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Etiqueta: Unión Europea

Por fin sabemos para qué es el kit de supervivencia de la Comisión Europea

Llevaba varios meses en campaña la Comisión Europea con su kit de supervivencia y su recomendación a los ciudadanos de que se hicieran con él para una posible emergencia. Los funcionarios de la Comisión no pierden oportunidad de mostrar a la ciudadanía cuánto les preocupamos, sin abandonar, eso jamás, su torre de cristal.

Uno se preguntaba por qué les había entrado de repente esa neura. Aunque, claro, como están tan convencidos de que el día menos pensado Rusia va a invadir Polonia, igual era por eso. A mí me cuesta creer que ellos se crean estas cosas, pero querrán llevar el teatro a sus últimas consecuencias para que los restantes europeos aceptemos que es necesario seguir tirando de gasto público, ahora para defendernos de imprecisos enemigos. Ahora que ya está agotada la disculpa del COVID, hay que buscar alguna otra con la que atontarnos mientras sostienen la fiesta.

El caso es que lo único interesante que parecía aportar el citado kit era un ranking de la capacidad de lobby en la CE de los distintos sectores industriales. Entre otros elementos, se nos recomienda almacenar: al menos 5 litros por persona de agua embotellada, una radio a pilas, una linterna, una batería de repuesto para el móvil (supongo que el dispositivo móvil se asume), un hornillo, cerillas, un extintor, pastillas de yodo o cinta adhesiva. Supongo que los afortunados productores de estos elementos estarán dando palmas con las orejas, como lo hicieron en su momento los fabricantes de bolsas de papel o los de chalecos reflectantes.

Todo ello, para prepararse ante un evento de excepción, como podría ser un ataque cibernético, una guerra, o una catástrofe natural. Sin embargo, no fue hasta el pasado 28 de abril a las 12:03 que entendí para qué era en realidad el citado kit de supervivencia que nos estaban recomendando mantener.

En efecto, lo que hemos aprendido todos en los últimos días, por la cuenta que nos trae, es que el funcionamiento del mercado de electricidad no es solo una cuestión de potencia, sino también de estabilidad, lo que los técnicos llaman inercia. Si bien todas las fuentes de generación eléctrica proporcionan potencia a la red, los Kilowatios, no todas son capaces de estabilizar la red a la frecuencia de operación, que en Europa es de 50 Hz.

Si las distintas fuentes no entran con la frecuencia o la fase correcta, el sistema puede ponerse en riesgo, y lo que hacen las distintas centrales generadoras es desconectarse del mismo de forma casi automática para protegerse, empezando por las centrales nucleares que son, precisamente, las que más contribuyen a dicha estabilización. En suma, que sí, que las fotovoltaicas y eólicas pueden aportar Watios para que los consumamos, pero que necesitan otras fuentes que las estabilicen para que no se colapse el sistema como ocurrió el fatídico día del apagón.

Eso nos lleva directamente al fin del sueño utópico, despertados repentinamente por el conocimiento científico y técnico. Nuestro consumo de electricidad, que básicamente condiciona nuestro bienestar, no va a poder depender de las fuentes renovables porque, aunque éstas puedan aportar toda la energía que consumamos, no lo van a poder hacer con inercia y estabilidad. Al menos, no a un coste razonable, que seguro que la tecnología también posibilitará, si es que no lo hace ya, la estabilización de dichas fuentes.

Es evidente que este conocimiento sobre la estabilidad e inercia de las fuentes de electricidad no se ha desarrollado en los últimos días. Es algo que cualquier técnico sabría, por lo que cualquier técnico comprendía los riesgos asociados a las decisiones ideológicas de promover la aportación de electricidad sin inercia en menoscabo de aquellas tecnologías que sí la aportan. Simplemente, era un debate que se hurtaba a los ciudadanos, hasta que nos hemos dado de bruces con él, algunos dentro de un ascensor.

Ahora todos somos conscientes de que la carrera de las energías renovables tiene unos riesgos inasumibles, como el de perder una jornada completa de producción, quedarse sin todo el género de la cámara frigorífica, o pasar 10 horas en medio de la nada en que se haya detenido el AVE. Y que estos riesgos se acrecientan conforme las renovables incrementan su participación en el mix energético, que es precisamente el objetivo de las políticas energéticas de nuestros gobiernos.

Lo cierto es que ahora sí entiendo por qué los europeos necesitamos el kit de supervivencia que nos recomienda la Comisión Europea: Para protegernos de las políticas energéticas de la propia Comisión Europea!

Tampoco es tan sorprendente. Cualquier ciudadano medianamente bien informado sabe cuál es el principal enemigo de su libertad.

Algunas cuestiones no disputadas del anarcocapitalismo (LXXVII): Problemas de coordinación de la transición energética (II)

En el último artículo abordamos la cuestión de la falta de coordinación entre los distintos países a la hora de abordar la cuestión de la transición energética. En este pretendemos analizar cómo la planificación de esta transición y la ausencia total o parcial de precios y mecanismos de mercado lleva a la descooordinación de los factores precisos para llevarla a cabo, y cómo esta descoordinación puede tanto ralentizar su puesta en práctica como imposibilitarla total o parcialmente.

Nos centraremos especialmente en el caso de la transición en la movilidad, esto es pasar de usar transporte movido por carburantes fósiles a otros movidos por electricidad u otra forma de alimentación que no emita gases de efecto invernadero, como el CO2. También abordaremos problemas análogos referidos a la falta de coordinación a la hora de transitar del uso de una a otra fuente de energía.

Lo primero que debemos tener en cuenta a la hora de pretender usar transportes movidos por electricidad es, como es obvio, comprobar si disponemos o no de electricidad suficiente para mover con la misma capacidad de carga y prestaciones una flota de vehículos equivalente a la de que disponemos en la actualidad. Y esto por lo que parece no está claro que se haya aún conseguido o que se pueda conseguir en un plazo breve de tiempo. Desde el verano de 2022, los gobernantes han advertido de la necesidad de reducir sustancialmente el consumo eléctrico de la población, debido a la posible escasez derivada de la intermitencia en la producción de la misma, por una insuficiente producción de electricidad de origen renovable y también por la escasez de gas ocasionada por la guerra de Ucrania. Asunto, en el caso español, agravado por la casi ruptura de relaciones comerciales con Argelia.

No casa eso muy bien con la idea de crear un parque automovilístico de millones de autos eléctricos. Si ya sin ellos hay problema, no sabemos lo que podría pasar con un parque altamente electrificado en caso de existir algún problema de insuficiente generación de energía. Habría que determinar que tipo de consumo tendría prioridad en este caso, como en Suiza que ya decretó que en ese caso los autos eléctricos tendrían prohibida la recarga.

A la hora de coordinar factores, tampoco parece existir la previsión de que hacer en caso de algún cataclismo natural, como un huracán o un terremoto, y una subsiguiente evacuación masiva en el caso de no haber generación. Circunstancias más comunes, como una típica operación salida de vacaciones, puede transformarse en algo complicado de querer recargar millones de autos a la vez. Y no sólo por falta de energía, sino por el tiempo empleado en la recarga, que por rápida que sea no puede igualar a los tres o cuatro minutos que implica tal recarga en un auto de combustión. Cualquier matemático que sepa algo de teoría de colas entenderá a que me refiero.

Al igual que cuando se instauró el llamado comunismo de guerra en la vieja Unión Soviética hubo problemas de coordinación entre los bienes producidos y sus bienes complementarios, mucho me temo que en este caso, obviamente con una gravedad mucho menor, se pueden dar problemas análogos. No basta con poder producir la cantidad necesaria de autos electrificados en el breve plazo marcado por las directivas europeas (ago, por otro lado, difícil como veremos más adelante), sino que es necesario desarrollar en paralelo los bienes necesarios para que estos puedan operar. 

Para ello es necesario generar de la energía suficiente, y ello incluye la capacidad de adaptarse a los picos de consumo. O sea que debe ser, casi por fuerza, producida en un sistema capaz de modular la generación para adaptarla a las condiciones de la demanda en cada momento. Pero además es necesaria, por ejemplo, una infraestructura de recarga, a poder ser rápida como los supercargadores de una conocida marca, de tal forma que no nos eternicemos a la hora de “repostar” electricidad.

Esto puede implicar en algunos casos cambiar por completo el cableado de algunas zonas que no disponen aún de la red de la que ya disponen parcialmente algunas grandes ciudades. La red eléctrica de los distintos países europeos es desigual y precisa de adaptación a la recarga rápida en muchos territorios de Europa; algo relevante si nos queremos desplazar en un auto eléctrico más allá de las grandes urbes o a otro país, algo que ahora podemos hacer sin gran problema.

Todo ello sin contar con la necesidad de adaptar la red doméstica o sobre todo la de los grandes edificios y comunidades de vecinos. Obviamente que se puede hacer y de triunfar la opción del auto recargable seguro se hará, pero lleva tiempo y recursos hacerlo y, como vimos en otro artículo, tendrá que ser lentamente adaptado a la demanda. Recordemos que la transición de la tracción animal y del ferrocarril a los transportes de combustión interna llevó decenios y aún no está completada en muchas partes del mundo. Quizás acostumbrados a la relativamente rápida transición en otros ámbitos como el de la telefonía móvil o el internet, los gobernantes pensaron que esta también podría hacerse de forma veloz y sin gran coste, sólo con un par de directivas y un poco de concienciación.

Se olvidaron de que esas transiciones fueron mayormente sin plazo y en un entorno de relativo mercado libre y casi sin imposición legal. Y sobre todo porque las nuevas tecnologías eran percibidas como mejores por la mayoría de los consumidores, algo que de momento no se ve.

Otro aspecto no considerado a la hora de decretar la transición a la movilidad eléctrica es el de la necesidad de cambiar el mix energético antes de proceder al cambio. El cambio de movilidad se justifica básicamente en la necesidad de reducir emisiones de gases de invernadero como el CO₂, algo que se lograría con el uso de automóviles de cero emisiones como los eléctricos o los de hidrógeno verde (estos últimos aún por desarrollar comercialmente). Pero no se habla de las emisiones originadas en el proceso de generar la electricidad necesaria para cargarlos.

Si la generación de electricidad es neutra en gases, como ocurre por ejemplo en Noruega, el proceso de transición cumplirá sus objetivos de descarbonizar. Si, al contraio, la generación requiere del uso de carbón, fuel o gas, como en el caso de China, bien pudiera suceder que el auto eléctrico contaminase más que un auto de combustión de nueva generación y no serviría de nada la adaptación a la nueva tecnología. En otros casos, como el español, dependería de la forma de generación de cada día concreto para poder dilucidar si se da o no la reducción de emisiones. La transición al auto electrificado requerirá, pues, una coordinación previa con la transición a la producción de energía eléctrica para todos los usos, algo que por lo que se vé aún no está conseguido.

Es más, en este último año se está produciendo en Europa cierta regresión hacia formas más contaminantes de generación debido a las tensiones derivadas de la guerra de Ucrania, lo que a corto plazo bien pudiese conseguir que el esfuerzo sea en vano. Si a ello le sumamos el coste en CO₂ de achatarrar millones de vehículos y el de producir otros tantos millones de autos nuevo, algo que rara vez se considera, el beneficio para el planeta a corto plazo y, dada la urgencia de la necesidad del cambio, no parece que pueda ser muy grande.

A estos problemas de descoordinación hay que sumar otros dos. El primero es el de la falta de capacidad a día de hoy de suministro de los materiales necesarios para llevar a cabo una transición de tales dimensiones. Autores no precisamente muy próximos a ideas anarcocapitalistas, como Antonio Turiel o Alicia Valero, han expuesto en libros muy bien documentados la dificultad, por no decir imposibilidad, de extraer recursos naturales (litio, coltán, cobalto o tierras raras entre otros) en la cantidad necesaria como para poder sostener la transición y mucho menos en un plazo tan corto. Son necesarias nuevas minas, así como logística de transporte y transformación de esos materiales, en cantidades que a corto plazo son muy difíciles de obtener.

Es cierto que los mercados muestran una gran capacidad de adaptación, y muy probablemente con el tiempo podrían encontrar sustitutos o nuevas formas de producción que resolviesen el problema. Pero, como apuntamos, eso no se puede hacer por decreto. Hay que dejar funcionar el mecanismo de los precios y luego ver si es posible o no llevar a cabo la transición. Los mercados no son omnipotentes, puesto implicaría que las personas que los hacen funcionar lo son. De hecho, se abandonan todos los días muchos proyectos económicos por inviables con la tecnología o disposición de recursos disponibles en el momento de diseñarlos y se opta por otras soluciones o por mejorar las ya existentes.

Ahora parece que es posible técnicamente obtener energía a través de la fusión, pero para que esta posibilidad técnica se concrete en artefactos movidos por tal fuente es necesario desarrolar fábricas y proyectos que transformen esa posibilidad en algo concreto. Ya a veces no es rentable o no se puede a corto plazo.

Parece como si los planificadores, normalmente despectivos con las posibilidades de coordinación de los mercados, ahora confiasen en ellos más que los propios defensores del capitalismo de libre mercado. Un ejemplo de esto es la confianza que tienen en que estos componentes y los productos que de ellos derivan, como las baterías eléctricas de automoción, se abaratarán solos por el mero paso del tiempo. Los mercados no funcionan solos; necesitan de empresarios, trabajadores, materias primas y capitales para funcionar. Todo ello en un marco institucional libre de interferencias que no fijen objetivos por la fuerza.

Es previsible que las baterías se abaraten con el tiempo, peor no sabemos ni cuanto ni cómo, pues aún es necesario desarrollar tal industria a gran escala.

Porque, esta es otra, no es previsible que a corto plazo se den todos los beneficios de producción a escala que se dieron en otros sectores al estar a transición limitada de momentos a unas áreas geográficas concretas, Europa y en menor medida otros países occidentales. De no extenderse esta transición al resto de los automovilistas del mundo, algo improbable a corto plazo, los beneficios de escala no se aplicarán en toda su potencialidad, quedando reducida la movilidad eléctrica a un nicho relativamente reducido en el que no compense invertir las cantidades de capital necesarias para conseguir tales efectos. Bien pudiera ser que baterías y otros elementos como repuestos sigan siendo una especie de consumo de lujo para países ricos y, por tanto, no compense producirlos aún de forma barata.

Son estos problemas que cualquier estudioso de las economías planificas, aunque sea a escala reducida, conocen. Pero una vez más vemos como la arrogancia de los planificadores ocasiona más problemas de los que pretende resolver. Volveremos en el futuro a analizar estos temas que son una buena prueba del fracaso de la planificación. Eso sí, espero equivocarme y que estos problemas tratados puedan tener solución.

Europa le da la espalda al libre comercio

Robert Tyler. Este artículo fue publicado originalmente en CapX.

El libre comercio fue en su día el centro del proyecto europeo. De hecho, el Reino Unido, Dinamarca y muchas otras naciones del norte de Europa se unieron a la Comunidad Europea por esa misma razón. La visión de un bloque comercial unido más fuerte y abierto al mundo gozaba de gran aceptación. Sin embargo, los economistas liberales y los euroescépticos políticos llevan mucho tiempo dudando de los verdaderos motivos de la UE a la hora de promover el libre comercio, y la semana pasada por fin se les cayó la máscara.

En un discurso pronunciado en el Colegio de Europa de Brujas, la Presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, esbozó lo que algunos han denominado su enfoque del comercio “Europa primero”. Al tiempo que criticaba a Estados Unidos por su generoso programa de subvenciones ecológicas, que concederá a las familias y empresas estadounidenses dinero para invertir en tecnologías limpias emergentes, afirmó que Europa tendría que replantearse su relación comercial con Estados Unidos.

Proteccionismo para la élite burocrática

En su discurso a los estudiantes de la escuela de élite para eurócratas, Von der Leyen dijo:

La nueva política industrial asertiva de nuestros competidores requiere una respuesta estructural. Nuestros marcos de ayudas estatales existen para preservar nuestro precioso mercado único. Pero si las inversiones en sectores estratégicos se escapan de Europa, esto no haría sino socavar el Mercado Único. Por eso estamos reflexionando sobre cómo simplificar y adaptar nuestras normas sobre ayudas estatales.

Ursula von der Leyen

En efecto, el Presidente de la Comisión ha dado a entender que la UE va a dar la espalda al libre comercio y ha inaugurado una nueva era de aranceles elevados y subvenciones estatales. Si la Unión Europea quiere competir, debe actuar como sus competidores. Hace tiempo que en Bruselas se opina que, en la era de las empresas estatales chinas y el proteccionismo estadounidense, es hora de que la UE actúe con más dureza frente a terceros países.

Todo ello tras un reciente enfrentamiento con el Reino Unido por el reconocimiento mutuo de normas. En lugar de aceptar que el Reino Unido es capaz de crear por sí mismo normas fiables, la Comisión exigió la adopción de las mismas.

Esto coincide con la visión de muchos en Bruselas de convertir a la Unión Europea en una “superpotencia reguladora”. A los críticos de esta propuesta se les acusa de poner en peligro a los ciudadanos europeos, pero la realidad es que la idea de ser una “superpotencia reguladora” es una defensa preventiva de nuevas medidas proteccionistas. Lo que los defensores de la UE como “superpotencia reguladora” suponen ingenuamente es que todas las demás normas y reglamentos no establecidos por la Unión Europea son automáticamente inferiores, como si Japón, Canadá o Nueva Zelanda fueran naciones especialmente inseguras.

El libre mercado tras el Brexit

El ataque de Von der Leyen a EE.UU. y la aparición de una política comercial de “Europa primero” no ha tenido una acogida universal en Bruselas. La Presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, eurodiputada por Malta, contraatacó con la idea de una guerra comercial con Estados Unidos. “¿Estamos entrando en una guerra de subvenciones? Yo sería muy prudente al respecto, pero me entra miedo cuando veo un aumento de los ángulos proteccionistas…”, dijo en una cena con Politico.

Sin embargo, las voces a favor de un verdadero libre comercio en Bruselas están disminuyendo rápidamente. Desde la salida del Reino Unido, el debate sobre ambiciosos acuerdos de libre comercio y la reducción de la regulación ha quedado relegado a un segundo plano. Incluso el tradicionalmente liberal “Grupo Renovador” del Parlamento Europeo se ha visto invadido por voces proteccionistas, con el propio partido del presidente francés Macron a la cabeza. El libre comercio liberal y las políticas económicas han caído en desgracia, y es difícil ver un camino de vuelta.

¿Hay un aumento del autoritarismo en la Unión Europea?

La Unión Europea pasa por un momento delicado, en el que su propia existencia puede correr peligro, al menos con el modelo que conocemos actualmente. La UE está en conflicto con sus partes, como el Sacro Imperio Romano tuvo conflicto entre el emperador y los príncipes que le elegían. Cuando sólo era la CEE, llegaba a acuerdos de carácter económico sin que sus organismos interfirieran en las políticas de los Estados que la componían. Se podía poner en duda si el acuerdo era lo suficientemente bueno o no, pero una vez firmado, era un consenso que se llevaba a una práctica que se podía analizar. Mientras, las cuestiones políticas, geoestratégicas o de carácter interno en cada país iban por sus propios e interesados derroteros. Es cierto que podía haber avisos o peticiones, pero no dejaban de ser eso, meros “consejos”. Cuando surge la UE, lo hace con una tara, una similar a la que no supieron resolver sus líderes cuando se crearon los Estados Unidos de América. De la misma manera que los conflictos de los Estados y el Gobierno federal dieron pie a su guerra civil, de una manera menos violenta, las instituciones que gobiernan la UE han entrado en conflicto con algunos países que la forman.

Cuando cayó el bloque soviético, muchos países vieron en la UE un lugar donde medrar, donde poder lamerse las heridas del comunismo y acceder al libre mercado, donde podrían desarrollar sus ansias de libertad, si se me permite tan hortera expresión. Todos los países centroeuropeos de la órbita soviética se integraron en la UE. También otros que habían formado parte de la URSS, como las tres repúblicas bálticas, Estonia, Letonia y Lituania, lo hicieron y algunos lo intentaron, como Ucrania. Un proceso similar pasó en los países que surgieron de la descomposición de Yugoslavia; Croacia y Eslovenia son miembros de pleno derecho del club. Sin embargo, una cosa son las hipótesis de partida y otra, la práctica. Con el tiempo, la burocracia soviética fue sustituida por la de Bruselas y las nuevas generaciones que no sufrieron la tragedia del comunismo se están preguntando qué está pasando en sus países, a los que Bruselas les impide ser ellos mismos, resurgiendo cierto grado de nacionalismo, que bien reivindica su historia y tradición como principal aspiración o bien busca otras alianzas con viejos enemigos/aliados.

No hace mucho, Polonia declaró inconstitucionales varios puntos en los artículos 1 y 19 del Tratado de la UE, invalidándolos y denunciando que “el intento de interferir en el ordenamiento judicial polaco por parte del TJUE viola los principios del Estado de derecho, el principio de supremacía de la Constitución y el principio de preservación de la soberanía en el proceso de integración europea” Algo similar ha ocurrido en la Hungría que dirige el poco apreciado Viktor Orban. Las políticas húngaras que ha lanzado su primer ministro han encontrado enfrente a las instituciones bruselenses, al considerar que son contrarias a la legislación de la UE para el colectivo LGTBI. A Orban le han encontrado también enfrente en temas tan delicados y mediáticos como la inmigración o la manera de afrontar la pandemia del Covid-19. Es evidente que esta situación ha provocado que Polonia tenga en Hungría un aliado

En ambos casos, se ha puesto en jaque la jerarquía jurídica que existe en los países que forman parte de la UE, en los que las legislaciones nacionales deben cumplir, o al menos no oponerse, a las que emanan desde Bruselas. ¿Deben los príncipes plegarse al emperador o debe este ser el que haga caso a los príncipes? ¿Existe en este caso un emperador? ¿Quién es? El verdadero problema es que se está imponiendo un contexto en el cual las actitudes más autoritarias se imponen frente a las que más respetan la libertad y la propiedad. Y no es que uno de los bandos tenga en esto más razón que el otro, el problema es que en ambos se están imponiendo actitudes autoritarias (1). 

No soy fan de la conservadora Polonia ni de la Hungría que pone en solfa una serie de libertades básicas, como la de prensa. Como tampoco soy muy fan en España de que el gobierno socialcomunista u otros regionales, de signo contrario, mantengan el sistema que se inmiscuye en los medios de comunicación, ya sean públicos o privados. No soy fan y no los miro con neutralidad, pero he de reconocer que la actitud de la UE con estos dos países es la de un déspota al que le molesta que le lleven la contraria e invoca su puesto jerárquico para imponerse. No busca el consenso o el diálogo, sino la imposición. 

Orban se opuso a las políticas migratorias de la UE, políticas que están comandadas por Alemania y que suponen la entrada, más descontrolada que controlada, de miles de inmigrantes que huyen de diversas guerras o situaciones difíciles. Encajar esto en el obligatorio Estado de bienestar europeo es difícil, aunque las quejas vienen por otros derroteros más polémicos, pues los inmigrantes traen una cultura distinta de la tradicional y esto estaría en conflicto necesariamente. Budapest y Berlín o París, además de Bruselas, se enfrentaron y siguen enfrentándose por ello. Sin embargo, cuando desde Austria se planteó algo similar, los alemanes atendieron sus peticiones. Algo similar ocurrió en Dinamarca, que ha creado una isla gueto para sus inmigrantes, saltándose muchos de los derechos fundamentales que algunos echan en cara al gobierno húngaro.

¿Es la UE un lugar donde todos los países son iguales entre ellos? Siempre habrá países más importantes en términos económicos y geoestratégicos, pero es cierto que uno de los principios básicos de la UE es tal igualdad. La realidad es que, durante muchos años, el eje francoalemán tuvo enfrente a los británicos, que buscaban no pocas veces la alianza con países “menores” para formar un bloque mayor. El ‘brexit’, por razones similares a las que ahora podría dar lugar a la salida de Polonia y otros países del Este europeo, dejó claro que en la UE manda Berlín, algunas veces en igualdad con París y otras, no (2). ¿Es el emperador el canciller alemán de turno? ¿Ha conseguido Alemania lo que no pudieron dictadores pasados, el control de Europa, al menos de la que forma parte de la UE? ¿Son los intereses de la UE más cercanos a los alemanes que a los de cualquier otro miembro del club? ¿Tiene la UE intereses propios?

Es posible que estas preguntas no tengan respuestas sencillas, pero están detrás de muchos agravios que sienten algunos países del Este, que se alejaron del oso ruso para acercarse al caracol europeo. Algunos de ellos se están planteando un cambio de aliados. Quizá es un cambio interesado, pues, al fin y al cabo, la Federación Rusa tiene algo que ellos necesitan a corto y medio plazo, gas y petróleo, pero también tienen un pasado común que se exterioriza en forma de paneslavismo, alimentado por una sensación de abandono y unas obligaciones inaceptables por parte de la lejana Bruselas. En este punto, quiero decir que las autoritarias ideas de los rusos tienen acomodo en estos países, como las autoritarias ideas fascistas las tuvieron en el periodo de entreguerras. Podemos agarrarnos a que es una situación temporal o circunstancial, pero social e individualmente se está asumiendo que la autoridad es más importante que la libertad para tener seguridad o sensación de ella, además de que se jalea el nacionalismo, como ideario donde el grupo es mucho más importante que el individuo, que se encuentra a su servicio. 

Es indiscutible que la UE tiene dificultades para reconciliar la igualdad formal de sus miembros, carece de una ciudadanía uniforme y organizada, y esta no percibe al espacio común como un entorno donde se identifique y que le otorgue un marco de defensa de sus libertades, respetando identidad, autonomía y diferencia. La soberanía está fragmentada y la implementación de las políticas depende de la colaboración de los miembros. Estas estructuras políticas fragmentadas y descentralizadas no se prestan al control democrático directo.

Puede que la UE se tenga que plantear dar un nuevo paso. La primera opción sería volver a un sistema básicamente económico, un mercado común, quizá que permita la libre circulación de personas, siempre y cuando tengan la nacionalidad de los del club, sin ninguna decisión política, en la que cada país tenga libertad para elegir qué modelo debe seguir y que, como mucho, cumpla un mínimo democrático. La segunda opción es que se pase a un sistema más integrado y federal, donde los países pierdan soberanía que pasara a un presidente europeo, un parlamento con más atribuciones que el de ahora, una verdadera división de poderes, igualdad entre ciudadanos más que entre países, y que la actual Comisión Europea desapareciera tal como se la conoce, pues ahora no es elegida por nadie ni están claras sus atribuciones (en la práctica, hace lo que quiere dentro de unos límites difusos). Otra opción es la desaparición, claro.

En cualquier caso, las actuales dificultades para tener una política que surja del centro y que reaccione para defenderse de los países díscolos, provocan que sus ideas, plasmadas en políticas, sean cada vez más lejanas a las ideas de la libertad, que sean imposiciones que molestan e irritan a la periferia. Corren malos tiempos para el europeísmo.

(1) Sería mucho más acertado dejar avanzar a cada régimen a su ritmo, quizá evitando desviaciones exageradas, pero no forzando, ya que suele provocar resistencia, al ver como una clara injerencia. Volviendo al espejo estadounidense, es como cuando EE. UU. impone de la noche a la mañana la democracia en países donde no existe la tradición institucional adecuada, generando rechazo y sensación de invasión, no de ayuda.

(2) Un ejemplo de ello es la polémica del gasoducto Nord Stream 2, donde Alemania ha impuesto sus intereses al del resto de socios, en especial a Polonia, que ha salido perjudicada para los suyos.