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Etiqueta: Pensamiento liberal

Elementos hayekianos en el pensamiento de Edgar Morin

Edgar Morin es un intelectual muy interesante. Un hombre independiente, marginado de la Universidad, pero que se ha ganado el interés de otros estudiosos. Tiene un libro muy interesante, El paradigma perdido: el paraíso olvidado, en el que se plantea el "proceso de hominización" de nuestra especie, a partir de la sociedad de los primates. Su investigación entraría dentro del amplísimo programa de investigación de Hayek, con cuyo pensamiento comparte algunos elementos que voy a referir aquí.

El primero de ellos es la concepción de la mente como "un centro organizador del conocimiento, del comportamiento y de la acción", que, en contra de la drástica dualidad cartesiana mente-mundo, es fruto de la evolución no sólo biológica, sino social. Dice Morin: "de repente se hunde el antiguo paradigma que oponía naturaleza a cultura. La evolución biológica y la evolución cultural son dos aspectos, dos polos de desarrollo interrelacionados e interreferentes del fenómeno global de hominización. La evolución biológica, partiendo de un primate inteligente y de su compleja sociedad, viene seguida por una morfogénesis técnico-sociocultural que reanuda y estimula una evolución juvenilizante y cerebralizante". Con estas dos últimas palabras se refiere a la formación de la mente y del cerebro.

Cuando aparece la arquesociedad, como llama a la sociedad homínida prehistórica, el hombre descubre la trascendencia en la muerte, con ella la propia conciencia y la individualidad. Aparece la dualidad sujeto-objeto. En este proceso, "lo que de repente se convierte en el problema crucial para el sapiens es la incertidumbre y la ambigüedad que caracterizan la relación entre su cerebro y el medio ambiente… A partir de este momento se hace necesario interpretar los ambiguos mensajes que llegan al cerebro y reducir su incertidumbre a través de operaciones empírico-lógicas… Se hace necesario optar, escoger, decidir… El homo sapiens se ve condenado a operar según el método llamado precisamente ‘de ensayo y error’, incluso y sobre todo si se mantiene fiel al método empírico-lógico".

Este proceso de ensayo y error se produce también en las primeras sociedades homínidas, en las que se produce una diáspora y una diferenciación de los grupos sociales, con distintas adaptaciones al medio. "El conjunto del sistema social poseía virtudes tales que constituían un verdadero éxito selectivo"; una selección que también se produce para los distintos grupos sociales. Éstos se caracterizan por un sistema cultural que "en tanto que sistema generativo, asegura la autoperpetuación y autorregulación permanente". Es más, "el conjunto constituye el sistema generativo de una sociedad sapiencial que, a través de reglas, normas, prohibiciones, cuasi-programas y estrategias, controla la existencia fenoménica de la complejidad social. Dicho sistema se autoperpetúa en el curso de la sucesión de generaciones al reproducirse en todos y cada uno de los individuos".

El pensamiento de Morin tiene una tara fatal que trunca lo que de otro modo sería un pensamiento mucho más veraz. Si no lo repitiera con insistencia, no podría creer que para Morin el comportamiento individual es aleatorio, y por tanto lleva al caos. Este elemento es central en Morin y netamente antihayekiano. Ahora bien, no sólo tiene elementos dispersores. Nos dice el francés que hay fuerzas de desorden "conductas aleatorias, competiciones, conflictos" que son a su vez "componentes del orden social (diversidad, variedad, flexibilidad, complejidad). Aún en esta última faceta es la amenaza permanente representada por el desorden la que otorga a la sociedad su carácter complejo y vivo de reorganización permanente". Esto se produce por la asunción de normas de comportamiento que son más abstractas y complejas que las tribales: "Para progresar en complejidad a la sociedad de los homínidos no le queda otro remedio que reducir simultáneamente la competición y la jerarquía entre sus machos; es decir, desarrollar entre ellos factores de cooperación y amistad, a la vez puentes afectivos interindividuales entre adultos y jóvenes".

Tras la arquesociedad se produce otro salto cualitativo, "la sociedad histórica". "La arqueosociedad relacionaba algunos centenares de (individuos). La sociedad histórica engloba como mínimo varios millares de hombres; en algunos casos varios millones", un cambio demográfico que hace más variada y compleja la sociedad. "Esta extraordinaria heterogeneidad está controlada y dominada por un aparato central de control y decisión, el Estado", institución a la que le da un peso excesivo. Pero por otro lado, "la especialización hará progresar a un nivel gigantesco la complejidad de los sistemas sociales, multiplicando sus productos, riquezas, intercambios y comunicaciones, estimulando las invenciones en todos los dominios de la actividad humana y provocando el florecimiento de las civilizaciones".

Edgar Morin es un pensador interesante, que le hubiera podido ser de ayuda o complemento a Hayek, pero que pierde en interés a medida que avanza en el tiempo el objeto de estudio, ya que cuando llega a la historia aparece el análisis marxista.

Corbatas anticapitalistas

En ocasiones es usual encontrar a numerosas personas  que se ganan la vida amparando los resultados y valores de la economía de mercado, pero que íntimamente -y a veces de forma explícita- reniegan de los mismos con ferocidad. No se trata de intelectuales de peaje ni agentes al servicio de una causa extremista. Son, por un lado, directivos de alto nivel y mandos intermedios en las empresas; por otra parte, son consultores que prestan de modo temporal sus servicios en las firmas. Gente que entiende una cuenta de pérdidas y ganancias, aunque detesta todo lo que ello significa.

La pasada semana descubrí, tras una larga conversación, las motivaciones profundas de un presunto experto en empresa familiar. Supongo que cuando se alcanza cierto grado de prepotencia, algunos, de modo involuntario, se destapan sin dilación. Ya me sorprendió desfavorablemente que, en una futura conferencia dirigida a jóvenes emprendedores, me comentara su intención de ponerles a caldo sin motivo alguno. Cuando encuentran el momento o la confianza, todos estos anticapitalistas en penumbra sueltan la cantinela característica de las causas de la pobreza en el mundo, se atragantan con el liberalismo, así como vapulean el significado profundo del dinero. Eso sí, estos white-collar workers gozan de múltiples prebendas por causa de su oficio que nunca reparten con nadie, y es evidente su directo desprecio por aquellos que no han logrado alcanzar su estatus de (aborrecible) excelencia.

En La mentalidad anticapitalista, Ludwig von Mises considera que los motores que propulsan tales comportamientos adversos a la libertad entre esta clase de impostores son el resentimiento  y la envidia:

El trabajador de corbata, además de la común animadversión contra el capitalismo, padece de dos espejismos peculiares a su categoría laboral. Tras una mesa de trabajo, escribiendo y anotando cifras, tiende, por un lado, a sobrevalorar la propia trascendencia… El capitalismo, evidentemente no reconoce el “verdadero” valor del trabajo “cerebral”, sobreestimando, en cambio, la faena meramente muscular de seres “ineducados”. Por otro lado, al igual que a los titulados, también mortifica a nuestro administrativo la visión de quienes, dentro de su mismo grupo, sobresalieron. 

El argumento es veraz y guarda relación con ejemplos cosidos a la realidad. Hace escasos días, tuve ocasión de preguntar a un grupo de jefes de obra de una importante constructora una serie de preguntas en torno al liderazgo, el clima laboral y la retribución por objetivos. Sus respuestas fueron clarividentes: muchos ejecutivos de pacotilla  no hubieran estado nunca a la misma altura en sus argumentos. Respecto del cobro de incentivos por obra terminada con anticipación, algunos lo entendían como estímulo esencial en su trabajo, y otros preferían acabar- por seguridad psicológica- en la fecha fijada; más todo el mundo con franqueza  estaba de acuerdo en la  pervivencia del incentivo voluntario, sin plantear ninguna clase de aversión o enmienda como determinados colectivos profesionales lo hubieran hecho con elevada probabilidad.

Lo que quiero indicar es que en nuestra vida cotidiana pueden aparecer sólidos aliados ajenos a  la demagogia e impregnados de sencillez, a favor de una libertad pura, fundacional, irrestricta: tengámoslos en cuenta. Los mensajes del liberalismo no pueden rebotar una y mil veces frente a profesiones sugerentes pero de mentalidad prácticamente irrecuperable.

Aclaraciones sobre la libertad

El término libertad se refiere a diversos conceptos posibles más o menos abstractos. Un asiento está libre si no está ocupado, si está disponible. Un preso está libre si sale (o consigue escapar) de la cárcel. Las cadenas y las camisas de fuerza restringen la libertad de movimientos. Algunas sociedades tienen esclavos y ciudadanos libres. Un piso está libre de cargas si no está hipotecado. Estoy libre esta tarde para una cita si no tengo ningún compromiso previo. Un sistema físico tiene tantos grados de libertad como parámetros independientes sean necesarios para describirlo de forma completa. En inglés se confunden lo libre y lo gratuito.

Todos estos usos lingüísticos son perfectamente legítimos: nadie es dueño del lenguaje ni tiene derecho a prohibir expresiones o a forzar determinadas utilizaciones de los conceptos. Pero al estudiar la realidad con rigor científico conviene precisar, aclarar y formalizar al máximo los conceptos utilizados. La noción de libertad es compleja y es utilizada a menudo de forma ambigua y equívoca.

No existe el libre albedrío si este se entiende como la capacidad de decidir incausada, surgida de la nada, sin soporte material. Los seres humanos eligen constantemente entre diversas alternativas de acción percibidas como posibles. Estas decisiones son procesos cognitivos que resultan de la interacción (cooperativa o competitiva) de múltiples subsistemas mentales conscientes y subconscientes que procesan información acerca de la realidad e intentan influir sobre el comportamiento. A una persona pueden no gustarle ciertos rasgos de su personalidad y puede intentar librarse de ellos: se trata de unos sistemas cognitivos tratando de eliminar a otros. Algunos de estos subsistemas pueden resultar especialmente poderosos o influyentes para el control de la conducta: los adictos se sienten empujados por una fuerza irresistible. La sensación de libertad psicológica se refiere a la inactividad de ciertas emociones pasionales difíciles de frenar o a la capacidad mental de controlarlas: la parte consciente de la persona vence sobre mecanismos básicos inconscientes. Los niños exigen satisfacción inmediata de sus deseos, la maduración es un proceso de construcción gradual de una persona adulta con más autocontrol. Pero a menudo se envidia a quien vive pasionalmente, se entrega con ardor a una causa motivadora o se deja llevar por fuerzas que le superan. Algunos maestros espirituales recomiendan ser como niños.

Las personas no viven en el vacío, sus acciones tienen consecuencias sobre la realidad, y parte esencial de su entorno son otras personas que valoran las acciones ajenas. Se supone que uno es más libre si no le importa el qué dirán, pero si esto se lleva al extremo resulta que la persona libre es aquella a quien no le importa en absoluto la opinión de los demás, y por lo tanto no resulta posible influir sobre él mediante la persuasión: un asocial. Si las influencias ajenas determinan completamente tus decisiones eres una marioneta (el niño que imita irreflexivamente, el adolescente que se amolda a su pandilla), y si no lo hacen en absoluto eres un egoísta.

Algunos consideran que son más libres porque piensan con criterios propios. Pero el pensamiento correcto debe necesariamente seguir unas leyes lógicas universales; al negarlas uno puede sentirse muy original pero no piensa de forma inteligente, y probablemente simplemente repita algún viejo error, falacia o prejuicio.

Todo individuo tiene circunstancias, condicionantes, limitaciones, restricciones, que son diferentes para cada uno. El poder siempre es finito, hay cosas sobre las cuales no es posible decidir, que no dependen de uno, no pueden controlarse a voluntad, son hechos dados. Uno no elige a sus padres, ni su carga genética, ni el entorno social y cultural en el que nace y se desarrolla. La libertad, entendida como fundamento necesario de la convivencia social, asume estas realidades y no consiste en eliminar todas las restricciones para que los seres humanos se conviertan en espíritus omnipotentes ajenos a las necesidades y problemas de la vida real. La idea política de liberalismo es más modesta y realista: implica eliminar la violencia y la coacción de las relaciones humanas, de modo que esa restricción no condicione ni determine las decisiones individuales. La persona libre es soberana en el ámbito de su propiedad, son sus decisiones las únicas éticamente relevantes, no hay otros que decidan en su nombre por la fuerza. Los demás pueden influir, pero no de forma coercitiva. De este modo el pobre y el rico son igualmente libres en el mercado: lo que les diferencia es que tienen distinto poder.

El Estado sin autoridad

En su defensa del Estado democrático algunos van más allá de considerarlo un mal necesario al pretender que gobierna legítimamente sobre la base de un contrato social que nos compele a todos o una cesión de derechos por parte de sus súbditos. Se arguye que la Constitución es una suerte de contrato entre los ciudadanos y el Estado, que la gente aprueba el sistema cuando participa en las elecciones o permanece en territorio nacional en lugar de marchar al exilio. Sin duda es comprensible en algunos liberales minarquistas este afán por justificar éticamente el Estado democrático a partir de los derechos de los individuos, pero la entelequia contractual sólo contribuye a restar seriedad a su tesis y a oscurecer el debate. No es que piense que otros enfoques vayan a tener éxito justificando el Estado, pero quizás hay modos más sensatos de abordar la cuestión y avanzar en la discusión que apelando a sofismas de este género.

¿El Estado democrático tiene derecho a gobernarnos? El Estado no puede poseer ningún derecho que, antes de su existencia, no poseyeran los individuos. Sólo puede derivar su legitimidad de sus súbditos, que de algún modo tendrán que haberle delegado voluntariamente el derecho a que les gobierne. El problema es que esta delegación de derechos no se ha producido jamás, y de hecho nunca podrá tener lugar. El Estado que nos rige lo hace sin autoridad, sin legitimidad. No se asienta sobre el consentimiento de los gobernados, no le debemos obediencia porque tenga un derecho a gobernarnos.

¿La Constitución Española es un contrato entre los ciudadanos españoles y el Estado español? Primero, la Constitución a lo sumo vincularía sólo a los españoles que la aprobaron en el referéndum. Nadie puede ser sometido a un contrato que no ha suscrito o que ha rechazado. Tampoco las generaciones posteriores pueden verse compelidas por la Constitución de 1978. Un contrato lo rubrican personas vivas, no personas que están por nacer. Segundo, por norma los contratos no adquieren validez hasta que lo firman las partes. ¿Alguien ha firmado la Constitución? ¿Dónde figuran los nombres de las partes contratantes? ¿Qué clase de contrato es éste que ni siquiera puede remitirnos a quienes lo integran? Si no existe evidencia legal alguna de que un individuo particular apoyó la Constitución ésta no puede vincular legalmente a nadie en particular. Pero lo más gracioso, como dijera Lysander Spooner en "La constitución sin autoridad", es que este supuesto contrato que no sería admitido en ningún tribunal de justicia para probar una deuda de cinco dólares se presenta como prueba de que todos los habitantes de un país han cedido su propiedad, sus libertades y su vida al Estado. Tercero, la argumentación contractualista parte del supuesto de que los derechos individuales son alienables, de que es posible firmar contratos de esclavitud. No obstante, podemos alienar los bienes que hemos adquirido o producido, pero no podemos alienar nuestra voluntad, nuestro raciocinio, que es lo que nos dota de derechos. Y si no podemos desprendernos de la fuente de nuestros derechos lógicamente no podemos desprendernos de nuestros derechos. En otras palabras, somos propietarios de nosotros mismos no por elección sino por naturaleza, no sólo somos en cierto sentido los homesteaders de nuestro cuerpo, los "primeros ocupantes", sino los únicos que podemos serlo. No es posible, por tanto, que hayamos elegido ceder en un contrato con el Estado nuestros derechos inalienables por naturaleza.

¿El acto de votar implica la aceptación del Estado democrático? A primera vista incluso parece que no haya escapatoria tal y como lo plantean algunos: si votas por el partido ganador aceptas el sistema, has contribuido a formar el gobierno; si votas por el perdedor también aceptas el sistema, porque has participado en el juego y has sancionado sus reglas; si no votas también ratificas el sistema, porque abstenerse significa conformarse con el resultado sea cuál sea, someterse al partido que los demás han elegido. Pero este razonamiento no se sostiene. Aparte de la cuestión de la inalienabilidad y la ausencia de unas partes firmantes identificables, en primer lugar no puede decirse que el acto de votar y el acto de abstenerse son igualmente vinculantes. Eso dejaría al individuo sin opciones, sin elección posible, y no podría argüirse en absoluto que ha elegido voluntariamente ceder sus derechos. En segundo lugar, ¿de dónde se sigue que el hecho de votar implica la aceptación del sistema? Ésa es la interpretación que hacen los valedores de esta postura, pero quizás no es la interpretación que hacen muchos votantes. Algunos electores a lo mejor votan no para apoyar el sistema, sino simplemente para evitar que venza un partido peor que aquél por el que pujan. El individuo que paga un rescate a un secuestrador no está aprobando el secuestro, sólo está intentando evitar un mal mayor. Como señaló Spooner, si obligan por la fuerza a un individuo a participar en una batalla y éste se encuentra en la tesitura de disparar o ser víctima de un disparo, no puede decirse que por el hecho de disparar y salvar su vida la batalla haya sido una elección suya. El Estado nos obliga a permanecer dentro del sistema, no permite que nos escindamos; en consecuencia no cabe alegar que alguien acepta el sistema por el hecho de que intente defenderse a través de las urnas (votando por el partido que cree que va a perjudicarle menos). En cualquier caso, el voto no incluye ninguna cláusula que especifique cuál es el significado concreto de entregar una papeleta, luego la interpretación contractualista es tan arbitraria como cualquier otra.

¿La permanencia en un determinado territorio implica aceptar el dominio del Estado sobre ese territorio? Hay quien razona del siguiente modo: si alguien no quiere someterse a los dictados del Estado que rige el territorio es muy libre de marcharse a otro lugar; si se queda está aceptando tácitamente su legitimidad. Pero permanecer en un país sólo implica consentimiento tácito si se asume que el Estado tiene en primer lugar un derecho sobre ese territorio. ¿De dónde se sigue el Estado tiene con carácter previo un derecho de propiedad sobre todo el territorio nacional? La respuesta no puede ser "porque la población consiente tácitamente al quedarse en el país", pues ésta sería la consecuencia de que el gobierno tuviera ese derecho, luego no puede ser su causa. Dicho de otro modo, es como si el mafioso de un barrio exige a un individuo que ha abierto un negocio en la zona que le entregue una parte de sus ingresos. ¿Es legítima la acción del mafioso por el hecho de que el individuo haya decidido abrir el negocio en este barrio y no en otro? Obviamente no, porque el mafioso no tiene ningún derecho a extorsionarle en primer lugar. El mafioso no es el dueño del barrio, lo mismo que el Estado no es el dueño del territorio.

Algunos dirán que el Estado democrático es inherentemente injusto pero necesario, que aunque sólo sea por razones utilitaristas es preferible su existencia a su ausencia. Otros pensamos que el Estado es lesivo e innecesario y que debe abolirse en favor de un sistema de ley policéntrica. Lo que se ha argumentado en este artículo es que el Estado democrático no se fundamenta en ningún contrato social por el que los individuos delegan parte de sus derechos al gobierno. Los defensores del Estado tendrán que recurrir a algo más que a la constitución, al voto o a la permanencia en el país para justificar la legitimidad del Estado.

Para mentiras, la realidad

“Menos piadosas que las del corazón
son las mentiras de la diosa razón,
yo sólo te conté media verdad al revés
(que no es igual que media mentira)”
Joaquín Sabina

Es mentira que los impuestos sean un robo.

Es mentira que el salario mínimo cree paro.

Es mentira que la Seguridad Social sea un timo piramidal.

Es mentira que la propiedad común sólo pertenece al Estado.

Es mentira que el ecologismo tenga al hombre como un virus de la naturaleza.

Es mentira que el igualitarismo implique la coacción perpetua para evitar las diferencias personales a que conduce el individualismo.

Es mentira que los contratos laborales obliguen al trabajador a aceptar lo que otros, los sindicatos, le imponen y no aquello que libremente acuerda con otro individuo, el empresario.

Es mentira que el derecho a la vida no equivalga al derecho a recibir sustento del prójimo.

Es mentira que el derecho al trabajo conlleve el derecho a coaccionar a otros para que den un empleo.

Es mentira que el derecho a una vivienda digna signifique que otros tienen que pagarte la hipoteca.

En suma, parafraseando a Sabina, es mentira que más de 10 mentiras no digan la verdad.

El intervencionismo que vendrá

En España se vive bien. No es una opinión personal sino la de una millar de españoles que se han retratado en el Eurobarómetro especial nº 251, un prolijo documento que la Comisión Europea ha publicado hace una semana. Nada menos que un 96% de los españoles entrevistados afirman que se sienten bien viviendo en nuestra nación. Sólo los de las potencias escandinavas están por delante de estos aventurados ciudadanos y eso que ellos no tienen las mismas dificultades que nosotros para llegar a fin de mes.

La familia y el trabajo son los pilares en los se apoya la felicidad de los europeos, fundamentalmente de los 15, que en esto de la alegría no es de extrañar que le lleven años y percentiles de distancia a las emergentes naciones poscomunistas.

Es de suponer que familia y trabajo serán, por lo tanto, objetivos permanentes de las políticas intervencionistas de nuestros eurácratas. Ya que no se trata de dejar las cosas como están, si van bien, sino de encontrar la manera de torcerlas… con la mejor intención de este lado del mundo.

Los datos del documento 251 hacen suponer que los protagonistas de tanta dicha viven su vida de espaldas a la política europea, preocupados por su día a día manifestando, en algunos casos, una desafección respecto la UE que raya el derrotismo. Si bien es cierto y resulta por ello alarmante que, en definitiva, lo que reclaman los europeos es una mayor injerencia de la eurocracia a todos los niveles. Es decir, se trata de cubrir las ineficiencias de los estados miembros no con la exigencia de menores cotas de intervencionismo, sino con la mayor intervención de poderes supranacionales.

La Comisión Europea concibió este documento como una herramienta fundamental en el proceso "de escucha y de diálogo" que quedo abierto tras el varapalo que supuso la negativa de Holanda y Francia a ratificar el tratado para la Constitución Europea. Una herramienta con la que establecer un canal de comunicación con sus ciudadanos, que permitiera a las instituciones de la UE ajustar sus políticas para evitar nuevas debacles consultivas. Seiscientos mil euros que servirán para que nuestros políticos ajusten mejor sus mensajes mientras, en bambalinas, seguirán haciendo lo que crean mejor para nosotros.

Un ejemplo anecdótico: jalear al boliviano Morales, nuevo fetiche de los eurotercermundistas que debieran comprender que el temor a la globalización, que buena parte de los entrevistados ha manifestado, es consecuencia de la esquizofrenia intelectual que demuestran los políticos europeos en este, como en tantos otros temas. En fin, no es de extrañar que un conocido periódico español pudiera decir, y quedarse tan ancho, que "todo el pensamiento culto del siglo XX está impregnado de marxismo".

Lo que enseñan en mi clase de economía

A lo largo de una carrera se permite a los estudiantes escoger un cupo de asignaturas de otras titulaciones. Así, este trimestre curso "Economía Política I", de la licenciatura de Economía. Se trata de una asignatura de introducción a la economía, de modo que en principio no exige conocimientos previos y está encaminada a sentar los fundamentos de la teoría económica que luego será desarrollada en sucesivas asignaturas. El problema es que sin una idea cabal previa de cómo funciona el mercado o una actitud crítica que cuestione sistemáticamente todo lo que el profesor explica, los alumnos se exponen a un verdadero lavado de cerebro. Asisten a clase receptivos, confiados, con el propósito de aprender, y justo es cuando debieran tener las defensas más altas. Nadie les ha dicho que lo que van a enseñarles está viciado de base, que hay corrientes que emplean otra metodología y llegan a conclusiones radicalmente distintas, que la finalidad no declarada de la asignatura es justificar el statu quo intervencionista y modelar una generación de economistas prestos a secundar el sistema y a servirlo, en todo caso, como ingenieros sociales.

La asignatura incluye el temario neoclásico habitual: el equilibrio competitivo, el óptimo de Pareto y el principio de compensación, funciones de utilidad y curvas de indiferencia, la caja de Edgeworth, los fallos del mercado, equidad y medidas de desigualdad etc. Libro de cabecera: "Principios de Economía" de Mankiw. Durante las primeras semanas la profesora se ha dedicado a llenar la pizarra de números y a dibujar curvas de demanda, de oferta, de indiferencia, de contrato y de posibilidades de utilidad y de producción. La guinda la ha puesto el profesor de prácticas haciendo derivadas. No es extraño, claro está, que después haya quien crea que una cosa es la teoría y otra muy distinta la realidad.

Los protagonistas de la realidad económica, como dijera Huerta de Soto, no son funciones o sistemas de ecuaciones, sino personas de carne y hueso que actúan, que constantemente conciben fines y descubren medios para satisfacerlos. La profesora, sin embargo, habla de individuos con funciones de utilidad, asigna números cardinales a sus preferencias, compara la utilidad de unos y otros. "Ahora quito de aquí para mejorar esta situación de ahí, ¿las ganancias sociales superan las pérdidas sociales?". Pero vamos a ver, señora profesora, ¿puede decirnos cuál es su función de utilidad? Estamos esperando… ¿En cuántas unidades de utilidad valora usted un trozo de pizza exactamente? ¿Cómo puede sumar, restar y comparar utilidades de distintos individuos tan alegremente? ¿Qué rigor científico tiene esto? Ninguno. Las valoraciones subjetivas de los individuos son de carácter ordinal, la utilidad no se puede medir. Pero si la profesora admitiera este punto ya no podría seguir jugando a ser Dios con sus gráficos, redistribuyendo renta e interviniendo en el mercado para aumentar los "beneficios sociales".

En clase se nos explica que cada vez que la realidad se separa del modelo teórico de competencia perfecta nos hallamos ante una ineficiencia del mercado, un fallo del mercado. ¿Y no puede ser que lo que falle sea el modelo? La realidad es dinámica, el modelo neoclásico es estático; el proceso real de mercado es básicamente un proceso de creación de nueva información, el modelo de competencia perfecta presupone información plena. En suma, el modelo es irreal, pero paradójicamente se utiliza para ilustrar cómo debería ser la realidad.

En la economía que nos enseñan el ser humano no actúa, reacciona. Toda la información sobre fines y medios está dada, de manera que la gente sólo tiene que reaccionar mecánicamente ante esta información, sólo tiene que maximizar una función determinada. Partiendo de esta premisa, ¿por qué no iba el Estado a intervenir? La información está dada, ¿no sería mejor que fuera manejada por tecnócratas especialistas? La cuestión es que la economía presentada de este modo elude el problema económico fundamental: la creación de esa información. En el mundo real la información sobre fines y medios no está dada en absoluto, tiene que crearse. Y sólo puede crearse en el marco de una economía libre. El modelo neoclásico parte en este sentido de la consecuencia del proceso competitivo (de la estructura de precios a que da lugar continuamente la acción humana), luego no puede pretender explicar el proceso competitivo mismo. En otras palabras, el modelo presupone que el problema principal a resolver ya está resuelto, y de esta forma puede justificarse la intervención del Estado por doquier.

El edificio teórico de la asignatura se alza sobre cimientos de fango, pero acaso lo más destacable sea que la profesora no haya citado siquiera a un solo crítico de la concepción económica neoclásica. Todos los teóricos, palabras suyas, parten de estas mismas premisas, aun cuando a veces diverjan en sus conclusiones. Seguramente este comentario no es achacable a un afán manipulador, sino al simple desconocimiento de que esos críticos existen. Es probable que no haya leído nada de Mises, Hayek o Kirzner, no digamos ya Rothbard, y que de la escuela austriaca de economía apenas le suene el nombre. No hace mucho el propio Greg Mankiw, autor del libro de referencia de la asignatura, reconocía que no había leído a ningún autor austriaco, con excepción de Hayek y su "Camino de Servidumbre", la más elemental de sus obras.

Partiendo de la metodología y las premisas irreales que enseñan en clase es sumamente fácil llegar a conclusiones intervencionistas. Los alumnos asisten a un curso de legitimación del Estado del Bienestar más que de ciencia económica, y mucho me temo que esta realidad es extrapolable al resto de las universidades del país, y allende nuestras fronteras.

Evocaciones

A nadie escapa, además, el elemento populista, la fácil venta ante el electorado que tiene poner al votante como teórico accionista y hablar de devolver a Bolivia unas riquezas que “le pertenecen”. Al fin, ¿Qué importancia puede tener un cambio de titular en la explotación de un recurso, cuando solo hay que extraerlo y acaso vendérselo a los distribuidores? Pues la tiene, y mucha.

Producir no es una cuestión técnica, sino económica: se trata de hacer el uso más productivo de un recurso. Para ello, los empresarios cuentan con un delicado sistema de señales, que son los precios y los costes, y que le van indicando qué es lo más conveniente en cada momento. El gestor público no se mueve por el beneficio, sino por otro tipo de consideraciones que nada tienen que ver con hacer el mejor uso del recurso, por eso todas las gestiones públicas caen en el fracaso. Allende logró arruinar nada menos que la minería chilena de cobre, y Castro ha hecho de Cuba un país importador de azúcar. En toda la historia, Estados y grupos de toda ralea han intentado agarrar la riqueza de otros, para ver cómo se les escapaba de las manos como la arena del mar. Y es que confundían la riqueza con las cosas, en lugar del quehacer diario, libremente encaminado a satisfacer las necesidades sociales.

La libertad en Francisco Ayala

"Hoy ya es ayer" es solo uno de los numerosos títulos del escritor y ensayista Francisco Ayala, liberal español de todo un siglo. Bajo un único título se esconden, en realidad, tres libros, el primero de los cuales se llama "Libertad y liberalismo", que le sirve al autor para situarse en el abigarrado mundo liberal con sus ideas sobre la libertad y la sociedad. Para un lector de los autores principales de la Escuela Austríaca, la visión de Ayala de lo que es la libertad y cómo se desenvuelve ese principio ético y práctico en la sociedad no puede ser más paradójica. Con sus inconsecuencias, uno está tentado de considerarle un héroe, por haber sabido evitar las consecuencias últimas de su pensamiento, para salvar por puro amor de una segura quema, la libertad. El liberal adorador del Estado, he estado tentado de llamar este artículo.

Es para Ayala la elección, y por ello la libertad pertenece a la naturaleza humana. Esa absurda frase de que estamos condenados a ser libres, que le hace a uno recordar a Francisco D’Aconia: "si observas una paradoja, revisa tus premisas". La de Ayala es que la libertad "consiste en elegir, para cada momento, su conducta entre un repertorio más o menos amplio de posibilidades". Pero es un atributo del hombre y éste es un animal social. Y "no hay posible sociedad sin un orden –sea cual fuere–, exterior al individuo y que desde fuera lo obliga, determinando su conducta mediante la alternativa de la coacción". Él identifica el orden social con las normas y (aquí se encuentra el error) las normas con los mandatos coactivos. El sociólogo no se ha apercibido de la posibilidad de que las normas puedan tener un contenido consensuado, o no distingue entre ellas y los mandatos. O la posibilidad de que dichas normas lo que impidan sea, precisamente, ataques contra la vida y la propiedad, que son la misma base de la libertad. El hombre es libre y sometido por naturaleza, porque vive en sociedad y ésta se basa en el orden, y por tanto en la coacción. Es más, "la mayor complejidad de la estructura social impone la introducción de normaciones cada vez más estrictas". No es de extrañar que, en un por lo de más iluminador repaso a la historia de la libertad, diga nada menos que "en la lucha del Emperador Carlos V con las comunidades castellanas, o en la del Rey Felipe II contra las libertades aragonesas, los monarcas representaban el progreso", que requería la eliminación de las libertades o privilegios, pues "para cumplir una voluntad histórica incorporada en el Estado debían plegarse todas las voluntades personales a las de un autócrata".

Pero no es ya que "las normaciones sociales tienden a eliminar la libertad del individuo sustituyéndose coactivamente a los contenidos de su voluntad práctica", sino que "la libertad tiende por su parte a anular el orden, proclamando la validez del arbitrio individual". Es más, "su aplicación integral implicaría la desaparición de todo orden social y, como es sabido, sin sociedad no puede haber una auténtica vida humana". Se pondría fin "a la Historia y a la Humanidad". Adiós a Adam Smith y su mano invisible. Adiós a la armonía de intereses de una sociedad libre. Bienvenido, Hobbes. Pero no debemos desesperarnos. Pues las normas, en tanto que producto de la cultura, son fruto de la elección del hombre; y ya sabemos que esa elección es, precisamente, la libertad. La conclusión no puede ser otra: "el propio sistema coactivo, fundamento del orden social, constituye, tomado en su conjunto, una expresión de la libertad humana, en cuanto es un producto de la cultura, creado por el hombre, y realizado en el interior de su conciencia". La coacción, fundamento de la sociedad. La libertad, destructora de la misma y por tanto del mismo ser humano. Pero la coacción es, en realidad, la libertad, y por la primera se salva la última.

No puedo dejar de preguntarme si no serán este tipo de absurdos, paradojas y errores lo que ha impedido al liberalismo español encontrar más adeptos. La historia del liberalismo en España desde finales del XVIII está por escribir. Pero sería interesante saber cómo es posible el salto desde las claras disquisiciones de la Escuela de Salamanca, con todo lo que arrastrasen de escolasticismo en el buen y mal sentido, y personajes como Francisco Ayala, que hasta donde me alcanza, ha podido defender la libertad con estas palabras sin que nadie le hiciera ver en su momento el punto de su error.

Jean-François Revel, maestro liberal

La última vez que pude escucharle fue en su homenaje auspiciado por FAES en un gran hotel próximo al Madrid de los negocios. El viejo león marsellés imprimió un tono de sagacidad e ironía en sus palabras, aunque ya se advertía que era un hombre finalmente gastado. Al día siguiente el presidente Aznar le concedía la máxima condecoración civil en España. Poco tiempo después llegó el atentado, la derrota y todo lo demás. Era el epílogo español a su obra y también el fin impensado de una manera de hacer política en este país.

Volviendo la vista atrás, durante los años 80, en el inevitable paso por la escuela y el instituto, nos vendieron a muchos la mortífera idea de que la solución a los males presuntos de Occidente era nada menos que el modelo autogestionario yugoslavo. Cuando descubrimos en la primera juventud a Jean-François Revel en sus libros, nos dimos cuenta del festival de mentiras que propalaban aquellos clérigos de la enseñanza. Hemos leído, casi devorado, La tentación totalitaria y El conocimiento inútil con ojos sorprendidos entre la fascinación y la tristeza. Fascinación por la agudeza de Revel y tristeza por el diagnóstico. ¡Tanta vida de Revel volcada en Iberoamérica para otra vez –visto el delirante eje entre Caracas, La Habana y La Paz– empezar de nuevo! En La gran mascarada nuestro maestro liberal desveló la exigua diferencia entre totalitarismos: los nazis cuentan lo que van a hacer y lo hacen; los comunistas callan siempre y finalmente ejecutan. ¿En qué posición, por ejemplo, se encuentra ETA-Batasuna ante esa doble estrategia rojiparda explicitada por el legendario director de L´ Express?

La obsesión americana fue su última obra publicada y en ella denunciaba la corrupción de los gobernantes perceptores de la ayuda internacional así como la violencia intrínseca del movimiento antiglobalizador:

Contra las dictaduras es contra las que la violencia o la obstrucción física son legítimas, porque brindan el único recurso para quienes quieren contribuir al restablecimiento o al establecimiento de la democracia, pero los amotinados de Niza o Génova hacían lo contrario: atacaban la democracia con el fin de substituirla por la fuerza.

Revel tenía amplia curiosidad por múltiples asuntos de nuestro mundo como los manjares de la cocina o la eternidad a través de las interesantes conversaciones mantenidas con su hijo budista. Ateo confeso, libre espíritu, nunca defraudaba y ahora mismo vale su obra para explicarnos todos los peligros que nos circundan.

Muere Jean François Revel casi el mismo día que J.K. Galbraith, otro ilustre de afilada palabra pero al servicio de una causa dislocada y estéril. Por el contrario, nos queda de Revel su combate contra el comunismo, su afán en pelear el disimulo en Europa, su interés en el arte de vivir filosófica y materialmente mejor; el testimonio refrescante y sincero en defensa de la libertad para las generaciones que siguen rechazando la tiranía de cualquier sitio.