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Etiqueta: Pensamiento liberal

Por más que lo repitan sus entusiastas votantes, Podemos no puede

Aunque sus votantes hablen más o más alto, más orgullosos o con más entusiasmo, Podemos no puede; aunque tengan mucha visibilidad en prensa y televisión, salgan cada poco a la calle a manifestarse, acampen en la misma Puerta del Sol, rodeen el Congreso o intenten acallar la voz de otros políticos entre gritos e insultos, Podemos no puede; por más que sus dirigentes vendan la piel del oso antes de cazarlo para arengar a la tropa con cánticos de victoria, Podemos no puede. Por una simple razón: son una minoría cuyas ideas no representan el sentir mayoritario del pueblo como pretenden aparentar. Y en democracia eso es todo lo que importa.

Fruto del sistema electoral acordado en la transición, el comunismo siempre ha tenido una influencia marginal en la política española a través de sus partidos políticos, y únicamente ha decidido elecciones generales prestando o dejando de prestar sus inquietos votantes al Partido Socialista. Resistiéndose, a pesar de todo, a diluirse como el fascismo para superar las ideologías totalitarias como un drama del pasado.

Así, tras los gobiernos de Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo —con el fracasado golpe de estado del 23-F por medio— el PSOE de Felipe González se alzó con la victoria en las elecciones generales de 1982, apoyado por una mayoría de los votantes comunistas. Que, a diferencia de la anterior convocatoria, optaron por el pragmatismo del voto útil para conseguir el primer gobierno de izquierdas de la democracia.

No sería hasta 14 años después, que el centro-derecha español logró reagruparse entorno al Partido Popular para volver al poder. Cuando en 1996, José María Aznar se sirvió de la pinza con Izquierda Unida —liderada por Julio Anguita— para echar a Felipe González de la Moncloa. Los socialistas estaban envueltos entonces en varios escándalos de corrupción y en los crímenes de estado cometidos por el GAL. Y la pinza formaba parte de la estrategia de sorpasso, con la que IU aspiraba a reemplazar al PSOE como partido referente de la izquierda. Al final, lejos de sobrepasar a nadie, sus inflexibles planteamientos desencadenaron la escisión de algunas federaciones regionales y de la corriente Nueva Izquierda, llevando a los comunistas a un largo declive hasta su mínimo electoral, situado en el 2.7% del censo.

En 2003, a pesar de comulgar con la ideología política más sanguinaria de la historia, los comunistas escondieron sus camisetas del Che en el cajón, se enfundaron la camiseta del "No a la guerra" y salieron a la calle para evitar que Rajoy sucediese a Aznar como presidente del gobierno. Quien, ignorando la voluntad de la mayoría, había involucrado a España en la Guerra de Irak para apoyar a George Bush, el por entonces archienemigo de la izquierda mundial. Así, con el protagonismo de los artistas de la ceja, aprovecharon la incompetencia de los populares en la gestión del desastre del Prestige y de los atentados del 11-M, para movilizar a todo el electorado de izquierdas y hacer presidente a José Luís Rodríguez Zapatero en las elecciones de 2004.

Estando la izquierda en el poder, explotó la burbuja inmobiliaria, propiciando el pinchazo de la coyunturalmente hinchada recaudación con la que se habían financiado los caramelos populistas de Zapatero: cheque bebé, renta básica de emancipación, reparto de VPO a modo de regalo o lotería, primas a renovables, innumerables subvenciones a industrias deficitarias, etc. Tras incrementar la deuda pública del 36,3% al 70,5% del PIB en solo cuatro años, hasta agotar la capacidad de financiación de su gobierno con disparates keynesianos como el Plan E —las desgraciadas "políticas de crecimiento"— y el mantenimiento del hipertrofiado aparato estatal y autonómico que se había consolidado en la época de bonanza, sus acreedores le cerraron el grifo. Empezaron entonces los recortes, haciendo aflorar el amargor encapsulado en los dulces que había repartido, cual negligente cigarra que olvida lo largo y duro que puede ser el invierno.

Se presentaba así un escenario inédito para los comunistas, que tenían demasiado reciente en la memoria la última legislatura de Aznar, al que ellos habían aupado al poder. Y se sentían traicionados por Zapatero, que ya sin margen de maniobra, se había doblegado a los acreedores internacionales rebajando el sueldo de los funcionarios, congelando las pensiones y rescatando cajas de ahorros con dinero público, para impedir una quiebra en dominó y el impago de su deuda. A cambio, España se salvaba de la quiebra formal y mantenía el acceso al mercado de crédito para financiar sus deficitarios presupuestos.

Ante la magnitud de la tragedia, IU no parecía representar un arma útil para influir en el devenir del país. Y el 15 de Mayo de 2011, indignados por el previsible triunfo de Mariano Rajoy en las siguientes elecciones generales, algunos colectivos de la izquierda más combativa solo vieron una salida: echarse a la calle con los lemas "Democracia real ya!" y "No nos representan", escenificando su negativa a asumir su verdadero peso en un PSOE que se desmoronaba y en la sociedad española. Comenzaron así unas manifestaciones que culminarían con la acampada de la Puerta del Sol de Madrid y la formación del Movimiento 15-M.

Partidos como UPyD y Ciudadanos, que habían nacido durante el mandato de Zapatero por el descontento de algunos socialistas con la deriva nacionalista del PSE y el PSC, supieron pescar en aguas revueltas y recolectar parte del voto más centrista que abandonó el PSOE.

Al calor del Movimiento 15-M, también surge una nueva generación de líderes comunistas como Alberto Garzón, cuyos agresivos planteamientos revolucionarios y sus artículos de pseudo-economía para legos, disfrazados de verdad científica al estilo marxista, hacen fervor entre sus seguidores en internet y pronto se encarama a la dirección de Izquierda Unida.

Pablo Iglesias, otro de esos jóvenes líderes, admirador de Julio Anguita y consciente de la incapacidad del apolillado discurso de IU para ampliar la base social del comunismo, decide poner en práctica una idea más posibilista para revivir la ilusión del sorpasso. Así, aprovechando el tirón del eslogan "Yes we can" de Obama, trata de vestir la mona de seda en sus intervenciones televisivas. Su estrategia consiste en superar el lastre que suponen la palabra comunismo y los partidos hasta ahora lo representaban, desplegando una calculada retórica, digna de Goebbels, para reclamar todo el voto disperso de la variopinta izquierda anticapitalista. Nace así el fenómeno Podemos.

Con propuestas que sobrepasan a IU por la izquierda, como la renta básica universal, pretenden comprar el voto de una generación de Ni-Nis que además de no estudiar ni trabajar, tampoco votan, pero sí ven mucha televisión y parecen fácilmente maleables para dar ruido a cambio de la promesa de recibir una paguita, movilizando al resto de la izquierda. El objetivo es servir de nexo entre el voto del proletariado más rancio que representa IU y un PSOE realineado a la izquierda respecto a aquel que rescataba entidades financieras con el dinero del pueblo, para formar un frente amplio que se haga con el gobierno. Siendo así la "palanca de cambio" que vire el rumbo de la política española hacia la izquierda. El hecho de que propuestas como la RBU sean irrealizables carecería de importancia, supuesto que en caso de tomar parte en un gobierno serían minoría y tendrían fácil justificar una posición pragmática ante sus bien adoctrinados votantes.

Pero las matemáticas electorales de Podemos están tan viciadas como las que, ignorando la imposibilidad del socialismo, sustentan sus planteamientos de economía dirigida. Los comunistas no supieron hacer las cuentas en la transición, donde los partidos minoritarios fueron condenados a la marginalidad, ni las saben hacer ahora.

Como demostraron las últimas Elecciones Europeas, su principal caladero electoral se encuentra en los votantes más activos del ala izquierda del PSOE. Esos comunistas que no se pierden ni una cita electoral pero tras el desengaño del sorpasso volvieron al voto útil que hizo presidentes tanto a Felipe González como a Zapatero. Y ahora, decididos a tropezar una vez más con la misma piedra, se han dejado seducir por la mesiánica misión de Pablo Iglesias para abrir un proceso constituyente que instaure la dictadura del proletariado en España y termine con la casta.

A Podemos, como al resto de partidos minoritarios de ámbito nacional, cada escaño le costará entre el doble y hasta siete veces más votos que a PP, PSOE y nacionalistas. De forma que, por cada escaño que ganen IU, Podemos o UPyD con antiguos votantes del PSOE, los socialistas pierden 2 o más asientos, generando un balance negativo para la representación de la izquierda.

A la luz de estos datos, es fácil entender el antagonismo tan visceral que profesan los de Pablo Iglesias a Rosa Díez y el boicot a sus actos. La existencia de UPyD como sumidero de más de un millón de votos socialdemócratas, hace prácticamente imposible que el frente de izquierdas del que habla Podemos participe en el gobierno de España. También desactiva su capacidad para tirar de un desorientado PSOE hacia la izquierda de forma duradera, como les gustaría.

No parece tarea fácil, además, subir a un mismo barco a todos los votantes de izquierdas, en la tesitura de decidir si el objetivo es librarse de los rentistas que viven de su plusvalía, o crear una nueva clase de rentistas, para incrementar su cuota electoral con votos comprados, emulando la Andalucía del PER. Tampoco parecen ponerse de acuerdo si Andalucía y Extremadura deben participar en la redistribución de la renta de regiones más ricas como Cataluña, o solo el proletariado de cerca merece chupar de ese bote. Y es que esto de la izquierda es un concepto muy amplio, que coincidiendo en un punto elemental: hay que robar al rico, dista del consenso sobre todo lo demás.

Mientras el voto de centro-derecha permanezca activo y unido como en los últimos veinte años —no hay mejor combustible y aglomerante que el miedo a unos comunistas y nacionalistas crecidos—, solo es posible un gobierno de izquierdas en España con un una representación de los comunistas en mínimos y un PSOE moderado que recupere a sus antiguos votantes refugiados en UPyD y abstencionistas. Basta comprobar cómo aunque que a Rajoy no le fue suficiente con un 39.94% del voto para gobernar en 2008, Aznar fue presidente con solo el 38.79% en 1996. La diferencia: una Izquierda Unida en mínimos con 2 escaños, o cerca de máximos, con 21 escaños.

Con su indignación, convertida en ilusión vana por un líder populista, los votantes de Podemos se están imponiendo como penitencia un mandato del señor Rajoy tan largo como duren sus delirios de poder. 

Extraña rendición ante el mercado libre

El periodista y escritor Javier Reverte aludió en ABC al fracaso europeo, "que tiene dos caras: la de un capitalismo que ha vuelto a recuperar sus hábitos de voracidad despiadada y la de una ideología socialdemócrata que no ha sido capaz de sujetar las riendas al desbocado capital financiero". Diagnosticó así la situación de los socialistas: “su rendición a los dictados de las leyes del mercado ha supuesto una capitulación sin condiciones” de su idea original de “conciliar la libertad con la justicia social”, y el resultado ha sido que "la riqueza es hoy más poderosa que los gobiernos". Aquí hay tres errores.

Veamos primero la piedad capitalista. Uno podría recaer en las habituales caricaturas de los capitalistas malvados, pero lo que no puede hacerse nunca es dar a entender implícitamente que la perversidad censurada depende críticamente de la institución que es objeto de censura. Digamos, si afirmamos que el capitalismo es despiadado y no decimos nada más, estamos sugiriendo que el no capitalismo rebosa de piedad. El señor Reverte no puede no saber que esto último no es verdad, porque las instituciones del capitalismo –la propiedad privada y los contratos voluntarios– han sido más o menos quebrantadas en el planeta en el pasado, y nada permite concluir que su quebrantamiento está asociado con más piedad que su preservación.

El segundo equívoco estriba en diseñar el perfil de la impiedad capitalista. Don Javier presume de diagnosticarlo: el capitalismo era menos voraz pero ahora es más voraz. No hay forma de probar esto seriamente. Si el capitalismo fuera más voraz nunca habría permitido que sus beneficios fueran expropiados; al contrario, habría arrinconado al Estado y habría reducido su tamaño, peso y poder. Asombrosamente, eso es lo que dice el señor Reverte que ha sucedido: "La riqueza es hoy más poderosa que los gobiernos". La verdad es justo la contraria, porque nunca los Estados han sido más grandes, nunca las regulaciones han sido más intrusivas, nunca los impuestos han sido más elevados.

El tercer error se refiere a la socialdemocracia. Cualquiera que la conozca mínimamente sabe que no es cierto que se haya "rendido" al mercado libre. Ningún socialista de ningún país jamás ha hecho tal cosa, y, al contrario, todos los socialistas del mundo reivindican un papel importante del Estado que limite el mercado libre, y cuando gobiernan llevan a la práctica esa idea, como hemos visto reiteradamente en España y muchos otros países.

Por fin, la noción de "conciliar la libertad con la justicia social" jamás ha sido una idea peculiar del socialismo sino la cálida ficción que ha amparado el crecimiento del Estado, o que al menos ha bloqueado su reducción apreciable, en todos los países y bajo todas las ideologías de todos los partidos.

Atlantic basin

Durante la primera semana de este mes de julio se han celebrado un par de interesantes seminarios con la idea de fondo del atlantismo. Por orden cronológico, primero fue un curso del Campus FAES (el día 4) y después el VII Foro Atlántico patrocinado por la Fundación Internacional para la Libertad, que se celebró en la Casa de América el 8 de julio (como verían anunciado en la web de nuestro Instituto).

En ambos casos escuché un argumento común con el que pensaba comenzar: la idea de Occidente es mucho más que un espacio geográfico en torno al Océano Atlántico. Se trata de un proyecto cultural y político que descansa en la libertad como forma de organización social. Podemos asegurar que es la raíz de los grandes avances de la historia de la humanidad; y, a pesar de su nombre, está abierto a todas las culturas del mundo. Como indicaba el Presidente Aznar, en la presentación del primer evento, hay países de la Europa más continental que podemos llamar atlánticos (hablaba de Eslovaquia o Polonia); del mismo modo que, como una llamativa paradoja, la nueva Alianza del Pacífico que están promoviendo México, Perú, Chile y Colombia es sin duda también una iniciativa atlantista.

Este curso del Campus FAES se titulaba "La cuenca atlántica: desafíos y oportunidades". Dirigido por Cayetana Álvarez de Toledo, fue inaugurado por Charles Powell (Real Instituto El Cano) y se desarrolló durante dos días en varias mesas presididas por José María Aznar, Josep Piqué, Carlos Alberto Montaner o Ana Palacio. Entre los ponentes destaco a intelectuales como Mario Vargas Llosa, Jorge Edwards y Guy Sorman; o políticos como Sebastián Piñera, María Corina Machado, Michèle Alliot-Marie y Mikulkas Dzurinda.

La Mesa del Presidente Aznar giraba en torno al Atlantic Basin Initiative, un proyecto radicado en el Center for Transatlantic Relations de la John Hopkins University de Massachusetts. Entre sus objetivos destacaré la consecución de un crecimiento sostenible respetando la dignidad humana; o facilitar un entorno favorable al desarrollo empresarial, con la mirada puesta en afianzar la seguridad en lo que podríamos llamar el hemisferio occidental. Esta iniciativa también se preocupa por la cooperación educativa y tecnológica, por la expansión de una cultura de respeto a la Ley, o por atender problemas concretos como por ejemplo la energía. En este sentido, Aznar señalaba el importante futuro que tienen las reservas energéticas en nuestra cuenca atlántica (algo generalmente poco conocido; pero que explicaba desde la comprensión de unos sistemas jurídicos que defienden el derecho a la propiedad individual del subsuelo; lo que permite la existencia de muchas pequeñas empresas libres y a salvo del monopolio estatal). También insistía en ese carácter abierto de la civilización occidental, que por supuesto incluye a todos los países libres de Iberoamérica, pero sin olvidar a algunas naciones africanas que comparten los mismos valores e ideales. En cierta medida, su discurso sale al paso de la proyección de un mundo futuro adscrito al Pacífico: pero no en términos de confrontación, sino de análisis estratégico.

Dentro de las paradojas que he señalado destaca la de Chile, como explicaba con humor el escritor Jorge Edwards: un país alargado (citando a Vicente Huidobro decía que los cuatro puntos cardinales de Chile son tres, el Norte y el Sur) a la orilla del Pacífico, pero que sin reparos puede llamarse atlántico desde sus orígenes. Su libertador, Bernardo O’Higgins, fue hijo natural de un gobernador irlandés al servicio de España. Aunque también reflexionaba sobre cómo las ideas occidentales que llegan a esos países a veces han sufrido transformaciones dramáticas.

Otro destacado conferenciante, Mario Vargas Llosa, insistió en esa idea de un Occidente que trasciende la geografía: habló de la coexistencia en diversidad, del respeto a los derechos humanos y de la necesaria libertad individual (en lo cultural, lo político o lo religioso). Pero también nos recordaba que Occidente ha dado lugar a otras experiencias completamente lamentables, como los nacionalismos y los fascismos. También los países de América Latina han conocido esas "aberraciones"; del mismo modo que el marxismo que todavía perdura en Cuba es una "profunda deformación" producida por la cultura occidental. Sin embargo, terminó reconociéndose optimista respecto al futuro de aquellas naciones iberoamericanas.

Vargas Llosa me sirve de gozne para comentarles más brevemente la edición del Foro Atlántico de este año. Él mismo actuó de introductor a las conferencias celebradas en la Casa de América: seguramente aprovechando su estancia en Madrid, acudieron también Sebastián Piñera, Jorge Edwards, Carlos Alberto Montaner y Maria Corina Machado. A los que añadimos un panel sobre el Nacionalismo (con Francesc de Carreras, Esperanza Aguirre y Rosa Díez) o la presentación de otro libro de la saga del perfecto idiota latinoamericano con Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza.

Termino con sus reflexiones sobre los nacionalismos, que consideraba un problema fundamental para la Unión Europea, y muy particularmente para España. Los calificó de algo "dramático" y que no hay que dejarlo resolverse por sí solo. El nacionalismo está reñido con la cultura de la libertad. Hay que saber distinguir entre el aspecto positivo de la pertenencia a un lugar con su exageración, que ha sido en la historia fuente de guerras, discriminación y causa de muchos horrores contra la dignidad humana.

Lanzarote 2014, paraíso liberal

La pasada semana ha tenido lugar en Puerto del Carmen, Lanzarote, la IX Universidad de Verano del Instituto Juan de Mariana. En apenas diez años, los cursos de verano que organiza el Instituto Juan de Mariana se han convertido en uno de los eventos liberales más importantes y esperados en nuestro país, especialmente para el público más joven. Y tanto entusiasmo no es para menos. Durante una semana, un grupo de más de cincuenta estudiantes venidos de lugares tan lejanos como Guatemala, Nicaragua o México junto con otros tantos ponentes hemos disfrutado de una experiencia tremendamente enriquecedora al aprender y debatir sobre el liberalismo. Ponentes liberales del más alto nivel, como Carlos Rodríguez Braun, Martín Krause, Juan Ramón Rallo, María Blanco o Miguel Anxo Bastos nos han hecho disfrutar con su sabiduría y sus firmes convicciones en defensa de una sociedad libre. 

Son muy pocas las ocasiones a lo largo del año en las que uno tiene la oportunidad de compartir tanto tiempo rodeado de personas que defienden con tanta pasión y entusiasmo las ideas liberales de respeto de la propiedad privada, de la libertad individual y de los contratos voluntarios. La experiencia es doblemente enriquecedora. En primer lugar, es de agradecer el poder escuchar y charlar con personas tan afines ideológicamente en temas en los que nuestras ideas tristemente son minoritarias. En segundo lugar y más importante aún, es tremendamente divertido comprobar cómo los liberales tenemos unos principios en común pero que discrepamos en multitud de temas. 

Precisamente gracias a esas discrepancias surgen debates interesantísimos de los que todos aprendemos. A veces la gente se sorprende de que los liberales no tengamos la misma opinión en todos los temas de debate. Pero lo extraño es precisamente lo contrario: coincidir en todo. Evidentemente es mucho más cómodo desde el punto de vista intelectual adherirse a una opción ideológica y suscribir punto por punto todo lo que esa ideología defiende. Los liberales podemos pecar de muchos defectos pero la vaguería intelectual no es uno de ellos.

El magnífico programa de este año ha sido de lo más completo. Los alumnos han podido disfrutar de bloques de charlas relacionadas con cuestiones monetarias, con las claves del progreso, del credo de la libertad, de la política contra la libertad y, como novedad, han realizado un taller sobre retórica y comunicación de ideas liberales dirigido por dos expertos en la difusión de dichas ideas: María Blanco y Luis Alberto Iglesias. Tan buena fue la acogida de dicho taller que muy probablemente quede instaurado para futuras ediciones. Y es que, tan importante es tener buenas ideas y principios como el aprender la mejor forma de difundirlos.

Alumnos y ponentes hemos vuelto a casa con las pilas cargadas y con más y mejores argumentos a la hora de dar la batalla de las ideas. No debemos de olvidar que lo único que necesitamos para ganar esta batalla ideológica es tener unas firmes convicciones que defender y un tesón inagotable. Con estas dos armas, PODEMOS lograr avanzar hacia la sociedad que todos los liberales deseamos ver: una más libre, más voluntaria y cooperativa y, en definitiva, más próspera y mucho menos coercitiva. Algunos ya estamos deseando que llegue la X Universidad de Verano. Y es que la décima promete.

Capitalismo y casino

José Antonio Granero Ramírez, decano del Colegio de Arquitectos de Madrid, escribió en Expansión: "La historia confirma que el capitalismo sin regulación, basado sólo en el libre mercado, no organiza de forma efectiva la sociedad moderna, y no garantiza estabilidad". Y el francés Michel Barnier, comisario europeo de Mercado Interior y Servicios, del Partido Popular Europeo, declaró a ABC"Nuestro mercado financiero no tenía reglas, era un casino".

Desde luego, si la historia confirma algo es justo lo contrario de lo que dice el señor Granero Ramírez, porque la realidad es que la expansión del Estado ha sido tan considerable como generalizada. No hay tal cosa como una sociedad cuya organización se fundamente "sólo en el libre mercado". Pero al mismo tiempo ese enorme crecimiento del Estado, como hemos comprobado en años recientes, ha hecho cualquier cosa menos garantizar la estabilidad.

Tras ese tópico, don José Antonio tiene más, "encontrar el equilibrio óptimo entre mercado y regulación estatal para un desarrollo eficiente y sostenible" o "por la asimetría de la información, no existe la competencia perfecta", y demás argumentos endebles con unos objetivos claros: combatir la libertad, restringir el mercado, imponer tarifas, forzar la colegiación obligatoria, etc. Eso sí, luego de exponer unas ideas endebles con el propósito de obtener beneficios económicos para un grupo, se pone solemne y concluye: "En un mundo que pretende ser más justo y equilibrado, medir todo en términos económicos resulta obsoleto".

Lo del señor Michel Barnier sí que resulta en verdad obsoleto, y además disparatado. En efecto, reprocharle a la economía libre sus deficiencias éticas es muy antiguo, y comparar el capitalismo con un casino también lo es. Lo que resulta chocante es el patente contraste entre lo que dice don Michel y la realidad. Primero, los mercados financieros por supuesto que tienen reglas, fijadas por políticos y burócratas como él mismo. Cuando el sistema intervenido estalla, se precipita la corrección política a echarle la culpa a una supuesta anarquía desreguladora que ni está, ni estuvo ni se la espera.

Para colmo, una vez que ha probado que es capaz de distorsionar la realidad en el caso de los mercados financieros, el señor Barnier pasa directamente al insulto en el caso de los casinos. Vamos a ver: ¿quién le ha dicho que los casinos no tienen reglas?

El honor de la burguesía

La economista Deirdre McCloskey está a punto de publicar el tercer volumen de su saga en la que estudia el origen del enriquecimiento de la revolución industrial. Gracias a ese fenómeno, muchos pobres salieron de una situación de miseria y se consolidó la burguesía en Europa. Los argumentos de McCloskey se salen de lo habitual y se centran en el cambio en la percepción del lucro y el beneficio. Mirando a nuestro alrededor se diría que estamos regresando a la era preindustrial.

Hay un universo más allá de los números

La genialidad de la economista americana es que se sale de todas las convenciones a la hora de encontrar las razones que explican los datos de crecimiento de los siglos XVIII y XIX. Tras el éxito de sus dos primeros volúmenes, Bourgeois Dignity: Why Economics Cant Explain the Modern World (2010) y  Bourgeois Virtues: Ethics for An Age of Commerce (2006), ambos publicados por la Universidad de Chicago, McCloskey se atreve con un tercer volumen que está por salir, en el que persiste en su intento por sacar las tripas del fenómeno económico más relevante desde la llamada Revolución Neolítica, cuando el hombre aprende a "domesticar" las especies vegetales y aparece la agricultura.

Cuando se observa el llamado "palo de hockey", es decir, el gráfico que representa la renta per cápita media desde la Edad Media hasta nuestros días, y que se llama así porque tras una larguísima etapa con una evolución prácticamente plana, se dispara a partir de 1820 en un crecimiento exponencial, lo que le hace parecer un palo de hockey tumbado, no puede uno sino preguntarse qué pasó para que sucediera ese fenomenal cambio.

Los economistas han tratado de ofrecer todo tipo de respuestas: desde el institucionalismo de Douglass North que hace recaer el peso en el desarrollo de instituciones que reforzaron los derechos de propiedad y el cumplimiento de los contratos, pasando por el carácter individualista británico, o el imperio de la ley, han sido las más relevantes, además de la revolución agrícola o el avance de la tecnología. Pero para Deirdre McCloskey la diferencia entre el antes y el después es que mientras que hasta el siglo XVII el comercio era algo feo, deshonesto, a diferencia de otras actividades "nobles" como la guerra, a partir de ese siglo, la percepción de la búsqueda del lucro cambia por completo. Quienes antes eran mal vistos se convierten en ciudadanos tan honorables como los demás. Dice Donald Boudreaux en el magnífico artículo que escribe entorno a las ideas de McCloskey, que considerar deshonesto el comercio y la búsqueda del beneficio, actuaba como un impuesto, no aplicado por el Estado, sino por la sociedad y de manera espontánea. Así que no era rentable ganarse la vida de forma poco digna si podías evitarlo. Y si no podías, era carísimo limpiar tu nombre para que, al menos, tus hijos tuvieran más oportunidades que tú.

La dignidad económica de nuestros días

Hoy en día, ese impuesto ya no recae sobre cualquier actividad comercial. Depende de tu patrimonio previo. Una persona con recursos limitados está "autorizado" por la sociedad a buscar su beneficio económico sin que le demonice nadie. Pero si esa persona tiene un patrimonio elevado, ese mismo interés está condenado al insulto y el vilipendio. Como si la virtud se definiera de manera distinta según el sujeto a estudio y la bondad, la maldad, el egoísmo o la prudencia no fueran lo mismo para mí que para usted.

Por la misma razón un especulador está marcado por el mal siempre que la economía vaya mal. Pero si estamos cambiando de tendencia y la misma persona se decide a hacer lo mismo: invertir legalmente a través de alguna de las figuras existentes en el mercado financiero internacional, el demonio se torna ángel y el vil especulador pasa a ser un amable e interesante inversor.

Pero hay un caso aún más sorprendente en nuestros días: el caso de los políticos. Cuando una persona tiene representación parlamentaria y juega al juego político es un miembro de la casta, pero si yo, por ejemplo, que suelo ser muy crítica con el mundo de la política, sus tejemanejes, etc., decido participar en la vida política y presentarme a las elecciones, utilizando todas las manipulaciones del lenguaje, de los datos y las técnicas de comunicación de la política, entonces soy un regeneracionista que va a salvar a España, a Europa y al mundo de la casta política… estoy por encima de la casta y, por tanto, el que elaboro los juicios morales acerca de lo que hacen los demás: los especuladores son malos, el lucro es indigno… Y así, tal vez volvamos al momento económico preindustrial muy digno para algunos pero muy pobre para la sufrida clase media. Y lo haremos porque PODEMOS.

Anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo

Dentro del liberalismo existen a grandes rasgos tres escuelas o corrientes fundamentales de filosofía política: anarcocapitalismo, minarquismo y evolucionismo. Cada una defiende la libertad desde posiciones diferentes, en parte contradictorias pero también complementarias, con imperfecciones y limitaciones.

El anarcocapitalismo (anarquismo liberal, individualista, de mercado) se opone al Estado como institucionalización y monopolio de la coacción sistemática y defiende un orden social basado en el derecho de propiedad y el principio de no agresión: la seguridad y la resolución de conflictos pueden conseguirse mediante mecanismos de mercado libre a través de contratos con agencias privadas en competencia, sin exclusividad ni privilegios.

El anarcocapitalismo propone una justificación o fundamentación ética de las normas sociales de inspiración iusnaturalista o consecuencialista (o una combinación de ambas): las leyes legítimas aplicables a los individuos son universales, simétricas y funcionales. La única norma con estas características es el derecho de propiedad o principio de no agresión: la propiedad o dominio legítimo sobre los bienes se consigue mediante ocupación original (primer uso, colonización) e intercambios voluntarios; la fuerza contra otras personas sólo puede utilizarse para defenderse, para restablecer la justicia ante algún delito o crimen; las obligaciones y los derechos positivos sólo surgen mediante contratos libremente aceptados por las partes involucradas. Una sociedad libre es la que resuelve sus problemas sin iniciar la violencia y sin robos, mediante intercambios puntuales y acuerdos voluntarios.

El anarcocapitalista considera que el Estado, ineficiente, abusivo o corrupto en el uso del poder, no defiende la libertad y la propiedad sino que las viola sistemáticamente y es su peor enemigo: la legislación suele ser liberticida, los impuestos son robos y las guerras son matanzas injustificadas. A partir de los principios fundamentales argumenta cómo puede existir en la práctica la sociedad sin Estado, recuerda que no ha habido ningún contrato con cada individuo que legitime su sometimiento al poder estatal, y que los servicios o bienes públicos recibidos no justifican la obligación del pago de impuestos.

Los principales problemas del anarcocapitalismo son considerar la seguridad un bien económico como cualquier otro y obviar que existen ciertos bienes y servicios, como los espacios comunes y la defensa, que los grupos humanos suelen poseer, proporcionar y disfrutar de forma conjunta, lo cual puede implicar la necesidad de un gobierno centralizado. Además algunas normas que se perciben socialmente como legítimas no se aceptan explícitamente a nivel individual mediante contratos sino que surgen evolutivamente y se concretan en tradiciones y costumbres sociales: que un individuo no acepte una norma no implica automáticamente que esta sea ilegítima, y tal vez el grupo está justificado a obligar o expulsar a quienes la incumplen.

El minarquismo defiende un Estado limitado o mínimo necesario para las funciones de seguridad y vigilancia (defensa nacional frente al exterior, orden público interno) y para la provisión o gestión de otros bienes públicos (especialmente legislación, justicia, policía, relaciones diplomáticas, infraestructuras públicas): sin este gobierno mínimo imprescindible para la organización colectiva estable cualquier grupo humano dejará de existir como unidad autónoma, bien por desintegración por desórdenes internos (conflictos no resueltos por subjetividad, parcialidad o poder coercitivo insuficiente, guerra de todos contra todos) o por invasión y conquista desde fuera. El minarquista suele preferir jurisdicciones o unidades de administración pequeñas por su mayor eficiencia y por la facilidad de los individuos de cambiar de una a otra (voto con los pies).

El Estado es necesario para evitar y resolver conflictos internos y para actuar coherentemente como una unidad frente al exterior: pero como concentración del poder es una entidad peligrosa, tanto para sus propios ciudadanos como para los no miembros. El minarquismo intenta legitimarlo y limitarlo mediante algún acuerdo constitucional con normas que permitan dividir y restringir su poder (separaciones, contrapesos): sin embargo históricamente las limitaciones constitucionales han resultado ser poco efectivas ya que son endógenas (el Estado se vigila o supervisa a sí mismo).

El minarquismo tiene diversos problemas: no especifica cuál debe ser la extensión de cada Estado, qué individuos y territorios debe incluir o excluir y por qué; si se permite la secesión no está claro hasta qué nivel puede ejercerse; si la defensa ante agresiones externas es un problema grave, las unidades políticas pequeñas pueden ser ineficientes y tal vez tiendan a agregarse en unidades mayores (de ciudades a naciones e imperios); si la secesión no se permite, el minarquismo parece consistir en coaccionar al prójimo para participar en la defensa común contra potenciales enemigos más lejanos. Gran parte de la producción de leyes y su administración judicial es privatizable: no todas las normas tienen por qué ser iguales para todo el mundo, y las pactadas mediante contratos privados pueden utilizar mecanismos competitivos alternativos de vigilancia y arbitraje.

El problema esencial del anarcocapitalismo y del minarquismo es cómo definir o entender al Estado: si como un agresor ilegítimo o como la organización del gobierno o estructura de control de un grupo; si como un opresor unilateral privilegiado o como el resultado de un acuerdo que facilita la cooperación social. Ambas interpretaciones son posibles, y normalmente la realidad es compleja y contiene elementos de las dos (no necesariamente en la misma medida). El Estado es el monopolio de la fuerza y de la jurisdicción sobre un territorio y unos súbditos o ciudadanos: pero esto no es ilegítimo si las personas involucradas lo han pactado libremente así; normalmente no todos los individuos lo han aceptado voluntariamente, algunos porque no quieren participar de ese Estado, otros porque quieren un Estado diferente (más o menos liberal o intervencionista).

El evolucionismo aplicado a la filosofía política enfatiza la importancia de los órdenes espontáneos en los sistemas complejos adaptativos: pretende describir científicamente y explicar cómo funciona la sociedad en lugar de legitimar o justificar filosóficamente cómo debe hacerlo; advierte contra el racionalismo constructivista, contra la planificación coactiva centralizada, contra la ingeniería social; recuerda que la realidad es muy compleja, que el conocimiento humano es limitado y disperso, y que las cosas probablemente existen porque funcionan relativamente bien aunque no se entienda cómo o por qué. Las normas sociales no se producen mediante razonamientos reflexivos abstractos utilizando axiomas irrefutables y lógica deductiva, sino por evolución mediante generación de alternativas, rechazo de lo fracasado y retención de lo exitoso (prueba y error): los grupos mejor organizados tienden a desplazar a los peor organizados.

El evolucionismo es correcto pero incompleto: las normas son propuestas y aceptadas o rechazadas por los individuos según sus preferencias o intereses (dando mucha importancia a la reacción de los demás, al qué dirán, a la reputación o prestigio); las personas argumentan las leyes utilizando diferentes criterios de legitimidad o justicia; algunos grupos humanos pueden prosperar cooperando internamente para parasitar o depredar a otros.

Los liberales pueden incluirse en una de estas corrientes o tomar elementos de todas ellas: esto puede hacerse por motivos puramente intelectuales o por otras razones como querer dar una imagen de sí mismo y señalar la pertenencia a algún grupo (el anarcocapitalista radical, rebelde, contundente, extremista, lógico, consistente, idealista; el minarquista sensato, pragmático, realista; el evolucionista científico, descriptivo). Los problemas surgen de no querer o no poder ver las limitaciones, errores e imperfecciones de cada paradigma.

Ideas sueltas sobre la mentalidad progre

Algunos consideran incompresible cómo una persona puede llorar la muerte de Alfredo Di Stefano cuando "no compartió con ellos los millones que ganó en vida". Al parecer, para ciertas personas que supuestamente odian el dinero, no existe más intercambio entre dos seres humanos que el del vil metal. No entienden que alguien, simplemente con su trabajo y habilidades, pueda llegar a conmover tanto a ciertas personas como para éstos lloren su muerte.

Supongo que para estas personas haber llorado por la muerte de Velázquez o Quevedo sería igual de absurdo. O quizá no, claro, porque a la estupidez de creer saber por qué deben llorar los demás le suele acompañar la necedad de pensar que hacer maravillas con una pelota no se puede comparar a hacerlas con una pluma o un pincel.

Leo que en una entrevista que Pablo Iglesias ha dicho que es muy fácil acabar con los desahucios: se hace un decreto ley y basta. Por cosas como éstas soy el único de mi círculo cercano que está bastante contento con que este señor tenga tanto éxito mediático (electoral no lo tengo tan claro, en España hay mucha más gente de extrema izquierda de la que ha votado a IU y Podemos). No es que el resto de los políticos no piensen lo mismo; ahí tenemos al PP o PSOE intentando cambiar las cosas a golpe de BOE desde hace décadas. Pero es evidente que con el foco apuntando constantemente a un extremista sin complejos, las cosas son mucho más claras y no hay que andar perdiendo el tiempo discutiendo el sexo de los ángeles.

Porque sí, los desahucios se acaban con un decreto ley, la imposibilidad de conseguir un crédito bancario se soluciona con otro decreto que nos devuelva a la peseta, y le dé a este señor la máquina de imprimir billetes, y la hiperinflación a la que nos condenaríamos no te obliga a más que a implantar un férreo control de precios, que tendrías que acompañar con otro decreto para regular el orden en las kilométricas colas que tendríamos que hacer desde entonces para comprar el pan.

Todo muy sencillo y al alcance del entendimiento de cualquiera. A partir de ahí que la gente apoye lo que quiera.

Me comenta un conocido que en España el neoliberalismo va a acabar con el pueblo. Tirando de memoria le recuerdo ciertos titulares que he leído estas últimas semanas: taxistas protestando contra que particulares puedan llevar pasajeros porque comprar una licencia a precio de oro es, y debería ser, la única manera honrada de dedicarse a ese noble oficio. Hoteleros denunciando el alquiler ilegal de apartamentos vacacionales. Porque alquilar tu casa por quincenas a personas que no provocan problemas y se dejan algo de dinero en el comercio local debería ser un delito. Patronales de autobuses denunciando un pliego público porque favorece a Renfe, el otro medio de transporte terrestre (que casualmente es enteramente público). Al parecer permitir que cualquiera que tenga un autobús, y cumpla una normativa de seguridad, explote rutas regulares sin tener el monopolio vía concesión pública sería la anarquía y el caos. No digamos eso de tender tus propias vías de tren o al menos circular por las públicas…

Evidentemente no conseguí que dejara de considerar a España un paraíso neoliberal, pero al menos me gané el calificativo de demagogo. Lo que a estas alturas ya hasta me enternece. 

Rajoy creó Podemos

El cuerpo electoral cambia continuamente: se nos van muriendo los más mayores y cumplen los dieciocho cada vez menos jóvenes. Para analizar hacia dónde vamos hay que examinar qué piensan y por dónde tiran esos nuevos electores. Es cierto que el tiempo nos hace cambiar, y que generalmente hace cambiar más hacia la derecha que hacia la izquierda, pero eso es un proceso lento que tampoco es precisamente universal. También es verdad que es mucho más frecuente ser de izquierdas entre los jóvenes.

Sin embargo, esa supuesta rojez universal de la juventud no se da siempre. A mediados de los 90, incluso en las universidades eran mayoría quienes apoyaban a Aznar y al PP. Porque, como explicaba Milton Friedman en esa cita tergiversada hasta la saciedad por Naomi Klein, en épocas de dificultad y cambio nos aferramos a las ideas que hay en ese momento en el ambiente. La crisis de aquellos años, después de más de una década de Gobierno de Felipe González, y el enorme paro juvenil que padecíamos podría haber llevado a la juventud a la extrema izquierda, como está sucediendo ahora. Y aunque en parte lo hizo, el PP logró en general evitarlo. Porque en aquel momento tenía ideas y las promovía y publicitaba con los medios que tenía a su disposición.

Veinte años después, el panorama ha cambiado mucho. A la izquierda tradicional se la han llevado por delante el huracán del buenismo y su responsabilidad ante la crisis. Y por la derecha… Por la derecha han arrasado Rajoy y los sorayos. Que sí, que mucho abogado del Estado y mucho manejo magistral de los tiempos, pero la última vez que oyeron hablar de una idea maniobraron en la sombra para que se cerrara el medio donde a algún despistado se le ocurrió proferirla. O se echara al director. Lo que fuere, con tal de que la derecha se transformara en un páramo intelectual en el que sólo de vez en cuando pasara rodando un matojo. Y a fe que lo han conseguido. Los pocos que resistimos lo hacemos muy a su pesar. 

Arrasar con las ideas liberal-conservadoras tiene sus cosas útiles, no se crean. Permite reducir un poco el descontento de los tuyos cuando les apuñalas por la espalda en repetidas ocasiones, porque no se enteran de la mitad de las cosas horrendas que haces. Pero tiene el pequeño problema de que en el momento en que no logras sacar el país de la sima donde lo dejó Zapatero, cosa inevitable cuando apuestas por políticas socialdemócratas y no liberales, la juventud no tiene ante sí ninguna idea decente a la que aferrarse. Las únicas que hay en el ambiente son las de la extrema izquierda, los indignados. Ideas que cuando se llevan a la práctica, en el mejor de los casos, destruyen un país.

España nunca ha sido capaz de llegar a los extremos de prosperidad y aburrimiento de los que disfrutan en naciones como Suiza, pero sí es cierto que ha recorrido, siquiera brevemente, un camino que nos permitió alcanzar cierta prosperidad y algunas libertades. El temor, siempre presente, es que nos abalanzáramos con entusiasmo por la vía argentina hacia la ruina. Ahora, gracias a Rajoy, se ha abierto incluso la posibilidad de que nos convirtamos en un país bolivariano. Gracias, majete.

El infierno de las buenas intenciones del Gobierno

Las buenas intenciones del Gobierno de Mariano Rajoy deben tener una sala especial en el infierno, una  estancia bien grande. Porque cada semana somos obsequiados, sea por un miembro del gobierno, sea por el propio presidente, con una lindeza que señala un camino de baldosas amarillas brillantes por donde llegar a Oz, como Dorothy, el Espantapájaros, el León y el Hombre de Hojalata, para ver al famoso Mago. Detrás de las buenas intenciones de Mariano y de cualquier político actual, se esconde una sofisticada versión de tramposo de toda la vida, a quien tanto le debe la especie humana.

El tramposo troglodita en versión 4.0

Ya cuando éramos cazadores-recolectores, la aparición del llamado free-rider (o gorrón) que disfrutaba de los resultados obtenidos con el esfuerzo colectivo pero que no colaboraba, dio lugar a una habilidad especial para reconocer quién estaba aprovechándose de la comunidad. Al principio, el criterio se centraba estrictamente en el que no colaborase. Pero el ser humano se fue sofisticando y entendimos que alguien podía no colaborar por error o ignorancia. Y ahí surgió el análisis de las intenciones ajenas. ¿Querías aplacar tu hambre comiendo mamut cuando te has escondido detrás de un árbol para no tener que cazar? ¡Te han pillado! No hay carne de mamut para ti.  Aunque parezca simple, los seres humanos hemos desarrollado poco a poco un conjunto muy prolijo de habilidades para detectar al tramposo: el reconocimiento de los rasgos de nuestra familia, porque los extraños eran menos confiables, los ritos de iniciación de los clubs cuya pertenencia era una garantía de fiabilidad, los juramentos, los contratos, la penalización de la mentira…

Pero las cosas han cambiado. Y resulta que el gorrón es admitido siempre que cumpla determinados requisitos: a) cuando pone por delante una causa que mueve las emociones del respetable, b) cuando es político, cuyo servicio a la patria nadie tiene derecho a cuestionar, y c) cuando se trata de engañar a un mentiroso. Los demás casos son tan mal vistos como siempre, pero estos tres se han integrado en el sistema como parte del ADN de Occidente. Si yo defiendo a los pobres, los niños, las viudas, los enfermos o los exiliados políticos, por ejemplo, pidiendo subvenciones al Estado, puedo vivir de los demás. Todo el mundo me considerará alguien generoso. Si defiendo exactamente la misma causa y lo hago buscando financiación privada para lucrarme y poder alimentar a mi prole, nadie lo va a entender y me van a acusar de vivir del mal ajeno.

El despreciable es el segundo caso, porque el primero, aunque también vive de lo que saca de las arcas del Gobierno, como el dinero procede de tu bolsillo pero te lo quitan sin darte cuenta vía impuestos, no se nota. Si soy un político, como estoy al servicio de la ciudadanía (sobre el papel) nadie puede desconfiar de mí, incluso si todos sabemos que buscan votos, preferimos pensar que lo que reclama el político, que su lucha por el poder, esconde una gran sensibilidad ante la necesidad ajena y un profundo respeto por los más débiles. Si soy un ciudadano y engaño a alguien que engaña a su vez, se puede hacer la vista gorda. ¿Y eso cómo se ve en la vida real?

El caso del aforamiento irreal

Este lunes, el presidente Rajoy anunció ante el Comité Ejecutivo del PP la intención de estudiar una posible reducción del número de aforados que hay en España.  Hay casi diez mil entre los propios miembros del Gobierno, diputados, senadores, parlamentarios autonómicos, jueces y magistrados. Todos ellos, duermen tranquilos pensando en esa intención de estudiar la posibilidad. Y aún lo harían si se designara una Comisión al efecto.

Como político, Rajoy tiene derecho a mentir. La complejidad de la vida humana en el siglo XXI explica que en nuestros cerebros etiquetemos las mentiras de los políticos de diferentes maneras: anuncios (como el caso que estudiamos), promesas electorales, requisitos exigidos por  instituciones supranacionales, etc.  Normalmente están relacionadas. Por ejemplo, puede suceder que un anuncio termine convirtiéndose en una promesa electoral. El precio que los ciudadanos de a pie ponemos a este consentimiento, a sabiendas de que abusan de nosotros, es la apatía. Es una mala venganza porque a los políticos les da igual que les dediquemos miradas vacunas impertérritas mientras nos cuentan sandeces como lo que Rajoy ha contado a los suyos, pero en alto para que lo oigamos todos. Habrá pensado: “Y si eso ya tal” y se habrá quedado tan ancho.

Y  lo que nosotros, pueblo sometido voluntariamente, población de leones cobardes, robots sin corazón, hombres de paja descerebrados y niñas irresponsables y cursis, debemos tener siempre en mente para estar a salvo de estos charlatanes (los de todos los partidos) es una sola cosa. Al final del camino de baldosas está la ciudad de Oz, cuyo Mago, capaz de satisfacer las necesidades de todos…. es solamente un viejo loco.