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Etiqueta: Populismo

La soga y la horca de los gobiernos populistas

Aunque el eslogan que encabeza este artículo pueda parecer una contradicción sin sentido, es metafóricamente válido para comprender si las políticas económicas de los gobiernos populistas a nivel mundial, especialmente en América Latina, han sido viables y sostenibles. Esto se analiza desde la óptica del liberalismo económico, en términos de productividad, competitividad, libre competencia y comercio, y equilibrio fiscal.

Si bien este ensayo se centra principalmente en las políticas económicas populistas, es importante destacar cuáles han sido los fundamentos más relevantes, tanto económicos como políticos, de estos movimientos. En este sentido, Pierre Rosanvallon sostiene que el populismo se ha constituido sobre cinco elementos: “una concepción del pueblo, una teoría de la democracia, una modalidad de la representación, una política y una filosofía de la economía y un régimen de pasiones y emociones” (Pierre Rosanvallon, El Siglo del Populismo, 2020).

Historia del populismo

Contrariamente a la creencia tradicional de que el populismo es un movimiento político originario de Hispanoamérica, su historia y orígenes tienen antecedentes sorprendentes. Según Pierre Rosanvallon, estos se encuentran en tres contextos históricos distintos y escasamente vinculados.

El primero se dio en la Rusia de los años 1870-1880. Un movimiento de intelectuales y jóvenes de clases adineradas e incluso aristocráticas, críticos de los proyectos de modernización de tipo occidental, se opuso a estos y propuso, en cambio, mantener las tradiciones de la comunidad agraria y la asamblea local como punto de partida para la edificación de una nueva sociedad.

El segundo surgió una década después en Estados Unidos. Fue conocido como el People’s Party, cuyos seguidores eran calificados generalmente de populistas. A principios de la década de 1890, este movimiento alcanzó cierto éxito, reclutando a una multitud de pequeños agricultores de las grandes llanuras en conflicto con las empresas ferroviarias y los bancos con los que se habían endeudado. Sin embargo, el People’s Party no logró atraer a una audiencia nacional, a pesar del eco que encontró su denuncia de la corrupción política y su llamado a una democracia más directa.

Para Pierre Rosanvallon, el People’s Party fue un genuino movimiento popular, pero permaneció limitado a un mundo agrícola geográficamente circunscrito, sin captar afectos en el electorado obrero. Dentro de este contexto, es importante resaltar, como señala Rosanvallon en su obra citada, que ninguno de los populistas estadounidenses conocía la utilización precedente del término “populista” en Rusia.

El tercer referente histórico del populismo, según el mencionado autor, se encuentra en Francia, país en el cual el término “populismo” hace su aparición en 1929, en un contexto completamente distinto y sin ningún lazo con las dos historias precedentes.

La peculiaridad del populismo francés radicó en que fue un pronunciamiento únicamente literario, que invitaba a los novelistas franceses a tomar más como objeto a los sectores populares. Dentro de este movimiento, destacaron novelistas franceses como Zola, así como los contemporáneos Marcel Pagnol y Eugène Dabit, como exponentes de esta modalidad de populismo literario. Estas tres historias paralelas no interactuaron entre sí y no constituyeron una prefiguración de los fenómenos populistas contemporáneos, según el citado autor.

Ante el reciente surgimiento de lo que se ha etiquetado como populismo de derecha, es importante mencionar algunos de los elementos más característicos de ambos movimientos, que implican ciertos elementos diferenciadores y comunes. Estos obedecen más a sus lineamientos políticos que a un conjunto de principios económicos científicamente validados y que han sido altamente cuestionados por la literatura académica liberal.

Elementos característicos del populismo económico de derecha

El populismo de lo que hoy en día ha sido denominado como “de derecha”, a pesar de sus imprecisiones conceptuales, se ha caracterizado en su praxis económica por defender una serie de principios como el nacionalismo económico y el conservadurismo fiscal, posturas antiambientalistas, antiglobalización y proteccionistas en el marco de una política comercial mercantilista. Este conjunto de políticas tiene un impacto negativo en la economía mundial al limitar el comercio, la libertad de los mercados internacionales y su eficiente funcionamiento en términos de productividad y asignación de recursos.

El populismo de derecha ha encontrado un terreno fértil en los choques geopolíticos y geoeconómicos, principalmente entre Estados Unidos y China. Dentro de estos juegos de reacomodo de cuotas de poder a escala global, las fuerzas políticas que defienden políticas como las antes descritas en las democracias occidentales han encontrado la perfecta y hasta cierto punto legitimidad política y económica para implementar las medidas mencionadas.

Elementos característicos del populismo de izquierda

El populismo de izquierda ha marcado la pauta histórica de estos movimientos sociopolíticos en el mundo, en especial en América Latina, donde han sido un referente global por sus orígenes y referentes históricos contemporáneos, tanto políticos como económicos.

En lo que respecta a los elementos económicos que han caracterizado este populismo, es importante mencionar a dos reconocidos economistas, Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards, quienes, a principios de la década de 1990, organizaron una conferencia en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) sobre los principales elementos característicos de las políticas económicas populistas implementadas en América Latina. La exposición de ambos se basó en un ensayo editado por ellos y titulado “La macroeconomía del populismo en América Latina” (Dornbusch y Edwards, 1991), en el cual realizaron las siguientes y lapidarias reflexiones:

“El populismo es un enfoque de la economía que enfatiza el crecimiento y la redistribución de los ingresos y pasa por alto los riesgos de la inflación y la financiación del déficit, las restricciones externas, y la reacción de los agentes económicos ante políticas agresivas que no son de mercado” (p. 9).

En lo que respecta a los problemas de desigualdad social, que han sido el trasfondo sobre el cual los líderes populistas latinoamericanos han sustentado su discurso político, los citados economistas sostuvieron lo siguiente:

“Los regímenes populistas han tratado históricamente de lidiar con los problemas de desigualdad de ingresos mediante el uso de políticas macroeconómicas demasiado expansivas. Estas políticas, que se han basado en el financiamiento del déficit, la generalización de los controles y el desprecio por los equilibrios económicos básicos, han resultado casi inevitablemente en grandes crisis macroeconómicas que han acabado perjudicando a los segmentos más pobres de la sociedad” (p.1).

Ambos economistas aseveran que el populismo debe considerarse como un enfoque macroeconómico irresponsable, el cual suele generar algunos resultados positivos a corto plazo, bajo ciertas circunstancias económicas favorables de tipo coyuntural. Esto dependerá del país en cuestión y de sus actividades económicas en cuanto a su entorno internacional principalmente, pero es insostenible a largo plazo y, por lo tanto, pavimenta el camino para el surgimiento de crisis estructurales devastadoras, que terminan minando sus niveles de competitividad y productividad. Al respecto, podemos citar como el ejemplo más palpable en la actualidad el caso venezolano.

Conclusiones

Es relevante destacar, en aras de la seriedad académica y científica, que han existido matices en la aplicación de algunas de las políticas económicas de corte populista, ya sean de derecha o izquierda. Estos matices han marcado ciertas diferencias en cuanto a la sostenibilidad y viabilidad de estas directrices económicas.

Entre estos matices, podemos mencionar como ejemplo el recetario de políticas económicas aplicadas en los últimos 25 años en Venezuela y en Bolivia, las cuales han diferido en ciertos aspectos. En términos de disciplina fiscal, las políticas económicas de Venezuela y Bolivia exhiben diferencias significativas: mientras que Bolivia ha priorizado la gestión responsable de sus reservas y el control de su gasto público, Venezuela ha optado por la impresión monetaria para financiar su déficit, experimentando hiperinflación.

El caso argentino, bajo las administraciones kirchneristas, a pesar de sus excesos fiscales y altos niveles de endeudamiento e inflación, jamás llegaron a los niveles de destrucción del aparato productivo experimentados en Venezuela con sus políticas intervencionistas y estatistas.

Estos matices no invalidan las tesis expuestas anteriormente sobre los efectos perniciosos que históricamente ha generado, principalmente el populismo de izquierda, y ahora el de derecha, en diferentes grados y medidas, sobre la libertad de los mercados y su eficiente funcionamiento. Todo lo contrario: el caso venezolano, donde el recetario de políticas económicas populistas de corte izquierdista ha tenido su máxima expresión e implementación (en cuanto a déficits fiscales, excesos de endeudamiento y destrucción no solo del aparato productivo privado, sino también el público), corrobora las tesis arriba mencionadas sobre los efectos perniciosos de estas políticas a mediano y largo plazo debido a su insostenibilidad.

A pesar de estas gradualidades, las políticas económicas de corte populista, sean de derecha o izquierda, comparten ciertos puntos comunes como:

  • Una mayor intervención gubernamental en la dinámica de sus respectivos sistemas económicos, que distorsionan el libre y eficiente desempeño de los mercados de bienes y servicios, tanto nacionales como globales.
  • Una creciente politización de los mercados, sujeta a intereses políticos que terminan generando altos niveles de incertidumbre e inseguridad jurídica para los sectores económicos.
  • Y por último, y en especial en el populismo de izquierda, la soga económica de los gobiernos populistas llega a extenderse tanto, a través de su excesivo, ineficiente e insostenible gasto fiscal, que termina siendo su propia horca económica y política, al no poder sustentar su sistema económico a largo plazo.

El populismo es nocivo para la economía

El pasado domingo 23 de julio, más de 37 millones de españoles estaban llamados a las urnas. El resultado de las elecciones nos deja ante tres escenarios posibles: 1) Pedro Sánchez vuelve a repetir gobierno con Sumar y demás partidos regionalistas y nacionalistas; 2) El PP logra los apoyos para formar gobierno con Vox, UPN, CC y alguna abstención inesperada; y 3) se produce un bloqueo político en el que tendremos que volver a votar en los próximos meses. Lo que está claro es que, de un modo u otro, el populismo parece que condicionará la formación del nuevo ejecutivo.

La incidencia del populismo

Por este motivo, parece interesante conocer cuál es el efecto de los populismos —tanto los de derecha como los de izquierda— sobre la economía. En un paper elaborado por Manuel Funke, Moritz Schularick y Christoph Trebesch (ver aquí), precisamente se estima el efecto que han tenido más de 50 líderes populistas en 60 países a lo largo del último siglo. Su muestra cubre más del 95% del PIB mundial. Para el trabajo, los autores han reunido más de 700 libros, capítulos y artículos sobre el populismo de varias ramas de las ciencias sociales. Con estas referencias, son capaces de identificar a cada uno de los líderes y clasificarlos como populistas[1].

Lo primero que llama la atención es su monumental trabajo a la hora de recolectar estadísticas sobre la evolución del populismo en los países desarrollados. Sus conclusiones son las siguientes: 1) Vivimos en una era que consideran como populista. Nunca antes en la historia había habido tantos líderes populistas. 2) Si el populismo entra en las intuiciones de un país, este país tendrá, con mayor probabilidad, otros líderes populistas en el futuro. 3) Muchos populistas alcanzan el poder después de una crisis económica. 4) Los populistas logran permanecer en el poder el doble de tiempo que los líderes no-populistas. 5) Pocos populistas abandonan el poder de formas tradicionales (elecciones), a saber, dimisiones, mociones de censuras, crisis constitucionales o suicidios son los modos más habituales a través de las cuales los populistas dejan el cargo. 6) No hay un populismo mejor que otro. Tanto el de izquierdas como el de derechas ofrecen figuras de entrada, supervivencia y salida similares.

El populismo en economía

¿Qué hay de los efectos en la economía? En primer lugar, aunque parezca sorprendente, dado el énfasis en proteger a los más desfavorecidos de la casta o los poderosos, el populismo es bastante malo a la hora de reducir la desigualdad de renta. Además, la renta per cápita es más de 10 puntos porcentuales inferior cuando gobierna el populismo. La caída de la renta per cápita es explicada, principalmente, por los populistas de izquierda, pero en las últimas décadas la importancia del populismo de derechas ha cobrado un mayor protagonismo. Tal y como concluyen los autores, “un claro resultado es que ambas variantes del populismo son igualmente malos para la economía”.

Existen tres posibles canales que conducen estos resultados. En primer lugar, el nacionalismo y el proteccionismo que limitan el comercio internacional y las políticas de inversión. De hecho, las tasas aduaneras crecen, en promedio, 10 puntos porcentuales más durante gobiernos populistas. Segundo, las políticas macroeconómicas insostenibles, que prestan poca atención a la salud de las cuentas públicas. Finalmente, en los regímenes populistas los controles y contrapesos brillan por su ausencia. Una menor libertad de prensa y de la independencia judicial afectan a las instituciones necesarias para que se produzca el desarrollo económico en el largo plazo.

Nocivo

En definitiva, el resultado electoral resultante de las urnas del pasado 23 de julio adquiere una vital importancia. Cuando un paciente, fumador, acude a la consulta por problemas respiratorios, probablemente su médico lo primero que le recomendará es que deje el tabaco. Lo mismo debería ser aplicado a las instituciones. Si el populismo de todos los colores tiene un efecto perjudicial sobre la economía, lo mejor que nos podría pasar es que no condicione las políticas públicas durante los próximos cuatro años. En términos democráticos, debemos dejar el populismo. Es nocivo para la economía.


[1] Los autores consideran que los líderes populistas emplean la clásica retórica pueblo vs. élite.

El populismo como fenómeno y práxis política

El fenómeno populista no es nuevo ni corresponde exclusivamente a nuestro tiempo. Desde la invención de la democracia como sistema político ésta fue asediada por demagogos y mecanismos corrosivos que pretendieron satisfacer fines particulares por medio del ejercicio del poder.

La democracia, que incluye elementos pertenecientes a su misma definición como la libertad, el pluralismo y la defensa del individuo como un sujeto social, ha sufrido a lo largo de la historia el fenómeno populista. Por ello, el populismo es un elemento consustancial a la democracia porque el líder demagogo y la intensión transgresora en el ejercicio del poder siempre ha formado parte de su paisaje.

No obstante, no todos los Estados democráticos han sufrido los embates del populismo ni se han acercado a la figura del líder-caudillo. Precisamente, en aquellas democracias fuertes que cuentan con instituciones políticas sólidas y un nivel de estabilidad aceptable es donde el populismo difícilmente prospera. No porque la sociedad tenga un nivel de conciencia política elevado, sino porque el sistema institucional, la estabilidad económica y política y los ciudadanos permiten que la democracia trascienda más allá de las circunstancias que caracterizan una época de crisis.

“Nosotros” y “ellos”

El problema se evidencia cuando en un Estado su democracia está en proceso de consolidación y sus instituciones son más bien débiles. Entonces, se configuran crisis económica, política o social con el surgimiento de líderes demagógicos que, bajo el discurso de la ‘democracia insuficiente o ausente’, pretenden acceder al poder con una lógica radical. Ésta se ampara en el enaltecimiento del pueblo y la creación de dos polos irreconciliables: la lógica del nosotros contra ellos, el amigo/enemigo.

En ese sentido, el populismo es una tendencia en las democracias donde las instituciones no funcionan correctamente y donde la crisis genera un repudio social que permite el impulso de este fenómeno. El rechazo de una parte importante de la sociedad hacia el sistema político imperante por la ausencia de un Estado que garantice la estabilidad social y política y la persistencia de las desigualdades han sido elementos que han permitido el retorno de estos fenómenos políticos, tan antiguos como la democracia misma.

Cómo instaurar el populismo

Se ha comentado previamente algunas de las causas de la aparición de los regímenes populistas de corte autoritario en la región. No obstante, podemos establecer que existen dos elementos que marcan la aparición de este fenómeno y su consolidación en el poder.

En primer lugar, las causas se configuran en una premisa que engloba el problema: las demandas insatisfechas de una parte considerable de la población y su desafección con la política. La insuficiente implantación institucional y de la democracia, la debilidad de los sistemas de partidos, la exclusión social, el desempleo, los elevados niveles de pobreza, la desigualdad y la violencia social son elementos que generan un terreno fértil para el retorno de los populismos.

En segundo lugar, el carácter estatista, paternalista y la creencia del igualitarismo que inunda a algunas sociedades occidentales, son elementos que coadyuban a la aspiración iliberal de la política donde los líderes demagogos con tendencias autoritarias logran conquistar a esa mayoría de la ciudadanía insatisfecha que de alguna manera experimenta una crisis en lo económico, político o social.

El populismo y su rumbo autoritario

Así, una definición que se ajusta en gran medida a las experiencias de estos países y el fenómeno del populismo es “una ideología que concibe el espacio de lo político en términos de conflicto en dos bloques: poder y pueblo; que transforma las instituciones representativas a través de la inserción o convivencia con mecanismos de participación popular y que refuerza otras formas de legitimación política. El ideal de realización del populismo descansa en erigir al pueblo como soberano”.

Por ello, las características del populismo actual, inmanente a la democracia, se sustraen del concepto de hegemonía y mesianismo a través de la personalización de la política por el líder redentor, que trasciende la concepción del Estado como garantía institucional para los ciudadanos a un nuevo formato de entender la democracia: las mayorías absolutas que conciben el sistema democrático como un todo o nada y en el que a nombre de la democracia, la descomponen: “en el nombre de la democracia se condenaría la democracia y sobrevendría el autoritarismo, la dictadura y la desaparición de toda libertad. Es decir, la democracia se habría evaporado en nombre del pueblo”[1].

Se trata en última instancia de un populismo con una esencia autoritaria que no respeta la lógica preconcebida de los valores democráticos que deberían caracterizar a las instituciones que revisten esta forma de gobierno: independencia de los poderes del Estado, igualdad ante la ley y Estado de derecho.


[1] Ángel Rivero, Geografía del Populismo, Tecnos, Madrid, 2017, p. 39

El agotamiento de la nueva ola populista

En la región sudamericana todavía persisten los intentos de desestabilizar el orden institucional desde los poderes constituidos y la tentación populista sigue vigente en un contexto donde las instituciones y la democracia como sistema político continúan en desarrollo. La corrupción, la desigualdad económica y social y la inestabilidad política fomentan el advenimiento de movimientos políticos radicales que retornan al poder o lo conquistan basándose en discursos radicales que buscan el desprestigio de la democracia representativa con el objetivo de articular una estrategia hegemónica del poder por el poder.

Sin un programa constitucionalista sólido

Este cambio hacia la izquierda en la región se debe también a un agotamiento de la sociedad en relación con la pandemia del Covid-19 y sus consecuencias en el plano social y económico. La desafección de la gente hacia la política y la crisis del sistema evidenciado en muchos países de la región se agudizaron, lo que produjo un terreno fértil para la aparición y posterior conquista de líderes políticos populistas de viejo cuño, como Lula Da Silva o Luis Arce, y desde el anti-establishment, con Gustavo Petro o Gabriel Boric.

Uno de los problemas consustanciales a esta realidad es la ausencia de un programa político sólido desde la posición que defiende el constitucionalismo y los principios del orden democrático, toda vez que en un contexto de permanente inestabilidad política y económica es necesario ofrecer a la ciudadanía garantías de crecimiento, desarrollo y seguridad, sin caer en las tentaciones demagógicas, sino asumiendo un papel político protagónico en la agenda pública. Eso ocurre cuando se acepta el compromiso de los valores democrático-liberales en la pugna política contra una izquierda que en nombre de la democracia pretende destruirla.

¿Fin de una era?

En este último tiempo hemos asistido a tres golpes duros para la izquierda radical en la región. La sentencia de seis años de prisión por corrupción contra la vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, el fallido golpe de Estado perpetrado por Pedro Castillo en Perú y su posterior destitución, y la contundente victoria del ‘rechazo’ al nuevo texto constitucional ofrecido y promovido por el presidente de Chile, Gabriel Boric. Estos hechos exponen la realidad a la que asiste la izquierda latinoamericana, cada vez más alejada de los cánones que ofrece la democracia y sus instituciones. A ojos de la ciudadanía, estos acontecimientos pueden suponer en el medio plazo una regresión del proyecto internacional del Grupo de Puebla y sus aliados en Europa y el mundo y, por lo tanto, su fracaso.

Los años en que Hugo Chávez asume el poder en Venezuela, coinciden con una bonanza económica (2002 al 2012, aproximadamente) fundamentada en el aumento de los precios de las materias primas y los hidrocarburos. Muchos países de la región sudamericana son productores y exportadores de petróleo y gas y sus derivados, por lo que son beneficiados del contexto económico internacional que se suscita en aquel momento. Este momento también coincide con el arribo de liderazgos fuertes alrededor de proyectos políticos afines a la izquierda, con atisbos regeneradores que se implanta en la región y, en gran medida, de forma colateral a una recesión económica en el continente y frente a un desgaste institucional y político generalizado como consecuencia de la situación económica, los casos de corrupción y las carencias sociales irresueltas.

Un nuevo contexto

El contexto internacional y económico de esta nueva ola populista no es el mismo que la bonanza económica que experimentó la región entre en aquellos años, fundamentada en el aumento de los precios de las materias primas y los hidrocarburos. Los liderazgos caudillistas y potentes de entonces no son los de hoy (recordemos a Hugo Chávez, Fidel Castro y la fuerza que en su día capitalizó Lula Da Silva, de la que hoy carece) y la sintonía entre ellos como proyecto aglutinante, esto es, una estrategia conformada en bloque, como en los primeros quince años de este siglo, no existe.

La comunidad internacional denuesta las figuras de Nicolás Maduro y Daniel Ortega. Los casos de corrupción de Cristina Kirchner, la ‘huida hacia adelante’ de Pedro Castillo y la debilidad en cuanto a un liderazgo más bien extenuado de Lula Da Silva son evidentes. Por lo tanto, su fuerza de un proyecto conjunto hoy es muy limitada.

El retorno del populismo en América Latina

Con la celebración de las últimas elecciones generales en Brasil (octubre, 2022) se completa un cambio de ciclo en Sudamérica, y se concreta una estructura política basada en el populismo de izquierda latinoamericana que se ha constituido a lo largo de tres décadas, aunque no únicamente, en la mayor amenaza para las instituciones democráticas y para la libertad de los individuos. Esto es, para el reconocimiento de sus derechos y la promoción de las garantías constitucionales.

No obstante, el giro brasileño no es un caso aislado sobre una realidad que implica un cambio hacia la radicalidad política situada a la izquierda en la región. El análisis no solo se sustenta en el estudio de un liderazgo excesivo ni en el reconocimiento del caudillismo que caracteriza los populismos como uno de sus elementos reconocibles, sino también en lo que corresponde a la ejecución de medidas ofrecidas como cambios necesarios y, hasta cierto punto, ineludibles, para satisfacer las carencias que la sociedad de pertenencia continúa arrastrando desde hace décadas.

Estas medidas contravienen el desarrollo previo de la estructura institucional e, incluso, la democracia como sistema político vigente y que se justifican en una mala o insuficiente gestión pública de los gobiernos previos. Esto es, promesas incumplidas e insatisfacciones de orden político, social o económico. Así lo ha demostrado el presidente chileno, Gabriel Boric, al promover desde su Gobierno, y antes como activista, una nueva Constitución que sea el instrumento capaz de resolver los problemas que la sociedad chilena no ha podido superar desde su transición al modelo democrático a principios de los años noventa.

Por otro lado, cabe destacar otro elemento que corresponde a la cercanía de algunos presidentes al modelo autoritario cubano y, en algunos casos, a los dictadores de Venezuela y Nicaragua. Las simpatías, más bien, se basan en una estrategia de asimilación ideológica que desenmascara el fondo de un liderazgo demagógico e ineficiente, como fue el caso del expresidente peruano, Pedro Castillo, o el presidente de Bolivia, Luis Arce, quien ejecuta la misma hermenéutica autoritaria que su antecesor y actual líder de su partido, Evo Morales, y promueve un modelo político radicalizado muy próximo a las estructuras hegemónicas de Nicaragua o Venezuela, a través de la violencia, la usurpación de las instituciones públicas y la persecución política de la oposición.

Cierto es que las deficiencias institucionales que hoy presentan estos países constituyen uno de los principales problemas a la hora de salvaguardar el tejido de garantías, derechos y libertades de los individuos, generan un mayor desgaste de las instituciones públicas –entendidas éstas como las reglas de juego a las que se someten los ciudadanos y el poder público– y el advenimiento de lógicas autoritarias basadas en una serie de elementos que están vigentes en el imaginario colectivo en diferente graduación dependiendo del caso: indigenismo, colectivismo, justicia social, democracia asamblearia, anti política, entre otros. Todas ellas ideas que emanan de una intención para trascender el fracaso soviético hacia tendencias políticas neo-marxistas, que hoy se evidencian en esta región de América Latina.

El populismo entendido como un proceso político de deterioro institucional, cuyos elementos se diferencian dependiendo de la experiencia y el país, tiene sus rasgos más característicos que ponen a la luz no solo un proceso político antidemocrático, sino su trascendencia a la hora de implantar una ideología radical nacida, para el caso que nos ocupa, desde el entorno de la izquierda que ahora gobierna en gran parte de los países de Sudamérica. No obstante, es importante establecer que cada país presenta sus características particulares y la experiencia política y social difiere en mayor o menor medida de uno y otro, pero en la región –la que tiene los peores índices de desigualdad– las causas de la continuidad de este fenómeno son comunes con notables excepciones y en gran medida reflejan una realidad compartida: la escasa implantación institucional y de la democracia, la debilidad de los sistemas de partidos, la exclusión social, el desempleo, los elevados niveles de pobreza, la desigualdad, la violencia social y los sucesivos casos de corrupción son elementos que generan un terreno fértil para el retorno de esta práctica política.

Cabe destacar un marco conceptual de la definición misma del populismo, sobre la base de sus rasgos más característicos, para analizar la deriva democrática y la vulneración institucional en estos países: caudillismo, enaltecimiento del pueblo, división social irreconciliable, crítica radical de la democracia representativa, tendencia hegemónica y autoritaria. Aunque cada uno de estos elementos pueden articularse en un determinado proyecto político o circunstancia, al margen del uso exclusivo del término populismo, no se debe obviar que la izquierda latinoamericana no ha modificado sus esquemas tendientes a capturar constantemente los marcos del debate actual, a costa de una ‘derecha’ política adormecida y sin un programa sólido hacia las clases sociales más vulnerables y hacia una clase media ambivalente y fuertemente influida por la crisis económica y las consecuencias de la pandemia del Covid19.

Por un lado, el ‘carácter antipolítico’ de la propuesta y la organización de la cosa pública en términos de discurso, objetivos y ejecución, y por otro, la insatisfacción de demandas de grupos sociales que se radicalizan bajo un discurso de enfrentamiento y antagonismo entre formas de organización irreconciliables en el ideario radical de quienes proponen una fractura en la sociedad y promueven una tendencia hacia el cambio total de las bases social, política y económica preexistentes, amparados en mensajes que soportan el enfrentamiento y la emotividad en un contexto de inestabilidad, convulsión y crisis, como experimentamos actualmente.

Este cambio hacia la izquierda en la región se debe también a un agotamiento de la sociedad en relación con la pandemia del Covid19 y sus consecuencias en el plano social y económico. La desafección de la gente hacia la política y la crisis del sistema evidenciado en muchos países de la región se agudizaron, lo que produjo un terreno fértil para la aparición y posterior conquista de líderes políticos populistas de viejo cuño, como Lula Da Silva o Luis Arce, y desde el anti-establishment, con Gustavo Petro o Gabriel Boric. Quedará esperar la evolución de los acontecimientos y la economía, que será fundamental para la propuesta política los próximos años y la generación de un proyecto político desde el plano democrático-liberal con un programa a largo plazo. En el plano político, la batalla cultural permanente y de cara a la ciudadanía es ineludible.

Sobre el populismo y el autoritarismo

El fenómeno populista no es nuevo ni corresponde exclusivamente a nuestro tiempo. Desde la invención de la democracia como sistema político ésta fue asediada por demagogos y mecanismos corrosivos que pretendieron satisfacer fines particulares por medio del ejercicio del poder. 

La democracia, que incluye elementos pertenecientes a su misma definición como la libertad, el pluralismo y la defensa del individuo como un sujeto social, ha sufrido a lo largo de la historia el fenómeno populista. Por ello, el populismo es un elemento consustancial a la democracia porque el líder demagogo y la intensión transgresora en el ejercicio del poder siempre ha formado parte de su paisaje.

No obstante, no todos los Estados democráticos han sufrido los embates del populismo ni se han acercado a la figura del líder-caudillo. Precisamente, en aquellas democracias fuertes que cuentan con instituciones políticas sólidas y un nivel de estabilidad aceptable es donde el populismo difícilmente prospera. No porque la sociedad tenga un nivel de conciencia política elevado, sino porque el sistema institucional, la estabilidad económica y política y los ciudadanos permiten que la democracia trascienda más allá de las circunstancias que caracterizan una época de crisis. 

El problema se evidencia cuando en un Estado, cuya democracia está en proceso de consolidación y sus instituciones son más bien débiles, se configuran crisis económica, política o social con el surgimiento de líderes demagógicos que, bajo el discurso de la ‘democracia insuficiente o ausente’, pretenden acceder al poder con una lógica radical que se ampara en el enaltecimiento del pueblo y la creación de dos polos irreconciliables: la lógica del nosotros contra ellos, el amigo/enemigo.

En ese sentido, el populismo es una tendencia en las democracias donde las instituciones no funcionan correctamente y donde la crisis genera un repudio social que permite el impulso de este fenómeno. El rechazo de una parte importante de la sociedad hacia el sistema político imperante por la ausencia de un Estado que garantice la estabilidad social y política y la persistencia de las desigualdades han sido elementos que han permitido el retorno de viejos esquemas políticos como éste.

Si bien los procesos políticos difieren de un país a otro, la amenaza no ha dejado de estar latente. La crisis del sistema de partidos, la desigualdad y la crisis económica, el apogeo de líderes con un ideario hegemónico, la inseguridad y la corrupción, sumado al problema irresuelto del papel de las élites en la sociedad, han promovido esta nueva ola populista perteneciente a movimientos de izquierda (aunque no exclusivos de este ámbito) y nacionalistas en Europa y América Latina.

El populismo es un mal endémico subyacente a la democracia y está presente en aquellos países que siguen arrastrando problemas que no han podido resolver hasta hoy. La desigualdad, el desempleo, los bajos niveles de calidad de vida y la desafección con el sistema político vigente son algunos de los rasgos que permiten el afloramiento de los populismos que en gran parte de los casos están acompañados de un ideario autoritario que corrompen las instituciones y degrada el sistema democrático imperante.

El populismo y el autoritarismo son incompatibles con el desarrollo y el crecimiento económico sostenido. La crisis actual que atraviesa la democracia liberal, el papel de los medios de comunicación y el apogeo de los nuevos elementos de intercambio de información y la suspensión del avance de la construcción de instituciones fuertes son problemas que se deben resolver en el medio plazo para poner freno a las pretensiones populistas y autoritarias de líderes demagogos que aparecen en el escenario con un mensaje distorsionado de la democracia y con una concepción tergiversada de la igualdad y la libertad.

Por lo comentando, es importante poner en evidencia los problemas que rodean al arribo de este fenómeno y prestar atención a las carencias que existen en nuestras sociedades para promover el mensaje de la libertad y la economía abierta. 

En ese sentido, hay que considerar la siguiente premisa: a sociedades con instituciones fuertes y altos niveles de desarrollo económico y social, menos probabilidades de apogeo populista y autoritario. 

Ecuador contra el autoritarismo

Tras los resultados de las elecciones generales en Ecuador, el socialismo del Siglo XXI sufrió un duro varapalo en una región marcada por la sombra de los autoritarismos. La ola populista comenzó después de que Hugo Chávez asumiera el poder a finales de los noventa y la estela autoritaria de los líderes caudillistas afines a aquél proyecto político sigue estando presente, aunque su fuerza se debilita cada vez más.

Los resultados en Ecuador dieron la victoria a Guillermo Lasso, el candidato liberal que se constituyó desde el 2013 en opositor al gobierno del entonces presidente Rafael Correa y a todo el eje populista que impregnaba la región bajo el ideario de un socialismo adaptado a las demandas sociales que experimentó la región desde la conquista de la democracia desde los años ochenta y la crítica al neoliberalismo.

El modelo político de Rafael Correa se caracterizó por el ejercicio de la política desde su visión maniquea como una lucha moral entre el pueblo y sus enemigos, que definió su línea de enfrentamiento con los sectores de oposición, callando y persiguiendo a las voces críticas en el afán de construir una hegemonía en torno a su simbolismo e imagen.

Sumado a ello, la crisis de representación política y del sistema de partidos que experimentan muchos países de la región fue un capitalizador de su propuesta, y su mensaje nacionalista le dio un barniz importante a las demandas de soberanía nacional creciente. Su capital político se vio fortalecido posteriormente por los ingresos que generó la industria petrolera como consecuencia de la inflación de los precios de los commodities.

En línea con su sentido caudillista, Rafael Correa eligió a Andrés Arauz como su candidato para estas elecciones y como el articulador de la propuesta “correista”. Arauz ganó en la primera vuelta de forma indiscutible muy por encima de Guillermo Lasso y del líder indígena Yaku Pérez, el opositor que quedó al margen del balotaje.

No obstante, el legado autoritario de Rafael Correa parece haber encontrado un óbice infranqueable que se convierte en la sentencia definitiva del rechazo a su modelo político y a su liderazgo obsoleto. Precisamente Guillermo Lasso representa la oposición a aquel modelo político vinculado a los autoritarismos que han imperado en la región sudamericana bajo la estela del proyecto chavista, y que en su momento supuso una ola importante para el asidero de una izquierda confundida.

El giro en la campaña de Guillermo Lasso fue determinante para la victoria del domingo. Su apertura a otros sectores sociales y el apoyo que le brindaron líderes de la oposición como Xavier Hervas, candidato de la Izquierda Democrática que quedó en cuarto lugar en la primera vuelta, o Virna Cedeño, acompañante de binomio de Yaku Pérez, sumaron el voto en torno no solo al anti-correismo, sino alrededor del cambio de paradigma imperante en Ecuador hasta hoy: una polarización política con Rafael Correa en medio y la ausencia de un proyecto que genere certidumbre a una sociedad fragmentada por las luchas sociales e indígenas y la crisis económica.

Los resultados finales en Ecuador ponen en evidencia el cansancio de los ciudadanos a un viejo modelo que ha perdido cada vez más representación, aunque cuenta aún con una parte importante de apoyo de la ciudadanía, y que se definen como la confirmación del rechazo al retorno del caudillo que gobernó Ecuador durante una década.

La certeza de la mayoría de la población a favor de Guillermo Lasso se traduce en el hastío hacia el proyecto populista y en la reafirmación de un cambio posible e inclusivo hacia un modelo liberal en un país que enfrenta grandes desafíos políticos, sociales y económicos. En ese contexto, debe primar la defensa de la libertad como valor primigenio de la democracia y en armonía entre el fortalecimiento institucional y el crecimiento económico que beneficie a todos los estratos a sociedad ecuatoriana. El gobierno de Guillermo Lasso tendrá grandes desafíos cuyos resultados podrán ser la ratificación de la necesidad de construir sociedades abiertas y libres, inclusivas y en igualdad de oportunidades, en una de las regiones donde el discurso y el mensaje liberal tienen grandes escollos.