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Etiqueta: Pensamiento liberal

Los hijos bastardos de Saint-Simon

Desde hace ya tiempo, nuestros líderes en el gobierno y en la oposición nos tratan de vender este "socialismo del siglo XXI" como un avance sin parangón en el universo del pensamiento político de hoy en día. Nos miran con la misma mezcla de sorpresa y suficiencia de un adolescente que trata de enseñar a un veterano rockero cómo suenan The Who.

Pero quienes trabajamos en el laboratorio de la historia del pensamiento tenemos la ventaja de que reconocemos el marketing de los cantamañanas que mal copian fórmulas ya extintas. Y en el caso de este nuevo socialismo, reconozco un tufillo saintsimoniano que tira de espaldas. Para quienes no conozcan a Claude-Henri de Rouvroy, conde de Saint-Simon (1760-1825), este polémico autor francés era un visionario socialista, creó un movimiento político que derivó en una secta en las primeras décadas del siglo XIX en Francia y tuvo una repercusión enorme en el devenir de la Francia de su época.

Humanista, preocupado por la explotación de la mayoría desfavorecida por una minoría ricachona, creía en el progreso económico como motor del cambio. Industrialista, incluyendo en la industria al sector agrícola, abominaba de todo lo que recordara al Antiguo Régimen: los nobles (hay que recordar que él era conde), los curas, los propietarios rentistas, los militares y todos aquellos que se opusieran al establecimiento de un régimen más favorable a la economía y a la libertad. Saint-Simon abre el elenco de socialistas que defienden un liberalismo que les lleva a romper con los liberales, curioso fenómeno que nos llama la atención a más de uno. Estos defensores de la producción, del librecambio y de medidas económicas liberales mientras sea conveniente, conciben la libertad como un medio, no como un fin. Y esa es la razón que les enfrenta al liberalismo puro, el que entiende que la libertad como un fin en sí mismo, incluso si su defensa implica renunciar a una mayor riqueza económica.

Para Saint-Simon, la sociedad está organizada al revés y son los pobres a quienes se les obliga a ser generosos con los ricos. Según su propia metáfora, el arte de gobernar ha quedado reducido a dar las avispas (ricos/rentistas) la porción mayor de la miel fabricada por las abejas (productores). Para deshacer este desvarío, Saint-Simon propone la planificación. Cada año un gobierno de expertos profesionales de élite elaborará un gran proyecto de obras públicas que generará actividad económica en el país. Los empresarios aportarán sus capitales y recibirán su beneficio, no habrá paro, los economistas, ingenieros y hasta los artistas (¡ay, los artistas socialistas!) colaborarán al engrandecimiento de la nación. Se trata de concebir la organización como desarrollo de la producción, no como restricción. Su lema lo dice todo: a cada uno según su capacidad, a cada capacidad según sus obras, ¡no más herencias!

He de confesar que Saint-Simon es un personaje que siempre ha llamado mucho mi atención. La idea de que hoy en día los socialistas tratan de sustituir a la religión toma vida en los saintsimonianos, la secta uniformada de seguidores de este autor, que vivían su "religión laica" en Ménilmontant. Se podría pensar que esto no pasa de ser una anécdota, si no fuera porque hubo detenciones (defendían la libertad sexual de la mujer) y por el perfil de los seguidores de Saint-Simon. Lejos de ser una panda de locos, la mayoría de ellos eran ingenieros de mucho prestigio, como Michel Chevalier, uno de los encarcelados, que representa a la perfección el espíritu saintsimoniano, al menos en sus primeros años. Y junto a él, Prosper Enfantin, Gustav d’Eichtal, los banqueros y hermanos Péreire, y una infinidad de ingenieros, que se definieron saintsimonianos y ocuparon puestos de responsabilidad hasta la el último tercio del siglo XIX.

Este es el origen del socialismo "liberal", laico, universalista, humanista, pacifista y feminista que dicen-que-dicen que defienden nuestros políticos. ¿La diferencia? Los resultados. Fueron los saintsimonianos quienes propusieron abrir el Canal de Suez y el Canal de Panamá y presentaron sendos proyectos por primera vez, quienes impulsaron el establecimiento de una red ferroviaria con el capital privado de los Péreire, primero en Francia, y también un ferrocarril mediterráneo que bordeara la costa desde España hasta Turquía, la modernización de la banca en Francia y la creación de la banca mobiliaria, la reforma urbanística de París. Fue Michel Chevalier quien impulsó y firmó el tratado librecambista con Gran Bretaña conocido como tratado Cobden-Chevalier.

¿Y nuestros "socialistas" de todos los partidos? Para empezar, son políticos profesionales de relleno, no profesionales de élite encargados de la gestión, como pretendía Saint-Simon. Si se aplicara el lema saintsimoniano a nuestros gobernantes (del partido que sea), y se les juzgara por sus obras, probablemente estarían todos picando piedra. Se les llena la boca con las consignas del socialismo "liberal" francés, se centran en las consignas que les proporcionan votos y se olvidan de la esencia. Toman lo que les conviene (transgresión de la propiedad privada, gasto público, liberalismo convenido y utilitarista…) pero dejan de lado lo bueno que tenía este movimiento. Rizando el rizo pervierten el propio mensaje socialista del que pretenden ser sucesores.

Son los hijos bastardos de Saint-Simon.

Estado, Iglesia y coacción

El paradigma austriaco se caracteriza, entre otros rasgos, por explicar la actividad económica echando mano de las causas endógenas del mercado y de la cadena de consecuencias que se producen cuando un agente externo, el Estado, interviene en él. La eficiencia dinámica que la función empresarial produce es alterada por el poder coactivo del Estado cuando interviene restringiendo la libertad e impidiendo que se genere la coordinación propia del empresario y que la consiguiente información llegue a los demás miembros de la sociedad.

El modelo teórico austriaco explica con precisión y realismo los procesos de mercado y las crisis que le sobrevienen cuando el Estado interfiere. Es quizá por eso que las generaciones sucesivas de teóricos austriacos han ido extrayendo la conclusión de que un ente tan perjudicial para la eficiente autorregulación de la sociedad sólo puede llegar a ser prescindible.

Así, L. Von Mises y F. A. Hayek, no quisieron dar el imprescindible paso a la supresión del Estado en sus propuestas. En sus análisis teóricos y sus presupuestos consideran al Estado como un obstruccionista del progreso económico y de toda idea de libertad pero al llegar a plantear su existencia la justificaban en torno a los consabidos papeles de suministrador de justicia y seguridad.

Es así que no quisieron aplicar su praxeología y su teoría de los procesos espontáneos a la provisión de seguridad y defensa, por ejemplo, de manera inexplicable. Si el mercado, en el sentido dinámico que los austriacos refieren, es el mejor proveedor de aquello que demandan los consumidores y es, por ende, capaz de satisfacer toda necesidad humana de manera dinámicamente eficiente, ¿por qué habría de ser la seguridad o la justicia excepciones a ello?

Una ulterior generación de discípulos de ambos, especialmente de Mises, sí han dado el paso necesario de prescindir del Estado. Rothbard, Hermann Hoppe y, en Europa, Huerta de Soto, lo han hecho en plena coherencia con el modelo teórico originario. Lo que traigo a cocimiento con este largo preámbulo es que, en condiciones de no-estado es necesario algo más que la mera confianza en los procesos espontáneos para configurar instituciones, proveer utilidades y sostener, a la vez, un derecho natural a la libertad.

El profesor Huerta define muy bien en sus artículos acerca de la eficiencia dinámica (ver la revista Procesos de mercado) cuando a la aportación sobre el evolucionismo espontáneo y el utilitarismo de las recetas austriacas es necesario insertar un componente ético iusnaturalista. Pero esta triple aportación (evolucionista, utilitarista y iusnaturalista) debe acompañársele de un mecanismo institucional que dé arraigo social a la ética de los derechos naturales a la libertad. Sin las líneas rojas que aportan los derechos naturales, la evolución espontánea puede deteriorar la libertad aunque siempre sea más lentamente que cuando lo hace el Estado. Además, sin ellas, un utilitarismo de corto plazo, de elevada preferencia temporal, puede aún en mayor medida, ser liberticida. Y, aquí está lo decisivo, no hay posibilidad alguna que nadie respete consistentemente el natural derecho a la libertad definida como autopropiedad y ausencia de violencia o de su amenaza sin unos incentivos y unas disuasiones.

El Estado entorpece el progreso material, como demuestra la praxeología y la teoría de los procesos espontáneos. También es un inexorable depravador moral desde el momento en que, para lograr el respeto a la propiedad, la conculca, para evitar los abusos, los produce y para lograr proveer unos servicios, impide que se generen otros. El Estado es, pues, una gran mentira, pero, ¿cómo asegurar la libertad natural en caso de poder limitarlo realmente? ¿Cómo incentivar el respeto a la libertad y disuadir de su vulneración en una minimización del estado y en la transición a esta situación? ¿Cómo aportar a los tribunales y a la jusrisprudencia libertarias una guía estable de interpretación jurídica libertaria?

La solución no viene de la imaginación constructivista, ni mucho menos, sino de la más antigua y civilizadora de las grandes instituciones históricas: la religión. Sólo si se sustituye la coacción violenta por la coacción incruenta o llamémoslo "el conjunto de incentivos y disuasiones" que proporciona la religión, con su anclaje sobrenatural y con sus valores y costumbres reiteradas aún sin ser totalmente comprendidas, puede la libertad sobrevivir.

Y cuando hablo de religión no me refiero a cualquiera, sino a aquella bajo cuya influencia se configuró la más completa idea de libertad: la religión cristiana y su institución más prestigiosa, la Iglesia Católica. Soy creyente, lo confieso, pero el argumento que aquí aporto en favor de una hegemonía cristiana como marco cultural para asentar el modelo austriaco de liberalismo tiene una lógica entendible por cualquiera.

La religión cristiana no es ajena a la evolución histórica, no obstruye esencialmente los procesos de mercado y aporta un fundamente ético de la libertad no presente en otras culturas o religiones. Cierto es que aún se deben depurar los dogmas cristianos relativos a la sociedad pero no cabe duda de que, con la teoría austriaca de la acción humana (vistas sus raíces profundas en el pensamiento católico hispano de los siglos XVI y XVII) y determinados documentos papales (la Encíclica Centessimus Annus) es más posible que imposible.

Por otra parte, la posibilidad de que haya un libertarismo legitimado socialmente en una ideología consciente y puramente racionalista, es una quimera. Como todos deberíamos ya saber, el racionalismo extremo y soberbio justifica cualquier cosa.

Innovación en el sector televisivo patrio

En ella, uno de los altos cargos describió los planes para asegurar el futuro del preciado activo: básicamente, conseguir que los canales públicos (TVE) dejen de financiarse con publicidad y que la implantación de la televisión digital terrestre se demore en el tiempo.

Como se observa, se trata de innovadores planes completamente centrados en la satisfacción del televidente. Y es que es lo que tiene: tras vivir confortablemente en un oligopolio legal durante casi 20 años, esto de tener que repartir los ingresos publicitarios, y más en medio de una crisis económica, pues no se hace nada llevadero.

Resulta que donde hasta hace nada únicamente había una "caja tonta" para permitir la entrada de información, ahora llegan también cables, ADSLs y satélites: portadores de contenidos alternativos, que poco a poco se llevan el "escaso" tiempo que la audiencia dedica a estos menesteres. No sólo me refiero a los canales de TV adicionales, sino a las formas de entretenimiento que ofrece internet, que estas sí han nacido bajo los rigores de la competencia y, por tanto, del servicio al público como forma de supervivencia.

Solución: la de siempre para estos "tycoons" del Real Decreto: que paguen los ciudadanos. Porque eso supone en el fondo pedir que la TV pública deje de financiarse por la publicidad. No es que esta empresa no use y abuse ya del dinero que nos extraen con los impuestos (que sirven, por ejemplo, para que luego nos vendan como triunfo la cobertura de los Juegos Olímpicos; con vidas infinitas, cualquiera), pero, claro, accede al mercado que estos señores quieren enterito para sí, y se lleva algo para ahorro del sufrido contribuyente.

Otra solución: impedir que haya nuevos competidores, cosa factible con la nueva tecnología digital. Ambas innovaciones pasan por servir al Gobierno y a sus intereses, pero ninguna por satisfacer a los consumidores del producto que venden. Pero es que está muy claro de donde vienen las mayores ganancias en los mercados intervenidos, no digamos ya en los oligopolios regulados.

Así que a seguir quejándose de que se reduce la tarta publicitaria y de que encima hay que repartirla entre más en estas condiciones que no son viables. Si estas empresas no pueden sobrevivir, lo mejor es que desaparezcan y liberen sus recursos, especialmente algunos llamados "escasos" –como las frecuencias– para usos que sí demanda la sociedad.

Pero tengo para mí que podrían ser viables si se esmeraran más en su producto, en conocer a su audiencia, y no tanto en buscar la ayuda del Gobierno o en pagar cantidades absurdas por contenidos que no lo valen. Se exige imaginación y se rompe el confort, pero se puede sobrevivir. Que se asomen a internet y lo verán.

Permítanme ahora la licencia de innovar también en esta columna, en este caso para felicitarles a ustedes las Navidades y desearles un próspero año 2009, tras cuyo comienzo volveré a asomarme por estos derroteros.

El fantasma de las Navidades futuras

Acaba otro año. Parece que se impone la reflexión y el propósito de la enmienda. Es el momento de los buenos deseos para el futuro que se dibuja en un turbio horizonte. Yo, si puedo elegir, quiero para el año que viene una Barbie Libertaria. Desde 1959, todo lo que existe en el imaginario colectivo es reflejado por una muñeca de Mattel correspondiente: hay una Barbie dentista, profesora, surfera, punkie, ranchera, ecologista, princesa de cuentos, latina, Mary Poppins, obamita… ¿Por qué no una Barbie Libertaria?

Muy sencillo: los liberales y los libertarios no tenemos buena prensa, entre otras cosas porque la gente no tiene muy claro qué defendemos. Por un lado, en el año I a. de C. (antes de la Crisis), se subieron al carro liberal por la derecha y por la izquierda toda una troupe que consideró que para ganar las elecciones hay que ser un poco de todo: un poco socialista, un poco liberal, un poco de lo que usted, amado y nunca suficientemente loado votante, necesite para que me conceda su voto. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde entonces. Ha sobrevenido lo que se vislumbraba, y quienes antes defendían la responsabilidad de cada cual ahora claman por un plan de salvación planificado desde arriba y alimentado por el gasto público. Ha pasado el momento de sonreír a la cámara afirmando ser liberal.

Sea como fuere, algo hacemos mal. Si nuestro mensaje es tan evidente (¡y lo es!), si como decía Manuel Ayau en su discurso de recepción del Premio Juan de Mariana, tenemos en nuestra mano la solución a la pobreza (defensa de la vida, la propiedad y los contratos)… ¿por qué no hemos convencido ya al 70 % de la población mundial?

Si lo que defendemos es la autonomía individual frente al sometimiento a quienes quieren hacer de nosotros seres dependientes… ¿por qué no están abarrotados los buzones con cartas preguntando "dígame cómo lo hago"?

Mi amigo Xabi dice que vende más el mensaje "Usted no haga nada, señora, déjese llevar, que yo sé muy bien qué necesita y se lo voy a dar, me lo pida o no… (y no se olvide de pagar)", que decirle a la gente que se haga responsable de sus actos, por más que esta última opción asegure independencia y libertad. Es cierto, señor conde, pero hay algo más, reconozcámoslo. No comunicamos bien y no somos buenos estrategas.

Los liberales y libertarios somos racionalistas. Unos y otros, con más o con menos formación oficial, todos nos preocupamos por leer, argumentar, debatir hasta la extenuación para delimitar qué sí, qué no, de qué manera y en qué circunstancias. Yo reconozco que me encanta discutir con mis compañeros, que disfruto con esos análisis eternos. Pero soy consciente de que eso no llega a la gente de a pie que viaja conmigo en el Metro. No les llega incluso cuando los temas les importan, y eso es en pocas ocasiones. Los publicistas de detergentes para la lavadora saben que un toque científico está bien, pero lo que la gente quiere ver es a la niña vestida de Primera Comunión caerse en el barro y lo blanco y brillante que queda el vestido después. Y nosotros los liberales y libertarios tenemos esa carencia. Hay que hacer más cosas (¡sin abandonar los debates sesudos!).

Las personas que podrían estar interesadas en nuestro mensaje no quiere saber la delgada línea que diferencia a éstos de aquellos; le preocupan otras cosas más prácticas: que el Gobierno gasta mucho y mal, que no puede educar a sus hijos como quiere, por poner un par de ejemplos. ¿Por qué no dedicarnos a explicarles qué es realmente el liberalismo y cómo puede afectar a su vida cotidiana?

La primera y principal razón somos nosotros. No sabemos escribir sin desprendernos de la densidad del lenguaje técnico. No sabemos hablar comunicando. Es un gran error: be gentle with the reader, sé amable con el lector, me repitió siete años mi director de tesis. Y para ello es imprescindible tener muy claro quién es el lector. Porque como dijo el gran publicista del PSOE en una canción… "No es lo mismo". Pero eso no es todo. Cuando alguien comunica bien, le despreciamos de manera más o menos evidente porque nos parece frívolo. ¡Lo que nos faltaba!

El otro punto es la estrategia. Una de los signos evidentes de que debemos estar en el camino correcto es que cada vez nos critican más, les hacemos pupa. Y, por supuesto, en este intento de desprestigio, muchas veces exitoso (llamemos pan al pan, y vino al vino), no escatiman. Somos medievales, comeniños, pederastas, fachas… y, por encima de cualquier otra cosa, somos una secta. ¿Y qué hacemos? Como nos sentimos minoría agredida, nos comportamos como una secta. Porque las sectas se comportan como minorías agredidas. Pero si lo pensamos bien ¿qué son los seguidores de Hello Kitty sino una minoría "elitista"? Creo que deberíamos lanzar una campaña de merchandising aprovechando los ataques de aquellos que nos insultan porque les resultamos molestos. Una campaña divertida, barata y bien diseñada. Si otros pueden, nosotros también.

Tal vez entonces Mattel se plantee sacar una Barbie Libertaria. Y realmente les daría muchos beneficios, especialmente en los complementos, pues casi todo es opcional y voluntario.

Lincoln, la construcción de un mito

De las cuatro decenas largas de presidentes de los Estados Unidos de América, el más celebrado de todos ellos es Abraham Lincoln. A diferencia de Washington, Jefferson, e incluso Reagan, que disfrutaron de largas y no siempre serenas magistraturas, Lincoln gobernó sólo cuatro años, exactamente los mismos en los que se desarrolló la guerra de secesión, severo trauma que desangró la todavía jovencísima Norteamérica entre 1861 y 1865. Ha pasado a la historia como justiciero libertador de esclavos, impenitente demócrata que luchó por la unidad de su país y como compendio de todo lo bueno y justo que aquella gran nación ha dado al mundo.

Pocos, sin embargo, saben que, en el país de la libertad de prensa, cerró más de 300 periódicos, o que era despótico en la forma y racista en el fondo, o que se lo comía la ambición por el poder. Casi nadie conoce que el hombre que dictó la Proclamación de Emancipación de los esclavos negros se significó públicamente a favor del esclavismo. Nada de esto se sabe porque el Abraham Lincoln que ha llegado hasta nuestros días y hasta nuestros ojos es un personaje histórico edulcorado y esculpido a la medida de los muchos panegiristas con los que ha contado a lo largo de último siglo y medio. El Lincoln que hoy todos conocemos –o creemos conocer– es, en definitiva, un mito, una imagen idealizada que, de manoseada que está, no se parece en nada al personaje real, al que vivió, gobernó y fue asesinado en un teatro en el recién nacido Washington de mediados del siglo XIX.

Quizá sea en el modo en que Lincoln dejó este mundo la piedra primera sobre la que se edificaría el mito posterior. Fue el primero del siglo XX, a pesar de morir 35 años antes de que éste empezase, y el modelo sobre el que se edificaron después las más variopintas leyendas personales post mortem de los líderes carismáticos de un siglo que, como el pasado, fue pródigo en ellos. Lincoln, que en vida había sido un ser humano mezquino y un presidente mediocre tirando a malo, se convirtió tras su muerte en el emblema de los nuevos Estados Unidos nacidos tras la confrontación civil. Los aduladores del momento le pintaron como el heredero natural de los Padres Fundadores y como el punto de inflexión necesario que precisaba entonces la República. No en vano, la historia de Estados Unidos se dibuja en dos anchos trazos en cuyo centro se encuentra la providencial presidencia de Lincoln.

Esta parcial e interesadísima apreciación histórica sería el principio de una presidencia inventada, de un presidente que nunca existió y el fundamento sobre el que edificar una unión renacida, sí, pero que poco tenía que ver con la visión de los que habían parido la nación más libre de la Historia tan sólo un siglo antes. Aquí radica la construcción del mito, es decir, la transformación de un oportunista en un visionario cuya figura habrían de recordar las generaciones venideras.

Con Lincoln nació, por ejemplo, la iconización de los prohombres públicos. Los avances tecnológicos de la época, como la fotografía, y la difusión de la prensa diaria lo hicieron posible. No es extraño que hoy en día el rostro de Lincoln sea el más fácilmente identificable de todos los presidentes de Estados Unidos, incluso para americanos sin instrucción y para extranjeros de cualquier parte del mundo. A esto no se ha llegado por casualidad. Todos los norteamericanos de 1865 pudieron mirar a los ojos de su malogrado presidente. Fue el primero que, en vida, inspiró una suerte de culto a la personalidad. Un juego de niños en comparación con lo que habría de venir, pero suficiente como para ser pionero en algo que, por aquellos, años, casi ningún político hacía. Tras su asesinato, su cadáver fue trasladado hasta Illinois en un aparatoso tren fúnebre preparado para la ocasión, presidido por un gran retrato del fallecido. Millones de personas asistieron al espectáculo conmovidas por la magnificencia de un poder político que nunca antes en los Estados Unidos había sido tanto para tantos.

Construida la imagen del libertador de barba geométrica y semblante adusto, se fue cimentando el mito poco a poco, con la lentitud que estos procesos conllevan en las sociedades libres. Se le atribuyeron cualidades que no poseía, se suavizaron sus más sonados defectos y mutaron en virtudes algunos de sus peores vicios. A los treinta años de su asesinato, Abraham Lincoln había dejado de ser un hábil político del medio oeste que había llegado a presidente, para convertirse en el refundador de Estados Unidos, en el "Gran Emancipador". Evidentemente no se lo merecía, pero para entonces ya no le importaba a nadie, el mito estaba listo para perpetuarse. Y se ha perpetuado.

El problema que tenemos cuando nos encontramos ante un personaje mitificado, es decir, de cartón piedra, es que no lo detectamos ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Por lo general no lo detectamos nunca a no ser que vayamos sobre aviso. No lo hacemos porque tenemos una tendencia innata a creernos lo que nos cuentan si, en esa narración, todos o casi todos coinciden. Este es el peligro principal de los mitos en la Historia: llegado a un punto, pasan completamente desapercibidos hasta para los más desconfiados.

Para levantar la manta tejida pacientemente durante 150 años son necesarias ciertas dosis de curiosidad, de amor a la verdad y, sobre todo, estar dispuesto a estropear una excelente historia que almohadilla parte del presente, una parte mollar y confortable sobre la que sestea la conciencia de América. Lincoln no fue un dictador en el sentido estricto de la palabra, y al lado de los tiranos que la humanidad padeció en el siglo XX, bien puede representar la cara de la libertad. Pero como de lo que se trata es de saber la verdad, y sólo la verdad, porque de eso se alimenta el saber histórico, libros como El verdadero Lincoln no sólo son una buena excusa para clarificar episodios del pasado, sino una necesidad para explicarnos porque la primera potencia del mundo que es, a la par, la patria espiritual de todos los hombres libres, es mucho más estatista y borrega de lo que los amigos de la libertad desearíamos.

La clave y justificación de todo, la causa por la cual se construyó el mito de Lincoln reside ahí. DiLorenzo lo muestra tal cual, con la crudeza y precisión que estilan los historiadores norteamericanos. No emancipó a los esclavos del sur por convicción sino por oportunidad política. Dio comienzo a una guerra innecesaria que se llevó por delante más de medio millón de vidas y puso los cimientos del que acaso sea su legado más perdurable: la elefantiásica, todopoderosa, ingobernable y corrupta administración federal de Norteamérica. El resto es fábula, manipulación y una biografía cuidadosamente retocada, o, lo que es lo mismo, mito.

El verdadero Lincoln, de Thomas Di Lorenzo, está disponible en la tienda del Instituto Juan de Mariana a 26 euros, 18 para nuestros patrocinadores.

Los tontos y el tonto de Gil Calvo

Pero conviene recordar que es sociólogo: en pocos ámbitos del saber el prejuicio, la ignorancia y el sectarismo campan tan a sus anchas. Además es funcionario y autor de Lógica de la libertad (Por un marxismo libertario).

No le avergüenza comenzar su exposición mostrando su ineptitud sobre economía: "el BCE bajaba el precio del euro 0,75 puntos y, pese a ello, las bolsas continuaron cayendo, lo que abre perspectivas depresivas para el año que viene". El tipo de interés es la tasa de intercambio intertemporal (entre bienes presentes y bienes futuros) y no es el precio del dinero; no existe una relación causal infalible entre los descensos del tipo de interés por el Banco Central y la subida de las bolsas; las perspectivas depresivas ya estaban abiertas antes de estos hechos.

Siendo sociólogo podría quizás presumir de disponer de algún que otro dato correcto y relevante para sus análisis; observemos: "la mayor parte de la protección social (guarderías, geriátricos, dependencia, integración de inmigrantes, etc.) se presta por cuenta y a cargo de los servicios municipales". Sorpresa: resulta que los pilares clásicos del Estado del bienestar (educación, sanidad, pensiones, seguro de desempleo) son calderilla o no son protección social.

Pero lo esencial del asunto es que Gil Calvo es un fino, objetivo e imparcial analista político que califica de "cruzada inquisitorial" y de "reacción desproporcionada" por una "causa nimia" las críticas del PP contra el alcalde de Getafe, Pedro Castro, ese agudo intelectual que se ha preguntado coloquialmente "¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que todavía vota a la derecha?". Este insulto le parece al sociólogo "tan machista como desafortunado": o sea, que ha tenido mala suerte de que le hayan pillado, sino tal vez sería afortunado; y más importante que la estupidez es su genitalidad masculina.

Los políticos populares le parecen "profesionales en el arte del insulto político" con "ensañamiento" hacia pobres víctimas inocentes y cumbres de la educación, el escrúpulo moral y la inteligencia como ZP y Pepe Blanco. Nuestro pseudointelectual olvida que las trifulcas entre políticos son de lo más normal, y además suelen tener todos gran parte de razón en sus ácidas críticas mutuas; lo excepcional del caso es que el político, que normalmente babea, sonríe, promete y procura que no le crezca la nariz delante de los ciudadanos, en este caso insulta a los votantes del partido contrario.

La escuela de la elección pública investiga en profundidad acerca de la ignorancia racional de los votantes, sea cual sea la dirección de su voto. Pero llegado Gil Calvo, su tarea epistemológica puede darse por concluida: "Castro tenía razón: los madrileños son tontos al votar al PP contra sus propios intereses". El sociólogo da y quita razones y evalúa inteligencias. Es tan sabio que conoce los intereses de todos los madrileños que votan al PP, pobres engañados que no saben lo que les conviene (habla incluso de "intereses esenciales", nada de detallitos accesorios). Tal vez por llevar tantos años en eso de las encuestas los conoce personalmente y con precisión: da miedo. "Las clases medias bajas y los restos de la clase obrera (el antiguo cinturón rojo de Madrid) votan contra natura a la derecha". O sea que está en la naturaleza de una clase social a quién votar: la psicología evolucionista nunca llegó tan lejos. Y lo hacen "por la exitosa guerra cultural emprendida contra la izquierda progresista por el fundamentalismo neocon, que ha seducido al pueblo llano con su populismo campechano". Seductores y algo de memética, eso es lo que quiere el pueblo ahora, nada de pan y circo.

Los sociólogos suelen recurrir a impersonales y aburridas estadísticas en sus disertaciones, pero Gil Calvo prefiere el análisis personal contra la mala de su película, Esperanza Aguirre, "la Sarah Palin española", "una mujer de armas tomar que blande el lipstick para hacer creer a los electores que es una de ellos" cuando en realidad exhibe "ignorancia política" e "irresponsabilidad temeraria" destructiva. No queda claro si la ignorancia política es por falta de lecturas de filosofía política o por solamente haber ganado unas cuantas elecciones por mayoría absoluta; y la irresponsabilidad temeraria se refiere a las muy tímidas privatizaciones del Estado de bienestar en Madrid, que para Gil Calvo son doctrinarias (el colectivismo estatista no tiene nada de ideología o doctrina, nada de nada) e inaceptables, faltaría más.

Gil Calvo intenta heroicamente iluminarnos contra los poderes establecidos: "esa verdad como un puño es la que a Esperanza Aguirre no le conviene que se sepa, por lo que prefiere matar al mensajero para poder taparla". Intriga, misterio, asesinatos, mensajes interceptados: qué gran ficción. Hace tiempo confesaba nuestro "pensador" en una entrevista: "Una vez publicado, casi siempre me arrepiento de lo que escribo". No me extraña nada.

La naturaleza humana

Los seres humanos son seres vivos, agentes autónomos autopoyéticos, resultado de la evolución biológica (genética) y cultural (memética): son criaturas de dos replicantes, los genes y los memes. El ser humano es un animal sensible, emocional, racional, social y cultural, con un ciclo vital: nace, se desarrolla, se reproduce eventualmente y muere.

El ser humano controla su propia conducta como un sistema cibernético complejo, procesando información mediante ciclos de realimentación de percepción, pensamiento y acción: percibe mediante sus sentidos y actúa a escala macroscópica mediante diversos efectores (especialmente las manos y el aparato fonador) dirigidos por el sistema nervioso mediante programas de diversos tipos: reacciones automáticas, hábitos repetitivos y acciones intencionales.

El ser humano necesita un entorno o hábitat adecuado (condiciones ambientales en ciertos rangos), y debe protegerse de las agresiones y alimentarse para mantenerse, crecer y reproducirse. La capacidad de acción humana le permite modificar su entorno (la materia inerte y otros seres vivos) para adecuarlo a sus necesidades y preferencias.

La reproducción humana es sexual (macho y hembra con diferencias psicológicas y fisiológicas por sus distintas estrategias reproductivas) y familiar (progenitores e hijos): las crías nacen desvalidas (altriciales) y necesitan muchos cuidados hasta alcanzar la madurez.

Los humanos son hipersociales, suelen vivir en grupos (familia, tribu, sociedad extensa) que incrementan su capacidad de acción (la unión hace la fuerza, especialmente en la caza y la guerra), disminuyen los riesgos debidos a la variabilidad de las circunstancias individuales (ayuda mutua), y permiten la especialización, la división del trabajo y el intercambio.

La capacidad cognitiva (percepción, memoria, imaginación y racionalidad limitadas y falibles, parciales, locales) permite al individuo captar, sistematizar y utilizar información y conocimiento sobre la realidad. La voluntad y las emociones guían su conducta y establecen sus preferencias (sensaciones, afectividad, empatía, sentimientos, moralidad). Los afectos y los sentimientos morales (emociones innatas referidas fundamentalmente a otras personas) son especialmente importantes para la convivencia en sociedad, la cual requiere voluntad de integración (amor, deseo de pertenencia) y normas orientadoras del comportamiento. La capacidad emocional es limitada y parcial: se suele querer más a los más próximos.

La mente es la descripción funcional, abstracta y de alto nivel de la actividad computacional de bajo nivel del cerebro, su sustrato físico, que opera como procesador de información y coordinador de la conducta. La mente humana no es algo homogéneo, indivisible o de esencia inmutable: es una sociedad dinámica resultado de múltiples asociaciones complejas de una gran cantidad de agentes especializados, mecanismos o procesos más simples y menos inteligentes, operando en serie y en paralelo, interactuando de forma coordinada, a diferentes niveles de una estructura muy compleja. Su actuación conjunta da origen a las propiedades abstractas emergentes de la inteligencia.

La mente humana utiliza datos observacionales y modelos representativos de la realidad para intentar predecir el curso de los acontecimientos que pueden afectar al individuo y para explorar las consecuencias previsibles de diversas conductas alternativas (reflexión, simulación virtual antes de la acción real).

El ser humano es autoconsciente: se representa a sí mismo de forma reflexiva en su modelo de la realidad y puede observar parte de su propia actividad mental. La consciencia es una importante pero pequeña parte integradora, supervisora y narradora de la sociedad de la mente, mayoritariamente inconsciente.

La mente humana posee muchas habilidades y tendencias instintivas innatas (elementos más estables, rígidos y universales). El ser humano también puede aprender (por experiencia propia o por observación o comunicación con otros); tiene una especial capacidad de imitación que permite la difusión de cultura (contenidos mentales más variables y plásticos); tiene curiosidad y puede innovar y ser creativo (recombinar elementos preexistentes e imaginar nuevos fines y medios); puede automatizar conductas desarrollando hábitos individuales y sociales (rutinas, instituciones).

Las entidades del entorno más importantes para un ser humano son los demás seres humanos (por oportunidades de beneficio o riesgo de daños). La psicología intuitiva y la habilidad lingüística permiten la interacción social coordinada (cooperación y competencia). Cada ser humano cognitivamente competente posee una psicología intuitiva o teoría instintiva de la mente que le permite entender formalmente a otros seres humanos como agentes intencionales con deseos, propósitos y personalidades peculiares. Los seres humanos se comunican mediante lenguaje gestual y verbal; el lenguaje sirve como herramienta de manipulación y como medio de transmisión y almacenamiento de información.

El ser humano actúa como agente intencional (planifica, es proactivo y no sólo reactivo) para conseguir fines subjetivamente valorados utilizando medios escasos (decide, elige, asume costes, optimiza, economiza para obtener más por menos), con posibilidad de error y consecuencias no previstas o no deseadas, y en situaciones de riesgo e incertidumbre. Un agente intencional diseña mentalmente un plan de actuación basado en sus deseos y su conocimiento de la realidad (relación entre estados del mundo y operaciones sobre la realidad); el plan es una estructura de acciones intermedias a partir de un estado inicial cuya ejecución conduce a un estado final futuro deseado; los medios utilizados son bienes naturales, bienes de capital (herramientas previamente producidas), el tiempo y la propia capacidad de trabajo del ser humano. La capacidad de acción humana se incrementa si dispone de más y mejores herramientas (acumulación de capital) y conocimiento acerca de la realidad (tanto generalidades teóricas como concreciones empíricas).

Los seres humanos pueden apropiarse de forma exclusiva de ciertos bienes económicos y compartir otros, y pueden cooperar y competir de forma pacífica para beneficio mutuo o agredirse de forma violenta, destructiva (luchar, guerrear, robar, esclavizar, parasitar); establecen entre sí relaciones de diversos tipos (pertenencia o exclusión, solidaridad, altruismo, igualdad o desigualdad, autoridad y obediencia, dominación, intercambios voluntarios directos o indirectos). Los seres humanos pueden no sólo actuar conforme a las reglas dictadas por sus sentimientos morales íntimos: las normas sociales pueden explicitarse mediante el lenguaje, constituir tradiciones transmitidas o formalizarse en órdenes (obligaciones y prohibiciones), pactos o contratos.

Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen rasgos comunes, pero cada individuo se desarrolla históricamente de forma única e irrepetible en detalle. Cada persona tiene algunos genes y memes comunes y otros diferentes, acumula experiencias y recuerdos particulares en circunstancias diversas (condiciones iniciales y de contorno); cada ser humano tiene potencialmente diferentes capacidades, conocimientos, creencias, opiniones, gustos y preferencias (en rangos más o menos extensos o limitados), que pueden cambiar de forma dinámica (a mayor o menor velocidad).

Algunas funcionalidades instintivas de la mente humana son resultado de adaptaciones a condiciones primitivas, muy diferentes de las actuales en una sociedad extensa, donde pueden ser innecesarias, problemáticas o incluso perjudiciales. Algunos memes sobreviven porque son populares o útiles aunque no sean ciertos: algunas ideas atractivas pueden ser falacias contrarias a la supervivencia de sus portadores; también existen ideas que pueden ser utilizadas como armas para manipular o engañar a otros.

La intencionalidad y la comunicación son funciones tan importantes que sus agentes mentales responsables son hiperactivos, sistemáticamente producen explicaciones con propósitos, finalidades, sentidos, significados, a menudo en ámbitos inadecuados donde estos conceptos no son aplicables.

Los seres humanos no son ni todos completamente iguales (sin diversidad ni subjetividad) ni todos completamente diferentes (no existe la naturaleza humana). La mente humana no es una hoja en blanco completamente moldeable por el entorno social, pero no es tampoco el resultado de un programa genético rígido completamente insensible a influencias ambientales. La mente humana es compleja, no contiene únicamente un procesador universal de propósito general. El humano primitivo menos civilizado y socializado no es un buen salvaje feliz.

La consciencia no es un misterio espiritual o sobrenatural inexplicable; el ser humano no es un espíritu encarnado, con un alma inmaterial e inmortal que controla la maquinaria física del cuerpo y responsable del libre albedrío. El ser humano no está incompleto sin la divinidad. Las creencias religiosas son ficciones cognitivamente naturales y socialmente útiles (unificadoras del grupo, promotoras del altruismo), manifestaciones culturales especialmente importantes para muchas personas, resultado de la capacidad de imaginación desconectada del análisis crítico riguroso de la realidad. La trascendencia humana no está en la superstición de lo sobrenatural sino en la reproducción a través de hijos e ideas.

¡Que viva Marx!

Cuando ésta llega, resulta que el Estado jamás estuvo presente, que todo es responsabilidad del mercado y que ahora han llegado ellos para salvarnos. No tienen vergüenza y la gente no tiene memoria.

Pero eso es previsible. Lo que me llama la atención son dos respuestas a izquierda y derecha, a cual más inquietante. La derecha dice que la crisis económica deriva de una crisis moral, enraizada en el materialismo y la avaricia. Hay quien lo cree sin hacerse algunas preguntas obvias. Si las crisis son el fruto podrido de la avaricia, ¿qué hace que este mal moral vaya por ciclos? ¿Qué relación hay entre la avaricia y los fenómenos monetarios que determinan los ciclos? ¿Cómo puede el materialismo desplazar a las causas económicas en las consecuencias económicas? No se hacen estas preguntas y se quedan con un torpe juego de palabras porque hay quien en cuanto escucha la palabra "moral" renuncia a hacer trabajar al cerebro más que para mantener las funciones básicas.

Muy llamativo es el caso de la izquierda, que le ha tomado gusto a esto de exhumar cadáveres y está haciendo lo propio con Carlos Marx. Este domingo se publica un artículo en El País que, dejándose llevar por el espíritu de los tiempos, habla de El retorno de Marx. Su autor, Ángel Rupérez, exime a Marx de quienes se empeñaron en llevar a término sus ideas, tan preñadas de "soluciones finales". Según Rupérez su mensaje es el mismo que el de la derecha, que la crisis proviene de "la idolatría del dinero" o "la primacía del dinero como valor supremo".

No voy a desmontar a Marx, que eso ya lo hicieron Eugen von Böhm Bawerk y Karl R. Popper. Pero llama la atención que la izquierda siga enfrentándose a las sociedades libres con un fracaso teórico, ético e histórico como es Marx. Incluso la izquierda más moderada (y parte de la Iglesia) sigue utilizando los despojos ideológicos de Marx para criticar al capitalismo. Puede obviar la historia, por incómoda, como hace Rupérez. O asumir que el socialismo, en dosis concentradas, es condenable. Pero sigue recurriendo a los mismos esquemas, cuya ventaja es que todo el mundo los conoce y muchos los asumen incluso en las antípodas de Marx, pero paraliza lo que debiera ser una regeneración ideológica de la izquierda. Quizás no dé para más. Acaso sólo sepa escribir notas a pie de página de El Capital, aunque no lo haya leído. Pero me da que cada vez que se le saca brillo al cadáver de Marx, la izquierda se hunde un poquito más.

El deber cívico de abstenerse

Ron Paul, el congresista que revolucionó las bases liberales del GOP con su campaña a principios de año, hubiera sido mi favorito de haberse presentado. Los otros dos candidatos anti-estatistas no convencían por distintas razones: Baldwin por el fondo social-conservador y bíblico de su discurso, Barr por poner su ego por encima de la causa liberal.

Elegir entre Obama y McCain era elegir entre dos males, lo que no tengo claro es cuál es el menor de ellos. Me inclino por Obama como mal menor, no por su vacía retórica del cambio (en su caso, mejor que esté vacía), sino porque su política exterior promete ser un poco menos intervencionista, algo que Estados Unidos necesita para reconstruir su maltrecha imagen y mitigar la hostilidad islamista, caldo de cultivo de terroristas. Pero Obama, sobre todo en el terreno económico, es tan liberticida que no consuela pensar que puede hacerlo algo mejor que McCain. A veces ante la tesitura de elegir entre un mal mayor y un mal menor es importante no elegir a ninguno.

Dicen que votar es un deber cívico. Si no votas la gente te mira mal, estás despreciando el derecho a participar en la elección de tu Gobierno, un privilegio ganado tras siglos de lucha contra la desigualdad y la sumisión. Más aún, si no votas estás dando tu visto bueno a quienquiera que sea el ganador. Abstenerse es conformarse, si quieres cambiar las cosas, haz algo. O sea, vota.

Pero yo parto de una premisa distinta, que me lleva a la conclusión opuesta. El sistema político es inherentemente injusto, lo que se dirime en unas elecciones es quién va a obtener el poder de expoliar la riqueza y regular la vida de todos los ciudadanos, un poder que nadie debería ostentar en primer lugar. No estamos hablando de tres amigos decidiendo por mayoría qué película van a ver, sino de dos lobos y una oveja decidiendo qué hay para cenar. Frustrados por el statu quo, la tentación puede ser grande para votar al menos malo de los candidatos e intentar mejorar las cosas cuanto antes. Pero ceder a este deseo corto-placista tiene un precio a largo plazo.

El Estado de Bienestar democrático extrae su legitimidad de la voluntad de la gente. El Estado solo puede detentar un poder tan grande si una masa significativa de la población aprueba la idea de que un grupo de personas coaccione a todas las demás. Cuando votamos en una elección estamos implícitamente apoyando el proceso por el cual unos individuos llegan a tener un poder intolerable sobre el conjunto de la sociedad. Aunque nuestra motivación sea reducir ese poder, el mero hecho de participar en el sistema reconforta al Estado. De poco sirve que hayamos votado –tapándonos la nariz– al menos malo. El candidato ganador exhibirá triunfalmente su mayoría, sin distinguir entre votantes convencidos y votantes resignados. Y a los que hayan votado al perdedor les dirá que no se quejen, pues ya conocían las reglas del juego antes de jugar.

El Gobierno y sus valedores no pueden, sin embargo, acusar de complicidad a los que se abstienen. La abstención, si es lo bastante generalizada, pone en tela de juicio la legitimidad y la solidez del sistema, activa las alarmas de los políticos, modera sus ambiciones, hace que la gente desconfíe de la democracia y empiece a hacerse preguntas. Incluso cuando es puro pasotismo, la abstención envía el mensaje de que no nos tomamos al Gobierno tan en serio como ellos querrían. Tenemos cosas más importantes que hacer el día de las elecciones que ir a votar a dos sátrapas que sólo discrepan en cómo redistribuir el botín de la sociedad.

En determinadas circunstancias puede que el mensaje anti-sistema más efectivo sea un voto a un candidato genuinamente anti-sistema, o que la situación sea tan dramática que no podamos permitirnos el lujo de ser tan puristas. Pero en circunstancias normales, cuando la elección es entre dos males similarmente odiosos, el deber cívico es abstener y dar la espalda al sistema. Si quieren ejercer una autoridad abusiva sobre nosotros que lo hagan, pero que no nos utilicen como coartada, que sepan que no les concedemos ese derecho.

Por desgracia, la abstención no ha sido el ganador en las elecciones americanas. De hecho se han batido récords de participación. Es una pena, porque los republicanos merecían perder, después de 8 años de despilfarro y aventurismo militar, y los demócratas no merecían ganar, por sus ansias de engrandecer el Estado del Bienestar. La abstención daba a cada uno lo que se merecía.

Crisis, pensamiento económico y futuro

 

La historia del pensamiento económico se reescribe en cada generación.
Mark Blaug en Teoría Económica en Retrospección

 

La crisis económica actual, además de todo el daño que está causando y va a causar irremediablemente, está dando muchísimo que hablar, generando divisiones y debates muy interesantes entre distintas corrientes teóricas del pensamiento económico, surgiendo, como consecuencia, muy diferentes recetas para suavizar o solucionar la presente situación.

Es muy probable que estemos en un momento histórico muy importante en lo que se refiere a la batalla de las ideas en el mundo económico, donde varios paradigmas teóricos compiten entre sí. Tal y como sucediera en la década de los 30 con las discusiones acerca de las causas de la Gran Depresión y las medidas para salir de ella entre, principalmente las de Keynes y Hayek, podemos estar en un momento crítico para el futuro del pensamiento económico.

En aquella ocasión fueron las ideas de Keynes las que ganaron el debate sobre las del austriaco, independientemente de quién tuviera razón. Esto pudo producirse por varias razones. En primer lugar, en esos años de aguda crisis lo más probable es que la gente prefiriera oír la visión de Keynes, que ofrecía soluciones fáciles y mágicas a corto plazo (un fantástico ejemplo de medidas a las que Hazlitt dedicó su lección) frente a un Hayek que sonaba muy pesimista. En segundo lugar podríamos considerar la posible falta de astucia a la hora de vender sus ideas tanto al público como en el mismo debate contra Keynes, además de la incomprensión y falta de claridad que podía despertar en sus colegas, causadas no solo por la dificultad de sus obras sino también por la ignorancia de éstos hacia la teoría del capital austriaca, punto fundamental que faltaba en Keynes y, dicho sea de paso, en los economistas mainstream actuales. En tercer lugar, las propuestas del británico daban manga ancha a los aspirantes a planificadores para llevar a cabo sus experimentos sociales. No en vano, Keynes llegó a escribir que su teoría general "se adaptaría con más facilidad a las condiciones que se dan en un estado totalitario que […] bajo condiciones de libre competencia y laissez-faire".

En el contexto actual, y siendo simplistas, podríamos clasificar las explicaciones teóricas acerca de la crisis en dos grandes grupos: los que creen, como Samuelson, que ha sido causada por el laissez-faire yanki y su simpatía hacia la desregulación bancaria y financiera (algo difícil de creer si se tiene en cuenta que EE.UU. está a años luz de algo parecido al laissez-faire) y los que piensan que ha sido todo lo contrario, es decir, causada por el intervencionismo en varias de sus manifestaciones.

Los primeros llaman a enterrar definitivamente el legado de liberales como Friedman y Hayek (fue Samuelson quien los puso en el mismo saco) y a introducir mayores regulaciones, mayor poder a autoridades públicas para supervisar, poner coto a la avaricia de los inversores y asegurar la transparencia del sistema financiero. En el plano más geopolítico, se hacen llamamientos a realizar planes de acción coordinados entre América, Europa y Asia. Dicho de otra manera, estamos vislumbrando peligrosamente los próximos pasos de gigante hacia un mayor poder estatal, quizás (aunque pueda sonar algo conspiranoico) poniendo unos cimientos más del futuro Gobierno mundial que algunos desean.

Esto último concuerda perfectamente con la teoría del Ratchet Effect de Robert Higgs, que se podría resumir en que las crisis, ya sean depresiones económicas como especialmente guerras, son el mejor aliado del crecimiento del Gobierno, tanto en su tamaño como en su alcance, debido a la gran capacidad de los gobernantes de aprovechar al máximo la la docilidad, el miedo y la incertidumbre de los ciudadanos en situaciones de crisis, prometiéndoles la falsa seguridad que ofrece el Estado a cambio de su libertad. Sin embargo, esto último no se suele mencionar y la alternativa de una mayor planificación se plantea como la única: "¡Tenemos que hacer algo!", claman los socialistas de medio mundo.

Muchas de las propuestas de los intervencionistas dan miedo. Pero el que nos adentremos unos grandes pasos más en el camino de servidumbre no es inevitable. Las crisis también pueden ser, aunque desgraciadamente pocas veces lo son, propicias para realizar reformas ambiciosas, como lo sería la necesaria reforma del sistema monetario y bancario. O para propiciar las primeras luces de un cambio de paradigma teórico. Y es que el aprender las correctas lecciones de la crisis actual puede tener implicaciones críticas para el futuro desarrollo del pensamiento económico, pero sobre todo y mucho más importante, para el presente y futuro bienestar y libertad de millones de personas, no solo en el mundo desarrollado, sino también en el Tercer Mundo.

Recordemos, para finalizar, las sabias palabras de Mises: "Todo se resuelve por la interpretación y explicación de los hechos, por las ideas y teorías […] Sólo las ideas pueden vencer a las ideas, y sólo las ideas del Capitalismo y del Liberalismo pueden vencer al Socialismo."