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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Ciudadanos de segunda

El Bloque Nacionalista Gallego pretende crear una categoría de españoles de segunda clase. El socio del Partido Socialista en el gobierno de Galicia pretende que cuando se otorgue la nacionalidad española a hijos y nietos de emigrantes (que por el momento todavía no pueden acceder a la misma a pesar de las promesas de Rodríguez Zapatero) no se les conceda el derecho a voto. Sin duda alguna, su petición responde a intereses electoralistas puros y duros. El voto de los llamados "residentes ausentes" resulta clave en las elecciones autonómicas gallegas debido a lo elevado de su cifra. Y de esos sufragios, muy pocos van a parar al BNG. Por poner un ejemplo, en los comicios de 2005 en la provincia de Pontevedra votaron 31.000 españoles residentes en el extranjero. El 49,7 por ciento lo hicieron por el PP y un 43,6 por ciento por el PSdeG.

El portavoz del BNG en el Congreso de los Diputados, Francisco Rodríguez, ha dicho: "Una cosa es conceder la nacionalidad española a efectos de amparo y de derechos sociales y otra cosa es que conlleve el derecho al voto por definición sin aclarar si vives allí o no y qué grado de descendencia tienes". Dicho de otro modo, pretende que haya españoles a los que se les pueda conceder pensiones y protección diplomática pero a los que se les niegue un derecho clave en cualquier sistema democrático como es el voto.

Al margen de la cuestión de las pensiones, la pretensión de los nacionalistas gallegos (que a pesar de su nacionalismo pretenden que sea aplicable a la totalidad de los españoles) recuerda, por lo del amparo, en cierta medida al sistema de capitulaciones por el cual determinados súbditos del Imperio Otomano pasaban a estar bajo protección diplomática de algunos países occidentales sin concederles la ciudadanía.

Se pueden discutir los requisitos necesarios para obtener la nacionalidad española, pero una vez que se le ha concedido a una persona no debe privarse a esta de los derechos que poseen el resto de los ciudadanos. Si a un español de nacimiento no se le puede privar de su voto por razón de su lugar de origen, tampoco ha de ser posible que se le haga a alguien que ha obtenido la nacionalidad por ser hijo de alguien que emigró a otro país. Eso supone establecer un sistema con diferentes niveles de ciudadanía que implica una clara discriminación por lugar de origen.

Se agarra el BNG también a la corrupción que existe en torno al voto emigrante. Es un problema que existe y que hay que controlar. Pero el método no es otro que la aplicación de las leyes y perseguir el fraude electoral, no reducir derechos a ciudadanos españoles. De hecho, una vez más suena a excusa de una formación política de escaso arraigo entre votantes gallegos que, por vivir fuera de la región, no están sometidos a una constante propaganda identitaria y que por lo tanto optan de forma mayoritaria por otros partidos.

Es necesario recordar que el Bloque Nacionalista Gallego forma parte del Ejecutivo autonómico gallego y es socio del partido que gobierna España. Cuando un partido político con esas características pone sus intereses electorales por delante principios como la igualdad ante la ley sin que se produzca un gran escándalo el Estado de Derecho corre un serio peligro.

Las capitales del mundo

Los dos nombres que primero vienen a la mente cuando se habla de los grandes dictadores del siglo XX son Hitler y Stalin. Tanto ellos como sus dictaduras tuvieron mucho en común. El control de la economía, el papel de los partidos, el control social, los campos de concentración, el genocidio… todo eso es bien conocido por quien ha tenido interés en saber de ello. Hay, sin embargo, un aspecto en el que coincidieron y que no es tan conocido: ambos quisieron construir la capital del mundo.

Ambos pergeñaron una construcción colosal como símbolo de Moscú y Berlín. La de Stalin era el Palacio de los Soviets, que debía construirse sobre las ruinas de la demolida Catedral de Cristo Redentor. Rechazados los 160 participantes al concurso, finalmente se adoptó una modificación del proyecto del ruso Boris Iofan: una suerte de torre de Babel coronada con una estatua de Lenin. Debía ocupar un área de 110.000 metros cuadrados y superar con 415 metros la altura del mayor rascacielos de entonces, el Empire State Building. Los enormes cimientos consumieron el 16% de la producción de cemento de toda la URSS. Hitler, por su parte, proyectó la Volkshalle (Sala del Pueblo), un auditorio para 200.000 personas con una altura de 290 metros y una cúpula de un diámetro de 250.

Ambos formaban parte de proyectos más ambiciosos para transformar sus respectivas capitales en ciudades con la importancia que tuvieron las de la antigüedad. Así, Hitler escribiría en su Mein Kampf que "la importancia geopolítica para un movimiento de un centro físico vital […] no puede ser sobreestimada. La existencia de un lugar así, imbuido de la atmósfera mágica y encantada que envuelve a la Meca o a Roma, puede por sí misma dar a largo plazo a un movimiento esa fuerza que reside en su unidad interior". Nikolai Bujarin, por su parte, también equiparó el Moscú que estaba proyectando Stalin con La Meca. Ambos regímenes deseaban crear una capital que no se limitara a las fronteras de sus respectivos imperios, sino que fuese una ciudad ideal, un nuevo Jerusalén al que peregrinar. La capital del mundo.

Por supuesto, fracasaron. A Hitler lo detuvo la guerra; preveía iniciar la construcción de la nueva Berlín tras su victoria. A Stalin, en cambio, lo detuvieron los problemas técnicos, pues estuvo entre los ganadores del conflicto. El proyecto del Palacio de los Soviets tuvo que parar por el conflicto, pero pese a que se reanudaran los trabajos, la inestabilidad de su base, al estar sobre terreno anegado, alimentado por más de un centenar de corrientes subterráneas. Finalmente se terminó construyendo una enorme piscina sobre los cimientos. Cuando cayó el comunismo, se reconstruyó la Catedral de Cristo Redentor. Stalin tuvo, en cambio, éxito con algunos de los proyectos de su nueva Moscú, como el metro o el canal con el Volga.

Mientras, la que sería considerada como la capital del mundo llevaba construyéndose silenciosamente, poco a poco. No era el proyecto de un gobernante totalitario, ni siquiera de uno democrático con sueños de dejar un legado para la posteridad. De hecho, la ciudad no era la capital de ningún país, ni siquiera de la región en la que se encontraba. Carece de unidad, y los edificios más emblemáticos fueron creados con el objeto de hacer negocio o, más frecuentemente, albergar negocios. Sus arquitectos fueron, en muchos casos, refugiados que huían del totalitarismo de Hitler y que no contaban con su beneplácito. Se le considera el centro financiero, empresarial, cultural y artístico del mundo. Algunos despistados también lo consideran el centro político por el hecho de albergar la sede de las Naciones Unidas desde 1950. Pero no cabe duda de que Nueva York –y no Moscú ni Berlín– es la ciudad que viene a la mente cuando alguien pregunta por la capital del mundo.

Hillary y los elefantes

De todo el panorama electoral de Estados Unidos, Hillary Clinton aparece como la única opción femenina. Pero para las mujeres liberales es, precisamente, la peor opción.

En primer lugar, el contenido de su agenda política implica un aumento del gasto público. Eso no es nuevo, ni entre los candidatos demócratas ni entre los republicanos, con la heroica excepción de Ron Paul.

Pero, además, la estrategia de Hillary es manipuladora, sexista y dolorosamente familiar. Su aparición en New Hampshire con Kim, una madre ejemplar, y Ashley, su hija adolescente, es el mejor ejemplo. La madre explicaba lo preocupada que estaba por el futuro de su niña y que estaría dispuesta a perder su casa para darle la mejor educación. Por supuesto, Hillary hizo notar que "como madre" aquello le afectaba especialmente. Eso es utilizar su sexo con fines electorales. Como salir desnuda en los carteles pero más sutil. Pero ahí no acaba todo. Desde luego, la presunta futura-primera-presidenta les contó a la esforzada madre y a su hija los planes de expansión de gasto público en educación previstos por su partido. El menú político demócrata incluye medidas para que nadie tenga que respaldar la educación de los hijos con su casa. La madre, emocionada, expresó su satisfacción: "Oyendo lo que dice, me siento más esperanzada". Aplausos. Fin del show.

Consciente del tirón que tiene la posibilidad de ser la primera mujer en lo que sea, Hillary no siente pudor y declara públicamente que cuando se acerca a la gente en medio de la campaña, dando la mano a los futuros votantes le emociona ver a padres y madres con niñas pequeñas a las que les dicen: "¿Ves, cariño? Puedes llegar a ser lo que te propongas."

Los electores americanos y los analistas políticos del resto del mundo se preguntan si los Estados Unidos están preparados para tener una mujer al mando. Hay cierta expectación al respecto… supondría un gran paso para nosotras, sea del bando que sea. Sin embargo, las mujeres deberíamos tener en cuenta el papelón en el que nos pone una presidenta como ella. Manipuladora, intervencionista, capaz de cualquier cosa por mantenerse en el poder, como, por ejemplo, montar el espectáculo de New Hampshire con una activista voluntaria demócrata (Kim) y su hija, haciéndose la sorprendida cuando Kim le contaba los detalles de su historia, mientras los leía en la ficha que tenía delante… Eso es mentir. ¿Como todos los políticos? No. Con el añadido de ser pionera. Eso justifica que se dispare el ingenio femenino para alcanzar a cualquier precio su objetivo. ¿Queremos una persona para la que todo vale como representante de la lucha de la mujer por ocupar el puesto más alto? Yo no. Así, no.

Contaba Bastiat en El Cristal Roto cómo el buen economista es aquel que no se queda en lo evidente sino que sabe analizar lo que no se ve. Y detrás de esta actitud manipuladora de Clinton, detrás de su ansia de poder, está la propuesta intervencionista demócrata. Lo que no se ve del gasto público, por un lado, es quién lo paga. Lo pagan todos los contribuyentes. Pagan para que Kim no tenga que decidir si arriesga su casa o no, para que nadie tenga que arriesgar ni decidir nada. Para que el Estado lo controle todo y se haga con la responsabilidad individual.

Y precisamente este es el segundo aspecto que oculta el gasto público: el control enfermizo del ciudadano. Cuanto más se controla, por absurdo e inútil que sea (como explicaba Jorge Valín), más se refuerza la sensación de éxito.

Un viejo chiste explica cómo funciona esta obsesión. Un psiquiatra y su paciente conversan:

– ¿Por qué agita las manos?

– Para espantar a los elefantes

– ¿Qué elefantes? No veo elefantes por ningún sitio

– ¿Ve usted cómo funciona?

De esta forma, los estatistas pretenden que la intervención funciona apoyándose en los éxitos de la iniciativa individual y del libre mercado del sistema mixto. Probablemente es uno de los motivos para defender el capitalismo de estado o socialismo de mercado, poder disfrutar de las ventajas del mercado y atribuir sus logros a la regulación. Las propuestas socialistas demócratas (o republicanas) no son feministas, son una manera de espantar elefantes invisibles.

Hillary Clinton no representa a las mujeres americanas, sino la obsesión por el control de los gobernantes de hoy en día. Control de las inversiones, de los datos de los inversores, del esfuerzo de quienes trabajamos, de las huellas dactilares de los ciudadanos, control de los errores o de los aciertos individuales. Control disfrazado de buenas intenciones, que esconde nada más que interés en ser reelegido; en este caso, interés por pasar a la historia, no solamente como la primera dama que aguantó la humillación de ser corneada ante los ojos del mundo, sino como la primera mujer presidenta de los Estados Unidos de América.

Los arbitristas

¿Qué asesor no querría presentarle al presidente un plan "para tener gran suma de millones, en que los que han de pagar no lo han de sentir; antes han de creer que se los dan". Quevedo sabía de qué hablaba y lo cierto es que la política es poco más que eso: hacer que la gente entregue toda la renta que gana hasta el mes de mayo o junio, pero hacerle creer que en realidad está viviendo gracias a la generosidad del político.

¿Cómo convertir una farsa como esta en una función diaria, con todos como espectadores sin entrada, manteniendo permanentemente el engaño? ¿Cómo desmentir todos los días a Lincoln, que dijo que puedes engañar todo el tiempo a uno o un momento a todos, pero no todo el tiempo a todo el mundo? A eso se dedican los asesores. A susurrar estrategias políticas en las que pase lo que pase el político quede flotando sobre la superficie y quede como último salvador.

Ahora están de actualidad porque Zapatero necesita toda una convención nacional de asesores para encajar su política. Nada menos que 682 para este año y un par de docenas menos para el año que viene. A 42.000 euros por arbitrista y año, lo que no está nada mal. Lo peor es que el Gobierno lo ve como un gesto de austeridad. Quizá acabemos teniendo 42.000 asesores a los que habrá que pagar, eso sí, 682 euros al año por todos sus servicios. Zapatero no va a necesitar menos, con su intento de negociar nuestras instituciones con los terroristas saltando por los aires, con los buenos datos económicos huyendo en estampida y con una cumbre de 4 segundos con George W. Bush como mayor éxito de la diplomacia española desde la llegada de Moratinos.

No es que los gobernantes no necesiten asesores, pero me da que cuantos más se necesitan peores son las tareas que tienen que salvar. Si un presidente de Gobierno se ha marcado como objetivos cumplir y hacer cumplir la ley, ajustar los gastos públicos a lo que sea más provechoso y menos dañino, no manosear la economía ni, para el caso, la cultura o la vida ciudadana, ¿necesitará legiones de arbitristas para cumplirlos?

Mucho me da que no.

Llamando al Estado…

Las crisis son los mejores momentos en la vida de un Estado porque es el momento idóneo para engordar un poco más y no preocuparse por la figura. Cuando algo falla, todos miran al cielo, como buscando la señal con la que en Gotham se llamaba a Batman para que salvara a la ciudad de los malvados delincuentes que la atemorizaban. Pero, en lugar de un superhéroe, lo que la gente quiere es al Estado, ese ser salvífico que ofrece una solución para todos los problemas que nos aquejan.

El último caso, lo veremos en los próximos días cuando la noticia de que los espectadores "abandonan los cines" consiga levantar de su sillón al ministro de Cultura para comunicarnos la importancia de subvencionar al cine o, mejor dicho, a los productores del séptimo arte y los pancarteros. Según explica Cinco Días, "sea por la piratería o por la calidad de las películas, lo cierto es que los espectadores españoles cada vez van menos al cine. Hasta el pasado 23 de septiembre, el número de asistentes a las salas españolas se redujo un 18,2%, y se situó en 74,33 millones, según los datos de los que dispone el Ministerio de Cultura."

¿Qué se puede hacer? Esa será la cuestión que muchos se planteen. La opción más tajante sería nacionalizar la industria del cine, poner al presidente del Gobierno de director, como en la película Tierra de sangre, y esperar a que dirigiera películas tan emotivas como Bambi. Para conseguir que la gente fuera al cine, bastaría con obligarles o condicionar las ayudas que perciben a la asistencia al cine. Al fin y al cabo, si de lo que se trata es de ser buenos ciudadanos, ¡qué mejor ciudadano que quien se interesa por la cultura!

La siguiente opción sería gravar con cánones el ADSL de 3 megas porque, al fin y al cabo, o la causa de la crisis es la calidad y esto no es cierto porque las películas españolas son sublimes sí o sí, o la culpa, como siempre, la tienen esos internautas siempre dispuestos a descargar ilegalmente películas (aunque casi nunca sean españolas). Y esta idea tiene sus partidarios porque el Estado intervendría en el mercado pero no cambiaría radicalmente el sector. Mediante la redistribución, inyectaría fondos a un sector tan poco favorecido como el del cine, a pesar de que actualmente se cobra un impuesto revolucionario a las cadenas de TV quienes deben dedicar un 5% de sus ingresos a invertir en películas españolas o europeas.

Y la tercera y última opción, sin perjuicio de lo que su imaginación les sugiera como una alternativa más brillante, sería no preocuparse por lo que la gente decida porque eso demuestra que las personas hacen con su dinero lo que les place y no procede a ningún Gobierno tratar de cambiar lo que cada cual hace con el fruto de su trabajo. Pero esta medida, ciertamente, supondría un revulsivo frente a lo políticamente correcto.

Todo es consumo, de tiempo, de recursos, de neuronas. El tiempo que destinamos a ir al cine podemos dedicarlo a leer, o el de leer a dar un paseo, o el de dar un paseo a estudiar y así sucesivamente. Si el Estado patrocina con nuestro dinero una actividad como el cine, lo que hace es premiar a unos señores que hacen con su tiempo lo que más desean, pero sin cambiar un ápice lo que el resto hacemos con nuestros escasos minutos libres. Por mucho que aumenten las subvenciones al cine, saqueen a las televisiones o graven con cánones los CDs, los escáneres o los MP3, las horas seguirán siendo nuestras… y las decisiones que tomemos también. Luego ¿para qué pedirle al Estado que acuda en socorro de una industria? Haga lo que haga, el poder no podrá cambiar los gustos del consumidor.

Una vez más, el Estado viene a ser una excusa para que unos vivan a costa de los demás y se inventen una excusa aparentemente plausible para convencernos al resto de sus buenas intenciones.

González, del sofismo a los GAL

No es que los políticos desconozcan la verdad; tampoco se trata de que jamás tropiecen con ella, que de tanto hablar en algún momento tendrán que encontrarse sus palabras con la realidad. Es sólo que la mayoría se preocupa de si lo que dice se corresponde con lo que cree que es verdad, sino de lo que los ciudadanos vayamos a entender de ellas.

Ramón Pi fue quien dio en la clave con la relación que mantenían Felipe González y la verdad. No es que él mintiera sistemáticamente, es sólo que lo que decía y la verdad eran dos situaciones paralelas, que podrían coincidir o no sin más ley que los caprichos del azar. Este viernes, en un artículo del diario El País titulado (agárrense) Mentiras y mentirosos, González ha reconocido que para él, "en política la verdad es lo que los ciudadanos perciben como verdad". Es decir, que la verdad no está en las cosas, en que tengan una naturaleza u otra, sino en lo que piensa la gente sobre ellas. Y como las opiniones son mudables, la verdad se puede cambiar. Sólo es necesario tener una influencia decisiva sobre la opinión pública. Él conoce bien el negocio. Cuando llegó al poder la verdad era que el aborto es un crimen. Unos pocos años de monopolio televisivo y la verdad pasó a ser que de crimen nada, que el nonato ni es una persona ni merece la protección que, por ejemplo, concede la ley a los animales.

El sofismo rescatado por Felipe González es la espina dorsal del totalitarismo. Si la verdad la forman las ideas más ampliamente compartidas por la gente, podemos hacer que cualquier cosa que deseemos acabe siendo verdad. Siempre, claro está, que contemos con los medios adecuados para crear al nuevo hombre socialista, o al nuevo hombre progresista, o al nuevo progenitor A (o B). La verdad puede ser lo que se enseñe en Educación para la Ciudadanía y viceversa. Es cuestión de voluntad, la del poder, y de resistencia, la de la gente.

Por otro lado, si la realidad es moldeable no nos podemos aferrar a nada para defender nuestros derechos. Ya no hay verdades evidentes e independientes de cualquier opinión, como que "todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". Todo queda al albur de lo que se logre imponer como verdad. De la terrible frase "en política la verdad es lo que los ciudadanos perciben como verdad" a los GAL hay sólo un paso. Y es muy fácil de dar.

Birmania sigue en línea

Birmania está lejos, pero no es pequeño ni está poco poblado. Con una extensión mucho mayor a la de España y 50 millones largos de habitantes, este país asiático, enclavado estratégicamente entre Tailandia y el Indostán, entre China y el golfo de Bengala, es uno de los lugares más pobres y más esclavizados del planeta. Y lo peor de todo es que, a diferencia de Cuba o Corea del Norte, casi nadie en Occidente lo sabe.

Una década después de obtener la independencia del Reino Unido sufrió el primero de una cadena de golpes de estado que ha condenado a tres generaciones de birmanos a vivir siempre bajo dictaduras férreas y extremadamente violentas. En los últimos cuarenta años, la antigua colonia británica donde tuvo lugar la célebre historia del puente sobre el río Kwai no ha conocido año tranquilo. La pesadilla comenzó con el golpe del general Ne Win, forjador de uno de los regímenes políticos más tenebrosos e implacables de Asia durante un cuarto de siglo.

Alineado sin fisuras con las tesis socialistas, el infame gobierno de Ne Win inauguró la llamada "vía birmana al socialismo". Ésta consistió, esencialmente, en cerrar el país a cal y canto. Se restringió hasta extremos absurdos la salida del país y la entrada de extranjeros. Dentro de las fronteras se abatió sobre Birmania un manto de silencio bajo el que se cometieron todo tipo de atrocidades que, por la naturaleza misma del régimen, eran desconocidas en el resto del mundo.

En 1988, coincidiendo con el apogeo de la Perestroika, se produjo un levantamiento en Rangún en el que los estudiantes pedían el fin de un régimen odioso. El movimiento sucumbió ante los militares, que llenaron la capital de cadáveres. Una vez más, los asuntos de la lejana y aislada Birmania pasaron desapercibidos más allá de sus fronteras. El levantamiento popular del 88, conocido como 8888 por haber estallado el 8 de agosto de aquel año sirvió como excusa a otro espadón, el general Saw Maung, para hacerse con el poder en nombre de un consejo nacional que, al menos nominalmente, aspiraba a restaurar la ley y el orden.

Se convocaron elecciones en 1990 pero los resultados no fueron del agrado del Consejo y el Maung las ignoró olímpicamente, abriendo un nuevo periodo dictatorial. Se cambió el nombre al país y sus líderes perseveraron en todos los defectos de la era Ne Win añadiéndole el de la corrupción y el mangoneo. Y así hasta la fecha, hasta que en agosto de 2007 se inició una nueva revuelta en Rangún, tan virulenta como la del 88. Sin embargo, esta vez algo ha cambiado. La URSS no existe y la velocidad y eficiencia con la que se transmite la información se ha multiplicado varias veces a lo largo de los últimos 20 años. El Gobierno lo sabe, de ahí una de sus primeras medidas fuese impedir, mediante la desconexión de la red birmana, el acceso a Internet.

A día de hoy el país está sumido en el caos y se desconoce la magnitud de las masacres perpetradas por el ejército contra la población civil y los monjes budistas que se sumaron en los primeros días a la rebelión. Occidente, por primera vez, se ha hecho eco masivo de la tragedia birmana. Lo que los grandes medios han preferido dejar de lado ha salido a la superficie a través de la red de redes. Los birmanos tienen, por fin, alguien que les escuche. Mal que les pese a los que malgobiernan la maltratada nación asiática, la línea con Birmania sigue abierta.

El valor liberal de la monarquía

Tanto Mises como Hayek, principales exponentes de la Escuela Austriaca de Economía, sentían debilidad por la democracia o gobierno representativo, rechazando por ello el Principado como forma de gobierno, en tanto concebían que el tránsito de la monarquía al sistema democrático moderno constituía un progreso. Pese a ello, para ambos autores el término democracia no significaba el Gobierno de la mayoría, sino autodeterminación, autonomía y autogobierno en sentido literal. Es decir, un Gobierno realmente democrático es aquél cuya organización le reconoce a cada uno de sus miembros el fundamental derecho a la autodeterminación, secesión y adscripción voluntaria.

Sin embargo, el resultado de ello ha sido justo el contrario del pretendido, pues no parece que Estado alguno haya conocido desde entonces un gobierno democrático tal y como lo entendían Mises o Hayek, ya que todas las democracias modernas se han configurado como organizaciones de adscripción forzosa y coactiva.

Es más, pues tal y como hemos demostrado anteriormente, la aplicación de la teoría democrática ha supuesto en realidad un vertiginoso desarrollo y crecimiento del poder estatal, cuyos principales problemas en la actualidad derivan de una palpable restricción en el ejercicio de la libertad individual, una vulneración progresiva e institucionalizada de los derechos de propiedad, una plausible crisis de gobernabilidad y, finalmente, la imposibilidad de controlar y limitar de forma efectiva el poder político, puesto que es el propio Estado quien ejerce el monopolio jurisdiccional, de modo que cualquier limitación de la acción del gobierno dependerá inevitablemente de sus agentes en última instancia.

Si partimos de la hipótesis fehaciente de que el anarcocapitalismo es una utopía y, por tanto, es inevitable la existencia de un Estado, entendido éste como una entidad que ejerce el monopolio territorial coactivo de las decisiones (jurisdicción) y la imposición fiscal, resulta económica y éticamente ventajoso elegir a la monarquía en lugar de la democracia, en contra de los postulados clásicos liberales favorables a aceptar una participación, aunque sea limitada, del pueblo en el ámbito del poder político. La monarquía se instituye como la forma política más adecuada y conveniente para limitar y controlar el poder político, ajustándose por ello de un modo más acertado a la consecución de los objetivos y fines planteados desde la teoría liberal. Y ello, en base a diferentes motivos, tal y como expone magistralmente la teoría hoppesiana.

El problema de la preferencia temporal

Siguiendo la teoría austriaca de la acción humana (también conocida como praxeología), este fundamental y básico concepto significa que cuando un actor ejecuta una acción pretende invariablemente pasar de una situación poco ventajosa a otra más favorable, demostrando así una mayor preferencia por una mayor cantidad de bienes, pero si a ello se le añade la variable tiempo, de ello resulta una preferencia universal por los bienes presentes sobre los futuros.

La formulación de este fundamental axioma es, precisamente, el que permite explicar de modo riguroso y correcto la utilidad y función del ahorro así como la determinación del tipo de interés en el ámbito económico. Además, siguiendo esta misma exposición lógica, es el ahorro el que permite la acumulación de capital, sustentándose así sobre esta base teórica todo el edificio y estructura del sistema económico capitalista.

De ello se deriva, a su vez, la siguiente ley o axioma apriorístico consistente en que a menor preferencia temporal, mayor ahorro, resultando de ello la siguiente evolución lógica y fácilmente comprensible: a mayor ahorro, mayor acumulación de capital y, como consecuencia directa de ello, se produce una mayor expansión de la estructura productiva, con lo que aumenta también la productividad marginal de todo el proceso productivo y económico, resultando finalmente un incremento sustancial del empleo, con el consiguiente aumento de los salarios y nivel de vida en el ámbito social.

Monarquía

En este sentido, la monarquía consiste en un sistema político basado en la propiedad privada del aparato coactivo gubernamental. Por ello, manifiesta también una preferencia temporal más baja, ya que las expropiaciones y el monopolio del poder son privados, de titularidad personal. Así, el gobierno de propiedad privada tiene una serie de incentivos para el gobernante en cuanto al modo en que debe dirigir sus asuntos, ya que en función de su propio interés, innato y natural, tratará de maximizar su riqueza total. Además, la propiedad privada posibilita el cálculo económico y estimula la previsión a largo plazo.

Ello se traduce por tanto, en una moderación en cuanto a la explotación de su monopolio gubernativo. La razón es clara: el rey, en su intención de aumentar su riqueza y mantener el valor de sus propiedades personales, dispone de importantes incentivos para autolimitarse en su política fiscal, ya que una fiscalidad más baja y moderada permite, sin duda, una mayor productividad por parte de la población a la que ésta se aplica, incentivándose con ello el desarrollo de una economía más próspera y expansiva. Lo cual, a su vez, tendría como efecto lógico el aumento de la propia riqueza y prosperidad del monarca.

Además, a ello debe unirse el hecho de que tanto el monopolio jurídico (tribunales) como la seguridad y el orden (policía), siguiendo esta misma dinámica, harán respetar con mayor énfasis si cabe el principio de la propiedad privada, disminuyendo con ello los crímenes y aumentando así la seguridad en términos generales. Y es que, a menos crímenes (expropiación a los contribuyentes por parte de otros particulares) mayor margen de expropiación y monopolio impositivo para el monarca, quien no tiene ningún interés en la existencia de ningún tipo de competencia a este respecto. De ahí, el término monopolio fiscal.

A ello, se le debe añadir, además, el hecho de que un monarca no querrá depender exclusivamente de los ingresos fiscales, por lo que se encontrará incentivado para llevar a cabo actividades productivas que le reporten beneficios y ganancias a nivel personal, sin depender por tanto de la fiscalidad tributaria. Es más, al contar con actividades productivas paralelas, se reducirá sustancialmente la necesidad de imponer o subir impuestos, cuyo efecto inmediato sobre la población será sin duda un menor cuestionamiento de su legitimidad, fortaleciéndose con ello la propia institución monárquica.

Por otro lado, al ser el gobierno de titularidad privada, tal propiedad pertenece al patrimonio familiar única y exclusivamente. Tan sólo el rey y su familia, fundamentalmente, participarán de la renta fiscal y del goce de una existencia parasitaria. Ello, estimula sin duda una conciencia de clase en los gobernados, debido a la restricción en la participación del gobierno y el privilegiado estatuto de la familia real. De este modo, se incentiva y promueve, por parte de los gobernados, una oposición y resistencia a cualquier tipo de expansión fiscal o extralimitación gubernamental. Es decir, al existir una clara distinción entre minoría gobernante y mayoría gobernada, se refuerza de un modo intenso y profundo la solidaridad entre los gobernados, pues éstos se reconocen mutuamente como víctimas de las violaciones gubernativas sobre sus particulares derechos de propiedad. Con lo que una especial expansión, extralimitación o exceso en el ejercicio del poder por parte del monarca, pone en serio peligro la delicada legitimidad del gobernante.

Democracia

El mando democrático es, sin embargo, un aparato gubernamental de propiedad pública, ya que se encuentra administrada por magistrados elegidos periódicamente que ni poseen ni son percibidos como poseedores del gobierno, sino que son vistos como fideicomisarios. Sin embargo, en la práctica, tales representantes actúan mediante el ejercicio del mando personal y propiedad privada del gobierno, aunque sólo temporalmente. Por ello, tienden a cometer más excesos en su ejercicio del poder político.

Y ello se debe, fundamentalmente, a que el gobernante democrático no puede enajenar los recursos del Estado ni transferir tales posesiones a su patrimonio particular. La consecuencia que deriva de ello consiste en que sus esfuerzos y atención no se dedican a un intento por maximizar la riqueza total del gobierno, es decir, su capital, sino tan sólo el ingreso corriente del mismo, con lo cual carece de incentivos para disminuir los impuestos. Más bien sucede todo lo contrario, puesto que tenderá a elevarlos, sin que exista además un riesgo real para su patrimonio personal. De este modo, la moderación en democracia tan sólo tiene desventajas, en contra de lo que le ocurría al monarca.

Desaparece también el argumento moderador en relación a la conciencia de clase de los gobernados, pues, en democracia cualquiera puede convertirse, en teoría, en miembro de la clase gobernante, desapareciendo así la insuperable separación entre gobernantes y gobernados. Lo particularmente grave de la conciencia democrática es que se encuentra además fundamentada en el "mito" y la falacia relativa a la creencia de que en democracia nadie tiene que obedecer al otro (autogobierno), ya que todo el mundo se manda a sí mismo. Este delirio ha constituido la creencia de que el paso de la monarquía a la democracia es un progreso, merecedor por tanto de apoyo popular. Sin embargo, tal creencia es la que precisamente consigue debilitar enormemente la resistencia frente al poder del gobierno pues, si bien con la monarquía el pueblo percibe de forma clara y evidente el mal y la opresión gubernamental a través de la expropiación forzosa que lleva a cabo el gobernante, tal expropiación e impuestos no son percibidos de igual forma al ocultarse bajo el velo de la soberanía popular, la elección del gobernante, y el principio de mayoría. El resultado de la práctica democrática no deja duda en este particular ámbito. Tan sólo es necesario remitirse a los datos y a las cifras: los impuestos, el déficit, y el ámbito competencial del Estado han aumentado enormemente bajo la ingenua falacia que ofrece el particular sistema democrático contemporáneo.

Así pues, tendencia a aumentar los impuestos y, por lo tanto, enorme crecimiento del aparato estatal (burocracias y funcionarios) para llevarlo acabo, tendencia al endeudamiento y al déficit (el rey tenía que responder con su patrimonio por todas las deudas contraídas), ya que son deudas públicas, no privadas. La solución al déficit acumulado por todo gobierno democrático es, por tanto, siempre la misma: mayor imposición fiscal o inflación monetaria… No existe otra alternativa.

Por otro lado, y de modo correlativo, ante la perspectiva de mayores cargas fiscales aumenta inevitablemente la preferencia temporal de los gobernados (consumo inmediato, inversiones a corto plazo en lugar de ahorro e inversión a largo plazo) con sus efectos negativos ya descritos.

En cuanto a la ley y orden, mientras que el rey preferirá aplicar el derecho de la propiedad privada preexistente, ya que no crea nuevo derecho y se limita a ocupar una posición privilegiada dentro de un ordenamiento civil vigente al que él también se debe someter; en democracia, sin embargo, lo que abunda es el derecho público como legislación superior, creándose así un derecho positivo (redistribución) a través de su función legislativa, vulnerando y debilitando con ello el derecho privado (derecho negativo, en cuanto a limitación del poder y defensa de derechos individuales fundamentales).

Tal dinámica conlleva al paulatino establecimiento de un Estado de Bienestar cuyas graves consecuencias económicas no son tenidas en cuenta por el gobernante, pues le es totalmente indiferente. Se acrecienta de forma continuada la preferencia temporal de los gobernados y, como consecuencia, se agrava la reducción de la productividad futura.

Por último, recordar someramente los efectos perniciosos de la redistribución: en primer lugar, acrecienta enormemente el grado de incertidumbre jurídica, lo cual aumenta la preferencia temporal; por otro, tan sólo beneficia a los receptores, los que no han producido ni más ni mejores servicios, mientras que empobrece al resto, a los más productivos, a través de la expropiación de bienes. Así pues, al premiar a las personas menos productivas e imprevisoras, lo que se logra precisamente es incentivar ese tipo de comportamientos, ya que ello desincentiva enormemente el esfuerzo por la mejora personal. Se empeora, pues, el problema que se pretende resolver con tales medidas políticas.

Platón, admirador de Esparta

El historiador Herodoto dejó escrito que "la carestía ha reinado siempre en la Hélade". Cubierta de montes en sus cuatro quintas partes, Grecia no era una región fértil como pudiera ser Egipto o Mesopotamia. Desde sus inicios, por tanto, los griegos vivían todos en un nivel de frugalidad tal que bien podríamos decir que subsistían en la pobreza según nuestros actuales estándares de vida. Hubo, qué duda cabe, unos pocos ricos entre los helenos, pero incluso estos últimos, de haber visto cómo se las gastaban los romanos en sus fiestas privadas tan sólo unos siglos más tarde, hubiesen creído que soñaban.

Los espartanos fueron, con mucho, los menos abiertos al mundo de entre todos los helenos: prohibieron el comercio con el exterior y promovieron la propiedad de carácter comunal y, por lo tanto, una vida de privaciones. Tenían en alta estima la dura vida castrense y rechazaban toda manifestación del lujo. Llegaron incluso a prohibir la tenencia de monedas de plata u oro, a excepción de unas monedas locales de hierro sin curso legal fuera de sus fronteras de Laconia. Si los espartanos se imponían a sí mismos esas normas, ni que decir tiene cómo era el trato que dispensaban hacia sus esclavos (ilotas). Los jóvenes espartanos, cada cierto tiempo, se dedicaban a la caza y muerte de aquellos ilotas que se habían significado durante la temporada anterior como gente conflictiva; eran las tradicionales cripteia espartanas que servían para purgar a los "indeseables" y, mediante el terror organizado, conjurar el peligro de revueltas internas.

Dejando fuera el caso extremo de los espartanos, en general, los helenos fueron pequeños terratenientes que respetaron la propiedad privada, pero miraban con recelo la actividad comercial de sus metecos (o extranjeros) y el trabajo manual de sus esclavos (Sócrates los calificó de trabajos vulgares e insanos e incluso el gran Aristóteles no pudo sustraerse a este lamentable prejuicio).

Sólo a partir de los siglos VI y V a. C. fue cuando el nivel general de carestía heleno empezó a cambiar paulatinamente con el comercio exterior, la apertura de las poleis al mar, la extensión del uso de la moneda –iniciado por los lidios– y la expansión de sus colonias a lo largo del mar Mediterráneo en aquellos emplazamientos donde no se hubiesen asentado sus rivales fenicios. Toda esta apertura fue observada por Platón con verdadera aversión al estar convencido de que el cambio y las novedades eran perjudiciales para la polis pues se apartaban de su visión de ciudad ideal (autárquica, tradicional y alejada del mar).

En este desarrollo de la Hélade, fue la polis de Atenas la que estuvo a la cabeza. Fue alcanzando prestigio y riqueza a medida que aumentaban sus intercambios comerciales, ganaba peso su puerto del Pireo y crecía su población (propia y venida de fuera). El esfuerzo acumulado de generaciones anteriores tuvo en Pericles su coronación. Fue entonces y en aquella polis cuando el comercio y el arte griego alcanzaron sus más altas cimas.

No obstante, tanto Atenas como las demás poleis helenas seguían basando su productividad en la institución de la esclavitud y tenían políticamente marginados, como dictaban los tiempos, a las mujeres y a los extranjeros (metecos). Se calcula que la Atenas de Pericles contaba tan sólo con unos 40.000 ciudadanos con derechos plenos en una población total de unas 300.000 almas. Fue también entonces cuando aparecieron los sofistas defendiendo cosas extraordinarias para la época, tales como la individualidad de cada uno frente a la polis, el afán de lucro y el comercio (tanto con extranjeros como con las propias ideas). Denunciaron la inconsistencia de todas las convenciones (incluida la esclavitud), negando toda posición dogmática y tomando la razón humana como medida de todas las cosas. Expresaron, en suma, un molesto relativismo. Aquello supuso intelectualmente un terremoto para la tradicional polis griega.

Frente a todos estos aires aperturistas surgió una rápida reacción de mano de los socráticos (especialmente de Platón), que supuso una clara defensa de las inveteradas tradiciones de las poleis griegas y una vuelta a las posiciones aristocráticas de las mismas. Al verse amenazados por los planteamientos innovadores de los sofistas y las influencias diversas que supuso la apertura de los mercados al exterior, los socráticos creyeron que lo saludable sería restablecer el equilibrio de la vida nacional de la polis entendida como una comunidad tradicional y cerrada.

Platón odiaba profundamente la democracia ateniense de su época y rindió admiración por su vecina Esparta. También pudo finalmente contemplar en vida cómo Atenas fue derrotada por los espartanos tras los diversos enfrentamientos de la llamada guerra del Peloponeso. Atenas ya no recuperaría jamás su pasado esplendor (ni siquiera el belicoso Alejandro Magno pudo llevarla, ni de lejos, al nivel que llegó con Pericles a mediados del siglo V a. C.).

Esparta, por su parte, no fue nunca una urbe importante tal y como lo fueron Atenas, Corinto o Siracusa. La población propiamente espartana no llegó nunca a superar las 11.000 personas (sin contar a sus sufridos ilotas). Se sabe, además, que se practicaba el infanticidio eugenésico al despeñar por el monte Taigeto a los recién nacidos con alguna tara física y que se despojaba a los niños de sus familias al cumplir los siete años de edad para que el Estado-ciudad se encargara de su educación en campamentos militares. Los espartanos daban por hecho que los hombres pertenecían más a la polis que a su familia. A los veinte años el ciudadano espartano comenzaba su vida propiamente militar que no abandonaba hasta cumplir los sesenta años (eso sí que era una mili). El aristocrático Platón veía con buenos ojos todas estas prácticas espartanas y las quiso mejorar teóricamente.

Numerosos pensadores a lo largo de la historia han rendido admiración por Esparta (Descartes, Rousseau, Hobbes, Helvetius, etc.), pero fue el fundador de la Academia el pensador que más idealizó la disciplina y las instituciones espartanas. Así lo plasmó en sus obras de teoría política salidas de su intelecto (fundamentalmente La República y sus dos últimas obras de senectud, El Político y Las Leyes). La función pedagógica de los reyes-filósofos y, más tarde, la función reguladora de las leyes conformarían los medios teóricos defendidos por Platón para alcanzar sus imaginarios diseños sociales.

Estos pensadores, de haber nacido en Esparta, no hubiesen podido nunca desarrollar su labor teórica. Lo mismo sucede hoy con ciertos intelectuales contemporáneos y sus idealizados regímenes de coacción y austeridad impuesta. Nil novi sub sole.

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La vía birmana al socialismo

El socialismo es el uniforme de gala del crimen, con todas las armas cargadas y el pecho plagado de medallas puestas por organismos públicos y privados de todo tipo.

El socialismo birmano quizá tenga menos insignias que el cubano u otros porque queda muy lejos y porque decidió aislarse por completo del exterior hace 45 años. No hay turismo, no se quiere a los extranjeros y el comercio con el exterior, controlado por el régimen, es mínimo. Un cerrojo a cualquier influencia extranjera, ya sea por el turismo, ya por el comercio o la entrada de extranjeros. Socialismo y aislacionismo; Birmania es el sueño de los movimientos antiglobalización hecho realidad.

La 2, que hizo toda una serie de documentales en contra de la globalización, debería coronar ese esfuerzo con un buen reportaje de agencia de viajes sobre las maravillas de Birmania. Algunos nos acordamos del que sacó hace años sobre la Albania de antes del derrumbe soviético.

La declaración de 1962, que anuncia el programa político y económico que inició el consejo revolucionario, dice en su punto número 12:

En una sociedad socialista el igualitarismo es imposible. Los hombres no son iguales ni física ni intelectualmente ni en la cantidad o la calidad de los servicios que prestan a la sociedad, y por tanto algunas diferencias siempre existirán.

Esta llamada al sentido común, en un texto tan delirante, no va tan lejos como para explicar que las diferencias que podamos ver en las sociedades libres siempre se amplían bajo el socialismo. Allí la demarcación es clara y brutal: unos mandan, otros obedecen. Por eso se producen situaciones como la que describe la crónica de Libertad Digital:

La última extravagancia de la Junta Militar que encabeza el general Than Shwe ha sido la construcción de Nay Pyi Taw ("sede de reyes"), a unos cuatrocientos kilómetros de Rangún. No todos los birmanos la pueden visitar y está prohibida para los extranjeros, sobre todo periodistas. Los ciudadanos atribuyen los constantes cortes de energía eléctrica que sufren desde hace años al despilfarro que los generales hacen en la nueva metrópoli.

Ya podía ser la sede permanente del Foro Social Mundial.

No sabemos hasta dónde llegará la revolución azafrán. Les mueven el hambre y la fuerza moral que otorga la fe religiosa. Pero es una revuelta democrática y liberal en que se está renovando la lucha sin fin por nuestra libertad.