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Etiqueta: Nayib Bukele

Sin anclaje en El Salvador

Por G. Patrick Lynch. El artículo Sin anclaje en El Salvador fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Un diagnóstico de cáncer pone patas arriba tu mundo y tu vida. Distorsiona la forma de ver la realidad y comprime el tiempo. Te obliga a sopesar alternativas y a tomar decisiones que la gente normal no tiene que tomar y que las circunstancias convencionales no dictan. La decisión de tratarlo, y en concreto de cómo tratarlo, implica no sólo lo que está disponible, sino lo que el paciente puede tolerar. Los pacientes de cáncer suelen estar débiles y heridos, y las herramientas de que disponen los médicos, a pesar de los notables avances recientes, son peligrosas y pueden ser letales.

La mayoría de las alternativas, como la radioterapia y la quimioterapia, no son un picnic. El principio general que subyace a ambos enfoques es que matar el cáncer significa matar muchas otras células y tejidos buenos por el camino. A menos que cualquiera de los dos tratamientos sea aplicado con mucho cuidado por profesionales bien formados que sepan lo que están haciendo, tengan compasión y comprendan los límites y niveles de tolerancia de sus pacientes, la medicina puede, posiblemente, ser tan mala como la enfermedad.

La violencia en El Salvador

El Salvador padece desde hace tiempo un cáncer social muy grave: un problema crónico de violencia y delincuencia. Clasificado durante mucho tiempo como el país más peligroso del hemisferio occidental, la vida cotidiana en El Salvador estaba dominada por las bandas criminales. Ahora la tendencia reflexiva en América Latina, no sin razón, es suponer que esto tiene que ver con las drogas. Y sin duda, en El Salvador hay narcotráfico.

Pero los delincuentes también se especializan, como los médicos, y el gobierno y la sociedad civil salvadoreños no habían sabido hacer frente a una marea creciente de bandas criminales que perseguían sus beneficios y su poder a la antigua usanza, mediante la extorsión, el secuestro, el robo y la violencia. Esto hacía muy difícil vivir en El Salvador, sobre todo para los trabajadores, la llamada “clase trabajadora”. Pagar al matón de la esquina para ir a trabajar sin que te peguen o te maten desgasta a la gente como el cáncer. Les obliga a aceptar una medicina dura que normalmente no considerarían. Pero esos tratamientos a veces pueden ser tan malos como la enfermedad.

Malentendiendo a Bukele

Nayib Bukele fue elegido presidente de El Salvador y comenzó a ejercer el cargo en 2019. Sus antecedentes son interesantes. Su familia estaba en la industria de la publicidad, y produjeron anuncios electorales para la coalición dominante del partido de izquierda. Antes de ganar la presidencia, fue elegido alcalde de la capital del país, San Salvador. Como alcalde, puso en marcha una serie de políticas para tratar de mitigar la delincuencia, que era con diferencia el tema más destacado para los votantes. Algunos de sus oponentes y ciertos miembros del Departamento de Estado estadounidense le acusaron de negociar con las bandas para reducir los niveles de violencia y mantener la paz. Cierto o no, siguió con su política de colocar cámaras de seguridad y luces por toda la capital. Pero ninguno de estos avances hizo mucha mella en la situación de la delincuencia.

Bukele era un alcalde popular e identificado como una estrella política nacional en ascenso, para disgusto de los miembros gobernantes de la coalición de izquierdas a la que pertenecía. Cuando expresó cierta ambición por la presidencia, su partido respondió atacándole y pasando de él para el cargo nacional. Finalmente fue expulsado de la coalición tras un conflicto bastante público y abierto con algunos de sus compañeros de partido.

Nuevas (viejas) ideas

Bukele es un oportunista y, viendo una oportunidad, creó un nuevo grupo político: Nuevas Ideas. La plataforma del partido se centraba en disminuir la influencia de las bandas, pero la mayoría de las propuestas eran relativamente mansas y convencionales. Proponía proyectos de obras públicas para jóvenes con el fin de reducir la participación en las bandas, aumentar el gasto público en educación y realizar esfuerzos redistributivos para reducir la desigualdad. Son el tipo de recetas normales que te darían los expertos de las agencias internacionales de desarrollo.

Su experiencia en relaciones públicas y sus habilidades políticas brillaron en la campaña presidencial de 2019. Utilizó eficazmente su expulsión del partido para distanciarse de él y de los otros partidos dominantes y dirigir una campaña de outsider que apuntaba al statu quo corrupto. Cuando obtuvo la mayoría de los votos, se convirtió en el primer “outsider” que ganaba el cargo desde mediados de la década de 1980.

Pero como presidente, dio un giro y empezó a atacar más agresivamente a las bandas. Sorprendentemente, las bandas de El Salvador tienen sus raíces en Estados Unidos. Los inmigrantes salvadoreños se involucraron en actividades ilegales en Estados Unidos y empezaron a establecer empresas criminales en su país. Mientras que Estados Unidos cuenta con un sistema jurídico y un mecanismo de aplicación de la ley bastante sólidos, El Salvador y la mayor parte de Centroamérica no. La vigilancia policial es deficiente, la sociedad civil es débil y el Estado de derecho es prácticamente inexistente. Las bandas prosperan, como una especie invasora.

Prisiones: cogestión de criminales y policías

Bukele comenzó su mandato intentando desbaratar las finanzas de las bandas y vigilando zonas bien conocidas donde éstas extorsionaban a los lugareños de todo el país. También retomó muchas de las propuestas de obras públicas que intentó como alcalde. Nada de eso resolvió el problema, así que Bukele decidió cambiar a una forma mucho más radical y agresiva.

Empezó a aumentar el armamento de la policía y el ejército y a cerrar las cárceles del país. Las prisiones son muy diferentes en América Latina que en el mundo occidental, como ha explicado muy elegantemente el economista de la Universidad de Brown David Skarbek en su libro The Puzzle of Prison Order (El rompecabezas del orden en las prisiones), en el que compara la forma en que se administran las distintas prisiones en el mundo.

Históricamente, en los países que carecían de la capacidad y los recursos estatales para tener prisiones “profesionales”, el encarcelamiento era una especie de coproducción bien dirigida por los guardias, pero también por los propios presos. Los presos no quieren vivir en el caos, así que tienen un incentivo para ayudar a organizar las instituciones. Sin embargo, esa autonomía tiene consecuencias naturales: los presos obtienen mucho más espacio para seguir realizando actividades delictivas dentro y fuera de sus celdas. En las prisiones surgen mercados y se crean fuentes de ingresos.

Cerrar las prisiones

Las cárceles de El Salvador no eran diferentes, así que Bukele decidió atacar el cáncer de las bandas “cerrando” las prisiones y limitando las visitas y los contactos con el exterior para cortar las fuentes de ingresos. Para ello se emplearon más funcionarios y tropas, y siguió desviando recursos a las fuerzas armadas y la policía para aumentar su capacidad y prepararse para algo más audaz en caso necesario.

También empezó a utilizar selectivamente las declaraciones de emergencia. Suspendió normas y protecciones constitucionales como tratamiento para esta enfermedad de las bandas. Se estaba gestando un conflicto, pero el escaso respeto por las reglas, las normas y los derechos civiles se estaba reduciendo.

Con el tiempo, las bandas estallaron en violencia y Bukele aprovechó la oportunidad para detener a decenas de miles de presuntos miembros de bandas en una redada nacional dirigida por sus militares y policías. Los metió en una prisión de nueva construcción que no se parecía a ninguna otra de la región. Apilados unos encima de otros y privados de la mayoría de sus libertades civiles, los presos han permanecido encerrados durante varios años.

Bukeke, un hombre popular

Sin embargo, como era de esperar, los índices de violencia y delincuencia en el país se han desplomado. El Salvador es ahora uno de los países más seguros del hemisferio y Bukele es una estrella de rock en su país. ¿Hasta qué punto es popular?

La Constitución salvadoreña prohíbe a los presidentes ejercer mandatos consecutivos. Pero el país se había acostumbrado a la idea de que Bukele estaba por encima de la Constitución, que, según la opinión general, había fracasado a la hora de gobernar eficazmente el país. El año pasado, un grupo de jueces del país dictaminó que podía presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales, y obtuvo una victoria aplastante, incluso en medio de las turbulencias políticas habituales para los políticos en activo en Latinoamérica. Las acusaciones de corrupción, las denuncias de negociaciones con las bandas, la pandemia de Covid e incluso la adopción del Bitcoin como moneda nacional no lograron disuadir a los votantes de reelegirle con una victoria aplastante.

Historia de un hombre fuerte

Esta misma semana, su partido, que obtuvo una mayoría absoluta en la asamblea legislativa salvadoreña. Ha votado a favor de permitir cambios más rápidos en la Constitución. Esto, en la práctica, dará a Bukele más autonomía y poder para dar forma a las normas vigentes del sistema político del país. No se excluye la posibilidad de que modifique la constitución para presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales y permanecer indefinidamente en el poder.

El gran filósofo estadounidense Alfred E Neuman era famoso por su expresión que se resumía en la frase “What, me worry?”. Apareció en la portada de Mad Magazine posando en diversas situaciones de crisis. Muchos salvadoreños, y aquellos de la derecha estadounidense que actualmente son “fanboys” de Bukele, sin duda están pensando lo mismo ahora. Enfrentado a un Estado fallido y a una crisis social, parece haber surgido un líder político heroico para salvar a su nación a pesar de las críticas de las organizaciones internacionales y de los grupos de defensa de los derechos humanos, los mismos grupos que la derecha estadounidense y muchos latinoamericanos ridiculizan. Bukele parece la solución perfecta a un grave desafío al que se enfrenta la región.

Los peligros de la quimioterapia

Pero aquí es importante recordar los peligros de los tratamientos de quimioterapia no supervisados. América Latina tiene una larga historia de oncólogos políticos que creían que, libres de las limitaciones de las constituciones y las convenciones sociales, podían llevar a sus naciones a diversos extremos de felicidad y éxito. En muchos sentidos, todo empezó con el padre fundador más famoso de América Latina, Simón Bolívar, a quien le importaban poco las instituciones y la ley y más la fama y el éxito militar. Durante mucho tiempo se ha valorado más al gran hombre que al Estado de derecho.

Entre los seguidores más recientes de Bolívar se encuentran personas como Juan Perón y más tarde los Kirchner en Argentina, que han destruido la economía y el sistema político de esa nación. En Venezuela, Hugo Chávez y su sucesor Nicolás Maduro prometieron un renacimiento mágico una vez que se deshicieran de las normas y restricciones políticas de la nación. Y ahora el país sufre índices de pobreza más elevados, una población carcelaria abultada y una inflación galopante. En Centroamérica, Daniel Ortega ha estado en el poder en Nicaragua durante décadas de forma intermitente, con escaso respeto por las normas y las instituciones.

Algunos en la derecha podrían señalar a Augusto Pinochet como contraejemplo. Pero Pinochet fue un individuo horrible que cometió altos crímenes junto con violencia política y asesinatos. Puede que haya contribuido a fomentar una conversión hacia la economía de mercado, pero sólo a un precio muy alto. ¿Merece la pena ese precio, incluso si se compara con un Estado dirigido por bandas sin una policía eficaz ni orden social?

No es la solución a nada

Es fácil entender por qué tanta gente de derechas se ha enamorado de Bukele. Ellos también carecen del respeto básico por las normas y las instituciones. Al igual que él, carecen en gran medida de un conjunto coherente de ideas o filosofía. El poder bruto y la fe en los “grandes individuos” parecen ser sus únicos puntos de vista coherentes. El aumento del desprecio por las élites y los expertos políticos tras la crisis financiera y los cierres de Covid ha encajado con el miedo a la inmigración, la delincuencia y el desorden. Bukele parece un prototipo para ellos, y están desmayados.

Pero los que estamos en el centro razonable deberíamos desconfiar mucho de alternativas como Bukele. En conversaciones privadas con personas que tienen conexiones con la comunidad empresarial salvadoreña, he oído muchas historias de Bukele haciendo favoritismos y persiguiendo a sus enemigos cuando se trata de la economía salvadoreña. No es un fanático del libre mercado. Y sin duda cree que una economía gestionada (una gestionada por él, al menos) es preferible a una en la que existan mercados y un crecimiento descontrolado. Y parece estar más que contento de aplicar a la vida social y económica el mismo enfoque que aplica a la aplicación de la ley: la mano dura.

Temor por el futuro

Nada de lo que digo aquí pretende defender el statu quo anterior en El Salvador. Las personas con las que me he puesto en contacto para hablar de la situación son enfáticas sobre lo mucho que han mejorado las cosas. Pero los riesgos a largo plazo de esta nueva medicina son dolorosamente claros a través de una lectura incluso superficial de la historia humana. El Salvador se estaba muriendo de un cáncer social, y su nuevo plan de tratamiento parece haber puesto la enfermedad en remisión. Pero esa cárcel moderna a reventar no desaparecerá por arte de magia. A la nueva clase dirigente de El Salvador parece gustarle el poder y disfrutar ejerciéndolo. Parece más que probable que, en lugar de quimioterapia, al pueblo salvadoreño le vendiera aceite de serpiente un vendedor cada vez más ávido de poder.

Ver también

Nayib Bukele, o la desesperación por la seguridad. (Mateo Rosales).

El anhelo de un Bukele en Colombia. (Santiago Dussan).

Nayib Bukele o la Desesperación por la Seguridad

En junio de 2019, se convertía en presidente de El Salvador, Nayib Bukele, alcalde de San Salvador, capital de la nación centroamericana con tan sólo 38 años. Bukele ganaba dichas elecciones con la promesa de acabar con la inseguridad y la corrupción, ambos fenómenos rampantes en el país. Logró ganar imponiéndose a los partidos tradicionales Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) y Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), quienes habían gobernado el país desde el final de una sangrienta guerra civil bajo el marco de la Guerra Fría.

El joven político llegaba prometiendo lo que resultaba ya un fenómeno cacofónico para el pueblo salvadoreño: acabar con su problema medular, el de la seguridad. Y es que, como es ampliamente conocido, El Salvador ha sido uno de los principales exponentes de una nación tomada totalmente por estructuras criminales dedicadas al tráfico de drogas, extorsión, prostitución y lo que sea menester para amedrentar a una población con amplios niveles de pobreza y desigualdad. Las comúnmente conocidas maras, habían llegado a penetrar todas las estructuras de poder y a convertirse en un estado paralelo donde la seguridad de los ciudadanos estaba a merced de caciques pandilleros y no de un cuerpo de seguridad tradicional.

Los orígenes de la violencia

Este problema tiene sus orígenes en los años 90, con una emigración masiva de jóvenes salvadoreños radicados en Estados Unidos, especialmente en la ciudad de Los Ángeles. Una mezcla de falta de recursos y una agresiva política por parte de la administración Clinton para deportar a estos jóvenes, concluyó con la vuelta de miles de salvadoreños a su país de origen. No sin antes haber pasado por las aulas callejeras de la delincuencia angelina. De vuelta en casa y bajo las narices de distintos gobiernos de turno, los pandilleros se fueron fortaleciendo, dando sentido de pertenencia y dinero a miles de hombres y mujeres que no sentían que su país, devastado por la guerra, fuera un lugar donde poder prosperar.

Delincuencia y crimen organizado se convirtieron en el pan de cada día de los salvadoreños, y ninguna promesa de mano dura o lucha contra la delincuencia parecía funcionar.  Esto hacía que muchos llamasen a El Salvador, como también al resto del triángulo norte centroamericano, un “estado fallido”. Definición acertada si se toma en cuenta que la fundación de los estados modernos, remontada por lo menos al Pacto de Westfalia, toma como piedra angular el hecho de que un estado provea seguridad física y jurídica a sus ciudadanos a cambio de una renuncia de libertades totales por parte de los mismos. Claramente, en El Salvador, los ciudadanos sacrificaban libertad, pero no recibían seguridad, y sólo replicando un contrato nada tácito con sus amos de la calle, podían vivir con un poco menos de temor, aunque nada cómodos.

La impronta de la presidencia de Nayib Bukele

Este escenario ha sido cambiado radicalmente por el presidente Bukele por medio de agresivas políticas de arresto a pandilleros evitando largos procesos judiciales, la construcción de mega cárceles capaces de albergar a miles de privados de libertad y una constante purga en distintos mandos de los cuerpos de seguridad (policía y ejército) para evitar el sempiterno fenómeno de la compra de agentes por parte del crimen organizado. Los resultados son favorables: en 2023, el número de homicidios se redujo en un 68.8%, obteniendo una tasa de homicidios de 2.4 por cada 100 000 habitantes, la menor del continente americano, exceptuando Canadá.

Paralelamente al combate de la delincuencia, Bukele ha emprendido una campaña contra distintas instituciones del Estado, destituyendo a la Corte Suprema de Justicia, rodeando al Congreso con policías armados y obteniendo cada vez más poder bajo el mando presidencial. Esta realidad junto con la disminución en las garantías del proceso judicial para las personas encauzadas por el crimen de “pandillero”, han hecho que el presidente salvadoreño se haya convertido en el blanco constante de críticas que lo acusan de ser “autoritario”, “dictador” y “violador de derechos humanos”. Esto, sin embargo, pareciera distar mucho de la opinión del pueblo salvadoreño, que en este año le brindó el 85% de su apoyo al actual presidente.

Críticas al presidente

Las críticas, sin embargo, no están exentas de razón. Para lograr los cambios drásticos en la seguridad del país, Bukele ha recurrido a medidas que nadie había utilizado antes, como es el uso permanente de un estado de excepción. Así, el presidente logró frenar una nueva ola de violencia desatada al inicio de su gestión. Esta medida implica la suspensión de garantías civiles, detenciones administrativas extendidas y una fuerte vigilancia sobre el contenido que los ciudadanos puedan compartir por redes sociales y hasta decir en la calle. Es decir, se logra mejorar la seguridad, pero se coartan todas las libertades a los que un ciudadano de una democracia liberal puede estar acostumbrado, como son dar una opinión personal o caminar libremente por la calle. Tampoco queda nadie exento de la posibilidad de arrestos arbitrarios o asesinatos sin explicación aparente.

¿Son los salvadoreños gente rara que ama el autoritarismo? No. A pesar de que han vivido gran parte de su historia bajo esa realidad; lo que ocurre, es que cuando un gobierno logra devolver el derecho más básico a sus ciudadanos (i.e., seguridad física), la gente lo agradece. Pero esta realidad debe servir también como advertencia a aquellos países que disfrutan de mayor seguridad y estabilidad institucional.

Riesgo para la libertad

Dicen que la libertad siempre está a una generación de perderse, y el caso de El Salvador es un buen ejemplo sobre el precio que a veces hay que pagar para recuperar unos mínimos para la convivencia en sociedad. Situaciones como la arremetida del crimen organizado en países como Bélgica o Francia o el asesinato de dos guardias civiles en España a manos del narcotráfico deben servir como recordatorios de que el fino equilibrio entre libertad y seguridad puede verse alterado fácilmente, si se baja la guardia y abre paso a la impunidad en cualquier nivel.

Por ahora, la nación centroamericana respira más tranquila, pues es menos probable que el hijo de una familia de ese país acabe preso por el poder de las maras, pero no por ello debe olvidarse lo que están sacrificando, y lo que podrían tener que sacrificar otros si se hace la vista gorda frente a las principales obligaciones de un estado y una sociedad libre.

Fuentes

El Salvador cierra 2023 como el año más seguro de su historia moderna (2024). El Economista.

Exigen derogación del régimen de excepción en El Salvador por miles de denuncias y muertes (2024). ABC.

Ver también

El anhelo de un Bukele en Colombia. (Santiago Dussan).

El anhelo de un Bukele en Colombia

Colombia está sumida en una crisis patente. Nada nuevo bajo el sol ahí. Económicamente, el último dato de crecimiento 0,6%, aunque no debería sorprender a nadie. Lo único que ha hecho el gobierno de Petro, hasta la fecha, es dejar clara su intención de asfixiar buena parte del esfuerzo privado por superar la pobreza, lo cual, junto con el efecto regresivo de medidas regulatorias que se tomaron durante el gobierno pasado, hace más palpable la sensación de desesperanza.

Por otro lado, la inmensa mayoría de los habitantes del país se siente a la merced de los criminales comunes -empresas criminales que desafían el monopolio de expropiación del mismo Estado, que cada vez crecen más en número y en coraje. Ello se puede entender, por un lado, por la incapacidad de los individuos de defenderse privadamente -al no haber servicios privados de seguridad efectivos y estar muy restringido el porte de armas; y, por otro lado, porque está terminando ser más atractivo, para cada vez más individuos, conseguir riqueza más arrebatándola que creándola. Ante este estado de cosas, los colombianos comienzan a mirar hacia los otros países, dentro de América Latina, donde se estén experimentando con estrategias nuevas para combatir uno o ambos problemas.

Colombia y la seguridad que no es

No creo que sean tan solo una impresión, sino más una realidad, que es solo una minoría la que se pregunta ¿quién será el Milei Colombiano? ¿Quién es capaz, con una alta comprensión de qué es el mercado, cómo funciona, cómo se le ofusca y cuáles son los efectos de hacerlo, y cómo se echa reversa con tales medidas para comenzar a prestarle atención en el momento que decida comenzar a hablar? Yo, sinceramente, y con pesar, creo que no hay un Milei colombiano -al menos no por ahora.

Para los colombianos, según creo, un personaje como Milei no es tan urgente, puesto que Colombia no es Argentina -aún. No creo que Javier Milei hubiera tenido el avance y la captación de atención tan alta de los individuos sin una inflación como la que ha tenido Argentina, casi que rayando en hiperinflación; ni tampoco sin un estancamiento económico tan generalizado como el que ha venido teniendo ese país desde hace décadas. En Colombia, me atrevo a decir, la preocupación más grande en la mente de los individuos es la de la seguridad. Mejor dicho, la falta de ella en las calles, al interior de las casas, en las ciudades, en las áreas rurales, en todas partes.

Restaurar la seguridad

Es bastante común, ante el aumento del crimen en las ciudades, que cualquier porte de cualquier tipo de bienes, celulares, relojes, etc., está asociado una relativamente alta probabilidad de expropiación privada. El avance de diferentes grupos subversivos también promete en el futuro cercano mayor cantidad de desplazamiento forzoso. Creo que ante esto la pregunta que se hacen los individuos, no siendo quién será el Milei colombiano, es acerca de quién será capaz de utilizar al Estado de la manera más efectiva posible para limitar y reducir la violencia privada en Colombia.

Lo que la gente se pregunta en las calles es quien será el deux ex machina, que a última hora y con trompetero triunfo, llegará a restaurar la tranquilidad de poder volver a recorrer las carreteras sin miedo a ser secuestrado; o de salir a caminar sin ser atracado. Ante esto, la gente se pregunta ¿quién será el Bukele colombiano?

El Salvador de Bukele

Nayib Bukele, presidente de El Salvador desde 2019. Lo conocemos por su estilo carismático, su enfoque juvenil en las redes sociales y su imagen de líder joven y moderno. Antes de su presidencia, fue alcalde de la ciudad de San Salvador, donde implementó programas de seguridad y desarrollo urbano. Bukele, a todas luces un populista, ha generado controversia por sus acciones, incluyendo enfrentamientos con el poder judicial y el uso de la fuerza militar para abordar la criminalidad.

Después de un año de estado de emergencia, durante el cual el Estado tiene la facultad de restringir los derechos de asociación, intervenir en las comunicaciones telefónicas y detener a sospechosos durante largos períodos sin presentar cargos, la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes ha experimentado una drástica disminución, pasando de 35.8 en 2019 a 7.8 en 2022. Y sin extrañarnos mucho, durante este mismo período, la cantidad de personas encarceladas ha aumentado significativamente, pasando de 39,646 en 2018 a 97,525 en 2022.

Reducción de los homicidios en un 78%

Esa reducción de los homicidios en una nada despreciable tasa de ca. 78% ha sido el resultado de un ambicioso plan por parte de Bukele, habiéndolo puesto en marcha casi inmediatamente desde que llegó al poder. La clave ha sido la movilización de recursos. En las primeras etapas, el plan de seguridad de Bukele logró obtener suficiente apoyo para movilizar los recursos necesarios, mediante prácticas cada vez más autoritarias. Por ejemplo, desde las elecciones legislativas de 2021, Bukele ha asegurado el control de al menos 64 de los 84 escaños de la Asamblea Legislativa, lo que le ha permitido aumentar considerablemente el gasto en seguridad sin encontrar mucha resistencia. Además, Bukele tiene influencia sobre la Corte Suprema de Justicia, lo que le ha permitido, al menos temporalmente, evitar posibles acusaciones relacionadas con la implementación de su plan de seguridad.

Específicamente, la administración de Bukele ha aumentado el gasto en seguridad pública y defensa nacional de un promedio anual de 573,136,399 dólares durante el gobierno de Salvador Sánchez Cerén, a 838,450,000 dólares, lo que representa un aumento del 46.39%. Este incremento es aún mayor si se tiene en cuenta el despliegue reciente de las fuerzas armadas en tareas de seguridad pública.

Lo que se espera de un Estado: producción de seguridad

Que un Estado, como El Salvador traslade, a los males, el consumo privado al consumo de factores de producción para la producción de defensa en sus manos, y que con ello disminuya lo que se conoce como crimen común, no debe ser una sorpresa.

La seguridad es uno de los monopolios más caros del Estado y no lo es de manera gratuita. Es más, al Estado lo podemos concebir como el monopolio de la violencia -una definición ampliamente aceptada dentro del libertarismo. No es más que eso el Estado: un grupo minoritario de individuos que, por medio del monopolio de la fuerza que ha ganado, extrae riqueza de la mayoría de los individuos que componen la sociedad, contando, como mínimo, con la aceptación pasiva y resignada de esta mayoría.

Con la única excepción, quizás, de la creación de los EE. UU., ningún Estado fue creado para producir bienes públicos, para controlar externalidades o para subsidiar agonizantes bailes populares que claman por morir. A pesar de todas las teorías que justifican la existencia del Estado como condición de producción de ciertos beneficios a los ciudadanos, ningún Estado se ha creado para producir tales beneficios. Por el contrario, el Estado fue creado como medio de gobierno sobre los individuos, posibilitando la extracción forzosa de recursos de sus bolsillos.

¿Una realidad hobbesiana?

En el desorden descrito por Hobbes, donde el derecho natural de los hombres es de controlar todo aquello que deseen, la vida se convierte en una guerra de todos contra todos, desagradable, brutal y breve. Los fuertes dominan a los débiles, arrebatándoles todo lo que tienen las víctimas, pero los propios fuertes no prosperan en la anarquía hobbesiana porque hay poco que tomar. Nadie produce cuando el producto seguramente será arrebatado de ellos. Incluso bajo condiciones más ordenadas que la escena hobbesiana, la depredación tiene un beneficio limitado porque las personas que han acumulado activos resisten por la fuerza a quienes intentan saquearlos, y las batallas resultantes consumen los recursos tanto de los depredadores como de las víctimas.

La bandolería desorganizada produce una situación en la que nadie prospera porque nadie tiene incentivo para ser productivo. Si los depredadores pueden organizarse, pueden evolucionar hacia pequeñas mafias que puedan ofrecer cierta protección a sus clientes. Esta evolución creará una sociedad más productiva, con más ingresos tanto para los depredadores como para sus presas, pero las mafias tendrán que limitar su toma para que este resultado se produzca. Si la mafia puede asegurar a sus clientes que, a cambio de un pago, estarán protegidos de otros depredadores y se les permitirá conservar una parte sustancial de lo que producen, la producción aumentará y los ingresos de todos podrán aumentar. Sin embargo, las pérdidas debido a las rivalidades entre mafias seguirán siendo soportadas, ya que las mafias competidoras tienen incentivos para saquear a individuos que no contratan con ellas.

Al Estado por la mafia

Si las mafias se organizan aún mejor, pueden establecerse como un Estado. Los depredadores tienen todo el incentivo para pasar de operar como bandidos a operar como Estados, porque los bandidos no pueden garantizarse a sí mismos un flujo de ingresos a largo plazo proveniente de la depredación y porque si la bandolería es desenfrenada, las personas tienen poco incentivo para producir riqueza. Los Estados intentan convencer a los individuos de que limitarán su toma y que protegerán a sus ciudadanos para proporcionar un incentivo a esos ciudadanos para producir. Los Estados reciben más ingresos que los bandidos porque aquellos pueden permanecer en un lugar y recibir un flujo constante de ingresos en lugar de arrebatar una vez y luego marcharse. En tal situación, los individuos también ganan- de alguna manera.

En resumen, el monopolio que tiene el Estado sobre la producción de seguridad es tan solo el resultado de un proceso mediante el cual, la banda criminal del Estado se ha hecho de suficientes medios para proteger a sus súbditos de la competencia en la expropiación de otras bandas criminales, disminuyendo la probabilidad de que los ingresos por este medio disminuyan en el futuro. El monopolio que tiene el Estado sobre la producción de seguridad está diseñado para disminuir las unidades marginales de crimen, para que solo haya un solo crimen sistemático, con un solo oferente.

El Salvador: la certeza de una menor libertad

Así, siendo la vocación del Estado, y de quién esté a su mando, la de aumentar la seguridad estatal para eliminar la competencia en el expolio de riqueza creada por la mayoría, Nayib Bukele ha hecho honor al papel -recreándolo con estelar carisma. No siendo ajeno a lo atractivo de aumentar impuestos -con la excepción de cortarlos a innovaciones tecnológicas, lo cual seguramente tendrá que ver con aplicaciones de iPhone y demás- el ingreso corriente tributario con Bukele ha pasado de ser el 18,1% del PIB al 19,4% en el 2021 (siendo el de Colombia al 2021 un 14,4%).

El papel creciente de la intervención del Estado de El Salvador, sobre todo halado por el incremento en el gasto público dedicado a la producción de seguridad -con lo cual, lógicamente, con más afán pagan los individuos sus impuestos- se ve reflejando en la disminución de su libertad económica. Así, en el último índice de libertad económica de Heritage Foundation, Bukele “el salvador” ha logrado disminuir el puntaje del país de 61,8 a 56 (siendo el de Suiza, que se tiene por más libre, un 83.8; y Colombia, 63,1).

¿Quién será el Bukele colombiano en las próximas elecciones?

Ante todo, nos resta, entonces, contemplar la pregunta que se está haciendo hoy en día en las calles de las ciudades colombianas, así como esporádicamente en ciertos medios de comunicación. ¿Quién, si alguien, será el Bukele colombiano?

Veamos.

En un país como Colombia, donde todos los partidos políticos tienen al Estado como la única posible fuente de orden y prosperidad económica. Donde la noción de la superioridad ética y moral de la economía de mercado se descarta como un mal chiste. Donde la única estrategia política se reduce a colmar de combustible -ojalá verde- a la furiosa locomotora estatal. Y donde lo que pasa por oposición propone cosas que los socialistas en Alemania tiene por norma en sus plataformas programáticas. En Colombia, el partido de gobierno no escatima esfuerzo para mostrar su odio más latente hacia la libertad individual

¿Quién será el próximo enamorado del poder, que lo único que buscará será cimentarlo más y más, contribuyendo a la tendencia natural del Estado de unificarlo cada vez más en una sola persona, asfixiando aún más la iniciativa privada del proceso de mercado? Cualquiera. Cualquiera quiere ser Bukele. Todos sueñan con ese papel. Tiremos una piedra y con seguridad que veremos como alza la mano con un hilo de sangre en su frente.

La pregunta, entonces, se reduce no aquella, sino a quién será capaz de pintarse el pelo de negro jet y de organizar un concurso internacional de belleza. Y ahí es donde encontramos a los de siempre, amigos de la misma hipocresía, que van desde Álvaro Uribe, hasta Gustavo Petro: amigos en la esencial animadversión por la libertad y el enamoramiento quinceañero por el poder estatal.