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Etiqueta: Pensamiento liberal

Las causas de la corrupción

Cuando afloran más casos de corrupción (abusos del poder para lucro particular) en las portadas de los periódicos, surgen intentos de explicar la situación por causas esencialistas relacionadas con las actitudes éticas dominantes en la sociedad la española. Admitiendo la existencia de concausas compatibles entre sí, considero, no obstante, que una atención excesiva a esa generalización relega a un segundo plano la responsabilidad de los implicados en los casos concretos y al marco institucional que estimula esa corrupción. Conviene, asimismo, descartar la posibilidad de cuantificar los factores concurrentes en un resultado determinado para, por el contrario, centrarse en una enumeración que refleje ordinalmente su influencia en la producción del resultado.

Puestos a confeccionar esa lista, el primero de sus elementos vendría determinado por el marco institucional. Desde una perspectiva liberal muy amplia se resalta la correlación de la corrupción con el socialismo (entendido como la colectivización de la propiedad de los medios de producción) y el intervencionismo (en sus distintos grados: corporativista, nacionalsocialista, mercantilista, socialdemócrata…). En resumen, cuantas más tamaño y funciones acapara un gobierno y más decisiones adopta sobre lo que se debe producir, mayor es la propensión a la corrupción de ese sistema.

Los modelos que aplican esa línea continua que va del intervencionismo al socialismo no solo eliminan o coartan la libertad y el derecho de propiedad, sino que, debido a su propia naturaleza ordenancista y arbitraria, estimulan los abusos tanto de los gobernantes y los que buscan su favor desde grupos de presión y clientelas varias.

En los mal llamados estados del bienestar contempóraneos, que con carácter general absorben más del 50 por ciento de la riqueza que generan los países donde se hallan instalados, las iniciales promesas de redistribución de rentas de los más ricos a los más pobres de una sociedad se han sustituido por un reparto con direcciones múltiples que pretende justificarse con todo tipo de argumentos pintorescos. Por remitirnos solo a uno de los planes más delirantes de los últimos tiempos, la cantinela del calentamiento global preparó el caldo de cultivo a una de las mayores transferencias corrientes en favor de los promotores y productores de energías renovables en España, una gigantesca corrupción con aspecto de legalidad. Parece que fue ayer cuando destacados miembros de este Instituto publicaron el célebre “Estudio sobre los efectos en el empleo del apoyo público a las energías renovables” donde se desmontaron las falacias de este tipo de programas de despilfarro masivo. Todavía hoy no se ha eliminado la significativa partida que ocupan en los presupuestos anuales del Estado. Alguna vez los diseñadores de ese plan deberán explicar qué justificó realmente quitar dinero a los contribuyentes, actuales y futuros, para que unos beneficiarios compraran terrenos, paneles solares, molinos y demás y se subvencionara la compra de la energía así producida a las compañías eléctricas. Ahora que los norteamericanos han revolucionado la producción de fuentes de energía con la explotación a gran escala del petróleo y el gas de esquistos bituminosos, provocando la reconsideración de la política energética de los países de Unión Europea que observan la ventaja competitiva para fomentar el crecimiento en medio de la recesión, cabe preguntarse dónde quedarán los compromisos del Protocolo de Kyoto de reducción del uso de combustibles fósiles para evitar la emisión de gases de efecto invernadero.

Ejemplos como el anterior reafirman la percepción de que asistimos a un retorno del fascismo económico. Los gobiernos pretenden dictar a empresas y particulares las fuentes de energía que deben utilizar, sin permitir que sean éstos quienes descubran mediante el funcionamiento del mercado libre las más útiles y eficientes en un momento dado. Da lo mismo que unas veces invoquen la protección de la naturaleza y, poco tiempo después, el impulso del crecimiento económico, pues el dirigismo causa parecidas distorsiones en ese proceso. Por eso, cuando algunos cantamañanas claman con argumentos pseudomorales por una mayor regulación gubernamental de los mercados, escamoteando la realidad de las tremendas manipulaciones a las que éstos se ven sometidos (comenzando por el monetario que siempre escapa a sus análisis), deberían recordar que esa expansión del poder estatal coincide con el modelo fascista y que la corrupción resulta su trasunto.

Como se ha visto, por sí mismo el marco institucional ampara situaciones de corrupción, sin necesidad de incurrir en ilegalidades y menos aun delitos. Si se añade la dependencia del poder judicial que administra justicia al poder ejecutivo y legislativo, tendremos amplísimas zonas de penumbra a la investigación de la implicación de individuos concretos en hechos que el propio sistema califica como delitos. Y, por lo tanto, que no se ventilen y depuren las responsabilidades penales de los auténticamente involucrados, segundo factor en importancia en estas situaciones, lo cual contribuye a magnificar las consecuencias de esa corrupción delictiva y la retroalimenta.

En conclusión, antes de lanzar hipótesis sobre el nervio ético de los individuos de una determinada comunidad, deben analizarse cuáles son los mecanismos que incentivan el abuso del poder por parte de los políticos y los miembros de la burocracia para favorecer a determinadas personas y a ellos mismos. Es decir, cuáles son los auténticos mimbres de la corrupción. Decir que ésta ha existido siempre no debe ocultar que las probabilidades de que se produzca aumentan cuanto mayor es el tamaño del gobierno y la administración y, por lo tanto, las regulaciones y las decisiones discrecionales que deben tomar los gobernantes de todo pelaje y los empleados públicos sobre las actuaciones de los individuos y sus empresas. La hiperregulación y el intervencionismo que padecen las sociedades de los estados contemporáneos motivan que sus decisiones al respecto alcancen un valor inusitado. Al final se produce un triple efecto que comienza por desalentar a los individuos de emprender actividades empresariales y profesionales; estimula en paralelo su incorporación a la estructura burocrática encabezada por políticos y dispara las ocasiones para que concurran un particular y un preboste que asume funciones públicas para dispensarse mutuamente de cumplir unas regulaciones que no son más que órdenes y mandatos incompatibles con una idea de ley general y universal.

La perversión del lenguaje

"La propaganda estalinista lo creó, los nazis lo perfeccionaron, y hoy se apodera y nos articula sin que muchos sean conscientes de ello. Es la perversión del lenguaje. Obsesionado por imponer su lenguaje vive el nacionalismo". Así comenzaba el polémico reportaje de Telemadrid titulado "La imposición y perversión del lenguaje". La acusación contra esos nacionalistas que aspiran a formar un Estado es clara: en su lucha por segregarse utilizan el lenguaje como arma, renombrando los conceptos y aplicando metáforas que modifiquen el marco con que interpretamos lo real.

En verdad todo el lenguaje político, sean quienes sean los actores, se basa en el uso de expresiones favorables para los propios proyectos y denigrantes para los del contrario. No solo los nacionalismos, coincidentes con un Estado o sin él, echan mano de los cambios en el lenguaje en su favor, sino que todo personaje público se aplica a ello con mayor o menor fortuna. Así, el ministro Montoro denominó "recargo temporal de solidaridad" a la subida del IRPF y "novedad tributaria" a un nuevo impuesto cuyo montante dice que destinará al cuidado del medio ambiente, añadiendo con esto último una nueva manipulación de las percepciones públicas para evitar las protestas.

Pero al margen de los manejos improvisados del lenguaje por parte de políticos en apuros, lo cierto es que el uso que de él hacen los profesantes de algún tipo de colectivismo, también el de corte nacionalista, resulta especialmente perturbador. Lo es cuando la élite que busca el poder nacional pretende convencer a los demás de que los límites de su futuro estado-nación se ajustan a una sociedad cerrada, con una sola cultura y una misma lengua. Nada más falso que esto.

La mitología que hay detrás de la idea de cultura como algo diferente a los individuos y que los determina tiene su más claro exponente moderno en la Alemania del Romanticismo y, guste o no, desembocó en el totalitarismo nacionalista del siglo XX, nazi y fascista. Por un camino alternativo, desde la idea de "clase social", el socialismo nacional y "proletario" del estalinismo culminó con una aberración similar.

En una aplicación ibérica del volkgeist germánico, el entonces dirigente del PNV, Javier Arzallus, decía que "igual que a los gallegos no se les puede robar su alma, nadie podrá robarnos a los vascos la nuestra". Lo cierto es que no existe una cultura alemana, española o catalana que encierre y determine a los individuos y los aboque a ser de una determinada manera. Esta falsedad solo tiene como fin evitar el pensamiento crítico y que, con este y por su mero ejercicio, la realidad refute una mentira.

Existen individuos con prácticas, normas, pautas y respuestas que denominamos culturales, y que siempre son abiertas a cambios e influencias exteriores en mayor o menor grado, pero no existen entes místicos que nos atrapen ni culturas que nos determinen inexorablemente. El delirio de poder es el único sostén de esa pretensión.

De igual manera tampoco existe una asociación fija entre cultura y lengua como pretenden los nacionalistas. Allí donde una élite étnica que cree representar a un pueblo mete la nariz en el idioma se repite la expresión "identidad cultural y lingüística". Dicha expresión pertenece al tipo de las que Hayek denominaba "comadreja", puesto que influye agazapada en nosotros para sostener el proyecto de poder de un determinado grupo. Salta a la vista que los individuos comparten rasgos culturales de manera cambiante y que estos no coinciden siempre con las lenguas habladas; y, sin duda, ni aquellos ni estas se ajustan a los límites de los estados-nación.

Para cerrar el círculo de la crítica al léxico colectivista, los nacionalistas y, por apatía mental, los medios de comunicación y numerosos sedicentes intelectuales, citan el término "sociedad" vinculado a un estado o a un área de estados como si con esos términos estuviéramos designando realidades. Se habla de "sociedad sudamericana", "sociedad china" y "sociedad europea" como de conceptos metafísicos que reúnen en un todo a individuos que dejan de considerarse como tales, y se los encierra en unos límites.

Es cierto que no podremos jamás sustraernos por completo a un uso generalista del lenguaje dado que seríamos incapaces de manejarnos en el mundo sin abstracciones. Lo que nunca debiéramos hacer es creer que esas generalizaciones tienen entidad propia. Siempre habrá políticos que lo pretendan, que deseen que los demás lo crean, puesto que así desarman ideológicamente a los ciudadanos y los inducen a pensar que someterse a lo uniforme es su obligación. Y no, no lo es.

Thatcher

Con un saludo para mi compañera de Comentarios, María Blanco (es que estaba pendiente de leer sobre Margaret en alguna de tus godivaciones… ), quería añadir algunas pocas ideas a la excelente semblanza de Alfonso Crespo en esta web. No tanto como análisis político, sino en torno a cuestiones de pensamiento económico y promoción de la libertad.

Tengo que reconocer mi admiración por esa conocida frase suya, disparada al tiempo que golpeaba la mesa con un ejemplar de Los fundamentos de la libertad de Hayek, sacado de su bolso: "this is what we believe". Como relata Diego Sánchez en su blog, ocurría durante una reunión entre miembros del partido Conservador cuando Thatcher todavía era líder de la oposición en el año 1975. Probablemente muchos de sus compañeros, como lamentablemente también ocurre en nuestro país, ni siquiera conocían al autor de Camino de servidumbre (1944), que por aquellos años setenta estaba publicando su Derecho, legislación y libertad.

Estos días hemos podido leer muchas de sus frases más famosas: "Nadie se acordaría del buen samaritano si solo hubiera tenido buenas intenciones. También tenía dinero"; que me sugiere el realismo con que se deben afrontar las mal llamadas "desigualdades sociales". O esa otra: "Si pusieras tu dinero en un calcetín, seguramente, nacionalizarían los calcetines". Su convicción de la eficiencia de la propiedad y de la gestión privada permitieron a Gran Bretaña conseguir un crecimiento en el PIB per capita del 35% surante su mandato, convirtiendo a más de diez millones de ciudadanos ingleses en accionistas de antiguas empresas estatales.

De entre los muchos libros sobre Margaret Thatcher (generalmente críticos y mediocres), hay uno que recomiendo vivamente: El Presidente, el Papa y la Primera Ministra, editado por Gota a Gota. Ya saben que se trata de una visión conjunta de estos tres líderes de los años ochenta (junto a Reagan y Juan Pablo II), a los que se atribuye la caída del Muro de Berlín "sin disparar una sola bala". Ciertamente les debemos mucho por su eficaz lucha contra los totalitarismos y defensa de la libertad individual.

Uno de sus más conocidas políticas (junto a la controvertida Guerra de las Malvinas) fue su enfrentamiento con los sindicatos. El convencimiento de que no se podían mantener caducas e insolidarias prerogativas le llevó a limitar el poder sindical. Un ejemplo nos puede servir de bastante ilustración en esta época de tantos paros inútiles: al poco de lograr su segundo mandato, en 1984, aprobó una Ley que exigía a estas organizaciones la realización de una votación secreta entre sus miembros antes de la convocatoria de una huelga. Pienso que este tipo de medidas nos libran de una manipulación demasiado extendida, en la que minorías que se atribuyen la posesión de la verdad también se arrogan el control sobre el espacio público. E incluso, como vemos en nuestro país, sobre las personas, su domicilio o sus familiares: una coacción del más puro estilo fascista sobre los representantes políticos (resulta increíble que pretenda justificarse como libertad de expresión; y que los jueces así lo confirmen).

Junto a Reagan y Juan Pablo II, Thatcher defendió valores como la confianza en sí mismo, el afán de mejora o una actitud de esperanza. Resulta tan aburrida la queja permanente! Hay que ponerse manos a la obra con valentía: defender los propios ideales no es ningún fundamentalismo, como casi ha conseguido convencer a nuestra sociedad esa progresía socializante. Claro, que esta lucha exige un compromiso ético que no todos están dispuestos a asumir… Así nos va.

Los tres grandes líderes sufrieron atentados: más famoso el disparo en la plaza de San Pedro; tal vez menos relevante el tiroteo a Reagan; y menos conocida la bomba del IRA en el Grand Hotel de Brighton. Se trata de una frecuente herramienta de los enemigos de la libertad: deshacerse de quienes no piensan como ellos. En España también sabemos mucho de los que matan y extorsionan; y de los que los apoyan, toleran o simplemente miran para otro lado. Les copio a propósito de estas cuestiones una frase de José María Aznar en el prólogo del libro que citaba: "Desde esa dictadura del relativismo se pueden hacer afirmaciones tan sofisticadas como que no es cierto que la verdad nos hace libres, sino que la libertad nos hace verdaderos o que los terroristas son hombres de paz" (p. VIII. Seguro que les suena el autor de tan iluminados pensamientos).

Como todo ser humano, y particularmente como política, es claro que Margaret Thatcher tuvo sus aciertos y sus fracasos. Generó discusiones incluso entre los pensadores más cercanos a su ideario: son también conocidas las críticas de Rothbard a su Poll Tax, ajustes monetarios o a ciertas medidas en las privatizaciones (postura que no comparten todos los simpatizantes de la Escuela Austríaca). Pero es que con argumentos y buena educación se puede hablar de todo. También se le atribuye esta frase a la Primera Ministra que recordamos: "Amo los argumentos, amo el debate y no espero que quien se siente frente a mí esté de acuerdo conmigo".

España es socialista

Suele decirse que la clase política es reflejo de la sociedad que existe en un determinado país. Partiendo de esta hipótesis, y puesto que PP y PSOE son partidos de izquierda, en menor o mayor grado, la mayoría de españoles, en teoría, debería declararse abiertamente socialista. Esto es, precisamente, lo que viene a corroborar con datos concretos el estudio Values and Worldviews elaborado por la Fundación BBVA.

La población española es una de las más anticapitalistas e intervencionistas de Europa, y la crisis tan sólo ha acentuado este marcado perfil estatista. La inmensa mayoría de españoles apoya firmemente el Estado del Bienestar e incuso aboga por acrecentar su tamaño, aunque ello suponga subir aún más los impuestos. El 81% de los encuestados prefiere contar con un amplio sistema de Seguridad Social, el 78% quiere que el Estado eleve el gasto público en Sanidad, el 65% en Educación pública, el 73% las partidas destinadas a los ancianos y el 69% el dinero destinado a los parados. No en vano, entre el 77% y el 86% de la población cree que el sector público tiene "mucha" responsabilidad en asegurar la cobertura sanitaria y las pensiones, pero es que, además, entre el 64% y el 77% opina que el Gobierno también debe garantizar precios bajos y una vivienda "digna", entre otras materias. De hecho, la mayoría considera que el Estado tiene "mucha" o "bastante" responsabilidad en asegurar un nivel de vida "digna" a los desempleados, así como controlar los beneficios de las empresas y los salarios.

Ante tales conclusiones, no es de extrañar que los españoles aboguen claramente por mantener o aumentar el gasto público (planes de estímulo) para salir de la crisis (59%), en lugar de aplicar drásticas políticas de austeridad, con tan sólo un apoyo del 2,1%. Normal que con estos mimbres el perfil del español medio sea el de una persona gritona, protestona y llorona en las calles, pero muy poco implicada en el asociacionismo civil. Además, y puesto que demanda un papel muy activo por parte del Gobierno, con el creciente coste que ello supone, los españoles ven con buenos ojos que se suban los impuestos, siempre y cuando, eso sí, sean otros los que paguen (los ricos). Por último, llama la atención las fuertes críticas que genera la clase política entre la población sin que ello, curiosamente, sea óbice para que la inmensa mayoría defienda otorgar al Gobierno un mayor poder y capacidad de influencia, lo cual no deja de ser contradictorio e hipócrita.

Dicha encuesta evidencia, por tanto, la profunda incultura económica –además de financiera– que sigue existiendo en España, tras largas décadas de paternalismo y proteccionismo estatal bajo distintos regímenes. A modo de ejemplo, basta con decir que el 42,3% de los españoles identifica la "libertad individual" con "ser de izquierdas", según el CIS. El 40,6% de los encuestados se declara socialista, en sus distintas acepciones y matices, y tan sólo el 25,8% liberal conservador, si bien izquierda y derecha coinciden, con escasas diferencias, en la necesidad de fortalecer el Estado del Bienestar e incrementar el intervencionismo público. Este pernicioso sustrato ideológico que impregna la sociedad española es, sin duda, unos de los grandes problemas que sufre el país, más allá de los desequilibrios derivados de la burbuja inmobiliaria. Una sociedad sin sólidos valores y fuertes convicciones sobre el sentido de la libertad, la responsabilidad individual y la propiedad privada es síntoma de un país enfermo.

Cambio y libertad: el legado de Margaret Thatcher

No lo tuvo fácil Margaret Thatcher, ni antes de llegar al Número 10 de Downing Street, ni durante las casi tres legislaturas en que allí residió. Tampoco fue sencillo el periodo 1975-1979, en su tarea de líder de la oposición al gobierno laborista de Harold Wilson (1974-1976) y James Callagham (1976-1979).

Sin embargo, el tesón le hizo superar todas y cada una de las adversidades, desde las más cercanas (las reticencias de sus compañeros de filas a los políticas económicas liberales de las que era partidaria) hasta las más lejanas desde un punto de vista geográfico (el final del comunismo en los países del Este de Europa).

En el medio quedaba la empresa de erradicar ciertos hábitos que se habían instaurado en su país (cultura de la subvención, peso desmesurado de los sindicatos en la elaboración de políticas públicas, apatía generalizada ante las adversidades). De forma gradual, consiguió que su ideario político fuera primero plasmándose y luego generando resultados tangibles.

En efecto, al contrario de aquellos líderes mesiánicos que dicen tener las pócimas mágicas para todos los problemas que encaran, Thatcher siempre actuó con cautela, alejada del cortoplacismo y evitando de forma voluntaria lo políticamente correcto, esto es, rechazando el recurso a la demagogia.

Margaret Thatcher revitalizó y rejuveneció el vocabulario del Partido Conservador. La consecuencia es que la palabra libertad, otrora monopolizada por la izquierda, pasó a ser de uso común entre los conservadores. Ella matizó que no se trataba de un concepto abstracto sino que contenía múltiples manifestaciones y sobre todo, siempre estaba unida indisolublemente al concepto de responsabilidad.

Las tres victorias electorales corroboraron lo acertado de sus postulados. Consiguió la confianza del votante tradicional tory junto con la de numerosos británicos que, respondiendo a un perfil sociológico laborista, se decantaron por ella, como se evidenció en los comicios de 1983 y 1987. Es el fenómeno el Essex Man, lo que provocó que sus rivales se replantearan el credo político que defendían, tratando de acercarse en los hechos que no en las palabras, al corpus ideológico del Thatcherismo. Este fenómeno se consumó definitivamente con Tony Blair en 1994, tras los pasos timoratos dados por Neil Kinnock (1983-1992) y más contundentes de John Smith (1992-1994).

Tony Blair, al contrario que Margaret Thatcher, encontró un país saneado económicamente, lo que facilitó su obra de gobierno y sus éxitos electorales. Como Thatcher, personalizó el cambio necesario en su formación y de igual modo percibió cómo la oposición era mayor entre sus compañeros que entre los tories. En 2007 optó por irse; a Thatcher le invitaron a hacerlo, pese a ganar la moción de confianza en noviembre de 1990. Las consecuencias a largo plazo no pudieron ser más nefastas para los tories, que iniciaron una guerra civil (como sinónimo de división) y permanecieron alejados del ejecutivo a partir de 1997, y durante 13 años, cuando a lo largo del siglo XX habían sido "el partido natural de gobierno".

Al respecto, no deja de ser paradójico que en muchas ocasiones los laboristas trataron de desacreditar a los sucesores de Thatcher, apelando a la influencia que ésta seguía ejerciendo sobre el partido, pero al mismo tiempo ellos recurrían a su figura cuando querían consolidar determinadas tesis. Tal es el caso de Gordon Brown, que, ante los desafíos del nacionalismo escocés, afirmó que era tan unionista como la ex Primera Ministra.

En definitiva, Thatcher sí que fue una auténtica revolucionaria, sin necesidad de recurrir a escraches, amenazas o coacciones, tan de moda en los últimos tiempos, los cuales sólo reflejan autoritarismo sectario.

Tres características de la sociedad

Hemos tenido un mes de marzo donde ha llovido tres veces lo que es habitual, siendo el más lluvioso desde que existen registros. No deja de ser una anécdota estadística, pero también lo fue aquel año hidrológico 2004-2005 especialmente seco, y eso no nos libró de los augurios catastrofistas de la entonces ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona. Al parecer, por aquel entonces nos encontrábamos a las puertas de una de las mayores sequías de la historia, agravada, por supuesto, por el terrible cambio climático. Ocho años después la sequía no ha terminado de llegar, y seguimos con nuestro acostumbrado clima de años secos, otros normales y alguno que otro húmedo.

Puede parecer que esto demuestra o deja de demostrar algo sobre el cambio climático o el catastrofismo ecologista en general, pero en realidad solo nos demuestra que los políticos mienten, y, lo que es más importante, que la gente solo les cree cuando sus mentiras concuerdan con sus prejuicios. Y por desgracia la tentación de creer que un fenómeno negativo es culpa de alguien, y que se puede solucionar perjudicando a ese alguien, es, hoy en día, demasiado irresistible para una parte de la sociedad.

La nueva moda entre los demagogos es hablar sobre el drama de los desahucios. Uno de los datos más repetidos es que en la actual crisis se han producido cerca de 400.000 desahucios. Por supuesto, una vez que se les replica con la cifra real de desahucios (25.000), la contrarréplica no se hace esperar: aunque sólo fuera uno, el drama sería igual de grave.

Lo cierto es que si fuera igual de grave no se manipularía dando cifras tan abultadas. Si lo hacen es porque saben que la única forma de tener impacto en la sociedad es convenciéndola de que cualquiera puede ser desahuciado o al menos vivir rodeado de desahuciados.

Es un comportamiento bastante curioso de personas que dicen ser defensoras de los débiles. Al parecer necesitan convencer al fuerte (la mayoría) de que está siendo atacado por el débil (la minoría) y por tanto, por medio del voto, aplastar al atacante pisoteando los pocos derechos que hasta ahora se les concedía.

Aunque no hay motivo para sorprenderse. Al fin y al cabo el famoso interés general se basa precisamente en eso. Así que de la misma forma que nadie protesta cuando se expropia un terreno para hacer una carretera, nadie lo hará cuando se expropie una casa para que el populacho esté tranquilo al acabar el telediario.

Fernando Díaz Villanueva, el que para mí es el mejor periodista del momento, cometió un pecado bastante grave el otro día: acusó a un socialista, en plena tertulia, de querer saldar su deuda con la sociedad con el dinero de los demás. O lo que es lo mismo: de querer quedarse con el dinero de los demás para satisfacer sus fines morales. Todo izquierdista quedó inmediatamente conmocionado y una buena parte del público de derechas consideró exagerada y excesivamente polémica tal acusación.

Lo cierto es que es algo tan obvio que a cualquier observador que no fuera de nuestra época le parecería asombrosa la reacción de los presentes. Para hacernos una idea es como si actualmente alguien se sorprendiera porque a un esclavista se le acusara de querer aprovecharse de otro ser humano para su propio beneficio.

Ahora vemos fácil decirle a un esclavista algo así, pero en la época en que los esclavistas formaban buena parte de la sociedad, y tenías que convivir con ellos, decir algo así te enfrentaba de forma directa y personal con demasiada gente. Y el conflicto no le gusta a casi nadie.

Por eso es tan necesario que exista gente como Fernando Díaz Villanueva. Razonar, dialogar y explicar es muy necesario, pero también es imprescindible que alguien empiece de decir la verdad tal cual es: los impuestos a la renta son un robo al que genera riqueza, el Estado de bienestar se basa en obligar a las personas a financiar unos servicios sin importar si desean hacerlo o no, y todo aquel que esté a favor de la llamada redistribución de la riqueza en realidad es una persona que quiere quitarle el dinero a la gente simple y llanamente porque la fuerza bruta de la mayoría se lo permite.

Al 90% de la sociedad le sonará fatal, y tacharán al que lo diga de radical, de sectario o hasta de loco las primeras mil veces que ose decirlo. Pero de la misma forma que la sociedad se acostumbra a la mentira, se puede acostumbrar a la verdad. Para ello sólo se necesita, nada más y nada menos, que repetir la verdad tantas veces como se repita la mentira.

La mujer que desasnó a los progres británicos

Con ser rigurosamente ciertos los méritos de Margaret Thatcher en la primacía de la ideas liberales y conservadoras de su tiempo –con seguridad el menos propicio para intentar esa hazaña–, el principal merecimiento que cabe conceder a la Dama de Hierro es haber contribuido decisivamente a desasnar a un par de generaciones de progres, y no sólo en las islas británicas. Thatcher hizo mucho por los partidos conservadores de todo el mundo, pero su influencia fue todavía mayor en la socialdemocracia británica, y por extensión también en la continental, a la que ayudó a despojarse de supersticiones principalmente en el terreno de la economía, convirtiéndola en una corriente ideológica medianamente civilizada.

Tony Blair debe más a Thatcher que a ninguna figura política del laborismo. Ella demostró fehacientemente el error fundamental del estatismo, que hasta ese momento pasaba por ser la única opción factible para dirigir el país, a pesar de sus terribles consecuencias para todos los ciudadanos. Si Blair introdujo nuevas medidas liberalizadoras de la economía, privatizó servicios estatales ineficientes y defendió la iniciativa empresarial, no fue desde luego por una suerte de iluminación repentina, sino porque Thatcher había mostrado que ese era el único camino para generar riqueza. Así se forjó la famosa Tercera Vía, que después sería imitada por el candidato Zapatero en España, por Schroeder en Alemania y, con sus particularidades, también por el francés Jospin en el país vecino. No es que los socialdemócratas europeos se volvieran de repente virtuosos. Es que si la economía no progresa adecuadamente no hay dinero público bastante para que los gobiernos de progreso financien sus chorradas. Argumento definitivo. Fin de la discusión.

En los años en que Thatcher dirigía el Reino Unido, aquí teníamos un gobierno socialista cuyo vicepresidente se marchó de España para no tener que saludar a Ronald Reagan en su primera visita oficial a nuestro país. Alfonso Guerra, actual presidente de la Comisión Constitucional del Congreso, prefirió ese día ir a ver a Nicolás Ceaucescu, dictador comunista rumano, para evitar el encuentro con un señor que opinaba que los ciudadanos de los países marxistas también tenían derecho a vivir en libertad. Ese era el nivel de la izquierda en los ochenta del siglo pasado, que con la actual recesión, provocada por sus ocurrencias, no ha hecho más que empeorar: Si hoy viniera a España alguien como Reagan o Thatcher, le montaban una algarada en la misma base de Torrejón.

Por supuesto, España no es un caso especial. Ayer en la BBC, un amplio consenso entre los comentaristas invitados a la programación especial con motivo del fallecimiento de Thatcher dio por sentado que el mayor error de su gestión fue reducir el poder de los grandes sindicatos británicos, que ya hace falta ser cabestro. Lo cual demuestra que las vacunas liberales son muy provechosas, pero dejan de surtir efecto a partir de la tercera generación. En Londres igual que en Madrid. En todo caso, gracias Lady Thatcher por estas dos largas décadas de bendito mutismo progresista. Descanse en paz.

Más socialistas que la madre que nos parió

La encuesta que la Fundación BBVA ha realizado en diez países europeos sobre percepciones, actitudes y valores de sus ciudadanos, nos coloca en la cima de la clasificación de aprovechados vocacionales, firmemente dispuestos a vivir mejor incluso en tiempo de crisis pero siempre que sea a costa de los demás. Como menores de edad, la gran mayoría de los españoles prefiere, qué coño prefiere, ¡exige! al gobierno que se encargue de proporcionarle todos los servicios esenciales comenzando por una vivienda ("digna", por supuesto) y un buen puesto de trabajo. Quieren incluso aumentar las prestaciones que actualmente reciben, pero no mediante la contratación personal de servicios adicionales, sino a través de una subida fiscal para que sean otros los que financien la mejora. Es ese mantra tan socorrido del "que los ricos paguen más", la mayor estafa intelectual patrocinada por la socialdemocracia, puesto que sólo un retrasado mental puede desconocer que los ricos, sencillamente, no pagan impuestos. Ni aquí ni en ningún otro lugar.

Somos muy socialistas y además a mucha honra. La inmensa mayoría de medios nacionales celebra tan lustrosa circunstancia, enfatizando que los españoles somos los más dispuestos a organizar algaradas callejeras en defensa de ese trinque al prójimo llamado "Estado del Bienestar". Ningún otro país aclama, o como mínimo "entiende", el acoso a los políticos fascistas tanto como España si exceptuamos a Kirchnerlandia, patria fundadora del escrache organizado. Porque la culpa de todo lo que nos pasa es del capitalismo. ¿El robo de los ERE andaluces, dice usted? Culpa del neoliberalismo salvaje, por supuesto ¿O es que va a dudarlo, pedazo de fascista? Es normal por tanto que la encuesta revele la oposición de la mayoría de españoles a la economía de mercado, un sistema que hace que unos ganen más dinero que otros en una afrenta incalificable al sacrosanto principio de igualdad que todo gobierno debe garantizar en primera instancia "redistribuyendo" la riqueza generada por los individuos más industriosos.

La Televisión Española, que cuando gobierna el PP emite básicamente basura progre, programó el pasado jueves un bonito documental para explicar a la audiencia por qué las empresas internacionales perjudican gravemente a la sociedad. Y para acabar de celebrar que somos más socialistas que la madre que nos parió, va el gobierno y realiza en su Consejo de Ministros del día siguiente un nuevo alarde de austeridad anunciando un plan de gasto de 2.500 millones para crear puestos de trabajo en la construcción como en los mejores tiempos de ZP. Unos resultados tan brillantes en la encuesta europea merecen eso y mucho más. Y porque estamos en crisis, que si no…

Bachelet, la versión chilensis de Mr. Gardiner

 Michelle Bachelet se ha revelado como la versión chilensis de Mr. Gardiner, el personaje de la novela de Jerzy Kosinski (Desde el jardín), que encarnó Peter Sellers en el cine (Bienvenido Mr. Chance). Sí. Porque con una impavidez similar y haciéndose pasar como la mujer que no tiene ideas propias, arroja a la cara de sus oyentes lugares comunes, generalidades banales e invocaciones a la buena voluntad que, según parece, en los aletargados cerebros de sus oyentes toman la forma de verdades reveladas, fórmulas mágicas por su simplicidad e ingenuidad, capaces de resolver cualquier problema.

De Mr. Gardiner todo lo que se podía esperar eran sus genuinos conocimientos de jardinería y él era honesto. Bachelet es una simulación, se hace pasar como la mujer que solo expresa lo que otros quieren, que es simplemente la voz del pueblo y así juega conscientemente con la gente haciéndola creer que ella es pura empatía.

De esa forma su engaño se convierte en habilitante: ella está allí para que, sobre su aparente vacío, todos puedan proyectar lo que quieran. Y les dice a los cándidos que no tiene programa, para que lo llenen a su gusto con todos sus deseos y toda su esperanza. Así, la lógica y el sentido común son invertidos por la calidez de su cercanía, por la magia de los abrazos y las sonrisas que reparte por doquier. En suma, es la populista perfecta. Aquella que lleva el truco de "yo no soy yo sino el pueblo" a la perfección. Todos escuchan en sus palabras lo que quieren oír, como ecos de su propia voz. Y Televisión Nacional de Chile se hace eco de cada movimiento que hace Ella, la Salvadora por sobre los partidos, por sobre la desconcertada Concertación, por sobre todos.

En el curioso personaje de Kosinski del jardinero convertido en estadista, desde expertos hasta presidentes, ministros, diputados y periodistas aguardan expectantes las palabras y la bendición de Mr. Gardiner. Están pendientes de la más mínima de sus muecas y cuándo dice banalidades, por ejemplo, que después del otoño viene el invierno, todos se lanzan a interpretar esa sabiduría recóndita. Pero no es un truco y por ello Mr. Gardiner perdura gracias a su autenticidad.

La Mr. Gardiner chilena sabe, por el contrario, que está embaucando a su público y puede terminar haciéndole mucho daño a todos. De su boca comienzan ya a emanar promesas populistas, "lo que la gente quiere oír". Por ejemplo, prometió acabar con el lucro en educación y más de alguno se preguntará ¿por qué no fiscalizó las universidades que se lucraban cuando gobernó el país?

¿Qué dirá mañana? ¿Cuándo aceptará preguntas de los periodistas o tratará, como su colega trasandina, de hacerse inalcanzable a toda pregunta, a todo cuestionamiento? No lo sabemos, pero del Mr. Gardiner chileno podemos esperar una lluvia de promesas, como lo hizo su colega español, el socialista Rodríguez Zapatero que dejó a España embargada, endeudada y desacreditada. Ojalá que Chile no pase por ello y que Michelle Gardiner nunca más abandone su jardín.

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Que la crisis iba en serio

"Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", decía el poeta Gil de Biedma. En España, tras años de crisis, parece que es ahora cuando, como adolescentes perdidos, empezamos a comprender que iba en serio eso de la recesión. 

Los estados alterados de conciencia… solidaria

Y lo primero de lo que nos estamos dando cuenta es de los diferentes planos en los que se despliega la pseudo-solidaridad, con minúscula, esa coactiva que no es virtud sino trasvase de rentas de agentes conocidos (los pagadores) a agentes desconocidos. Porque se va descubriendo adónde han ido muchos ríos de dinero, trama a trama, y no era adonde pensábamos, ni adonde nos dijeron. Esa pseudo-solidaridad es más arraigada cuando soy receptor, cuando tengo ases en la manga y cuando la seño me conoce. Estoy hablando, por supuesto, de la solidaridad autonómica. Ahora resulta que la brecha norte-sur ya no se refiere a hemisferios sino a autonomías. Y es más profunda. Porque hay autonomías que tienen menos paro o que han tenido que aplicar menos recortes. Pobrecitos, oiga. Tal vez sería mucho pedir que contaran que esas comunidades autónomas (en concreto Extremadura y Andalucía) han tenido que recortar más porque su desfase presupuestario era mayor. Y si Madrid o País Vasco exportaban sería porque algo han hecho. Y si hay menos paro igual es porque no hay PER.

Aún así, a muchos se les encogerá el corazón y reclamarán solidaridad autonómica. Otra cosa es saltar ahí a la solidaridad con Chipre. Nosotros por Chipre, oiga, lo que haga falta, salimos a la calle, montamos tres manifas, pero poner un duro, que sinceramente no tenemos, eso ya no. Y ser solidarios con los afectados por la Política Agrícola Comunitaria, tampoco, que es más prójimo el agricultor que vive de cultivos no rentables subvencionado con el dinero de todos que el cultivador de un país africano que simplemente quiere mercados abiertos. 

El que la hace no la paga, la paga otro

Otra de las lecciones que estamos aprendiendo con sorpresa, a pesar de los años que han pasado desde que comenzó la crisis, es que la palabra "otro" señala a alguien indefinido. Puede ser usted. Así que antes de defender que el que la hace no debe pagarla sino que la responsabilidad la debe asumir "otro", piense que a lo mejor escupe al cielo. Gran parte de la banca invirtió mal. Pero nadie (excepto algunos desalmados sin corazón ni sangre en las venas como yo) era partidario de dejar quebrar los bancos podridos. Iba a dejar de salir el sol por las mañanas.

Cuando Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana y vecino de blog en este diario, proponía que se hicieran cargo de las pérdidas aquellos que hubieran arriesgado más, y explicaba que se podía privatizar la deuda de forma discriminada, de manera que se repercutiera más la pérdida a aquellos que hubieran tomado la peor decisión, muy poca gente le hizo caso. El argumento era aquello de arreglarlo entre todos, porque se trataba de gente, personas con cara y ojos.

El caso es que ese "otro" que hemos tratado de diferir hasta el infinito, primero a nuestro Estado, a Alemania, a la Unión Europea, al Fondo Monetario Internacional, etc., tiene ya la ubre seca de tanto dar. Y claro, o ponemos más todos en las arcas de esas mismas instituciones, o volvemos al punto de partida: que cada cual asuma lo suyo. Y el "otro" termina siendo el reflejo en el espejo. Pero después de engrosar la deuda, dar vueltas, marear la perdiz y perder un tiempo muy valioso. 

No nombrar la austeridad en vano

Esta es la lección por aprender. Uno no es austero porque dice que lo es sino porque vive austeramente. Por la misma regla de tres, un gobierno no es austero porque dice en rueda de prensa que va a tomar medidas para recortar, lo es cuando, dato en mano,  el gasto es menor, el déficit se reduce. Y en España, (como decía Martirio "me duele la boca de tanto decirlo"), el gasto ha aumentado. Se ha recortado en lo más escandalosamente evidente, tal vez, pero el gasto político, el despiporre autonómico, el sistema de clientela política regado con dinero de todos… los males mayores, ahí están, siguen con nosotros, royendo los bolsillos, cerrando las empresas, acompañando a los parados a los comedores de Cáritas. A nuestro lado, nuestros pecados políticos, nuestros vicios democráticos surgidos desde el mismo parto, desde la Transición, marcan nuestra trayectoria como el miedo pauta al agresor.

No me consuela que sea algo generalizado en Occidente. Cada persona debe vivir conforme a sus valores, no en función de la permisividad del sistema. Lo contrario lleva a una sociedad con molicie moral, autodestructiva, y es un proceso muy difícil de detener. Albergo la esperanza de que no sea demasiado tarde.