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Etiqueta: Seguridad y Defensa

Nación, Estado y Economía

Se acerca el centenario de la que se ha llamado La guerra del 14, en referencia al año del siglo XX en el que estalló. Quedan aún unos meses para la efeméride, pero las librerías de todo el mundo recogen nuevos y viejos textos sobre la conflagración mundial. Hay uno que tuvo cierta repercusión en su momento, pero cuya impronta se ha ido apagando con los años, y hace ya 95 que se publicó. Se trata de Nación, Estado y Economía, escrito por Ludwig von Mises. El autor venía de haber participado, con grave riesgo para su vida, en el frente. Nación, Estado y Economía, no obstante, no es una colección de recuerdos sino un intento de explicar las fuerzas intelectuales que llevaron a Alemania a desatar una guerra a gran escala.

Más allá de la responsabilidad histórica de Alemania, ya que seguramente fue la que más contribuyó al estallido de la guerra, pero no la única, el problema que se plantea Mises es pertinente. ¿De dónde vienen el imperialismo, el militarismo, el estatismo de Alemania que empujaron a tan desastroso final?

El principio de la democracia encontró en Alemania, como en otros países, un apoyo notable. Pero tras la revolución de 1848, la regla de la mayoría se convirtió en una amenaza potencial para las comunidades alemanas en regiones o potencias como Ucrania, Polonia o Hungría, ya que allí se constituían en minoría.

La solución que le dio Alemania fue la de una política mundial, una weltpolitik, que era la aplicación del nacionalismo militarista fuera de las fronteras. Era, en definitiva, imperialismo. E Imperialismus, en alemán, fue el primer título que le puso Mises a esta obra. Ese imperialismo es la solución que arbitró Alemania para hacer una política que respondiese, a un tiempo, a varios problemas que tenía la comunidad alemana. Por un lado, la situación de las minorías alemanas en otras regiones. Por otro, la asimilación de esas minorías por la cultura anglosajona, cuando los alemanes crean comunidades en colonias o ex colonias británicas. La solución pasaba entonces por conquistar las colonias dependientes de la monarquía inglesa, lo que en parte está detrás de la decisión de Alemania de iniciar una carrera por el rearme de la Armada.

El imperialismo, con todo, no es una característica exclusiva de la política alemana. Afectó a otras grandes potencias, y se reforzó mutuamente, señala Mises, porque “presiona a que se armen las manos de todos los que no quieren quedar sojuzgados. Para luchar contra el imperialismo, los pacifistas han de emplear todos los medios a su alcance”. Al final, los pacifistas “han sido conquistados por los métodos y el modo de pensar” de los imperialistas. Otra contradicción del imperialismo es que ahora actúa con los frutos del feraz capitalismo del cambio de siglo, lo que lo hace mucho más peligroso. La solución otorgada por la Liga de las Naciones y por Woodrow Wilson tampoco es satisfactoria, pues la apuesta incondicional por la democracia no solventaba el problema de las minorías: “En los territorios políglotas, la aplicación del principio de la mayoría no lleva en absoluto a la libertad para todos, sino al gobierno de la mayoría sobre la minoría”. El camino para lograr la paz es otro: La lucha de los Estados por controlar a los pueblos sólo remitirá “en la medida en que las funciones del Estado no se restrinjan, y se extienda la libertad”.

Otra de las tendencias que identifica Ludwig von Mises es el del socialismo de guerra. No afectó sólo a Alemania, como demuestra el caso de los Estados Unidos, pero es el de la nación europea el que ocupa a nuestro autor. Ese socialismo se basa en la necesidad de ajustar, tan rápido como sea posible, la estructura económica: De una economía orientada hacia el consumo, a otra encaminada al esfuerzo de la guerra. Pero Mises considera que para lograr ese objetivo, el socialismo no es necesario. Por cierto, que en el libro no hace mención de su famosa crítica al socialismo, que aparecería en un artículo publicado ese mismo 1919. El autor explica cómo ese socialismo llevará a la destrucción de la economía, tanto directamente como por medio de la inflación.

Ese nacionalismo totalizante y estatalista contrasta con la visión que muestra Mises de lo que es una nación. A su parecer, consiste en una comunidad lingüística. Pero, por supuesto, una persona puede tomar la decisión personal de dejar de formar parte de una nación, así definida, y formar parte de otra. De modo que la nación sería una condición voluntaria, asumida y sancionada por la costumbre. De este modo, “nadie y ningún sector de la población será obligado a formar parte de una asociación nacional que no desee”. Esta posición tiene evidentes consecuencias políticas: “Déjese a las fuerzas de atracción de la propia cultura, en una libre competición con otros pueblos. Sólo eso se merece una nación orgullosa”, dice el economista.

Mises, como John M. Keynes, quien escribió otro libro sobre esta cuestión también en 1919, fue muy crítico con el Tratado de Versalles, y advirtió de que podría conducir a Alemania por el camino de la venganza. Finalmente, fue exactamente eso lo que acabó ocurriendo.

Irak, reino del espanto

La ONU hizo público esta semana un informe de su Misión de Asistencia en Irak que da cuenta de la escalada de terror que ha vivido el país en el último año. En efecto, 2013 ha sido el año más sangriento desde 2008, con un total de 7.818 víctimas mortales entre la población civil. Sólo en el pasado mes de diciembre se produjeron 759 asesinatos, mientras que 1.345 personas más resultaron heridas en actos de violencia sectaria, según datos oficiales recogidos por la referida misión de la ONU, cuyo responsable, Nicolay Mladenov, clamó por atajar este tremendo drama.

Diez años después de la caída del dictador Sadam Husein, ni la situación de Irak ni sus relaciones con EEUU son las que cabrían esperar después del esfuerzo de la intervención militar y la tarea de estabilización llevada a cabo para dotarlo de un régimen democrático. Las fuerzas aliadas lideradas por EEUU podrían estar desempeñando una importante labor en pro de la seguridad del país y el afianzamiento de sus instituciones, pero desde finales de 2011 no hay soldados norteamericanos allí a causa de la decisión de Obama de romper las negociaciones con el Gobierno de Nuri al Maliki en torno a la inmunidad de las fuerzas militares desplegadas en el territorio.

El cierre, en diciembre de 2011, de la base norteamericana Camp Victory, principal centro de operaciones aliadas, situada junto al aeropuerto de Bagdad, fue acogida con euforia, como gesto que devolvía la soberanía completa al pueblo iraquí. Sin embargo, hoy cunde la desesperación cuando se constata que ni la Policía ni el Ejército son capaces de mantener la seguridad en un país azotado por la violencia sectaria.

La frustración de la minoría suní, que el Gobierno chií de Nuri al Maliki no puede o no quiere solucionar, es una de las causas principales del resurgimiento de la violencia sectaria que asuela el país, buena parte de la cual es responsabilidad del Estado Islámico de Irak y el Levante, una de las marcas de Al Qaeda.

No se trata de atentados aislados cometidos por células independientes, sino de toda una ofensiva que busca poner amplias zonas del país al servicio de los objetivos del yihadismo vinculado a Al Qaeda. Los terroristas del Estado Islámico han tomado el control en los últimos días de dos ciudades del oeste, verdaderos feudos del extremismo suní. Se trata de Faluya y Ramadi –esta última, capital de la provincia de Al Anbar–, en las que los terroristas vinculados a Al Qaeda hacen exhibiciones de fuerza patrullando las calles a bordo de vehículos con armamento pesado. Fuentes del Ministerio del Interior iraquí se veían forzadas a reconocer esta pasada semana que la mitad de la ciudad de Faluya está en manos del ISIS, así como amplias zonas de Ramadi.

Terroristas yihadistas, vestidos de negro y con banderas de Al Qaeda, entraron en ambas ciudades el día de Año Nuevo después de los disturbios ocasionados por el violento desalojo por parte del Ejército de una acampada suní, en el transcurso del cual murieron 13 personas. Los combates directos comenzaron al día siguiente, cuando las Fuerzas Armadas intentaron recuperar el control de las ciudades, con los milicianos yihadistas ya firmemente instalados en ellas, y desde las que realizan continuos llamamientos por la megafonía de las mezquitas instando a los vecinos a la lucha.

La guerra de Siria es otro factor de desestabilización. Sus efectos en Irak sobrepasan la capacidad de reacción del Gobierno Maliki. A lo largo de 2013 los atentados, a cuál más sangriento, han castigado especialmente ciudades y barrios de mayoría chií, y no parece que la situación vaya a revertirse a corto plazo, sino más bien todo lo contrario.

EEUU dejó Irak en 2011 con las milicias suníes de Al Sahwa integradas en los esfuerzos por erradicar la amenaza de Al Qaeda en la región. Dos años después, el conflicto de Siria y la incapacidad de las autoridades iraquíes para integrar a los suníes en las instituciones han hecho que Irak vuelva a vivir la pesadilla de hace unos años, cuando entre 2006 y 2008 el país estuvo prácticamente al borde de la guerra civil.

© elmed.io

Honduras o el fin del chavismo

Las mejores encuestas lo advirtieron una semana antes. Juan Orlando Hernández, al frente del Partido Nacional, le sacaría entre 5 y 6 puntos de ventaja a Xiomara Castro, la mujer de Mel Zelaya, cabeza nominal del partido Libre. Y así fue: votó un 60% del censo electoral y JOH obtuvo el 35% de los sufragios. Xiomara Castro, como testaferro de su marido, recibió el 29%.

Los gritos de Mel son inútiles. Puede armar una permanente protesta pública, como Andrés Manuel López Obrador en México, pero el joven abogado Juan Orlando Hernández es ya el presidente electo de Honduras. Lo certificó el Tribunal Superior Electoral y le dieron el visto bueno la OEA, el Parlamento Europeo y el Centro Carter. Lo inteligente sería que Zelaya admitiera su derrota.

¿Por qué no lo hace? Afirman que Mel, electo diputado por su Olancho natal, está tratando de cambiar su pacífica aceptación de los comicios por la presidencia del Congreso. Si es cierto, no creo que lo logre. De los 128 diputados de la cámara –no hay senado– el partido oficial (Nacional) cuenta con 47, los zelayistas (Libre) 39, los liberales 26, Salvador Nasralla (PAC) 13 y otras 3 formaciones uno per cápita.

El pacto "natural" en el Congreso pudiera ser entre los nacionalistas de Juan Orlando Hernández y los liberales de Mauricio Villeda. Al fin y al cabo, esas dos formaciones, acompañadas por el Poder Judicial, acordaron desalojar del poder a Zelaya en junio del 2009, cuando Mel trató, torpemente, de llevar su país al bando chavista. Entonces, 111 de los 128 diputados –liberales y nacionalistas– votaron su destitución. Acaso vuelvan a coincidir.

Estas elecciones son mucho más importantes de lo que parecen. Finalmente, las preferencias políticas de los hondureños han podido contarse sin tapujos y se demostró que el chavismo, liderado por Zelaya, nunca alcanzó el 30% de respaldo popular. Era una loca y temeraria imposición tratar de arrastrar a los hondureños a un modelo político y económico rechazado por el 70% de la sociedad.

Como ahora se ha visto, la destitución de Zelaya no sólo respondió al ordenamiento constitucional. También expresaba la voluntad de una mayoría que no quería participar en la fallida aventura autoritaria del Socialismo del Siglo XXI.

Los hondureños, de algún modo, se adelantaron a su tiempo. El escandaloso mundillo del ALBA está de capa caída tras la muerte de Hugo Chávez y el inocultable desastre venezolano. Resultó muy significativo que Daniel Ortega fuera una de las primeras voces que reconocieron el triunfo de Juan Orlando Hernández.

Por otra parte, Nicolás Maduro, Evo Morales, Rafael Correa y Raúl Castro se han mantenido en silencio, lo mismo que el chavismo vegetariano de la periferia democrática: Cristina Fernández de Kirchner, Dilma Rousseff y José Mujica. No han tenido la cortesía de felicitar pública y vivamente a JOH, pero tampoco se han sumado al coro de los deslegitimadores. Eso es moral de derrota.

Probablemente, el resultado de las elecciones hondureñas sea un ensayo general de lo que sucederá en Venezuela en la consulta del 8 de diciembre próximo. No son comicios presidenciales, sino municipales. Supuestamente, lo que está en juego son 335 alcaldías con sus aproximadamente dos mil quinientos concejales, pero, en verdad, se trata de una prueba del liderazgo y respaldo que posee Nicolás Maduro.

Si los venezolanos logran impedir las trampas, votan masivamente y consiguen que el gobierno no vulnere la voluntad popular –tres condiciones esenciales–, ocurrirá lo que anticipa el encuestador Alfredo Keller: el chavismo perderá por una decena de puntos y en casi todas las ciudades importantes se instalará la oposición.

Esa situación multiplicará sustancialmente la debilidad de Nicolás Maduro, un personaje nada respetado y poco querido por la sociedad, incluidos los chavistas cansados de un patético señor que habla con los pájaros, duerme junto a los restos de Chávez y no deja de hacer y decir tonterías. Pero la oposición, si obtiene la victoria, no puede dejar arrebatársela. Sería el fin de cualquier esperanza de salir de esa pesadilla pacíficamente.

elblogdemontaner.com

Cuando la “paz” insulta a la libertad

Se veía venir. Ciertamente, no ha sido una novedad. La etarra Inés Del Río tenía el petate preparado para salir de la cárcel de manera automática y, como suele ser habitual en estos casos, entre vítores y alabanzas de los suyos. Igualmente, su puesta en libertad tan rápida contradecía al tópico de la lentitud de la justicia en España. 24 asesinatos y está en la calle. La palabra vergüenza para definir el escenario (presente y futuro) se queda corta.

Para ETA, la aludida terrorista era, nada más y nada menos, que una víctima del Estado de Derecho, apelativo que con menos virulencia argumental, viene compartiendo desde años atrás el buenismo progre, que aprovecha estas ocasiones para reclamar su espacio mediático, desde el que sienta cátedra y reparte carnets de buenos y malos demócratas e incluso de buenas y malas personas. Dentro de esta última tipología, integra a quienes osaron cuestionar la enfermedad terminal del etarra Bolinaga.

Los que apostamos por la libertad estamos infinitamente peor que antes del 21 de octubre. No por repetir una mentira mil veces (que ETA ha sido derrotada) ésta se convierte en verdad. Al contrario, cada vez parece más claro que es el subterfugio en el se cobijan quienes son incapaces de plantar cara al terrorismo, buscando ocultar su cobardía patológica.

Asimismo, Estrasburgo ha humillado a las víctimas de ETA pero ¿cabía esperar otra cosa si frecuentemente se las menosprecia y ningunea en España? Por tanto, llueve sobre mojado. Bajo el reiterado empleo de mantras y sofismas, como su supuesta instrumentalización por parte de los partidos políticos, las víctimas se han convertido en verdugos. Paralelamente, en el País Vasco las diferentes marcas políticas de ETA, gobiernan, con lo cual, hablar de libertad allí es una broma de mal gusto.

¿Hay razones para el optimismo? Mirando al lejano 2001 sí que las hubo. Entonces, Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros desafiaron al nacionalismo obligatorio, al tiempo que apostaron por el Pacto por las Libertades y Contra el terrorismo, es decir, por una confianza a ultranza en la ley y en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

Junto a ello, se arremetió contra el entramado económico y el aparato mediático etarra. El resultado de esta estrategia no pudo ser más positivo. Sin embargo, la victoria del nacionalismo vasco en las autonómicas de 2001, marcó el inicio del fin de la colaboración entre los dos grandes partidos nacionales, entre otras razones por el complejo de inferioridad que históricamente ha mostrado el socialismo español frente al PNV y también por los réditos electorales que podría obtener caracterizando al PP como una fuerza intransigente ("derecha extrema" fue el vocablo utilizado).

El siguiente paso todos los conocemos: el "proceso de paz" iniciado por Rodríguez Zapatero, del que tan orgulloso se sintió el ex presidente y que su entorno (político y mediático) jaleó hasta la extenuación. Quienes rechazaron ese modus operandi, aunque fueron estigmatizados, diseñaron un movimiento transversal que sirvió para quitar la careta a muchos.

Todo aquello pasó y actualmente se ha impuesto la comodidad de decir que "ETA ha sido derrotada" (¿?). Un tranquilidad irreal, una libertad ficticia es lo que conlleva tal premisa. Sin lugar a dudas, España está viviendo uno de sus peores momentos como nación, no tanto por el panorama económico, sino por la decrepitud ética y moral que se aprecia.

En definitiva, la excarcelación de Del Río es sólo un ejemplo. Probablemente, en los próximos días asesinos etarras abandonen las cárceles, sin que de entregar las armas o pedir perdón a las víctimas haya rastro alguno. Hablar hoy en día de victoria sobre ETA no sólo es falso, es cínico.

Golpear el avispero sirio

Barack Obama llegó a la Casa Blanca en 2009 a lomos de su campaña contra la guerra de Irak. Ese mismo año fue galardonado con el premio Nobel de la Paz, en buena parte por su oposición a la guerra y la propuesta de un "nuevo clima" en las relaciones con el mundo musulmán. Por otro lado, el actual secretario de Estado, John Kerry, viejo activista contra la guerra de Vietnam, se enfrentó a George Bush en la carrera presidencial anterior, en 2004, también centrando su campaña en contra de la guerra de Irak. Pero ya se sabe que el poder en altas dosis puede afectar gravemente hasta al más pacífico. En las últimas fechas, no tanto tiempo después de recoger el Nobel, Obama ha expresado su intención de atacar Siria alegando el uso de armas químicas por el gobierno sirio. Kerry, a su vez, ha emergido como un nuevo halcón sobre el que recae la tarea de liderar el proceso. Pero ¿a qué viene este repentino cambio de actitud?

Antes de nada hay que decir que la situación en Siria es trágica. El país lleva dos años sumergido en una terrible guerra civil. Está gobernado por un régimen totalitario presidido por Bashar al-Assad, un gobernante sanguinario y cruel cuyo padre ejerció 30 años de dictador implacable. Por el otro lado, de las cenizas de las protestas de la "primavera árabe", sangrientamente aplastadas por el gobierno, se ha ido consolidando un bando rebelde de corte yihadista, con participación directa de Al Qaeda, que busca la caída del régimen para implantar un totalitarismo islámico. Un panorama, en fin, nada prometedor para la población siria, cuyo único deseo es vivir en paz.

A finales de agosto trascendieron algunas imágenes del supuesto uso de gas sarín por el gobierno contra la población civil cerca de Damasco, matando alrededor de 1.500 personas, 400 de ellos niños. El régimen de al-Assad niega el uso de armas químicas y a su vez acusa a los rebeldes de haber realizado éste y otros ataques de este tipo. No hace mucho, de hecho, se publicaban en la prensa americana las sospechas de que los rebeldes estaban usando gas sarín. Pese a que no se tienen pruebas en ninguno de los dos sentidos, el gobierno americano da por buena la versión de que al-Assad fue el responsable del ataque químico del 21 de agosto. Obama, que había amenazado con atacar Siria de traspasar al-Assad ciertas "líneas rojas", ahora se ha metido en un callejón en el que no se ve una salida.

Es obvio que un ataque puntual, unos cuantos días de bombardeo americano como pretende Obama, no va a solucionar ningún problema. De hecho, lo probable es que empeore la situación. No sólo para la población civil, que en todo caso es la que siempre termina pagando los platos rotos de los políticos. También Estados Unidos se encontraría en la enquistada situación en la que se ha visto en Afganistán, en Irak y en tantas otras guerras. Después del primer golpe, ¿cuál es el plan? Acabarían otra vez metidos en una guerra sin final, en un infierno que nunca termina. No seamos mal pensados, no caigamos en la tentación de pensar que cuando al gobierno americano se le acaban sus guerras tiene que buscarse otras nuevas.

Sabemos quién sale perdiendo en estas cosas: la gente corriente. ¿Pero quién puede salir ganando? En un primer momento, Obama, Hollande, Cameron y todos los políticos que logran desviar la atención de sus miserias internas hacia lugares lejanos. La guerra es el alimento último del poder político, la mejor excusa para restringir libertades e incrementar el poder del Estado. Curiosamente, los políticos suelen estar en contra de la guerra cuando están en la oposición, pero cuando llegan al gobierno la cosa se ve con otros ojos. Por otro lado, una guerra que logre derrocar al gobierno sirio le vendría de perlas a Al Qaeda y a los rebeldes yihadistas. Porque de llegar alguien al poder en un entorno de extrema violencia, será aquél al que mejor se le de jugar a ese juego.

Pero si, como decía Obama, la idea es realizar un ataque puntual y no provocar un cambio de régimen, ¿debería al-Assad estar preocupado? Al contrario. El sueño húmedo de todo dictador que se precie es que le ataquen desde fuera pero sin llegar a echarle. De hecho, cuando no les atacan, es típico de los gobiernos totalitarios fingir estar en guerra, como hacen en Corea del Norte desde hace décadas. De ese modo el dictador tiene vía libre para gobernar a placer. Puede someter a sus súbditos al plan de emergencia nacional y al mismo tiempo lograr fidelizarlos. Cuando la gente tiene miedo porque cree que les está atacando un enemigo exterior, la mayoría no duda en ceder su libertad sin rechistar y ponerse del lado de su gobierno. Y ahora adivine qué país ha estado oficialmente en estado de emergencia desde 1963 hasta 2011, año en el que entró en una guerra civil abierta. En efecto. Es Siria.

No es de extrañar, por tanto, que aunque en un principio a Obama le pida el cuerpo ser el policía del mundo, termine buscando una excusa para dar marcha atrás, de forma que sus amenazas se diluyan con el tiempo y queden en nada. Un ataque militar sería un grave error que sólo puede empeorar las cosas. Ni los propios ciudadanos americanos, otras veces partidarios de este tipo de aventuras, en esta ocasión lo apoyan. Siria es ahora mismo un nodo convulso en el que se solapan múltiples conflictos regionales, étnicos, religiosos y políticos. Siria es un avispero, y cuando se golpea un avispero no llega la calma, sino el caos. ¿Qué hacer, entonces, en un caso de violencia política como el de Siria? Para estas situaciones en las que todas las opciones son malas, lo más sabio es lo que decía David Friedman de su libro La maquinaria de la libertad: "En caso de revolución lo mejor que puede hacer, tanto desde el punto de vista moral como práctico, es ser neutral. Métase en un agujero, enciérrese y no salga hasta que la gente haya dejado de dispararse entre sí".

Cómo salir ileso del campo de minas de Gibraltar

No cabe soslayar la gravedad del lanzamiento de 70 bloques de hormigón con pinchos en aguas disputadas de la bahía de Algeciras, situadas en frente del istmo que une el Peñón de Gibraltar con el resto de la Península Ibérica, y al noroeste de la pista del aeropuerto asentada sobre una lengüeta que se extiende del istmo al mar. Ese arrecife artificial puede ser beneficioso o perjudicial para el medio marino (una cuestión medioambiental) pero, también, un punto de apoyo para ganar territorio y aguas territoriales a costa de la bahía. Que, además, resulten afectados unos pocos pescadores españoles que faenan en esas aguas (utilicen o no redes de arrastre) es una consecuencia nada abstracta del statu quo. Dado el sesgo estatista de la Convención de la ONU sobre el derecho del mar, el levantamiento de obstáculos para la pesca o la expulsión de pescadores en esa zona por parte de las patrulleras gibraltareñas y la Armada británica constituyen manifestaciones inequívocas de un ejercicio de soberanía del Reino Unido sobre "su" mar territorial.

El hecho de que el actual gobierno español, espoleado por el todavía parcial conocimiento de los entresijos de la corrupción de su partido –generalizada, por lo demás, entre todos los partidos del sistema-, haya encontrado en el sempiterno conflicto por la soberanía del territorio de Gibraltar un excelente filón para desviar la atención de la opinión pública y agitar una vena nacionalista que se le desconocía, no invalida la pretensión de recuperación de la soberanía sostenida por gobiernos y regímenes españoles de todo signo, si bien su defensa ha tenido bastantes fallas e incongruencias a lo largo de trescientos años (¡!). En los años sesenta un argumento ad hominen de naturaleza análoga fue hábilmente esgrimido contra la dictadura franquista por la potencia administradora y el que fuera ministro principal, Sir Joshua Hassan, a pesar de que (o precisamente porque) el servicio diplomático español, dirigido por el bilbaíno Fernando María Castiella y Maiz, logró poner a la potencia administradora contra las cuerdas, desde la propia perspectiva del Derecho internacional que el Reino Unido había contribuido a instaurar después de la segunda guerra mundial.

Para observar hasta qué punto lo anterior es exacto, deben repasarse la Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales, aprobada por la resolución de la Asamblea general de la ONU 1514 (1960),  y las resoluciones sobre la cuestión de Gibraltar aprobadas posteriormente [2070 (1965),  2231 (1966), 2353 (1967) y 2429 (1968)]. La última, aprobada el 18 de diciembre de 1968, declaró expresamente que el Reino Unido había incumplido las anteriores que le instaban a establecer negociaciones con el gobierno de España en el proceso de descolonización de Gibraltar, salvaguardando los intereses de la población al término de la situación colonial; le pedía que pusiera término a su colonia antes del 1 de octubre 1969 y le requería a comenzar esas negociaciones. Asimismo, los testimonios y los argumentos históricos y jurídicos recabados en defensa de las partes, así como las opiniones de la mayoría de los miembros del comité recogidos en los informes del comité de la ONU avalaron la estrategia del gobierno español, consistente en aprovechar la descolonización de Gibraltar para recuperar la integridad territorial de España perdida en 1704, durante la guerra de Sucesión española, y sancionada en virtud del artículo X del Tratado de Utrecht de 13 de julio de 1713 por el que se cedió la ciudad, el castillo, el puerto y sus defensas y fortalezas, sin jurisdicción alguna territorial, pero con reserva de (lo que hoy llamaríamos) un derecho de opción o adquisición preferente para el caso de transmisión. 

A la postre, esa brillante victoria jurídica se reveló parcial. No en vano, al mismo tiempo que el gobierno británico se desentendía de las resoluciones de la Asamblea General y, por lo tanto, se negaba a negociar con el gobierno español, ponía en marcha un plan para preservar su guarnición, base naval y aérea a las puertas del Mediterráneo Occidental. En una primera fase celebró unas elecciones para que los habitantes del Peñón eligieran una asamblea, similar a un ayuntamiento con poderes supervisados por un gobernador general nombrado en Londres. Más adelante organizaría entre la población gibraltareña un referéndum el 1 de diciembre de 1967 para consultarle si quería mantenerse en sus dominios, invocando el derecho a la autodeterminación. La respuesta afirmativa por abrumadora mayoría fue seguida de la condena de dicho referéndum por la última de las resoluciones de la Asamblea general de la ONU, con el argumento de que contravenía las anteriores. Haciendo caso omiso a las limitaciones convencionales establecidas en el Tratado de Utrecht y a las consideraciones sobre la expulsión de la población originaria (fundadora de San Roque) planteadas en el comité de descolonización de la ONU, el Reino Unido prosiguió concediendo unilateralmente una constitución a Gibraltar que dotaría al gobierno local de más competencias. En 1969 la decisión del gobierno español de cerrar el paso a través de la "verja" levantada por los británicos en 1909, contribuyó a reforzar la dependencia hacia su metrópoli y el victimismo de los gibraltareños.

Los primeros nuevos gobiernos democráticos firmaron declaraciones conjuntas (Lisboa 1980, Bruselas 1984) sin categoría de tratados internacionales vinculantes, mediante las cuales el gobierno británico se comprometía aparentemente a negociar las cuestiones sobre Gibraltar, incluida la soberanía. En 1985 el gobierno socialista levantó el cierre de la verja para permitir el acceso de personas. En 2002 ambos gobiernos llegaron a discutir la cosoberanía, pero a finales de ese año las autoridades de Gibraltar organizaron un referéndum donde sus habitantes rechazaron también por abrumadora mayoría esa posibilidad.

En 1987 el gobierno de Felipe González firmó un acuerdo para el uso conjunto del aeropuerto de Gibraltar, que quedaría en papel mojado. En 1996 el gobierno de Aznar alcanzaba un acuerdo verbal para permitir la pesca en las aguas en litigio proximas al Peñón. Al año siguiente se ratificó la mencionada Convención sobre el derecho del mar, con la consabida declaración de que no podía interpretarse como reconocimiento de cualesquiera derechos o situaciones relativas a los espacios marítimos de Gibraltar. Profundizando hasta el absurdo en esta línea de confusión, el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero brindó con la "Declaración de Córdoba" de 18 de septiembre de 2006, un acuerdo tripartito, bien es verdad que sin naturaleza de tratado internacional, que ofrece al gobierno de Gibraltar un perfil de estado satélite del Reino Unido.

Algunos de los acuerdos o declaraciones firmadas con el Reino Unido tendrían sentido si, al mismo tiempo, se hubieran emprendido iniciativas para hacer valer los derechos reclamados. A pesar de ser una potencia administradora que dirige sus relaciones exteriores, los gobiernos británicos llevan cincuenta años escondiéndose detrás de las autoridades gibraltareñas, y los pocos más de 20.000 habitantes, tal como los han moldeado durante tres siglos. Con el tiempo les obsequiaron con una exención total del IVA en su tratado de adhesión a la CEE y un generoso estado del bienestar financiado principalmente por impuestos bajos que pagan miles de sociedades mercantiles "off-shore" establecidas en el Peñón, los derivados del juego, los derechos de almacenamiento de combustible y los gastos de la guarnición militar.

Ante esta situación, el gobierno español debería plantear esta controversia sobre la soberanía ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, distinguiendo las reclamaciones derivadas de la usurpación del istmo -adquirido sin título alguno- de las que son debatibles en virtud del Tratado de Utrecht -título de adquisición del territorio- y de las resoluciones de las Naciones Unidas donde se declaró el incumplimiento por parte del Reino Unido del proceso especial de descolonización de Gibraltar. Si no se retirasen antes los bloques de hormigón, la demanda debería ir acompañada de una solicitud de medidas provisionales (Art. 41 del Estatuto) para que el Tribunal ordene su desmantelamiento mientras se resuelven las cuestiones de fondo. Si bien la jurisdicción de este tribunal es similar a la de un árbitro, en cuanto las partes deben reconocerla, ambos estados han formulado sucesivas declaraciones de sometimiento obligatorio a sus decisiones.

Constatados los profundos desacuerdos en relación a este asunto de dos estados cuyos pueblos mantienen estrechísimas relaciones, no tiene ningún sentido demorar por más tiempo un arreglo pacífico por un tercero. A despecho del nacionalismo excluyente que aflora en ambos países en cuanto se menciona el nombre de la colonia, la historia no puede cambiarse ni descalificar o ignorar los argumentos de la otra parte. En lo que se refiere a la parte española, además, resulta urgente acudir al único Tribunal competente sobre esas cuestiones porque la falta de una reacción coherente y proporcionada ante la política de hechos consumados desarrollada por los gobiernos británicos en estrecha colaboración con las autoridades del Peñón, podría perjudicar los derechos que su gobierno está obligado a defender. Si se prolongan y repiten excesivamente a lo largo del tiempo, los "aparcamientos" de la cuestión de la soberanía y las declaraciones y las reservas rutinarias a acuerdos y tratados, podrían interpretarse no solo como muestras de una gran estulticia política, sino como una pasividad que haría prescribir las acciones para defender los derechos que se poseen.

¿De verdad queremos armar a Al Qaeda?

La reunión de los principales grupos opositores a Bashar al Asad esta semana en Madrid obligaba a nuestro canciller a decir algo al respecto del drama sirio, así que García Margallo, poco acostumbrado a los rodeos o los eufemismos a pesar de ser el jefe del cuerpo diplomático, ha aprovechado la ocasión para hacer una declaración tajante: somos partidarios de enviar armas. Al bando rebelde, se entiende, que el régimen sirio ya cuenta con suministradores mucho más poderosos que la discreta industria armamentística española.

Los grupos rebeldes que luchan contra Al Asad llevan meses exigiendo a los países occidentales que les envíen armamento, a pesar de lo cual sólo han obtenido hasta el momento ayuda humanitaria. Gran Bretaña y EEUU son los países que más han amagado con la posibilidad de enviar armamento pesado a los enemigos de Al Asad, pero parece que lo han hecho simplemente con el propósito de sondear el ambiente de la llamada comunidad internacional más que con una verdadera intención de dar el paso decisivo en terreno tan delicado. Al menos en el caso de los británicos, porque Obama es incapaz de tomar una decisión categórica salvo que se trate de acosar fiscalmente a los rivales políticos o espiar a periodistas incómodos, como ha demostrado recientemente.

La cuestión de armar o no al bando que lucha contra el régimen baazista es mucho más compleja de lo que pretenden sus representantes en Madrid, desesperados por obtener armas con las que poder enfrentarse a la maquinaria bélica del dictador sirio. No se trata de un problema de legitimidad en la lucha contra un régimen que está masacrando a sus rivales sin piedad, civiles incluidos, sino de algunos grupos incrustados en el bando rebelde y sus vínculos evidentes con el islamismo más radical, que tras una victoria contra Al Asad podrían volver esas armas contra los mismos occidentales que se las han proporcionado. Es el caso del llamado Frente Al Nusra, ligado formalmente a la rama de Al Qaeda que opera en Irak, que tras la conquista de cualquier territorio a las tropas del régimen sirio se distingue por implantar inmediatamente el terror cerrando tiendas, escuelas y otros centros incompatibles con su visión ultraortodoxa del islam, como hicieron hace tan sólo unos días en la provincia de Raqa, arrasada bajo la bandera negra de la Yihad.

A pesar de estas importantes consideraciones, a las que ningún estadista puede resultar ajeno, García Margallo quiere dar armas a los rebeldes reunidos en Madrid sin mayores precisiones, frase que aceptaremos simplemente como gesto de cortesía en su papel de anfitrión. Norteamérica, en cambio, no lo tiene tan claro como nuestro ministro, y el resto de Europa tampoco. Las consecuencias de haber armado a los talibanes afganos en su día siguen ejerciendo, afortunadamente, un importante papel disuasorio.

La violencia de los pacíficos

El “escrache” se ha puesto de moda. Este anglicismo que tomó significado en Argentina hace referencia al acoso al que se ven sometidos los políticos en sus actividades diarias y cotidianas por grupos de ciudadanos, más o menos organizados, que pretenden con ello reivindicar algún derecho o algún servicio que consideran esencial, haciendo difícil, si no imposible, la vida del acosado, y en algunos casos, de sus familiares y amigos. La diferencia con otro tipo de acoso es que éste pretende ser pacífico, o al menos, todo lo pacífico que entienden los acosadores.

El pacifismo o la no-violencia, como a algunos les gusta llamarlo, ha sido y es una virtud reivindicada por la izquierda, sobre todo en Occidente. Desde que Ghandi puso de moda el concepto en La India bajo mandato británico (pacifismo siempre apoyado por la violencia de Nehru y sin la cual, la independencia se habría dado en otras circunstancias), el pacifismo es una virtud que se nos cuela hasta en la sopa a las primeras de cambio y que, a poco que investiguemos o simplemente observemos, no se corresponde con los hechos.

Porque eso de pacífico es muy relativo y mutable. Cuando Orwell introdujo la “neolengua” en su obra cumbre 1984, sólo estaba plasmando que la izquierda tiende a redefinir continuamente los conceptos, de forma que siempre se adapten a las circunstancias y los objetivos del sistema o de la política que el Gobierno desarrolle en ese momento. Así, no fue sorprendente que bajar los impuestos fuera de izquierdas, como nos dijo Zapatero en un momento brillante de su legislatura, por mucho que el sistema que defendía estuviera basado en la supremacía del Estado, que requiere más y más recursos ciudadanos para sobrevivir. Claro, que tampoco sorprende que subir los impuestos sea cosa del PP, y es que, como dijo Hayek, hay socialistas en todos los partidos.

El pacifismo es, por tanto, susceptible de mutación si las circunstancias lo requieren, tanto como achacar al enemigo todos aquellos vicios de los que adolecen. Así, algunas manifestaciones pacíficas que convocan las organizaciones de izquierdas terminan en altercados de orden público, con coches quemados, escaparates rotos, saqueos y heridos, incidentes todos ellos que se achacan a infiltrados de la Policía o a personas que nada tienen que ver con los que la organizan, elementos subversivos que pretenden dar mala imagen de movimientos tan nobles y solidarios.

La “okupación” de cualquier inmueble es un acto pacífico, aunque al dueño le pueda hacer maldita la gracia ver cómo su casa o su finca se convierten, con el uso de los “okupas”, en una especie de estercolero. El saqueo de un supermercado o unos grandes almacenes es un acto de justicia social, ya que lo saqueado termina, según la propaganda oficial, en manos de los necesitados, necesitados en algunos casos de jamón de Jabugo o de caviar ruso. Los gritos que interrumpen o impiden una conferencia o un discurso se convierten, como por arte de magia, en una reivindicación o incluso un acto de libre expresión que es vilmente reprimido por los organizadores de los actos. Todo se nos muestra como actos pacíficos, justificados por las circunstancias y por una moral algo retorcida.

Nada nuevo bajo el sol, como diría el clásico, porque estos episodios violentos son una evolución de los que se dieron en el siglo XIX, la época del anarquismo y de la revolución, una copia adaptada a los tiempos de los actos que protagonizaron los secuaces de Lenin, Trosky y Stalin durante la Revolución Rusa, los que perpetraron los fascistas de Mussolini o los nazis de Hitler, o las manifestaciones, pagadas por el dinero de la Unión Soviética e impregnadas de ese pacifismo tan controvertido, que terminaban en las bases de la OTAN en suelo europeo y que acababan siendo disueltas por los antidisturbios cuando intentaban ir más lejos de lo pactado con las autoridades. El totalitarismo siempre ha sabido usar la violencia adecuada, disfrazando el lobo con piel de cordero, algunas veces lechal, y aprovechar la ceguera del observador. Y no hay más ciego que el que no quiere ver.

Y es que este pacifismo sesgado, que sólo afecta a unos y no a otros, que debería ser sospechoso desde su nacimiento, tiene un éxito inusitado, según va avanzando la ideologización de la población a través de las herramientas que el Estado de Bienestar pone en manos de los lobbies de poder. Hoy es el “escrache”, ayer fueron las manifestaciones y las ocupaciones de lugares públicos durante varios meses, afectando de esta manera a viandantes y personas que tenían sus negocios en las calles y plazas afectadas. Parece que los derechos de éstos últimos no eran importantes frente a los derechos de los congregados. Y es normal, tener un negocio y sacar beneficios es propio de malvados capitalistas, de talibanes del libre mercado, de explotadores de los trabajadores, de rentistas y propietarios. Todos deben ser castigados, pero pacíficamente, que no se noten los moratones.

El pueblo suizo no se deja desarmar

Y si a día (de hoy) son tan libres los suizos es porque ellos mismos están tan bien armados.

El príncipe (cap. XII), Nicolás Maquiavelo

Hace casi dos años que los suizos votaron en referéndum si se debía prohibir o no el guardar en casa los fusiles automáticos que el ejército les proporciona tanto a los que hacen el servicio militar obligatorio como a los que forman parte de la reserva.

La iniciativa de quienes llamaban a "deponer las armas" y a que fueran depositadas en arsenales públicos estaba apoyada por una nutrida coalición formada por el partido verde, los socialdemócratas, los ecologistas, organizaciones feministas, iglesias protestantes y católica, asociaciones de trabajadores sociales y un elenco de otras 70 ONG más. También se pretendía endurecer mucho más la posibilidad de obtener cualquier licencia de armas y abogaba por crear un registro centralizado de datos sobre la propiedad de armas a nivel federal, dado que sólo existían por cantones.

En la última década varios sucesos trágicos muy mediáticos parece que han influido en el cambio de opinión de los suizos al respecto. El más sonoro fue en 2001, cuando un ciudadano irrumpió armado en el Parlamento cantonal de Zug y acabó trágicamente con la vida de 14 personas antes de suicidarse.

En la campaña previa a la votación un anuncio en contra de la prohibición de las armas rezaba "¿Monopolio de las armas para los criminales? No." Los prohibicionistas, por el contrario, diseñaron un cartel en el que aparecía un oso de peluche abatido y sangrando con una bala clavada en el torso. Karin Jenni, portavoz de la Asociación para la Protección contra la Violencia de Armas, confesó que su victoria dependía en buena medida de si lograban movilizar el voto femenino y el de los jóvenes. Por su parte, Dora Andres, presidenta de la Asociación de tiro suiza, declaró que los clubs deportivos de tiro son uno de los pilares de encuentro y esparcimiento comunitario de muchas poblaciones del país, junto con las bandas de música, coros y clubs de gimnasio, y que prefería que sus vecinos siguieran relacionándose de esta forma y no a través de Facebook. Además, la competición anual de tiro al blanco, la famosa Feldschiessen, reúne cada año a más de cien mil personas en un solo fin de semana.

Joseph Lang, parlamentario del Partido Verde y uno de los activistas helvéticos más comprometidos contra las armas, declaró que era ridículo alegar que se guardasen las armas en los hogares por motivos de seguridad nacional ya que ¿quién iba a atacar a Suiza a estas alturas de la historia? En 2004 se redujo el tamaño del ejército suizo y, por tanto, tocaba ahora desarmar los hogares. En cambio, el informático e instructor de tiro Erich Sutter denunciaba que se pretendiera desarmar a ciudadanos entrenados para defender el país pero no a los criminales. Elsa Kurz, de la organización Stop Suicides radicada en Ginebra, aducía que si se hacía más difícil el acceso a las armas de fuego los suicidios disminuirían; para ella era una cuestión de salud pública. Estaban, pues, divididos.

El Consejo federal (el gobierno colegiado) suizo se posicionó en contra de la prohibición y declaró que no tenía miedo a que sus ciudadanos estuvieran armados. Los helvéticos llevaban siglos demostrando saber convivir pacíficamente con las armas y pedirles ahora que depositasen sus armas en arsenales representaría una falta total de confianza hacia sus conciudadanos. Como se ve, el país alpino es una isla con respecto a Europa en muchos sentidos.

La visión de los suizos -a diferencia de la de los estadounidenses- es que su libertad y responsabilidad de mantener armas en casa es más por motivos de defensa nacional que por razones de seguridad personal (que también, aunque en menor medida). No existe un registro de cuántas armas del ejército están involucradas en los asesinatos acaecidos cada año, pero la tasa de homicidios por armas de fuego es allí relativamente baja: en 2009 fue de 0,3 por cada 100.000 habitantes. La tasa de suicidios en Suiza, empero, es alta y sí se sabe que las armas del ejército tienen un papel relevante.

Con todo y con ello, el resultado del referéndum fue que un 56,3% de los votantes dijeron que no a tal prohibición. Asimismo, 20 de los 26 cantones que componen la Con(federación) se posicionaron claramente en contra. Los referendos constitucionales como éste requieren mayoría tanto de votantes como de cantones para llevarse a cabo.

El pueblo suizo quiso así preservar su larga tradición nacional de mantener armados los domicilios particulares. A esto se añade una extendida afición por la práctica del tiro deportivo muy arraigada allí, habiendo varios cientos de clubs de este tipo. Se calcula, pues no se sabe con exactitud, que pueden existir en los hogares de este país alpino de unos ocho millones de habitantes tal vez unos tres millones de armas (entre fusiles por servicio activo de la milicia, fusiles antiguos del ejército que representan casi la mitad del total, las de los cazadores, deportistas y coleccionistas con licencia; esto sin contar con las armas de los cuerpos y fuerzas de seguridad del país). Como se ve, por tradición defensiva -que no agresiva- y por afición, Suiza es un país neutral armado hasta los dientes. Es el tercer país del mundo con mayor proporción de armas tras EEUU, Yemen y a la par con Finlandia. Son neutrales y pacíficos pero no pacifistas; la diferencia es importante.

Me parece una decisión valiente el que un pueblo haya votado que no a los deseos buenistas de imponer severas restricciones a la libertad de armas. No entro en razones utilitaristas (sirven de seguridad privada y disuasión a los malhechores) ni en motivos de defensa nacional (existe una atípica conscripción en dicho país). Lo que de verdad me maravilla es el nivel cívico alcanzado en aquella nación para que su gobierno confíe la custodia responsable de armas de asalto a aquellos que han pasado por una adecuada instrucción militar, para que no se considere a sus ciudadanos armados una amenaza para la sociedad y para que aquéllos, habiendo participado en acalorados debates en pro y en contra, se opongan mayoritariamente a la prohibición de mantener armas en sus domicilios privados.

El gobierno australiano confiscó las armas a sus ciudadanos en 1996, el partido laborista hizo lo propio con los británicos un año después. En octubre de 2005, por el contrario, los brasileños votaron en referéndum mayoritariamente en contra de los abolicionistas de la venta de armas, pues la gente honrada no deseaba verse inerme ante los criminales. En enero de 2006 el parlamento italiano aprobó una ley para el libre uso de las armas de fuego en defensa propia. El control de armas de propiedad civil en la mayoría de los países es muy restrictivo, aun así, el grado de violencia y muerte por armas de fuego persiste en todos ellos. Tiendo a pensar que las estadísticas de muertes por armas de fuego tienen más que ver con las condiciones culturales y los valores asumidos por la población de cada país que con la prohibición o severa restricción gubernamental hacia las armas.

El 8 de enero de 1959 Fidel Castro pronunció un encendido discurso en la base aérea militar de Columbia, hoy Ciudad Libertad (sic), al entrar triunfante en la Habana como líder de la revolución. Ese alegato ha pasado a la historia con el nombre "Armas, ¿para qué?" y fue el comienzo para, una vez logrado el poder de la isla mediante las armas, dejar al pueblo cubano totalmente desarmado por primera vez en su historia.

George Mason, muñidor de la Declaración de Derechos de Virginia, lo tuvo meridianamente claro cuando afirmaba que un hombre armado es un ciudadano, el desarmado es, en cambio, un súbdito. En esa misma línea, la asociación ProTell, versión helvética de la NRA, es apoyada de forma natural por la mayoría de los suizos que no acaba de entender el empeño de algunas personas por erosionar la legitimidad de los ciudadanos honrados para poseer armas.

La libertad de tener (y portar) armas de los civiles horroriza en general a nuestros coetáneos. De todas las libertades, tal vez sea la de las armas (convenientemente regulada, por descontado) una de las más incomprendidas debido al particular y predominante concepto de libertad sin responsabilidad que existe hoy, por desgracia, entre los miembros de las sociedades socialdemócratas.

A pesar de que Suiza es detestada por los progres, la democracia helvética nos da muchas lecciones, entre ellas, la que nos enseña que ya que el pueblo tiene el poder, debería también guardar las armas.

La Guerra de Secesión Americana (y IV)

La Guerra de Secesión americana invita a varias reflexiones: responder a por qué una guerra tan devastadora y destructora de riqueza y recursos pudo durar casi un lustro; cómo es posible que el Sur, tan limitado desde un principio por las circunstancias que no fueron analizadas correctamente por sus líderes, apoyara tan entusiásticamente su causa hasta el punto de hacerla personal. Cabe también preguntarse cómo una guerra entre ciudadanos que, hasta su inicio habían estado viviendo bajo una misma bandera, se convirtiera en uno de los conflictos más crueles de los que hasta ese momento se habían producido, donde los objetivos de los ejércitos ya no eran sólo los militares del enemigo, sino los civiles con sus ciudades y propiedades.

Por lo general, en el mundo liberal se asigna al Estado/Gobierno una capacidad casi mágica de engañar al ciudadano, de hacerle partícipe de sus objetivos, que son distintos de los suyos. Esto no es siempre así, yo diría que tampoco lo es a menudo y que, por lo general, las grandes políticas de Estado responden a intereses que, de alguna manera, puede compartir y comparte buena parte de la ciudadanía, sin necesidad de echar mano a la trampa. La causa independentista del Sur era real y fue asumida, bien de manera activa, bien de manera pasiva, por la gran mayoría de su población, de la misma manera que, para el Norte, la causa unionista y la legitimidad del Gobierno Federal era la correcta. Y por ellas debían luchar y lucharon unos y otros.

Debemos recordar que, en el momento del comienzo del conflicto, el ejército americano era uno de los más pequeños y menos formados del mundo. Apenas tenía experiencia, aunque había algún veterano superviviente de la guerra de 1812 y de la más reciente Guerra con México, donde sí habían luchado algunos de los principales oficiales que luego se enfrentarían entre sí en ambos bandos, como Grant y Lee.

A la llamada a filas acudieron miles de voluntarios los primeros meses de guerra, y lo hicieron gustosos y honrados de servir cada uno a su causa. Se calcula que, menos de un año después del inicio, el Norte tenía unos 700.000 hombres, entre voluntarios y milicianos, y el Sur, unos 400.000.

Es difícil sostener que fuera el engaño gubernamental el que había provocado estas movilizaciones masivas en ambos bandos, y tiene más lógica pensar que acudieron por una cuestión de honor, una cuestión de afinidad ideológica, una simple cuestión de patriotismo, entendido el mismo como afinidad por la sociedad a la que cada uno se sentía vinculado o, simplemente, porque percibieron que su estilo de vida estaba amenazado. De hecho, cuando las necesidades de hombres se hicieron mayores y se instauraron los servicios militares obligatorios, no hubo demasiados problemas de deserciones, aunque a ninguno de los dos bandos les gustara la medida. En el Sur, incluso se llegó a criticar la recluta obligatoria, pues devaluaba el esfuerzo y el compromiso de los voluntarios.

Pero eso no quiere decir que no hubiera movimientos antibelicistas en cada bando. Sin embargo, nunca llegaron a ser importantes y sólo resaltaban algo cuando el conflicto en sí se volvía en contra de cada uno de los bandos. Así, en el Norte cobraron importancia a finales de 1862, coincidiendo con una serie de derrotas que terminarían en Gettysburg, y en 1864, ya como consecuencia de la fatiga de la guerra. Sin embargo, el liderazgo de Lincoln, la normalidad administrativa y el apoyo popular nunca se vio socavado. Por su parte, el Sur sólo sufrió problemas en este sentido a finales de l864, cuando con un ejército en unas condiciones deplorables y, en muchos casos, cercanas a la inanición, los combatientes abandonaron las filas a una escala resaltable.

Los problemas de Davis venían principalmente de la tradición sureña de dar más peso a las necesidades de los Estados que a la del Gobierno central. Pese a que la lógica de un poder centralizado que dirigiera el esfuerzo de guerra era cada vez más evidente, los líderes estatales ponían muchos problemas al desplazamiento de sus tropas a Estados que no eran el suyo, provocando serios problemas estratégicos, operacionales y tácticos.

Cabe también preguntarse si el agotamiento financiero de un Gobierno es condición necesaria y suficiente para el fin de un conflicto. En el caso del Sur pronto se dieron las condiciones en las que, tanto financiera como militarmente, el resultado era la derrota. Pero el conjunto de la sociedad (políticos, militares y civiles) se las ingenió para conseguir recursos de todo tipo. Por ejemplo, el salitre necesario para hacer municiones se sacó de los excrementos animales que había en las granjas, incluso rascando las paredes de establos y otras infraestructuras. El mencionado reclutamiento obligatorio permitió mantener un número adecuado de militares y la actividad de la población civil suministró buena parte de las necesidades de sus ejércitos a costa de las suyas propias, y se hizo de una manera voluntaria. Por último, cuando el Norte terminó de tomar el Mississippi con la toma de Vicksburg y dividió el territorio sudista en dos zonas no conectadas entre sí, restando capacidad operacional y logística al Sur, las autoridades políticas y militares siguieron luchando aún unos años más. Incluso la marcha de Sherman por el territorio del Sur, perpetrando una serie de actos violentos sobre la población civil, no sólo no consiguió acabar con el apoyo de ésta a su Gobierno, sino que lo reafirmó.

Por último, volviendo al principio de este largo análisis de la Guerra de Secesión americana, cabe preguntarse cuál debería ser el papel de los políticos, pues la predicción del futuro no es precisamente lo suyo. Los terratenientes y los líderes del Sur consiguieron destruir en cinco años lo que sus predecesores tardaron en levantar varias décadas: la idea de un Sur más cercano a lo que ellos creían los ideales de los padres fundadores. Cabe pensar si una actitud menos violenta, una política menos agresiva, pero más segura de lo que se podía obtener por otros medios, habría conseguido que, hoy en día, existieran los Estados Confederados de América. Y es que si el cálculo económico es imposible, el cálculo político lo es aún más.


Este comentario es parte de una serie de artículos relativos a la imposibilidad del cálculo económico en la Guerra de Secesión Americana. Para una lectura completa de la serie, ver también III y III.


Bibliografía

Dilorenzo, Thomas J., El verdadero Lincoln. Unión Editorial.

Ferguson, Niall, El triunfo del dinero. Debate.

Keegan, John, Inteligencia militar. Conocer al enemigo, de Napoleón a Al Qaeda. Editorial Turner.

Keegan, John, Secesión. La Guerra Civil americana. Editorial Turner.

Varios, Great battles of the Civil War. Marshall Edition.