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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

La noche del calentamiento global

Según el guionista del documental el clima se está "recalentando": las facultades de periodismo hacen estragos con el lenguaje. Ningún experto de los que han consultado tiene ninguna duda sobre lo que está sucediendo y lo que hay que hacer: algo extraño en científicos, porque un tema tan vasto y complejo da para muchas incertidumbres (quizás convenga un prudente escepticismo y actitud crítica). Se afirma poéticamente (y patéticamente) que cada cambio, por minúsculo que sea, afecta a todos los seres vivos: pero la ciencia consiste en establecer y distinguir relaciones relevantes, no vale el "todo está relacionado".

Vivíamos en el clima perfecto (qué casualidad) sin saberlo, porque todos los cambios que pueden producirse se presentan como negativos. Tal vez sea que los posibles beneficiarios de un clima más cálido prefieren callar, y que todo el que tiene algún problema o perjuicio lo achaca al cambio climático a ver si Papá Estado se lo soluciona o indemniza.

La fibra sensible se toca de forma facilona recurriendo a los niños: "I love Kyoto" pinta uno que parece saber mucho del tema para su tierna edad (¿o quizás le han dicho lo que debe pensar?). Se lanza la pregunta de si tendrán alimentos, agua, y oxígeno en el futuro: no es broma.

En España probablemente habrá más olas de calor, pero se silencia que también habrá menos olas de frío, que son bastante más peligrosas para los seres humanos. El misterio de las abejas desaparecidas es probable que se deba a un parásito, pero se relaciona con el cambio climático: por si cuela, todo es posible. Algunos osos no han hibernado este último invierno tan benigno: tiene que ser muy malo seguir activo y pudiendo alimentarse. Parece que hay aves que se ahorran alguna migración porque ya no tienen que huir del frío: espantoso. Los fenómenos más extremos (sequías, lluvias torrenciales, huracanes, tornados) son muy espectaculares y se asegura que se intensificarán, pero en este ámbito la incertidumbre científica es grande. Tal vez haya menos precipitaciones en la península (las predicciones globales son al revés, de más precipitaciones), pero no se menciona que el problema del agua es que no se economiza porque no hay derechos de propiedad, ni mercados libres, ni precios; a cambio se ofrece moralina y concienciación.

Algunas especies podrían desaparecer (hasta un enorme 30%, según algunos), pero se trata de especulaciones teóricas sin contrastación empírica (cambios climáticos precedentes no produjeron tales catástrofes ecológicas). Muchos seres vivos se ven afectados más por la invasión humana de sus hábitat que por el cambio climático. Nos asustan con los mosquitos, el paludismo y la malaria, que se dan en zonas frías y que tienen mucho más que ver con condiciones sociosanitarias. No tiene nada que ver con el cambio climático, pero aumenta el cáncer de piel y nos lo cuentan (quizás se deba a que la gente toma más el sol, pero no nos lo sugieren). James Lovelock se queda tan tranquilo prediciendo que sólo sobrevivirá el 20% de la población mundial actual (migraciones, guerras). Al menos defiende la energía nuclear, pero se nos repite la falacia de que no está resuelto el problema de los residuos radiactivos.

Se insiste especialmente en el aumento del nivel del mar, con efectos especiales que muestran cómo se inundan zonas costeras e incluso alguna ciudad marítima. Se afirma que una elevación de un centímetro implica un retroceso de las playas de un metro, y como se prevén unos 40 centímetros de elevación en los próximos cien años se teme que muchas playas desaparecerán: se ignora que el nivel del mar lleva milenios subiendo a un ritmo parecido al actual (y las playas son entes dinámicos que no han cambiado tanto), y se olvida que los seres humanos pueden proteger o regenerar las playas y proteger con diques las zonas más delicadas. La gente sigue comprando viviendas cerca del mar (ZP da ejemplo); no parece que les preocupe demasiado la posible elevación de las aguas.

Se critica que la gente derrocha recursos como si fueran ilimitados (no se habla de escasez, derechos de propiedad, precios) y se recomienda eficiencia y ahorro, cosas de sentido común que el desarrollo tecnológico y la acumulación de capital consiguen por sí solos (aunque quizás el consumo total de energía siga creciendo en contra de los deseos de algunos ecologistas, porque la gente aspira a vivir mejor y esto suele ir asociado con más consumo energético). Se proponen energías renovables, que tal vez sean las del futuro, pero que no son las del presente porque aún son muy caras y sólo subsisten por cuantiosas subvenciones estatales. Parece que no hay peor catástrofe que no hacer nada, pero quizás lo sea hacer algo equivocado.

Propiedad privada y medio ambiente

Hace unos meses tuve la ocasión de acudir a un seminario que tenía como objeto el estudio del medio ambiente. El curso duró varios días, en los que se habló largo y tendido sobre la apartados habituales en los que se suele dividir dicha materia, como la flora, fauna, ecosistema, contaminación, vertido, residuo, etc. Mientras que los contenidos técnicos me sorprendieron gratamente, a la hora de analizar las causas de los problemas medioambientales, me extrañó bastante que la persona que dirigía el curso no le diese ninguna importancia a la titularidad de los bienes que solían tener más problemas de contaminación.

A la hora de analizar el problema de la contaminación, recuerdo que la conferenciante lo atribuía a los males de la llamada “sociedad de consumo”. Cuando le pregunté que si podía explicar un poco más este concepto afirmó que las empresas forzaban a sus clientes a comprar productos que no necesitaban, con el fin de elevar sus beneficios, y que para producirlos necesitaban emplear una gran cantidad de materias primas y fuentes de energía, lo que conducía a la contaminación.

Como quiera que no terminaba de ver la relación causa-efecto que me intentaba dibujar, le pregunté que si no consideraba significativo el hecho de que las mayores catástrofes naturales y los mayores índices de contaminación se produjesen en bienes cuya derecho de propiedad era de alguna manera débil. Para ilustrar mi afirmación le expuse algunos ejemplos. Los accidentes marítimos se producen en mares y océanos, que son de titularidad pública. Lo mismo ocurre con la contaminación atmosférica ya que el aire es de dominio público, o con los vertidos en aguas subterráneas o superficiales (que son propiedad de las distintas administraciones públicas). Sin embargo es bastante más infrecuente encontrarse con casos de contaminación significativos en terrenos privados.

Como se pueden figurar no llegamos a ningún acuerdo común la conferenciante y un servidor, aunque me asombró cuando me consideró uno de los participantes del seminario que más ideas nuevas le había aportado. Pese a nuestro desacuerdo, su intervención me sirvió para reflexionar sobre la falsa creencia existente en muchas personas que vincula la contaminación al sistema de libre mercado, cuando precisamente la propiedad privada es uno de los mayores aliados que tiene el medio ambiente.

Pensemos por ejemplo en el simple hecho de tirar un papel al suelo. Para cualquiera de nosotros sería inconcebible ver como alguien realiza este acto en nuestra casa o en la de una persona que nos haya invitado a pasar. No obstante, podemos estar seguros que la situación anterior de respeto a la propiedad ajena no se produce cuando pisamos una calle pública, donde cualquiera habrá podido observar a viandantes realizando este acto con la mayor normalidad del mundo. La razón por la que sucede esto es precisamente por el ejercicio del derecho de exclusión que lleva aparejado la propiedad de un bien privado. Si una persona procede a tirar basura en un bien propiedad de otro particular, con casi toda certeza el titular del mismo acudirá a ejercer su derecho de uso exclusivo, prohibiendo el paso a la persona que trata de ensuciarle el bien. No obstante, no ocurre lo mismo con las propiedades públicas, ya que la indefinición de su titularidad provoca una menor preocupación por la situación del bien.

El motivo de esta vigilancia que ejerce el propietario de un bien sobre éste no es otro que la preocupación por la posible pérdida de valor del mismo. El titular del bien quiere que éste mantenga o aumente su valor a lo largo del tiempo. La propiedad de un bien implica dedicarle tiempo, dinero y esfuerzo. Y lógicamente a su propietario le inquieta que se produzca un deterioro en el mismo, que es básicamente lo que ocasiona la contaminación. Por tanto un bien privado tiene el mejor guardián posible para tratar que la contaminación en el mismo sea lo menor posible, su propietario.

Es factible que el propietario del bien, por el motivo que sea, no se preocupe del estado del mismo, y deje que éste se contamine. En sí no se trata de un deterioro medioambiental preocupante, ya que si los dueños de las zonas colindantes sí que pueden estar interesados en el estado de su propiedad, por lo que existe un límite a la contaminación, la propiedad original. En el momento en que la contaminación sobrepasa los límites de la posesión en que se originó, los demás afectados pueden exigir el cobro de una compensación que repare los daños causados a sus bienes.

Esto no quiere decir que la contaminación en terrenos privados no vaya a superar jamás los límites de la propiedad. Sin embargo sí que garantiza un mayor cuidado por parte de los propietarios, al tener que responder ante terceros de los daños ocasionados por su dolo o negligencia. Y esta responsabilidad, al poderse demandar ante los tribunales mediante la exigencia de compensaciones e indemnizaciones, se transforma en una mayor preocupación por el estado de los bienes de los que un propietario es titular.

Por tanto, la propiedad privada no es enemiga del medio ambiente, sino que al revés, se convierte en una de las mejores garantías existentes para reducir la contaminación y conservar el medio natural.

ZP no cree en el calentamiento global

Ante esta perspectiva, cualquier ciudadano respetuoso con la sostenibilidad y mentalizado con los riesgos medioambientales elegiría construirse una casa en lo alto de una colina en plena cordillera central antes de hacerlo en primera línea de playa. Y, sin embargo, Zapatero ha hecho esto último, a pesar de las advertencias de la ministra Narbona, que en repetidas ocasiones ha aconsejado a la gente que huya de las cercanías de la costa ante la inminente subida de los mares. La residencia veraniega de nuestro presidente estará por tanto entre las primeras que serán engullidas por el océano en cuanto lo del cambio climático pegue el petardazo tantas veces anunciado. Pero como ZP es un tipo bragado, no sólo ha comprado una casa peligrosamente cercana al mar, sino situada además justo en la desembocadura de una rambla, con dos cojones.

El lugar elegido para la segunda residencia de la familia Rodríguez es la ciudad almeriense de Vera, cuyo ayuntamiento ha conseguido la proeza de convertir ese bonito pueblo costero en el primer municipio del mundo mundial que declara urbanizable la totalidad de su superficie. Ciento quince mil viviendas se construirán próximamente en la zona, lo que no está nada mal para un pueblo de once mil habitantes. Con esta inversión, Zapatero hace un flaco favor al discurso de su partido en todas las localidades costeras (en las que no gobierna, me refiero), denunciando incansable la tragedia del urbanismo salvaje, de la que al parecer tan sólo la derecha es responsable. Pues a ZP no le parece tan salvaje, y si se lo parece lo disimula bastante bien.

En sus últimas intervenciones dentro de la actual precampaña electoral, Zapatero ha hecho hincapié en su firme determinación de luchar contra el cambio climático. Lo que no sabíamos es que iba a combatir en primera línea de fuego. Una de dos, o es un farsante que mide nuestras luces en función de las de su gabinete, o es todo un valiente. En cualquier caso, ¡qué tío!

Cadena de valor, café y comercio justo

Una de las falacias más habituales con las que las asociaciones de agricultores intentan que los consumidores nos pongamos de su parte en tanto que contribuyentes, es el porcentaje exiguo que reciben del precio total por el que se venden sus productos. De hecho, en una manifestación reciente, ese fue el argumento que encontró más eco en los medios, especialmente porque se escogieron como ejemplo unos productos (los cítricos) no demasiado representativos, en los que a día de hoy la diferencia es mucho mayor de la media.

El problema es que, intuitivamente, consideramos que la fruta que recolecta un agricultor en el campo es el mismo producto que adquirimos en la tienda de la esquina o en el gran hipermercado que tenemos más o menos cerca de casa. Es, después de todo, el mismo objeto físico. Sin embargo, económicamente, no se le puede considerar el mismo bien. La naranja recién recogida en una huerta valenciana no tiene ni puede tener para mí, que vivo en Madrid, el mismo valor que esa misma naranja a la venta en el supermercado que hay al lado de mi casa.

No hay que ser un lince para darse cuenta de la razón. Para conseguir esa naranja recién recogida debería coger el coche, trasladarme a Valencia, conseguir que el agricultor no me mande a freír espárragos por molestarle (ya que él no se dedica a la venta) y volver a Madrid con mis naranjas. No cabe duda de que los costes, tanto en dinero como en tiempo y molestias, son indudablemente superiores a los de ir a la tienda a comprar. Y es que un bien de consumo no se define sólo por sus características físicas sino por otras muchas como situación, garantías de calidad, etc. Llevar el producto al consumidor tal y como éste lo quiere necesita de la intervención de muchas empresas, de mucho trabajo y capital, que necesita también de remuneración.

Sin embargo, ésta no es una realidad intuitiva, capaz de llegarle a la gente con facilidad, lo que propicia que surjan movimientos como el "comercio justo", cuyo producto estrella es el café. La teoría detrás de este movimiento no es más que marxismo puro: considera que los agricultores de los países pobres están explotados por los intermediarios y los minoristas, que se enriquecen así injustamente con el sudor de los parias de la tierra. De modo que ofrece a los consumidores café pagado a los productores a precio por encima del mercado y que tiene la "garantía" de que se recolecta pagando a los trabajadores un salario que sea igual o superior al mínimo impuesto por el Gobierno del país.

La puesta en práctica de esta teoría se ha encontrado con muchos obstáculos, el mayor de los cuales, sin duda alguna, es el hecho de que el mercado de "consumidores concienciados" es más bien pequeño; de hecho, las campañas sobre la crueldad del negocio del café hacen más probable que se deje de consumir que se pase a hacerlo con una marca de "comercio justo". Al poner un precio mínimo por el café se produce un exceso de oferta, como no podía ser de otra manera, que se traduce en colas en el proceso de certificación como "productor de comercio justo", lo que beneficia a los que ya están instalados frente a los nuevos competidores.

Pero en lo que nos atañe, lo cierto es que el precio puesto por las organizaciones de "comercio justo", dado que según su base ideológica el objetivo es eliminar intermediarios, obliga a las organizaciones de productores a realizar tareas que antes hacían éstos, como comprar el café a sus miembros, clasificarlo y procesarlo, y organizar la logística de la exportación. Muchas de esas tareas consumen buena parte de la diferencia entre el precio pagado por los comerciantes justos y los comerciantes no ideológicos, especialmente porque estas organizaciones no están especializadas en ellas y les resulta más caro llevarlas a cabo que si las hicieran los pérfidos intermediarios. En algunos casos, los costes han sido suficientes como para provocar que algunos productores vendieran en el mercado normal, porque no les salía a cuenta hacerlo "con justicia". Pero una consecuencia clara es que muchos de los trabajadores del café justo no cobran el salario mínimo, tal y como publicitan los promotores de la iniciativa, porque los patronos no pueden permitírselo.

Puede que exista un mercado, en todo caso previsiblemente pequeño, de consumidores que desean que se pague más a los agricultores aún a costa de pagar más ellos por el producto. Pero para que funcione, las organizaciones de "comercio justo" tendrían que olvidar la retórica de la "cadena de valor" y los intermediarios que "explotan a los agricultores". Claro que, en ese caso, no está muy claro si lograrían mantener a sus concienciados clientes.

La burocracia del Katrina

Cuando la crisis del Katrina se produjo, los norteamericanos desembolsaron inicialmente 600 millones de dólares de sus bolsillos ofreciendo sus casas, todo tipo de material, suministros y ayuda a quien la necesitase. El auxilio ciudadano y privado no se limitó "sólo" a esto. Aunque es muy difícil realizar el cálculo total, a febrero del año pasado, el Center on Philanthropy de la Universidad de Indiana computó más de 3.000 millones de dólares en donaciones privadas.

Mientras tanto, el Gobierno de los Estados Unidos montaba el show. No sólo dificultó la ayuda, sino que incluso la vetaba: camiones de Wal-Mart con agua y suministros fueron rechazados por el FEMA, la Guarda Costera bloqueó la entrega de combustible a particulares, 600 camas de la Marina se quedaron sin usar, a los bomberos se les ordenó irse de las zonas inundadas, una gran parte del dinero extranjero fue rehusado y muchos ciudadanos fueron retenidos por la Guardia Nacional y el FEMA cuando intentaban ayudar. El FEMA, según la Government Accountability Office, usó parte del dinero en casinos, armas, alcohol, condones y hasta tatuajes. Dos auditorías del Gobierno desvelaron que 900.000 de las 2,5 millones de personas que pidieron ayuda al FEMA pusieron en la solicitud números de la seguridad social duplicados o simplemente nombres falsos. También el FEMA contrató tres cruceros con la conocida empresa Carnival Cruise –que quedaron varias semanas semivacíos– por un importe de 236 millones de dólares.

Además, gran parte del dinero extranjero no se usó porque los políticos se dedicaron a filosofar sobre qué hacer con él o se perdió debido a retrasos burocráticos.

Pero si esto fuera poco, el Gobierno dilapidó 125.000 millones de dólares del pagador de impuestos que aún no se sabe muy bien donde han ido y la situación en Nueva Orleans no ha mejorado demasiado. Una parte de la ayuda extranjera que gestionó el Gobierno –25 millones de dólares– fue a parar directamente a la Bush-Clinton Katrina Fund, fundación de los dos últimos ex presidentes. Cuando hay dinero por medio, los políticos son capaces de hacer hasta fundaciones benéficas. La lista de incoherencias y abusos gubernamentales es larguísima.

Los gobiernos occidentales, con esta actitud de salvadores divinos, están lanzando un mensaje claro a la gente: ciudadano, no hagas nada porque tu Gobierno se ocupa de hacerlo por ti, sé sumiso y estúpido. Pongámonos a temblar. Los resultados siempre son los mismos: corrupción, millones de dólares o euros perdidos, otros tantos arrebatados al pagador de impuestos y mucho sufrimiento.

Ningún Gobierno es una ONG ni un club de altruistas. Las ONG no impiden a su "competencia" que ayuden a las víctimas, ni van casa por casa a recaudar una ayuda forzosa que no será usada con ese fin. El Estado no puede centralizarlo todo. Si cualquier Gobierno es incapaz de satisfacer sus funciones más básicas como mantener nuestra seguridad u ofrecer un servicio de justicia mínimamente decente, ¿por qué esperamos de él que haga cosas más difíciles como solucionar nuestros problemas económicos o salvarnos del cambio climático y de las grandes catástrofes?

Cómo hacerse sosteniblemente rico

Es el caso de la compraventa de cuotas de emisión de CO2, comercio nacido al socaire del famoso Protocolo de Kioto y por el que las empresas que emiten por debajo del límite permitido pueden vender sus excedentes a aquéllas que sobrepasan su cuota. Actualmente, la tonelada de "no contaminación" se paga a algo menos de un euro, pero llegó a cotizar a 30 euros en la bolsa Sendeco2, que es donde se negocian estos títulos.

Gracias a esta nueva industria de la "no contaminación", las empresas de cerámica gallega, por ejemplo, ganaron el año pasado vendiendo esas cuotas más que con la venta de los productos que fabrican. Desde el boom bursátil de las "puntocom" no habíamos asistido a un ejemplo más luminoso de cómo vivir vendiendo humo; en este último caso, literalmente.

Esta cuestión demuestra la capacidad innata del ser humano para detectar oportunidades de beneficio, eso que los teóricos llaman "empresarialidad" y que, con la teoría de la sostenibilidad y la amenaza del cambio climático, ofrece sin cesar grandes posibilidades a los más avispados.

Pero déjenme que les cuente un caso concreto de cómo sacar un suculento beneficio de la sostenibilidad. Mi amigo Manolo es el gerente de una empresa familiar dedicada a la producción industrial. Hasta ahora su línea de negocio se limitaba a la fabricación y venta de determinados productos, pero con el fomento de las energías renovables ha entrado en el circuito de las empresas que han encontrado en la sostenibilidad un filón. Sólo se necesita contar con espacio suficiente para instalar paneles solares y una cierta capacidad económica para afrontar los gastos de instalación de esa pequeña central eléctrica.

La clave está en el Real Decreto 436/2004, de 12 de marzo (aún mandaba Aznar), que establece las condiciones económicas y jurídicas para personas físicas y empresas titulares de instalaciones de energía solar. De acuerdo con dicho decreto, el distribuidor de energía eléctrica se obliga a pagar al productor un porcentaje de la tarifa eléctrica aprobada en cada ejercicio por cada kilovatio/hora inyectado a la red, todo ello garantizado mediante un contrato de 25 años. Naturalmente, ese dineral no sale de las arcas de la distribuidora, sino que es repercutido a cada consumidor en el recibo de la luz; pero es lo que tiene salvar al mundo, que resulta muy caro.

Según los cálculos de Manolo, su empresa percibirá en torno a dos millones y medio de euros con una inversión de 600.000, con la ventaja añadida de que este tipo de instalaciones cuenta con numerosas ayudas financieras y subvenciones de la Unión Europea, el Gobierno y las Comunidades Autónomas, lo que le permitirá amortizar la inversión en un plazo aún más breve.

De esta forma, ya tiene asegurados para los próximos veinticinco años unos beneficios de 100.000 euros anuales; eso sí, sin fabricar nada y sin crear un solo puesto de trabajo directo. De hecho, el día menos pensado cierra la fábrica y se dedica a la sostenibilidad, un negocio mucho más lucrativo que la industria fabril y que encima te proporciona la íntima satisfacción de estar contribuyendo a la salvación del planeta. Es bueno luchar por un mundo mejor. Y, sobre todo, muy rentable.

Principio de precaución

¿Por qué la Unión Europea la ha prohibido? Porque el método para juzgar si se permite o no el uso de un químico es distinto al de Estados Unidos. Mientras que allí la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) juzga los beneficios que puede obtenerse de su uso frente a los riesgos (en este caso los primeros superan ampliamente a los segundos), en Europa se utiliza el principio de precaución.

Este principio dice que si un producto o una nueva tecnología puede generar algún tipo de perjuicio, por pequeño que sea, dado que no conocemos plenamente su incidencia futura, se prohíbe; al menos temporalmente.

Les pondré un ejemplo: los ecologistas decían que los pesticidas con que se cultivan las manzanas producen cáncer. Lo que no decían es que para acumular cantidades cancerígenas tendríamos que ingerir un número de kilos de manzana al día que nos causaría cualquier otro problema antes que el cáncer, y que en cualquier caso está muy lejos del consumo normal.

Por otro lado, los estudios científicos muestran que el consumo de manzanas ayuda a prevenir el cáncer. Los beneficios superan a los riesgos, pero la aplicación consistente del principio de precaución llevaría a prohibir o suspender la venta de manzanas con pesticidas.

Mientras que el riesgo es una parte de la experiencia humana, lo tenemos en cuenta cuando actuamos y forma parte del conjunto de normas e intuiciones que llamamos razón, el principio de precaución es el uso de lo razonable llevado hasta el absurdo.

Yo propongo que para los nuevos productos y para las tecnologías que desplazan a las antiguas utilicemos razonablemente los beneficios frente a los riesgos, mientras que para las medidas de los políticos utilicemos el principio de precaución. Es el único uso beneficioso que se puede hacer de él.

Kyoto, un juego de suma cero

Es una de tantas matraquillas falaces que repiten sin cesar los enemigos de la libertad e idólatras del dirigismo estatal. Desde la educación infantil hasta la universidad, la idea es coreada por "educadores", "maestros" y "profesores". Sin embargo, la verdad es justo la contraria: el sistema capitalista permite un formidable ritmo generación de riqueza y hace ricos a quienes, a su vez, enriquecen a las personas con las que interactúan. Sólo se puede crear una gran fortuna enriqueciendo a una gran parte de la población.

Pero en los últimos años el movimiento ecologista, verdadero refugio de todos los enemigos del capitalismo desde que comenzaran a caer los cascotes del muro que derribaron los esclavos del comunismo, ha logrado convertir nuestro sistema económico en un perfecto juego de suma cero. El cambio climático les ha dado la excusa idónea para coaligarse con políticos de izquierda y derecha e imponer un modelo en el que el crecimiento de unas industrias se lleve a cabo a costa del decrecimiento de otras. A través de la introducción del racionamiento de emisiones de CO2 y de los planes nacionales de asignación de derechos de emisión han logrado que la falacia deje de ser tal. Ahora, para que puedan surgir nuevas industrias o para que las ya existentes puedan ampliar su producción más allá de los planes quinquenales hace falta que otra empresa reduzca la suya. Esta perversión del sistema capitalista supone el mayor coste del Protocolo de Kyoto. A su lado, el coste del pago de los derechos de emisión, actualmente siete veces el monto máximo prometido por Narbona, resulta insignificante.

Por un lado nos encontramos con empresas que no pueden crecer de la forma que les pide el consumidor o que no son capaces de invertir en nuevas tecnologías porque el pago de nuevos derechos de emisión para ampliar la producción les resta unos preciosos recursos que van a parar a manos de buscadores de rentas ajenas. Acerinox, por ejemplo, ha paralizado las inversiones en España y las ha potenciado en EEUU y Sudáfrica debido a este despropósito. Por otro lado tenemos un creciente número de empresas que, en vez de dedicarse a satisfacer al consumidor para lograr el máximo posible de beneficios, buscan el beneficio que ofrece la venta de derechos de emisión. El consumidor deja de ser el soberano en este juego siniestro que guarda la apariencia de economía de mercado. En los últimos días se ha sabido, por ejemplo, que la industria de la cerámica gallega ganó más el año pasado vendiendo derechos de emisión que produciendo para sus clientes.

El siguiente paso lógico en esta cadena intervencionista es ver cómo las industrias que sacan partido del racionamiento montan sus lobbies en Bruselas para que las decisiones políticas en torno a los derechos de emisión les sigan siendo propicias. Ahora los enemigos del capitalismo podrán decir con razón que vivimos en un sistema de suma cero, aunque éste no sea el capitalista, sino el que los ecologistas radicales nos han impuesto.

Los errores del informe Stern

El informe Stern ha sido el primero de cierta importancia, digamos, institucional sobre el calentamiento global encargado a un economista. El Gobierno británico quería saber cuánto costaría el fenómeno y cuánto costaría evitarlo. Hasta entonces, los análisis venían a decir que no venía a cuenta estabilizar las emisiones de CO2, aún en el supuesto de que fuera posible, porque los costes eran superiores. Pero llegó Stern y, con él, un nuevo mantra convenientemente agitado por los ecologistas sandía: por un 1% del PIB mundial todos los años, nos ahorramos unos gastos del 20% del PIB mundial dentro de unas décadas. Lo asombroso no es ya que las conclusiones fueran contrarias a las de otros economistas, sino que lo fueran en un grado tan enorme. ¿Cómo se consiguió semejante milagro?

La respuesta es sencilla: exagerando los costes de no hacer nada y disminuyendo los de actuar hoy. La principal crítica que se le ha hecho es optar por una tasa de descuento irreal y extremadamente baja. El problema es que las personas normales y corrientes, cuando escuchamos esto, nos quedamos con cara de idiota. La tasa de descuento no es más que el tipo de interés cuando lo empleamos para calcular al revés. Es decir, si el interés está al 4% anual y se tienen 100 euros en el banco, el año que viene tendremos 104, es decir 100*(1+0,04). Pero si lo que queremos es tener 100 euros en el banco el año que viene, ¿cuánto debemos ingresar hoy? La respuesta es que ha de ser 100/(1+0,04), es decir, 96,15€. Bueno, pues cuando se usa el interés para hacer este tipo de cálculos, los economistas, supongo que por fastidiar a los legos, lo llaman tasa de descuento.

Stern considera que, moralmente, sería injusto para las generaciones venideras emplear una tasa de descuento alta, léase realista, porque colocaríamos nuestras necesidades por encima de las suyas. ¿Por qué? Volvamos al ejemplo, pero más a lo bruto. Si damos exactamente la misma importancia a las generaciones futuras que a las actuales, un ahorro de 100 euros dentro de cien años merecería la pena aunque nos costara 99 hoy (de hecho, empleando el 0,1% de Stern eso es justo lo que nos daría). En los términos del informe, significa que los costes que tendrán las catástrofes predichas por los creyentes en el apocalipsis climático para dentro de varias décadas tienen el mismo valor que si sucedieran hoy mismo.

Tratar la tasa de descuento como un problema moral es un error; los seres humanos, los de hoy y los del futuro, preferimos tener algo ahora que tenerlo más tarde. Así ha sido desde que el mundo es mundo. Sólo ahorramos cuando se nos ofrece algo suculento a cambio. Por ejemplo, un interés del 4%, que es la media histórica y la que se utiliza habitualmente. Cuando se emplean cifras absurdamente alejadas se obtienen resultados absurdos. Pero aún si se tratara de un asunto moral, la cosa no es tan sencilla. En el futuro, la humanidad será más rica, y los costes brutales que esos desastres provocarían hoy serían para ellos algo mucho menos importante. El gasto que propone Stern es un impuesto que redistribuye de los relativamente pobres que somos nosotros ahora a los relativamente ricos que serán dentro de cien años. Y luego dicen que los liberales somos insensibles con los pobres.

Además del lioso asunto de la tasa de descuento, Stern hace otras cosas, que se resumen en que siempre escoge la peor opción. Demográficamente, elige un modelo del IPCC tremendamente irreal, con muy poco crecimiento per cápita pero mucho aumento de la población, especialmente en latitudes bajas donde sería más perjudicial el calentamiento global. No tiene en cuenta la capacidad de adaptación del hombre hasta unos extremos ridículos: no piensa en la posibilidad de que se construyan presas contras las inundaciones, o que los granjeros cambien los granos que siembran al no ser los actuales adecuados para el nuevo clima o que la gente no se morirá de calor porque se adaptará progresivamente a la temperatura; al fin y al cabo, los españoles estamos mejor adaptados que los suecos. El caso es que, con estos trucos y otros parecidos, amplía el coste del 3% para el 2100 calculado por Nordhaus, y que ya está entre las estimaciones más altas, hasta llegar a un 20%.

En fin, Stern fue uno de los economistas que en los 80 predijeron que sucederían grandes desastres si se adoptaba la política propuesta por Thatcher. Habría que hacerle ahora el mismo caso que se le hizo entonces.

Calentamiento cada mil quinientos años

Hace unos 20.000 años la Tierra padeció el pico del, hasta la fecha, Último Máximo Glacial o LGM (Last Glacial Maximum) en sus siglas inglesas.

El 40% de las tierras del hemisferio norte estaba cubierto por centenares de metros de hielo (hasta 2.000 metros de grosor al norte del Báltico) y por el permafrost; los glaciares no sólo dominaban el paisaje, también hundían con su peso vastas extensiones de tierra firme (por ejemplo en el norte de Escandinavia, en donde se situaba el centro del manto helado que cubría Europa, más de 200 metros). Tal acumulación de hielo, por otro lado, provocó que el nivel del mar descendiera centenares de metros en algunos lugares, configurándose extensas regiones terrestres que el posterior deshielo borraría del mapa de la prehistoria. La temperatura media en las tierras de nuestro hemisferio era entre 5,7ºC y 8,7ºC más baja que la actual (Uriarte).

Desde luego la Tierra en la que vivieron nuestros ancestros era un lugar difícilmente reconocible en ninguna estampa alpina con la que los ecologistas quieren convencernos de la excepcionalidad del calentamiento, levísimo, que se viene observando en el planeta en los últimos años.

La historia del clima de la Tierra está dominada por la astronomía, tanto por la variación de la forma de su orbita, la elipse más o menos excéntrica que dibuja nuestro planeta alrededor del Sol, como por los cambios significativos tanto de la orientación (precesión) como de la inclinación (nutación) del eje de rotación respecto de dicho plano. Estos cambios orbitales son cíclicos (100.000, 23.000 y 41.000 años respectivamente) y ocasionan importantes variaciones en la distribución de la radiación solar que recibe la Tierra. Tales variaciones son responsables de los glaciaciones (cada 90.000 años) y de los periodos interglaciares (como el holoceno en el que vivimos) que protagonizan la historia del clima terrestre.

Junto a estos factores orbitales está ganando fuerza, entre los científicos proscritos por El Consenso, uno más directamente relacionado con la variabilidad de la actividad solar. Durante los últimos 20 años se han reunido evidencias físicas que muestran cómo el clima de la Tierra atraviesa periodos alternativos de enfriamiento y calentamiento cada 1.500 años aproximadamente. Así pues a la precesión, la nutación y los cambios en la excentricidad de la órbita terrestre, habría que añadir la dinámica solar a la hora de elaborar modelos con los que obtener predicciones fiables sobre el clima.

El fundamento de esta afirmación se encuentra en el importante papel que juegan las nubes bajas que reflejan la radiación solar hacia el espacio exterior, lo que enfría la Tierra, y cómo se relaciona la aparición de estas nubes con la variabilidad de la intensidad del viento solar, la dinámica a la que antes me refería. El nexo lo proporcionan los rayos cósmicos que bombardean la atmósfera de nuestro planeta y que al hacerlo ionizan las moléculas de aire creando el núcleo sobre el que crecerán las nubes mencionadas. Cuanto más viento solar, mayor protección y por lo tanto menos nubes. Por el contrario menos viento solar significa menos protección y por consiguiente más nubes, esto es, mayor enfriamiento (Singer y Avery, p.9).

Precisamente para Avery (ver p.6) la escasa fiabilidad de los modelos en los que se basan las conclusiones de los informes del IPCC radica en que no valoran apropiadamente el impacto que tienen las nubes en la configuración del clima. En el sumario para políticos que ya hemos podido leer, sus redactores son bastante explícitos:

Los cambios debidos al vapor de agua representan la mayor realimentación que afecta a la sensibilidad del clima y son mejor entendidos ahora que en el TAR. La realimentación de las nubes sigue siendo la mayor fuente de incertidumbre.

Sin embargo que los científicos del IPCC admitan su incertidumbre no significa que no existan estudios que evidencien la importancia de las nubes en la autorregulación del clima. El más notable, que no divulgado, como reconocen amargamente Singer y Avery (p.42), es el realizado por el equipo del investigador del MIT Richard Lindzen en el Pacífico y que con el titulo ¿Tiene la Tierra un iris infrarrojo adaptativo? ya transmitía sucintamente sus conclusiones: el océano tiende a ventilar su calor extra hacia el espacio exterior de manera natural, protegiendo la biosfera.

Frente al pavor que nos quieren infundir los prudentes amigos de Kyoto y su embajador planetario, el Sr. Gore, optimismo; puestos a temblar que sea de frío, ya que el evento climático al que debiéramos temer es el próximo periodo glacial, que se aproxima inexorablemente, aunque no se le espera hasta dentro de muchos años.

Tal vez manteniendo el ritmo del progreso tecnológico que nos sacó hace 200 años de la trampa maltusiana en la que vivía la humanidad logremos que nuestros "tataranietos" tengan una oportunidad de sobrevivir.

Apuesto a que sí.