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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

La leche

Existe cierta tendencia a identificar Estados Unidos con el liberalismo y el capitalismo, tanto entre quienes estamos a favor como quienes están en contra. Sin embargo, desde la época de la Gran Depresión, el gigante norteamericano ha ido sufriendo una lenta pero constante erosión de algunas de las libertades más fundamentales, como son las de producir y comerciar cuándo, cómo y dónde nos dé la gana. Sigue siendo un país próspero porque, en comparación con otras economías, ofrece mucho más campo para innovar, aunque en sectores más estables y antiguos presente tanto o más control estatal que los europeos.

Así, el sector lácteo está protegido por una ley que, en la práctica, supone un estricto control de precios sobre la leche, vaya a ser ésta utilizada para consumir directamente o para elaborar queso, yogur, mantequilla o helado. El asunto funciona a través de fondos regionales donde los granjeros (en 1937, cuando se aprobó la ley) o las grandes empresas lácteas (hoy en día) venden la leche siempre al mismo precio. Un precio superior al que tendrían en el mercado libre. Era tan provechoso el sistema para los productores que no hubo que esperar hasta el verano de 2003 cuando un empresario nacido en Holanda, Hein Hettinga, comenzó a vender leche a unos 20 centavos menos por galón fuera del mismo.

Se aprovechaba así de un agujero en la regulación del sector que permitía a aquellos que embotellaran leche sólo de sus propias vacas operar fuera de los fondos regionales centralizados. La reacción de las grandes empresas lácteas es previsible: se fueron a Washington a impedir que la competencia sirviera mejor a los consumidores ofreciendo leche más barata. Y con los esfuerzos de senadores y representantes de ambos bandos, tres años después han logrado su objetivo. Una nueva ley obligará a Hettinga a pagar a sus competidores por vender su leche fuera del sistema estatal.

Los propulsores del New Deal hicieron leyes pensando que la Gran Depresión había sido causada por el descontrol del mercado libre, de modo que hicieron un buen montón de leyes que pretendían congelar el estado de la economía, eliminando competencia e innovación. Mucha de esa legislación fue eliminada, pero no toda. En aquel tiempo, cerca de un cuarto de los norteamericanos vivían del campo, de modo que no se atrevieron a quitar subvenciones como ésta de la leche. Hoy sólo lo hace un 2%, pero es un 2% que peleará duro para evitar que les quiten sus privilegios, como ha demostrado en este caso. Poco importa que los consumidores de leche, entre los que se encuentran personas de muy bajos ingresos –para los estándares norteamericanos, claro–, salgan perdiendo, teniendo que pagar al menos 1.500 millones de dólares al año, según Citizens Against Government Waste.

Los socialdemócratas de buena fe piensan que el Gobierno es necesario para redistribuir de ricos a pobres, pero lo cierto es que esa redistribución se produce en el mundo real de grupos desorganizados a grupos organizados, que son los que pueden meter presión a legisladores y gobernantes. Y los beneficiarios de privilegios estatales tienden a estar muy bien organizados. Así, resulta impensable que se puedan adoptar medidas como el cheque escolar, porque sindicatos y funcionarios son muy activos defendiendo "sus derechos", es decir, defendiendo su privilegio de esquilmarnos y destrozar la educación de nuestros hijos, y la escuela concertada también lo es y teme la competencia de nuevas escuelas que pudieran fundarse gracias al cheque.

El traslado político de la CMT

Aunque no sea la única causa ni quizá la más importante, no tengo dudas de que la enorme descentralización que tuvo lugar, principalmente y pese a lo que se diga, durante las dos legislaturas del ogro maligno Aznar (de 607.000 a 235.000 funcionarios) tuvo un gran peso en el gran salto adelante de la economía madrileña. Sin embargo, parece evidente que dicha descentralización debe hacerse sin comprometer la labor de dichos organismos.

Para contentar a la grey nacionalista catalana, Montilla se llevó la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones a Cataluña con tanta prisa como incompetencia, de modo que el Tribunal Supremo ha declarado nulo el decreto del traslado. Sin embargo, eso sólo servirá, previsiblemente, para que el Gobierno elabore un nuevo decreto ajustado a derecho, si es que Clos es capaz de enmendar las chapuzas de su predecesor. La decisión ha conllevado un enorme gasto de personal (18 millones de euros en indemnizaciones) e inmobiliario, pues de un local en propiedad se ha pasado a otro en alquiler que cuesta millón y medio de euros al año. Y sabedores de los costes, ¿cuáles han sido los beneficios?

Parece evidente que el organismo no está trabajando mejor por estar en Barcelona. Es más, lo hace peor, porque tiene que contratar a los funcionarios que antes tenía a sus órdenes, personas con experiencia y muy especializadas, a través de subcontratas. Hace unos días supimos que la nueva CMT está pagando hasta un millón de euros al año a una empresa consultora pública que tiene en nómina a varios de los técnicos del organismo que no se trasladaron a Barcelona, donde sólo el 40% de los trabajadores proviene de la plantilla original de Madrid. Así pues, el traslado ha sido caro y no ha servido para mejorar la calidad de la labor del organismo; al contrario, se han visto obligados a pagar fuera lo que antes tenían dentro, pues los nuevos empleados parece que carecen de la capacidad suficiente para realizar las tareas de la CMT.

Así pues, parece que el único beneficio es la satisfacción de la clase política catalana, que puede mostrar la cabeza de la CMT como trofeo. Y esa es quizá la principal razón para no trasladar organismos públicos a Barcelona o Bilbao. No tiene ningún sentido premiar a las élites políticas menos comprometidas con el bien común de todos los españoles; si de descentralizar se trata, lo mejor será hacerlo a ciudades como, no sé, Logroño, Cáceres, Granada, Valencia, Zaragoza, Valladolid, Murcia o Santander. Si no, nadie podrá evitar pensar que decisiones como la de la CMT no son más que chanchullos políticos que arruinan la carrera profesional de algunos a cambio del engorde de los privilegios de los nacionalistas. Yo, por de pronto, apoyo el inmediato traslado de, por ejemplo, Trujillo y el Ministerio de la Vivienda a, no sé… ¿Teruel también existe?

Economía de guerra

La justificación filosófica para invadir Irak fue la guerra preventiva, que es el principio de precaución del Protocolo de Kioto, pero llevado al terreno del enfrentamiento entre Estados. La idea es: actuemos ahora antes de que sea demasiado tarde. El problema con este planteamiento es que no podemos saber de antemano si habrá un "demasiado tarde" o si nuestro plan podrá completarse con éxito.

Hay más: G. L. S. Shackle decía que hay un tipo de fenómenos que resultan autodestructivos, es decir, que al producirse cambian la situación de manera tal que no se pueden volver a repetir tal como tuvieron lugar. Y ponía a las guerras como ejemplo. Esto también hace más difícil que se puedan prever todas las consecuencias de una guerra, o siquiera las más importantes.

Pero, bajando al terreno de Irak, hay cosas que tampoco se han hecho bien. No se sabe si porque Estados Unidos es un país básicamente liberal y de éxito, una vez derrocado el tirano local han ido a probar… el intervencionismo más acendrado. Es más, la gestión militarizada. El socialismo, en suma.

El resultado no ha sido muy brillante. Lo primero fueron las colas en las gasolineras de uno de los primeros productores de petróleo del mundo. Y es que se han impuesto precios máximos, una medida que parece maquiavélicamente ideada para crear el caos.

Como a un precio por debajo del de mercado no hay oferta suficiente para todos los que querrían adquirirlo, tiene que arbitrarse otra forma de asignarla. Un esforzado militar en un despacho tiene que decidir qué es más y menos importante. No es la situación ideal. El Ejército no ha sabido ni poner en marcha muchas de las plantas de electricidad, que es la sangre de las sociedades modernas.

Quizá lo que haya faltado en Irak sea un cargamento de buenas ideas.

Hasta en la sopa

Muchos han sido los que han criticado el excesivo celo intervencionista de semejante medida pero a mí, qué quieren que les diga, me parece perfectamente acorde con los tiempos. Cuando leí la noticia no me sorprendió en absoluto, ¿acaso alguien pensó que los fumadores iban a ser perseguidos con total complicidad social sin que el Estado colocara nuevas presas en su objetivo? La persecución de las drogas es la antesala de la del tabaco y del alcohol, ésta de la de la comida rápida y ésta de la de hábitos sedentarios, como llevar coche y no caminar o utilizar la bicicleta.

Lo curioso de este proceso no es la senda expansiva y la espiral intervencionista, sino la miopía de una sociedad totalmente anestesiada y complaciente que acepta de manera sumisa recortes en sus libertades. Y digo miopía por no hablar de completa ceguera en torno a todos los dislates que el Estado comete.

Si lo pensamos un momento, las competencias originales del Estado, aquellas que para muchos justifican su existencia y su razón de ser, son la defensa, la justicia y la seguridad. Uno estaría tentado a pensar que, aun por simple amor propio, la gente no habría debido consentir que el Estado se ocupara de otras tareas hasta que gestionara mínimamente bien sus primeros encargos.

Sin embargo, uno sólo tiene que observar la lamentable situación de esos tres sectores para comprobar que no ha sido así. La defensa española depende casi al completo de EEUU y la OTAN, no tenemos capacidad alguna para repeler seriamente ningún ataque exterior de cierta entereza y preparación. Los juzgados son lentos, torpes y enrevesados; muchos individuos prefieren engullirse los perjuicios de una controversia con tal de no acudir a los tribunales. Por último, la inseguridad ciudadana es cada vez más patente ante la ineficiencia de los cuerpos de seguridad.

No satisfecho con el caos generado, el Estado decidió extenderse hacia otros sectores como la moneda o las infraestructuras. Con el primero sólo ha conseguido generar una secular inflación que ha hundido el poder adquisitivo de los ciudadanos y eliminado sus ahorros. Con su diseño de las infraestructuras ha realizado pésimos y antieconómicos trazados, ha engendrado frecuentes atascos y ha encarecido los servicios hasta tal punto que en ciertas líneas el avión ya resulta más barato que el ferrocarril (y ello a pesar de que los aeropuertos siguen siendo públicos y por tanto no hay competencia en las tarifas).

Estos fracasos tampoco lograron refrenarlo y se expandió, con la aquiescencia de la mayoría de la población, hacia nuevos estadios como educación, sanidad y pensiones, esto es, el Estado de bienestar. ¿Cuál ha sido el resultado de años de dirigismo e interferencia en tales actividades? La calidad de la educación empeora año a año a la par que el fracaso escolar y el número de analfabetos funcionales. Las listas de espera colapsan la sanidad e impiden durante largos periodos de tiempo el acceso a una cura a miles de personas. Las pensiones están en quiebra técnica por lo que las futuras generaciones no percibirán aquello por lo que han contribuido coactivamente.

De nuevo, uno esperaría que antes de penetrar en nuevos ámbitos, los burócratas resolvieran el desaguisado que han generado en aquello sectores donde han metido la pata. Pero no, la huida hacia delante continúa con nuevas regulaciones sobre la vivienda, los medios de comunicación, la acogida e integración de inmigrantes o la lucha contra el consumo de drogas.

También en estos puntos el fracaso ha sido mayúsculo. El precio de la vivienda se ha disparado como consecuencias de la restricción del suelo y de la inseguridad en el mercado de alquileres, medidas que debían favorecer un urbanismo sostenible, equilibrado y justo. RTVE está quebrada y con una deuda astronómica. La pretendida integración de los inmigrantes se ha traducido en hacinamientos masivos en condiciones del todo insalubres. Y la cruzada contra las drogas no ha logrado frenar su consumo, sino que ha favorecido su encarecimiento y adulteración.

Todo esto es completamente antitético a la actuación de una empresa. Las compañías suelen comenzar a diversificarse cuando han alcanzado la máxima eficiencia en su mercado original y no pueden seguir creciendo. Es en ese momento cuando deciden aventurarse a producir otros bienes o servicios con la máxima prudencia y diligencia: cualquier error en ese nuevo mercado les puede abocar a desaparecer.

En cambio el Estado tiende a extenderse conforme peor lo está haciendo. Una de las razones, claro está, es que no necesita obtener beneficios para subsistir, basta con que suba los impuestos para financiar su ruinosa actividad. Ahora bien, ésta sólo es una parte de la explicación.

Si la ciudadanía consiente e incluso estimula tal aquelarre es porque hemos sido insuflados con el virus del socialismo. En el fondo seguimos pensando que los problemas de la sociedad son algo tan simple que puede resolverse a través de regulaciones y mandatos desde arriba. La gente consiente el Estado porque desea que se mueva, que actúe y que resuelva sus problemas.

El Estado y los políticos son conscientes de esto y cada cuatro años nos venden gruesos programas electorales con cientos de miles de propuestas para construir el paraíso definitivo. Necesitan vender humo y aparentar que no están quietos, que se preocupan por sus administrados.

Pero dado que la cantidad de regulaciones en sectores como la justicia, la educación o la vivienda es difícilmente superable, tienen que avanzar hacia otros ámbitos no regulados. Una vez han paralizado y convertido en páramos ámbitos enteros de la vida social, sienten la necesidad de buscar nuevos juguetes que ofrecer a la ciudadanía. La situación es tan grotesca que los individuos sólo son capaces de ver una paupérrima seguridad, justicia, sanidad y vivienda, pero no ven que las causas de esa miseria se encuentran en su regulación y monopolización por parte del Estado.

De hecho, muchos incautos afirman incluso que es necesario más intervencionismo para solucionar los problemas que allí aparecen. La parálisis de los sectores cautivos por el Estado transmite la impresión de que no se está haciendo nada cuando en realidad el problema es que el Estado está haciendo demasiadas cosas y obstaculiza el ejercicio de la función empresarial.

Con sus subterfugios el Estado ha logrado introducirse hasta en los ámbitos más íntimos y recónditos de nuestras vidas. Ciertas intromisiones deberían ser el acabóse; ya va siendo hora de que vaya retrocediendo.

La antropomorfa

El Instituto de la Mujer es un departamento tan inútil como otros cientos de organismos que infestan nuestra administración, si exceptuamos los varios miles de "observatorios" existentes, pináculo de la estolidez humana hecha órgano administrativo, que en esta materia encabezan la lista a gran distancia del segundo clasificado. Jamás los supuestos problemas de las sociedades estuvieron tan observados como ahora. Eso no quiere decir que el gobierno vaya a resolverlos, claro. Los problemas seguirán ahí pero muy bien observados, lo que es un alivio, sobre todo para el bolsillo de miles de funcionarios dedicados a "observar" día y noche el problema en cuestión.

La creación de organismos sigue en las socialdemocracias el proceso inverso dictado por la lógica. Primero se crean y después se buscan las funciones que deberán realizar. No hay noticia de ningún país del mundo en el que un departamento gubernamental se haya autodisuelto por considerar que sus actividades ya no son necesarias. Al contrario, la vocación de los burócratas es crecer más y más, aunque para ello tengan que acabar protagonizando majaderías como ahora el Instituto de la Mujer y su campaña "nombra en red", o la otra empresa cultural del mismo instituto destinada a reformar los cuentos infantiles en clave progresista, uno de cuyos primeros requisitos es exigir que se hable de personajes y "personajas".

Rosa Peris, la presidenta del invento, afirma con total seriedad que la modificación de los sustantivos genéricos es "una necesidad existencial de la mujer", convirtiéndose así en portavoz de todas las mujeres, la inmensa mayoría de las cuales no pierde el tiempo con las gilipolleces de su instituto. Pero los progres son así; como ungidos que son suelen hablar en nombre del género humano. También dice "la presidenta de las mujeres" que el masculino genérico es un "ladrillo simbólico del patriarcado", para finalizar metiéndole un chorreo a la Real Academia por permitir que la lengua española tenga tantas connotaciones "antropomórficas" y además por no cumplir el requisito de paridad entre sus miembros. Con su facilidad para el patinazo metafórico, yo creo que a doña Rosa habría que hacerle un hueco en la academia, sentadita al lado de Carmen Calvo, la sucesora de Antonio Nebrija, gran experta en etimología latina. Menudo par de personajas.

Hay algo podrido en el sistema

La gente está harta de la política y de los políticos. Se refleja en los altos índices de abstención electorales y en el desprecio con el que son tratados en las charlas de sobremesa. Si en algo coinciden personas de distintas tendencias es en el rechazo de la clase política y en el hastío que les produce el juego partitocrático. Hay algo podrido en el sistema actual, los ciudadanos lo huelen, lo intuyen, algo no funciona como debería. ¿Qué es? La mayoría lo tiene claro: son los políticos.

"Si los políticos no fueran corruptos", dicen algunos. "Si los políticos realmente se preocuparan por el pueblo", dicen otros. Los males que aquejan a la sociedad desaparecerían, da la impresión, si la presidiera un platónico gobierno de rectos y sabios estadistas. Es una tragedia que, sabiendo que solo nos hacen falta las personas adecuadas para ejercer el poder, no consigamos encontrarlas y otorgarles un mandato. Así la discusión a veces acaba girando en torno a la necesidad de que los gobernantes sean personas con estudios o superen una suerte de examen selectivo. "No puede ser que nos gobierne alguien que ni siquiera tiene un título universitario". O en torno a la conveniencia de las listas abiertas, las consultas populares u otro tipo de reformas que nos acerquen a la "auténtica democracia". Hay quienes perciben que la podredumbre del sistema llega más lejos y en un ataque de rebeldía incluso dejan escapar que una dictadura ilustrada sería preferible a la democracia. En su fuero interno no lo suscriben, pero creen que la propuesta tiene un poso indudable de sentido común. Tampoco es extraño escuchar opiniones que podrían encuadrarse en la categoría de "si yo fuera dictador…".

Pero todas estas cuestiones son secundarias, no responden con acierto a la pregunta: "¿qué es lo que está podrido?". El origen de la podredumbre no son los políticos ni las reglas por las que salen elegidos. No es principalmente un problema del sistema de gobierno o de sus integrantes, es un problema de las atribuciones del gobierno. No es quién ostenta el poder, ni siquiera cómo lo ostenta, es el tamaño y el alcance de este poder. El problema no es qué políticos deciden sobre nuestras pensiones, sobre nuestra salud o sobre la educación que reciben nuestros hijos, el problema es que no lo decidimos nosotros. El Estado se ha arrogado el derecho a elegir por los individuos, y éstos, en lugar de reclamar que les devuelvan lo que es suyo, se han limitado a pelearse por el color de las cortinas. ¿Acaso lo malo del ladrón es que luego no administra bien lo que roba? Lo malo del ladrón es que roba en primer lugar. El problema del Estado del Bienestar no es la bajeza de los políticos y el signo de sus medidas intervencionistas, el problema es que usurpa a los ciudadanos su libertad de elección en primer lugar. Da igual si te sube los impuestos un político con título universitario o sin él, la cuestión es que se incauta de una porción mayor de tu renta justamente ganada. Da igual si una ley que prohíbe la tenencia de marihuana o la eutanasia es aprobada por una mayoría de votantes en un referéndum o una mayoría de diputados en un parlamento, la cuestión es que se trata de tu vida, de tu cuerpo, y nadie tiene derecho a decidir por ti.

Uno no deja de ser esclavo por cambiar de amo, la libertad se consigue rompiendo las cadenas y decidiendo por ti mismo. La gente que toma el Estado intervencionista como algo dado e inamovible y achaca la podredumbre del sistema a los políticos está dejando de contemplar el bosque por fijarse en los primeros árboles. Los políticos son un simple subproducto del sistema. Intuir la podredumbre es, al menos, un comienzo, pero si las causas de la enfermedad no se diagnostican correctamente va a ser imposible curar al paciente. De hecho un mal diagnóstico puede empeorar su situación. Hay algo podrido en el sistema, en efecto, y es el sistema en sí mismo. No basta con criticar a los políticos, es preciso atacar la raíz del problema: el poder estatal. Lo que debemos cuestionar no es la dignidad de tal o cual político, sino el poder que ostenta sobre nuestros asuntos.

Vota y calla

Si el Estado fuese una empresa privada acumularía cientos o miles de naves industriales de denuncias de sus clientes por continua violación de contrato, uso de información privilegiada, abusos, corrupción, extorsión y falta de transparencia. Sin embargo, pese a las numerosas promesas incumplidas de los políticos legislatura tras legislatura, el creciente poder estatal contra la libertad y propiedad privada y la máxima ineficiencia de los servicios estatales, el Estado omnipotente aún tiene el plebiscito del ciudadano medio. Tal vez la cuestión no radique aquí sino, como decía el Premio Nobel James Buchanan, en que el hombre medio cuando vota no lo hace por un partido, sino contra el otro.

Este tipo de actuación explica muy bien el llamado voto útil, y es que realmente es muy difícil que el programa de un partido político se adapte a las necesidades reales del individuo. El problema del voto útil es que sólo perpetúa el mismo modelo de estado omnipotente. Si un partido se abandera el salvador de su oponente (I, II, III, etc.), y siempre suele ser así ya que los programas de los partidos mayoritarios son prácticamente iguales, puede conseguir movilizar a un gran número de indecisos o desencantados. Es más fácil atacar al corazón del votante que discutir los contenidos del programa.

El votante útil se enfrenta a una gran contradicción, y es que al dejarse llevar por el odio y el corazón en realidad no está haciendo más que dar su soporte a aquello que detesta. ¿Es que tiene sentido que un liberal vote al PP? Ninguno, es absurdo. El PP –y cualquier otro partido español– es un partido abiertamente antiliberal; incluso en ocasiones se ha mostrado más socialista que el propio PSOE en temas como la vivienda o la Ley de Dependencia. Un partido liberal sólo puede ser un partido revolucionario, de ruptura total que instale un laissez faire. Las terceras vías no son más que eufemismos para denominar lo que siempre se ha llamado socialismo y tiranía.

Tal vez ahora, como muestra el nivel de abstención de voto en casi todos los países occidentales, las personas se están dando cuenta que da igual qué partido tome el poder porque todos tienen el mismo modelo tiránico: usurpación masiva de la libertad individual y de la propiedad privada. Como dijera el poeta cubano independentista José Martí y Pérez: "cambiar de amos no es ser libre". Si tuviésemos que escoger entre dos partidos como el maoísta y el estalinista, por más voto útil que intentásemos aplicar el resultado sería igual de nefasto ganase quien ganase. Bueno, quizá el programa del partido maoísta no contaría con deportar a nuestras familias, pero su victoria no nos haría mucho bien.

Aquel que cree en la libertad no puede apoyar unas instituciones que parecen odiar la iniciativa privada, el libre mercado, la libertad individual y la libertad de elección. Los fines actuales de tales instituciones son profundamente tiránicos y antisociales, favorecen al político, al funcionario y grupos de presión y, por tanto, deprimen contundentemente el bienestar del individuo. Seguimos viviendo en una sociedad de oligarcas y privilegiados públicos (consumidor de impuestos). Si en el terreno particular alguien se muestra hostil a nuestra iniciativa el primer paso evidente es prescindir de él, no hacerle caso y no contar con su nefasta colaboración. Si actuamos así en lo personal, ¿por qué el trato (forzoso) con el Estado ha de ser una excepción? La libertad no puede ser impuesta por ningún político, sino que ha de ser aceptada por cada individuo.

Para sentirse libre el primer paso es actuar con libertad uno mismo, y en el marco actual, eso significa vivir de espaldas al estado y evitar toda su maquinaria agresora que atenta contra la libertad individual; eso, evidentemente, significa no votar a aquellos que cuando lleguen al poder seguirán luchando contra nosotros, nuestras familias y la sociedad. No hay ningún partido político que pueda garantizarnos la libertad, y aunque de corazón lo quisieran, al tomar el poder se verían obligados a ceder ante los grupos de presión sociales, económicos y políticos. La compra de votos, los favores, el amiguismo y la corrupción forman una dinámica intrínseca e inevitable de los medios políticos y gobierno. Si vendemos nuestra libertad por el miedo que nos inculcan los políticos como la seguridad, los daños ecológicos que los propios políticos han creado, el vaticinio de catástrofes productivas que jamás se cumplen, los salvadores de nuestra libertad y la propia oposición sólo conseguiremos ser cada vez más dependientes de sus promesas incumplidas, más pobres y menos libres. Votar es el peor voto útil, la indiferencia absoluta hacia el estado y toda su maquinaria de coerción es el primer paso a una libertad individual real.

El Estado ya lleva demasiado tiempo diciéndonos lo bueno y humanitario que es, y así nos insta a que le votemos, nos callemos, y le dejemos en paz durante cuatros años, pero ellos son incapaces de dejarnos en paz y en libertad. Sus acciones chocan frontalmente con sus palabras, sólo nos quieren para su bienestar y para tomar la maquinaria de la fuerza y el poder. Va siendo hora que seamos nosotros quienes les digamos a esos burócratas que quienes se han de callar son ellos, y que lo mejor que pueden hacer teniendo en cuenta su máxima bondad auto–atribuida es dejar sus puestos de planificadores sociales y dictadores de la producción para empezar a trabajar de verdad para la gente en empresas privadas. Qué planifiquen sus vidas, no las nuestras.

¡Vaya semanita!

Cuando escuché las crónicas de los telediarios vespertinos sobre lo acontecido en las elecciones norteamericanas lo cierto es que me asusté. Debacle, catástrofe, desastre sin precedentes o el fin de una era, fueron algunas expresiones utilizadas para sintetizar los efectos de la derrota republicana. Alarmado llamé a mi amiga Joanne, natural de Virginia y residente en ésta, para ofrecerle asilo político en mi casa, pero rápidamente me tranquilizó asegurándome que los medios de comunicación españoles tal vez habían exagerado un poco. De hecho, los argumentos con que los demócratas habían vencido son completamente distintos a los que la izquierda europea, no digamos la española, esgrime con fiereza en las contiendas electorales, así que no es de prever que a corto plazo se declare la dictadura de los soviets desde las escalinatas del Capitolio.

Reducir la derrota del Great Old Party a los efectos de la posguerra de Irak es no conocer la realidad del electorado norteamericano. Es cierto que la mayoría de la población se manifestaba en las encuestas descontenta con la marcha de la posguerra de Irak, como también lo es que, por delante de este asunto, ha habido otros motivos que han determinado el cambio de voto como el elevado gasto público o los últimos escándalos en la administración Bush. Un estudio de campo hecho público unos días antes de la consulta electoral por expertos del partido republicano lo dejaba bastante claro: La mayoría de electores confiaba más en los demócratas que en el GOP para bajar los impuestos (42% frente al 29%), reducir el déficit público (47-22) y limitar el gasto de la administración (38-21).

Por otra parte, en los resultados individuales también se aprecia este sesgo que relativiza los efectos electorales de la guerra iraquí. Por ejemplo Joe Lieberman, firme defensor de la intervención en Irak, aplastó en Connecticut a Ned Lamont ("Ned the red"), furioso partidario de la huida preventiva, y de los cinco congresistas republicanos que votaron contra la guerra de Irak, tres de ellos han perdido su asiento en la cámara de representantes.

La clave de la derrota electoral está en que el votante conservador se siente traicionado en multitud de asuntos por sus representantes políticos. Por tanto no se trata de que los partidarios de Bush se hayan sentido fascinados súbitamente por la oferta electoral de la izquierda americana, sino que exigen a su presidente llevar a cabo las políticas conservadoras que le auparon a la presidencia. Quienes se han vuelto de centroizquierda no son los votantes republicanos, sino sus líderes políticos; por eso han sido castigados. El partido republicano se comprometió en 1994 reducir el gasto público y lo ha duplicado desde que Bush está en la Casa Blanca, prometió reducir el tamaño del gobierno y lo ha aumentado más del doble, aseguró que suprimiría el departamento de educación y devolvería las competencias a los distintos estados y en cambio ha duplicado los fondos destinados a este órgano federal. En otros países, pongamos España, el incumplimiento de las promesas electorales no tiene la menor relevancia; en los Estados Unidos sí.

El partido de Bush ha perdido estos comicios por alejarse de su base electoral. Es una lección que sin duda resultará valiosa de cara a las próximas presidenciales. Convendría además que algún partido conservador europeo, sin ánimo de señalar, extrajera también alguna enseñanza de lo ocurrido esta semana a sus colegas del otro lado del charco. Las traiciones a los principios se pagan muy caro. No sólo en los Estados Unidos.

La cesión de la libertad

La mitología que acompaña al proceso democrático es un poderoso tranquilizante que se administra a los ciudadanos desde los poderes públicos y que, como excelente ejercicio de marketing, tiene un éxito sin precedentes. La evolución de la democracia en Europa y en España en particular, es un proceso aceptado y voluntario de cesión de nuestra libertad a cambio de una sensación de estabilidad que no es tal, pero que así se percibe.

Desde el pasado 1 de noviembre, fecha de las elecciones autonómicas en Cataluña, hasta la primavera de 2008 cuando se celebren las Elecciones Generales, si no se produce ningún adelanto, España vivirá en una campaña electoral continua donde los partidos políticos y sus preclaros representantes nos prometerán que si les votamos viviremos mucho mejor. Las elecciones autonómicas, municipales y generales se han convertido en tedioso procesos donde reina la promesa y cuya única finalidad es asegurarnos que lo que debería solucionar nuestra responsabilidad personal, el uso responsable de nuestra libertad, será cubierto por un Estado cada vez más hipertrofiado.

La comparativa de los programas electorales suele ser decepcionante, pues la coincidencia en los elementos clave es un hecho. Sus promesas en sanidad, educación, atención social, infraestructuras son copias donde las variaciones son simples detalles que, más allá de las polémicas políticas o mediáticas, seguirán siendo irrelevantes. Todos construirán nuevos medios de transporte público, todos favorecerán los colegios y los institutos públicos, todos construirán algún que otro hospital. A lo sumo, alguno implicará a la empresa privada un poco más que el otro.

Cedemos nuestra libertad al no elegir una educación adecuada para nuestros hijos, cogiendo sin criticar la que nos ofrecen, cedemos nuestra libertad al no elegir la mejor atención sanitaria que nos permitan nuestros recursos para nosotros y para los nuestros, cedemos nuestra libertad al dejar que los poderes públicos atiendan a colectivos mal llamados desfavorecidos, algunos de los cuales que terminan convirtiéndose en receptores de prestaciones públicas que viven en una ilegal, y hasta cierto punto lógica, economía sumergida. Cedemos nuestra libertad cuando pensamos que nuestras necesidades básicas están resueltas.

Porque esa parte del contrato social que parece llevar unido el simple depósito de un voto en una urna, es seguramente la falacia más aceptada por la ciudadanía pero también la más refutable. Nuestra libertad, nuestra responsabilidad se convierte en moneda de cambio en todo proceso electoral y la democracia deriva hacia el populismo. Pero este populismo es muy peligroso pues nuestros dirigentes se encargan de legitimarlo con la peregrina pero muy aceptada idea de que el proceso electoral les avala y que pasado cierto tiempo el ciudadano elector tendrá oportunidad de cambiar de voto. Pero un voto no es cheque en blanco que permite al político elegido hacer lo que desee. Si todos tenemos responsabilidades, las suyas deben ser mucho mayores y más vigiladas.

Resulta extraño que hasta ahora nadie se haya planteado verificar el porcentaje de cumplimiento del programa electoral de cualquier partido con responsabilidad de gobierno. Es imposible que el Estado cubra todas nuestras necesidades, pero no ya sólo porque esto sea económicamente inviable, no porque sea moralmente discutible, sino porque estas son cada vez mayores, porque sistemas y procedimientos que hace unos años no existían o eran muy costosos y exclusivos, hoy se incorporan a nuestra vida encareciendo el sistema.

Sin embargo, la cesión es un hecho aceptado y defendido por buena parte de la ciudadanía y esto no debería desecharse. Una educación pública y unos medios de comunicación controlados a través de licencias y cercanos al poder son poderosas máquinas que generan ideas vacuas pero potentes. Solidaridad, sostenibilidad, responsabilidad social, medio ambiente, alianza de civilizaciones son algunos de los más frecuentes que funcionan a modo de justificaciones.

Que, en palabras de Churchill, la democracia sea la peor forma de gobierno excepto todas esas otras formas que han sido probadas de vez en cuando, no le confiere el don de la infalibilidad. Es nuestro deber vigilar y denunciar con cualquier medio a nuestro alcance. El acto responsable no es introducir un voto en una urna sino la continua vigilancia, la petición continua de responsabilidades a este simple gestor de ciertos intereses, un papel muy diferente al del iluminado director de nuestro futuro en el que ha terminado mutando el dirigente público. No es por tanto extraño que desde posiciones liberales se pida, no sólo el control de lo público, sino su reducción o incluso su desaparición, en definitiva, la devolución de nuestra libertad.

Pasotismo y liberalismo

Un gran amigo liberal me contaba, durante una de nuestras charlas hasta las tantas de la madrugada, como su padre había liderado a los soldados aliados en la liberación de los campos de exterminio nacionalsocialistas alemanes al término de la Segunda Guerra Mundial. En su momento, los judíos habían apoyado los controles de armas propuestos por los nacionalsocialistas. Pero no es sólo que, una vez desarmados, fueron las primeras víctimas. Contaba su padre que los soldados alemanes se habían tronchado atemorizando a los pobres desgraciados con simples paseos por el campo portando armas descargadas. Nada más delicioso para un tirano que la voluntaria y timorata ignorancia de la víctima. Episodios como este, que añaden más humillación y vergüenza a lo que ya era de por sí una de las páginas más patéticas de la historia, llevaron a varios judíos a crear la asociación de Judíos por la Preservación de la Propiedad de las Armas de Fuego. Pasar de temas que suenan tan feos como el derecho a portar armas puede salir caro.

Son historias que se repiten con cierta frecuencia aunque en demasiados casos pasen desapercibidas. Y suelen empezar casi siempre igual: abusando del último de la clase en popularidad. A veces es un genocidio, otras unos encarcelamientos. La masa, mientras tanto, discutiendo en el bar sobre el último partido de fútbol o lo imprescindible que es esta vez votar al menos malo, simplemente porque los otros son peores, todo sea por el voto útil y ni plantearse lo impensable. ¡Sobre todo, nene, no te salgas de la raya!

Cada dos por tres me viene a la memoria lo que contaba Rand de su inmensa pero desdichada tierra natal:

De una manera pasiva e indiferente, la mayoría del pueblo ruso estaba con el Ejército Blanco: no estaban a favor de los blancos, simplemente estaban contra los rojos; temían las atrocidades de los rojos. Yo sabía que la atrocidad más profunda de los rojos era intelectual, que lo que debía atacarse (y derrotar) eran sus ideas. Pero nadie las contestaba. La pasividad del país se tornó en un letargo apático a medida que la gente iba rindiéndose. Los rojos tenían un incentivo, la promesa del saqueo a escala nacional; ellos tenían el liderazgo y la semidisciplina de una panda de criminales; tenían un programa pretendidamente intelectual y una justificación pretendidamente moral. Los blancos tenían iconos. Los rojos vencieron.

Llega un punto en que a los malos no les hace falta ni cargar los fusiles, simplemente porque delante no tienen nada. Ganan por goleada por incomparecencia del adversario. Maldito letargo mortal. Entonces, para imponerse sobre esa resistencia nula basta con la más mínima intención. Van paseando zarrapastrosamente con toda su ineficiencia de dictadorzuelo por el campo de juego y marcan gol, porque no hay nadie que se moleste en pararlos.

El mismo amigo del que hablaba al principio, decía que "en la conferencia del ISIL, electrifiqué a muchos liberales –Libertarians, dice él– al decir lo que para mí es obvio. Somos una minoría, pero una minoría de los mejores. No debemos decirnos que somos un movimiento minoritario y repetir el zeitgeist de la autolimitación. Al contrario, reconozcamos que somos el movimiento líder en el desierto intelectual de esta época […] No os dejéis engañar por los que dicen que vuestros derechos fueron anulados por el voto de la mayoría […] No se necesita una mayoría para detener esto. El liderazgo moral de la minoría puede llamar al pan pan y al vino vino y aquellos que irán con ella es todo lo que se necesita."

Los liberales debemos dejar de ser como aquella tía despampanante pero solitaria de la que hablaba Murphy; tantas virtudes no pueden, no deben quedar ociosas. Y tampoco es plan decir que es sólo cuestión de tiempo.