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Etiqueta: trabajo

Récords de empleo y afiliación: el maquillaje y la realidad

La ley de reducción de la jornada laboral es una de las medidas que lleva meses poniendo de manifiesto las discrepancias internas e incongruencias ideológicas del gobierno de coalición. La ley, que ya se encuentra en el Congreso de los Diputados, lo hace sin los apoyos necesarios y con la confirmación de una enmienda a la totalidad por parte de Junts. Pero el circo no viene de ayer: desde el principio, la ley ya ha tenido a diferentes ministerios a la gresca en torno a cuándo y cómo debía aplicarse.

Y en medio del caos, el esperpento de esta ley se suma a un Gobierno en general, y a una Yolanda Díaz en particular, que no para de jactarse de los datos de empleo y crecimiento en España. La ministra de Empleo que, por un lado, se vanagloria de bajar el paro con datos maquillados, se jacta también de recortar la jornada laboral y fotografiarse con un libro llamado ‘Abolir el trabajo’. Así, pues, cabría preguntarse qué sentido tiene vender la reducción del paro como un triunfo, si abolir el trabajo es el fin último del discurso. Yolanda defiende esta ley como una forma de hacer que la gente sea más feliz haciendo apología de la trabajofobia.

El Gobierno, por su lado, lleva meses repitiendo que estamos a la cabeza del crecimiento y la creación de empleo. Pero los datos de afiliación del Gobierno, como siempre, tienen agujeros de guión enormes. Los datos se maquillan y se tergiversan a voluntad, y se pretende reducir la jornada laboral sin que baje el salario. ¡Como si las horas trabajadas no tuvieran relación con la productividad! Un Gobierno que presume de tener más empleo que nunca, una ministra de Trabajo que quiere acabar con el trabajo, y todo ello sin pronunciar una sola buena palabra hacia los empresarios en siete años de gobierno socialista.

Un delirio más al nivel que ya nos tienen acostumbrados…

El empleo como construcción ideológica

Una de las piedras angulares de los Estados modernos es su narrativa en torno al empleo. El discurso del Gobierno que cuida al trabajador versus el maligno empresario que solo quiere explotar. Además, el neomarxismo y el carpe diem se han ido concatenando creando un tejido social en el que el trabajo es visto como una forma de explotación moderna. Esto, sumado a una ley laboral totalmente rígida, ha acabado por generar un escenario en el que el Gobierno crea las consecuencias con sus propias medidas, y luego señala como culpable al sector privado.

Se crean las políticas de salario mínimo para homogeneizar las condiciones dignas de empleo, sin tener en cuenta el tipo de trabajo, las horas, el territorio en el que se aplica y otros factores clave. En consecuencia (como señalaba Anxo Bastos recientemente) ocurre que con la misma ley laboral aplicada, los datos de desempleo varían enormemente según la región. Y así, sin tener en cuenta nada de esto, el Gobierno ha convertido las cifras de afiliación en un hito histórico, como prueba irrefutable de que “España funciona”. Creamos más empleo y crecemos más que nadie.

El problema es que una de las figuras que ha ido maquillando el desempleo de forma sesgada es el contrato fijo discontinuo: un contrato que no garantiza continuidad, ni estabilidad, ni salario constante. Personas que trabajan dos meses, diez los pasan en casa, y no aparecen como paradas en el sistema, pues al final es lo único que importa.

Otro aspecto clave es el número de afiliados. Pues es cierto, y según los últimos datos disponibles, que el número de cotizantes está actualmente por encima de los 21 millones. Pero también es cierto que hay más de 10 millones de personas que reciben pensiones de todo tipo. Y si a eso le sumamos que 3.5 millones de cotizantes son empleados públicos, aproximadamente estaríamos hablando de 17 millones de personas trabajando para mantenerse a sí mismas… y a 13 millones de personas más.

Por lo que, en realidad, estas cifras, más que venderse como un triunfo, deberían venderse como las cifras de un modelo insostenible, en el que cada trabajador del sector privado no solo se mantiene a sí mismo, sino que carga a sus hombros a un empleado público o pensionista.

Pero estos datos no importan, no aplican, pues, como ya sabemos, el dato no mata al relato, sino que es el relato el que crea los datos que luego se vierten sobre la población para crear el imaginario de que en España hay más empleo que nunca.

Datos reales, pobreza estructural y ficción estadística

La realidad de la situación laboral es muy diferente a cómo se vende desde las altas esferas gubernamentales. El paro juvenil es alarmante, y desde el ministerio de Trabajo se lanzan soflamas ideológicas en torno a la abolición del trabajo. Los sectores más jóvenes de la población asisten a cómo, desde el Gobierno, se proclama, por un lado, la reducción del paro como un éxito; y, por otro, se fomenta la recreación y el ocio como nuevos pilares vitales, por encima del trabajo y del esfuerzo por un futuro mejor.

Tenemos así, a una generación abocada a denostar el trabajo, mientras mira al Estado como padre legislador para protegerla del poco empleo que los malvados empresarios estén dispuestos a ofrecer. Sin salarios competentes, sin miras al futuro y sin motivación a luchar por mejorar su situación, pues el gobierno dice que ya hace todo lo que puede… pero esos malvados capitalistas no dan su brazo a torcer.

Mientras tanto, la economía va como un tiro (según Pedro Sánchez) y cada vez se reduce más la brecha entre ricos y pobres. Lo que no nos dice el presidente es que, en parte, esto es porque cada vez más la inflación afecta más a todo tipo de bolsillos, y cualquier persona que comienza a enriquecerse intenta huir del sistema fiscal criminal que sufrimos en España.

No sólo somos más pobres en promedio y seguimos por debajo de los niveles prepandemia, sino que además las familias españolas pagan 11.000 euros más de media que en 2018. La cifra del paro, además, se maquilla gracias a que 800.000 personas figuran como fijos discontinuos, aunque en realidad se encuentran inactivas la mayor parte del tiempo, pero no se desagregan de los datos de bajada del paro.

A ello hay que sumarle que hay en torno a 600.000 pluriempleados, por lo que un trabajador puede figurar varias veces como cotizante según los trabajos que acumule. Y si todo esto no fuera suficiente, si nos ceñimos a la bajada del paro como triunfo único y demoledor, España actualmente sigue a la cabeza del paro en Europa. Y no solo eso. Si ampliamos el baremo a datos conocidos en el plano mundial, España solo tendría menor tasa de paro que superpotencias tales como Angola, Ruanda, Yemen o Zimbabue. Por lo que tampoco se entiende la obsesión del gobierno por vender esta cifra como prueba definitiva de su éxito económico.

El gobierno no crea empleo. Solo la ilusión de ello. Se contrata en peores condiciones que hace años. Los impuestos asfixian las ganancias empresariales. Y los trabajadores jóvenes no pueden competir con perfiles más formados debido a las rígidas políticas de despidos y a un salario mínimo que actúa como barrera de entrada.

Pero oiga, España va mejor que nunca, porque el paro ha bajado. Poco importa que de los 1,16 millones de contratos en marzo de 2025, 657.000 fueran temporales, 127.000 a tiempo parcial y 144.000 nuevos fijos discontinuos. Poco importan los datos. Poco importa que el empleo se precarice, se vuelva más inestable y el sabor entre la población sea cada vez más amargo en torno al futuro y la estabilidad. Poco importa todo esto, pues para eso tenemos el Estado, para publicar los datos oficiales.

Y el que no quiera contentarse con esto es, como ya sabemos, porque se traga los bulos de la ultraderecha, o porque directamente pertenece a la fachosfera que quiere destruir el país progresista y vanguardista que el gobierno de Pedro Sánchez ha creado.

Una cultura contra el esfuerzo, un país en caída

El empleo no es un dato que se pueda manipular mediante ingeniería estadística o decretos de quita y pon. El empleo, como vemos en otros países, se crea cuando hay libertad para emprender, para contratar y, sí, por mucho que duela a algunos, libertad para despedir.

Actualmente, vivimos una de las épocas en las que más se denigra el trabajo, y no en vano, una gran parte de la población ha querido entender que trabajar es el mal que el maligno capitalismo ha creado.

Una población que ha olvidado que todo lo que tiene ha sido precisamente por el sacrificio y ahorro de muchos antes que ellos. Una población que ha olvidado lo que es el esfuerzo, que no cree en la meritocracia porque el de al lado ha recibido una herencia. Una población que ya no quiere adaptarse, sino que busca la comodidad del subsidio y del trabajo fácil. No vaya a ser que ese día no pueda bajar al bar del autónomo, que sí que puede estar ahí día y noche para ponerle las cañas…

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXXII): el factor trabajo

En un muy amable artículo, el señor Herrera discute mi optimista visión del trabajo como un factor conducente a la prosperidad. Lo cierto es que el concepto precisa de desarrollo, más allá de su invocación como virtud en el discurso que tuve el honor de realizar como premiado por el Instituto Juan de Mariana.

Desatención al factor trabajo

De hecho, es el factor de producción que menos interés ha despertado dentro de la escuela austríaca, que cuenta con elaborados estudios sobre el capital o el factor tierra, pero casi ninguno sobre la importancia del trabajo, más allá, claro está, del estudio de la determinación de los precios del mismo, los salarios, o del intervencionismo estatal en sus mercados.

También en las críticas al marxismo, los austríacos se detienen en su crítica a la idea tan extendida en el pensamiento económico del valor trabajo. Pero no se da hasta donde se me alcanza ningún estudio sistemático que ponga en valor al trabajador y su esfuerzo en un modelo de economía capitalista, centrándose la inmensa mayoría de los trabajos en el análisis del empresario o a la función empresarial.

Con la excepción del único libro que pude encontrar al respecto (seguro que existen y agradezco sugerencias) de James Buchanan Ética y el progreso económico, que ni siquiera es un tratado sobre el tema, sino una selección de conferencias en las que un par de ellas se refieren al tema no conozco ningún otro. Sí los hay sobre otras virtudes del capitalismo, como los de Deirdre McCloskey.

Reconociendo el punto de vista marxista

Ya con repasar la muy escasa bibliografía de este libro nos damos cuenta de que no existe mucha bibliografía académica. Y de hecho tenemos que recurrir a libros victorianos de autoayuda, como los de Samuel Smiles, para encontrar alguna loa al trabajo. Ni siquiera en el ámbito de la literatura, libertaria o no, se otorga valor al trabajador. El empresario es siempre el héroe que hay que imitar. Los trabajadores no están dotados casi nunca de valores positivos. Hay que reconocerle al marxismo que si sabe valorar en lo que vale el obrero o el trabajador, lo dignifica y le otorga incluso una función clave en el devenir social.

El marxismo, si bien intenta dignificar al trabajador, no hace lo mismo con el trabajo en sí que acostumbra a considerar una suerte de maldición. Desde los escritos del yerno de Marx, Paul Lafargue, como su célebre El derecho a la pereza, pasando por el mítico La abolición del trabajo del anarquista Bob Black, escrito en los años 70 del pasado siglo, la inmensa mayoría de los escritores de esta corriente han atacado el trabajo de todas las formas posibles e ideado mil y un esquemas para su abolición, buscando modelos sociales en el que este extinga o cuando menos se reduzca radicalmente.

Especialmente en los últimos años este tipo de trabajos arrecian y los estantes de las bibliotecas de ciencias sociales se ven literalmente inundados por libros y ensayos en esta línea, algunos paradojicamente de ellos muy eruditos y bien trabajados, como el excelente Inventar el futuro: Postcapitalismo y un futuro sin trabajo de Alex Williams y Nick Srnicek.

El mito de la era de oro

En muchos de estos libros se contrasta la situación actual del trabajo, que supuestamente sería cada vez más exigente, alienante y peor retribuido con alguna suerte de situación ideal en algún punto del pasado. Este pasado acostumbra a ser la llamada edad de oro del proletariado, los treinta gloriosos años a los que se refieré Fourastié, que coincidiría con los años de reconstrucción de la postguerra de la segunda guerra mundial y que según este imaginario serían unos años de mejora continua de las relaciones laborales combinados con el establecimiento de las bases del estado del bienestar.

Los más utópicos, en cambio, prefieren ir más atrás en el tiempo y cantan una suerte de edad de oro perdida con la aparición de la agricultura y el patriarcado. Inspirados en la obra de Marshall Sahlins, La economía de la edad de piedra (un gran y hermoso libro, por otra parte) o en las teorías anarcoprimivistas de, entre otros, John Zerzan estos autores reclaman una sociedad con un tiempo de trabajo mínimo, centrado en la caza y recolección y una gran disponibilidad de tiempo de ocio para poder disfrutar de forma comunitaria. Esto es su ideal, sería la abolición completa del trabajo y por consiguiente de la civilización industrial a la que culpa de la mayor parte de los males que nos aquejan.

La tecnología

Otros críticos del trabajo, más tecnológicos a su vez, buscan aprovechar la innovación tecnológica, últimamente la Inteligencia artificial o la robótica, para reducir o eliminar la necesidad de trabajar. Este es un viejo tema, expuesto en una poca conocida novela de Kurt Vonnegut, La pianola, en la que sólo una pequeña élite de ingenieros y obreros especializados trabajan programando y atendiendo a las máquinas y el resto de la población, que vive en barrios distintos de los de la élite del trabajo, subsisten de un sueldo estatal. Una especie de renta básica de ciudadanía a la que de forma premonitoria anticipa.

La mayoría de la literatura actual sobre la abolición del trabajo es muy rica en ideas para no trabajar y así se hacen propuestas de reducir la jornada laboral, reducir los días de trabajo o repartir los mismos entre varias personas. Todo ello, por supuesto, sin alterar los salarios percibidos y sin explicar como el encarecimiento de la mano de obra no afectará a la cantidad de horas de trabajo demandadas por los empleadores.

Surfistas ociosos

Entre estas propuestas, la que sin duda ha tenido más éxito es la de establecer una renta básica de ciudadanía financiada con impuestos, de tal forma que el trabajo se convirtiese en algo optativo, pudiéndose así lograr el sueño de una vida si trabajo, aunque con un modesto pasar. Lo que no se explica es cómo se financiaría si todos hiciesen uso de este derecho a una vida sin la esclavitud del trabajo y todos quisiesen cobrar sin producir nada de valor. Entiendo que la propuesta presume que los más laboriosos estarían encantados de mantener a ociosos surfistas (el ejemplo es de Van Parijs, no mío) y no hacer uso de su derecho al ocio. Y, por supuesto, con unos impuestos más elevados para poder financiar la medida. Si se quiere leer sobre el tema, el profesor Rallo le ha dedicado un muy interesante tratado en el que se discuten los pros y los contras de esta política.

Las propuestas de reparto de trabajo también cuentan con un elevado nivel de sofisticación. Pero sólo podrían valer para determinado tipo de trabajos, y suponiendo que los requisitos de cualificación para acceder a los mismos no sean muy relevantes, pues los defensores de la medida parecen referirse al trabajo como algo abstracto y homogéneo, cuando lo que existen son trabajos concretos, algunos de fácil sustitución y otros no. Y, por tanto, presumen que la producción en cantidad y calidad va a ser la misma que antes del reparto. Y en consecuencia que el salario será el mismo y que los trabajadores están dispuestos a renunciar a una parte de sus ingresos, salvo que lo que se pretenda sea encarecer el trabajo al cobrar lo mismo por menos horas. Dudo que así se incremente la oferta de trabajos por parte de los empresarios, pero a pesar de ellos.

La condena del trabajo

Pero todas estas propuestas buscan hacer uso de medidas políticas para regular las nuevas relaciones laborales fruto del cambio tecnológico. Pocos hacen referencia a la espectacular subida de salarios y reducción de la jornada laboral que ha acontecido en los últimos cien años en casi todo el mundo, sin necesidad de grandes regulaciones, como resultado de la intensificación de las relaciones capitalistas de producción y la apertura de cada vez más países a este sistema político-económico.

Prácticamente, no hay propuestas en la línea de intensificar la capitalización de la economía, que es a mi entender la única forma posible de cuadrar el círculo de una mejor remuneración con la misma o incluso con una menor jornada de trabajo. Y sobre todo prácticamente todos ellos carecen de matices a la hora de describir el trabajo, que es casi una plaga bíblica.

El recurso a la definición etimológica del trabajo como una evolución del viejo tripalium, forma de tortura romana, es casi universal. Viendo tal maldad, no es de extrañar que se quieran establecer todo tipo de límites a las horas trabajadas, algo que no se hace, por ejemplo, con las horas de diversión en discotecas o afters o con la práctica de deportes de riesgo, que pueden suponer un mayor esfuerzo físico que el propio trabajo y que pueden ser en muchas ocasiones más arriesgadas para la salud que muchos de los trabajos más comunes a día de hoy.

La condena legal del trabajo

Todo eso sin contar con que algunas de estas actividades de ocio pueden tener consecuencias adversas a nivel social. No mejoran la producción de bienes ni la vida de los demás y que pueden constituir una enorme pérdida de tiempo en muchos aspectos que podría aplicarse a otros usos (esto es obviamente una opinión subjetiva).

Pero no se lea esto como una propuesta de regulación de tales actividades, que los ciudadanos deben ser muy libres de hacer si así lo desean, sino como una reflexión sobre la distinta e injusta valoración que por parte de los críticos del trabajo se hacen de este. Al revés, hay quien haciendo uso también de su subjetividad decide trabajar más horas, bien sea por ganar dinero, sea por adquirir experiencia o relaciones, o bien porque disfruta con lo que hace. Puede que sea animado a dejar de hacerlo, cuando no sancionado, atendiendo a algunas propuestas de reformas legislativas recientes, como las que quieren prohibir enviar correos fuera de horario laboral para adelantar trabajo (algo que no debería tener mayor problema siempre que no se obligue al destinatario a responderlos fuera de su horario laboral). Parece que lo sancionable es querer ser trabajador y no otros usos del tiempo que no sé por qué razón son considerados más nobles.

Falta, pues, por nuestra parte, ofrecer una visión más positiva del trabajo y exponer sus virtudes que son muchas. En otro artículo intentaré exponer cuáles pueden ser esas virtudes y porque estas constituyen la base de una sociedad próspera e incluso podríamos decir, más libre.

El lenguaje económico (XV): Empleo y desempleo

Las cuestiones laborales son del máximo interés político, social, periodístico y económico. Empleo y desempleo son objeto de debate y argumentación. Hoy analizaremos las expresiones más comunes relativas al mercado laboral.

Lo primero que debemos señalar es que el desempleo es un fenómeno institucional, es decir, provocado por la legislación estatal. «En una economía de mercado no interferida el paro es siempre voluntario» (Mises, 2011: 709). O como dice Huerta de Soto (2004: 185): «La causa única y directa del desempleo es la inexistencia de unos mercados laborales flexibles y el hecho de que los salarios son demasiado altos».

Conquistas laborales

Es extendida la creencia de que la regulación laboral —salario mínimo, jornada máxima, días libres, vacaciones, permiso de maternidad y paternidad, subsidio de desempleo, contratación forzosa de discapacitados, prohibición del trabajo infantil, etc.— son «conquistas» realizadas por la lucha sindical y los políticos con «sensibilidad social». Sin embargo, todo privilegio laboral u otra forma de forma de servidumbre empresarial impuesta por la legislación recaerá forzosamente en el trabajador mediante una reducción de su salario. Ha sido la mayor productividad del capitalismo (no los mandatos gubernamentales) la causante de todas esas «conquistas».

Desempleo forzoso

Sucede cuando la legislación prohíbe, restringe o impone servidumbres a los agentes. Cuando el gobierno fija topes máximos al trabajo (jornada, días libres, vacaciones), prohíbe trabajar a los menores o mayores de cierta edad o cuando fija un salario mínimo; está causando descanso o paro forzoso. Esta intervención produce una dupla maligna: por un lado, reduce la oferta de trabajo por parte de los empresarios; por otra (subsidios), reduce la demanda por parte de los trabajadores.

Empleo estable y de calidad

Este es el eslogan favorito de sindicalistas, políticos y demagogos. La vida, en general, y el mercado, en particular, no proporcionan esa quietud, estabilidad y seguridad que todas las utopías anhelan. Actualmente, este empleo ideal (platónico, socialista) lo encontramos en la función pública, pero el Estado sólo puede garantizar a las masas estabilidad en la pobreza. Una mayor calidad en el empleo, especialmente en aquellos oficios más penosos, solo puede darse en una economía capitalista, innovadora, dinámica y competitiva. Por otro lado, en el mercado de bienes de consumo o de factores de producción todas las calidades son bienvenidas.

Empleo garantizado o indefinido

Otra falsa creencia es pensar que un contrato laboral indefinido proporciona seguridad de por vida. De vez en cuando, las quiebras empresariales nos recuerdan que el mercado no puede garantizarnos una completa seguridad. Ni siquiera los funcionarios están a salvo cuando el gobierno destruye el orden social mediante el socialismo, el intervencionismo o la inflación.

Empleo precario

Se dice que un empleo es precario por diversas razones: A) Salarial. Tener un salario precario equivale a decir: «desearía cobrar más». El salario (como cualquier otro precio) se fija por la oferta y demanda de trabajo. El salario depende de la productividad —contribución del empleado al ingreso monetario de la empresa—. Tanto el empresario como el empleado hacen sus propias estimaciones al respecto. Estar «mal pagado» es una apreciación subjetiva: si fuera acertada, el empleado no debe tener problemas para encontrar un empleo mejor remunerado. Esto es así porque los empresarios compiten entre sí por los trabajadores. En caso contrario, cabe suponer que el trabajador se equivoca respecto de su valía o que se conforma con lo presente. Otra razón distinta para afirmar que un salario es precario es porque no cubre adecuadamente las necesidades del empleado. Esta cuestión no es económica, sino ética, moral o política. B) Intermitencia. Encadenar contratos breves o sin estabilidad temporal es otra seña de la precariedad laboral. Sin embargo, la intermitencia de la producción es inerradicable en ciertos sectores: agricultura, pesca, turismo, servicios domésticos, etc. C) Peligrosidad y/o penosidad. Algunos trabajos se realizan en condiciones adversas, siendo la tecnología y las medidas de prevención las que mitigan este factor.

Empleo sumergido, oculto o irregular

Al igual que el desempleo forzoso, es causado por la legislación laboral. Según el análisis económico del derecho, cuando cumplir la ley es más costoso que desobedecerla las personas se desplazan desde la legalidad a la costumbre, informalidad o economía sumergida (Ghersi, 2005). El empleo sumergido es la reacción del mercado frente al intervencionismo y «pone de manifiesto hasta qué punto la coacción institucional está a la larga condenada al fracaso por ir en contra de la más íntima esencia del humano actuar» (Huerta de Soto, 2010: 123). Si el gobierno desea emerger el empleo, en lugar de demonizar el trabajo informal, debería desregular el mercado laboral.

Fomentar el empleo

No está en manos del gobierno hacer que el empleo crezca porque estamos ante un fenómeno mercantil. Cuando el gobierno «crea» empleo en un sitio (previo cobro de impuestos) lo destruye necesariamente en otro. A medida que aumenta el número de funcionarios o de empresas públicas disminuye el número de productores privados. El resultado neto del «fomento» (gubernamental) del empleo es necesariamente negativo. Solo es posible mejorar la situación abrazando una economía laissez faire.

Igual trabajo, igual salario

Esta es una de las falacias más perversas del igualitarismo. El error está en la premisa «igual trabajo». Ya vimos antes que el salario depende de la productividad y no hay en el mundo dos personas que sean igual de productivas. Ni siquiera un mismo individuo tiene el mismo rendimiento a lo largo del tiempo. Paradójicamente, lo genuinamente justo es la desigualdad salarial, tal y como ocurre en el deporte profesional: cada jugador de un equipo percibe un específico salario —ficha— que ha sido fruto de una negociación individualizada. Es cierto que todos los jugadores realizan el «mismo trabajo», pero no pueden cobrar lo mismo porque todos contribuyen desigualmente al ingreso económico del club. Las mujeres deportistas cobran menos que los varones por idéntico motivo: su productividad es menor porque atraen menos público. En definitiva, la discriminación salarial no solo es impecable desde una óptica económica (sistema de precios), sino también justa porque da a cada uno lo suyo.

Proteger el empleo

La quiebra de empresas y su corolario, el desempleo temporal, es una circunstancia propia mercado. Proteger el empleo es una expresión confusa porque una empresa en crisis no está siendo agredida por nadie; es posible que esté mal gestionada o que no haya sabido adaptarse a los cambiantes gustos de los consumidores. No es lícito, por tanto, impedir la quiebra de bancos, astilleros, siderurgias o incluso de pequeños negocios apelando a una falaz «protección» del empleo. Cuando el gobierno acude, cual héroe, al «rescate» está agrediendo a otros negocios y al conjunto de los consumidores.

Racionalizar el horario laboral

Hay quienes opinan que el horario laboral es «irracional». En 2016, la ministra Fátima Báñez tuvo una ocurrencia: pretender, con carácter general, la finalización de la jornada laboral a las 18:00. La organización de la producción (incluido el horario laboral) no es un capricho del empresario, sino la mejor expresión de su racionalidad económica, guiada por el cálculo de beneficios y pérdidas. Son los hábitos del consumidor lo que establece indirectamente el horario laboral. Es cierto que el pequeño comercio, por ejemplo, tiene jornada partida y que los empleados «preferirían» la jornada continua, pero eso no significa que su horario sea irracional. Los ingenieros sociales, en lugar de coaccionar a los empresarios con normas jacobinas, deberían persuadir a los consumidores para que se abstuvieran de dormir la siesta o ver telenovelas después de almorzar. ¿A quién se le ocurre ir de tiendas o al gimnasio después de las 6 de la tarde? Ironías aparte, interferir la libertad comercial es un error y un horror: se reduce la producción, la tasa de capitalización, los salarios y el empleo; pero sobre todo es inmoral pretender regular la vida de los demás.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Ghersi, E. (2005). «El carácter competitivo de las fuentes del Derecho» [Video file]. Recuperado de https://www. tube.com/watch?v=w034GEg8awc

Huerta de Soto, J. (2004). Estudios de Economía Política. Madrid: Unión Editorial.

Huerta de Soto, J. (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Abolir a los abolicionistas

Desde que en el 39° Congreso Federal del PSOE se cerrase la puerta a debatir sobre la posible regulación de la gestación subrogada, los socialistas españoles han abrazado las tesis del feminismo radical que considera que actividades como la gestación subrogada, la prostitución o la pornografía constituyen una forma de mercantilización del cuerpo de la mujer que resulta indefendible. El propio expresidente Zapatero así lo señaló durante el 40° Congreso del partido que tuvo lugar el fin de semana pasado. No obstante, estas tesis presentan graves problemas teóricos y empíricos. A continuación intentaré analizar algunos.

Andrea Dworkin (1993) y Catharine MacKinnon (1993) son dos de las teóricas abolicionistas más conocidas. La primera considera que la prostitución es una práctica “intrínsecamente abusiva” en la que el hombre paga y hace lo que quiere con el cuerpo de la mujer. Además, la contraprestación económica en ningún caso hace que esta experiencia le resulte placentera ni deseable. En línea con Dworkin, para MacKinnon la prostitución supone la negación de la humanidad de las mujeres. En esta actividad, “las mujeres son torturadas mediante violaciones repetidas […] son prostituidas precisamente para ser degradadas y sometidas a tratos crueles y brutales sin límites humanos; es la oportunidad de hacer esto lo que se intercambia cuando las mujeres se compran y venden por sexo” (MacKinnon, 1993: 13).

Las posturas abolicionistas, al contrario que las prohibicionistas, no defienden la prohibición legal del trabajo sexual ni la persecución de las prostitutas (utilizo el femenino porque en su mayoría son mujeres, aunque no hay que olvidar que los hombres homosexuales y los transexuales también son un porcentaje importante de los trabajadores sexuales), pero tampoco están a favor de un reconocimiento jurídico que la homologue con la provisión de otro tipo de servicio.

Manifestaciones pretéritas a favor y en contra de la prostitución.

El modelo sueco, la legislación que fue adoptada por ese país en 1999, es ejemplo abolicionista por antonomasia. Parte de la consideración de la prostitución como una forma de violencia de género, y criminaliza y persigue penalmente la compra de sexo, es decir, a los clientes, en vez de a las prostitutas. Este modelo se ha implantado además en Islandia, Noruega y Francia.

Este tipo de legislación asocia la prostitución con la trata con fines sexuales y la explotación sexual. Para los abolicionistas, no se puede diferenciar entre prostitución voluntaria y explotación. Nadie, si no fuese por obligación -coacción o necesidad económica-, podría prestar su consentimiento para acostarse con otra persona a cambio de dinero.

Este argumento esconde la idea de que una persona en situación de necesidad económica pierde su capacidad de agencia y, por lo tanto, la posibilidad de decidir libremente. No obstante, cabría preguntarse si el derecho a disponer del propio cuerpo debe ser un derecho exclusivo de quienes se encuentran en una mejor situación socioeconómica.

Lo que debemos valorar es si ese intercambio limita de alguna manera los derechos y las libertades de quienes participan en él. Y en ese sentido, es un error creer que la introducción de dinero en una relación la contamina hasta el punto de invalidar el consentimiento expresado por un individuo adulto, ni siquiera cuando dicho consentimiento se produce motivado por la necesidad económica. Esta, que es la motivación principal tras la realización de la mayoría de trabajos, no introduce un vicio en el intercambio que deba llevarnos a reprobarlo. Lo cual no quiere decir que no deba preocuparnos que una persona carezca de alternativas suficientes entre las que elegir para poder tener un sustento económico que le permita desarrollar sus planes de vida. Pero si de verdad nos preocupa que la situación económica personal condicione las decisiones de la gente, debemos enfocar nuestros recursos en mejorar su situación o en ofrecerles alternativas, pero en ningún caso en restringir las disponibles cortando su libertad y capacidad de decisión.

En definitiva, el modelo abolicionista parte de un enfoque paternalista e infantilizador, así como profundamente antiliberal. Para sus defensores, las mujeres adultas que acceden al trabajo sexual son como los menores, incapaces de dar su consentimiento. Desconocen que el consentimiento tiene que ver, precisamente, con la ausencia de coacción. Por ende, una persona será siempre más libre cuando pueda decidir sobre algo que si otra persona ha decidido de antemano por ello. De la misma manera en que aceptamos que una persona mantenga relaciones sexuales con otra persona sin que haya compensación económica, debemos aceptar la posibilidad de que una personas pueda consentir hacerlo a cambio de dinero.

Este modelo no solo parte de unos presupuestos, a mi juicio, equivocados. Una confusión grave alrededor del consentimiento o la creencia de que se debe poder legislar sobre lo que los adultos pueden hacer con su cuerpo. Además, yerra en su aplicación práctica, generando unas consecuencias nefastas para aquellas personas a las que pretende ayudar.

Temor a detención y condena

Estas políticas suelen empujar el trabajo sexual voluntario a la clandestinidad, haciéndolo todavía más inseguro: el temor a la detención y condena de los clientes hace que estos no estén dispuestos a dejar su información de contacto. Cabe añadir que contribuyen a aumentar el estigma, provocando que muchas trabajadoras sexuales confíen todavía menos en las autoridades y servicios de salud pública. (Holmström y Skilbrei, 2017)

Por último, también hay estudios que señalan que las prácticas policiales represivas, legales o ilegales, vinculadas a una criminalización, parcial o total, del trabajo sexual, están asociadas a mayores riesgos de infección por VIH o ETS, violencia física o sexual por parte de los clientes, así como un menor uso del preservativo durante la práctica sexual (Platt et al., 2018).

Por el contrario, su regulación está asociada con una disminución de los delitos sexuales (Ciacci & Sviatschi, 2018Cunningham y Shah, 2018Bisshop et al., 2017) y de ETS, debido a un mayor uso del preservativo (Cameron, Seager y Shah, 2020; Cunningham y Shah, 2018). Además, también se ha mostrado que la despenalización puede mejorar las relaciones entre las prostitutas y la policía al aumentar la capacidad de reportar incidentes violentos y facilitar el acceso a servicios de salud (Armostrong, 2016).

En definitiva, el abolicionismo, en lugar de perseguir el ejercicio coactivo del trabajo sexual, proteger la salud y garantizar los derechos y libertades de estas trabajadoras, encarna una comprensión reduccionista y paternalista que, a través de un marco de victimización de estas mujeres, socava su agencia, autonomía y capacidad de decisión. Pero ni ha conseguido proteger a las prostitutas ni ha conseguido abolir la prostitución.