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Etiqueta: Urbanismo

Nuestras ciudades están desconectadas

Por Katrina Gulliver. El artículo Nuestras ciudades están desconectadas fue publicado originalmente en FEE.

La zonificación urbana es un tema en el que la izquierda y la derecha suelen encontrar puntos en común: no les gusta. La izquierda a menudo porque quiere libertad para construir viviendas multifamiliares y asequibles en zonas designadas para residencias unifamiliares, y la derecha por la excesiva burocracia y las restricciones a lo que se puede construir en cualquier sitio.

La ciudad de Houston (Texas), famosa por no tener zonificación, suele ser considerada una heroína en este juego. Sin embargo, como explica Sara Bronin en su nuevo libro Key to the City, esa no es la imagen completa.

Los de fuera se imaginan un paraíso para los promotores inmobiliarios: «Pero en la ciudad no zonificada, las normas privadas llenan el vacío normativo que deja la ausencia de zonificación».

Aunque la ciudad en general carezca de zonas, los suburbios individuales crearon sus propias normas:

La ordenanza de subdivisión, por ejemplo, establece las líneas de edificación (retranqueos frontales), los requisitos de aparcamiento y el tamaño mínimo de las parcelas, todos ellos habituales en los códigos de zonificación. La ordenanza de conservación histórica, otro ejemplo, exige que algunas propiedades se sometan a una revisión de diseño, un proceso a veces requerido por los procedimientos de zonificación. Técnicamente, estas ordenanzas no son zonificaciones, como ha confirmado recientemente el Tribunal Supremo de Texas. Pero aplican varios mecanismos similares a la zonificación.

La frase «técnicamente… no son zonificación» es, como el lector habrá adivinado, exigir mucho trabajo.

Un menor control del Gobierno permite un mayor crecimiento

El papel desempeñado por la zonificación se rellena simplemente bajo la apariencia de otras ordenanzas o pactos específicos. De este modo, el control se reduce a un nivel más local, lo que significa que determinados barrios pueden restringir lo que se construye en su zona. (Por ejemplo, destaca los suburbios acomodados que pueden mantener su carácter de vivienda unifamiliar gracias a los convenios).

Pero para el conjunto de la ciudad, la ausencia de zonificación significa un menor control gubernamental, lo que permite a Houston crecer mucho más deprisa que otras ciudades y atender las necesidades de vivienda de su creciente población.

Bronin creció en Houston, por lo que conocía bien la situación. De adulta, vive en Hartford, Connecticut, y también ha visto los efectos de un exceso de zonificación:

A principios del siglo XX, Hartford era una de las ciudades más ricas del país. La industria de seguros, fabricantes innovadores como Elizabeth Colt y Albert Pope, e iluminados literatos como Mark Twain y Harriet Beecher Stowe habían dado a la ciudad prominencia económica y cultural. Por aquel entonces, Hartford era famosa tanto por su bullicio comercial e industrial como por su elegancia señorial. «De todas las ciudades hermosas que he tenido la fortuna de ver, ésta es la principal», dijo Twain entusiasmado en su primera visita. «No sabes lo que es la belleza si no has estado aquí».

Ahora nadie diría eso de Hartford. «La capital de Connecticut es ahora una de las ciudades más pobres del país, una isla de pobreza concentrada en una de las regiones más ricas de Estados Unidos», escribe Bronin.

Cómo destruir una ciudad

Los intentos de renovación de mediados del siglo XX destruyeron elegantes casas históricas y pequeños apartamentos, mientras que las leyes de urbanismo de los años 50 y 60 impedían reconstruir esas casas, aunque alguien quisiera hacerlo:

La zonificación establecía onerosos requisitos de aparcamiento que se tradujeron en más asfalto, menos edificios y zonas verdes, y demasiados solares pavimentados como en el que nos sofocábamos aquel día de julio. La zonificación hizo imposibles las preciosas casas adosadas y los edificios de apartamentos que habían adornado la avenida en su apogeo.

Los urbanistas suelen decir que los barrios más deseables suelen ser los que hoy sería ilegal construir. «La paradoja de la zonificación -la tragedia de la zonificación- es que a menudo comienza como un intento esperanzador de mejorar nuestras ciudades y la vida en ellas. Luego, con demasiada frecuencia, fracasa; incluso hace lo contrario».

La existencia de zonificación y restricciones también crea una cultura de búsqueda de rentas en el mejor de los casos (y de sobornos en el peor). Hay que pagar por solicitar un permiso de construcción, por las variantes, por los topógrafos, por volver a presentar los planos al ayuntamiento cuando fueron rechazados la primera vez… y un ejército de burócratas para gestionar el proceso.

La zonificación, en alguna de sus formas, se remonta muy atrás en la historia de las ciudades. En la América colonial, la zonificación comenzó con el tipo de normas de sentido común que ya existían en Europa. No ubicar industrias malolientes, como curtidurías, en el centro de la ciudad. Usar ladrillo para los edificios cercanos a riesgos de incendio, como panaderías y fraguas.

Williamsburg, Virginia

En Williamsburg, Virginia, había normas en la década de 1760 sobre retranqueos mínimos, aspecto desde la calle, restricciones al ganado en la ciudad y calles rigurosamente planificadas. (De hecho, estas normas, y sus resultados, ayudaron a la recreación de la ciudad como Williamsburg colonial en el siglo XX). Bronin retoma su relato en el siglo XIX, cuando la industrialización de las ciudades obligó a introducir cambios de mayor calado:

A medida que aumentaba la densidad residencial de Boston, también lo hacían las quejas de los residentes que vivían más cerca de los animales de granja. Los dirigentes locales actuaron para mitigar sus preocupaciones. Boston fue una de las muchas ciudades que aprobaron leyes para prohibir la cría de cerdos, que antes vagaban por las calles comiendo desperdicios. En 1830, el alcalde prohibió las vacas en el Common, y en 1836 retiró el vallado de los pastos. A principios del siglo XX, la ciudad había instituido requisitos de dispersión para las granjas lecheras, manteniéndolas a 300 yardas de los pantanos y otros animales de granja.

En lo que respecta a algunas de estas normas, la mayoría de nosotros no tendríamos ningún problema. Por mucho que queramos tener libertad para construir lo que queramos, la condición humana hace que tendamos a querer imponer restricciones a los demás. Creo que la zonificación es una burda imposición del Estado cuando me impide construir un garaje cerca de la carretera, pero algo muy bueno si impide que mi vecino de al lado instale una granja industrial de cerdos. Por eso puedo elegir vivir en una subdivisión con pactos o en una HOA restrictiva, sólo porque puedo estar seguro de que lo que me impide hacer lo que quiero también se lo impedirá a mi vecino.

La era progresista

Pero la zonificación urbana más restrictiva en Estados Unidos surgió de la Era Progresista. Al principio, los planificadores cívicos querían eliminar los barrios marginales y mejorar la salud pública, y los partidarios de «embellecer la ciudad» también se centraban en la estética del entorno construido. Sin embargo, a medida que el automóvil se fue imponiendo, esto se convirtió en un factor importante: la zonificación se centró en encontrar formas de permitir que los coches circularan y -lo que es más importante- tuvieran un lugar donde aparcar.

El resultado más tóxico han sido los requisitos mínimos de aparcamiento para las nuevas construcciones. Cualquiera que propusiera construir un bloque de apartamentos tenía que reservar una zona pavimentada para los coches de los posibles residentes. Esto no sólo ha creado un paisaje urbano plagado de asfalto, en el que no se pueden construir edificios de relleno (porque no hay espacio para aparcar), sino que ha eliminado del mercado el tipo de edificios pequeños de 4 a 6 unidades que había en los suburbios construidos antes de los años 40, precisamente el tipo de edificios que antes eran viviendas asequibles.

Mientras tanto, los ayuntamientos han intentado regular y zonificar la vivienda asequible sin eliminar las normas que la hicieron tan cara.

Zonificación “de inclusión”

Una reciente moda en la regulación de la vivienda ha sido la zonificación «de inclusión»: requisitos para que los promotores incluyan un determinado porcentaje de viviendas «asequibles» en las nuevas promociones. Curiosamente, Bronin se muestra en contra de tales imposiciones, señalando que:

…ninguna investigación ha demostrado que los programas de inclusión creen realmente nuevas viviendas. Por el contrario, las investigaciones existentes sugieren que la zonificación de inclusión en realidad aumenta los precios generales, porque los promotores recuperan los costes de construcción de sus unidades cobrando más por las unidades a precio de mercado. Según un estudio, en las jurisdicciones de California, la oferta se redujo en un 7% y los precios aumentaron en un 20% durante un período de diez años en el que se adoptó la zonificación de inclusión. Los detractores creen que, por estas razones, la zonificación de inclusión constituye un impuesto oculto sobre el desarrollo inmobiliario.

(Por supuesto, cualquiera que haya vivido en California sabe que no hay nada que Sacramento no pueda encarecer imponiendo otra ley más).

Un impulso mucho mayor a la oferta de viviendas, «asequibles» o no, sería la eliminación de esos molestos requisitos de aparcamiento. Por ejemplo, Bronin describe un programa de «bonificación por densidad» en San Diego que permite a los promotores construir más unidades de las que permite la zonificación si ofrecen una proporción de ellas como viviendas asequibles. Este sistema produjo resultados modestos: solo 145 unidades (15 asequibles) en 2016.

Otra zonificación

Como explica, la supresión de los requisitos de aparcamiento tuvo un impacto mucho mayor:

Pero en 2020, el año siguiente a la supresión de los requisitos de aparcamiento, el programa produjo 3.283 viviendas (más de 1.500 asequibles), muchas de ellas en zonas de tránsito y otras tantas en edificios asequibles al 100%, que resultaron más viables económicamente al no tener que proporcionar aparcamiento.

Sorprendentemente, cuando los promotores no tienen que comprar más terreno para aparcar (o pagar un túnel bajo el edificio para crear aparcamientos subterráneos), pueden construir viviendas más baratas.

Bronin reconoce que la zonificación arruinó Hartford y que sólo permitiendo más flexibilidad en el uso del suelo podremos recuperar el tipo de ciudades que la gente quiere. Pero ella sigue queriendo zonificar a su manera:

Debemos reescribir nuestros códigos para construir lugares más bellos y resistentes. La zonificación puede reposicionar la naturaleza como una forma vital de infraestructura necesaria para nuestra salud, bienestar y supervivencia.

Sigue estando a favor de la zonificación, pero modificada.

Ver también

La gentrificación no debería ser un problema

Podríamos pensar que la mayoría de las personas verían como un problema que su barrio de ´´clase obrera o trabajadora´´, media-baja o baja, sufra una decadencia económica: vecinos con menores ingresos, servicios de peor calidad y el desplome del precio del metro cuadrado. Sin embargo, cuando sucede lo contrario, y los barrios de ´´clase trabajadora´´ se enriquecen, atrayendo inversiones y vecinos de mayores ingresos, la literatura sociológica, política y urbanística presenta este fenómeno como el “problema de la gentrificación”.

¿De qué se quejan cuando se quejan de la gentrificación?

Existen varias razones por las cuales se suele hablar de la gentrificación como un problema:

  • El desplazamiento por aumento del costo de vida: Se suela hablar de un desplazamiento de los ´´sobrevivientes urbanos´´ aquellos que en el pasado aprovecharon los bajos precios para comprar en la ciudad pero que a lo largo de los años no experimentaron un enriquecimiento relativo.
  • Perdida del atractivo urbano o la identidad del barrio: ambos son factores subjetivos y no es evidente si es más atractivo que una ciudad tenga una alta o baja densidad, o este repleta de pequeños negocios o de grandes infraestructuras comerciales. Sin embargo, se suele criticar que el proceso de gentrificación trae consigo la pérdida del atractivo urbano y la identidad del barrio como porque cambian el tipo o escala de los negocios, se modifica la arquitectura, los espacios públicos, etc.
  • Extracción capitalista de las rentas del suelo urbano: en un modelo neoliberal, la mercantilización del suelo urbano implica que el desarrollo del espacio urbano queda dirigido por grandes capitales, que establecen un crecimiento ´´a saltos´´ que les permite tener cierta capacidad de influencia sobre los precios. Además, la crítica marxista suele enfatizar en el carácter aparentemente ´´apolítico´´ del desarrollo urbano, pero en realidad el crecimiento urbano suele responder a los intereses urbanos de la clase económica dominante.
  • Perdida de la diversidad: por razones históricas puntuales ciertos núcleos urbanos pueden contener una alta diversidad cultural y económica. Esta diversidad puede ser una fuente del encanto de la ciudad, pero el enriquecimiento o empobrecimiento sostenido pueden acabar con ella. La gentrificación suele implicar la homogenización de un sector urbano hacia una misma clase social o grupo cultural.

La resistencia al cambio o el sesgo anti-dinamismo

El desplazamiento o la pérdida de diversidad pueden darse tanto por el enriquecimiento como por el empobrecimiento de una zona urbana, aunque claramente es más perjudicial cuando ocurre por empobrecimiento. En ese caso, no solo debes abandonar el lugar donde has vivido por años, sino que tu propiedad pierde valor, limitando tu capacidad de mudarte a un área que cumpla con tus expectativas.

El anti-dinamismo actúa como un sesgo que impulsa a académicos, votantes y políticos antiliberales, tanto de izquierda como de derecha, a problematizar cambios espontáneos o naturales. Esto los lleva a exigir políticas públicas redistributivas que perjudican a los nuevos (el cambio) para beneficiar a quienes ya están (el status quo). Los ciudadanos suelen ignorar que su situación actual es producto de cambios radicales en el pasado y, en lugar de aceptar la dinámica, demandan que todo permanezca igual o que los cambios les beneficien directamente. Un ejemplo común es: “no quiero perder mi empleo por la automatización”. A veces, incluso piden resultados contradictorios, como: “no quiero que construyan más en mi barrio, pero me gustaría que mis hijos puedan comprar aquí donde crecieron”.

La gentrificación es un problema porque cualquier cambio es un problema para quienes tienen resistencia al cambio. Tanto la España vaciada (Asturias), como la España de moda (Mallorca) son un problema, aunque en ambas regiones, los nietos, hijos y abuelo ya no pueden vivir uno cerca del otro. Sin embargo, lo único constante es el cambio, y por eso es crucial aceptarlo y evaluarlo en términos de si es mejor o peor, en lugar de compararlo con una fantasía de no-cambio. En este sentido, entre los posibles escenarios, la gentrificación (como en Mallorca) es preferible a la despoblación (como en Asturias).

El desarrollo urbano no es justo, pero no por las razones que defiende la izquierda

Las críticas de la izquierda al desarrollo urbano impulsado por inversión privada son en parte válidas, pero no por tratarse de un producto del libre mercado o del respeto a la propiedad privada. El desarrollo urbano es, en gran medida, un proceso indirectamente público, ya que depende de la asignación política de licencias y permisos a desarrolladores privados. En este sentido, el Estado actúa como propietario original del suelo, distribuyéndolo según sus intereses políticos.

Ni el desarrollo privado a través de medios estatales, ni el desarrollo exclusivamente público-estatal, logran un crecimiento urbano natural que refleje las preferencias, los precios de mercado y los acuerdos libres entre los residentes. Los políticos suelen aprovechar el desarrollo urbano para aumentar la recaudación y el gasto público, presentándose al mismo tiempo como defensores de la identidad y los residentes tradicionales del barrio.

Una alternativa liberal sería un modelo de propietarios y copropietarios, que podría fomentar un desarrollo urbano de abajo hacia arriba, considerando realmente las preferencias de los habitantes. Sin embargo, esto no implicaría una oposición automática a los cambios urbanos, ya que las asociaciones de copropietarios también podrían beneficiarse de la expansión o transformación de su zona residencial.

La no gentrificación puede ser un peor síntoma

Es común encontrar barrios residenciales bien ubicados y atractivos, donde los servicios públicos funcionan relativamente bien y los residentes originales de clase media continúan disfrutando de seguridad, infraestructura de calidad como parques, vialidades o centros deportivos, mientras sus viviendas se han revalorizado significativamente. En estos casos, los políticos prefieren preservar el estado de estos barrios para evitar incomodar a los votantes y mantener su poder, rechazando las ofertas de desarrolladores privados.

Frente a este panorama, hay dos aspectos a considerar. En primer lugar, aunque no ocurre un desplazamiento directo, el aumento en los precios de las viviendas impide que los familiares de los residentes puedan comprar en la zona, lo que conduce a una llegada gradual de nuevos residentes que no comparten las mismas características que los anteriores. En segundo lugar, esta situación, donde los residentes disfrutan de todos los beneficios de su barrio y de la revalorización de sus propiedades, ocurre a costa de aquellos que no pueden permitirse vivir allí. Esto implica que, los beneficios están concentrados entre unos pocos y los daños entre una población amplia y dispersa que buscan zonas residenciales bien ubicadas para vivir.

En un sistema de libre mercado y propiedad privada, mantener una zona residencial sin cambios durante muchos años conlleva enormes costos de oportunidad para sus residentes, lo que facilita que se produzcan los cambios necesarios para satisfacer la creciente demanda de vivienda.

Gentrificación y desigualdad

La relación entre la gentrificación y la desigualdad no es de causa y efecto, ni siquiera de correlación directa, sino de visibilizarían. La llegada de, por ejemplo, ciudadanos ingleses a Barcelona no agrava la desigualdad entre España e Inglaterra, pero hace más evidente para los barceloneses que su ciudad es valorada por personas con mayores ingresos que ellos.

La visible desigualdad en las ciudades suele tener una lógica económica, ya que las distintas clases sociales se benefician de la proximidad entre sí. Intentar eliminar esa desigualdad o separar a las clases sociales para que no sea tan evidente tiende a perjudicar la actividad económica local, al romper las dinámicas de interacción y beneficio mutuo que estas relaciones generan.

En otros casos las relaciones desiguales pueden tener giros radicales. Hasta hace poco menos de un siglo las zonas costeras solían ser poco atractivas. En islas como Mallorca, los terrenos frente al mar eran más económicos que los del interior, donde se aprovechaban mejor para la agricultura. Con el tiempo, esta dinámica ha cambiado por completo, pero no ha eliminado la desigualdad, sino que simplemente ha alterado quiénes ocupan las posiciones privilegiadas. 

Gentrificación, desplazamiento, descentralización y competencia

Si entendemos la gentrificación como el desplazamiento o aumento del costo de vida de las clases medias y bajas en áreas urbanas o turísticas debido al desarrollo o enriquecimiento de estas zonas, podríamos considerar que la gentrificación es positiva para fomentar el surgimiento de nuevos centros urbanos en regiones subexplotadas. La gentrificación no sería un problema si no fuera casi imposible recrear el desarrollo urbano de la manera en que se hizo en el pasado.

El verdadero problema no es que las zonas urbanas o turísticas se vuelvan más atractivas, sino el aumento continuo de las regulaciones sobre el uso del suelo, los permisos de construcción y las condiciones de habitabilidad. Como resultado, la gentrificación no está impulsando la creación de nuevos centros urbanos. Ciudades como Londres, Nueva York o Venecia habrían sido imposibles de desarrollar bajo los rígidos sistemas de planificación urbana actuales.

Forzosa homogeneizacion

Además, el Estado se ha convertido en el principal enemigo de las tradiciones locales y el atractivo urbano, imponiendo una homogenización forzosa de la arquitectura de las nuevas construcciones residenciales. Esto no responde al uso económicamente eficiente de los materiales de construcción, sino a la combinación de dichos usos para satisfacer las estrictas normativas urbanísticas. Aunque algunos edificios públicos recientes logran incorporar estilos únicos o experimentales, las viviendas residenciales privadas están mucho más limitadas debido a las restrictivas regulaciones sobre el uso del suelo y la construcción.

La descentralización y la competencia entre unidades políticas son esenciales para convertir la gentrificación en un primer paso hacia el desarrollo. Con voluntad política, las regiones subexplotadas podrían ofrecer entornos significativamente más atractivos para la inversión y la migración que zonas saturadas como Madrid o Barcelona. Actualmente, la “Europa vaciada” está cavando su propia tumba, y parece que solo avances tecnológicos como el trabajo remoto, los coches autopilotados o el internet satelital podrían salvar estos territorios. En algunos lugares, se han implementado programas de repoblación con incentivos económicos en forma de subsidios o transferencias directas, mientras que incentivar la migración por medio de reducciones fiscales o una mayor libertad económica siguen siendo tabú en Europa.

Ver también

¿Qué tipo de ciudad queremos?

La proximidad de las próximas elecciones municipales nos ayuda a repensar muchas cosas, entre ellas el valor -y la importancia- de los núcleos urbanos.

Dado que el hombre es un animal social, no es extraño que, para muchos, la ciudad sea uno de los mayores inventos de nuestra especie, aunque seguramente sea sólo la consecuencia, casi inevitable, de que seamos como somos.

Puntos de comunicación

Como dice Glaeser:

[las ciudades] suponen la ausencia de espacio físico entre las personas y las empresas. Representan la proximidad, la densidad de población y la intimidad. Nos permiten trabajar y jugar juntos, y su éxito depende de la demanda de contacto físico (…). En Europa y Norteamérica, las ciudades aceleran la innovación vinculando entre sí a sus habitantes inteligentes, pero en el mundo en vías de desarrollo las ciudades desempeñan un papel todavía más decisivo: son puntos de comunicación entre mercados y culturas

Edward Glaeser

La cuestión de los bienes públicos

En efecto, en la ciudad, como también señala Jane Jacobs, se forman las principales redes de relación y cooperación humanas, pero también en ella aparecen los principales problemas de convivencia social, surgiendo los típicos problemas de “externalidades” (las acciones de unos afectan, inevitablemente, a otros) y “bienes públicos” (existen elementos, espacios o servicios que son comunes a los habitantes de las ciudades, con lo que surge el problema de cómo sufragarlos). Como señala el profesor Rallo,

La existencia de externalidades y de bienes públicos hace necesaria algún tipo de coordinación social: hay que regular qué conductas son permisibles y cuáles no, y hay que imponer quiénes pagan y cuánto lo hacen por esos bienes y servicios comunes. De ahí que, tradicionalmente, el Estado se haya arrogado la competencia de regular las externalidades y de proveer los bienes públicos.

Juan Ramón Rallo

Público no quiere decir estatal

Ahora bien, ¿es necesario que sea el Estado, a través del municipio -como entidad local básica en la que se organiza territorialmente aquel- quien se arrogue una serie de competencias para solucionar los problemas de bienes públicos y externalidades que surgen en las ciudades? ¿Debe ser el Estado el encargado de diseñar urbanísticamente la ciudad y gestionar los servicios comunes (seguridad, provisión de agua potable, alcantarillado, redes de transporte público, recogida de basuras y otros residuos, alumbrado público o protección del medio ambiente)?

¿No deberían ser los ciudadanos quienes, libremente, se organicen en la forma y con las estructuras que consideren oportunas, a fin de solucionar los problemas de externalidades y bienes públicos inevitables en las ciudades, dejando libertad para que éstos puedan incorporarse o abandonar dichas organizaciones comunales en el seno de las cuales se establecerían las reglas por las que se regirían las relaciones dentro de esa comunidad? ¿No debería dejarse que sean los ciudadanos libremente, a través de la competencia, del ensayo y del error, quienes desarrollen de modelos organizativos innovadores, que permitan descubrir la mejor forma de organizarse?

Desamparados en el paraíso

Y es que diseñar todo desde un despacho no siempre es la mejor solución. Jane Jacobs explica, por ejemplo, cómo los bellos planteamientos urbanísticos, diseñados por reputados arquitectos y urbanistas, no hacen sino crear ciudades aparentemente bellas y muy ordenadas en las que, sin embargo, la gente no quiere vivir porque se siente sola, insegura y desprotegida.

Glaeser, por su parte, ilustra también este problema de ver lo superficial, y no las consecuencias, al explicar cómo las verdes ciudades aplanadas (que crecen a lo “ancho” y no a lo “alto”) diseñadas también por urbanistas y burócratas, aparentemente tan respetuosas con el medio ambiente, llenas de jardines y de amplias avenidas con aceras llenas de árboles y césped a la puerta de las casas, no son sino una “trampa” ambiental que obliga a sus habitantes a utilizar el coche hasta para ir a comprar el pan, generando muchos más atascos en las horas punta, más contaminación, y una mayor pérdida de tiempo que las grises ciudades concentradas y basadas en los edificios de altura.

Modelos más abiertos

Al final, en la forma de organizar y diseñar las ciudades -y la convivencia en el seno de las mismas-, como en cualquier otro ámbito en el que intervenga la acción humana, es esencial el papel del individuo, con plena autonomía de su voluntad, sin que pueda ni deba ser sustituido por políticos-burócratas que traten de imponer, desde sus despachos, la forma de vivir y de organizarse de la gente, y menos en un ámbito tan íntimo y privado como es la ciudad, que es donde el individuo establece sus vínculos personales, económicos y sociales más cercanos, estrechos y directos, ya que, como consecuencia de los problemas de información y de incentivos que surgen, es imposible que acierten.

Pero es que, en cualquier caso, y aun en el supuesto de que políticos y burócratas acertasen, por un segundo, en todo el territorio sobre el que “gobiernan”, por su propia naturaleza, las normas impuestas por la autoridad tienen una “inercia” que haría que las mismas, al segundo siguiente, quedasen desfasadas, dadas los cambiantes gustos e intereses de los ciudadanos, sin que los políticos y burócratas tuviesen medios o mecanismos para corregir y adaptar esas normas. De ahí que, a nuestro modo de ver, sea imprescindible tender a modelos de ciudad mucho más libres, abiertos, en los que los ciudadanos se relacionen sin más trabas que las expresamente autoimpuestas por ellos.

Pocos principios en las papeletas electorales

De esa manera, existirían tantas ciudades distintas como así lo quisiesen sus habitantes, cada una con sus peculiaridades, en las que se integraría la gente según sus gustos y afinidades, y en las que se estarían permanentemente innovando nuevas formas de convivencia que facilitaran una mejor vida de los hombres en sociedad, sirviendo la competencia entre ellas como acicate para que se descubran nuevas y mejores formas de satisfacer necesidades y de prestar servicios a menor coste.

El problema es que no son tantos los candidatos a nuestras alcaldías que vayan a basar sus programas en esos principios. Al menos, a mí no me suenan.

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Bibliografía:

Glaeser, Edward. El Triunfo de las Ciudades. Madrid: Taurus, 2011.

Jacobs, Jane. Muerte y Vida de las Grandes Ciudades. Madrid: Capitan Swing, 2013.

—. The Economy of cities. Vintage Books, 1970.

Rallo, Juan Ramón. Una Revolución Liberal para España. Barcelona: Deusto, 2014.

Ciudades de 15 minutos

To remove a man who has committed no misdemeanour, from the parish where he chooses to reside, is an evident violation of natural liberty and justice. The common people of England (…) have now, for more than a century together, suffered themselves to be exposed to this oppression without a remedy (…) There is scarce a poor man in England, of forty years of age, I will venture to say, who has not, in some part of his life, felt himself most cruelly oppressed by this ill-contrived law of settlements.

Adam Smith. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations

Últimamente está de moda -curiosamente a la vez en diversas partes del globo… maravillosa “globalización”-, con motivo de ese calentamiento global que nos ha tenido pelados de frío, hablar de las “ciudades 15 minutos” (o “cronourbanismo”, si lo prefieren), una idea  con la que esos políticos  que tanto se  desvelan por nosotros (el insomnio sistemático del Tito Berni y sus comilitones es sólo un ejemplo) tienen, según se nos dice, la intención de conseguir acercar los servicios a los ciudadanos -a un máximo “de 15 minutos andando o en bici”, ya saben, de ahí el apodo- a fin de que no tengamos que movernos para poder ir al médico, a la compra, a trabajar, a estudiar, a disfrutar del ocio o “de la cultura”… o “de la naturaleza”.

Eso sí, parece que habrá algún tipo de limitación -minimísima- a quien “se pase” y utilice, “demasiado”, según qué carretera de salida o entrada de su lugar de residencia a la hora que no le parezca al burócrata de turno (sin esas limitaciones, sinceramente, no tendría sentido que estuviésemos hablando de todo esto y los políticos sólo nos venderían la importante inversión que van a realizar duplicando recursos por nuestro bien y dado que la malévola iniciativa privada no se presta a ello por espurios, inconfesables y malignos intereses… lo de siempre con sifón, vaya).

El objetivo, por supuesto, irrenunciable como pocos, es reducir “la huella de carbono” al facilitarle al ciudadano tenerlo todo a tiro de piedra e impedirle la libertad absoluta de tránsito (hay que embridar al ciudadano, ya saben, que si no, siempre se pasa y sólo quiere fastidiar), pero en una espiral virtuosa donde los efectos colaterales positivos son aparentemente infinitos: beneficios “al pequeño negocio”, mejoras para “la salud de los ciudadanos” (al disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero y permitir una vida más tranquila), una mejor “ habitabilidad”, reforzar los vínculos, reforzar el “sentido de comunidad” a lo Jane Jacobs…  y un larguísimo etcétera. El único inconveniente es que se pisotea la libertad, pequeño detalle, con oscuros resabios del “panóptico carcelario” benthamiano;  pero poco sacrificio me parece si con esas medidas reducimos el CO2, que, según parece, constituye ya el terrorífico 0,04 % –400 partes por millón (sic)-, de la atmósfera.

 Curiosamente es Inglaterra uno de los países en los que con más ganas se están probando estas “nuevas ideas” ya desde los años 60 -con el plan de Barrios de tráfico reducido-, pero sobre todo en los últimos años, con Oxford como espejo en el que poder mirar lo guapos que nos vamos a poner (y que es la ciudad en la que ya ha empezado a haber problemas por algunas restricciones “temporales”, y muy bien intencionadas, en la libertad ambulatoria de sus vecinos).

Por supuesto, la prensa de siempre está dejando claras no sólo las bondades del proyecto, sino la maldad -o estupidez– de los “conspiracionistas” que lo rechazan, injustamente, por considerar que es una vuelta de tuerca más para limitar nuestras libertades. Algún díscolo -aunque son pocos, gracias a Dios-, está que no está, y no se fía de esos “conspiranoicos” que consideran estas futuras “ciudades” un “plan maquiavélico” para encerrarnos, pero tampoco quieren creer a “quienes nos venden este modelo como una alternativa libre de problemas y, sobre todo, libre de ocultas intenciones” -ni fu ni fa, vaya- y limitan los posibles aviesos designios de los ideólogos de esta maravilla a la simple intención de limitar del “vehículo privado” (lo que, visto lo que está ocurriendo en Madrid, por ejemplo, no sería una novedad a la que mereciese dedicar ni un minuto).

El problema es que, como atribuyen a Mark Twain, “la historia no se repite, pero rima”, y en este caso esa rima parece consonante y acompañada por la misma melodía de siempre, nada novedosa, por cierto. Y es que los conspiranoicos serán “malos” o “tontos”, pero en esto no están demostrando ser demasiado imaginativos:

Los soviéticos -expertos en todo lo que tenía que ver con la “supervisión”- tenían ya algo que, a mí, paranoide donde los haya, me recuerda a la herramienta de control que ven algunos -aunque sin los afinados mecanismos que permite la tecnología actual-: un sistema de “fiscalización” de la población mediante permisos de residencia y la prohibición a los empleadores de contratar a quien no estuviese en su sitio y no tuviese, por tanto, la “propiska local” (o permiso de residencia) correspondiente. Cierto es que en el paraíso socialista no había gente necesitada, todos eran inmensamente felices y comían perdices -reales o imaginadas- gracias a papacito Estado, con lo que dicho sistema de “control” debía ser pura veleidad, superflua e inútil, de algún burócrata despistado con exceso de celo.

También los nazis crearon barrios cerrados en los que se tenía accesible todo lo que ellos consideraban necesario para la población “acercada”; en ese caso se llamaban guetos, y a quienes ahí vivían se les obligaba a llevar un distintivo en la solapa (distintivo que ya no hará falta, gracias también a las tecnologías de reconocimiento de matrículas o facial). Lo que pasó después con esos guetos es una de las páginas más sórdidas, luctuosas y lamentables de la Historia.

Pero la idea venía ya de antes y recuerda demasiado -a mi mente enferma, ya saben-, a las famosas leyes inglesas -ay, la Pérfida Albión, con ese Oxford que están poniendo tan futurista- de Asentamientos (“Law of Settlements”) -que servían para completar a las “leyes de pobres” de los Tudor-, y por las que los menesterosos en general tenían prohibido mudarse de una “parroquia” a otra sin la autorización formal y escrita de la parroquia de origen (mecanismo de “mera observación”, como otro cualquiera). Y es que eran numerosas, en aquella época, las hordas de mendigos que -como recuerdan entre otros el libertario Albert Jay Nock en su “Nuestro enemigo, el Estado”- habían sido creadas por el latrocinio coactivo del mismo que vino después a establecer las medidas para “solucionar” el problema que había creado, es decir, el Estado:

Los horrores de la vida industrial de Inglaterra (…) se debían a la intervención primaria del Estado por la cual se expropió la tierra a la población de Inglaterra; debido a la eliminación de la tierra de la competencia con la industria de trabajo por parte del Estado. Tampoco el sistema fabril y la “revolución industrial” tuvieron nada que ver en crear esas hordas de miserables. Cuando el sistema fabril vino, esas hordas ya estaban ahí, expropiados

Albert Jay Nock. Nuestro enemigo, el Estado, Unión Editorial 2013, pág. 165.

Se me dirá que exagero y que no es lo mismo: que la finalidad de los casos históricos comentados no tiene nada que ver con lo que pretenden los comunistas de Más Madrid, adalides del ecologismo planetario; o que una cosa es poner orden y racionalidad, y otra prohibir; o que hoy no somos legión quienes queremos cambiar de residencia y no tenemos con qué sustentarnos, sin que haya ninguna amenaza en lontananza de la que debamos preocuparnos.

El Estado era malo, como mucho, antes, por ignorancia e ingenuidad, pero quienes gobiernan han aprendido y ya sí saben cómo velar por nuestro bien:  la IA sólo irá en nuestro beneficio y no hay manera de que se creen hordas de mendigos sin trabajo por las máquinas, sobre todo en un mercado laboral tan bien regulado como el que tenemos; la crisis de deuda, para un Estado con facultad de “imprimir dinero”, no es un problema (lo que les digo, si es que “la vida puede ser maravillosa”); las leyes de bienestar animal, entre otras, que hacen cada vez más difícil la vida en el campo -donde podríamos ser libres, como los mendigos antes de las expropiaciones “tudorianas”-, son por nuestro bien, aunque ahoguen de manera irremediable a quienes allí viven, pero precisamente porque son unos ignorantes a quienes tienes que venir los urbanitas a enseñar cómo se deben hacer las cosas… etc…

Es verdad que no estamos todavía en una cárcel -al menos desde que salimos de los inconstitucionales confinamientos-; pero visto lo visto, y la inclinación natural que tienen quienes nos gobiernan a ir siempre en la misma liberticida dirección, no estoy tranquilo… Además, hay algo incontestable: según el Foro Económico Mundial, ese faro inmerecido que otea, por nosotros, el futuro más furtivo, en 2030 “no tendrás nada”, y serás feliz… ay, los mendigos expropiados ingleses…

Y, quizás de nuevo por la rima, se me viene también a la cabeza otra frase de Adam Smith, relativa a cómo reaccionó la gente ante las Leyes de Asentamiento británicas:

Though men of reflection, too, have some times complained of the law of settlements as a public grievance; yet it has never been the object of any general popular clamour

Adam Smith. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations

Y algo, como un escalofrío, se empeña en recorrer mi espalda.  La idea ya está lanzada… es cuestión de esperar a que a Mr. Overton le dé por pasar por delante de nuestra ventana, o que se presente, “espontáneo” e imprevisto, algún “shock”, a lo Naomi Klein. Y si no, al tiempo.

Y yo me pregunto… si “resilientemente” aceptamos caminar hacia el precipicio liberticida “un, dos, tres pasitos pa´lante, María” para después morir de júbilo por dar “un pasito pa´tras”… antes de volver a avanzar, ¿dónde acabamos?  “Libre, como el ave que escapó de su prisión, y puede, al fin, volar; libre”.

¿Qué pensaría Roger Scruton de las ciudades de 15 minutos?

Samuel Hughes. Este artículo ha sido publicado originalmente en CapX.

Desde hace algunos años, los urbanistas utilizan la expresión “ciudades de 15 minutos”. Y durante la mayor parte de ese tiempo, nadie les prestó atención. En los últimos meses, sin embargo, este término ha salido de su rincón especializado para convertirse en objeto de furibundas disputas, tanto en las zonas más oscuras de Internet como dentro del Partido Conservador. Cuando los conservadores hablan del entorno construido, nunca tarda en invocarse el nombre de Roger Scruton. Y como trabajé como ayudante de investigación de Scruton en la Comisión Building Better, Building Beautiful, me llaman para que opine sobre lo que él habría dicho. Así que aquí estoy.

Barrios con poco tráfico

Lo primero que hay que decir sobre las ciudades de 15 minutos es que, a pesar del revuelo que se ha montado en las redes sociales, no son lo mismo que los barrios con poco tráfico. Una ciudad de 15 minutos es aquella cuyos habitantes viven a menos de 15 minutos a pie o en bicicleta de muchas cosas, como tiendas y colegios. Un barrio con poco tráfico (LTN) es aquel en el que las autoridades locales han prohibido el tráfico de paso. Puede haber ciudades a 15 minutos sin LTN, como en la mayoría de las zonas construidas hasta la década de 1930. También puede haber LTN sin ciudades de 15 minutos: en cierto modo, la mayoría de las urbanizaciones de callejón sin salida de la posguerra son así, aunque el tráfico de paso está bloqueado por la estructura de la red de calles y no por bolardos o jardineras. Se puede estar a favor de una cosa y no de la otra sin que ello suponga una incoherencia. Son ideas diferentes.

Lo segundo que hay que decir sobre las ciudades de 15 minutos es que su definición es bastante vaga. La cuestión clave es qué cosas tienen que estar a menos de 15 minutos para que una ciudad merezca el atributo de “15 minutos”. Se abre un abanico de posibilidades que van de lo absurdo a lo sensato.

¿Qué es una ciudad de 15 minutos?

Según una definición tonta, una ciudad de 15 minutos es aquella en la que sus habitantes están a menos de 15 minutos en bicicleta de todo lo que necesitan. Históricamente, muchas ciudades eran así. Google Maps calcula que se puede ir en bicicleta de la Porta Tufi a la Porta Camollia de Siena en 11 minutos, o del Temple Bar Memorial a la Torre de Londres en 12 minutos. Así pues, si hubieran existido las bicicletas, los sieneses y londinenses medievales habrían podido llegar a todo lo que necesitaban en 15 minutos; e incluso sin ellas, no estaban muy lejos.

Pero estas ciudades alcanzaban los 15 minutos siendo muy pequeñas. La Siena medieval tenía unos 50.000 habitantes y el Londres medieval unos 80.000, con niveles de hacinamiento que hoy nos resultarían intolerables. A menos que construyamos muchos rascacielos, no vamos a meter a mucha más gente en una “ciudad de 15 minutos” según la absurda definición.

Ciudades pequeñas

A mucha gente le gusta vivir en ciudades pequeñas. Pero mucha gente también tiene razones para vivir en ciudades más grandes. La razón subyacente es lo que los economistas llaman “efectos de aglomeración”, es decir, a grandes rasgos, el hecho de que las personas suelen ser más productivas cuando viven cerca unas de otras. Un abogado brillante obligado a vivir en una aldea remota puede no ser capaz de utilizar ninguna de sus habilidades distintivas, y de hecho puede ser un muy mal trabajador agrícola.

Si vive en una ciudad pequeña, puede conseguir un buen trabajo en un bufete local. Si viven en Londres, puede que consigan un empleo en una empresa líder mundial, ganando mucho más y contribuyendo mucho más a la economía. Esta es básicamente la razón por la que el suelo en las grandes ciudades de éxito es mucho más caro que en otros lugares: la gente cobra más si es más productiva, puede ser más productiva viviendo en centros urbanos, por lo que está dispuesta a pagar más por vivir en esos lugares.

Una hecatombe

Según esta absurda definición, las ciudades de 15 minutos serían incompatibles con todas las ventajas de aglomeración de las ciudades de más de 80.000 habitantes. Si se aplicara en serio, habría que destruir todas las grandes ciudades del mundo, hundir la economía mundial y sumir en la pobreza a miles de millones de personas. Evidentemente, no es una buena idea.

No ayuda decir que una ciudad debe ser “policéntrica”, de modo que Londres podría seguir existiendo como unidad geográfica, pero dividida en subciudades compatibles en 15 minutos. Según la tonta definición, uno debería poder llegar a todo en 15 minutos. Si es así, ¿qué sentido tiene agrupar todas estas subciudades de 15 minutos? Por definición, sus residentes pueden llegar a todo lo que necesitan sin salir de su unidad de 15 minutos. La razón de ser de las grandes ciudades es que ofrecen a sus residentes al menos algunas cosas que no pueden conseguir en su radio de 15 minutos, ya sean universidades, hospitales, teatros, sedes de empresas o parlamentos.

Hasta aquí la definición tonta. Pero también existe una definición sensata de las ciudades de 15 minutos, según la cual una ciudad cumple el requisito si sus habitantes pueden ir a pie o en bicicleta a una serie de servicios locales. Es plausible que incluya un colegio de primaria y secundaria, una oficina de correos, una tienda de comestibles, una farmacia, un pub, un parque, un patio de recreo, una consulta de medicina general, una iglesia parroquial y una parada de autobús.

Ciudades de más de un cuarto de hora

En este sentido, las ciudades de quince minutos no son necesariamente impracticables. Todas las ciudades del mundo se construyeron así hasta la Segunda Guerra Mundial. Algunos países todavía tienden a construirlas así, como Japón, España y los Países Bajos. Las ciudades así construidas suelen tener muchas ventajas. Existen numerosas pruebas empíricas, que poco a poco se van incorporando al debate público británico a través de organizaciones como Create Streets y Place Alliance, de que contribuyen a la salud y el bienestar de los residentes, además de ser más sostenibles desde el punto de vista medioambiental. También parecen ser ampliamente populares.

Este tipo de ciudades de quince minutos se hicieron más raras en la Gran Bretaña de posguerra por varias razones. Una de ellas fue la ortodoxia urbanística modernista de mediados del siglo XX, según la cual el Estado distribuía los usos residenciales, comerciales y recreativos en pequeñas manzanas ordenadas, unidas por vías arteriales. Otra fue el enorme aumento de la delincuencia en la segunda mitad del siglo XX, que hizo que las viviendas aisladas y dependientes del automóvil parecieran más seguras. La tercera fue la terrible contaminación urbana. Una cuarta fue la prohibición de la intensificación suburbana, que a menudo congelaba las densidades por debajo del nivel en el que podían sostener muchos negocios locales. Pero la planificación modernista está totalmente desacreditada, la delincuencia lleva un cuarto de siglo disminuyendo y el smog urbano es, en gran medida, cosa del pasado. No es de extrañar que resurja el interés por los barrios de 15 minutos.

Scruton

¿Habría dicho Roger Scruton todo esto? No en estos términos: no me lo imagino hablando de “efecto aglomeración”. Pero Scruton era un filósofo analítico, que creía en dar definiciones claras; era un realista, que desconfiaba de las propuestas frívolas de abolir el mundo moderno; y era un romántico, que respetaba el urbanismo tradicional y la rica vida comunitaria que fomenta. No me cabe duda de que habría rechazado las “ciudades de 15 minutos” con la definición tonta y las habría apoyado con la sensata. Y, en el caso improbable de que se hubiera dado cuenta de que se trataba de una pequeña tormenta en Twitter, habría contemplado con triste perplejidad el actual alboroto en torno a ellas.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalisto (LXII): La anarquía urbanística

Cuando un visitante llega a la ciudad en la que resido y trabajo, Santiago de Compostela, una de las cosas que les llama la atención es el contraste entre la ciudad vieja, que concentra casi todos los visitantes, y la nueva de factura más moderna, casi toda ella edificada desde la mitad del siglo XX hasta la actualidad. Supongo que este fenómeno es perceptible en muchas otras ciudades del mundo.

Casi todos consideran más hermosa e interesante a la ciudad vieja, realizada sin una planificación urbanística digna de tal nombre frente a la nueva que ya disfrutó de las “ventajas de la regulación”. Sin embargo, como ocurre también en muchas partes del mundo, se ha decidido congelar la parte histórica y hacerla disfrutar también de las grandes ventajas de la regulación de tal forma que según informa la prensa local no deja de padecer una pérdida continua de habitantes. Se considera que es poco adecuada a la vida moderna, y que cualquier actuación sobre la vivienda es muy difícil y costosa, dado su grado de protección. De hecho se ha convertido en una suerte de parque temático congelado en el tiempo para goce y disfrute de turistas y visitantes, pero desprovista de población nativa que le dé aspecto de ciudad habitada. 

El problema que se plantea en el ámbito del urbanismo es que la estética ha pasado a formar parte con todos los honores de las justificaciones normativas de la existencia e intervención del estado en la vida social y es fuente de cada vez más demandas de intervención. No sólo eso, ha sustituido a muchas justificaciones tradiciones del estilo de los bienes públicos en el argumentario de los defensores de la imposibilidad de una sociedad de libre mercado. Los defensores de este tipo de intervención se han convertido, además, en los más fieros defensores de la planificación; mucho más que cualquier comisario del gosplan sovietico en los tiempos de gloria del comunismo. Y a diferencia de estos últimos, no son nada receptivos a los argumentos sobre el cálculo eonómico o la coordinación de actividades empresariales en sus modelos. 

La estética o el gusto han sido siempre materia en la que los gustos de los individuos se consideraban soberanos, y ello imponía un límite a la intervención de los gobiernos. Pero es paradójico que con argumentos de tan poca base lógica se haya montado lo que Manuel Ayllón ha denominado, en un libro así titulado, La dictadura de los urbanistas. (como curiosidad y apartándome del tema fue en este libro donde ví escrita por primera vez la afirmación de que los carlistas habían sido los verdaderos liberales hispanos).

No sólo eso, los urbanistas han conseguido un grado de concienciación y movilización de gran parte de la población tal, que ya le gustaría a los promotores de otras políticas públicas mejor fundadas teóricamente. En efecto, ni los grandes teóricos clásicos del Estado ni los minarquistas ni los socialdemócratas intervencionista s han desarrollado nunca una justificación teórica basada en la estética. Pero aún así, no sólo funciona sino que se ha convertido en una de las políticas más potencialmente agresivas contra el derecho de propiedad que se conocen en la actualidad.

Sus argumentos acostumbran a ser muy emotivos, y por tanto muy poderosos. En ausencia de planificación y ordenación, se nos dice, los liberales seríais capaces de derribar la catedral de Burgos o la de Santiago para instaurar franquicias de moda o de comida rápida en su lugar. O destruiriamos hermosas ciudades medievales mezclándolas con edificios de hormigón, acero y cristal. También por supuesto talaríamos bosques y urbanizariamos espacios protegidos de la naturaleza. Además se insiste en que los ricos, usando de su poder económico, podrían hacerse con todos estos bienes y expropiar su uso a la inmensa mayoría de la ciudadanía que, impotente, asistiría a la degradación de su espacio. En este artículo queremos par tanto señalar cómo podrían establecerse mecanismos de conservación del patrimonio urbano y natural en ausencia de un ente regulador de corte estatal.

En primer lugar, habría que apuntar un hecho: la mayoría de los bienes y paisajes que se han conservado en condiciones que los hacen merecedores de conservación lo son porque han llevado a cargo a lo largo del tiempo buenas prácticas en ese sentido. Es más, éstas han sido practicadas en ausencia de sistemas de planificación formal, lo que prueba es que puede perfectamente conservarse un patrimonio en ausencia de regulación.

De hecho, la regulación urbanística o paisajística castiga a quien han llevado a cabo esas prácticas, privando de derechos de construcción o de explotación de cultivos o forestal a quien se ha caracterizado por respetar su medio. Hay un caso reciente en Galicia en el que se declara espacio protegido un bosque atlántico, cuidado secularmente por sus vecinos, y que ha resultado en que estos ahora no pueden explotarlo ni hacer uso de sus parcelas, como premio por hacerlo tan bien. En cambio aquellos otros que destruyeron bosques y paisajes se ven premiados, de tal forma que pueden obrar o cultivar como lo deseen.

Lo mismo acontece con los paisajes urbanos. Aquellos que se han esforzado en mimarlos y conservarlos pierden derechos, mientras que quienes lo han destruido los conservan. ¿No sería mejor, en cualquier caso, tratar de imitar y conservar las buenas prácticas que intentar regular lo que ya funciona bien? La planificación urbanística presupone que nuestros contemporáneos son más negligentes estéticamente que nuestros antepasados. Parece como si los antiguos supiesen como hacer las cosas y nosotros no. Los antiguos usaban los materiales que tenían a su disposición, y si tuviesen o hormigón o acero es muy probable que los hubiesen usado sin dudar.

De hecho, las regulaciones prohíben materiales y formas sólo de nuestra época, sin considerar que en los espacios conservados ya existen materiales y formas de distintas épocas. Catedrales y plazas de las grandes ciudades históricas combinan estilos arquitectónicos de diferentes siglos, probablemente tan discordantes en su tiempo como los nuestros a respecto del pasado.

Hoy ya no es posible en muchos sitios enriquecer una ciudad con nuevas formas de construir, y edificaciones como la Torre Eiffel (que también fue polémica en su momento) sería radicalmente prohibidas. Porque detrás de estas prohibiciones lo que está latente es un profundo deprecio cultural por nuestra propia época y nuestra civilización, que al ser supuestamente tan capitalista se entiende que no pueden apartar nada que pueda ser hermoso a la humanidad. De la misma forma que la Edad Media es vilipendiada por los ilustrados y sus seguidores por ser una era cristiana, la edad moderna es análogamente atacada por sus valores estéticos, comerciales y egoístas y por tanto desprovisto de cualquier sentido de la belleza. Parece como si el realismo socialista ofreciese soluciones más dignas de conservar.

Otra derivada de la regulación urbanística es la idea de que en una sociedad de mercado la gente no tuviese ningún criterio estético y le gustase aposta vivir en condiciones de deterioro estético. La cultura comercial no excluye para nada la conservación del patrimonio ni el buen gusto. Al contrario, precisamente porque es comercial permite primero que existan fondos para restaurar edificios y obras de arte, lo que en muchas ocasiones es más caro que edificar de nuevo y de ahí que viejos edificios brillen ahora con el fasto de otros tiempos y sean al tiempo capaces de adecuarse a las necesidades tecnológicas de sus moradores.

Pero además, dado que muchas personas aprecian el pasado es comercialmente rentable mantener en buen estado nuestro pasado y exista interés por parte de numerosos empresarios por aprovechar esta demanda potencial. Si tirásemos una catedral para hacer un parking, la ciudad vería mermado sustancialmente su turismo y los empresarios que de él viven no lo tolerarían, y serían los primeros en oponerse. Muy probablemente lo adquirirían y mantendrían tal cual. Sus propietarios actuales tampoco tendrían interés en que pierdan su valor, y lo conservarían, realizando las operaciones de mantenimiento adecuadas. Muchos edificios religiosos han sido conservados precisamente porque son propiedad de instituciones como la Iglesia Católica que han resistido presiones de venta y los han protegidos. Sólo hay que comparar, en nuestro país, lo que le ocurrió a los bienes culturales desamortizados por el estado en el siglo XIX, muchos de ellos en ruinas, o cual fue el destino de muchas de las centenarias murallas que antes defendían las ciudades, casi todas ellas destruidas por sus propietarios estatales en aras del progreso y la  modernidad urbanística. 

No sólo los propietarios conservarán sus bienes, sino que intentarán adaptarlos de manera empresarial a los posibles gustos del futuro. Esto es, no los congelarán en el tiempo, sino que irán realizando poco a poco innovaciones como han hecho nuestros antepasados. Estos no se centraron en una época y la conservaron (de ser así todas las viviendas serían de tipo romano, por ejemplo) sino que usaron los nuevos materiales de los que iban disponiendo y aprovecharon las innovaciones en arquitectura y estética propias de su tiempo. Sólo nosotros, por un extraño odio a nosotros mismos, consideramos poco estéticas nuestras artes, técnicas y gustos, cuando probablemente no dejen nada que desear a las antiguas.

Por último, existen técnicas de planificación privada que podrían perfectamente adecuarse a la protección del entorno urbanístico si así se desease. Simplemente en una comunidad de derecho privado podrían perfectamente ponerse cautelas a las construcción, estableciendo que puede o no hacerse. Existirían comunidades conservadoras que querrían conservar un estilo propio y otras más modernas que permitirían innovaciones de todo tipo. De hecho fue la propia “presión” social la que más contribuyó a esta preservación, de forma análoga a la planificación privada..

De la misma forma que adecuamos nuestra vestimenta a los gustos y modas de la época en que nos tocó vivir en el caso del urbanismo y de los paisajes opera un fenómeno parecido. De la misma forma en que no vemos a nuestros convecinos con toga, peplo o cota de malla a pesar de ser perfectamente libres de hacerlo si así lo decidiesen es muy presumible que no se llevasen a cabo anacronismos o aberraciones estéticas en el ámbito que estamos abordando.  

La anarquía decía Pierre Proudhon es la madre del orden. En el urbanismo lo demuestran ciudades prácticamente  anarcocapitalistas como Gurgaon en la India que demuestran que se puede disfrutar de unos estándares de urbanismo muy elevados en ausencia de regulación. Algún día volveremos a este tema para comparar ámbitos urbanos con y sin regulación.