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Etiqueta: Seguridad y Defensa

Dueños de tu vida

Crees ganar tu sustento libremente. Crees que cada esfuerzo que has hecho en tu vida, ha merecido la pena. Crees que mientras que te ocupes de tus propios asuntos, lo que suceda alrededor de ti, carece de importancia. Piensas que eres feliz y que no hay obstáculos en el camino.

Pero un buen día cuando vuelves de vacaciones, te encuentras con que tu casa ha sido literalmente asolada. La puerta; destrozada. Tu televisión de 32 pulgadas ha desaparecido. Y así sucesivamente con todas y cada una de las cosas que habías ido acumulando. Nunca habías robado a nadie pero ahora te roban a ti. Nunca habías vulnerado la ley pero otros la incumplieron y se salieron con la suya.

Supongo que eso debería pensar el abogado barcelonés de 57 años a quien unos ladrones, tras secuestrarle y robarle, pegaron dos tiros. Hoy puede contarlo porque unos vecinos avisaron a la guardia civil y a los servicios sanitarios.

Es curioso que alguien que ha estado pensando en que lo que sucede en la vida se debe a la causalidad, resulte que ahora se vea compelido a creer en la casualidad. Entonces, comienza a considerar que el hecho de que viva, no ha sido gracias al Estado a quien, por cierto, a cuenta de la Campaña de la Renta debe pagar una buena suma.

En el preciso instante en que se replantea lo que está recibiendo del Gobierno empieza a comprender que ya no es dueño de nada de lo que tiene. Todo lo que ha hecho desde que tiene uso de razón es trabajar y ahora teme por su vida, por sus propiedades y cree que algunos de sus congéneres le pueden agredir o matar en cualquier momento.

Ha dejado de ser un individuo soberano para depender totalmente de la voluntad de otros. Unos, para quitarle el dinero legalmente, so pena de embargarle sus cuentas y propiedades y encarcelarlo de por vida. Otros, para arrebatarle cuanto tiene, sin ninguna explicación.

Como subrayaba el economista Anthony de Jasay, "el Estado (…) tiene todas las armas. Aquellos que lo armaron, desarmándose ellos, están a su merced. La soberanía estatal significa que no hay recurso contra su decisión".

No cabe llamarse a engaño. Las personas carecen de derechos porque si estos dependen para su protección de un organismo que no les defiende sino que claramente delinque por omisión, cuando no expolia al ciudadano sus bienes, detrayéndole mes a mes, como un vampiro chupa la sangre de sus víctimas, parte de su nómina; entonces, estamos ante un orden claramente injusto.

Cuando en una de sus canciones, Sabina, decía, "si lo que quieres es vivir cien años vacúnate contra el azar", casi había resumido la respuesta con que le responderá el Gobierno cuando pregunte por qué no ha hecho nada para protegerle. La culpa, como se imaginará, habrá sido suya. No tomó las precauciones debidas. Y si las hubiera tomado, no habiendo nacido, entonces hubiera evitado el delito.

Esa es la maldita verdad con la que millones de personas se tienen que enfrentar a diario. ¿Qué les podemos decir para tranquilizarlos? ¿Acaso que el Estado les protege? No, rotundamente, no.

Juan de Mariana y la defensa privada

Uno de los aspectos menos conocido del pensamiento del Padre Juan de Mariana es su idea de cómo debe organizarse y financiarse la defensa de la sociedad -y la guerra en general- estrechamente ligada a al estricto respeto de la propiedad privada. Esta posición surge de su comprensión del origen de la sociedad, los incentivos que se dan en las relaciones sociales según sean éstas libres o no, y sus sólidos principios éticos.

Para Mariana, los individuos habrían creado la sociedad debido a la escasez de los recursos y a la inseguridad provocada por los continuos ataques de fieras y de algunas personas contra la vida y propiedad de las otras personas. Ese fue el motivo del surgimiento de las primeras sociedades urbanas y de la potestad real. Dada su concepción del origen de la sociedad, Mariana cree que no por haber adquirido el rey la potestad real pierden los individuos el derecho a defenderse. Todo lo contrario. El derecho a la defensa sigue recayendo en el individuo y es por lo tanto un derecho a la defensa privada. Para él, el rey que tratase de impedir que su pueblo se defienda por sí mismo o esté provisto de armas no es rey, sino tirano. El rey, dice Mariana, “no desarma a los ciudadanos, ni les confisca los caballos, ni consiente que se debiliten en el ocio y la molicie, como hacen los tiranos”.  Por el contrario, el tirano “teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos, y para evitar que éstos preparen su muerte, suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas, no les permite ejercer las artes liberales dignas de los hombres libres para que no robustezcan su cuerpo con ejercicios militares y desmoronar la confianza en sí mismos."

Por otro lado, Mariana cree que el rey, como principal garante de la seguridad y defensa de la sociedad, no debe esperar a que una guerra haya comenzado para prepararla. Antes bien,“debe aprovisionar, mientras esté tranquilo el reino, de armas y municiones y caballos. Y cuando goce de paz, no dejará de pensar en la guerra si quiere vivir seguro.” Sin embargo llama poderosamente la atención que para el jesuita las ventajas de este aprovisionamiento por adelantado no sólo redunda en la mayor discrecionalidad del rey a la hora de comenzar una guerra, sino que además sirve para evitar la costumbre de ordenar nuevos impuestos, siempre perjudiciales e ilegítimos si no cuentan con el consentimiento de los súbditos. Pero si los impuestos son perjudiciales -e incluso inmorales según Mariana-, ¿de dónde debe el rey obtener los recursos que constituyan ese fondo de recursos materiales y humanos para la guerra? Mariana sugiere que el rey debe sufragarlo a partir de sus rentas privadas ordinarias y de las aportaciones voluntarias de los ciudadanos. Llega a decirle al príncipe que la gente le dará recursos de forma voluntaria si el monarca les demuestra ser un buen rey, y usar los recursos para guerras necesarias y razonables. Así pues, el jesuita trató de resolver el problema de cómo organizar la defensa de una manera eficiente y, al mismo tiempo, radicalmente respetuosa con la propiedad privada. Merece la pena reproducir lo que decía el propio Juan de Mariana:

"Un buen rey no necesitará imponer a los pueblos grandes y extraordinarios tributos para atender a contratiempos o guerras inesperadas, sino que obtiene los recursos necesarios con el consentimiento de los propios ciudadanos sin necesidad de fraudes ni amenazas (y ¿qué consentimiento habría si así lo hiciera?). Si es necesario, el rey explicará a su pueblo los peligros que amenazan, los apuros del erario o las circunstancias de la guerra. Un príncipe no debe creerse nunca dueño del Estado ni de sus súbditos por más que los aduladores se lo susurren al oído, sino un gobernante al que los ciudadanos han asignado unos recursos, cuya cuantía no debe nunca aumentar sino por el consentimiento de los mismos pueblos. Y sin embargo así acumulará tesoros y enriquecerá el erario público sin un solo gemido de los súbditos"

El jesuita lleva tan lejos este principio que declara que, ni siquiera para financiar una guerra, puede el rey adulterar la moneda sin el consentimiento de sus vasallos. A fin de cuentas, la inflación –Mariana no usa este término pero describe el concepto- no es más que una forma sutil de quitarle al pueblo lo que es suyo. Y para Juan de Mariana ni el robo ni ninguna otra forma de quebranto del derecho a la propiedad privada pueden ser guías para la financiación de un servicio. Ni siquiera si ese servicio tiene la importancia que tiene la defensa del reino.

Talante leninista

Ese tienen es un claro ejemplo del totalitarismo democrático que inspira la filosofía de esta pandilla instalada en el Palacio de la Moncloa y sus aledaños. Lo que hay que hacer ha de venir determinado por lo que diga el que haya recibido el mayor número de votos. No cabe plantearse siquiera disentir. La discrepancia es vista por este gobierno como un irreverente insulto al poder legitimador de la mayoría. Lo que se puede y lo que se debe hacer pasan a ser una misma cosa: lo que decide hacer el gobierno, el depositario del mayor número de votos. No hay derechos anteriores ni superiores a los que confiere la elección democrática que deban ser respetados por quien detenta el poder político. Es, como dijera Gustave de Molinari a mediados del siglo XIX, la versión más refinada del comunismo.

De ahí ese perverso uso del  todos. La mayoría y quien se pliega a ella sin fisuras forma parte del todo mientras que quien osa diferir queda condenado a la inexistencia, el vacío y la nada más inmensa. El todos indica por lo tanto la penitencia a la que se expone quien tome en vano la decisión quien gobierne el aparato estatal.

Ese millón de personas que se manifestó en Madrid no están dispuestos a ceder sus derechos (especialmente los de las víctimas) para que socialistas y estalinistas se monten su chiringuito político. No están dispuestos a que alguien pague con la vida y el sufrimiento de las víctimas ni con la pérdida de libertad de quienes han sobrevivido al imperio del terror el cese de los asesinatos del nacionalsocialismo etarra. Todos deseamos la paz, pero no todos estamos dispuestos a que el terrorismo del socialismo marxista-leninista se salga con la suya y presente a las víctimas reales y potenciales como moneda de cambio para acercarse a su utopía totalitaria en la que, por cierto, no cabe ni un solo individuo libre.

El reto de Uribe

La marea negra de populismos antiliberales, que tras la victoria de Evo Morales parecía imparable, se ha roto ante la firme voluntad de los colombianos de continuar por el camino marcado por Uribe: decidida lucha moral y policial contra el terrorismo, integración en la economía mundial y libertad económica.

Uribe ha sido el mejor presidente al sur de Río Grande en las últimas décadas. Ha luchado eficazmente contra la guerrilla y ha aumentado la seguridad. Ha disminuido los secuestros y ha reducido el problema de la violencia política, lo cual le hace objeto de odio sin medida de nuestra izquierda. Hace dos años el Banco Mundial señaló a Colombia como el segundo país del mundo que más había reformado su economía, lo que sumado a la mejora de la seguridad ha permitido que la inversión foránea se multiplique. En la actualidad su país crece a un 5,8 por ciento y las perspectivas son buenas. Desde 1993 tiene un sistema privado de pensiones, al que está suscrita la mitad de la población, y que con el paso del tiempo va ganando terreno al sistema público. En 1991 puso en marcha un sistema de cheque escolar que comenzó a producir una progresiva mejora del sistema educativo básico de ese país, hasta que se suspendió. Debería continuar su reformismo económico, acaso fijándose en los ejemplos de Irlanda y Estonia, con sistemas fiscales más racionales y moderados y una decidida apertura a la economía mundial, algo esto último en lo que Uribe ha mostrado una gran decisión.

Los fracasos socialistas, por una razón que, reconozco, se me escapa, no suelen servir para escarmentar en piel ajena. Pero los países que sí han cosechado éxito suelen servir de ejemplo a los vecinos. Dos casos conspicuos son la reforma de las pensiones en Chile, que se está llevando a otros países iberoamericanos, o el tipo marginal único, que está produciendo una auténtica revolución fiscal. Colombia, si se mantiene en el camino de las reformas, cosechará éxitos que inspirarán a países vecinos, como lo ha hecho también Chile.

Pero Álvaro Uribe no puede quedarse en eso. Ha de convertir el éxito de sus políticas y el apoyo de su pueblo en la oportunidad para asentar unas instituciones que frenen, al menos durante algún tiempo, los perversos efectos que un nuevo Evo Morales colombiano. Uribe ha de seguir profundizando en las reformas económicas, en la lucha sin descanso y sin resquicio para el más mínimo gesto de debilidad moral, política o policial contra el crimen, contra la guerrilla. Pero su mayor tarea es institucional. Ha de dotar a su país de los instrumentos que permitan a la sociedad colombiana reaccionar si llega al poder un salvapatrias como los que le gustan al presidente Rodríguez. No debe fagocitar al partido liberal con su enorme figura, sino utilizarla para darle un ideario, unos ideales que le mantengan vivo después de su partida. La tentación personalista puede que sea irresistible cuando las instituciones son débiles, pero debe transformar su poder en una fuerza reformista al servicio de la libertad futura de los colombianos. Hoy es él quien controla la presidencia y el 80 por ciento del Congreso. Nada asegura que en el futuro la enfermedad política del populismo contagie al pueblo colombiano, y es entonces cuando se pondrán a prueba las instituciones democráticas.

Negociando con comunistas

Sin embargo, en el caso de la tregua de ETA, la clave de la negociación no es el abandono de las armas sino las concesiones que hará el Gobierno español a la banda para que está se acerque a sus metas políticas a cambio de no seguir matando, robando y extorsionando de la forma que lo han venido haciendo. Ahora bien, el Gobierno no tiene legitimidad para negociar con los derechos que no le pertenecen. Las familias de las víctimas, por ejemplo, sí podrían negociar términos como la condonación de las penas por los asesinatos de sus familiares, pero no el Gobierno.

Según el CIS, el 49,4% de los españoles considera improbable que la tregua de ETA lleve a una "solución definitiva". En caso de que el resultado de la encuesta sea fiel a la realidad, cuestión más que improbable tratándose del CIS, parece que la mayoría de los españoles tiene más claro que Zapatero que las probabilidades de éxito de una negociación con un grupo terrorista como ETA son escasas. La banda es un grupo marxista-leninista y como tal siempre ha utilizado la negociación como herramienta táctica para acercarse a su objetivo final: la instauración de un estado totalitario de corte comunista en el País Vasco. La población parece consciente de este pequeño detalle que se le escapa al Gobierno.

Pero hay algo peor que las pocas posibilidades de éxito en la negociación con ETA y es el simple hecho de que el Gobierno pueda negociar algo que no sea el abandono de las armas y, todavía peor, la posibilidad de que el proceso abierto sí lleve a una "solución definitiva" en virtud de la cual ETA logre acercarse a sus fines. Y no me refiero a la posibilidad de secesión de alguna parte de España. Me refiero a la posibilidad de que logre instaurar un régimen comunista a las puertas de España gracias a los robos y asesinatos perpetrados contra individuos inocentes.

Incapacidad estatal e inseguridad ciudadana

En estos días hemos visto cómo el estado ha fallado en relación a la seguridad física de las personas. Aumentan los "secuestros express", los robos en los domicilios de los particulares son más violentos –aunque los Mossos d’ Escuadra mantienen que han disminuido–, el nivel de inseguridad diaria es más fuerte que en años anteriores. No es un panorama muy halagüeño.

Si el Estado se hubiese mantenido fuera de la seguridad física de las personas, los detractores de la libertad económica lo habrían calificado como un fallo de mercado. Por el contrario, este fallo ha sido del Estado. Lo sorprendente es ver como los medios de comunicación reclaman soluciones al creador de esta situación, al Estado: más policías, más control. Pero más vigilancia estatal no significa más seguridad sino menos libertad.

Si aplicamos la Teoría de la Imposibilidad del Cálculo Económico Socialista de Ludwig von Mises al mundo de la seguridad rápidamente nos daremos cuenta que el gobierno siempre fallará como productor.

El gobierno no tiene idea alguna de cuál es la cantidad necesaria de efectivos, recursos ni sistemas que pueden garantizar una situación de seguridad estable, por eso mismo, cuando se destapan escándalos como el que nos ocupa la respuesta gubernamental va en dos direcciones que sólo cumplen con las apariencias sin dar soluciones reales al problema: una es por medio del desbordamiento de la producción incurriendo en fuertes gastos económicos que no suelen atajar el problema debido a la propia estructura de la administración pero que parecen serias y son defendidas por los amantes de lo políticamente correcto. El precipitado refuerzo de 200 guardias civiles para vigilar las zonas de Barcelona y Tarragona es una muestra.

En segundo término, la respuesta del gobierno siempre será creando órganos burocráticos y leyes que sólo refuerzan el poder estatal que nada tienen que ver, pese a los grandilocuentes nombres que les dan los burócratas, con la seguridad de las personas. La política de seguridad totalitaria de George W. Bush en Estados Unidos, y la próxima creación en España del Centro de Inteligencia contra el Crimen Organizado sólo son, y serán, armas para fiscalizar a las personas, crear chivos expiatorios y el arma arrojadiza de los partidos políticos para criticarse los unos a los otros. Los ciudadanos seguiremos estando indefensos.

Sólo el individuo libre es capaz de calibrar la seguridad que él quiere y cómo la quiere. Estos factores son un cúmulo de variables demasiado complejas y volátiles como para ser abarcadas por las mentes cerradas y cartesianas de los diseñadores sociales del gobierno. En la libre valoración subjetiva cada actor económico destina una parte de sus dotaciones económicas a aquello que más valora, y en respuesta, las empresas satisfacen al cliente para obtener así el mayor beneficio económico.

Para conseguir una auténtica reducción del crimen no sólo tendremos que modificar las leyes penales para basarnos en una justicia inspirada en el derecho natural y de indemnización a la victima en lugar del castigo al criminal, sino también, desregularizar todo el sector privado de la seguridad como la tenencia y uso de armas de fuego. Con las leyes actuales sólo los criminales van armados. Ya es hora que la gente honrada pueda defenderse de los ataques que se cometen cada día contra su vida y propiedad.

Únicamente la incapacidad estatal ha hecho posible que este proceso individual de defensa ya haya empezado. El que de verdad está preocupado por su seguridad acude rápidamente a empresas de defensa instalando habitaciones del pánico, comprando herramientas para su seguridad individual, alarmas cada vez más sofisticadas… Los actos, que son lo único que nos interesa en economía y en el mundo de la praxeología, nos demuestran que sólo el sector privado es capaz de corregir y solucionar las barbaridades antisociales del estado. Si no procuramos por nuestro bienestar nadie más lo va a hacer de forma desinteresada, y menos aún, el Estado.

El crimen de Dresde

Las cifras de la barbarie sobrecogen. Sobre una ciudad de 630.000 habitantes cayeron 650.000 bombas incendiarias de una tonelada cada una, 529 de dos toneladas y una de cuatro toneladas. El incendio que provocó el ataque fue de tal magnitud que la columna de fuego se veía desde 150 kilómetros a la redonda. La ciudad ni siquiera pudo defenderse. Apenas quedaban baterías antiaéreas y los pocos cazas disponibles no pudieron despegar por falta de combustible.

La matanza fue inaudita. Éste de Dresde fue el único bombardeo de los muchos que asolaron Alemania en los dos últimos años de guerra, en el que no quedó gente con vida para enterrar a los muertos. Días después, cuando aún ardían como teas muchos edificios de la ciudad, se abrieron fosas comunes para sepultar apresuradamente a miles de cadáveres. Otros fueron incinerados en grandes parrillas en las que se apilaban hasta 500 cuerpos por pira. Un infierno indescriptible.

La razón por la que Inglaterra y los Estados Unidos planearon y ejecutaron semejante carnicería es aun desconocida. En febrero del 45 Alemania se encontraba presa de la confusión, en retirada de todos los frentes y virtualmente derrotada. Por si esto no fuese suficiente, Dresde no era un enclave importante desde el punto de vista militar. La industria bélica era casi inexistente y, lo que quedase de ella, no estaba operativa. Carecía de destacamentos militares de fuste y no constituía un punto trascendental para las operaciones aliadas.

El de Dresde fue el sangriento y criminoso punto final de una estrategia errada –los bombardeos sobre Alemania– que sólo sirvió para asesinar a mansalva a cientos de miles de civiles. Concebida en origen por Inglaterra como única arma a su disposición, había perdido todo su sentido con la entrada de la Unión Soviética y los Estados Unidos en la contienda. Cuando en 1943 se produjo la letal incursión de la RAF sobre Hamburgo, los bombardeos aliados sobre la población civil carecían de justificación práctica y no estaban demostrándose efectivos desde el punto de vista militar.

El poderío bélico norteamericano y la resistencia rusa, pertinaz como pocas, decantaron la contienda en el invierno del 42. La victoria aliada, a la larga, estaba garantizada, y eso Churchill lo sabía. Inglaterra, además, dejó de padecer los ataques de la Luftwaffe en noviembre del 40, por lo que queda eliminada la coartada de la venganza.

A pesar de que Gran Bretaña consagró gran parte de su esfuerzo bélico al mantenimiento de una inmensa flota aérea, la industria armamentística alemana no se resintió hasta 1944. No lo hizo entonces por los intensos raids aéreos aliados, sino por la falta de materias primas que, a partir del verano de 1944, colapsó la economía del estado nazi.

Los aliados, especialmente Inglaterra, consumieron preciosos recursos en un modo de hacer la guerra moralmente inaceptable que, indudablemente, retrasó el final del conflicto. Esto y la larga campaña italiana pospusieron –tal vez un año– el desembarco en Francia. No veo preciso remarcar que, de haber sido así, Stalin no se hubiera adueñado de la mitad de Europa, simplemente porque su ejército nunca hubiese llegado tan lejos.

Valga esta pequeña reflexión en perspectiva para percatarse de lo estéril e ilógico que fue el crimen de Dresde.

Seguridad privada y sociedad civil

La simplista lógica izquierdista nos dice que, cuando hay un problema en la sociedad, el Estado tiene que intervenir. Si el problema persiste a pesar de la intervención, será necesario incrementar el gasto público. El Estado es infalible, por lo que sus errores sólo pueden deberse a una insuficiencia de medios.

El análisis científico del liberalismo, no obstante, llega a conclusiones diametralmente opuestas. El Estado distorsiona todas aquellas actividades que regula debido a insuficiencias de información, incentivos y, sobre todo, cálculo económico. Cuanto mayor sea el ámbito del Estado, peores serán los resultados obtenidos.

De esta manera, si tenemos un problema y el Estado interviene para solucionarlo, empeorará; y si no somos conscientes de que ese agravamiento se debe al Estado pediremos una expansión del gasto público para remediarlo que, sin embargo, sólo provocará un sucesivo empeoramiento.

Pensemos en los controles de precios. Si el Gobierno quiere impedir que un precio suba demasiado y establece un "precio máximo" inferior al de mercado, los consumidores estarán deseosos por comprar y los productores no estarán dispuestos a vender. En otras palabras, el mercado sufrirá una carestía del bien cuyo precio se ha regulado. Si el Gobierno quiere garantizar el acceso equitativo a ese bien, no tendrá otro remedio que recurrir al racionamiento, esto es, a una confiscación de facto de los bienes para su distribución.

Pero no olvidemos que la gente puede seguir adquiriendo ese bien en el extranjero, por lo que el Estado también deberá establecer un control fronterizo para asegurarse de que "los ricos" no obtengan un acceso preferente. Y para todo esto necesitamos un redoblamiento de la policía, de las inspecciones aduaneras y de los juzgados; esto es, un incremento de los impuestos que sólo empobrecerá aún más a la ciudadanía. Más Estado significa más caos y menos armonía.

Esto también es fácilmente observable en el caso de la policía pública. Al tratar de conseguir mejorar la eficiencia del sector privado en materia de seguridad, el Estado establece una serie de regulaciones torpes e innecesarias que sólo sirven para incrementar los costes de las empresas del ramo y distorsionar su funcionamiento.

Durante la Edad Media se desarrolló en Gran Bretaña un eficaz sistema de seguridad vecinal, por el cual los vecinos gritaban cada vez que contemplaran un delito. Sin embargo, durante el siglo XVII el ayuntamiento de Londres obligó a todo aquel que fuera testigo de un crimen a aprehender al malhechor. Esto socavó las bases de la convivencia y de la cooperación vecinal contra el crimen, ya que muy pocos estaban dispuestos a correr el riesgo de enfrentarse con el delincuente. Así, el Estado transformó la seguridad en una materia predominantemente crematística: "Si quieres que corra el riesgo de protegerte, págame".

Al socaire de estas leyes arbitrarias surgieron las primeras empresas privadas y de guardas vecinales. El problema es que el Gobierno siguió aprobando leyes, con la "noble" tarea de mejorar la eficiencia de estas empresas, y sólo consiguió agravar la situación. Se les exigió una ingente cantidad de papeleo y una jornada mínima de trabajo, de manera que sus costes se dispararon. Todos aquellos vecinos que tan sólo querían dedicar una porción de su jornada semanal a proteger la comunidad a cambio de una ligera recompensa fueron expulsados del mercado.

La reducción de la oferta fue seguida de una seminacionalización de las compañías de seguridad (por ejemplo, los vigilantes nocturnos pasaron a cobrar del erario público, y no de sus clientes), lo que les desvinculó en buena medida de las necesidades de sus clientes. Todo ello condujo a que los delitos dejaran de perseguirse con la misma intensidad que antes (ya que se desvinculaba el salario del resultado). Finalmente, tras una fuerte campaña de publicidad, en 1829 se creó un cuerpo de policía metropolitano público, que contó con 3.000 hombres.

A partir de aquí la historia ya es de sobra conocida. Al igual que pasó con la educación pública, el Estado comenzó a cebar sus cuerpos policiales con el gasto adicional procedente de los impuestos. La seguridad privada fue progresivamente marginada y regulada, hasta el punto de que en la inmensa mayoría de los países europeos el derecho a la autodefensa y a la posesión de armas de fuego ha sido eliminado (en Gran Bretaña la prohibición comenzó en 1903).

Pero todo este incremento del gasto público y del número de regulaciones no ha conseguido reducir el crimen, más bien al contrario. Nunca el Estado ha sido más manirroto en seguridad que ahora, y nunca el crimen y la delincuencia han sido más elevadas.

La razón es idéntica a la que hemos visto antes con respecto a los controles de precios. Cuanto más gaste en seguridad el Estado, cuanto más regule, más estrangulará las iniciativas privadas y comunitarias de asistencia mutua. Esto provoca necesariamente una disminución en la eficiencia de la lucha contra el crimen y, por tanto, un mayor incentivo a abrazar la delincuencia. Este incremento de la violencia trata de combatirse con más gasto policial y más regulaciones, que a la postre sólo favorecen nuevos aumentos de la delincuencia.

Las iniciativas privadas y comunitarias se ven enormemente dificultadas por la legislación estatal. Por ejemplo, hace un mes saltó la noticia de que 23 tiendas de una calle de Valencia habían contratado a dos personas para que vigilaran sus comercios, ante los frecuentes atracos y la absoluta falta de diligencia de la policía local. Con 40 euros al mes por tienda, disfrutan de una patrulla continua durante sus horarios de trabajo. En caso de que tengan algún altercado, basta una llamada perdida al móvil y el vigilante acude de forma inmediata.

Ahora bien, el servicio de seguridad dista mucho de ser inmejorable. Es cierto que los comerciantes están muy contentos (de ahí que sigan pagándoles), pero el único mecanismo defensivo con que cuentan los dos vigilantes es una placa de policía falsa: la intimidación se produce por engaño a los delincuentes.

Las enormes restricciones de la legislación española a la tenencia de armas y a la autodefensa fuerzan a que la seguridad comunitaria tenga un campo de acción muy limitado. Si en lugar de con placas falsas estos individuos patrullaran con pistolas, la difusión de esos servicios sería mucho mayor y, en consecuencia, el crimen se desplomaría.

Sólo las compañías más eficientes en luchar contra los delincuentes prosperarían; las restantes estarían abocadas a la quiebra. Un servicio policial que no acudiera cuando debiera implicaría un cliente perdido.

Las ingentes normas estatales sólo impiden que estas eficaces compañías afloren, pues los burócratas necesitan garantizarse el monopolio de la compulsión. No olvidemos que una sociedad desarmada y sin sistemas de defensa comunitarios es una sociedad postrada ante el Estado y su policía. Lenin decía que un hombre armado podía controlar a 100 desarmados; los impuestos y las regulaciones públicas necesitan estar respaldados por el monopolio de la compulsión. Y el Estado lo sabe.

La privatización y la desregulación de la seguridad son el único camino para reducir la delincuencia y afianzar nuestra libertad. No podemos dejar el zorro al cuidado del gallinero.

Un triste papel para una triste nación

Uno de los aspectos más desconocidos de la Segunda Guerra Mundial es el nulo –cuando no negativo– papel que Francia jugó en ella. A toro pasado, se nos antoja que Francia aguantó hasta el último suspiro el ataque nazi de la primavera de 1940, o que fue la "Resistencia" la que expulsó a los alemanes con mucha perseverancia y una estrategia guerrillera imbatible. Nada de eso.

La idea de que Francia pintó algo en la guerra del lado de los aliados es una simple fabulación que los políticos franceses –chovinistas hasta la náusea– se han encargado de perpetuar para no reconocer que su adorado país fue, al menos durante cuatro largos años, un firme aliado del eje. No tuvo voluntad de luchar contra el nazismo y, cuando se había consumado la humillación, pactó alegremente con él instaurando un infame protectorado nazi regentado por su general más prestigioso. Tan poco de fiar eran, que los ingleses hubieron de hundir parte de la flota francesa fondeada en Orán para que no cayese en manos alemanas.

Respecto a la célebre "Resistencia", fue tan minoritaria como compuesta casi en exclusiva por militantes comunistas, eso sí, sólo después de que Hitler desatara la Operación Barbarroja contra Rusia.

Esa es la verdad.

La campaña que terminó con la ocupación de Francia en mayo del 40 duró exactamente seis semanas. El ejército francés, lejos de ser como el polaco, era uno de los más grandes y mejor dotados del mundo. Hitler lo sabía. Cuando remilitarizó Renania, dio orden secreta de echarse para atrás si los franceses reaccionaban. La guerra estaba declarada desde septiembre del 39, pero los gobernantes de la III República no abrieron hostilidades en ningún punto de la línea fronteriza del Rin. Y eso a pesar de que el grueso de la Wehrmacht se encontraba ocupando Polonia.

Cuando ocurrió lo inevitable, la resistencia fue irrisoria. Los alemanes avanzaron rápidamente por Bélgica y Holanda, tras haberse encontrado el camino de las Ardenas completamente expedito para sus divisiones acorazadas. La población, en lugar de presentar batalla a los invasores, marchó precipitadamente hacia el sur en interminables caravanas que colapsaron las carreteras e hicieron aún más difícil la movilización de tropas. El desastre fue tan absoluto que Londres dio orden a sus soldados de embarcar de vuelta a casa. Francia no había querido defenderse.

Tras la derrota, se partió Francia en dos. Una parte ocupada por el ejército alemán, y otra formalmente independiente con capital en Vichy. El general Petain fue quien se hizo cargo de esta última sin poner pega alguna, más bien todo lo contrario. Aunque ahora incomode oírlo, Petain fue extremadamente popular, tanto que era aclamado cuando viajaba con su comitiva por los pueblos del mediodía. Sólo después de la derrota alemana se ajustaron cuentas con el "héroe de Verdún" y con los miembros de su Gobierno. Colaboracionistas les llamaban, cuando lo cierto es que, en eso, habían colaborado todos. Mención aparte merece el vergonzoso trato que los franceses brindaron a su comunidad judía, entregada casi intacta a los depredadores de las SS.

La llamada "Resistencia" no hizo acto de presencia hasta el verano del 41, es decir, hasta que Rusia fue atacada. Mientras Hitler y Stalin despiezaban Europa del este, Moscú indicó a los suyos en occidente que no incomodasen a Hitler, su aliado. Entre 1941 y 1944, año en que Francia fue liberada por el combinado angloamericano, la "Resistencia" se limitó a practicar un tipo de guerrilla bastante inocuo, tanto que, si Washington se hubiese desentendido de Europa continental, los alemanes quizá aún seguirían ahí.

Tras la liberación, muchos franceses se rasgaron las vestiduras como fariseos después de haber colaborado intensa y voluntariamente con el invasor nazi durante casi un lustro. Se desató una caza del colaboracionista y un astuto De Gaulle se apuntó al carro de los vencedores, como si los franceses hubiesen hecho algo, aparte de entregar el país a Hitler. Después vendría su lugar de honor entre los aliados y su inmerecido sillón en el Consejo de Seguridad de la ONU. El resto es propaganda y desfiles del 14 de julio.

Polonia traicionada

Suele olvidarse con bastante frecuencia que el desencadenante de la Segunda Guerra Mundial fue Polonia. Al menos de la guerra que conocemos, la que terminó por estallar y cuyas consecuencias aún nos marcan. Si Hitler y Stalin no se hubiesen puesto de acuerdo en agosto del 39 para despedazar y repartirse Polonia, esta guerra nunca hubiese existido, quizá otra, años más tarde, con los mismos o parecidos contendientes, pero no la misma.

La guerra comenzó con el objeto de garantizar la independencia de Polonia, violada por la invasión nazi de septiembre y por la subsiguiente ocupación rusa, que es, aún hoy, completamente ignorada. Debido a la duración de la contienda y a lo compleja que se tornó años después, este particular suele pasar por alto, tanto entre los aficionados, como –y especialmente– entre los profesionales de la Historia.

Partiendo de este hecho, choca que, tras seis años de guerra, los aliados fuesen incapaces de velar por la independencia polaca. La desdichada nación del este pasó del dominio nazi al soviético. De un amo vestido de gris a otro vestido de rojo, ambos igualmente tiránicos. El gobierno polaco en el exilio, que se encontraba en Londres, fue apartado y las fronteras redibujadas al antojo de Moscú. Así, por ejemplo, gran parte de la Polonia de posguerra se asentó sobre lo que habían sido durante siglos regiones alemanas.

¿Porqué se permitió esto?, ¿Ni Roosevelt ni Churchill hicieron nada para impedir que Polonia cayese en manos del comunismo? Roosevelt no sólo no hizo nada, sino que contribuyó poderosamente a que Stalin se hiciese con Polonia y con toda la Europa oriental con excepción de Grecia, que se salvó para la democracia gracias a una guerra civil en la que los británicos participaron activamente. Durante el momento decisivo, el final de la guerra, Churchill predicó en el desierto y sus augurios fueron desoídos a un lado y otro del Atlántico.

La traición se consumó en dos movimientos. El primero con motivo de la invasión americana del continente tras el desembarco de Normandía. Las tropas de Eisenhower avanzaron con lentitud desesperante. Tal morosidad dio ventaja a los agentes soviéticos de la Casa Blanca, que consiguieron que Roosevelt se persuadiera de la “bondad” de Stalin. Alguno de estos submarinos del Kremlin llegó a ser honrado con la Orden de Lenin. Esta inacción permitió al Ejército Rojo avanzar hasta el Elba y llegar a ciudades tan occidentales como Viena. En el momento de la rendición alemana las fichas estaban sobre el tablero, y la cruda realidad era que Stalin disponía de soldados en la mitad de Europa.

El segundo se desarrolló al abrigo de la Conferencia de Yalta, en marzo del 45. Se llegó a un acuerdo sobre Polonia dictado por el ministro Molotov, el mismo del pacto con Hitler. Se celebrarían elecciones sí, pero al modo soviético, lo que significaba entregar el país a Moscú. Roosevelt murió un mes más tarde convencido de que había hecho bien, de que Stalin sería generoso. El clásico tonto útil que tan buenos réditos ha brindado siempre a los comunistas.

El sucesor de Roosevelt, Harry Truman, se percató de la jugada soviética en Postdam, pero ya era tarde, en Varsovia habían comenzado las purgas de los políticos polacos no comunistas. Churchill, por añadidura, se había quedado fuera de juego tras perder las elecciones. La guerra fría empezaba en el mismo lugar donde lo había hecho la mundial: en Polonia. En marzo del 46, en la Universidad de Fulton, el ex premier británico pronunció una celebrada conferencia diciendo: “De Stettin en el Báltico, a Trieste en el Atlántico, un telón de acero ha descendido sobre el continente”.

No era ya una profecía sino una triste realidad. Para entonces Stettin ya no se llamaba así, sino Szczecin, y era parte del imperio soviético. Seis años de guerra para nada.