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Etiqueta: Transgénero

La magia de J.K. Rowling

Stephen Pollard. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Como periodista, no hace falta que les diga que tengo tendencia al cinismo. Muéstrenme una buena acción y mi primer instinto suele ser preguntarme qué es lo que no se nos dice al respecto. Pero la vida sería bastante desalmada si ese cinismo fuera la única reacción de uno. Hay, por supuesto, algunas personas que están tan en el lado bueno de la balanza que realmente no hay necesidad de sospechar. Más bien al contrario. En ese sentido, me cuesta pensar en un ser humano vivo que haya sido una mayor fuerza para el bien en este mundo que J.K. Rowling.

Si la Sra. Rowling no hubiera hecho otra cosa que escribir los libros de Harry Potter, eso por sí solo habría sido una contribución asombrosa y única a la causa de la humanidad. Los siete libros de la serie, de los que se han vendido hasta la fecha más de 500 millones de ejemplares, han cambiado la vida de cientos de millones de niños, a muchos de los cuales les han hecho apreciar el placer de la lectura, algo que probablemente nunca habrían experimentado de otro modo. De una forma u otra, los libros y la lectura son la clave de casi todo lo que tiene valor en el mundo. Mostrar a los niños lo divertidos que pueden ser los libros, especialmente en un mundo con tantas atracciones que compiten entre sí, y a una escala a la que ningún otro libro se ha acercado jamás, es un gran logro.

Pero lo que realmente importa de JK Rowling es que no se ha limitado a sentarse y disfrutar del viaje. Ni mucho menos. Ha utilizado la plataforma de su éxito y la seguridad de su riqueza para hacer una serie de contribuciones asombrosamente importantes y valiosas a la sociedad. Gran parte de su filantropía pasa desapercibida. Conozco un ejemplo que no ha recibido ninguna publicidad, y estoy seguro de que habrá otros. Pero a los efectos de este artículo, lo que importa es su filantropía pública y sus contribuciones a la sociedad.

Por ejemplo, la organización benéfica Lumos, que creó para “poner fin a la institucionalización sistemática de niños en toda Europa y ayudarles a encontrar lugares más seguros y acogedores donde vivir”, y su fundación Volant. La semana pasada inauguró Beira’s Place, un servicio gratuito en Edimburgo para mujeres supervivientes de violencia sexual. Rowling lo financia, para tratar de contrarrestar la “necesidad insatisfecha” de “atención centrada en la mujer y prestada por la mujer en un momento tan vulnerable”.

Normalmente, uno podría elogiarla -o a cualquier otra persona- por un gesto tan filantrópico, pero no sorprenderse tanto. Pero no estamos en tiempos normales. La idea de que el sexo biológico es importante es considerada, de forma extraña, pero creciente, como una forma de abuso por parte de ideólogos que afirman que lo único que importa es cómo una persona desea definirse a sí misma. (Esa es la base del proyecto de ley de reforma del reconocimiento de género en Escocia, que probablemente se promulgará pronto). La Sra. Rowling ha hablado de la necesidad de que las mujeres biológicas tengan espacios seguros, donde sólo haya otras mujeres biológicas. Por ello ha sido tachada de transfóbica.

Es extraordinario que parezcamos haber viajado 50 años atrás. En los años setenta, Erin Pizzey creó el primer refugio para mujeres. Fue muy controvertido, sobre todo entre las mujeres. El maltrato doméstico no era algo de lo que se hablara en círculos educados. La idea de un espacio seguro sólo para mujeres se consideraba una especie de feminismo radical. (Recuerdo que de niña mi madre ayudaba en el centro; más tarde me contó que algunos de sus conocidos la recibieron con una mezcla de perplejidad y desdén).

En mi ingenuidad, hace diez años habría dicho que los avances en la batalla por poner de relieve el maltrato doméstico y las necesidades de las mujeres eran inerradicables. Qué equivocada estaba. Hoy, sorprendentemente, se ataca a quienes defienden los espacios sólo para mujeres, como en los años setenta. La mayoría de las veces, aunque la base del ataque es la causa supuestamente “progresista” de los derechos de las personas trans, la realidad es directamente misoginia. ¿Y quién está ahí, abriendo camino, defendiendo la ciencia, la decencia y a las mujeres? No es un político ni un líder comunitario. Es J.K. Rowling..

Intentan detenerla, anularla. Es infame que no la invitaran a aparecer en un documental de celebración del aniversario de las películas de Harry Potter, porque algunos de esos actores cuya carrera entera es fruto de la obra de J.K. Rowling son demasiado cobardes para enfrentarse a los matones que la atacan y, en cambio, permanecen callados o, en algunos casos, optan por unirse a ellos.

Irene Montero contra el deporte femenino

omo no podía ser de otra manera, la ley que impulsa Podemos para convertir la transexualidad en otro asunto con el que dividirnos entre buenos (ellos) y malos (la pérfida derecha, toda ella extrema y peligrosísima) se limita a importar punto por punto todas y cada una de las cruzadas de la izquierda norteamericana de los últimos años. Al segundo siguiente de que el Supremo norteamericano ilegalizara la prohibición del matrimonio homosexual, las políticas de identidad pasaron a centrarse en los llamados “transgénero” a sangre y fuego. Y se han llevado por delante muchas cosas, entre ellas el deporte femenino.

Si puedes competir en la categoría femenina simplemente porque has decidido que eres una mujer, todas las competiciones femeninas dejan de tener sentido. Los hombres poseen enormes ventajas físicas sobre las mujeres a partir de la pubertad, que no desaparecen por mucho que firmes un papel en el que declaras que ya no lo eres.

Esas diferencias pueden no ser tan importantes en nuestro día a día para quienes trabajamos delante de un ordenador y hacemos ejercicio de guindas a brevas, pero en el deporte son cruciales. En la élite resulta aún más obvio: no hay más que echar un ojo a las diferencias en las marcas de unos y otras. Florence Griffth-Joyner mantiene el récord de los 100 metros lisos desde 1988, con un registro de 10.49 que de hecho resulta más que sospechoso de haber sido logrado gracias a un error de la organización, que no contabilizó un viento trasero incompatible con una marca legal. Pero tomándola por buena, en 2018 había 35 hombres que tenían esa cifra como récord personal. Estaban empatados en el puesto 768 del ránking mundial.

Hay quien discute que esto sea así también en deportes más técnicos; aunque buscando quizá podríamos encontrar alguna excepción, lo cierto es que tenemos muchos ejemplos de que no es cierto. Selecciones de fútbol femeninas se han visto humilladas por juveniles masculinos que muy probablemente nunca llegarán a nada; las hermanas Williams, leyendas del tenis femenino, jugaron a finales de los 90 con un jugador situado más allá del puesto 200 de la ATP, que las venció con facilidad. Hasta el curling de las narices tiene campeonatos específicos para mujeres: por algo será.

Hay que recordar que pequeñas diferencias a nivel estadístico entre sexos pueden exacerbarse en los extremos de una distribución estadística, y los deportistas de élite se sitúan obviamente en uno de esos extremos, de ahí que las distancias sean mucho mayores en la alta competición que echando un partido entre amigos.

De ahí podría venir la única defensa que ésta ley podría tener, que admite –qué remedio—no permitir la participación de transexuales y transgénero en la categoría femenina en aquellas competiciones regidas por normas internacionales que lo impidan. Quienes piensen que esto lo arregla todo, porque sólo se admitiría esta participación en competiciones nacionales de poca importancia, que lo piense dos veces.

En primer lugar porque la presión moralista está haciendo que se relajen las reglas en muchos deportes: ahí tienen a Rachel MacKinnon batiendo récords mundiales de ciclismo en pista. Y segundo, porque hasta la deportista más exitosa ha empezado desde abajo, y nada resulta tan desmoralizante y destruye la motivación como saber que da lo mismo lo mucho que te entrenes y te esfuerces si el mejor puesto al que puedes optar en una competición es el primero que no esté ocupado por un transexual.

Es más, si las feministas de verdad se toman en serio aquello de la necesidad de tener modelos a seguir en todos los campos que inspiren a las mujeres a optar por esas carreras profesionales, ¿cuántas abandonaran antes de empezar si los puestos antaño reservados para las mujeres ahora son ocupados por transexuales?

No hay ámbito donde quede más clara la ficción que esta ley quiere sacralizar como verdad indiscutible que el deporte. Si alguien con un cuerpo masculino puede ser declarado mujer con sólo firmar un papel, el deporte femenino deja de tener sentido. Actualmente se mantienen dos categorías separadas de hombres y mujeres para que éstas últimas puedan competir, aspirar a triunfar y ver su talento y su esfuerzo reconocidos.

Si empiezan a ser hombres que han cambiado de sexo quienes dominan el deporte, carecerá por completo de interés y, sobre todo, pasará de ser femenino a ser otra cosa. Ese es el proyecto de la feminista Irene Montero por la igualdad.