Cómo el Estado encarece los medicamentos
Martin Shkreli y su avaricioso maltrato a los usuarios del Daraprim es un producto del estatismo, no del capitalismo liberal.
Martin Shkreli y su avaricioso maltrato a los usuarios del Daraprim es un producto del estatismo, no del capitalismo liberal.
A medio plazo resulta inexorable recortar las actuales condiciones de acceso a las pensiones públicas. El sistema está roto porque se construyó sobre las endebles bases de los timos piramidales.
Cada año, los ciudadanos son preguntados por aquéllas cosas que más les preocupan. Típicamente, el paro, la situación económica o la corrupción suelen liderar la lista. Sin embargo, creo que en estas encuestan olvidan un gran temor de los ciudadanos: el colesterol. Vilipendiado y denostado como pocas cosas, podemos afirmar sin equivocarnos que el final de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo otra guerra: la del colesterol. De hecho, hoy es difícil exagerar la cantidad de alimentos en los supermercados o presuntos remedios dirigidos a reducir el colesterol.
La historia de esta guerra es larga pero, como todas, tiene un comienzo. Un comienzo que podemos fechar en 1954. Aquel año un investigador llamado David Kritchevsky publicó un estudio sobre los efectos de alimentar con colesterol puro a conejos. Lo que sucedió es que se les acabó induciendo arteriosclerosis. Hasta aquí todo normal. El pequeño gran error fue pensar que ese resultado en conejos, que son seres herbívoros, podía ser trasladable a humanos. Lo que en realidad se gestó a partir de entonces, debido a la poderosa influencia de ese estudio sobre Ancel Keys, fue la construcción de un mito. En los años 1961, Mathur y sus colaboradores fueron incapaces de hallar un vínculo entre colesterol y placas arteriales tras analizar 20 autopsias y más de 200 casos científicos. En 1962, el Dr Marek publicaba un artículo en el American Heart Journal con la misma conclusión: no hay correlación entre colesterol y placa arterial. En 1964, el cirujano Michael DeBakey tras analizar un millar de pacientes durante operaciones ofreció el mismo mensaje: la arteriosclerosis no tiene nada que ver con la concentración de colesterol en la sangre.
Algo menos del 1% de los humanos tiene mucho más colesterol que el resto de nosotros. Se debe a una variante genética llamada hipercolesterolemia familiar o hereditaria, y supone un interesante grupo de estudio. En el año 2001, un grupo de investigadores holandeses halló que en el siglo XIX las personas con esta variante genética vivían algo más tiempo que el promedio y dado que en aquella época la causa más común de muerte era de tipo infeccioso, concluyeron que el colesterol protegía de algún modo frente a virus y bacterias. En efecto, poco después apareció otro estudio que establecía que el colesterol bajo era un factor de riesgo para cualquier tipo de enfermedad infecciosa. De hecho, se sabe que las personas con bajo colesterol tienen más riesgo de mortalidad por problemas intestinales y pulmonares, y una parte importante de éstos son de origen infeccioso.
Pero centrémonos en la creencia de que el colesterol es el gran culpable de la enfermedad cardiovascular. Los primeros en airear esta idea fueron posiblemente los directores del estudio Framingham, un proyecto de duración indefinida iniciado en 1948 en la población de Massachusetts que lleva el mismo nombre (Framingham). Curioso, por decir algo, es que este estudio se vendiera como una prueba de la hipótesis del colesterol. En realidad, pasados los 47 años de edad, el colesterol no parecía ser un factor de riesgo cardiovascular. Es más, pasadas tres décadas de estudio aquéllos que habían reducido más su colesterol habían aumentado más su riesgo cardiovascular que aquéllos que habían incrementado su colesterol. Sin embargo, los autores y la prensa eludieron esta comparativa.
En los 90, científicos canadienses publicaron sus resultados con casi 5000 pacientes de mediana edad que siguieron durante doce años con los mismos resultados. Son constantes los estudios que podemos encontrar con la misma conclusión (en los 60, 70, 80, 90, 2000…)
Los estudios poblacionales
Es lo que se denominan estudios epidemiológicos: ¿podemos establecer asociaciones al estudiar poblaciones? Uno de los estudios de este tipo más famosos para iniciar la guerra contra el colesterol fue el Seven Countries Study publicado en 1972, en el que Ancel Keys estudió a dieciséis poblaciones en un total de siete países (originalmente eran seis). Este estudio se ha usado hasta la saciedad para demostrar que el consumo de grasas saturadas eleva el colesterol y esto está asociado con problemas cardiovasculares. Sin embargo, el estudio está lleno de sesgos y errores. Por ejemplo, el consumo de grasa saturada era igual en Creta y Corfú, pero esta última isla tenía dieciséis veces más enfermedad cardiovascular. Algo similar sucedía entre North Karelia y Turku, ambas en Finlandia. Si tomamos como prueba los electrocardiogramas que estadísticamente están recogidos en el estudio, las personas con más problemas cardíacos tendían a comer menos grasa saturada. Países como Francia o Suiza se eludieron convenientemente del estudio porque ambos casos refutan la hipótesis del colesterol y la grasa saturada (Francia y Suiza consumen mucha grasa saturada y tienen baja enfermedad cardiovascular). En realidad, con los datos de los 22 países disponibles entonces se podía justificar cualquier cosa sobre el consumo de grasa saturada y colesterol eligiendo selectivamente unos países u otros. El fraude debería ser evidente.
El hecho de que los hombres japoneses que vivían en Japón tenían bajo colesterol y bajo índice de ataques cardíacos mientras los hombres japoneses que vivían en California tenían elevado colesterol y elevada incidencia cardiovascular era tomado como una confirmación de tal hipótesis. Que los japoneses de California con bajo colesterol tenían más problemas cardíacos que los japoneses californianos con alto colesterol era, sin embargo, considerado irrelevante. Keys, Stamler y todos los seguidores de la hipótesis del colesterol y las grasas no tuvieron problema ninguno en rechazar de plano como algo sin valor, irrelevante o malinterpretado todo dato que contradecía sus creencias. Los estudios de los indios navajos, de los inmigrantes irlandeses a Boston, los nómadas africanos, los granjeros de la Suiza alpina o de los monjes trapistas y benedictinos sugerían claramente que el colesterol no tenía relación con la enfermedad cardiovascular. Keys, por supuesto, negaba valor a esos estudios y repetidamente remarcaba que no se podían extraer conclusiones con poblaciones tan pequeñas. En 1964, el Journal American of Medical Association publicaba que la comunidad italiana de Roseto, en Pensilvania, consumía elevadas cantidades de grasa animal, por ejemplo cocinaban básicamente con manteca de cerdo, y tenían un "sorprendentemente bajo" nivel de problemas cardiovasculares. Por supuesto, Keys siguió aplicando su rechazo debido a lo pequeño de aquella población.
Los ensayos clínicos
Si las pistas que dan los estudios poblacionales son o no son fiables se acaba verificando con los estudios clínicos. En aras de resumir, citemos los ensayos clínicos que más se han empleado para justificar y divulgar la hipótesis del colesterol. Y repito bien: los que se han usado para justificar dicha teoría.
1. LRC: Estas breves siglas designan el llamado Lipid Research Clinics Coronary Primary Prevention Trial. Tras analizar a más de trescientos mil varones, se reclutaron a 4000 con los valores más altos de colesterol. A la mitad de ellos se les enseñaron hábitos dietéticos y consumieron un fármaco para reducir el colesterol. Tras 8 años de seguimiento, había la misma mortalidad cardiovascular entre quienes con fármaco y dieta redujeron su colesterol y los que no cambiaron dieta ni tomaron el fármaco. Publicado en los años 80, se usa para justificar la teoría del colesterol. Y si te preguntas cómo puede ser así, no eres el único.
2. MRFIT: Aún más famoso que el anterior, el Multiple Risk Factors Trial es en realidad uno de los estudios más citados sobre la prevención cardiovascular. Se reclutaron de entre cientos de miles, un total de 12000 varones proclives a problemas cardiovasculares. La mitad de ellos tuvieron que hacer ejercicio, dejar de fumar y seguir una dieta para reducir su colesterol. Tras 8 años, fallecieron 260 personas en el grupo que siguió los consejos y 265 personas ¡entre quienes los habían seguido!
3. Helsinki Heart Study: El estudio cardiovascular de Helsinki, de finales de los 80, es otro clásico que vendría a confirmar que debemos reducir el colesterol. Sin embargo, el estudio difícilmente dice lo que algunos quieren que diga. Tras cinco años de estudio, los pacientes que consumieron un fármaco para reducir el colesterol habían sufrido mayor mortalidad cardiovascular que quienes no habían consumido nada. 17 fallecidos con el fármaco frente a sólo 8 sin el fármaco reductor de colesterol, lo acabaron considerando en las conclusiones del estudio como una diferencia poco significativa. ¿Qué hace falta para que sea significativa si más del doble resulta no serlo?
Al final, todo lo que la ciencia no podía hacer, acabo haciéndolo la política. Así pues, sin miedo a equivocarnos, la politización de la dieta y la propagación de un miedo irracional al colesterol y la grasa saturada acabaron convirtiéndose en unos de los grandes daños a la ciencia del último siglo. Y con ello de nuestra salud.
Los perros no tienen derechos. Esto es algo que mucha gente cuestiona, cada día más, pero que no deja de ser verdad. En estos días, cuando un animal ha sido sacrificado por convivir con una persona enferma de ébola, por desgracia la bandera de la oposición al sacrificio ha sido ondeada en su inmensa mayoría por gente que pone los derechos de los perros al mismo nivel que las personas y, en algo de menor medida, por los que querían utilizar al animal para investigar la enfermedad.
Pero lo más penoso para mí ha sido comprobar cómo se ha desatado un efecto respuesta por parte de gente bastante inteligente, que en vez de analizar el asunto de forma objetiva, poniendo en una balanza los derechos del propietario del can con la del resto de personas que habitamos en los alrededores, han decidido plegarse a la decisión del gobierno y los expertos que lo asesoran incondicionalmente. Llegando, incluso, a la mofa sobre el tema, o comparaciones absurdas con la reacción ante otros hechos (aborto, muertes en África, etc.).
Los perros no tienen derechos, pero sus propietarios sí. La única razón para permitir que el Estado, o cualquier otro agente, pueda entrar en tu vivienda para sacrificar a tu mascota es que ésta suponga un peligro para otras personas o sus propiedades y éste peligro no pueda ser anulado de otro modo por tus medios o los de terceros dispuestos a colaborar.
Dicho de otra forma, si yo tengo un león adulto en casa y no soy capaz de impedir que ataque a mis vecinos, el Estado podría entrar en mi domicilio y sacrificarlo si me niego a ubicarlo en unas instalaciones donde se controle ese peligro, o cederlo a alguien que sí esté dispuesto a hacerlo.
Es algo bastante lógico y a nadie le parecería correcto que las autoridades decidiesen sacrificar a un león si el propietario se mostrara dispuesto a cederlo a un zoo o si él mismo le mantuviera en unas instalaciones que garantizaran la seguridad de los vecinos.
Pues bien, algo tan elemental parece que en este caso no se ha cumplido y a casi nadie, dentro del reducido número de personas que defendemos la propiedad privada, ha levantado la voz para criticarlo.
El motivo es que el pobre perro no suponía un peligro tan previsible, y controlable, como un león, sino que podía ser portador de un virus que, pese a ser de difícil contagio desde ese animal, es especialmente mortífero. O sea, que el factor miedo a lo desconocido ha vuelto a obrar como llave que permite al Estado abrir todas las puertas, incluido, esta vez, la de la mente de muchos que en teoría deberían tenerla blindada a base de muchas lecturas sobre casos similares.
¿Quiere esto decir que no se tenía que haber sacrificado al perro? Pues no, quiere decir que la decisión de sacrificar al perro se tenía que haber tomado después de permitir a terceras personas analizar qué opciones había para neutralizar el peligro de mantenerlo vivo mientras fuera una posible amenaza.
Porque vamos a ser claros; el perro, encerrado en el domicilio, solo era un peligro a corto plazo para los políticos y su afán de tomar decisiones que les mantengan en el poder. O sea, decisiones que les hagan parecer que hacen algo aunque no estén haciendo nada y excluyan al resto de actores de la escena.
Porque lo que olvidan los que se han unido al gobierno en esta absurda historia es que al perro no se la ha podido trasladar a ninguna parte porque quienes dictan los protocolos, manejan las concesiones y dominan totalmente todo lo que tiene que ver con estos temas es el Estado. Si un particular se hubiera hecho con el equipo necesario para trasladar al perro a un lugar aislado y seguro, exponiéndose solo él y personas voluntarias al mismo durante los días que se necesitan para que el animal deje de ser una amenaza, y sometiéndose estas personas al seguimiento correspondiente durante las semanas posteriores, el peligro para el resto de habitantes sería prácticamente nulo (ya que el riesgo cero no existe en nada, ni siquiera en matarlo e incinerarlo).
Por supuesto, según la mayoría, los pobres particulares o el sector privado no podrían hacerse cargo de algo tan importante, ya que solo el Estado y el sector público garantizan el control biológico. El propio caso que nos ocupa deja bastante claro hasta qué punto es falsa esta creencia, y cómo en este tipo de situaciones lo que importa es la responsabilidad individual de los que participan en ella, no el organismo que la gestiona.
Y algunos dirán: ¿todo esto por un perro? No, todo esto por nuestra libertad. Y no sólo la libertad de que un animal de compañía, que tiene un valor inmenso e irreemplazable para su dueño, no pueda ser sacrificado por el miedo irracional de la mayoría. Esta vez tenemos suerte de que se trata de un virus que necesita del contacto para transmitirse, pero la próxima vez puede ser otro peor que haga viable socialmente que los sacrificios sean de seres de dos patas, en vez de cuatro. El Estado, la seguridad, el bien común y la ignorancia no se van a parar en las propiedades caninas cuando llegue el caso, y entonces puede que muchos que ahora hacen bromas se echen las manos a la cabeza.
La pasada semana ocurrió un hecho que incendió las redes sociales, dividió a las familias, desenmascaró a muchos, escandalizó a otros y a casi nadie dejó indiferente. Se sacrificó a Excalibur, el perro de la auxiliar de enfermería contagiada por el ébola. Hay mucha rabia e impotencia en las reacciones de muchas personas, probablemente con razón, pero también una ocasión impagable para machacar al que está ahí arriba gestionando el país sea como sea.
Desde mi punto de vista, considerando exclusivamente la capacidad de movilización, la partida la han ganado los llamados animalistas. Pero ¿se puede extraer alguna lección de la semana pasada?
La verdad de los medios
En pleno fragor de la batalla de comentarios en las redes, una persona me respondía indignada cuando yo reconocía mi ignorancia respecto al ébola desde un punto de vista médico y cómo afecta a los animales, etc.: "Pues pon Antena 3 que están informando sin parar". Y se quedó tan ancha. Como si la televisión no sesgara, no pudiera ser manipulada, incluso cuando se entrevista a un médico. ¿Quieres informarte? Pon la tele. Y con esos mimbres se debate, se discute, se insulta y se pontifica, deporte nacional.
La responsabilidad de los medios es muy grande. Además de informar sin azuzar la alarma, pero sin omitir tampoco, han de reflexionar sobre los responsables en un país en el que no hay un único sujeto en quién descargar la culpa. Está la gestión, está la bondad o insuficiencia del protocolo, está la diligencia en el cumplimiento, está la información que la enfermera dio o no a los médicos cuando se encontró mal… Todo eso y probablemente más cosas, están encima de la mesa para ser escrupulosamente analizadas. Ahora que hay más contagios en otros países, parece que el discurso político se desactiva poco a poco, aunque el fuego encendido aún tiene brasa. Y no digo que no haya razones. Lo que digo es que todo es demasiado complejo como para que sea Ana Mato la única responsable. La única.
La defensa de Excalibur
Mi reflexión no va tanto por el lado del corazón. Sacrificar un animal porque sí no es lo mío. También creo que entre un humano anónimo y un animal anónimo, salvaría a un humano. No todo el mundo coincide en mi elección. Y luego está el tema de qué animal es al que hay que defender. No nos importan todos lo mismo. El perro acompaña al hombre desde hace miles de años. Si se tratara de una lagartija, de un gusano o de un mosquito no nos movería nada por dentro. Y el problema es el mismo: la transmisión. El perro no estaba infectado con un 100% de seguridad. Pero tampoco se podía afirmar que no lo estuviera. La opción para mi gusto habría sido donarlo a la ciencia para que lo aislara y estudiara el caso. Pero no sé si ese era el argumento de los animalistas porque creo que no están a favor del empleo de animales en la investigación científica.
Con todo lo radicales que puedan parecer, yo reconozco que han ganado esta batalla en los medios, aun cuando las autoridades hayan matado al pobre perro. La explicación no es mía, es de Yesenia Álvarez, joven pero brava defensora de la libertad peruana, amante de los animales y activista incansable.
Los defensores de los humanos ya tienen alguien que se ocupe, han delegado en el Estado, en los partidos, en los sindicatos, para defender su vida, sus derechos, sus problemas. Obviamente están defraudados porque esa defensa es fallida, incompleta. Porque al ceder su derecho a defenderse ellos, han abierto la posibilidad de que su lucha se manipule, se use a favor de tal partido político, de tal plataforma o, incluso, de tal persona. Los defensores de los animales por el contrario saben que están solos, que su lucha es suya, yson incansables, te argumentan sin complejos, te señalan con el dedo, salen de debajo de las piedras cuando alguien perjudica a un animal para denunciar, se van allí a protestar aunque sean tres. No importa en este momento si su argumento es falaz. Yo hablo de la batalla de la movilización. Ese modo de hacer ha ganado la opinión pública. Para mí es un ejemplo de quienes se involucran en la lucha por un ideal sin pretender que sea otro quien luche por ti.
Tal vez si las autoridades hubieran ofrecido la posibilidad de la investigación se habría salvado más de una vida, la de Excalibur y la de algún humano.
¿Por qué tu médico no sabe mucho de nutrición, vitaminas, minerales, tipos de grasas…? ¿Es porque no es demasiado relevante para la salud y sólo lo son los medicamentos? Como ya habrás advertido, ésa no es la razón. El origen de todo se remonta bastante tiempo atrás.
Si uno decidía ser médico en el siglo XIX o con anterioridad, aparte de las escuelas médicas en funcionamiento, no era infrecuente lograr la titulación médica gracias a recibir parte de la instrucción por medio de correo. Lo cual es entendible en una época donde las distancias eran mucho mayores. Además, había mucha mayor diversidad de materias y disciplinas que estudiar como médico. Dicho de otro modo, tampoco existía una rígida homogeneidad en los programas. Así, por ejemplo, a diferencia de hoy en día, un médico antiguamente solía tener sólidos conocimientos de fitoterapia, botánica o nutrición.
Precisamente por aquel entonces, a finales del XIX, la ya entonces prestigiosa Asociación Americana de Medicina (AMA) decidió que aquella heterogeneidad y libertad académica debían acabar, siempre, claro, ‘por el bien público’. Con tal propósito creó su Council on Medical Education. Sin embargo, sus miembros no fueron capaces de ponerse de acuerdo en los estándares obligatorios para ser médico.
A comienzos del siglo XX, Andrew Carnegie y John D. Rockefeller comenzaron a interesarse por las farmacéuticas. Así, Rockefeller estableció en 1901 el Instituto para la Investigación Médica, dirigido, entre otros, por Simon Flexner, cuyo hermano era del equipo de la conocida fundación Carnegie. En 1908, Henry Pritchett, presidente de la fundación Carnegie, junto con Abraham Flexner –el citado hermano de Simon– tuvieron una decisiva reunión con la AMA para discutir sobre la pretensión de estandarizar académicamente la profesión médica. La AMA aceptó ser aconsejada por la visión del Carnegie. Una visión focalizada de modo casi monopolístico en la farmacología y que despreciaba todo lo que supusiera oposición o competencia a esa visión.
Y aunque la AMA no es exactamente lo mismo que el Gobierno, de facto lo es. Actualmente se estima que la AMA es la segunda mayor organización estadounidense en presupuesto para hacer lobby, según la página de análisis Opensecrets.org.
Esa batalla por acabar con la competencia a la medicina farmacológica en EEUU tuvo, por ejemplo, una figura destaca en Morris Fishbein, secretario de la Asociación Americana de Medicina entre 1924 y 1949, que dirigió una intensa campaña contra la quiropráctica. En 1982, el Tribunal Supremo de EEUU sentenció que la Federal Trade Comission podía aplicar medidas antimonopolio a asociaciones médicas como la AMA. Esa sentencia y otra anterior de 1975 dieron pie a que cinco quiroprácticos estadounidenses demandaran a la Asociación Americana de Medicina y otras agencias oficiales. Fue el llamado caso Wilkes, resuelto en 1987, hallándose a la AMA culpable de conspiración ilegal contra la quiropráctica y de practicar un monopolio en la medicina junto con otras asociaciones médicas. La revista oficial de la AMA, el Journal of American Medical Association, fue obligado a publicar la sentencia.
A pesar de reveses como los del caso Wilkes, la AMA no obstante no ha cejado en su empeño de liquidar toda competencia a la medicina farmacológica. En aquella sentencia de 1987, el juez encontró culpable al AMA además de prácticas como difamación de profesionales de la medicina alternativa, distribución de propaganda para arruinar la reputación de competidores, obligar a los médicos a rechazar colaboración alguna con naturópatas, quiroprácticos, etc., y negar la entrada en hospitales como profesionales a cualquiera de éstos.
En 2006, la AMA publicó sin rubor su campaña de oposición a que los naturópatas y semejantes fueran considerados médicos. El objetivo de la medicina oficial, respaldada por el Gobierno, ha sido y es acabar en lo posible con la competencia.
Ya se sabe, el Gobierno odia la competencia.
El sirope de maíz alto en fructosa es uno de esos ingredientes difícil de sortear o evitar en muchos pasillos del supermercado, aún más si uno visita EEUU. Se trata de uno de esos "alimentos" que la naturaleza no nos da, pero sí un laboratorio. En resumidas cuentas, el sirope de maíz alto en fructosa es una forma de imitar al azúcar a partir del maíz que inunda tanto dulces como refrescos, y en muchos sentidos es aún menos saludable que el azúcar.
Un estudio publicado en 2013 concluyó que los países que tienen más introducido este compuesto en su cadena alimentaria sufren de un 20% más de diabetes que los países que no lo emplean. En un estudio animal aún más reciente, 6 de 10 animales sometidos a una dieta alta en sirope de maíz alto en fructosa fallecieron de un fulminante cáncer de hígado en pocos meses. Una dieta rica en este compuesto produce oxidación, inflamación, alteración del metabolismo celular y daño al ADN.
Podemos culpar a los ciudadanos por ser unos irresponsables. También podemos culpar a la industria alimentaria por envenenarnos a sabiendas. En todo este asunto, por desgracia, no vemos el que quizás sea el mayor culpable de todos: el Gobierno.
De 1995 a 2010, casi 17.000 millones de dólares fueron subsidios del Gobierno de EEUU destinados a compañías que producen o distribuyen sirope de maíz alto en fructosa, maíz y aceite de soja (un aceite altamente inflamatorio y oxidable). Sin duda esto produce grandes beneficios a agricultores, ¿pero a costa de enfermar a la población? Es más, ¿por qué los agricultores tienen que ser un sector subsidiado?
Según el estudio citado anteriormente, EEUU tiene el mayor consumo per cápita de sirope de maíz alto en fructosa en todo el planeta. Nada de que sorprenderse en el país de la obesidad. El aumento del consumo en las últimas décadas de carbohidratos refinados en general, y en este caso de fructosa refinada en particular, se deja notar: el mundo ha pasado de tener 153 millones de diabéticos en 1980 a 350 millones en 2008, y seguimos sumando.
Por qué en EEUU es un ingrediente tan extremadamente atractivo para los fabricantes es una pregunta fácil de responder. Las millonarias subvenciones del Gobierno hacen que su precio sea extraordinariamente bajo. Y lo que cae como del cielo gratis por arte del subsidio de turno es –entre otros- el sirope de maíz alto en fructosa, no el brócoli.
Los precios en un país y mercado libres condensan la información para coordinar los deseos de los ciudadanos con empresarios y trabajadores. Industrias como la alimentaria difícilmente reflejan otros deseos más que los de los burócratas, impidiendo en el camino el desarrollo de nuestra salud. Pues la salud ha de cultivarse, no imponerse con decretos o camisas de fuerza de comisarios políticos. Y la sociedad que llegue a asumir lo contrario, ya de por sí estará enferma.
Y ahora viene una de esas preguntas que nadie quiere hacerse: Si son el propio Gobierno, los políticos y burócratas en general los que están contribuyendo a arruinar la salud de los ciudadanos, ¿por qué hemos de dejar los servicios de salud en manos de quienes nos enferman?
Probablemente antes de nada hemos de quitar al Gobierno el poder de y sobre la educación. Hasta que no pensemos libremente, y libres del Gobierno, no nos haremos las preguntas que realmente importan.
@AdolfoDLozano / www.juventudybelleza.com.
En mayo de 2008, el adolescente de 15 años Kip Kindel asesinó a sus padres mientras dormían y después fue a su escuela donde mató a dos compañeros de clase e hirió a otros 25 para acabar disparando indiscriminadamente hasta la cafetería de la escuela.
En marzo de 2005, el joven de 16 años Jeef Weise asesinó a disparos a 9 personas incluyendo 5 estudiantes del Red Lake Senior High School de Minnesota antes de suicidarse con el arma.
En diciembre de 2000, Michael McDermott entró disparando en su lugar de trabajo matando a 7 de sus compañeros.
En 1997, Luke Woodham asesinó a su madre y dos estudiantes.
Rod Mathews con sólo 14 años golpeó hasta la muerte con un bate a un compañero de clase.
Podría seguir hasta escribir varios artículos sólo con casos que pudieran demostrar lo que pretendo. Sin duda, parece tratarse de una verdad incómoda que no veremos en los grandes medios. Una verdad incómoda que no le interesa que sepamos a los gobernantes y burócratas ni a los poderes fácticos. Así pues, esta verdad parece tanto más sorprendente cuanto oculta permanece y la mantienen de cara a la opinión pública. Pero ¿a qué me estoy refiriendo? Corramos la cortina sobre las masacres que a modo de ejemplo he mencionado y veamos qué se esconde.
En la investigación acerca de la masacre de Kip Kindel se descubrió que éste estaba tomando el antidepresivo Prozac desde el verano anterior. McDermott llevaba tiempo consumiendo Prozac, pero unos quince días antes de su masacre aumentó por tres su dosis diaria de este fármaco. Jeff Wise también estaba consumiendo Prozac en el momento de sus asesinatos. Luke Woodham, otro tanto. Rod Mathews hacía lo propio con Ritalin, una medicación psiquiátrica para la hiperactividad infantil.
Como he afirmado, la lista de jóvenes vueltos asesinos en masa bajo fármacos psiquiátricos en general, y muy frecuentemente antidepresivos en particular, sería realmente larga. Michael Carneal, Andrew Golden, TJ Solomon, Elisabeth Bush, James Wilson, Jason Hoffman, Kevin Rider, Alex Kim… fueron otros entre muchos otros tantos que dispararon incluso a quemarropa a compañeros, amigos o familiares bajo los efectos de Prozac, Paxil, Ritalin o Zoloft, que, aunque no son todos, sí son el cuarteto de oro de armas de destrucción masiva que fabrica la industria farmacéutica y que pone el Gobierno de mano de sus adiestrados médicos en boca de cada vez más adolescentes y jóvenes. Universidades dirigidas o controladas por el Gobierno producen médicos adiestrados por el Gobierno que prescriben las sustancias que aprueban las agencias del Gobierno según los deseos de éste para mantener satisfechas las demandas de sus lobbies favoritos.
Sus fabricantes, la industria farmacéutica, se cuidan mucho de ocultar tan terribles efectos secundarios y cuando se refiere a ellos lo hace como "anecdótica" o incluso "casual". Sin embargo, que muchos fármacos psiquiátricos producen sobre todo en personas jóvenes pensamientos y aun comportamientos violentos y suicidas es algo que la ciencia reconoce. En 2010, un estudio halló que 484 fármacos tenían relación con casos de comportamientos violentos. De estos 484, sólo 31 tenían relación con el 79% de casos violentos. Una tercera parte de ellos, en concreto 11, eran antidepresivos.
Intentar sacar esto a la luz en los grandes medios estadounidenses puede resultar una tarea arriesgada. John Noveske era el propietario de una de las más conocidas páginas web de venta legal de armas en EEUU. Tras el debate encendido contra las armas después de una masacre decidió elaborar el caso apuntando a los fármacos, y no a las armas, como las culpables de estos hechos e hizo circular por redes sociales su tesis. Noveske era joven y estaba perfectamente sano. No bebía ni lo hizo aquel día. Su coche estaba en perfecto estado y también la carretera, que tampoco era peligrosa. Sin embargo, una semana después Noveske moría en un extraño accidente de coche.
Las historias en los medios sobre las masacres normalmente se condensan en los días inmediatos tras el suceso. Lo habitual es que la atención de los medios sea mucho más baja cuando tiempo después una investigación halla que el asesino estaba bajo un antidepresivo u otro fármaco. Y cuando esto se descubre y revela, los medios lo consideran algo anecdótico, casi irrelevante como para mencionarlo. ¿Es esto casualidad? ¿Es normal que sea ‘irrelevante’ para un periodista que estos hallazgos sean tan constantes en casos de masacres?
Uno de los últimos casos más recordados en esta trágica lista fue la matanza en julio de 2012 perpetrada en una sala de cine de Colorado durante la exhibición en el fin de semana de estreno de la película "El Caballero Oscuro". James Holmes, ataviado con el disfraz de Batman, entró a la sala en medio de la proyección donde, tras rociar gas lacrimógeno, disparó dos armas de fuego. Meses después, la investigación determinó que Holmes estaba en aquellos momentos consumiendo una versión genérica de Zoloft, un hito de ventas de la industria farmacéutica contra la depresión, junto con una benzodiacepina ansiolítica que ya en 1982 había demostrado peligrosos efectos secundarios como alucinaciones y cambios de la personalidad. Sumemos a todo esto que el apartamento de Holmes estaba lleno de alcohol, el cual aumenta los efectos negativos de estos fármacos. Bien, tenemos dos fármacos con fuertes efectos secundarios que se multiplican en combinación y acompañados por la potencia del alcohol. Y a lo que se culpa es al arma de fuego que podría haber sido un hacha, un cuchillo o gasolina y una cerilla.
Aquel 2012 fue un año, al menos mediáticamente, fatídico para los estadounidenses. Pocos meses después, en diciembre de 2012, dio la vuelta al mundo la masacre de la escuela de Sandy Hook en Connecticut perpetrada por Adam Lanza con 20 años. 28 personas, incluyendo su propia madre, dejaron allí su vida. Y espero que ya no te sorprenda: todo apunta a que Adam Lanza, al tener problemas de comportamiento (Síndrome Asperger del espectro autista), estaba bajo fármacos psiquiátricos. Lo más turbio del asunto es que el Estado de Connecticut se negó a revelar cualquier detalle del historial médico y farmacológico de Lanza.
Las armas de destrucción masiva de nuestros días las guardamos en nuestras mesillas de noche y botiquines. Y es que cerca de 100.000 estadounidenses mueren cada año por causa directa de los fármacos. Lo cual equivale a 10 masacres como la de Sandy Hook cada día. ¿Es casualidad que la sociedad más medicalizada sea la más célebre por sus trágicas masacres?
El Titanic no se hundió porque hubiera un iceberg, sino porque el navío, construido además en hierro para abaratar costes, navegaba a una velocidad excesiva en aquellas aguas por la noche. Busquemos las causas reales y olvidémonos de los icebergs visibles y los chivos expiatorios.
La verdad está ahí fuera. Fuera y lejos del Gobierno, sus lobbies y sus voceros.
@AdolfoDLozano/www.juventudybelleza.com
José Ignacio Conde-Ruiz fue uno de los expertos que participó en el grupo de sabios que el Gobierno convocó para que le presentaran una propuesta sobre el factor de sostenibilidad de las pensiones. Ahora, unos meses después, este doctor en Economía por la Universidad Carlos III de Madrid y profesor en la Universidad Complutense publica un nuevo libro, ¿Qué será de mi pensión? Libre Mercado habló con él, en Madrid, hace unos días.
Su planteamiento es claro, aunque pueda resultar doloroso. Las tendencias demográficas son imparables. No será posible mantener el actual nivel de las pensiones. Sí en poder adquisitivo (y eso sólo si suben la productividad y se crea empleo), pero no en cuanto a la relación entre pensión media y salario medio. Existe un clarísimo problema de ingresos y el sistema está condenado si no se hacen reformas.
– Nuestra posición editorial es favorable a los sistemas de capitalización. Pero usted defiende los modelos de reparto como el que está ahora en vigor en España. Por eso me gustaría empezar por ahí, intente convencer a los lectores de Libertad Digital (y a este periodista) de que es mejor un sistema de reparto como el español que uno de capitalización como el chileno.
– Lo primero que diría es que el sistema de pensiones español todavía no es el sistema de pensiones que yo propongo. El modelo que yo defiendo es de reparto con cuentas nocionales, algo que seguro que le gusta más a los lectores de su diario.
– En lo que a mí respecta, sí me gusta bastante más que lo que hay ahora.
– En un sistema de reparto, la rentabilidad se calcula multiplicando la tasa de crecimiento de la población en edad de trabajar por la tasa de crecimiento de la productividad; en uno de capitalización, la rentabilidad la marca la tasa de interés de la economía. Ahora que estamos todos muy familiarizados con estas cosas gracias al libro de Thomas Piketty, uno podría decir ‘¿Cómo me vas a convencer, con el actual envejecimiento de la población, de que la primera cifra es mayor que la segunda?’ Yo acepto que de media no es así y que no será así en el futuro a no ser que consigamos grandísimos incrementos de la productividad [porque la población no va a crecer mucho].
Pero cuando uno habla de un sistema de pensiones no sólo hay que mirar la rentabilidad media, sino también la varianza. La tesis que intento defender en el libro es que no estoy en contra de los sistemas de capitalización. De hecho, creo que deberían complementar a los sistemas públicos. Pero el modelo de reparto tiene una peculiaridad que no tiene el de capitalización: el riesgo lo soportan diferentes generaciones. Es algo así como ‘Yo te pago la pensión, porque sé que alguien me la pagará a mí’. Si cuando yo me jubile las cosas van muy mal, la siguiente generación me pagará las pensiones. En un sistema de capitalización, cada generación es completamente responsable de su ahorro. Lo metes en Bolsa y cuando te jubiles, si te ha ido mal o ha habido una crisis o una guerra, algo que tiene una posibilidad pequeña de que ocurra pero que puede ocurrir, pues no tienes a nadie para pagar tu pensión. Digamos que los sistemas de reparto son superiores en cuanto a soportar el riesgo.
Pero además, en esto hay algo que me molesta mucho. Porque quizás tú me dirías: ‘Hombre, si hay un desastre, seguro que el Estado hace algo, porque no va a dejar sin protección a sus pensionistas’. Pero eso es jugar con ventaja. Esto ya ocurrió en EEUU en los años 30. En aquel momento, los ahorros se fueron al garete y nos encontramos con tasas de pobreza entre los jubilados superiores al 50%. Entonces, desde el sector público se planteó: ¿Por qué no les damos a los jubilados una pensión? No habían cotizado nada. Rescataron a estas personas.
Si uno lo piensa tranquilamente, verá que lo eficiente es que tengamos los dos sistemas. El de capitalización te da una rentabilidad que es el tipo de interés, es como invertir en el capital físico de una economía. Mientras que el de reparto te permite invertir en el capital humano (número de personas y productividad). Es lo que idóneamente tú querrías hacer, no poner todos los huevos en la misma cesta, invertir en capital humano y físico.
– Usted pone el foco en la incertidumbre de los sistemas de capitalización. Pero ahora mismo, alguien de mi edad (menor de 40 años) no es que tenga incertidumbre respecto al sistema publico de pensiones… tiene una certidumbre: ya sabe que cuando se jubile no habrá suficientes trabajadores para pagar su pensión. Estos trabajadores pueden decir: ‘Sé que el Gobierno obligará a alguien a pagar mi pensión. Pero cada vez tengo más claro que lo que me llegará a mí será muy poco’.
– Lo que usted me dice es ‘Si no hacemos nada, el sistema está en quiebra’. Y es verdad. Si no hacemos nada, la siguiente generación puede romper el pacto intergeneracional. Pero al final los sistemas se acaban reformando, queramos o no. Todos sabemos que si las condiciones son muy duras de cumplir se va a romper el pacto intergeneracional. Una reforma es como reescribir el pacto.
Para que el sistema de reparto funcione lo que no puede ser es que mantenga las características que tenía cuando la demografía era otra. Tenemos la suerte de haber visto un gran avance social: la longevidad. Esto es una grandísima noticia. A los 70-80 años la mortalidad ha caído mucho. Pero hay una noticia negativa. Lo que no puedes pretender es dedicar esta vida extra que has ganado sólo al ocio, habrá que dedicar algo al trabajo también. La participación laboral de los trabajadores mayores va a tener que aumentar, porque alguien va a tener que pagar las pensiones.
– Muchas veces, me da la sensación de que aquellos que defienden el modelo de reparto lo hacen porque la transición sería muy complicada. Pero que en el fondo no piensan que sea superior a la capitalización. Usted mismo reconoce en su libro que el modelo chileno ha dado grandes rentabilidades.
– El problema de la transición sería un añadido, pero yo defiendo el sistema de reparto incluso sin tener en cuenta esta cuestión. Aunque [si hubiera que empezar de cero] yo haría uno mixto.
También te digo una cosa, muchos de los que defienden el modelo chileno dicen ‘El sistema está muy bien, pero si al final todo el ahorro se hunde porque el cobre se desploma y Chile entra en una guerra con Argentina… ¿Qué pasaría? Entonces el Estado metería un sistema de reparto’. Y a eso yo respondo que entonces me están haciendo trampas. Hay cierta hipocresía cuando los defensores del sistema de capitalización saben que, en el fondo, si hay problemas un Estado no va a dejar sin protección a sus jubilados.
Creo que el sistema de reparto debe ser el pilar y se debe complementar con el otro. Está claro que la pensión media respecto al salario medio va a caer, por lo que la gente debe complementar sus ingresos con una pensión privada. Hay que pensar si queremos que cada uno se lo plantee por su lado o el Gobierno debe obligar a que cada uno aporte a un modelo de capitalización.
– Su libro se titula ¿Qué será de mi pensión? Ésa es la pregunta que se hace la mayoría de los españoles. ¿Qué le recomendaría a alguien de 30-40-50 años que estuviera pensando en esta cuestión?
– Ver vídeo.
– La tesis que usted defiende en su libro es la de un modelo de reparto con cuentas nocionales, algo parecido a lo que hay en Suecia. Con este sistema, cada uno recibe a través de su pensión más o menos lo mismo que aportó. ¿Es así?
– Más o menos. El libro parte de una premisa y es optimista. Sigo pensando que el sistema de reparto es un gran invento, esa idea de asegurar a los jubilados. Si lo piensas bien, es como una familia. En una familia, tú te ocupas de tu padre cuando éste no puede trabajar, luego tus hijos se ocuparán de ti, etc.
Por qué digo que soy optimista. Porque ya se han hecho reformas. La primera reforma cruzó la línea que marcaba que había que dejar de trabajar a los 65 años. Era un poco absurdo porque cuando se introdujo ese límite no más del 30% de la población llegaba a esa edad. Ahora es el 90%.
La segunda reforma, en la que yo tuve el honor de participar en el comité de expertos, planteó que el sistema tiene que ser sostenible. No se pueden pagar las pensiones con cargo a la deuda, porque entonces te cargas las pensiones. Dijimos que los ingresos deberían ser iguales al gasto. Y el Gobierno planteó una ley en la que decía ‘Mientras los ingresos sean inferiores al gasto, las pensiones se congelan’ [suben sólo un 0,25%]. Ésa es la ley que tenemos hoy en día.
Por lo tanto, se ha generado un incentivo tremendo a reformar el sistema, porque si no se hace nada las pensiones quedarán congeladas para siempre. En ese caso, el que se jubile irá perdiendo capacidad de compra cada año. Eso genera mucha angustia al jubilado, que piensa: ‘Si tengo la suerte de vivir hasta los 90 años, ¿qué pensión me va a quedar?’ Gestionar un patrimonio menguante en el tiempo y que no sabes cuánto te tiene que durar, porque no sabes cuánto vas a vivir, es ineficiente e injusto.
Mira, hay dos modelos de sistemas de pensiones de reparto: los asistenciales (tipo Beveridge, como en Reino Unido o EEUU) y los contributivos (como el español). En los primeros, te aseguran una pensión de subsistencia, pero muy parecida para todos. La otra opción es mantener la contributividad, que el que cotice más también gane más. Esto además genera incentivos a trabajar. Pero tienes que mantener esta contributividad de una forma que no sea tan injusta como ahora mismo. Ahora te encuentras a personas que han trabajado 40 años y les ha ido mal al final de su vida laboral (han perdido el empleo con 60 años) y cobran pensiones bajísimas cuando habían cotizado muchísimo. La idea es que todas las cotizaciones valgan por igual.
– Sí, pero perdone, en la práctica esto supondrá bajar las pensiones de la mayoría, porque casi todos cotizamos más al final que al principio de nuestra vida activa.
– Las pensiones vamos a tener que bajarlas igual [respecto al salario medio], pero esto es una forma de que la bajada no sea tan injusta. Además, yo no quiero que cada uno se tenga que jubilar a la misma edad. Quizás tú tengas una salud peor que la media o valores más el ocio. Si todas las cotizaciones tienen el mismo peso, en el momento de la jubilación tú le calculas cuánto ha cotizado y le dices: ‘Si te jubilas con esta edad te queda una pensión de tanto; si te jubilas dentro de cinco años será de tanto’ Y que cada uno decida. Esto el sistema lo aguanta: son los sistemas de cuentas nocionales. Siempre que se actualice y sea proporcional entre lo que cotiza y lo que recibe, no hay ningún problema.
– Habla de sistemas asistenciales y contributivos. El nuestro se vende como contributivo, pero mi sensación es que dentro de veinte años lo será sólo en el nombre. Es decir, la diferencia entre la pensión mínima y la máxima será tan pequeña que en realidad funcionará como uno asistencial.
– Ése es el principal riesgo que tenemos. En el libro apuntamos el peligro de la reforma silenciosa: se congela la pensión máxima mientras que se sube la base máxima de cotización. Eso es transformar el sistema de contributivo a asistencial por la puerta de atrás. La contributividad está en la Constitución. Si lo quieres limitar, tienes que decirlo. Es un camino que se podría tomar, pero me gusta más que exista contributividad, que el trabajador tenga ese incentivo para trabajar. Algunos grupos de izquierda están proponiéndolo, yo creo que sin darse cuenta.
– Incluso con cuentas nocionales, necesitamos más ingresos y el número de trabajadores va a caer. La proporción entre pensión y salarios va a caer y no se está explicando.
– Eso va a acabar ocurriendo, no queda otro remedio. Pero yo puedo complementar mi pensión por las dos vías de las que ya hemos hablado: complementando con un sistema privado o trabajando más tiempo.
– ¿Pero cuánto más tiempo? ¿Cuándo nos vamos a jubilar?
– Si tienes una esperanza de vida de 95 años, ¿de verdad te molesta tanto jubilarte a los 70? Yo creo que vamos a llegar a un escenario flexible. La edad de jubilación va a depender de muchas cosas, como de lo que hayas conseguido ahorrar mientras trabajabas. Además, será más fácil compatibilizar un trabajo con una pensión. Quizás trabajar a jornada reducida y recibir parte de la pensión. El mundo que llega es un mundo en el que el 30% de los habitantes tiene más de 65 años y el 50% tiene más de 50 años. Esto va a cambiar. No somos conscientes. Seguramente, cuando tú tengas 70 años lo normal para ti será trabajar.
– Siempre nos fijamos en el que cobra (el pensionista) pero no tanto en el que paga (el cotizante). Desde la UE y el FMI se nos pide que bajemos cotizaciones para reducir el coste del empleo, ¿es eso posible sin la quiebra?
– El FMI está muy influenciado por el sistema asistencial de EEUU o Reino Unido. Allí, como todo el mundo recibe más o menos lo mismo, me da igual si lo financio con impuestos o con cotizaciones. Pero un sistema contributivo es distinto y normalmente tiene cotizaciones más altas que uno asistencial. Si financias la pensión con el IVA, rompes el principio de contributividad. El que consume, aunque no cotice, dirá ¿yo he contribuido, dónde está mi pensión?
Mira, si yo soy un empresario, cuando valoro lo que me cuesta un trabajador no diferencio entre salario y Seguridad Social. Todo lo paga el trabajador. El FMI está obsesionado con bajar las cotizaciones, pero lo mismo puedes conseguir bajando el IRPF y no pones en peligro el sistema. Con las cotizaciones parece más automático, pero al final el trabajador dirá ‘Si te han bajado dos puntos las cotizaciones, págamelos a mí’. No me disgusta la devaluación fiscal, pero hay que tener cuidado con cómo se hace.
– Usted plantea una reforma bastante profunda, ¿cuándo? ¿Es posible políticamente aprobarla ahora mismo?
– Hay que hacerlo cuanto antes. Esperar con las pensiones es muy arriesgado porque la gente tiene que adaptarse. Habría que hacer un cálculo y a las personas de una determinada edad (quizás 50 años, aunque habría que calcularlo) decirles: ‘Tu pensión será el máximo que te toque según se calcule con el modelo actual y con el modelo de cuentas nocionales’. Al resto, todo el mundo con cuentas nocionales.
Creo que hemos colocado el tren en la vía con las dos últimas reformas. Una la hizo el PSOE y otra el PP. Las dos reformas han hecho que el tránsito a un sistema nocional sea mucho más fácil que antes. Si no, la única vía para la sosteniblidad sería la congelación de las pensiones. Eso sí, el cambio se tiene que hacer con un gran pacto nacional por las pensiones. Un partido solo, con la oposición del otro sacando ventaja electoral, sería imposible que lo hiciera.
De todas las áreas de las relaciones humanas intervenidas y reguladas, probablemente aquélla que atañe a los órganos humanos es una de las más insuficientemente advertidas y aun comprendidas. El comercio con órganos es algo fuera de la ley. Como tantas veces, y ésta no es en absoluto excepción, tendemos a pensar que la regulación e incluso la prohibición no son sólo buenas sino totalmente necesarias.
En efecto, no hablamos de “intercambio” o “venta” de órganos más que cuando nos referimos a mercados negros o fuera de la ley. Pues cuando nos referimos a este tipo de intercambios de modo legal, hablamos exclusivamente de “donación”, “donante”, etc. En suma, es sólo legal dar un órgano si a cambio no se recibe nada; o, dicho de otro modo, sólo es posible darlo de manera gratuita. Tanto se cuida el Gobierno de prohibir que el receptor dé algo al donante que prohíbe que cada parte conozca la identidad de la otra.
Pongamos atención a este hecho de la “gratuidad”. En el fondo, lo que hace realmente el Gobierno con la prohibición del intercambio de un órgano a cambio de algo es intervenir y controlar los precios: Prohíbe que el precio de los órganos sea otro distinto de cero. Ya el Nobel Milton Friedman, en su célebre obra “Libertad de Elegir”, nos advirtió hace décadas de las nefastas consecuencias del control de precios. Y este caso, obviamente, no es distinto.
Todos convendremos que cero es por necesidad lógica un precio máximo inferior al precio de mercado (aquel punto en que oferta y demanda coinciden). Cuando esto sucede (cuando el precio máximo está por debajo del precio de mercado), la gran consecuencia inevitable es una creciente demanda para una menguante oferta: escasez. Si bajáramos a cero el precio de cualquier cosa (sean coches, fregonas o servilletas), la oferta se derrumbaría al mínimo imaginable. Y esto es lo que vemos actualmente.
Múltiples estudios y análisis médicos y sociales sobre la cuestión convienen en el problema real de esta escasez, y algunos de ellos lúcidamente se replantean la idoneidad de la actual prohibición.
Otro problema es que, debido a esta escasez, el órgano político o Gobierno se inviste de un poder enorme para decidir quién tiene prioridad sobre quién: decide quién vive y quién no.
Por desgracia, como en otros aspectos de la vida y la sociedad, tendemos a confundir el mercado negro o fuera de la ley con lo que sucedería si el mercado fuera legal. Es innegable que actualmente el mercado de órganos está copado por mafias, caracterizado por precios exorbitados, homicidios y delincuencia. La mayoría no se para a pensar que esto es así, y precisamente así, como consecuencia de nuevo inevitable de la prohibición del Gobierno. Al sacarse de la legalidad el mercado de órganos, los encargados de éste son por necesidad los expertos en saltarse la ley: los delincuentes, las mafias. Operar sorteando constantemente la ley tiene un coste insoportable: en lógica los precios de los órganos en los mercados negros son desorbitados. Nadie se juega acabar el resto de su vida en la cárcel por unos cuantos euros. Y una vez situados fuera de la ley, matar o robar órganos sólo es una extensión de la ilegalidad.
Así pues, dos consecuencias directas de la prohibición del Gobierno son la escasez de órganos y el precio artificialmente alto de los órganos en un mercado mafioso. Y esto, se suponía, era por nuestro bien.
Es harto curioso cómo todos los llamados movimientos liberadores, feministas, etc., que tanto han bregado por la propiedad de nuestros propios cuerpos no vean que ésta es parte de su causa. A día de hoy, nadie ha demostrado que tus pulmones o riñones sean menos tuyos que tu vagina. Y tan moral o inmoral puede ser vender tu riñón, como tu cuerpo como objeto sexual o tus manos como obrero industrial. Al final, lo que es moral hacer con lo de uno mismo lo debe decidir ése uno mismo. Lo coactivamente moralizante es decidirlo uno por y para los demás.
La liberalización del mercado de órganos traería precios mucho más bajos (que los del mercado negro), no sólo por el levantamiento de la prohibición y la eliminación de los costes de operar al margen de la ley y el aumento consecuente también de la oferta. La posibilidad legal de lucro, como en cualquier otra área, capitalizaría enormemente el sistema sanitario, en este caso, en cuanto a operaciones de trasplantes. Aunque hay quienes creen que la prohibición ayuda a evitar robo de órganos, precisamente es su estímulo. El descenso de precios de la liberalización sería el más fuerte desincentivo. Por lo demás, todo tipo de agresión o intercambio forzoso debe estar perseguido y castigado en una sociedad libre.
Así, no sólo habría más oferta y precios en descenso por múltiples motivos. Es de esperar que se redujeran las enormes listas de espera, reduciendo además los costes de tratamiento durante esa larga espera.
Incluso en el más liberal escenario, es esperable que haya una muy reducida población que aún no tendría medios para costearse un trasplante. En este caso, hay mucho que contraponer a esa presunta objeción. En primer lugar, es más que cuestionable que esas personas muy pobres hubieran sido o son mejor atendidas en el actual escenario de prohibición; cabe pensar más bien lo contrario ante la elevada escasez y reducida oferta. En segundo lugar, un escenario de mayor libertad siempre redunda en mayor solidaridad de los ciudadanos. Sería esperable ver asociaciones, fundaciones, etc., que costeen esos trasplantes para personas con elevada necesidad tanto médica como económica. El abaratamiento de los procedimientos clínicos que mencioné anteriormente actuaría como estimulante para la ayuda mutua. La actual mayoritaria oposición a la liberalización del mercado de órganos por esos motivos actúa como auto-refutación: se presume que, como mínimo, esa mayoritaria población ayudaría a esos necesitados de trasplantes en una sociedad libre.
En cualquier caso, un mercado y sociedad libres es exactamente eso: libre. A nadie se le debe prohibir solicitar algo a cambio de lo que ofrece (sea dinero, cualesquiera bienes o la realización de acciones por la otra parte), como a nadie se le debe prohibir regalarlo o donarlo.
Levantemos ya la absurda, insostenible e injustificable prohibición sobre el mercado de órganos. Liberalicémoslo. Para salvar nuestros derechos y libertades. Y nuestras vidas.
@AdolfoDLozano / david_europa@hotmail.com