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Etiqueta: Seguridad y Defensa

Violencia y armas

La vida y la violencia están íntimamente relacionadas. Muchos seres vivos utilizan su fuerza o capacidad de acción contra otros seres vivos (también de su misma especie), para alimentarse de ellos o en competencia por territorio y sus recursos asociados o por acceso a parejas sexuales. Diversos organismos han desarrollado evolutivamente diferentes rasgos adaptativos que sirven como herramientas de ataque y defensa: dientes, garras, cuernos, caparazones, espinas, venenos.

Los seres humanos fabrican y acumulan herramientas y tecnología que incrementan su capacidad de acción, y son hipersociales: sus principales relaciones no son con el entorno no humano sino con otros seres humanos, de quienes proceden las principales oportunidades y amenazas. Las personas pueden utilizar su fuerza y habilidad física y sus armas para agredir y dominar a sus semejantes o para defenderse de esas mismas agresiones.

La posesión y habilidad en el uso de armas puede compensar las diferencias entre individuos fuertes y débiles, pero las armas pueden incrementar mucho las diferencias entre personas si una está armada y la otra desarmada (y según la calidad y potencia del armamento). El agresor considera los posibles beneficios, costes y riesgos de su acción, en especial qué capacidad de defensa o represalia tiene su víctima o sus aliados (a terroristas suicidas y locos muy desequilibrados o resentidos que odian y buscan venganza tal vez apenas les importe la disuasión). Si la diferencia entre sus capacidades marciales es muy grande es fácil que los fuertes dominen y exploten a los débiles, que los delincuentes asalten y roben a sus víctimas, que los tiranos reinen de forma totalitaria sobre sus súbditos. Es común a los dictadores y genocidas prohibir las armas a quienes quieren esclavizar o masacrar. Un pueblo armado es difícilmente víctima de sus propios gobernantes sin escrúpulos o de otros pueblos belicosos.

La ética busca normas de conducta universales, simétricas y funcionales. Para evitar agresiones con armas podrían prohibirse completamente a todo el mundo, lo cual suena muy bonito, a paz perpetua, pero es tremendamente ingenuo. No elimina las agresiones sin armas, impide la defensa con armas ante agresores más fuertes (una mujer y un violador), olvida que una simple piedra puede ser un arma letal y que muchas herramientas tienen múltiples usos (a los que habría que renunciar si pueden ser utilizadas como armas), y es una situación evolutivamente inestable e irrealizable: si una persona incumple la norma tiene un poder enorme muy difícil de contrarrestar por otros ciudadanos honestos desarmados (que tendrían que romper también la norma para hacerla cumplir).

La fuerza tiene una característica muy peculiar que la diferencia de otros bienes y servicios: es el medio de intercambio involuntario universal. Es muy peligroso que esté muy concentrada, con grandes diferencias entre individuos. Si una persona no tiene armas está a merced de quienes sí las tienen. Que haya más armas no implica necesariamente que haya más actos violentos utilizándolas, ya que no se trata de hechos independientes: el agresor tiende a inhibirse ante la posibilidad de defensa armada de sus víctimas. Es posible que se produzcan menos agresiones cuando todo el mundo está armado y puede repeler los ataques. Es especialmente importante el marco legal e institucional: que los violentos sepan que pierden su derecho a la vida cuando asesinan, y que los sistemas judiciales sean eficientes y sea difícil escapar de ellos.

La ética de la libertad se basa en el derecho de propiedad y en la legitimidad del uso proporcional de la fuerza para defenderlo. Los propietarios individuales pueden agruparse en asociaciones o cooperativas para facilitar su defensa o contratarla a especialistas (a quienes conviene controlar para que no se conviertan en agresores). Utilizar un arma para defenderse o defender a otros es un derecho pero no un deber, e implica una gran responsabilidad, ya que es posible herir o matar a inocentes de forma accidental (víctimas colaterales) o causar daños desproporcionados a un delincuente. Conviene disponer de armas cuyo efecto sea localizable y graduable con precisión. La posibilidad de usar un arma puede servir como enseñanza de autocontrol y responsabilidad.

El agresor puede temer el uso defensivo de las armas en el mismo momento de la agresión, o su uso posterior por la justicia. En general el criminal tiende a asumir que no lo atraparán, teme menos la posible condena que la defensa inmediata, así que no le importa demasiado el incumplimiento de la ley respecto a la posesión y uso de armas. Si los defensores están cerca de las víctimas (o si los agredidos pueden defenderse) quizás puedan repeler inmediatamente la agresión y evitar o minimizar los daños; si están lejos los daños serán mayores y seguramente irreversibles e irreparables aunque se capture y condene al criminal (quien tal vez teme más una defensa en caliente de alguien amenazado que la justicia fría y burocrática de extraños). En las modernas sociedades estatalizadas muchas personas se despreocupan de su seguridad y se vuelven pasivos, confían su defensa en el monopolio ilegítimo, ineficiente e ineficaz del estado; los gobernantes no confían en que sus ciudadanos puedan defenderse de forma responsable y les restringen el uso de las armas, pero exigen que los ciudadanos confíen en ellos a pesar de sus sistemáticos fracasos y demostraciones de incompetencia. En algunos países el uso defensivo de las armas es frecuente pero suele ser menos llamativo que las matanzas anecdóticas de unos pocos locos (facilitadas por la indefensión pasiva de sus víctimas) o las sangrientas batallas de los traficantes de drogas (que incrementan mucho las víctimas por arma de fuego).

Una persona puede tener armas en su propiedad, pero nadie tiene el derecho a portar armas en la propiedad ajena sin consentimiento del dueño. El propietario puede excluir a quien desee del uso de su propiedad y puede imponer las condiciones o normas particulares que quiera a sus invitados como condición para compartirla, ya sean sus domicilios o ámbitos de acceso público (parques, comercios, escuelas). Algunas personas se sienten más seguras si están cerca de individuos armados en quienes pueden confiar (sean particulares u organizados de alguna forma); otras personas prefieren zonas libres de armas, quizás porque no confían en algunos de sus semejantes. Ambas preferencias son legítimas y pueden ser tenidas en cuenta por empresarios que ofrezcan recintos con diversas normativas en competencia en un mercado libre para atender a los deseos de seguridad de sus clientes. Pero si en un determinado lugar se prohíbe de forma absoluta la posesión de armas y se anuncia públicamente, es necesario controlar que nadie con intenciones destructivas pueda acceder armado, ya que si lo hace puede provocar una matanza sin riesgos; los responsables del lugar deberán discriminar acertadamente a quienes consideren amenazas potenciales.

Contabilidad creativo-pacifista

Para el progresismo hispano, la única moral válida es la que le permite alcanzar el poder, y en esa carrera siempre suelen llevar ilustres compañeros de viaje. Como Baltasar Garzón, nuestro justiciero por antonomasia, una suerte de Capitán Trueno con puñetas dispuesto a alancear a los enemigos de la verdad, el bien y la justicia.

En el imprescindible libro de Jesús Cacho El negocio de la libertad se cuenta con pelos y señales el episodio de la recusación del juez Gómez de Liaño por el caso Sogecable, en el que Garzón tuvo una participación estelar. "Le voy a freír los huevos a Javier" es la frase atribuida al juez megaestrella, plena de sentido de la justicia y ecuanimidad de la que ahora pretende también hacer gala con Aznar, a quien no desea freírle el escroto sino simplemente llevar ante la corte internacional de justicia. Se conoce que, con el paso de los años, también los jueces megaestrella se ablandan.

Tras las últimas algaradas del faranduleo en contra de la guerra de Irak, el superjuez ha puesto de nuevo su granito de arena afirmando que la muerte de seiscientos cincuenta mil iraquíes exige que Aznar, y eventualmente Bush y Blair, acaben entrullados. Es interesante que centre su análisis no tanto en la supuesta ilegalidad de la intervención en Irak, como en lo que abultan las cifras de víctimas. ¿Si hubiera muerto menos gente inocente –pongamos unos diez mil, como en Paracuellos del Jarama, por utilizar un ejemplo cercano– habría materia para iniciar un proceso por crímenes de guerra según el superjuez?

Pero vayamos con los muertos de Garzón, quiero decir, con la cifra de víctimas de la guerra enarbolada por D. Baltasar. Los EEUU enviaron 225.000 soldados a Irak, a luchar contra un ejército de unos trescientos mil soldados de Sadam más cuatrocientos mil reservistas, aunque la mayoría de estos no entró en combate, pues prefirió la táctica de dar media vuelta y avanzar sin contemplaciones siguiendo las enseñanzas militares de aquel famoso jeque tuerto, grabado mientras huía en ciclomotor con los marines pisándole la chilaba (se ve que eso de las veinte huríes reservadas a los soldados de Alá no lo tenía demasiado claro). Durante la guerra murieron doscientos soldados de la coalición y unos seis mil iraquíes. En la posguerra, la inmensa mayoría de víctimas han sido causadas por atentados terroristas, no por disparos de los soldados de la coalición, con un saldo final, según el Iraq Body Count, de 65.000 víctimas civiles. Si a esta cifra le sumamos los 3.500 soldados de EEUU muertos durante la posguerra más los soldados iraquíes caídos en combate durante la ocupación, resulta un saldo de unas 74.500 víctimas en total.

Pero entre las cifras fiables y las estimaciones del gran Pepiño Blanco, Baltasar Garzón prefiere utilizar los datos aportados por el estadista de Palas de Rei. Debiera el juez ser más cuidadoso con los elementos de prueba si finalmente decide iniciar un proceso penal contra el trío de las Azores, no sea que lleve el caso ante la corte suprema de justicia progresista universal y se lo tiren abajo por defectos en la instrucción. Creo que tiene ya alguna experiencia al respecto.

Zetapé y el socialismo

Por eso, a muchos observadores les ha sorprendido que la bolsa no se inmutase en su apertura tras la ruptura por parte de ETA de la tregua indefinida. Y no ya por los 35 millones de euros que costará la reparación de los daños sino por los riesgos sobre la estabilidad política y sobre el respeto de la propiedad privada.

La explicación a este hecho paradójico es más sencilla de lo que pudiera parecer. Y es que ETA nunca afirmó que hubiese renunciado a la violencia ni que fuese a abandonar las armas. Mucho menos aún insinuó jamás que fuese a desistir en su objetivo de establecer un régimen totalitario de corte socialista en el País Vasco y todos aquellos territorios que pueda fagocitar. Es más, mientras la Eurocámara, a petición del PSOE, respaldaba el proceso de rendición de Zetapé, ETA dejaba meridianamente claras sus intenciones con el robo de más de 300 pistolas en Francia. De hecho, ETA no ha mentido a los españoles (su alto el fuego era, recordemos, por tiempo indefinido). Quien sí nos aseguró que conocidos terroristas se habían transformado en hombres de paz, y que cada día que pasaba nos iba y nos iría mejor, fue Zapatero. Pues bien, resulta evidente que el mundo financiero se fiaba más de ETA que de Rodríguez Zapatero y que habían descontado el terrible desenlace.

Para Bambi, ni el rearme, ni las cartas de extorsión, ni las bombas colocadas durante su "diálogo", ni la destrucción de negocios eran síntomas de que las cosas fuesen mal para su "paz". Pero si, a principios de noviembre, los altos cargos socialistas volvieron a pedir escolta es porque ese optimismo presidencial no era incompatible con nuevos muertos sobre la mesa de negociación.

En caso de que Zetapé planeara dejarles experimentar el esclavismo marxista-leninista en tierras vascas, su optimismo estaría justificado. Es lo que tiene el incompleto derribo del Muro de Berlín: ya nadie piensa que el socialismo pueda ser más próspero que el capitalismo, pero muchos siguen creyendo que es éticamente superior. Tanto ETA como Zetapé parecen estar de acuerdo en esta falacia. Así que si ETA dejaba de matar, ¿por qué no concederle poner en práctica la utopía comunista? En vista de los hechos, Zapatero tiene que dimitir. No porque ETA haya podido engañarle o esté dispuesto a apoyar la independencia de una región de España sino porque ha jugado con la libertad, la vida y la propiedad de los españoles.

ZP sí sabe lo que hace

Mucho me temo que la situación nada tiene que ver con esas apreciaciones. España tiene un Gobierno, su presidente sabe muy bien lo que hace y no está dispuesto a reconocer errores porque es muy posible que desde el punto de vista de sus objetivos finales no los haya cometido, o no sean para tanto. Los dos muertos de la T4 puede que le fastidien y que incluso le entristezcan, pero son al fin y al cabo un accidente en su estrategia para lograr su "paz".

Imaginen por un momento que en una región de España actuase un grupo terrorista de extrema derecha y que un buen día declarase una tregua indefinida. Supongamos además que, durante la tregua y en medio de los contactos con el Gobierno, el grupo enviase cartas extorsionando ciudadanos pacíficos, que robase gran cantidad de armas o que destruyese comercios de personas que le resultan incómodas para sus propósitos. ¿Qué hubiese hecho ZP? No me cabe ninguna duda de que habría dado por liquidado el proceso de paz hace mucho tiempo y habría llegado a un acuerdo con el PP para combatir a esos indeseables.

Pero ETA no es fascista –a pesar de que una primera página de El País lo afirmara tras un atentado en el centro de Madrid– sino socialista o, para ser más exactos, marxista-leninista. La afinidad de esta ideología con los postulados del presidente es lo que hace que ni siquiera un atentado como el del 30-D sea suficiente para declarar que va a usar el monopolio del uso legal de la violencia que ostenta para combatir a estos asesinos comunistas. Si un comando favorable al franquismo hubiese matado a dos personas en Barajas la reacción seguramente hubiese sido sensata y contundente. Pero, como ha sido ETA, ZP reaccionó con voz de Mariano Ozores y cara de Mr. Bean. Y es que son asesinos, sí. Pero, después de todo, su fin es el paraíso comunista.

El objetivo último de ETA no es la independencia del País Vasco. Si sólo fuera eso, la cosa –con perdón de los nacionalistas españoles– no sería para tanto. El problema es que quieren separarse para instaurar un régimen huérfano de libertades individuales y que para conseguirlo están dispuestos, en congruencia con su desprecio por la vida y la propiedad privada, a liquidar a quien haga falta. Y Zapatero está dispuesto a pagar un precio político a esta gentuza porque sus ideas salen del mismo estiércol que las de ellos.

En este país no hay desgobierno alguno. Hay un omnipresente y asfixiante Gobierno que lo mismo proscribe a quienes fuman o expresan libremente su opinión que ensalza como hombres de paz a quienes asesinan a ciudadanos inocentes.

Atentados y capital

El economista Ludwig Lachmann explica en su Capital and its Structure que el capital, esta estructura cambiante y dinámica que sostiene las sociedades libres, es ante todo heterogéneo y complementario. Heterogéneo como son nuestras actividades y los medios de que nos valemos para realizarlas.

Pero es también complementario, es decir, que cada bien de capital, cada pieza en esa estructura, necesita al menos de otra, y generalmente de muchas más, para poder hacer contribuciones. Necesitamos un ordenador para trabajar, pero también la energía eléctrica para que funcione, los programas necesarios, una formación adecuada… Hay una necesaria relación complementaria, casi solidaria, entre las distintas partes de la estructura productiva. ¿Qué pasa si un atentado de suficiente envergadura o una guerra da al traste con una pieza del engranaje?

El capitalismo es débil, concluía Lachmann; y es cierto. Si se paraliza el Metro de Madrid se forma un caos de enormes proporciones. Si estalla una guerra entre dos grandes productores de petróleo y se reduce drásticamente la oferta, se paralizan infinidad de proyectos y parte de los bienes que tenemos para producir dejan de ser útiles. Si un atentado logra paralizar Barajas durante un día, las consecuencias se extienden en cadena por toda España y otras partes del mundo.

Afortunadamente, esto de vivir en sociedades más o menos libres no sólo tiene desventajas. Esa libertad nos permite adaptarnos con cierta celeridad. También esto depende del tiempo que cueste reponer la pieza dañada, no es lo mismo una presa que un camión o éste que el horno de una panadería.

En cualquier caso, los grupos que se oponen con más violencia de la habitual a las sociedades libres son muy conscientes de esta debilidad, y seguirán explotándola. Pero no lograrán hacernos cambiar nuestra forma de vivir.

La guerra de Corea o cómo se expande el comunismo

El 25 de junio de 1950 el ejército de Corea del Norte cruzó por sorpresa la frontera del paralelo 38, línea que los aliados habían fijado tras la guerra para delimitar las áreas de ocupación soviética y americana. La idea de los aliados occidentales era reunificar el país después de que se celebrasen elecciones libres, pero eso no entraba en los planes de Stalin. Muy al contrario, lo que rondaba por la cabeza del tirano soviético era enquistar el conflicto reproduciendo el mismo patrón que en Alemania: una nación, dos estados, dos sistemas y la determinación de rendir al oponente tomando ventaja de las oportunidades que las democracias ofrecen siempre a los que no creen en ellas, como es el caso de los comunistas.

La idea de Stalin era que Kim Il Sung, un partisano sanguinario que había pasado la guerra exiliado en Moscú, hostigase a sus vecinos sin enredarse en un conflicto abierto que probablemente tenía perdido de antemano. De esta manera, poniendo a los norcoreanos comunistas en pie de guerra, el Kremlin fijaba con cola la frontera coreana y apartaba de la mente de Truman la idea de unificar Corea desde Seúl, donde, en 1948, unas elecciones habían dado la victoria al partido prooccidental.

Kim Il Sung, sin embargo, no era de esa opinión. Fanático y engreído como pocos dictadores del siglo XX lo fueron, desató una campaña relámpago al estilo de las de la Wehrmacht en la guerra mundial. En pocas semanas ocupó Seúl y buena parte de la península ensanchando de este modo las fronteras de su República Popular. Como obsequio a sus vecinos, pasó a cuchillo a todos los opositores al comunismo que encontró con vida. A Washington la ofensiva de Kim Il Sung le cogió con el pie cambiado y en pleno repliegue de tropas. Truman había ordenado una retirada ordenada de Corea tras las elecciones, y en esas estaban los militares americanos cuando sobrevino la invasión.

La guerra había sido buscada a propósito por Corea del Norte saltándose las normas más elementales normas de Derecho Internacional y sin apoyo popular alguno. Si los coreanos habían decidido ser libres, Kim Il Sung les iba a demostrar que vivían en el error, que su destino ineluctable era el comunismo aunque fuese por la fuerza de las armas y a través del asesinato masivo de civiles. Sólo en Corea del Sur perecieron un millón, lo que unido a los dos que se dejaron la vida en la república norteña, hizo de esta guerra una de las más letales de la historia para la población civil.

La reacción norteamericana fue fulgurante. Apoyado sobre una ONU que aún le era propicia, Truman envió al general MacArthur para que estrangulase la acometida comunista cortando su retaguardia. El laureado general desembarcó en Inchón y, en pocos meses masacró al entusiasta ejército de Kim Il Sung forzando su retirada más allá del paralelo de la discordia. En este punto la guerra se le había ido de las manos a Stalin y al propio Kim Il Sung, que no había medido adecuadamente la reacción de los Estados Unidos. Para Mao, en cambio, la de Corea era una buena oportunidad de convertirse en una potencia militar de fuste, independiente de la URSS y preparada mental y materialmente para mirarse cara a cara con los norteamericanos.

Esto tampoco lo había previsto Stalin. Accedió a la intervención china convencido de que, si los chinos ponían los muertos –un millón en menos de tres años–, él podría capitalizar la inversión mutando el vasallaje chino en una relación privilegiada con Moscú que impidiese que China y Estados Unidos llegasen alguna vez a entenderse. La realidad fue muy distinta. China aprovechó el conflicto para formar y entrenar un espléndido ejército y armarse hasta los dientes con la tecnología que el gobierno soviético le puso en bandeja a coste cero.

En el verano de 1953 se firmó el armisticio, que no el tratado de paz. La guerra de Corea, al menos oficialmente, no ha terminado. La frustración de los norteamericanos fue intensa porque no habían conseguido nada práctico en la refriega y su ejército había perdido a 34.000 de sus mejores hombres. Una minucia insignificante en comparación con la de chinos y coreanos, pero cantidad suficiente como para replantearse toda su política asiática. Stalin no llegó a ver el final pero naufragaron sus planes de anexionar toda Corea al bloque socialista. Su miopía estratégica ayudó al alumbramiento del gigante militar chino, único beneficiado por la guerra que, en poco más de diez años, rompió formalmente con su padrino.

Con todo, la consecuencia más visible de aquella absurda y cruenta guerra fue el inicio del rearme a gran escala que no se frenaría hasta el colapso de la Unión soviética en los años 90. Stalin, en uno de sus juegos macabros, había partido el mundo en dos y lo había convertido en un polvorín.

Para Corea fue una tragedia humana de dimensiones incalculables. Millones de muertos, cientos de miles de mutilados y desplazados. Un país en ruinas y dividido de por vida. La herida fue tan profunda que hoy, 56 años después, sigue abierta en el corazón de la península coreana, uno de los pocos lugares del mundo donde la guerra fría aún no ha concluido.

La ley del oeste

"El Oeste no era tan salvaje como la leyenda nos ha hecho creer. El mercado ofrecía protección y agencias de arbitraje que funcionaban con bastante eficacia, y que sustituían al gobierno total o parcialmente".
Terry L. Anderson y P. J. Hill

Más de una vez hemos visto en la gran pantalla como una turba enfurecida de vecinos asaltaba la prisión de un pueblo americano en el lejano oeste para intentar sacar por la fuerza a un reo con el propósito de ahorcarlo. Frases como "¡Hagámosle un juicio justo y después colguémoslo!" o del estilo, han sido tan protagonistas no sólo en los westerns sino también en las novelas y ensayos de la misma temática, que poco a poco han ido creando un mito sobre la extrema violencia de una sociedad debido a la ausencia de instituciones gubernamentales. Si a ello le unimos algunos episodios violentos dignos de reproducir en la gran pantalla o en los circos (a pesar de que no representaban las características generales de la sociedad del Oeste americano) solo se estará incrementando el mito de la anarquía como desorden violento y caos social.

La rapidez con la que se extendían los ganaderos, agricultores o mineros a los territorios del Oeste era mucho mayor que la del sistema gubernamental americano. Y sin embargo, la producción y ejecución de leyes se llevaba a cabo por parte de los particulares. Las leyes privadas se aplicaron a través de los land clubs (o clubes de propietarios de tierras), las asociaciones de ganaderos, las caravanas que tantas veces hemos vistos en películas atravesar las praderas de los desconocido, o las empresas y explotaciones mineras que se asentaban en las tierras californianas en busca de oro.

Los nuevos propietarios de las tierras fronterizas debían asociarse para procurarse la ley y para ello adoptaban sus propias constituciones según las preferencias de los integrantes de estos clubes y disponían de sus propios jueces y oficiales que se encargarían de llevar a cabo estas disposiciones. Los gastos del juicio corrían a cargo del demandante y del demandado. Una manera de hacer cumplir las reglas que este tipo de asociaciones ciudadanas extra-legales (por estar fuera de la ley estatal) disponían era la de no comerciar ni relacionarse con aquellos que decidían saltarse este tipo de convenciones.

Otro tipo de leyes y organizaciones que surgían a medida de los integrantes de este tipo de asociaciones y que pueden acercarse más al llamado anarco-capitalismo es el de los campos y empresas mineras, que acordaban unas constituciones aplicables a los trabajadores de las minas. Las constituciones determinaban el modo de elegir las cortes y jurados mineros, y cuando las reglas aplicables no coincidían con los gustos de una creciente minoría de los mineros (y si estos eran suficientes), se procedía a la división del territorio o creación de otra jurisdicción o distrito para crear otra organización, también privada y no estatal, que recogiera el deseo de ese nuevo grupo voluntariamente asociado. De ese modo, el trabajo y las leyes en cada explotación cambiaban según las costumbres de cada distrito minero.

Otro caso de aplicación de la costumbre o de leyes privadas se llevó a cabo a través de los denominados comités de vigilantes. Estos se erigían cuando la corrupción e ineficacia de los sheriffs y demás garantes de la ley defraudaban a la población y permitían que los índices de criminalidad alcanzaran cotas inaceptables. Un ejemplo, el ocurrido en la ciudad de San Francisco en 1851 o en 1856 cuando numerosos ciudadanos se unieron indignados ante la ineptitud corrupta del sheriff y constituyeron este tipo de comités, cuyos cometidos iban desde impedir que delincuentes foráneos llegaran a la ciudad, hasta la creación de juicios más ágiles y garantes de la legalidad que los que los nacientes pero ya ineficaces gobiernos locales del Oeste estaban constituyendo hasta la fecha. Con este tipo de órganos se redujo drásticamente la criminalidad y aumentó el contento de la población.

Otro modo de resolver disputas y conflictos era a través de sistemas de arbitraje, más rápidos y neutrales que los juicios estatales: como sucedía en las caravanas, en donde fácilmente surgían conflictos y disputas y donde leyes propias se pactaban voluntariamente antes de salir hacia las praderas americanas. En estos casos encontramos las mismas cualidades y beneficios que actualmente. De hecho, las conclusiones a las que podríamos llegar a través de recientes
estudios bien podrían ser las mismas que en el salvaje oeste: flexibilidad, participación de las partes, irrevocabilidad de las sentencias, privacidad, grandes especialistas de prestigio (auctoritas en la materia)… y no es difícil pensar que en un futuro estos sistemas se perfeccionen y cobren mayor rapidez, sobre todo si tenemos en cuenta que más del 80% de las empresas internacionales prefieren este tipo de resolución de conflictos al de los tribunales estatales de justicia.

Por tanto, lejos de ser una época y unos lugares en la que la ley de la selva imperaba, el lejano oeste americano da ejemplos siempre limitados (pues había un trasfondo gubernamental) de cómo los ciudadanos cobraban protagonismo y lograban organizarse para desarrollar leyes privadas guiadas por la costumbre, la competencia y la propiedad privada como base para dicha organización.

Lo que va del dicho al hecho

Reconozco que la frase puede parecer abiertamente subversiva en un momento en el que el diálogo con la banda terrorista se ha convertido en el eje de la política nacional, pero sepan que no está sacada de ningún discurso de Mayor Oreja, ni siquiera de una conferencia de Aznar por tierras norteamericanas, sino de la página cuarenta y seis del programa electoral del PSOE para las elecciones de marzo de 2004.

A partir del 14-M, vaya usted a saber por qué (o mejor, no vaya), Zapatero llegó a la conclusión de que la clave para solucionar el problema del terrorismo de la ETA no era lo que proponía con tanto ahínco en su programa, sino exactamente todo lo contrario. De la "acción policial decidida y constante" hemos pasado al chivatazo para sabotear operaciones antiterroristas, de la "eficaz cooperación internacional" a llevar a Batasuna bajo palio al parlamento europeo para que explique las bondades de la rendición del Estado de Derecho y de "la movilización de los ciudadanos y la unidad de los demócratas" a desacreditar desde el gobierno y sus terminales mediáticas todas y cada una de las protestas ciudadanas en contra de la negociación con la ETA.

Sólo hay dos personas en España que se leen los programas electorales, José Luis Balbín y yo. El inolvidable director de La Clave, que acompañó a tantos adolescentes en su tránsito al pensamiento adulto, lo hace para decidir su voto. En mi caso, utilizo esas lecturas para comprobar los atentados contra la gramática castellana y vacunarme contra ellos en la medida de lo posible, un objetivo mucho más útil que el decidir a quien castigar con el voto, según yo lo veo. Luego pasa lo que pasa, se cotejan los mensajes electorales con las decisiones de gobierno y los partidos quedan en evidencia.

¿Qué pasó tras el 14-M para que el PSOE diera un giro de 180 grados (un progre diría de 360) en un asunto tan importante como la lucha antiterrorista? Pues sencillamente el hecho de ganar las elecciones, algo que nadie creía posible hasta la mañana del 11 de marzo de 2004. En esa clave hay que interpretar todo lo que ha ocurrido después.

También hablaba el programa electoral del PSOE, dentro del mismo capítulo, de mantener "el apoyo moral y material a las víctimas de la violencia terrorista", cuya aplicación práctica una vez llegado al gobierno fue el nombramiento de Peces Barba y los ataques constantes contra el presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

Decía Tierno Galván que los programas electorales están para no cumplirlos, pero lo que ha hecho Zapatero con su programa del 2004 es ya una obscenidad. El viejo profesor debe hacer palmas con los metatarsianos desde el más allá.

¿Por qué Hitler invadió la URSS?

Es un lugar común que el mayor error de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial fue invadir la URSS. Si no se hubiesen metido en aquel berenjenal, se dice, Hitler habría concluido con éxito la aventura militar de 1939-40 doblegando la resistencia inglesa e imponiendo un nuevo orden en el continente. Tal vez, años más tarde, nazis y soviéticos se hubiesen visto las caras en una nueva e inevitable confrontación, pero Alemania estaría ya en condiciones de plantarse frente a la mole rusa con ciertas garantías y el dominio alemán en Europa sería incontestable.

Si es así, que no lo es, el gran interrogante radica en saber por qué el invicto Hitler se embarcó en una campaña que tenía perdida de antemano complicándose de paso una guerra que le iba viento en popa. La explicación más habitual a algo, aparentemente, tan irracional es incidir en la locura del Führer que, borracho de triunfo tras aplastar a Francia, se sintió llamado por la historia a liquidar de un plumazo el imperio bolchevique que estaba poblado, además, por eslavos inferiores llamados únicamente a servir al nuevo amo ario. Para ello ignoró los consejos de sus generales y se dejó llevar por un optimismo enfermizo, sobreestimando sus propias fuerzas e infravalorando las del adversario.

Lo cierto es que Hitler no pensó en ningún momento que la invasión de Rusia iba a complicarle la guerra sino a hacérsela mucho más llevadera. Estaba convencido –él y todo su Estado Mayor– que, más tarde o más temprano se terminaría formando una entente, parecida a la de la Primera Guerra Mundial, formada por los Estados Unidos, Rusia e Inglaterra. Si, anticipándose, eliminaba a uno de sus futuros enemigos, la tentativa quedaría conjurada para siempre. El problema, su problema, es que sólo estaba en guerra con uno de ellos, con el Reino Unido. Con Estados Unidos existía una relación tensa pero pacifica, y a la Rusia de Stalin le unía un pacto de no agresión gracias al cual había invadido Polonia a placer.

Lo lógico, visto desde hoy, es que hubiera intensificado su ofensiva contra Inglaterra, pero Alemania no estaba preparada para mantener los ataques aéreos, y mucho menos para efectuar un desembarco en las costas británicas. La Inglaterra de 1940 era una potencia mundial, mucho más poderosa que Rusia y dotada de una Armada realmente temible. Las islas británicas, por añadidura, carecían de valor estratégico para los nazis. Era un archipiélago periférico y aislado que, debidamente controlado, poco o nada podía hacer por interponerse en los planes de Hitler.

Rusia, por el contrario, se antojaba en Berlín como un desastre sin paliativos en lo militar. La derrota del Ejército Rojo en Finlandia durante el invierno de 1939 frente a un puñado de guerrilleros emboscados en la taiga venía a demostrarlo. Stalin había decapitado a la cúpula militar en las purgas de 1937-38 y el armamento con el que contaba el Ejército Rojo era bastante peor que el del alemán. Por último, las llanuras rusas eran el campo de batalla ideal para la táctica preferida de los estrategas del Reich: la blitzkrieg, un tipo de ataque novedoso, rápido, letal e imposible de frenar.

A diferencia de Inglaterra, Rusia sí era estratégico, y mucho. A espaldas del Reich todo era Unión Soviética, miles de kilómetros de frontera virtualmente indefendibles. Prácticamente todo el petróleo que Alemania consumía procedía de los yacimientos del Mar Caspio. Esto, junto a la industria pesada y, sobre todo, el feraz campo ucraniano, podían poner en jaque mate a la máquina bélica alemana si Stalin decidía aliarse con Inglaterra.

En el Berlín de 1940 se pensaba, naturalmente, que los eslavos eran seres inferiores pero, por encima de la ideología, los generales de Hitler estaban persuadidos de que, amén de lo anterior, los pueblos que convivían de mala manera en el seno soviético estaban muy desmotivados tras 20 años de miseria y hambrunas. Esto llevaría a bielorrusos, ucranianos o lituanos a recibir a los invasores como liberadores o, en el peor de los casos, a no ofrecer resistencia.

Vistas así las cosas, que es como estaban entonces, lo más oportuno era entrar en Rusia cuanto antes y quitarse el problema de en medio. Hitler, efectivamente, era un peligroso desequilibrado mental, pero no planificó la campaña de Rusia bajo el influjo de la locura. Midió bien sus pasos y estaba convencido de que iba a ganar.

En junio de 1941 dio comienzo la Operación Barbarroja. El generalato nazi, que se las prometía tan felices, se dio de bruces con la realidad y la guerra mundial inauguró su teatro de operaciones más mortífero e inhumano. Un ejemplo perfecto de cómo en la guerra no hay nada seguro y como una decisión equivocada, sólo una, puede llevar a colapso definitivo.

Nueva York y nosotros

Cinco años después, Nueva York resiste. Al llegar a la zona cerodel 11-S, la preocupación y el dolor se reflejan mayoritariamente en los rostros de los visitantes que contemplan el homenaje ofrecido por la ciudad a sus mártires en el día del crimen. Entre las grúas y los forjados de la reconstrucción, la cruz allí clavada testimonia el holocausto. Las imágenes que tapizan el vallado que rodea el foso del World Trade Center son muy poderosas: el sollozo de una compasiva mujer musulmana, la viril lágrima de un policía ante el desastre, el arrojo de los primeros ciudadanos que acudieron al suceso imantados por la pasión, la razón y los colores de su bandera.

Allí mismo, cruzando la calle, la tierna capilla de San Pablo acoge amorosamente miles de mensajes de agradecimiento dedicados a los que dieron su vida en las difíciles horas del rescate. La capilla es un pequeño respiro, un energizante que permite volver a confiar en los demás. La profunda herida está ahí, bien visible, pero lacapital del mundocuida su desgarro sin desesperanza, con suprema dignidad.

Nueva York aguanta, sigue respirando. Este verano, los musicales en Times Square rebosaron de público. El veterano Sonny Rollins hizo vibrar el Lincoln Center con su jazz magistral. Bodies, la exposición dedicada al cuerpo humano en Fulton Street, es un éxito definitivo por su imaginación y sabiduría. La Neue Galerie cautivó a los aficionados a la pintura con la obra de Gustav Klimt. MOMA y Metropolitan repletos, como siempre. Central Park, esplendor en la hierba. En definitiva, la big apple está lista para comérsela.

Y lo más importante, la suprema dignidad de la gente: el merecido regreso a casa de los trabajadores tras una dura jornada, bajo el plácido atardecer de la bahía, en el ferry que lleva a Staten Island; las distinguidas damas que moran alrededor de la "milla de los museos" y los esforzados camareros de origen hispano que preparan el desayuno de la urbe. Todos ellos perseveran, caben, se necesitan mutuamente allí.

Esta representación de vida en libertad, plena de empatía y deseos –además de errores y frustraciones- quieren aniquilarla los que no pueden soportar que su civilización permanezca al pairo del progreso humano generalizado. En opinión de Thomas Friedman (recomendable su último libro "La Tierra es plana"), no resisten incluso que China e India les superen económica y socialmente; lo consideran una grave ofensa hacia los elegidos que dominarán el mundo según revelación divina. De ahí el designio de venganza. Arrasar el globo antes de que sus súbditos tengan la oportunidad de admirar a los infieles y descubran la impostura. Oriana Fallaci, antes del fin de sus días, desveló para los europeos este horrible asunto. Oriana contaba el Apocalipsis en Florencia, en Nueva York, en Madrid. Exagerando o no, Oriana aspiraba a la veracidad. Los profetas de calamidades desconsuelan, sí, pero quizá descubren que el siguiente paso corresponde a cualquiera de nosotros para que la vida buena, imperfecta y fértil que conocemos continúe.