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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Esquilache y Turgot fueron al grano

Es vano, señor, esperar la baratura de los precios de otro principio que la abundancia, y es vano esperar esta abundancia sino de la libre contratación de los frutos.

Jovellanos, Informe sobre el expediente de la Ley Agraria, 1794

Desde tiempo inmemorial, el comercio de granos estuvo envuelto en múltiples falacias. Tradicionalmente el vulgo consideró el tráfico de cereales como una especie distinta de comercio. Al ser artículos de primerísima necesidad, hubo siempre un temor a sufrir hambrunas. Debían, por tanto, regirse por reglas distintas al resto de los productos. Asimismo, los necesarios especuladores en granos fueron objeto preferente de la inquina popular al ser acusados de codiciosos y de celebrar pactos con el hambre. Otro error muy extendido fue considerar la agricultura como fundamento de toda la riqueza.

Debido a todas estas falsas ideas, no hubo duda alguna en atribuir a la autoridad la misión de garantizar el abastecimiento barato de bienes de consumo de primera necesidad. Por ese motivo han existido a lo largo y ancho de este mundo juntas de abastos de control de precios, graneros públicos, acopios e incluso monopolios estatales de alimentos. A esto se añadían multitud de restricciones al comercio de cereales, tasas, gravámenes y demás reglamentos administrativos que lo constreñían y dañaban.

Hoy sabemos que el tráfico de cereales y demás alimentos se ajusta a las mismas reglas comunes del comercio en general y su distinta naturaleza no altera en absoluto la esencia de los intercambios ni modifica las leyes del mercado. Es más, su libre concurrencia es, si cabe, más necesaria aún al conseguir satisfacer las necesidades humanas más perentorias.

El libre comercio de granos ha sido una conquista de la ciencia económica sólo a mediados del siglo XVIII, cuando los postulados mercantilistas y el sistema gremial se empezaron a cuestionar. Dos fueron sus pioneros introductores en la arena política: el ministro preferido de Carlos III, el marqués de Esquilache, mediante la Real Pragmática de julio de 1765 por la que se abolió la tasa de granos y se permitió el libre comercio del trigo en el interior del reino y el otro fue Turgot -el mejor ministro que tuvo jamás Luis XVI- que hizo lo propio en Francia a través del Edicto de septiembre de 1774. Fueron los primeros intentos para la liberalización del comercio de granos en el interior de cada respectivo país.

Los efectos benéficos de este tipo de programa reformador ilustrado no se produjeron de inmediato. Por desgracia, las escasas medidas verdaderamente liberales que en la historia han sido tienden a agravar la situación sólo en un primer momento para luego -si se mantienen en el tiempo- favorecer al conjunto de la sociedad en detrimento de ciertos grupos organizados. Esto es una constante a lo largo de la historia: la conquista de cualquier parcela de libertad de la acción humana nunca ha sido fácil, siendo ineludible el toparse con obstáculos y chocar con inercias o intereses creados.

Así, en la primavera de 1766 los habitantes de diversas ciudades de España se sublevaron casi al unísono; fue el llamado motín de Esquilache (atribuir su causa a la prohibición de los juegos de cartas, del uso de la capa larga y del sombrero de ala ancha no deja de ser algo anecdótico). Por su parte, en la primavera de 1775 se produjo igualmente en Francia una ola de motines conocida como la guerra de las harinas, siguiendo las pautas clásicas de los motines de subsistencia. El pueblo acusó en ambos casos a dicha liberalización y a los "acaparadores" del alza del precio del pan. No hubo más opción que volver a las anteriores restricciones. Europa no estaba aún preparada para acoger la plena libertad del comercio de granos. Se vivía en los albores de la sociedad industrial y seguían en pie, como denunciara J.C.M. Vicent de Gournay, muchos prejuicios de eras de ignorancia pasadas.

No obstante, la semilla quedó plantada para que fructificara años después de la mano del preclaro empresario y político inglés Richard Cobden, una de las personas del siglo XIX que más hizo por la prosperidad y la paz europeas. Promovió una revolución mucho más importante y acorde con la naturaleza humana que la de su casi coetáneo Karl Marx.

Todavía hoy en el mundo no se ha logrado, ni mucho menos, una completa liberalización del comercio de granos (tampoco del resto de productos alimenticios) ni se han desterrado las numerosas subvenciones públicas a la agricultura que producen enormes distorsiones en el comercio internacional.

La seguridad alimentaria de todos –especialmente la de los pobres- estaría mejor garantizada con la total libertad del comercio mundial, pues con ello se evitaría el riesgo de poner en manos de la autoridad las llaves de la abundancia.

No pierdan de vista el oro

El canario en la mina vuelve a piar con fuerza. El precio de la onza de oro al contado en el mercado de Londres cerró el jueves en 1.742,5 dólares. ¿Y eso es mucho o poco? No tanto si se compara con el récord histórico alcanzado el pasado 5 de septiembre, cuando cotizó a 1.895 dólares, pero la perspectiva cambia si se observan otras variables. Y es que, comparar el valor del metal amarillo con el del billete verde, el papel moneda de referencia a nivel internacional, puede llevar a engaño.

Estos últimos días el mercado de oro ha pulverizado otros récord igual o más de significativos. Su demanda mundial subió un 6% en el tercer trimestre del año respecto al mismo período de 2010, hasta un total de 1.053,9 toneladas -equivalente a 57.700 millones de dólares-. Una subida sustancial, aunque la clave principal no es ésta: casi la mitad de este volumen fue adquirido por inversores (468,1 toneladas), un 33% más que hace un año; además, destaca el apetito inversor mostrado por Europa, en donde las compras subieron un 135% entre julio y septiembre, hasta las 118,1 toneladas; y lo más relevante es que los bancos centrales dispararon las compras del preciado metal hasta las 148,4 toneladas, lo cual supone la cifra más elevada en 23 años -cuando adquirieron 180- y un 556% más a nivel interanual, ahí es nada.

Que los bancos centrales se hayan convertido en compradores netos de oro supone un cambio de rumbo radical, tras casi 20 años de ventas, e implica que están acelerando su diversificación de activos a fin de compensar la depreciación de sus reservas en divisas (dólares, principalmente). De hecho, si se tiene en cuenta la naturaleza de estos agentes, resulta alarmante que los emisores monopolísticos de papel fiduciario se abracen al oro con tal inusitada fuerza, pues evidencia una creciente desconfianza hacia su propia gestión monetaria. Asimismo, que el mercado apueste al oro como inversión es síntoma inequívoco de la gran incertidumbre económica e inestabilidad bursátil que aún reina tras casi cinco años de crisis internacional. No en vano, el hecho de que Europa haya disparado su demanda en plena tormenta euro ratifica, una vez más, la percepción de que este activo constituye un valor refugio por excelencia.

Por último, si bien su precio medio ha subido un 39% interanual, el oro no ha parado de apreciarse en los últimos años, llegando a multiplicar su valor varias veces. De hecho, en la actualidad, un estadounidense precisa destinar un promedio de 88 horas de trabajo para comprar una onza frente a las 20 del año 2000, un nivel muy próximo al alcanzado a finales de los años 70, en plena estanflación. Con Europa viviendo un momento crítico, la posibilidad de que la monetización masiva de deuda pública se extienda también a la zona euro, la amenaza de una recaída a nivel global en 2012 y el mantenimiento de los tipos de interés en mínimos históricos, es normal que el oro siga brillando con intensidad y, por tanto, siga cotizando al alza en un contexto de crecientes turbulencias financieras, económicas y monetarias. Sin duda, un activo cuya evolución es preciso seguir muy de cerca.

Adiós al adiós al petróleo

La idea de que nos quedaremos sin recursos es muy vieja, pero ha tenido momentos de auténtico esplendor. Tuvo mucho predicamento en los años 70 y ha vuelto con fuerza en los últimos años. Períodos ambos marcados por la crisis económica y la inflación, que lleva a los precios de los recursos a niveles muy altos. La escuela técnica, o ingenieril, o más bien estática de los recursos ve la subida de precios como un indicador de que hay una escasez creciente, que se ve como resultado ineluctable entre un numerador fijo, la cantidad de los recursos, y un denominador creciente, la población más la demanda añadida por la mayor prosperidad. Estas ideas han sido desmentidas muchas veces. No sólo por las ideas, sino principalmente por la historia.

Pero el veredicto de la historia, aunque debemos tenerlo en cuenta para hacer un juicio sobre la adecuación de nuestras propias ideas (y de las ajenas, claro está), no puede servirnos como ilustración de una ley inmutable, porque siempre se podrá decir desde la visión estática de los recursos que esta ocasión sí es la buena. Por eso es necesario recordar las ideas que demuestran que esa visión de los recursos es errónea. Y por eso es oportuna la publicación del libro The Quest, “La Búsqueda”, que ha escrito uno de los principales expertos en la materia, Daniel Yergin.

Yergin, en un profuso repaso por la situación de la energía y del petróleo en el mundo, echa abajo una vez más la idea del pico del petróleo. La idea de que hemos alcanzado un máximo en la producción del petróleo al que no volveremos jamás y que, en consecuencia, nos enfrentamos a un futuro con menos petróleo. Yo mismo he hecho varias críticas a esa idea. Una de ellas es la vuelta al argumento de que la historia no presupone la evolución futura: el que estemos en un tramo descendiente no prueba por sí solo que pueda haber más tramos ascendentes en el futuro. Otra es que se pueden extraer cantidades decrecientes de petróleo y aun así obtener más y mejores servicios del petróleo que produzcamos por la mejora de los rendimientos. Otros varios procesos que pueden ponerse en marcha: La caída en el consumo, el estímulo a los nuevos descubrimientos o la sustitución de ese recurso por otro.

La prueba de que el hecho de que un pico pasado no presupone que no vaya a haber cumbres más altas en el futuro es que picos del petróleo ha habido ya varios. Yergin hace referencia al de 2005, que luego debió retrasarse hasta dos años después. Como la curva de la producción se resiste a mirar hacia abajo, luego se ha fijado en 2011. Ya se habla de que llegará antes de 2020. Yergin apunta que se extrae petróleo por la tecnología tradicional de un 35 a un 40 por ciento del total. El número de nuevos pozos ha caído, pero la mayoría de la nueva producción, apunta Yergin, no proviene de éstos, sino de la mejor explotación de los ya existentes. Se calcula que en el mundo se ha extraído desde el Siglo XIX un billón de barriles y que hay todavía al menos cinco billones de los cuales 1,4 billones son, con los métodos actuales, técnica y económicamente explotables.

Esta cuestión es muy importante por un motivo muy claro. Los profetas del peak oil siempre hablan de un futuro de escasez más o menos inmediato; desde luego en un plazo que comprende la vida de la gran mayoría de nosotros. Eso es importante porque de otro modo no tendrían la opción de asustarnos, que es el objetivo político más allá del análisis que hagan de la situación.

Pero si tenemos, con lo que sabemos hoy y con las tecnologías de hoy, un 40 por ciento más de petróleo accesible del que ya hemos consumido desde mediados del siglo antepasado, y podríamos ampliar la cantidad de petróleo explotable si mejoramos la tecnología, está claro que tenemos aún muchas décadas por delante de consumo de petróleo, incluso aunque lo devoremos a ritmos crecientes. Ese espacio de tiempo es esencial; mucho más importante de lo que puede parecer. Porque nos da un amplio margen a que se produzcan cambios muy importantes en la producción y el consumo de la energía. No queremos petróleo. Ni siquiera queremos gasolina. Lo que queremos es que un coche nos desplace de un lado a otro. Y si eso se puede hacer con cantidades más pequeñas de los derivados del petróleo, o incluso sin ellos porque hemos logrado la combinación perfecta entre la energía nuclear y el coche eléctrico, todo eso que hemos ganado. Y con ello volvemos a ampliar el margen antes de que se agote el petróleo.

Por eso lo esencial no es detener el sistema capitalista, sino por el contrario permitir su libre juego. Porque así los precios recogerán la situación de la escasez relativa, la transmitirán al conjunto de la economía y esto nos permitirá adaptar nuestro comportamiento, mientras los empresarios ponen en marcha todos esos procesos que nos alejan del frío futuro sin petróleo que todavía predicen algunos.

Los recursos son escasos

La mayoría de los errores en los campos de la economía y la política provienen de no entender el problema fundamental de la economía y de la existencia humana: la escasez.

Es habitual ver a la clase política, a los medios de comunicación e incluso catedráticos de economía, apoyar mensajes y teorías intervencionistas que prometen eliminar la escasez de algún recurso de forma mágica o en base a buenas intenciones. Son comunes los eslóganes del tipo "haremos que todo el mundo tenga una vivienda" o "sanidad gratis para todos".

Sin embargo, las continuas regulaciones e intervenciones en los mercados y las inseguridades jurídicas que desembocan en pobreza y crisis económicas son fruto de no entender qué es la escasez y de qué manera debemos luchar contra ella.

Con respecto a la escasez podríamos decir, como diría Goethe, que todos la viven pero nadie la entiende. Y es que si hay algo cierto, además de la muerte y los impuestos, es que vivimos en un mundo de recursos escasos. Estamos rodeados de escasez de bienes, tiempo y energía. Este problema se ha presentado en todas las etapas de la humanidad sin excepción.

¿Qué significa que un bien sea escaso? Que no podemos disponer de una cantidad ilimitada de aquello que consideramos útil.

Ciertamente, no estaría mal vivir en el Jardín de Edén. Colocados allí como Adán y Eva, contemplando el árbol de la ciencia del bien y del mal y el árbol de la vida. Recién creados por Dios, que nos entregaría todo aquello que necesitásemos para tener gozo, placer y armonía. De este modo no nos faltaría de nada. Todos los bienes serían superabundantes. Serían bienes libres, porque están disponibles en tal abundancia que no es preciso administrarlos.

Pero hasta que el tiempo se haya cumplido y estemos en el Reino de Dios, la realidad es bastante diferente. Nos encontramos con bienes escasos, llamados también bienes económicos.

Aparte de nuestra experiencia diaria, la lógica de la acción nos lleva a deducir que los medios han de ser forzosamente escasos, puesto que si no lo fueran, no serían tenidos en cuenta a la hora de actuar. Es decir, allí donde no hay escasez no hay acción humana. Toda acción humana presupone la escasez.

Decía Mises que la acción tiende al estado de reposo pero que nunca lo alcanza. En este estado se habría suprimido todo malestar, lo cual significaría la supresión de toda actividad. Los intercambios entre personas se detendrían porque nadie creería posible mejorar su situación mediante otra actuación. Se trataría de una situación en la que los medios no serían escasos, por lo que estarían plenas todas nuestras necesidades y no necesitaríamos llevar a cabo ulteriores acciones.

Sin embargo, los medios son, por definición, insuficientes para la satisfacción de todas nuestras necesidades. A este tipo de bienes que el actor cree subjetivamente que son necesarios para alcanzar algún fin los hemos denominado anteriormente bienes económicos. Constituyen el fundamento de la acción y únicamente de ellos se ocupa la economía.

¿Es absurdo enterrar la basura?

Todos hemos participado una y mil veces en las típicas discusiones de café con los compañeros del trabajo o en las sobremesas de las cenas familiares, donde te toca intercambiar puntos de vista con el compañero o cuñado de turno sobre temas tan variopintos como la energía nuclear, la pesca masiva, el tercer mundo o el tema que trato hoy: por qué narices enterramos la basura en vez de reciclarla (o no producirla directamente).

La respuesta, para cualquier persona que conozca el tema o tenga algo de formación económica y sentido común, no puede ser más sencilla: porque es más económico que las alternativas. La respuesta común del ciudadano "comprometido" y desinformado es que será más económico para quien se beneficia de ese sistema, pero mucho más costoso para la sociedad. Hay incluso quien lo compara con esconder lo que se barre debajo de la alfombra.

Ante estos argumentos te toca remangarte e intentar poner un poco de raciocinio en las mentes de tus sorprendidos y algo cabreados contertulios.

Hay que empezar intentando aclarar qué alternativas hay a día de hoy al enterramiento de ciertos residuos urbanos. Son dos:

  • Reciclar estos residuos, aumentando el coste de gestión.
  • Y no generar este tipo de residuos, aumentando el coste de ciertos productos al tener que utilizar alternativas más caras.

Cuando ya tenemos claro que no enterrar los residuos también tiene un coste alto para la sociedad, podemos compararlo con el de enterrarlos. Los vertederos, o rellenos sanitarios, son lugares especialmente diseñados para depositar todos aquellos desechos que no se reciclan y, siguiendo ciertos métodos de ingeniería, son enterrados en capas para que finalmente, una vez saturado, se reutilice el lugar para otros fines (normalmente parques naturales). El coste es fácilmente cuantificable: el precio del terreno usado más las externalidades (principalmente, malos olores a los terrenos colindantes).

Si el vertedero se ha realizado correctamente, una vez saturado el terreno, éste vuelve a ser útil y apenas quedan señales del uso que se le dio durante su época operativa. Por tanto, ni la sociedad presente ni la futura van a pagar ningún precio extra por haber escogido este método. Dicho de otra manera: nadie va a tener que recoger lo que otro ha dejado debajo de la alfombra, de la misma manera que nadie recoge los sedimentos que hay enterrados sobre un terreno a no ser que tengan algún valor.

Otra cuestión es que, según se vayan saturando las localizaciones válidas para ser utilizadas como vertedero, más costoso será utilizar nuevos emplazamientos (más lejanos y/o menos idóneos). Por lo que los costes de enterrar se elevarán aproximándose a los de reciclar y no usar, potenciando el desarrollo de nuevas técnicas de reciclado y nuevos materiales, y haciendo que disminuyan los residuos a enterrar.

Pero esto último es un proceso que de forma natural llevará décadas realizar y que será transparente para las personas que no nos dediquemos al mundo del tratamiento de residuos. Eso siempre y cuando los compañeros y cuñados de turno no voten a políticos demagogos que nos obliguen a decantarnos por la opción más cara sin que estemos preparados y provoquen, por tanto, el consiguiente empobrecimiento de la sociedad en beneficio de quienes venden soluciones aún no optimizadas.

El IPCC se queda sin la subvención de Obama

La enmienda a la ley de presupuestos, propuesta por el republicano Blaine Luetkemeyer, fue aprobada tras una contundente votación 244 a 179.

Luetkemeneyer convenció a la mayoría de los congresistas con un discurso en el que planteó que si las familias norteamericanas están apretándose el cinturón en cuestiones importantes, qué menos que el Estado haga lo propio dejando de financiar a un panel de Naciones Unidas cuya objetividad científica está en tela de juicio desde hace años. Son muchos los científicos que se han retirado de este panel –y más aún los que se niegan a colaborar con sus trabajos– debido a las tendenciosas conclusiones que suelen incorporar en el resumen para políticos.

El IPCC, que compartió el premio Nobel de la Paz con Al Gore en 2007 por sus trabajos sobre Cambio Climático, mantuvo durante años la teoría del Palo de Jockey contra el criterio de numerosos científicos. Sólo cuando Steve McIntyre desmontó pieza por pieza esa teoría catastrofista, el IPCC se desembarazó de ella sin dar explicaciones. Pero el Luetkemeyer no se refirió a estas cuestiones sino a la participación de muchos de los científicos que colaboran activamente con el Panel, en el Climategate, el escándalo de los e-mails gracias a los que se supo que muchos de los líderes científicos del catastrofismo calentólogo habían escondido datos, ocultado importantes dudas, boicoteado a todo el que no pensara como ellos, silenciado voces discordantes y retorcido las series estadística todo lo que habían podido para que la "realidad" encajara de algún modo en sus teorías alarmistas.

Otro argumento de Luetkemeyer que ayudó a convencer al Congreso (de mayoría republicana: 242 frente a 193 desde el descalabro de partido de Obama en los midterms de finales del años pasado) fue que más de 700 prestigiosos científicos internacionales han contestado al último informe del IPCC en un informe de 740 páginas. Entre estos científicos se encuentran miembros del Departamento de Energía y Defensa de los EEUU, de la Fuerza Aérea y Naval, de prestigiosas universidades como Harvard, MIT o Princeton, e incluso de la Agencia de Protección Medioambiental de los EEUU.

La eliminación de la partida de 13 millones de dólares que Obama pensaba conceder al IPCC en la ley de presupuestos que estudia en este momento la Casa de Representantes estadounidense supondría, de confirmarse en el Senado, un duro golpe político y financiero para Naciones Unidas y su plan de instaurar un sistema de racionamiento de emisiones a escala global. La decisión, que se produjo a las dos de la mañana (habrá que reconocer que los congresistas estadounidenses trabajan más que los nuestros), llega pocos días después de que el Gobierno estadounidense se diera por vencido en su intento de establecer un sistema de racionamiento de emisiones de CO2 y comercio de derechos de emisión en el país. Las encuestas muestran que los ciudadanos rechazan mayoritariamente ese tipo de medidas y los líderes republicanos no han tenido más que mostrar el video en el que Obama reconocía, poco antes de ser nombrado presidente, que esas medidas que intentaría aprobar necesariamente dispararían el precio de la electricidad. En fin, lo que ha pasado aquí en España, donde la electricidad se ha disparado desde que Zapatero llegó al poder defendiendo ese tipo de medidas. La diferencia es que Zapatero ya se las encontró aprobadas por el Gobierno del PP.

Una España menos ecológica

Nadie ha dado todavía la voz de alarma, pero en los últimos cuarenta y tantos días, España se ha convertido en un país mucho menos ecológico y su sistema económico ha perdido en "sostenibilidad" desde una óptica medioambiental. Gracias a cierto grupo de personas, que ha actuado según los planes diseñados en ciertos despachos y bajo la influencia de determinados grupos de presión, en este país ha aumentado el consumo de energía (en especial, no renovable) y de bienes con un tiempo de uso muy reducido, fabricados con materiales contaminantes.

Cualquiera que observe el comportamiento de los habitantes y de determinados pequeños empresarios de las ciudades (y suponemos que también de los pueblos) españolas desde que comenzó el presente año, podrá darse cuenta de que han surgido nuevos hábitos. Se trata de unas recientes costumbres que tendrán –aunque Greenpeace, Ecologistas en Acción y otras ONG similares no hayan realizado todavía el cálculo pertinente– unas consecuencias muy negativas sobre el medio ambiente. Y lo peor es que quienes adoptan estos usos (consumidores y pequeños comerciantes) lo hacen inducidos por terceros, por mucho que ellos crean estar haciéndolo de forma libre.

En unas pocas semanas se ha disparado en España la compra y el uso de unos dispositivos que consumen, cada uno de ellos, 0,88 kg de propano (o su equivalente en butano) a la hora. Y su demanda no para de crecer. Dichos dispositivos están encendidos mucho tiempo cada día, según quién los use puede variar entre unas cuatro y doce horas por jornada. Si se tiene en cuenta que las existencias de estos aparatos se han agotado, podemos estar hablando de decenas de miles de ellos funcionando y consumiendo energía no renovable a un ritmo altísimo cada día a lo largo y ancho de todo el país. Son las "setas" de calor instaladas en terrazas de bares y cafeterías de toda España. Por si esto no fuera suficiente, quienes no pueden costeárselas (son muy caras), optan por alternativas más baratas y de peor calidad que utilizan energía eléctrica.

Pero la cosa no se queda en estos dispositivos. Se ha generalizado el uso callejero de unos recipientes de plástico de un solo uso cuya utilización era muy inferior hasta diciembre del año pasado. De hecho, antes eran del agrado de jóvenes con aficiones etílicas urbanas y de algunas otras personas que los utilizaban en el recinto de alguna piscina y poco más. Ahora, sin embargo, son usados por hombres y mujeres de todas las edades a diferentes horas del día, que retienen en ellos productos líquidos que antes no salían del vidrio y porcelana. Nos referimos, por supuesto, a los miles de vasos de plástico usados cada día por una gran cantidad de personas que así pueden fumarse un cigarrillo en la calle mientras se toman un café u otra bebida.

El "grupo de personas" de los que hablábamos antes no son otros que los diputados que aprobaron la ley antitabaco, y "los despachos" no son otros que los del Ministerio de Sanidad y La Moncloa, así como la sede de los partidos. Cualquier ley puede tener efectos imprevistos sobre cuestiones difíciles de imaginar para el legislador. Este es un buen ejemplo de eso. Tan sólo esperemos que ningún político lea este artículo; su respuesta sería prohibir los vasos de plástico y las "setas" de calor.

El intervencionismo en todo su esplendor

Inmediatamente después, he acudido a Google para buscar si el gobierno ruso había impuesto recientemente algún control de precios sobre los cereales y, efectivamente, así ha sido: hace apenas unos días, y con la excusa de la sequía, el Ejecutivo de Putin estableció un precio máximo para el trigo y otros alimentos, pese a que había sobrados excedentes de producción (10 millones de toneladas más que lo que se consumió en 2009). Les recomiendo que hagan la prueba: siempre que escuchen la palabra desabastecimiento, indaguen dónde está el control de precios. Seguro que lo encuentran.

Lo cierto es que los Estados siguen repitiendo, una vez tras otra, las mismas políticas fracasadas de toda la vida y, como es de esperar, se siguen idénticos resultados catastróficos. Los controles de precios son una reacción instintiva y primaria de los gobernantes ante un cortocircuito en la producción: si hemos tenido una sequía, razonan, hemos de impedir que los precios de los alimentos suban para que todos los ciudadanos, desde el más rico al más pobre, puedan tener acceso a ellos. Si sufrimos una carestía, lo más fácil es prohibir que quede reflejada en los precios.

El problema es que la función del sistema de precios es precisamente ésa: reflejar las carestías relativas de los productos; descubrir dónde resultan más valiosos determinados bienes. Si una región medianamente desarrollada del mundo puede permitirse sufrir una enorme sequía sin que automáticamente el 90% de su población muera por inanición, es gracias al sistema de precios. El funcionamiento es sencillo: si falta trigo en Rusia, como la gente no quiere morirse de hambre, empieza a pagar cada vez más por el trigo; y esos altos precios del trigo llevan a los agricultores extranjeros a venderles parte de su cosecha a los rusos. Así, el trigo disponible en todo el mundo se redistribuye allí donde más necesario resulta: basta con que los australianos o los estadounidenses consuman durante unos meses un poquito menos de pan y de cereales con leche para que los rusos no mueran de hambre.

Pero hete aquí que llega el político populista de turno y, dado que no puede repartir pan y trigo entre sus súbditos, al menos promete que impedirá que los especuladores se lucren con las subidas del precio del trigo y establece un precio máximo "asequible" por encima del cual no se puede ni comprar ni vender trigo.

El resultado es que algo que era un problema menor (o en este caso, ni siquiera un problema), va degenerando en un desastre. El efecto más inmediato de rebajar artificialmente el precio de un producto –o de impedir que suba de precio cuando se ha vuelto mucho más escaso– es que todos los compradores acuden en masa a comprar trigo, mientras que los vendedores son reacios a deshacerse de él a precios tan poco competitivos. Es decir, todo el mundo quiere comprar, pero nadie quiere vender. ¿Consecuencia? El producto resulta cada vez más difícil de conseguir: aunque hay gente que está dispuesta a pagar un precio por el que el vendedor aceptaría enajenar el bien, no pueden cerrar la transacción porque el Gobierno se lo impide.

Un poco duro, ¿no cree? Imagine que quiere ir a comprar comida y no la puede conseguir. Acto seguido entrará en pánico y su obsesión no será ya garantizarse la provisión de comida para hoy, sino para los próximos meses, no sea que el desabastecimiento perdure. En otras palabras, no es que la demanda aumente un poco, es que se dispara en términos relativos con respecto a la oferta, con lo que el desabastecimiento todavía se agudiza más. Quienes primero lleguen a la tienda se quedarán con toda la producción, y las viejecitas que vayan más rezagadas se quedarán sin nada. En lugar de distribuir los bienes por necesidades, los redistribuimos según la longitud de las zancadas.

Pero no crea que la cosa termina aquí. Los productores no son tontos y si el Gobierno les obliga a vender su escasa producción a unos precios que no les resultan remunerativos, lo tienen tan fácil como vender su mercancía al extranjero, donde no se han implantado controles de precios. Fíjese en lo absurdo y disparatado de la situación: un país padece una sequía brutal y en lugar de estar importando trigo a toneladas… ¡lo está exportando!

Y claro, como ya pronosticaba Mises, una intervención lleva a otra sin que ninguna de las dos sirva para otra cosa que para empeorar la situación. Si los productores de trigo venden al extranjero, al Estado no se le ocurre eliminar la causa originaria de esa completa anomalía –los controles de precios–, sino prohibir las exportaciones. En este punto se encuentra ahora Rusia. El paso siguiente, si nadie regresa a la sensatez, será el de establecer cartillas de racionamiento para que ningún ruso se quede con más trigo "del que necesita".

No se extrañe tampoco de que empiecen a perseguir a los especuladores, acusándoles de restringir artificialmente la oferta, aunque sea un completo disparate. Lo que menos les interesa a los especuladores en momentos de controles de precios es incrementar sus inventarios de trigo, pues no podrán revenderlo a un precio mayor. Más bien al contrario, si esperan que los controles de precios perduren, lo más inteligente que pueden hacer es liquidar lo antes posible los stocks de trigo que posean, asumir las pérdidas y borrón y cuenta nueva.

Pero el resultado final será el mismo: si los controles de precios perduran, los productores de trigo desinvertirán en esta industria y se dirigirán a otros sectores donde la rentabilidad sea mayor. Un cierto desabastecimiento puntual se convertirá en una escasez crónica debido a reducciones permanentes de la oferta… a menos que se establezcan también controles de precios en el resto de la economía para evitar diferenciales en la rentabilidad, en cuyo caso el desabastecimiento y la carestía crónica se volverán universales. De hecho, el control universal de precios tiene un nombre que arrastra un historial de miseria y desolación: socialismo.

Ahí tienen el intervencionismo estatal en todo su esplendor: de la abundancia a la escasez por obra y gracia de políticos ineptos y demagogos.

Cine nada liberal: el fin del mundo estaba cerca, pero no llegó

En 1968, un conjunto de personalidades de diferentes disciplinas se reunieron para analizar un mundo revuelto, un mundo en plena crisis económica y moral. El Club de Roma fue una iniciativa que pretendía entender por qué Occidente estaba en quiebra, por qué había que rendirse ante un nuevo orden mundial en el que avanzaba el intervencionismo, un nuevo orden mundial donde el comunismo del bloque del Este era una opción, como poco, tan válida como el decadente capitalismo.

Inmerso en esta pesimista visión, el Club encargó a Donella H. Meadows, Dennis L. Meadows, Jørgen Randers, and William W. Behrens III la realización y publicación de un informe que se titularía “Los límites del crecimiento” y que vio la luz en 1972. El agotamiento de los recursos, la destrucción del medio ambiente, el exceso de población, el hambre, la guerra y la crisis económica fueron algunos de los asuntos que abordó. Pero estos problemas, ficticios o reales, ya venían teniendo su sitio en la industria cinematográfica que buscaba nuevos temas con los que llenar las salas.

Nunca he tenido muy claro si el cine refleja la sociedad o la sociedad busca modelos en el cine y en general en las artes y en la actividad presuntamente intelectual, o ambas cosas a la vez. De cualquier manera, la década de los 70 fue una época de derrota, una época en la que Occidente estuvo a punto de tirar la toalla. El final de los años 60 y la década de los 70 quedaron reflejados en un conjunto de películas que mostraban este fututo pesimista, la inevitable catástrofe que se avecinaba.

Que el ser humano sea como un virus para la Tierra no es un mensaje novedoso. Los humanos han jugado a ser Dios demasiadas veces en la ficción cinematográfica y como obstinados pecadores han sido castigados por su arrogancia en multitud de ocasiones. En una de las escenas más famosas de “El Planeta de los Simios” (Planet of the apes, 1968), el coronel George Taylor (Charlton Heston) maldecía a los pies de los restos de la Estatua de la Libertad a una humanidad que había destruido la Tierra a la que él había vuelto siglos después. El resto de las películas de la saga pretendieron, con escasa calidad argumental, explicar cómo el hombre era capaz de destruirse a sí mismo y encumbrar al simio a la punta del la pirámide evolutiva.

No fue el único caso. En el entorno de la Guerra Fría, la guerra bacteriológica había reducido aparentemente la humanidad a un único hombre, de nuevo Charlton Heston, en “El último hombre vivo” (The Omega Man, 1971) y a un montón de seres que parecían vampiros. Basado en un relato de Richard Matheson, “Soy Leyenda” (ya tiene tres versiones este cuento, Vicent Price, Charlton Heston y Will Smith) mostraba de nuevo a una humanidad dispuesta a autodestruirse, pagando su crimen con la desaparición o la mutación. Burt Lancaster, Sophia Loren, Richard Harris y Ava Gadner lo tenían complicado en un tren infectado por un virus mortal que no debía bajo ninguna circunstancia afectar al resto del planeta en “El puente de Cassandra” (The Cassandra Crossing, 1976). El contubernio entre los militares, locos por usar la violencia, y los científicos, jugando a ser el doctor Frankenstein, ha dado grandes momentos al cine conspirativo, pero también ha ayudado a las causas antiliberales.

La escasez de los recursos, su agotamiento y sus consecuencias es otro de los temas propios de las películas de los años 70. Quizá la más famosa sea la saga de Mad Max que empezó en 1979: un mundo donde la falta de petróleo había generado una sociedad loca, violenta, incapaz de sobrevivir cohesionada, de salvaguardar las instituciones que había creado durante siglos, incapaz de buscar alternativas a la falta del oro negro, dominada por mafias violentas que lógicamente disfrutan de la poca gasolina que parecía quedar en carreras y persecuciones destinadas al espectáculo. Está claro que el último mensaje sería: el libre mercado y el capitalismo no es válido pues nos ha conducido a la competencia salvaje, la del más fuerte.

En esta línea, “Cuando el destino nos alcance” (Soylent Green, 1974) nos mostraba un Nueva York superpoblado con una población desesperada, medio muerta de hambre que paradójicamente, no era capaz de huir a otros lugares donde prosperar. Ante tal situación, una empresa saca al mercado una nueva comida sintética (el soylent green que da nombre al título original) que solventaría la hambruna de los habitantes de la ciudad. El protagonista, el detective Thorm (de nuevo Charlton Heston) descubrirá que el nuevo alimento se hacía a base de los cuerpos de los humanos muertos. Curioso y sorprendente sistema de alimentación, desde luego muy poco económico y viable. La película, además de denunciar el problema de la superpoblación y la escasez de recursos, atacaba a la naturaleza de las empresas que buscaban el beneficio rápido, sin ningún tipo de escrúpulo.

Otro de los conceptos que manejaron los creativos fue el posible conflicto nuclear entre las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, que no sólo iba a dar películas de espionaje al estilo 007. En “Ultimátum a la Tierra” (The Day the Earth Stood Still, 1951) un extraterrestre nos avisaba en nombre de su especie (un tanto maternal y autoritaria) de las consecuencias de la carrera armamentística atómica (décadas después lo haría sobre el cambio climático, no sin antes iniciar un genocidio entre la humanidad). Unos años después, en 1959 se estreno “La hora final” (On the beach) que cuenta la lucha desesperada de los supervivientes del holocausto nuclear recluidos en Australia, esperando la muerte y visitando en un submarino una ciudad americana de la que surgen aparentes señales de vida.

En la película “Punto Límite” (Fail-safe, 1964) el presidente de los Estados Unidos, interpretado por Henry Fonda, daba su permiso para que los rusos bombardearan Nueva York tras un incidente en el que un avión americano sin control bombardeaba Moscú. El mismo argumento, el mismo año, pero desde una perspectiva más paródica y desenfadada se podía ver en la película “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb) que rodara Stanley Kubrick. Tan mal estaba Occidente que no era capaz de defender a sus propios habitantes. Siniestra simetría en la que el presidente americano dejaba que mataran a sus compatriotas. El colofón a las películas con la apocalipsis atómica la tuvo “El día después” (The Day After, 1983) que si bien fue rodada para televisión, se llegó a estrenar en cine en España y mostraba el día después de un ataque nuclear contra una ciudad estadounidense.

Antes de “Avatar”, antes de “El día del mañana”, la conciencia ecologista, la destrucción de hábitat natural por parte del ser humano despiadado tenía cabida como idea central en “Naves silenciosas” (Silent Running, 1972) que mostraba una humanidad que tenía las últimas reservas de plantas y animales orbitando en torno a la Tierra. La ausencia de dinero y de voluntad política era la razón por la cual las autoridades decidían destruir estas naves orbitales. El protagonista humano, Freeman Lowell (Bruce Dern) y unos cuantos robots (antepasados probablemente de R2D2), seguramente con más conciencia que el despreciable humano medio, se rebelaban y luchaban por salvar las últimas plantas y animales de la Tierra que de manera melancólica se perdían en el espacio exterior.

Lo cierto es que el cine de los años 70 es un cine triste, donde el “happy end” propio de décadas anteriores queda relegado a unas pocas comedias, donde lo social se pone de moda, donde todo supuesta calidad pasa por una guion socialmente comprometido, una moralina final, si puede ser pesimista, y unos mensajes muy concretos. En la película de Sidney Pollack, “Danzad, danzad, malditos” (They Shoot Horses, Don’t They?, 1969) el protagonista terminaba suicidándose tras, en plena Gran Depresión, participar en un concurso de baile en el que pretendía ganar un premio que le permitiera sobrevivir en un entorno hostil y deprimente. La relación que se crea entre Jane Fonda y Michael Sarrazin no es suficiente para que este último termine eligiendo la vía más fácil de escapar, pero la lucha no estaba de moda.

Los 70 es la época donde el policía pasa de héroe a villano, donde el sistema se muestra corrupto por su propia naturaleza, donde Charles Bronson, Clint Eastwood o Steve McQueen protagonizan personajes duros, ajenos a la ley, hartos de un mundo sin principios morales, que inician su propia caza del enemigo, una época donde el gánster se convierte en héroe cuya actividad delictiva es fruto, no de su codicia, sino de la sociedad que no ha sabido educarle adecuadamente, de unos principios morales conservadores, castrantes, desafortunados, egoístas que lógicamente deben ser cambiados. Principios morales en los que se empieza a apuntar, por ejemplo, a modelos “familiares” novedosos como el que crean los protagonistas de “Los aventureros del Lucky Lady” (Lucky Lady, 1975), Gene Hackman, Liza Minelly y Burt Reynolds, que en plena época de la Ley Seca terminaban formando un trío-matrimonio perfecto mientras realizan sus actividades ilegales (por otra parte, bastante liberales como el contrabando de alcohol).

No se confunda el lector. Casi todas las películas que antes he nombrado son grandes películas con grandes actuaciones de maravillosos actores y actrices. De la primera a la última, recomiendo su visionado, al menos una vez. Siempre me ha gustado el cine por sí mismo, no busco mensajes y si los veo es bastante posible que los ignore si me parecen irrelevantes o que los medite si me parecen más profundos y me da por ello. Pero me ha parecido interesante destacar que el cine que vemos es muchas veces reflejo de la época que le ha tocado vivir y sus fobias y filias son las fobias y filias de la gente, si el mercado es libre, o de los que lo manejan: políticos, productores y sindicatos de actores, si está subvencionado y se usa como herramienta de adoctrinamiento. Pero más allá de todo eso, el cine es un arte vivo e imprescindible para el que quiera entender una sociedad.