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Etiqueta: Política monetaria

Dolarizar la Argentina es posible e imprescindible

Ante el alto nivel de inflación que muestra la Argentina y los continuos fracasos de estabilizar el poder adquisitivo del peso, crece en la sociedad la idea de dolarizar la economía. Muchos colegas economistas que durante largo tiempo se oponían a esta reforma, ahora empiezan a sumarse a la cruzada. Varios políticos que ignoraban el tema, hoy lo colocan sobre la mesa de debate.

¿Pero qué tan factible es dolarizar la economía? ¿Cómo podríamos hacerlo? El primer paso es hacer un diagnóstico de la situación financiera de Argentina:

1. Inflación histórica desde 1935 a la fecha supera el 50% acumulativo anual;

2. Inflación para 2021 superó el 50 por ciento;

3. Expectativas de inflación base para 2022 en torno al 70% -100%, y tal vez más,

4. Inflación reprimida que amplía esas expectativas si se quitaran los controles de precios o dejara de atrasarse el tipo de cambio oficial y las tarifas de servicios públicos, las que reciben subas por debajo de la inflación actual;

5. Acumulación de pasivos monetarios en el Banco Central en forma de Leliq y pases que superan el tamaño de la base monetaria y garantizan que la inflación futura será mayor aun que la presente;

6. Falta de independencia del Banco Central para resistirse a continuar monetizando los desequilibrios fiscales, lo que en definitiva garantiza que seguirá ampliándose la oferta monetaria, y también los pasivos monetarios; y

7. Con el avance espontáneo de una dolarización real en la que los argentinos poco a poco abandonan el peso como reserva de valor, y más bien lo sustituyen por activos o dólares, moneda que resguarda mejor el poder adquisitivo de sus tenencias.

Un programa de estabilización a lo Chile o Israel podría tener éxito en resolver los desequilibrios macro y le darían quizás a la Argentina un panorama de estabilidad, pero hay al menos tres elementos que chocan con este objetivo: 1. El reciente fracaso del programa de estabilización de Federico Sturzenegger; 2. El tiempo que se requiere para estabilizar la economía con un programa gradual y de mediano plazo; 3. Que la elección de un eventual gobierno populista podría evitar que se complete el proceso, o bien, si se completó podría anular o revertir el programa y volver a un escenario inflacionario.

Opción viable, con claros beneficios

La dolarización, por el contrario, parece entonces una opción viable que permitiría en menos tiempo obtener tres claros beneficios: 1. Evitar que el gobierno pueda continuar monetizando el déficit fiscal, por lo que se alcanzaría la estabilidad monetaria en un plazo relativamente corto de tiempo, convergiendo la tasa de inflación actual hacia la que tiene Estados Unidos; 2. Eliminar el riesgo de devaluación, y con ello reducir las tasas de interés nominales y reales, recuperando el crédito para apalancar el crecimiento económico; 3. Dificultad para un próximo eventual gobierno populista revertir ese camino y volver a los procesos de devaluación e inflación.

La pregunta que queda entonces es cómo dolarizar. ¿A qué tipo de cambio podría hacerse la conversión de los pesos circulantes? Aquí un escenario.

El primer punto a destacar es que la economía argentina ya se ha dolarizado de manera espontánea. Desde las últimas PASO en agosto de 2019 la mayoría de los argentinos retiraron sus dólares del sistema financiero por la desconfianza que generaba un posible triunfo electoral de quienes en ese momento constituían la oposición. La caída en las reservas brutas y netas fue abrupta e instantánea, y desde entonces no se recuperaron.

De esta manera, la oferta monetaria en pesos que podemos considerar convertir a dólar representa sólo una porción del dinero que tienen los argentinos. Esa oferta monetaria es la que debemos evaluar convertir a dólar para encaminarnos a una dolarización oficial. Por supuesto, el potencial dólar convertible a calcular se incrementó en 2019 con la “fuga de capitales” y se incrementó de nuevo en 2020 con la enorme expansión monetaria en pesos para acompañar los efectos nocivos de las políticas de cuarentena. Cuánto más alto el tipo de cambio de conversión más difícil dolarizar en la práctica, pero a la vez, más imprescindible.

Veamos entonces un escenario para el tipo de conversión. La fórmula simple sería:

TC conversión (TCC)= Base monetaria + otros pasivos (Leliqs y pases) / Reservas del BCRA. Con datos del 31 de agosto de 2022 el ejercicio arroja:

$ 4.211.669 millones + $ 6.070.311 / USD 36.932 millones = $ 278

Sin embargo, aquí se abre un debate sobre ese total de 36.932 millones de dólares que el BCRA declara en sus reservas brutas. Y es que ese total incluye, entre otros elementos: 1) dólares de depositantes que podrían retirarlos en cualquier momento; 2) un swap chino por 19.982 millones de dólares cuya disponibilidad todavía no está clara que pueda hacerse efectiva; 3) oro y otros metales que no se pueden hacer líquidos de manera rápida.

Si el lector desea jugar con este escenario e imagina reservas netas líquidas nulas o negativas, entonces los números de conversión suelen ser elevados, lo cual lleva a algunos analistas a afirmar que no es posible dolarizar.

Esto no significa, sin embargo, que no haya dólares para dolarizar. Si hubiera intención política de hacerlo, el gobierno debe evaluar el escenario y trabajar tanto en reducir los pasivos monetarios a convertir, como también en obtener dólares para ampliar el denominador.

Emilio Ocampo y Nicolás Cachanosky, por ejemplo, han propuesto canjear los pasivos monetarios en manos de los bancos securitizando activos del BCRA (por ejemplo Letras Intransferibles) a través de un fideicomiso emitiendo bonos en dólares a corto plazo. Por el lado del denominador, habrá que explorar la posibilidad de monetizar el swap chino, o bien obtener un préstamo del FMI o algún organismo multilateral para llegar a un tipo de cambio de conversión que no implique un fuerte empobrecimiento de la sociedad y con ello haga inviable a la medida.

El punto central aquí es que la economía argentina ya está dolarizada. Que aunque las reservas netas líquidas sean cero, para dolarizar los pesos que circulan se necesitan USD 40.000 millones, incluso menos, y se podrá aceptar un tipo de cambio de conversión algo menor a $300. No es un monto que pueda evitar una dolarización de la economía. No es una suma que asuste al sistema financiero global, si el gobierno dolarizador sabe explicar las grandes ventajas del proceso, y el potencial de crecimiento al que da lugar.

Gran parte del costo de la dolarización los argentinos ya lo hemos sufrido. Se trataría más bien de aprovechar ese costo para avanzar hacia sus beneficios y generalizarlos a toda la población. El momento es oportuno, incluso por la gran licuación de ingresos que ya hemos sufrido.

Respuestas a tres grupos de críticos de la dolarización argentina

La dolarización vuelve a la mesa de debate, y entonces emergen sus críticos. Puedo visualizar tres grupos dentro de ellos, aunque es posible que algún economista se sienta parte de dos grupos a la vez. En esta nota trataré de describir a los malos críticos, los buenos críticos, y los críticos prácticos, y ensayaré algunas respuestas.

Los malos críticos

Los primeros son aquellos que cuestionan la dolarización, pero también la idea de que la inflación argentina tiene causas monetarias. Rechazan la convertibilidad y cualquier regla monetaria, e incluso sostienen que algo de inflación es necesaria, parafraseando a Aldo Ferrer, incluso en niveles del 40% anual. Ejemplifican equivocadamente la convertibilidad como algún tipo de dolarización y en general rechazan la ortodoxia de la economía. Postulan ideas heterodoxas que son precisamente las responsables de nuestro presente. Incluso vinculan la dolarización a la bandera, la escarapela y los nacionalismos. Lo cierto es que tener una moneda sana importada de ninguna manera implica perder la patria, o cederla a alguna otra. ¿Acaso España, Francia o Alemania han perdido la patria por ceder su moneda al BCE? Este grupo tiene malas críticas para el tema de debate.

Los buenos críticos

Los segundos son aquellos que tienen buenas críticas, porque parten de la idea correcta que la inflación argentina es consecuencia de monetizar el déficit fiscal. Si tanto la dolarización como otro programa de estabilización requieren del equilibrio fiscal, al resolverlo piensan que se puede prescindir de la dolarización. Si bien el argumento es válido, pienso que estos críticos no ven una de las mayores ventajas de la dolarización que es su irreversibilidad, o más bien dificultad de des-dolarizar. Zimbabue resulta ser un caso excepcional en la materia, justamente por no acompañar la reforma con otras políticas complementarias indispensables a las que haremos referencia al final de la nota. Pero la experiencia muestra que los costos de salida son muy altos.

Estos críticos también sostienen que las experiencias son pocas, y que sería peligroso avanzar en este camino. Dicen que el número de países que ha dolarizado es pequeño, y que las experiencias con las que contamos tratan sobe países de menor tamaño que Argentina. Aquí pienso que se equivocan. Hay más de 100 economías dolarizadas en el mundo, si incluimos islas y microestados. Aun la zona euro podría tomarse como un caso de dolarización, y esas economías que la integran no son precisamente pequeñas. Incluso entre los países no dolarizados, habrá que ver el grado de dolarización con el que hoy conviven. Argentina y Venezuela, por caso no han dolarizado oficialmente, pero sí han avanzado bastante en un proceso espontáneo de dolarización, en la necesidad de los ahorristas de conseguir refugio para sus tenencias de dinero.

Pero volviendo ahora a las experiencias de dolarización oficial en Latinoamérica la bibliografía referencia los casos de Panamá, Ecuador y El Salvador. Nótese que en estos casos, los tres países han sobrevivido a grandes desafíos: en el primer caso a dos guerras mundiales, una gran depresión, la invasión de Estados Unidos y desastres naturales que incluyen terremotos y El Niño; en el segundo al populismo extremo de Correa; y en los tres casos a crisis económicas profundas como la de 2008 y una pandemia como la de 2020. ¿Qué escenario más duro que estos podrían implicar el abandono de la dolarización?

Los críticos prácticos

Finalmente llegamos a preguntas de orden práctico. No hay dólares suficientes, argumentan en este grupo. El tipo de cambio convertible es demasiado alto, lo que implica una tasa de devaluación muy alta que empobrecerá aún más a la Argentina. ¿Qué haríamos con los pasivos monetarios acumulados en el BCRA?

Aquí se abre un debate incluso entre los defensores de la dolarización, pues hay muchas maneras de dolarizar. Son preocupaciones válidas, pero eso no quiere decir que sean obstáculos para dolarizar. Al decidir avanzar políticamente en sustituir una moneda por otra, iniciarán los procesos que la hacen posible. Las preguntas técnicas tienen respuestas técnicas. Hay que decidir si se hace con o sin acuerdo con Estados Unidos, por ejemplo. Pero querer replicar el proceso europeo con la zona euro, como si América fuera unificada y los mercados ya estuvieran integrados, no parece accesible. Tomaría décadas. Además, Estados Unidos tendrá resistencia a compartir el señoreaje.

Una vez que decidimos que no hay que consultar a Estados Unidos para dolarizar, el camino es más sencillo, al menos desde lo político. El primer paso es cambiar los pesos en circulación y los pasivos monetarios (Leliqs, etc.) del BCRA por los dólares existentes, que serían las reservas líquidas disponibles que tiene el BCRA. Ese cociente, parece mostrar un numerador muy alto por todo el circulante más las Leliqs y pases, y un denominador muy bajo, pues no hay muchos dólares. Si este cociente es muy alto, entonces inician procesos de reducir el numerador, y ampliar el denominador. Para reducir los pasivos monetarios, una propuesta que ha surgido en el libro de Emilio Ocampo y Nicolás Cachanosky de pronta publicación, consiste en securitizar activos del BCRA (por ejemplo Letras Intransferibles) a través de un fideicomiso emitiendo bonos en dólares a corto plazo que se pueden usar para canjear las Leliqs en manos de los bancos. Para ampliar el denominador pueden obtenerse préstamos de acreedores diversos como el FMI u organismos multilaterales de crédito.

Otro argumento aquí que se nutre de la experiencia de Ecuador (veánse las múltiples notas de la economista ecuatoriana Gabriela Calderón, especialista en la materia) es que al dolarizar, los dólares que los argentinos tienen atesorados (y que son muchos) salen al mercado, rompiendo el mito de que la economía argentina no tiene dólares. No debemos confundir la práctica de cambiar los pesos emitidos que hoy circulan y que se derriten en las manos de sus tenedores, con el dinero que los argentinos tienen, pues ya ha habido una natural dolarización espontánea que ha convertido gran parte del capital a dólar. ¡Los argentinos ya están dolarizados en un alto porcentaje! De lo que se trata es de ampliar esas ventajas a toda la población.

Por lo demás, volviendo a las cuestiones prácticas básicas, al dolarizar ya los intercambios se hacen en moneda dólar. La gente paga bienes y servicios en dólares, y las empresas pagan impuestos en dólares. El gobierno recauda dólares y con ello paga sus gastos en dólares, incluyendo las jubilaciones y pensiones, y dejamos de ver una economía que todos los días se devalúa. Se elimina también el descalce cambario de recibir impuestos en pesos pero tener deuda pública denominada en dólares. A medida que la economía recupere su capacidad productiva, mejorar el nivel de actividad y con ello la recaudación lo que podrá ir recuperando los ingresos reales de los asalariados del sector público, e incluso jubilados y pensionados.

Por supuesto, así presentado la dolarización parece una receta mágica, pero no lo es. Si Argentina tiene problemas en el sistema previsional, debe reformarlo. Si tiene déficit fiscal, debe eliminarlo pues ya no podrá monetizarlo. Si tiene enorme rigidez en el mercado laboral, necesita avanzar en una política de flexibilización laboral. Si tiene una alta presión tributaria, debe resolver el laberinto fiscal y reducir y simplificar su estructura tributaria. Si está aislada del mundo, necesita una reforma de apertura económica. Esta misma apertura económica puede permitir reformar la banca y atraer a la banca internacional, incluyendo la banca off shore como ha propuesta Jorge Avila. En definitiva, se requiere una reforma integral de la economía para evitar replicar la experiencia de Zimbabue. La dolarización es necesaria por todo lo expuesto, pero no es suficiente para resolver los problemas estructurales de una economía con décadas de decadencia.

¿Llega tarde la Fed?

El pasado 30 de enero, el presidente de la Reserva Federal (Fed), Jerome Powell, declaraba que quizá fuese un buen momento para retirar la pablara “transitoria” de la descripción de la inflación actual y tratar, por lo tanto, de dar una explicación más acertada de la situación. Hasta ahora, la supuesta transitoriedad de la inflación había sido el principal argumento esgrimido por la Fed a la hora de defender la continuación de su hoja de ruta de política monetaria expansiva y la persistencia de la misma en un momento de notable recuperación económica y elevada inflación, especialmente en el caso de EEUU.

A lo largo de la Historia hemos podido observar cómo la pérdida de control sobre la inflación por parte de los bancos centrales (no es el caso de momento) produce daños tanto políticos como económicos, ya que una vez se desanclan las expectativas de inflación y se entra en una espiral de salarios-precios, la dureza de la política monetaria contractiva necesaria para devolver las tasas de inflación a cifras cercanas al objetivo suele generar una recesión, con el consecuente coste político de la misma. No son pocos los economistas que consideran que hoy en día la Fed está actuando tarde y que esto podría derivar en una pérdida de control sobre las expectativas de inflación que llevasen al desanclaje de las mismas.

Por otro lado, muchos otros economistas (como es el caso de Krugman frente a Larry Summers) consideran que la inflación en EEUU aún se puede considerar transitoria y que, por lo tanto, no hay motivos suficientes para reclamar un viraje de rumbo radical de la política monetaria, sobre todo en un momento en el cual podría truncar la recuperación económica -según Krugman-. El hecho de que la inflación sea o no transitoria no depende exclusivamente de la evolución de los precios en determinados mercados o del agregado de estos, sino de las políticas que se estén desarrollando y planeando aplicar en un futuro cercano, considerando el efecto que estas podrían tener sobre la evolución del nivel de precios, junto a shocks que puedan surgir por el lado de la oferta.

Uno de los riesgos que personalmente observo es que, hoy en día, y en el entorno de política monetaria actual, cualquier shock adicional que afectase a los precios encontraría un mecanismo de transmisión rapidísimo, al no estar activado en este momento ningún cortafuegos frente a la inflación. En el caso de EEUU, además, con la situación presente de su mercado laboral, sería más fácil que nunca que un shock de oferta negativo adicional redundara en un desanclaje de las expectativas de inflación y activara la espiral de salarios-precios anteriormente mencionada.

Una situación como la descrita no sería de extrañar, sobre todo en un momento en el que los niveles de consumo real en EEUU han vuelto a la tendencia pre-pandémica, según datos del Institute for International Finance (2022), debido principalmente a los programas de estimulo fiscal masivos llevados a cabo por el Gobierno. Además, la inversión, tanto corporativa como residencial se halla en niveles muy altos, sosteniendo una tendencia de crecimiento fuerte y constante, lo que hace que la recuperación del gigante norteamericano sea sin duda la más fuerte de entre los países desarrollados.

Tal y como he comentado anteriormente, la situación de tensión del mercado laboral norteamericano es también uno de los principales factores a estudiar a la hora de extraer cualquier conclusión acerca del futuro cercano de la inflación. Variables como la tasa de actividad, la tasa de empleo o el número de desempleados por puesto de trabajo disponible están registrando las mejores cifras desde hace muchos años, superando la media desde el año 2001. De hecho, la propia Fed es consciente de ello, ya que reconoció hace relativamente poco que se estaba cumpliendo con el objetivo de maximización del empleo, dando lugar ahora a centrarse más en la tarea de estabilización de la inflación.

Al inicio del presente artículo comentaba que uno de los principales temores de los bancos centrales en todo mundo y especialmente en EEUU es que un rápido incremento de la tasa de inflación cause un desanclaje de las expectativas de los agentes económicos y de lugar a una espiral salarios-precios. Pues bien, a este respecto podemos observar que el incremento en ingresos nominales en EEUU para los trabajadores sitúa la compensación total a los mismos en niveles previos al año 2020, aunque si bien es cierto, en términos reales dichas ganancias se situaban en diciembre de 2021 más de un 3,5% por debajo de los niveles previos a 2020.

El factor que está causando que un incremento tan elevado de los salarios no esté generando suficientes ganancias en términos reales para los trabajadores no es nada más que la inflación. Esta llegó a alcanzar el 7% anual en EEUU, siendo la cifra más alta en más de 40 años, con la inflación subyacente alcanzando cifras nada despreciables como es el 5,5%. Además, si analizamos por componentes, tal y como muestran los datos del Institute for International Finance, la inflación supera el 2% en más del 70% de los productos de la cesta del índice.

En este sentido, es posible que a lo largo de los próximos meses veamos una ralentización del crecimiento de la inflación de ciertos bienes, debido a incrementos de oferta en determinadas industrias que ayuden a resolver la tensión actual en muchas cadenas de valor. Aún así, con los presentes niveles de inflación y siendo esta una tendencia cada más generalizada y extendida a casi todos los sectores de la economía, podría no ser suficiente para que la inflación volviera a sus niveles de objetivo medio.

Aunque la Fed ya haya anunciado una finalización escalonada de su programa extraordinario de compra masiva de deuda a causa de la pandemia, aún mantienen activos otros programas de compra de activos y los tipos al 0,25%. En otros países se puede argumentar que las causas de la inflación actual son puramente de oferta, pero este no es el caso de EEUU donde los niveles de consumo se hallan en máximos desde 2019. Por ello, la Fed debe recalibrar su política monetaria y situar el control de la inflación como su principal prioridad durante los próximos meses.

No cabe duda de que la senda marcada por la Fed para los próximos meses es definitivamente contractiva en lo referente a la política monetaria, pero cabe preguntarnos si está llegando a tiempo o si, en cambio, esto ya no hará nada por controlar las expectativas de inflación, teniendo que promover una política monetaria mucho más contractiva para mantenerlas bajo control. Si la situación fuera esta última, el crecimiento económico del gigante norteamericano se podría ver seriamente dañado, con los consecuentes efectos sobre el mercado laboral.

De momento, se esperan varias subidas de tipos a lo largo del presente año y el siguiente. La media de los analistas espera que los tipos terminen entre el 0,6% y el 0,9% este año, para elevarse hasta entre el 1,4% y 1,9% en 2023, lo cual seguiría manteniendo los tipos de interés reales en terreno negativo.

Por lo tanto, debemos plantearnos si la política monetaria que se diseñó para los primeros meses de irrupción del Covid es la misma que necesitamos ahora. Seguramente no. Si deseamos mantener el crecimiento económico en el tiempo a la par que mantenemos la inflación bajo control, la Fed debe plantear una sensata ruta de estabilización de la inflación.

2022, ¿una montaña rusa?

Con la llegada del nuevo año son muchos los análisis que tratan de aportar algo de claridad en el plano económico, aunque esto resulte una tarea titánica e incierta, debido a la gran incertidumbre de cara al desarrollo del nuevo ejercicio económico. Son muchas las variables que han registrado una altísima volatilidad en sus series durante los últimos meses, debido principalmente al efecto dominó existente entre la evolución de la pandemia y la actividad económica.

 Aunque muchos puedan pensar de manera intuitiva que el cierre de 2021 no fue positivo en términos económicos, la realidad es realmente la contraria. El año cerró con el PMI en términos expansivos, con datos de creación de empleo y afiliación récord y datos de sentimiento empresarial en terreno positivo, situándose 8,5 puntos porcentuales sobre la media de la serie, con inicio en el año 2000. 

Aún así, esto no significa que la tendencia vaya a mantenerse necesariamente durante los primeros meses del nuevo año, ya que con la aparición de ómicron -aún siendo una variante mucho más leve en términos de casos graves y muertes- y su alta tasa de contagios, la actividad económica se podría ver de nuevo afectada por el elevadísimo volumen de bajas laborales y nuevos cuellos de botella que está causando. Algunos de los sectores más afectados serían aquellos más relacionados o dependientes del comercio presencial, debido tanto a una ralentización de la demanda por este tipo de bienes y servicios como a problemas de oferta. Por ejemplo, el elevado número de bajas laborales está causando nuevos retrasos en suministros de bienes intermedios y, por lo tanto, paralizando muchas cadenas de valor globales, como es el caso del sector del automóvil y sus redes logísticas. Esto, lógicamente afectará de manera asimétrica a los diferentes países en relación a la exposición y dependencia con estos sectores, no llegando a observar un rendimiento pleno de la economía hasta que se reduzca la presión sobre las cadenas de suministro ocasionada por los obstáculos que estas están encontrando. 

Una de las variables sobre las que dichos cuellos de botella tienen un efecto directo es la inflación, cuya transitoriedad -al menos a medio plazo- queda ya descartada por los principales bancos centrales del mundo. El IPC alcanzó el 6,7% en diciembre, debido principalmente a las dificultades asociadas a la producción y la traslación de precios de la energía hacia aquellos bienes y servicios con mayor dependencia de esta. De hecho, la inflación subyacente ya supera el 2%, situándose en el 2,1% el pasado mes. Aunque muchas veces las dinámicas políticas causen que se piense en estos fenómenos en términos nacionales y se busquen soluciones exclusivamente dentro de nuestras fronteras, la realidad es que la inflación presente es un fenómeno prácticamente global, con gran presencia en la Eurozona y EE. UU., aunque con sus diferencias, ya que en EE. UU. se comienza a observar una espiral precios-salarios que, de momento, no se atisba en Europa.

En algunos países europeos, debido principalmente a su estructura productiva, estamos observando una mayor correlación entre el IPC general y el subyacente, como es el caso de Alemania, donde mientras el IPC general se sitúa en el 5,7%, la inflación subyacente ya se eleva hasta el 3,9%, cerrando la brecha entre las dos, dando lugar a pensar en la posible aparición de una espiral inflacionaria en dicho país si la tendencia se mantiene en los próximos meses. Que esta espiral no sea un fenómeno extendido en los diferentes países es esencial para que, cuando el crecimiento económico se modere, el crecimiento de los precios se reduzca. El escenario en el cual el crecimiento de la inflación continuara a pesar de una reducción de la tasa de crecimiento económico, se daría en el caso de que las expectativas de inflación se desanclasen, ocasionando un fuerte crecimiento de los salarios. 

En ese caso, los bancos centrales -BCE en el caso de la Eurozona- se verían casi obligados no solo a un freno de sus programas de estímulos o incluso retirada parcial de estos (tapering), sino también a una subida de los tipos de interés, como ya ha hecho, por ejemplo, el Banco de Inglaterra. El problema se halla en que, tras la enorme acumulación de deuda por parte de los países miembros de la Eurozona durante la crisis de la Covid-19, dicha elevación de tipos incrementaría notablemente el coste de pago de la deuda y elevaría el peso del pago de intereses de esta sobre el gasto público total, detrayendo recursos de otras partidas o disminuyendo el peso de la política fiscal y los programas expansivos. Por lo tanto, una subida fuerte de tipos es un escenario nada deseable en la Eurozona, ya que, en el peor de los casos, podría elevar el riesgo de una crisis de deuda soberana en determinados países miembros. Debemos tener en cuenta que, en la presente crisis, el volumen de deuda en circulación es mucho mayor que en la anterior, y lo que está evitando que esto genere problemas es el hecho de que su coste es mucho menor y la duración de la misma sensiblemente mayor.

Por otro lado, no debe cundir el pánico respecto a esto, ya que el propio BCE dispone de multitud de mecanismos para evitar la subida de las primas de riesgo, establecidos muchos de ellos tras la crisis del euro posterior a 2010. Esto no significa que no sea necesario que los miembros de la Eurozona presenten planes individuales de consolidación fiscal a medio plazo, sobre todo en un momento en el que se está debatiendo la importantísima reforma de las reglas fiscales asociadas al Pacto de Estabilidad y Crecimiento, cuya clausula de escape dejará de estar activada tras el presente ejercicio. 

Otro de los puntos esenciales para la evolución del crecimiento europeo en el 2022 será la ejecución de los fondos europeos y las reformas estructurales que estos impulsen. La principal virtud de dichos fondos se halla en la tendencia reformista que generan, ayudando a elevar no solo el crecimiento presente sino también el potencial, siendo esto clave si queremos garantizar, por ejemplo, la estabilidad de las pensiones, siendo un mayor crecimiento económico una condición necesaria pero no suficiente. 

En el plano europeo, los fondos Next Generation podrían ser el primer ladrillo para futuros programas expansivos comunes, a través de, por ejemplo, emisiones de deuda conjunta. La continuación y desarrollo futuros de este tipo de programas depende en gran medida de la evolución y los efectos de los presentes fondos europeos de recuperación. Esta es una incógnita que corresponde resolver no solo a los países miembros, sino asimismo a las instituciones europeas que deben ejercer una estricta fiscalización de los fondos, haciendo que la condicionalidad de estos se cumpla, asegurando así no solo sus efectos positivos, sino también la propia credibilidad de las instituciones europeas. 

En conclusión, el escenario económico que se presenta para el año 2022 es relativamente incierto debido a multitud de variables interrelacionadas. Los cuellos de botella posiblemente no desaparecerán durante, al menos, la primera mitad del año y el efecto que esto tenga sobre la inflación -¡y sus expectativas!- será clave para el desarrollo de la política fiscal y monetaria, con los consecuentes efectos sobre el crecimiento económico de las mismas. 

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (I)

A raíz de un artículo de Brendan Greeley en el Financial Times, se ha generado un interesante debate en twitter sobre si el dólar es una deuda. Cuestionando incluso su clasificación como pasivo por parte de la Reserva Federal. El autor del artículo y otros economistas como Jon Paul Koning defienden que el dólar si es una deuda o pasivo, y por otro lado George Selgin, Larry White defendían que no lo es, que si es un pasivo solo lo es en nombre (no por su naturaleza).  Por mi parte yo no tengo ninguna duda en posicionarme con los primeros.  El dólar es claramente una deuda, una obligación de sus emisores.

La discusión no es solo relevante desde un punto de vista teórico y académico, también es relevante a efectos prácticos pues los legisladores y políticos utilizan los consensos científicos para promulgar leyes.  Como ejemplo reciente tenemos el supuesto consenso científico sobre el cambio climático que indudablemente tiene consecuencias políticas, legales y fiscales sobre los ciudadanos.  En este caso podría tener consecuencias sobre el dólar ya que si como sostiene el profesor Selgin los dólares emitidos por la Fed tienen una “conexión muy débil con el valor de los activos que lo respaldan”, esto podría resultar en una menor exigencia de información a la Fed, o una menor exigencia de respaldo como por ejemplo eliminando el requisito de contabilidad por partida doble con inventarios independientes para los activos por un lado y los dólares emitidos por otro, de manera que cada dólar emitido no esté necesariamente respaldado por el mismo nominal en activos.

El profesor Selgin separa y compara los dólares emitidos por los bancos comerciales con los dólares emitidos directamente por la Reserva Federal. Admite que los primeros son indudablemente una deuda, pues el banco está obligado a redimir sus depósitos por dólares de la reserva federal, mientras que la reserva federal no está obligada a redimir sus dólares por nada. Los dólares emitidos por la Fed son un “I owe you nothing” según Selgin, que paradójicamente coincide en esto con los cienporcientistas en su “dinero que se imprime de la nada”, pues el error de ambos se fundamenta en exactamente lo mismo: Entender la causalidad al revés y no darse cuenta de que los medios fiduciarios y la moneda fiat son créditos otorgados por el mercado.

Pero el razonamiento de que los dólares emitidos por la banca comercial son deuda por ser redimibles ya tiene un problema. ¿Seguro que son deuda por el hecho de ser redimibles? ¿Dejarían de serlo si no pudieran redimirse, si se prohibiera al cash, por ejemplo?  

Un banco comercial crea depósitos al prestar.  Pongamos el caso de la venta de un inmueble a crédito.  La forma más simple de que el propietario del inmueble lo venda a crédito es pidiéndole al comprador que le entregue una promesa de pago.   El comprador podría ir pagando la promesa entregando bienes al vendedor, según acuerden las partes. O  si la promesa circula podría simplemente comprar la promesa, extinguiendo su deuda pues ya ningún tercero puede reclamarle nada, lo cual demuestra que la redimibilidad no es la única manera de liquidar una deuda. Otra forma de instrumentar la operación sería que un tercero especializado intermediase el crédito, adquiriendo la promesa de pago (hipoteca) y emitiendo a cambio sus propias promesas para entregarlas al acreedor, al vendedor de la casa.

Si la deuda del deudor original o la deuda del intermediario circulase hasta el punto de ser unidad de cuenta, la cancelación del crédito por la vía de recomprar la promesa es una forma muy práctica de operar, pues el valor de la deuda se actualizaría en tiempo real partiendo de su valor inicial (el precio de la casa en aquel momento) con respecto a todos los bienes de la economía, es decir, basta con tener una buena estimación del tipo de interés denominado en esa deuda para estructurar una operación de crédito.  La deuda de intermediarios especializados, los bancos, es ideal para este propósito siempre que exista la información suficiente sobre la calidad de sus créditos, es decir, de qué manera está respaldada la deuda del banco por la de sus deudores. No es necesario que los deudores dispongan de un bien concreto (por ejemplo oro), sino que dispongan de los bienes suficientes, sean cuales sean, para recomprar las deudas emitidas por los bancos y entregarlos para pagar compensarlas con sus propias deudas.  En este sentido la contabilidad, como siempre, es una herramienta fundamental del cálculo económico.  No es un mero trámite burocrático, sino el medio de información fundamental para que los agentes puedan valorar la deuda de un banco, la moneda que emiten.

Así es como la banca comercial crea y destruye la gran mayoría de los dólares en circulación.  No son deuda porque sean convertibles en dólares de la reserva federal, sino porque son el resultado de monetizar otras deudas, como la hipoteca de nuestro ejemplo.  Y de hecho la inmensa mayoría de los depósitos en dólares comerciales nunca se redimen por dólares de la Reserva Federal, sino que se utilizan para compensar deudas.  Es decir, el hipotecado tendrá que ir comprando depósitos en dólares en el mercado para entregarlos a su banco que los compensará contra la hipoteca.  Por tanto, si la redención casi nunca se ejecuta, cabe hacer la pregunta de si realmente es necesaria esa redimiblidad de los depósitos para el funcionamiento de la banca comercial.   

Para que esta forma de intermediar crédito sea posible, es impepinable que el banco se obligue a aceptar depósitos en dólares para cancelar la hipoteca.  Y esto tiene que ser así existan leyes de curso legal o no, de lo contrario nadie pediría un crédito a un banco que no se obligue a aceptar sus propios depósitos como pago, pues sería una tomadura de pelo.  Mucho ojo, aquí lo relevante no es que el depósito del banco sea medio de pago, sino que el deudor, al adquirir depósitos, está recomprando indirectamente su propia deuda con el objetivo de extinguirla.

Aquí la diferencia entre los títulos de propiedad del banco y los depósitos es clara. Yo no puedo exigir que el banco me acepte como pago sus títulos de propiedad (acciones del banco), pero si puedo exigir que me acepte sus depósitos. También puedo exigir llevarme el depósito a otro banco en cualquier momento, cosa que no tiene siquiera sentido plantear con los títulos de propiedad. Por eso los depósitos se clasifican contablemente como pasivo exigible o recursos ajenos del banco y los títulos de propiedad como recursos propios o pasivo no exigible (equity). Como podemos ver, hay muchas más cuestiones a considerar además de la redimibilidad para clasificar un instrumento emitido por el banco como un pasivo exigible u obligación. 

En mi opinión los dólares emitidos por los bancos comerciales son pasivos exigibles sean redimibles o no.  La redimibilidad junto con las leyes de curso legal ayudan a la fungibilidad de los depósitos de todos los bancos comerciales, es decir, para que todos los depósitos se valoren por su nominal y yo pueda utilizar el depósito del banco B para cancelar una hipoteca en el banco A.   Pero lo que caracteriza a una deuda no es que sea más o menos fungible, o que tenga un determinado valor o que éste sea más o menos estable, sino que se trate de un contrato que implique obligaciones para alguien, y obligarse a aceptar un instrumento para cancelar deudas es una obligación.

Ahora bien, es cierto que para que una deuda pueda utilizarse como moneda tiene que tener valor, y además tiene que ser razonablemente estable.  ¿Y si no hay redimibilidad como se consigue la estabilidad? Pues aplicando tipos de interés denominados en esa misma moneda y así ajustar su poder adquisitivo en el tiempo según sea necesario. 

De manera similar a como se descubrió el concepto de medio de intercambio a través de bienes con valor de uso (sal, ganado, etc) y una vez descubierto se inventaron bienes que servían únicamente como medios de intercambio sin que tuvieran ningún valor de uso, como los collectibles de Szabo, también llegó el momento en que se descubrió que una deuda ajustada por tipos de interés denominados en esa misma deuda puede circular como moneda sin necesidad de redimirse en otro bien externo como el oro, aunque ser previamente unidad de cuenta convertible evidentemente ayuda muchísimo en el proceso. Esta fue una transición larga por la que las compensaciones de deudas pagaderas en oro o plata (letras, billetes, depósitos, etc) se veía que claramente eran mucho más eficientes que hacer todos y cada uno de los pagos moviendo oro físico. Los pagos por compensación van cobrando más importancia tras la explosión en el comercio global que sigue a la revolución industrial y más aún con el desarrollo de las telecomunicaciones en el siglo XIX.  Y ya a lo largo del siglo XX se fue constatando por la vía de los hechos que las restricciones parciales de la convertibilidad en oro a determinados agentes, inicialmente los ciudadanos de a pie, no impedían que los pasivos bancarios siguieran circulando como moneda, pues la compensación era mecanismo suficiente.  Este proceso de restricción gradual de la convertibilidad culminó en 1971 cuando se restringió totalmente.  Quiero dejar claro que no estoy haciendo un juicio de valor de si esta restricción total fue positiva o no, simplemente lo describo y trato de explicar cómo funciona.

Y el sistema funciona porque los titulares de los depósitos bancarios exigirán un tipo de interés determinado en función de sus expectativas, y aquí están incluidos los propios bancos cuando se prestan unos a otros en el interbancario.  Los tipos de interés y la existencia de un mercado interbancario son suficientes para estabilizar el valor y para hacer fungibles los dólares.  Los tipos de interés son un benchmark externo más barato que el oro, pues al tratarse de un índice es mucho menos costoso de gestionar y no tiene los problemas de inflexibilidad y volatilidad del oro. Si bien es cierto que la convertibilidad en oro tiene la ventaja de otorgar mayor control a los acreedores, es decir, es un sistema que no requiere depositar tanta confianza en el sistema financiero.

La Reserva Federal opera de forma más limitada a lo que hemos descrito para los bancos comerciales, pues salvo en muy contadas ocasiones participa en la creación de nuevos dólares.  Por ejemplo, los famosos QE no son más que un traspaso hacia el balance de la reserva federal de dólares que ya crearon previamente los bancos comerciales.  

El sistema monetario no fluye de arriba hacia abajo en el sentido de que la Fed está en lo alto de la pirámide, crea dólares que inyecta en la economía y los agentes económicos los prestan a los bancos.  No, esa no es la realidad de su funcionamiento, los ciudadanos no pueden comprar dólares a la Fed ni tampoco tomarlos prestados. La causalidad es al revés.  Los agentes económicos crean deudas que los bancos monetizan, y la Fed es un banco de bancos, creado por los bancos, para coordinarse entre sí.  Incluso los tipos de interés que supuestamente “determina” la Fed se calculan partiendo de una media de los tipos a los que se prestan los bancos entre sí en el interbancario.  Es decir, no los determina la Fed de forma totalmente unilateral, sino el sistema financiero en su conjunto.  Los pasivos de la Fed como las reservas y los billetes son consecuencia de los depósitos bancarios, y estos a su vez son consecuencia del crédito que el mercado otorga a los bancos.

Centrar el foco en el billete físico de dólar, que es irredimible y no devenga interés, poniéndolo como si fuese el elemento inicial y final de la cadena me parece un argumento muy pobre por no ser realista. Ni los depósitos se crean en su mayoría depositando billetes, ni el destino final de los depósitos es acabar convertidos en billetes. Los billetes físicos de dólar son un epifenómeno dentro del sistema monetario que representan tan solo una fracción de los dólares en circulación, y que el mercado los utilice renunciando a los intereses, se justifica por su conveniencia para determinado tipo de transacciones y normalmente muy bajos volúmenes de atesoramiento.  Al contrario que en un patrón oro, no son la cosa final sobre la que descansan todos los depósitos, son simplemente un medio de representación más de la misma cosa, y esa cosa es una deuda del sistema financiero.

En mi opinión creo que debemos observar el dólar como un conjunto, y no como un flujo top-down inexistente, pues la evidencia nos muestra que es más bien todo lo contrario, un flujo bottom-up desde el mercado. Este conjunto se coordina gracias a los tipos de interés y a la observación por parte del mercado de que el sistema financiero en su conjunto aplica esos tipos de interés de forma inadecuada (i.e., desde 1971 hasta la estabilización de Volcker) o adecuada (i.e. estabilización de Volcker y años posteriores).  Tipos de interés por un lado y confianza en terceros por otro, ¿no suena eso a deuda? 

En el artículo de hoy me he limitado a un análisis práctico del funcionamiento actual del dólar, pero como estamos en tiempos de experimentación monetaria, se están planteando alternativas heterodoxas como la emisión directa por parte de los bancos centrales (Central Bank Digital Currencies o CBDC), stablecoins privadas y/o descentralizadas, y también tenemos casos como el banco central de Suiza o de Japón que tienen en su activo una cantidad significativa de instrumentos que no son de deuda como ETFs sobre acciones o incluso acciones directamente.  En los próximos artículos analizaré en un plano más teórico si la naturaleza de estas monedas podría considerarse distinta a la deuda. 

Cómo la inflación podría terminar descontrolándose

La inflación en EEUU se disparó en abril hasta el 4,2%: máximos desde el año 2008. Y aunque es verdad que semejante estallido se ha debido fundamentalmente al encarecimiento de la energía con respecto a los mínimos del año anterior (solo esta rúbrica ha aumentado un 25,1% en los últimos 12 meses), hay tres razones por las que no deberíamos despachar lo ocurrido como un fenómeno anecdótico e irrelevante.

La primera es que la subida fue mayor de lo que esperaban la mayoría de analistas: si bien el mercado ya anticipaba un alza del 3,6%, finalmente ha sido del 4,2%. Por tanto, la mayoría de agentes económicos habrá tenido que revisar al alza sus expectativas después de esta ‘sorpresa’ hacia arriba. La segunda es que el IPC interanual descontando la energía y los alimentos (la inflación subyacente) se encuentra en el 2,95%, lo que constituye la tasa de variación más elevada no desde 2008, sino desde 1995. Y tercera, aun cuando estemos ante un episodio de inflación transitoria como consecuencia del rebote de la actividad tras la pandemia, tampoco habría que despreciar el riesgo de que este movimiento al alza de los precios se enquiste en la economía a través de dos vías.

Por un lado, elevaciones en los precios pueden alimentar negociaciones al alza de los salarios que, a su vez, alimenten elevaciones empresariales de los precios para mantener los márgenes. La posibilidad de una espiral inflacionista precios-salarios en EEUU es hoy mucho mayor que en cualquier otro momento durante la última década, porque, en 2019, el mercado laboral se hallaba en pleno empleo y, en la medida en que tras la pandemia volvamos a andar hacia esa situación, el poder de negociación de los trabajadores se verá incrementado.

Por otro, las expectativas de inflación podrían llevar a una caída en la demanda de dinero que, a su vez, alimentara todavía más inflación. Recordemos, en este sentido, que la pandemia ha legado unas políticas fiscales y monetarias muy expansivas que se han traducido en un incremento muy sustancial de los pasivos en dólares: tal como recordábamos en un artículo de hace algunas semanas, en que ya alertábamos del incipiente riesgo de inflación, la M2 se ha incrementado en un 25% durante el último año, de modo que, para estabilizar el valor de toda esa moneda, será necesario mantener la demanda de dólares estructuralmente elevada. Sin embargo, si se extiende la expectativa de inflación entre los agentes económicos, podría terminar sucediendo lo opuesto: los tenedores de dinero podrían acabar buscando refugio en otros activos (bienes de consumo, activos financieros de renta variable denominados en dólares o activos en moneda extranjera) para así evadir el (esperado) impuesto inflacionista. Y esa menor demanda de dinero (motivada por la expectativa de mayor inflación) cebaría la propia elevación de los precios a modo de profecía autocumplida.

Existe, además, otro modo en que las expectativas podrían terminar consolidando una inflación elevada: las expectativas sobre cuál vaya a ser la reacción de la Reserva Federal ante la misma. En la actualidad, los inversores en dólares mantienen la confianza en que el banco central seguirá tratando a medio plazo de estabilizar el valor del dólar: es decir, que si la inflación se desvía significativamente de los objetivos de la Fed (promedio del 2% a largo plazo), la política monetaria adoptará un tono contractivo en forma de reducción de la oferta de pasivos de la Fed y de mayores tipos de interés. Se espera, además, que la Reserva Federal actúe de ese modo con independencia de cuáles sean las necesidades financieras del Tesoro: si los tipos de interés se disparan, serán Biden y Yellen quienes tendrán que apretarse el cinturón con políticas de austeridad fiscal. Pero ¿y si no es así? ¿Y si los inversores empiezan a temer que la Reserva Federal no subirá los tipos de interés para no perjudicar al Tesoro aun en el caso de que la inflación se dispare? En tal caso, la creencia generalizada pasaría a ser que hemos pasado a un régimen de dominancia fiscal, en el que el banco central queda, ‘de iure’ o ‘de facto’, subordinado a la política fiscal del Tesoro: de manera que la calidad del dólar como reserva de valor se vería perjudicada y la consecuente caída de su demanda alimentaría la inflación.

En definitiva, todavía es pronto para saber si los nuevos bríos inflacionistas han llegado para quedarse: de momento, estamos sobre todo ante una elevación de precios como reacción a unos mayores costes energéticos pospandemia. No obstante, la economía estadounidense ha sido estimulantemente abonada durante el último año para que esa chispa inflacionista pueda prender en un incendio de mayores dimensiones, sobre todo según cuál sea la reacción de las autoridades apagafuegos.

La dolarización como herramienta de cambio: Lecciones del milagro ecuatoriano

La dolarización de la economía argentina podría darle inmediatos resultados a nuestro país:

1. Resolveríamos el problema de la inflación alcanzando rápidamente la estabilidad monetaria (algo similar a la hiperinflación de 1989-91 resuelta por la Ley de convertibilidad);

2. Al mismo tiempo las tasas de interés nominales bajarían a un dígito;

3. Al eliminar el riesgo de devaluación, las tasas de interés reales también bajarían (vean el caso de El Salvador);

4. Como consecuencia, sobrevendrían mayores inversiones, generadoras de empleo que a su turno nos permitirán recuperar la economía y emprender un proceso de crecimiento real.

Se dirá que la dolarización es condición necesaria, pero no suficiente para alcanzar el crecimiento real. Se dirá también que miremos el caso de Ecuador para comprender este punto, pues han dolarizado hace 20 años, y no han mostrado ningún milagro económico. Mi respuesta es que quizás el milagro está, pero no lo han podido ver.

El milagro ecuatoriano 

Ecuador tuvo en estos 20 años gobiernos populistas que podrían haber convertido al país en otra Venezuela. Eso no ocurrió. Correa primero, y sus delfines después, chocaron con la imposibilidad de imprimir dinero para expandir el tamaño del estado, imponiendo procesos hiperinflacionarios sobre el Ecuador. Correa atacó la dolarización en diversas ocasiones como aquel sistema que contenía sus intenciones, y eso debe ser visto como el primer milagro económico del Ecuador.

La dolarización resistió a los populismos, y hoy el pueblo acaba de elegir Presidente al único postulante que prometió mantener el esquema. No sólo eso. El nuevo Presidente, el banquero Guillermo Lasso, prometió una modernización financiera para acompañar a la dolarización, además de la liberalización de los mercados y bajas impositivas para atraer capital privado internacional.

La dolarización implica importar una institución monetaria que el propio país no pudo darse a lo largo de su historia. Con ello vienen otros desafíos, pues debe haber equilibrio fiscal, apertura económica y condiciones favorables a la inversión que requieren de múltiples reformas de mercado. 

Numerosos estudios de ciencias políticas muestran que cuando un país es gobernado por un populismo extremo como el que tuvieron Venezuela y Ecuador, la economía entra en un círculo vicioso de pobreza, indigencia, inflación que se profundiza en cada elección por la dependencia de gran parte del pueblo en las cajas de comida que los propios gobiernos reparten. Ecuador hoy logró romper este círculo. La dolarización fue esencial en este cambio que Ecuador está iniciando. 

Está claro que por ahora sólo son expectativas. Hay incontables casos de fracasos en la historia latinoamericana. Pero soy optimista, y el mercado -hasta ahora- también ha mostrado optimismo. 

La dolarización es subestimada en Argentina. Hoy no puedo dejar de pensar qué hubiera pasado si Carlos Menem en su segundo gobierno, o Mauricio Macri, hubieran optado por la dolarización. La historia pudo ser otra.