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Etiqueta: Política monetaria

Teoría fiscal del nivel de precios (V): formación del equilibrio

En las pasadas cinco entregas de esta serie de artículos, hemos expuesto brevemente los elementos clave de la Teoría Fiscal del Nivel de Precios (FTPL, por sus siglas en inglés). Siguiendo a Cochrane (2023), comenzamos con un análisis general, fundamentado en un modelo con únicamente dos períodos. Tras pasar de este modelo a uno intertemporal, conseguimos un modelo más realista y, por ende, más capaz de explicar la influencia de la política fiscal en el nivel de precios. Finalmente, en el último artículo explicamos qué tipo de regímenes fiscales pueden ser explicados mediante la FTPL y si la evidencia empírica respalda las tesis de esta teoría.

Sin embargo, toda teoría monetaria que se precie debe exhibir una comprensión sistemática de los mecanismos de trasmisión entre las variables sobre las que se argumenta una relación de causalidad –en el caso de la FTPL, entre los superávits primarios esperados y descontados y el nivel de precios. Puesto que ya sabemos que la política fiscal afecta al equilibrio monetario en un patrón fiat, el presente artículo se dedicará a explicar los procesos económicos que respaldan esta afirmación. Como en los pasados artículos, comenzaremos con el modelo intertemporal:

Superávits presentes y nivel de precios

Lo que este modelo trata de explicar es que, si existe relativamente demasiada oferta de deuda pública sobre las expectativas de superávits –recordemos, los flujos de caja con los que el Estado termina repagando esa deuda–, esto tenderá a incrementar, ceteris paribus, el nivel de precios. La primera crítica que se le suele hacer a esta afirmación es que, si observamos las series temporales, no se observa una correlación significativa entre los superávits primarios y el nivel de precios. Obsérvese que, en Estados Unidos, entre los años 2000 y 2024, la tasa de inflación subyacente no respondió sistemáticamente a los déficits primarios, excepto con el estímulo fiscal del año 2020.

La realidad es que no es el déficit o el superávit presente, sino las expectativas de estos en el futuro, lo que afecta al nivel de precios. En el modelo intertemporal, el nivel de precios se incrementa si, a igual cantidad de deuda pública en la economía, caen las expectativas de superávits. Esto no implica, empero, que los estímulos fiscales no respaldados por una promesa futura de superávits no vayan a generar inflación. Más bien, el equívoco radica en la pretensión de hallar una relación directa entre los superávits presentes y la tasa de inflación. Por eso, intentar desacreditar a la FTPL poniendo en series temporales los superávits primarios y la tasa de inflación es una crítica errónea al no tener en cuenta el elemento clave al analizar todo activo financiero –las expectativas de flujos de caja.

El modelo intertemporal como condición de equilibrio

La segunda crítica apela al modelo intertemporal como una restricción presupuestaria y no como una condición de equilibrio. En la Ciencia Económica, definimos el primer término como todas las combinaciones de bienes y servicios que un agente económico puede adquirir en función de sus ingresos y precios actuales. Según esta crítica, toda la FTPL estaría basada en interpretar erróneamente una restricción presupuestaria intertemporal como una condición de equilibrio. Debido a esto, entender la determinación del nivel de precios en base a un modelo cuyas variables han de satisfacerse por definición constituiría un grave error. Buiter (1999) es el ejemplo más representativo de esta crítica.

Sin embargo, tal y como explica Cochrane (2005), el modelo intertemporal es una ecuación de valoración de un activo financiero. En el primer artículo ya comparamos la moneda fiat –un pasivo del Estado que da derecho a saldar deudas tributarias con este– con una acción, que es un pasivo de una empresa que da derecho a recibir dividendos en el futuro. Tal y como sucede con las expansiones de capital sin respaldo aparente en dividendos esperados, una empresa puede duplicar el número de acciones asumiendo que el precio de estas acciones se va a reducir a la mitad. Este mismo razonamiento se aplica a la emisión adicional de deuda estatal sin un aumento de los superávits esperados. En lugar de una reducción del precio de la moneda fiat, nos encontraremos ante un incremento del nivel de precios –en cuyo caso hablaríamos de una reducción del valor de la moneda fiat.

Este razonamiento nos ayuda a entender por qué el modelo intertemporal es, como hemos dicho, una ecuación de valoración de la deuda pública y, como veremos después, también de la moneda fiat. Si retomamos nuestra definición inicial de “restricción presupuestaria”, dábamos por hecho unos precios de mercado en función de los cuales cada agente podía ver las combinaciones de bienes que puede adquirir. Si en una economía solo existen manzanas m a precio de cinco onzasy plátanos p a precio de tres, y este agente tiene un ingreso de 100, su restricción presupuestaria sería 100=5m+3p. Así como esta ecuación es una restricción presupuestaria para las empresas y familias por asumir los precios de mercado –o de equilibrio– existentes, una restricción presupuestaria para el Estado debería asumir un nivel de precios dado exógeno.

¡Pero eso es lo que no queremos hacer si pretendemos construir un modelo de determinación del nivel de precios! Que las familias no puedan afectar a los precios de las mercancías que adquieren no significa que el Estado no pueda afectar al nivel de precios, ya que este emite el dinero que actúa como unidad de cuenta en la mayoría de las economías contemporáneas: la moneda fiat. La restricción presupuestaria para el Estado es más laxa que para las familias y empresas, al tener la capacidad de emitir un pasivo generalmente aceptado por la población. Así las cosas, un ejemplo de restricción presupuestaria para el Estado sería:

Tal y como muestra esta simple restricción presupuestaria, el gasto (G), las transferencias (Tr) y los intereses (i) de la deuda del Estado (B) ha de ser necesariamente pagado mediante impuestos (Tax por su expresión anglosajona), nueva emisión de deuda o emisión monetaria (M). Mientras que esta restricción presupuestaria debe regirse en cada momento para evitar el default, la virtud del modelo intertemporal es su capacidad de explicar episodios de desequilibrio monetario, esto es, episodios donde la oferta y demanda de dinero no se encuentran coordinadas. En definitiva, son dos ecuaciones que pretenden explicar condiciones radicalmente diferentes.

Habiendo hecho las debidas aclaraciones, veamos cómo las expectativas de superávits acaban afectando al nivel de precios. Primero, exploraremos qué variables pueden afectar al nivel de precios a través de la ecuación cuantitativa, para luego entender cómo las expectativas de superávits influyen en estas variables.

Recopilación: el valor de la moneda fiat

El valor de la moneda fiat –recordemos que este era la inversa del nivel de precios 1/P– puede cambiar por dos motivos: en primer lugar, por un cambio en el flujo de gasto nominal y, en segundo, por un cambio en el flujo de mercancías dentro de una economía. En la ecuación cuantitativa, la oferta monetaria M –definida por un agregado monetario amplio a pesar de que el Estado solo controla la base monetaria de forma directa–multiplicada por su velocidad de circulación V sería el gasto nominal. En segundo lugar, el Producto Interior Bruto (PIB) real Q será tomado como una variable exógena en esta explicación, ya que su evolución no es una decisión política directa ni del Tesoro ni del banco central:

En otras palabras, lo que procederé a explicar es cómo las superávits esperados y descontados afectan tanto a la cantidad de dinero como a la demanda para atesorar este dinero, que no sería más que la inversa de su velocidad de circulación –cuanto más circula el dinero, menor es el atesoramiento de moneda fiat por parte de los agentes económicos.

Menor demanda monetaria y mayor demanda agregada

Siempre que tratamos con activos financieros que actúan como dinero, como es el caso que nos ocupa, es necesario asumir que las expectativas van a jugar un papel esencial en la determinación de su valor. Mientras que la utilidad futura esperada es un factor fundamental en todo intercambio –mayor cuanto más durable es el bien intercambiado–, a un activo financiero se le añade la expectativa de repago del emisor, junto a la calidad esperada de este activo en el futuro. ¿Y qué factor fundamental determina la calidad de la moneda fiat? Los superávits esperados.  

Por esta razón, a menores superávits esperados, es de esperar que los agentes económicos se deshagan marginalmente de mayores unidades de pasivos estatales, tanto de deuda pública como de moneda fiat. Esto, en última instancia, incrementa la demanda agregada y empuja los precios al alza. De esta manera, podemos incluir a la moneda fiat dentro de los pasivos estatales del modelo intertemporal, ya que los agentes económicos la atesoran por motivos de transacción, precaución y especulación (Keynes, 1930). Es decir, que los agentes no consumen todos sus ingresos en el período en el que los reciben, sino que atesoran un remanente con posibles usos futuros que debemos incluir en la oferta de pasivos estatales en cualquier período:

Ahora bien, ¿qué tipo de eventos pueden conducir a estos “shocks” en la velocidad de circulación? En primer lugar, las reformas fiscales que perpetúan o incrementan los déficits tienden a sembrar un repudio generalizado hacia la moneda fiat. Al fin y al cabo, la cantidad de moneda fiat que un agente económico desea mantener a lo largo del tiempo depende de los ingresos reales, de las expectativas y de las tasas de retorno de otros activos de la economía y de los tipos de interés, tal y como muestra la siguiente función (Friedman, 1956). Los agentes económicos deciden la cantidad de moneda fiat en sus saldos de tesorería también con relación a diferentes activos reales y financieros de la economía. Por eso, tras un deterioro de la calidad de la moneda fiat por mayores déficits esperados, los agentes económicos tenderán a desatesorar moneda fiat adquiriendo otros activos financieros o reales.

Cabe otra posibilidad, empero, en la que los agentes económicos adquieren bienes de consumo. El mecanismo es análogo: cuanto más cuestionada está la solvencia estructural del Estado, mayor será la disposición de los agentes económicos a deshacerse de moneda fiat y atesorar otros activos en su lugar. No obstante, para que esto sucediera, necesariamente debería violarse la equivalencia ricardiana (Barro, 1974), en base a la cual el patrón fiscal del Estado no tiene efecto en el consumo, al asumir los agentes económicos que menores impuestos en el presente conllevarán mayores impuestos futuros, asumiendo un gasto público dado.

En otras palabras, lo que explica la equivalencia ricardiana es que 1) los agentes internalizan la restricción presupuestaria del gobierno a la hora de formar sus expectativas; y 2) los bonos del Tesoro no son riqueza neta, de manera que no tienen efecto alguno en la demanda agregada. De lo contrario, Barro señala que “the fiscal effects involving changes in the relative amounts of tax and debt finance for a given level of public expenditure would have no effect on aggregate demand, interest rates, and capital formation” (Ibidem).

Y esto es precisamente lo que propone la FTPL: los cambios en la política fiscal actúan sobre los patrones de consumo de los agentes y sobre la economía en su totalidad, siempre y cuando el valor real de la deuda pública no se mantenga constante (Cochrane, 2023). De suceder esto, la equivalencia ricardiana se mantiene: existen expectativas de que déficits presentes se compensarán con superávits futuros, y no hay efecto alguno sobre el consumo. En contraposición, cuando el valor real de la deuda cae en respuesta a unos mayores déficits, verbigracia, significa que descienden los superávits esperados y, ceteris paribus, obtenemos inflación. Aplicado a las finanzas públicas, esto se puede plasmar en que ese déficit se repaga, pero durante un mayor período de tiempo. Adicionalmente, la modificación del flujo de superávits esperados es una posible violación de la equivalencia ricardiana, entre otras, como la incertidumbre o la problemática de la distribución intergeneracional (Elmendorf y Mankiw, 1999).

En segundo lugar, si existe relativamente más deuda pública respecto a los superávits esperados, la calidad de esta tenderá a reducirse. Este fenómeno sería análogo al “share split” de una empresa (Cochrane, 2023): ampliar la oferta de acciones sin aumentar paralelamente los flujos de caja esperados. Hasta ahora, nada que no hayamos reconocido previamente. Sin embargo, tal y como muestra la siguiente figura procedente de la Reserva Federal, una gran parte de los activos de este banco central son deuda pública. Si la calidad de la deuda pública se deteriora por las razones ya mencionadas, también lo harán los pasivos que emplean a esta deuda como colateral, es decir, la moneda fiat. En definitiva, el valor fundamental de la moneda fiat deriva de su colateral, y si este pierde valor, la utilidad marginal de la unidad monetaria –y, por ende, su demanda– decrecerá.

Mayor descuento de los flujos de caja

Por último, el factor estocástico de descuento que se le aplica a la moneda fiat también tiene importantes implicaciones inflacionarias. A lo largo de este artículo hemos supuesto que la tasa de descuento que se le aplica al flujo de superávits esperados es constante, siendo el cambio en estos últimos lo que determinaría el nivel de precios junto con la política monetaria. Pero también se ha de tener en cuenta que la variación en flujo de superávits esperados y descontados puede venir, precisamente, por un cambio en el factor estocástico de descuento. Así las cosas, podemos dividirlo en dos componentes:

  1. La tasa subjetiva de descuento, designada por beta. Esta variable determina el descuento por el tiempo y riesgo percibido por el acreedor. En este sentido, cambios estructurales en los superávits primarios o en la cantidad de deuda pública, entre otros factores, pueden alterar esta tasa subjetiva de descuento. Cuanta más cercana esté beta a 0, mayor será el descuento aplicado a los superávits esperados
  2. La preferencia temporal, expresada mediante la ratio de utilidades marginales entre consumir en el futuro y consumir hoy. Cuanta mayor sea la propensión marginal al consumo en t, menor será el factor estocástico de descuento.

Cuanto menor es el factor estocástico de descuento, más probable es que se deprecie la moneda fiat, al necesitar de más flujos de caja para estabilizar su valor, a igualdad de condiciones. En ausencia de “shocks”, la propensión marginal al consumo no tiende a variar, mientras que la tasa subjetiva de descuento responde considerablemente a las expectativas de inflación, de crecimiento económico y de superávits futuros. El indicador que se suele utilizar desde la FTPL para analizar el factor estocástico de descuento es el retorno de los bonos del Tesoro a corto plazo, de manera que las expectativas de superávits influyen notablemente en la estabilidad del nivel de precios también a través del factor estocástico de descuento. Al fin y al cabo, si se están descontando los superávits esperados con los que se paga la deuda pública, resulta intuitivo que los agentes descuenten con el interés recibido de esta deuda.

Conclusiones

En este artículo se ha ofrecido un breve resumen de los que considero que son los principales mecanismos de trasmisión desde la política fiscal hasta el nivel de precios. Evidentemente, la mayoría de estos contienen una dimensión monetaria, al interaccionar el Tesoro con el banco central para determinar el valor de la moneda fiat, cada cual ejerciendo dominancia en función de si son pasivas o activas.

Con todo, todos estos mecanismos no pasan por el banco central: es una decisión autónoma del Tesoro. Esto implica que, si el banco central siguiera una política monetaria pasiva, la política fiscal ejercería dominancia mediante los procesos mencionados a lo largo del artículo. Aun así, el hecho de que los tipos de interés puedan variar, así como otros elementos de la política monetaria, altera y complica qué variaciones en el nivel de precios pueden ser atribuidas a instrumentos de la política monetaria, y qué otros a la política fiscal.

Dejando de lado estas interacciones, que dificultan el análisis monetario, la lección principal de este artículo es que la solvencia estructural del Estado no afecta al nivel de precios únicamente mediante la monetización de déficits. Esta es una vía concreta, pero no la única, mediante la cual la política fiscal afecta al nivel de precios. En todo caso, existen otras vías a través de las cuales las expectativas de superávits afectan a la estabilidad del sistema monetario actual, como la demanda monetaria, la violación de la equivalencia ricardiana o las tasas de descuento.

Bibliografía

Barro, R. J. (1974). Are government bonds net wealth? Journal of Political Economy, 82(6), 1095–1117. https://doi.org/10.1086/260266

Buiter, W. H. (1999). The fallacy of the fiscal theory of the price level (NBER Working Paper No. 7302). National Bureau of Economic Research. https://doi.org/10.3386/w7302

Caramp, N., y Silva, D. (2023). Fiscal policy and the monetary transmission mechanism. Review of Economic Dynamics, 51, 716–746. https://doi.org/10.1016/j.red.2023.08.001

Cochrane, J. H. (2005). Money as stock. Journal of Monetary Economics, vol. 52(3), 501-528.

Cochrane, J. H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Friedman, M. (1956). The Quantity Theory of Money – A Restatement. En Milton Friedman (ed.), Studies in the Quantity Theory of Money, University of Chicago Press, 3-21.

Elmendorf, D. W., y Mankiw, N. G. (1999). Government debt. En J. B. Taylor y M. Woodford (Eds.), Handbook of macroeconomics (Vol. 1, pp. 1615–1669). Elsevier. https://doi.org/10.1016/S1574-0048(99)10038-7

Keynes, J. M. (1930). A treatise on money. London, England: Macmillan.

Serie ‘Teoría fiscal del nivel de precios’

La peligrosa dilución de la frontera entre la política fiscal y monetaria

Durante décadas hemos dado por hecho un reparto de papeles claro: los bancos centrales se ocupaban de la inflación y de suavizar el ciclo, y los ministerios de Hacienda supuestamente se encargaban de la sostenibilidad de las cuentas públicas. Ese arreglo, consolidado desde mediados de los noventa con la independencia de las autoridades monetarias y el establecimiento de objetivos de inflación, funcionó razonablemente bien mientras la deuda era manejable y el crecimiento nominal ayudaba. Hoy ese mundo ya no existe del todo. El volumen de pasivos soberanos, la cicatriz de dos grandes crisis y la sensibilidad social al coste de la vida han vuelto a difuminar la frontera entre lo monetario y lo fiscal.

El régimen dominante de aquellos años (metas de inflación, tipos de cambio flexibles y bancos centrales concentrados en los niveles de precios) descansaba sobre una condición no declarada: que las decisiones sobre el precio del dinero no pusieran en aprietos la financiación del Estado. Con niveles de deuda más reducidos y vencimientos bien distribuidos, esa condición se cumplía. En el presente, cada movimiento de tipos repercute, con retraso, pero con fuerza, sobre la factura de intereses que el Tesoro va refinanciando. Ese bucle convierte una decisión “técnica” en una cuestión con consecuencias presupuestarias y políticas tangibles.

El péndulo histórico ayuda a interpretar el cambio. En los años cincuenta y sesenta, la gestión del ciclo descansaba con naturalidad en la política fiscal, y los bancos centrales raramente eran independientes. Los tipos se movían mirando al tipo de cambio o a las necesidades del gobierno. A partir de los noventa, el péndulo giró: se blindó la independencia de las autoridades monetarias y se dejó al gobierno el trabajo de medio plazo. Aquella “separación” redujo la inflación y estabilizó expectativas. Pero coincidió con un mundo de menor endeudamiento y menor complejidad financiera que el actual.

Después llegó la ruptura. La crisis financiera global llevó los tipos a cero y obligó a desplegar herramientas que pocos esperaban ver a esa escala: compras masivas de activos para estabilizar mercados, apuntalar el crédito y evitar una depresión. La pandemia redobló el esfuerzo. El resultado fue un cambio estructural: una parte significativa de la deuda pública quedó en manos de los propios bancos centrales. Deshacer ese movimiento, es decir, dejar vencer títulos sin reinversión o venderlos, no es una mera operación contable. Exige dosificar ritmos, calibrar impactos y gestionar episodios de tensión que pueden disparar primas de riesgo o destapar fragilidades en el sistema financiero.

En este contexto, es ilusorio sostener que las decisiones monetarias no tienen consecuencias fiscales. Un alza de tipos para contener la inflación eleva, con el paso de los trimestres, la carga de intereses y reduce el margen presupuestario. A la inversa, una rebaja abarata el coste de la deuda y aligera la presión sobre el gasto. La independencia del banco central no borra esa interdependencia; obliga a gestionarla con prudencia. De ahí que veamos combinaciones que hace unos años habrían sorprendido: aumentar el tipo de interés mientras se utilizan instrumentos de estabilidad financiera o reinversiones selectivas para evitar disfunciones en ciertos segmentos del mercado de bonos.

El espejo de la posguerra suele aparecer en este debate. Entonces, con deudas muy elevadas, muchos países practicaron lo que hoy llamamos represión financiera: tipos administrados, controles de capital, tratamiento regulatorio favorable para la deuda pública y, en la práctica, rendimientos reales negativos para el ahorrador. Como mecanismo de reducción de la ratio deuda/PIB funcionó, pero a costa de distorsionar la asignación del capital y de incubar tensiones inflacionistas. Aunque un regreso pleno a ese mundo es improbable en economías abiertas, con mercados de capital globales y marcos legales más robustos, sí conviven hoy rasgos “blandos” que facilitan la colocación del pasivo soberano sin llegar a controles duros.

También han cambiado las expectativas sociales. Tras años de encarecimiento de la vivienda y de la cesta de la compra, los costes de la política monetaria son visibles y se discuten a diario. Ese ruido no debería dictar decisiones, pero condiciona la comunicación. Si un banco central compra bonos para contener un episodio de volatilidad mientras mantiene un sesgo restrictivo en tipos, necesita explicar con nitidez que no está dando marcha atrás en su objetivo de precios, sino usando instrumentos distintos para riesgos distintos. En economías con alto endeudamiento, la comunicación pasa a ser una herramienta esencial para preservar la credibilidad.

Europa añade una dificultad extra. Un único banco central convive con múltiples estados y con primas de riesgo que tienden a incrementarse cuando el mercado percibe trayectorias fiscales divergentes. Evitar que esa fragmentación rompa la transmisión de la política monetaria ha exigido instrumentos específicos y una guía clara: no se trata de financiar déficits de forma permanente, sino de impedir que una volatilidad desproporcionada desactive el canal de tipos. Es un equilibrio delicado por diseño. Si se interviene poco, el mecanismo se atasca; si se interviene demasiado, se diluye la señal de disciplina que deben enviar los mercados.

¿Qué hacer, entonces? No hay recetas mágicas, pero sí una agenda razonable. Para los bancos centrales, la prioridad sigue siendo devolver la inflación al entorno objetivo de forma sostenible. El resto de variables (tamaño del balance, ritmos de reinversión, facilidades extraordinarias) deben subordinarse a ese fin y ejecutarse con previsibilidad. Conviene evitar compromisos que alivian hoy y atan de manos mañana. Para los ministerios de Hacienda, la receta es menos vistosa pero igual de importante: distinguir gasto corriente de inversión, blindar partidas que elevan la productividad, dejar trabajar a los estabilizadores automáticos en las recesiones y consolidar cuando la economía lo permite.

La gestión activa del pasivo público es otra palanca a veces infrautilizada. Alargar vencimientos cuando existe ventana de mercado, diversificar la base inversora, evitar concentraciones de refinanciación y reducir la exposición a tipos variables, amortiguan el impacto de futuras subidas del precio del dinero. A ello se suma la importancia de una senda fiscal creíble y bien comunicada: cuando el mercado confía en la trayectoria, la prima de riesgo se contiene y el coste de financiación baja. No todo depende del banco central; un Tesoro que planifica y explica bien su estrategia, hace más eficaz la política monetaria y, además, ahorra recursos al contribuyente.

Conviene no olvidar el lado de la oferta. La vía menos dolorosa para reducir la ratio deuda/PIB no es inflar la economía ni recortar a ciegas, sino crecer más y mejor durante un periodo prolongado. Eso exige reformas que eleven la productividad, refuercen la seguridad jurídica, impulsen la competencia y el capital humano, y simplifiquen un marco regulatorio que a veces desincentiva la inversión. La política monetaria puede ganar tiempo; no puede crear crecimiento sostenido. Si se la fuerza a compensar carencias estructurales, solo se desplaza el problema y se agrandan los costes futuros.

De ahí que convenga huir de dos espejismos simétricos. No volveremos a la separación aséptica de los noventa, porque el tamaño de la deuda y la complejidad del sistema financiero hacen que cada decisión tenga varias derivadas. Tampoco vamos camino de un dirigismo financiero a la antigua usanza. Nos movemos hacia un terreno intermedio en el que la coordinación técnica es imprescindible, pero la confusión de roles sería letal. Coordinar es compartir información, calendario y diagnóstico; subordinar es renunciar al mandato. Mantener esa diferencia clara es parte de la tarea de los bancos centrales.

El reto político es sostener esa frontera con instituciones. Las leyes que fijan mandatos y salvaguardas importan mucho. Cambiar las reglas cada pocos años, o dejar resquicios para interferencias de corto plazo, encarece la financiación y deteriora la confianza. En cambio, la estabilidad normativa reduce primas de riesgo y permite que la política monetaria funcione mejor. La ciudadanía acepta con más naturalidad sacrificios temporales cuando percibe que responden a objetivos claros y a marcos que no se tuercen según la conveniencia del momento.

La economía política de la próxima década se jugará en ese espacio de interdependencia. Los bancos centrales deberán resistir el ruido y terminar el trabajo de reconducir la inflación, aunque el camino sea gradual. Los gobiernos tendrán que ordenar prioridades, revisar programas que nacieron “temporales” y se hicieron permanentes, y apostar por reformas que sostengan el crecimiento potencial. Si ambos cumplen, las líneas dejarán de ser difusas no porque se separen, sino porque se vuelvan previsibles y coherentes. Y la previsibilidad es, en última instancia, lo que demandan familias, empresas e inversores.

No es una promesa de un camino fácil. Es la constatación de que, con niveles de deuda elevados, no hay atajos indoloros y que las políticas públicas deben madurar al ritmo de los desafíos. La alternativa (forzar a los bancos centrales a mirar hacia otro lado o fiarlo todo a la inflación como impuesto encubierto) ya la conocemos y no termina bien. Mejor asumir cuanto antes que lo monetario y lo fiscal seguirán cruzándose, y que de esa interacción dependerá buena parte del crecimiento y del bienestar de los próximos años.

Abolir la banca: la disparatada propuesta de MAFO

¡Acabemos con los bancos! Es lo que sugiere Miguel Ángel Fernández Ordóñez (MAFO), exgobernador del Banco de España, en su libro Adiós a los bancos: Una visión distinta del dinero y la banca.

Para evitar las crisis bancarias, MAFO propone una revolución monetaria: sustituir los medios de pago creados por los bancos por un nuevo dinero digital, emitido de forma centralizada por un ente bajo control estatal. Este nuevo dinero digital sería similar a las actuales reservas emitidas por los bancos centrales, pero con una gran diferencia: no serían pasivos del ente emisor, sino activos reales, unidades virtuales en un registro centralizado que no serían pasivo de nadie ni estarían respaldadas por activo alguno.

En este sistema, cada ciudadano podría realizar sus cobros y pagos utilizando estas unidades virtuales, prescindiendo así de los bancos. Para MAFO, la banca desaparecería sin necesidad de prohibirla: considera (a mi juicio, erróneamente) que sería incapaz de competir contra su nuevo sistema digital centralizado.

Según Fernández Ordóñez, la gran ventaja sería contar con un dinero completamente “seguro”: al no ser promesas de pago, como los depósitos bancarios actuales, no tendrían riesgo de impago nominal. El nuevo sistema, por tanto, no podría colapsar como le pasa al sistema actual cuando estalla una crisis bancaria. Las crisis, según él, quedarían conjuradas para siempre.

El exgobernador acierta parcialmente en su diagnóstico. El sistema bancario actual disfruta de privilegios que, para maximizar sus beneficios, lo llevan a operar de forma ilíquida e inestable, como un castillo de naipes sostenido artificialmente por la refinanciación perpetua del banco central.

La solución propuesta por MAFO parece lógica y tentadora. Pero esconde una verdad incómoda: el exgobernador del Banco de España nunca entendió el papel esencial que cumple la banca en el sistema monetario. Su propuesta crearía un sistema monetario disfuncional y, de paso, arrasaría con nuestras libertades.

En un sistema monetario sano, los bancos cumplen un papel vital. La propiedad fundamental de un buen dinero es la estabilidad de su valor para realizar los pagos y cobros diarios, y para ello es importante que su oferta se ajuste constantemente a la demanda monetaria. Esta demanda nunca es constante, sino que fluctúa continuamente para liquidar los millones de pagos que se producen a diario. El sistema monetario “respira”, como dice Perry Mehrling, expandiendo y contrayendo los medios de pago a lo largo de cada día, absorbiendo estas oscilaciones de la demanda. Y no solo hay que absorber las fluctuaciones de demanda diarias, sino también las oscilaciones estacionales, y las imprevistas y abruptas variaciones causadas por cambios en la incertidumbre económica.

Para que el sistema monetario funcione correctamente, es imprescindible que la banca responda, de forma descentralizada, emitiendo o retirando sustitutos monetarios que absorban estas fluctuaciones de la demanda monetaria. Este es el papel primordial del sistema bancario.

Si la banca desapareciera, como propone MAFO, también desaparecería esta función clave. Ninguna autoridad central puede realizar esta tarea, por problemas de incentivos y de información. Su incentivo, al no emitir promesas de pago que tiene que honrar, es a expandir la oferta para financiar al Estado, generando un sistema crónicamente inflacionario. Pero incluso aunque no tuviera este problema de incentivos, tampoco podría disponer en tiempo real de la información dispersa necesaria para realizar esta función estabilizadora.

De hecho, el diseño propuesto por MAFO ni siquiera contaría con las herramientas para intentarlo. El nuevo ente emisor no tendría activos en su balance para defender el valor de este nuevo “dinero seguro”. Podría crear nuevas unidades monetarias y ponerlas en manos del Gobierno, pero no podría retirarlas del mercado ni defender su valor vendiendo activos financieros, divisas fuertes u oro, como hacen incluso los disfuncionales bancos centrales actuales.

En resumen, el sistema monetario que propone MAFO, sin banca y centralizado por una autoridad estatal sin balance, sería incapaz de realizar una de las funciones esenciales del sistema monetario: la de ajustar continuamente la oferta de medios de pago a su demanda real. El problema actual de la banca no es su existencia, sino operar bajo reglas distorsionadas por la intervención política.

El sistema actual es disfuncional, pero no porque los bancos expandan y contraigan el volumen de medios de pago, sino porque lo hacen adquiriendo de forma sistemática activos ilíquidos, como deudas a largo plazo o de alto riesgo. Esto hace que el sistema bancario actual sea frágil, incapaz de honrar sus promesas de pago ante una pérdida generalizada de confianza, de no ser por el rescate del banco central. Además, por su propio funcionamiento, el sistema actual provoca distorsiones acumulativas en la estructura productiva, causando los ciclos económicos.

La solución pasa por que los bancos se limiten a emitir medios de pago contra activos líquidos, seguros y a corto plazo, calzando sus activos con sus pasivos. Es lo que ocurre cuando los bancos tienen que competir entre sí sin privilegios, sin rescates ni la respiración asistida del banco central. Esta era la esencia de la doctrina de las letras reales, un mecanismo que permitía adaptar la oferta monetaria a las fluctuaciones de la demanda sin fragilidad ni distorsiones.

Además de este problema fundamental, a la propuesta de MAFO se le suman los peligros que comparte con las otras variantes de dinero fíat digital que pretenden implantar las autoridades monetarias. Centralizar el sistema de pagos en una entidad estatal otorgaría al Estado un poder descomunal: sabría cuánto gastamos, cuánto ahorramos y a quién pagamos; podría decidir qué pagos estarían permitidos y cuáles no; podría establecer fecha de caducidad para el dinero, confiscar nuestros fondos, aplicar multas automáticas, restringir el ahorro o imponer tipos de interés negativos. La propuesta de MAFO pondría en serio riesgo nuestras libertades más básicas, sacrificadas en el altar de una todopoderosa entidad monetaria estatal.

La solución, por tanto, no es abolir la banca, sino reformarla correctamente. El remedio contra los males del sistema monetario actual pasa por la banca libre, sin privilegios ni refinanciación estatal perpetua, y por un dinero sano y que no esté controlado por el poder político; un remedio que garantizaría el buen funcionamiento de la economía y sería respetuoso con nuestra libertad.

¿Por qué queremos cerrar el Banco Central?

Lawrence H. White se graduó de economista en la Universidad de Harvard y obtuvo un PhD in economics en UCLA. Hoy enseña Teoría y Política Monetaria en la George Mason University, y es profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín. Anteriormente, enseñó en la Universidad de Nueva York, la Universidad de Georgia y la Universidad de Missouri – St. Louis.

Se especializa en la teoría e historia de la banca y el dinero. Representa junto a George Selgin y Kevin Dowd una corriente moderna de la Free Banking School, o Escuela de la Banca Libre.

En un artículo ya clásico que lleva el título de “La Banca Central: una recapitulación”, el autor sistematiza las debilidades principales de una autoridad monetaria central. No se trata, en particular, del Banco Central de la República Argentina (BCRA), sino que son cuestionamientos abstractos a la naturaleza del monopolio de emisión que constituye cualquier autoridad central.

El artículo no es nuevo, pero puede permitir comprender, en forma técnica, los cuestionamientos que la Escuela Austriaca, y en particular Javier Milei, hacen a la autoridad central. La síntesis que presentamos mantiene los subtítulos del documento original, pero lo resumimos para este medio.

I. Los riesgos prácticos de la banca central

La banca central es una institución riesgosa debido a sus dos principales funciones: regular los depósitos bancarios y ejecutar la política monetaria. Ambas actividades generan distorsiones que afectan la estabilidad financiera.

1. Regulación inadecuada de los bancos comerciales

Los bancos centrales son organismos burocráticos con incentivos erróneos, pues no están sujetos a la disciplina del mercado. Esto les permite ignorar las ineficiencias de sus regulaciones y solo reaccionar ante crisis evidentes.

Además, los bancos comerciales presionan al banco central para obtener privilegios legales que les garanticen mayores rentas. Estas rentas provienen de restricciones como:

  • Límites a las tasas de interés que pueden ofrecer.
  • Restricciones a la creación de nuevos bancos.
  • Limitación de la apertura de sucursales.
  • Prohibición a empresas no bancarias de prestar servicios financieros.
  • Préstamos a tasas preferenciales a los bancos comerciales.

Este proceso genera ineficiencia, reduce la competencia y debilita la industria bancaria, impidiendo que surjan innovaciones que podrían beneficiar a los consumidores.

2. Expansión monetaria y ganancias gubernamentales

El banco central genera ingresos mediante la emisión de dinero, un fenómeno conocido como señoreaje. Como la emisión de dinero tiene un costo de producción casi nulo, la diferencia entre su valor de cambio y su costo de impresión representa un ingreso para el gobierno.

El problema es que la tentación de aumentar la oferta monetaria sin límites provoca inflación. Esta inflación actúa como un impuesto oculto que reduce el poder adquisitivo del dinero en manos del público. Los gobiernos prefieren este tipo de impuesto porque no es coercitivo ni fácilmente detectable.

Para mantener la demanda de su dinero, los bancos centrales suelen imponer medidas que limitan la competencia, como:

  • Exigir reservas obligatorias a los bancos comerciales.
  • Restringir las tasas de interés sobre depósitos.
  • Prohibir el uso de monedas extranjeras o metales preciosos.

3. Manipulación macroeconómica con fines políticos

Los gobiernos pueden usar la política monetaria para mejorar su imagen y aumentar sus probabilidades de reelección. Esto ocurre cuando:

  1. Los votantes reaccionan a los niveles de inflación y desempleo al elegir a sus líderes.
  2. El banco central puede reducir el desempleo temporalmente mediante una inflación inesperada.
  3. Los gobernantes presionan al banco central para estimular la economía antes de las elecciones.

A largo plazo, esta práctica genera ciclos de inflación y desestabilización económica. Si el público anticipa esta estrategia, la inflación se convierte en una profecía autocumplida: la gente espera inflación, y el banco central termina creándola.

4. Política económica errática y destructiva

El problema fundamental del banco central es que carece de la información necesaria para ajustar correctamente la oferta monetaria. A diferencia de un empresario que ajusta su producción según la demanda del mercado, el banco central no cuenta con señales claras sobre cuánta liquidez debe emitir.

En sistemas con dinero convertible (como el patrón oro), la escasez de reservas obliga a los bancos a corregir excesos en la oferta monetaria. Sin embargo, en sistemas de dinero fiat, el banco central puede expandir indefinidamente la base monetaria, sin consecuencias inmediatas, lo que aumenta el riesgo de inflación crónica.

5. Independencia del banco central y reglas monetarias

Algunos economistas proponen la independencia del banco central o la aplicación de reglas monetarias estrictas para limitar sus excesos. Sin embargo, la independencia no elimina las presiones políticas ni corrige la falta de incentivos adecuados.

Las reglas monetarias (como el crecimiento constante de la oferta de dinero) pueden ser útiles, pero no garantizan estabilidad a largo plazo. Los bancos centrales suelen encontrar formas de evadirlas o debilitarlas con el tiempo.

II. La injerencia gubernamental no es necesaria para asegurar un sistema monetario estable

La alternativa a la banca central es un sistema monetario basado en el mercado libre, donde la oferta de dinero y servicios bancarios se ajusta a la demanda sin intervención estatal. A continuación, se presentan las características de este sistema.

1. Una unidad monetaria común emergería sin intervención gubernamental

Carl Menger demostró que el dinero surge de manera espontánea en el mercado, cuando los comerciantes eligen el bien más líquido como medio de intercambio. Históricamente, el oro y la plata se convirtieron en las principales monedas sin necesidad de regulaciones gubernamentales.

2. Competencia entre emisores de dinero

Un sistema sin banco central permitiría la competencia entre bancos emisores de dinero, similar a la competencia entre empresas de otros sectores. Los consumidores elegirían los medios de pago más eficientes y confiables.

En un mercado libre, los bancos competirían para ofrecer:

  • Mayor seguridad contra falsificaciones.
  • Convertibilidad fácil entre distintos activos.
  • Depósitos con mejores rendimientos y servicios adicionales.

3. La reserva fraccionaria no es fraudulenta

La reserva fraccionaria, donde los bancos mantienen solo una fracción de sus depósitos como reserva, ha sido demonizada por algunos economistas. Sin embargo, esta práctica permite un uso más eficiente del capital y ha existido históricamente en sistemas bancarios estables.

Mientras los bancos puedan cumplir sus compromisos con los depositantes, la reserva fraccionaria no representa un problema. En un mercado libre, los bancos serían disciplinados por la competencia y la vigilancia de sus clientes.

4. Cámaras compensadoras como reguladoras del sistema

En sistemas bancarios libres, las cámaras compensadoras han desempeñado el papel de supervisores del sector. Estas instituciones privadas certifican la solvencia de los bancos y facilitan la compensación de pagos entre ellos, reduciendo el riesgo de crisis bancarias.

5. Eliminación del pánico financiero y las corridas bancarias

Uno de los principales argumentos a favor de la banca central es que previene las corridas bancarias. Sin embargo, la historia demuestra que los sistemas bancarios libres han funcionado sin episodios generalizados de pánico. La clave para evitar crisis bancarias es permitir que los bancos adopten mecanismos de autorregulación, como:

  • Fondos de reserva ante emergencias.
  • Suspensión temporal de pagos en situaciones excepcionales.
  • Convertibilidad flexible de los depósitos en activos financieros.

6. Prestador de última instancia no es necesario

Los defensores de la banca central sostienen que es necesario un prestamista de última instancia para evitar quiebras bancarias en tiempos de crisis. Sin embargo, en sistemas bancarios libres, las cámaras compensadoras han desempeñado este papel con éxito, proporcionando liquidez a bancos solventes con problemas temporales.

7. La cantidad de dinero se autorregula

En un sistema de banca libre, la cantidad de dinero se ajusta automáticamente a la demanda, similar a cómo ocurre en un patrón oro. Si un banco emite demasiado dinero, los clientes transferirán sus depósitos a bancos más sólidos, obligando al emisor a reducir su oferta.

8. Integración con los mercados de capital globales

Un sistema bancario libre facilitaría la integración con mercados internacionales sin necesidad de una autoridad central. En un mundo sin bancos centrales, podría establecerse una moneda global basada en estándares de mercado, eliminando las distorsiones del nacionalismo monetario.

Conclusión

La banca central genera distorsiones económicas al regular ineficientemente el sector financiero, expandir la oferta monetaria para financiar al gobierno y manipular la economía con fines políticos. La alternativa es un sistema de banca libre, donde la competencia disciplinaría a los bancos y la cantidad de dinero se ajustaría a la demanda sin intervención gubernamental.

Ver también

Teoría fiscal del nivel de precios (III): interacciones entre la política fiscal y la monetaria

En los dos artículos previos de esta serie, explicamos los elementos esenciales de la TFNP: cómo la política fiscal puede generar inflación, el papel de las expectativas en dicho proceso, así como el rol de los tipos de interés del banco central en ella, entre otros. Concretamente, en el artículo anterior concluimos que no solo que la política fiscal ha de ser tomada en cuenta en los modelos macroeconómicos, sino que la interacción de esta con la política monetaria arroja implicaciones muy relevantes sobre el nivel de precios. Dado que ya hemos podido desarrollar una comprensión de los modelos esenciales de la teoría, nos encontramos en condiciones de reflexionar de forma introductoria sobre las implicaciones de este modelo del nivel de precios sobre las políticas fiscal y monetaria.

Activos financieros, activos reales y patrones monetarios

En un patrón monetario constituido meramente por activos reales, el valor del dinero dependería del valor descontado de los servicios que se espera que dichos activos puedan proporcionar. Si se espera que el oro, verbigracia, vaya a devenir más líquido en el futuro –gracias a la mayor utilización derivada de los efectos red, verbigracia (Blasco, 2024)–, entonces su utilidad marginal de la unidad monetaria se incrementará. Este crecimiento del valor del activo real que actúa como dinero se verá reflejado en un nivel de precios inferior, y viceversa, puesto que el valor del dinero es la inversa del nivel de precios. 

Por el contrario, si un patrón monetario está entera o parcialmente constituido por activos financieros, el valor de estos activos monetarios no solo vendrá determinado por el de los activos a los que da derecho, sino también por las expectativas de repago del agente emisor de dicho pasivo. Dicho de otro modo, cuando los activos financieros devienen activos monetarios, la confianza que los agentes económicos tienen sobre el agente o agentes emisores jugará un papel fundamental (Rallo, 2019).

El papel de la moneda fiat

El patrón fiat se caracteriza, precisamente, por una moneda emitida por el Estado –la moneda fiat– que constituye la base del sistema monetario, a partir de la cual se emiten sustitutos monetarios pagaderos en última instancia por la moneda fiat. Como ya explicamos en el artículo introductorio a la TFNP, la moneda fiat es una deuda más del Estado: un activo financiero que da derecho a compensar deudas tributarias con esta entidad.

¿Por qué es tan necesaria esta distinción entre activos reales y financieros en el caso de la moneda fiat? Porque en un sistema constituido por las deudas de uno o más agentes –como en este caso–, la solvencia de los emisores es esencial para entender el valor del dinero y, por ende, el nivel de precios. En suma, el dinero se manifiesta a través de diferentes tipos de activos, cuya naturaleza afecta indefectiblemente a la determinación de su valor como activo monetario. En palabras de Carlos Bondone (2012):

Precisamente, no advertir esa diferencia crucial que existe entre moneda bien presente y moneda bien futuro es lo que llevó a todo el pensamiento económico previo a la TTE [Teoría del Tiempo Económico] a asignar al dinero-moneda (tratado como entidad única: en tanto es moneda todo lo que cumple la función de moneda) características especiales. Actitud que llevó también a generar teorías especiales (ad hoc), lo que constituyó todo un camino plagado de violaciones a los principios científicos de la economía (pg. 30).

La política fiscal y el valor de la moneda fiat

Si el oro o cualquier otro activo real ejerciera como la base del sistema y los sustitutos monetarios fueran emitidos de forma descentralizada –como sugiere el patrón monetario propuesto por los partidarios de la banca libre–, entonces no cabría abordar la solvencia esperada del Estado a la hora de explicar el valor del dinero, pues su credibilidad no afectaría ni a la circulación ni al valor de estos activos monetarios emitidos por entidades no estatales. 

Si volvemos al modelo intertemporal con el que concluimos el artículo anterior, observaremos que sus implicaciones son precisamente las mismas: el valor de la moneda fiat se ajusta al valor presente de los superávits futuros esperados. En este sentido, unas expectativas optimistas sobre la solvencia esperada del Estado generan una reacción inversa en el nivel de precios: si el flujo de superávits esperados aumenta, el nivel de precios tenderá a reducirse, y viceversa.

Diagrama, Esquemático

Descripción generada automáticamente

Dado que la TFNP es una teoría del valor de la moneda fiat, habremos de proveer un análisis completo de la política monetaria –puesto que sabemos que esta moneda se emite centralizadamente y, en consecuencia, esta emisión se convierte en una política pública– y de la política fiscal, pues ya hemos explicado que la capacidad esperada de repago del emisor, y las expectativas en su totalidad, son relevantes para construir una teoría completa sobre el valor de la moneda fiat.

La política monetaria no es omnipotente

Prescindir de la política fiscal es un error con graves consecuencias en el ámbito académico. En la actualidad, son numerosos los teóricos que relegan a la política fiscal a un plano subsidiario. Scott Sumner (2021), defensor del monetarismo de mercado y del NGDP targeting, explica en su libro:

Bajo un patrón monetario fiat, la tasa de inflación a largo plazo es la que el gobierno desea que sea […] Esto es, porque el gobierno tiene una habilidad esencialmente ilimitada de variar la tasa de crecimiento del papel moneda [traducción propia].

Lejos de querer hacer una caricatura de la visión de Sumner, lo cierto es que este tipo de aseveraciones se encuentran enraizadas en una concepción de la política monetaria que, a juicio de la TFNP, es absolutamente errónea. Como muchos otros economistas, Sumner se sirve de las tasas de variación de las diferentes variables de la ecuación cuantitativa del dinero:

Imagen que contiene objeto, reloj

Descripción generada automáticamente

Mediante una serie de regresiones, Sumner concluye que las tasas de crecimiento de la base monetaria y de inflación a largo plazo guardan una relación de causa y efecto, afirmando que la política monetaria determina la inflación a largo plazo (Sumner, 2021). Sin embargo, que la inflación a largo plazo esté influenciada por las tasas de crecimiento de la base monetaria no implica que la política monetaria por sí sola afecte a esa variación del nivel de precios.

Esto es, porque un flujo de superávits inferior en el tiempo se traduce en una mayor demanda agregada (mayor M) o en una menor demanda monetaria (menor V), ya que los agentes económicos prefieren atesorar en el margen un pasivo de un Estado cuya solvencia no se encuentre en entredicho, tal y como explicamos en el artículo anterior de esta serie. No todo crecimiento en la base o en la demanda monetaria guarda causas exclusivamente monetarias.

La TFNP y la política monetaria

La política monetaria no es omnipotente, pero tampoco es estéril: objetivos de tipos de interés, reservas bancarias contra el banco central, operaciones de mercado abierto… Todos estos son ejemplos de políticas que ejecutan los bancos centrales en la actualidad, y que determinan parcialmente el nivel de precios. Tener la política fiscal en cuenta, empero, sugiere ciertas conclusiones que, de lo contrario, no podríamos alcanzar. Por ejemplo, cualquier macroeconomista afirmaría que unos mayores tipos de interés del banco central reducen la inflación mediante la contracción del crédito y del gasto agregado.

Con todo, estos tipos de interés superiores implican unos gastos en intereses superiores y, a igualdad de condiciones, un menor flujo de superávits en el futuro, que ya hemos visto que pueden afectar al nivel de precios a largo plazo. Esta es una de las formas –aunque no la única– de interpretar la ecuación de Fisher, donde i es el tipo de interés nominal, r el tipo de interés real y π es la inflación esperada:

El efecto que hemos explicado sugiere que unos mayores tipos de interés, en vez de traducirse en unos mayores tipos de interés reales, incrementan la inflación esperada en el futuro, por la política y las condiciones fiscales del Estado. El nivel de deuda, en la medida en que ha de pagar unos intereses a vencimiento, influye en la distribución de los cambios en el tipo de interés nominal sobre el real y la inflación esperada. En definitiva, la TFNP atribuye funciones económicas sustanciales a la política monetaria, lo que en futuros artículos desarrollaremos como la “Teoría Fiscal de la Política Monetaria”.

Política fiscal y nivel de precios

Que el nivel de precios puede ser estable con un objetivo de inflación –siguiendo la clásica regla de Taylor, por ejemplo– es una creencia muy extendida entre los macroeconomistas (Mishkin & Schmidt-Hebbel, 2007). En gran parte, tras esta creencia subyace la tendencia a asumir una política fiscal pasiva, es decir, aquella en la que se ajustan los superávits en proporción 1:1 con la inflación (Cochrane, 2023), de manera que toda desviación de la tendencia general del nivel de precios se les atribuye a las modificaciones de la política monetaria.

De encontrarnos en un régimen ricardiano, a saber, aquel en el que el gobierno respalda con mayores superávits cualquier crecimiento en los niveles nominales de deuda, no se produce, ceteris paribus, un incremento de la demanda agregada como consecuencia de la emisión de estos bonos. Si concibiéramos a la deuda estatal como una acción de cualquier empresa, este tipo de régimen sería equivalente a realizar una venta de acciones, pero prometiendo de forma creíble mayores dividendos en el futuro (Cochrane, 2005).

Contra las grandes inflaciones

Por contrapartida, cuando se llevan a cabo políticas no ricardianas –mayor volumen en la venta de deuda pública sin ninguna alteración en el flujo de superávits–, el nivel de precios se ajusta: el “efecto riqueza” derivado de obtener un bien normalmente líquido como es la deuda pública a corto plazo no se ve contrarrestado por un incremento de los superávits que contrarresten esta mayor demanda agregada. 

Además, cuando la política fiscal es activa, el nivel de precios puede verse fuertemente afectado tanto en el corto como en el largo plazo. En el primero, mediante un shock de política fiscal, y, en el segundo, cuando hay un cambio a largo plazo de esta, tal y como demuestra Thomas Sargent en su artículo The End of Four Big Inflations (1983), Christopher A. Sims (2011) en su análisis sobre el fin de la inflación de los setenta en John H. Cochrane en Fiscal Histories (2022), entre otros. Todos estos artículos hacen referencia a cómo inflaciones históricamente altas finalizaron gracias a una combinación óptima de las políticas fiscal y monetaria. Sin ánimo de querer transmitir una imagen no representativa al respecto, lo cierto es que existe evidencia empírica que respalda la tesis que estamos exponiendo en este artículo, por mucho que no sea mayoritaria.

Conclusiones

En el presente artículo hemos esbozado, aunque de manera sucinta, la concepción que guarda la TFNP de las interacciones entre las políticas monetaria y fiscal, así como las razones detrás de incluir a esta última en los modelos sobre el nivel de precios, al ser esta un pasivo del gobierno o, análogamente, un derecho de los tenedores de moneda fiat a afrontar obligaciones tributarias por el valor nominal de la moneda fiat que atesoran (Rallo, 2017).

Las posibles interacciones entre las políticas monetaria y fiscal son muy numerosas, y dependerá del régimen y del marco institucional en el que cada economía se encuentre, pero hay razones suficientes –tanto desde el lado de la evidencia empírica como de la teórica– como para pensar que la política fiscal ha de ser tomada en cuenta, a pesar de que el grado de su importancia dependerá de la correlación de fuerzas entre el Tesoro y la institución encargada de la política monetaria (Cochrane, 2023). 

Bibliografía

Bondone, C. A. (2012). Teoría de la Moneda. Accedido desde <https://carlosbondone.com/wp-content/uploads/2024/05/Teoria_de_la_MonedaCarlos_Bondone.pdf>

Blasco, E. (2024). Los efectos red y la emergencia de nuevo dinero. Accedido desde <https://micajondesastre.substack.com/p/los-efectos-red-y-la-emergencia-de?utm_source=publication-search>

Cochrane, J. H. (2005). Money as stock. Journal of Monetary Economics, vol. 52(3), 501-528.

Cochrane, J. H. (2022). Fiscal Histories. The Journal of Economic Perspectives, 36(4), 125–146. https://www.jstor.org/stable/27171133

Cochrane, J.H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Mishkin, F. S. & Schmidt-Hebbel, K. (2007). Does inflation targeting make a difference? (NBER Working Paper No. 12876). National Bureau of Economic Research. https://doi.org/10.3386/w12876

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Sargent, T. (1983). The Ends of Four Big Inflations. En R. Hall (Ed.), Inflation: Causes and Effects (pp. 41-98). University of Chicago Press. https://doi.org/10.7208/9780226313252-006

Sims, C.A. (2011). Stepping on a rake: the role of fiscal policy in the inflation if the 1970s. European Economic Review, 55(1), 48-56. https://doi.org/10.1016/j.euroecorev.2010.11.010Sumner, S. (2021). The Money Illusion: Market Monetarism, the Great Recession and the Future of Monetary Policy. University of Chicago Press.

Serie ‘Teoría fiscal del nivel de precios’

(II) El modelo intertemporal

(I) Introducción

Por qué nos tiene que importar la posición fiscal de nuestro gobierno

Esta no es una lista exhaustiva de motivos por los que la política fiscal nos debería de importar y seguramente tampoco una lista de los principales, pero sí algunos de los que creo que merece la pena hablar. En un mundo ideal, no se habría política fiscal (ni política). Mientras no vivamos en ese mundo, puede tener sentido hablar de cómo funciona este.

Políticas contracíclicas

En primer lugar, tenemos las políticas contracíclicas, las cuales son políticas fiscales o monetarias contrarias al ciclo económico: cuando la economía está en recesión, el gobierno debe gastar más, y cuando la economía está en auge, el gobierno debe gastar menos. Su objetivo es suavizar las fluctuaciones del ciclo económico: especialmente, minimizar la caída del PIB y el aumento del desempleo, así como acelerar la recuperación. Podemos dividirlas en monetarias (si usan la oferta monetaria para actuar sobre la demanda agregada) y fiscales (si utilizan el déficit público) y en expansivas (intentando aumentar la demanda agregada) y contractivas. La política fiscal, sobre la que doy motivos para interesarse en este artículo, puede adoptar dos formas: aumentos en el gasto público o reducción de impuestos. Un aumento del gasto público pone más gasto en manos del gobierno y una reducción de impuestos pone más gasto en manos del sector privado.

Las políticas fiscales expansivas tienen un coste: el efecto desplazamiento. El aumento del gasto público se financia mediante un aumento de los impuestos. Este aumento incrementa la demanda agregada en el corto plazo, pero genera efecto desplazamiento por la reducción de la renta disponible de las empresas- También se pueden financiar con un aumento del déficit, que también aumenta la demanda agregada en el corto plazo, pero genera efecto desplazamiento por la reducción de las inversiones privadas.

Efecto desplazamiento y equivalencia ricardiana

Los gobiernos financian los recortes impositivos endeudándose más, lo que podría causar dos alternativas: que, como cuando aumenta el gasto público, aumente la DA y se genere efecto desplazamiento o que se dé la equivalencia ricardiana, según la cual los ciudadanos entienden que, para un nivel dado de gasto público, unos impuestos más bajos hoy significan unos impuestos más altos en el futuro y, por tanto, ahorran el dinero de una rebaja fiscal para pagar impuestos futuros. Cuando se cumple la equivalencia ricardiana, una bajada de impuestos no aumenta la demanda agregada, ni siquiera a corto plazo. Así que la equivalencia ricardiana probablemente describe a algunas personas, pero no a la mayoría. En cualquier caso, en la medida en que la equivalencia ricardiana refleja cómo planifica la gente, los recortes fiscales financiados con bonos son menos eficaces a corto plazo que en caso contrario.

La política fiscal expansiva también puede generar una deuda financiera insostenible que llegue a reducir el crecimiento real, pues al pasar un umbral de deuda, esta genera rendimientos negativos. Este umbral es la productividad marginal de la deuda o ∆PIB/∆deuda (riqueza adicional creada por 1 euro de deuda adicional). En algún momento, la productividad marginal de la deuda puede ser negativa y destruir riqueza y causar crisis. Algunos países están tan endeudados que cualquier nuevo endeudamiento público corre el riesgo de provocar un colapso económico total.

Políticas contracíclicas

Además, la deuda pública puede usarse para rescatar empresas que deberían quebrar, que al mantenerlas operativas se genera un desperdicio de recursos en la economía. Las políticas fiscales contracíclicas suelen ser muy recomendadas entre economistas, pero no muy seguidas por los gobiernos. Incluso cuando los gobiernos gastan más en las recesiones, como recomiendan los economistas, a los políticos no les gusta seguir la segunda parte de la receta: gastar menos durante los auges.

El mejor uso para las políticas fiscales contracíclicas expansivas es en el caso de que merezca la pena incurrir en costes a largo plazo para obtener un impulso económico a corto plazo, como los causados por una emergencia inmediata como una guerra o una catástrofe natural. O si existe alguna inversión pública con un retorno claramente positivo, las depresiones son el mejor momento para ejecutarlo. Idóneamente, el mercado se haría cargo de ella, pero es posible pensar que el sector esté intervenido y a corto plazo solo tenga sentido que sea el Estado el que ahí invierta.

El efecto desplazamiento en los mercados de capitales

Un motivo por el que nos debería importar la política fiscal del país es por el efecto desplazamiento. Supongamos que, como en la mayoría de los años de la historia reciente, hay un déficit público y el gobierno debe pedir prestado para financiar la diferencia entre sus ingresos y sus gastos. La principal preocupación sobre los déficits públicos es que el endeudamiento del gobierno nacional podría competir con el endeudamiento de las empresas privadas. Es decir, si se utiliza una oferta fija de ahorro para financiar tanto el capital de las empresas privadas como el endeudamiento del gobierno, entonces el endeudamiento del gobierno puede desplazar el endeudamiento del sector privado y conducir a un menor nivel de acumulación de capital.

La incorporación del endeudamiento público al mercado de capitales reduce la oferta de fondos ahorrados disponibles para el mercado privado de capitales, ya que el Estado utiliza parte de esa oferta de ahorro para financiar su déficit. Por lo tanto, el endeudamiento público para financiar un déficit hace que disminuya la oferta de ahorro al mercado de capital privado, por lo que la curva de oferta se desplaza a la izquierda.

Política fiscal, integración económica y ahorro

Esta reducción de la oferta genera un tipo de interés mayor y, consecuentemente, una menor cantidad de capital demandado por los inversores. Por lo tanto, este menor nivel de capital puede reducir el crecimiento económico, al hacer que cada unidad de trabajo sea menos productiva. Así, cuando el gobierno compite con el sector privado por el ahorro privado limitado, el sector privado termina con menos recursos para financiar las inversiones de capital que impulsan el crecimiento.

Es cierto que este efecto queda mitigado por el papel de los mercados de capitales internacionales. Si un país estuviera perfectamente integrado en los mercados internacionales y su stock de ahorro no estuviese limitado por los tipos de interés, sino que es esencialmente ilimitado (es decir, que la reserva de ahorro disponible para financiar tanto la inversión privada como el endeudamiento público fuera casi perfectamente elástica, de modo que incluso pequeñas subidas de los tipos de interés exigieran un ahorro adicional) los déficits públicos solo causarían pequeñas subidas de los tipos de interés, y habría poco desplazamiento de la acumulación de capital privado por el endeudamiento público. Pero esto no es el caso ni de Estados Unidos, por lo que seguramente sí que tengas que preocuparte por las consecuencias del efecto desplazamiento.

El valor de la moneda

La política fiscal del gobierno también debería importarnos, pues es el principal determinante del nivel general de precios, como explica la Teoría Fiscal del Nivel de Precios. La TFNP entiende el dinero como acciones del gobierno. Por lo tanto, la forma de evaluar el dinero es similar a la de las acciones: calculando el descuento a presente de sus flujos de caja futuros esperados. Por la misma razón en que si crees que una acción no va a pagar dividendos dentro de 20 años, la vendes y el precio baja, si crees que el gobierno no pagará sus deudas, el valor del dinero cae. El valor del dinero fiat lo podemos obtener por el descuento de sus flujos de caja futuros esperados. Es decir, el valor del dinero fiat viene del peso de la deuda de la que nos libre.

Un gobierno que quiera mantener un nivel de precios estable deberá seguir un principio de disciplina fiscal manteniendo un presupuesto equilibrado, pues los déficits generarán inflación y con esto una caída del valor del dinero fiat. Además, la expectativa de que esta inflación no pueda ser controlada, aun sin una necesaria mayor emisión de dinero fiat, provocará una mayor caída del valor del dinero fiat, pues caerá la demanda.

Por tanto, el superávit debería ser el objetivo de los gobiernos que se preocupen por no destrozar riqueza. Los cambios en el nivel general de precios causador por el acortamiento de nuestra herramienta para medir utilidades marginales—el dinero—, suponen que tenemos que cambiar los precios relativos de todos los bienes de la economía, lo cual es costoso, pues los agentes económicos tienen que dedicarle tiempo a pensar cómo cambiar los precios, se enfrentan a información contable errónea, existen costes asociados a la renegociación de contratos y no todos los precios son igual de rígidos. 

Equidad intergeneracional

Una última razón por la que podrían preocuparnos las deudas y los déficits es la equidad intergeneracional, o el trato que reciben las generaciones futuras en relación con las actuales. Al igual que la sociedad puede preocuparse más por sus miembros más desfavorecidos que por los más acomodados, también puede preocuparse más por sus generaciones más desfavorecidas que por las más acomodadas. Al igual que los gastos comunes de una sociedad los sufragamos, como mínimo, de forma proporcional, haciendo que los más ricos sean los que más paguen, también debemos tener en cuenta la financiación de estos gastos durante varias generaciones.

Por un lado, no es justo transportar todo el peso del coste a generaciones futuras, no solo porque no hayan tenido un dicho sobre este gasto (la gran mayoría de la generación actual tampoco), sino porque nosotros lo estamos disfrutando ahora y, por tanto, algo deberíamos pagar por ello. La política gubernamental actual se caracteriza por gravar a las generaciones futuras en beneficio de las actuales, empeorando así la situación de las generaciones futuras.

Thomas Macaulay

Por otro lado, tampoco sería justo que las generaciones actuales cargáramos con todo el peso de la financiación de ciertos bienes y servicios que provea el estado. Algunas infraestructuras como las carreteras van a ser disfrutadas durante generaciones, por lo que el coste de ellas debería repartirse entre el número de generaciones que se espere que vaya a disfrutar de estas. Además, hay que tener en cuenta que el continuo aumento de la productividad en todo el mundo hace que cada generación disponga de más recursos que la anterior.

Así, aunque las generaciones futuras tendrán que hacer frente a deudas mayores, también se beneficiarán de un mejor nivel de vida (como correctamente predijo Thomas Macaulay). Al considerar la equidad intergeneracional, es posible que queramos tener en cuenta no solo la carga absoluta de la deuda, sino esa carga en relación con el nivel de vida. Sin embargo, lo que dificulta esta comparación es que el tamaño de la deuda puede determinar el nivel de vida futuro a través del crecimiento económico (motivado por el ahorro y posteriormente la inversión), y por la alteración del valor del dinero. Así, un gran déficit, puede reducir el nivel de vida de la futura generación a la que se transmite la deuda al desplazar el ahorro privado y al generar inflación.

Por lo tanto, debido a que tenemos un estado que financia su actuación mediante el cobro de impuestos y la emisión de deuda, puede considerarse que socialmente merece la pena igualar estas cargas, sin excedernos transportando parte del coste al futuro, pero sin olvidarnos que las próximas generaciones algo deberían pagar y que, al aumentar el nivel de vida, el coste relativo será menor.

Ver también

Teoría Fiscal del Nivel de Precios: una introducción. (César Táboas).

¿Volveremos a la época del dinero barato?

Uno de los asuntos más debatidos en el plano de la política macroeconómica de un tiempo a esta parte es la senda que están siguiendo los principales bancos centrales del mundo hacia una normalización de la política monetaria, también entendida como una relajación de la misma. Tanto la Fed como el BCE ha comenzado a reducir los tipos de interés tras la crisis inflacionaria vivida tras la pandemia de Covid-19 y el primer año de la invasión rusa en Ucrania. Todo ello ha causado que los principales analistas de política monetaria comiencen a estimar hasta cuándo y hasta qué punto se prolongarán estas bajadas de tipos y sus consecuentes efectos sobre las principales tendencias macroeconómicas a escala global.

Sin embargo, tan solo en un par de análisis he podido apreciar un interés verdadero en cómo se comportarán los tipos de interés reales, tanto en un futuro próximo como en un medio-largo plazo. Resulta clave entender esto para poder analizar una cuestión que se antoja compleja: ¿Han terminado de subir los tipos de interés reales después de rozar mínimos durante la crisis del Covid? ¿Cómo reaccionarán los activos financieros a estos vaivenes en los tipos de interés? ¿Están yendo demasiado rápido los bancos centrales en la supuesta normalización de la política monetaria?

Tipos en mínimos

Siéndoles muy sincero, es prácticamente imposible saber cuál será la senda de los tipos reales en los próximos años e incluso meses. Desde 2008-2012 (dependiendo de si hablamos de EE.UU. o Eurozona) los tipos reales no hicieron más que caer en picado hasta la erupción de la crisis inflacionaria post-Covid. Ello no permite tener una visibilidad clara de lo que pueda ocurrir en un entorno macro relativamente (y esto es muy relativo) normalizado. Para que se hagan una idea de la dimensión que estamos comentando, solo en EE.UU. entre finales del año 2008 y diciembre de 2021 los tipos reales descendieron más de 5 puntos porcentuales, mientras que en la Eurozona lo hicieron en torno a 4 puntos. En ambos casos se alcanzaron mínimos históricos.

La explicación de este fenómeno no se halla solo en la acción de los bancos centrales, sino en dos tendencias macroeconómicas mucho mayores que han tenido varias ramificaciones de efectos posteriores sobre el entorno monetario: el impacto de la globalización sobre el nivel de precios de los bienes de consumo en la segunda década del siglo XXI y el exceso de ahorro generado por la economía de China en este mismo periodo temporal, que llegó a ser de un 25% en 2015 (hoy en día es aún mayor, rozando el 27%).

Los tipos han subido, y pueden seguir haciéndolo

Viendo estas tendencias se podría pensar que, en la actualidad, con los niveles de inflación vividos y que, en parte, aún estamos viviendo, junto con una reversión parcial de la tendencia globalizadora, los tipos de interés reales habrían vuelto a niveles similares a los anteriores a la crisis financiera. A pesar de ello, los tipos de interés reales no han regresado a niveles similares a los pre-2008/2012. Por poner un ejemplo, hoy en EE.UU. se encontrarían en un 1,5%, mientras previamente a 2008 rozaban el 4,5-5% (dependiendo de que estimación usemos).

Sin embargo, esto no quiere decir que los tipos de interés reales no puedan seguir su senda alcista. En primer lugar, tanto los países de la Eurozona como EE.UU. se encuentran en una posición fiscal muy comprometida, con niveles de déficit y deuda muy elevados y con pocas perspectivas de consolidación fiscal en un futuro cercano (sobre todo en el caso de EE.UU. y determinados países del sur de Europa, entre ellos España). Además, la demanda de capital para grandes inversiones es cada vez mayor en ambos gigantes, a causa principalmente de la transición energética, que supone un enorme desembolso en nuevas infraestructuras, renovación de las actuales e investigación y desarrollo tecnológico. Todo ello generará presión sobre el capital disponible y probablemente potencie una tendencia alcista de los tipos reales.

Envejecimiento, ahorro y fiscalidad

Por otro lado, encontramos una de las principales tendencias que afectan a Occidente: el envejecimiento de la sociedad y la escasez de natalidad. Es decir, la inversión de la pirámide demográfica. Una población envejecida y con menor proporción en edad de trabajar generará una disminución del ahorro y un (aún mayor) incremento en la presión fiscal debido a las crecientes necesidades de financiación de los sistemas asistenciales y de pensiones, junto con un notable crecimiento del gasto en defensa que viene fraguándose durante los últimos dos años en casi todo Occidente. Por otro lado, una población envejecida tiende a generar menor demanda por bienes de consumo, lo que podría en parte contribuir a una reducción del apetito inversor en determinados sectores.

Además, no es completamente descartable un regreso a altas tasas de inflación a causa de los elevados niveles de déficit y deuda pública en los países occidentales. Si este fuera el caso, la respuesta lógica sería un incremento de los tipos de interés nominales por parte de los bancos centrales para mantener ancladas las expectativas de inflación, lo cual afectaría de manera directa a los tipos reales.

Este es solo un ejemplo de múltiples causas que podrían empujar los tipos de interés reales en cualquiera de las dos direcciones. Aunque el mercado opina que el crecimiento se estabilizará en EE.UU. a lo largo de los próximos meses y que los tipos reales podrían entonces verse relajados, existen multitud de causas que podrían empujarlos al alza, como se ha destacado en este artículo. ¿Volveremos a la época del dinero barato? Sinceramente, no lo creo.

Ver también

Inflación, crisis bancaria… ¿Qué pasará con los tipos de interés? (Álvaro Martín).

¿Deben subir los tipos de interés? (Juan José Mora Villalón).

Teoría fiscal del nivel de precios (I): una introducción

¿Qué es lo que determina el poder adquisitivo del dinero con respecto a las demás mercancías? Desde los anales del pensamiento económico, muchos han sido los economistas que han tratado de averiguar por qué los precios crecían o bajaban conjunta y súbitamente en determinadas circunstancias. Actualmente, comenzando por Thomas Sargent (1985) y Neil Wallace (1981), se inició una tradición que observó que la inflación también podría tener raíces en la política fiscal del gobierno, dando comienzo al desarrollo de la Teoría fiscal del nivel de precios (TFNP).

Esta teoría propugna que “el nivel de precios se ajusta de manera que el valor real de la deuda se equipara al valor presente de los superávits primarios” (Cochrane, 2023). Aunque esto podría parecer una perspectiva antagónica a la teoría cuantitativa de Friedman (1956), focalizada únicamente en la naturaleza monetaria de todo proceso inflacionario, es metodológicamente muy similar a la Escuela de Chicago. En palabras de John H. Cochrane:

Yet fiscal theory is, at least as I present it, much in the Chicago tradition. It allows a less-is-more approach, in which with a little bit of hard supply and demand work takes you further than you might have thought (Cochrane, 2023, p. xii).

Las raíces de la Teoría fiscal del nivel de precios

La premisa de la que parte la teoría es análoga a la versión convencional, a saber, que un exceso de gasto sobre la producción causa inflación, y un exceso de producción sobre gasto, deflación. Estas serían, en suma, las conclusiones que extraemos al observar la ecuación cuantitativa del dinero (M*V=P*Q): cuando la oferta monetaria existente excede al valor nominal de la producción de bienes y servicios o a la demanda monetaria de los agentes económicos, el nivel de precios aumenta.

La TFNP no niega esta premisa, sino que enfatiza el papel de la deuda pública en el incremento de la demanda agregada. Por tanto, abordando la TFNP con mayor rigor, diríamos que el nivel de precios se incrementa cuando existe demasiada deuda estatal –incluyendo la moneda fiat– con respecto al pago esperado de dicha deuda. Posteriormente veremos que esta visión no entra en conflicto, sino que complementa y expande la concepción ortodoxa de la inflación que hemos expuesto.

La Teoría fiscal del nivel de precios y sus rasgos característicos

Así mismo, podríamos categorizar los rasgos diferenciales de la TFNP en dos: en primer lugar, esta es la única teoría que vincula el valor presente de los superávits primarios con el nivel de precios a través de la formación del precio de la deuda pública. En segundo lugar, la TFNP presta atención a la calidad de los activos contra los que se emite la moneda fiat. Por ejemplo, emitir oferta de esta con deuda a largo plazo como colateral no tendrá los mismos efectos que si esta deuda es a corto.

A fin de cuentas, un mayor plazo de vencimiento implica un mayor riesgo de duración, y una menor credibilidad del emisor conlleva un menor riesgo de impago, verbigracia. Este perfil de riesgo y de tiempo afecta a la capacidad del activo de ser vendido a un precio constante en el tiempo, propiedad a la que denominaremos liquidez. Por ende, cuanto mayor sea la credibilidad atribuida al Estado emisor de la moneda, y más profundo sea el mercado para esta deuda, mayor será la liquidez de esta, pudiendo retirar una cantidad lo más constante posible de oferta monetaria para estabilizar el nivel de precios.

La Teoría fiscal del nivel de precios en un patrón fiat

En este sentido, es esencial entender que esta es una teoría fiscal sobre el nivel de precios y, en consecuencia, está centrada en las finanzas públicas del gobierno. Por consiguiente, la teoría solo es capaz de explicar el nivel de precios en un patrón fiat, es decir, donde la base del sistema monetario está constituida por dinero emitido por el Estado. No son descartables, empero, las posibles aplicaciones que la TFNP puede tener sobre la teoría del valor de sustitutos monetarios –estos son, activos financieros que ejercen determinadas funciones monetarias.

Ahora bien, si ya hemos explicado que esta es una teoría sobre el nivel de precios en un patrón fiat, queda explicar qué tipo de activo es la moneda fiat, pues su valor, como explicamos en un artículo anterior, se determina de forma diferente dependiendo de si se trata de un activo financiero o real y si, en el caso de que sea el primero, de si es un activo o un pasivo estatal. La visión de la TFNP a este respecto es correcta, pues caracteriza a la moneda fiat como una deuda más del Estado, dependiendo su valor de aquel que poseen los flujos de caja esperados descontados.

La moneda fiat como activo financiero

Este tratamiento lo resume John H. Cochrane en su artículo Money as stock (2005), en el que equipara la moneda fiat a una acción de cualquier empresa. Con esta analogía, el economista estadounidense pretende construir la concepción de la moneda fiat como un activo financiero, es decir, un derecho a recibir determinadas mercancías o a saldar deudas en el futuro. En este sentido, de la misma manera que una acción es un derecho contingente a recibir dividendos en el futuro, una deuda del Estado es un derecho a los superávits primarios futuros, con los cuales retira moneda fiat de circulación y hace frente al pago de la deuda. Tanto los dividendos en el primer caso como los superávits primarios en el segundo constituyen los flujos de caja esperados que, al descontarse, determinan el valor de ese activo financiero.

Precisamente porque la moneda fiat es un pasivo más del Estado, las expectativas sobre la solvencia de este afectarán al precio de todos sus pasivos, incluyendo la propia moneda. Dicho de otra manera, la estructura de activos del Estado, tanto tributarios como no tributarios, así como la valoración subjetiva de los agentes económicos sobre las finanzas públicas a largo plazo de dicho Estado, son fundamentales para determinar el valor de la moneda fiat (Rallo, 2017). En última instancia, el valor fundamental de un activo financiero deriva de los activos a los que da derecho (Rallo, 2019), por lo que una degradación de la calidad de los activos que mantiene un Estado en su balance afecta negativamente a su valor.

El equilibrio básico

Para entender las raíces fiscales de las variaciones en el nivel de precios, primero habremos de observar una de las condiciones de equilibrio de la teoría, previo a introducir cualquier otra fricción, y asumiendo precios totalmente flexibles y tipos de interés constantes, donde P1 es el nivel de precios en t=1, Bº la venta de bonos en t=0 y S1 los superávits primarios en t=1 (Cochrane, 2023):

Si el gobierno emite bonos para recibir financiación en t=0, monetiza esa deuda, pero posteriormente retira toda esa oferta monetaria creada mediante el cobro de impuestos, entonces la oferta monetaria de moneda se mantiene en los niveles en los que estaba previa a la emisión de Bº. Veámoslo en forma de balance:

El papel de los superávit

Como ya hemos explicado, el Estado puede absorber la moneda fiat con la que ha financiado su moneda bien con sus activos tributarios o con una emisión de deuda pública. Fijémonos que la Teoría fiscal del nivel de precios no hace referencia, por el momento, a activos no estatales que forman parte del balance de los bancos centrales y que pueden ser utilizados para generar un reflujo de moneda fiat que contraiga la oferta monetaria. Simplificaciones a un lado, en el período t=-1, estos son los dos métodos que emplea el Estado para realizar esta operación, donde la nueva variable Qº denomina el valor nominal de los bonos en t=0:

Siguiendo esta relación, si el valor de los bonos (Qº) decrece, será necesario que el Estado emita más deuda o que incremente su recaudación. De lo contrario, el nivel de precios experimentará una variación al alza debido a un incremento de la oferta adicional de moneda fiat que el Estado es incapaz de absorber con sus activos, tal y como hemos explicado en el epígrafe anterior. Así las cosas, si el valor de los bonos que los agentes económicos están dispuestos a atesorar puede influir sobre el nivel de precios, quedará ver de dónde procede este valor, mediante la ecuación de valoración de la deuda gubernamental:

En suma, el tipo de interés nominal (1º) de los bonos se iguala al tipo de interés real (R) –que tiende a converger con la tasa de descuento subjetiva (B)–más la inflación esperada. O, dicho de otra manera, el valor de los bonos estatales depende del valor descontado de los flujos de caja esperados por dólar prestado, sumado a la inflación esperada.

Si sustituimos Qº en la primera ecuación del epígrafe, el resultado es el siguiente:

Y sustituyendo la condición básica del equilibrio inicial:

De acuerdo con esta ecuación, podemos extraer dos conclusiones, una en relación con la confianza de los acreedores y con las posibilidades de estabilizar el nivel de precios mediante mayores superávits presentes (Sº):

La confianza de los acreedores y el nivel de precios

En primer lugar, si los agentes económicos no tienen confianza en la solvencia futura del gobierno, entonces el nivel de precios tenderá a subir por la huida generalizada de los pasivos gubernamentales. Recordemos que los superávits, derivados de los activos tributarios del Estado, son los activos con los cuales este puede estabilizar el valor de la moneda fiat y de las demás deudas estatales. Y si, como hemos apuntado, el valor fundamental de un pasivo financiero deriva del activo que tiene como colateral, y este se deteriora (menores superávits esperados), su valor decrece. En el caso del dinero, este descenso de su valor se puede trasladar al tipo de cambio, al tipo de interés y, evidentemente, al nivel de precios.

Pero ¿por qué esta pérdida de confianza y la subsecuente pérdida de valor de la deuda estatal incrementa el nivel de precios? Esto puede suceder por dos vías primordiales: 1) los tenedores de deuda la liquidan y la gastan, generando un crecimiento de la demanda agregada (Cochrane, 2023); y 2) estos tenedores intercambian deuda por pasivos de otros agentes económicos, provocando un aumento del tipo de interés de la deuda pública por una menor demanda en relación con la oferta de pasivos estatales.

El riesgo de una espiral inflacionaria con unas pesimistas expectativas sobre la solvencia futura del Estado es, por tanto, muy elevado, ya que condena a unos superávits públicos menores por mayor gasto en intereses y a una mayor monetización de deuda –que a su vez no podría ser reabsorbida por mayores superávits públicos– por una caída de la demanda externa sobre esta. Aunque existen diversas soluciones para frenar esta espiral inflacionaria, estos mecanismos ponen de manifiesto por qué unos menores superávits primarios esperados pueden, ceteris paribus, incrementar el nivel de precios.

Ajuste fiscal presente y estabilización del nivel de precios

En segundo lugar, el Estado puede hacer frente a un incremento en el nivel de precios si, incluso a pesar de una pérdida de confianza de los acreedores, incrementa sus superávits primarios lo suficiente en el presente. De este modo, estaría  generando un flujo de activos –en este caso tributarios– con los cuales puede reabsorber el valor nominal de  en la ecuación anterior.

Por ello, resulta de una extraordinaria importancia que el Estado o estructuras supraestatales tengan un compromiso con la estabilidad presupuestaria a largo plazo si es que quieren preservar el valor de su moneda. Si, por el contrario, el Estado emite más deuda con vencimiento en t=0 pero no incrementa los superávits primarios, entonces esto se traducirá, según la TFNP, en inflación en t=1 por el proceso explicado con la ecuación básica de la teoría. Bastaría con volver a la ecuación inicial, cuando añadimos la que indicaba el valor de los bonos gubernamentales (Cochrane, 2023):

En definitiva, en función de este modelo simplificado, emitir más deuda sin alterar los superávits primarios incrementa sus tipos de interés nominales, reduce su precio y aumenta el nivel de precios en t=1, como ya hemos señalado. Siguiendo la lógica de la TFNP, esta nueva emisión de bonos provoca una mayor recaudación en términos nominales, pero genera un crecimiento en el nivel de precios en el período posterior –en este caso t=1. Esto sucede tanto por la creación futura de base monetaria para hacer frente al pago de la deuda –recordemos que los superávits se mantienen estables– como por el descrédito que sufren los pasivos del Estado en esa coyuntura, dando lugar a los dos procesos inflacionarios explicados.

Conclusiones

Hagamos referencia al enunciado principal de la Teoría fiscal del nivel de precios al que nos dirigíamos al principio: “el nivel de precios se ajusta de manera que el valor real de la deuda se equipara al valor presente de los superávits primarios”. Ya hemos visto cómo un menor valor presente de estos superávits puede transformarse en una menor demanda por los pasivos estatales o en un mayor gasto agregado. Ambas vías acaban afectando directamente al nivel de precios. Por ello, no sería correcto afirmar que las variables monetarias no juegan ningún papel en la determinación del nivel de precios ya que, como hemos señalado, en un patrón fiat el flujo de deuda estatal tiene una estrecha relación con la cantidad de moneda fiat en circulación.

Por esta razón, desprenderse de las variables fiscales al analizar la inflación constituye un error teórico notable cuya manifestación ya se vio plasmada en la teoría cuantitativa y en su incapacidad de describir y predecir las fluctuaciones en el nivel de precios en una economía moderna. En todo caso, la TFNP, sin olvidarse de sus raíces en la Escuela de Chicago y de las posibles causas monetarias de la inflación, trata de avanzar y aplicar las teorías sobre la teoría del valor de la moneda fiat, y halla en las finanzas públicas una fuente esencial de las variaciones en el nivel de precios.

Bibliografía

Cochrane, J. H. (2005). Money as stock. Journal of Monetary Economics, vol. 52(3), 501-528.

Cochrane, J. H. (2023). The Fiscal Theory of the Price Level. Princeton University Press.

Friedman, M. (1956). The Quantity Theory of Money – A Restatement. En Milton Friedman (ed.), Studies in the Quantity Theory of Money, University of Chicago Press, 3-21.

Rallo, J.R. (2017). Contra la Teoría Monetaria Moderna: Por qué imprimir dinero sí que genera inflación y por qué la deuda pública sí la pagan los ciudadanos. Ediciones Deusto.

Rallo, J.R. (2019). Una Crítica a la Teoría Monetaria de Mises. Unión Editorial.

Sargent, T. & Wallace, N. (1985). Interest on Reserves. Journal of Monetary Economics, vol. 15(3), 279-290.

Wallace, N. (1981). A Modigliani-Miller Theorem for Open-Market Operations.The American Economic Review, 71(3), 267–274.

Abolir el señoreaje

Hoy hablaremos de ese veneno económico que se llama señoreaje y que consiste en poner a funcionar la imprenta que produce billetes sin respaldo. El dinero tuvo una época brillante. Fue cuando los billetes estaban respaldados por oro; se le llamó Patrón Oro. Cualquier banco podía imprimir billetes bajo la regla: un dólar igual a una cantidad de oro. Esta regla monetaria se aplicó en muchos países: Inglaterra, España, EEUU, etc. El comercio fluía perfectamente, pues no importaba el color del billete si cualquiera podía redimir el oro a cambio de los billetes. En realidad, se estaba comerciando con oro, representado en el papel.

Piense, por un momento, que nunca se hubiera abandonado ese sistema monetario. Y que ningún gobierno hubiera intervenido. Los billetes estarían circulando en todo el mundo, las mercancías atravesarían sin problema todas las fronteras. La diversidad de billetes convergerían, de manera natural hacia una sola, digamos dólares o euros o cualquier otro nombre. En todo el globo habría una cantidad más o menos constante de dólares. Esa cantidad de dinero crecería a razón de 3% que es el porcentaje de crecimiento del oro en todo el mundo, porque no se incrementa a capricho.

Ejercicio mental: una cantidad constante de dinero

Más aún pensemos en una cantidad de dinero perfectamente constante, sin variación alguna. La pregunta crucial es ¿sería un obstáculos al desarrollo de los países, la ciencia se estancaría, se provocarían naciones pobres, la miseria se establecería en el mundo entero o en determinados países? Mi respuesta es que nada de esto pasaría mientras se conservarán libres los mercados, sin intervención de los gobiernos. Los precios se moverían por efecto de abundancia o de escasez, por cambios en las modas, por innovaciones tecnológicas que inciden en la productividad.

Podríamos decir que el nivel de precios sería muy estable o mejor aún, habría una constante deflación debido al incremento de productividad y a la libre competencia donde nuevos actores llegaran a ofrecer más y mejores productos. El poder adquisitivo de los trabajadores se incrementaría solo, sin necesidad de luchas sindicales, huelgas o paros. Los empresarios seguirían invirtiendo sus ganancias en nuevos proyectos sabiendo que no hay gobiernos confiscadores o expropiadores.

Pero este mundo que pudo haber sido se desvió con la intromisión de los gobiernos que se creyeron con más sabiduría e inteligencia que los mercados libres. Y nadie les puso obstáculos pues la teoría no estaba suficientemente desarrollada para señalar los errores.

La creación de la Reserva Federal

En 1913 el gobierno norteamericano comete una de las intervenciones más dañinas para la economía norteamericana y para el resto del mundo. Fue el presidente William Howard Taft, un hombre acaudalado y bastante ignorante de las ciencias económicas, quien fue convencido por los progresistas de su tiempo para crear un banco de bancos; es decir, el Fondo de la Reserva (FED).

La primera tarea de este banco fue establecer un solo tipo de billete: el dólar americano. Queda, desde entonces, estrictamente prohibido que un banco privado imprima dólares. Todos los bancos debían entregar el oro de sus bodegas para que la FED les devolviera dólares oficiales. El ciudadano regresaba los billetes locales y se le daban dólares oficiales a cambio. De hecho, el gobierno prohibió que los ciudadanos tuvieran oro en sus hogares. Todo el metal debía pasar a las bóvedas de la FED y, claro, la gente recibía dólares impresos por la FED. Digamos que hasta aquí no había casi nada reprobable, salvo la intromisión autoritaria del gobierno en el sistema monetario.

Sistema de cambio-oro

En realidad, no era necesaria esa intervención para homogeneizar billetes. Tampoco era necesaria la concentración de oro en las bodegas de la FED. Se pudo haber logrado la homogeneización del billete por acuerdos privados de los bancos. También se pudo haber tenido una bóveda única para guardar el oro, aunque tampoco era  necesario. Pero el gobierno convenció a todos que él era el más fiable, el más honrado y con los funcionarios más capacitados que cualquier banquero privado. Y todos sucumbieron.

Los otros países, que también llegaron a tener el patrón oro se fueron convencido para que guardaran en las bodegas de la FED el oro y a cambio recibieran divisas, dólares americanos que era como si tuvieran oro. Así que cambiaron el patrón oro por el patrón dólar (acuerdo de Bretton Wood). El oro que recibiera un banco digamos de Guatemala, se mandaba a USA para recibir dólares por el equivalente. Entonces la regla cambió: ahora se pueden imprimir billetes locales solo si hubiere divisas en la bodega del banco local. Forzadamente los países pensaban que estaba bien, pues los dólares estaban respaldados y el oro seguro en las bodegas del país más rico, poderoso, serio, fiable y honesto. Todo marchaba, digamos que bien.

El gran impago de 1971

Por laboriosidad, agunos países empezaron a acumular dólares. Francia, con Charles de  Gaulle de presidente, se percata que tiene una buena cantidad de dólares y decide pedir a Estados Unidos la cantidad de oro correspondiente. Richard Nixon se da cuenta que se vaciarían sus bóvedas si regresaba el correspondiente metal áureo y decreta que no, no va a devolver ni un gramo de oro, es decir elimina la convertibilidad de manera unilateral. Charles de Gaulle regresa triste, sin nada de oro. Nixon le recomienda que sus dólares los use para comprar lavadoras, radios, refrigeradores y toda mercancía que quiera, pero de oro, nada.

Los demás países de pronto despiertan pero se quedan callados ante el fenomenal poder de los norteamericanos. Perdieron su metal y se quedaron con papel impreso. Desde entonces quedó rota la regla de imprimir billetes propios solo si tenían divisas en bodega. Desde entonces, la regla es: cada gobierno es libre de imprimir sus propios billetes discrecionalmente, sin necesidad de divisas u oro en bodega. Se dio libertad al señoreaje, sin restricción alguna.

Los gobiernos, compuestos normalmente de funcionarios ignorantes de las teorías económicas, pensaron que tenían el instrumento ideal para resolver todos sus problemas: Podían imprimir dinero y dar créditos baratos y abundantes a las empresas. Podían construir universidades y escuelas con profesores pagados con dinero impreso. Podían construir carreteras, puentes, puertos y aeropuertos, con solo echar a andar la imprenta. Parecía magia, pero se llama señoreaje.

Además, ya se sabía que el dictador Adolfo Hitler así había resuelto el problema de desempleo. Todos los jóvenes, las mujeres gozaban de sueldos del gobierno. Las fábricas de armas, uniformes y más estaban en plena actividad usando la magia de la maquinita de imprimir dinero.

Señoreaje en la URSS

En la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, el dictador José Stalin aplicó el señoreaje. Pero la “Ley es la ley” y provocó incremento de los precios, una pieza de pan, digamos que costaba en rublo y al día siguiente dos y luego tres. Para detener ese crecimiento de precios, Stalin ordenó matar al panadero que alterara los precios. Pero ahora crecían más los precios del pan, pues la oferta ya era menor, porque había menos panaderos.

Algunos países abusaron tanto del señoreaje, es decir, de la impresión de dinero, que para comprar un kg de pan los ciudadanos tenían que llevar billetes en carretillas. En fin, un desastre en todas las economías y el culpable estaba en el gobierno con su política de señoreaje.

De hecho, los Estados Unidos de América furtivamente usaron señoreaje imprimiendo dólares que no tenían ningún respaldo en oro. Es porque los países se dieron a la tarea de pedir prestado. Por eso mismo tuvieron que eliminar unilateralmente la convertibilidad, pues se habrían vaciado todas las bodegas que guardaban el metal.

El comercio de papelitos por bienes

¿Por qué no les afectó tanto el furtivo señoreaje que aplicaron los gobiernos norteamericanos? La explicación radica en que los gobiernos fuera de los EEUU pedían dólares para tenerlos en bodega y así darse el derecho de imprimir dinero local. En otras palabras, era dinero que no entraba a la economía norteamericana.

Precisamente el gobierno de los Estados Unidos se da cuenta que tiene una máquina maravillosa, mágica, que le puede producir negocios fabulosos con la simple impresión de dólares. En efecto, los países latinoamericanos y europeos quieren crecer; necesitan infraestructura, maquinaria, escuelas, etc. No tienen recursos, así que acuden a los créditos internacionales, básicamente a los Estados Unidos. Pero, por la regla del patrón oro, la cantidad de dólares es limitada. Si usa esos dólares respaldados, tendría el efecto de un recorte de recursos para su propia economía. Pero, ¡eureka! Recuerda que tiene la imprenta. Basta introducir papel blanco e imprimir dólares, todos los dólares que demandan los países que buscan crédito.

Argentina

Por ejemplo, Argentina piensa en dolarizar su economía, calcula que todo su circulante equivale a 100 mil millones de dólares, mismos que pide a manera de crédito a los EEUU. Al tío Sam no le cuesta nada prender la máquina, meter papel blanco e imprimir esa cantidad, misma que manda en barco a Argentina. Acto seguido, el gobierno de Milei anuncia que tal día los ciudadanos deben acudir a hacer el cambio de moneda. En dos o tres días ya se dolarizó la economía.

Veamos el cuento final: los ciudadanos argentinos ni pierden ni ganan, su poder adquisitivo es el mismo, pueden comprar lo mismo pero ahora pagan con dólares; el gobierno tiene ahora toneladas de pesos argentinos que ya no van a circular, es decir, los billetes se transformaron en basura, los debe mandar al incinerador, sus bodegas se vaciaron de dólares, pero quedó con una deuda de cien mil millones de dólares que devengan una tasa de interés, digamos del 4% al año.

Los Estados Unidos poseen un activo, es decir, un pagaré que le va a cobrar a Argentina, digamos que en un año. Se cumple el plazo y Argentina no tiene para pagar el préstamo, ni siquiera para pagar los intereses. El gobierno norteamericano, en su afán de “ayudar” a Argentina, le dice: “no te preocupes, me puedes pagar con ganado. Mándame cien millones de vaquitas”. El gobierno argentino, buen pagador, manda todas sus cabezas de ganado a los Estados Unidos. Digamos que así saldó su deuda, pero se quedó en la ruina, sin ganado, sin leche, sin piel, y con doble deuda, pues ese ganado lo consiguió con promesas de pago a futuro a los ganaderos argentinos. Una verdadera pesadilla.

Préstamos con señoreaje

Por su lado, el Tío Sam se frota las manos del gran negocio que fue prestar dinero usando el señoreaje. Transformó unas toneladas de  papel periódico en miles de cabezas de ganado. Un negociazo demencial.

La moraleja de este cuento es para decirle a Javier Milei que no pida dólares prestados a los Estados Unidos para hacer la dolarización. Hay otros métodos que no requieren empréstitos internacionales, ni domésticos. En realidad, hoy día se puede dolarizar un país a costo cero.

Con libertad de señoreaje para los gobiernos, ya no necesitan ni oro ni divisas y pueden imprimir a capricho. Resultados: estancamiento, distorsión de precios, pobreza, huida de capitales, etc. La moraleja debió ser “no uses el señoreaje, no imprimas dinero porque los efectos son devastadores”. Pero los gobiernos no se distinguen por ser honestos ni entendidos.

Javier Milei

Aquí resalto la política del liberal libertario Javier Milei que prometió “dinamitar el Banco Central de Argentina” que en realidad quiere decir, no imprimir ni un peso más. Es decir, queda fija e invariable la cantidad de dinero en la economía argentina. Y esta viene siendo la mejor política monetaria que pueda tener un país. No necesita relacionar la cantidad de dinero con la cantidad de oro en bodega. Ni tampoco necesita respaldar con divisas. Su moneda será dura, sana y confiable en tanto no violen la regla de “cero señoreaje”

En realidad, si todos los países establecieran la regla de “cero señoreaje” estarían construyendo un robusto y confiable sistema monetario mundial que tendría el mismo efecto del patrón oro o mejor aún.. Basta garantizar una masa fija y constante. ¿Y cuál es la cantidad de pesos o sucres que deberían tener Argentina o Perú u otro? Esa respuesta ya la dio el economista austriaco Ludwig von Mises: Es la cantidad de dinero que hay hoy mismo.

Ver también

Dolarización venenosa. (Santos Mercado).

Por qué se puede (y debe) dolarizar Argentina en el 2024. (Luis Espinosa Goded).

¿Cuánto cuesta dolarizar una Economía?

Adoptar el dólar como moneda nacional (dolarizar) puede ser la entrada al paraíso, pero también al infierno. Ya se ha logrado entender las ventajas de tener al dólar como moneda de curso legal, el problema se centra ahora en el proceso de sustitución.

Veamos un poco de teoría. Cuando existía el patrón oro, cualquier banco podía emitir billetes con la regla de imprimir una unidad si estaba respaldado por un gramo de oro. En un mismo país podía haber muchos bancos donde cada uno que imprimía sus propios billetes. Si llegaba un minero con un kg de oro, el banco imprimía mil billetes de un peso. Y todo funcionaba bien.

Luego, los gobiernos, indebidamente, crearon Bancos Centrales bajo su administración, así empezaba su intervencionismo en materia de moneda. El pretexto era para que en cada país unificara sus billetes con el retrato del rey o gobernante de cada nación. Nada de qué preocuparse mientras conservaran la disciplina de un peso un gramo de oro. ¿Era necesario todo esto? Opino que no, ni Banco Central ni homogenización de billetes, ni intervención de los gobiernos. Pero así fue la historia.

La perversión de los bancos centrales

El gobierno se da cuenta que puede usarlo para financiar sus gastos y caprichos. Empieza a imprimir billetes sin respaldo, es decir, surge la falsificación del dinero. Construye obras faraónicas, otorga créditos baratos o simplemente lo regala para tener contento al pueblo. Con dinero en abundancia, la demanda de bienes crece formidablemente, todos son felices, se embriagan de gusto y placer. Pero el efecto dura poco, cuando se deja de inflar con billetes falsos la demanda de productos se reduce, los almacenes quedan llenos, las fábricas se cierran, trabajadores a la calle, llegó la crisis y a sufrir todos. Los que conservan su empleo verán que ya no compran lo mismo de antes, los que tenían ahorros notarán que se habrán pulverizado, las hipotecas no se pueden pagar.

El fenómeno se repetirá una y otra vez cada vez que el gobierno ordene al Banco Central imprimir dinero. Ahora los ahorradores buscan la mejor moneda para hacer sus ahorros. Es cuando ponen la vista en el dólar americano. Saben que el dólar no es moneda perfecta pero es la más confiable, por ahora. Así que surge la idea  de dolarizar la economía”.

¡Pero qué necesidad!

En realidad, no hacía falta buscar otras monedas más confiables. Ningún país tendría problemas monetarios de inflación y pérdida de poder adquisitivo de su moneda si no hubieran falsificado dinero. Esto ocurrió porque le dejaron al gobierno la administración del Banco Central. Ahora ya saben que el Banco Central debe ser totalmente independiente del gobernante y tener tareas bien específicas. Debe estar en manos privadas, de algún hombre que sepa de teoría monetaria y que sus funciones son las siguientes:

  1. Conservar la masa monetaria fija, no debe imprimir ni una unidad más. Debe vigilar que ningún otro particular falsifique dinero, tendrá inspectores, policías y detectives a su cargo.
  2. Puede usar la imprenta solo para sustituir billetes deteriorados.
  3. Fraccionar. Recoge y destruye un billete de mil pesos e imprime mil billetes de un peso. Esto no altera la masa monetaria.
  4. Compactar dinero. Incinera mil billetes de un peso e imprime un billete de mil pesos. Esto tampoco altera la masa monetaria.
  5. Prohibido financiar al gobierno. No debe imprimir dinero por mandato del gobierno.
  6. Prohibido financiar a bancos privados o negocios particulares.
  7. En el peor de los casos, actuar para resolver pánicos bancarios.

Un ladrón

Con estas restricciones, es fácil ver que este Banco Central no tiene dinero depositado, ni oro, ni valores en bodega. Es una simple imprenta que funciona como un “taller de vigilancia y reparación”. El resultado da una moneda dura, confiable y la economía no sufre inflación. Si este Banco Central se limitara a las actividades señaladas, no habría necesidad de buscar otra moneda. La nuestra sería la más confiable.

La propuesta de Milei va en este sentido. Habla de dinamitar el Banco Central de Argentina porque ahora se ha convertido en un ladrón furtivo, un depredador del patrimonio de los ciudadanos, un destructor de la Economía y fuente de continuas crisis. Todo esto acabaría si cambia sus actividades para convertirse en un “taller de vigilancia y reparación”.

A pesar de que se tuviera un Banco Central nuevo, hay que reconocer que la limitación de los pesos argentinos que valen en Argentina, pero no valen en Colombia, USA, Venezuela, etc. Por eso se habla de dolarizar, porque Argentina podría usarlo en cualquier parte del mundo. Entonces abordemos los procesos de dolarización.

Dolarización de coste infinito

Dolarización de coste infinito. El gobierno de Argentina invita a los ciudadanos para que lleven sus pesos argentinos a un tipo de cambio de, digamos, 750 por cada dólar. Usa sus reservas, se las acaba, emite bonos para que los argentinos poseedores de dólares debajo del colchón los lleven al banco, pero ni así logra dolarización completa y ya no tiene más dólares. El gobierno pide dólares en préstamo a los Estados Unidos de América y ni así logra dolarizar.

No se dio cuenta que la imprenta de pesos argentinos seguía funcionando y algunos funcionarios corrían al banco para rescatar dólares. Podían seguir así ad infinitum y algunos terminarían supermillonarios, indebidamente. Es la política más estúpida y Argentina acabaría peor que si le hubieran lanzado la bomba, con una deuda fatal.

Dolarización innecesariamente costosa. El gobierno destruye su banco central, ya no crece la masa monetaria. Ahora usa sus reservas internacionales para cambiar pesos por dólares, no le alcanza, emite bonos para que los argentinos inviertan en dólares a diez años, no le alcanza, pide prestado dólares a los estados unidos. Ahora si, ya Argentina está dolarizada, pero el gobierno está quebrado, con deudas impagables. Otra mala dolarización.

Dolarización sin coste

Dolarización sin costo. Se pide el apoyo de los Estados Unidos de América quien tiene el privilegio del señoreaje. Es para que imprima 40 mil millones de dólares, digamos que es el equivalente de la masa de pesos argentinos. Los manda a Argentina a cambio de todos los pesos argentinos. Se realiza la conversión y Argentina solo habrá pagado por la tinta, el papel y el traslado. Es la buena dolarización. Los Estados unidos no sufren en absoluto porque esos dólares no entran a la economía norteamericana. Argentina no se habrá descapitalizado, el gobierno no acaba endeudado, no se esfuman las reservas internacionales.

Dolarización ligera. Consiste únicamente en mantener masa monetaria nacional congelada y dar curso legal al dólar. El gobierno no quema pesos argentinos, no los saca de circulación, deja que la tasa de cambio se resuelva en el mercado de divisas. El resultado es que el gobierno no gasta en la dolarización y el peso argentino, al eliminar el señoreaje, se empieza a revalorar con el tiempo, si ahora necesita 750 pesos argentinos por un dólar, al rato solo necesitará 600, luego 500.

Ecuador

Cuando Ecuador se dolarizó lo hizo unilateralmente. El Fondo Monetario Internacional ni lo apoyó ni lo impidió: “es su decisión”, dijo FMI.  Ecuador usó sus reservas internacionales, alteró brutalmente la tasa de cambio. Si antes estaba 30 sucres por dólar, luego impuso 120 sucres por dólar. La gente vio reducido su poder de compra a la cuarta parte; luego anunció que el cambio se daría en solo unos días, digamos tres días, después de eso, los sucres quedarían sin valor. Mucha gente no se enteró y quedaron con cientos o miles de sucres en el bolsillo que ya no valían nada. Aún así, no alcanzaba a dolarizar.

Entonces ocurrió un milagro: Ecuador, que es productor de petróleo, vendía a 38 dolares por barril, pero subió el precio internacional y ahora le pagaban a 160 por cada barril. Así llegaron los dólares y pudo realizar el cambio total de moneda. Ahora están dolarizados, pero el precio fue muy alto: descapitalización del gobierno, pérdida del ciudadano por cambio en la cotización autoritaria, pérdida del ciudadano que se quedaron con sucres sin valor. El petróleo y préstamos internacionales pagaron la dolarización. Así que el gobierno ecuatoriano quedó sin reservas y con brutal deuda internacional. Fue una dolarización con demasiados e innecesarios sacrificios. La población soportó y ahora disfrutan de una moneda que no depende de los caprichos de un gobernante nativo. Cuando menos, ya no puede haber robos estatales por manejo de la moneda.

Guatemala y El Salvador

Guatemala maneja las dos monedas, quetzal y dólar, prácticamente no tiene inflación y no tuvo que sacrificar nada. La tasa de cambio ha estado constante, debido a que no hacen señoreaje. No pidió dólares prestados a instituciones internacionales, ni deudas por bonos a ciudadanos nacionales. Están tranquilos, con muy baja inflación.

En El Salvador el cambio fue un tanto traumático. El presidente decide unilateralmente dolarizar pero declara que convivirán los colones con el dólar. Sin embargo, obliga a los bancos para que, cuando los ciudadanos saquen sus ahorros, solo se les den dólares. El gobierno guarda toneladas de moneda nacional y deja dolarizado a El Salvador. ¿De dónde sacó los dólares para lograr una dolarización total? Es un misterio. Pero se sabe que tiene una deuda enorme con los EUA. Como es deuda a 30 años, no le preocupa demasiado, ya lo pagarán las generaciones futuras.

Un precio muy alto

En los tres casos podemos decir que los países pagaron un precio demasiado alto. El error común de los tres es que no plantearon un acuerdo con los USA. He señalado antes que podían haberse apoyado en el señoreaje de Estados Unidos. En efecto, los Estados Unidos imprimen moneda casi a capricho. Al eliminarse el patrón oro por el presidente Richard Nixon, los dólares ya no son intercambiables por oro.

La regla que se adoptó mundialmente es que cada país imprime a discreción. Los gobernantes más ignorantes o bandidos imprimieron toneladas de billetes provocando dolorosas inflaciones, la unidad monetaria perdió poder adquisitivo. Solo aquellos países que se disciplinaron y casi no imprimieron, lograron tener monedas fuertes. De hecho, si todos los países, en 1972, hubieran congelado sus masas monetarias, todas las monedas habrían sido duras y se podrían usar por todos lados del mundo. Tarde llegó la lección.

Dólar, dinero fiat

En resumen, si argentina decide dolarizarse totalmente, lo mejor es llegar a un acuerdo monetario con los Estados Unidos. Usa imprime los 50 mil millones de dólares equivalentes a la masa monetaria de Argentina. Manda un barco con todos esos billetes, se dan tres días para hacer la conversión, se le pone en el barco toda la masa de pesos argentinos para que usa se los lleve o los incinere para no cargar basura. Solo en este caso conviene a Argentina la dolarización completa.

Queda claro que esta alternativa descansa en que el dólar es dinero fiat, es decidir, no tiene respaldo de oro y su valor radica en la confianza de la gente. Sería insensato proponer a USA la compra de basura monetaria, si estuviera el dólar bajo el régimen del Patrón Oro, sería tanto como pedir que usa le regalara oro a Argentina, pero no es el caso, es intercambio de vil papel.

Si logra entenderse esta propuesta, muchos países podrían reclamar el método y pronto tendríamos una América dolarizada sin lastimar los intereses de nadie.

Ver también

Dolarización venenosa. (Santos Mercado).

Reflexiones ante la carta de 200 economistas que se oponen a la dolarización. (Adrián Ravier).

Dolarizar Argentina es posible y deseable. (Adrián Ravier).

Dolarizar la Argentina es posible e imprescindible. (Adrián Ravier).

Dolarización en Argentina. (Santos Mercado).

Una propuesta para dolarizar la Argentina sin devaluación ni aumentar la deuda. (Adrián Ravier).

Respuesta a tres grupos críticos de la dolarización argentina. (Adrián Ravier).

La dolarización como herramienta de cambio: lecciones del milagro ecuatoriano. (Adrián Ravier).