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Etiqueta: Pensamiento liberal

Juan Márquez y el gobernador cristiano (1612)

En nuestro repaso de los autores de la Escuela de Salamanca, verán que vamos saltando con facilidad del pensamiento económico al político y viceversa. Por ejemplo, la cuestión de los tributos legítimos permite consideraciones tanto en el ámbito de la justicia distributiva como en la discusión sobre los límites del poder. Precisamente ambas cuestiones se contemplan en un interesantísimo libro de Javier López de Goicoechea sobre Juan Márquez y dos escritos suyos: El governador christiano (un encargo del duque de Feria "para los que han de tocar las cosas del gobierno") y su Respuesta a la consulta del Consejo de Castilla sobre la licitud y justicia de la aprobación de nuevos tributos (1619).

Juan Márquez (1565-1621) fue un teólogo agustino, nacido en Madrid, formado en los estudios de la Orden en Toledo y profesor de la Universidad de Salamanca. Allí sufrió diversos avatares en la provisión de las cátedras (una vieja costumbre académica que lamentablemente vemos que se mantiene hasta nuestros días), ganando finalmente la de Vísperas de Teología en 1607; al tiempo, ocupó los cargos de Predicador en la Capilla Real y censor del Santo Oficio.

En 1604 don Gómez Suárez de Figueroa, II duque de Feria y Virrey en Sicilia, escribió al fraile agustino para que compusiera "un escrito de conformidades, para los que andan ocupados en cosas públicas y peligrosas, debido a las contradicciones de lo útil y lo honesto que tales cosas conllevan". Ocho años tardó en publicarse el libro, del que en seguida celebraremos el cuarto centenario. Fue casi un modelo en su género, siendo reimpreso en 17 ocasiones, incluidas sendas traducciones al francés e italiano.

No podemos "catalogar" en pocas palabras el contenido de esta obra dentro de la literatura política del Siglo de Oro. En medio del maquiavelismo y tacitismo, los defensores de la razón de estado, los críticos del poder absoluto o la corriente jesuítica sobre los límites del gobierno, esta obra es más bien un tratado bíblico-moral del que se pudieran deducir reglas de prudencia cristiana para los que ocupan puestos de responsabilidad pública. Veremos en seguida que Márquez no tuvo el arrojo del padre Mariana en su crítica del aumento los tributos reales; pero sí manifiesta esa cierta independencia de los doctores de Salamanca frente al ejercicio del poder.

Ya en los Preliminares señala que "las leyes de una República quiere san Agustín que sean pocas y constantes; porque siendo muchas se vendrían a quebrantar por menosprecio o por olvido, y mudadas cada día llegarían a causar turbación y confusión en el pueblo". Enseñanza que nos parece muy conveniente en todo tiempo; así como la de "alargar los ojos a ver las necesidades que padecen sus vasallos, mayormente cuando nacen de las injustas opresiones"; o su recomendación de que "los hombres impacientes de sinrazones son buenos para gobernar". Lo que traduzco libremente como aquellas personas que se rebelan contra la estulticia general y lo políticamente correcto.

En sus consejos para el Gobernador cristiano, Márquez trata a continuación de los tributos, citando con perspicacia a Mariana: "Por lo cual, deben los príncipes examinar con grande atención la justicia de las nuevas contribuciones; porque cesando ésta, como los Doctores resuelven, sería robo manifiesto gravar en poco o en mucho a los vasallos. Tan cierta y tan católica es esta verdad, que aun los tributos necesarios afirman hombres de buenas letras (J. de Mariana) que no los podría imponer de nuevo el Príncipe sin consentimiento del Reino". Pero decíamos que no llega a la postura firme del jesuita: "Estos Doctores hablan cristiana y piadosamente, deseando cerrar la puerta a las tiranías de los malos Príncipes: mas tampoco es razón estrechar tanto la autoridad de los Reyes, que se venga a hacer cortesía lo que es deuda debida y natural".

Como señala el prof. López de Goicoechea, "Lo que no niega Márquez es la legitimidad de condicionar la elección del soberano a la no imposición de mayores cargas sin consentimiento popular. Pero si el pueblo ha conferido todo su poder y autoridad al monarca, como habitualmente sucede según comenta, no se puede exigir a aquél otra cosa que magnanimidad en sus decisiones, ni se le podrán atar las manos a la hora de estimar los tributos necesarios para el mantenimiento de la Hacienda Real".

Vemos, por tanto, una postura más tibia en lo referente a los límites del poder que la mantenida por Juan de Mariana, Francisco Suárez o, antes que ellos, Juan Roa Dávila. Siendo que los doctores de Salamanca, en general, comprendieron la vieja teoría pactista del Medievo que reformuló Francisco de Vitoria, luego unos y otros adaptaron esos criterios a la realidad del gobierno con mayor o menor exigencia. En el caso de Márquez, el otro documento que estamos comentando nos da la medida de su compromiso.

Efectivamente, su Respuesta a la consulta del Consejo de Castilla sobre la licitud y justicia de la aprobación de nuevos tributos (de 1619) nos muestra la imagen de un viejo maestro ya acomodado a la cercanía al poder. Y es que desde 1616 ejercía como predicador del Rey; lo que por una parte le trajo ciertas complicaciones con la Universidad de Salamanca por el abandono de su docencia (en esto tampoco hemos avanzado demasiado cuatrocientos años después); pero sobre todo le vemos mucho más transigente en cuanto a las limitaciones impositivas: "Es más probable la parte de que este tributo es justo que la contraria… Lo uno, porque en caso de duda se ha de presumir que el tributo que el Príncipe propone es justificado. Lo otro, porque hay muchos doctores que dicen que basta que el Príncipe siga opinión probable, para imponerle con justicia".

En fin, sin dejar de reconocer la erudición e inteligencia de nuestro doctor agustino, parece que se le debe situar más cerca de la llamada "razón de estado" que de la postura crítica mantenida por otros maestros de Salamanca.

La libertad religiosa en tela de juicio

En una clara muestra de autoritarismo, los extremistas se desnudaron ante el altar mofándose de las creencias religiosas de muchos españoles.

Sin embargo, el más grave podría llegar a ser el otro suceso. Se trata del juicio que se celebró la semana pasada en la Audiencia Provincial de Alicante contra diversos miembros de una congregación religiosa, a los que se les pide penas de prisión que oscilan entre 16 y 20 años, además de cuantiosas indemnizaciones económicas. Este grupo de personas, formadas en el catolicismo, evolucionó en sus convicciones religiosas a través de la lectura de la Toráh y toda la Biblia hasta que decidieron constituir una iglesia evangélica. Más adelante, buena parte de los integrantes continuó este proceso evolutivo hasta que decidieron renunciar a toda forma de cristianismo y optar por el judaísmo. Algunos de los feligreses abandonaron el grupo mientras que la mayoría decidió dar el paso que suponía vivir de acuerdo con la comprensión y prácticas judías en lugar de las cristianas.

La mañana del sábado 6 de noviembre de 2004, doce miembros de la Kehilá del Olivo, que es como se llama esta congregación desde su cambio religioso, fueron detenidos en la vía pública por numerosos efectivos antiterroristas de la Guardia Civil armados hasta los dientes cuando se dirigían al servicio del Shabat. El desencadenante de esta operación de película, conocida como Operación Diáspora por las fuerzas del orden, fue la denuncia de algunos ex miembros. En contra de la libertad de conciencia y de los sentimientos religiosos, en contra de los derechos fundamentales y de libertades públicas garantizados por la Constitución, se acusa a estas personas de asociación ilícita, estafa, apropiación indebida, lesiones, abandono de menores. Para quienes no estén viviendo en primera persona esta persecución, los cargos de los que se le acusan tienen su gracia porque lo que parece es más bien que todo el proceso atenta contra la libertad religiosa de unas personas que decidieron cambiar voluntariamente de religión.

En esencia, lo que se enjuicia es si este grupo constituye una secta destructiva, si provocó daños personales (psicológicos) y si se apropiaron del dinero aportado por algunos miembros. El argumento principal del fiscal y de la acusación consistía en afirmar que quien lideraba la congregación se enriquecía a costa de los diezmos aportados, y ejercía, con la ayuda de un grupo privilegiado, técnicas de control mental sobre algunos miembros.

Sin embargo, sus miembros entraron voluntariamente y, como han reconocido varios testigos, quienes quisieron salir antes y después de convertirse al judaísmo lo pudieron hacer sin mayores problemas. Durante el primer día de juicio, que comenzó el 8 de marzo, el fiscal y la acusación particular mostraron a las claras cómo se (mal)trata la libertad religiosa en nuestro país cuando preguntaron a los acusados si era cierto que habían cambiado sus hábitos gastronómicos… como si atender a las normas alimenticias del judaísmo fuera un delito o una prueba de ser una secta destructiva.

En cuanto a la supuesta apropiación de fondos, resulta que se trata de unos 200.000 euros que fueron donados por sus integrantes a lo largo de tres años para el mantenimiento de la Congregación. Desde luego, con esa cantidad no creo que les diera para muchos lujos, aparte de que, según la auditoría económica, más de la mitad del dinero fue aportado por los doce imputados, que serían por tanto estafadores de sí mismos. En las conclusiones finales de la vista oral del juicio, el fiscal ha dado un giro a esta acusación al afirmar que poco importa que las donaciones u ofrendas fueran voluntarias (sic), porque había engaño y manipulación psicológica (la creencia en una fe monoteísta, se entiende). Para rematar el despropósito, el fiscal ha señalado que los miembros actuales de la Congregación están siendo engañados. Claro que lo curioso es que ellos mismos no lo ven así. Menos mal que está Papá Estado para hacerles comprender que están equivocados y se les está engañando.

El caso ha traspasado nuestras fronteras. Robert Higgs, el prestigioso economista norteamericano que ha destacado en las últimas décadas por su defensa de las libertades individuales (aparte de por sus magníficos estudios sobre el crecimiento del tamaño del Estado), publicó en las páginas del Independent Institute un artículo denunciando lo que aparenta ser una dura persecución de un pequeño y pacífico grupo religioso por parte de las autoridades españolas.

Casos como este ponen en tela de juicio la libertad religiosa en nuestro país. Más aún cuando el responsable de la Congregación, que continúa sus actividades religiosas con normalidad, afirma algo que ya querríamos escuchar a otros muchos líderes religiosos: "la libertad individual para nosotros es lo primero". Por el bien de las libertades individuales en nuestro país, esperemos que este caso acabe garantizando el derecho de toda persona a profesar libremente el credo religioso que considere oportuno y a constituir cualquier asociación para su práctica, siempre que, como parece ocurrir en este caso, no medie la violencia.

Libre Mercado

No es casualidad que dicha etapa haya coincidido, precisamente, con el triunfo del pensamiento liberal, tanto a nivel político (democracia parlamentaria) como económico (capitalismo). Hasta anteayer el hombre no era dueño de su destino, hoy, sin embargo, goza del mayor grado de libertad conocido hasta el momento.

Pese a ello, el libre mercado, cuyo eje esencial gira en torno a la figura del empresario, sigue siendo un concepto ampliamente vilipendiado y combatido desde numerosos frentes. Este ataque constante deriva, quizás, de su incomprensión. Y es que, por absurdo que pueda parecer, el socialismo –de todo color político– concibe aún hoy la riqueza como algo dado, al estilo de una tarta inamovible cuyo reparto "justo", a través de la redistribución, ha de ser ejercido por el todopoderoso poder político.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Vivimos en un mundo caracterizado por la escasez, no por la abundancia. De ser así, se trataría de una especie de paraíso en el que todas las necesidades estarían cubiertas de principio a fin. La escasez, por el contrario, obliga al hombre a actuar para tratar de alcanzar sus propios fines, empleando para ello determinados medios (recursos) limitados por naturaleza. Ahora bien, ni medios ni fines están dados sino que están en constante evolución, cambio y transformación.

Y es justo aquí donde la figura del empresario cobra pleno sentido. El término empresa deriva etimológicamente del verbo latino in prehendo –endi -ensum, que significa descubrir o darse cuenta de, mientras que la expresión latina in prehensa conlleva la idea de acción. Es decir, empresa es sinónimo de acción y, por tanto, empresario es cualquier persona que actúa para alcanzar sus propios objetivos. Y puesto que fines y medios no están dados, su función esencial es, precisamente, crear o descubrir cuáles son los fines y medios relevantes para el actor en cada circunstancia de su vida.

La esencia de la función empresarial no consiste, pues, en asignar unos medios dados a fines también dados de forma óptima, sino en descubrir nuevos fines y medios haciendo uso de la innata creatividad de la que goza el ser humano. Esta idea resulta esencial para entender la economía en su verdadera amplitud: la búsqueda constante de nuevos fines y medios por parte del hombre para ir creando, paso a paso, un futuro cada vez mejor; y no, como muchos creen, una ciencia dedicada en exclusiva a una mera cuestión técnica para asignar unos recursos dados de la mejor forma posible.

Pero la aplicación y extensión de tal creatividad humana depende, a su vez, del particular contexto político, económico y social en el que opere cada individuo. Es evidente que el hombre, entendido como empresario, no puede actuar de igual forma en Cuba o Corea del Norte, regímenes totalitarios, que en EEUU o Hong Kong, economías regidas por el libre mercado y el respeto a la propiedad privada.

Los distintos marcos jurídicos, políticos e institucionales limitan en mayor o menor medida la creatividad empresarial y, por ende, el desarrollo económico. El libre mercado es, en esencia, un marco institucional que permite al empresario perseguir libremente sus fines y, de este modo, poder obtener beneficios mediante la satisfacción de necesidades ajenas. Ése y no otro, el logro de una ganancia, siempre subjetiva, es el incentivo que mueve al hombre a actuar en todos los ámbitos de su vida. Y, a su vez, aceptar el concepto de beneficio supone asumir la legitimidad irrevocable de la propiedad privada.

Por el contrario, impedir o restringir esa innata función empresarial conlleva el efecto contrario, con el consiguiente empobrecimiento y estancamiento económico. El socialismo o colectivismo rechazan de plano estos principios básicos que posibilitan la creación de riqueza. Reducir el libre mercado es limitar la creatividad humana y borrar de un plumazo los incentivos que permiten generar un futuro más próspero y mejor para todos.

La manipulación inevitable

El mapa fue concebido como una guía, una representación simbólica del territorio. En tanto tal, su significado siempre tuvo un sentido de dominio del entorno y, especialmente, de dominio político de las poblaciones asentadas en el territorio. Como Miguel Anxo Bastos identifica acertadamente, el mapa es la simulación sobreponiéndose a la realidad, la elaboración simbólica que los personajes dominantes imponen a los dominados para que éstos legitimen su sumisión. Al término de esto, aunque es cierto que el territorio, especialmente el territorio no humanizado, impone su realidad a la del mapa, la progresiva configuración humanizada de más y más extensiones de Naturaleza, convierte a ésta en subsidiaria del símbolo, del mapa.

El incremento exponencial de la complejidad social supone que las capas de símbolos, superpuestas a la realidad en escalones inmediatos, van multiplicando ese solapamiento de unas a otras formando redes de metasímbolos donde una jerarquía dinámica de modelos conectados crecen en todas direcciones, justificándose a sí mismos, orientando las acciones y aumentando su distancia con lo que anteriormente percibíamos como realidad. Las autorreferencias de los cada vez más complejos sistemas simbólicos de las redes sociales de comunicación terminan por evidenciar claramente lo que ahora sabemos lleva ocurriendo desde los albores de los intercambios sociales, bien voluntarios, bien forzados: que el mapa precede al territorio y no al contrario. Hayek acierta cuando dice que la ciencia no estudia la realidad, sino la representación mental de la realidad. Apunta también, al igual que el resto de le Escuela Austriaca, que tal representación es configuradora de la misma realidad con lo que representación y realidad parecen confundirse. Es más, es la representación lo real, lo que mueve a la acción.

Pero lo que esto nos lleva a concluir es que, aplicando un filtro moral liberal, la resultante de esto es ambigua. Por un lado, podríamos argumentar que en esta complejidad, autoorganizada en su conjunto, el factor involuntario supera al planificado y al impulsivo, que ni la razón ni el instinto son las fuerzas más influyentes, sino que es algo poco consciente pero suficientemente represor del instinto lo que configura las redes neuronales, en el cerebro y las institucionales, en la sociedad. Pero es altamente cuestionable que, por más que los liberales aportemos esos filtros éticos, podamos negar la realidad de la mentira, la fuerza del engaño. Éste, precisamente por ser autoinfligido, por ser autoengaño, supera al control global y es autoorganizado, pero, en la medida en que las redes de símbolos se jerarquizan en torno a nodos con limitado pero evidente control del entorno de símbolos, las posibilidades de planificación limitada, de manipulación al servicio de la coacción y del dominio, la simulación del dominio, de los atributos del poder, ejerce por sí mismo un poder que parece totalmente imposible de suprimir.

Nos queda, eso sí, aspirar a que, cada vez que se pueda identificar un nodo manipulador, tal acción sea debidamente denunciada, debidamente desobedecida y debidamente disuelta en el laberinto de la fe en lo no coactivo. Y para eso, para combatir la simulación del poder, la precedencia del mapa dominante sobre el territorio, de la mentira prodominio, hemos de oponer la precedencia del símbolo de lo autoorganizado sobre lo dirigido, la mentira de la dispersión frente a la de la centralización, el antimapa disperso, frente al mapa concentrador. En definitiva, el individualismo radical frente a todo lo demás.

El Particularismo

Ortega nos ofrece en La España Invertebrada dos hipótesis desiguales. En primer lugar, construye su obra en torno a una teoría del particularismo bastante contundente. Sin embargo, y en segundo lugar, presenta una visión deformada de la historia de España, diría que autoflagelante y superficial, que sólo se justifica por lo convulso y sombrío de la época en que fue escrito el ensayo.

Un repaso histórico de tipo comparativo con otras naciones del entorno puede hacer caer en el error de dar a entender que éstas carecieron en todo momento de semejantes tropiezos, desgastes y contradicciones. Ortega se fija exclusivamente en los éxitos y la gloria de las naciones extranjeras más potentes. Aunque no puede negarse que en España los hitos destacables fueron tan tempranos e inconsistentes que resulta axiomática su derrota si se compara con lo ocurrido durante la evolución política de otros pueblos.

Pero volvamos al aspecto más notable y acertado contenido en La España Invertebrada: la teoría del particularismo. A partir de la expresión nacionalista de este fenómeno disgregador, Ortega denuncia su preexistencia en todos los órdenes vivientes de la nación (recurriendo a sus tópicos), clase política, ejército, proletariado y cualquier otro gremio, profesión o sector industrial y empresarial. Puede apreciarse en todos ellos, y no sólo en aquellos que promueven la disgregación racial, cultural y nacionalista. La decadencia de la unidad española comenzó en aquel "no contar con el otro", que es igual a creerse dueño y señor del mando sobre lo común.

Centrémonos en la idea misma que nos ofrece este concepto de particularismo, aplicado a cualquier tendencia, artificial o espontánea, de agrupación singular dentro de fracciones integrantes de un todo que las precede. Quizá alguna de esas partes intente ser representada como anterior al todo, cuando en realidad la sustancia de lo que fue (si es que lo fue realmente) no podría equipararse de ese modo al rango que se descarta en la entidad atacada.

El nacionalismo periférico en España no pretende sólo erigirse como contrapoder particular frente al Poder central, sea éste absoluto o limitado, sino que busca además, desde la base social y cultural, construir un artefacto ideológico capaz de dominar las mentes individuales, homogeneizando voluntades en pos de un proyecto político que, en realidad, sirve únicamente a las expectativas e intereses de una suerte de aristocracia nacionalista que aspira a acaparar un nuevo y bien tramado dominio legitimado, esta vez, por ese sentimiento colectivo reforzado en lo particular.

Los nacionalismos son siempre particularistas, procedan éstos del ámbito de lo regional, o se acaben convirtiendo en ideología y religión secular de naciones agregadas e independientes, y, al mismo tiempo, fuertemente estatizadas. Mientras que el primer tipo de nacionalismo trata de quebrar una entidad más amplia frente a la que concentran su acción política, el segundo tipo pretende elevar su potencial a fin de ser partícipe dentro de un orden internacional ecuménico (sin que exista ningún espacio físico indómito en el que algún Estado, o concierto de Estados, ejerza su propia jurisdicción).

Cuando Mises habla de "nacionalismo liberal", lo hace desde una perspectiva histórica muy concreta, atribuyendo las bondades de la revolución liberal al movimiento disgregador que se enfrenta al absolutismo de ciertos poderes, artificiales o no, que establecieron su dominio sobre pueblos que eran, política, racial o culturalmente distintos. En principio, la unidad política, en determinados ámbitos, representa una ventaja para aquellos pueblos que sepan utilizarla como instrumento de integración social y económica. Sin embargo, la práctica de los gobiernos absolutos en imperios plurinacionales fue incapaz de contener las legítimas pretensiones nacionales promovidas y alimentadas por un espíritu que era en verdad liberal. Esto no ha sucedido en España. Las tendencias particularistas de corte nacionalista crecieron y se alimentaron a partir de una idea de decadencia que se corresponde, en cierto modo, con la realidad social, cultural, económica y política de ese conjunto nacional llamado España, pero en ningún caso porque España resulte asimilable a los Imperios Austro-Húngaro y Ruso, Yugoslavia o a cualquier ejemplo colonial que pueda plantearse.

El particularismo gremial, regional o municipal puede confundirse en diversas fases de su expresión e intensificación con la configuración de contrapoderes. Como se dijo en otro lugar, el contrapoder, en su cometido, debe limitar al poder frente al que se erige. El poder absoluto lucha por la homogenización, toma su fuerza de la masa agitada, deforme e idiotizada. El contrapoder sirve a la convivencia y es un instrumento para esa limitación de la tendencia fatal que conduce al poder centralizado al dominio irresistible del cuerpo social y cultural. No obstante, una excesiva tensión entre contrapoderes debilita su propia existencia, lo que sucede también cuando se establecen fuertes alianzas entre aquellos bajo el cometido de derrumbar la hegemonía del poder más amplio. Del resultado de esa tensión entre tales empujes (el de coordinar particularismos en contra del poder absoluto o común, y el esfuerzo de éste último en homogeneizar y atomizar el cuerpo social) nacerá un tipo efectivo de orden político.

Las sociedades de "Hombres libres" no surgen de la nada, ni resisten sin que confluyan todas estas expresiones políticas que pugnan entre la agregación, la extensión, la disgregación y el particularismo de cualquier clase. Pese a que todo particularismo debería tender a encontrar su propio contrapeso que lo convierta en inofensivo para la continuidad del orden político y social efectivo, existen ideologías, creencias y aspiraciones que son, ciertamente, peligrosas y fuente de una clase de disenso de consecuencias calamitosas para la convivencia y el sosiego público. No se trata de preferir naciones férreamente tramadas frente a aquellas naciones en cuyo seno conviven realidades dotadas de atributos diversos dentro del acervo común de valores, reglas e instituciones. Sino de defender la necesidad de que la tensión particularista no comprometa, en primer lugar, la primacía del individuo frente a los grupos en los que se integra, y en segundo lugar, la independencia de los poderes representativos comunes, electos o autoritarios, al margen de los límites políticos razonables nacidos del ineluctable juego de contrapoderes.

Quizá el particularismo perverso que denunció Ortega en España deba servirnos para desechar completamente la idea de que en su versión nacionalista periférica se trate de un legítimo movimiento libertador de pueblos oprimidos en términos colectivos (menos aún de las personas que los forman, en términos individuales). Pero es que además, en la medida que se pretenda que la Unión de los pueblos y naciones de Europa no sea un mero concierto entre sus Estados, los particularismos deberán, en primer lugar, filtrarse al teatro continental, incluso cuando su aspiración básica sea un interés localizado territorialmente (que será positivo para la libertad del individuo siempre que reconozca los fundamentos y los límites del consenso social dentro del que actúa). En segundo lugar, debe el individualismo primar sobre la aspiración colectiva y, en todo caso, dada la naturaleza plural de los caracteres nacionales que se pretenden soldar bajo una misma unidad política, sólo este factor occidental, claramente cosmopolita y liberal, proporcionará la sustancia que espontáneamente llegue a consolidar una futura nación europea.

Buen Gobierno: la responsabilidad de los cargos públicos

Hace poco se ha publicado el libro de un doctor de Salamanca menos conocido, Juan Zapata y Sandoval, titulado De iustitia distributiva et acceptione personarum, traducido por primera vez al castellano por el equipo de investigadores del CSIC: Ana María Barrero, Carlos Baciero y Jesús María García Añoveros.

Juan Zapata fue un criollo nacido en la ciudad de México, descendiente de oidores y presidentes de la Audiencia de Nueva España. Ingresó allí en la Orden de San Agustín en 1590, viajando a la Península en 1602 como rector y catedrático de Teología en el Colegio San Gabriel de Valladolid. Formado en la Universidad de México, que por aquellos tiempos era perfectamente comparable en altura intelectual y en maestros a las españolas, podemos considerarle un miembro ultramarino de la Escuela de Salamanca; al menos, juzgando los autores que luego citará: Pedro de Aragón, Luis de Molina, Francisco Suárez, Domingo de Soto, Martín de Azpilcueta, Domingo Báñez, Pedro de Ledesma, Francisco de Vitoria o Diego de Covarrubias. Posteriormente regresaría a México al ser nombrado obispo de Chiapas y luego de Guatemala, donde falleció en 1630.

En 1609, el mismo año que Juan de Mariana publicara su tratado De monetae mutatione, Zapata y Sandoval editaba en Valladolid este largo estudio sobre La justicia distributiva y la acepción de personas. Se trata del análisis de un interesante aspecto de la virtud de la justicia, menos frecuente en los doctores escolásticos. Conocemos bien un elevado número de tratados sobre la justicia en los cambios, el precio justo, los salarios justos… Todos ellos centrados en la llamada justicia conmutativa, que se refiere a las relaciones entre iguales en los intercambios, y que permitió a los Maestros de Salamanca avanzar algunas importantes intuiciones sobre el comportamiento económico, como la teoría cuantitativa, la teoría subjetiva del valor o la paridad del poder adquisitivo entre distintas divisas.

La justicia distributiva, sin embargo, se refiere a la ordenación del todo entre las partes, o sea, "la distribución de los bienes comunes de la república entre los individuos". Desde el punto de vista económico, su aplicación más inmediata es el análisis sobre la fiscalidad y los impuestos, algo que también estudiaron nuestros doctores (Juan de Mariana, como bien sabemos, condenaba las alteraciones monetarias como una medida inflacionaria que ocasionaba, a la postre, un impuesto injusto y oculto).

Pues bien, el texto que estamos comentando nos sitúa fuera del marco económico, y en un campo de gran interés actual: el ejercicio de la actividad política. Cada semana nos levantamos con un nuevo caso de corrupción y abuso de poder que refleja, en mi opinión, una lamentable calidad moral en algunos de los representantes de los ciudadanos. Y a ellos se podrían aplicar muchas de las consideraciones de fray Juan Zapata en su crítica a la acepción de personas: se trata de un ejercicio contrario a la justicia distributiva, en concreto en el reparto de los cargos públicos. En vez de elegir a los mejores, teniendo en cuenta sus méritos y su dignidad, se prefieren otros individuos generalmente en razón de intereses personales, familiares, etc.

Zapata escribió pensando en el derecho de los nacidos en América a los cargos eclesiásticos y civiles. Cuestión muy sugerente, que demuestra la sensibilidad política de tantos españoles de nuestro Siglo de Oro, pero que no vamos a tratar aquí por falta de espacio. Me interesaba solamente destacar algunas exigencias morales en el ejercicio del poder que, entonces y ahora, parecen necesarias para los gobernantes. Por ejemplo, a la hora de nombrar los oficios civiles en las Indias recomienda que los candidatos sean hábiles, es decir, competentes por su sabiduría, ingenio y destreza; que haya una previa investigación de la dignidad de las personas, sus dotes y méritos; que sean sinceros, esto es, que no engañen a nadie; que sean enemigos de la avaricia; o que fueran preferentemente personas cercanas a la sociedad y el cargo en cuestión (aquí es donde instaba a promover a los criollos y aún a los indios americanos), en detrimento de extranjeros y advenedizos. En definitiva, se les exigirá "integridad de vida, perfecto conocimiento de las funciones que han de desempeñar, educación cívica, preocupación por la república y destreza en la dirección de la función pública, ciencia, moderación, nobleza, fortaleza y justicia".

Asunto distinto y espinoso, aunque frecuente en aquella época, era la venta de cargos públicos; con lo que Zapata no estaba de acuerdo pensando que ofrecía muchos más inconvenientes que ventajas. Aunque, dada la costumbre y su legalidad formal, propuso varias condiciones para que fuera moralmente lícito en lo que concierne al precio de venta, las cualidades de las personas que los adquieren, etc.

Termino con una cita literal: "si el soberano o la persona a quien se le ha encomendado hacer provisión o recabar informes para hacerla, al proveer estos oficios… pospone a los dignos a favor de los indignos, delinque sin duda contra la justicia distributiva con pecado de acepción de personas y está obligado a restituir el daño que resulta de la incompetencia del ministro". Menuda responsabilidad ésa de la restitución, algo perfectamente vigente en aquellos tiempos y que nuestra sociedad moderna e ilustrada parece que quiere olvidar a toda costa.

Doce consejos clave para invertir en bolsa

Batir las rentabilidades que ofrece el mercado en bolsa a través de los diferentes índices bursátiles está tan sólo al alcance de un puñado de privilegiados, los grandes conocedores del Value Investing. A continuación, sus doce principios básicos para invertir.

1. Peter Lynch (1944), gestor de Magdellan Fund: “La renta variable es el activo más rentable a largo plazo”; “la gran ventaja de invertir en acciones, para quien acepte la incertidumbre, es la extraordinaria recompensa por tener razón”.

En los últimos 200 años, frente a una inflación media del 4%, las letras y los bonos han ofrecido una TAE del 5%, mientras que la renta variable arroja una rentabilidad media anual cercana al 10%.

2. Warren Buffett (1930), presidente de Berkshire Hathaway: “La renta variable es el activo menos arriesgado a largo plazo”; “el riesgo proviene de no saber lo que se está haciendo”.

La evolución de la renta variable está ligada al crecimiento económico y los beneficios empresariales. Por el contrario, los bonos del estado dependen de las políticas económicas que adopten los estados correspondientes, muchas veces inflacionistas y, por tanto, destructoras del valor.

3. Mario Gabelli (1942), presidente de Gamco: “Pocos gestores consiguen batir a los índices bursátiles en el largo plazo”. ¿La clave? “El conocimiento convencional sólo arroja rendimientos convencionales”.

Tan sólo el 9% de los gestores norteamericanos ha logrado batir al índice S&P 500 a lo largo de 16 años. La razón es la ausencia de disciplina y los continuos cambios de estrategia en los que incurren la mayoría de los gestores de fondos. El no mantener una misma filosofía y estrategia de inversión resulta devastador para el rendimiento a largo plazo.

4. Charlie Munger (1924), vicepresidente de Berkshire Hathaway: “Toda inversión inteligente es value investing, adquirir algo por menos de lo que vale”. Los gestores de vlue investing son los únicos que consiguen batir a la bolsa a largo plazo.

5. Friedrich A. Von Hayek (1899-1992), premio Nobel de Economía, referente de la Escuela Austríaca: “La volatilidad y la liquidez de una acción no son representativos de su riesgo”. La mayoría de modelos de inversión tan sólo miden lo que es medible “no lo que importa”.

6. John Templeton (1912-2007), fundador de Templeton Funds: “Las crisis bursátiles son inevitables y permiten una importante creación de valor”; “las cuatro palabras más peligrosas en la historia de la inversión han sido esta vez es diferente“.

7. John Neff (1931), inversor norteamericano: “Tener un mal comportamiento a corto plazo es inevitable”; “No es simpre fácil invertir en lo que no es popular, pero es la forma de obtener rendimientos sobresalientes”.

8. Jim Rogers (1942), cofundador de Quantum Fund: “No merece la pena guiaerse por las previsiones económicas”; “para tener éxito invirtiendo es necesario entrar pronto, cuando las cosas están baratas, cuando hay pánico, cuando todo el mundo está desmoralizado”.

9. Christopher H. Browne, presidente de Tweedy Browne Funds: “No invertir nunca en empresas sobrevaloradas”; “hay que buscar el valor intrínseco de la acción, de la manera que harías en cualquier otra compra”.

10. Benjamin Graham (1894-1976), precursor del value investing: “No dejar que las emociones guíen las decisiones de inversión”: “conseguir rendimientos satisfactorios es más sencillo de lo que la gente piensa. Obtener rendimientos sobresalientes es mucho más duro de lo que la gente imagina”.

11. Walter Schloss (1916), inversor estadounidense: “No intentar predecir el movimiento de la bolsa a corto plazo”; “la timidez generada por fracasos del pasado provoca que la mayoría de los inversores se pierdan los mercados alicisas más mimportantes”.

12. Francisco García Paramés (1963), director de inversiones de Bestinver: “Entender que la paciencia es la principal virtud del inversor exitoso”; “lo más fascinante del Value Investing es que el tiempo siempre juega a tu favor”.

Estos doce consejos e ideas básicas para invertir están contenidas y desarrolladas en el cuaderno 12 Principios del Value Investing, editado por Bestinver.

Cameron apuesta por Occidente y sus valores

Se cumplen nueve meses de la victoria electoral del Partido Conservador británico. Nueves meses donde la realidad doméstica ha tenido una importancia capital y dentro de ésta, combatir la crisis económica (en genérico) y reducir el gasto público (más en particular) han sido sus grandes obsesiones.

Sin embargo, además de este macro-problema, heredado de un pésimo gobierno de Gordon Brown, plagado de recetas intervencionistas y de concesiones a los sindicatos, el panorama interior de Reino Unido contiene otras situaciones problemáticas que exigen decisiones y medidas urgentes. Algunas de ellas pueden parecer impopulares, ya que pertenecen a la esfera de lo social, terreno siempre delicado de abordar.

Durante sus años en la oposición, uno de los conceptos que en mayor número de ocasiones pronunció David Cameron fue el de Broken Society (sociedad rota) con el que denunciaba la ausencia de cohesión y pérdida de valores fundamentales (como la importancia de la familia) que se estaba percibiendo en Reino Unido.

Pero había más: un fracaso flagrante de las estrategias de integración de las diferentes nacionalidades existentes en el país.

Dicho con otras palabras: el multiculturalismo, más allá de ser un concepto mediático, era el gran culpable de la fragmentación que actualmente vive Reino Unido al amparar, bajo una mal entendida tolerancia, su guetización. En las filas del Conservative Party, no había sido un tema analizado con suficiente profundidad y rigor durante los liderazgos anteriores (William Hague, Ian Duncan Smith y Michael Honrad), especialmente por temor a ser etiquetados negativa y peyorativamente, optando, en consecuencia, por seguir las premisas que el Labour Party establecía al respecto.

En Bruselas, el Primer Ministro fue claro cuando afirmó que el multiculturalismo había fracasado allí donde se había empleado. Angela Merkel fue pionera al hacer esta acusación el pasado mes de septiembre en plena Conferencia de su partido y en pleno debate de la sociedad alemana sobre las tesis de Thillo Sarrazin sobre el fenómeno migratorio en Alemania. Le llovieron los reproches y las acusaciones; aun así, no cambió de parecer.

Con Cameron está acaeciendo lo mismo, puesto que se trata de un comentario que genera más críticas, especialmente a nivel mediático, que réditos políticos, todo ello sin perder de vista la reacción que puedan tener sus socios los liberales-demócratas. Esta formación ya mostró tendencia en el pasado a dejarse fagocitar alegre y acríticamente por las garras del buenismo.

Asimismo, el emitido por Cameron en Bruselas no es un mensaje de consumo interno, sino una advertencia lanzada a nivel global que no quedó simplemente en una frase sin contenido, sino que había mucho más. Contenía una denuncia a la dejadez de Occidente a la hora de defender sus valores tradicionales, tales como la libertad o los derechos humanos, todos ellos principios universales y que, en aras de una mal entendida mayor integración-tolerancia, se habían perdido de vista. Este fenómeno, en última instancia, ha servido para que sociedades como la británica hayan dado amparo legal a quienes se oponen, y no precisamente desde un punto de vista teórico, a la civilización occidental.

Precisamente, David Cameron denunció esa "tolerancia pasiva" que ha provocado que los valores tradicionales británicos hayan dejado de promoverse, cuando son precisamente los que motivaron que un buen número de personas procedentes de diferentes países escogieran Reino Unido como centro desde el que desarrollar su vida personal y profesional. Se trata, en consecuencia, de alentarlos, y no de utilizarlos como subterfugio en el cual se amparen quienes desean liquidarlos.

Como era de esperar, las reacciones de sus oponentes políticos no se han hecho esperar. El responsable de los asuntos de justicia del Labour Party, Sadiq Khan, ha tildado al Primer Ministro de "extrema derecha". No es sorprendente. Este es el adjetivo que normalmente se emplea hacia alguien que se sale de los parámetros de la corrección política.

En definitiva, el modelo de integración que defiende David Cameron no es sinónimo de asimilación, como quieren hacer ver algunos, sino de todo lo contrario: de asumir por todos y sin excepción que el Estado de Derecho es un todo homogéneo y que en ningún caso su entramado jurídico debe de servir de excusa para conductas que en última instancia buscan atentar contra él.

Las amistades beneficiosas

La seducción, el manejo de símbolos, expectativas y promesas falsas o semifalsas es parte importante de las relaciones sociales. Hombres y mujeres se atraen mutuamente mostrando lo más excepcional de sí mismos aunque lo sea tanto que es, en muchas ocasiones, es solamente en el periodo de seducción cuando despliega la cola el pavo real. Tal proceso, basado en buena parte en la falsedad, definida ésta como lo no regular, es fundamental para facilitar la vinculación entre hembras y machos humanos, sin duda.

Considerando las instituciones sociales, se puede descubrir en ellas esta característica, es decir, el fundamento falsificador de las mismas. Y esa falsificación, ese manejo de símbolos, señuelos, promesas incumplibles o de cumplimiento relegado, es fundamental para someter los más primarios instintos animales a las más pragmáticos y sociales instituciones sociales. Hayek lo explicaba mejor, sin duda, que uno mismo. Las instituciones de la sociedad abierta suponen o, más exactamente, exigen, la represión de los instintos y, por más paradójico que parezca, lo hace sin llegar a la conciencia racional de lo que sucede. Y es en este punto, en el de la irracionalidad supra-instintiva de las instituciones sociales más útiles y perdurables, donde cabe decir, con Hayek, que un cierto grado de falsificación es necesario. No importa tanto si Dios existe o no, si Yahvé puso en verdad a prueba a Abraham o si es un mero invento que Jesús resucitó o no. No cuestiono con ello el valor de verdad de estos u otras creencias, pero sí que cumplen una función social tan importante que, por hacerlo al margen de dicho valor de verdad, habilitan la falsedad en cierto grado y bajo ciertas condiciones.

Abundando en ello, los seres humanos somos tan propensos al señuelo que sentimos un placer inmenso practicando la invención de señuelos sometido a reglas. Eso es el juego. Engañar para llevar al otro donde se desea sin que lo pueda evitar sabiendo que el rival puede hacer lo mismo. Las grandes creencias, religiosas o no, han de pugnar con otras rivales y cuando se imponen, articulan la vida social y son la base de institutos sociales grandes, medianos y pequeños soportando siempre contradicciones internas que, dependiendo de un complejo juego competitivo, llevan la evolución del conjunto en una dirección o en otra.

Es por ello que, parafraseando el título del film Las amistades peligrosas, la mayor parte de las relaciones parcial o generalmente engañosas benefician más que perjudican y el mero esfuerzo por ganar el corazón de los hombres, ofreciéndoles un acogedor sentimiento de pertenencia y un significado vital, satisface al seducido. No se trata de que éste calcule racionalmente el beneficio de dejarse "conquistar", sino de que se gane su corazón, que es ni es instinto ni es razón, aunque modifica al primero y surte de energía a la segunda.

Una sociedad violenta

Una vez más, el carácter violento y el espíritu de frontera americano se han vuelto a poner de manifiesto con la matanza perpetrada por un perfecto cretino inadaptado en un mall de Arizona.

Y, si bien, algunas eminencias como Paul Krugman han acusado directamente al Tea Party de haber incitado dicha salvajada, demostrando de paso el mismo grado de sentido común que cuando se pone a hablar de economía, para el progre medio las causas son mucho más profundas, estando enraizadas –como está tan de moda decir– en el propio ADN de la sociedad estadounidense.

Así, la explicación progre canónica de la violencia inherente a la sociedad americana se remonta a los mismos orígenes de ésta; una sociedad que se construyó masacrando a los indios, una especie de hippies eco-pacifistas que adoraban al Gran Manitou, fumaban la pipa de la paz y cazaban sólo los bisontes que necesitaban para comer, reciclando, por supuesto , los desechos…

Y qué decir de la esclavitud…Todos esos negros que vivían felices en África hasta que llegaron los tratantes blancos a llevárselos a América (para el progre, el detalle de que esos tratantes blancos comprasen a los esclavos a tratantes negros es irrelevante) y los pusieron a trabajar en plantaciones, manteniéndoles sometidos gracias a la violencia y a la crueldad.

Con estos comienzos, marcados por la violencia, era lógico todo lo que vino después: la Guerra Norte contra Sur, una guerra de anexión contra México, pistoleros y forajidos, algunos tan conocidos como Jesse James o Billy el Niño… o el incidente del Maine.

Ya en el siglo XX, qué decir del Chicago de los años 20, con un Al Capone que solo pudo ser metido en chirona por evasión fiscal…, o de las guerras de Corea, Vietnam, Irak… Solo la dos guerras mundiales tienen un pase.

Está claro que, con estos antecedentes y esa trayectoria, con la violencia como el pecado original de su corta historia, la sociedad americana no podía acabar más que como ha acabado, enferma y paranoica, armada hasta los dientes y dispuesta a resolver sus diferencias a tiros, sin consenso.

Qué diferencia con nuestra sociedad… Por suerte, nuestro ADN tiene unas raíces mucho más pacíficas…

Así, mientras, mejor dicho, desde mucho antes de que los americanos la emprendieran con los indios, los españoles disfrutábamos de la multiculturalidad de la España Musulmana, con pequeños incidentes aislados como las razzias de Almanzor o las Navas de Tolosa, que no pudieron empañar casi ocho siglos de convivencia.

Pero seamos justos, comparemos la corta historia de los USA con el periodo equivalente de la nuestra, es decir, saltemos directamente a los comienzos del siglo diecinueve, cuando los Estados Unidos empezaron su camino como nación independiente.

Y, mira por dónde, aquí también teníamos esclavos… Y aunque en la España peninsular la esclavitud se abolió veintiséis años antes de que Lincoln redactase la Proclamación de la Emancipación, en la España extra peninsular se abolió veintitrés años después, pues no nos olvidemos de que Cuba era España. Pero a diferencia de lo que pasó con el ADN americano, el nuestro salió indemne de dicho periodo esclavista…

Lo que vino después, Guerra de la Independencia contra los gabachos, invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, tres guerras carlistas, guerras africanas, bandoleros como El Tempranillo, Curro Jiménez o el cura Merino…, parece que tampoco afectó a nuestras cadenas de nucleótidos.

Finamente en el S XX, la Barcelona de los años 20 tampoco tenía mucho que envidiar al Chicago de la Ley Seca y pocos años después nos vimos envueltos en una de las guerras civiles más cainitas de la historia, que desembocó en una dictadura militar… La segunda de este pasado siglo y la enésima si le sumamos el diecinueve. (Curiosamente, la violenta sociedad americana nunca tuvo una dictadura militar…).

Pero el caso es que nuestro ADN ni media…

Finalmente, volviendo al comienzo, una manifestación de paranoia como la americana –el chalado que entra en un mall o en una universidad y se lía a tiros– en España es virtualmente inexistente, siendo sucesos como los de Puerto Hurraco o el sheriff de Lérida casos marginales…

Y además en muchos casos podemos ver la perniciosa influencia americana. Así, en la paliza al Consejero murciano, los agresores usaron ¡un puño americano!

Por otro lado, el chalado hispano siempre puede, en vez de actuar por su cuenta haciendo matanzas inconexas, integrarse en un grupo de liberación regional, sabiendo que sus acciones no solo serán apoyadas por un sector de la sociedad, mayoritario en ciertas áreas, sino que incluso puede ser reconocido como interlocutor por parte del gobierno…

¡Qué tranquilidad da saber que son ellos, los americanos, los de la sociedad enferma, violenta y paranoica! ¿O no?