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Etiqueta: Pensamiento liberal

La vieja derecha

Miro con interés y fruición (y sí, un poco de envidia) los movimientos que se producen en la derecha de aquel país, dos veces vencida, primero por un presidente republicano y ahora por uno demócrata. La crisis de aquel movimiento se está resolviendo con una renovación de carácter espontáneo y popular.

Cada renovación parece abocada a mirar a los orígenes, sólo que aquel país tiene la suerte de tener unos comienzos fechados en el tiempo, todavía no lejanos. En estas circunstancias, lo nuevo es una vuelta a lo viejo, pero lo viejo es revolucionario y liberal. Alberto Acereda, que es guía segura en este terreno, ha señalado la importancia de la Declaración de Mount Vernon, el sitio del palacio de George Washington. El Tea Party es, desde el nombre hasta la realidad heterogénea del movimiento, una vuelta al pasado.

Pero hay un elemento que parece haberse perdido, aunque nunca del todo, y que sería bueno que se recuperara allí y también aquí: la vieja derecha. No quiero saber la cueva llena de bestias pardas que tendrá en mente el progrespañol, con más imaginación que conocimiento, cuando oiga hablar de la vieja derecha estadounidense, pero es esencialmente liberal, desconfía profundamente del Estado y se atiene a la política exterior tradicional de aquel país que, contra lo que ahora pudiera parecer, pasa por no meterse en asuntos que vayan más allá de las propias fronteras.

Si hay un nuevo conservadurismo es porque hubo uno viejo, que no transigió con el New Deal ni con sus sucesores, y que temía que un Estado policía del mundo acabase devorando las libertades y la hacienda de los propios estadounidenses, como de hecho ha ocurrido. Era nacionalista, pero identificaba de veras la nación con el pueblo, y la oponía al Estado. Por tanto, esa vieja derecha era, y es, contraria al imperialismo. Quizá debiera hacer un esfuerzo por conciliar sus viejos valores con la realidad de hoy, que no se parece en nada a la que precedió a la I Guerra Mundial, pero sigue siendo de mucho valor. Y no sólo para aquel país, sino también para nosotros mismos.

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

El alfarero y el jardinero: dos enfoques contrapuestos

En ocasiones anteriores he tratado acerca de distintas "mentalidades" o concepciones del orden social. Éstas, sobre todo una de ellas, están muy presentes en los debates más importantes de las ciencias sociales, y en la economía en particular. A la hora de encarar un mismo problema, estas dos visiones contrapuestas suelen chocar.

El pensador –mucho más que economista- Friedrich Hayek expresó con absoluta claridad y brillantez ambas posturas en su conferencia de aceptación del Premio Nobel de 1974, titulada “La pretensión del conocimiento”. El título, precisamente, describe una de estas posturas: la característica primordial del planificador o ingeniero social, de la que algunos modelos y enfoques teórico-económicos son partícipes, consciente o inconscientemente.

Esto último fue incidentalmente reflejado en el debate sobre la viabilidad o imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, que tuvo lugar entre los años 20 y 30 entre economistas austriacos (Mises y Hayek) y otros favorables al llamado “socialismo de mercado” (Lange), quienes hacían uso de modelos neoclásicos de equilibrio general.

Frente a esta perspectiva, tenemos a los teóricos que analizan la sociedad como un orden complejo y en continuo cambio, formado por innumerables piezas, complejas a su vez. Por ello, y dado que el ser humano está lejos de la omnisciencia –y más aún de la perfección-, nadie puede acumular el conocimiento y la información necesarias acerca de ese orden como para que pueda funcionar con éxito. En esto tiene especial protagonismo el problema de la coordinación, una de las cuestiones más relevantes en economía.

Ambas mentalidades las describió Hayek muy gráficamente en su discurso del Nobel, estableciendo dos figuras: el alfarero (artesano en palabras del austriaco) y el jardinero. Mientras que el primero, disponiendo de unos determinados materiales, se afana en darles la forma que él establece con mucho cuidado y precisión, el segundo simplemente se encarga de proporcionar a las plantas un entorno favorable para su propio crecimiento. Hayek advirtió contra el uso del conocimiento social como alfarero, dado que esto podría producir más daño que bien en el orden social, independientemente de las intenciones.

Estos enfoques no son meramente ideas abstractas sin consecuencias prácticas, sino que suelen impregnar las opiniones e ideas en ciertos temas.

Pensemos por ejemplo en la cuestión de la innovación. Se suele decir que nuestro país anda muy escaso en innovación e investigación: las empresas españolas innovan poco, el gobierno dedica pocos recursos a I+D+i, la investigación no está bien considerada, etc. etc. La respuesta del alfarero a este problema consistiría en dedicar más recursos públicos a esta rúbrica, creando parques de innovación por iniciativa de los gobiernos, que participarían con capital público, etc.

Por el otro lado, el jardinero estaría más preocupado en establecer de manera adecuada el marco institucional, en este caso el referido a los incentivos y obstáculos que existen en el entramado social, económico, legal y político para la innovación: cuestiones de derechos de propiedad intelectual (¿favorecen o perjudican la innovación?), de regulaciones estatales que imponen excesivos e innecesarios costes burocráticos, del nivel de impuestos sobre las actividades empresariales, del sistema educativo, etc. Una vez se proporciona un ambiente favorable, el jardinero esperará que surjan los frutos, más tarde o más temprano.

Otras cuestiones en las que se podrían reflejar estas dos perspectivas son los problemas relacionados con el mercado laboral –si bien no existe un mercado laboral homogéneo- o el desarrollo económico, entre muchas otras. El alfarero usará sus herramientas para tomar medidas con el objetivo de “moldear” la parcela de la sociedad –incentivar fiscalmente a quienes creen empleo, utilizar la vía de la planificación para industrializarse a marchas forzadas.

El jardinero, sin embargo, consciente de las enseñanzas de Hayek, preferirá conformarse con poner las condiciones institucionales –donde, por ejemplo, el sistema legal sería clave- que permitan a los individuos, siguiendo su propio interés, utilizar su particular conocimiento y capacidades para los fines que ellos consideren más oportunos y urgentes.

El jardinero vería con mucha cautela las aparentes buenas intenciones del alfarero, quien ve la sociedad como una masa homogénea y maleable, y que antepone la colectividad a la individualidad.

Deslindando la liquidez de la negociabilidad

En mi anterior artículo, me dediqué a constatar que el criterio de qué bienes o activos son líquidos fue desvirtuándose con el paso del tiempo hasta volverse equivalente al de cuáles son negociables. Este error de base ha contribuido a la masiva degradación de la liquidez de los agentes económicos que ha tenido lugar en los últimos 50 años, pues muchos de ellos han creído que bastaba con rellenar su activo circulante de activos a largo plazo que fuesen fácilmente vendibles.

Lo cierto es que la confusión, en la inmensa mayoría de los casos, tiene poco de malintencionada y es más bien fruto de la complejidad intrínseca del concepto de liquidez que, además, se ha visto agravada por su infradesarrollo teórico dentro de todas las escuelas económicas, incluida -por desgracia- la austriaca.

Pues bien, para empezar a desentrañar el asunto hay que perfilar el concepto de liquidez. Como sabemos, todo bien económico es más o menos útil que otro en función de los fines que subjetivamente permita lograr a un agente o conjunto de agentes (sociedad); además, conforme incrementamos las unidades de ese bien, dado que va sirviendo para satisfacer fines progresivamente menos importantes, su utilidad va decreciendo (es lo que se conoce como ley de la utilidad marginal decreciente).

Ahora bien, la utilidad de todos los bienes no decrecerá al mismo ritmo, ya que algunos de ellos servirán para satisfacer un conjunto de fines que serán más valiosos que los de otros bienes. Como suele decir José Ignacio del Castillo, la utilidad marginal del bien económico "libro de sánscrito" se derrumba mucho más rápidamente que la de otros bienes económicos que sirven para satisfacer muchos más fines a muchos más individuos (por ejemplo la vestimenta, la comida…). Simplemente, a poco que incrementemos la cantidad de libros de sánscrito, los fines marginales que se van habilitando son mucho menos importantes que los anteriores, por lo que pequeñas variaciones en su cantidad disponible darán lugar a sufrir grandes oscilaciones en su valor.

Esto es precisamente la liquidez: la estabilidad que exhibe la utilidad marginal de un bien ante cambios en su cantidad. Los bienes más líquidos tendrán una utilidad marginal más estable que los bienes menos líquidos, pues prácticamente cualquier cantidad de ellos permitirá satisfacer fines que siguen siendo muy relevantes. O, como dice Fekete, la utilidad de los bienes más líquidos parece ser, a efectos prácticos, constante.

Obviamente, una utilidad marginal que decrece muy lentamente se manifiesta en el mercado en forma de un bid/asked spread que tampoco se incrementa sustancialmente con las variaciones en la cantidad que se quiere comprar o se quiere vender. Los vendedores pueden vender casi cualquier cantidad a un precio ofrecido (bid price) casi constante porque siempre hay consumidores dispuestos a pagarlo y los compradores pueden comprar cualquier cantidad a un precio pedido (asked price) casi constante porque a poco que incrementen sus pujas, éstas superarán la utilidad que para multitud de individuos tienen los bienes líquidos, aumentando notablemente su oferta.

Fue esta estabilidad en el bid/asked spread la que observó Menger cuando sentenció que: "Cuanto menor sea el margen, es decir, la diferencia entre el precio pedido y el precio ofrecido de una mercancía, mayor tiende a ser su grado de comercialización. (…) [Denominamos a los] artículos [como] más o menos líquidos de acuerdo con la mayor o menor facilidad con que se los puede vender en un mercado en el momento conveniente".

Sin embargo, tal y como apuntaba en mi anterior artículo, muchos bienes o activos también muestran un diferencial de precios más o menos constante gracias a la continua actuación de los market makers en los mercados secundarios. Es más, prácticamente todo bien puede durante un tiempo mantener más o menos estables sus spreads si se destina a ello el suficiente capital.

El problema, claro, es que entonces la inclusión de bienes líquidos en los saldos de tesorería de los agentes no les garantizaría que pudieran adaptarse inmediatamente a los cambios externos -que es, precisamente, para lo que sirve la tesorería-, sino que esa capacidad dependería del precio que pudieran negociar con dificultad por ellos en el mercado. Este problema se agrava si tenemos en cuenta, además, que la demanda y oferta de ciertos activos por parte de los markets makers depende en buena medida de las disponibilidades de crédito, lo que provoca que numerosos activos sean aparentemente muy líquidos (en realidad muy negociables) cuando el crédito está creciendo y muy poco líquidos cuando éste se contrae (justo el momento en que más necesarios se vuelven los activos líquidos).

La diferencia entre liquidez y negociabilidad, si bien en apariencia difusa, sí puede precisarse y acotarse. Fijémonos en que si la liquidez se refiere a una utilidad marginal que desciende muy lentamente porque satisface fines muy importantes, los bienes líquidos sólo podrán ser aquellos que sirvan para satisfacer por sí mismos las necesidades de los individuos, esto es, bienes de consumo cuya utilidad marginal sea muy estable.

Por el contrario, los bienes o activos negociables son aquellos cuya demanda última se basa en que permiten lograr -o en que dan derecho a- bienes de consumo futuros (bienes de orden superior) que, por tanto, no satisfacen directamente las necesidades de ningún individuo. Los agentes económicos los adquieren o para obtener esos bienes de consumo futuros o con la expectativa de enajenarlos a otros individuos que los demandan, con la finalidad, a su vez, de apropiarse de los bienes de consumo futuro.

En otras palabras, la demanda original de los bienes líquidos debe proceder del gasto en consumo, mientras que la demanda de los bienes negociables siempre provendrá del ahorro. Son los market makers quienes, gracias a su enorme capital, tienen la capacidad suficiente para absorber, de manera temporal, grandes cantidades de cualquier bien con las que construir unos inventarios que poco a poco van enajenando a otros agentes. Que el bien sea líquido o no dependerá, pues, de si esos otros agentes son consumidores que demandan esos bienes para el uso final o si, en cambio, son capitalistas que quieren inmovilizar su capital en ellos para posponer su consumo.

Al fin y al cabo, la demanda del market maker se secará tan pronto como prevea que no hallará salida para sus inventarios y esa previsión dependerá de sus expectativas respecto a las demandas de los capitalistas, que pueden ser muy fluctuantes según su posición de liquidez o sus perspectivas sobre la rentabilidad del activo. O dicho de otra manera, en una economía sin ahorro, sin crédito o sin market makers, no habría bienes negociables, pero sí habría bienes líquidos.

Es la amplitud del gasto en consumo lo que determina la intensidad y la variedad de bienes líquidos (lo que Adam Smith y Fekete llaman capital circulante social), mientras que es el ahorro destinado a construir y conservar los inventarios de los market makers el que determina la intensidad y la variedad de bienes negociables.

Los agentes (y especialmente los bancos), por tanto, no deberían conformar sus saldos de tesorería con bienes o activos cuya vendibilidad dependa de la propensión a invertir de los individuos -de aquella parte de su renta que quieran conservar a lo largo del tiempo- sino de su propensión a consumir. Por eso las viviendas, cuya demanda a día de hoy depende casi en su totalidad de que otros nos presten sus ahorros en forma de crédito, no son un activo líquido y la porción de los bienes de consumo más urgentemente demandada sí lo es.

En general, y para concluir, ningún bien o activo que deba adquirirse a crédito (o cuyo repago dependa de la disponibilidad de crédito) o que proporcione rentabilidad a lo largo de un período prolongado de tiempo podrá aspirar a ser líquido (sólo negociable) y no debería colocarse en la tesorería de los agentes económicos. En caso contrario, cuando los agentes incrementen su atesoramiento y recorten su gasto en inversión, el valor de estos bienes o activos negociables se desplomará y el propósito que los agentes buscaban con ellos -conservar su valor en cualquier circunstancia y para cualquier cantidad enajenada o adquirida- se verá frustrado. No pocos bancos se han descapitalizado durante esta crisis porque se vieron forzados a liquidar con grandes descuentos aquellos bienes y activos a largo plazo que pensaban que siempre podrían endosar a otros bancos por su importe nominal.

European way of life

…y que no se impida a algunos circular por las razones que sean. Quienes quieren que el Estado meta su nariz en internet y la regule, imponiendo esa neutralidad, a menudo han puesto sobre la mesa un escenario que, por exagerado e improbable, los hacía parecer unos alarmistas al estilo de los climáticos, siempre tan puestos a poner el grito en el cielo con datos falsos, como sabemos ahora. Lo que decían, y dicen, es que si no se impone por ley que las operadoras de telecomunicaciones gestionen sus redes siguiendo ese principio de neutralidad, acabarán cortando el acceso a Google o Yahoo si éstos no les pagan un extra.

Pues bien, ha venido César Alierta y se ha declarado convencido de que la situación actual, en que los buscadores de internet, que "usan nuestras redes sin pagarnos nada", "va a cambiar, estoy convencido". ¿Me preocupan por sí mismas esas declaraciones? La verdad, no. Para poder lograr este objetivo, Alierta tendría que convencer, pongamos, a Google, que es la empresa con más dinero y es con diferencia el buscador más popular en nuestro país. Su única arma, en un mercado libre, sería decir al gigante de internet que o paga, o en España y otros países, especialmente sudamericanos, no va a poder acceder a Google ni el tato. O, en una versión más light, que los usuarios accederán más lentamente al buscador, a Gmail, a Google Maps, etc.

¿Accedería Google a esta oferta que no puede rechazar? Lo dudo mucho. Es una empresa global, y no creo que sus jefazos sean tan tontos como para no darse cuenta de que si ceden ante Telefónica, tendrían que ceder en el resto del mundo frente a todas las demás operadoras. Así que dirían que no, sufrirían el castigo… y los clientes de Telefónica nos iríamos a otro proveedor de acceso a internet, en un número que previsiblemente haría un agujero en sus cuentas mayor que lo que esperaban cobrar de Google.

Pero la cosa cambia, y mucho, cuando va el ministro de Industria, Miguel Sebastián, y suelta que cobrar a los buscadores "es una opción posible que hay que discutir y barajar". Me preocupa por una razón muy clara: el Gobierno tiene el poder, algo de lo que carece Telefónica, por más que sea el operador dominante. Así que podría emplear su monopolio de la fuerza no para imponer la "neutralidad en la red", sino para exigir su violación, obligando a empresas como Google a pagar a Telefónica, Ono y compañía.

Y es que, como recordara George Washington, el Gobierno es la fuerza, "y como el fuego, es un sirviente peligroso y un amo temible". Hay que tener cuidado cuando se invoca su intervención, porque siempre puede hacer lo contrario a lo que deseas. Si Telefónica, u otra compañía, decidiera violar la neutralidad en la red por su cuenta, lo más probable es que fracasara, porque carece del arma necesaria para obligarnos a pasar por el aro, que es la Ley. Pero si es el Gobierno quien lo impone, no hay escapatoria posible. Aquellos que quieren meterlo en internet deberían recordarlo más a menudo.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.

Lo que necesitamos es una Thatcher

Bastan un rss por aquí o un twitter por allá para escudriñar la prensa internacional (y lo que no es prensa) con una rapidez inusitada. Entre tanto titular, me llama la atención uno, que traducido del escueto twitter al castellano dice: "Los déficit amenazan la estimable forma de vida de los europeos". Sólo que el european way of life, en el idioma original, me transporta a otro continente. ¿Habrá un european como lo hay american? Oiga, esto se avisa, que uno siempre quiso encontrarse los menos impedimentos posibles para elegir su propia vida.
 
No. El corresponsal de la BBC Gavin Hewitt nos dice que quien ha hablado del european way of life es Herman van Rompuy, y que antes lo había hecho Durao. Lo del portugués tiene un pase. Pero que sea un burócrata, del que nos enteramos que era presidente de Europa por los periódicos, el que nos hable de nuestro modo de vida… en fin, me da la risa floja. ¿Qué será eso del european way of life, viniendo de un muñeco de trapo con bandera azul de fondo? Los que le colocaron en la presidencia de Europa sin contar con los europeos, ¿qué habrán decidido para nuestro modo de conducirnos en los azares de la vida?

Hewitt nos resuelve pronto las dudas. "Quiere decir un Estado de Bienestar fuerte, mucho gasto público, pensiones públicas generosas y redes de asistencia" bien cargaditas de euros salidos de nuestros bolsillos. Acabáramos. El american, que tanto despreciamos, es el modo de vida que los estadounidenses han elegido, que forma parte de la cultura popular y que los políticos se ven forzados a respetar. Y el european es exactamente todo lo contrario: nace de la oscuridad de un despacho y pasa de ahí a las agencias de prensa, a las pantallas de los televisores y a nuestros quehaceres. Conmigo que no cuenten. 

Sarah Palin y el Tea Party

Luego cayó un poco en desgracia y, cuando arreciaron las críticas en su contra, dimitió como gobernadora de Alaska. Para una persona que juega con la idea de ser candidata a la presidencia de los Estados Unidos, abandonar su puesto en un mal momento es un mal precedente. Su displicencia hacia el trabajo le ha jugado alguna mala pasada.

Ahora ha vuelto a adquirir protagonismo gracias un gran discurso en el que dijo que los Estados Unidos estaban preparados para una nueva revolución. Lo pronunció en la convención de un movimiento grass roots, es decir, emergido de la iniciativa popular, llamado Tea Party, y que nació como una protesta por el aumento de impuestos, necesario para pagar los enormes planes de rescates de Bush-Obama, más los planes de estímulo del empleo, que excepto el nombre tienen muy poco de estímulo. Ahora se ha convertido en el vehículo de expresión del descontento de una parte importante de aquel país hacia el aumento desbocado del poder del Gobierno federal sobre los ciudadanos.

Es muy interesante, porque su origen está en el hecho de que gentes de todo tipo pusieran en común toda la indignación que podemos comprender bien si aunamos los efectos de la crisis económica con los impuestos y gastos al alza y con una tradición política que recela del poder, que es la que vio nacer a aquel país y que todavía no ha muerto. Este movimiento cuenta con la simpatía de un tercio del país. Acaba de crear un Comité de Acción Política, que es el nombre que le han dado a las organizaciones que se dedican a recabar dinero para apoyar a un candidato en unas elecciones. De modo que el Tea Party puede jugar un papel muy importante en la política en aquél país.

El Tea Party es un movimiento de renovación, esa renovación política que sólo Estados Unidos, el país más democrático de todos con gran diferencia, puede ofrecer. Pero es también un movimiento con tradición en la política de los Estados Unidos. No es ya que recoja su nombre del Boston Tea Party que prendió la chispa de la revolución estadounidense, sino que cuenta con precedentes como la revuelta por el impuesto sobre el whiskey, la oposición al embargo de Jefferson, las revueltas contra el "arancel abominable" y contra Lincoln o el movimiento de la vieja derecha contra el New Deal. Este movimiento ha nacido en el momento histórico oportuno y cuenta con las ideas precisas y la tradición suficiente como para dejar una huella permanente en la historia de los Estados Unidos.

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

El gen nacionalista

 Un llamado ancestral, atávico, de pertenencia a la tribu. Es un reclamo poderoso. Es una pulsión que, en espíritus menos evolucionados, resulta irresistible. La muela del juicio de las ideas políticas. Un residuo genético de otro hombre, el que identificó su persona con la pertenencia a un grupo, del cual dependía su misma existencia. Decenas de miles de años condenando a la muerte al que va por libre, ¿podían pasar a la historia sin haber marcado a fuego esa querencia por lo tribal?

Pero el gen no es nacionalista sino tribal. El nacionalismo es sólo una forma, una vía de escape de ese instinto. El socialismo es otra vía de plasmación de la misma querencia, eterna. Nacional socialismo, pleonasmo. Rara vez vencen la razón o la moral. El instinto las manipula, las pone a su servicio. El nacionalismo es una ideología, un armazón que recoge y protege esa necesidad de pertenencia. El último argumento de un nacionalista es el agravio. Es un argumento sentimental. No necesita ninguna Ilustración. Sobran los QED. El nacionalismo no se puede compadecer con la historia jamás, porque los agravios van en todos los sentidos y porque la realidad es demasiado compleja para el relato nacionalista.

Pero el nacionalismo se compadece perfectamente con la política. Bien lo sabemos en España. No entenderemos del todo el nacionalismo en nuestro país si no atendemos dos claves: la atávica y la política. No insistiré en la primera. La segunda es el papel del nacionalismo para ampliar el poder político. No hay más que identificar la tribu con el poder y éste quedará protegido de cualquier crítica. Aquí el nacionalismo no es más que un instrumento de poder, un cortocircuito de la razón, de la crítica.

El problema de España, el nuevo problema de España es que su arquitectura institucional favorece el discurso nacionalista. Por eso, entre otras razones, tendríamos que cambiarlo; decir adiós a las autonomías y acoger un sistema federal.

José Carlos Rodríguez es miembro del Instituto Juan de Mariana

Libertad verdadera

No tuvo suficiente con la tierra y el viento y ahora acude a un acto religioso a darle la vuelta a las palabras de San Juan. La libertad os hará verdaderos, ha ido a decir a Washington. En su caso, la libertad le ha hecho un verdadero botarate, porque más allá del juego de palabras no se adivina ni verdad ni libertad en sus palabras. Me sugería un gran escritor este mismo jueves que Zapatero busca esculpir una frase en mármol para que luego la recuperasen los historiadores. Pero su ingenio sólo le da para rotularlas en cartón. Cuatro gotas de realidad, y sus palabras se corrompen al momento.

No quiere ello decir que no debamos prestarle atención. Al fin y al cabo tiene mucha influencia sobre nuestras vidas; demasiada. Pero en su caso hay que ser todo un experto para separar el grano de la paja. ¿Que la libertad es buena porque “nos permite a cada cual mirar a la cara al destino y buscar la propia verdad”? Paja. Porque él tiene impresa en su alma la idea de que la libertad procede del poder y que él nos debe guiar por el camino verdadero. De ahí Educación para la Ciudadanía. ¿Que dice "Cuando firmas una ley puedes hacer más libre a la gente"?, grano, porque coincide con su idea de la libertad: seguir los designios de su moral y abandonar los esquemas que a su juicio ya no valen. ¿La tierra pertenece al viento? Paja. ¿"La identidad personal no es cómo uno se ve a sí mismo sino cómo te ven los demás"?, grano. Para él no hay autenticidad en la persona y por tanto no hay verdadera libertad.

Libertad verdadera. ¿Qué es eso? Muchos de los pensadores más eximios le han intentado dar una respuesta cierta, relevante, que se adapte a la experiencia del hombre en sociedad. A mí la definición que me convence es la que la contrapone a la coacción, es decir, al ejercicio o la amenaza del uso de la violencia física. Si hay coacción no hay libertad, y viceversa. Y diré que de todos los criterios con que podamos juzgar a Rodríguez Zapatero o a cualquier otro político, éste, el de la libertad verdadera, me parece el más excelso.

Pandora contra Occidente

 La acusan de tener un mensaje ecologista, anti-militarista, anti-empresa, anti-industrialista e incluso despreciativo hacia la raza blanca. En definitiva, anti-occidental y anti-liberal.

El héroe de la película (Jake Sully) es un marine enviado al planeta Pandora para participar en su colonización. Una corporación minera está explotando los recursos del nuevo mundo y necesita la colaboración del ejército para someter a los alienígenas nativos que oponen resistencia. La sociedad nativa, llamada Na’vi, carece de tecnología e industria, y vive en perfecta armonía con la naturaleza. Sully, infiltrado en el pueblo Na’vi, pronto se siente seducido por su cultura mística y naturalista, y cuando la corporación se decide a expulsarles del territorio para explotar un yacimiento, se pone del lado de los nativos.

En Brussels Journal opinan que los personajes blancos son caracterizados como brutales, codiciosos e insensibles. Destruyen el medio ambiente y otras culturas por motivos lucrativos. Los únicos "blancos buenos" son los que rechazan su propia civilización y se unen a los nativos, desprendiéndose literalmente de su identidad humana. Ross Douthat en el New York Times considera que Avatar es una apología del panteísmo y critica su idealización de la vida salvaje. John Podhoretz en el Weekley Stardard la califica de canto a la derrota de las tropas americanas en Irak y Afganistán. El presidente boliviano Evo Morales elogia su mensaje anti-capitalista y la defensa que hace de la naturaleza.

La lectura anti-occidental o anti-capitalista es razonable. Es quizás la más común, pero no tanto porque el trasfondo de la película sea inequívocamente progre como porque el espectador lo juzga a la luz de sus propias concepciones progres y el marco cultural progre imperante. En otro contexto, partiendo de otras ideas, la película puede tener una lectura liberal. No en vano el film ha sido prohibido por la dictadura china, temerosa de que pueda instigar protestas y promover movimientos de autodeterminación. Según el Wall Street Journal, por ejemplo, el público chino veía en Avatar una defensa de los derechos de propiedad, no una historia racial.

Al fin y al cabo, Avatar es también la historia de una expropiación: una compañía ligada al Gobierno (pues utiliza sus recursos militares y parece tener el monopolio legal sobre la explotación de Pandora) quiere expulsar a los nativos de su propiedad. Los Na’vi, liderados por un marine humano, emprenden una guerra defensiva. No es anti-occidental ni anti-liberal mostrar la vileza de un ejército que invade una sociedad pacífica y a los nativos, da igual de qué color sean, alzándose en armas para repeler la agresión. Nuestra historia está repleta de ejemplos de imperialismo anti-liberal y, como señala David Boaz en Los Angeles Times, también hay un evidente paralelismo con las expropiaciones actuales. A diferencia de lo que ocurre en el mercado, cuando el Estado necesita un terreno para materializar un proyecto no intenta convencer a su dueño para que se lo venda, lo expropia por la fuerza a cambio de una mísera compensación. Pandora redux. Boaz cita el famoso caso de Susette Kelo contra el municipio de New London, que pretendía expropiarle su casa para que la Corporación Pfizer pudiera construir un complejo comercial y hotelero. Pero tampoco está claro que Kelo sea el referente de Cameron…

La propiedad privada individual no parece existir en la sociedad Na’vi (lo cual explicaría su pobre nivel de desarrollo), aunque es indisputable que el árbol en el que habitan es propiedad colectiva de los nativos y los humanos no tienen derecho alguno a expulsarlos. La propiedad colectiva es compatible con el liberalismo y es la fórmula que han propuesto algunos autores para privatizar recursos naturales como ríos, bosques etc. Precisamente uno de los premios Nobel de Economía del año pasado, Elinor Ostrom, ha investigado la eficiencia y los límites de la propiedad colectiva sobre bosques y otros recursos (no confundir con ausencia de propiedad o propiedad estatal).

Con todo, la película contiene varias paradojas, algunas ya mencionadas por Peter Klein. Primero, el villano es una gran corporación que busca maximizar sus beneficios, mientras que la película está producida por una gran corporación (20th Century Fox) que busca amasar una fortuna en taquilla. Lo mismo cabe decir del multimillonario director. Segundo, en el idílico mundo Na’vi no hay necesidad de tecnología, todos van con taparrabos y cazan su comida, pero Avatar 3-D solo ha sido posible gracias a la innovación tecnológica de nuestra sociedad capitalista y de consumo. Tercero, la película ensalza el amor por la naturaleza de los nativos y describe a los industrializados humanos como sus principales enemigos, pero lo cierto es que el ecologismo es un capricho de sociedades ricas, en el Tercer Mundo tienen otras cosas de las que preocuparse antes que reciclar y participar de voluntario en una ONG.

Lo que me lleva a un último punto que Xavier Pérez comentaba en su excelente crítica para La Vanguardia: es decepcionante que el mismo director que nos ha traído Aliens o Terminator presente a los alienígenas Na’vi como unos seres angelicales, pacíficos y bien avenidos. Esta falta de matices, junto con la trama en exceso previsible, es lo que hay que echarle en cara a Cameron. El discurso anti-liberal se nota menos si te pones las gafas 3-D y te metes en la piel azul de los nativos.


Albert Esplugas Boter
es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

El ejemplo polaco

Cuando Juan Pablo II visitó Polonia del 2 al 10 de junio de 1979, unos meses después de que hubiera accedido al papado, las autoridades polacas le recibieron con preocupación. La Iglesia polaca llevaba ya muchos años alentando una revolución interna entre los ciudadanos que la percibían como un contrapoder al dominio que la Unión Soviética ejercía sobre todos los países del otro lado del telón de acero. Pero la Iglesia también estaba preocupada por las consecuencias de su rebeldía. En 1968, pero sobre todo en 1956, los soviéticos habían frustrado a sangre y fuego los intentos de libertad de sus aliados checoslovacos y húngaros y, aparentemente, podían permitirse otro acto de violencia extrema.

La visita del Papa aglutinó a millones de polacos: católicos, agnósticos, ateos y disidentes del sistema. Pese a los intentos del régimen de minimizar sus efectos, fue seguida por millones de personas en Polonia y en el mundo, y terminó de perfilar una sociedad civil que habría de reactivar sus labores de oposición.

En los discursos que dio el Papa a lo largo de esos días no había declaraciones explícitamente políticas, pero si dejaba caer perlas que tenían doble intención, perlas con las que invitaba a las autoridades a permitir la libertad religiosa, precursora de otras como la de conciencia o de pensamiento, o a permitir que los polacos decidieran sobre vida, un llamamiento a las libertades individuales que no excluía a nadie y que atacaba a los soviéticos. Cuando el Papa volvió a Roma, las autoridades polacas respiraron tranquilas, pues ningún hecho violento se había desencadenado, pero en Moscú no pensaban lo mismo. Se habían percatado de que esta visita, y en general la actividad de la Iglesia a lo largo de muchos años, había socavado su poder, que por otra parte se veía cada vez más impotente por su propia naturaleza política.

En los astilleros Lenin de Gdansk se creó el sindicato Solidaridad que encabezó Lech Walesa. Las huelgas generales pidiendo mayor libertad y reclamando la independencia de Polonia respecto de la Unión Soviética se sucedieron con rapidez, y en dos años consecutivos, 1980 y 1981, la Unión Soviética se vio tentada a intervenir con el envío [i] de varias divisiones. Pese a la imposición de la Ley marcial en este último año, los polacos siguieron avanzando hacia la independencia de Moscú y su ejemplo, como una ola de libertad, fue extendiéndose a otros países como Checoslovaquia o Hungría, más tarde Alemania Oriental e incluso la Unión Soviética en 1991, contribuyendo así a la caída del Muro de Berlín y la desaparición de los principales regímenes comunistas europeos.

El ejemplo polaco se articula sobre tres principios básicos. En primer lugar la unidad de acción ante un enemigo común, en este caso la Unión Soviética y su sistema comunista, junto a una clara identificación de sus víctimas, los polacos. Esta identificación era absoluta, cualquier polaco, no sólo los católicos, sino los ateos, agnósticos, disidentes, descontentos, exiliados y cualquier amante de la libertad, podía unirse a él. En segundo lugar, se había creado una sociedad civil implicada, una sociedad civil que pese a las dificultades de tener un gigante como la Unión Soviética a su lado, era capaz de luchar por sus propias ideas, de aglutinarse, de organizarse sin que le importaran las consecuencias, incluso si éstas eran la muerte. En tercer lugar, se crearon referentes, pero no referentes personalizados sino sobre todo referentes morales. El Papa era uno de ellos, pues el Papa había vivido bajo los nazis y bajo los comunistas, había sufrido ambos totalitarismo y en ambos se había rebelado y había optado por apartarse de la política de pacificación que incluso la propia Iglesia católica había adoptado desde el Concilio Vaticano II. Lech Valesa no era un líder apoyado por todas las facciones en Solidaridad, en especial las más extremistas, pero era un líder respetado y aclamado por todos por su lucha.

Bien es cierto que la revolución polaca estuvo apoyada por las circunstancias, por una Unión Soviética que empezaba una crisis de la que no saldría, por los gobiernos británico de Margaret Thatcher y americano de Ronald Reagan que supieron ver y creer que el comunismo estaba en franca decadencia y por una Iglesia Católica que cambió de rumbo justo en el preciso momento.

Polonia puede y debe ser un ejemplo para los que amamos la libertad, puede y debe ser un ejemplo para los habitantes y la sociedad civil de países como Cuba, Venezuela, Bolivia y tantos otros que ahora sufren las locuras de sus dirigentes. Y tiene que ser un ejemplo para buscar sus referentes morales, su unidad ante el totalitarismo, incluso salvando diferencias que pueden parecer insalvables y creando una sociedad civil activa que llegue a todos, ricos y pobres, formados o iletrados, intelectuales y profesionales de todo tipo.

Pero también debe ser un ejemplo para los países democráticos en los que el giro hacia un sistema demagógico, hacia un sistema de partitocracia descarado, es más que evidente. Somos dueños de nosotros mismos, de nuestros aciertos, errores y sus consecuencias, responsables de nuestras acciones. En Polonia lo demostraron y, con suerte, pero sobre todo con determinación, se arrancaron el yugo.



[i] Existen varias versiones sobre este punto, algunas apuntan a que la Unión soviética no podía iniciar ninguna invasión, primero porque dependía ya demasiado de los créditos de Occidente y no podía exponerse a perderlos. En segundo lugar, porque la capacidad de intervenir en sus países aliados ya no era la de hace unos años y el mismo Politburó demostró una indecisión que antes nunca había mostrado.