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Etiqueta: Proceso político: tª estado elección pública y democracia

A salvo de la conspiración

Las motivaciones detrás de los planes de inmersión lingüística en Cataluña, sin embargo, son menos viles y más convencionales de lo que muchos de sus críticos conceden. El matiz no hace que esta política sea menos injusta, pero sí es importante de cara a articular un discurso que conecte con las inquietudes de la mayoría de catalanes y tenga más influencia. Si no representamos fielmente sus razones es más fácil que nuestros argumentos sean rechazados de antemano y tildados (inocente o interesadamente) de "anti-catalanes".

La mayoría de catalanes que apoyan la normalización lingüística no quiere desterrar el castellano o acabar con el bilingüismo, sino proteger una lengua y una cultura que perciben amenazada. Sin duda hay quien desea lo primero (algunos ni siquiera lo ocultan), pero en general las políticas lingüísticas son entendidas como una ayuda a la lengua débil, una lengua que sin la protección de la Administración podría ser completamente desplazada por el castellano en el largo plazo. La política de inmersión lingüística es, en este sentido, como cualquier otra medida proteccionista encaminada a defender algo en detrimento de las elecciones de los individuos. En este caso es la lengua, en otros, la agricultura europea o el cine español.

Un mismo nacionalismo puede manifestarse de formas distintas dependiendo de las circunstancias. Si la lengua catalana fuera hablada por 400 millones de personas en el mundo y tuviera el peso (mediático o económico) que tiene el castellano en Cataluña, probablemente muchos catalanes no sentirían la necesidad de protegerla. De hecho, probablemente si el castellano corriera el riesgo de sucumbir ante otra lengua con el paso de unas cuantas generaciones, muchos españoles sin convicciones liberales abogarían por políticas de inmersión lingüística en ayuda del castellano.

La idea de que el catalán compite en inferioridad de condiciones con el castellano está arraigada en Cataluña, y en mi opinión no es ningún disparate. La mitad de la población catalana es castellano-hablante, en los medios predomina el castellano con diferencia, en el cine, en la empresa, en la literatura o entre la comunidad inmigrante. Los catalano-hablantes suelen adoptar de forma automática el castellano cuando algún miembro del grupo es castellano-hablante. Pocas veces sucede lo contrario –aunque los catalano-hablantes sean mayoría en el grupo– y esta situación tiende a multiplicar las relaciones en castellano. Yo soy catalano-hablante y utilizado el castellano con gente catalano-hablante porque cuando nos conocimos nos dirigimos mutuamente en castellano. Es raro encontrar ejemplos de castellano-hablantes que hablan entre ellos en catalán.

Toni Soler declaraba recientemente que hay castellano-hablantes que encuentran conflictivo que su hijo no pueda ser escolarizado en castellano y que hay catalano-hablantes que encuentren conflictivo pedir "un tallat" y que no les entiendan. Varios comentaristas han criticado que Soler concediera la misma importancia a las dos situaciones, pero yo interpreto de otra forma su analogía: si no te entienden al pedir "un tallat" (aunque aquí está exagerando) significa que la persona no ha aprendido el catalán, y esa falta de integración molesta a muchos porque sólo se produce en una dirección y a la larga favorece al castellano en detrimento del catalán. El conflicto es que la falta de integración puede llevar a la extinción del catalán.

Al fin y al cabo, el castellano tiene una ventaja evidente sobre el catalán: es más útil. La lengua es un vehículo de comunicación y tiene lo que se denomina "efectos red". Cuantos más individuos hablan una lengua, más atractivo resulta para los demás sumarse a ésta, y en la medida en que se incorporan nuevos hablantes, aún más es más interesante para el resto adherirse. Y así sucesivamente en un flujo de realimentaciones positivas que a menudo fortalecen la posición de las lenguas más extendidas y debilitan la posición de las que lo están menos.

Pero lo que importa no es la lengua sino sus usuarios. En un escenario sin intervenciones, el grupo lingüístico mayor desplaza a las otras lenguas si los hablantes de estas últimas se trasladan voluntariamente al primero para beneficiarse de su mayor alcance. Los proponentes de las políticas lingüísticas, como sucede con todas las medidas proteccionistas, al invocar una actuación compensatoria y equilibradora por parte del Estado pretenden "compensar" y "equilibrar" las elecciones de los individuos. Están apelando al Estado para imponer las preferencias de unos sobre otros.

La lengua debe emanciparse del Estado para que evolucione espontáneamente hacia donde quieran llevarla sus usuarios. Para ello no basta con que el Estado sea "neutral" dentro de la Administración y de los servicios públicos. Lo mismo que la religión sólo puede separarse del Estado si las iglesias son privadas, el Estado sólo puede separarse completamente de la cultura y la lengua si devuelve los espacios y servicios públicos a la sociedad civil. En el ínterin, lo mejor será permitir la diversidad y libertad de elección en los espacios públicos, por ejemplo en la enseñanza.

No sé si el catalán sin la protección del Estado tendería a quedar arrinconado y acabaría por extinguirse. Es posible, aunque no está claro después de todo a lo que ha sobrevivido. Pero si ocurriera así sería porque sus hablantes han preferido adherirse a otras lenguas y no se han esforzado lo suficiente en preservarla. Recurrir a la imposición lingüística no es "esforzarse" sino hacer que otros asuman el coste de tus preferencias. En su día mis padres me escolarizaron en castellano porque hablábamos catalán en casa y pensaron que así consolidaría mi bilingüismo. Hoy esta opción está prohibida. Esta discriminación legal es demasiado seria como para hacer un sketch en Polònia.

Zapatero nos remata

Mi ego está sufriendo infinitamente ante semejante discriminación que, a buen seguro, estará prohibida por alguna de esas justísimas leyes de las que disfrutamos en nuestro paraíso socialdemócrata: "Todo crítico de la SGAE tendrá derecho a un mismo tiempo de investigación por parte de las agencias de detectives contratadas para poner las preceptivas demandas por atacar el derecho al honor, que ya se sabe que sólo poseen las organizaciones de izquierdas que apoyan a Cuba y por tanto pueden denunciar estas cosas".

Al final va a tener razón el amigo Teddy cuando argumentaba que los ingresos de 120 millones de euros anuales que supone el canon son una miseria. Y es que este dinero obtenido por medio de una imposición legal de nuestros amados gobernantes se está empleando no sólo en construir un poderoso lobby que agradece los favores prestados grabando vídeos sobre cejas, sino también para hacer dossiers contra aquellas personas que, ejerciendo sus derechos, critican a la organización de marras. Y claro, no da para tanto gasto. Así, algunos tenemos que sufrir la ignominia de no estar en la lista negra. Vamos a tener que exigir al Gobierno que doble la cifra del canon, porque la factura del psicólogo me va a salir carísima como no vea pronto a un agente de gafas negras de la celebérrima "Método 3" siguiéndome por las calles.

Indudablemente, Teddy, Borau, Ramoncín, Víctor Manuel y demás compañeros mártires de la causa general por la defensa de los inalienables derechos de los artistas patrios tienen el mismo derecho que usted y que yo a investigar a quien quiera, siempre que el exceso de celo de los agentes contratados no les lleve a incumplir la ley. Pero la SGAE, como institución, no debería tenerlo, por ser una organización que recibe sus ingresos merced a un privilegio legal que ni usted ni yo podemos disfrutar. Emplear ese dinero para impedir el libre ejercicio de la crítica de ese mismo privilegio es, por decirlo suavemente, hacer trampas.

Los defensores más fanáticos de la regla de la mayoría, que no de la democracia, podrán argumentar que si se ha votado el canon en el Congreso, justo es que se cobre. Pero la ley indica que es una compensación que debe usarse para repartirla entre quienes se han visto perjudicados por las copias de sus obras. Se puede argumentar, estirando un poco la cuerda, que emplear parte de la recaudación en inspectores y abogados para lograr cobrar más es una inversión que finalmente repercute en unos mayores ingresos para los autores de la SGAE. Pero que yo sepa, los detectives de "Método 3" no le dan al cante jondo, así que el entregarles el dinero para que investiguen a quienes se oponen a los apaños de los Teddy Boys, ya no hay cuerda que lo resista.

Estoy esperando que un portavoz cualificado de la SGAE nos explique la justificación que emplean para defender su derecho a pagar por espiar a sus críticos y luego ponerles demandas. Mientras tanto, el Senado ya le ha exigido al Gobierno las cuentas de las entidades de gestión de derechos de autor. Cabe suponer que es eso lo que quieren evitar. Desean que la soliviantada opinión pública carezca de voces con las que expresar su descontento, por estar aterrorizadas ante las demandas y el espionaje, y así que los políticos no se sientan tan obligados a investigarles, primero, y a derogar el canon, después. Pero es una lucha perdida de antemano. Terminarán siendo derrotados. La única duda es saber cuándo.

…Y van siete

Este séptimo conjunto de medidas presentado por Zapatero a la sociedad es algo más ambicioso que los intentos de Sebastián por resolver por sí solo la crisis que nunca existió, a base de repartir bombillas de bajo consumo a razón de dos por español, porque un líder que se precie no puede tolerar que sus ministros le arrebaten el mérito de solucionar los grandes problemas del país. Así pues, ZP se ha puesto en marcha y en poco más de dos meses ya ha producido un par de kilos de papel llenos de programas a cual más imaginativo. Lo de mandar a los puretas a hacer "turismo social" es, qué duda cabe, todo un hallazgo que la ciencia política incorporará a su acervo para enseñanza de las futuras generaciones de dirigentes progresistas. En efecto, mientras los parados de larga duración estén paseando por las playas desiertas de Benidorm no andarán rumiando su desgracia, que es algo que un Gobierno socialista no puede tolerar ya que su primer objetivo es, como es sabido, que todos seamos felices.

Pero como la gente tiene la fea costumbre de comer todos los días y, eventualmente, pagar el recibo de la hipoteca, no sería de extrañar que con esto del turismo social-ista surgiera un pintoresco mercado negro, a través del cual los agraciados con la pedrea zapateril revendieran al vecino una semana en Torremolinos a precio de ganga. Total, si lo único que proponen los socialistas es cambiar el dinero de bolsillo entre unos ciudadanos y otros –lo de crear riqueza es cosa de fachas–, qué más da que en el proceso se perfeccione por la iniciativa privada de los actores comerciando con la gabela que les cae del cielo.

Los planes quinquenales de ZP van a correr la misma suerte que los de sus predecesores en la tradición marxista. No sólo no van a solucionar problema alguno, sino que esa nueva dosis de coacción institucional agravará la situación de los que ya están sufriendo graves problemas económicos. Porque las Zapatero’s Holidays se acaban, la gente vuelve del balneario y se topa de nuevo con la realidad de que no tiene trabajo ni perspectivas de encontrar un puesto a corto plazo. Y eso no se resuelve embargando la prosperidad de las generaciones futuras, que tendrán que enfrentarse al déficit público actual con una fiscalidad futura prácticamente confiscatoria dada la prodigalidad de ZP, sino reduciendo el gasto estatal y bajando los impuestos para que los individuos y las empresas tengan más recursos a su disposición. Los Gobiernos no solucionan las crisis económicas. Al contrario, las provocan. Y en casos como el de ZP, además las agravan. Y encima, este nuevo plan de Zapatero, como los seis anteriores, va exactamente en contra de uno de los preceptos del Decálogo, casualmente también el séptimo. ¿Lo recuerdan?

El Estado es el origen del problema

Vivimos tiempos de confusión e incertidumbre. No tanto por el cariz que tiene e irá adoptando la situación económica, sino por la explicación que desde la corriente principal de pensamiento y opinión se está ofreciendo respecto a las causas y consecuencias de la tormenta en que nos hallamos.

Desde posiciones fieles a la tradición teórica y explicativa de la Escuela Austriaca de Economía, no cabe duda sobre las causas endógenas que desencadenan el brutal reajuste en forma de crisis y recesión. El privilegio concedido a la banca respecto al poder de disposición sobre los depósitos a la vista, exclusivo y capcioso, justificado en la legislación del Estado, obviando ilicitud y contradicción con los principios generales del Derecho, desencadena una dislocación interna capaz de generar errores masivos en las decisiones de los agentes económicos. 

El Estado se apodera del dinero, institución básica para el desarrollo del proceso social, suplantando su versión libre y evolutiva por una moneda de curso forzoso y fiduciaria, sometida a todo tipo de manipulaciones. El precio de dicho dinero queda regulado por un tipo de intervención, así como las prácticas financieras, contables y organizativas.

Un órgano de dirección con poderes irresistibles y facultades extraordinarias, llamado Banco Central, actúa como prestamista de última instancia y planificador de tipos, oferta monetaria y resortes operativos. Es el Estado el que pretende un sistema monetario y financiero capaz de soportar su peso y alimentar su voracidad. En situaciones de crisis de dicho sistema, resulta consecuente que sea el propio Estado el que trate de salvar su obra.

No podemos hablar de mercado libre cuando estamos ante regulaciones positivas que tratan de prevenir la naturaleza de las acciones particulares. En situaciones así la interacción entre individuos empuja, a pesar del peso de la intervención, a la formación de fórmulas alternativas, que de forma subrepticia se abren paso entre la madeja de regulación, a costa de la prudencia y la interiorización del riesgo, y lo que es peor, reiterando el desprecio sistemático por la defensa y definición de los derechos de propiedad.

El Estado pervierte el orden tratando de suplantar sus reglas por una estructura normativa ajena a las características fundamentales del mercado libre. El resultado, una grave distorsión que disloca las preferencias temporales de los agentes generando señales que inducen errores masivos.

Asumida esta realidad, no debemos cejar en el esfuerzo intelectual emprendido obviando que el Estado, por su propia naturaleza, más allá de la manipulación de la moneda y su irrupción en el mercado financiero, genera tantísimas distorsiones, que su propia existencia es de por sí perturbadora y origen de una nefasta asignación de recursos. Señales equivocadas de la desaparición de las reglas, principios y valores que han favorecido los niveles de división del conocimiento y el trabajo sostenedores del progreso social alcanzado.

Sería reduccionista e improcedente tratar de resumir en este artículo todas las vías por las que la acción del Estado, como estructura de dominación irresistible que persigue objetivos concretos a costa de la libertad de los individuos en pretender sus fines particulares, descoordina el orden social.

Sirva como ejemplo la asunción por parte del Estado de la educación de los individuos. No hablamos necesariamente de la prestación directa del servicio, sino de la mera fijación de contenidos, modelos de estudio, requisitos para alcanzar la titulación, previa concesión en la fijación de número de plazas y disciplinas universitarias, etc. Que el Estado preste o no el servicio, a este parecer, resulta indiferente. Lo que realmente trasciende es la regulación irresistible que plantea, imponiendo barreras de entrada, forzando a los menores a recibir la educación previamente diseñada o planificada por él.

La distorsión, falsas señales, dislocación de preferencias, descoordinación con las necesidades patentes y discernibles del proceso social, la falta de competencia y adaptación de modelos… todo contribuye a que una gran parte de los individuos desperdicien años y esfuerzo iniciando sendas equivocadas, caminando a ciegas, siempre con la sensación típica del estatismo, de poder lograr todo lo propuesto al margen de la realidad, siempre y cuando el Estado haya sembrado expectativas que ni él ni el mercado son capaces de satisfacer. Estos errores impiden ajustes, impiden que multitud de oportunidades de ganancia se vean resueltas. Frena la creación de conocimiento, el desarrollo social y el progreso económico.

El Estado es el origen, en cada una de sus intervenciones, de todo error masivo en la toma de decisiones, de la indisciplina general, así como la falta de respeto y vulneración de derechos de propiedad y principios generales del Derecho. En el momento que plantea su agresión irresistible, justificada a través de excusas típicas del estatismo, despliega consecuencias que no controla, pero siempre, en todo momento, son perjudiciales y profundamente descoordinadoras.

PP: Aznar o Rajoy

El primero es la reunión del Comité Federal del PSOE, en el que Zapatero ha presentado el plan anti¿crisis? de cada mes. El último pasa por tirar de gasto, déficit y deuda pública. A eso lo llaman "pensamiento de izquierdas" y "socialdemocracia". Hay que aprovechar la crisis para que los ciudadanos "perciban claramente las diferencias entre la izquierda y la derecha". "La derecha nos ha metido en la crisis y la izquierda nos tiene que sacar". No dan para más. El progresista de hoy no es como el de hace 30 años. Aborregado por la Logse, acribillado por mensajes extraídos del canon progre desde todos los medios de comunicación, se ha vuelto acrítico y acomodaticio. Como no han necesitado pasar por ningún proceso de reflexión para tener un punto de vista, se mueven entre las consignas y las etiquetas, que constituyen el 95 por ciento del pensamiento de izquierdas actual.

El segundo se ha celebrado en Madrid y ha resultado en la reelección de Pablo Casado al frente de NNGG de Madrid, un chaval que ha sorprendido sólo a quienes no sabían de él antes de dar su famoso discurso. Aquí la cobardía se ha quedado a las puertas y tanto José María Aznar como Esperanza Aguirre han hablado tan claro como las circunstancias lo permitían. Aznar lo ha dicho sin miramientos: hay que conquistar el poder y no esperar a heredarlo. La derecha descreída y garbancil no se da cuenta de que la realidad no se impone por sí misma, tiene que ser interpretada de algún modo. Y la economía se volverá en su contra si los socialistas logran colar la idea de que "la derecha" es la responsable de la crisis. Entonces, el vacío moral e ideológico que proponen Rajoy y los suyos no valdrá de nada.

Combatir unas cuantas consignas, falsas como un telediario dirigido por Pepino Blanco, es fácil. Sólo se necesitan buenas ideas, y las hay, y un poco de valor moral. Rajoy no tiene fe en esas ideas y prefiere esconderlas. No hay nada que temer a las buenas ideas. No hay nada que esconder. El intervencionismo es inmoral, inane y un fracaso asegurado. El poder creador de una sociedad libre no tiene igual. Claro, que hay quien no se atreve a pensar ni siquiera eso.

Una cúpula con forma de ceja

La obra de arte del mallorquín, a cuyo lado la Capilla Sixtina palidece de envidia, con seguridad será admirada por las generaciones futuras como una de las grandes aportaciones a la historia del arte universal. Y todo por el módico precio de dieciocho millones de euros, de los que una tercera parte ha ido directamente al bolsillo del insigne autor.

Al contrario de quienes se escandalizan por el precio que ha puesto a su obra, particularmente no tengo nada que objetar a la cuantía de la minuta presentada por Barceló. Cada uno pone libremente precio a su trabajo, y mientras haya clientes que estén dispuestos a pagarlo las opiniones de los demás son irrelevantes. El único problema es que entre el consorcio que ha pagado la obra de arte estamos usted y yo, sin ir más lejos, y lo cierto es que una capa de yeso proyectado, con unos pijotronchos pintados de colorines colgando del techo no es precisamente el concepto más extendido de lo que debe ser una obra de arte inmortal.

Barceló es uno de los artistas que hacían el gesto circunflejo en la pasada campaña electoral para pedir el voto a ZP, aunque evidentemente no haya sido ese el motivo de haberle elegido para acabar con la pobreza en el mundo a base de gotelé. Porque si lo relevante para haberle realizado a él dicho encargo es su condición de zejatero, se produce entonces un agravio comparativo de difícil solución. Hubo otros muchos artistas que se significaron con el de la ceja, que están deseando también contribuir a la promoción de los derechos humanos universales a razón de seis millones la performance, aunque procedan de los fondos destinados a comida y vacunas para los niños del tercer mundo. Tal vez un concierto solidario con la participación de los zejateros al completo y Concha Velasco, socialista de toda la vida, en papel de maestra de ceremonias sea la única solución para compensar la ofensa.

Si Barceló tiene ya su cúpula que Moratinos le pague al resto una cópula, porque de lo que se trata, como siempre, es de que la caterva de solidarios nos la meta doblada. Salvar a la humanidad exige estos sacrificios, qué se le va a hacer.

Socialdemocracia y estulticia

Eso sí, sin definir en absoluto a qué se refiere con tanto "neo", no sea que la claridad de su ignorancia pueda volverse en su contra; como cuando nos anima a no "dejarnos llevar por el miedo al horror vacui". Ya puestos, no temamos el pánico al espanto al pavor al terror al miedo al horror vacui.

Estella nos ofrece "un nuevo modelo que sirva de marco de referencia": las "ideas de centro-izquierda". Aspira a "la emergencia de un nuevo consenso planetario de tipo socialdemócrata". Con auténtica humildad, el consenso sólo será planetario; los extraterrestres no residentes quedan excluidos.

La crisis es una oportunidad para que la socialdemocracia "dé un paso hacia adelante y asuma el desafío de ofrecer un nuevo eje alrededor del cual hacer girar la actuación futura de los actores políticos". No le suena aquello de los socialistas de todos los partidos, y es tan bisoño que cree que el socialismo democrático es algo novedoso.

Cree que "no faltan excelentes pensadores en la órbita de la socialdemocracia, ni tampoco excelentes ideas". Pero no ofrece ningún ejemplo, lo cual no es nada sorprendente: cabe preguntarse si un mal pensador puede distinguir excelentes pensadores o excelentes ideas; o simplemente pensadores e ideas. Quizás sí puede hacer propaganda, ya que no da para mucho más. Los contenidos los tiene claros: "revisar las ideas socialdemócratas en relación con las virtudes del mercado" porque se ha abrazado "con más intensidad quizá de la debida, al mercado". Tanto amor a la libertad y al comercio no puede ser bueno, hay que intervenir los mercados "con valentía": "no basta con regular y supervisar la acción de los agentes económicos". Así, sin miedo, como si fuera algo que no se ha hecho nunca y hay que intentar por primera vez.

La fatal arrogancia no muere en las nubladas mentes de los más necios: quiere "participación directa del Estado", que sea "protagonista directo de la actividad económica" y no "mero espectador", para tener "información sobre lo que está ocurriendo en el mercado, así como capacidad de corrección de sus fallos". Todo naturalmente por esa entidad tan vaporosa como es "el interés general" y para que las cosas se hagan "como deben hacerse": sin explicar con un mínimo de detalle la naturaleza de la obligación (¿moral?, ¿legal?, ¿técnica?) y la forma concreta de su implementación. Total, para qué: las cosas hay que hacerlas como hay que hacerlas, eso está claro.

Pide más socialismo porque quizás no sabe que el socialismo es imposible. Que el planificador estatal tiene serios problemas de actitud y aptitud. Carece de los incentivos adecuados y no tiene capacidad para obtener y procesar la información relevante para su acción presuntamente coordinadora.

Además, Estella quiere "volver a situar el principio de igualdad en el mismo corazón de la socialdemocracia", y no se trata de una igualdad instrumental para "conseguir mayores cotas de libertad". No, la igualdad es "un fin en sí mismo". Quedan ciertas incógnitas: ¿es este presunto profesor el que va a intentar hacer algo por igualarse a otros mínimamente inteligentes o va a forzar a los demás a ponerse a su ínfima altura? ¿O se trata solamente de quitar dinero a unos para dárselo a otros?

Una última joya de lo que en socialdemocracia pasa por argumentación: "de igual manera que nos parece legítimo repartir por igual los costes de una crisis económica, nos debería parecer legítimo repartir de forma mucho más igualitaria sus beneficios, y para ello los ciudadanos tendrían que poder participar, en pie de igualdad, en la toma de decisiones económicas que pueden ser trascendentales para sus vidas". Perdón pero: ¿quién es ese "nosotros" al que se hace referencia? ¿Estella y cuántos despistados más creen que la crisis han de pagarla por igual justos y pecadores? ¿Las acciones, basta con que parezcan legítimas a alguien o conviene que lo sean independientemente de su percepción subjetiva? ¿Qué beneficios de la crisis económica se van a repartir, o es que tenemos un serio problema con la sintaxis? En sociedades complejas con millones de ciudadanos y de diferentes procesos de producción y distribución, ¿cómo se participa en las decisiones económicas? ¿Será un mercado libre la respuesta a esta última pregunta?

Mr. Zapatero goes to Washington

Hay ciertas expresiones que, últimamente, el presidente francés sólo se las ha escuchado a Rodríguez Zapatero y a Carla Bruni. Lo cierto es que él lo ha logrado: ha participado en la más insigne cumbre que vieron los tiempos, aquella que marcará los designios humanos para el siglo que apenas acaba de alumbrarse; primera piedra del nuevo edificio financiero, con mil llaves para las crisis económicas y las puertas y ventanas abiertas para la socialdemocracia, la alianza de civilizaciones y el obamismo sin término.

Aunque quizás, acaso, puede que no sea para tanto. Aunque sólo sea porque el hombre del momento, Barack H. Obama, no ha ido, aunque ha bendecido extramuros la declaración conjunta. Se han puesto de acuerdo en que la regulación ha fallado y que, por consiguiente, lo que necesitamos es más regulación. Y en que ellos ("nosotros", como se hacen llamar), se volverán a reunir para otorgarse más poder para salvarnos del capitalismo.

Claro, que todo ello era previsible. ¿Por qué, entonces, se ha puesto a trabajar Zapatero como jamás en su vida con tal de sentarse en esta cumbre? La razón es la misma que explica que, pocos días antes de esta reunión propusiera una especie de nueva coalición de no alineados, con Europa e Iberoamérica pero sin Estados Unidos, también para refundar el capitalismo o acabar con él o sea lo que fuere lo que quiere hacer Zapatero: él no hace política exterior, sino política interna fuera de nuestras fronteras.

Se vio claramente en el modo en que se fue España de Irak, más que en la decisión de hacerlo. A Zapatero no le interesa la defensa de los intereses españoles en el mundo o la presencia de nuestro país en los foros decisivos. Lo único que le interesa es el efecto que sus acciones puedan tener en el electorado.

Por eso, para entender la gincana zapateril que le ha llevado a Washington hay que interpretarla en clave interna. Sabemos que el 90 por ciento del pensamiento de izquierdas consiste en colgar cartelitos. Antes de las elecciones comenzaron a colgar en la sede del PP el cartel de "neoconservadores"; la gente no tiene ni idea de lo que son, pero sí sabe, porque los medios de comunicación aleccionan a diario sobre eso, que los neocón son mala gente. Zapatero ha ido a la cumbre con un discurso ideológico maniqueo, que señala a los neoconservadores como los culpables y a la socialdemocracia como salvadora. Con ello quiere desactivar la idea, más extendida que lo que querrían los socialistas, de que el PP sabe cómo manejar la economía. Y en un momento en que todo el mundo se mira permanentemente el bolsillo.

Zapatero ha ido a Washington… pero no ha salido de Madrid.

Los Hombres G del siglo XXI

Desde hace unos días, el Gobierno español y las fuerzas vivas de nuestra política parecen exultantes. Zapatero estará el próximo sábado en Washington para asistir a la reunión del grupo de los G-20. ¿Hay que acompañarles en el regocijo? No sé. Me parece muy descarado felicitar a alguien por su fabulosa “labor de pasillo”, por el “peloteo” recompensado. Antes de hacerlo me gustaría saber cuánto nos ha costado en euros a los españoles las llamadas, viajes y reuniones. Si el esfuerzo mereció la pena o no, lo sabremos el domingo cuando comprobemos la oportunidad de la presencia de Zapatero, la relevancia de sus aportaciones y la influencia real que tienen en los miembros por derecho propio del G 20.

La causa última aducida por el Ejecutivo socialista para este tráfico de influencias a cara descubierta es que España “debería” estar en ese grupo por su relevancia en el mundo. Estoy de acuerdo con Fernando Díaz Villanueva cuando considera que es la falta de espíritu lo que explica la poca influencia de España en el mundo en los últimos tiempos. Pero, además, es importante señalar que no estamos en el grupo de los 20 porque no tenemos que estar. En caso contrario, nos hallaríamos ante la evidencia de que la Unión Europea es una pantomima, cara, esos sí, pero sin razón de ser.

El origen de los G-20 lo constituyen el G-8, la Unión Europea y los países emergentes. Y España ya está representada por el enviado de la UE, como el resto de los 25, y no cabe considerar a nuestro país como uno de los emergentes. ¿Podría aducirse que deberíamos estar en el G-8? Eso es harina de otro costal.

Este grupo se formó entre 1973 y 1977 y agrupaba a los países más desarrollados. Más adelante, una vez cayó el “muro de Berlín” se unió Rusia poniendo de manifiesto la nueva realidad económica y política. Los miembros del G-8 son, además de Rusia, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Italia, Alemania, Japón y Canadá. Uno de los argumentos del presidente Rodríguez Zapatero, hacía referencia a que en términos de PIB, España está por delante de Italia, por ejemplo. Sin embargo, el desarrollo y la influencia económicos no se miden solamente a partir del PIB. Ya puestos, hay que recordar que Italia tiene un PIB a valores de Paridad del Poder Adquisitivo mayor que el nuestro desde hace unos años, de acuerdo con los datos de Fondo Monetario Internacional.

Pero, me pregunto, en cualquier caso, ¿por qué no se ha presionado tanto para que España se incorpore a este selecto grupo antes y es precisamente ahora?  La respuesta es inmediata: por la crisis. Se trata de una reunión en la que se pretenden redefinir los términos en los que se desenvuelve el mundo financiero mundial, se intentará ofrecer una respuesta común a la crisis mundial, se habla de un nuevo Bretton Woods. La expectación es lógica. Todos quieren estar. Y España también. Lo que me preocupan son dos cosas.

Primero, no es muy digno asistir a una fiesta sin haber sido invitado, sino después de una cadena de súplicas y peticiones para figurar, por muy importante que sea “salir en la foto”. Segundo, y esto es aún más grave, si el argumento es que Francia ocupa dos lugares por ser Sarkozy presidente de Francia y presidente (por turno) de la Unión Europea, ¿por qué habría de ser España quien represente a la Unión Europea? ¿No debería ser Durao Barroso, como presidente de la Comisión Europea o Václav Havel  como presidente entrante? ¿No sería más razonable que alguno de los países del Este, o Irlanda, o alguno de los países nórdicos reclamara su presencia?

La única respuesta a esta paradoja es que no nos sentimos representados por el enviado europeo. Y en ese caso ¿qué sentido tiene nuestra pertenencia además de recibir fondos hasta que se acabe la leche de la ubre europea? Ninguno. Y cerrando el razonamiento: esa es la razón por la que no deberíamos estar en la cumbre de los 20. Somos un país “buscador de rentas”, no aportamos nada, estamos representados como mediterráneos, latinos, europeos… pero queremos ir a toda costa para ver qué podemos rascar. Esa es la relevancia de España en el mundo y ese es el espíritu europeo de nuestros dirigentes.

Los Hombres G son un grupo pop que tomó su nombre del apodo con el que se conocía a los agentes especiales del FBI en Contra el Imperio del Crimen. Hoy podríamos hablar de los 20 hombres G del siglo XXI para designar a los presidentes de grupo de países que se reúnen para tomar decisiones de gran calado. ¿Podría nuestro presidente ser un nuevo Hombre G?

Ya imagino a Zapatero ante el micrófono expresando su preocupación por los pobres y por la paz mundial. Tendría más sentido proponer su candidatura a Miss G-20. No lo haré, no quisiera influir con mi opinión en la marcha de la reunión del sábado… los Blanco somos así.

Obama, el ungido

Yo mismo he escrito sobre él y me cuesta resistirme a hacerlo de nuevo. Desde el liberalismo y el conservadurismo se ha destacado que es una persona muy a la izquierda. Lo es para Estados Unidos y lo es para nosotros. Barack Obama es la culminación en la política de una larga carrera iniciada hace cuatro décadas por la Nueva Izquierda. Sus mentores, profesores y modelos proceden de ahí. Es discípulo de Saul Alinsky, que escribió un manual para radicales donde recomendaba recurrir a cualquier medio con tal de oponerse a las insondables fuerzas reaccionarias; un libro escrito para quienes quieren "cambiar el mundo". Tiene lazos claros con Bill Ayers, un radical, un terrorista de los 60. No es que él tenga esas inclinaciones, pero su esquema ideológico nace en ese ambiente. Por cierto, que el Partido Republicano debería reflexionar sobre cómo es posible que los estadounidenses hayan elegido a un candidato en el precipicio izquierdo del Partido Demócrata, si un 40 por ciento de ellos se considera conservador, otro tanto centrista o independiente, y sólo un 20 por ciento (menos, en realidad), se llama a sí mismo progresista.

Pero si hay algo que define a Barack Obama es que es un ungido de tomo y lomo. Su lema "yes, we can", es perfecto, porque cada votante hipnotizado por Obama pone sus propias esperanzas en ese "podemos", que no tienen por qué ser las mismas para cada ciudadano. Pero lo que quiere decir el propio presidente electo con su mantra es muy claro: cree que por medio de la palabra, de la oratoria, se puede cambiar una persona. Y, como él mismo dice, "si se puede cambiar una persona, se puede cambiar una comunidad; si se puede cambiar una comunidad, se puede cambiar una nación; y si se puede cambiar una nación, se puede cambiar el mundo". De modo que tendremos que revisar la teoría de las visiones de Thomas Sowell para entender bien al desconocido Obama.

Obama se equivoca. La naturaleza humana es más o menos fija y la oratoria puede obrar milagros, pero los milagros son imprevisibles y asistemáticos. No va a cambiar nada con su palabra. Y, por lo que se refiere a su política, dentro del estrecho margen que tiene para elegir un curso u otro, recurrirá a sus escasos pero radicales referentes ideológicos. La prueba de que ni él es capaz de cambiarnos es que la izquierda española, que ha enterrado momentáneamente su hacha de guerra contra los Estados Unidos, revivirá su odio cerval a aquel país antes de un año. ¿Qué se apuestan?