba Röpke, que los nacionalsocialistas lo sumergieran todo en la Volksgemeinschaft (“comunidad popular”, “comunidad folclórica” o “comunidad racial”). Para los nazis, lo importante era el grupo: en su caso, el colectivo racial.

En cierto modo, ésta era la alternativa nazi al énfasis de los comunistas alemanes en la propia clase por encima de todo. No era por ociosidad que los miembros del partido nazi se dirigían unos a otros como “camarada”. Sin embargo, del mismo modo que la obsesión por la identidad de clase del marxismo pulverizaba cualquier preocupación por el individuo, la fijación nazi por la raza desechaba el concepto del valor intrínseco de cada persona como palabrería burguesa.

Para Röpke, la defensa del individuo estaba ligada a otras dos ideas que el liberalismo, tal y como él lo entendía, enfatizaba. Una era la prioridad de la libertad. Por libertad, Röpke entendía algo más que “estar libre de algo”. La libertad también implicaba ser “libre para algo”. Ese “algo”, decía, era nada menos que la “civilización”, “el aire mismo” sin el cual “no podemos respirar”.

Así pues, la libertad en este sentido iba unida a lo que Röpke llamaba la creencia en la razón. Y la razón bien entendida, para Röpke, iba mucho más allá de la racionalidad empírica y los cálculos de utilidad. En última instancia, la razón se refería a “la búsqueda absoluta de la verdad”. Si las sociedades querían ser libres, añadía, tenían que “aceptar la razón como denominador común”. Porque la razón, combinada con el respeto a la libertad y a la dignidad de cada individuo, era indispensable para el constitucionalismo liberal y el Estado de derecho que inhibían el tipo de poder arbitrario que los nazis llevarían a nuevos niveles. Violar el Estado de derecho, subrayó Röpke, era comportarse de un modo intrínsecamente irrazonable, entre otras cosas porque implicaba invariablemente optar por tratar a los individuos como cosas y aplastar su libertad. Ahí estaba el camino hacia el “servilismo” y el “Estado total”.

Pero, ¿dónde situó Röpke en última instancia las raíces de estas ideas liberales? Es significativo que Röpke no apuntara inmediatamente a la filosofía kantiana, tan influyente entre los pensadores liberales alemanes de su época. En su lugar, instó a su audiencia a mirar, en primer lugar, a “la Stoa griega y romana” (filósofos estoicos), luego “el cristianismo”, el posterior desarrollo de la “ley natural” y, finalmente, el pensamiento de la Ilustración, todos los cuales, en conjunto, rechazaron “el principio de violencia en favor del principio de razón”. Desde este punto de vista, explicó Röpke, “el liberalismo tiene al menos dos mil años de antigüedad”. Uno sospecha que Röpke había estado leyendo a Lord Acton.

Aquí encontramos, argumentaba Röpke, “la esencia de la civilización”. Es lo que da origen “al concepto de la civis, el ciudadano, y sirve para hacer posible la civitas, la comunidad, la convivencia”. Tal sentido civilizatorio, afirmaba Röpke, tenía que conformar “el sentimiento natural” que “llamamos amor a nuestro país”. El verdadero patriota alemán no podía pretender que la alta cultura alemana, de la que el propio Röpke era un producto ejemplar, pudiera de algún modo desvincularse de unas raíces que “llegan hasta Atenas, Roma y Jerusalén”. Del mismo modo que “el nacionalismo económico conduce al empobrecimiento material”, sugería Röpke, “el nacionalismo cultural conduce tan ineludiblemente al provincianismo”.

Exilio y reivindicación

Todo esto era un anatema para los hombres que juraron su cargo ante el Presidente Paul von Hindenburg en enero de 1933. A los nacionalsocialistas no les interesaban ni la razón ni el individuo, y mucho menos la libertad tal y como la entendía Röpke. Personificaban lo que Röpke denominó el “antiliberalismo imperante”, caracterizado por “la palabrería, los eslóganes . . la glorificación de la acción directa, la violencia en el trato con todos los que tienen opiniones diferentes, el chusmerío en todos los ámbitos, la retórica vacía y los efectos escénicos engañosos”. Tal antiliberalismo, dijo, “pisotearía el jardín de la civilización europea”. Eso fue, finalmente, lo que hizo el nacionalsocialismo, personificado por el intento del régimen de borrar al pueblo judío de la faz de la tierra.

Esta oscuridad, sin embargo, estaba en el futuro. El problema inmediato de Röpke en 1933 fue la determinación del nuevo gobierno de actuar contra quienes todavía estaban dispuestos a expresar una oposición abierta al nazismo.

En el caso de Röpke, las autoridades universitarias no tardaron en actuar. Más del 50% de la ciudad de Marburgo había votado a los nazis, superando la media nacional en un 16,1%. La mayoría de los estudiantes de la universidad de Röpke apoyaban fervientemente al partido nazi. El 7 de abril de 1933, el rector de la Universidad de Marburgo invitó a dimitir a los miembros del claustro universitario conocidos por su apoyo a la República de Weimar. Era claramente un mensaje para Röpke. A continuación, un miembro nazi del Landtag prusiano, Hans Krawielitski, escribió directamente al nuevo ministro de Educación, denunciando a Röpke por su “actitud antinacional” y como “peligro para los jóvenes académicos alemanes”. Krawielitski también pidió el boicot de las clases de Röpke y su despido inmediato. Ya no se le podía considerar “un profesor alemán”.

Inicialmente, Röpke fue suspendido de la docencia. Después, a pesar de los esfuerzos de sus amigos en las altas esferas por protegerle, Röpke fue jubilado a la fuerza el 28 de septiembre de 1933, en virtud del artículo 4 de la nueva ley de reorganización de las instituciones estatales. Röpke había partido al exilio varios meses antes. Pero la ruptura entre Röpke y la nueva Alemania se había consumado.

Quince años después, Röpke se encontraba en una posición privilegiada para reorientar la economía alemana y alejarla del corporativismo duro y del intervencionismo generalizado al que la había conducido el régimen nazi. Pero junto a su insistencia en la necesidad de adoptar una economía de mercado, Röpke invirtió el mismo tiempo en explicar por qué su país y Occidente (en general) debían adoptar el liberalismo basado en la civilización que había defendido en su conferencia de febrero de 1933. Röpke creía claramente que eso era esencial para que la era que prevaleció en Alemania entre 1933 y 1945 no volviera a ver la luz del día y para resistir la amenaza comunista.

En nuestra época de servilismo rastrero, wokeísmo, amiguismo desenfrenado, políticas de identidad, maniqueísmo amigo-enemigo y, en algunos casos, nihilismo absoluto en todo el espectro político, es sin duda un mensaje que merece la pena considerar hoy.

La economía nacionalsocialista y el supuesto milagro alemán

El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler se hace con el poder total en Alemania. Tras la Primera Guerra Mundial, Alemania había quedado devastada económicamente. Las duras condiciones impuestas por los aliados en el Tratado de Versalles y la posterior crisis provocada por el crac de 1929 en la bolsa estadounidense dejaron a una Alemania con 6 millones de parados en 1932, y con una tasa de desempleo del 43,8%. En 1933 Alemania no tenía ejército, las imposiciones de los aliados tras la Gran Guerra únicamente permitían a Alemania tener 100.000 soldados, y no podían contar con marina de guerra ni aviación. Por si fuera poco, Alemania estaba enormemente endeudada, ya que tenía que pagar las reparaciones de guerra a los aliados, pero el régimen nacionalsocialista paralizó el pago de estas reparaciones.

El primer objetivo de Hitler será rearmar Alemania, pero como dijo Napoleón, para hacer la guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y dinero. Por aquel entonces, el dinero es lo que más escaseaba en Alemania. Pero para hacer la guerra también era necesario acero, hierro, carbón, petróleo, caucho, productos químicos, ingenieros… Alemania disponía de muchos de esos recursos, pero era necesario pagarlos. Necesitaban una fuerte inversión inicial y no podían subir los impuestos, tampoco se podía realizar un aumento de la oferta monetaria porque produciría inflación. Los nacionalsocialistas no tenían dinero, pero vieron una solución sencilla, inventárselo.

El artífice fue Hjalmar Schacht, político y financiero alemán, ministro de economía del Tercer Reich entre 1934 y 1937. Schacht inventó lo que se denominó letras Mefo. La Mefo era una sociedad pantalla con un capital de un millón de marcos imperiales que habían aportado las grandes empresas metalúrgicas. Mefo no producía nada, no contrataba a nadie, no tenía ninguna fábrica. El Estado, a priori, no se endeudaba, pero la convertibilidad del dinero quedaba garantizada a posteriori por el banco central. A las empresas que estaban contribuyendo al rearme se les pagaba a través de pagarés producidos por Mefo. Lo único que generaba Mefo era deuda, pero una deuda invisible para el resto de los países de Europa. Los pagarés inspiraban confianza a las grandes empresas, la deuda de Mefo se convirtió en una moneda paralela reservada al sector armamentístico.

Schacht, que era director del Reichsbank, prometía cambiar las deudas por efectivo con unas tasas de interés muy bajas, por lo que prácticamente estaba emitiendo efectivo, fue un método que sirvió para introducir liquidez en la industria armamentística. En 1934, de los 4.000 millones de reichsmark introducidos en el rearme alemán, menos de la mitad aparecían en los presupuestos. Aunque muchos de los grandes industriales se aliaron con el Estado alemán para conseguir privilegios, muchos otros también se mostraban reacios a las políticas de Hitler, ya que veían que podían poner en peligro su relación con los países aliados y, por lo tanto, el intercambio comercial entre ellos.

La política económica de Hitler tenía la intervención en el mercado como pilar fundamental, aunque no era una economía planificada al estilo soviético, ya que se respetaba la propiedad privada de los medios de producción, pero el peso del Estado en la economía era mayúsculo. Uno de los mayores ejemplos de esta política fue el programa de infraestructuras que llevo a cabo el régimen para reactivar la economía, una política keynesianista antes de Keynes. Se eliminaron todos los sindicatos y se encuadró a las estructuras de trabajo en un sindicato único, el Frente Alemán del Trabajo. La economía, por tanto, estaba supeditada a los intereses políticos de Hitler.

En 1936 el paro había descendido a 800.000 personas, y entre 1933 y 1938 el PIB alemán aumentó un 50%, lo cierto es que son cifras espectaculares, pero ¿era sólido ese crecimiento económico? Lo cierto es que no. En 1934 un hogar de clase trabajadora gastaba el 50% de su presupuesto en comida, bebida y tabaco. Los salarios se congelaron, el alemán medio tenía más dinero para gastar, pero lo cierto es que no había nada en que gastarlo, el Estado obligaba forzosamente a ahorrar a sus ciudadanos, dándoles la esperanza de que podrían conducir un Volkswagen en poco tiempo, pero lo cierto es que hasta la década de los 50, muy pocos podrían hacerlo. El rearme supuso una satisfacción psicológica pero no económica para el alemán medio.

El nacionalsocialismo basaba su sociedad en la idea de guerra, Alemania tenía pocas materias primas en su territorio por lo que necesitaba divisas para comprarlas en el exterior. Schacht comenzó a inquietarse porque debía devolver los bonos Mefo y era imposible continuar con ese ritmo de producción. Decidió, por lo tanto, frenar el rearme y pagar las deudas, defendía una política nacionalista, un rearme y desarrollo económico, controlando a las potencias extranjeras, pero sin llegar a ningún conflicto. Schacht entró en disputa con Hermann Göring, uno de los pesos pesados de la cúpula de poder nazi. Göring quería continuar con el rearme masivo, en cambio, Schacht creía que esa política llevaría a Alemania a una guerra, que, en efecto, es que lo que sucedería.

Hitler destituyó a Schacht y dejó la economía en manos de Göring, fue nombrado jefe del segundo plan cuatrienal, y responsable del comercio, el control de precios, el intercambio de divisas y las inversiones; en definitiva, le dio el poder total de la economía alemana. Es entonces cuando se lanzó un plan para alcanzar la autosuficiencia, comenzará a llevar a cabo políticas autárquicas y a crear empresas con su propio nombre. Fundará un grupo empresarial para extraer mineral de hierro de baja calidad y nada rentable, además de producir caucho y gasolina sintética. Una tonelada de acero de las fábricas de Göring costaba el triple que una tonelada de Rumania o de la URSS, pero el Estado pagaba la diferencia y las subvenciones eran enormes.

Para el nacionalsocialista el gran enemigo no era el industrial o el trabajador, sino el financiero y el banquero, ligado evidentemente al antisemitismo. Por lo tanto, la economía nazi era una economía hostil al comercio y a las finanzas, para los nacionalsocialistas estos elementos no estaban anclados a la nación alemana, sino que pertenecían a una raza hostil como era la judía. Pero por mucho que odiaran el dinero, lo necesitaban, el ario no debía comprar, debía coger, el ario no debía pagar, debía robar, y en especial a la raza judía. En el verano de 1938 en Austria se abrió una oficina especial para cobrar unos altísimos impuestos a los judíos. Un ejemplo de expolio sin igual fue el de Göring, un amante empedernido del arte, robo más de 1.300 cuadros, 250 esculturas y más de 100 tapices cuyo valor actual es de miles de millones de euros.

Cuando comenzó la guerra se nombró a Fritz Todt como ministro de Armamento y Municiones del Reich y los bonos Mefo comenzaron a ser reembolsados gracias a la imprenta de billetes y los expolios de los países ocupados. Seguramente la Alemania nacionalsocialista ha sido el imperio más depredador de la historia, su economía necesitaba alimentarse de la guerra. El pillaje y el expolio era no solo necesario para el III Reich, sino legítimo, ya que la supuesta superioridad de su raza frente a las demás legitimaba el robo.

Los alemanes nunca pasaron hambre durante la guerra debido al pillaje: vivían a expensas del expolio de los territorios ocupados. Durante la guerra los salarios se mantuvieron estables, pero gran parte de los productos de consumo se dejaron de producir, por lo que el ciudadano alemán no podía tampoco gastar el dinero. Para pagar a los trabajadores se emitía dinero, pero al no gastarlo la inflación no se desbocaba. Aunque si bien es cierto, los ahorros de los alemanes y el pillaje no fue suficiente para financiar el enorme esfuerzo bélico.

Uno de los planes menos conocidos, pero más siniestros de la Alemania nazi, era el Plan Hambre, enmarcado en el Plan General del Este. Su lema era nahrung ist waffe, la comida es un arma, a partir de 1941 empezaron a someter a la población soviética a prácticamente una hambruna, los alimentos eran utilizados para sustentar al ejército o eran enviados a Alemania.

A mitad de la guerra, Todt es sustituido por Albert Speer, este será nombrado ministro de Armamento y Producción. La industria alemana era tremendamente ineficaz debido a la intervención del ejército y Speer creo una agencia central de planificación para distribuir materias primas. Se redujo y simplificó los modelos, pero aumentó la producción. A partir de 1942 el mercado desapareció y los precios se fijaron, la producción de armamento ascendió debido a la explotación de los trabajadores, entre 1940 y 1945 cerca de 13 millones de personas fueron obligadas a hacer trabajos forzados, Fritz Sauckel fue el encargado de esta cacería de trabajadores, los eslavos eran los más maltratados. Las aniquilaciones de judíos fue una pérdida de capital humano incalculable, la muerte de los judíos permitía alimentar a los trabajadores forzados, la muerte se convirtió en el motor de la economía nazi. Los industriales y jerarcas nazis alemanes estudiaban nutrición para saber cuántas calorías eran suficientes para tener trabajadores productivos, añadiendo o eliminando calorías a los trabajadores dependiendo de su productividad.

A partir de 1943 la producción ya no aumentaría, el régimen nazi juzgaba a los dirigentes de las fábricas que no cumplían con sus objetivos. Muchas empresas empezaron a enviar su propiedad intelectual a sus sedes en otros países, poniendo las bases para su posible recuperación tras la derrota en la guerra.

Tras finalizar la guerra, los ahorros que habían conseguido los alemanes fueron sacados de los bancos y se introdujeron en el mercado, comenzando así una enorme inflación, los alemanes sabían que era mejor arruinarse en el mercado negro para comer ese día que no guardar unos billetes que al día siguiente no valdrían nada. En 1945 el cigarrillo se convirtió en la verdadera moneda alemana. El régimen de Hitler supo inventar una economía, un sistema productivo y financiero organizado en torno a la depredación, el robo y la muerte.