Ir al contenido principal

Etiqueta: precios

La desinformación es también un problema económico

Como sabemos, el hombre es incapaz de satisfacer por sí mismo todas sus necesidades, por lo que debe recurrir a otros hombres para obtener las cosas o servicios que le faltan, a cambio de otras cosas o servicios que él pueda ofrecer. Así, la reiteración de actos de intercambio individuales va generando, poco a poco, el mercado, a medida que progresa la división del trabajo dentro de una sociedad basada en la propiedad privada, de forma que el intercambio sólo se llevará a cabo si cada uno de los contratantes valora en más lo que recibe que lo que entrega.

Con la aparición del intercambio indirecto, y la ampliación del mismo gracias al uso del dinero, en todo intercambio se pueden distinguir dos operaciones: una compra y una venta, y se precisan los tipos o razones de intercambio, que todo el mundo expresa mediante los precios monetarios, que, en definitiva, no hacen sino fijar, entre márgenes muy estrechos, las valoraciones del comprador marginal, y las del ofertante marginal que se abstiene de vender, y, de otro, las valoraciones del vendedor marginal y las del potencial comprador marginal que se abstiene de comprar. De ahí la trascendencia de los precios en las economías capitalistas y de mercado, ya que los mismos facilitan una información esencial para ordenar la producción, de forma que se atiendan de la mejor manera posible los deseos de los consumidores que concurren al mismo.

De esta manera, el precio de mercado tiende a igualar la oferta con la demanda, de forma que cualquier alteración de los precios más allá del tipo a que se igualan oferta y demanda –en un mercado no adulterado- se autocompensa. Así, los precios ordenan la producción a través de los procesos que mejor permitan atender a los deseos de los consumidores en el seno del mercado, determinando qué factores han de ser explotados y cuáles deben permanecer inutilizados. No estamos solos y los unos, querámoslo o no, influimos en los otros.

Precisamente por todo lo anterior son muchos los autores que consideran el mercado competitivo como el mecanismo más eficiente de asignación de recursos en el sentido de Pareto, es decir, el mecanismo con el que mejor se logran situaciones económicas en las que no existe forma de mejorar el bienestar de un grupo de personas sin empeorar el de ningún otro.

Pero las cosas no son tan bonitas como parecen. Los sujetos que intervienen en el mercado pueden actuar de mala fe y con la sola finalidad de perjudicar a otros -sin para ello contravenir necesariamente las leyes-, o se pueden, simplemente, equivocar, en el sentido de realizar acciones de las que, con el tiempo y más información, se arrepientan. Y sus equivocaciones afectan al resto, no ya porque puedan alterar los precios e incluso tener un efecto de arrastre perturbador (las burbujas especulativas son sólo un ejemplo), sino porque pueden suponer unas acciones y un consumo -o una inversión- que genere unas consecuencias difícilmente corregibles o que alteren de manera sustancial el stock de recursos disponibles, condicionando el futuro.

Uno de los actores fundamentales, el Estado -liderados por políticos y burócratas con su propia agenda-, es un experto en alterar el mercado, influir en el sistema de precios y colocarlo en un nivel distinto de aquel en el que un mercado no intervenido hubiera señalado -ya sea fijando los precios directamente, ya sea mediante iniciativas económicas específicas o regulaciones legales-. De ese modo, el equilibrio de la oferta y la demanda queda evidentemente perturbado, y se produce una situación en la que existen compradores potenciales que, no obstante hallarse dispuestos a abonar el precio fijado por la autoridad o incluso superior, no pueden comprar (supuesto en el que se fijan precios máximos). O una en la que existen vendedores potenciales que, a pesar de hallarse dispuestos a hacerlo al precio fijado por la autoridad o incluso a otro más bajo, no pueden vender (cuando se han fijado precios mínimos). Todo ello afecta, en definitiva, a la situación de las personas, a la asignación de recursos y al stock de los mismos disponible.

Pero la intervención directa sobre las acciones humanas, la economía y los intercambios no es la única manera a través de la cual se le puede doblar el brazo de la gente. Decíamos más arriba que las acciones y el libre intercambio depende de las valoraciones subjetivas de los agentes, con lo que otra forma de intervenir es influyendo activa y voluntariamente sobre esas valoraciones con la suficiente sutilidad como para que los afectados no sean conscientes, consiguiendo alterar, con ello y a través de esa gente manipulada, sus acciones y las consecuencias sobre la sociedad. Algunos dirán que con este mecanismo -la manipulación a través de la desinformación- no se está coartando ninguna libertad al no existir violencia, y quizás tengan un punto de razón dependiendo de cómo se definan los términos; dirán también algunos que la culpa no es tanto del manipulador, como del manipulado por dejarse, y quizás sea también verdad; pero eso no hace que el dolor, al ver después el problema generado, vaya a ser menor. Por eso la batalla de las ideas es tan importante; “ideas” en el sentido más amplio. Y es una responsabilidad de cada uno darla, aunque sólo sea para que no te manipulen y te lleven a hacer lo que en el fondo no hubieras querido, porque intentarlo lo van a intentar, y no sólo en lo económico. Por eso es tan importante la libertad de expresión, aunque haya afirmaciones puedan doler; nos jugamos mucho.

En defensa de la especulación I

La especulación, muy lejos de ser dañina o inmoral, es la máxima expresión de la actividad económica y de la generación de riqueza. Para que quede claro a lo que me refiero en este artículo, defino especulación como aquella actividad que consiste en conseguir un beneficio por el mero hecho de comprar cualquier cosa por debajo del precio de venta.  Precio puro y duro.

Para intentar ser más claro todavía. Tomemos como ejemplo una apuesta en el casino en la que introduciremos una modificación para resaltar el concepto que quiero argumentar   Imaginemos que nuestro casino está en una comunidad agrícola donde no existe el dinero, y la moneda de cambio en este casino son las tierras y los productos agrícolas. Las apuestas consisten en partidas de póker, y vamos a distinguir distintos tipos de participante: El propio casino que cobra una comisión a cada participante por organizar la partida y los jugadores de póker profesionales por un lado, y por el otro los jugadores no profesionales.

Dentro de los jugadores no profesionales estarían los jugadores recreativos, que apuestan pequeñas cantidades ocasionalmente por diversión como una actividad de consumo, dando inicialmente por perdida la cantidad a apostar. Y por otro lado tenemos los ludópatas, que son jugadores no profesionales que apuestan grandes cantidades sin el debido conocimiento ni control, y por impulsos emocionales.

La pregunta que nos vamos a hacer es de entre todos estos actores, ¿En qué manos estarán mejor cuidadas las tierras que se pongan en juego? ¿En las manos del profesional organizado y metódico, en las del jugador al que no le importa demasiado consumirlas, o en las del ludópata?

Yo voto claramente por la diligencia de los profesionales, sea el casino o el jugador profesional. Incluso si el ludópata es infinitamente mejor agricultor que el profesional, el profesional podría contratar al ludópata para trabajar las tierras. En ese caso el profesional pasaría a tener una relación con el ludópata que iría más allá del mero interés por desplumarlo cuando vaya al casino a jugarse la nómina.  No le interesa que el ludópata se desestabilice demasiado emocionalmente de manera que ya no cuide bien las tierras, pues la actividad de compra venta de tierras no es solo el sustento del profesional, también son su herramienta de trabajo o capital esencial. Por tanto, el profesional podría estar incentivado a reconducir y controlar los impulsos del ludópata.

Y en el caso del jugador recreativo prudente es más claro si cabe, tanto desde un punto de vista económico como moral, pues aquí estamos hablando de una entrega de riqueza totalmente voluntaria y cabal. 

La riqueza entendida como capital capaz de generar riqueza adicional es el pilar central y crucial del desarrollo económico, y la riqueza tiene un carácter subjetivo.  Es decir, una cosa no es riqueza en sí misma, pues su valor depende de quien posea dicha cosa.  La misma tierra y herramientas de labranza no generan la misma riqueza en mis manos que en las de un agricultor experimentado. Si de mi trabajo directo en esas tierras dependiera el alimento de una comunidad, me temo que estarían en grave peligro de desnutrición. Y esto es así por mucho que el resto de la comunidad tenga riquezas de sobra para entregarme a cambio de alimentos (ropa, calzado, casas). Daría igual, ¡No hay alimentos que obtener a cambio! Fijémonos lo grave que puede llegar a ser que la riqueza no esté correctamente asignada a quien mejor puede aprovecharla. 

Pues bien, si sustituimos las tierras por dinero y la partida de póker por cualquier actividad de comercio, el razonamiento es exactamente el mismo.  El comercio no solo tiene el propósito de hacer llegar los bienes de consumo a los consumidores finales, también tiene el propósito de potenciar el comercio en sí mismo (esta es la función de los intermediarios que no consumen los bienes que adquieren), y también tiene el propósito de reasignar la posesión de la riqueza.

Y quizá la palabra “propósito” en esta última frase no es la más adecuada, porque esa reasignación no es una actividad intencionada más allá de buscar el beneficio propio. Pero la competencia por buscar el beneficio sí que tiene la consecuencia a largo plazo de ir ubicando la riqueza en las manos adecuadas.

Cuanto más evolucionada y próspera es una economía, cuanta más riqueza hay en juego,  más importantes y de mayor volumen son los “casinos”.  Y es muy positivo que así sea.  En un análisis superficial lo que observamos es el interés del especulador por lucrarse, cosa que además es irrefutable. También apreciamos que muchos intercambios son aparentemente inútiles y  parecen encarecer los productos, que no añaden valor “físico” a los bienes pues no los transforman en absoluto, y que no parecen tener relación directa con facilitar el consumo.

Para complicar aún más el asunto, los intermediarios de riqueza no se limitan a las personas o entidades, también hay cosas cuya utilidad principal o única es la intermediación. Tal es el caso del dinero y los instrumentos financieros como las letras, los bonos o las acciones. 

Especuladores especulando con artilugios “inútiles” que solo sirven para ser atesorados, comprados o vendidos. ¡Juegos de suma cero! ¡Vade retro! ¡Inmoral!

Sin embargo, lo que no se ve, lo que olvidamos, es el carácter subjetivo de la riqueza.  Que la riqueza no es la misma en manos de un sujeto que en manos de otro. Ni siquiera es la misma para el mismo sujeto en el presente que en el futuro.  Lo que nos sobra hoy puede ser más valioso en nuestra jubilación cuando nuestra capacidad de generar riqueza sea menor.  Ningún intercambio es un juego de suma cero porque la magnitud de la riqueza no son las cantidades físicas sino el valor.  Las mismas dos fichas de casino que yo ya doy por perdidas cuando voy a jugar al póker como entretenimiento y que gana el jugador profesional, valen más en manos de él que en las mías.

Y sin ninguna duda, el colmo de la actividad de intercambio y de la especulación son los mercados organizados para negociar instrumentos financieros, muy especialmente los instrumentos destinados a los intercambios a largo plazo, que de una manera descentralizada y dinámica cumplen la importantísima función, entre otras, de reasignar continuamente la riqueza en el espacio y en el tiempo. 

Limitarse a observar las cantidades físicas olvidando que la magnitud de la riqueza es el valor, y que el valor es subjetivo, en el sentido que puede ser menor o mayor dependiendo del sujeto que administre la riqueza, se acerca más al análisis físico o fisiológico que al análisis económico. Citando a Carl Menger:

Todo intercambio económico de bienes produce en la situación económica de los contratantes el mismo efecto que si la posesión de cada uno de ellos se viera enriquecida con un nuevo objeto y, por consiguiente, este intercambio no es menos productivo que la actividad industrial o la agrícola.

Cuando nos digan que tal cosa no tiene “valor intrínseco”, o que cual cosa es “especulativa”, o que aquello no es más que una burbuja o un décimo de lotería, recordemos al gran Bastiat y veamos más allá de la evidente búsqueda del lucro individual. Parémonos a pensar cuales son las consecuencias ocultas de toda esa actividad que de manera precipitada muchos tachan de inútil y autodestructiva.

Cómo no atajar los elevados precios de la energía

A lo largo de los últimos meses y principalmente a raíz de la invasión de Ucrania por parte de Vladimir Putin hemos observado muy notables incrementos en el precio de la energía, causados por la escasez y el consecuente encarecimiento de multitud de materias primas. Además de las subidas de precio de las materias primas generadas por los problemas de producción y suministro arrastrados de la pandemia y los propios generados por la guerra, se han unido los efectos de las sanciones de Occidente a Rusia en concepto de limitaciones a la exportación de multitud de bienes y servicios. Todo ello ha redundado en el hecho de que los países más dependientes de la importación de gas y petróleo rusos estén sufriendo una verdadera crisis energética, no ya por la dificultad del suministro sino por su encarecimiento, cuyo efecto es marcadamente regresivo sobre la población de dichas naciones.

De hecho, aún no se ha llegado al final de la cuestión, y desde Occidente se siguen diseñando nuevos paquetes de sanciones contra Rusia, con motivo de la continuación de la invasión de Ucrania. Así, la pasada semana, la Comisión Europea aprobaba un embargo a la práctica totalidad del petróleo ruso como parte del sexto paquete de sanciones implementado desde las instituciones europeas. Cabe resaltar que, dentro de dicho embargo se encuentra exento el 10% del petróleo importado desde Rusia por parte de países UE, por motivos de seguridad nacional y suministro energético básico, dirigido a estados miembros que no tenían sustituto inmediato para ello.

Personalmente creo que esta nueva medida contra Rusia es necesaria en la fase actual de desarrollo de la invasión de Ucrania y que llega en un momento clave (tras la aprobación y ejecución de cinco paquetes de sanciones anteriores). Aún así, Europa debe ser consciente de que, hasta el momento, esta es la sanción más dura que se ha impuesto contra Rusia, suponiendo un enorme coste tanto para el país de Putin como para las naciones europeas.

Europa se ha posicionado claramente en defensa de la libertad y la soberanía nacional del pueblo ucraniano, con países incluso como Estonia -que registró una tasa de inflación del 20% el pasado mes- apoyando el embargo de petróleo ruso, e incluso pidiendo ir más allá con las sanciones, extendiéndolas a más áreas. Aunque comparto el posicionamiento moral de países como Estonia y, en general, de la UE con respecto a Ucrania, creo que actualmente ir más allá con las sanciones debe ser reflexionado con cautela, debido a que adentrarnos en territorios como embargos de gas ruso supondría costes tan elevados que conllevaría una crisis energética, económica y social a nivel general en Europa, siendo esta especialmente marcada en aquellos países que son prácticamente dependientes en su totalidad del gas ruso, como es el caso de muchos países bálticos y algunos nórdicos.

En el corto plazo Europa debe aceptar su dependencia en ciertos aspectos de Rusia, recapacitar sobre los errores que llevaron a ello y buscar soluciones para el medio plazo y no únicamente parches. Aplicar un embargo al gas ruso o, a menor escala, restricciones notables a su importación sin pensar en las consecuencias económicas y sociales de ello en los países de la UE sería una decisión enormemente imprudente. Por ello, se debe seguir diseñando paquetes de sanciones que consigan infligir todo el daño posible a los sectores de la economía rusa más cercanos al gobierno de Putin, a la par que se trata de paliar los costes de dichas medidas sobre la economía europea.

Aquí es donde llegamos al quid de la cuestión, siendo este cómo atajar los elevados costes de la energía para tratar de reducir el coste de las sanciones sobre Rusia en los países occidentales.

En multitud de países se ha tratado de reducir los precios en lugar de compensar económicamente a aquellas familias que verdaderamente lo necesitan, para reducir el coste de la crisis energética sobre estas. El problema se halla en que la reducción de precios se ha tratado de forzar a través de controles de precios de la energía o reducción/eliminación de algunos impuestos cuya traslación al precio final ha sido nula o casi nula, y cuando ha resultado efectiva solo ha servido para reincentivar la demanda y volver a elevar los precios. La estrategia más efectiva sería, por ende, no intervenir en el sistema de precios, permitiendo que estos hagan su función de señalar la escasez y tensiones de demanda en el mercado -y la acorde asignación de recursos-, a la par que compensar a través de transferencias directas a aquellas familias más necesitadas de ello, paliando el aumento del coste de la energía para aquellos que no puedan afrontarlo.

He de reconocer que una medida de este tipo sería de diseño complejo y tardaría al menos varios meses en implementarse debido a que deberían decidirse los factores objetivos en base a los que otorgar la ayuda, el sistema de solicitud y aprobación de la ayuda, el formato (transferencia directa, bono social, reducción directa de la factura a través de compensación a las compañías eléctricas, etc.). Además nos encontraríamos con factores de dificultad técnicos y económicos, y con barreras de tipo político que, aunque posiblemente no bloquearían dicha medida en su totalidad, sí la retrasarían o modificarían de tal manera que disminuyera su eficacia.

Mientras tanto, multitud de políticos en todo el mundo siguen empeñados en que la solución es un tipo u otro de control de precios. Como he comentado anteriormente, reducir artificialmente los precios a través de controles políticos de los mismos solo redundaría en una mayor demanda energética que generaría aún mayores tensiones en el mercado ante la presente escasez y conduciría a una inevitable y muchísimo mayor crisis energética en un futuro cercano. Es decir, solo serviría para retrasar el problema a la vez que se hace notablemente mayor.

Por lo tanto, la única razón que veo tras la implementación de dicho tipo de medidas es de justificación política, es decir, que resultan fructíferas de cara al electorado y posicionan al líder político como redentor y salvador único, cuando realmente solo contribuye a un hundimiento mayor.

Existen multitud de medidas que pueden estudiarse de cara a su implementación para atajar los elevados precios de la energía como es el caso de la modificación de sistemas y modelos para el calculo de precios en el mercado energético, sacar el precio del gas del calculo del precio marginal en aquellos países con sistema marginalista o, por otro lado, diseñar un sistema de transferencias sociales dirigidas a las familias más vulnerables para paliar la regresividad de la crisis energética. En ningún caso en el escenario actual debería recurrirse al control de precios energéticos, ya que solo conllevaría a empeorar el problema y prolongarlo en el tiempo.

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico

Todo sistema económico tiene que resolver dos problemas: qué es lo que la gente desea y cuál es la mejor manera de producirlo. Para dar respuesta a estas cuestiones se debe recurrir al proceso de cálculo monetario, que consiste en calcular los ingresos y las pérdidas pasadas y esperadas. Aunque pudiéramos saber qué es lo que la gente quiere, eso solo resuelve parte del problema; nos quedaría saber cómo producirlo.

El hecho de que los bienes de capital—aquellos empleados en la producción de bienes de consumo—sean heterogéneos hace que según su combinación se puedan producir distintos bienes de consumo. Los mismos inputs pueden generar outputs distintos, y un output puede producirse con inputs diferentes, es decir, una combinación de madera, clavos, martillo y barniz puede fabricar una mesa o una silla y una silla puede producirse con madera, clavos, martillo y barniz o con acero, una sierra y un soldador. La esencia de la economía, pues, va más allá de conocer las preferencias de los consumidores porque éstas pueden satisfacerse de distintos modos.

Que el capital sea heterogéneo nos explica por qué hemos de decidir qué tenemos que producir y cómo ya que hay muchas cosas posibles para producir de muchas posibles maneras. Que las economías avanzadas se basen en una división del trabajo y de la información cada vez más profunda, nos plantea el problema de decidir el quién producirá qué y cómo. Si lo que queremos es un sistema económico que sea eficiente, tenemos que ver cuál es el que mejor resuelve ese problema, incluso cuando sepamos qué es lo que la gente quiere. Para eso se requiere comparar procesos de producción alternativo mediante el cálculo económico.

Karl Marx defiende que la anarquía de la producción propia del capitalismo en la que cada agente produce lo que considera como lo considera es un sistema poco eficiente, al incentivar la competencia entre proyectos y al frustrar unos planes por el éxito de otros. A diferencia de lo que se ha creído después, sí que dejó unos pequeños esbozos sobre cómo funcionaria el socialismo, siendo este el primer planteamiento formal de cómo se lograría esto como se puede observar en Marx (1891[1996]). Marx criticaba el sistema capitalista porque había un elemento de orden y otro de caos. Este elemento caótico se debe a que al competir los productores entre ellos algunos recursos sean desperdiciados porque estos solo se den cuenta de sus errores cuando es demasiado tarde, ya han hecho sus inversiones y están sufriendo por minimizar sus pérdidas. Marx (1867[1976], 667) afirmaba que:

“El modo de producción capitalista, aunque impone la economía en de cada empresa individual, también engendra, por su sistema anárquico de competencia, el despilfarro más escandaloso de la fuerza de trabajo y de los medios sociales de producción; por no hablar de la creación de un gran número de funciones actualmente indispensables, pero en pero en sí mismas superfluas”.

El capitalismo, según Marx, no permite que toda la producción social sea racionalmente planeada con antelación porque el capitalismo incluye diseños simultáneos de planes conflictivos de productores distintos. El resultado de este choque anárquico de muchos planes intencionales es un modo de producción social que produce conflicto y despilfarro de recursos. Por tanto, para Marx la idea de la planificación central requiere la unificación de planes sociales en uno único y consistente, una estructura compleja y coherente preparada por las mentes de los arquitectos socialistas antes de ser implementada. Para Marx el socialismo reemplaza estos productores capitalistas con una voluntad única y común de todos los productores. En el capitalismo hay una lucha constante entre los productores por beneficios. Estas relaciones antagonistas eran un desperdicio para la sociedad.

Marx creía que permitir que los propietarios privados de los medios de producción experimenten con alternativas y descubran sólo a posteriori cuáles son las mejores como hace el capitalismo era un despilfarro y que esta mecánica podía mejorarse decidiendo colectivamente antes del acto lo que debía producirse y cómo, y luego simplemente ejecutando ese plan, incluyendo quién debía recibir qué bienes al final. El socialismo, según este, sería más racional y eficiente, además de más justo.

En 1920 Ludwig von Mises publica “El cálculo económico en la comunidad socialista”, artículo en el cual critica la viabilidad de una economía socialista argumentando que, si todos los medios de producción son de propiedad estatal, esa viabilidad es imposible. El motivo es que no hay forma de realizar un cálculo económico objetivo y, por tanto, de asignar los recursos a sus usos más productivos. Mises defendía que reemplazando la propiedad privada por propiedad estatal se elimina el único mecanismo para distinguir entre los planes económicamente viables y los derrochadores, aunque se asumiese información perfecta. Esto es así, aunque se asumiese que no se cumple el dicho soviético de “ellos hacían como que nos pagaban y nosotros hacíamos como que trabajamos” y los trabajadores producirán bajo su máxima eficiencia; aunque se asumiese que Friedrich Hayek estaba equivocado cuando decía que los peores llegaban al poder; y aunque se asumiese que Lord Acton también lo estaba cuando decía que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” y que el planificador central no terminaría corrompiéndose.

El argumento podemos presentarlo en forma de lo que llamo el silogismo miseano del cálculo económico, que afirma que sin propiedad privada de los medios de producción no se realizarán intercambios voluntarios de estos entre agentes y, por tanto, no se formará un mercado de estos. En segundo lugar, sin un mercado no podrán surgir precios que reflejen la escasez relativa de los bienes de capital. Y, por último, sin precios que reflejen la escasez relativa de los medios de producción, el planificador no podrá distribuir los recursos escasos entre los distintos fines. Por lo tanto, en un sistema socialista el cálculo económico racional es imposible.

Por otro lado, un sistema capitalista sí que permite un cálculo económico racional. En primer lugar, en el capitalismo se puede calcular en términos de precios que hacen posible hacer los cálculos según la valoración de todos los participantes en el intercambio. Como los precios reflejan las actividades económicas de todos los participantes, podemos saber si el gasto de dinero de un agente ha sido beneficioso y si la señal de beneficios y pérdidas que emite guía los recursos hacia usos mejor valorados. Un emprendedor que descubre un mejor uso de un recurso que sus rivales tenderá a desplazar recursos hacia usos más valorados. Los beneficios se logran dándose cuenta de lagunas en el sistema de preciso y tendiendo a eliminar estas lagunas con tu actividad empresarial. Aunque las estimaciones futuras de beneficios no garanticen el uso social óptimo de los recursos, esta al menos permite eliminar de la consideración las innumerables posibilidades de procesos tecnológicamente posibles, pero no económicamente rentables. Y, por último, este sistema permite reducir evaluaciones de producción a un común denominador, el dinero. El marxismo rechaza el uso del dinero, por lo que no habría una unidad de cuenta común requerida para los cálculos cuantitativos que requiere la coordinación descentralizada.

Mises inició uno de los debates más importantes del siglo pasado, que continúa hasta nuestros días. Los socialistas del momento tuvieron que modificar sus argumentos para poder contestar al economista austríaco. Los autores principales del lado socialista fueron Oscar Lange (1964), Abba Lerner (1934, 1936, 1944), Henry D. Dickinson (1933), Fred M. Taylor (1964) y Evan Frank Durbin (1936).

Los dos primeros son los principales desarrolladores del llamado socialismo de mercado. Estos concedieron a Mises, aunque fuese implícitamente, la crítica de que los precios eran esenciales para el cálculo racional de una economía por lo que idearon un sistema de planificación central con precios. Estos autores proponen un órgano de planificación central que se ocupase de seguir unas reglas como que tienen que poner los precios al coste marginal y producir bajo los costes medios mínimos. Para Mises y Hayek esto suponía aceptar haber perdido el debate por aceptar la importancia del mercado y un sistema de precios para coordinar la actividad económica y reflejaba la confusión causada por la preocupación entre economistas por estados de equilibrio en vez de por procesos de intercambio y producción que causa la coordinación de la actividad económica.

Varios socialistas de mercado, entre ellos Lange, proponían que la junta central de planificación estipulase un precio—algunos mantenían que el mismo que durante la producción capitalista ya que creían que esta se encontraba bajo una situación de equilibrio general (que, de ser así, ¿qué necesidad había de cambiar de sistema a uno más eficiente si en un equilibrio general ningún factor se puede mejorar?)—y posteriormente, mediante un método de ensayo y error, este precio podía modificarse para determinar la asignación óptima de los bienes de capital. Otros socialistas como Taylor (1964) y Dickinson (1933) proponían hacer estas modificaciones mediante fórmulas matemáticas que podían ir resolviéndose. Resulta curioso ver que, para poder funcionar, el socialismo tiene que asemejarse cada vez más al capitalismo e intentar adoptar algún mecanismo de competencia entre planes de producción, aunque diste mucho del ideal libre mercado.

Hayek continúa con la tarea miseana de demostrar el problema del cálculo económico en un sistema socialista (1948). Para ello, critica los posicionamientos de Lange y Lerner sobre el socialismo de mercado. Al igual que la crítica de Mises se centra en el socialismo puro que plantea Marx, la de Hayek lo hace en la versión adulterada de Lange. Lionel Robbins (1934, 150–54) también realiza una crítica del socialismo de mercado similar a la de Hayek, sólo que al no ser considerado este austríaco y al haber rechazado a la escuela austríaca en sus años más avanzados de carrera, no se ha generado una controversia sobre si sus argumentos son compatibles con los de Mises. Con respecto a Hayek, sí.

Joseph Salerno (1990), Hans-Hermann Hoppe (1996), Murray Rothbard (1991) y Jeffrey Herbener (1991), entre otros, critican los argumentos de Hayek respecto al debate del cálculo económico, por ser erróneos o por ser innecesarios al estar ya incluidos en los de Mises. El austrianismo de Hayek también es un tema debatido. Pero tanto si se le puede considerar como un economista austríaco, a pesar de no serlo (Blasco 2020), como si no, sólo explicaría por qué otros autores austríacos se han centrado en criticarle. Y aunque sus argumentos sí sean austríacos, eso sólo nos diría que Hayek, un economista o no austríaco, usa argumentos austríacos para criticar el socialismo, elemento el cual no es condición suficiente para ser considerado austríaco.

La crítica que se le hace a Hayek en este tema proviene de que Hayek plantea que el socialismo no es imposible de que funcione, sino altamente difícil. Hayek habla de la gran dificultad de obtener, procesar y transformar la información requerida en la creación de los precios por parte de un órgano de planificación central, por lo que concede a los socialistas de mercado que el socialismo no es imposible, o al menos según sus críticos. Pero esto no es del todo cierto. Hayek sí que critica a Mises por haber “utilizado ocasionalmente la afirmación un tanto imprecisa de que el socialismo era ‘imposible’, cuando lo que quería decir era que el socialismo hacía imposible el cálculo racional”. Porque “por supuesto, cualquier curso de acción propuesto es posible en el sentido estricto de la palabra, es decir, puede intentarse” (Hayek 1948, 145–46). Por lo tanto, vemos de sus propias palabras decir a efectos prácticos lo mismo que decía Mises cuando afirmaba que el socialismo era imposible: que el cálculo racional en este sistema lo es.

Hayek aceptaba los argumentos de Mises. El malentendido respecto a sus propios argumentos reside en ver qué contestaba cada uno. Mises (1920[1990], 21) decía que aún con información perfecta, una economía socialista sería imposible producir de una manera eficiente por la ausencia de precios. Los socialistas que le respondieron malinterpretaron el argumento de Mises, al no entender que la imposibilidad del cálculo racional que describía Mises se daba aún si hubiese información perfecta (Lavoie 1985[2015]). Por tanto, fueron varios los socialistas los que pretendieron darle una respuesta al problema planteado por Mises elaborando métodos como la respuesta matemática o la de prueba y error para alcanzar esta información perfecta de las demandas de los consumidores y poder saber así qué producir. Aquí es donde se encuadra la crítica de Hayek.

Este les responde explicando por qué esta información nunca sería perfecta. Es decir, Mises por un lado asume que ni con información perfecta el socialismo podría producir más eficientemente que el socialismo, a lo que Lange y otros le responden con formas de alcanzar un estado de información perfecta para así poder llevar a cabo el cálculo económico. Hayek intenta demostrarles por qué un órgano de planificación central no podría calcular de manera racional ni aún asumiendo información perfecta, como pretendían los socialistas a los que contestaba. Un órgano de planificación central nunca podría hacerse con la información tácita, subjetiva y dinámica que reside en las mentes de los productores y consumidores y procesarla para lograr unos objetivos de producción superiores a los del capitalismo. Hayek asume que Mises tiene razón y que el cálculo racional no sería imposible sin propiedad privada de los bienes de producción ni aún si el órgano de planificación central tuviese toda la información correcta, pero para dar respuesta a los críticos del momento baja al barro y explica por qué esa información nunca puede llegar a ser perfecta.

Hayek critica que se presuma la información como dada y que un órgano de planificación central solo necesitaría instrucciones. Esta información necesita ser generada y para eso se necesita competencia. Tiene que ser real, no puede ser ficticia en un marco donde la gente no puede quebrar realmente ni beneficiarse si triunfan. Los datos para hacer cálculos económicos sobre las propias preferencias de los consumidores y, por extensión, sobre las preferencias de los productores, residen en la mente de todo el mundo, una pequeña parte en cada una. Esta es una información dispersa. Cada persona tiene un orden con los bienes de consumo que puede desear en distintos grados en distintas circunstancias, según surjan distintas necesidades y oportunidades. Según las circunstancias, un bien de consumo puede encabezar nuestra lista y actuamos para adquirirlo. Cuando lo hacemos, surgen los precios. Pero esto son información histórica. Transmiten información valiosa a los empresarios, pero esta es imperfecta, por lo que cada empresario actúa según la misma asumiendo un riesgo.

No obstante, aunque no se le puedan achacar errores teóricos o cesión a Hayek, sí que se le puede criticar por errores estratégicos. Hayek podría haber pensado que se iba a malinterpretar su crítica y que los socialistas la retorcerían para hacer parecer que estaba reconociendo que ciertos postulados de Mises estaban incorrectos y que el socialismo no era imposible sino enormemente difícil. Quizá Hayek tendría que haberse mantenido firme en la postura miseana y no haber entrado a explicar por qué el órgano de planificación central no puede poseer información perfecta sino repetido que aun así el socialismo sería imposible.

Referencias

Blasco, Eduardo. 2020. “Friedrich Hayek Era Un Economista Austríaco En Tanto Que Nació En Viena.” Instituto Juan de Mariana, 2020. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/friedrich-hayek-era-un-economista-austriaco-en-tanto-que-nacio-en-viena/.

Dickinson, Henry D. 1933. “Price Formation in a Socialist Community.” Economic Journal 43: 237–50.

Durbin, Evan Frank Mottram. 1936. “Ecollomic Calculus in a Planned Economy.” The Economic Journal 46 (184): 676–90.

Hayek, Friedrich A. 1948. Individualism and Economic Order. Chicago, Estados Unidos: The University of Chicago Press.

Herbener, Jeffrey M. 1991. “Ludwig von Mises and the Austrian School of Economics.” Review of Austrian Economics 5 (2): 33–50.

Hoppe, Hans-Hermann. 1996. “Socialism: A Property or Knowledge Problem?” Review of Austrian Economics 9 (1): 143–49.

Lange, Oskar. 1964. “On the Economic Theory of Socialism.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 55–143. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Lavoie, Don. 1985[2015]. Rivalry and Central Planning. Arlington, Estados Unidos: Mercatus Center.

Lerner, Abba P. 1934. “Economic Theory and Socialist Economy.” Review of Economic Studies 2: 51–61.

———. 1936. “A Note on Socialist Economics.” Review of Economic Studies 4: 72–76.

———. 1944. The Economics of Control: Principles of Welfare Economics. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan Publishers Limited.

Marx, Karl. 1867[1976]. Capital: A Critique of Political Economy, Volume 1. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

———. 1891[1996]. “Critique of the Gotha Programme”. En Marx: Later Political Writings de T. Carver (ed.). 208-226.

Mises, Ludwig von. 1920[1990]. Economic Calculation in the Socialist Commonwealth. Auburn, United States: Ludwig von Mises Institute.

Robbins, Lionel. 1934. The Great Depression. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan and Co.

Rothbard, Murray N. 1991. “The End of Socialism and the Calculation Debate Revisited.” Review of Austrian Economics 5 (2): 51–76.

Salerno, Joseph T. 1920[1990]. “Postcript.” En Economic Calculation in the Socialist Commonwealth de Ludwig von Mises, 49–60. Auburn, Estados Unidos: The Ludwig von Mises Institute.

Taylor, Fred M. 1964. “The Guidance of Production in a Socialist State.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 41–54. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Intervención de precios y racionamiento, camino al racionamiento, la ineficiencia y la economía sumergida

Los populismos, el voluntarismo, el dirigismo, la firme voluntad política marcando el paso fijando discrecionalmente los niveles de las variables económicas son una falacia. Son pretensiones que vengan de donde vengan generan ineficiencias y despilfarro de recursos (paro) , y que pueden llegar a ser muy peligrosas llevando a sociedades al colapso, al precipicio. 

He participado en un debate interesante en las redes sociales al respecto. Concretamente presentado en Facebook así: “AMLO ya ha comenzado a fijar los precios a los productos básicos. Pero México no es Venezuela, claaaaro”. En definitiva, imponiendo precios máximos inferiores a los precios competitivos porque al planificador o intervencionista les parecen caros los precios sin intervención. Los ejemplos de alcance intervencionista, con sus diferencias, del gobierno en España en los precios de las viviendas, de sus alquileres, en los precios de la electricidad,… traen a la actualidad la atención del análisis económico en sus consecuencias.  

He ‘aportado’ al debate el siguiente teorema económico-praxeológico, sintetizando los resultados de la intervención pública con precios máximos menores a los precios de mercado:

1) Demanda de productos racionada (personas quedan sin comprar su demanda, los oferentes reducen sus ofertas).

2) Los mercados se debilitan y se reduce la actividad comercial, menor compraventa y menor actividad económica.

3) Aparecerá la economía sumergida y con los intercambios en los “mercados negros” los precios máximos se sepultan como papel mojado y ‘los precios reales sumergidos’ convergerán en el tiempo a los “precios de equilibrio” o quedaran por encima;  precios de los acuerdos derivados de ‘los procesos sociales dinámicos’ (Huerta de Soto), indeseados por el político. Ello es por el exceso de demanda derivado de la intervención y todos estos procesos alteran la asignación de los retornos desvaneciendo la voluntad inversora en estos productos y recursos ofertados, la eficiencia y la actividad económica.

4) Paro. Como consecuencia de la menor actividad.

5) Empobrecimiento. Por todo lo anterior.

¡Nefasto recorrido! 

En el debate una persona que participaba planteaba que estas medidas se justificarían en el caso Mejicano porque en él la estructura productiva era preminentemente monopolista o oligopolista, amparada por el poder institucional o gubernamental. El caso de monopolios no se identifica con el de precios máximos efectivos por debajo de los precios de equilibrio competitivo. Mi respuesta, salvo monopolios naturales, es que creo que no me confundo. 

Efectivamente, el antídoto es favorecer la competencia siempre y esto sólo se logra mediante entrada de nuevos y mejores oferentes. Nunca un monopolio se va a ir del mercado de haber demanda. Pensarlo es de total ingenuidad. Siempre más competencia, nunca mediante precios máximos efectivos por debajo de los precios de equilibrio. 

En el caso de monopolios lo analizamos en fundamentos del análisis económico como semejante a un precio mínimo efectivo, el del monopolista, que se sitúa por encima de los precios de equilibrio competitivo o derivado de los acuerdos voluntarios resultantes de ‘los procesos sociales dinámicos’ (Huerta de Soto), en términos praxeológicos.

Si como se apuntaba, yo no le sé ciertamente, en Méjico predominan las estructuras productivas monopolísticas o oligopolistas y, además, esto se hace con el respaldo político gubernativo entonces el sobreprecio, la ineficiencia y la menor actividad económica se tornará patente respecto de la que se lograría en contextos competitivos.

Lo correcto en tal caso insisto es operar diáfanamente rompiendo barreras de entrada a competidores nunca fijando precios intervenidos. El monopolista no fija a la vez el precio y la cantidad en su mercado. El precio del monopolista lo fija el monopolio donde logra la máxima ganancia, lógica y coherentemente. Esto es, donde ingresos marginales igualan los costes marginales del monopolio y ello debe hacerlo el monopolista acudiendo al permiso del cliente (que sigue gestionando en este mercado monopolista su soberanía como consumidor, como demandante y cliente atendiendo sus preferencias y objetivos sujeto a las restricciones endógenas y exógenas) para lograr el monopolista (empresa-empresario) saber su precio optimo (el del monopolista) atendiendo a la disposición marginal a pagar del cliente. La situación bajo una estructura monopolista, queda reflejada, insisto, como ‘un precio mínimo efectivo’.

Si a la solución monopolística se le compara con la solución competitiva, siempre será más eficiente ésta, por ser menor el precio y mayor la cantidad voluntariamente intercambiada en producto (actividad económica) y, consecuentemente, se traducirá en más empleo y probablemente menor paro o desempleo, de no crecer la población activa. Que no se nos escape tampoco que no hace falta necesariamente una multitud de nuevos oferentes competidores, sólo los suficientes siendo cada uno de ellos ‘líderes’ en sus estrategias de precios, nunca ‘seguidores’. Claro está, para no caer en ingenuidades, que pueden ser  posibles los contubernios institucionales del gobierno respaldando a los agentes sociales y sus organizaciones, ya sean patronales y/o sindicales, conformando fuentes de prebendas y/o de clientelismo político de probable indigestión económica, siempre hay empeños ideológicos de firmes voluntades políticas (esclavitudes y ‘caminos de servidumbres’ ). 

Concluyendo:

1) El mercado con monopolios u oligopolios, aunque como mercado el intercambio realizado es voluntario entre las partes, genera ineficiencia (despilfarro).

2) El monopolista no se apea sólo si hay demanda.

3) Los precios máximos o mínimos efectivos son de rancia aplicación empobrecedora por generar baja actividad, precios ineficientes desorientadores para los agentes y bajo empleo.

4) Los empeños de “las voluntades políticas” están sujetas a las restricciones económicas exógenas y endógenas de todos y cada uno de los agentes, las pretensiones son eso pretensiones, si no son factibles, resultan inalcanzables por ser insostenibles. El posible peligro viene de que lo que no es sostenible no se sostiene y cae, esperemos no nos caiga encima por esto conviene el análisis y el aviso.

Referencias Bibliográficas:

Hayek F. (1944), “Camino de servidumbre”. https://www.elcato.org/sites/default/files/camino-de-servidumbre-libro-electronico.pdf

Mises L.V.M. La Acción Humana, Tratado de Economía, 11ª edición, Unión Editorial. Estudio Preliminar, por Huerta de Soto.

Rivero Caro A., “Resumen del Camino de la servidumbre” de Hayek.

Varian H. (1991), Microeconomia intermedia, un enfoque moderno. 2ª Ed. Ed. Bosch. Barcelona. 

Zanotti G y Silar M. (2016), Economía para sacerdotes. Cristianismo y Economía de Mercado. Unión Editorial, Madrid.

http://www.hacer.org/pdf/Hayek15.pdf

https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10216751947643616&id=1010054067#
https://www.latimes.com/espanol/mexico/articulo/2021-07-08/amlo-empresa-estatal-gas-mexico-polemica

Control de alquileres, una nefasta idea

Dicen que Winston Churchill se quejaba de que, cuando pedía consejo a cinco economistas, recibía cinco respuestas contradictorias. La única excepción era cuando entre esos economistas se encontraba John Maynard Keynes, en cuyo caso recibía seis respuestas contradictorias.

Es cierto que en muchos ámbitos existen grandes discrepancias entre economistas de distintas escuelas. Sin embargo, Greg Mankiew incluía en su libro Principios de Economía una larga lista de ideas en torno a las que existe un amplio consenso entre los economistas. La primera de la lista, con un 93% de aceptación, era la proposición de que “las políticas de control de alquileres reduce la calidad y la cantidad de las viviendas disponibles”.

Durante los últimos días se ha intensificado la presión que ejerce Podemos dentro del Consejo de Ministros para imponer políticas de precios máximos en el mercado del alquiler en las grandes ciudades españolas. Esta es una medida que el PSOE aceptó incluir en el acuerdo de Gobierno, pero que se resiste a aprobar por el rechazo frontal de algunos de sus miembros, entre otros la vicepresidenta económica, conscientes de las nefastas consecuencias que ha tenido siempre que se ha aplicado.

¿Cuáles son esas nefastas consecuencias que tienen las políticas de control de alquileres? De acuerdo con los economistas Tyler Cowen y Alex Tabarrok, pueden resumirse en cinco efectos principales.

En primer lugar, esta política tiende a generar un desabastecimiento crónico de viviendas. Como en cualquier mercado, si el Estado fija precios que están por debajo del precio de equilibrio, la demanda excederá la oferta disponible a ese precio: habrá mucha más gente buscando alquiler que viviendas disponibles, haciendo que encontrar vivienda se vuelva misión imposible.

Además, con el tiempo el problema tendería a agravarse, puesto que la oferta de alquiler es más elástica a largo plazo que a corto: la escasez de viviendas en alquiler irá aumentando con el tiempo.

En segundo lugar, también se disparará el tiempo y los costes de búsqueda. En Nueva York, que ha padecido durante décadas este tipo de políticas, solía decirse que la única forma de encontrar vivienda era consultando en el periódico la sección de necrológicas.

Al darse esa carrera permanente por encontrar las escasas oportunidades disponibles, la gente se ve obligada a recurrir a agentes inmobiliarios para que le ayuden en esa búsqueda. Se produce un derroche de tiempo y recursos en el que los únicos que salen ganando son los intermediarios.

En tercer lugar, se produce una mala asignación permanente de los recursos. Cada vivienda deja de asignarse a quien mejor se adapte a sus preferencias y el criterio principal de asignación pasa a ser el azar. Los inquilinos, una vez logran encontrar una oportunidad, tienden a evitar a toda costa tener que mudarse.

En ciudades donde se han aplicado políticas de este tipo, como Nueva York, se comprueba que abundan los casos de individuos o parejas que alquilan viviendas con más habitaciones de las que querrían, mientras familias grandes se tienen que conformar con viviendas más pequeñas pese a estar dispuestos a pagar más. El sistema de precios deja de funcionar como transmisor eficiente de información.

En cuarto lugar, se produce lo que los economistas denominan una pérdida irrecuperable de eficiencia (deadweight loss). Muchos propietarios tenderán a excluir sus viviendas del mercado de alquiler por la menor rentabilidad obtenida, mientras que inquilinos que estarían dispuestos a pagar más del precio fijado políticamente, se encuentran con la imposibilidad de encontrar vivienda. Dicho de otro modo, se impiden intercambios mutuamente beneficiosos y por tanto generadores de riqueza.

Por último, esta política genera un deterioro progresivo de la calidad de los inmuebles. Debido a la escasez crónica de oferta que se produce, la soberanía del consumidor desaparece y la calidad deja de ser un factor decisivo en su toma de decisiones.

Por ello y por la caída de la rentabilidad, el propietario dejará de tener el incentivo a invertir en sus viviendas y tenderá a minimizar cualquier gasto en reparaciones y reformas. Los inquilinos se verán obligados a vivir en viviendas en cada vez peor estado por la mera escasez de oferta impuesta por la regulación.

Por este último motivo, el exministro de exteriores de la República Socialista de Vietnam, Nguyen Co Thach, reconoció que “los estadounidenses no pudieron destruir Hanoi, pero los vietnamitas sí destruyeron su propia ciudad por la imposición de alquileres bajos”.

En la misma línea, el economista sueco Assar Lindbeck afirmó que “el control de alquileres es una de las técnicas más eficientes hasta ahora conocidas para destruir una ciudad… salvo tal vez el bombardeo”.

En las grandes ciudades españolas existe un grave problema de acceso a la vivienda. Durante los últimos años, la demanda de vivienda en alquiler ha aumentado de forma considerable en estas ciudades debido a la creciente concentración de población en núcleos urbanos. Al mismo tiempo, la oferta de vivienda, cada vez más restringida por criterios políticos, ha aumentado muy poco en términos relativos.

Cuando mucha más gente quiere vivir en una ciudad y el espacio apenas aumenta, solo existen dos soluciones reales. Por un lado, permitir el aumento de la cantidad de vivienda para albergar a esa mayor demanda. Por otro, mediante la reducción de la demanda: por ejemplo, incentivando que aquellos que marginalmente menos valoren vivir en grandes ciudades, opten por otras opciones.

Es evidente que el primero de los mecanismos no está funcionando de forma correcta, dado que la oferta de alquiler está políticamente constreñida y desincentivada por restricciones regulatorias. La solución al problema de acceso a la vivienda se encuentra justo ahí: en la eliminación de la perversa interferencia política que impide que la oferta se adapte a la demanda.

Imponer precios máximos al alquiler no es una solución, sino un problema añadido. Sus consecuencias son justo las contrarias: disparan la demanda y reducen aún más la oferta.

Sea con buena intención o por influencia de grupos de presión, se está vendiendo políticamente que el control de alquileres va a facilitar el acceso a la vivienda, cuando en realidad lo dificulta todavía más. Pocas ideas económicas son capaces lograr tanto consenso entre los economistas como el rechazo al control de alquileres.

 Ignacio Moncada es economista, analista financiero y miembro del Instituto Juan de Mariana.

El misterio del papel higiénico

Con el inicio del confinamiento en España, comenzamos a observar un fenómeno curioso no visto en nuestro país por lo menos desde la Guerra Civil, el desabastecimiento de un producto de primera necesidad como el papel higiénico. Es un fenómeno que se ha observado múltiples veces en economías socialistas pero que no se observa en economías capitalistas.

Mi experiencia en el análisis económico de economías socialistas esta vez no servía para entender el origen del desabastecimiento. Además, las explicaciones a este fenómeno dadas en los medios de comunicación, como por ejemplo las dadas por algunos psicólogos como que “limpiarnos el culo” (permítanme el exabrupto) nos produce una seguridad psicológica, no ayudaba a dar una explicación satisfactoria al asunto.

El desabastecimiento de papel higiénico no se produjo únicamente en España si no que ha sido un fenómeno que se ha producido en prácticamente todos los continentes del mundo. Por tanto, no podemos buscar la causa en un factor estructural de España o de Europa. A continuación, trataré de proporcionar una explicación económica satisfactoria del misterio del papel higiénico.

Como todos sabemos, la oferta y demanda de un determinado bien determina su precio. Así, podemos observar en las bolsas de valores los cambios casi instantáneos de los diferentes bienes. Sin embargo, los consumidores no observamos esos cambios instantáneos de los precios a la hora de comprar productos. ¿Se imaginan que el precio de los bienes en el supermercado cambiase instantáneamente según la afluencia de gente?

Para entender por qué esta variación de precios no se produce en nuestra vida cotidiana debemos tener en cuenta los stocks. El stock es la cantidad de producto guardada en los almacenes por los mayoristas, minoristas e intermediarios y permite amortiguar al mínimo la variación de precio de los productos frente a aumentos de su demanda. Obviamente el almacenamiento del producto tiene un coste que el intermediario repercute al consumidor final, pero a cambio, le permite no tener que preocuparse de variaciones de precio a corto plazo.

El Modelo de Treynor del distribuidor describe el papel del intermediario en la provisión de liquidez de mercado. Debido a la inyección de liquidez (esto es, productos cuando estos escasean) por parte del intermediario gracias al stock que almacena, el mercado es capaz de amortiguar las variaciones de precio y de demanda que pueda sufrir el bien en cuestión.

El papel higiénico tiene ciertas particularidades: Es un bien de primera necesidad y es muy voluminoso. El ser un bien de primera necesidad hace que su demanda sea alta mientras que el gran volumen que ocupa un solo paquete hace que sea costoso de almacenar (un metro cúbico de volumen es capaz de almacenar relativamente pocas unidades en comparación con otros bienes como pueden ser bienes comestibles).

Así, durante el confinamiento impuesto durante la pandemia, el pequeño stock de papel higiénico fue incapaz de abastecer a la demanda simultánea de todas las personas. Por ello se pudieron observar desabastecimientos de este y no de otros productos en las estanterías de los supermercados de todo el globo. Este desabastecimiento, por suerte, fue momentáneo ya que, con el aumento de la demanda y la falta de stock, la producción se puso en marcha y se pudo solventar el problema en relativamente poco tiempo.

En resumen, el stock juega un papel fundamental en la provisión y reserva de bienes para hacer frente a demandas repentinas. El stock de un producto se ve afectado por su voluminosidad y en el caso del papel higiénico, su gran volumen impide tener grandes stocks para hacer frente a demandas repentinas de este producto como sucedió durante el confinamiento a mediados de marzo de este año.