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Etiqueta: Recursos energía y medio ambiente

Las catástrofes y la necesidad del estado

El terremoto y los maremotos subsiguientes que asolaron Indonesia, Sri Lanka, La India, Tailandia, y una larga lista de infortunados países asiáticos y africanos es, sin duda alguna, una de las mayores tragedias humanas provocada por una catástrofe natural en las últimas décadas. Cerca de 150.000 muertos, millones de heridos y afectados, 6.000 kilómetros de costa dañada y la destrucción de cuantiosísimos bienes de capital –especialmente en el sector turístico y pesquero– dan una ligera idea de la magnitud del seísmo y de los efectos de los maremotos que le siguieron. Como suele suceder en sucesos similares, los habitantes de los países desarrollados se han movilizado ante esta catástrofe de proporciones bíblicas enviando todo tipo de recursos para tratar de paliar los devastadores efectos sobre la población damnificada. Estos hechos invitan a reflexionar sobre algunas de las ideas del pensamiento único intervencionista en el caso de los grandes desastres.

La primera fantasía intervencionista que ha quedado al descubierto tras el paso de las olas es la supuesta necesidad de aparatos estatales para hacer frente a los efectos de este tipo de catástrofes. La ayuda de los ciudadanos de medio mundo está llegando a las zonas afectadas desde los primeros instantes sin necesidad de directrices gubernamentales ni confiscaciones impositivas. Con estas acciones auténticamente solidarias, millones de individuos y organizaciones privadas impugnan la teoría del usuario gratuito según la cual en un mundo de relaciones voluntarias, es decir, en el tan odiado mercado libre, no se socorrería a las víctimas porque todo el mundo esperaría a que fuesen otros los que les auxiliasen. Con la refutación práctica que están llevando a cabo millones de personas de este imprescindible argumento de la teoría de los bienes públicos, debería quedar felizmente deslegitimada la justificación más manida para la existencia del estado en general y del estado del bienestar en particular, con toda su parafernalia económica apoyada en la pretendida necesidad de ayuda estatal a los pobres.

Sin embargo, los políticos, en su línea habitual, sacan rocambolescas conclusiones de estos hechos dramáticos: El mundo necesita que la Unión Europea cree una fuerza de reacción rápida con el dinero de los ciudadanos. ¡Como si el dinero que envían los europeos no fuese a pagar los servicios de personas y empresas que reaccionan rápidamente! Que los políticos hayan reaccionado con lentitud no es justificación para ampliar el aparato estatal sino, más bien, para todo lo contrario. A estas alturas de la historia de la humanidad no parece haber dudas sobre la superioridad del ámbito privado sobre el público en el uso de los recursos escasos para lograr la satisfacción de todo tipo de necesidades humanas. Si tenemos que mandar una carta o un paquete de forma urgente, lo hacemos a través de una empresa de mensajería privada; si tenemos que operarnos inmediatamente de una enfermedad grave, intentamos hacerlo en un hospital privado; y si queremos una formación de calidad para nuestros hijos, procuramos ahorrar para pagarles una institución educativa privada. Pues lo mismo ocurre con las catástrofes. Si queremos que los recursos –esos que la gente envía de manera tan solidaria como masiva– se utilicen lo más efectiva y eficazmente posible, sólo se conseguirá a través de empresas privadas cuyos dueños y empleados viven de la realización eficiente de su cometido y misioneros que han dedicado sus vidas a ayudar a sus semejantes en situaciones desesperadas.

Alguno se preguntará si no hay algo que puedan hacer quienes dirigen los estados de Europa. Pues sí. Los gobiernos europeos podrían rendir un tributo a las víctimas del terremoto devolviendo el dinero que piensa usar en esas “unidades de reacción rápida” a quienes se lo haya quitado. De este modo, los ciudadanos europeos tendrían mayores recursos para donar, posibilitándose una verdadera y todavía mayor ayuda, tan solidaria, rápida y eficaz como es posible imaginar, a quienes han perdido a sus seres más queridos o han visto como quedaban destruidos sus bienes más preciados.

Abundancia sin límites

Los precios del petróleo están al alza. Ya ocurrió a comienzos de los setenta, lo que avivó los miedos de que en un breve espacio de tiempo la humanidad se quedara sin el combustible fósil más ampliamente utilizado, así como sin otros recursos naturales. Las previsiones de entonces fracasaron clamorosamente. Hoy, se afirma, la situación es distinta. La incorporación a ritmos inusitados de las economías india y china al industrialismo drenará de recursos el mundo, en un incontrolado crecimiento que, finalmente, llevará al agotamiento de los mismos. La idea es sencilla, intuitiva, casi evidente. El mundo es finito, las materias primas que contiene también, y su consumo tiene que llegar, forzosamente, a un fin. Tan sencillo como eso; tan claro, que negar que los recursos son limitados parece la idea de alguien que está dispuesto a negar lo evidente, a afirmar la mayor paradoja (los recursos limitados son ilimitados) sin ninguna responsabilidad intelectual o con algún oscuro interés político. Pero un conocimiento adecuado de la teoría económica y la recopilación de los datos más relevantes hacen ver no solo que no es inevitable ni inminente ninguna escasez de materias primas, sino que las mismas son potencialmente ilimitadas[1]. Lo que parece más extraño de todo esto es que han sido los economistas, los que se dedican a estudiar la ciencia de la escasez y más inciden en ella, quienes han puesto de manifiesto lo errado de la teoría de los recursos agotables. Cómo es posible resolver estas aparentes paradojas será el objeto de estudio de este artículo.

Un primer análisis

El estudio de las materias primas se ha hecho desde dos puntos de vista. Uno de ellos técnico, ingenieril, geológico, y el otro económico. En realidad el primero ha utilizado los instrumentos de las ciencias físicas, pero aplicándolos a la relación entre las materias primas y el hombre en sociedad, mientras que el segundo se ha valido desde el comienzo del análisis económico, con un cierto apoyo en la geología sólo instrumental, y no esencial. El primero, como en seguida veremos, constituye una aplicación espuria del método científico, porque utiliza técnicas que no son adecuadas al objeto de estudio. Conceptúa los recursos en su aspecto físico, o acaso en un aspecto instrumental “histórico”, tomando como dato el uso actual de los mismos. Pero no llega a la concepción económica de los mismos, que los ve como medios para los cambiantes, creativos fines del hombre. En cuanto rebasamos el ámbito físico y consideramos los fines, las ambiciones del hombre, hemos entrado en otro ámbito, que necesita de un estudio sistemático y formal de las acciones humanas, el de la praxeología[2]. A este respecto conviene citar a Ludwig von Mises:

“La praxeología no se ocupa propiamente del mundo exterior, sino de la conducta del hombre al enfrentarse con él; el universo físico per se no interesa a nuestra ciencia; lo que ésta pretende es analizar la consciente reacción del hombre ante las realidades objetivas. La teoría económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata de los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, las acciones humanas de que aquéllas derivan. Los bienes, la riqueza y todas las demás nociones de conducta no son elementos de la naturaleza sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres” [3].

Quienes afirman el fin sin remedio de los recursos han deseado “entrar en el segundo universo” de las ideas, valoraciones, acciones humanas, pero sin dar el paso de olvidarse de las categorías del primero. El mundo de los bienes no lo constituye toda la tierra, sino sólo la parte de ésta que el hombre incorpora a su dominio. Los hombres actuamos para cumplir deseos o fines no satisfechos, para remozar una insatisfacción, una necesidad, una carencia. En su búsqueda de medios para conseguir sus fines, el hombre ha ido extendiendo su dominio sobre una parte del mundo creciente[4]. Al incorporarlos a la corriente de la producción, asignándoles un valor, los ha ido creando en un sentido económico; de este modo, los recursos no se han ido haciendo más escasos, sino más abundantes. Desde un punto de vista humano, económico, los objetos materiales que no ha incorporado a la corriente de bienes porque no resulta económico hacerlo, porque no son útiles a sus propósitos, porque desconoce que lo sean o porque no sabe que existan, no son bienes. Por ese motivo el acto de incorporarlos y darles un valor es un acto creativo. Los recursos económicos, de este modo, son cada vez más abundantes, gracias a la capacidad creativa del ser humano. Así, aunque la cantidad de energía y materia sea siempre constante, la cantidad de bienes no lo es. Citemos de nuevo a Ludwig von Mises, para quien la producción:

“Implica sólo la transformación de ciertos elementos mediante tratamientos y combinaciones. Quien produce no crea. El individuo crea tan solo cuando piensa e imagina (…) La producción consiste en manipular las cosas que el hombre encuentra dadas, siguiendo los planes que la razón traza. Tales planes –recetas, fórmulas, ideologías- constituyen lo fundamental; vienen a transformar los factores originales –humanos y no humanos- en medios. El hombre produce gracias a su inteligencia; determina los fines y emplea los medios idóneos para alcanzarlos”[5].

Estas consideraciones se tienen que extender al concepto de escasez. La escasez es un concepto subjetivo, como todos los relacionados con las valoraciones humanas y deriva del hecho de que los medios nunca son suficientes para cumplimentar todos los fines a que la mente humana es capaz de dar lugar. Es el mismo carácter creativo de la mente del hombre lo que hace que los medios siempre sean escasos. Por tanto, la escasez es un fenómeno propio de la mente humana, del ámbito de la praxeología y no del mundo material. Decir que un elemento, el cobre por ejemplo, es escaso porque es físicamente finito no tiene ningún sentido. Si jamás lo hubiéramos descubierto, porque se escondiera profundamente bajo la corteza terrestre, jamás habría sido escaso, por lo que la escasez no tiene relación directa con la cantidad física de un recurso sino con el valor que cada porción del mismo tenga para los fines humanos. Como dijo Lionel Robbins, los huevos podridos son mucho menos en número que los que no lo están, y eso no hace de ellos más escasos. Son superabundantes, ya que no sirven a ningún propósito del hombre.

La sociedad ha dado con un mecanismo que transmite las valoraciones humanas sobre los medios y su escasez en un sistema de signos, sencillo y eficaz: es el sistema de precios. Éste recoge la información dispersa entre millones de personas, y que hace referencia a la escasez y valor de bienes y recursos, y la condensa en relaciones de intercambio, precios, que son fácilmente interpretados por quienes viven en sociedad y les sirven de guía para un adecuado comportamiento económico. Los precios[6] se adaptan a la escasez relativa de los bienes, subiendo y bajando cuando lo hace ésta. Por ese motivo, para saber si los recursos se han hecho más o menos escasos lo que tenemos que observar es la evolución de sus precios. Esto se puede hacer comparándolos con el precio de otros bienes, de los servicios del trabajo, o también observando la evolución del porcentaje de la renta que se dedica al gasto en estos recursos. Sea cual fuere el criterio elegido, el veredicto es siempre el mismo: los recursos naturales no se hacen más escasos, sino que con el paso del tiempo se hacen más abundantes[7].

Clasificación teórica de los recursos

Julian Simon ha hecho una importante clasificación teórica de los recursos en su obra The ultimate resource 2.[8] Según ésta, habría en primer lugar una cantidad total de un determinado recurso. En segunda instancia nos encontramos un primer límite, a partir del cual no resulta técnicamente explotable con la tecnología del momento. Un segundo límite sería económico, el linde que separa los bienes en intramarginales y submarginales. Los primeros son suficientemente escasos como para que resulte económica su explotación, los siguientes no. Es un fenómeno que se puede observar, por ejemplo, con la tierra. La inmensa mayor parte no está cultivada, dado que el coste del trabajo y el capital necesario para su explotación excede el rendimiento que de ella se pueda obtener[9]. Lo mismo ocurre con otros recursos materiales, como el petróleo, los metales y en general los minerales.

De los recursos que son técnica y económicamente explotables sólo conocemos una parte. Hay otra que queda aún por descubrir, otra que es sólo hipotética y especulativa y otra que simplemente no hemos llegado a concebir[10]. Los estudios técnicos que concluyen el pronto agotamiento de minerales útiles al hombre se han basado en gran parte en los recursos conocidos o probados, sin darse cuenta de que los mismos no son sino una exigua fracción del total. Una fracción, además, cuyos límites no hacen más que cambiar. Por este motivo las predicciones sobre próximos agotamientos de los recursos no han hecho más que fracasar una tras otra, como en seguida veremos[11].

Una historia de estrepitosos fracasos

Las predicciones de que la humanidad se quedaría en breve sin recursos, o de que al menos éstos se harían cada vez más escasos, han fracasado miserablemente; todas, sin excepción. Su historia se remonta a la antigua Grecia[12], aunque en su moderna formulación se puede datar en 1866. En ese año William Stanley Jevons, uno de los teóricos más importantes de la joven ciencia económica, publicó un libro titulado The coal question en el que alertaba de que el carbón, en el que se basaba en gran parte el industrialismo británico, se agotaría rápidamente. De este modo constituiría un cuello de botella para el crecimiento económico, por lo que se seguía la “imposibilidad de un progreso largo y continuado”[13]. La producción de carbón se ha multiplicado desde entonces, hasta dejar la producción de mediados del XIX en una exigua fracción de la actual. El precio ha caído estrepitosamente, tanto que algunas explotaciones están mantenidas por subsidios estatales porque no podrían subsistir competitivamente.

El descubrimiento del petróleo desvió, a finales del XIX, la atención a este recurso, que ha desbancado al carbón como fuente principal de energía, pasando a concentrar las predicciones a la vez pesimistas y erradas. El U.S. Geological Survey[14] (USGS, en adelante) predijo en 1920 que quedaban en el mundo 20.000 millones de barriles de petróleo. En 2000 las previsiones se han elevado a 3 billones. En 1885 afirmó que no había petróleo en California, estado en el que se han extraído 8.000 millones de barriles. En 1891 repitió la misma predicción sobre Kansas o Tejas, de donde se han sacado 14.000 millones de barriles. En 1908 situó la cantidad de petróleo en los Estados Unidos en 22.500 millones de barriles. Desde entonces se han extraído 35.000 millones de barriles, y hay reservas probadas de 27.000 millones más. La Oficina de Minas de los Estados Unidos cifró en 1914 la capacidad futura potencial de producción de petróleo de ese país en 5.700 millones de barriles, cantidad que se ha sextuplicado sólo en la producción desde entonces. El director del USGS predijo en 1920 que los Estados Unidos tendrían que importar petróleo porque las posibilidades máximas de producción se habían alcanzado. Treinta años más tarde, una producción cuatro veces mayor permitía la exportación de crudo. El informe de 1914 predecía el agotamiento de los recursos petrolíferos en diez años. En 1939 el Departamento de Interior previó que estos recursos se agotarían en trece años. La misma cifra predijo el mismo departamento doce años más tarde, en 1951[15].

Un estudio de 1929 mostraba su preocupación porque, “asumiendo la continuidad de las técnicas actuales y un precio (…) de tres céntimos por libra, es claro que los recursos mundiales de plomo no pueden satisfacer las actuales demandas”. El mismo informe afirmaba que las “reservas conocidas de aluminio (…) no parece que satisfarán las crecientes demandas de las naciones industriales por más de 10 años”[16].

El Informe Paley de 1952 concluyó que la producción de cobre de los Estados Unidos no podría superar en los setenta las 800.000 toneladas. En 1973 se alcanzaban los 1,7 millones. La predicción hecha por el informe sobre la producción de plomo dejó las 300.000 toneladas previstas en la mitad de la producción real[17]. El geólogo Marion King Hubbert predijo en 1956 que la producción de petróleo llegaría a un pico en los setenta y luego declinaría, en lo que se conoce como el pico de Hubbert[18]. El geólogo Preston Cloud afirmó que “la comida y las materias primas sitúan los últimos límites al tamaño de la población (…) esos límites se alcanzarán en los próximos treinta a cien años”[19].

Especialmente exitoso fue el libro The limits to growth, editado en 1972, que vendió nueve millones de copias, fue traducido a 22 idiomas y ha tenido un impacto enorme y duradero en los medios de comunicación. En este libro el Club de Roma hizo una proyección del consumo de recursos de entonces sobre las reservas conocidas, con lo que se concluyó que el mundo carecería de oro en 1981, de mercurio en 1985, de aluminio en 1987, de zinc en 1990, de petróleo en 1992 y de cobre, plomo y gas natural en 1993. No solo no se han cumplido estas predicciones, sino que las reservas conocidas de estos minerales son hoy mayores que en 1972. Más tarde la propia institución reconoció que las conclusiones de este informe no eran correctas, y que engañaron a propósito al público con el objetivo de “despertar” su preocupación. En 1992 sacó otro libro, titulado Beyond the limits, en el que predice que el mundo se quedará sin petróleo en 2031 y de gas natural en 2050[20].

En el mismo año en que se publicaba The limits to growth, 1972, el economista Ed Mishan escribió: “(…) aunque en las construcciones de los economistas siempre hay recursos sustitutivos esperando a ser usados en cualquier momento en que los precios de un recurso actual comiencen a subir, no hay ningún conocimiento todavía de lo que, si es que hay algo, puede sustituir un conjunto de metales aparentemente esenciales –plomo, mercurio, zinc, plata, oro, platino, cobre, tungsteno- que se harán crecientemente escasos antes del final de siglo”[21]. Se había adelantado por cuatro años Charles Park, que en su libro Affluence in Jeoprady había escrito que mantener las tendencias de crecimiento del pasado en el uso de minerales “sería una tarea difícil y quizás imposible”. Que “el supuesto de una economía constantemente en expansión no se puede cumplir; cualquier pronóstico basado en ese supuesto es inválido”. Es más, en el futuro habrá “mayores escaseces de todo tipo” y “habrá una mayor y más profunda pobreza en el mundo”[22]. Robert Heilbroner, en su libro An inquiry into the human prospect, afirmaba en 1974 que era inminente el fin de la sociedad industrial, dado que el mundo se estaba quedando rápidamente sin recursos[23]. E. F. Shumacher, en su celebrado Small is beautiful, de 1973, albergó las mismas preocupaciones, dado que según el economista la explotación no puede seguir el ritmo de un consumo en aumento. Predijo, basándose en esas razones, que la relación entre las reservas y el consumo de petróleo caería de 40:1 a 20:1 en 1980, y ello suponiendo que las explotaciones llegaran a 80.000 millones de toneladas, supuesto que calificaba como “fantasioso”. La extracción de crudo en ese año fue de 88.000 millones de toneladas, y en 1989 se alcanzaban las 136.000 millones; de este modo, el ratio entre reservas y consumo no sólo no había descendido, sino que había aumentado a 44:1[24].

En 1975 Amory Lovins aseguró, en Energy estrategy: The road not taken?, que “los países con industrias en expansión, rápidos crecimientos de población (…) serán severamente golpeados por las escaseces de energía a partir de ahora”. Un estudio del MIT de 1977 aseguraba que “la oferta de petróleo dejará de ser suficiente para la demanda en aumento antes del año 2000, más probablemente entre 1985 y 1995, incluso si los precios de la energía son un 50% superiores a los niveles actuales en términos reales”. Una organización pantalla autodenominada Unión de Científicos Concienciados decía en 1980: “Lo que parece cierto, al menos por el futuro previsible, es que la energía, una vez barata y abundante, pero ahora cara y limitada, continuará aumentando en coste”[25].

En 1971 el vicepresidente de la Comisión Federal de Energía de los USA, John A. Carver, dijo que la “crisis energética” era “endémica e incurable”; “podemos anticipar que antes del fin de este siglo las provisiones de energía se harán tan restringidas como para detener el desarrollo económico en todo el mundo”. En 1977 el presidente Jimmy Carter declaró: “Podemos consumir todas las reservas conocidas de petróleo del mundo a finales de la próxima década”. Tres años más tarde alentó la elaboración de un informe, titulado The global 2000 report to the President: Entering the 21th century, en el que se preveía que para ese año los principales recursos mundiales: energía, minerales, comida, bosques, llegarían a una situación de acuciante escasez “si continúan las actuales tendencias”. En consecuencia, para el cambio de milenio “la población mundial sería mucho más pobre que hoy”.

El entomólogo Paul Ehrlich merecería un capítulo aparte. En un artículo de 1969 titulado ‘Eco-catastrophe’ predijo, entre otras cosas, que nos quedaríamos sin recursos naturales a no muy tardar, o que la esperanza de vida en 1990 se rebajaría en los Estados Unidos a 42 años. En 1975 Ehrlich[26] predijo que a mediados de los ochenta “la humanidad entraría en una genuina era de escasez”, en la cual “las disponibilidades accesibles de muchos de los minerales clave afrontarían el agotamiento”. De hecho, entre 1975 y 2000 el índice de precios del Banco Mundial para los minerales y los metales cayó en cerca de un 50%. Tras la bajada de precios del petróleo posterior a la crisis de los setenta Ehrlich previó una nueva crisis en los noventa. John P. Holdren, profesor de política medioambiental de la Universidad de Harvard, afirmó en el libro Energy: A crisis in power, editado por Sierra Club en 1971, que “resulta acertado concluir que, bajo casi cualquier supuesto, las reservas de crudo y de gas natural están seriamente limitadas. La mayoría de la energía que surja de estas fuentes probablemente se habrá explotado a lo largo de la vida de la población actual”. Holdren repetiría las mismas ideas en 1977, en un libro escrito junto con Paul Ehrlich llamado Ecoscience. Más adelante reconoció que son creencias que “mantienen pocos ecólogos, si es que hay alguno”[27].

Parece ser que los estrepitosos, rotundos, inapelables, vergonzosos fracasos de sus predicciones no sólo no les han restado credibilidad, sino que ésta ha ido creciendo con la abundancia de los recursos que ellos creían en trance de agotarse[28]. Por un lado se les ha hecho demasiado caso, ya que sus predicciones estaban mal fundamentadas teóricamente. Por otro no se les ha hecho suficiente, ya que sus fracasos habrían debido ser tenidos en cuenta para su oprobio[29]. De hecho, ningún fracaso les ha hecho rectificar en lo más mínimo. Dennis Meadows, autor del citado Beyond the limits, escribió en sus páginas que “el problema subyacente no ha cambiado un ápice: es la imposibilidad de un crecimiento físico sostenido en un mundo finito”. Ehrlich aún escribía en 1997 que “puesto que los recursos naturales son finitos, el consumo creciente debe llevar inevitablemente al agotamiento y la escasez”[30], y en una reciente entrevista ha afirmado que en 50 años la Tierra será habitable para un 97% de los que somos si llevamos la vida de grupos dispersos de homo sapiens, pero solo para el 10% de la población actual en caso de mantener el nivel de vida de los estadounidenses de hoy.

Esta visión pesimista de la gestión humana de los recursos fue contestada por el economista Julian Simon[31]. Los datos recopilados por Simon le hicieron ver a él en primer lugar, y a toda una generación de economistas más tarde, que las teorías maltusianas no se sostienen. El convencimiento de Simon era tan alto que ofreció a quien quisiera aceptar una apuesta. Estaba seguro de que cualquier materia prima bajaría de precio si se elige un período suficientemente largo, respondiendo a la tendencia de los recursos a ser más abundantes y no más escasos[32]. Aceptó la apuesta, junto con dos colegas, Paul Ehrlich, quien en 1970 había dicho: “Si fuera un jugador, incluso me apostaría dinero a que Inglaterra no existirá en el año 2000”. El acuerdo se firmó en 1980, y Paul Ehrlich eligió cinco materias primas (cobre, cromo, níquel, aluminio y tungsteno); la evolución de sus precios pasados diez años determinaría el resultado de la apuesta. Se jugaron 10.000 dólares, 2.000 por cada una de las materias primas, y el biólogo Ehrlich declaró que aceptaba “la sorprendente oferta de Simon antes de que salten otras personas codiciosas”, reconociendo que “la seducción del dinero fácil puede ser irresistible”. En las propias palabras de Julian Simon: “En el momento fijado de septiembre de 1990 no sólo la suma de los precios, sino también el precio de cada metal individual, habían caído. Pero esto no es sorprendente. Las opciones estaban en su contra porque los precios de los metales han caído a lo largo de la historia de la humanidad (…) Por supuesto, ofrecí hacer de nuevo la apuesta, en mayores cantidades, pero el grupo de Ehrlich no ha recogido la oferta”. Un posterior estudio realizado por el discípulo de Simon, Stephen Moore, demostraría que el acierto de Simon no se debió a la suerte. Moore observó los precios de las 33 principales materias primas durante el mismo período, y todas, a excepción de dos, bajaron los precios. Once cayeron en más de un 50%[33]. Pero nada impide que las predicciones neo-maltusianas se renueven una y otra vez[34].

Los recursos son cada vez más abundantes

Los datos demuestran, sin lugar a dudas, que las pesimistas visiones de los neo-maltusianos no tienen base alguna. En primer lugar, la situación actual, según algunos estudios, no es en absoluto desesperada. El economista Wilfred Beckerman, basándose en datos del Banco Mundial, ha calculado que los minerales que se hallan en la primera milla de profundidad de la corteza terrestre son suficientes para satisfacer las crecientes necesidades humanas durante cien mil millones de años. Herman Kahn y Asociados han concluido que el 99,9% de la demanda mundial de materias primas es de metales cuya oferta es “claramente” o “probablemente” inextinguible. W. D. Nordhouse ha concluido que, con la tecnología de hoy, “hay recursos para más de 8.000 años al actual nivel de consumo”[35].

Por otro lado, los recursos no solo no son más escasos, sino que son crecientemente abundantes[36]. La producción de petróleo se ha multiplicado casi por cuatro desde 1960, mientras que el precio en dólares constantes del crudo se ha mantenido estable desde 1880, con la excepción de la crisis de los setenta, si bien en términos de oro el precio del crudo ha caído. El de los combustibles, por su parte, ha bajado claramente, ya que han mejorado espectacularmente dos factores fundamentales de su producción, el refino y el transporte, que han caído dramáticamente de coste. En cada momento histórico hay unas reservas conocidas de crudo, que al ritmo de consumo del momento arrojan una determinada cantidad de años de consumo. A medida que ha ido pasando el tiempo los años de consumo no han caído, sino que han aumentado[37]. Entre 1920 y principios de los cuarenta las reservas daban para unos diez años de consumo. Superaron el doble de esa cifra a mediados de esa década, hasta el comienzo de la siguiente, cuando de nuevo aumentaron los años de consumo, hasta alcanzar los 40 a finales de los cincuenta. Las reservas han variado entre los 40 y los 30 años durante las tres décadas siguientes, para luego aumentar de nuevo hasta los 45 años en los noventa y 2000. Todo ello con producciones crecientes a un ritmo muy alto.

El precio del gas natural ha subido desde los cincuenta hasta la actualidad en dólares constantes, con el previsible pico en los setenta. La producción ha aumentado a un ritmo muy vivo, y con ella el número de años de consumo, con las reservas conocidas. En 1975 eran casi 50 los años de consumo que se podía permitir el mundo simplemente con los recursos conocidos y en 2000, con una producción que casi doblaba la de 25 años antes, el número de años de consumo había subido a los 60. El carbón, que tanto había preocupado a William S. Jevons, y que aumentó su producción en gran medida en los 20 primeros años del siglo XX, cayó por su substitución por el petróleo hasta los sesenta, cuando ha recuperado una tendencia al alza. Sus precios en dólares constantes han caído en gran medida a lo largo del siglo XX. El mundo se podría abastecer de este negro mineral desde los setenta por más de 200 años sólo con las reservas probadas. Si comparamos los precios de los combustibles fósiles con los del trabajo, la caída de los primeros se puede calificar de dramática. Con un índice 100 para 1990, los precios respectivos de petróleo y carbón eran en 1900 de 400 y 650, y los del oro negro no alcanzan en este momento los 50 puntos.

La situación de los minerales no energéticos no es distinta. El índice de The Economist de los precios industriales ha caído desde 1845 en un 80%. Un índice de base más extensa elaborado por la OCDE ha mostrado que el precio de las materias primas se ha reducido a un tercio a lo largo del siglo XX. Otro índice, éste elaborado por el FMI desde 1957, muestra una caída de más del 50%. En la actualidad el gasto conjunto en estos materiales supone un 1,1% del PIB mundial. Por otra parte, el número de años de consumo no ha dejado de crecer desde 1950 para los principales metales. De este año hasta 2000 las reservas han pasado de 170 a 275 años para el aluminio, tendencia que se repite en el hierro (de 50 a 300), el cobre (de 40 a 50) o el zinc (de 34 a 60), en todos los casos con producciones crecientes[38]. El peso de las materias primas, energéticas y no energéticas, más la agricultura en el producto nacional bruto estadounidense rondaba el 50% en 1890. En el cambio del siglo había descendido al 32%, y de nuevo al 23% en 1919. En 1957 el porcentaje había caído al 13%, para quedarse en el 3,7% en 1988. Si excluimos la agricultura, ese porcentaje se reduce al 1,6% del PIB.

La teoría de la abundancia sin límites

El violento contraste entre los datos y las predicciones de los neo-maltusianos tiene una explicación. Por un lado tienen una visión estrecha y estática de los recursos[39]. No tienen en cuenta que deseamos esos recursos no por sí mismos, sino por el servicio que nos proporcionan. Una vez entendido eso, gran parte de la dificultad de entender porqué los recursos son potencialmente ilimitados se desvanece. Por otro, se ajustan a las reservas conocidas, que son solo una parte ínfima de las que pueden acabar siendo controladas por el hombre. Finalmente, hay una teoría[40] que explica sin dificultad las razones de porqué los recursos, en lugar de más escasos, son más abundantes, y que predice que la creciente abundancia no es una situación coyuntural, sino esencial en un mundo dominado por los precios de mercado y los libres intercambios.

Supongamos que la sociedad empieza a encontrarse corta de un determinado material. Que durante un período, como ha ocurrido en numerosas ocasiones, parece que las más pesimistas predicciones de los agoreros se hacen realidad. Las disponibilidades se van haciendo más escasas para unas necesidades que van en aumento. ¿Qué podemos esperar que ocurra en una sociedad de mercado?

Un primer efecto es que el consumo se va restringiendo, abandonando los usos menos urgentes para concentrarse en los que lo son más, y en concordancia van aumentando los precios. Es importante darse cuenta de que no se consumiría el recurso sin más, sino que este se iría haciendo más restrictivo, y que el precio, adaptándose a la creciente escasez, permitiría su uso aunque solo para los destinos más urgentes. Si el carbón se hiciera crecientemente escaso acabaría siendo utilizado para joyería y otros usos muy exclusivos[41], por lo que no se agotaría, como en un análisis demasiado rudo afirman los neo-maltusianos. Pero no pararían aquí las consecuencias; con este encarecimiento se disparan los beneficios potenciales asociados a un mejor y más efectivo uso del recurso. Resulta económicamente remunerador invertir en tecnologías que permitan un ahorro en el uso del mismo, o que permitan con la misma cantidad un volumen mayor de servicios. Esto ocurrió en los setenta, cuando el aumento de los precios del petróleo forzó a que se invirtiera en tecnologías que permitieran un uso más efectivo del oro negro. Antes, dados los bajos precios del mismo, no resultaba económico realizar esas inversiones, ya que era demasiado abundante como para que mereciera la pena. Los coches en los Estados Unidos andan hoy con la misma cantidad de combustible un 60% más de kilómetros que en 1973. La eficiencia en la calefacción de los hogares ha mejorado en ese país y en Europa entre un 24% y un 34%[42]. La cantidad de carbón necesaria para mover una tonelada se redujo a menos de la décima parte de 1830 a 1890. Los coches de hoy contienen la mitad de metal que los de los setenta. El valor del producto nacional por unidad de energía no ha cesado de crecer. En los Estados Unidos, con un exajulio (1018 J) se podía producir 19.000 millones de dólares del año 2000 en 1800, mientras que la misma cantidad de energía daba lugar, en el primer año, a 90.000 millones de dólares[43]. Esta tendencia se ha acelerado desde la década de los setenta.

Cuando con una determinada cantidad física de recurso aumentamos los servicios que podemos obtener por unidad del mismo en un 100%, es exactamente igual que si dobláramos la cantidad de materia prima disponible con la antigua tecnología. De este modo, con un aumento en la productividad anual del 5%, por ejemplo, y un aumento en el consumo del 3%, se podría aumentar indefinidamente el consumo acrecentando al mismo tiempo la cantidad de servicios atesorados. La concepción de un mundo finito que necesaria e inevitablemente limita el consumo de los recursos que podemos extraer del suelo se quiebra, así, definitivamente.

Otro aspecto de la tecnología que hace más efectivo el uso de los recursos es el del reciclaje. Aunque hay bienes como los combustibles fósiles que apenas se pueden reciclar, no es el caso de otros materiales no energéticos. Aunque el reciclaje tiene evidentes limitaciones (y otras menos evidentes, como que la combustión de basura exige en muchas ocasiones más energía que la que produce), este aspecto del uso de los recursos se ha incorporado plenamente, y se desarrolla y hace más efectivo a medida que lo permiten la tecnología y los costes, con unos precios dados.

La tecnología no solo aumenta la productividad en el uso de los recursos y permite su reciclaje más efectivo. Incluso crea un recurso donde antes no lo había. El proceso es que la tecnología convierte a un recurso antes inútil en un medio adecuado para las necesidades humanas. De este modo transforma lo que era un elemento inerte del medio en un recurso con valor. Como dice David Osterfeld:

“Los avances tecnológicos de hecho crean recursos al encontrarles usos para materiales previamente inservibles. El uranio es un ejemplo; la energía hidroeléctrica, otro. Pero el petróleo es, quizás, el más dramático. Antes de mediados del siglo XIX el petróleo era una carga, y la tierra de que se supiera que lo contendría porque rezumaba valía muy poco. Solo con el surgimiento de la era de las máquinas devino un recurso” [44].

Otro proceso que se pone en marcha con el aumento del precio del recurso, en nuestro supuesto, es su sustitución por otros bienes que pueden ofrecer los mismos servicios pero que no habían sido utilizados porque con la antigua estructura de precios no resultaba económico hacerlo. Si estos recursos o medios alternativos no son suficientes, los potenciales beneficios de su obtención son tan grandes que los empresarios en seguida destinan recursos para su desarrollo. El proceso de substitución en este campo se ha dado en numerosas ocasiones en la historia. En la Edad Media europea la principal fuente de energía era el carbón vegetal extraído de los árboles. Con el paso de los años y su explotación creciente el precio del carbón vegetal comenzó a subir, dado que se hacía más y más escaso. Entonces se buscaron otros combustibles, y se dio con el carbón mineral, que previamente había sido un recurso sin valor[45]. Lo mismo ocurrió con el propio carbón en la segunda mitad del siglo XIX. Precisamente cuando W. S. Jevons se planteaba la cuestión del carbón se estaba buscando un sustituto, posición que finalmente ocuparía el petróleo.

A mediados del XIX las lámparas se encendían con aceite de ballena. Cada vez su captura se fue haciendo más costosa, y el precio del aceite comenzó a subir de forma notable. Los miedos a un pronto agotamiento de este aceite se ahogaron con el descubrimiento de que se podía extraer aceite del carbón, que podía realizar la misma función. A finales del mismo siglo empezó a escasear el marfil con el que se hacían las bolas de billar. En respuesta al aumento de precio y la creciente escasez se ofreció un premio para quien hallara un material sustitutivo. De este modo se inventó el celuloide, material que utilizamos no solo para las bolas de billar sino para infinidad de productos, en unas cantidades y a unos precios que quien convocó el premio no podría imaginar. Zaire, el principal productor de cobalto del mundo, pasó por un momento de inestabilidad política en los setenta, lo que llevó a que la oferta de este metal se restringiera en 1978 un 30%, con el consiguiente aumento espectacular de los precios. Los imanes que se hacían con aleaciones de cobalto se substituyeron por imanes cerámicos, mientras que las pinturas hechas con una base de cobalto se substituyeron con las que utilizaban en su lugar manganeso[46]. Los ejemplos se multiplican. Precisamente una de las ramas de la tecnología que mayor desarrollo ha tenido en la segunda mitad del siglo XX es la de los nuevos materiales.

En definitiva, aunque puede haber procesos maltusianos a corto plazo, a largo plazo el desarrollo de la tecnología permite mayores productividades, un mejor reciclaje y la sustitución por otros medios, todo esto movido por el mecanismo de los precios y de la empresarialidad, lo que hace que a largo plazo la cantidad de recursos no sea más escasa sino más abundante. Si se permite el libre desarrollo de la sociedad no hay motivo para esperar que la finitud física de los materiales impida un desarrollo potencialmente ilimitado de los bienes. Esto no quiere decir que se llegará a un punto en el que no haya escasez, ya que ésta está ligada al mismo concepto de acción humana. La riqueza está limitada temporalmente por el capital acumulado y el uso que se haga del mismo, pero lo que hay que tener en cuenta es que no lo está por consideraciones físicas, como la finitud de la Tierra[47].

Ni siquiera hay motivos para albergar preocupaciones más que a muy corto plazo. Los recursos conocidos no son más que las reservas que ha merecido la pena encontrar, dados el precio, la demanda previsible del mismo y los costes de explotación. Siempre que se comienzan a hacer escasos salta el mecanismo de búsqueda de nuevos yacimientos. Pero nunca va demasiado lejos, ya que la búsqueda conlleva costes, en que los empresarios no incurrirán a no ser que crean que les reportarán beneficios, en los actuales o previsibles niveles de precios[48]. Por ese motivo siempre hay un nivel de reservas suficiente para varias décadas, pero nunca se aleja demasiado del momento presente. Esta situación puede dar un sentimiento de provisionalidad que ha alimentado las más pesimistas previsiones aunque, como hemos visto, sin fundamento. De este modo, la barrera de los recursos conocidos se va ampliando con el tiempo[49].

En el caso particular del petróleo los datos nos permiten ser especialmente optimistas. El yacimiento de Alberta, que no ha sido todavía explotado, alberga unas tres veces las reservas de Arabia Saudita, el mayor productor de crudo del mundo, mientras que hay un tipo de petróleo viscoso que supondrían, en las reservas del Orinoco, en Venezuela, un billón de barriles y 1,8 billones en el río Athabasca, en Canadá[50]. El petróleo sintético, elaborado a base de alquitrán mineral, podría aumentar la oferta de crudo en más de un 50% a un precio de 30 dólares. Se calcula que en 25 años podría suponer una oferta que doble en cantidad la del petróleo. Y los recursos totales de alquitrán mineral se calculan en 242 veces los de petróleo, lo que supondría más de 5.000 años de consumo a los actuales niveles. Suficiente tiempo como para ofrecer alternativas a los combustibles fósiles. Se ha descubierto la forma de explotar el gas metano que se produce en las minas de carbón. Si se logra incorporar este gas a la oferta mundial puede suponer el impacto de sumar el doble de las reservas de gas natural[51]. Julian Simon comenta la posibilidad de que se produzcan aceites substitutivos a partir de biomasa, en cosechas[52].

No solo se descubren nuevos yacimientos, sino que los que ya se conocen se explotan de forma más intensiva. Si no se habían explotado plenamente es porque la estructura de precios y costes no lo hacía recomendable, o porque la tecnología no lo permitía. Ambas barreras, la económica y la tecnológica[53], no han hecho más que ampliarse en consonancia con las necesidades mundiales. Por otro lado, hay otras fuentes de energía. La era nuclear no ha hecho más que empezar, y hay otras formas de energía que aún no son alternativa a los combustibles fósiles pero que están jugando un creciente papel en la oferta mundial de energía[54]. Además hay otras fuentes que aún no hemos comenzado a explotar, como el movimiento de las mareas o las tormentas, en las que se genera una cantidad de energía de proporciones realmente impresionantes; se descarga más energía en una tormenta que la que consume la humanidad en un año. A ello hay que añadir posibles fuentes de energía que no hemos concebido todavía, como en su momento no se pudo concebir extraer energía de la fusión o fisión de átomos[55].

Hoy, sin embargo, nos encontramos en una situación a la que la humanidad no se ha enfrentado anteriormente, se nos dice. La India, y especialmente China, suponen nuevas amenazas para el mantenimiento de los recursos, ya que en el segundo caso hablamos de una economía de 1.200 millones de personas que ha crecido a un ritmo medio anual del 8% desde que se introdujeron las medidas favorables a la economía de mercado, cada vez menos tímidas. Se lo llevan todo para sustentar un sector industrial de enormes proporciones, que deja la impronta de made in China en un número creciente de productos y pronto reemplazará a los Estados Unidos como primer contaminante mundial. Estas preocupaciones concuerdan con la visión del hombre como “devorador” de recursos. Pero así como es consumidor, el hombre es también productor, y cuando se le permite actuar en libertad, cuando puede aplicar la razón a la gestión económica sin trabas, siempre triunfa el último aspecto. China ejerce una creciente demanda mundial, pero lo hace para utilizar los recursos en nuevas producciones, lo que abaratará los costes y aumentará la riqueza mundial. Con ésta aumentan las posibilidades del hombre de control de los recursos y para encontrar sustitutos si estos se hacen necesarios. Por otro lado, el crecimiento chino permite la aparición de nuevas tecnologías, intensifica el uso racional de los recursos y alienta la obtención de otros nuevos, que en el pasado han quedado intactos porque el opresor sistema chino no ha favorecido su descubrimiento y obtención.

Finalmente, el peso de los recursos en la economía ha ido decreciendo de forma sostenida con el paso de los años. El desarrollo de las tecnologías de la información y la sustitución de la tecnología analógica por la digital son un clara ilustración de que las preocupaciones sobre el agotamiento de las materias primas comienza a ser una discusión cada vez menos importante. Hoy se pueden vender en el mercado programas informáticos por muchos miles de euros sobre el soporte de un CD cuya producción cuesta unos cuantos céntimos. La substitución de la fotografía analógica por la digital está reduciendo la demanda de la plata. La fibra óptica está realizando la labor del cobre con una eficacia muy superior.

El poder creador de la sociedad libre

Con estas palabras titulaba Friedrich A. Hayek el segundo capítulo de su obra Los Fundamentos de la Libertad. Hasta ahora hemos visto que, puesto que no necesitamos los recursos por ellos mismos sino por los servicios que nos prestan, y éstos dependen del uso que hagamos de ellos, el concepto de productividad es esencial para entender la economía de los recursos. Y que de hecho, teóricamente, un continuado aumento de la productividad permite aumentar el consumo de un recurso y al mismo tiempo hacerlo más abundante, en términos de los servicios todavía atesorados en los recursos existentes. Luego hemos visto cómo históricamente se ha dado ese aumento en la productividad, lo que ha hecho que los recursos hayan sido históricamente más y no menos abundantes. Lo que voy a abordar aquí, siquiera brevemente, es porqué en una sociedad libre se produce ese aumento en la productividad. Luego seguirá un apartado sobre de qué manera, cuando el libre desarrollo de la sociedad se limita con intervenciones e interferencias, como sugieren los partidarios del Desarrollo Sostenible, ese aumento de la productividad que hace precisamente sostenible el desarrollo deja de estar asegurada.

La productividad de un recurso depende de la posición que ocupe en el entramado productivo. En una economía robinsoniana la práctica totalidad de los recursos carecen de valor. A medida que crece la división del trabajo una porción mayor de los recursos pasa a formar parte de la estructura productiva, por lo que pasan de no tener valor a adquirirlo. Al mismo tiempo crece el número de usos a que se pueden destinar. El mundo material, así como los deseos de los individuos, son muy variados[56], lo que aumenta las posibilidades de intercambio y las oportunidades de beneficio. Del mismo modo, se amplían las posibilidades para la especialización, confiando en que el mercado provea de los otros bienes necesarios y convenientes, lo que permite incrementar la productividad. Asimismo, la creciente división del trabajo ofrece mayores opciones a la inversión y la acumulación de capital. Ambos factores, división del trabajo o del conocimiento y acumulación del capital, son los dos pilares del crecimiento económico. Con la tecnología y las formas productivas aumenta la productividad de los factores originarios, como son los recursos naturales. Y es que “con la intensificación del intercambio y la mejora de las técnicas de comunicación y transporte se hace posible el desarrollo de nuevos factores de producción y se aumenta la productividad” (Hayek). La creciente especialización permite un trabajo más heterogéneo y complementario, lo que a su vez hace posible retornos crecientes, y no decrecientes[57]. El proceso, no obstante, no es automático y ha de estar movido por la empresarialidad, que descubre las oportunidades y las aprovecha con la espoleta del beneficio y las pérdidas[58].

Un ejemplo histórico de la importancia de la división del conocimiento en la mejora de la vida humana lo tenemos en Tasmania. La isla se separó del continente de Oceanía, y sus moradores perdieron el contacto con otras poblaciones humanas durante 10.000 años; cuando un barco europeo arribó a esas costas en 1642, sus tripulantes pudieron comprobar que los 4.000 habitantes de la isla no sabían iniciar un fuego, no tenían instrumentos hechos con huesos ni herramientas complejas, como una flecha compuesta por una punta unida a una vara, o utensilios de piedra de alguna complejidad. Ni siquiera comían pescado o tenían instrumentos para adquirirlo, pese a que vivían en la costa[59].

Entonces, ¿es imposible que se cumplan las predicciones de los neo-maltusianos?

Los datos recogidos en este artículo permiten ser muy optimistas. Y la teoría económica, que explica el funcionamiento de los precios y el comportamiento de los agentes económicos en función de las circunstancias, nos asegura que en una sociedad libre, basada en el voluntario intercambio de propiedad y en la producción para el mercado, no hay motivo para compartir las preocupaciones de los más agoreros. Pero si cambiamos el sistema social, si introducimos medidas de control estatal y sustituimos la libre formación de precios por el sistema de mando y planificación estatal, muchas de las predicciones neomaltusianas pueden hacerse trágicamente certeras. Una vez suprimimos el mecanismo de los precios, los gestores de los recursos actúan a ciegas, sin saber cuál es el valor de los mismos, cuál es su mejor uso, o si una mayor o menor producción es conveniente. Es el problema del cálculo económico que descubrió Ludwig von Mises[60]. Además, los gestores, al no estar movidos por el beneficio empresarial, tienen incentivos que divergen de la buena gestión de los recursos. Y la búsqueda y adopción de nuevas tecnologías se hace más perezosa y, sobre todo, más arbitraria. Como han escrito José Ignacio del Castillo y Jesús Gómez Ruiz:

“No obstante, la inteligencia y esfuerzo humanos sólo pueden florecer en un ámbito donde exista libertad para producir, intercambiar e investigar nuevas formas más eficaces de satisfacer nuestras necesidades. Y tanto la teoría como la experiencia han demostrado que ese ámbito sólo puede proporcionarlo el capitalismo o economía de mercado, el único sistema que permite armonizar los intereses de todos los individuos y que rompe el maleficio que tanto se complacen en airear los enemigos de la libertad: “El progreso de unos implica el empobrecimiento de otros”. Es precisamente cuando se aplican las medidas de control propuestas por los ecologistas cuando sobreviene la parálisis del crecimiento y las hambrunas[61].

Los ejemplos en el socialismo son innumerables: puesto que bajo este sistema no hay propiedad privada, falta el elemento que liga el esfuerzo individual y la aportación de valor con la remuneración. Ésta, por tanto, ha de basarse en criterios arbitrarios basados en cuotas de producción, que a su vez crean unos incentivos perversos. Por ejemplo, la industria petrolera rusa cumplía con las cuotas no con el criterio de petróleo hallado, sino con el de metros perforados, por lo que los gestores se afanaban más en perforar terrenos que en encontrar petróleo, que acaba siendo una cuestión secundaria. Pravda se quejaba de que había expediciones de varios años que, pese a no obtener nada, se presentaban como éxitos por el ingente volumen de perforaciones. No es el único problema asociado al socialismo. Puesto que los gestores tienen el incentivo de mantener las cuotas, y la introducción de nuevos métodos productivos puede llevar a una reducción a corto plazo de la producción, no se querían introducir nuevos métodos, lo que suponía un freno al crecimiento de la productividad. Para salvar estos problemas se introdujo la valovaia proucksia, o val, que elegía como criterio el incremento del valor del producto en rublos. El resultado era previsible: inflación en lo posible de los costes de producción. El resultado es la ineficiencia, “una ineficiencia que era especialmente aguda en el área de los recursos, donde los incentivos creados por los planes fomentaban el despilfarro (como en el petróleo), mientras que simultáneamente se impedían las innovaciones y la búsqueda de sustitutos y de fuentes adicionales de oferta”[62].

Desarrollo Sostenible

No obstante, ya pocos proponen el socialismo como alternativa a las sociedades libres[63]. Cuando queda claro que el capitalismo trae desarrollo y prosperidad, el ataque pasa por decir que este desarrollo no es sostenible, por los motivos que hemos analizado en el artículo. En consecuencia, lo que tenemos que encontrar es un nuevo desarrollo que no asiente, como supuestamente hace el capitalismo, las bases para su propia destrucción; que sea compatible con el mantenimiento de los recursos y no los agote para las generaciones venideras. Es la idea del desarrollo sostenible, principio que fue expresado por primera vez en el Brundtland Report, conocido como Nuestro Futuro Común, de 1987: “Desarrollo que cumple las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de cumplir sus propias necesidades”. El principio fue luego adoptado por el Tratado de la Unión Europea de 1992, y por la Convención de Río de Janeiro del mismo año. En la actualidad es un principio ampliamente aceptado en la gestión de los recursos. La idea resulta atractiva, y es lo suficientemente sencilla como para asegurar su éxito. Pero cuando más se acerca uno a la idea de Desarrollo Sostenible, especialmente si se le quiere encontrar una aplicación práctica, más se desvanece lo que pudiera tener de interesante.

En realidad, parte de conceptos precientíficos en economía, ya que no encaja con el marginalismo y vuelve al tratamiento que de las necesidades hacían los economistas clásicos. Además, cumplir las necesidades del presente no tiene un sentido concreto. ¿Qué necesidades? ¿Todas? No se pueden cumplir todas las necesidades presentes, porque nos encontramos con la sempiterna escasez. Por otro lado, si dedicáramos todos los recursos que tenemos a cumplir en la medida de lo presente las necesidades de hoy, los agotaríamos con rapidez para el futuro, y la segunda parte del principio no se podría cumplir. Por tanto, lo que necesitamos es un criterio en el que comencemos a renunciar a las necesidades inmediatas ahorrando recursos que sirvan para el futuro. En el libre mercado este criterio está asegurado, ya que las distintas valoraciones que los individuos dan a la urgencia en el cumplimicontrar otros baremos distintos de las valoraciones libremente expresadas en el mercado. Un criterio cierto y aprensible sería el Desarrollo Sostenible estricto o duro, por el que no se podría consumir ningún mineral por encima de su tasa natural de reposición. En el caso concreto del petróleo, esto supondría consumir unos 50.000 barriles al año, o un minuto en los niveles actuales de consumo[65]. En otros casos simplemente no se podrían consumir, a no ser que cayera algún meteorito en la tierra.

Otros intentos menos absurdos apuntan al mantenimiento de la calidad de vida, pero resulta imposible hallar tal baremo con distintas culturas, clases sociales y con gustos y tecnologías cambiantes. Al final, los distintos intentos por perfilar la definición de Desarrollo Sostenible han acabado en un conjunto vago de diversos objetivos. Pero cualquier objetivo tiene su coste, por el principio de escasez, y, como ha señalado Wilfred Beckerman, “aquí el concepto de desarrollo sostenible no tiene nada que añadir. De hecho resta del objetivo de maximización del bienestar humano, porque el eslogan de Desarrollo Sostenible parece dar una justificación general para casi cualquier política designada para promover casi cualquier ingrediente del bienestar humano independientemente de sus costes y, por tanto, independientemente del sacrificio de otros ingredientes de la riqueza”[66].

Estas llamadas al sacrificio económico son absurdas. Siguiendo a Wilfred Beckerman[67], podemos hacer el siguiente ejercicio: En los últimos 40 años la tasa anual de crecimiento ha sido del 2,1%. Si hacemos una previsión de crecimiento absurdamente conservadora para el futuro, por ejemplo del 1,5%, eso implicará que en 2100 (él escribe en 2003) seremos 4,43 veces más ricos que ahora. Con tasas más creíbles esa cifra se podría aumentar a la veintena. ¿Cuánto tenemos que sacrificar el presente para mejorar nuestro futuro, si teniendo en cuenta previsiones muy conservadoras esa mejora será más que sustancial? Pero la absurdidad del planteamiento es doble. Porque el tipo de sacrificios que impone el Desarrollo Sostenible según sus partidarios redundaría en un menor crecimiento, y por tanto en menores disponibilidades para el futuro. La riqueza del futuro se construye a partir de la acumulada previamente, y si la sacrificamos hoy mañana habrá menos con que crear. El principio puede sonar razonable, porque sugiere un ahorro para futuras generaciones, pero no hay que confundir renunciar a la creación de riqueza con renunciar al consumo presente en favor del consumo futuro.

De acuerdo con la Conferencia Económica de las Naciones Unidas para Europa, “para conseguir el Desarrollo Sostenible las políticas han de estar basadas en el Principio de Precaución. Las medidas medioambientales deben anticipar, prevenir y atacar las causas de la degradación medioambiental. Si hay amenazas de daños serios o irreversibles o falta de certidumbre científica total, habrá razones para proponer medidas que prevengan la degradación medioambiental”[68]. Dado que es muy difícil, por no decir imposible, controlar todas las consecuencias de las acciones humanas, el Principio de Precaución llevaría a la inacción total. Para evitarlo se propone que todo movimiento tendría que estar aprobado por un comité científico-ecologista, verdadero objetivo de proclamar el Principio de Precaución. Por otro lado, la humanidad ha realizado enormes avances sin hacer caso de este principio, y cabe esperar que en la medida en que no se cumplan las recomendaciones políticas tras estos eslóganes, y las personas mantengan su libertad de actuación, la racionalidad informada y la empresarialidad aportarán soluciones a los problemas que se pudieran producir. Como señala Wilfred Beckerman, “la alternativa al Principio de Precaución no es la inacción, sino la acción informada”[69].

Pensemos un poco más sobre esto. El desarrollo de las ciudades ha limitado el alcance al que habitualmente ve el ojo humano, lo que se ha hecho más agudo con la extensión de la lectura. Dado que el ojo evolucionó para ver con precisión a largas distancias, el que esté forzado a enfocar a distancias más cortas que las que prevé su diseño genético ha sido la causa de multitud de miopías. Pero, por un lado, no vamos a renunciar a la lectura o a vivir en ciudades por ese efecto, que en su momento no se previó; por otro, el desarrollo de la óptica y, recientemente, las operaciones quirúrgicas han enmendado en gran parte ese problema. Un nuevo ejemplo de cómo una sociedad libre resuelve los problemas no previstos de la aplicación de nuevas tecnologías. El mismo ingenio y el mismo proceso social que ha dado lugar a la solución de un problema sería capaz de superar las consecuencias negativas e imprevistas de esta solución cuando aparecieran. Pero no se puede esperar a que un comité científico dé con todas las posibles consecuencias; primero, porque no sería capaz de cumplir su cometido y, segundo, porque detendría el único proceso capaz de hallar nuevas soluciones a viejos y nuevos problemas: la sociedad libre. Otro efecto negativo añadido es que daría un poder enorme a los citados comités, aunque no es descartable que el Principio de Precaución no sea para algunos más que un pretexto ideológico para situarse en una posición que no les corresponde.

Conclusiones

La riqueza no tiene como última causa los recursos naturales, sino el ingenio humano y el conocimiento. El primero no cambia con el tiempo, pero el segundo aumenta con la población, que por tanto no es un freno sino un acicate para el crecimiento y el aumento de la productividad. Peter Bauer ha destacado que “la disponibilidad de recursos naturales no puede ser un elemento crítico para el logro económico”, lo que se puede observar en “las amplias diferencias en el desempeño económico y la prosperidad entre individuos y grupos que viven en el mismo país y tienen acceso a los mismos recursos naturales”[70]. Un reciente artículo, titulado ‘Wordly Wealth’, concluye que una población de 9.000 millones de personas que tuvieran el estilo de vida de los ricos de hoy sería sostenible y no dañaría el medio ambiente.

Los agoreros han estado cantando el fin de los recursos una y otra vez, con sucesivos y minuciosos fracasos que no han destruido, sino aumentado, el prestigio de sus augurios. El error del que parten es una visión estática de los recursos, y al final una falta de familiaridad con conceptos esenciales de la economía como servicios, productividad, división del trabajo o empresarialidad. La idea esencial es que no queremos los recursos por ellos mismos, sino por los servicios que nos prestan, y la cantidad que podemos obtener de ellos no es fija, sino que aumenta con la productividad, lo que ha ocurrido históricamente. Además, la teoría económica revela las razones de porqué las sociedades libres, en las que el ingenio humano y la empresarialidad están libres para aportar soluciones a los problemas y las necesidades sociales, son testigos de estos aumentos en la productividad que aseguran el crecimiento, sostenible, de los recursos. Las propuestas alternativas a la sociedad libre minan las bases del desarrollo y harían aparecer los problemas que erróneamente le achacan. En definitiva y en última instancia, como dice George Reisman, “la última clave para la disponibilidad económica de los recursos naturales es la inteligencia humana motivada, lo que quiere decir una sociedad capitalista”[71].

 


[1] Cuando me refiero a que los recursos no tienen límite no estoy negando la escasez de los mismos, sino a que el hecho de que físicamente sean limitados no tiene ninguna implicación para la futura disponibilidad de servicios esenciales, como por ejemplo la energía.

 

[2] Sobre la praxeología como fundamento de las ciencias sociales, véase Ludwig von Mises, La acción humana. Tratado de Economía, Madrid, Unión Editorial, 1995 (5ª ed). También se puede consultar en: www.mises.org/humanaction.asp. Ver especialmente la introducción y las dos primeras partes. También se puede consultar Murray N. Rothbard, The logic of action I. Method, money and the Austrian School, Cheltenhalm (Reino Unido), Edward Elgar, 1997, capítulos 1-6. ‘In defense of Extreme Apriorism, ‘The mantle of Science’ y ‘Praxeology: The methodology of the Austrian Economics’.

 

[3] Ludwig von Mises, op. cit., págs. 111-112. En el mismo sentido se manifiesta el también economista Thomas Sowell: “Un recurso natural es algo que se da en la naturaleza y que nosotros sabemos cómo utilizarlo para nuestros propósitos. Nuestro conocimiento es tan integral al concepto de recurso natural como el mismo aspecto físico. Un inventario de los recursos naturales hecho hace dos siglos no hubiera incluido el uranio o la energía hidroeléctrica, porque nadie sabía cómo utilizar esas cosas. Una vez los recursos se ven desde esta luz, no se puede seguir manteniendo que hay menos recursos naturales con el paso del tiempo”. Citado por David Osterfield, ‘The increasing abundance of resources’, The Freeman, junio de 1984.

 

[4] Éste es el origen tanto teórico como ético de la propiedad. La extensión de las acciones humanas sobre las cosas, que de este modo devienen recursos. Pasan de ser meras condiciones externas de la acción a entrar en la corriente de medios que sirven al hombre. Al proyectar su acción sobre partes del universo físico, les da un valor y se apodera de ellos. El lado económico del análisis ha sido elaborado por Carl Menger en Principios de Economía Política, Madrid, Unión Editorial, 2002. El lado ético ha sido elaborado por John Locke y recientemente reformulado por la Escuela Austriaca, especialmente por Israel Kirzner (Creatividad, capitalismo y justicia distributiva, Madrid, Unión Editorial, 1995), así como por Murray Rothbard (La ética de la libertad, Madrid, Unión Editorial).

 

[5] Ludwig von Mises, op. cit., págs. 168-170 (www.mises.org/humanaction/chap7sec4.asp). Hay que resaltar que cuando Mises afirma “quien produce no crea” se está limitando a aludir a la conocida Ley de Lavoisier, según la cual la materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Luego este principio se ampliaría a la energía gracias al E = mc2 descubierto por Einstein. Aquí habla desde su conocimiento de la física, y no como economista, ya que más adelante, al hablar del ámbito humano, destaca el carácter creativo de la mente. Otro pasaje del mismo punto, titulado ‘La Producción’, dice: “Por eso es totalmente errónea la idea popular de que la economía tiene por objeto ocuparse de los presupuestos materiales de la vida. La acción humana es una manifestación de la mente. En este sentido la praxeología puede ser denominada ciencia moral (Geisteswissenschaft)”.

 

[6] Sobre la ley de determinación de los precios y su capacidad para adaptarse a la escasez relativa de los bienes, e indicarla, véase Murray N. Rothbard, Man, economy and state with power and market, Auburn (Alabama, EEUU), The Ludwig von Mises Institute, 2004, capítulos 2 y 4. Consideraciones adicionales sobre los precios se pueden encontrar en George Reisman, Capitalism. A complete and integrated understanding of the nature and value of human economic life, California, Jameson Books, Ottawa Ill, 1998, capítulo 6.

Sobre el papel de los precios como mecanismo que recoge información dispersa y la transmite de forma sencilla y efectiva, coordinando de este modo los planes individuales en un entorno abierto y cambiante, véase Friedrich A. Hayek, ‘Economics and knowledge’, en Individualism and Economic Order, Chicago, The University of Chicago Press, 1948-1992, págs. 33-56. Del mismo libro, ‘The use of knowledge in society’, págs. 77-91.

Es especialmente significativo para este artículo ‘Competition as a discovery procedure’, en New Studies in philosophy, politics and economics, Chicago, The University of Chicago Press, 1978, págs. 71-97.

También se puede consultar a Israel Kirzner, The driving force of the market, Londres, Routledge, 2000, capítulos 1 y 7.

 

[7] Julian Simon, The ultimate resource 2, Princeton (Nueva Jersey), Princeton University Press, 1996, pág. 28, y en general la primera parte del libro.

 

[8] Julian Simon, op. cit. El diagrama de su clasificación está en la página 47.

 

[9] Ludwig von Mises, op. cit, capítulo XXII, especialmente las páginas 755-757.

 

[10] Hay minerales que no se han conocido hasta recientemente, por lo que entraban en esa categoría antes de que los hombres los integraran en la corriente de la producción. Es el caso del petróleo, el aluminio, el radio o el uranio.

 

[11] Julian Simon, op. cit., pág. 44. “Los recursos conocidos son una guía totalmente engañosa para los recursos que estarán disponibles en el futuro”.

 

[12] Wilfred Beckerman, Through green coloured glasses. Environmentalism reconsidered, Cato Institute, Washington D.C., 1996, pág. 61.

 

[13] No obstante, la profundidad del análisis de W.S. Jevons supera con creces la mayoría de las posteriores, al tener en cuenta cuestiones esenciales que luego veremos, como la influencia de la escasez en los precios y de éstos en el comportamiento económico. Un antecedente teórico es, por supuesto, el de Thomas Malthus; no en vano se ha llamado a quienes predicen el inevitable agotamiento de los recursos “neomaltusianos”. Pero Malthus se centró en la agricultura y la producción de comida, y se enfrentó al problema de la Ley de los Rendimientos Decrecientes. Si bien su teoría está tan mal fundada como la de los modernos neo-maltusianos y por motivos similares, el artículo se centra en las materias primas y deja a un lado el problema de la producción de comida. Sobre este último problema se puede consultar Julian Simon, op. cit., capítulo 5; Bjorn Lomborg, The skeptical environmentalist. Measuring the real state of the world, Cambridge, Cambridge University Press, 2001, caps. 5 y 9; y Ronald Bailey (ed.), Global warming and other eco-myths. How the environmental movement uses false science to scare us to death, Roseville (California), Competitive Enterprise Institute, Prima Publishing, 2002, capítulo 2.

 

[14] Que fue creado en parte como reacción al miedo de agotamiento de petróleo a finales del siglo XIX. Ver Mark Brandly, ‘Will we run out of energy?’, Mises Daily, 19 de mayo de 2004.

 

[15] Bjorn Lomborg, op. cit., págs. 121-122. Lomborg cita a Frank Notestein, que dijo: “He estado quedándome sin petróleo desde que era un niño”.

 

[16] Beckerman, op. cit., pág. 62.

 

[17] David Osterfield, ‘The Increasing Abundance of Resources’, The Freeman, junio de 1984.

 

[18] Sobre el pico de Hubbert hay que decir que, si bien en ocasiones puede parecer acertado, lo cierto es que nunca se sabe si el último pico de producción será sobrepasado por otro nuevo, o no. El éxito de este modelo es siempre provisional, y consiste en que la curva de la producción no sea siempre ascendiente. Por otro lado, se podría tener una producción decreciente de petróleo con un incremento de servicios gracias al aumento de la productividad. Una caída de la producción, por otro lado, podría producirse no a pesar de que el petróleo sea cada vez más necesario sino precisamente porque se necesite, eventualmente, una menor producción.

 

[19] Julian Simon, op. cit., pág. 48.

 

[20] No sabemos si los autores consideran que el público necesita una nueva dosis de engaños.

 

[21] Beckerman, op. cit., pág. 57.

 

[22] David Osterfield, Prosperity versus planning. How government stifles economic growth, Oxford, Oxford University Press, 1992, pág. 87.

 

[23] Heilbroner resumió su pensamiento en un artículo del mismo año con estas palabras: “Al final, hay un límite absoluto a la capacidad de la tierra de soportar o tolerar el proceso de actividad industrial, y hay motivo para creer que nos estamos moviendo hacia ese límite muy rápidamente”. Ver el artículo de William L. Anderson ‘Unsustainable Predictions’.

 

[24] Beckerman, op. cit., pág. 61.

 

[25] Wilfred Beckerman, A poverty of reason. Sustainable development and economic growth, Oakland (California), The Independent Institute, 2003, págs. 21-22.

 

[26] El biólogo ya había predicho en 1968 que “la batalla por alimentar a la humanidad ha acabado. En los setenta el mundo sufrirá hambrunas y centenares de millones de personas morirán por inanición”. Predicción que sirvió de prólogo a la denominada revolución verde que casi triplicó la oferta mundial de comida. Es un ámbito, el de la comida, más estrictamente maltusiano, en el que no vamos a entrar en este artículo. Véase, no obstante, la nota 13.

 

[27] Ronald Bailey, op. cit., págs. 246-7.

 

[28] Antonio Mascaró Rotger, ‘Grandes controversias de la historia de la Ciencia (II). Humanistas contra ecologistas’, La Ilustración Liberal, nº9 (www.libertaddigital.com:83/ilustración_liberal/articulo.php/160): “En 1990, por haber promovido un ‘mayor entendimiento público de los problemas ambientales’, se concedió el premio de la MacArthur Foundation, valorado en 345.000 dólares, al ‘genio’ Paul Ehrlich. También recibió un premio de 240.000 dólares de la Real Academia Sueca de la Ciencia, la misma que entrega los premios Nobel. Aunque la revista Fortune le incluyó en su lista de los ‘150 pensadores más estimulantes de 1990’, Simon nunca recibió un premio MacArthur. ‘¡MacArthur! -exclamaba con ironía-¡Ni siquiera puedo conseguir un McDonald’s!’”.

 

[29] Ronald Bailey se pregunta, en su artículo ‘We’re doomed again’ (www.opinionjournal.com/la/?id=110005103): “Paul Ehrlich nunca ha acercado. ¿Por qué hay todavía quien le escucha?”.

 

[30] Más predicciones agoreras recientes, en Michael Sanera y Jane S. Shaw, Facts, not fear. Teaching children about the environment, Washington D.C, Regnery Publishing, págs. 45-47.

 

[31] El propio Simon era maltusiano en sus comienzos. Pero sus investigaciones le hicieron ver que la hipótesis maltusiana no se sostenía. Ver Robert L. Bradley, Julian Simon and the triumph of energy sustainability, Competitive Enterprise Institute, capítulo I.

 

[32] Simon lo ha contado en op. cit., págs. 33-36. Todos los detalles de esta apuesta y de la controversia entre ambos autores, en el artículo de Antonio Mascaró Rotger citado más arriba.

 

[33] Beckerman (1996), pág. 61.

 

[34] David Gootein, en su libro Out of gas: The end of the Age of Oil (W.W. Norton & Company, 2004), afirma: “La civilización tal como la conocemos llegará a su final en algún momento de este siglo, a no ser que hallemos un modo de vivir sin combustibles fósiles”. Citado en Mark Brandly, ‘Will We Run Out of Energy?’, donde se muestra la inanidad de estas palabras. Otro ejemplo reciente es el artículo de la revista Time ‘Why U.S. is running out of gas’ (requiere suscripción), adecuadamente criticado por William L. Anderson en ‘Oil and the State: How journalists get it wrong’. National Geographic acaba de publicar un artículo titulado ‘The end of cheap oil’. El caso de National Geographic es llamativo, porque en 1981 había afirmado: “Las estimaciones conservadoras proyectan un precio de 80 dólares por barril (en 1985) incluso si se restablece la paz en el Golfo Pérsico y se mantiene la incierta estabilidad”. Citado en Beckerman (2003), pág. 22. Sobre el estado de la energía en la actualidad, véase el Survey que le dedicó The Economist el 8 de febrero de 2001.

 

[35] David Osterfield, ‘The increasing abundance of resources’, The Freeman, junio de 1984.

 

[36] Los datos que recojo están sacados de los citados libros de Julian Simon y Björn Lomborg.

 

[37] Ver, por ejemplo, los datos recogidos por Wilfred Beckerman (2003), pág. 12.

 

[38] Lomborg, op. cit., capítulo 12.

 

[39] Osterfeld (1992): “La tierra es un lugar físicamente finito. Pero los recursos no son ni fijos ni finitos. El concepto de recurso es dinámico” (pág. 98).

 

[40] Julian Simon, que ha unido definitivamente su nombre con esta teoría, cita sus antecedentes en su último libro, The great breakthrough and its Cause, Michigan, The University of Michigan Press, 2003. El primer autor que habría adoptado esta visión sería Theodore Schultz, en un ensayo de 1951 titulado ‘The declining importance of land’, Economic Journal, nº 61, 725-40. Le siguieron Simon Kuznets, Population redistribution and economic growth: United States 1870-1950, American Philosophical Society, 1957-60; y Friedrich A. Hayek, The constitution of liberty, Chicago, The University of Chicago Press, 1960, capítulo 2. Los tres economistas recibieron el premio Nobel de economía (en 1979, 1971 y 1974, respectivamente). Simon hubiera merecido el mismo reconocimiento. El propio Hayek, en su última obra (citada en la nota 54), ofrece su propia lista de autores (en la página 125). Cita a Julian Simon, Ester Boserup (Population and technological change. A study in long-term tren desarrollo sostenible, Chicago, The University of Chicago Press, 1981), Douglass North (The rise of the Western World, Cambridge, Cambridge UP, 1973;

 

La lección del Día de Acción de Gracias

La costa de Plymouth recibió en 1620 a un puñado de colonos que llegaron del Viejo Continente con la esperanza de dejar atrás no solo las persecuciones religiosas, sino alguna de las instituciones que consideraban más perversas. Firmaron entre ellos el Pacto del Mayflower, por el que se constituyeron en entidad política autónoma e, impulsados por el fervor religioso, se organizaron basándose en un sistema de propiedad comunal. La comida y el resto de los bienes serían producidos y distribuidos en común, con los principios de equidad y necesidad como guías de los líderes de la colonia. Estaba prohibida la producción para el consumo propio y todo el mundo recibiría las mismas raciones. En la confianza de seguir los designios del Señor y de contar con su bendición, se lanzaron a crear una sociedad nueva, que acabaría con las injusticias que habían visto y padecido en Inglaterra.

El resultado de esta política no fue el que esperaban. Casi la mitad de los 101 autodenominados peregrinos perecieron en unos pocos meses. Pese a que en los tres años siguientes llegaron unos cien más, apenas fueron capaces de arrancar de la tierra comida suficiente para alimentarse. El Gobernador de la colonia, William Bradford, explicó en su Of Plymouth Plantation, que los colonos estaban tan desnutridos que tenían que vender sus mantas y sábanas a los indios por un puñado de comida, o se convertían en sus siervos. Otros pasaban directamente al robo. “Al final llegaron a tal miseria, que algunos se murieron de hambre y frío”. El principal inversor en el Mayflower visitó su colonia disfrazado de herrero, para comprobar por sí mismo “la ruina y la disolución de su colonia”.

Tres años de miserias fueron suficientes para que, tras mucho debate, se decidiera dividir la tierra en parcelas y asignarlas a las familias, que cultivarían cada una para su consumo o para la venta en el mercado. En palabras de Bradford, “esto fue un gran éxito, pues hizo todas las manos muy industriosas (…) Las mujeres iban ahora deseosas a los campos, y llevaban a sus pequeños a plantar maíz, cuando antes habrían alegado debilidad e incapacidad”. Entonces, para obligarlas a trabajar “hubiera tenido que ser por medio de una gran tiranía y opresión”. El cambio de actitud hacia el trabajo fue radical y alcanzó, bajo el retomado sistema de propiedad privada, a cada miembro de la colonia. La cosecha fue un éxito y en su conmemoración se celebra el día de Acción de Gracias; por lo que había sido, tras tres años de comunismo, miseria y muertes por inanición, una buena cosecha.

Si alguna enseñanza tienen los acontecimientos que dieron lugar a la celebración de Acción de Gracias, fiesta nacional desde Abraham Lincoln, es el fracaso de los bienes en común, y por el contrario el éxito de la propiedad privada. El principio es muy sencillo. En una comunidad de cien, cada uno recibe de su propio esfuerzo una centésima parte, más el de los demás. Como ninguno tiene incentivos para trabajar y el coste de hacerlo recae por entero en quien lo realiza, el resultado es la inacción, la exigencia a los demás, la ruptura de las relaciones sociales y de fondo la tiranía, único modo de hacer funcionar, aunque nunca bien, ese sistema. Nada de ello le sorprenderá a quien haya leído La Rebelión de Atlas de Ayn Rand, y en concreto el capítulo en el que se explica la ruina de una otrora exitosa fábrica, que pasa a estar regida por el principio de cada cual según su capacidad; a cada cual según sus necesidades. Éste lleva a la fábrica no solo la ruina económica, sino también la moral, que torna lo que eran las normales relaciones de compañeros en recelos, envidias y enfrentamientos, todo bajo el férreo y tiránico control de los gestores. Una lección que de haberse aprendido a tiempo hubiera evitado, en el Siglo XX, decenas de millones de vidas perdidas.

Desindustrialización forzosa

El protocolo de Kyoto es un fraude. Tiene una base científica muy débil y pese a ello, propone una serie de medidas que tendrán un impacto económico sobrecogedor y para obtener un retraso en el calentamiento global, ciertamente escaso: 0,19ºC en 50 años . O retrasar el calentamiento previsto para 2100 hasta 2106. Todo ello, dando por buenos los resultados que el propio protocolo espera de su aplicación, lo que es más que dudoso, por el demostrado desdén hacia la ciencia y porque cabría pensar en un sesgo a favor de la obtención de mayores resultados previstos.

Pese a estas consideraciones, ¿A qué nos obligarían las administraciones a renunciar para obtener tan magros e inciertos resultados?

El protocolo prevé alcanzar en 2012 unos determinados niveles de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) con implicaciones dramáticas sobre la marcha de la industria. Tenemos que partir de que la elección del uso actual de los combustibles y otros recursos por parte de la industria está basada en los precios de los servicios a que dan lugar y del coste de los mismos. En un sistema de precios libres, la elección de dichos recursos es la más económica posible dadas las circunstancias. En tal caso, obligar a las industrias a reducir sus emisiones les forzaría a las siguientes opciones: La primera de ellas es el cese o la reducción de la actividad que conlleva una pérdida directa. Pero las posibles consecuencias no se agotan aquí, las empresas tendrían que adoptar otros métodos de producción que resultaran en una menor emisión de GEI. Ello implicaría o bien recurrir a métodos que ahora no se utilizan porque son económicamente ruinosos, o bien invertir en la creación de los mismos; en ambos casos la sociedad acabaría perdiendo. Además la aplicación del tratado implicará un cambios en los precios relativos de los factores de producción, que exigirán a la industria un costoso ajuste. Tanto los costes energéticos como los de transporte u otros se extenderán por el conjunto de la sociedad pero exigirán también realizar onerosos ajustes. No obstante, esto es solo el comienzo del análisis.

Dado que los derechos de emisión se reparten por países, dentro de los mismos se tiene que realizar una asignación por industrias o por empresas. Esto dará lugar a arbitrariedades, pero para evitarlas en alguna medida, los gobiernos se verán obligados a imponer una serie de condiciones para que las empresas puedan acceder a dichos derechos, o a un sistema de licencias. De este modo el esfuerzo empresarial no estará dedicado a servir de la manera más adecuada y barata al mismo tiempo al consumidor final, sino al cumplimiento de los nuevos criterios, en la medida en que aún sean económicamente rentables. Cumplir con los requisitos permite acceder a los derechos de emisión pero puesto que no son necesarios para servir a otras industrias o al consumidor último, suponen un comportamiento antieconómico. Mucho capital y horas de trabajo se destinarán tanto a cumplir con los requisitos gubernamentales o a conseguir las licencias como a introducir los cambios necesarios; un esfuerzo que desde el punto de vista económico, se pierde para los consumidores. Dado que el protocolo concibe medidas de distinto tipo que incentiven la consecución de los objetivos, resulta tentador por parte del sistema político, como de la industria, que de nuevo el dinero de la sociedad se vaya a subvencionar métodos de producción que si bien son económicamente ruinosos, permiten cumplir con las exigencias requeridas. Ese dinero destinado a la producción ruinosa o antieconómica se podría haber destinado de forma provechosa por los ciudadanos.

Dentro de un mismo país, por tanto, se producirán cambios en la estructura de la industria, que quedará afectada tras la adaptación necesaria para cumplir con los requisitos. Los cambios de la transición desde la antigua estructura a las nuevas localizaciones, organizaciones, etc implicarán, asimismo, costes. Pero por lo que se refiere al conjunto de los países la situación también habrá experimentado cambios, porque muchas empresas se verán obligadas a trasladarse a sitios que, si bien económicamente son menos competitivos que los que habían elegido, aún cuentan con derechos de emisión que les permiten continuar con la actividad. Dado que el traslado se haría a zonas menos productivas, la economía también se vería resentida por esta causa. La asignación de derechos de emisión por países bien puede ser inadecuada, especialmente cuando el paso del tiempo cambie la estructura industrial. Unos países crecerán más que otros, y necesitarán más derechos de emisión. Pero su reparto está sometido a criterios políticos, que no tienen porqué coincidir con los económicos.

Hay un elemento muy preocupante. El protocolo carece de base científica sólida y esta misma semana ha recibido lo que puede ser el golpe definitivo. Los informes en que se basaban habían observado la evolución de las temperaturas terráqueas y habían hallado un comportamiento llamado el palo de Hockey, porque la gráfica de dichas temperaturas se mantenía plano hasta una repentina subida en el siglo XX, formando un gráfico que en efecto se parece al stick de ese deporte. Si bien dichos informes han sido crecientemente desacreditados, los últimos análisis, según informa el New York Times, parecen acabar definitivamente con las espurias conclusiones en que se basó el protocolo. Pese a ello, pese a que ya en 1995 el IPCC (el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático) reconoció que la teoría del calentamiento global no contaba con suficiente apoyo, se ha decidido seguir adelante.

Independientemente de los motivos que uno pueda adivinar en tal contumacia, lo cierto es que la decisión de seguir adelante resulta no ya aventurada, sino arbitraria en gran medida. Por su carácter más político que económico, nada detiene al IPCC a la hora de imponer nuevas medidas restrictivas más allá de 2012, ampliar sus atribuciones para asegurarse un mayor cumplimiento de sus objetivos (algo a lo que los organismos oficiales tienen una natural tendencia) o incluso ampliar dichos objetivos, en nombre siempre del medio ambiente, en contra siempre del ciudadano, y con total independencia de los veredictos de la ciencia. Esto tiene también implicaciones económicas, porque tal arbitrariedad lleva a la incertidumbre a los agentes económicos, que abandonarán algunos de sus proyectos que de otro modo serían beneficiosos para la sociedad. Además, dado que frena el desarrollo industrial, hace que se detenga la aparición de nuevas industrias. La empresarialidad, verdadero motor del crecimiento económico, se ve cercenado en esta importante rama de la economía, con penosas consecuencias.

El cálculo de los costes tanto directos como indirectos es muy difícil, pero un somero análisis lleva a conclusiones ciertamente sobrecogedoras. En el caso de los Estados Unidos, un país altamente industrializado, el PIB se podría reducir en un escalofriante 2,3% anual, según se ha calculado . En el caso de España, solo en costes directos y desde supuestos conservadores, un informe de PriceWaterhouseCoopers ha llegado a la nada tranquilizadora cifra de 19.000 millones de euros solo de 2008 a 2012. Y no es sino una pequeña parte de los costes totales impuestos al conjunto de la sociedad y que vienen por los procesos arriba descritos. No se engañe el lector sobre quién saldría más perjudicado de todo ello. En la mente de muchos están los adinerados empresarios como las víctimas más previsibles; pero en realidad serán los más pobres, tanto dentro de cada país como los que viven el las áreas más desfavorecidas del planeta, lo que se llevarán las peores consecuencias.

Despídase de su coche

Cuando comenzó la Revolución Industrial y se introdujo la maquinaria para producir en masa y reducir costes, aumentando de paso la calidad, hubo quienes se dedicaron a quemar aquellas máquinas. Se autodenominaban luditas. Alegaban que la introducción de las máquinas acabaría con el trabajo. Los hechos, sin embargo, demostraron lo contrario.

Por entonces no había ecologistas. Con ellos quizá la batalla de los luditas hubiese prosperado. Habrían convencido a la sociedad que las máquinas contaminan y que reducirían el nivel de vida de la gente. La sociedad desarmada ante tales argumentos habría aceptado regresar a la edad de piedra y Henry Ford nunca hubiera podido ofrecer coches a bajo precio para que no sólo los ricos pudieran disfrutar de este fabuloso medio de transporte.

Los planteamientos en contra del uso del automóvil y de la construcción de vías para los ciclistas o de calles peatonales a las cuales no podían entrar los coches eran propios de los ecologistas. Por ejemplo, en un pueblecito cercano a Nueva York donde se ha vuelto al trueque y no hay Mc Donalds, la alcaldesa de la llamada “ecoaldea”, Liz Walker señala que "El individualismo a ultranza y la cultura del coche han dinamitado la sociedad americana".

Greenpeace por su parte se dedicó incluso a establecer criterios medioambientales para la candidatura olímpica de Sevilla 2004. Así señaló que “En los aspectos relacionados con el transporte, la realización de los Juegos Olímpicos de Sevilla debe ser aprovechada para impulsar en la ciudad y su entorno de sistemas de transporte público y privado de bajo impacto ambiental, contribuyendo a un incremento en la calidad de vida en la ciudad. Estas iniciativas tendrán como consecuencia una reducción en las emisiones contaminantes y la congestión del tráfico, y limitarán el consumo energético”.

Con la aplicación del Protocolo de Kioto, los ecologistas pueden conseguir hacer ese sueño realidad. Como este tratado –basado en dudosas conclusiones científicas un tanto dudoso– impone una serie de medidas que conllevarán el incremento de los precios de la energía y de los bienes manufacturados, volver a la tracción animal será no ya una utopía sino una propuesta válida.

En medio de una escalada de precios de la gasolina y el diesel que el International Council for Capital Formation estima entre un 17 y un 25%, un incremento del precio de la electricidad utilizado en los procesos de producción en un 70%, la reducción del PIB español en casi un 5% y el consiguiente aumento del paro en 850.000 puestos de trabajo anuales, utilizar el coche se va a convertir en un bien de lujo, casi tanto como comer caviar todos los días o ser dueño de un Ferrari. Si a esto le añadimos que actualmente el impacto de los impuestos especiales sobre los carburantes suponen el  75% del precio por litro de gasolina, el incremento de precios de los carburantes sería aún mayor de lo que ha estimado el ICCF. Asimismo, habría que determinar el impacto del incremento de la energía en la producción de vehículos y el coste de los nuevos los motores que, al parecer, se van a introducir a partir del 2010 (biocombustibles, pilas de combustible de hidrógeno…) para hacerse una idea del altísimo precio a que ascenderán los coches.

Aparte del incremento de los precios, como ha apuntado Price Waterhouse en un estudio sobre el impacto de Kioto en la economía española, España debe reducir su alto “exceso de emisiones” en un “escaso” periodo de tiempo. Cualquier exceso en las emisiones máximas de C02 fijadas (un 15% superior a las de 1990 en el periodo 2008 a 2012), se pagará muy caro. Al ser el sector del transporte y el de la energía los más afectados por Kioto, el sueño de Ford de motorizar a todos los ciudadanos será una utopía. Al fin y al cabo, este siglo será el de los ecologistas, personas que se preocupan tanto del Medio Ambiente que consideran que las necesidades humanas son pecaminosas y perversas.

En su ensayo “La filosofía de la Privación” el periodista Peter Schwartz señala que los ecologistas consideran que el hombre debe ser el “obediente esclavo” de la naturaleza teniendo que adorarla como si de un Dios se tratara. Ante esta nueva religión, los coches, como símbolo del capitalismo, deben desaparecer a pesar de ser el mejor medio de transporte accesible a la gente que se ha inventado hasta la fecha. Ahora bien, según los ecologistas y políticos, tendremos que utilizar la bicicleta para ir al trabajo, pasear para ejercitar los músculos, respirar aire limpio y disfrutar de la congestión de los transportes públicos sacrificando nuestra comodidad por el Dios “naturaleza”. El coste será muy alto pero al menos, alegan los ecologistas, dejaremos un medio ambiente impoluto a las próximas generaciones. ¿De verdad merece la pena tanto sacrificio si ni siquiera estamos seguros de que el Protocolo de Kioto podrá revertir el supuesto calentamiento de la tierra? Pronto llegará el momento en el que el día sin coche no se celebrará en una fecha específica sino que se disfrutará todo el año casi como los “no-cumpleaños” en Alicia en el País de las Maravillas.

¿A qué juega Putin?

El presidente ruso Vladimir Putin ha firmado este jueves el protocolo de Kyoto. Con este acto el gobierno ruso posibilita el arranque del plan quinquenal mundial y filocomunista de reducción de gases que supuestamente contribuyen al efecto invernadero del planeta. Durante la última semana diversos institutos de análisis e investigación de políticas públicas, entre los que destaca el CNE, habían hecho llamamientos al presidente Putin para que no cediese a las fuertes presiones a las que estaba siendo sometido para que su país ratificara el protocolo.

Aún así la decisión ha sorprendido a muchos analistas que hasta ahora habían escuchado al presidente ruso mostrarse totalmente contrario a la firma del plan de Kyoto. También a su asesor económico, Andre Ilarionov, enfrentarse decididamente a la ideología intervencionista radical que apadrina el plan y denunciar los devastadores efectos socio-económicos que su aplicación supondría. Incluso hemos visto a la academia rusa de las ciencias contestar a un encargo del gobierno ruso, afirmando que no había ninguna prueba concluyente de que la actividad humana estuviese provocando un calentamiento del planeta.

¿A qué se debe entonces este giro radical en la posición de Putin? La respuesta, como el propio presidente ruso ha admitido, se encuentra en la presión que la Unión Europea ha ejercido sobre Rusia para que entrase en el club de Kyoto. En efecto, la UE, consciente de que sin el apoyo ruso fracasaría el megalómano proyecto ecologista del que se consideraba protector espiritual, puso a Putin entre la espada y la pared mediante el sutil chantaje de negarle la entrada en la Organización Mundial del Comercio (OMC) si no cedía a firmar el Protocolo.

Por desgracia para el progreso, el empleo e incluso el medio ambiente, la presión parece haber tenido el efecto que los fanáticos rojiverdes europeos esperaban. De modo que el día de hoy se ha convertido en un día triste para los amantes de las libertades individuales y del uso responsable de la razón en su aplicación a las políticas públicas.

Pero todavía no está todo perdido. La Duma aún tiene que ratificar la decisión de un Putin al que, según dicen, el cuerpo le pide que el protocolo no sea aplicado en su país. Dicen las malas lenguas que nos encontramos ante una magistral jugada de estrategia de Putin gracias a la cual la UE ha apoyado la entrada de Rusia en la OMC mientras que Putin habría pagado el precio del apoyo europeo firmando un protocolo que luego sería rechazado por la Duma, anulando así la ratificación del protocolo de Kyoto.

Si esto es así, Putin estaría jugando con fuego. Esperemos, por el bien de todos los individuos del planeta, que el presidente ruso no se queme.

Estado precavido no vale por dos

Dice un dicho español que hombre precavido vale por dos. En él se expresa la importancia que tiene el hecho de que los individuos traten de prever los riesgos que con mayor verosimilitud puede depararles el futuro y actúen tratando de minimizar sus consecuencias. Sin embargo, podemos observar que, cuando el estado impone precaución a la sociedad, los efectos beneficiosos de la acción individual y voluntaria pueden transformarse en una auténtica pesadilla para el conjunto de la sociedad.

Desde la Declaración de Río de 1992 la moda intervencionista pretende desnaturalizar el ejercicio de la precaución mediante la imposición al resto de la sociedad de una particular forma de entender el riesgo y su reducción a través de una moderna herramienta de ingeniería social llamada "principio de precaución". Según este principio no es necesario contar con prueba alguna de la existencia de un riesgo para el medio ambiente o para las personas, en relación con una actividad determinada, para que ésta pueda ser prohibida o restringida. Vamos, que contar con creencias, hipótesis o supercherías acerca de dañinos efectos secundarios es más que suficiente para poner en cuarentena la producción de un bien o de un servicio. Con la excusa paternalista de protegernos de las incertidumbres y riesgos potenciales que necesariamente conllevan las actividades productivas, y las humanas en general, se defiende la aplicación de este principio cuyo efecto visible e inmediato es impedir ciertos riesgos potenciales. Sin embargo, un resultado menos evidente de esta política es someternos a otros riesgos que suelen ser mucho más temibles que los evitados.

Así, la proscripción del DDT a modo de precaución ante la remota posibilidad de que generase cáncer se cobra cada año un millón de muertos como consecuencia de la malaria; la prohibición de vender cereales modificados genéticamente debido al temor injustificado de que provoquen algún efecto secundario desconocido tiene como consecuencia un mayor precio de los cereales en los países desarrollados y hambre en los países pobres; la restricción de la emisión de gases a la que obliga el Protocolo de Kioto como consecuencia de su hipotética contribución al supuesto calentamiento del planeta, nos aboca al riesgo de paro y empobrecimiento relativo. Por lo tanto, el principio de precaución no puede protegernos del riesgo consustancial a toda actividad humana. Tan sólo nos impide asumir unos riesgos y nos impone otros.

La aplicación política de esta forma autoritaria de entender la precaución invierte la carga de la prueba, erosiona el principio de responsabilidad, desincentiva la innovación, impide la elección y gestión privada de los riesgos, paraliza el progreso económico y pone en manos de gobierno de turno un poder arbitrario de intervención en el mercado que genera una enorme incertidumbre. Si con la excusa de la protección del medio ambiente, este principio surrealista, introducido recientemente en la constitución francesa, terminara imponiéndose en el mundo occidental, el dinamismo de las sociedades capitalistas se marchitaría como una rosa en un tupperware.

Vuelta a la caverna

En muchas culturas, era normal realizar sacrificos humanos para aplacar a alguna deidad. Los aztecas, sin ir más lejos, mataban a miles cada año para asegurarse buen tiempo. Es comprensible que los ecologistas, que tanto admiran y desean imitar a esas tribus en las que la esperanza de vida no llegaba a treinta años, pretendan hacer lo mismo en el altar del calentamiento global.

El protocolo de Kioto asume primero que existe el calentamiento, luego asegura que es causado por el hombre y, finalmente, que sus consecuencias serán malísimas. Nada de eso es seguro y para muchos científicos es extremadamente improbable. Y podemos odiar lo que queramos a Bush, que eso no hará más sencillas estas cuestiones. De hecho, el informe del 95 del IPCC, el organismo de la ONU encargado de estos asuntos, fue modificado en su versión final por políticos para incluir expresamente conclusiones que aseguraban que el calentamiento era debido a la acción humana, pese a que el documento original no decía nada semejante. En ese informe se basó el acuerdo. A eso se le denomina consenso científico.

En Estados Unidos, donde lo han rechazado porque tiene más costumbre que nosotros de mirar las consecuencias de las políticas que proponen, y no sólo lo bien que aplacan el sentimiento de culpa colectivo, han llegado a la conclusión de que los más perjudicados por la aplicación del protocolo serían los pobres. Por eso resulta extraño que la izquierda, supuesta defensora de los débiles, se haya apuntado de forma tan entusiasta a la defensa del protocolo. Pero sólo si asumimos que efectivamente ha defendido alguna vez a los que menos tienen. Porque los precios de la energía subirían tanto que el gasto en energía de los pobres (hogares con ingresos menores a 10.000 dólares), pasarían del 10 al 20% de su presupuesto en 2010. El precio de la electricidad crecería un 52%, el coste de la vivienda un 21% y los comestibles un 9%. Hay que tener en cuenta que los costos de la energía crecen para todos, incluyendo a quienes producen bienes y servicios, por lo que éstos subirían también para los consumidores.

Este empobrecimiento inexorable se debe a la forma que se ha escogido para reducir las emisiones. Tan sólo unos sectores, responsables del 40% de las emisiones, serán los que tengan que reducirlos en nombre de todos. Los demás, principalmente el transporte, se quedan de momento tan anchos. La razón es sencilla: si todos tuvieramos ocasión de padecer directamente las consecuencias de Kioto, la oposición sería abrumadora. De modo que se obliga sólo a empresas, casi todas grandes, de modo que si se quejan verdes y rojos puedan acusarles satisfechos de ser unos avariciosos capitalistas que no se interesan por el bien común. Y aunque dentro de los afectados por la regulación hay sectores como el siderúrgico a los que se perjudica mucho, el ataque se dirige principalmente contra la generación de energía eléctrica, la sangre que permite que no tengamos que volver a las cavernas y calentarnos con hogueras, con el riesgo que supondría. Al fin y al cabo, emitiríamos CO2 y nos visitaría el Rainbow Warrior con una manguera.

Lo cierto es que la parte del león de la generación de energía en España se produce quemando combustibles fósiles. En otros países como Francia, gran impulsor de Kioto, se emplea energía nuclear, que es la alternativa más económica. A los ecologistas, sin embargo, tampoco les gusta y pretenden que nos surtamos de las llamadas fuentes renovables: eólica, solar e hidroeléctrica. De éstas, las dos primeras sólo sirven para poco más que encender una linterna, aunque sólo si hay suerte y el tiempo acompaña. La única que produce algo más que un chisporroteo es la hidroeléctrica, pero tiene la desventaja de que nos estamos quedando sin pueblos que inundar para construir embalses.

Chirac aseguró en la reunión del año 2000 de la ONU realizada para tratar estos asuntos que el protocolo es un "instrumento genuino de gobierno global". Ciertamente, la resistencia europea a aceptar que cuenten sumideros de CO2 como los bosques dentro del cálculo de lo que cada país tiene permiso para emitir refleja más un intento de fastidiar a los norteamericanos que de reducir de verdad las emisiones. Después de todo, una tonelada de CO2 absorbida es lo mismo que una tonelada de CO2 que no se llega a emitir nunca. Un estudio publicado por Science asegura que todas las emisiones de Estados Unidos y Canadá son absorbidas por la vegetación de esos países. Del mismo modo, resulta absurdo que los límites de emisión reflejen valores históricos referidos a un años concreto, 1990, y no a la eficiencia de las industrias afectadas. Así, un país que hubiera reformado sus centrales energéticas para que fueran más eficientes y emitieran menos CO2 antes de ese año, como Estados Unidos, sale perjudicado, mientras que otro plagado de centrales ineficientes, como Rusia, tiene mucho más fácil el cumplimiento. Tampoco tiene razón de ser, si lo que queremos es reducir las emisiones de CO2, que diez de los veinte países que más producen ese gas (entre ellos China, que ocupa el segundo lugar, e India, que está en el sexto) no tengan que cumplirlo. Pero, sobre todo, el diseño del protocolo no refleja más que un intento de gobernar de forma planificada, al soviético modo, todo el mercado de la energía.

El objetivo de toda actividad humana racional es lograr estar mejor que antes de realizar esa actividad. Así pues, el objetivo de Kioto, asumiendo la buena voluntad de quienes lo proponen, no es reducir las emisiones de CO2, ni reducir la temperatura de la Tierra, sino que en 50 o 100 años estemos mejor que si no lo hubieramos adoptado. Sin embargo, como nos enseñó Ludwig von Mises, es imposible tener de forma centralizada la información suficiente como para saber si eso es así. Kioto intenta hacerle al mercado energético lo que Lenin y sus alumnos procuraron hacerle a la economía entera. De hecho, el esquema que crea un "mercado" en el que las empresas puedan comprar y vender cuotas de emisiones resulta extremadamente similar a los fracasados mecanismos propuestos por Oskar Lange para lograr que el comunismo fuera viable.

Y es que el protocolo de Kioto no es más que la nueva manera en que la planificación central de la economía ha decidido volver a entrar en nuestras vidas, tras el fracaso de los experimentos comunistas. El mercado energético de los países que lo adopten se convertirá así en la cuarta economía planificada del planeta, acompañada en ese noble empeño por Corea del Norte, Cuba y la Política Agraria Común. Solo debiera bastar eso para emitir más CO2 quemando el papel en que fue escrito.

¿Qué es el Protocolo de Kioto?

En junio de 1988, coincidiendo con una época de sequedad y calor extraordinarios, un científico de la NASA, James Hansen, declaró ante el congreso de los EE.UU. que existía una fuerte "relación causa efecto" entre las altas temperaturas y las emisiones humanas de ciertos gases en la atmósfera. Hansen desarrollaría un modelo informático que predecía una elevación de la temperatura media global del planeta entre 1988 y 1997 de casi medio grado centígrado.

Si bien el modelo y sus conclusiones fue duramente criticado por la inmensa mayoría de los climatólogos, fue muy bien recibido por la prensa y por un movimiento ecologista que hasta hacía nada trataba de alarmar a la ciudadanía de los países desarrollados con la supuesta llegada del Apocalipsis de la mano de una gran glaciación. En 1990, espoleada por el modelo de Hansen y otros similares, las Naciones Unidas organizaron uno de esos circos a los que nos tiene tan acostumbrados –y al que en esta ocasión llamarían Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC)– para tratar de hacer creer al mundo que el medio político y no el económico soluciona los grandes problemas del planeta como, supuestamente, sería el caso de un clima con temperaturas alocadamente ascendentes por culpa de la actividad –económica– humana.

Por desgracia para el movimiento, 1997 tenía que llegar algún día y los datos reales sobre la variación de las temperaturas se conocerían. En efecto, resultó que el calentamiento de aquellos 10 años se había quedado reducido a 0,11 grados centígrados según las estaciones meteorológicas situadas en tierra, casi cinco veces menos de lo esperado por los alarmistas. Ahora bien, si se tomaban los datos más precisos de los que se disponía, las mediciones mediante satélites, el calentamiento no sólo no había existido sino que las capas bajas de la atmósfera habrían experimentado un enfriamiento de 0,24 grados centígrados.

A pesar de que el IPCC había hecho el ridículo más espantoso al dar por buenos los modelos faltos de respaldo científico que la realidad se encargaría de desbaratar, el plan para rescatar al mundo del gran peligro fraguado, según el movimiento radical ecologista, por el egoísmo capitalista, no se iba a detener. Así, el IPCC de 1995 reconoció la veracidad de las críticas científicas a la teoría del calentamiento global, pero sugirió que podía ser que los efectos nos resultasen invisibles debido a la interacción de otras emisiones humanas –concretamente los sulfatos- que estarían ocultando la peligrosa realidad subyacente. Vamos, que aunque no se hubiese podido verificar su existencia, el calentamiento antropógeno del planeta estaría teniendo lugar de manera imperceptible. ¿Y qué otra cosa podíamos esperar de unos señores que cobran enormes sueldos y majestuosas dietas por reunirse y planificar la salvación de todos los seres vivos del planeta?

Así es cómo nace el acuerdo para poner en marcha un plan de salvación mundial consistente en reducir la emisión de los gases que supuestamente estarían provocando el calentamiento del planeta, también conocidos como gases de efecto invernadero (GEI). El protocolo, llamado de Kyoto en dudoso honor a la ciudad que acogió su redacción, es un documento a través del cual, una vez ratificado por los gobiernos o parlamentos de los países firmantes, éstos se comprometen a que sus ciudadanos limiten las emisiones de dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, hidrofluorocarbonados, perfluorocarbonos y hexafluoruro de azufre. El objetivo consiste en reducir el nivel de las emisiones humanas de esos gases en "no menos del 5% al de 1990 en el periodo de compromiso comprendido entre el año 2008 y 2012." Para lograrlo, además de recomendarse el fomento del desarrollo sostenible, la promoción de "sistemas agrícolas sostenibles a la luz de las consideraciones del cambio climático" o la reducción de las deficiencias del mercado y de cualquier incentivo fiscal o libertad comercial que pueda ser considerada contraria al fin último e incuestionable de un desarrollo sostenible sin cambios climáticos, se determina el nivel definitivo al que cada país tiene que limitar sus emisiones. Quién sabe si conscientes de la radicalidad del proyecto y de las catastróficas consecuencias socio-económicas a las que su cumplimiento tiene que dar lugar, y que luego analizaremos, los redactores del protocolo de Kyoto previeron en el artículo 6 la creación de un mercado de derechos de emisión en el que los países o las empresas poseedoras de estos derechos podrían venderlos a otros países o empresas y, así, dispersar, retrasar y difuminar los efectos sobre la economía mundial. Para garantizar el cumplimiento, el protocolo anuncia el nombramiento de comités de expertos que controlen la viabilidad de los planes nacionales y la veracidad de los informes anuales sobre cumplimiento que el protocolo requiere a los gobiernos de los países firmantes. Además, se establece que los países desarrollados que firmen el tratado cooperen con los países pobres, mediante ayuda financiera y tecnológica, para dotarles de aquellas tecnologías que ayuden a limitar sus emisiones de gases y a logar un desarrollo sostenible de sus economías.

Por lo que atañe a España, en el año 2012 las emisiones de los GEI no deberán exeder en un 15% el nivel de 1990. Ese dato se traduce en la menor cuota de emisiones autorizadas de CO2 en toda Europa: 8,1 tonelada por habitante y año, la mitad que, por ejemplo, Irlanda. Además, como era de esperar, la realidad productiva de este país se ha encaminado por otras direcciones. En el año 2000 las emisiones ya eran un 33,7% superiores a las de 1990 y se calcula que en el año en curso debemos de haber sobrepasado holgadamente las del año de referencia en más de un 40%. Si el gobierno socialista no estrangula las previsiones de crecimiento más moderadas, y aún contando con un fuerte incremento en la eficiencia de los procesos productivos, en torno al año 2010 el diferencial entre la reducción comprometida a través de la ratificación del salvaje protocolo de Kyoto y el incremento de las emisiones asociadas al crecimiento esperado en un entorno de mayor eficiencia energética y productiva sería de un mínimo de 41 puntos porcentuales. Ese diferencial supondría la necesidad de adquirir anualmente derechos de emision para unas 125 millones de toneladas de emisiones, lo que supondría un desembolso de entre 1875 y 3750 millones de euros anuales. Para hacerse una idea de lo que suponen esas cantidades astronómicas, un valor medio de dicha horquilla representaría más del doble del Fondo de Cohesión que España recibió de la UE en el año 2003 o algo más que la aportación del Estado al Fondo de Reserva para Pensiones.

Pero de acuerdo con el régimen de comercio europeo de derechos de emisión, hay sectores regulados que soportarán la inmensa mayoría de la carga y sectores no regulados que se verán algo más liberados. En el año 2000 el 59,9% de las emisiones provenían de sectores no regulados como el transporte, la agricultura, la alimentación, los servicios o las emisiones residenciales. Así que los sectores regulados (Eléctrico, refino de petróleo, cemento, cal-vidrio-cerámica, papel y siderurgia) tendrán que bailar con la más fea en el cumplimiento del protocolo de marras. El panorama no puede ser más desolador. El sector eléctrico, previsiblemente el más afectado por el protocolo y contra el que el mismo pareciera estar diseñado, espera tener un déficit en nuestro país de 12,2 millones de toneladas anuales lo que, en caso de haber suficientes derechos en venta a los precios estimados actualmente, podría costarles 244 millones de euros anuales. Tan sólo la preponderancia de una ideología roji-verde totalmente fanatizada puede explicar que ni siquiera bajo estas circunstancias se le permita a las compañías aumentar la producción de energía a través de nuevas centrales nucleares que pueden producir gran cantidad de energía barata y que no emiten gases GEI.

En un estudio reconocidamente moderado en sus conclusiones, Price Waterhouse & Coopers estima que el cumplimiento del protocolo costará como mínimo a los españoles la friolera de 19.000 millones de euros entre 2008 y 2012. Además, sus autores se muestran convencidos de que provocará un incremento adicional de la inflación de 2,7% en el año de su puesta en marcha, una reducción inmediata del PIB de casi un 1%, una previsible deslocalización de parte de la industria española hacia países donde el protocolo no se haya firmado o en los que tengan excedentes de derechos de emisión, y un fuerte encarecimiento de la energía. A estas consecuencias inmediatas sólo pueden seguirle el aumento del desempleo, la desaparición de industrias relativamente pequeñas y estancamiento económico general.

Además, a nivel internacional se producirá una distorsión de la competencia y una disminución de la productividad global que sufrirían especialmente los países más pobres. Por un lado, las empresas terminarán estableciéndose en lugares donde, a pesar de haber peores condiciones de negocio, la ausencia de limitaciones irracionales sobre la emisión de GEI las hace más atractivas. Por el otro lado, los países con exceso de derechos podrán subvencionar aquellas industrias que los gobernantes consideren necesario. El resultado no es otro que una gigantesca patada a la estructura de la división del trabajo internacional que dejará de tener relación con la productividad relativa de los factores de producción según las distintas regiones.

Visto el enorme coste económico y, como tanto gusta decir a nuestros intervencionistas, social, la pregunta salta a la vista hasta del más ciego: ¿qué es lo que se espera conseguir si afrontamos esos enormes costes del cumplimiento de la imposición de limitaciones a la emisión de gases GEI y, por consiguiente, a la producción industrial y energética? ¿En cuántos grados lograríamos mitigar el hipotético aumento de las temperaturas? Pues bien, aún aceptando a efectos dialécticos las previsiones del IPCC, que han demostrado ser sistemáticamente exageradas, de un incremento de 2 grados centígrados para el año 2100 –tomando 1990 como base- los expertos calculan que si todos los países firman y cumplen el protocolo la temperatura media de la tierra se reduciría 0,07 grados centígrados. Esta cifra es tan pequeña que ni los termómetros terrestres pueden medirla de manera fiable. Si tenemos en cuenta la hipótesis más probable según los climatólogos, de un calentamiento hasta el año 2100 de un grado centígrado, el ahorro de calentamiento sería tan sólo de 0,04 grados centígrados y si tenemos en cuenta que no todos los países piensan cumplir con el protocolo, la reducción en la temperatura global de la tierra gracias al plan de Kyoto resultaría estar muy por debajo de 0,03 grados centígrados; probablemente menos de 0,02. ¿Y para esa despreciable reducción de la temperatura media del planeta vamos a destrozar de manera salvaje nuestra economía? Esta actitud suicida es lo que hizo retirarse a EE.UU. y es uno de los argumentos que esgrime Rusia para su reticencia a la hora de ratificar el protocolo. Asi, los EEUU, guiados por la responsabilidad y la racionalidad seguirán la senda de progreso mientras que Europa, instalada en el radicalismo ecologista y la irracionalidad más absoluta conducirá a sus habitantes a una auténtica travesía por el desierto.

Y es que las consecuencias del tratado no podían ser otras si tenemos en cuenta que el protocolo de Kyoto no es más que un nuevo intento de planificación central de la economía a través de nuevos medios. Un plan que a juzgar por sus evidentes y nefastas consecuencias inmediatas sobre la actividad industrial y energética de los países desarrollados, parecería estar diseñado minuciosamente por enemigos del capitalismo de la talla de Lenin o Stalin. Sin embargo, cuando se trataba de su imperio comunista ambos trataron de incrementar la producción energética e industrial porque sabían que sin ese incremento no había ninguna posibilidad de mejora de la calidad de vida.

Afortunadamente, ningún estudio científico ha descubierto la existencia de un calentamiento global del planeta que pueda ser considerado peligroso para el hombre. Pero cuando lo haya, y lo habrá algún día porque el clima siempre ha sido cambiante y el ser humano no tiene capacidad para evitarlo, sólo será posible mitigar sus efectos sobre la salud y la economía de los seres humanos si los individuos pueden ejercer su ingenio en un entorno de libre mercado donde poder poner a prueba las diferentes formas de salvarnos. Esto es así de sencillo porque sólo el mercado libre incentiva el ahorro de los recursos que serán necesarios en esos momentos difíciles y sólo en el mercado libre los empresarios, o sea, todos nosotros, nos encontramos con la auténtica estimación de los recursos para sus distintos usos en necesidades urgentes para individuos concretos y para la raza humana en su conjunto. Si algún día nos encontramos ante una catástrofe climática global, posiblemente la podamos afrontar. Pero sólo mediante más libertad y más capitalismo y no mediante planes salvajemente colectivistas como el Protocolo de Kyoto.

¿Se está calentando el planeta?

El latiguillo de moda de unos años a esta parte entre gentes de progreso y políticos de retroceso es el del calentamiento global. Todos los desajustes meteorológicos, desde las inundaciones a las olas de frío pasando por las sequías, los tifones y los vendavales, se explican por el mismo patrón. El planeta se está calentando, y, como consecuencia de ello, las cosechas se perderán, los bosques se secarán y la humanidad perecerá achicharrada bajo un sol de justicia. ¿Tal es el desesperanzador futuro que le espera a nuestro mundo?, ¿es cierta la profecía del calentamiento global?

Lo cierto es que no lo sabemos. Ni los científicos, ni los políticos, ni nadie en absoluto. No hay evidencias que apunten a que el planeta se caliente, al menos en el largo plazo. Hace menos de treinta años, tan pocos que muchos de los lectores aún lo recordarán, la misma comunidad científica que hoy se apuesta el dedo meñique a que su predicción es correcta, aseguraba que la tierra se encontraba a las puertas de una glaciación. Curiosamente achacaban su causa a los mismos males que hoy provocan el calentamiento. Según aquella descabellada teoría, en los años venideros los glaciares y los casquetes polares avanzarían inexorablemente enterrando a la corrupta civilización occidental bajo varios metros de hielo purificador. El pronóstico falló pero entonces muchos se la creyeron a pies juntillas.

La historia no era nueva, diez años antes, en la década de los sesenta, los mismos científicos, o sus profesores universitarios, habían profetizado que se estaba incubando una bomba poblacional que acabaría con los recursos del planeta y provocaría una hambruna sin precedentes. La biblia de aquel movimiento neomaltusiano fue un librito de un tal Paul Ehrlich, un majadero que se dedicaba a la cría de mariposas, titulado The Population bomb (La bomba poblacional) que obtuvo un notable éxito editorial. A juicio de Ehrlich “La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado […] En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas se morirán de hambre”, y no precisamente en África, el entomólogo aseguraba que unos 65 millones de norteamericanos morirían de inanición en la década de los setenta, “la mayoría niños” precisaba con intención de atemorizar a los lectores. En aquella década naturalmente nadie murió de hambre en Estados Unidos cuya población ha aumentado en 100 millones de personas desde la publicación del libro en 1968.

Las profecías apocalípticas de Ehrlich sin embargo cuajaron, y se sumaron a las de los primeros ecologistas, los de la nueva era glacial. Los hippies y los universitarios ociosos las tomaron como propias, y anduvieron lo menos tres lustros incordiando con su verdad revelada a gobiernos, empresas y ciudadanos indefensos a través de la televisión y las pretenciosas revistas científicas. Ehrlich estaba tan convencido de su teoría que llegó a aceptar una apuesta del afamado economista liberal Julian Simon sobre su proyectado encarecimiento de las materias primas. Ehrlich perdió y, aprovechando la derrota, publicó otro libro, The population explosion en 1990 reafirmándose en su tesis del fin de los recursos y el hambre generalizada. Como era de prever no volvió a dar ni una pero siguió teniendo lectores muy apasionados que todavía hoy repiten como papagayos su repertorio de sandeces. 

Gran parte de los lectores de Ehrlich y casi todos los que en los setenta se dejaron los dedos escribiendo para demostrar la nueva era glacial que se nos venía encima, son hoy los valedores del calentamiento global. Con semejante currículo es ya difícil confiar en sus predicciones pero, como el tiempo no pasa en balde, los apóstoles del armaggedon se han dotado esta vez de un nuevo prontuario con apariencia más científica y más resultona en los medios audiovisuales. Y es que el calor asusta más que el frío, perecer asfixiado, envuelto en sudor y sufrimientos es de una plasticidad mayor que la aséptica e indolora muerte por congelamiento. De esta manera, los que antaño daban alaridos por la reaparición de los hielos perpetuos, hogaño nos advierten de lo inevitable de un calentamiento general del planeta sino se hace lo que ellos dicen.

El hecho es que la tierra puede perfectamente estar calentándose o estar enfriándose. La tendencia, simplemente, la desconocemos. Si algo han aprendido los climatólogos, desde que esa disciplina se convirtió en ciencia, es que el clima es tan caprichoso como variable, y tan difícil de pronosticar como huidizo al limitado entendimiento humano. Hace mil años, ayer por la tarde en términos geológicos, el clima era más cálido. Hacia el año 1000 de nuestra era los vikingos llegaron a Groenlandia y la llamaron así porque el paisaje era eminentemente de color verde, no en vano Groenlandia en inglés se dice Greenland, Tierra Verde. Hoy la mayor isla del mundo es un casquete polar, un enorme cubito de hielo varado en mitad del Atlántico y prácticamente inhabitable. Por aquel entonces, en el amanecer del segundo milenio, sabemos que la bondad de las temperaturas posibilitó que las áreas de cultivo se extendiesen hasta la misma Escandinavia o que, por ejemplo, la población de Europa creciese notablemente. Los expertos conocen esta época, comprendida entre los siglos X y XIV, como el óptimo climático medieval. Si los climatólogos lo han llamado óptimo será por algo, y es que cuando la temperatura media del planeta sube la vida florece, ha sido así desde que el mundo es mundo y desde que el primer organismo unicelular hizo su debut en el caldo primigenio.

Pero, como ya apunté antes, el clima es cambiante, y al pequeño óptimo de la Edad Media le sucedió lo que se ha denominado como la Pequeña Edad de Hielo que se inició tímidamente en el siglo XV y se extendió hasta bien entrado el XIX. En Londres, por ejemplo, se celebraban ferias sobre el cauce helado del Támesis hasta tiempos de Napoleón, y en Madrid, en la cálida España, existió una pista de patinaje sobre hielo natural en el parque de El Retiro hasta el reinado de Alfonso XII. Si hoy observamos el soberbio río que atraviesa el centro de Londres, o si nos detenemos ante los rosales que hoy ocupan la antigua pista de patinaje de El Retiro concluiremos que el clima se ha calentado, y estaremos en lo cierto. Hace más calor que hace un siglo pero no sabemos porqué. Hace más frío que hace un milenio y tampoco sabemos porqué. La condición humana tiene estas servidumbres.

Algunos astrónomos han apuntado que la causa quizá se encuentre en las manchas solares porque, a fin de cuentas, el único radiador que calienta la tierra es el astro rey y sólo de los rayos que nos regala pueden provenir cambios térmicos de semejante envergadura. Otros buscan los cambios en la oscilación natural del clima. Según esta teoría cada 10.000 años el hemisferio norte se congela para entrar en un letargo de unos 100.000 años. A esto se le conoce como glaciación. Casi toda la orografía de la Europa actual está modelada por los glaciares, y algunas partes del continente han estado durante varios periodos completamente enterradas bajo el hielo. Si la tendencia se mantiene lo lógico es pensar que lo próximo que nos espera es una glaciación porque hace más o menos 10.000 empezaron a retroceder los hielos, es decir, que nos encontramos en el ocaso de un periodo interglaciar.

Ante evidencias de tal magnitud, esto es, clima sumamente variable, glaciaciones brutales y dulces óptimos en los que prospera la vida, los ecologistas apenas pueden ofrecer unos estudios realizados con un ordenador, si, un ordenador como el que tiene usted en casa pero algo más potente. En la matriz de datos de estas computadoras ejecutan unos programas llamados Modelos de Circulación General o MCG a los que suministran una cantidad –siempre limitada- de variables. Las conclusiones son las que ellos quieren. Crean en la memoria de estos ordenadores una atmósfera en miniatura y al antojo del investigador de turno que, por lo general, suele ser ecologista y suele estar concienciadísimo con eso del medio ambiente. Si los resultados no confirman la hipótesis prefabricada del científico, éste seguirá modificando las variables hasta decir eureka y presentarlo como un gran descubrimiento.

Las sucesivas conferencias sobre el cambio climático se han inspirado en los datos extraídos de esos modelos, las decisiones de muchos gobiernos se han tomado partiendo de esos datos, y el célebre y discutido Protocolo de Kioto es la aplicación práctica y a escala global de lo que unos científicos jugando a ser Dios han conseguido sacar a sus máquinas. Tras el presumido consenso de la “Comunidad Científica” viene la campaña de propaganda. Del primero se enteran cuatro, los autores del experimento y dos más aficionados a perder el tiempo con estas cosas. Del segundo, en cambio, nos enteramos todos. No existe organización ecologista que no dé el tostón con lo del calentamiento global. Son además pertinaces e inasequibles al desaliento. Si hace un verano especialmente caluroso es muestra inequívoca de sus teorías. Si llueve más de la cuenta significa que el clima anda como loco y apoya la tesis del calentamiento. Si hace frío, mucho frío, aunque más difícil de defender, también se toma como una evidencia de que algo falla y, naturalmente, de que algo hay que hacer.

Los ecologistas parecen tener en la cabeza una temperatura idónea fuera de la cual todo es sospechoso y antinatural. ¿Cuál es la temperatura ideal de la Tierra?, la actual, la del óptimo climático medieval, tal vez la de la pequeña edad de hielo, o quizá la de la última glaciación que transformó el continente europeo en un inmenso casquete. Ni el más curtido de los auto arrogados defensores del planeta podría contestar a esta pregunta, porque, tras el camelo del calentamiento global, no hay ecología, ni climatología, ni ciencia, ni siquiera sana curiosidad por el devenir térmico del planeta. Detrás del bulo hay ideología, y de la mala. Tras los bastidores del timo de principios de siglo se encuentra un subproducto de la ideología que subyugó a un tercio de la humanidad bajo la hoz y el martillo durante 70 interminables años. El ecologismo es marxismo simplificado, remozado y pasado por la turmix para hacerlo más digerible a las nuevas generaciones. Se vale de lo mismo, de la mentira, de la desinformación y de la propaganda, eso sí, escudándose tras un pretencioso consenso científico que, como dijo un sabio, es siempre el primer refugio de los granujas.