En definitiva, la tributación directa sobre las rentas del trabajo ya ronda en muchos casos el 50% de los ingresos generados por el contribuyente (y estoy dejando de lado la influencia adicional que desempeñan otras figuras fiscales, como la imposición indirecta o la fiscalidad patrimonial). Semejante rejonazo resulta difícilmente justificable desde cualquier prisma moderadamente razonable: por un lado, parece obvio que el valor de los servicios estatales que estos contribuyentes reciben —o van a recibir— del Estado es muy inferior a una contribución anual media de casi 117.000 euros; por otro, tampoco cabe justificar tan desproporcionadas cifras de exacción fiscal apelando a una especie de ‘solidaridad’ forzosa de la que obligatoriamente habrían de hacer gala las rentas altas, pues ninguna acepción de solidaridad requiere desprenderse de la mitad de la riqueza que uno genera a lo largo de su vida. Además, una cuña fiscal tan agresiva como esta desincentiva profundamente la oferta de servicios laborales de esos profesionales altamente cualificados, reduciendo consecuentemente el valor añadido que generan para la sociedad.
Por supuesto, no es descartable que algunos —o muchos— de esos contribuyentes con altas rentas no estén generando ningún valor añadido para el resto de ciudadanos, sino más bien rapiñándolo. No son pocos los acaudalados que han construido sus fortunas sobre los cimientos del parasitismo: restricciones de la competencia, concesiones o contratos públicos, subvenciones, etc. Pero la forma de combatir ese ‘enriquecimiento injusto’ no es aumentando los impuestos a las rentas altas en general, sino poniendo fin a esas estructuras que posibilitan semejante enriquecimiento injusto: esto es, fomentando la competencia en sectores oligopolizados, acabando con las subvenciones y minimizando (o, al menos, introduciendo transparencia y concurrencia) los contratos públicos.
En otras palabras, quienes respeten mínimamente los derechos individuales de cualquier persona para desarrollar pacíficamente su vida en cooperación con el resto —es decir, quienes consideren que las personas no son siervas del Estado— tienen muy complicado justificar la sustracción —sin una contrapartida ni lejanamente equitativa al monto arrebatado— de la mitad del valor añadido generado por estos contribuyentes. Que no vayamos a ser personalmente afectados por el sablazo tributario que planean PSOE y Podemos al alimón no significa que no debamos protestar decididamente contra él: al contrario, es moralmente imperativo hacerlo.