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Etiqueta: Policía

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (XCIII): Reflexiones sobre ‘Don’t Fuck the Police’

Tuve la ocasión de leer recientemente un excelente libro de Josema Vallejo y Samuel Vázquez sobre el declinante papel de la policía en nuestro país y en otros como Francia de dos policías que honran a su profesión. Es el citado en el título de este artículo. Lamentan que buena parte de sus esfuerzos sean malgastados al servicio del poder político de turno.

Problemas de la Policía

Según ellos, y yo les creo, la policía moderna gasta buena parte de su tiempo en tareas burocráticas. Y sólo es un porcentaje relativamente pequeño de agentes los que se encaran con los problemas de criminalidad en nuestro país. Señalan, con varios ejemplos, el mal diseño de las fuerzas operativas. Y destacan el hecho de que en las horas y días en que los datos dicen que hay más crímenes, las noches de los fines de semana, es cuando menos agentes están disponibles. Y sobre todo que los mandos policiales no acostumbran a estar disponibles en ese momento.

Los autores también inciden en el hecho de que las policías modernas no están sabiendo afrontar las nuevas realidades delincuenciales que se comienzan a dar en nuestro entorno. Los autores achacan esto también a causas políticas y en este caso también a razones ideológicas. Son ideologías que tienden a explicar o justificar las razones del delincuente, por opresión o injusticia social, mientras que se desatienden los derechos de las víctimas de sus crímenes.

Interés para el lector del Instituto Juan de Mariana

Estando de acuerdo con la mayor parte de lo que dicen, no puedo resistirme a comentar el contenido del libro. Busco integrar sus reflexiones en el marco que inspira este conjunto de artículos. Me interesan mucho los temas policiales, y les hemos dedicado incluso, algún trabajo. Porque, como es sabido es, quizás, junto con la defensa, el problema más importante que tendría que afrontar una hipotética sociedad ancap. Y mientras no esté bien resuelto, no se podría defender como una forma de organización viable.

Quede claro que los autores del libro no expresan apoyo a este tipo de idearios. Respaldan en todo momento un modelo policial público, aunque sin hostilidad alguna, más bien al contrario, hacia las distintas formas de seguridad privada que se ejercen en nuestro país. Pero dado el subtitulo del libro Un modelo policial que protege al poder y no a los ciudadanos, creo que merece cuando menos atención. Un interés que debe alcanzar al lector tipo de este tipo de libros: personal de las fuerzas de seguridad y defensa y personas interesadas en estos temas. Pero también al tipo de lector habitual que pudiera tener la página del Instituto Juan de Mariana.

Servicio al poder, no a los ciudadanos

La tesis del libro es que el actual modelo policial español está pensado para servir al poder y no a la ciudadanía como parecería lógico. Por lo que apunta el libro, sería también el de otros modelos policiales próximos. Esto no sería de extrañar, pues tienen diseños parecidos, al menos en sus orígenes. Cualquier lector de estas páginas no se sorprenderá de lo que afirman los autores, pues la mayoría de los servicios públicos necesarios como el de policía están diseñados para ese fin. Y su prestación está monopolizada por los gobiernos.

Otro debate sería si deben o no los estados prestar este tipo de servicios. Pero esta claro que si son los gobiernos quienes los diseñan y hacen operativos, es muy probable que los organicen de acuerdo con lo que a ellos les interesa. O bien de acuerdo con lo que ellos consideren que es importante para la población. Atendamos al matiz de esta última afirmación. Pues aún cuando la clase política pensase en las necesidades del pueblo, algo que puede ser discutido pero que podríamos aceptar en principio, siempre será lo que ellos entienden que debe o puede querer la ciudadanía. No lo que ella realmente quiere.

Recordemos que una de las premisas de cualquier buen liberal o libertario es que estado y sociedad son colectivos distintos. Que tienen lógicas de funcionamiento e intereses distintos. Tampoco debemos olvidar que los policías comunes, incluyendo mandos intermedios no forman parte del estado. Forman parte de su aparato y trabajan para él como cualquier otro funcionario. Sólo de sus máximos jefes podemos predicar que lo conforman. 

El mal funcionamiento de los servicios públicos

El aparato del estado, policía, jueces, profesores, médicos o funcionarios de ventanilla, trabajan para quien domina el estado en cada momento. Y ello sea cual sea la orientación ideológica del mismo o la forma que este tenga. Siguen fielmente sus indicaciones, sea por el sueldo sea por el sentimiento de honor o de  lealtad. La asignación de tiempos y medios para la prestación de sus servicios son determinados por quienes integran el estado y se hace atendiendo a sus criterios e intereses, que es lo que los autores afirman.

No es la policía la única que padece este desinterés por parte de sus máximos dirigentes. Creo que podría predicarse, en mayor o menor medida, a la práctica totalidad de los servicios públicos, mal llamados sociales. Las quejas que se escuchan en el ámbito de la educación, la sanidad, el ejército o la atención social van casi todas, en mayor o menor grado, en la misma línea. Pero no están tan elaboradas como en este libro. Pero todos ellos piensan que lo que les pasa es algo que acontece sólo en su respectivo sector y no lo perciben como un rasgo esencial del propio sistema. Y eso que cada uno de ellos no es más que un caso particular del funcionamiento general de los servicios estatalizados.

Por desgracia la policía no es una excepción y digo desgracia porque se así fuese aún podría tener algún tipo de arreglo. Va en la lógica del sistema, concepto que ellos usan entiendo que en referencia al aparato de poder, que sea así, no es por tanto una disfunción específica. Lo que tiene de interesante es que describe muy bien  en su ámbito con numerosos ejemplos lo que a ellos le acontece. No abundan libros de este tipo y de ahí su interés.

Nuevas formas de delincuencia

Tiene interés también para el liberal-libertario la cuestión de la falta de adaptación de las policías contemporáneas a las nuevas formas de delincuencia. Se quejan, con razón, de que las bandas organizadas dedicadas al crimen cuentan con mejores medios para hacer sus fechorías que los policías para combatirlas. También destaca la evolución organizativa de estas bandas, cada vez más sofisticada.

Recuerdo haber leído que uno de los grupos delictivos y que más rápido han evolucionado en su desempeño es el de los tratantes de esclavos. Tratantes de “blancas” o de personas. Es una de las actividades criminales más antiguas de la humanidad. Ahora operan con todo tipo de artilugios técnicos y formas de pago tipo pay-pal. Conocen en cada momento las legislaciones de cada país, la dureza relativa de cada gobierno en relación a su actividad e incluso las ayudas sociales y otro tipo de protecciones con que cuenta su “sector”.

Nuestros autores no se refieren tanto a este sector como al del tráfico y transporte de droga desde el norte de África a los grandes centros de consumo. Esos centros están situados casi siempre en los países más desarrollados del viejo continente, y que disponen de mayor poder adquisitivo para adquirirlas. Pero aquí nos encontramos otra vez con un caso particular de una teoría más general.

El historiador y teórico militar israelí Martin van Creveld, escribió hace unos años un par de libros que hablan tanto de la transformación de la guerra (The transformation of war) como de las transformaciones del estado necesarias para afrontar las nuevas formas de delincuencia y crimen organizado (The rise and decline of the state).

Artículos que mencionan a Martin van Creveld

Los Estados-nación y la delincuencia

En ellos el autor afirma que los estados modernos están diseñados para la guerra, la vieja tesis de Charles Tilly de que el estado hace la guerra y la guerra hace el estado. Pero están diseñados para guerrear contra entidades semejantes a la suya; esto es, contra otros estados. Su tesis es que el estado no está diseñado para afrontar los nuevos desafíos de seguridad en forma de narcos, terrorismo en red, traficantes de personas o ciberdelincuencia.

Artículos que mencionan a Charles Tilly

Estos nuevos desafíos de seguridad, aparte de ser transnacionales, no tienen un territorio definido que se pueda ocupar o dominar policial o militarmente en la forma clásica. Dificultan mucho las labores de seguridad tradicionales. Tanto, que nuestro autor predice que los estados tendrán que cambiar su forma para poder garantizar su seguridad.

Vuelta a los modelos neomedievales

Recordemos que el estado nación actual es sólo una de las posibles formas de dominación posibles, y que ganó en concurrida lucha contra las ciudades-estado, las ligas o las formas imperiales medievales. Una vuelta a modelos neomedievales, con una mayor fragmentación política y una mayor flexibilidad, tendría una mejor respuesta al crimen. Las bandas de narcos, que también se describen en el libro, no son sólo una especificidad hispana. Se dan en muchos países europeos, sin que estos sean tampoco capaces de combatirlas con eficacia.

Sería más un defecto del propio estado-nación que de sus fuerzas policiales, que aunque estuviesen bien gestionadas y orientadas al servicio público seguirían  teniendo serios problemas para tratar con este tipo de bandas. Adolecen de un problema de diseño operativo. Están demasiado centralizadas a mi entender. Es más relevante ello que la calidad de los efectivos policiales.

La economía de la prohibición

El narco simplemente tiene más capacidad de adaptación. Cuenta no sólo con muchos recursos, buena parte derivados del efecto subvención a los precios del producto causados por la prohibición. Véase al respecto el excelente libro al respecto del economista austríaco Mark Thornton, The economics of prohibition. También cuentan con una estructura es más flexible y modular que la policial, más pensada para atender otro tipo de delincuencia.

Cualquier reforma en el modelo policial de prevención, que se considera la mejor respuesta, centrada en evitar que la gente consuma, sería mucho más efectiva que una reforma en el modelo operativo de represión. Esta última requiere cambios organizativos profundos y una descentralización radical de los cuerpos policiales, de modo que puedan adaptarse rápidamente sin grandes y engorrosos trámites administrativos. El narcotráfico es “empresarial”, en este caso para el mal. Y se adapta rápidamente a los cambios tecnológicos, contando con dimensiones adecuadas para su negocio. Las burocratizadas policías estatales no pueden imitar esto, al menos no a la misma velocidad con la que lo hace el crimen.

Un muy recomendable libro. Aparte de los comentarios aquí realizados, es una magnífica reflexión sobre los problemas de la prestación de servicios de seguridad en nuestro tiempo. Esperamos poder disfrutar de más escritos de los autores al respecto.

Ver también

El principio del fin de la Policía Nacional. (Fernando Parrilla).

Policía y sociedad: de ovejas, lobos y perros pastores. (Fernando Parrilla).

A vueltas con la policía judicial. (José Antonio Baonza Díaz).

La Policía a las órdenes de los titiriteros. (Daniel Rodríguez Herrera).

El principio del fin de la Policía Nacional

En España, la opinión pública tiene tres posiciones diferentes respecto a la institución de la policía: la ama, la odia o la acepta como un monopolio de la violencia más o menos neutral. Las dos primeras se basan en argumentos bastantes simplistas: el típico la policía nos protege frente a son los perros del sistema. Pero mantienen su popularidad por servir como señalización de pertenencia al grupo. A la derecha le gusta dorarle la píldora a la policía (parches y camisetas incluidos), mientras que en la izquierda siempre ha funcionado desconfiar o ser abiertamente hostil a esta institución.

Luego tenemos a los propios miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad (FCS), alrededor de 200.000 en activo en España, que son un grupo heterogéneo de personas, que en su conjunto pueden tender ideológicamente a la derecha y los que, por la naturaleza de su profesión, muestran un corporativismo bastante elevado.

Policía y Guardia Civil

En España tenemos dos grandes cuerpos estatales de policía: la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía (CNP). El primero tiene casi dos siglos de historia y sus funciones son principalmente de policía rural, mientras que el segundo es mucho más reciente (1986), pero desciende de otros cuerpos policiales nacionales cuya función siempre ha sido la seguridad en los núcleos urbanos.

Precisamente por encargarse de las ciudades, los diferentes cuerpos de policía nacional se han ido desgastando progresivamente y han tenido que cambiar de nombre muy a menudo. El CNP presume actualmente de tener 200 años de historia. En realidad, han sido dos siglos de ir cambiando el nombre y disgregando y fusionando cuerpos policiales para ir dejando atrás el lastre social que habían ido acarreando.

No es una crítica a la institución, es una simple realidad. Tenemos la historia que tenemos como país, y a los diferentes cuerpos policiales les ha tocado jugar su parte. Pero sería bueno no hacer cherry picking y aceptar que, si se quiere presumir de antigüedad, hay que apechugar con la herencia, y eso no se quiso hacer en su día.

Información sobre la policía

Aclarado esto, podemos definir al CNP como un cuerpo policial moderno, ligado al régimen del 78 y rediseñado en buena medida por el PSOE de las mayorías absolutas de Felipe González. Pese a ello, nunca ha gustado mucho en la parte zurda del espectro político. La calle siempre ha sido terreno de la izquierda. Así que es más que lógico que el CNP no fuera a ser su institución más querida, al ser su antagonista. El resto lo ha completado la estúpida fascinación por el lumpen del progresismo, más un par de bandas terroristas de extrema izquierda operando en democracia. Esta realidad ha confundido a mucha gente en la derecha. Con las consecuencias que vamos a ver más adelante.

Pero el conjunto de la población tampoco puede tener una visión muy objetiva del CNP. La información de esta institución llega por cuatro vías:

  • Su gabinete de información al que recurren todos los medios. Aquí se informa de lo que le interesa y de la forma que interesa (pseudodocumentales incluidos) a la institución. Pero es la preferida precisamente por eso.
  • Filtraciones de agentes anónimos a periodistas que cubren a las FCS. Se hace muy puntualmente y normalmente solo dan información que pueda hacer quedar mal a políticos y altos cargos del CNP. El corporativismo se encarga de que estas informaciones siempre vengan con las matizaciones necesarias que dejen claro en el CNP, y sus miembros, debe quedar libre de sospecha o crítica.
  • Conversaciones con amigos y familiares del CNP. Como en todas partes, quien de verdad sabe cómo funciona algo son sus insiders. Así que es la única forma de conocer las tripas de una institución. El alcance de esta vía de información es muy limitado.
  • Interactuar directamente con el CNP por tener un oficio dado (abogado, fiscal, etc.) o que tu actividad o círculo social te hagan estar en su punto de mira profesional.

Vivir con el monopolio de la violencia

Por lo tanto, la impresión que la población tiene sobre el CNP es limitada siempre y cuando no interactúen en su vida diaria con sus miembros. Y hasta 2020, eso pasaba cada diez años cuando nos tocaba ir a renovar el DNI. Pero ese año todo cambió. Con la pandemia pasamos de tener un CNP centrado en combatir el delito, a centrarse en controlar una serie de normas administrativas (y arbitrarias) que se aplicaban a toda la población. Y lo peor es que se mantuvo ese control durante demasiado tiempo.

Como explicamos hace poco, el monopolio de la violencia de un pequeño grupo es algo antinatural para el ser humano. Algo que ayuda a aceptarlo es tener unos límites claros y objetivos que una vez cumplidos te hacen invisible al radar policial, lo que implica que no vas a tener que pasar por el trago de ver tus acciones supervisadas o controladas por un agente armado. O, lo que es peor, verte bajo su custodia. De hecho, según nuestras sociedades han incrementado el control administrativo sobre la población, se han ido dotando de agentes no armados para hacerlas cumplir (agentes de movilidad, forestales, inspectores laborales, etc.), dejando al señor con pistola al cinto para aquellas situaciones que sí lo requieren.

Experimento con la pandemia

Pero el COVID fue algo repentino y se utilizó lo que había. Y lo que había eran las FCS. Así que el monopolio de la violencia se hizo mucho más presente para todos, y las consecuencias las estamos viviendo ahora mismo. Muchas personas no olvidan las cien veces que tuvieron que enseñar un salvoconducto para ir a trabajar, cuando le miraron el maletero por si llevaba sus pertenencias de una casa a otra, o cuando le llamaban la atención por llevar bajada la dichosa mascarilla. A esto hay que sumar el desastroso trabajo de los departamentos de comunicación de las FCS, publicitando intervenciones surrealistas con helicópteros para sancionar a un solitario bañista, o las persecuciones a runners por entrar, redoble de tambores, en un parque.

En este experimento social participaron todas las policías de occidente, y el CNP no tuvo un papel especialmente peor que el resto (o peor que la sociedad en su conjunto). Pero eso no lo va a librar de sus consecuencias. Uno de los síntomas de la infantilización de la sociedad actual es pensar que una vez superado una situación su huella desaparece. No hay nada más lejos de la realidad. Es el yo soy yo y mi circunstancia de Ortega. Y cualquier análisis de la sociedad actual que no tenga en cuenta lo ocurrido en la pandemia es incompleto.

Concentraciones en Ferraz

Así llegamos al pasado 6 de noviembre. Fecha que no se va a olvidar fácilmente en los próximos años. El día que a alguien de la Unidad de Intervención Policial (UIP) del CNP se le ocurrió usar gases lacrimógenos para disolver una concentración de protesta contra la sede del PSOE en Ferraz, donde la inmensa mayoría de asistentes no eran violentos.

Mucha gente, ya sea por ignorancia o por conveniencia política, no ha entendido bien este suceso. En España no existe precedente en los últimos 20 años (y han sido años muy movidos) donde se hayan tirado botes de lacrimógenos a la fila 40 de una concentración pacífica. Fue algo tan anormal que ninguno de los que sabemos cómo funciona la UIP dimos crédito al testimonio de los testigos durante los primeros minutos. El propio gobierno se ha quitado del medio de la decisión, y en este caso concreto me creo su versión de los hechos. Voy a explicar por qué.

Las concentraciones de Ferraz no comenzaron el día 6, sino tres días antes. Su convocatoria fue espontánea (todo lo que pueden ser este tipo de cosas) y a ellas acudieron un variopinto grupo de personas de derechas con el denominador común de estar muy enfadados con el PSOE. Este tipo de manifestaciones no le gustan a ningún grupo de antidisturbios por dos razones: sin organización no saben a qué atenerse, y al ser grupos heterogéneos donde lo que más abunda es gente enfadada, pero sin apenas capacidad de violencia, se entra en una zona gris donde la actuación es complicada.

Los eventos del 6 de noviembre

La situación se vio agravada por varias cosas:

  • La línea policial se situó absurdamente lejos de la sede del PSOE. En sintonía con la sobreprotección que el CNP da al gobierno (especialmente a Sánchez) desde 2018.
  • Las personas entendieron muy mal que el CNP, y especialmente la UIP, tuvieran una actitud tan hostil contra un grupo que, al fin y al cabo, estaban protestando contra la impunidad de personas que se enfrentaron a esa misma unidad de forma muy dura en 2017 y 2019.
  • La experiencia de la pandemia de muchos de los manifestantes les hizo ser mucho más hostiles de lo que ha sido nunca la derecha social con el CNP, cosa que claramente se ha digerido muy mal por sus integrantes.

Con este caldo de cultivo se llegó al día 6. Ese día la afluencia fue superior a lo habitual por el propio avance en las negociaciones entre PSOE y ERC/Junts, pero también influyó el aumento de la tensión con la UIP de los días previos (con algún post crítico de Ayuso en X).

Cómo se filtra la política en la policía

La influencia política en las FCS no se hace dando órdenes directas a los funcionarios, sino colocando en lo alto de la jerarquía a gente de confianza y dando a entender que se va a premiar la lealtad al gobierno. Esto se trasmite hacía abajo y al final tienen a muchos funcionarios que van a hacer méritos intentando meterse en los menores líos legales posibles. Pero es una zona gris peligrosa, y los juzgados en los últimos años pueden dar buena cuenta de ello.

Teniendo claro esta forma de actuar, la manifestación del día 6 era un objetivo muy apetitoso para unos comisarios que tienen por delante cuatro años más del PSOE en la Moncloa. Además, aunque hubiera algún apoyo tímido del PP a los manifestantes, al no tener una estructura social y política clara, la amenaza de consecuencias legales por emplear exceso de dureza no estaba demasiado presente.

Ahí nace la decisión de emplear un medio tan contundente con el gas lacrimógeno contra los manifestantes. Y ese momento, con una acción tan sencilla como apretar el gatillo de una escopeta, cambiaron muchas cosas que tienen difícil vuelta atrás.

Desafección de la derecha

Para centrarnos solo en lo que nos toca: se ha roto el apoyo incondicional de la derecha social al CNP. Yo estuve en Cibeles el día 18 de noviembre y cuando, de forma muy torpe, los organizadores pidieron un aplauso para la UIP (después de proyectar un vídeo sobre los disturbios del independentismo), lo que se oyó fue un fuerte enfrentamiento entre una minoría que seguía el relato y una mayoría que pensaba que le estaban tomando el pelo. Minutos más tarde, una parte de esa gente estaba cortando una autovía camino de la Moncloa. Creo que es muestra suficiente de que estamos en un escenario desconocido hasta ahora en la derecha social española.

Ignorar esto es un factor que ha jugado un papel nefasto en todo lo que rodea a la actuación policial en Ferraz. La ilusión de que el PP y su entorno intelectual pueden seguir pastoreando a la derecha como si las redes sociales no existieran. Actuar como si subiendo el volumen de los altavoces en las manifestaciones fuera suficiente para controlar la situación.

Una hostilidad real

Toda la actuación de la UIP desde ese día parece que nace de esa premisa errónea. Una vez se superó la resaca post día 6, y los pocos grupos ultras se fueron retirando, la UIP ha seguido una táctica muy sencilla: intimidar a los manifestantes aprovechando que los medios tradicionales estaban de su lado, e ignorando la repercusión de la difusión de su comportamiento por redes sociales. Gracias a ello llevamos camino de cuarenta días de protestas.

Las excusas para rechazar el fenómeno Ferraz, a las que torpemente se han unido los sindicatos policiales, han ido virando a cosas cada vez más absurdas. Desde la legitimidad de no tolerar lanzamiento de objetos a los agentes, hemos terminado hablando de permisos administrativos a la hora de rezar un Rosario en las escaleras de una Iglesia. Como a veces es difícil juzgar algo desde casa, pese a que las redes sociales cada vez lo hacen más fácil, he ido en persona varias veces a Ferraz y puedo asegurar que la hostilidad entre la policía y los manifestantes es algo real y palpable. Lo que era totalmente impensable hace unos años.

“Nacional”

Yo mismo he sido embolsado por la UIP mientras circulaba por la acera sin haber sobrepasado ningún horario límite o haber sido advertido. No lo dramatizo, son cosas que pueden pasar en este tipo de manifestación, pero desde luego no es algo habitual. Aunque lo que más llama la atención es la mirada de hostilidad de unos y otros en esos escenarios. Eso no nace de ninguna orden política, ni se va a evaporar por arte de magia, aunque las cosas se calmen (lo que es improbable).

Dicho todo esto, el CNP no se va a ver debilitado a corto plazo porque la gente a la derecha del PP empiece a aborrecer al cuerpo. Hasta es posible que el efecto sea el contrario. Es este cortoplacismo el que está impidiendo ver a sus integrantes lo que se acaba de desencadenar. Y es que la ene de CNP es por nacional. No quedan muchas instituciones estatales en España que lleven ya esa denominación. Por ejemplo, todos recordamos aún que la actual AEMET antes se llamaba Instituto Nacional de Meteorología (INM). El PSOE ha apostado claramente porque seamos un estado multinacional, donde la nacionalidad española, que debería incluir al resto, en la práctica no lo hace.

¿Una mutación de la Policía?

Así que todo indica que vamos a ver una mutación del CNP a una policía estatal que opera plenamente en Madrid, pero no lo hace en Cataluña, y que está claramente al servicio del actual gobierno en su plan de penalizar a los territorios que no votan PSOE. Y eso va a crear muchos problemas sociales, en vez de resolverlos. A esto hay que sumar el incremento de la inseguridad que estamos viviendo, y que va a terminar poniendo este asunto como algo central en el debate político en muy pocos años.

En un escenario así, hasta un partido como el PP va a sumar dos más dos y van a empezar a reclamar sus propias policías autonómicas (va a ser curioso ver cómo digiere VOX esto). No va a ser mañana, ni el año que viene, pero la cadena de eventos que van a llevar a esa situación solo tenía como freno el vínculo entre la derecha y el CNP, y al romperse todo ha empezado a rodar.

Descentralización

En algunos aspectos creo que es una buena noticia. Por ejemplo, Madrid tiene una población urbana (entre capital y zona metropolitana) de 7 millones. Es totalmente ineficiente que no tenga un cuerpo policial propio que esté adaptado a su realidad. Mantener a los cuerpos policiales lo más locales posible no es una panacea, pero sí limita su impacto en nuestra libertad, y permite fiscalizar mejor su funcionamiento por parte de los ciudadanos que están bajo su autoridad.

Además, el CNP tiene demasiadas funciones solapadas con la Guardia Civil. Por no decir claramente que se las lleva usurpando desde hace décadas. Y también podemos mencionar aquellas que son incomprensibles, como la gestión de los DNI y pasaportes. (Debería depender de funcionarios del Ministerio del Interior y dar el servicio desde todas las dependencias públicas disponibles como se hace con los certificados de la FNMT). O la seguridad de las embajadas, responsabilidad del Ministerio de exteriores y Fuerzas Armadas.

El problema es que este cambio no va a proceder de la lógica que estoy intentando plasmar aquí. Va a venir por un choque de trenes institucional. Y en estos eventos las cosas no son lógicas ni lineales. Pero entre tanta confusión, es bueno dejar negro sobre blanco lo que está pasando. Si finalmente el CNP desaparece en unos lustros, podremos ponerle fecha al evento que inició todo el proceso. Incluso, es posible llegar a ponerle nombre al funcionario que apretó el gatillo que hizo que el primer bote de gas lacrimógeno cayera entre la gente. No todos los días destruyes una institución estatal de 70 mil agentes y “200 años de historia” moviendo un dedo.

Ver también

Estado: ¿monopolio o gestión de la defensa común? (Francisco Capella).

Policía y sociedad: de ovejas, lobos y perros pastores. (Fernando Parrilla).

‘Quis custodiet ipsos custodies? (José Antonio Baona Díaz).

Policía y sociedad: de ovejas, lobos, y perros pastores

Vamos a analizar cuatro historias que han sido de actualidad este último mes. La primera historia comenzó el 24 de febrero de 2018. Esa noche dos asaltantes (con otros dos cómplices esperando fuera) asaltaron una finca aislada en Palma de Mallorca. Amenazaron a los propietarios (un matrimonio de ancianos) para acceder a la caja fuerte, y en algún punto en el transcurso de su asalto, uno de ellos resultó muerto por un disparo de escopeta del propietario. El resto consiguió huir, no sin dejar heridos por diversos traumatismos a los propietarios de la finca.

Asalto y muerte

Primero, tengo que reconocer que pese a estar bien informado sobre estos temas, no supe de esta historia hasta que empezó el juicio el pasado mes de septiembre. La prensa lo cubrió superficialmente en febrero de 2018, resaltando siempre que el muerto era un ladrón, y lo metió en un cajón hasta septiembre de 2023. Es lo que se hace con cualquier crónica de sucesos. Se informa de lo que ha pasado sucintamente, para años más tarde, si se tercia, volver a informar del resultado del juicio.

Segundo, hay delitos que precisan de años de investigación y cuyos juicios son muy complicados. No era el caso que nos ocupa. Cuatro delincuentes comunes asaltan la casa de dos personas mayores ante la información de que guardaban dinero en efectivo de un negocio del que se acababan de retirar. Durante el asalto suceden unos hechos de los que las pruebas y testimonios de las partes fijan desde un principio lo fundamental: el dueño dispara durante el asalto a uno de los asaltantes, que, por el simple hecho de persistir en su asalto, estaba amenazando su vida. Es algo que un sistema de justicia normal podría haber juzgado en un año, dos a lo sumo.

Homicidio en la autodefensa

Tercero, la Guardia Civil no solo no centra su investigación en los asaltantes y la violencia que ejercieron sobre dos personas mayores, sino que lleva su ciencia policial al extremo para determinar qué golpes recibió el propietario de la finca antes y después de disparar a uno de los asaltantes. De hecho, determina que la mayoría de los golpes los recibe después de disparar (solo les falta añadir que en justa venganza). Cuarto, pese a ser un caso que iba a ser juzgado por un jurado popular, y el propietario de la finca podría contar con la simpatía de una parte importante de la sociedad, alguien (¿su abogado?) decide no hacer ruido y dejar que el rodillo de nuestro sistema pase tranquilamente por encima de este señor.

Y quinto, finalmente la fiscal acusa al propietario de homicidio sin eximente completa de defensa propia porque, como ya sabemos, no hay forma humana de que un civil dispare un arma de fuego sin ser condenado. Y sí, el jurado popular lo condena. Lo hace de forma tan surrealista como el resto del proceso, ya que solo hay un voto de diferencia entre los que condenan y los que absuelven, algo que por lo que dicen los expertos va a provocar un juicio nulo y que un pobre señor, que ya superar los ochenta años de edad, tenga que volver a someterse a la maquinaria judicial. Más allá de lo humano, el caso es el ejemplo perfecto de que este tipo de situaciones no tienen un culpable. Tienen muchos, y están en todas las capas que intervienen.

Fatal llamada de auxilio

La segunda historia tuvo lugar en Madrid en 2021. Una mujer llama a emergencias porque su hijo está agresivo y les amenaza con un cuchillo. Los policías intentan lidiar con él utilizando un escudo y sus defensas, pero se ven sobrepasados y finalmente le disparan entre tres agentes causándole la muerte. Sorprendentemente, el juez de instrucción decide que se celebre el juicio al no poder determinar que existía una eximente completa de defensa propia. El juicio comenzó el mes pasado y el titular de los medios (especialmente de eldiario.es) destacan que el muerto recibió diecinueve disparos de los agentes. En este caso, por fortuna, la fiscal sí ve eximente completa de legítima defensa y se espera que el jurado lo vea de la misma manera. Por contra, la madre del fallecido, cuya llamada comenzó toda esta historia, solicita a través de su abogado que los agentes sean condenados.

Sobre el funcionamiento de la justicia hay dos formas de ver este caso. La primera es asombrarse porque a unos policías, que acuden a una llamada de auxilio, se les pueda atacar con un cuchillo sin que eso les exima de ir a juicio por defender su vida. La segunda es preguntarse qué clase de magia opera en la justicia española para que este caso se pueda juzgar en menos de dos años, y la fiscalía entienda que hay eximente completa de legítima defensa cuando varios policías defienden su vida frente a un solo agresor, cuando no lo hace cuando es un septuagenario el que está siendo asaltado en un domicilio aislado por varios asaltantes.

Se reconoce el derecho a la autodefensa de los policías

Por otro lado, aquí opera el desconocimiento (reforzado por algo de ideología anti-policía importada de EEUU) sobre cómo son los enfrentamientos violentos con armas de fuego. Diecinueve disparos pueden parecer muchos para alguien que no haya visto un tiroteo en su vida, pero no lo son. Y vivimos en una época en la que si se quiere tener experiencia en tiroteos no hace falta alistarse como voluntario en Ucrania, solo hace falta una conexión a internet y muchas horas libres para ver los miles de vídeos de estos hechos que existen. Escuchar o leer a gente que haya experimentado en sus carnes situaciones así tampoco es difícil. Pero a una parte ilustrada de nuestra sociedad le parece muy desagradable este tipo de visualizaciones, y prefieren seguir profiriendo sandeces desde su púlpito moral cada vez que un caso mediático aparece.

Y, por último, en una sociedad abierta como la española hay de todo. Es algo que hay que asumir como coste por los beneficios que disfrutamos. Pero las leyes deben penalizar aquellos comportamientos antisociales que dificultan la convivencia pacífica entre los ciudadanos, o al menos no fomentarlos. Que una señora llame a la policía para pedir ayuda porque su propio hijo la amenaza con un cuchillo y luego el sistema la incentive a denunciar a estos policías por haber defendido su vida (y la de la señora) es delirante.

Resistencia ante la autoridad

La tercera historia tuvo lugar hace unas semanas. Un inmigrante africano fue reprendido por el personal de seguridad de Adif en Barcelona. Ante tu actitud agresiva le intentaron reducir, lo que finalmente no fue posible por la obstrucción de los propios usuarios de la estación y finalmente, por un sujeto que parece que se identifica como policía y ordena soltar al inmigrante. Los medios de comunicación publican el video resaltando que se produce una agresión racista del personal de seguridad y Adif pide retirar a los trabajadores del servicio.

Curiosamente, pocos días antes de este hecho, se publicó en las redes sociales un video de la estación de autobuses de Zaragoza donde varios policías nacionales reducen a un sujeto joven de raza negra de forma bastante aparatosa, mientras varios usuarios de la estación intentan dificultar la detención. La principal diferencia entre ambos videos es que en Zaragoza las personas que afean a los policías su acción no consiguen su objetivo. La prensa no tituló la noticia como una agresión racista. De hecho, ni siquiera la tituló como agresión de ningún tipo.

La autoridad de la Policía

Estamos ante un caso bastante claro de que lo que la sociedad le permite a la policía no se lo permite a trabajadores de seguridad, pese a que dentro del recinto donde trabajan están habilitados para detener (hasta la llegada de la policía) a cualquiera. O, dicho de otra forma, la sociedad no permite a unos trabajadores realizar las funciones que la ley sí les habilita a hacer, dejando su trabajo en una zona gris absurda.

A día de hoy no he conseguido acceder a la versión de los hechos de los trabajadores de seguridad. Las asociaciones del gremio viven con síndrome de Estocolmo, algo que opera en todos los profesionales que trabajan bajo la supervisión de los Cuerpos de Seguridad del Estado, y prefieren pasar página sin más.

Estas tres historias vienen a describir el estado social en el que estamos inmersos respecto a la violencia y la capacidad que tres tipos de ciudadanos tiene para enfrentarse a ella: ciudadanos en su propia morada, personal de seguridad privada en su recinto de trabajo y policías en su respuesta a una emergencia.

Samuel Vázquez

Sobre este tema, Samuel Vázquez es la persona que más está haciendo para denunciar la deriva social en la que estamos entrando. Samuel es un policía nacional que ha ganado notoriedad denunciando tanto en el Congreso de los diputados, como en la Asamblea de Madrid los problemas de la actual organización de las FCSE ante la criminalidad actual. En su libro Don’t fuck the police, escrito conjuntamente con un exguardia civil, desarrollan esta crítica de forma más extensa. Esta actividad intelectual que ejerce fuera de servicio le ha llevado a estar expedientado, y seguramente le impida seguir ejerciendo su profesión.

Solo por eso vale la pena leer a Samuel, ya que no abundan las personas que sacrifican su carrera profesional por transmitir lo que ellos creen que es lo correcto.

Una vez dicho esto, algunas ideas que transmite su libro son muy matizables y a veces simplistas en exceso. Es un tópico, que no por ello deja de ser cierto, que para un martillo todo es un clavo. Y en mis conversaciones con miembros de las FCSE ya había notado que nos ven a todos con forma de clavo. El caso de Samuel no es una excepción, aunque se agradece que el corporativismo lo limite a sus compañeros operativos, y no a toda la organización policial, que es lo que suele ser habitual.

Lobos y ovejas

Pese a todo, hay una parte de su visión que me parece especialmente errónea, y que queda reflejada en este extracto de su libro:

Por un lado, están los que no tienen capacidad para la violencia, ciudadanos normales que viven su vida sin interferir en la del prójimo; esos son las ovejas. Por otro están los que sí tienen capacidad para la violencia y ninguna empatía con el resto de seres humanos; esos son los lobos. Por último, están los que sí tienen capacidad para la violencia y a su vez sienten una tremenda empatía por sus semejantes; eso son los perros pastores, los policías.

Lo curioso y paradójico es que desde el punto de vista de las ovejas, no es el lobo sino el perro pastor el que representa el peligro, porque este, en su afán protector, no hace otra cosa que ladrarles y morderlas para que obedezcan. Lo hace por el bien del rebaño, sí, pero eso la oveja lo desconoce porque, si aparece el lobo y el perro pastor consigue ahuyentarlo, la oveja no llega a percibir la sensación de peligro. Si la suerte cambia de bando, la opinión de la oveja ya no contará porque estará en el estómago del lobo

No es una forma de ver el mundo que me sea desconocida. De hecho, es muy popular entre cierta derecha amante de los parches y pulseras de las FCSE. Y es una visión muy estúpida.

Pastor, no guardián

Antes de nada, voy a hacer un pequeño inciso que no trata sobre lo más importante, pero sí es interesante aclarar. En la ganadería extensiva se usan dos tipos de perros de trabajo. Los pastores y los guardianes. Los perros pastores se crían con los seres humanos, y se les adiestra para acechar al ganado de tal forma que puedan dirigirlo a voluntad del pastor. No permanecen con el ganado una vez que han terminado su trabajo, y su función no es defender a este de ataques. Los segundos, se crían desde cachorros con el ganado para impregnar en ellos una pertenencia al rebaño. Con esto se consigue que permanezcan siempre a su lado, y que les defiendan de cualquier agresión.

Si quisiéramos utilizar la metáfora de los perros y las ovejas (lo que no es recomendable), sería bueno escoger al tipo de perro correcto. Porque de escoger al perro pastor en vez del al perro guardián, lo que se está diciendo es que la policía es aquella que lleva a los ciudadanos por donde el poder quiere, y luego se va a casa a dormir caliente mientras los lobos atacan por la noche.

Una vez aclarado esto, vamos a lo importante: los seres humanos no tienen categorías naturales (más allá de las diferencias por género) respecto a su rol en la defensa de su vida y propiedad. Todos los seres humanos son perfectamente capaces de ejercer la violencia. De hecho, es la cultura la que tiene que atenuar esta capacidad para hacer posible la vida en sociedad. Lo que se lleva al extremo cuando hablamos de sociedad abiertas.

La Policía siempre tiene la razón

Y ahí nace el monopolio de la violencia (Samuel lo llama monopolio de la fuerza porque los eufemismos son parte de ese enorme esfuerzo que nuestro sistema tiene que hacer para que la sociedad acepte una situación que nos es naturalmente anómala).

Si no se entiende esto, difícilmente se puede diagnosticar los problemas que estamos viviendo, ya no digamos proponer soluciones. En las tres historias de las que hemos hablado no existen lobos, ovejas y perros pastores. Existen personas honradas forzadas a emplear la violencia y una sociedad que en su conjunto les penaliza por ello.

A Samuel le gustaría una sociedad que asuma (ante ausencia de evidencia contraria) que si la policía ha disparado veinte veces a un sujeto que amenazó a su propia madre es porque había que hacerlo. A mí me gustaría una sociedad donde si avisas a la policía de que has disparado a un asaltante a las tres de la noche el operador del 091 no te abroncara y te pidiera que vayas a ver si se encuentra bien. Seguramente nosotros podríamos llegar a un acuerdo para que estas dos cosas fueran así, pero hay otros 47 millones de habitantes con voz y voto, y muchos de ellos consideran que nuestras posturas son propias de radicales.

La cuestión de la legitimidad de la violencia

De esto hay dos culpables:

La ideología que niega la naturaleza humana por sistema y cuyas élites consiguen poder con la máxima de contra peor, mejor para ellos. En esta parte estamos de acuerdo, así que no voy a incidir en ella.

El segundo culpable es más complejo de ver: el monopolio de la violencia del Estado ha llevado a una sociedad donde lo que provoca rechazo es el empleo de la violencia en sí, no la legitimidad de la misma.

La prueba de esto es que los propios policías como Samuel se toman muy en serio que cada vez que un compañero mata a una persona, se evite el verbo matar, y se utilice en su lugar neutralizar. La policía no mata, la policía neutraliza. Tecnicismos profesionales aparte, a provocar lesiones a un ser vivo que pongan fin a su vida se le llama matar, lo haga alguien con placa policial o sin ella. Pero como la sociedad no asume que se pueda matar, ni siquiera en los casos en los es evidente que era la única opción, hay que inventarse una nueva palabra que solo camufla lo evidente.

Seguridad a cambio de libertad

Es un atajo que no lleva a ninguna parte. De hecho, empeora la situación, al aislar a la sociedad aún más de la realidad. Pero se usa, porque si estás dentro de una lucha con un periodismo activista que tiende a manipular titulares, la vía fácil siempre es muy tentadora.

Y en esa vía fácil está recurrir a la solución de más policía o policía más fuerte y mejor organizada como panacea a nuestros males. Y sí, seguramente cuando nuestra sociedad sea expuesta a dosis más altas de violencia (y lo va a ser, ahí Samuel tiene toda la razón) caminaremos por ese camino, aunque seguramente no de la forma que nos gustaría.

Las FCSE tendrán más poder, el ciudadano común tendrá aún menos. Compraremos seguridad con libertad, pero seguirán ahí las ideas estúpidas y el dogma de suprimir por completo la violencia que todos tenemos dentro (convertirnos en ovejas), en vez de encauzarla en la dirección correcta con reglas claras y que todos compartamos (apostar por la civilización). Y eso no hay martillo que lo solucione. Porque no todo es un clavo.

Ver también

Quis custodiest ipsos custodies? (José Antonio Baonza Díaz).

Defensa propia sí, pero constitucional y moderada (Fernando Parrilla).