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Etiqueta: Seguridad y Defensa

Once de septiembre

Cinco años, y todos tenemos la sensación vivir un cambio histórico. Hemos despertado de un sueño que comenzó con el derrumbe histórico del socialismo y que dibujaba una humanidad entrelazada por el comercio, liberada de promesas totalitarias y del enfrentamiento de bloques. Resulta que las culturas tienen consecuencias, y que el Islam, con sus enseñanzas de expansión y subyugación del infiel por medio de la violencia, da en sus líderes más conscientes y más pulcros en sus convicciones islámicas a auténticos criminales. En 1998 Ben Laden lanzó su "Declaración de un Frente Islámico para la Yihad contra los judíos y los cruzados", compartida por muchos otros con distintos términos. Tres años después llevó la declaración a su mayor éxito.

Estados Unidos, que todavía no está aquejado como la enferma Europa, de la corrupción de su orgullo, ha respondido. Ha lanzado dos guerras, una en Afganistán, otra en Irak. Su éxito ha sido no más que relativo, al menos en esta última, pese a haber derrocado al dictador. No ha logrado una paz duradera, mantenida por los propios iraquíes.

Si por algo merece la pena luchar es por la libertad; ninguna causa como esa. Y el terrorismo tiene en la que aún mantenemos su fuente permanente de odio: su causa, que es también la nuestra. El problema está en que el Estado no conoce libertad que no desee invadir, y la lucha contra un enemigo externo es el argumento más inmediato y más convincente para satisfacerse. En Estados Unidos, en Gran Bretaña, en otros países, hemos visto cómo se introducen medidas represoras, controladoras, fiscalizadoras de los ciudadanos. Quizá no demasiado importantes, pero siempre yendo un paso más allá, para jamás rectificar. Porque, como el terrorismo es un enemigo permanente, la excusa también lo es. Hace cinco años aceptamos una guerra que no conocerá fin hasta que el Islam no abandone el medievo como ideal y acepte en su abrumadora mayoría la limitación de sus creencias por las necesidades de una sociedad abierta y libre. Y necesitarán siglos.

Pero mientras no podemos responder permitiendo que nuestros políticos actúen como si fueran agentes del terrorismo, limitando nuestras libertades en nombre de ellas mismas. ¿Por qué no confiar en el poder y la capacidad de adaptación y respuesta de la sociedad sin tutelas?

¡Al suelo, que viene la ONU!

Si por algo se ha distinguido la ONU desde su creación, ha sido por su condescendencia hacia las tiranías y su escrupulosa censura de las democracias liberales más acosadas por ellas. Desde 1948, una cuarta parte de sus resoluciones han ido destinadas a sancionar, advertir, castigar y condenar enérgicamente al estado de Israel. Por el contrario, hasta la fecha tan sólo cuatro estados árabes han merecido la reprimenda onusina. Viva la equidistancia.

Pero en el caso de las guerras entre el Líbano e Israel, la muchachada de Annan ha superado todas las plusmarcas en materia de indecencia. Ahora que el Padre Koffi nos lleva de excursión por aquellas tierras, bueno será recordar los principales hitos de la ONU en el sempiterno conflicto libanés.

Las tropas de interposición de la ONU entre el Líbano e Israel (UNIFIL) han estado operando en la frontera durante 28 años. En todo este tiempo, los cascos azules no han interceptado ni una sola de las infiltraciones de Hezbolá en suelo israelí para cometer atentados. En el año 2000, las cámaras de vigilancia dispuestas por las tropas onusinas grabaron el secuestro de tres soldados israelíes por parte de terroristas de Hezbolá ante las narices de la UNIFIL, sin que ninguno de sus soldados moviera un sólo dedo. Para mayor ultraje, los terroristas llevaban uniformes de la UNIFIL, que no es algo que se venda normalmente en las tiendas de Beirut. Cuando Israel descubrió que el secuestro había sido grabado por sus cámaras, solicitó a la ONU la entrega de las cintas con el fin de identificar a los culpables. Koffi, desde su altura moral, se negó en redondo a entregar las grabaciones hasta que fue obligado por una resolución casi unánime del Congreso de los Estados Unidos de Norteamérica, que vinculaba la colaboración de la ONU en la investigación al mantenimiento del apoyo financiero norteamericano. Finalmente, Koffi accedió a la entrega de las cintas (la pela es la pela, especialmente en la ONU), no sin antes manipular las imágenes para que no fueran reconocidos los rostros de los culpables. En 29 de enero de 2004, los terroristas de Hezbolá devolvieron a Israel los cuerpos de los tres soldados asesinados. Misión cumplida.

Como es conocido, el pasado mes de julio terroristas de Hamás y de Hezbolá se infiltraron en territorio israelí, asesinando a varios soldados y secuestrando a un joven cabo y otros dos militares. En respuesta a la agresión, el ejército israelí desató una operación militar en la franja de Gaza y el Líbano. Como siempre, la izquierda internacional desató su habitual campaña contra Israel por su escasa capacidad de diálogo con los "milicianos" árabes. La ONU, para no ser menos, exigió también el cese de las operaciones militares. A juicio de Koffi Anan, las exigencias de la resolución 1701 son garantía suficiente de que Israel no será de nuevo atacado desde el Líbano. La mencionada resolución establece la prohibición de que el Líbano compre armas y munición a ningún país extranjero sin la aprobación de su gobierno. Al parecer, al bueno de Koffi le ha pasado desapercibido el hecho de que Hezbolá forma parte del gobierno democrático del Líbano, por lo que difícilmente va a negarse a sí mismo ninguna autorización.

Pero vayamos al meollo de la cuestión ¿Qué dice la doctrina de la ONU en materia de secuestros? Para conocerlo no hay más que leer con atención el documento "Convención Internacional contra la toma de rehenes" fechado en 1979, que reza: "Cualquier persona que rapte o detenga, y amenace con matar, herir o seguir reteniendo a otras personas con el fin de coaccionar a una tercera parte, a saber, un Estado, una organización internacional intergubernamental, una persona natural o jurídica o un grupo de personas, para que actúe o se inhiba de actuar como condición explícita o implícita para la liberación del rehén, incurre en la ofensa de toma de rehenes según la definición de esta Convención".En el caso de que el secuestro se produjera por parte de una organización de un país extranjero, "el Estado soberano del territorio del cual fue tomado el rehén tomará cuantas medidas considere oportunas con el fin de mitigar la situación del rehén, y en concreto asegurar su liberación, y tras su liberación, facilitar, cuando sea relevante, su partida". Se les escapó añadir "…salvo que los rehenes sean judíos, en cuyo caso el estado soberano del cual fue tomado el rehén deberá limitarse a aceptar la agresión sin más".

Y mientras tanto, el Partido Popular sigue prisionero de su complejo hegeliano. Al parecer, el razonamiento de los cerebros del partido ha sido el siguiente: 1.- Grupos terroristas secuestran y asesinan a varios soldados de Israel. 2.- La izquierda española se pone inmediatamente de parte de los agresores. Posición del PP: Darle todos los votos al PSOE para que contribuya a la inmoral equidistancia patrocinada por la ONU. Es decir, tesis, antítesis y síntesis. Hegel en estado puro. Y todo para que la Historia evolucione a través de esta curiosa dialéctica.

Lo que no parece entrar en la cabeza de los dirigentes populares, es que cuanto más "evoluciona" la política, más se aparta de los principios que supuestamente a ellos les toca defender. Si es que remotamente creen que les corresponde defender alguno, que esa es otra.

Chupa Chups como bien estratégico

Según la trasnochada teoría promovida por los adictos a las regulaciones estatales, la compra de una empresa por otra puede incurrir en un pecado de maliciosa concentración empresarial y, faltaría más, tiene que ser autorizada. Eso sí, la concentración nunca es perjudicial cuando se lleva a cabo por el Estado en variopintos sectores que van desde el bancario hasta el de la seguridad, pasando por el de envío de cartas.

El hecho de que en otros países o en la ultra-intervencionista Comisión Europea la misma compra no precise de ningún permiso da una idea de lo caprichosas que son estas normativas y lo confuso que son los conceptos que usan. Acuerdos similares al de Chupa Chups chocan de manera continua contra una pared de ladrillos teóricos unidos por una amalgama de arrogancia política. Por fortuna, en este caso a nadie le ha dado por decir que los Chupa Chups son un bien cultural nacional protegido que no puede quedar en manos extranjeras, que son un producto estratégico para la economía española o que son importantes para la seguridad nacional. Después de todo, ¿quién dice que los extranjeros no van a usar su control de los ricos caramelos para envenenar a nuestras futuras generaciones de soldados y contribuyentes?

En realidad, los acuerdos libres entre ciudadanos o empresas privadas que son prohibidos con excusas igual de ridículas por los distintos tentáculos estatales de control empresarial son el pan nuestro de cada día. El caso del gobierno español tratando de evitar la archifamosa OPA de E.On sobre Endesa a través de la Comisión Nacional de la Energía y del Tribunal de Defensa de la Competencia, el del gobierno francés prohibiendo la compra de una empresa de yogures por parte de (¿lo adivinan?) extranjeros, o el reciente veto del gobierno italiano a la compra de una empresa de autopistas nacional por una española sólo son algunos ejemplos llamativos del arbitrario pero regular ataque del estado contra la libre competencia.

Sin duda, los dueños de Chupa Chups y de Perfetti estarán celebrándolo con cava y prosecco. Pueden considerarse afortunados. Sus derechos no han sido saboteados por los guardianes de la incompetencia. Para que todas las demás personas físicas y jurídicas corran la misma suerte en el futuro, urge desmontar el entramado de tribunales y órganos estatales que desautorizan según les conviene los intercambios y acuerdos libres que tratan de emular, rivalizar y, en definitiva, competir de verdad en el mercado.

Victimas apaleadas

No descubriré la pólvora si digo que nuestro sistema judicial se ha convertido en una farsa en la que la restitución de la víctima brilla por su ausencia y dónde ingentes recursos se dilapidan en lograr que los delincuentes salgan cuanto antes de la cárcel, sean felices a lo largo de su estancia o en que ni siquiera lleguen a entrar. Sin embargo, contar casos en los que el sistema trata a la víctima como criminal y encima le obliga a indemnizar al agresor muestra el grado de perversidad al que se ha llegado con el abandono de la justicia a secas y el abrazo a la justicia social.

El pasado mes de julio se produjo la encarcelación de un honrado ciudadano cuyo delito fue tratar de defenderse de un agresor. Es el último episodio de una historia en la que Luis (de 63 años) y su familia han tenido la oportunidad de conocer en profundidad las entrañas de la bestia: el sistema judicial del estado. Todo comenzó en 1998 cuando nuestro infortunado protagonista descubrió que alguien entraba en su finca, le robaba y destrozaba la cosecha. El suceso se repitió en varias ocasiones y Luis, pensando ingenuamente que la misión de la policía es proteger nuestra propiedad y nuestra vida frente a los agresores, acudió a denunciar los hechos a comisaría. Así una y otra vez sin obtener ayuda o respuesta alguna. En vista del absoluto desamparo, la víctima decidió vigilar él mismo y proteger su propiedad con una escopeta de perdigones. El primer día de septiembre de 1998 un hombre de unos 30 años de edad trató de invadir su propiedad a través de un hueco en la pared de su invernadero y salió con un perdigón en el hombro.

Llegados a este punto, el lector pensará que a esta historia sólo le queda la detención del agresor, la imposición de una pena que restituya a Luis y el punto final. Quizás, en algún extraño país las peripecias de Luis podrían prolongarse incluso un poco más con la concesión de alguna condecoración a nuestro protagonista por haber colaborado de manera decisiva en la detención de un criminal que ponía en riesgo la propiedad de los vecinos de la zona. Nada más alejado de lo que ha sucedido desde entonces.

Aquel exitoso acto de defensa propia fue el comienzo de una pesadilla urdida por el monopolio del uso de la fuerza y la justicia. El primer paso lo dio la policía. Pero no precisamente metiendo al invasor en el calabozo sino denunciando y deteniendo a Luis, la víctima que había decidido solventar la incompetencia policial con su propio esfuerzo. A Luis le debió resultar difícil de entender que la agencia monopólica que sufraga coactivamente a precios abusivos decidiera arrestarle por solucionar su problema de inseguridad por su cuenta. Después vino la sentencia del juez de turno: culpable de homicidio en grado de tentativa. Es el mundo al revés. Condenan a la víctima a pagar 30.000 euros al agresor; bonita forma de entender la justicia.

Para saldar su deuda con la sociedad (quien sabe si por haber reducido la productividad de un ladrón o por haber dejado en evidencia a los incompetentes fuerzas del (des)orden público), ha sido penalizado con 4 años de prisión. Una razonable forma de entender este injusto despropósito es que el aparato estatal trata de imponer un escarmiento que sirva de ejemplo a todo el que se crea en el derecho de defender su propiedad o su vida. Las imágenes de la familia de Luis, un hombre de 63 años, llorando el encarcelamiento de su ser querido es un fenomenal desincentivo a la hora de mover un dedo para evitar que te quiten lo que es tuyo. La visión de una familia que está perdiendo su hogar de toda una vida porque la persona productiva de la familia se encuentra en la cárcel y no puede contribuir al pago de la hipoteca que hicieron para pagar al agresor, tampoco debe ser una imagen que estimule las ganas de protegerte.

Esta infame historia ha tenido lugar en Gran Canaria, pero podría haber sucedido en cualquier otro punto de cualquier estado moderno. Es el resultado lógico del monopolio del uso legitimado de la violencia y de la justicia a cargo del aparato estatal. A Minerva no sólo le han quitado la venda de los ojos sino que le han encargado que detenga cualquier atisbo de individualismo que ponga en peligro el estado y la justicia social.

No a la guerra

Muchos padecen lo que podríamos denominar síndrome de Jekyll y Hyde en lo que respecta a la intervención del Estado dentro y fuera de sus fronteras: son radicalmente anti-estatistas en política doméstica, pero en cuestiones de política exterior se vuelven fervientemente pro-estatistas, clamando por la intervención del Estado con el mismo énfasis con el que antes la criticaban. Lo sorprendente es que no entrevean lo contradictorio de sostener ambos planteamientos simultáneamente.

En política interior resulta que el Estado es el enemigo. Hay que limitarlo, reducirlo o desmantelarlo, nos impone injustas restricciones, confisca nuestras propiedades y es inherentemente incapaz de gestionar de forma eficiente los recursos que incauta. Sospechamos de sus intenciones, no damos crédito a sus promesas y sabemos distinguir entre el Estado y la sociedad civil. Pero en política exterior los enemigos están en otra parte, por doquier, y es el Estado nuestro principal aliado. Ya no hay que limitarlo o reducirlo, sino expandirlo. Tiene que intervenir aquí y allí para promover la democracia, lanzar ataques preventivos para sofocar posibles amenazas, reconstruir naciones enteras y poseer bases militares en todas las regiones del mundo. Lejos de sospechar de sus intenciones creemos sinceramente que aspira a protegernos. No desconfiamos de sus declaraciones ni de sus promesas, antes al contrario, arremetemos contra aquellos que las ponen en duda. El Estado y la sociedad pasan a ser una misma entidad, no es el gobierno el que está en guerra sino "nosotros", el país entero, y no luchamos contra un gobierno foráneo sino contra la "nación enemiga". De pronto el Estado se vuelve también eficiente, no puede planificar exitosamente el sector eléctrico pero sí puede planificar guerras y reconstrucciones nacionales. Tan virtuosa deviene la causa del intervencionismo militar que debemos estar dispuestos incluso a soportar "temporalmente" más impuestos y a sacrificar parte de nuestras libertades civiles. De este modo el mayor y más violento de los programas estatales ya no se considera una imposición con efectos no intencionados y potencialmente devastadores, sino una actuación necesaria y justa en aras del interés general. ¿Es éste un planteamiento coherente? Por supuesto, como señala Lew Rockwell, esta paradoja no es exclusiva de "la derecha". "La izquierda" peca exactamente de lo mismo, aunque en sentido inverso: en política exterior el Estado es una máquina brutal al servicio de intereses especiales que sólo conoce la destrucción y la injusticia, pero en política interior el Estado se preocupa por la gente, contribuye al bienestar colectivo y si no es más justo es por falta de fondos y atribuciones insuficientes.

Al Estado hay que juzgarlo con la misma severidad con la que juzgaríamos a un individuo cualquiera. Si el ejército bombardea un objetivo equivocado por accidente matando a decenas de civiles no puede valernos una simple disculpa, del mismo modo que no aceptaríamos una simple disculpa de un individuo que accidentalmente hubiera disparado su bazuca contra un autobús lleno de gente mientras practicaba en el patio de su casa. La doble vara de medir que se emplea para juzgar las agresiones de los Estados, y en particular de los Estados en guerra, es el resultado de lanzar los principios liberales por la borda y acogerse a la máxima de que el fin justifica los medios.

Naturalmente uno tiene derecho a utilizar la fuerza para defenderse y exigir restitución, pero una agresión no legitima en absoluto cualquier tipo de respuesta. El uso de la fuerza será legítimo en tanto sea defensivo / restitutivo y se dirija contra el agresor. En caso de que el agresor se halle parapetado entre civiles, el derecho a la auto-defensa podría justificar en determinadas circunstancias la muerte de individuos inocentes, pero eso no convierte en aceptables todos los "daños colaterales". Tomando la analogía de Rockerick Long, supongamos que Eric, con un niño a cuestas, nos empieza a disparar, y que no podemos defendernos sin matar al niño. En este contexto podríamos considerar que aún tenemos derecho a defendernos, pero la legitimidad de la represalia parece depender de cuatro factores: primero, el alcance relativamente pequeño de los daños colaterales (sólo un niño); segundo, la alta probabilidad de que disparando a Eric le detendremos; tercero, el hecho de que Eric es una parte importante de la amenaza (en este caso él es toda la amenaza); y cuarto, la ausencia de alternativas que no pongan en peligro la vida del niño. De esta forma, la justificación de los daños colaterales se debilita conforme alteramos alguna de estas variables: si Eric está escudado por miles de niños en lugar de uno, si no estamos seguros de que Eric se encuentra entre los niños, si Eric es simplemente una ínfima pieza del aparato militar y su muerte en concreto apenas contribuirá a poner fin a la amenaza, si hay modos de neutralizar a Eric sin dañar a los niños que le rodean… Cuanto más nos alejamos del escenario inicial menos diferencias encontramos entre el daño colateral y el ataque directo contra objetivos civiles. En las guerras modernas, ¿la mayoría de los daños colaterales son como el ejemplo de Eric?

Por otro lado, las guerras se financian mediante impuestos, esto es, mano de obra esclava: el Estado obliga a todos los ciudadanos a trabajar al servicio de la maquinaria bélica, lo quieran o no. De este modo los que toman la decisión de ir a la guerra no son los mismos que soportan sus costes, lo cual es un incentivo para emprender guerras. Si quienes deciden tuvieran que pagar la factura a lo mejor serían menos propensos al aventurismo militar. Además, ¿en base a qué se supone que quienes toman estas decisiones ansían proteger a los ciudadanos? ¿Es eso cierto en los demás ámbitos? ¿Por qué no presumir que en este caso, como en el resto, lo que a menudo intentan proteger son sus propios intereses y los de otros grupos de presión?

Asimismo, ¿de dónde se sigue que el Estado será eficiente protegiendo a sus ciudadanos de amenazas externas? ¿Es incapaz de proveer una educación de calidad y ahora resulta que puede liberar países y exportar la democracia allí donde se lo proponga? Estamos hablando de planificaciones centrales a gran escala, lo cual comporta despilfarro ingente de recursos y multitud de consecuencias imprevistas. No en vano Noriega, Husein y Bin Laden fueron en su día patrocinados por el gobierno de Estados Unidos y luego pasaron a ser sus enemigos. "Es fácil decirlo cuando ya ha sucedido, pero en su momento era imposible predecirlo", objetarán algunos. ¿Pero acaso no es ésta una buena razón para no intervenir en primer lugar? Como apunta David Friedman, el problema con las intervenciones militares es que hacerlo mal es mucho peor que no hacer nada, y puesto que los encargados de tomar decisiones son los mismos que gestionan Correos, es probable que lo hagan mal.

No hay que olvidar tampoco que el Estado del Bienestar crece a la sombra del Estado imperialista, erosionando libertades civiles en el interior del país y aprobando restricciones que jamás serán derogadas. La guerra aparta las miradas de los problemas nacionales y es una buena excusa para vigorizar el aparato estatal.

El liberalismo no casa bien con el intervencionismo militar. El Estado es despótico e ineficiente en todos los campos, también en el campo de batalla. Por este motivo en un contexto estatista lo más prudente y acorde con los principios liberales es reivindicar una política exterior no-intervencionista, aislacionista, estrictamente defensiva y en todo caso encaminada a eliminar quirúrgicamente a los agresores.

Sueños de exterminio

Más recientemente, los esfuerzos de Hezbolá han tenido más éxito, y han logrado robar la libertad a dos militares del odiado país vecino, matando de paso a otros. Como es un acto terrorista, cuenta con la comprensión, el cariño, el apoyo de nuestra progresía, que entiende que contra Israel todo vale.

Naciones Unidas, ejemplo y cobijo de todas las indignidades, obligaba al Gobierno del Líbano en la prescindible resolución 1559 a desarmar a Hezbolá y quitarle el control sobre la frontera con Israel. No sólo no lo ha hecho, sino que el grupo terrorista controla directa o indirectamente 35 escaños en el Parlamento y ocupa los ministerios de Energía, Exteriores y Trabajo. Siguiendo los medios de comunicación, parecería que las incursiones del brazo terrorista del gobierno del Líbano tiene todo el derecho a hacer incursiones agresoras en Israel, pero que este país no tiene derecho a defenderse. Dicen sin descanso que la respuesta es "desproporcionada", pero lo creen así porque es eficaz. La única proporción que consienten es la que deje inmunes los ataques contra Israel.

Varios corresponsales satisfacen su odio a Israel mirando a la cámara y echando cuentas del número de civiles muertos por misiles de ese país; pero las gentes de bien no deberían pasar por alto que son quienes forman la faceta "militar" del antisemitismo, como Hezbolá o Hamás, los que buscan la extinción física de un pueblo entero, el israelí. Ni que son ellos quienes se escudan en su propio pueblo, cuyas muertes les sirven, con el apoyo de gran parte de la prensa mundial (no digamos la española), de nuevo argumento contra el "Estado sionista". Los llamados escudos humanos son para los terroristas nuevas armas contra Israel y, para los antisemitas de toda laya, nuevas anotaciones en su despreciable argumentario. Todo vale. Siempre habrá miserables que les sigan el juego; no hay más que ver la televisión o leer ciertos periódicos.

Ni rendición, ni alto el fuego, ni pseudo corredores de seguridad. Lo único que debe hacer Israel es acabar con la capacidad armamentística y militar de los terroristas y, en la medida de lo posible y aconsejable, de quienes les apoyan. Hezbolá controla en el sur del Líbano, según informes israelíes, unos 12.000 misiles Katyusha. Contra quienes tienen un odio sin compromisos hacia Israel, lo único que cabe es privarle de los medios para que cumplan sus sueños de exterminio

Los señores de la caca

El problema surge cuando un ramillete de progres inmaduros (valga la redundancia) se encarama al poder de una nación occidental, pues entonces las consecuencias de sus actos las pagan todos los ciudadanos, incluidos quienes experimentamos una repugnancia espontánea hacia esa patología.

La manifestación de este pasado jueves, convocada por PSOE, IU, sus sindicatos pantalla y una gavilla de organizaciones subvencionadas, coloca nuevamente a la izquierda ante sus contradicciones más flagrantes. Señores que no soportan a un cura católico, defendiendo al "Partido de Dios" formado por fanáticos islamistas, pacifistas jaleando a grupos terroristas y feministas radicales entusiasmadas con una subcultura que niega a la mujer sus derechos; todo ello aliñado con la foto inolvidable del presidente más insolvente de la Historia de España, luciendo simbología panarabista como un vulgar mozalbete camino del "insti".

La participación de renombrados activistas homosexuales en la algarada, entra ya de lleno en el terreno de la psicopatología. Los referentes morales que les despiertan más simpatía son el castrismo y el integrismo islámico. El primero encarcela a los gays para "reeducarlos", el segundo los ahorca para redimirlos. Aunque sólo fuera por mero instinto de supervivencia, deberían, cuando menos, mantenerse al margen en este tipo de cuestiones, pero les gusta más participar en estos festivales progres que un pantalón de cuero negro sin culera. En fin, dicen que palos con gusto no duelen, así que ellos verán.

Conocedora de la densidad neuronal de sus bases, la izquierda reduce sus análisis a una o dos ideas-fuerza fáciles de asimilar. Israel, según han dictaminado nuestros referentes intelectuales, es un estado eminentemente genocida. La comparación del pueblo israelí con los nazis, en pancartas de la manifestación, no tiene otro objetivo. Ni una palabra de la agresión previa de grupos terroristas islámicos, financiados por Siria e Irán, tanto por el sur (Hamas) como por el norte (Hezbolá), con asesinatos, secuestros de soldados y lanzamiento de misiles contra las ciudades israelíes más próximas desde fuera de las fronteras internacionales que dividen el territorio. El Líbano, recordemos también, era la Suiza de Oriente Próximo hasta que la dictadura siria de los Assad y los terroristas de Arafat decidieron arrasar el país para convertirlo en una cómoda plataforma de ataque a Israel. Las matanzas de cristianos libaneses fueron constantes durante más de una década, sin que la izquierda levantara la voz. Tan sólo cuando las falanges cristianas se vengaron del asesinato de su líder, Bashir Gemayel, en los campos de refugiados de Sabra y Chatila, se desató la histeria colectiva del progresismo universal… ¡para acusar a los judíos!

Los ciudadanos israelíes saben que son meticulosamente odiados por los progres occidentales, que prefieren defender a dictaduras teocráticas antes que a un estado democrático. Lo bueno del pueblo judío es que no renuncia a luchar por su supervivencia, aún a riesgo de enfadar a todos los zerolos del mundo. En su alocución al país de hace unos días, el presidente israelí dejó bien clara su determinación de acabar con el terrorismo que amenaza a sus ciudadanos: "Rastrearemos todas las áreas, atacaremos a todo terrorista que colabora en golpear a los ciudadanos de Israel y destruiremos sus bases terroristas en cualquier lugar. Seguiremos hasta que Hezbollah y Hamas se comporten, básica y decentemente, como se exige a cualquier ser humano y educado. Israel no aceptará vivir bajo la amenaza de cohetes y misiles contra su población". ¿Y a mí que me gustaría escuchar al presidente de mi país decir algo parecido respecto al terrorismo doméstico?

Sobre agresores, agredidos y embusteros

Estamos asistiendo en estos días a una entrega más de la tragedia en no sé ya ni cuantos actos de la guerra en Oriente Medio. Una guerra que, efectivamente, no tiene fin, fluctúa sin cesar y mantiene al mundo en vilo y a la región sumida en la miseria y la tiranía. Pero, ¿por qué dura tanto el conflicto? ¿Dónde está el origen? ¿Por qué nunca termina y se reactiva una y otra vez?

En Occidente, especialmente en esa parte de Occidente impregnada de lo francés, esto es, lo muniqués, despachamos el asunto con una simplicidad asombrosa: Oriente Medio está guerra porque un estado agresor y artificial quiere adueñarse de todo lo que le rodea. Un estado que, para colmo, es la sucursal asiática de los Estados Unidos y que, por si eso fuera poco, practica el occidentalismo más aberrante con la democracia y la libertad de mercado como bandera. Ese estado, naturalmente, es Israel. Así de sencillo. Si se desea la paz hay que frenar a ese país o, poniéndose tremendo, hacer que desaparezca. Esto último, lógicamente, no se dice ni en las cancillerías ni en las redacciones europeas, pero se piensa y se pide fuera de los focos de lo políticamente correcto.

Algo tan simple como esto es lo que acarrean en sus conciencias la mayor parte de europeos y la práctica totalidad de periodistas del continente, que dedican lo mejor de su profesión a señalar minuciosamente el nombre de agresores y agredidos. El problema principal de lo simple es que, con cierta frecuencia, suele ser falso. No voy a detenerme a explicar porque, en Oriente Medio, los israelitas son los agredidos y sus vecinos árabes los agresores. No lo voy a hacer porque es algo que salta a la vista y tiene cumplida respuesta haciéndose dos sencillas preguntas: ¿Quién atacó a quién en 1948, 1967 y 1973? ¿Quién siembra el terror y las ciudades israelíes de muertos desde la última fecha?

Prefiero centrarme en el mecanismo del embuste, el que practica con deleite nuestra prensa. En lugar de recibir (o recoger) la información y transmitirla, se decanta por trufarla de ideología hasta la náusea. En este conflicto existen buenos y malos cuyo rol en la historia está predeterminado de antemano. Así, cualquier cosa que haga Israel está mal hecha, y, en el extremo opuesto, haga lo que hagan los palestinos está bien o, como mínimo, es perfectamente explicable. Estas son las reglas. La vida de un niño israelí no es que no valga nada, es que los medios occidentales ni dan la noticia en la que un francotirador palestino vuela la tapa de los sesos a un crío de un asentamiento. Algo así les estropearía la historia y pondría en un aprieto sus roles preestablecidos. Lo peor de todo es la que vida de un niño israelí vale mucho, tanto como la de un niño palestino.

Algo semejante sucede con la televisión. Intoxicada hasta el tuétano por los maestros inmortalizados en Pallywood, un documental que muchos periodistas "escandalizados" con el conflicto deberían ver sin más demora. Lo que aparece en pantalla no es necesariamente lo que sucede, sino lo que a la internacional del embuste le interesa que suceda. Si es preciso adulterar la realidad se adultera, si lo es inventársela, se inventa. Todo sea por que la película siga corriendo y lo actores no se muevan ni un milímetro del papel que les han adjudicado.

Con la razón en su contra y los medios a su favor, los terroristas palestinos y sus contrapartidas árabes pueden seguir cabalgando en el terror y el desafuero durante los años que hagan falta. Siempre encontrarán una mano amiga que se desviva por ellos y exponga ante la audiencia las "buenas" razones por las que mueren y, en voz baja, por las que matan.

¡Traición!

El New York Times ha dado a conocer parte de los planes del Gobierno de los Estados Unidos en su lucha contra el terrorismo islámico. La Administración federal seguía los pasos del dinero, la savia que junto con el odio sin límites a lo occidental alimenta las organizaciones terroristas y sus actividades criminales. Tenemos que acabar con ellos, ¿no? Y tiene que hacerlo el Gobierno, ¿no? Y si para hacerlo tiene que tener control sobre las claves internacionales de nuestras cuentas, si tiene que intervenir los teléfonos de los periodistas y otros ciudadanos, pues qué le vamos a hacer. Su objetivo es protegernos.

¿No?

Mientras nos entretenemos en pensar si el Estado va a renunciar a cualquier objetivo que pueda obtener con todos los medios que se arroga con la excusa de perseguir al terrorismo, centrémonos en la actitud del New York Times y en la de sus críticos. Los más conservadores han pronunciado en un tono más elevado que otras, la palabra traición. La información del Times desbarata los planes del Gobiernos por invalidar los planes de los terroristas, en su permanente lucha por hacer de este un mundo más seguro. Pero no es la única crítica. Resulta que el Times pretendía haber desvelado un secreto que, pásmense, estaba en boca de todos. Algo así como si dijera en sus páginas que ha desvelado los secretos planes de Bush de hacer permanentes sus rebajas de impuestos. ¿En qué quedamos? ¿Ha desbaratado un preciado secreto oficial o engaña a sus lectores habiendo pretendido hacerlo, ya que se hablaba de ello hasta en las hojas parroquiales?

La reacción conservadora a la información del Times es el típico caso en el que un macrovalor colectivo nubla el pensamiento hasta dejarlo absolutamente inservible, algo que ellos mismos denuncian una y mil veces en la izquierda, y con razón. Ese valor colectivo es la fidelidad al Gobierno por lo que se refiere a nuestra seguridad. Todo lo que se oponga a sus designios, a sus manejos, a sus planes, es traición.

Pero contar la verdad, ¿es traición? Y si lo es, ¿a qué se traiciona? La respuesta no puede ser otra: a algo que no casa con la verdad, que sufre con la convivencia de una sociedad informada y que puede tomar sus decisiones responsablemente y por el contrario se crece con el ocultamiento, la propaganda y la mentira, disfrazada de verdad por profesionales. La acusación de traición a un medio de comunicación por contar lo que ocurre es el reconocimiento de una debilidad, la alianza con vacío informativo y moral.

Cuando se antepone un valor colectivo (en este caso la seguridad nacional y la fidelidad debida al Gobierno en esta materia) a los derechos individuales, como el de obtener información veraz y transmitirla, lo más valioso se pone en peligro. Puesto que estos valores supraindividuales son imposibles de asir, no se refieren ni pueden referirse a situaciones concretas, su ámbito es potencialmente ilimitado y por tanto su capacidad para arrinconar a los derechos de las personas es total.

Pero, entonces, ¿cualquier traición es inocua? ¿Toda fidelidad es innecesaria o incluso mala? Ni mucho menos. La sociedad es un entramado de afectos, dice Arcadi Espada, con profunda verdad. Esos afectos se asientan en unas relaciones de solidaridad, de acuerdos mutuos y convenciones aceptadas que permiten ese milagro de que millones de personas puedan seguir sus propias vidas en relación con el resto. Estas solidaridades interpersonales necesitan de un compromiso personal, y su violación sí es una traición moralmente reprobable. Pero no es el caso del Estado. La relación que mantenemos con él es de obediencia y subordinación. Ninguna exige un compromiso moral.

¿Y a los criminales de verdad?

Veamos un ejemplo de cómo está el panorama judicial. Recientemente fue desarticulada una banda que se caracterizaba por realizar atracos con una violencia excepcional. El jefe de la banda era un suizo apodado "el gorila". Recordarán de los shows televisivos —que aún se empeñan en llamar telediarios— las imágenes del "gorila" golpeando brutalmente a la empleada de una joyería aún cuando ésta yacía en el suelo inconsciente. Pues bien, el criminal en cuestión había sido detenido veinte veces. ¿Qué hacia ese hombre en la calle después de veinte detenciones?

Eso nos lleva a la siguiente reflexión. ¿Por qué no instaurar un Carné Penal por Puntos? En Estados Unidos tienen algo similar, a la tercera detención, por cualquier delito, la pena se endurece drásticamente. ¿Por qué no puntuar los tipos de delitos? ¿Por qué no cuando lleguen a un tope endurecer fuertemente la pena? Y lo que aún es más de sentido común, si han perdido su libertad como delincuentes, ¿por qué no trabajan y así con el dinero que ganen indemnizan a sus víctimas? Ese ha de ser el objetivo de la justicia: indemnizar a la víctima siempre. Alguien que roba más de tres veces es que vive del crimen, encerrarlo un par de meses con sus amigos no arreglará nada. Pero para los políticos, el chico malo siempre es el ciudadano honrado.

El carné por puntos nos convierte en criminales por un descuido, pero a los que viven del asesinato y robo la justicia los mima con prisiones que parecen hoteles, dinero, programas gubernamentales de reinserción… Encima, nos dicen que la culpa de que exista gente como "el gorila" es debido a "la sociedad". Es decir, usted, potencial víctima, ¡es el culpable!

La razón por la que el gobierno se ensaña sistemáticamente contra padres de familia, jóvenes, empresarios, autónomos y gente honrada se debe a una pura intención recaudatoria. Los criminales de verdad son minoría, no tienen dinero y están protegidos por los lobbies izquierdistas. Demasiados problemas. Es más fácil atracar y someter con leyes al ciudadano libre que nunca se queja.

Algunos se han creído que el estado es el bien común, por lo tanto, cuando éste necesita recursos lo único que ha de hacer es crear una psicosis: culparnos del calentamiento global, del aumento de la delincuencia, de los accidentes de tráfico, etc., y al igual que la Inquisición (que era quien recaudaba los impuestos), nos criminaliza y a cobrar. No sólo quiere que nos sintamos culpables, sino desplumarnos. Somos su gallina de los huevos de oro. Y por supuesto, cuando el gobierno vende armas a asesinos en masa, como a Chávez, también lo hace "en beneficio de los pueblos". La clave es el bien común, nacional o similar; y con esta excusa cualquier acción le es permitida sin posibilidad a queja.

Si algo similar al carné por puntos se hubiese aplicado a los criminales de verdad (asesinos, ladrones), todas las organizaciones de "derechos de humanos" lo habrían calificado de trato inhumano, pero al aplicarse al hombre común, bestia negra de los izquierdistas, la medida les ha parecido fabulosa.

¿Y por qué nunca aplicarán un carné por puntos a los delincuentes de verdad? Porque nos gobiernan una panda de sociópatas que sólo ansían nuestro dinero. Los hechos hablan por si mismos.