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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Pagar menos por los SMS

A la susodicha no se le ha ocurrido otra cosa que acudir a la mayor feria de empresas de telefonía móvil, que se celebra estos días en Barcelona, para afirmar, muy rotunda ella, que bajará por decreto el precio de los SMS y la descarga de datos cuando se hacen en el extranjero si no lo hacen las operadoras antes del verano. Pero todas y cada una de ellas; no le sirve con que lo hagan las más importantes y que más clientes tiene. Es decir, que bajará las tarifas manu militari sí o sí.

¿Y eso que tiene de gracioso? Bueno, eso en concreto nada. Si hay una medida económica que ha mostrado su poca eficacia a lo largo de la historia es la de imposición de precios máximos. La economía de mercado funciona porque quienes participamos en ella simplificamos una información complejísima convirtiéndola en una cifra que llamamos precio. Lo expresaba bien Leonard Read en su clásico ensayo Yo, el lápiz. En él describía el proceso que seguían cada una de las partes que componían un objeto tan barato y sencillo como es un lapicero: la obtención de la madera en Oregon, el grafito extraído en Sri Lanka, los distintos componentes metálicos y de otro tipo para poder colocarle una goma, el procesamiento que requiere cada una de sus partes… Un proceso tan complejo que ninguna persona sabe realmente cómo hacer un lápiz. Pero esas personas se coordinan, y lo hacen a través del sistema de precios.

El fabricante de lapiceros puede saber, por ejemplo, qué madera le viene mejor, pero eso no significa que sepa cortarla, almacenarla y transportarla de la manera más eficiente posible. Pero comprando la alternativa más barata está premiando a los proveedores más eficaces. Seguramente compre ya hechas las gomas de borrar e ignore incluso de qué material están hechas. No le hace falta, porque hay otras personas y empresas especializadas en ello y que lo fabrican mucho mejor de lo que él lo haría nunca. Los precios reflejan costes de material y producción, entre otros; si se bajaran artificialmente se obligaría a las empresas a reducir la calidad o dejar de poner su mercancía en el mercado legal. Así que eso de que se quieran bajar precios porque sí es más bien peligroso.

¿Entonces, qué es lo gracioso? Pues que, seguramente sin quererlo, la comisaria Reding ha dejado entrever por qué quiere bajar los precios. La excusa suele ser ayudarnos a usted y a mí, simples mortales a los que el Poder, de tanto en tanto, deja unas migajas. Pero en esta ocasión los ciudadanos favorecidos serían, según Reding, los hombres de negocios europeos que podrían así moverse por nuestro continente con la misma facilidad que los norteamericanos por su país, sin tener que pagar facturas excesivas.

Es decir, que alterarán un precio de unos servicios que la mayoría de los ciudadanos no usa, o usa muy infrecuentemente, para que un grupo reducido y de alto poder adquisitivo pague menos. Lo que nunca dirá la comisaria es que los ingresos que las operadoras dejen de percibir por esta rebaja los repercutirán de algún modo, sea incrementando las tarifas, sea reduciendo o paralizando bajadas previstas en sus precios, sea reduciendo el mantenimiento de sus infraestructuras o empeorando aún más el servicio al cliente.

¿Pero eso es gracioso? Bueno, no. Lo gracioso es que entre esos favorecidos por la mano de la diosa Europa hay un grupo en concreto que seguramente les sonará de algo. Sí, los euroburócratas como la comisaria Reding. Este plan tendrá como resultado incrementarnos las tarifas o bajarnos la calidad de los usos que damos al móvil la mayoría de los europeos para que ellos paguen menos. Y a mí, qué quieren que les diga, cuando muestran tan a las claras qué son en realidad, los políticos me hacen bastante gracia.

Un contrato de integración

Pero con la inmigración han dado en el clavo de lleno. La prueba es la actitud de los socialistas: primero les acusan de xenófobos, luego Zapatero dice que es mejor no hablar de ese tema y después el Gobierno le ofrece un pacto sobre inmigración (con los supuestos xenófobos) para desactivar la propuesta de Rajoy de ofrecer un pacto de integración a los inmigrantes. Rajoy ha lanzado un mensaje comprensible y atractivo sobre una cuestión que preocupa mucho a quienes vivimos en este país, y no sólo a los españoles. La inmigración le hará ganar las elecciones generales.

Resulta hasta un punto sorprendente que un mensaje como "que tengan los mismos derechos y las mismas oportunidades, pero los mismos deberes" pueda resultar tan efectivo. Si es así es porque los españoles piensan mayoritariamente que la integración es un fracaso hasta el punto de que muchos de quienes llegan a España no comparten ese principio tan sencillo. Y porque observan que el Gobierno de Zapatero no ha hecho nada en ese sentido.

No es quién Rajoy ni el Gobierno que presida para legislar las costumbres, y todo lo que no entre en materia penal (ablación de clítoris, corte de manos a los ladrones y demás logros de la Alianza de Civilizaciones zapateril), pertenece al ámbito privado y el Gobierno no debería entrar en ello. ¿Qué el velo es símbolo de opresión de la mujer? La hoz y el martillo es símbolo de la opresión de hombres y mujeres y de la muerte de 100 millones de personas. ¿Vamos a prohibir ese símbolo ahora?

Pero el hecho de que desde las instituciones se respalde moralmente nuestras costumbres y normas de convivencia es muy importante. La cuestión no es que nos gusten los toros y la tortilla de patatas o de que hagamos el cordero de un modo u otro, sino que asumimos, incluso cuando las violamos, una serie de normas que son propias de una sociedad abierta y libre como la nuestra, y que nos facilitan la convivencia con personas de nuestra sociedad, incluso cuando no las conocemos personalmente: el respeto por el otro, por su libertad y por los derechos inherentes a la persona, la convivencia ordenada y en paz, el uso de un idioma común y que nos permite entendernos, y demás. Todo ello es muy razonable y la gente lo entiende y lo valora.

Miren el caso de los Estados Unidos. Es una sociedad que se ha creado desde la inmigración, que tiene unas costumbres muy variadas, pero comparte un consenso básico muy arraigado, basado en las normas esenciales de convivencia dentro de una sociedad abierta. Thomas Sowell explica en Migrations and Culture (¿Para cuándo la traducción al español?) que los comerciantes en Estados Unidos que proceden de otros países cumplen más las normas y son más honrados que los nacionales. La razón es que temen más que ellos la sanción administrativa o judicial, y también la social, si violan las normas. Es un perfecto ejemplo de que es la fidelidad a las normas de convivencia lo que resulta verdaderamente integrador.

La maldición de ser bendecido por la UNESCO

Al parecer, muchos lugareños no ven con buenos ojos la intromisión de los políticos en cuestiones tales como el color que le dan a las fachadas de las casas o la necesidad de obtener complicadas autorizaciones para llevar a cabo pequeñas reformas. Ampliar una casa se ha vuelto virtualmente imposible desde que en 1979 la ciudad fuera declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Desde entonces, la escalada regulatoria no ha dado tregua y ha llegado al ridículo de obligar a numerosos empresarios a cambiar el nombre de sus establecimientos por el equivalente en castellano.

Nadie niega que la conservación de la ciudad sea de gran importancia para atraer turistas. Sin embargo, la planificación centralizada de la estética, del urbanismo y de sus "atractivos" no satisface a todos. Las formas de aprovechar el encanto de una ciudad son, como diría Hayek, múltiples, subjetivas y están diseminadas entre todos los habitantes y propietarios del lugar. La planificación estética y cultural impide que ese conocimiento diseminado sirva para ayudar al progreso de la primera capital del país. La experimentación mediante prueba y error de las acciones más acertadas de los propietarios ha sido sustituida por la decisión de un grupo de "sabios". La diversidad y el riesgo han desaparecido bajo la losa planificadora. Ahora todos viven según los gustos y valores de los reguladores.

Esta situación ha hecho que muchos habitantes de Antigua vean en los funcionarios de la UNESCO el origen de una pesadilla centralizadora que ha supuesto la expropiación de la toma de decisiones en múltiples actividades particulares de cada día; y posiblemente no les falte razón. Por eso no resulta sorprendente escuchar que los coches de los empleados de Naciones Unidas llevan tiempo soportando la indignación vecinal. A falta de una justicia más perfecta, quienes han perdido parte de sus propiedades en el altar del dirigismo estético han decidido aplicar la justicia conmutativa.

Consumismo, modelo keynesiano y preferencia temporal

Suele ser frecuente hablar del consumismo como la consecuencia inevitable de un sistema capitalista como el que tenemos ahora. Algunos lo critican para descalificar al capitalismo, y otros lo alaban por defenderlo. Sin embargo, pocos ponen las cosas en su sitio y aclaran la confusa relación entre consumismo y capitalismo. (Según la RAE, el consumismo es la "tendencia inmoderada a adquirir, gastar o consumir bienes, no siempre necesarios".)

Antes de continuar, hay que aclarar que es muy discutible que vivamos en un sistema capitalista como afirman los críticos del mismo. Más bien, creo que sería más correcto llamarlo "capitalismo de estado".

Pese a que Juan Ramón Rallo ya enumeró de manera muy clarificadora una serie de prácticas intervencionistas que estimulan el consumo privado, creo que sería conveniente volver a este tema y apuntar dos argumentos que podrían complementar su artículo en favor de la tesis de que no es el sistema capitalista el que favorece el consumismo, sino que éste es fomentado principalmente por ideas y prácticas que nada tienen que ver con él.

1. Probablemente esta confusión tiene su más visible origen moderno en las ideas keynesianas. De manera generalizada se piensa que el consumo es el motor del crecimiento económico, y para apreciar esto, sólo hace falta acercarse por la gran mayoría de las facultades de economía españolas (y probablemente del resto del mundo), donde los modelos y teorías que todavía hoy se enseñan como lo más correcto y acertado son keynesianos.

En éstos, un aumento de la demanda agregada de la economía, como puede ser del consumo privado o del gasto público, hará que se incremente la producción, con lo que la renta del país aumentará. Además, cuanto mayor es la proporción de la renta que los ciudadanos dedican al consumo (y por tanto, menos al ahorro), mayor será la renta.

Podemos, pues, intuir que estas ideas que sitúan al consumo como la pieza clave de la economía capitalista, tratarán de fomentarlo, sea éste tanto privado como público. Para ello, otra pieza fundamental es la política monetaria, que a través del incremento de la oferta monetaria introducirá más dinero en la economía (con sus tan perniciosos efectos) y bajará los tipos de interés (artificialmente), lo que permitirá una mayor expansión del consumo, que a su vez aumentará la renta nacional, y así sucesivamente.

2. El siguiente argumento tiene que ver con la relación entre renta o riqueza y preferencia temporal. Se suele considerar que existe una relación inversa entre ambas, es decir, que cuanta más renta disponga una persona, la proporción de ésta que dedicará a bienes presentes será, habitualmente, menor, y en consecuencia, su proporción de ahorro será mayor. (Sin embargo, no existe consenso sobre la naturaleza de esta relación: si es una necesidad lógica (praxeológica) o una observación empírica generalizada, pudiendo existir excepciones. El artículo enlazado apunta a que esta relación es empírica, y no general, en base a contra-ejemplos muy sensatos.)

Por eso, a medida que un país crece en renta per cápita, habrá una cierta tendencia a que disminuya la preferencia temporal, produciendo un descenso en las tasas de interés, que permitirán una mayor inversión, apoyada en ahorro real (y no ficticio como sucede cuando hay inflación), lo cual es muy positivo para la economía.

Teniendo esta relación como generalmente cierta, resulta inmediato deducir que todo tipo de imposición fiscal que reduzca la renta o riqueza supondrá un incentivo a que se incremente la preferencia temporal de los individuos por los bienes presentes, fomentando un mayor consumo, lo que probablemente disminuirá el potencial de capitalización de una economía.

Pongamos un caso sencillo (no general; su propósito no es hacer ningún tipo de generalización), a modo de ejemplo ilustrativo de esta idea: imaginemos una persona que cobra 1.000 euros al mes. En ausencia de impuestos, y tras haber consumido en lo que ella considere más necesario, le quedan 200€, es decir, un 20% de su renta mensual la ahorra. Sin embargo, si tuviera que pagar, pongamos, un 25% de impuestos, le quedaría una renta mensual de 750€. Si tenemos en cuenta que en la situación anterior se había limitado a sus necesidades más urgentes (subjetivamente consideradas), en este caso apenas reducirá su consumo. Supongamos que ahora consume 700€, en vez de 800€. En esta nueva situación solo habrá podido ahorrar 50€, un 5% de su renta, ya que la parte de impuestos irá a parar a consumos varios por parte del Estado. Por tanto, sin impuestos, el 80% de 1000€ va a consumo, y con impuestos es el 95%, siendo una parte de ese porcentaje consumo estatal (coactivo), con lo que ello supone en términos de ineficiencia y pérdida de libertad.

Tras haber expuesto estos dos argumentos, y teniendo en cuenta las medidas apuntadas en el artículo de Rallo, esperamos haber aclarado que el excesivo cortoplacismo inherente al consumismo (¿puede ser una versión moderna de hedonismo?) no es propio de una economía capitalista, sino que es fomentado muy a menudo por el intervencionismo económico en todas sus formas, al que tanto contribuyeron las ideas keynesianas.

El consumismo es perfectamente criticable, así como lo es cualquier conducta social que, desde el punto de vista de cada uno, resulte perjudicial. Pero antes de criticar el sistema capitalista por conducirnos al consumismo más feroz, convendría tener en cuenta los aspectos aquí aludidos, para discernir qué teorías económicas son las que realmente favorecen el consumismo, y quizás ahorrarle al nombre del capitalismo uno de los tantos males por los que se considera, equivocadamente, culpable.

Vaya tropa

Los bancos centrales son la punta del iceberg de un sistema financiero que, desde hace un siglo, viola sistemáticamente los más elementales principios de prudencia y diligencia. Las entidades de crédito han dejado de preocuparse por su solvencia y su liquidez e intentan suplir sus necesidades estructurales de fondos con los créditos que los bancos centrales van creando casi de la nada.

Nuestra organización monetaria tiene más puntos en común con el socialismo que con un auténtico sistema liberal; por tanto, la crisis económica que nos acecha es una crisis causada por el intervencionismo financiero.

A pesar de ello, existe una especie de adoración por los bancos centrales y sus dirigentes. En buena medida, los operadores del mercado tratan de encontrar en ellos la luz que les conduzca al final del túnel. Sin embargo, quienes están al frente de dichas entidades no son más que personas de carne y hueso, por lo general con unos conocimientos de economía bastante limitados e intereses personales ocultos.

Los últimos meses han servido para que algunos despierten de su letargo y constaten su inutilidad e impericia. Bastará con que nos refiramos a los tres casos más conocidos en nuestro país.

Bernanke: tipos cuesta abajo

Dicen que el actual presidente de la Reserva Federal tuvo que asistir a un cursillo acelerado en el mes de agosto para que le explicaran qué era eso de las "hipotecas subprime" y los "productos financieros estructurados".

Lo único que se le ha ocurrido a Bernanke ha sido recurrir a su famoso helicóptero: desde agosto ha bajado los tipos de interés en cuatro ocasiones, desde el 5,25 al 3,5%. Sin embargo, no parece que estas simplistas y contraproducentes medidas hayan remediado en nada la situación crítica de los mercados inmobiliario y financiero estadounidenses.

La venta de viviendas de segunda mano ha alcanzado su nivel más bajo en nueve años, y los precios están cayendo por primera vez en 40. Por si fuera poco, los resultados de los bancos en 2007 no han podido ser más lamentables: los beneficios de Citigroup cayeron un 83%, los de JP Morgan un 33 y los de Wachovia un 98 en el cuarto trimestre; y Merrill Lynch perdió 7.777 millones de dólares: el peor resultado de su historia.

La última rebaja de tipos, que Bernanke ejecutó por sorpresa el martes pasado, no tenía otra finalidad que servir de propaganda para la comunidad internacional. La Reserva Federal tenía programada una reunión para decidir la rebaja de los tipos una semana más tarde. ¿Alguien cree que recortar los tipos una semana antes o después marca la diferencia? No, el objetivo no era arreglar la economía, sino evitar que la crisis se manifestase tan claramente. En otras palabras: fue una decisión dirigida a calmar los ánimos de los especuladores bursátiles, para que detuvieran sus órdenes masivas de venta.

Pero los fundamentos de la economía siguen tan maltrechos como antes. Aun cuando Bernanke lograra restaurar la burbuja del mercado inmobiliario, sólo lo haría para generar una crisis aún mayor en el futuro. De momento, la bajada de tipos sólo se está traduciendo en una inflación cada vez más desbocada en las materias primas; o, dicho de otro modo, en unos resultados empresariales cada vez más ahogados por los costes.

Greenspan: esquizofrenia áurea

Para muchos, Alan Greenspan, antecesor de Bernanke al frente de la Fed, es el pope de la banca central, el artífice del crecimiento económico de EEUU durante la década de los 90. Para otros, en cambio, es un oportunista al que cabe culpar de la crisis actual.

En su juventud, Greenspan frecuentó el grupúsculo objetivista que rodeaba a la filósofa y novelista Ayn Rand. De hecho, llegó a publicar dos artículos en un libro editado por ésta: Capitalism, the Unknown Ideal. Uno de ellos se titulaba "Patrón oro y libertad económica", y en él decía cosas como ésta:

En ausencia de patrón oro no hay manera alguna de evitar que los ahorros se confisquen mediante la inflación. No hay un solo depósito de valor seguro (…) La política financiera del Estado del Bienestar requiere que los propietarios no puedan proteger su riqueza. Éste es el mezquino secreto de las diatribas estatistas contra el oro. El déficit público es sólo un esquema para la confiscación de la riqueza. El oro obstaculiza este proceso. Se convierte en un protector de la propiedad privada. Cuando uno ha comprendido esto, ya no tiene ninguna dificultad para entender el antagonismo de los estatistas al patrón oro.

Con el correr del tiempo, el autor de este sorprendente alegato se situaría al frente de ese esquema confiscatorio dedicado a financiar los déficits públicos con el envilecimiento de la moneda. Muchos creyeron que, simplemente, Greenspan había cambiado de ideas, que la madurez lo había llevado por otros derroteros más pragmáticos… y a declarar ante el Congreso lo que sigue:

La cuestión es, ¿existiría algún beneficio, en este momento histórico, si se retomara el patrón oro? La respuesta es: no lo creo, porque estamos actuando como si ya tuviéramos patrón oro.

Si de joven creía que el patrón oro era insustituible, de mayorcito piensa que basta con actuar como si estuviera entre nosotros. Será la fuerza del voluntarismo.

Pero la evolución intelectual de Greenspan parece no terminar aquí. Ahora que ya no dirige la Fed, parece volver a sus raíces ideológicas. Hace unos días dijo, en una entrevista para Fox News:

Debería haber algún mecanismo que restringiera la cantidad de dinero que se puede imprimir, ya sea el patrón oro o algo similar. A menos que tengas eso, la historia sugiere que la inflación tendrá efectos destructivos sobre la actividad económica (…) Muchos economistas creemos a pie juntillas que EEUU tuvo mucho éxito en el período 1870-1914 con un patrón oro internacional.

De nuevo, parece ser que la voluntad no basta para evitar la inflación: sin patrón oro, la confiscación y las crisis económicas no se detienen. Entonces, la cuestión es: ¿a qué se dedicó durante los casi veinte años que estuvo al frente de la Fed?

MAFO: duros a cuatro pesetas

El Banco de España tampoco parece ser muy amigo del oro. Será que en nuestro país la práctica confiscatoria de la inflación agrada mucho a los burócratas: no en vano la divisa española (la peseta, y luego el euro) se ha depreciado más de 23 veces con respecto al oro en los últimos 35 años.

Al Banco de España no se le ha ocurrido mejor idea que vender más del 40% de sus reservas de oro en los últimos tres años. Dicen que en tiempos de tribulación no conviene hacer mudanza; por lo visto, a MAFO lo de la mudanza se le queda corto y prefiere dinamitar la casa.

Y es que las ventas precipitadas de oro han hecho perder al Banco de España, de momento, más de 1.000 millones de euros, según un reciente informe del Instituto Juan de Mariana. No está mal, sobre todo después de que Solbes dijera que el oro ya no era un "activo rentable".

Con todo, no se ve amago de rectificación alguno entre las autoridades monetarias nacionales. Es más, su cultura económica es tan vasta que incluso se muestran satisfechos:

El objetivo [de las ventas de oro] era capitalizar la entidad, que ahora tiene unas reservas en torno a los 2.000 millones de euros, una cifra que era muy inferior antes de estas operaciones.

Pues felicidades: sois tan listos que os habéis descapitalizado en más de 1.000 millones. Y ahora sacad pecho, no sea que la gente se dé cuenta de que en vez de músculos sólo tenéis grasa.

Por el pleno empleo en Andalucía

Es seguro que un Gobierno de Rajoy no será tan desastroso como el de Zapatero, por supuesto, y considero razonable que Rajoy se transmute en un centro posibilista y tolerable a la izquierda tolerante (que tampoco hay tanta) por pura necesidad electoral.

No negaré que, como me aseguran, Rajoy sea el Merlín de los tiempos políticos, el gurú de los mensajes electorales, el zahorí del votante español. Yo mismo no me considero muy bueno en la adivinación electoral, y de hecho pensé hasta el último minuto que los españoles votarían mayoritariamente al Gobierno atacado por el terrorismo. Claro, que entonces me tendría que haber dedicado a la necromancia, y no me refiero a los 191 cadáveres calientes, sino al alma de los españoles.

Pero hay cosas que sí sé. Sé que la misión de ganar elecciones para el PP la tiene Mariano Rajoy y no yo. Sé que, como periodista, mi compromiso está con la verdad y, en mi caso, con la libertad. Y sé que todo mi deseo está en hacer a los demás partícipes de mis valores, algo de lo que estoy seguro, pues basta con no desvirtuarlos mucho con la palabra para que sean enormemente atractivos.

Cómo negar que haya políticos cuyo principal ánimo sean los intereses, rectamente entendidos, de los ciudadanos. Pero aunque sólo sea porque para algunos no lo es, aunque sólo fuere porque pueden confundir nuestros intereses con su ejercicio de poder, aunque únicamente fuese porque alguien tiene que hacerlo, los medios de comunicación tienen que mirar a los políticos con el único afán de recordarles, permanentemente, que hay una parte de la sociedad que no se deja atropellar.

Este es el juego de la cuerda. Si ganamos nosotros tendrán que ser los políticos quienes se acerquen a nuestras ideas. Si son nuestras ideas las que ceden, entonces los que no tengan remedio seremos nosotros.

¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?

El informe que ha publicado hace unos días se centra en buscar las razones para exigir que no se vendan juegos inadecuados a menores; se agradece que al menos nos dejen a los mayores seguir disfrutando de ellos.

El estudio es un ejemplo de cómo poner el carro antes de los bueyes, es decir, cómo decidir las conclusiones antes de tener evidencia que las soporte. Así, afirman que es necesario que el Estado prohíba la venta de videojuegos inapropiados a menores, pero ellos mismos reconocen en sus pruebas (consistentes en enviar a niños de 9 o 10 años a comprar Scarface, juego de hampones basado en los personajes de la película de Brian de Palma y, claro, violento) que el hecho de que las comunidades autónomas ya hayan legislado al respecto no parece que sirva de nada, pues los críos podían comprarlo igualmente en aquellas en que ya está prohibido.

Del mismo modo, protestan porque el PEGI, que es el estándar de clasificación de juegos que se emplea en Europa y al que se someten de forma voluntaria las empresas de videojuegos, no está bien hecho, y sugieren que el Gobierno de España, como gusta ahora en llamarse, se dedique en Europa a cabildear para "mejorarlo". Como únicos ejemplos, ponen dos juegos… de coches, que según su real saber y entender deberían tener una clasificación más dura que la que pusieron los fabricantes, que era recomendarlos para mayores de 7 y 12 años respectivamente. Y es que aunque PEGI naciera con sus fallos, ha ido mejorando hasta convertirse en una guía bastante fiable para los padres de lo que verán sus hijos si les compran un videojuego.

Este estudio, como todos los anteriores, parte de una presunción que jamás se preocupa por demostrar o respaldar por datos: que para los niños es malo acceder a juegos que "violen los derechos humanos" porque de mayores reproducirán esos comportamientos. Eso es algo que cualquier crío de ocho años sería capaz de ver que es una estupidez. Pero si no dispone de ninguno a mano, créase los consejos del Gobierno británico. Después de años y años de triunfo de lo políticamente correcto en la educación de los niños, ahora ha recomendado que se les deje jugar a cosas violentas porque es bueno para su desarrollo.

Pero bueno, quizá los de Amnesia Internacional consideren que aunque pueda ser bueno para los niños, para las niñas es malísimo. Por eso debieron escoger a una niña de 9 años para que comprara Scarface; para eso y para crear alarma entre los padres y así volver a vender un año más su defectuosa mercancía. El caso es que dudo mucho que ninguna niña de 9 años quisiera no ya comprar sino jugar al Scarface. Suelen tener otras aficiones, como Los Sims, que a mí me aburren tremendamente. Ya, ya sé que insinuar que hombres y mujeres, o niños y niñas, son distintos y juegan a cosas distintas es un pecado de lesa progresía, pero es que es verdad, qué demonios.

Lo único bueno de este informe es que llega dos años después de que publicaran el anterior. Antes los hacían todos los años. Eso que salimos ganando.

Terrenos neutrales y neutralizantes

Esa misma tarde, el diario de referencia del progresismo radical se dio cuenta del patinazo freudiano de su redactor y cambiaba el texto en su edición digital. No sabemos si la corrección se produjo tras una oportuna llamada telefónica de Lorenzo Milá, a quien no debió sentarle nada bien que se dudara de su exquisita equidistancia. Porque, en efecto, los informativos de TVE son de una neutralidad acojonante. Son tan ecuánimes que un día ponen una foto del líder popular en mitad de un reportaje sobre la muerte de un etarra en la cárcel y al poco tiempo lo compensan haciendo aparecer a Rajoy en medio de una información sobre los abusos de los soldados norteamericanos en Irak.

Errores técnicos, claro, de los que nadie está libre y si no que le pregunten a Enric Sopena, que hubo de padecer severas críticas cuando se le coló un maldito "vota PSOE" en mitad de un gol de Butragueño en el Mundial del 86.

Con estos precedentes, el debate entre Rajoy y Zapatero en la tele pública puede ser algo sensacional. No me refiero sólo al hecho de que el líder del PP tenga que soportar las morisquetas de Lorenzo Milá, esos frunces de labios y esas inspiraciones sonoras que suele interpretar cuando da una noticia que no le gusta, sino a la posible aparición de uno de los errores técnicos que tanto hacen sufrir a los responsables de la casa. Porque los duendes de la tele son tan progres que no creo que desaprovechen una ocasión tan propicia para hacer de las suyas.

Yo de Rajoy, por si acaso, me cuidaría mucho de colocarme justo debajo de un foco.

Feliz Navidad consumista

En las sociedades libres se crea riqueza ex novo, es decir, allí donde no existía, de modo que tu ganancia no es mi pérdida. Al revés, tendrás más que darme por lo que yo puedo ofrecer, de modo que en el capitalismo la ganancia del vecino es una bendición para los demás. Este presentador puede sentirse reconfortado.

Quitando esta pequeña excepción, las navidades se llenan de nuevas condenas a la sociedad libre y en concreto al consumo. Greenpeace ha acusado a San Nicolás, en ese estilo delicado y fino que se gastan, de "terrorismo medioambiental". El Papa ha condenado el "materialismo" navideño. Los comercios, es cierto, se ponen a prueba todas las Navidades para atender las demandas, cada vez más variadas, de los ciudadanos. ¿De veras es tan malo que aumente el consumo estos días?

Nos gastamos más dinero en comprar cosas que compartimos con los demás; regalos y comida. No me parece nada mal. A mí, como a Pablo, me gustan los regalos "superfluos", prescindibles, aunque no tan prescindibles como las ONGs que viven de nuestros bolsillos. Los bienes de consumo son los que más cerca están de nuestros deseos, y si tenemos buenos deseos para los demás en estos días, lo que necesitamos son bienes de consumo que los transmitan.

Siempre ha habido un personaje, habitualmente mal encarado, que no puede vivir sin aguarle la fiesta a los demás. Quieren que los demás nos sintamos mal por hacer lo que nos apetece con nuestro dinero, que a cada paso que andemos sintamos el aguijonazo de un profundo sentimiento de culpa porque hacemos regalos o nos los hacen, porque compartimos comidas con familiares y amigos, porque hacemos las compras a que hemos renunciado en el año o porque nos damos ese capricho que no nos permitimos en otro momento del año. Que con su pan se lo coman. Sus malos deseos, tan poco navideños, y su neopuritanismo.

Feliz Navidad consumista.

Cobremos todos menos por el bien común

¿Por qué si todos somos un poco más pobres el año que viene, ha de hacer esto que logremos mayor bienestar? No tiene sentido. Las respuestas agregadas suelen llevar a contradicciones individuales. Pero, bien pensado, ¿por qué han de subirnos cada año el salario en relación al arbitrario índice del IPC? Tal vez le parezca duro, pero ¿ha hecho usted algo para merecérselo? Por más que suba el nivel de precios oficial, ese cuyo parecido al real mera coincidencia, nadie tiene la obligación positiva de compensárselo, ya se llame empresa o Gobierno. En el momento que el Estado obliga al empresario a regalarle parte de su producción por la fuerza, se está cometiendo un acto de extorsión, por más legal que sea.

Es de puro sentido económico que alguien perciba las retribuciones salariales por los hitos comerciales o empresariales que ha conseguido independientemente del entorno macroeconómico. Si usted se ha matado a trabajar y gracias a ello han aumentado las ventas de su empresa, por ejemplo, carecería de sentido que su jefe no le subiera el sueldo porque las cuentas del país no parecen ir bien. Pero también al revés. Si alguno de sus compañeros no ha dado palo al agua en todo el año, ¿por qué le han de aumentar el sueldo? Es más, ¿por qué no puede la empresa bajárselo o despedirlo? Las leyes laborales socialistas que tenemos en este país favorecen de forma demasiado acusada la ociosidad y el parasitismo. Esto, aunado al Estado del Bienestar, tiene como resultado que el ocioso no sea responsable de su actitud y logre las mismas recompensas que el trabajador, lo que no parece demasiado motivador para nadie con un mínimo de aspiraciones.

Las leyes colectivistas e igualitaristas penalizan el esfuerzo individual invirtiendo los incentivos naturales del actor económico. No se premia el trabajo individual, sino la condición de un grupo de personas. Pero por más que nos intenten convencer de lo contrario, ese dinero no es un regalo de la empresa al trabajador, sino una transferencia del empleado productivo al no productivo.

Lejos que de la creencia popular que el paternalismo laboral nos otorga seguridad, vemos como sus aplicaciones prácticas producen todo lo contrario. Nos hace perder nuestra personalidad como trabajadores para cederla a un conjunto de oligarcas laborales que dicen hablar por todos y promover el bien común. Cada grupo de presión, como sindicatos, patronal o Gobierno, manejan a su antojo nuestras retribuciones dinerarias para sus propios intereses y compromisos. No hay nadie más interesado que usted en cobrar más; no se crea que un sindicato o el Gobierno va a luchar por ello mejor que usted. Cuanto antes comprendamos que hemos de apartar a los agentes sociales y al Estado del mundo laboral y de nuestras vidas, mejor nos irá a todos, antes disfrutaremos de mayores oportunidades reales de alcanzar el éxito y de crear un auténtico mercado de trabajo sano y dinámico.