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Etiqueta: Pensamiento liberal

Ed Miliband y el final del Nuevo Laborismo

Duelo fraticida el vivido en el seno del Laborismo británico durante la última semana de septiembre. Los hermanos Miliband competían por el liderazgo del partido. Aunque el favorito era David, finalmente fue Ed quien venció. Lo hizo por un escaso margen de votos. Sin embargo, esa mínima diferencia encarna posiciones ideológicas diametralmente contrarias, puesto que Ed Miliband está más cerca del “Old Labour” que del “New Labour” representado por David.

El fracaso electoral de Gordon Brown, algo que estaba cantado, precipitó los acontecimientos en el Partido Laborista. Dimisión inmediata del escocés y proceso sucesorio con cinco candidatos. De entre ellos, dos mostraban mensajes y programas antagónicos: Diana Abbot (representante del ala izquierda del partido, aquélla que renegaba, pero que no tuvo más remedio que aceptar, de los éxitos electorales de Tony Blair) y David Miliband, un “producto” de la “Tercera Vía”, el mejor exponente de la misma.

David Miliband siempre sonó en las quinielas para suceder a Blair tras el paréntesis de Gordon Brown. No fue así. Los sindicatos, las históricas, y determinantes en algunos momentos, Trade Unions, fueron clave para que Ed Miliband, menos conocido y menos mediático, fuera el ganador.

Consumado el triunfo, el nuevo líder de la oposición ha lanzado mensajes, mezcla de optimismo (el uso de la palabra “renovación” así lo atestigua), firmeza (los sindicatos no dictarán mi política, afirmó), pero también de negación del pasado más cercano. En este último aspecto destaca la que va camino de convertirse en una de sus frases lapidarias y por la que será juzgado en el futuro: “La era del Nuevo Laborismo ya ha pasado. Una nueva generación ha tomado el relevo y las viejas etiquetas ya no están en vigor”, podíamos leer en El País el pasado 27 de septiembre.

Haría mal Ed Miliband en olvidar el pasado reciente del partido, especialmente el periodo comprendido entre 1997-2007. De esta etapa debería extraer lecciones; la principal, en el terreno de la economía: cuando el Labour Party puso fin a sus tendencias intervencionistas, el electorado británico optó por él. Cuando el Laborismo apostó por jugar un rol constructivo en la esfera internacional, Reino Unido retomó la etiqueta de key player. Sin embargo, él parece decantarse por la lírica e identifica “la autocrítica” con calificar la intervención en Irak como un error.

Aunque Ed Miliband niega ser un izquierdista y rechaza el apelativo de “Ed, el rojo” con que le han etiquetado, su lenguaje va en esa dirección, con concretas acusaciones de culpabilidad al capitalismo. Ahí es donde enlaza con el “último Brown”. Sus primeras intervenciones en lo que a política exterior se refiere, tampoco le ayudan a quitarse esa etiqueta: crítica a Israel, a quien otorga un mayor grado de culpabilidad a la hora de que el conflicto con Palestina no se resuelva. Tesis típicamente izquierdista con elevadas dosis de buenismo, que en última instancia encierra cierta animadversión a la special relationship cultivada por Blair y Bush, heredera de la mantenida entre Thatcher y Reagan.

De economía poco ha dicho, sólo ha hablado de “las injusticias sociales”, cuando es el tema que más preocupa a sus compatriotas. Ahí, David Cameron le gana la partida, pues ya antes de convertirse en Primer Ministro apostó por las “medidas impopulares”, esto es, aquellas destinadas a controlar el gasto público, disparado hasta límites insospechables durante la etapa de gobierno de Gordon Brown.

En definitiva, el liderazgo de Ed Miliband se ha iniciado más rodeado de anécdotas (enfrentamiento con su hermano o descendencia de un eminente teórico del Marxismo como era su padre Ralph Miliband) que por hechos concretos. Entre sus apuestas políticas concretas, destaca su renuncia explícita al Blairismo y una adhesión al radicalismo mal entendido. Algo parecido hizo Michael Foot cuando lideró al Labour Party entre 1979-1983, con los resultados por todos conocidos…

El Tea Party

…en el momento en que Barack Obama se plantea erigir un Estado socialista sobre los pilares de la presidencia imperialista de Bush junior, ha surgido un movimiento espontáneo y abigarrado que se llama Tea Party. Aquí, en España, los medios siempre han informado contra Estados Unidos, con pocas excepciones. Los periodistas españoles desparraman su ignorancia culpable diciendo que se trata de una emulsión ultraderechista de una sociedad enferma. Pero ¿qué es, efectivamente?

Es un movimiento, sí, que no un partido político. Le define políticamente el originalismo, es decir, la vuelta a los orígenes. Estos orígenes, en Estados Unidos, están históricamente delimitados al período marcado por la guerra de la independencia, la Constitución y los primeros pasos de aquella república. Son conservadores porque buscan mantener el sistema político como lo concibieron los padres fundadores, que prevé un Estado limitado y una sociedad amplia, pero reforzada por valores morales tradicionales. Son revolucionarios porque los creadores de los EEUU lo fueron y porque quieren volver a revolucionar la política.

Es un fenómeno apasionante, pero que tiene antecedentes en la historia de aquel país, alguno más claro que el otro. El más claro es el de la vieja derecha, no menos heteróclita que la del Tea Party, y que como éste se creó como un movimiento de oposición a la dirección que estaba tomando la política; básicamente el New Deal y la implicación de EEUU en las dos guerras mundiales. Otro antecedente es el de los Demócratas Bourbon, que llevaron a la presidencia a Grover Cleveland. Eran partidarios del laissez faire, el patrón oro, el comercio internacional sin mayores trabas y un gobierno central austero y limitado.

Hay otros dos antecedentes, ambos en el Partido Demócrata. Los Copperheads de Clement L. Vallandigham eran partidarios de la paz en plena guerra civil, y se oponían a todo lo que significaban Abraham Lincoln y el partido republicano: el proteccionismo, el inflacionismo y el crecimiento sin medida del poder federal. Los Copperheads intentaban recuperar el espíritu del movimiento democrático de Andrew Jackson, que es el otro antecedente, y recogían el sentir de una parte más tradicional de la sociedad estadounidense. También habría que mirar a quienes se opusieron al "arancel abominable" de 1828 y clamaron por la anulación de la política de Washington por parte de los Estados.

Es decir, que el Tea Party no es un fenómeno pasajero. No sólo quiere recuperar lo mejor de la historia de su país, sino que está enraizado en esa misma historia. Estaremos hablando del Tea Party durante décadas. Aunque en España se seguirá desinformando sobre ellos. Durante décadas.

Manuel F. Ayau in memoriam

Como ya saben los lectores del IJM, a comienzos de agosto falleció en Guatemala Manuel Ayau, fundador, primer rector y alma de la Universidad Francisco Marroquín, tan cercana a nuestro Instituto. Y aunque ya escribió tempranamente sobre él una ilustre compañera de columna, María Blanco: (https://ijmpre2.katarsisdigital.com/comentario/4731/muso/forever/ ), me ha parecido conveniente rematar esa información con una crónica de los actos celebrados en su memoria, la mayoría de los cuales se pueden encontrar en los archivos de la UFM.

Por ejemplo, pueden entretenerse con las emotivas fotos de su velación en el Campus de la Universidad, el servicio religioso celebrado en medio de una tromba de agua (ya sé que suena a tópico, pero no puedo evitar este recurso literario del llorar de los cielos…), o su inhumación posterior, calmada ya esa tormenta del istmo centroamericano ( http://picasaweb.google.com/musoufm ).

Son muchos los testimonios de condolencia que han llegado de todas las partes del globo y, seguramente para permitir a sus amigos rendirle un último homenaje (cosa que sospecho que él habría procurado evitar…), el pasado 12 de septiembre se convocó en la UFM una multitudinaria celebración en su recuerdo. La que, al más puro estilo Marroquín, pudimos seguir por internet en tiempo real. Así que les voy a resumir algunas intervenciones que tuvieron lugar ese día, en presencia o a través de mensajes escritos y audiovisuales.

Y que arrancaron justamente con el presidente del IJM, Gabriel Calzada. Buen comienzo. Pero ya he indicado brevemente cómo nuestro Instituto mantiene una estrecha relación con la UFM, de la que también es parte activa su Rector, Giancarlo Ibárgüen (al que por cierto conviene felicitar por el magnífico desarrollo de estos actos). Gabriel señaló una característica de Ayau que luego sería repetidamente evocada: su alegría y buen humor, recordando precisamente la entrega del II Premio Juan de Mariana que había tenido lugar en el Casino de Madrid apenas tres años atrás (https://ijmpre2.katarsisdigital.com/album/2488/ii/cena/libertad/ ).

Sin orden predeterminado, les contaré algunas cosas que pude escuchar. Entre las personas cercanas a la Marroquín tuvimos a su Rector (con esa inmortal cita del Quijote: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones…”; y es que hablar de Ayau es hablar de libertad); el profesor Joe Keckeissen, alumno de Mises que puso en marcha los estudios de economía en la UFM; el empresario y escritor Francisco Pérez de Antón; Lucy Martínez -Mont, eficaz impulsora de las Exploraciones sobre la Libertad; o la grabación cariñosa del P. Roncero recordando el convencimiento de Ayau de que “sin libertad no se puede salir de la pobreza”.

Del entorno latinoamericano escuchamos testimonios procedentes del Perú (Enrique Ghersi), Chile (Leónidas Montes), México (Roberto Salinas de León), Argentina (Alberto Benegas Lynch), Venezuela (Ricardo Zuluaga) o Ecuador (Dora de Ampuero). Sin olvidar una notable presencia de gringos, que supieron reconocer (seguramente mejor que muchos españoles y europeos) la importante aventura intelectual que supone esta universidad guatemalteca. Hablo de Leonard Liggio (Liberty Fund y Cato Institute), Alex Chafuen, CEO de la Fundación Atlas (quien destacó la importancia de algunas virtudes en la persona de Ayau: integridad, pasión, determinación, continuidad…); Frederic J. Fransen, director ejecutivo del Center for Excellence in Higher Education; Mary O’Grady (consejo editorial del Wall Street Journal); T. Allan Russell, Chairman de Liberty Fund; Ed Crane (Cato Institute), Larry Reed, presidente de la Foundation for Economic Education;  Robert Sirico, fundador del Acton Institute y un larguísimo etcétera.

Junto al referido sentido del humor de Manuel Ayau, que le llevaba a mantener un permanente optimismo ante los éxitos y los fracasos, y que fue ilustrado con un sinfín de anécdotas, destacaré también como leitmotiv en su vida las tres palabras que ilustran el escudo de la Universidad Francisco Marroquín: Verdad, Justicia, Libertad.

Termino con una referencia a la ejemplaridad. Muchas personas hablaron del carácter emprendedor de Ayau, su faceta de impulsor del pensamiento liberal, promoviendo no solo la UFM sino una multitud de iniciativas grandes y pequeñas en defensa de las tres palabras que acabo de escribir. Todos coincidían en la necesidad de preservar y mantener su legado, de seguir su “luminosa estela”, de no entretenerse en conversaciones o lamentos y poner manos a la obra…; que es lo que precisamente acaba de anunciar la UFM con los proyectos Manuel F. Ayau SocietyFriends of UFM, Inc. (http://friends.ufm.edu/index.php/Main_Page ).

La economía y la caída de los Incas

Mises, en alguna de sus obras, afirma que es imposible entender la historia si no se conocen las leyes económicas, de la misma forma que sería imposible entenderla sin conocer las leyes físicas. El historiador que desconoce las leyes económicas se encuentra perdido a la hora de entender los fenómenos que trata de describir, por la sencilla razón de que no puede aplicar relaciones de causalidad entre los acontecimientos que analiza.

Desgraciadamente, la mayor parte de los historiadores no tiene en cuenta este principio a la hora de realizar su trabajo, por lo que tenemos versiones de la historia que, en muchos casos, parecen entroncar con la leyenda y el mito, cuando no atentan seriamente contra el sentido común.

Vaya por delante que quien estas líneas escribe no es historiador, ni está versado en sus técnicas, ni posiblemente tenga sentido común. Pero siempre me ha llamado la atención la relativa facilidad con que una panda de mataos españoles fueron capaces de hacerse con el dominio de territorios como los controlados por los poderosos incas y aztecas, state of the art en su época en el continente americano.

Me da la impresión de que las explicaciones de teoría económica no pueden andar muy lejanas del fenómeno. Por otro lado, Oakeshott, en su On History, nos describe el trabajo del historiador como el de un fabricante de ladrillos que se van acumulando para construir la interpretación histórica, y que se ha de renunciar a explicaciones causales simples entre unos fenómenos y los sucesivos. Más que a establecer causalidades, el historiador ha de disponer unos ladrillos sobre otros para ver el conjunto.

Por ello, y en relación con la caída del imperio de los incas, me limitaré a exponer algunos fenómenos que, atendiendo a la teoría económica, podrían estar relacionados con dicha caída. Los supuestos hechos están extraídos del libro “Los incas – Economía, sociedad y estado en la era del Tahuantinsuyo”, de Waldemar E. Soriano.

El primero y más llamativo es la ausencia de dinero. Según el autor, en el imperio Inca no se manejaba ningún material como dinero. Únicamente, se cobraban en forma de tributo cierto tipo de conchas a los pueblos limítrofes con el imperio, que de esta forma evitaban la conquista.

La ausencia de dinero conllevaría que todos los intercambios eran directos. Pero más grave aún: es imposible que una economía se desarrolle en ausencia de dinero, pues es el dinero posibilita la especialización en el trabajo así como la acumulación de capital. Sin estos factores, difícilmente puede aumentar la productividad y, por tanto, desarrollarse la economía. Por tanto, el imperio inca tenía los pies de barro.

En todo caso, resulta bastante difícil creer que la gente normal del imperio no tuviera medios de intercambio indirecto. Lo que pasa es que ese dinero informal no era aceptado por la clase inca, ni por tanto se hace acreedor de una referencia por los historiadores. Claro, para estos no existe el dinero si no está impuesto por el gobierno.

Lo que nos lleva a otro punto de interés: los incas cobraban sus impuestos en trabajo de sus súbditos. Gracias a este impuesto en especie construyeron las magníficas construcciones que pueblan sus territorios, como Cuzco y el Valle Sagrado. Pero no solo era mano de obra para la construcción, sino para cualquier tipo de actividad económica: elaboración textil y de ornamentos, agricultura…

El último aspecto de interés es el de la innovación. El autor del libro citado repite en varias ocasiones que durante el imperio inca no hubo innovación de ninguna clase. Los incas se limitaban a coger las técnicas desarrolladas por los pueblos conquistados, y extenderlas por todo el imperio, pero sin nuevas ideas.

Este hecho se utiliza para criticar a los incas, en relación sobre todo con las civilizaciones previas, con las que aquellos acabaron. Pero, aparte de su constatación, el autor no da ninguna explicación sobre esta posible carencia.

La teoría económica, una vez más, nos aporta elementos que pueden ayudar a comprender la ausencia de innovación en el imperio inca. Como es sabido, el emprendedor innova en el uso de los recursos con la finalidad de obtener los beneficios de la revalorización del recurso. Si no existe la posibilidad de obtener dichos beneficios, se desmotiva el espíritu innovador.

En la medida en que el imperio inca fuera intervencionista en la economía de los pueblos subyugados, se reducirían los incentivos a innovar de sus individuos, hasta desembocar en algo asimilable a una economía planificada y, por tanto, llamada a la ruina y la desaparición. Esto ocurrió en cuanto llegaron los españoles, por cierto, tras una historia que no alcanza los 100 años.

En resumen: ausencia de dinero, cobro de impuestos en forma de trabajo y desaparición de la innovación. Tres ladrillos que quizá deberían tenerse en cuenta a la hora de explicar la caída de un imperio como el Inca, cuyas obras podemos contemplar impresionados aún en la actualidad.

El debate sobre la prolongación de la recesión en EEUU

El National Bureau of Economic Research norteamericano, a través de su Comité del Ciclo Económico, anunció esta semana que la actividad económica en Estados Unidos tocó fondo en junio de 2009, marcando así “el final de la recesión que comenzó en diciembre de 2007 y el comienzo de la expansión”. Un “final de la recesión” y “comienzo de una expansión” que tienen más de técnico que de realidad, según las percepciones de la gente, los analistas y diversos indicadores, como el elevado desempleo.

Sea como fuere, lo cierto es que la situación de la economía estadounidense no parece nada boyante. Esto es reconocido claramente por las autoridades, tanto por la Administración de Obama al proponer nuevos planes de estímulo fiscales, como la Reserva Federal, que prepara medidas adicionales de expansión monetaria. Ambas piensan que “deben hacer más” para asegurar que las cosas no vuelvan a descarrilar.

En este contexto, los analistas están debatiendo las causas del crecimiento anémico de los Estados Unidos y de la ausencia de una recuperación vigorosa. Como es habitual, existen diversas explicaciones, algunas complementarias pero otras contradictorias entre sí. Gran parte de estas diferencias se deben al diferente concepto de ciclo económico. En esta ocasión, me centraré solamente en dos de las explicaciones más comunes, dejándome en el tintero otras no menos importantes.

Por un lado, tenemos la interpretación de Paul Krugman –no me atrevería a decir que es la interpretación de los keynesianos, puesto que no creo que sean un bloque monolítico y homogéneo-, para quien los problemas en la recuperación y persistencia del desempleo se deben a la “falta de demanda”, lo que lleva a que las empresas sufran problemas de ventas muy bajas.

Con el rigor y la argumentación tan rica en matices que le caracterizan, afirma: “Las empresas no están contratando debido a las malas ventas, punto, final de la historia”. Frase que era seguida por un gráfico que mostraba la evidencia irrefutable de su postura. Y, por supuesto, por su sutil y siempre razonada recomendación de política económica: “lo mejor que el gobierno podría hacer para ayudar a las empresas sería gastar más, incrementando la demanda”. Por fortuna, las cosas no son tan fáciles como las pinta Krugman.

Robert Higgs, en cambio, se centra en aspectos diferentes en su diagnóstico de las dificultades de la economía norteamericana. La clave para entender la recesión actual y su extensión estaría en la profunda caída que sufrió la inversión privada doméstica y su muy lenta recuperación. El verdadero problema es que, como afirma este economista, “Sin una inversión privada neta (la dedicada a aumentar la capacidad productiva de la economía) sustancial, es impensable tener un crecimiento económico dinámico más allá del muy corto plazo”.

Entonces, ¿debería el gobierno incentivar con políticas públicas la inversión del sector privado, ya que éste no se anima? Nada más lejos de la realidad, sostendría Higgs, ya que son precisamente los policy-makers quienes, con sus numerosas, erráticas e imprevisibles intervenciones, están generando una elevada incertidumbre -adicional a la inherente del mercado, relacionada con la incertidumbre sobre los futuros impuestos y regulaciones, por ejemplo- entre los inversores, lo que les hace ser sustancialmente más precavidos a la hora de invertir a largo plazo. Es lo que Robert Higgs denomina “incertidumbre de régimen”, concepto que le sirvió para explicar la extraordinaria duración de la Gran Depresión.

La importancia de este debate es difícil de exagerar, y va mucho más allá del corto plazo y de las personas involucradas directamente en él, como señalaba hace ya casi dos años. En este sentido escribía recientemente el economista Mario Rizzo, que enfatizaba la importancia del momento actual -“que afectará a la disciplina de la economía y a las percepciones de la opinión pública en el futuro por un largo tiempo”- y lo comparaba con el que tuvo lugar en los años 30, durante la Gran Depresión y el New Deal.

En esa ocasión, triunfó por goleada la interpretación histórica keynesiana de ambos fenómenos, mientras que los pocos economistas austriacos que había en esa época quedaron diezmados. Según Rizzo, “Los austriacos fracasaron en el debate después de la Gran Depresión, dentro de la profesión económica, entre los intelectuales y entre los historiadores económicos”.

¿Fracasarán otra vez? Si bien se mostraba más optimista en esta ocasión, señalaba una “deficiencia crítica” entre los economistas austriacos, a la vez que lanzaba un reto para éstos: “Continuamos careciendo de trabajo empírico, en una escala suficientemente amplia, para convencer a otros economistas de que tenemos algo relevante que decir”.

Este trabajo empírico puede ser relevante para ganar el debate reseñado, si bien, como suele señalar Russ Roberts, la ideología u otros aspectos pueden hacer que para algunos cualquier evidencia empírica sea insuficiente o rechazada de forma prejuiciosa.

La diferencia entre Nueva York y La Meca

La noticia pasó al principio desapercibida. Hay decenas de mezquitas en Nueva York, dos de ellas han operado durante décadas en el bajo Manhattan a solo unas manzanas de la Zona Cero. En el propio edificio donde ahora quiere construirse el centro islámico ya se congregan cientos de fieles para rezar. En las Torres Gemelas había áreas de plegaria para musulmanes, lo mismo que en el Pentágono. Ninguno de estos hechos había causado polémica. Pero hay elecciones al Congreso y los medios y los políticos no han podido resistirse a convertir la iniciativa en parte de la campaña.

Dicen que construir una mezquita tan cerca de la Zona Cero es una provocación, una ofensa a las víctimas del 11-S. Los terroristas también rezaban en mezquitas y leían el Corán, permitir que se alce allí un templo de su propia religión es como consentir un memorial de su victoria. Pero la mezquita es solo una ofensa si se equipara el islam con el terrorismo, algo que la inmensa mayoría de fieles americanos no puede aceptar de ningún modo. La responsabilidad recae en los terroristas y sus seguidores fundamentalistas, no en los millones de musulmanes moderados que practican su fe pacíficamente y se sienten americanos como cualquier otro. Quienes se indignan por la construcción de la mezquita están pidiendo a millones de ciudadanos estadounidenses que se declaren simpatizantes de terroristas.

Por otro lado, sorprende que la oposición a la mezquita provenga en buena medida de la misma derecha que defiende la "liberación" de los musulmanes de Irak y Afganistán. O sea, hay que verter sangre y dinero para salvar a los pobres musulmanes de la tiranía, pero la religión que practican es ofensiva y merece ser desterrada de las proximidades de la Zona Cero por estar vinculada al terrorismo. ¿En qué quedamos, son amigos o enemigos?

Charles Krauthammer hablaba de "sacrilegio en la Zona Cero" (aunque la mezquita vaya a ubicarse realmente fuera de ella) y comparaba el proyecto con la construcción de un centro cultural germano en Treblinka o un centro cultural japonés en Pearl Harbor. Aunque los alemanes o japoneses contemporáneos no sean responsables de los crímenes de sus antepasados, un centro cultural nacional en esas localizaciones demostraría insensibilidad hacia las víctimas. Pero, de nuevo, la mezquita sólo demuestra insensibilidad si se parte de la premisa de que el islam como religión y sus fieles como tales comparten alguna responsabilidad por los atentados del 11-S. Un centro cultural japonés o alemán en esas localizaciones se revela insensible sólo y precisamente en la medida en que aún se asocia a esas naciones con los crímenes cometidos.

Añade Krauthammer que en Gettysburg no sería apropiado instalar un mirador comercial, por ser el antaño campo de batalla una manifestación de nobleza y sacrificio. Tampoco lo sería poner un prostíbulo junto a un colegio o una discoteca junto al templo de Lourdes. Pero las manzanas colindantes a la Zona Cero no son ningún lugar de contemplación o memorial a los caídos. No tienen ni han tenido durante la pasada década ningún estatus especial. Son áreas comerciales como cualquier otra parte de la ciudad, con oficinas, pizzerías y templos religiosos, como la St. Paul’s Chapel, la Trinity Church o la sinagoga de Battery Park.

Los promotores del proyecto afirman que su intención es fomentar la convivencia entre religiones y desvincular el islam de los atentados al World Trade Center. El centro cultural, que costará 100 millones de dólares, estará abierto al público y no incluye solo una mezquita. Contará además con un auditorio con capacidad para 500 personas, un teatro, un centro de arte escénico, gimnasio, piscina, pista de básquet, área infantil, biblioteca, escuela de cocina, estudio de arte y comedor.

Los detractores piden que se investigue las fuentes de financiación, por si tiene lazos terroristas, pero en ningún proyecto de estas características se concede a las autoridades derecho a husmear quién financia qué y no hay razón para discriminar en este caso. Los responsables, no obstante, han prometido hacer pública la lista de inversores y han asegurado que rechazarán fondos provenientes de Irán, Hamas o cualquier organización con valores anti-americanos.

El imán Abdul Rauf se ha convertido en el centro de atención. Ahora le acusan, retorciendo sus palabras, de congeniar con radicales y proferir amenazas. Rauf, sin embargo, ha sido considerado un clérigo moderado por la Administración durante años, condenó firmemente los atentados del 11-S y en una reciente entrevista con Larry King ha tildado a Hamas de terrorista. Pero sus declaraciones incluyen matices, como que la política exterior de Estados Unidos en Oriente Medio provoca miles de muertos inocentes y ello fomenta el odio y hostilidad. Nada que no diga Ron Paul, el más liberal de los congresistas, en la CNN, pero los que ven la realidad como un partido de fútbol no aceptan que haya más de un culpable y los matices ya son motivo de sospecha.

El alcalde de Nueva York, el magnate Michael Bloomberg, defendió el proyecto con palabras muy sensatas en una entrevista en el Daily Show de Jon Stewart: "En Arabia Saudita no puedes construir una iglesia. Eso es precisamente lo que diferencia Arabia Saudita de América. Hay otra mezquita a cuatro manzanas de allí, tiendas porno, restaurantes de comida rápida… Es una comunidad vibrante, es Nueva York." Luego explica como un hombretón le asaltó en medio de una cena para decirle que acababa de volver de la guerra y eso es por lo que ha estado luchando, para que cada uno tenga derecho a construir lo que quiera.

La exigencia de reciprocidad, "toleraremos los minaretes y los velos cuando en Meca toleren las iglesias y los crucifijos", implica que los Estados islámicos marquen los estándares de lo que debe tolerarse en Occidente. Ya no es la "libertad de culto" o la "libertad de expresión" propia del liberalismo el principio rector. Nos piden que nos convirtamos en lo que decimos combatir.

Sacerdotes de hoy y de siempre

Durante la educación elemental consiguen grabarnos a fuego la maldad intrínseca del sistema piramidal y los estamentos del Antiguo Régimen, en contraposición a las conquistas democráticas que pusieron los modelos de las organizaciones políticas que hoy sufrimos. Sin duda un éxito de la propaganda revolucionaria, primero, y marxista, más tarde.

Una aproximación crítica, en cambio, debería, cuando menos, poner en duda que el hombre lograra subvertir aquella pirámide y romper las cadenas roussonianas que le impedían ser libre. No hubo liberación, sino más bien sustitución. Los privilegios, en lugar de abolirse, han llegado a ser el monopolio de una casta que no admite competencia. La pirámide, en lugar de derruirse, fue simplemente reestructurada y ocupada por otros. Ya no hay estamentos, sólo clase política y ciudadanía pasiva.

Éste es un proceso que ha corrido parejo a la estatalización de la política, un paso más en la eliminación de contrapesos que terminaban por fin con la poliarquía medieval al haber concentrado primero todo el poder en la monarquía absoluta y que, al sacralizarse hasta el actual Estado democrático, convierte al gobierno-legislador en una apisonadora sin que haya ningún otro poder interno capaz de desafiarlo. Finiquitada la última barrera al despotismo, que era el sometimiento de los soberanos a un derecho divino que, sin asegurar su recta conducta, según Madariaga, “implicaba responsabilidad ante Dios, la más exigente de las responsabilidades”, ya no quedarán estamentos pero sí privilegios. La nueva clase política concentra los privilegios anteriores y los concentra en sus manos, basando la nueva pirámide en las prebendas que recibirán los ciudadanos-súbditos en forma de derechos, derechos que no les pertenecen a ellos en tanto que hombres, sino sólo como ciudadanos. Y todo lo que se da pero no pertenece por derecho propio puede ser arrebatado con la misma facilidad.

Así pues, la clase gobernante es ya una casta de privilegiados que no solo controla y gestiona instituciones de gobierno sino que también toma las riendas del ordenamiento moral de la sociedad. La religión es enemiga del buen ciudadano que sólo puede guardar una lealtad, la del Estado. La democracia como fin y no como proceso es la nueva religión y los sacerdotes no son ya un estamento diferenciado sino los mismos políticos.

La función sacerdotal ha permitido a lo largo de la Historia mantener diferentes órdenes sociales, un lenguaje propio sólo apto para los iniciados, para interpretar una realidad que sólo ellos entienden y en la que el resto de ciudadanos deben confiar con fe ciega. Se trata de una realidad tan antigua como el mismo ser humano, desde los brujos que controlan la tribu por su comunión con los antepasados, pasando por la opacidad monacal de la Edad Media hasta esta nueva religión laica. Cambian los dioses pero se siguen necesitando intérpretes, sólo que en el actual momento de teórico progreso y avance de la civilización los nuevos sacerdotes pueden legislar sobre lo público y lo privado, sobre lo terrenal sin ningún tipo de límite, salvo la ciega confianza en la democracia, que en Weimar demostró ser incapaz de sobreponerse a la tiranía.

La selección de las elites basada en una meritocracia controlada por el escrutinio público es una fantasía allí donde la democracia es prácticamente ilimitada y no existen controles constitucionales capaces de frenar el despotismo del poder. Los méritos se reducen en el populismo a conseguir enamorar a la ciudadanía y una vez conquistado el poder se puede hacer cualquier cosa con el único límite de la propia conciencia, lo que en muchos casos es insuficiente. Dentro de la nueva élite sacerdotal el acceso es limitado, solo quienes no desafíen los dogmas impuestos pueden acceder al episcopado democrático y convertirse en los intérpretes máximos de la Ley, por encima de tradiciones y tribunales de justicia.

Esto es, de hecho, el resultado buscado o imprevisto de cualquier intento de reorganizar la sociedad de una forma centralizada; la consecuencia imprevista por las buenas intenciones que prometen el paraíso en la tierra y lo más que consigue es crear purgatorios terrenales en los que los impíos de la religión cívica deben reconvertirse y obtener el perdón de los vicarios de la democracia en la tierra.   Pese al paso del tiempo y diferencias, son los sacerdotes de hoy y de siempre.

Las amistades del abuelo de Darwin

La idea de la evolución es antigua. No obstante, la visión del mundo y de la vida que predominó desde los tiempos de Aristóteles fue estática (fijismo). El paradigma empezó a cambiar lentamente en el siglo XVI y, sobre todo, a partir de mediados del siglo XVIII.

Erasmus Darwin, abuelo paterno del célebre naturalista, fue un notable médico que sentía pasión por todo ser viviente, la poesía y los inventos. Fue uno de los miembros fundadores de la Sociedad Lunar, un grupo de científicos (generadores de conocimiento) e industriales (adaptadores de conocimiento) que discutía sobre la tecnología y sus aplicaciones. Formaban parte de dicho club muchos ilustrados ingleses de los condados centrales de Inglaterra en torno a la ciudad de Birmingham. Pese a que la Ilustración inglesa no tuvo el brillo de la francesa o la profundidad de la escocesa fue un eje vital y práctico para unir la Revolución científica y la posterior Revolución industrial.

Erasmus escribió al final del XVIII un trabajo científico denominado Zoonomia que anticipaba la teoría lamarkista de la evolución biológica (que luego se revelaría falsa) y mostraba su idea de que toda vida orgánica provenía de un solo y mismo filamento viviente.

El médico Sr. Darwin estaba familiarizado con el pensamiento evolucionista gracias a su amistad con el juez y lingüista James Burnett, Lord Monboddo, ilustrado escocés conocido por ser el fundador de la moderna lingüística comparada y también por sus análisis de la evolución lingüística y el cambio adaptativo de la capacidad de los humanos para el lenguaje (tenía Burnett, además, una extraña obsesión con la relación del hombre y los primates).

Mantuvo el abuelo de Darwin asimismo una prolongada relación de amistad con Benjamin Franklin; ambos compartían apoyo por las revoluciones americana y francesa de su época y ambos visitaron Edimburgo (la “Atenas del Norte”) y mantuvieron una fructífera correspondencia con muchos de sus eruditos de allí. Como Franklin, la mayoría de los integrantes de la Sociedad Lunar, y en especial Erasmus, se opusieron al inmoral comercio de esclavos.

Otro miembro de la ilustración escocesa con el que también trabó estrecha amistad fue James Hutton, padre de la moderna geología, quien primero sugirió junto a John Playfair que la tierra fue configurada por fuerzas tectónicas de movimientos lentos durante enormes periodos de tiempo que seguirían operando en la actualidad. El geólogo inglés del siglo siguiente Charles Lyell, influyente amigo de Charles Darwin, refinó dicha teoría con numerosas observaciones plasmadas en su obra Principios de Geología, obra de cabecera del nieto Darwin durante su periplo por el Beagle. Por cierto, el geólogo James Hutton fue amigo íntimo de David Hume y de Adam Smith cuyas obras sobre la naturaleza y sentimientos humanos Erasmus conocía sobradamente (lo mismo que su nieto).

Tanto el iluminismo escocés como el inglés, a diferencia de sus coetáneos franceses, no buscaron crear con sus teorías y observaciones un nuevo mundo (creacionismo social) sino únicamente descubrirlo y entenderlo. Sin mostrar una confianza desmedida en la razón llegaron a conclusiones sorprendentes, tales como que los humanos son criaturas de su entorno en permanente dinamismo o que muchas de las costumbres e instituciones sociales que habían hecho progresar al hombre surgieron, paradójicamente, de forma espontánea en el curso de la acción humana, no de su designio intencional. La misma mente, siendo producto del cerebro, no era causa de la evolución o proceso social sino más bien su efecto.

El hombre es efectivamente un ser intencional pero la evolución (tanto biológica como cultural) carece de propósito o de dirección. Aunque ambas sean muy diferentes entre sí, son las dos naturales. La actual teoría de la evolución biológica fue concebida por el nieto de Erasmus y, por ignorarse en su época las leyes de la genética, hubo de completarse más adelante (aún así, sigue plenamente vigente). La actual teoría de la evolución cultural, por su parte, se asemeja –según Hayek- curiosamente al lamarkismo y la dedujo el extenso círculo de amigos del abuelo Erasmus mucho antes que Darwin.

Erasmus escribió al final de su vida un largo poema sobre la evolución conocido como el Templo de la Naturaleza que traza la progresión de la vida desde los microorganismos a la sociedad civilizada. Dicho poema, publicado póstumamente en 1803, fue originalmente titulado El Origen de la sociedad.

Darwin no lo tuvo tan difícil.

Independencias

Este año 2010 han comenzado a celebrarse los bicentenarios de la Emancipación en Iberoamérica: 1810 es la fecha para Argentina, Chile o Colombia, aunque también otros países recuerdan los primeros “gritos” de la independencia en 1809 y 1810 -México, Bolivia y Ecuador- y las conmemoraciones llegarán hasta el año 2024, aniversario de la batalla de Ayacucho en el Alto Perú.

Seguramente, la crisis económica va a notarse en las celebraciones estatales; al igual que la inestabilidad política en algunas regiones (pienso ahora en Colombia y Venezuela). Ni siquiera Chile creo que consiga igualar las circunstancias del primer Centenario, que han quedado plasmadas en sus avenidas, alamedas y monumentos en las plazas o edificios. Y eso que desde hace algunos años están surgiendo muy buenas iniciativas públicas y privadas para afrontar el Bicentenario como una reflexión sobre el pasado, pero de cara al futuro.

En España existen también diversos proyectos con este mismo contenido, institucionales o académicos, que con distinta fortuna están analizando el hecho de la Independencia y el futuro de aquellos países hermanos. Lo que no está exento de cierto contenido polémico, de actitudes incomprensiblemente vergonzantes todavía respecto de nuestro pasado “virreinal” (prefiero esta palabra a “colonial”), o de una excesiva prudencia para no entrar a fondo en los aciertos y errores (que fueron bastantes) de las jóvenes repúblicas en el siglo XIX.

Pero no pensaba hacer discurrir mi comentario por estas consideraciones más actuales, sino recuperar una idea que ya había escrito semanas atrás acerca de los fundamentos ideológicos de la Independencia; un planteamiento que, escribiendo a propósito del pensamiento político de Francisco Suárez, sostenía cómo para algunos autores tiene unas raíces escolásticas y salmantinas.

La tesis que desarrollo a continuación recoge una postura que no es original, pero que sin embargo estimo que no ha recibido toda la atención que merece tanto en el ámbito académico y universitario como en el campo de los medios de comunicación: se trata de enfatizar la aportación del pensamiento tradicional español (la escolástica tardía o Escuela de Salamanca, como solemos referir aquí) a los orígenes del movimiento independentista. Y esto en el sentido de que, tanto en lo referente a la teoría del contrato social, como a los fundamentos “democráticos” de la autoridad civil, en las viejas universidades americanas (como reflejo de las peninsulares) se llevaban varios siglos enseñando esas doctrinas que luego pusieron de moda los teóricos del liberalismo (desde Locke hasta Rousseau); pero que insistimos ya habían sido expuestas desde la época de Vitoria y, sobre todo, Suárez, hasta las postrimerías del siglo XVIII.

Resumidamente podríamos expresarlo así: según las doctrinas escolásticas del pactum translationis, la autoridad civil recae directamente en el pueblo, quien la delega en el soberano. Al faltar éste, ese poder vuelve a la sociedad; lo que justamente sería la circunstancia histórica de 1808 con la invasión napoleónica de España y el surgimiento de unas Juntas a ambos lados del Atlántico, como garantes de la legitimidad gubernativa.

Este discurso proviene de dos viejos autores americanistas: Manuel Giménez Fernández y Carlos Stoetzer. No podemos detenernos ahora a explicar con detalle a los autores que citan  (desde Tomás de Aquino a Vitoria, Soto, Covarrubias, Márquez, Mariana, Molina o Suárez), más allá de resumir los puntos básicos de esta doctrina “populista”, a saber:

  1. Todo régimen político no es de derecho divino, sino elegible por el pueblo.
  2. La potestad soberana, cuyo origen viene de Dios, descansa en la comunidad.
  3. Cualquier modo legítimo de adquirir el poder civil precisa de un pacto con la comunidad.
  4. En el ejercicio de su autoridad, los gobernantes deben respetar unas leyes que, si transgreden, les invalidarían en su gobierno.
  5. La comunidad, que conserva en hábito la potestad soberana, puede recuperarla si el titular actual cesa en la misma sin legítimo sucesor.

Ojalá que, en medio de los fastos políticos y universitarios del Bicentenario, se le preste alguna atención a esta innegable aportación de nuestros maestros de Salamanca a la historia del liberalismo.

Pobre macroeconomía

Jesús Fernández-Villaverde aplaude estas citas ajenas:

"All the interesting policy questions involve understanding how people make decisions over time and how they handle uncertainty. All must deal with the effects on the whole economy. So, any interesting model must be a dynamic stochastic general equilibrium model. From this perspective, there is no other game in town."

"What is exactly that you are against in DSGE models? Being dynamic? Being stochastic? Being aggregate? Or being a model?"

Cuando tu única herramienta es un martillo, es posible que todo lo que veas te parezcan clavos. Si además intentas utilizar un martillo pilón como una herramienta de precisión probablemente hagas más mal que bien. Los macroeconomistas, con sus modelos matemáticos que pretenden representar a toda la economía, creen que su actividad es esencial para el estudio de las cuestiones políticas. Pero no suelen tener la humildad intelectual de reconocer que tal vez sea algo prácticamente imposible y potencialmente peligroso por sus abusos.

Los gobernantes tratan de dirigir la actividad de los ciudadanos, pero se les podría criticar no haber tenido algo en cuenta, haberse fijado sólo en lo que se ve fácilmente y no en lo que no se ve a primera vista (aparte de los problemas éticos de interferir con la libertad individual, claro). En realidad la tarea de ingeniería social es imposible debido a la complejidad de los sistemas sociales, imposibles de controlar por sus múltiples y variadas interconexiones. El macroeconomista ofrece una coartada genial para el político: en lugar de estudiar cada uno de los múltiples sectores, factores o aspectos de una economía y fracasar de forma ostentosa en el intento, huyamos hacia adelante, distraigamos la atención del espectador, demos el cambiazo y recurramos a los remedos holísticos más burdos (eso sí, con mucha sofisticación matemática que eso impresiona una barbaridad).

Vendamos nuestra debilidad como una fortaleza: olvidemos que no somos capaces de representar con precisión ningún sector real de una economía (si lo fuéramos usaríamos las predicciones de nuestros modelos para garantizar nuestro éxito empresarial y enriquecernos fácilmente, lo que obviamente no ha sucedido) e intentemos representar todo a la vez; asumamos que los detalles parciales y locales desaparecen o se vuelven irrelevantes por la magia de la compensación estadística.

Mencionemos de boquilla a la microeconomía hablando de individuos que toman decisiones en el tiempo en condiciones de incertidumbre. Y desde aquí y sin que se note mucho, demos un salto mortal sin red, ignoremos cómo estos agentes coordinan empresarialmente de forma evolutiva y adaptativa sus acciones y asumamos que toda la economía está ya prácticamente ajustada y en equilibrio en todos los mercados salvo pequeñas perturbaciones que como parecen muy complicadas vamos a decir que son aleatorias.

Presumamos de rigor científico porque usamos modelos matemáticos implementables en sistemas informáticos: si luego no somos capaces de predecir crisis generalizadas seguro que no es culpa nuestra sino de la realidad que se empeña en no comportarse como debe. Agreguemos de forma ambiciosa, aspiremos a entenderlo todo para ocultar que no sabemos casi nada acerca de los fenómenos particulares y concretos que alegremente sumamos y restamos. Pongamos la etiqueta de estocástico, que casi nadie entiende lo que significa y eso apabulla pero bien. Y naturalmente no vamos a ir de estáticos por la vida, que en el mundo todo es cambio dinámico. No nos apeemos nunca del paradigma básico: como mucho asumamos unas pocas clases de agentes heterogéneos en lugar de agentes representativos; supongamos que la conducta no es del todo racional y que el conocimiento y la competencia no son del todo perfectas. Y pidamos más y más dinero para nuestras líneas de investigación.

Ya de cosecha propia, Jesús Fernández-Villaverde no recomienda leer "La acción humana" (además, Mises era "insufrible" y hasta se peleó con Hayek, de qué cosas se entera uno…) y Hayek no está arriba en su lista. Pretende que "La teoría austriaca del ciclo tiene bastantes problemas" y no explica la crisis actual: tal vez no entiende ninguna de las dos. Como demostración:

"Los problemas de reajuste que según la teoría austriaca explicarían la recesión también deberían causar problemas en una expansión, lo cual obliga a introducir una asimetría en costes de ajuste que es un tanto difícil de justificar".

La asimetría es fácil de justificar, pero como él no sabe hacerlo cree que es muy difícil. La expansión y la recesión son esencialmente asimétricas: en una expansión (debida fundamentalmente al intervencionismo estatal sobre el dinero, el crédito y la banca) se están forzando descoordinaciones y generando tensiones excesivas en un sistema inicialmente bastante bien ajustado; los componentes del sistema no se reacoplan gradualmente, las tensiones se acumulan y el sistema se rompe de forma catastrófica (dinámicas no lineales, caóticas); donde antes había pugna por asignar recursos a proyectos empresariales existentes pero insostenibles, ahora es necesario recalcular, reasignar recursos, liquidar muchas empresas y lanzar otras posiblemente desde cero; donde antes había confianza, que se gana con dificultad y se pierde con facilidad, ahora hay desconfianza. Un globo es muy distinto mientras se está hinchando que después de haber explotado; los animales salen poco a poco de sus madrigueras atentos y con miedo a los depredadores, y vuelven corriendo en cuanto detectan el peligro.