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Etiqueta: Pensamiento liberal

Hume versus Rousseau

Es sorprendente comprobar la popularidad de la que goza Jean-Jacques Rousseau y lo poco o mal conocido que es, en general, David Hume cuando las aportaciones al pensamiento filosófico, económico, histórico y político de este último son de mucha mayor enjundia. Ambos pensadores son estrictos coetáneos entre sí en tiempos de la Ilustración europea. En concreto, Hume fue una de las figuras sobresalientes de la fructífera Ilustración escocesa. Por contraste, Rousseau fue más bien una rareza en el movimiento ilustrado europeo. Podría muy bien ser considerado un primer romántico prerrevolucionario infiltrado en el grupo de los enciclopedistas franceses.

David Hume (1711-1776) fue un pensador profundo y coherente desde su primera obra magna en tres volúmenes titulada Tratado sobre la naturaleza humana (1739). En filosofía pura, fue el exponente más radical del empirismo inglés (continuando la labor de Locke y Berkeley). Frente a los excesos del racionalismo, alertó de los límites de la razón para prevenirnos tanto de una metafísica abstracta plagada de sustancias que nada tenía que ver con los hechos, como de un conocimiento de esos mismos hechos engañosamente seguro de sí mismo.

En su pensamiento político tuvo la sensatez de reconocer que, a pesar de las limitaciones del hombre, éste había creado –sin previos consensos explícitos– instituciones y tradiciones válidas y muy útiles para la supervivencia y desarrollo del hombre en sociedad.  En temas económicos, sus críticas al mercantilismo por su visión estática de la balanza de pagos entre países, su confianza en el libre mercado como impulsor de la beneficiosa división internacional del trabajo, su comprensión exacta de la naturaleza del dinero y de la conveniencia de que tuviera siempre un "valor intrínseco" y otros hallazgos fueron sorprendentemente modernos para aquella época. Tan sólo le faltó sistematizar en un solo tratado todo su rico, pero disperso, pensamiento económico. De haberlo hecho intuyo que la "supuesta" paternidad de la moderna economía política hubiese recaído en él y no en Adam Smith.

Por su parte, el pensamiento político de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) pasó por erráticos avatares a lo largo de su existencia, pero tuvo una virtud inigualable: fue un forjador nato de términos preñados de modernidad (de la mala) que, andando el tiempo, tuvieron gran aceptación: "bondad natural del hombre", "la voluntad general", "el pueblo", "la igualdad social", "alienación del hombre", etc.

En el Discurso sobre las artes y las ciencias (1750), las ciencias y a las artes, lejos de haber hecho al hombre avanzar en libertad y en quilates de felicidad, lo habrían corrompido. El hombre natural (presocial y cercano al Creador) era, según él, un ser verdaderamente libre y feliz. Luego vio la luz el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres (1755) en que se denunciaba las perversas consecuencias de la propiedad privada y causa de toda desigualdad, injusticia, guerra o asesinato. El buen salvaje se veía obstaculizado en su beatífica vida de paz y dicha cuando barruntó por vez primera la verja en un prado.

La siguiente obra de Rousseau, El Contrato social (1762), fue tan solo un poco más meditada que sus inmaduros Discursos. Aceptó en ella que el buen salvaje no era el estadio mejor para el hombre (vaya hombre, ¡qué avance!) y que lo importante era llegar a determinar el bien común del pueblo y, así, armonizar los asuntos de los hombres. Para ello el hombre natural debió enajenar en un prístino contrato todos sus derechos naturales a favor de la Voluntad general que se los devolvería multiplicados y mejorados en forma de derechos civiles. El hombre, participando de en la infalible Voluntad general, acoplándose a ella, se hacía libre porque "se obedecía a sí mismo". Cualquier totalitarismo puede perfectamente abrevar aquí. A partir del contrato social de Rousseau, la Voluntad general, como justificadora de regulaciones de todo el ámbito de la acción humana y fuente única del derecho, no tendría ya límites en manos de los modernos gobernantes. Hume, partidario de los gobiernos representativos, se opuso, por el contrario, a la infalibilidad de las mayorías. En Of the First Principles of Government sostuvo que el gobierno estaba sustentado por la opinión general sólo por la posibilidad de sustituir pacíficamente a los hombres del gobierno, caso de haber actuado contra dicha opinión.

David Hume fue demasiado sensato, demasiado escéptico o evolucionista como para estimular mentes calenturientas y simples, prestas a regenerar al hombre desde sus cimientos; pero fue un magnífico faro que "ilustró" a los hombres deseosos de conocimiento y cansados de supersticiones o quimeras. El hombre actual, especialmente si es liberal, tiene claramente una deuda pendiente con el sagaz observador David Hume y una deuda que cobrar al fantasioso Jean-Jacques Rousseau.

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¿Qué es el objetivismo de Ayn Rand?

Últimamente se oye hablar en círculos liberales españoles de cierta corriente liberal prácticamente desconocida hasta ahora por el público nacional. Se trata del objetivismo, la filosofía creada por la escritora norteamericana de origen ruso Ayn Rand.

Aunque las novelas de Rand aparecieron en España por primera vez hace décadas y actualmente la editorial argentina Grito Sagrado está publicando traducciones mejoradas, los ensayos de Rand sobre política, filosofía y epistemología son prácticamente desconocidos en nuestro país.

No es de extrañar, entonces, que de lo poco que se oye, bastante vaya desencaminado.

Empecemos por ver como es el objetivismo a ojos de la propia Rand. Una vez, alguien le preguntó si podía definirlo mientras se sostenía sobre una sola pierna, se lo pensó un rato y respondió: “Metafísica: Realidad objetiva. Epistemología: Razón. Ética: Interés propio. Política: Capitalismo.”

Metafísica: Realidad objetiva. Es decir, la realidad es la que es, “A es A” que solía decir ella citando a Aristóteles. No vivimos en un submundo en el que las cosas son sólo los reflejos borrosos de otro mundo perfecto. Vivimos en una realidad objetiva por cuanto su existencia es independiente de nuestra percepción. De ahí se deriva el nombre del movimiento que ella creó.

Epistemología: Razón. La forma de desenvolvernos en esta realidad no puede ser otra que la razón. Es decir, la capacidad mental de cada uno para entender el mundo del que forma parte. Nada de “esto es así porque lo dice el experto Pepito” o “es así porque lo siento así y no me pidas que te lo explique”.

Ética: Interés propio. Este es uno de los puntos más simples y, sin embargo más polémicos y peor comprendidos de Rand. Ella defendió a capa y espada el “egoísmo” frente al “altruismo”. El primero lo entendía como un sano amor propio. Quien no se ama a sí mismo no puede amar al prójimo. No vas a limpiar a nadie si tus manos están sucias ni a desinfectarle si no te has desinfectado primero. Por tanto, el egoísmo objetivista es el que venera la autonomía de cada ego, “el sagrado umbral”; y así el egoísta objetivista se relacionará con otras personas sólo cuando haya un estricto respeto de las mutuas voluntades.

Para Rand no es ninguna virtud sino una aberración el aceptar culpas inmerecidas, cargando con las cruces ajenas, sacrificándose por los demás. A esto lo llamó altruismo. Es, además, el precipicio por el que se cae en el totalitarismo y en todo tipo de abusos contra la dignidad humana.

Política: Capitalismo. Rand, a diferencia de casi todos los defensores del liberalismo social, político y económico jamás defendió el capitalismo por su apabullante superioridad productiva sino por ser la consecuencia lógica al estricto respeto de las mutuas voluntades. Al Estado no le hace ninguna falta cortarse un pelo a la hora de imponernos obligaciones y entregarnos servicios prescindiendo de nuestra voluntad, pero nadie en un mercado libre puede permitirse tamaña arrogancia.

Por supuesto, hay mucho más, pero estos son los pilares sobre los que se asienta el objetivismo. Debemos tener presente, que hoy en día, el objetivismo no es, como se insinúa a veces, un despreciable culto sectario encerrado en sí mismo, sino una corriente del liberalismo que ha influenciado y sigue influenciando a otras. Es por tanto, un punto de referencia imprescindible para contemplar lo que hoy se entiende por liberalismo y lo que podrá ser el liberalismo de mañana.

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La cultura de la queja, o como los progres castigan a sus adversarios

Hayek fue antisemita aunque él nunca lo supiera. Así lo revela Melvin W. Reder en The Anti-Semitism of Some Eminent Economists (HOPE, 32:4), donde también incluye a Keynes y Schumpeter en la vil nómina judeófoba.

Las evidencias van del apelativo "chico judío" de Keynes referido a un compañero de cama, hasta este comentario también keynesiano sobre las diferencias entre Oriente y Occidente: "Los judíos, como pueblo oriental que debido a instintos profundamente asentados son antagónicos y por ende repulsivos al europeo, no pueden ser asimilados a la civilización europea más de lo que a un gato se le puede hacer amar a un perro". Cuidado con decir que alguien es alto, negro, musulmán, pelirroja, etc. o serán acusados de intolerantes, racistas o cosas aún peores, por muy bien que lo hayan pasado la noche anterior. La segunda cita sí cae dentro del antisemitismo, aunque Reder disculpa a Keynes debido a que por aquel entonces el antisemitismo difuso era común en la clase acomodada británica (Orwell, dixit, 1945).

El caso de Hayek es más complejo. Así, los reiterados elogios del austriaco a los intelectuales judíos por haber superado las trabas de la discriminación no anulan su antisemitismo inconsciente: en Viena había "judíos puros" con los que gente como él no se mezclaba al "estar más allá de su círculo". Además, hablar del antisemitismo dirigido contra los inmigrantes judíos procedentes de la Rusia rural, cuya apariencia y costumbres sobresalían y chocaban a una gran parte de la población oriunda de la capital austriaca, también es altamente sospechoso. Poco importa que este hecho haya sido validado por multitud de historiadores tanto judíos como gentiles. En Hayek, Reder intuye intenciones singularmente aviesas.

Otra muestra de la fobia del liberal es la queja de que en su grupo de amigos, todos judíos, él era el único al que no se le permitía hacer comentarios tales como "fulano tiene acento". La conclusión es que Hayek tenía opiniones "claramente adversas a los judíos". Por si esto no fuera poco, contamos con su versión judeófoba del veto sufrido por Mises en la universidad, que no se debió a su condición de judío –"la mitad del claustro de Derecho lo era"– sino a que la mayoría de esos profesores era socialista.

Lo que de verdad molesta a Reder no es el prejuicio, sino que Hayek osara sugerir que los socialistas anteponen ideología a rigor académico. Una afirmación así merece un castigo ejemplar, y nada peor que el estigma del antisemitismo. Las consecuencias prácticas de esto son evidentes: si alguna vez fueran conminados a abandonar algún garito de Chueca porque alguien detectase que ustedes "no entienden", no se les ocurra contarlo, so homófobos. Y si les molesta que sus amigas se rían de otras mujeres, pero que no le permitan hacer lo mismo, a callar, cerdos machistas. Y nunca digan que alguien de izquierdas es capaz de cometer alguna iniquidad, pues entonces serán arrojados a los fuegos del infierno.

Tales disparates fueron respondidos por Ronald Hamowy (HOPE 34:1, 255-260), para quien la acusación de antisemitismo es simplemente "perversa" y las citas de Reder inservibles. En todo caso demostrarían filosemitismo, como atestiguan los numerosos comentarios de agradecimiento y consideración que Hayek dedicó a Mises. En resumen "los comentarios del profesor Reder son un insulto tanto a Hayek como a todos los judíos que como yo trabajamos junto y para él, y deberían ser rechazados como las opiniones un tanto infectas de alguien que pretende encontrar malevolencia donde no la hay". El aludido apeló a la ambivalencia del término antisemita para no entrar en la cuestión.

Funnily enough, tras un largo debate la lista de distribución electrónica de HOPE llegó a la conclusión de que no había fundamentos para acusar a Hayek de antisemitismo. Posteriormente se organizó un simposium sobre prejuicios y pensamiento económico. Como epílogo a esta historia con final feliz permítanme concluir reproduciendo los títulos de los papers presentados:

"More Merciful and Not Less Effective": Eugenics and American Economics in the Progressive Era [versión académica del comentario de Manuel Llamas del 20 de septiembre]; Race, Intellectual History, and American Economics: A Prolegomenon to the Past [también referido a la era progresista]; Who Are the Canters?" The Coalition of Evangelical-Economic Egalitarians [sobre los levellers y otras sectas socialistas]; Anti-Semitism in Anti-economics [Marx, Toussenel, Dühring y otros socialistas y nacionalistas del móntón].

En definitiva, el que fue por lana salió trasquilado.

Liberalismo contra neoliberalismo

Suficientes veces se ha dicho ya que el neoliberalismo es una forma despectiva de llamar al liberalismo. En realidad no hay ninguna escuela económica que se defina a si misma como neoliberal. Intelectualmente es un error, pero a pesar de ello muchos grupos anticapitalistas usan el término para definir un fenómeno político, y no económico, que aparentemente conlleva un mayor grado de libertad al mercado. Por ejemplo, se puede leer la definición de Wikipedia para ver las barbaridades que expone.

Los grupos anticapitalistas suelen estar contra el neoliberalismo porque favorece las grandes instituciones políticas supranacionales como el FMI, Banco Mundial, bancos centrales, lobbies empresariales, etc. en detrimento de la sociedad civil. Curiosamente, los liberales compartimos, en líneas generales, el mismo principio.

El gran problema es la tergiversación que han sufrido algunas palabras en el siglo XX, como ya nos había avanzado el economista Friedrich A. von Hayek refiriéndose a expresiones como “democracia”, “igualdad” o “liberalismo”. En realidad se suele confundir el término “neoliberalismo” con el de “capitalismo corporativista” o “capitalismo corporativo”, que es uno de los rasgos esenciales de la economía del fascismo impulsada principalmente por Benito Mussolini.

Para James Ostrowski, el capitalismo corporativista es “privar a las personas de su libertad y concentrar el poder en manos de unas pocas organizaciones [políticas y privadas]”. Fíjese que para muchos, redactores de Wikipedia incluidos, neoliberalismo entra perfectamente en la definición que nos proporciona Ostrowski.

El avance del capitalismo corporativista lo vemos de forma clara cuando el gobierno proclama estar privatizando. El gobierno no tiene interés alguno en otorgar libertad al ciudadano ni a la sociedad civil, sino al revés, por eso esclaviza al ciudadano con leyes innecesarias, hace lavados de cerebro masivo que llama “campañas de concienciación” y emprende guerras que eufemísticamente llama “misiones de paz”, enviando “tropas de pacificación”.

La liberalización que practica el estado simplemente significa despojarse de cierta participación estatal de una empresa semi–privada o introducir a dedo otras empresas en un sector considerado monopolístico, pero manteniendo siempre su control gubernamental. Esto no es liberalizar porque la presión gubernamental sigue siendo feroz y, por tanto, el mercado sigue sin ser libre. Liberalizar significa eliminar la intervención del estado de sectores enteros: abolir leyes, impuestos, barreras de entrada, etc. Como afirma Ostrowski, la “liberalización” que practica el estado no es más que “concentrar el poder en manos de unos pocos”; no es ningún cambio de paradigma, sino un maquillaje que oculta el mismo monopolio anterior bajo una ilusión de competencia. En España tenemos como muestra la partidista liberalización de las comunicaciones o la de la energía, que ha dejado el panorama peor que antes ya que se ha regulado aún más.

La creación de competencia no es un fin, sino una consecuencia de la libre iniciativa del mercado y orden espontáneo de los actores económicos, ya sean consumidores, accionistas o empresarios. Crear competencia de forma artificial, mantener la legislación económica, crear comités para–estatales como la CNE, la CMT, tribunales de la competencia y colocar “a dedo” amigos del gobierno en las empresas privadas no significa más libertad para el consumidor, empresario ni accionista, sino más poder para el estado de forma indirecta u oculta. La reciente disputa por la OPA de Endesa ha sido una muestra ejemplar.

Si el gobierno controla aunque sea la más pequeña parte de la actividad económica privada, eso siempre será capitalismo corporativista, por más que algunos se empeñen en inventar palabras carentes de sentido como neoliberalismo.

Ética y convencimiento

La ética es un conjunto de normas sociales de comportamiento universales, simétricas y funcionales. Una vez conocidos sus principios básicos, el derecho de propiedad y los contratos (equivalentes al principio de no agresión) cabe preguntarse por las motivaciones para su cumplimiento. ¿Por qué respetar la propiedad ajena y cumplir con los compromisos contractuales? ¿Por qué no robar, asesinar, violar, estafar?

"Por tu propio bien", responderán algunos; una respuesta paternalista, simple y problemática. El subjetivismo indica que el bien es percibido individualmente, no hay recetas objetivas detalladas que garanticen la satisfacción de todos y es el propio actor quien mejor conoce sus deseos y capacidades. Un sabio puede indicarle a otra persona que le conviene cumplir alguna norma para no arrepentirse en el futuro de su incumplimiento, pero nunca podrá asegurar dicho arrepentimiento. Tal vez el delincuente no teme a la justicia, o al ejército enemigo o al repudio de los demás porque se cree más astuto, más fuerte o más independiente (y tal vez lo sea) y no hay que recordarle las posibles consecuencias y represalias porque ya las ha tenido en cuenta. Hay personas o grupos organizados más fuertes que los demás, y puede merecerles la pena agredir, depredar o parasitar a los débiles desorganizados: la historia de la humanidad está repleta de situaciones de dominación. Tal vez soy mejor guerrero o estafador que productor o comerciante, y no me interesan las normas universales y simétricas, yo quiero estar por encima, y la cosa puede funcionar mientras que no me quede sin riquezas ajenas que saquear.

"Por el bien de los otros" es otra respuesta insatisfactoria. Tal vez los otros no me importan, o tal vez no sé cómo hacerles el bien. Quizás me interesen unos pocos y conozca bien a los más próximos, pero esto no es en absoluto universal. "Para no hacer el mal a otros" es algo más satisfactorio, ya que el principio básico de la ética es éste, y es posible y fácil no agredir a nadie, pero de nuevo tal vez carezco de escrúpulos y el mal ajeno me es indiferente o no me atañe lo suficiente si con ello consigo mi bienestar.

La ética no es lo mismo que la moral, la cual manipula los sentimientos íntimos personales para influir sobre la conducta, tanto para la felicidad individual (evita las tentaciones, piensa a largo plazo) como para la coordinación social (recuerda que vives en un grupo, que a los demás les afectan tus acciones, que la imagen que tienen de ti es importante). La moral es una herramienta de manipulación (lo cual no implica que sea necesariamente nociva), no un ejercicio de racionalización, y no suele ser universal ni simétrica (a menudo se usa para camuflar la opresión); a veces es funcional pero a menudo es disfuncional.

El conocimiento ético permite al menos razonar, argumentar y desmontar múltiples patrañas políticamente correctas cuya difusión y aceptación permiten el mantenimiento de privilegios de unos a costa de otros: la fachada de respetabilidad democrática de la coacción política se desmorona; los grupos de interés parasitarios quedan expuestos como hipócritas que insisten en que todo es por el bien ajeno; las víctimas descubren que defenderse es perfectamente legítimo, y que no deben a nada a nadie; los presuntos e intocables derechos humanos (interpretados en clave socialista) aparecen como supercherías colectivistas para mayor gloria del estado.

Quienes no respetan el derecho de propiedad pueden ser personas que no están dispuestos a tratar a todos en pie de igualdad (quieren leyes especiales para ellos, impuestas mediante la violencia o el engaño), o ignorantes bienintencionados de quienes conviene alejarse y protegerse si se niegan a aprender. Las personas honestas y productivas que comprenden la ética pueden utilizar sus normas para organizarse socialmente de forma justa y eficiente, evitando parásitos y agresores, con sistemas de policía, justicia y defensa merecedores de esos nombres, que disuadan a potenciales criminales y no se utilicen para mantener sistemas de dominación o utopías irrealizables.

Más sobre derecho natural

Algunos críticos del iusnaturalismo asumen que basta con tener una naturaleza, parece que cualquier naturaleza, para tener una ética normativa con sus derechos y deberes: las piedras tienen derechos acordes a su naturaleza pétrea; a las aves de naturaleza plúmea les corresponden derechos específicos…

La ética o derecho natural es una herramienta conceptual, un conjunto de normas argumentadas útiles para evitar, minimizar y resolver conflictos entre seres humanos. Sólo tiene sentido para los humanos porque sólo ellos tienen el desarrollo mental evolutivo necesario para entender normas y argumentarlas según criterios de universalidad, simetría y funcionalidad. Algunos animales pueden asociar un premio o un castigo a una determinada conducta (condicionamiento) y así ajustar su comportamiento (aprender), pero no pueden razonar de forma abstracta acerca de lo prohibido, lo obligatorio y lo opcional; algunos animales tienen formas rudimentarias de comunicación, pero sin el poder expresivo indispensable como para discutir asuntos éticos; algunos animales actúan intencionalmente (no sólo reaccionan, aunque su comportamiento no es tan complejo como la acción humana), tienen sensibilidad, emociones y preferencias (hay posibilidad de conflictos) e incluso ciertos sentimientos morales (emociones respecto a otros, consideran el resultado de sus acciones sobre los demás): pero no tiene sentido asignarles derechos y deberes pues no los entenderían, no sabrían qué hacer con ellos. Igual que los números enteros son pares o impares pero no tienen colores asociados, no tiene sentido aplicar la ética a entidades incapaces de utilizarla.

No es arbitrario limitar la ética a los humanos. Tal vez algún día algún ser vivo evolucione (algunos animales sociales, especialmente los primates, muestran morales rudimentarias, les falta la capacidad de reflexionar sobre ellas) o se cree o surja accidentalmente una inteligencia artificial que tenga intereses y sea capaz de razonar y argumentar en términos éticos; hasta entonces, la ética será exclusivamente humana.

No se trata de que solamente el ser humano actúe escogiendo entre múltiples fines y medios utilizables; eso también lo hacen los animales, aunque con un grado de complejidad mucho menor. No sirve de nada afirmar que la acción humana es libre (idea raramente explicada) mientras que la animal es puramente instintiva. El ser humano no tiene menos instintos: tiene más, y están estructurados de formas más sofisticadas de modo que la conducta humana es más rica y menos predecible.

El ser humano no es el único animal social cuya convivencia puede originar conflictos. Los animales se apropian de territorios y recursos y también cooperan, intercambian (comida por sexo, limpieza corporal) y en ocasiones hacen trampas. Un animal puede causar un daño pero no entenderá que lo hagamos responsable porque no es capaz de responder, de dialogar, de dar razones, explicaciones, excusas. A la cebra no le hace ninguna ilusión que el león la mate y se la coma, pero ni le afea su conducta, ni le exige una justificación ni se ponen a debatir acerca de la adecuación ética de su conducta. Es posible domesticar y entrenar parcialmente a algunos animales, pero los discursos normativos les superan. La racionalidad no consiste solamente en pensar lógicamente, es también dar razones, explicar motivos e intenciones de acciones, justificar ante otros para que comprendan y acepten, no represalien o incluso colaboren.

La naturaleza humana no es únicamente lo genético. Es la descripción abstracta de lo que es esencial y común a todos los seres humanos, y su origen puede ser genético (la inmensa mayoría de los genes de una especie son iguales en todos sus miembros), ambiental (todos los seres humanos viven en un mundo con rasgos comunes, los genes no necesitan codificar información disponible fácilmente en el entorno) o cultural (si algo distingue especialmente a los humanos de todas las demás entidades inorgánicas y orgánicas es su capacidad memética de producir y copiar patrones de información, como las instituciones sociales, patrones de comportamiento que pueden ser imitados en función de su éxito).

La capacidad de producir cultura puede ser parte del fenotipo humano extendido, pero sus contenidos son independientes de los genes. Las reglas culturales de comportamiento pueden interactuar a favor o en contra de inclinaciones genéticas. El derecho natural no está grabado en los genes, aunque ciertas tendencias morales innatas son compatibles con la ética. No se trata de que todo lo instintivo y biológico sea negativo y todo lo cultural positivo, de modo que la cultura debe controlar la biología (civilizar las pasiones). El instinto de defensa es ético mientras que el socialismo es una idea contraria a la ética.

Lo natural del iusnaturalismo se opone a lo sobrenatural (ley divina revelada) y a lo convencional (ley positiva pactada en un ámbito particular) porque es racional, realista, crítico, universal y no arbitrario. Aunque históricamente el iusnaturalismo surge en un contexto religioso (¿lo quiere la divinidad porque es bueno o es bueno porque así lo deciden los dioses?), su concepción actual no tiene nada que ver con lo trascendente o espiritual.

El derecho es artificial en el sentido de que es un producto humano, pero no es algo diseñado intencionalmente sino más bien descubierto de forma progresiva. Es posible razonar hoy acerca de las leyes humanas porque previamente se ha depurado evolutivamente un sistema lógico crítico, se han cometido errores y se han corregido algunos. El iusnaturalista no intenta defender una racionalidad ilimitada que todo lo puede y resuelve; se trata de construir mediante exploración crítica exhaustiva de alternativas un sistema ético consistente, adecuado a los humanos, tan completo, claro y preciso como sea posible, pero con consciencia de sus capacidades y limitaciones (el sistema normativo puede quedar abierto en algunos ámbitos, y en ellos puede recurrirse a la competencia, a la comparación empírica).

Muchas instituciones humanas, como el lenguaje, el derecho, el dinero, han evolucionado de forma espontánea, no diseñada, pero son criticables y mejorables (si no lo fueran no habrían podido evolucionar), especialmente si han sido distorsionadas por grupos de interés: las circunstancias pueden cambiar, tal vez sea posible descubrir una institución alternativa mejor (las morales particulares pueden converger hacia la ética universal mediante selección evolutiva a nivel de grupo, los memes institucionales compiten unos con otros). La ética se basa en el racionalismo crítico para depurar múltiples falacias de las leyes positivas, que subsisten como memes exitosos por su engañoso atractivo o por su utilidad para mantener los privilegios de grupos opresores dominantes. El derecho de propiedad y los contratos son instituciones jurídicas que permiten la cooperación y la competencia pacífica y evitan la violencia destructiva, el parasitismo de los tramposos y agresores.

Es posible construir predicados éticos prescriptivos alternativos y analizarlos de forma exhaustiva (explorando todas las posibilidades), eliminando los que no cumplen las condiciones éticas de universalidad, simetría y funcionalidad (igual que un detective va exculpando sospechosos, e igual que muchas leyes físicas fundamentales son deducibles a partir de principios básicos de simetría y consistencia que limitan enormemente el espacio de posibilidades); es necesario utilizar el conocimiento acerca de la realidad del mundo y los seres humanos dado por predicados científicos descriptivos para entender por qué algunas normas no son adecuadas (tienden a destruir o empobrecer a la humanidad, igual que quitar la regla del fuera de juego empobrece el espectáculo futbolístico, y sin humanidad no habría ética humana que estudiar). El iusnaturalismo inteligente no es tan ingenuo como para caer en la falacia naturalista y afirmar que quien posee algo tiene automáticamente derecho sobre esa cosa: la ética distingue entre la posesión (el control físico efectivo de algo) y el derecho de propiedad (la legitimidad de la posesión), indicando los mecanismos de obtención de derechos de propiedad mediante primer uso e intercambio libre. Para entender su justificación, haga el ejercicio de explorar las alternativas.

El tirano cumple ochenta

Resulta sorprendente que, en todos estos años, nadie haya ejercido el derecho al tiranicidio que defendieron la mayoría de los pensadores escolásticos españoles del Siglo de Oro. Dicen que ha habido múltiples intentos de matarle pero lo cierto es que no debieron poner el suficiente empeño en la tarea.

Hoy, cuando Castro cumple ochenta años convaleciente de una reciente intervención quirúrgica, son muchos los que se preguntan cómo es posible que uno de los mayores tiranos de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI vaya a morir manteniendo todas sus propiedades robadas, sus esclavos y su aureola de héroe. No cabe la menor duda de que gran parte de la culpa la tienen sus guardaespaldas dialécticos: los políticos e intelectuales de izquierda y no pocos socialistas de derecha, amantes todos del estatismo. Sin embargo, gran parte del mérito recae en el propio Castro, quien parece haber seguido al pie de la letra las descripciones de Juan de Mariana sobre el típico tirano.

Hace más de cuatro siglos el jesuita de Talavera advertía que el tirano consigue su poder mediante el uso ilegítimo de la fuerza pero, aun partiendo de un origen legítimo, lo desarrolla con violencia, y se enfrenta a los buenos. Además, como los Castro y Guevara, el tirano se caracteriza porque "se apodera de todo por medios viles y sin respeto alguno a las leyes, porque estima que está exento de la ley". Por eso no se somete "al mismo derecho que los demás [el derecho natural] ni, por lo tanto, constriñe el uso de la fuerza a hacer respetar ese derecho, sino que es amigo de atemorizar con el aparato de su fuerza y su fortuna".

Castro ha sabido usar la mentira y la maquinación como pocos dictadores. Ya en 1598 Mariana explicaba que "el tirano, como no tiene confianza en los ciudadanos, busca su apoyo en el engaño y la intriga". Sin embargo, lo que ha bordado es esa necesaria faceta de atemorizador. Quizá sea porque Castro, como todos los grandes tiranos, "teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos, y para evitar que éstos preparen su muerte, suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas, y no les permite ejercer las artes liberales dignas de los hombres libres."

Quizá esta caracterización del tirano unido al poder represivo del sistema socialista ayude a explicar no sólo por qué Castro ha logrado evitar el tiranicidio sino, sobre todo, por qué ha defendido el socialismo incluso después de su refutación teórica y práctica. El socialismo otorga herramientas muy útiles para la perpetuación del tirano en el poder; herramientas que Castro ha sabido usar como nadie. Y es que "el tirano, para impedir que los ciudadanos se puedan sublevar, procura arruinarlos, imponiendo cada día nuevos tributos, sembrando pleitos entre los ciudadanos y entrelazando una guerra con otra. Construye grandes monumentos a costa de la riqueza de los súbditos, y así nacieron, según nos cuenta Aristóteles, las pirámides de Egipto y los subterráneos del Olimpo en Tesalia".

Coincidir en el tiempo y en el espacio con este perfecto déspota ha supuesto una infernal pesadilla para millones de cubanos. A todos ellos les deseo que pronto despierten sin el tirano y puedan disfrutar de su libertad, responsabilizándose de sus acciones y ejerciendo sus derechos individuales.

Liberal a fuer de socialista

De modo que me puse a buscar con ahínco entre los cientos de modelos disponibles en el mercado hasta encontrar el que mejor se ajustaba a mis necesidades: el Sansa e270. Tenía una gran ventaja, y es que eran 6 gigas de memoria Flash, y no de disco duro, lo que significa que la batería dura mucho más. Pero había un pequeño problema.

El reproductor pertenece a la empresa norteamericana SanDisk, especialista en memorias Flash, que ha montado una agresiva campaña publicitaria en la que anima a escoger su cacharro en lugar del iPod bajo el mensaje de que todo el que tiene el reproductor de Apple no es  más que un borrego. La llaman iDon’t. Revisando en esa web las características de su aparato, vi a tiempo una pequeña nota a pie de página: "la función de radio no está incluida en Europa". Evidentemente, ahora que creía que ya había encontrado lo que buscaba entre los cientos de alternativas disponibles, me fastidió como no se pueden imaginar. Especialmente porque me pareció absurdo. ¿Qué gana la compañía con esto? Tendrá que vender un reproductor con menos capacidades –es decir, menos atractivo al público–, afrontar quizá las protestas de quienes lo compren sin apercibirse de esa pequeña nota al pie y tener que dividir la línea de fabricación entre reproductores con y sin radio.

Parecía evidente que había gato encerrado y la distribuidora en España me confirmó mis sospechas. Los reproductores de MP3 con radio incorporada deben pagar un arancel de un 12’5% en la Unión Europea. Como sucede con la parte de seguridad social "que paga la empresa", este impuesto se repercute en el precio, del mismo modo que los impuestos que la empresa paga por uno reducen el sueldo que nos llevamos a casa. El consumidor, por tanto, tendría que pagar un 12’5% más, sin incluir el IVA correspondiente a ese incremento, por  el mismo aparato. SanDisk hizo un estudio de mercado y averiguó que los europeos preferirían un reproductor más barato y que no tuviera radio, así que actuó en consecuencia.

Yo también actué en consecuencia y encargué mi nuevo reproductor a Estados Unidos. Así, un impuesto al comercio que habrá sido establecido para "proteger" a algún ineficaz productor europeo de radios ha servido para que ningún estado europeo reciba impuestos por mi compra y para que ningún distribuidor ni mayorista del país reciba un duro por la misma. Y, por supuesto, y para mi enorme satisfacción, Ramoncín no se ha llevado ni un céntimo en concepto de canon por él. Algo bueno debía tener esta historia.

Una visión del nacionalismo

Seguramente hay personas que se pregunten cómo es posible que desde posiciones liberales no se apoye con vehemencia los fenómenos nacionalistas que afectan a España en particular y a Europa en general, ya que conllevan un debilitamiento del Estado que en último término, es el principal enemigo del liberal. Sin olvidar el hecho de que resulta frustrante ver que un fenómeno como el nacionalismo se ha convertido en una exhibición de forofos y detractores, como si de un club de fútbol estuviéramos hablando (aunque quizá siempre lo fue), la situación no es tan sencilla.

El nacionalismo, o sus rudimentos, tienen su origen en la Edad Media pero no es hasta el siglo XIX cuando el fenómeno madura y se globaliza, azuzado por las guerras napoleónicas y por la colonización que los europeos realizan en el resto del mundo. Desde un punto de generación de entidades políticas, contiene dos cualidades que paradójicamente no son excluyentes. Por una parte, está el carácter disgregador propio de aquel nacionalismo que nace destruyendo una entidad estatal superior, como le pasó Imperio Austrohúngaro. La doble monarquía incluía en su interior once nacionalidades, desde austriacos a húngaros pasando por bohemios, polacos, croatas, rumanos, bosnios, serbios entre otros, que tras siglos de equilibrios casi imposibles firmaron su desaparición al final de la Primera Guerra Mundial, una guerra que el Imperio había empezado junto a Alemania, un ejemplo del otro carácter, el agregador. Alemania nace del buen hacer de Bismarck, que aglutina sentimientos y da forma al sueño de una nación germana unida que reúne en una entidad política a la mayoría los pueblos de habla y cultura alemana.

Este carácter agregador conlleva el germen del imperialismo, que es a lo que tiende el nacionalismo una vez que desata en todas sus posibilidades. El nacionalismo se basa más en el mito que en la realidad, idealiza la historia hacia sus propios objetivos, oculta o elimina hechos, resalta o inventa otros y pide a sus contrarios un territorio que, por lo general, sólo dominó política o culturalmente en sus sueños más delirantes. En no pocas ocasiones, azuza el odio contra el enemigo que supuestamente le subyuga, reforzando ese sentimiento colectivo que le impregna.

Es este sentir común, este elemento aglutinante, cultural, lingüístico, étnico, religioso o tribal, el que más le aleja de una visión liberal ya que termina negando la primacía del individuo, supeditándolo a una entidad superior, a la postre política. A diferencia de otros movimientos de independencia, como puede ser los que separaron a los Estados Unidos del Imperio Británico o a los países iberoamericanos de España y Portugal, el nacionalismo necesita forzosamente de un orden estatal fuerte que dirija este proceso y establezca los que pueden o no quedarse bajo su paraguas. No es casualidad que durante el nacimiento de estos estados nacionales, o incluso después, se hayan producido una serie de limpiezas étnicas, de desplazamientos e incluso el asesinato de comunidades enteras ajenas o enemigas de los insurrectos.

Ante esta situación, la percepción del liberal debe ser cauta. El hecho de que se destruya un Estado superior no implica necesariamente que las naciones nacientes sean menos intervencionistas y siendo cierto que hasta que éstas aparecen no se puede adivinar cuál será su carácter, aunque sí intuirlo, también es cierto que la historia nos enseña que por lo general, estos Estados nacen con un afán de control desmedido, al menos igual al de su enemigo.

Así pues, a la hora de dar nuestro apoyo o quitárselo, deberíamos juzgar el nivel de libertad que posiblemente tengan sus ciudadanos con respecto al que ya poseen, pues este es en último término el objetivo del liberalismo, el incremento de la libertad. Tampoco podemos obviar que si realmente esa población (todos o al menos la gran mayoría de sus habitantes) quiere vivir bajo otro régimen, no se puede rechazar desde una perspectiva liberal, aunque si pudiera serlo desde un punto de vista emotivo, pero no podemos dejar de recordar que precisamente esta separación no es fácil, que surgen innumerables conflictos cuya resolución no es necesariamente pacífica, sobre todo si el nacionalismo ha elegido la vía de la violencia como principal, y que conllevan una serie de pérdidas de libertades como el de la propiedad o incluso la vida.

Por último, creo que el nacionalismo no es ni mucho menos un objetivo liberal, ni siquiera una herramienta que pueda o deba ser usada, porque más allá de la justificación que pueda tener desde el punto de vista político, traslada al individuo y sus derechos a un segundo plano.

Fernando Pessoa, anarcocapitalista

Es probablemente poco conocido que Fernando Pessoa, el célebre autor del Libro del desasosiego, fue durante su vida administrador de empresas y erudito en asuntos gerenciales. El poeta portugués escribió además un relato muy recomendable que defiende la libertad de acción individual: El banquero anarquista (1922). Se trata de un escritor admirado por la izquierda que, no obstante, ha dejado para la posteridad un valiente y sincero elogio de la rebelión contra todas las tiranías.

Pessoa, hermético, de aspecto anodino y gris, bullía en su mente imágenes e inventos. Pasó desapercibido para todo mientras paseó su mínima figura por su Lisboa natal; fue emprendedor sin suerte, pero la publicación de su extensa obra póstuma le hizo un sitio en la narrativa universal. El profesor Manuel Santos Redondo ha analizado en España las ideas económicas de Pessoa y extrae algunas conclusiones muy interesantes. Este comentario es deudor, en cierta medida, de la sugerente aportación de Santos Redondo.

En El banquero anarquista dos amigos se reúnen para cenar. Uno de ellos, banquero y gran comerciante, le explica al otro los fundamentos de su riqueza sobrevenida. Confiesa su origen modesto y los motivos que le impulsaron a abrazar la causa anarquista: el afán de derribar las ficciones sociales. El banquero, en su etapa demagógica, descubre el sectarismo del grupo anarco y prefiere alcanzar por libre su objetivo libertador. "Trabajando separados –afirma– no podemos, en modo alguno, crear nueva tiranía, porque ninguno de nosotros tiene influencia sobre los demás, y así, no puede dominando a nadie, regatearle su libertad ni, ayudándole, menospreciarlo."

De este modo el futuro banquero dirige su actividad anarquista hacia la acción, hacia el esfuerzo aplicado a la práctica de la vida. Dilucida que el dinero es la primera de las ficciones y ese particular combate contra el dinero acelerará su fortuna:

"¿Cómo subyugar al dinero combatiéndolo? ¿Cómo hurtarme a su influencia y tiranía sin evitarlo? Solo de un modo –adquiriéndolo en cantidad suficiente como para no sufrir su influencia; y cuanto mayor fuera la cantidad en que lo adquiriese, mas libre estaría de su influencia.

…No es natural trabajar por algo, sea lo que fuere, sin una compensación natural, es decir egoísta; y no es natural esforzarse por un fin específico sin la compensación de saber ese fin realizable. El fin último es la consecución de libertad: yo, siendo superior a la fuerza del dinero, es decir, liberándome de ella, consigo libertad."  

El banquero recuerda sin odio la cicatriz que dejan los reveses; considera que el estraperlo –del que se benefició en gran medida– es otra ficción más, producto de la estulticia, y no guarda ningún asomo de culpabilidad por su pasado contrabandista. El financiero de Pessoa, finalmente, es optimista acerca del convencimiento entre los hombres de las ventajas del capitalismo, ya que esta certidumbre concuerda con la propia naturaleza humana y el instinto religioso. Fernando Pessoa, poliédrico, reflejado en heterónimos (Ricardo Reis y Alberto Caeiro, entre otros), nos propone un ágil mensaje frente al igualitarismo, un testimonio válido para convencidos de la libertad y para aquellos que no lo son tanto.