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Etiqueta: Riqueza

Daniel Waldenström: “En Occidente no va más la desigualdad, de hecho somos más ricos y más iguales”

El destacado académico sueco, Daniel Waldenström, ha visitado Madrid para presentar sus investigaciones sobre la evolución de la riqueza y la desigualdad en Occidente. Reconocido por sus trabajos innovadores, el escandinavo es conocido a nivel internacional por su capacidad de abordar el debate de las diferencias económicas desde un prisma alejado del socialismo que impregna muchos de los debates académicos sobre la materia.

Miembro del Instituto de Investigación de Economía Industrial IFN de Estocolmo, ha visitado Madrid para impartir una charla en la Fundación Ramón Areces y, coincidiendo con esta ocasión, se ha entrevistado con Libre Mercado y el Instituto Juan de Mariana, en una entrevista con Diego Sánchez de la Cruz que ha servido para desgranar los mensajes más destacados de su última obra, Richer and more equal (Polity, 2024).

Más ricos y más iguales

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Ha ido a más la desigualdad, como defienden autores como Piketty?

Daniel Waldenström: En el ámbito académico y, por extensión, en el debate económico que luego llega a la sociedad y a los medios, a menudo prevalece una mirada pesimista sobre la manera en que ha evolucionado la desigualdad. La idea central, recogida en la obra de autores como Thomas Piketty, es que los ricos son cada vez más ricos y que el resto de la ciudadanía se va empobreciendo. Yo he estudiado esta cuestión extensivamente y creo que ese discurso es equivocado.

Diego Sánchez de la Cruz: En su opinión, el problema no está solamente en cómo se mide la desigualdad, sino también en cómo se interpreta la riqueza.

Daniel Waldenström: Además de los errores en los que han incurrido muchos de quienes han evaluado la cuestión de la desigualdad, creo efectivamente que en este debate hay otro problema de fondo, en la medida en que predomina una mirada pesimista de la riqueza. Yo creo que esto es negativo, porque el hecho de que alguien pueda enriquecerse a base de crear más crecimiento, más empleo y más innovación no solamente no es algo malo, sino que es bueno.

Guerra y desigualdad

Diego Sánchez de la Cruz: Algunos académicos de cabecera en la conversación sobre la desigualdad defienden que las guerras tuvieron un efecto positivo al reducir la concentración de riqueza o favorecer impuestos muy altos.

Daniel Waldenström: En efecto, en algunos de los escritos que han marcado el debate sobre la desigualdad, se defiende por ejemplo que solamente las guerras y la tributación confiscatoria han erosionado significativamente la riqueza de las élites. Esa mirada es conflictiva, porque ignora que la guerra no enriquece a nadie, nos empobrece a todos, y la tributación confiscatoria no es inocua desde el punto de vista de la eficiencia económica, puesto que conduce a menos ahorro, menos inversión y menos crecimiento y generación de empleo.

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Qué ideas centrales ha formado a partir de su estudio de estas cuestiones, a las que ha dedicado tantos años de investigación?

Daniel Waldenström: A raíz de mis investigaciones he constatado que la igualdad ha ido a más esencialmente por la parte de abajo, porque más y más gente ha tenido acceso a distintas formas de riqueza que, a comienzos del siglo XX, no estaban al alcance de cualquiera. Esto no es algo malo, es algo bueno. Es el resultado de un mundo en el hay que más democracia y mejores instituciones, más innovación y más economía de mercado, más oportunidades en materia de educación y salud, etc. Gracias a todo eso, la gente ha mejorado su nivel de vida y, al mismo tiempo, las diferencias entre las élites y el resto han ido a menos.

Riqueza inmobiliaria y financiera

Diego Sánchez de la Cruz: ¿Cuáles son las cifras más relevantes para entender mejor ese escenario de mayor igualdad que plantea en su obra?

Daniel Waldenström: Hace ahora cien años, la riqueza neta de las principales sociedades de Occidente estaba, en un 75%, en manos del 10% de mayor patrimonio. Desde entonces, la riqueza media se ha multiplicado por siete, pero el reparto de esa tarta creciente se ha alterado notablemente y, hoy en día, en torno al 25% de la riqueza está en manos del 10% de mayor patrimonio. En cambio, el 90% de la población ha pasado de amasar apenas un 25% de la riqueza total a comienzos del siglo XX a aproximadamente un 75% en la actualidad. Así pues, nuestras sociedades son siete veces más ricas – y el peso relativo de la riqueza acumulada por el 90% de la ciudadanía se ha multiplicado por tres.

Diego Sánchez de la Cruz: Somos más ricos, pero ¿a través de qué tipo de activos?

Daniel Waldenström: Esa riqueza popular se expresa esencialmente por dos vías: la propiedad inmobiliaria y la tenencia de productos financieros de ahorro. El ser dueños de una casa y el tener dinero en el banco o invertido en los mercados han hecho que, en el agregado, los niveles de riqueza se eleven para el grueso de la ciudadanía.

El caso de Suecia

Diego Sánchez de la Cruz: La experiencia de su país, Suecia, es ilustrativa sobre la evolución de la riqueza bajo distintos modelos de política económica.

Daniel Waldenström: Sin duda. Mi país, Suecia, aplicó políticas muy intervencionistas en los años 50, 60, 70… Se veía con desconfianza a los ricos y se promovía un modelo igualitarista que, siendo justos, funcionó cada vez peor, hasta hundir los niveles de crecimiento y disparar las cotas de inflación. Desde los años 80 y, sobre todo, los 90, Suecia adoptó reformas de mercado que trajeron consigo más propiedad de activos inmobiliarios y financieros entre la ciudadanía, de modo que esa desregulación elevó la igualdad de riqueza, que no la desigualdad.

Diego Sánchez de la Cruz: En sus trabajos plantea también que ese paradigma de más igualdad y más riqueza es coherente con la convergencia a mejor que han arrojado distintos indicadores de desarrollo.

Daniel Waldenström: Creo que no es correcto dar por bueno que el progreso en materia de igualdad se mide solamente con referencia a estos datos. Si nos fijamos en los datos, vemos que la esperanza de vida, el acceso a bienes básicos como la educación y la salud, la capacidad de comprar bienes y servicios de consumo que hacen nuestra vida más fácil… En todas esas métricas, hoy vivimos en sociedades con mayor prosperidad y abundancia.

El papel de los empresarios innovadores

Diego Sánchez de la Cruz: Muchos de los debates sobre la desigualdad dan por buenos los datos de las listas mediáticas que nos hablan de los ciudadanos más ricos del país, pero su perspectiva es más escéptica.

Daniel Waldenström: Yo creo que hay que ser cautelosos. El caso de Robert Maxwell fue muy llamativo. Era descrito a menudo como un magnate de la prensa y la comunicación que amasaba una de las mayores fortunas del mundo, pero a su muerte salieron a la luz muchas deudas que no eran de dominio público y que, en la práctica, anulaban buena parte del patrimonio que se le imputaba. Por lo tanto, no hay que dar por buenas esas publicaciones, sin más. La realidad es más compleja y no debemos guiar el debate sobre la desigualdad en base a tales rankings.

Diego Sánchez de la Cruz: Antes me decía que se habla de “los ricos” de forma acrítica, sin pararse a pensar en las muchas aportaciones positivas que pueden hacer esas élites económicas a nuestra sociedad.

Daniel Waldenström: Cuando se habla de los “ricos”, a menudo se hace demonizando sin más a personas de gran patrimonio, ignorando que, en muchos casos, parte importante de los bienes y servicios que disfrutamos se deben a innovaciones que han creado empresarios muy innovadores que han sido capaces de brindar bienes y servicios compitiendo en el mercado, generando valor y aportando riqueza. Ir contra quienes han liderado ese proceso es un grave error.

Ricos hoy, pobres mañana

Diego Sánchez de la Cruz: Además, los ricos de hoy… pueden no ser ricos mañana.

Daniel Waldenström: La economía es algo dinámico. En 2022, el stock de Tesla se redujo un 65%. ¿Debíamos alegrarnos, pues, de que Elon Musk experimentase esa caída en su patrimonio? ¿En qué medida hizo que los demás estuviésemos en una situación más favorable? Creo que tenemos que pensar de forma más serena sobre el papel positivo que a menudo juega la riqueza en la economía y la sociedad.

Diego Sánchez de la Cruz: Sin embargo, los estudiosos de la desigualdad suelen comparar a las élites de hoy con las de ayer como si fuesen un grupo homogéneo de personas que siempre son las mismas y se colocan en cabeza de un modelo inmovilista.

Daniel Waldenström: La competencia en el mercado es una realidad innegable. Los ricos de hoy no son necesariamente los mismos de hace 100 o 50 años. Por eso, comparar al 10% más rico de 2024 con las élites económicas de 1924 o de 1974 no tiene tanto sentido como a veces tendemos a pensar, principalmente por dos razones: por un lado, porque la economía ha cambiado y, por ejemplo, hoy podemos vender bienes y servicios a nivel global con muchas más facilidades que antaño; por otro lado, porque las personas que figuran entre el 10% más acaudalado no son las mismas, sino que han sido relevadas, en muchos casos, por otros individuos que han superado sus niveles de patrimonio.

La clave de la desigualdad está en los más pobres

Diego Sánchez de la Cruz: Vd. argumenta que una sociedad con más oportunidad no se consigue quitando patrimonio a los ricos a golpe de impuestos, sino facilitando el enriquecimiento de todos.

Daniel Waldenström: Es crucial entender que la movilidad social y la igualdad de oportunidades son aspectos positivos con los que muchas personas están de acuerdo, porque son algo positivo. Hay sociedades en las que no hay ricos y, francamente, son sociedades muy pobres. Para tener desarrollo, debemos cultivar una economía de mercado combinada con un sistema de instituciones plurales y democráticas. Pues bien, si queremos sociedades con más oportunidad, tenemos que promover una educación de calidad que sea accesible para todos y que contribuya a generar valor, cultivar un mercado laboral que funcione bien y facilite el desarrollo profesional, asegurar un modelo de mercado competitivo y dinámico…

En cambio, a menudo se intenta revertir la desigualdad a base de imponer la igualdad de resultados, lo que suele hacerse aplicando impuestos sobre la riqueza y la propiedad, que apenas generan impacto recaudatorio, pero desincentivan por completo la inversión, la productividad y el crecimiento. Son soluciones que no necesariamente reducen la desigualdad, porque al final este es un debate que abarca muchas cuestiones, pero que sin duda suelen conducirnos a economías menos dinámicas.

Impuesto sobre el patrimonio

Diego Sánchez de la Cruz: España es el segundo país de la OCDE con más gravámenes sobre el patrimonio y la riqueza de sus contribuyentes…

Daniel Waldenström: Históricamente, muchas de las economías de Occidente han tendido a tener impuestos muy elevados sobre el capital y la riqueza, que a priori se justificaban para financiar servicios básicos y una red pública que garantice el acceso a la educación, la sanidad, etc. Eso está bien sobre el papel, pero con el tiempo se fue comprobando que estos gravámenes tienen un impacto negativo sobre el crecimiento, de modo que, al final, su resultado era el de destruir riqueza, golpear el emprendimiento y, al final, generar una reducción en los niveles de recaudación fiscal potencial.

Además, con estos impuestos se complica la captación de inversión, la transferencia de negocios, etc. Es un error aplicar estos tributos y, especialmente, es peligroso hacerlo de una manera que introduzca escenarios de doble o triple tributación o, peor aún, con gravámenes sobre ganancias del capital teóricas y no realizadas, como se propuso recientemente en Estados Unidos por parte de la izquierda. Con el tiempo, hemos descubierto que estos impuestos son muy contraproducentes. España se está equivocando.

Thomas Piketty

Diego Sánchez de la Cruz: Fue compañero de Thomas Piketty. ¿Qué opina de la fama que cobró con El capital en el siglo XXI y de las ideas que ha defendido a raíz de su exitoso best seller?

Daniel Waldenström: Académicamente, creo que Piketty ha planteado algunas preguntas interesantes, ha recabado datos de largo trazo que ayudan a discutir sobre estos temas con datos duros, ha lanzado algunas teorías llamativos. Creo que le preocupa genuinamente que la desigualdad vaya a más y se ha esforzado por animar ese debate. Como dices, fuimos compañeros de trabajo en París y mi trato con él siempre fue bueno en lo personal. Con todo, he de decir que, al igual que con muchas personas cuya ideología es más de izquierdas, Piketty parece estar cerrado a aceptar datos e interpretaciones que cuestionen su relato sobre la desigualdad.

Es algo habitual entre muchos académicos de este tema con un prisma más socialista: a menudo, se resienten a aceptar los argumentos que ponen en tela de juicio su discurso. Pero también la derecha tiene parte de culpa en todo esto, porque no ha querido entrar en este debate y ha permitido que Piketty y sus seguidores dominen por completo la conversación, asentando en ella afirmaciones y propuestas que, en mi opinión, no son correctas. Creo que ha habido poca contestación, que se ha posicionado un debate muy unilateral y que ahora debemos ampliar la conversación y hacerla más rica y plural.

Hacia un sistema privado de pensiones, vía Piketty

Diego Sánchez de la Cruz: Siempre he dicho que, si Piketty cree que el capital ganará peso al trabajo, entonces tenemos razones de sobra para avanzar hacia modelos de capitalización de las pensiones. En su país han dado algunos pasos importantes en ese sentido…

Daniel Waldenström: En el sistema de pensiones sueco hemos incorporado desde hace ya dos décadas las aportaciones a planes privados, facilitando un modelo de capitalización y ahorro que invierte el ahorro privado de los trabajadores, de forma profesional y con carteras diversificadas. En base a los resultados de rentabilidad, es evidente que el modelo arroja buenos resultados. Creo que esto genera un sistema más transparente, que ayuda a gestionar la transición demográfica, que facilita el acceso a la riqueza para las masas y que democratiza las finanzas de una manera que contribuye también a reducir la desigualdad.

Es inteligente apostar por esos modelos de ahorro, que son una forma fantástica de innovar para promover el ahorro, reducir el riesgo y despolitizar la cuestión de los ahorros para la jubilación. Además, creo que generar más riqueza privada es porque nos ayuda a financiar préstamos, financiar inversiones, financiar una vida mejor.

La propiedad de la vivienda en España

Diego Sánchez de la Cruz: En España se ha demonizado el modelo de vivienda en propiedad, pero ahora que los precios suben muchas familias respiran aliviadas porque son dueñas de la casa en la que residen. Eso reduce sus problemas económicos y genera riqueza entre las clases medias.

Daniel Waldenström: Tener casa en propiedad no es algo malo. Los países con mayor stock de vivienda en propiedad tienden a tener menos desigualdad de riqueza entre sus ciudadanos, como vemos por ejemplo si comparamos los resultados de Alemania, donde el porcentaje de vivienda en propiedad ronda el 45%, con España, donde ese indicador es aproximadamente 30 puntos mayor.

Pues bien, la desigualdad de riqueza es menor en España. Y, en gran medida, favorecer una sociedad de propietarios ha sido clave para provocar esta circunstancia de mayor equidad patrimonial. De modo que las políticas fiscales o regulatorias que facilitan el acceso a la vivienda deben tomarse en cuenta como aspectos positivos que ayudan a enriquecer a las masas sin empobrecer a las élites. Traen como resultado último una sociedad más igual en términos de riqueza y desarrollo.

Ver también

Contra el ‘sumacerismo’

Desde el comienzo del estudio de la economía como ciencia —e incluso antes— ha habido ciertas voces que han atribuido la riqueza de unos pocos afortunados a la miseria y a la privación material del grueso de la población. Es posible que antes de la revolución industrial esto fuera así, pues la productividad era extremadamente baja y el excedente de lo que se producía cabía en muy pocas manos. Por lo que las posibilidades de ahorro y acumulación de capital de los más humildes eran tendentes a cero.

Como todos ya sabemos, si algo hizo la revolución industrial fue aumentar de forma exponencial la productividad. Las economías de escala permitían abaratar costes de producción y hacer que bienes que antes estaban reservados a unos pocos privilegiados, estuviesen al alcance del grueso de la población. Este proceso, que comenzó a mediados del siglo XVIII, podría afirmarse que llegó a su cúspide en el siglo XX, cuando Ford consiguió mecanizar el proceso de ensamblado de vehículos, ubicándolos al alcance del ciudadano promedio americano.

Sí, desde luego que este avance propiciado por el aumento exacerbado de la productividad tuvo un efecto muy positivo en la sociedad americana. Pero desde luego el mayor beneficiado fue la propia corporación de Ford, que engrosó sus resultados de una forma mucho más meteórica que aquellos productores de coches cuyo público objetivo eran los estratos de la sociedad más adinerados.

Riqueza y progreso

¿A dónde quiero llegar con esto? Pues bien, si efectivamente la economía fuese un juego de suma cero, los empresarios y las clases más adineradas, perderían riqueza a medida que el resto de las clases sociales fuesen ganando poder adquisitivo. Pero esta aseveración solo tiene fundamento en un mundo en el que existen élites extractivas que solo se limitan a disfrutar de la producción, frente a una casta trabajadora que se dedica a producir para la élite. Tal como podría suceder en el Feudalismo o en la Grecia Clásica.

Al pasar de un sistema de castas a un sistema de clases donde individuos libres intercambian derechos de propiedad a través del mercado, el que le vaya bien económicamente a los consumidores, desembocará ineludiblemente en que les vaya bien a los productores.

Por tanto, en el momento en que haya prosperidad en los países menos desarrollados, habrá un incremento sustancial en las clases medias de esas regiones, que harán uso de su poder adquisitivo para comprar más productos y servicios. Y este aumento del consumo tendrá como consecuencia el aumento de los márgenes empresariales y de la riqueza de los empresarios. A su vez, este aumento de los resultados empresariales empujará los salarios al alza —lo que hará que los trabajadores tengan más renta disponible con la que puedan adquirir bienes y servicios que hagan crecer la economía mediante un ciclo ad infinitum—. De esta manera, los empresarios son, en última instancia, los mayores beneficiados de la extinción de la pobreza.

Por tanto, no hay que preocuparse de cómo se reparte el pastel que la economía mundial es, sino que hay que esforzarse por hacer más grande dicho pastel a través del incremento de la productividad global.

La trampa de la trampa de la pobreza

El principal problema que aleja a los países más pobres del desarrollo es lo que en economía del desarrollo se ha denominado «el círculo vicioso o la trampa de la pobreza». En resumidas cuentas este concepto viene a decir que los países pobres no pueden aumentar su productividad porque (a) carecen de la infraestructura básica necesaria para que aumente su productividad marginal —como carreteras, sistema eléctrico o puertos funcionales—; (b) los ingresos de las familias son tan escasos que les resulta imposible cubrir sus necesidades más básicas, por lo que no pueden obtener el ahorro necesario para que se dé la acumulación de capital requerida en los procesos de industrialización; y (c) se carece de mano de obra cualificada que requieren los puestos de trabajo especializados de la industria.

En muchas ocasiones se ha planteado que la única manera para conseguir que los países salgan de este círculo vicioso de la pobreza reside en las ayudas monetarias internacionales. Es decir, que Estados ricos e instituciones supranacionales rieguen de dinero público a estos países. Y aunque este recurso puede ser una condición potenciadora o incluso necesaria para el desarrollo de las economías, desde luego que no es una condición suficiente. Porque, si así fuera, hubieran bastado los miles de millones de divisas que se han entregado a coste cero a África para acabar con su pobreza y, como todos sabemos, África sigue siendo mayoritariamente pobre.

Por qué fracasan los países

De nada sirve regar con dinero a países pobres, si ese dinero va a parar a dictadorzuelos corruptos y tiránicos que se dedican a vivir como maharajás, mientras que su población se hunde en la miseria. Es decir, que la precondición básica para el desarrollo económico y civilizatorio radica en que existan un conjunto de instituciones que salvaguarden la propiedad privada y el derecho de los ciudadanos a desarrollar el libre ejercicio de la función empresarial. A esto se referían Acemoglu y Robinson cuando hablaban de la distinción entre las instituciones inclusivas y extractivas en Por qué fracasan los países.

Una de las mayores limitaciones que tiene la ayuda internacional desinteresada es, precisamente, ese último adjetivo. Los países emisores de dinero público no tienen incentivos claros y directos de que mejore la situación de los países pobres, por lo que no se preocupan en exceso cuando estas ayudas no surten el efecto deseado.

Por el contrario, los mecanismos que bajo mi criterio mejor consiguen alinear incentivos son aquellos en los que la relación es de win-win, es decir, que el éxito de un participante garantiza el éxito del segundo y viceversa. Por tanto, la inversión extranjera en países en desarrollo y subdesarrollados es la manera más eficaz de industrializar y desarrollar a las regiones más pobres del globo.

Riqueza: suma positiva

Esto es así debido a que las empresas provenientes de países ricos obtienen un beneficio económico a través de la deslocalización por la reducción de costes —sobre todo fiscales y de capital humano—; a cambio de insertar en esas regiones una base de capital físico e infraestructuras, mano de obra cualificada, saber hacer, y condiciones salariales más competitivas que las de los negocios locales. Pero, como se ha mencionado antes, para que estas empresas vean deseable instalarse en estos países debe existir unas instituciones que garanticen la defensa de la propiedad privada mediante mecanismos institucionales como la seguridad jurídica.

Para concluir este artículo simplemente quiero recalcar que las empresas privadas son las principales interesadas en que deje de existir la pobreza. Pero esta permanecerá anquilosada de forma inexorable en el planeta, mientras que existan élites extractivas que no estén dispuestas a que los principios del capitalismo de libre mercado imperen en su territorio.

La economía no es un juego de suma cero, al menos, en el capitalismo.

Ver también

No es un juego de suma cero. (Juan Ramón Rallo).

La riqueza. (José Carlos Rodríguez).

La acumulación capitalista. (Santos Mercado).

TSLA y bitcoin holders: el patrimonio no se vende

Según escribo, la acción de Tesla ($TSLA) cotiza a $243, un 25% por ciento por encima que su precio hace cinco días y un 40% sobre su cotización de hace un mes. Todavía lejos de su máximo histórico de 2021 ($409.97). Por otro lado, Bitcoin tiene un precio de mercado de $54.500, un 11% por debajo de su precio hace cinco días y un 23% sobre su máximo histórico de $73.084.

Si uno analiza el estado de ánimo sobre estos dos activos en las redes sociales, puede ver euforia en los accionistas de Tesla, y desánimo entre los poseedores de bitcoins. Pero si te mueves entre los inversores con alta convicción, ves lo mismo en ambos grupos: la misma voluntad de seguir construyendo su patrimonio con los activos que creen mejores.

Representan a la perfección lo que ha expuesto multitud de veces Warren Buffett: para invertir no necesitas ser un genio, solo una orientación correcta. Si tienes convicción, el precio de cotización solo te condiciona a la cantidad que vas a poder comprar, pero nunca te va a hacer vender.

Pero no voy a hablar de la estrategia de los inversores en Bitcoin o Tesla, voy a usar su ejemplo para intentar aclarar un concepto que tenemos olvidado: el patrimonio.

Diferencia entre ser pobre y ser rico

Hace unos meses una periodista se enfadó con Michael Saylor, CEO de Microstrategy y gran inversor en Bitcoin. No entendía por qué Saylor no le daba un precio en el que sería razonable vender tus bitcoins. Argumentaba que todas las personas poseían activos con el fin de conseguir una plusvalía al venderlos. Poseerlos sin más objetivo que mantenerlos en tu propiedad no tenía ningún sentido. Saylor contestó con una frase que se viralizó rápidamente:

Déjame explicarlo de otra forma: a las personas que mantienen su riqueza en moneda fíat los conocemos con un nombre: les llamamos pobres. Todo el que es rico en este mundo posee propiedades.

Puede parecer que es una crítica a las monedas fíat como medio de mantener el valor. Y en cierta forma lo es. Pero si uno reflexiona un poco, la idea que traslada es mucho más profunda.

Obviando las permutas, al vender un activo lo estamos intercambiando por dinero, que es el activo más líquido. Esa liquidez se puede destinar a tres objetivos:

  • Al consumo.
  • A adquirir otro activo al que se presupone con más capacidad de mantener valor.
  • A mantener una posición de liquidez por incapacidad de encontrar otro activo que supere al dinero para mantener el valor.

¿Cómo saber el precio de venta de bitcoin?

Como vemos, cuando la periodista pide a Saylor que le dé un precio en que sea razonable vender tus bitcoins, le está pidiendo algo imposible. Saylor no sabe las necesidades de consumo de todos los posibles poseedores de bitcoins, y es evidente que él considera a esta moneda muy superior al dinero fíat. Así que la única posibilidad para dar un precio sería pronosticar cuándo sería deseable intercambiar tus bitcoins por otros activos existentes en el mercado. Vamos a imaginar que un bitcoin pasa a valer un millón de dólares. En ese escenario, ¿sería razonable vender?

La respuesta es que dependerá de lo que esté ocurriendo con el resto de activos. En un futuro donde un bitcoin alcanzara ese precio, es muy posible que se estén dando circunstancias que desaconsejen adquirir activos con otras características. ¿Por qué? Vamos a hacer un ejercicio mental para entenderlo.

Nos despertamos, después de estar unos años en coma, en un mundo donde los fusiles AR-15 se venden por un millón de dólares la unidad. Nosotros tenemos una docena en el sótano porque somos texanos. ¿Los vendemos inmediatamente para comprar un ETF indexado al SP500 o nos conectamos antes a la plataforma X para saber qué está pasando en el mundo que explique ese precio? Visto así, es fácil entender que pronosticar precios de venta es absurdo.

Pero esto no aplica solo a un activo tan peculiar como Bitcoin. Para demostrarlo vamos a realizar el mismo ejercicio con las acciones de Tesla, que es activo, que sí genera flujos de caja.

¿Y de Tesla?

¿A qué precio sería razonable vender Tesla? Pese a ser algo muy distinto, tenemos el mismo problema que con Bitcoin. Los accionistas con más convicción valoran la empresa por su negocio actual de automóviles eléctricos, por su pata prometedora en energía y, sobre todo, por su disruptivo sistema de conducción autónoma.

Sí, coches que se conducen solos. ¿Qué precio tiene algo así? Nadie que tenga convicción en el éxito de la empresa puede saber a qué precio van a vender sus acciones porque simplemente es imposible valorar la envergadura de algo así. Y aunque pudieran hacerlo, no podrían valorar qué otros activos podrían ser mejor opción en ese escenario, por lo que no podría saber si vender en ese precio sería una buena opción. Así que lo más razonable es estar invertidos en el negocio en el que más confían, y no especular sobre precios de venta.

Se puede argumentar que hay toda una profesión que se dedica a hacer eso, que digo que no se puede hacer. Comprar barato y vender caro para aprovecharse del señor Mercado requiere saber cuándo tienes que vender. En realidad, se puede intentar pronosticar en qué precio vas a perder la convicción sobre una empresa, pero lo cierto es que solo cuando llegue ese momento (el de la pérdida de convicción) vas a saber que debes vender. Así que el principio es el mismo, aunque reconozco que es más fácil acertar con una cifra simplemente si la convicción en una empresa es menor.

Convicción: tenerla o no tenerla

Es por eso por lo que prefiero la inversión en activos de los que no te atreves a pronosticar un precio de venta simplemente porque no quieres vender. Como dice Morgan Housel en La psicología del dinero:

Si inviertes en una compañía prometedora que te importa un comino, puede que disfrutes cuando todo va bien. Pero cuando, inevitablemente, cambie la tendencia, te verás de golpe perdiendo dinero por algo que no te interesa en absoluto. Es una doble carga, y la opción más fácil es pasar a otra cosa. Si te apasiona la empresa de entrada —te gusta su misión, su producto, el equipo, la ciencia que hace, lo que sea—, los tiempos inevitables de adversidades, cuando estés perdiendo dinero o la empresa necesite ayuda, quedarán compensados por el hecho de que por lo menos sentirás que formas parte de algo que para ti es importante. Esta puede ser la motivación necesaria que impida que te des por vencido y que inviertas en otra cosa.

Morgan Housel en La psicología del dinero.

Una vez dejado claro que un activo no se vende hasta que no has perdido la convicción en él, queda por resolver otro malentendido sobre el patrimonio. ¿Por qué no vender simplemente para disfrutar de la vida? ¿En qué punto hay que empezar a consumir tu patrimonio para no convertirse en el más rico del cementerio? ¿No podría ser razonable poner un precio máximo de venta a cualquier activo simplemente porque en ese punto lo racional sería consumir su riqueza?

La función de la riqueza es la creación de riqueza

El otro día me enfrenté a esto al ver un meme en la plataforma X. En él una persona acumula billetes durante toda su vida hasta que se encuentra el final del camino con un buen puñado de papelitos verdes que no le van a valer de nada. Como comenté en un post, para entender lo absurdo de este razonamiento solo hay que sustituir la acumulación de dinero a lo largo de una vida por la acumulación de conocimientos. Cambias los billetes por libros en ese meme y para la mayoría de las personas el significado es otro. Casi nadie considera que una vida dedicada a adquirir conocimientos sea una vida desperdiciada, pero por alguna extraña razón amasar riqueza sí.

Creo que se debe a dos errores de base en nuestra sociedad:

  • Pensar que éxito se mide en disfrutar de cualquier lujo que hayamos visto disfrutar a otro ser humano. Si alguien tiene un Lamborghini, yo debería tener uno si algún día tengo el dinero para ello.
  • No entender que la principal función de la riqueza no es el consumo, sino la generación de más riqueza. El patrimonio de las personas está invertido en activos que son los cimientos de todo lo que el ser humano va a producir en el futuro y, en menor o mayor medida según la época, en activos que sirven de refugio ante la incertidumbre que ese futuro pueda deparar.

Aumentar los ingresos o aumentar la humildad

Para el primer error podemos remitirnos otra vez el libro de Morgan Housel:

Todo el mundo necesita lo básico. Una vez que el primer nivel de necesidades esenciales está cubierto, viene otro nivel básico de comodidad y, una vez alcanzado este, está un tercer nivel básico que incluye la comodidad, el entretenimiento y la formación.

No obstante, gastar por encima de un nivel bastante bajo de materialismo es en la mayoría de los casos un reflejo de que el ego se acerca a los ingresos, una forma de gastar dinero para demostrar a los demás que tienes (o tenías) dinero.

Si lo piensas de esta forma, te vas a percatar de que una de las maneras más potentes de acrecentar tus ahorros no es aumentando el sueldo. Es aumentando la humildad.

Para ver esto expresado de forma más emocional, podemos ver una intervención de Javier Milei, donde lo explica con su natural don para llegar a las masas.

El segundo problema es aún más complicado de superar. Requiere entender cómo funciona el capitalismo en una era donde el dinero deuda lo ha desvirtuado. Y como indica el profesor Bastos, a la pérdida de ciertos valores que son difíciles de recuperar.

Por eso es importante la figura del holder (o HODLer en la jerga Bitcoin). Personas con convicción en el futuro que posponen la gratificación del presente por la promesa de dotar a la humanidad de herramientas mejores o nuevas tecnologías. Cada uno con sus motivaciones, pero con algo en común: la firme voluntad de no vender su patrimonio simplemente porque el patrimonio no se vende.

Ver también

Usted está entre el 20% más rico del planeta. (Juan Ramón Rallo).

Hacia una sociedad de propietarios. (Instituto Juan de Mariana).

El lenguaje económico (XII): Riqueza y pobreza

Sobre la riqueza y la pobreza se ha escrito mucho, casi siempre de forma errada según el dogma de Montaigne: “El beneficio de unos es perjuicio de otros”. El corolario de este error económico es la maniquea distinción entre países ricos y pobres o entre hombres ricos y pobres, donde los primeros son culpables de la lamentable situación de los segundos. Este mito se adorna de una variada retórica que vamos a analizar.

Riqueza y pobreza no son estados permanentes

Habitualmente se dice que alguien «es» rico o pobre como si tal condición fuera inherente a la persona. Tal vez, esto fuera cierto en una sociedad estamental o de castas donde la movilidad social apenas existe. Hoy en día, sería más apropiado decir que alguien «está» rico o pobre pues la sociedad capitalista no garantiza las respectivas posiciones patrimoniales de los individuos. Tampoco es cierto que «el rico es cada vez más rico y el pobre cada vez más pobre». El rico puede convertirse en pobre y viceversa, todo depende del acierto o desacierto en la conducta económica. Abundan casos de ricos que consumen su capital con la misma rapidez con que lo reciben —herederos, agraciados en el juego— o lo generan: artistas, deportistas, etc. En definitiva, como dice Kirzner (1995: 104): «El beneficio es un fenómeno esencialmente dinámico».

¿Se hereda la pobreza?

En el Antiguo Régimen la riqueza (o pobreza) se heredaba, dicho metafóricamente, junto con el estamento social de pertenencia. La Revolución industrial y la aparición de la burguesía dio paso a una incipiente movilidad social y la pobreza dejó de ser el destino inexorable de las masas. La llegada del capitalismo ensanchó y profundizó la movilidad social. Haber nacido pobre dejó de ser una excusa para morir pobre. Por ello, resulta anacrónico oír que la pobreza se hereda. La pobreza no es genética: de padres pobres nacen hijos «provisionalmente» pobres. La riqueza tampoco se hereda en sentido económico. Un afortunado descendiente no hereda las cualidades que hicieron ricos a sus antepasados, lo que hereda es una específica cantidad de capital —dinero, bienes, propiedades— que lo convierte «provisionalmente» en alguien rico; pero el capital no se mantiene de forma automática, sino que «es necesariamente fruto de una acción deliberada» (Mises, 2011a: 614). El rico heredero, si quiere conservar su fortuna, está obligado a actuar de forma económica.

Igualdad de oportunidades entre ricos y pobres

Estamos ante una imposibilidad teórica y práctica cuya búsqueda provoca toda clase de interferencias gubernamentales en el libre mercado. No hay ni puede haber dos personas con las mismas oportunidades y la principal razón es la diversidad natural: genética (sexo, fenotipo, inteligencia), cultural, geográfica, social, familiar, psicológica, etc. Los individuos tienen diferentes capacidades —vigor intelectual, fuerza de voluntad, capacidad de trabajo— que no pueden igualarse mediante la coacción política. Sólo el fruto —la propiedad— puede ser confiscado y repartido cual botín. Además, las capacidades y circunstancias que hacen a unos ricos y a otros pobres son cambiantes durante la vida. Tampoco es posible «crear» oportunidades (tal y como dice un eslogan publicitario) porque éstas son preexistentes y depende de la creatividad humana el detectarlas y aprovecharlas (Huerta de Soto, 2010).

La riqueza no «merecida»

Otras veces se realizan arbitrarios juicios de valor sobre el merecimiento de la riqueza. Por ejemplo, nadie condena al que se hace rico, «sin esfuerzo», con un premio en la lotería; pero muchos se escandalizan de quien se hace rico, honradamente, con su trabajo. Se tacha de inmorales o injustos los pingües salarios que perciben determinados famosos. Las iras recaen con especial virulencia sobre presentadores y tertulianos de programas del corazón, deportistas de élite —futbolistas, pilotos— o youtubers millonarios; entre otros. Es frecuente comparar sus ingresos con los de otros profesionales —médicos, bomberos, maestros— que supuestamente son más «útiles» a la sociedad.

El elenco de lamentos y agravios comparativos que tildan de «excesiva» la ganancia de los famosos puede deberse a la envidia, pero sobre todo a la incapacidad para entender cómo se retribuye el trabajo. «La democracia capitalista del mercado no premia a las gentes en razón a sus ‘verdaderos’ méritos, virtudes personales o excelsitud moral» (Mises, 2011b). Es el consumidor, en última instancia, el que asigna los ingresos de cada individuo; por ejemplo, las audiencias —TV, radio, cine, Internet— fijan indirectamente los cachés; por este motivo, ciertos «famosos» se enriquecen más que otros profesionales. ¿Es esto justo? Si la justicia es «dar a cada uno lo suyo» (Ulpiano), por supuesto que sí. Por ejemplo, la riqueza de J. K. Rowling (creadora de Harry Potter) es la justa retribución al talento creativo de sus novelas que deleitan a millones de lectores. En resumen, el ingreso monetario no depende de nuestras filias, fobias o de una particular concepción del mérito, sino de la productividad del trabajo; es decir, de la personal contribución a la satisfacción de las necesidades y deseos de los consumidores.

Pobreza energética

Otra moda consiste en poner adjetivos para crear subcategorías de pobreza. Pobre energético es quien no puede pagar la factura de la luz o comprar gas butano o el que destina a tal efecto una «excesiva» proporción de sus ingresos. Mutatis mutandi podríamos crear otras subcategorías de pobreza; por ejemplo, pobreza «tabáquica»: no tener dinero para comprar tabaco; pobreza «inmobiliaria»: no tener dinero para comprar o alquilar una vivienda; pobreza «telemática»: no tener dinero para pagar Internet. Los apóstoles de la pobreza energética intentan medirla «científicamente» con ratios que combinan temperaturas, rentas domésticas, precios de la energía, etc. ¿Qué hay detrás de esta impostura? La captura de rentas a expensas del contribuyente: a) Primero se crea un problema y luego se destinan fondos públicos para hacer informes, cursos, conferencias, programas, etc. La O.N.U., la U.E. y los gobiernos elaboran estrategias, crean departamentos, agencias y chiringuitos. b) Se otorgan subsidios directos a los «consumidores vulnerables» y dinero público para mejorar la eficiencia energética de sus viviendas.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Huerta de Soto, J. (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial. Madrid: Unión Editorial.

Kirzner, I. (1995). Creatividad, capitalismo y justicia distributiva. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011a). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011b). La Mentalidad Anticapitalista. Madrid: Unión Editorial.

Montaigne, M. (1580). Ensayos. Edición digital basada en la de Paris, Casa Editorial Garnier Hermanos, [s.a.]. http://www.cervantesvirtual.com