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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

Chirac, un personaje siniestro

Entre su cúmulo de despropósitos sobresale esta perla: "El liberalismo es igual de peligroso que el comunismo, y conducirá a los mismos excesos". Tampoco debe sorprendernos mucho, pues ya hace dos años sentenció: "El ultraliberalismo es el nuevo comunismo". Pero tampoco entonces fue original: setenta años antes, José Antonio Primo de Rivera había proclamado: "El movimiento nacionalsindicalista está seguro de haber encontrado una salida justa, ni capitalista ni comunista". Y antes que José Antonio estuvo Benito Mussolini, que en 1932, en su artículo "La doctrina del fascismo", dejó escrito: "Que el XIX haya sido el siglo del socialismo, el liberalismo y la democracia no significa que el XX vaya a ser también el siglo del socialismo, el liberalismo y la democracia".

Resulta sintomático que, entre alabanzas a derechistas como Giscard d’Estaing y socialistas como Mitterrand, critique a Le Pen por su racismo y xenofobia. "Siempre he sido alérgico al Frente Nacional; es casi físico, no puedo soportar todo lo que sea racismo o xenofobia". Por supuesto, Chirac no tiene nada contra la xenofobia, tal y como demuestra su antiamericanismo visceral; pero parecer tener menos que nada contra el resto del ideario del Frente Nacional…

Chirac es ante todo un hombre de orden castrense. Rechaza tanto el ideal liberal de que los individuos sean libres frente a cualquier coacción como el socialista de que el Estado organice en todo momento las relaciones sociales. En el ejército, los soldados gozan de una relativa libertad… dentro de la disciplina militar, pero una vez iniciada la guerra se convierten en peones del general. Del mismo modo, Chirac parece creer en la autonomía del individuo… dentro de un Estado centralizado y poderoso, capaz de regir la sociedad y hacia los más elevados objetivos. En sus propias palabras, hay que encontrar "un buen equilibrio", que se encuentra " en medio de los dos sistemas", es decir, del capitalismo y el comunismo.

Es curioso cómo el relativismo y la huida de los valores pueden dar forma a un credo vacío, que sirva para cualquier menester. Si, según Chirac, el capitalismo es tan asesino y represor como el comunismo, no se entiende muy bien por qué el justo medio entre ambos iba a dejar de ser un sistema abominable. A menos, claro está, que Chirac quiera situar al Estado entre dos criminales para convertirlo en una suerte de Cristo redivivo y erigirlo en símbolo de una nueva fe.

La virtud no siempre se encuentra en el punto medio, ni los extremos tienen por qué solaparse. Por poner sólo un ejemplo: la extrema bondad no tiene nada que ver con la extrema maldad. Al equiparar comunismo y liberalismo, esclavitud y libertad, miseria y progreso, veneno y alimento, Chirac muestra su lado más auténtico y terrorífico.

Esta confusión relativista entre libertad y coacción es patente a lo largo de su demagógico discurso. Si hace dos años fue capaz de afirmar: "Tenemos que imponer, a escala planetaria, nuevas formas de gobierno y leyes para el mercado global", y hace unos meses aseveraba: "El modo en que la globalización está funcionando ahora, el modo en que los ricos la imponen, es incompatible con mi idea de moralidad global", en su nuevo libro se queja de la "hegemonía" de empresas como Coca-Cola porque representan… una imposición del punto de vista norteamericano.

Chirac ignora su rol como político, como monopolista de la compulsión social, y lamenta que unas compañías estadounidenses logren hacer tan felices a los franceses como para convertirlas en "hegemónicas". La relación empresario-cliente tiene un carácter voluntario que nunca lograrán las cadenas Estado-contribuyente, por mucho que les duela a los intervencionistas.

Chirac se describe como un "desconocido"; no será por sus ideas. El estatismo, el proteccionismo, el antiliberalismo, el agrarismo y la antiglobalización impregnan por igual a fascistas y socialistas, accionistas mayoritarios del pensamiento único. Uno sólo puede lamentar el infortunio de una sociedad que ha sido dirigida y controlada durante 12 años por tan siniestro personaje… y tocar madera para que no nos veamos nosotros en las mismas. Pero algo me dice que en España todo puede ir a peor.

Partitocracia y poder del Estado

La Constitución Española consagra el papel de los partidos políticos en su artículo 6 al asegurar que:

Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento debe ser democrático.

Si bien en ningún momento se asegura que estas instituciones ostenten en exclusiva la actividad política, en la práctica podemos asegurar que la acaparan sin sonrojo ni vergüenza. Semejante situación emana precisamente del carácter colectivista de nuestra norma máxima, en la que la propiedad y la libertad individual están supeditadas al bien común y precisamente es este confuso concepto el que sobre todo la izquierda, pero también la derecha conservadora esgrimen para llevar a cabo sus intereses electorales que hacen coincidir con los intereses de los ciudadanos.

Este monopolio de la representatividad es sinónimo de totalitarismo encubierto cuyo grado de intensidad depende de la bondad del que ostente el poder. El supuesto comportamiento democrático de los partidos se limita a una votación, generalmente a mano alzada, para aclamar al líder de la facción que, entre bambalinas y con maniobras poco claras, se ha hecho previamente con el poder. Este proceder no debería sernos extraño ya que la educación pública y la labor de zapa de los partidos políticos ha convertido la democracia en sinónimo de elecciones.

El pluralismo político debería estar inspirado en las ideas de todos y cada uno de los ciudadanos, no en el sospechoso y en muchos casos corrupto comportamiento de un grupo que dicen responder a los deseos e intereses de los españoles o de parte de ellos como es el caso de los partidos nacionalistas. El poder del partido político radica precisamente en las competencias universales del Estado. Mientras los partidos a través de cada una de las instituciones que lo conforman, controlen y creen la legalidad y su aplicación, obtenga recursos pecuniarios a través de una fiscalidad cada vez más confiscatoria y sigan ampliando sus competencias, la situación no irá haciendo otra cosa que empeorar, pasando de la demagogia al totalitarismo.

Así, la corrupción, el control de facto de los poderes políticos en teoría separados, el subsidio de minorías políticamente relevantes o el control de la educación y de la cultura, entre otros asuntos, nunca serán cosa del pasado sino de un presente real y de un futuro inquietante, justificado por un porvenir mejor o por la necesidad de dejar un mundo idealizado a las generaciones venideras a través de planes utópicos o poco realistas de ingenieros sociales y soñadores de dudosa visión.

Algunos apuntan a la descentralización como una solución a medio o largo plazo. Personalmente, creo que la descentralización no sería mejor ni peor que una nueva centralización. Los males radican en la naturaleza del Estado hipertrofiado con competencias que regulan desde la educación a la manera de comportarnos, que nos aseguran precios "ideales" en servicios "estratégicos" o una vida "digna" con necesidades "esenciales", y donde lo "ideal", "estratégico", "digno" y "esencial" es dictado desde el poder. Mientras el ciudadano no recupere el control de su vida, la descentralización será una simple reasignación de competencias de forma que las secciones regionales de un partido tomarán más poder del que tienen las centrales del mismo, pero no una mejora. De poco serviría trasladar las competencias urbanísticas de los ayuntamientos a las comunidades autónomas o viceversa si no se reduce, o mejor, desaparece el papel de las administraciones públicas en el mercado inmobiliario. Estas medidas cosméticas únicamente terminan contentando a los que ven en la intervención la única solución para solucionar los males… de la intervención. A los demás sólo les termina frustrando.

La tea de la Salgado

Los socialistas se están convirtiendo en esa figura intolerante y paternalista que quiere prohibirnos todo y que ellos siempre han achacado a la Iglesia y a la derechona. Será que se han intoxicado con el veneno de su memoria histórica. O será que a base de hacer memoria, con lo que se han encontrado es con su vena totalitaria toda desnudita. Al final, nos tendremos que escapar a Perpiñán, como antaño, pero no sólo para poder ver películas pornográficas, sino para poder llevar una vida normal.

Porque el resultado de todo esto es que las cosas más cotidianas quedarán fuera de la ley, y el ciudadano normal vivirá con la incómoda sensación de estar por una cosa u otra en el borde de la legalidad, pero por fuera. En una sociedad libre hay muy pocas cosas prohibidas y se refieren siempre a atropellar los derechos de los demás. Y si no incumple las normas, se puede sentir siempre seguro de sus derechos, porque tiene el pleno respaldo de la ley. Si todo está regulado, si hasta tomar un vino en España se mira con mal gesto desde la Administración, uno tiene la sensación de estar saltándose la ley a cada paso. Y pasamos de ser ciudadanos con derechos a ser bultos sospechosos.

No debemos ceder, y nuestro deber como ciudadanos consiste en saltarnos estas normas cuando nos convenga y mirarles a ellos, a los miembros de este Gobierno, como los sospechosos. Porque les dejas sueltos, como en Cuba, y te prohíben la homosexualidad o cualquier otro comportamiento privado. Ahora puede parecer una locura, pero si alguien hubiera dicho en la época de la movida madrileña que los socialistas nos iban a prohibir fumar, beber vino y anunciar hamburguesas le habrían tomado por loco. Hemos llegado al punto de que no nos hacemos a la idea de cuánta libertad estamos perdiendo.

Esto es lo que ocurre cuando se abre el camino a los crímenes sin víctima, es decir, a aquellos comportamientos que no atentan contra la vida o la propiedad de otros, pero que se criminalizan porque sí, porque a la autoridad se le antoja. Cuando se convierten en crímenes comportamientos que son consensuados, como la prostitución, el consumo de ciertas drogas, el juego etc, ya no hay límite; cualquier cosa puede entrar en el Código Penal o puede ser multada o perseguida hasta el fin. En los crímenes reales el daño sufrido por la víctima define el crimen. Aquí, como el perjuicio es para "la salud pública" o cualquier otro "fin social" sin más contenido que el que se le antoje a un ministro, no hay límite a lo que nos pueden prohibir.

La leche materna de los políticos

El dinero. Esa es, según Ken Connor, la leche materna de los políticos. Y es cierto. Para ello recurren a sacar fondos de todo lo que se menea, especialmente de los ciudadanos a quienes dicen representar. Dicen, como dicen tantas cosas que no son ciertas. Los socialistas madrileños cabreados por la alianza de su candidato con IU o el enfado de los peperos por las alianzas de sus líderes con los partidos bisagra de turno son un par de ejemplos de representación mentirosa. Nos gobiernan lobbies minoritarios: nacionalismos totalitarios, líderes del leninismo gay, verdes de despacho urbano… Y todos formamos parte, con nuestros impuestos, de la escenificación de la comedia electoral.

La financiación pública de los partidos es un robo a los muchos abstencionistas que decidimos no participar en los comicios electorales. Según los datos del Ministerio del Interior, la abstención en nuestro país fue de un 24’34% en el año 2004, casi los mismos ciudadanos que votaron al PP, principal partido de la oposición; 31’29% en el 2000, más de trescientos mil más que los votantes del PP, entonces partido "ganador"; 22’62% en 1996, 23’56% en 1993, es decir, tercera fuerza política en ambos casos; y 30’26% en 1989, casi ochocientos cincuenta mil ciudadanos más que los que apoyaron al PSOE, proclamado "ganador" en esa ocasión.

El que los partidos políticos se financien con dinero de los contribuyentes en lugar de hacerlo mediante cuotas de afiliados y donaciones de simpatizantes es una vergüenza. En el caso del partido actualmente en el poder, en el año 2005 y según sus propios datos, de los 36 millones setecientos mil euros de ingresos totales, las subvenciones ascendieron a casi 23 millones de euros, frente a los 3.100.000 euros correspondientes a las aportaciones de los afiliados. No es de extrañar esta diferencia, el número de afiliados del PSOE en el año 2004 era de 460.000 nada más. Curiosamente el número de votantes fue de poco más de 11 millones. Los afiliados en ese año al Partido Popular eran muchos más que los socialistas de carné, casi trescientos mil más. ¡Qué cosas tiene la política!

Ambos partidos, además de recibir las cuotas de sus afiliados, reciben la mía, quiera yo o no, vía financiación pública directa e indirecta. No es un mandato constitucional. Nuestra Constitución, redactada por políticos, no concreta el tema. El artículo 6 de la Constitución Española dice:

Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.

O sea, nada. Es la ley del 87 la que regula las subvenciones a que tienen derecho los partidos políticos, bien para compensar los gastos generados por los procesos electorales, como aquellas no condicionadas destinadas a financiar su actividad regular y los gastos de seguridad, como las ayudas extraordinarias dispuestas para sufragar los gastos originados por la divulgación y explicación de la conveniencia de una Constitución Europea.

La propuesta de que las cuotas de los afiliados a partidos políticos desgrave en la declaración de la renta es una burla a muchos millones de personas que no quieren afiliarse pero trabajan como el que más para sacar a su familia adelante (que en definitiva es lo que está levantando este país) y van a transferir renta a otros ciudadanos simplemente por el hecho de pertenecer a un partido, sea del color político que sea. Llueve sobre mojado, como se ha denunciado desde el Instituto en otras ocasiones.

No se trata ya de limitar el poder que tienen los partidos políticos, no tanto como representantes de los ciudadanos, que hace tiempo que no lo son, sino como donantes de gracias y concesiones económicas, en dinero o en especie, de todo tipo (cargos con remuneración y poder jugosos, por ejemplo). No se trata tampoco de limitar la capacidad de las empresas para determinar las decisiones políticas de los partidos en el poder, tanto en el gobierno como en la oposición. Se trata de la financiación de un sistema político con dinero de gente que ha manifestado su voluntad de no participar en él. Se trata de no permitir que los políticos sigan nutriéndose de mi dinero, especialmente si no voto porque no me siento representada por ninguno de ellos.

Es un robo a mano armada. No se puede decir más claro.

Ten Easy Arguments against Government Intervention

Below, I lay out ten easy libertarian arguments to use during debates around the coffee table. It is worth having a few arguments at the ready that, because of their simplicity, overwhelming logic and visual power, appeal directly to a person’s common sense and are able, at least, to plant a seed of doubt. The ten arguments listed are, of course, not the only or even the best ones. They are a small sample of what should be in our easy-access dialectic arsenal:

  1. In the words of Butler Shaffer, if drinking a liter of whisky a day causes cirrhosis, the solution isn’t changing the brand of whisky, but changing one’s habits. When the State, however, persists in failure (education, health care, the war on drugs) many people demand more public funding (more whisky) while expecting different results. It is as if a company repeatedly defrauded us, but instead of taking our business to the competition, we wrote it a bigger check.
  2. The expression “the market will take care of it” is not as dogmatic as “the State will take care of it.” With the market, you recognize the limits of your own knowledge and place your trust in the entrepreneurial creativity of millions of individuals risking their own resources and reputations within the framework of a competitive and decentralized system. With the state, you look to a few bureaucrats lacking the incentives (they answer to voters not consumers or shareholders, and they are not managing their own resources but those of taxpayers), the omniscience and the mechanism to discover and test solutions (the price system). The market, as Boudreaux explains, is a simple and reasonable rule for a complex world. The state is a simple act of faith.
  3. To justify public sector intervention from an economic perspective, it is not enough to demonstrate theoretically that the State can correct supposed market failures. It is necessary to also demonstrate the State, in the real world, will tend to act exactly as the theorists want it to act. Allowing, for argument’s sake, that the market has its shortcomings, the costs of unleashing the beast (granting power to the State) might outweigh any benefits, making it preferable to restrict the State’s activities as much as possible and learn to live with the market’s imperfections.
  4. Democratic paternalism is incongruent: if we are not sufficiently enlightened or responsible to decide what to do with our money, bodies and lives, how can we be sufficiently enlightened or responsible to vote for someone to decide for us?
  5. If protectionism (keeping foreign imports out) is beneficial, why do states at war impose protectionism against their enemies through blockades and trade embargos? And if it is good for the country, why not for a city or a town or a neighborhood…or in our own home?
  6. For businessmen, labor is a commodity and like all commodities it obeys the law of supply and demand. If the price of apples rises, consumers buy fewer apples. If the price of labor rises (because of minimum wage laws and workplace regulations) businessmen hire fewer workers and unemployment increases.
  7. A mugger attacks someone in the street, next to the Parliament building, and shouts: “give me all your money!” The victim responds: “do you know who I am? I am a member of Parliament.” The mugger answers: “Then give me all my money.”
  8. Wealth is not a pre-existing cake with a fixed size to be distributed among the world’s population in such a way that if a few people get a bigger serving others will have to survive with smaller servings. Wealth is a cake that we create and enlarge constantly thanks to the market process. What we must ask is how people increase their wealth: distributing equal portions of a static cake or allowing individuals through the market process to obtain unequal portions of an ever-expanding cake?
  9. If we tend to reject laws that discriminate according to race, religion or gender, why do some accept laws that discriminate according to wealth? As Robert Nozick pointed out, people are discriminated against based on their preferences: someone who wants to see a movie (and must work to buy a ticket) is forced to pay taxes to the State while someone who prefers to watch the sunset does not. Taxes do not penalize the act of watching a sunset, but they do penalize the act of serving others to earn extra money to buy a ticket thereby undermining the incentive to be productive.
  10. History and empirical data. People emigrate from Cuba to Miami, not the other way round. The beaches surrounded by fencing are in North not South Korea. On one side of the Berlin Wall they shot people who came too close it, on the other side people could paint graffiti. Dynamic Ireland has overtaken rigid Sweden and Finland. Government spending in the 10 fastest growing economies during the 1980s and ‘90s was around 25 percent of GDP (about half what European governments spend). Vietnam, China and India have prospered since opening up to the market. There is an unmistakable correlation between economic freedom and prosperity.

What other easy libertarian arguments do you suggest?

El “tacaño” Grover Cleveland

Grover Cleveland fue el primer presidente de los Estados Unidos salido de la cantera demócrata tras la Guerra Civil y el único que fue investido presidente en dos ocasiones discontinuas en toda la historia política americana. Este robusto abogado ocupó la alcaldía de Buffalo y fue más tarde gobernador del estado de Nueva York. Cuando estuvo al frente del Gobierno tuvo la osadía de guiarse por criterios liberales en la mayor parte de las ocasiones.

Durante su primer mandato (1885-89) hizo esfuerzos por conseguir un nivel bajo de gastos públicos e intentó desligar al gobierno de toda empresa privada. Fue célebre la anécdota de su veto a un proyecto de ley del Congreso que acordaba un gasto de unos 10.000 dólares en concepto de ayudas para simientes a granjeros de Texas por haber sufrido una dura sequía. Cleveland estaba convencido que socorrer así desde el poder induciría malos hábitos en la gente, que acabaría esperando asistencia del Gobierno ante cualquier problema y minaría las bases de su propia capacidad productiva y autoestima. Su justificación de aquel veto fue esta contundente afirmación: “Si bien es una obligación de los ciudadanos apoyar al Gobierno, no es, por el contrario, una obligación del Gobierno apoyar a los ciudadanos”. Con mucha razón Mises comentaba, a propósito de esta leyenda, que debería estar colgada en todos los despachos de los hombres de estado para poder recibir como se merecen a los grupos de presión cuando les fueran a pedir protección (a costa de otros, se entiende).

Sus numerosos vetos a gastar dinero público a no ser que fuera estrictamente necesario le valieron fama de tacaño, pero consiguió un continuo y creciente superávit en el Tesoro. Tener este excedente, además, le parecía a Cleveland inapropiado ya que era un dinero que debía estar en manos de particulares para hacerlo productivo. Por ello propuso una drástica reducción de aranceles (inusitadamente altos desde la Guerra Civil, con un nivel medio del 47% del valor básico de los artículos importados) a los que calificó de “viciosos e ilógicos”. Pese a ello, su intento quedó en meras propuestas, la Mills Bill, no ratificadas debido al bloqueo del Partido Republicano, mayoritario en aquellos momentos en el Senado.

Este presidente, que contestaba personalmente el teléfono de la Casa Blanca, suprimió el número de funcionarios federales y se opuso también, sin complejos, a prolongar las pensiones de numerosos veteranos de la Guerra Civil. Toda esta contención del gasto público le costó muy probablemente no ser reelegido. Fue la primera vez en 48 años que un presidente en ejercicio era derrotado para la reelección (el caso anterior había sido el de Martin van Buren en 1840, sin duda también por sus “peligrosas” convicciones liberales).

El paréntesis republicano de Benjamin Harrison supuso una clara vuelta atrás. En 1890, ante la depresión económica, se aprobaron dos leyes nefastas por iniciativa del mismo senador republicano que agravaron la crisis: la Sherman Antitrust Act de 2 de julio que en nada ayudó a la verdadera competencia entre empresas americanas (y que supuso el inicio del océano regulador del gobierno federal en asuntos empresariales) y la Sherman Silver Purchase Act de 4 de julio por la que el Gobierno se comprometía a comprar mensualmente toda la plata que se producía a un precio elevado para apoyar a los mineros patrios de plata y, al mismo tiempo, emitir billetes contra dicho metal y conseguir, consecuente e insensatamente, el abaratamiento del dinero para favorecer a los granjeros endeudados.

Esto afectaría la buena salud del Tesoro heredada de Cleveland, y no se les ocurrió nada mejor que elevar aún más los aranceles con la McKinley Act de 1 de octubre de 1890 (¡el nivel medio arancelario llegó así al 49%!) para cosechar irresponsablemente numerosos votos entre los muchos granjeros y productores ineficientes que existían por entonces.

Fue ésta una época de grandes avances técnicos e industriales (Eastman, Edison, Bell, Ford…) pero se estaba interviniendo desde el poder muy desacertadamente. En consecuencia, vino el llamado “Pánico de 1893” al recrudecerse la depresión, caer la bolsa y quebrar para finales de ese año unas 15.000 empresas (entre ellas, 500 bancos).

En su deslucido segundo mandato (1893-97) Cleveland tan sólo pudo revocar la Sherman Silver Purchase Act por haber favorecido la inflación y separarse de la deseable disciplina de la estricta adhesión al patrón oro (a raíz de esto, los demócratas se dividieron entre las facciones del patrón oro y los de la “plata libre”). El resto del mandato se centró en afrontar un problema tras otro: hubo de recurrir a la fuerza ante las numerosas huelgas de 1894 en distintos sectores y que tanto daño provocaron a la economía (especialmente en Chicago y en el Medio Oeste). En el plano internacional, los incidentes de Venezuela, Guayana, Cuba o las islas Hawai pusieron en un brete a su Gobierno, pero, pese a los aires expansionistas de la época, la diplomacia esencialmente anti-imperialista de Cleveland evitó involucrar a los Estados Unidos en empresas belicosas (cosa que no ocurrió con sus sucesores).

Frente al abrumador predominio intervencionista de la política federal norteamericana (tanto de republicanos como de demócratas, desde Lincoln a los dos Roosevelt), Cleveland supuso una valerosa isla que entroncaba con el liberal de Martin van Buren y con los padres fundadores de la nación americana –Hamilton aparte– al comprender bien la verdadera importancia de un Gobierno limitado.

Quede aquí un pequeño recuerdo de este audaz y “tacaño” presidente de los Estados Unidos.

Funcionarios

Funcionarios. Esa casta de seres inamovibles que todos financiamos coercitivamente a través de las agresiones contra nuestro patrimonio (eso sí, legales) perpetradas por el Estado. Sin embargo, podríamos consolarnos si tuviéramos la seguridad de que el gasto que se realiza a costa de nuestro trabajo, al menos, fuera eficiente. Siento desilusionarles. Esto último es economía-ficción. Casos como el de la televisión pública española, utilizando terminología televisiva, pueden herir gravemente su sensibilidad. La ineficiencia alcanza niveles pantagruélicos.

Así lo señala por ejemplo, el "Informe Económico de la Televisión Privada 2006", elaborado por la consultora Deloitte. El estudio, basado en datos de 2005, indica que los ingresos de explotación por empleado de Telecinco y Antena 3 son más de cinco veces superiores (5.57) que los de TVE y casi siete veces mayores (6.97) que los de las autonómicas. "El mejor rendimiento económico, junto con un nivel de plantilla sustancialmente inferior (la televisión privada tiene una plantilla que supone el 41% de los empleados medios de la televisión pública) explican la diferencia. Es decir, una gestión más eficiente de los recursos junto con un mayor atractivo del producto", indican los autores.

Esto es sólo un ejemplo de lo que da de sí la gestión pública. El modelo más elaborado sobre el comportamiento de los funcionarios y que más claramente explica este fenómeno es, a mi entender, el ideado por Niskanen, que pretende demostrar que el gasto se incrementa si lo gestiona un funcionario.

La clave es la diferencia de información entre el funcionario que propone y el político que decide. El conocer los costes de un proyecto público requiere conocimientos técnicos muy sofisticados (piénsese en materia de sanidad, carreteras, o inclusive en un documental sobre el escarabajo pelotero para nuestra querida TVE…). Los burócratas pueden engañar a los políticos para obtener un presupuesto mucho más elevado del que la eficiencia marcaría, principalmente a través de dos mecanismos: infraestimación de costes o sobreestimación de beneficios. En otras palabras el gestor sabe realmente cuánto cuesta la actividad y juega con eso. El funcionario del ramo sabe cuánto cuesta cada habitación con 4 camas en un determinado hospital con todo el equipo necesario, los gastos de su mantenimiento, el coste del personal que deberá atender esa habitación, etc. El ministro de turno es seguro que no.

Al no trabajar por incentivos económicos y ser prácticamente imposible medir la productividad de un funcionario, los burócratas que trabajaran de manera eficiente generalmente lo harían por "sentido de la responsabilidad o altruismo". Admitamos que no vivimos en Isla Utopía y que esto, lejos de ser la regla general, es realmente excepcional. Por tanto, Niskanen trabaja con la hipótesis de que el funcionario maximizará el tamaño de presupuesto que controla. Predice que existirá una sobreproducción o exceso de gasto. En definitiva. Ineficiencia.

Por tanto el presupuesto será mayor cuanta más actividad haya pero no puede crecer ilimitadamente. Niskanen se pregunta hasta dónde llegaría a gastar un funcionario. La lógica es aplastante en este sentido. Hasta aquel nivel de actividad en que se agote el presupuesto. Da igual que realmente no sea necesario, entre otras cosas porque, si sobrara (imaginemos de nuevo el hipotético caso de un funcionario realmente responsable), el año que viene nuestro "gestor eficiente" será premiado con una reducción del presupuesto, o al menos, le resultará más difícil defender un aumento del mismo.

¡Aunque ni que decir tiene que eso no es nada comparado con las críticas que recibirá de sus "entrañables" compañeros de trabajo!

Iglesia y libertad

Memeces aparte, lo cierto es que la izquierda quiere destruir la Iglesia, ya sea desnaturalizándola, ya expulsándola del espacio público, ya por métodos mucho más expeditivos, que conocemos muy bien en España.

La izquierda, desde sus "distintas sensibilidades", es decir, desde sus variados sectarismos, ve a la Iglesia como un obstáculo a sus proyectos. No le falta razón, ya que el cristianismo mira al hombre como portador de una naturaleza propia y poco maleable y la izquierda como plastilina con la que construir sus fabulosas ensoñaciones. La Iglesia habla de los derechos de la persona y el progrerío de toda laya relativiza todos los valores a excepción de los que nos son más propios, ya que a estos los intenta destruir.

Nada que en la Iglesia española no sepa. La estrategia es sencilla y demoledora. Hacen una interpretación sesgada de la laicidad, que pasa de ser la neutralidad del Estado sobre las creencias personales a ser exactamente todo lo contrario: fomentar y permitir dentro de su ámbito la expresión de cualquier valoración siempre que no sea precisamente la de la Iglesia. Después se extiende la mano del Estado sobre todos los ámbitos de la vida ciudadana, y como se borra, en nombre de la laicidad, todo lo que suene a religión católica, el resultado es expulsar a la Iglesia del espacio público. Este Gobierno lo tiene claro. Van por ella. No harán concesiones.

Resultaría ilusorio intentar aliarse de nuevo con el Estado para valerse otra vez de él con sus propios fines. Pero también es igualmente irreal intentar hacer un pacto de supervivencia con quien quiere destruirla. La fuerza de esta institución está en sus miembros (Kajal) y en la libertad de éstos. Si no quiere quedarse en una institución mal tolerada, tendrá que hacer uso de todos sus medios para la defensa de su espacio natural, que es la sociedad civil. Hazte Oír ha tenido el acierto de asumir y promover el cheque escolar como instrumento idóneo para mantener la libertad de enseñanza, pero es sólo un pequeño ejemplo de lo que puede hacer. Su mayor contribución quizá sea mantener ese espacio de defensa de nuestros derechos y libertades, milagroso, sí, que es la COPE. Si no defienden su libertad, que es la de todos, se verán defendiendo su mismo derecho a existir.

Eugenesia y darwinismo social o el Estado asesino

El siglo XIX fue mucho más que el siglo del laissez-faire: la era victoriana fue la maceta donde germinaron grandes movimientos que sacudieron la filosofía, la política y la ciencia y cuyas luces y sombras, a principios del siglo XXI, aún nos siguen afectando. Durante el siglo XIX nada estaba realmente diferenciado, los grandes descubrimientos científicos se interrelacionaban con los movimientos filosóficos y religiosos que conformaban la moral de las sociedades y, por tanto, buena parte de las políticas de sus gobiernos. Fue en este contexto en el que Charles Darwin, tras viajar en el Beagle dos años y después de varios más analizando sus muestras y observaciones, decidió hacer pública su teoría sobre la evolución de las especies.

Pronto la supervivencia del más apto, término que no fue acuñado por Darwin sino por el filósofo británico Herbert Spencer, o la selección natural, que sí se le debemos al naturalista, dieron el salto de lo meramente biológico al campo de la filosofía y de la naciente sociología. Francis Galton, además de primo de Darwin, fue un hombre de ciencia polifacético. Sus estudios sobre herencia ayudaron a desarrollar lo que se conocería décadas después como genética. Además, destacó en estadística, cartografía, geografía y meteorología, donde llamó la atención sobre el papel de los anticiclones. Pero aparte de todo esto e imbuido por los escritos de su primo, fundó y promovió la eugenesia, pseudociencia que propugna la mejora de la especie humana. Galton aseguraba que:

Mi objetivo general ha sido tomar nota de las variadas facultades hereditarias que tienen las personas, para averiguar hasta qué punto la historia puede haber mostrado si es practicable o no la sustitución del ineficiente género humano por unas líneas mejores, y valorar si sería o no nuestro deber realizarla, poniendo en juego los esfuerzos que puedan ser razonables, con el fin de ampliar los límites de la evolución con mayor rapidez y menos agotamiento que si dejáramos que los acontecimientos siguieran sus propio curso.

Galtón y otros consideraban que dentro de la Humanidad, los diferentes grupos combatían entre sí mediante mecanismos de competencia darviniana, de forma que los más exitosos eran los portadores de las características más avanzadas y "perfectas" y, por tanto, los más aptos y lógicamente, el futuro. Sus estudios sobre genealogías de personajes eminentes o el estudio comparativo de gemelos criados por separado fueron convenciendo a cada vez más gente. No sólo las personas con enfermedades hereditarias o socialmente rechazables como la epilepsia, sino las que padecían problemas como el alcoholismo o incluso aquellas que por circunstancias variadas tenían que practicar actividades como la mendicidad o la prostitución, pronto se pusieron en el punto de mira de sus partidarios. Por supuesto, la raza era otro factor demasiado importante para desecharlo y es que el racismo en esa época no era un concepto tan denostado como en la nuestra.

En Alemania, y a partir de la década de los 60 del siglo XIX, el morfólogo Ernst Haeckel, otro sobresaliente hombre de ciencia con un oscuro perfil político, destacó por su defensa del darwinismo en cuya personal interpretación encontró la justificación "científica" para el racismo. Según él, razas, grupos y nacionalidades evolucionaban respondiendo a su entorno, avanzando a través de una lucha competitiva. Heackel dio así contenido al monismo, filosofía que en la política propugnaba un Gobierno fuerte y centralizado como fuerza impulsora del progreso humano mediante la competencia racial, el sacrificio del grupo y la guerra internacional. Galtón y Heackel, incluso el propio Darwin, creían como mucha gente en esa época en la jerarquía racial y por supuesto, asignaban el escalón más alto a la propia.

Las justificaciones sociales también encontraron su lugar. El criminólogo italiano Cesare Lombroso hablaba de imbéciles morales refiriéndose a aquellos individuos que no habían alcanzado un adecuado grado de evolución, por lo general locos peligrosos, asesinos natos y epilépticos, encontrando así una explicación para los comportamientos antisociales. Semejante tesis tuvo también buena acogida en la población, sobre todo cuando se percibía un incremento del crimen y de cierta inestabilidad social. En Francia, Georges Vacher de Lapouge abogaba por la competencia entre razas por encima de la competencia entre individuos.

La eugenesia tenía dos formas de llevarse a cabo. La primera era evitar que determinados grupos se aparearan entre sí. Este sistema segregacionista se definió como eugenesia positiva y permitía en teoría salvaguardar los supuestos caracteres positivos de los individuos superiores. La segunda, la eugenesia negativa, consistía bien en que no pudieran reproducirse quienes formaran parte de los grupos considerados inferiores, es decir, en su eliminación como sujeto reproductor, bien en su asesinato, acelerando de esta manera el que desde su punto de vista era el proceso natural. Ambos sistemas encontraron lugar en las políticas de los gobiernos de muchos países occidentales. El darwinismo social había encontrado una herramienta perfecta para su máxima expresión, mucho más poderosa que la simple y execrable opinión de un ciudadano con mayor o menor poder o influencia: había encontrado el Estado.

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España con su cine

De las veinticinco películas más vistas del año, tan sólo cuatro son españolas, y de ellas sólo dos están entre las diez más vistas. Se trata de "Alatriste", en cuarto lugar, y "Volver", en séptimo. Hasta aquí llegó la riada del talento.

Si la gente hubiera decidido dejar de ver películas españolas sencillamente porque en su mayoría son una castaña, la solución no sería demasiado complicada. Bastaría con eliminar las subvenciones para que el ingenio de los cineastas empezara a conectar con los gustos del público. Sin embargo, quizás la fuerte ideologización del mundo del cine y de las artes, casi siempre escorado a la extrema izquierda, haya tenido también algo que ver en este pequeño desastre.

Durante la segunda parte de la guerra del golfo, los artistas se pusieron del lado de la izquierda y salieron a la calle a gritarle asesino al gobierno que nos había metido en el conflicto de las cuatro íes (ilegal, injusto, inmoral e ilegítimo). Cuatro años más tarde, las tropas españolas siguen en diversos escenarios de la guerra contra el terrorismo, incluido Irak, en cuyas aguas la fragata Alvaro de Bazán ha dado cobertura a las naves de guerra norteamericanas. De la platajunta "Cultura para la guerra" nunca más se supo.

En las últimas elecciones generales, la ofensiva de la izquierda contra su adversario político alcanzó cotas nunca vistas en una democracia. Los artistas, y en lugar preferente los actores y cineastas, fueron la vanguardia en todas las algaradas, a cual más violenta. Una de estas representantes de la cultura afirmó en una entrevista que quienes votaban al PP eran unos hijos de puta. Bien, es su opinión. Gran parte de la gente a la que iba dirigido el piropo opina que lo que hacen nuestros artistas es una mierda y por eso no van a ver sus películas. Es otra opinión.

Paradójicamente, la mayor afluencia de espectadores a las salas que proyectaban películas españolas se produjo durante el mandato del Partido Popular, que mantuvo la riada constante de subvenciones para engrasar la maquinaria, no fuera que los artistas se ofendieran y les llamaran fachas. En 2001 y 2003 las películas españolas fueron vistas por veintiséis y veintidós millones de espectadores respectivamente (en 2006 la cifra ha bajado a quince). No tengo claro que este hecho sea un mérito del que el PP deba sentirse especialmente orgulloso, especialmente después de ver cómo le devolvieron el gesto los beneficiarios de estas ayudas entre el 11 y el 14 de marzo de 2004. ¿Cuándo aprenderán que la cinematografía española, como Roma, no paga a traidores? Seis millones de espectadores lo han captado perfectamente sólo en este año 2006. No parece que sea tan difícil.