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¿Razón del estado argentino?

La espeluznante aparición, con un disparo de revolver en la cabeza, del cadáver del fiscal federal Alberto Nisman en el baño de su casa pocas horas antes de la anunciada presentación ante la Comisión de legislación penal del Congreso argentino de las pruebas contra la presidenta Cristina Fernández, el ministro de asuntos exteriores Héctor Timerman y otros colaboradores, por encubrir la responsabilidad de agentes iraníes imputados en la masacre de 85 personas relacionadas con la asociación judía AMIA en 1994, reviste todos los elementos de una trama siniestra.

Hasta ahora, la penútima versión del sempiterno y viscoso peronismo que asola la Argentina desde tiempos remotos había mostrado al mundo modos y actuaciones más propios de una banda de delincuentes organizada con el propósito de estafar y extorsionar a todo aquél que genere riqueza en sus dominios.

Sin embargo, esta particular amalgama de populismo, fascismo y socialismo acumula, además, vehementes indicios de haber traspasado todos los límites que distinguen – bien es cierto que en una línea de continuidad- a los ladrones de los criminales más brutales y mafiosos. En efecto, el fiscal “suicidado” había declarado que contaba con grabaciones de negociaciones de colaboradores de la presidenta actual con representantes iraníes, las cuales demostrarían que ambas partes acordaron el sobreseimiento de hecho del caso respecto a los prófugos imputados por la matanza, de nacionalidad persa, a cambio de la conclusión de un acuerdo comercial entre gobiernos.

Este encubrimiento, auspiciado nada menos que por el propio ejecutivo del estado donde se asestó tan monstruoso atentado, se intentó revestir con una norma de cobertura: El Memorándum de Entendimiento sobre los temas vinculados al ataque terrorista a la sede de la AMIA, firmado el 27 de enero de 2013 en Addis Abeba por los ministros de asuntos exteriores de Irán y Argentina, que creaba un Comisión de la Verdad que formarían “juristas internacionales de reconocido prestigio” y a la que quedarían supeditadas las investigaciones emprendidas por determinados juzgados argentinos, incluídas las órdenes de detención dictadas por Interpol a petición de los mismos contra determinados sujetos iraníes y los numerosos requerimientos de auxilio judicial internacional rechazados por las autoridades de la República Islámica de Irán. Según la distribución de competencias establecida en la Constitución argentina de 1994 (artículos 99.11 y 75.22 ) en relación a la Convención de Viena de 1969 sobre Derecho de los Tratados, corresponde, desde la perspectiva argentina, respectivamente al presidente de la República y al Congreso de los diputados la firma y ratificación de los acuerdos internacionales.

Con independencia de la propia demora que la aprobación de ese acuerdo por las Cámaras legislativas provocó en las investigaciones dirigidas por jueces de instrucción y fiscales argentinos – quiénes, por cierto, calificaron esos asesinatos como crímenes de lesa humanidad en el transcurso de la investigación- la Cámara Criminal y Correccional Federal, estimando la acción de amparo interpuesta por AMIA, declaró la inconstitucionalidad y anuló el Memorandum y la Ley 26.843 que lo aprobó, por Sentencia de 14 de mayo del año pasado.

Además de esas disposiciones, el fallo de esa resolución decretó la suspensión de la posible ejecución del Memorandum y ordenó al Juez de Primera Instancia que reiterase las solicitudes de extradición y cooperación judicial; insistiese a Interpol para que, dadas las pruebas y la calificación del hecho como crimen de lesa humanidad, reevaluara la solicitud de órdenes de captura internacional contra Alí Rafsanjani, Alí Akbar Velayati, y Hadi Soleimanpour y extremase los esfuerzos para averiguar el paradero de los imputados y hacer efectivas las capturas dispuestas en la causa.

 Los fundamentos jurídicos concurrentes de los jueces ponen de manifiesto el fraude de ley perpetrado por el gobierno argentino con la firma de ese “acuerdo internacional”. Según el tribunal, en lugar de procurar la formulación de mecanismos que hicieren posible concretar las asistencia jurídica requerida en su día por los jueces argentinos a las autoridades de Irán, se acordó un procedimiento sustitutivo de la averiguación de la verdad y de la determinación o descarte de las responsabilidades penales en relación al hecho del atentado. En esencia, concluyó que el Memorandum conculcó el artículo 18 de la Constitución argentina, en cuanto este precepto prohíbe el juicio por comisiones especiales o la separación de los jueces designados por ley antes del hecho de la causa.

Aunque la sentencia no era todavía firme, dada la posibilidad de apelación de su fallo ante la Corte Suprema, el gobierno reaccionó de forma destemplada ante esa revocación de un acto basado en el particular entender de la razón de Estado por parte de la mandataria argentina y su equipo de colaboradores. El canciller Timmerman, por ejemplo, arremetió taimadamente contra los jueces que dictaron la sentencia por inmiscuirse en la competencias asignadas por la Constitución al Ejecutivo y al Legislativo en materia de celebración de acuerdos internacionles y, manipulando lo debatido en el procedimiento de amparo, por “facilitar” la renuencia de la República Islámica a cooperar en la resolución del caso.

De esta manera, sumadas las circunstancias que rodean al caso y los medios utilizados para ascender y mantenerse en el poder del matrimonio Kirchner, no resulta nada descabellado apuntar a una implicación directa o indirecta del gobierno argentino en la muerte del fiscal Nisman. Él mismo aseguró que sus averiguaciones sobre una prolongada colaboración entre gobernantes argentinos e iraníes para lograr una suerte de impunidad para los imputados que permanecen en rebeldía le podría acarrear la muerte.

Después de haber asegurado oficialmente que la causa de la muerte del fiscal fue el suicidio -algo verdaderamente inverósimil, con solo considerar los testimonios de las últimas personas que mantuvieron contacto con el fallecido- el gobierno quedará en un escandaloso entredicho si se confirma la información de que la prueba pericial demuestra que no hay vestigios de pólvora en sus manos.

Venezuela en ruinas: los frutos del socialismo

"Huid del país donde uno ejerce todos los poderes: es un país de esclavos".

Simón Bolívar.

Venezuela es un país en ruinas. Resultan sobrecogedoras las imágenes de supermercados vacíos, arrasados. De una ciudadanía que pierde días enteros haciendo colas interminables con el único objetivo de comprar comida. De lamentables peleas multitudinarias para hacerse con los escasísimos productos básicos. Hay desabastecimiento de comida, agua potable, medicinas y hasta de papel higiénico. El riesgo de estallido social y de golpes políticos se ha disparado. La suspensión de pagos del gobierno bolivariano resulta inevitable. Por ello, su Presidente lleva dos semanas de gira por el mundo, mendigando un balón de oxígeno financiero a sus maltrechos aliados internacionales. Nicolás Maduro, como un paranoico, ha optado por culpar de todos los problemas económicos a una supuesta conspiración internacional encabezada por Washington. Es incapaz de reconocer que la causa del caos económico y social del país es del propio régimen que él preside con poderes absolutos. ¿Cómo ha podido caer Venezuela en una crisis humanitaria tan salvaje?

Al llegar de su gira internacional esta semana, Maduro tuvo el valor de afirmar que la salida de la crisis pasa por que Venezuela profundice en el socialismo. Debe de ser que la dosis de socialismo aún no ha sido suficiente. Hugo Chávez llegó al poder en 1999 y desde entonces el régimen no ha hecho otra cosa que recorrer la senda del socialismo del siglo XXI, transitar hacia una "economía post-capitalista sobre la base de un amplio sustento público, social y colectivo de la propiedad sobre los medios de producción". La economía de mercado y el sector privado quedan completamente supeditados a los arbitrios del poder político.

Para la posteridad quedan aquellas deplorables imágenes de Hugo Chávez en el centro de Caracas requisando edificios y negocios a la orden de "exprópiese". La propiedad privada y la seguridad jurídica se deshacían como un azucarillo entre los aplausos cómplices de quienes creían que así un país podía prosperar. Emprender en Venezuela se convirtió en una locura; invertir, en una temeridad. El gobierno, arrogándose todos los poderes, se convertía en el encargado absoluto de la actividad económica, a base, claro, de expropiaciones y subsidios.

Pero, ¿cómo puede el gobierno alimentar a la población cuando el sector privado ha sido arrasado y la inversión extranjera ha desaparecido? ¿Cómo, si el Estado es incapaz de producir de forma eficiente por los insalvables problemas de cálculo económico del socialismo? Dado que Venezuela es el país con mayores reservas petroleras probadas del mundo, la idea original es sencilla: exportando petróleo. El 96% de las exportaciones del país corresponden al crudo. Con lo ingresado, se compra en el exterior la práctica totalidad de los bienes de primera necesidad que consume la sociedad venezolana. Así, la renta de Venezuela fluctúa al son de las cotizaciones internacionales del petróleo, y la población queda en una situación de extrema fragilidad, a merced del precio del crudo y del gobierno. Y cuando, como ahora, el precio del petróleo se desploma, el insostenible sistema chavista se rompe en mil pedazos.

Pero los problemas de base no son de ahora. Incluso durante los años en los que el crudo estaba disparado, Venezuela no era capaz de cubrir sus necesidades sólo con petróleo, y menos con un gobierno omnímodo y populista que se encuentra entre los más corruptos del planeta. Por tanto el Estado lleva casi una década con un déficit público crónico. Para resolverlo recurrieron de forma automática a ese sistema de robo encubierto que es la inflación: se imprimen los bolívares necesarios para afrontar los pagos y punto. En consecuencia, el país ha sufrido una inflación acumulada de más del 1.900% desde 1999. En 2014, teniendo en cuenta sólo las maquilladas cifras oficiales, Venezuela ha sufrido una inflación de más del 60%, la más alta del mundo.

La culpa de todo esto, según el gobierno, no tiene nada que ver con el Estado, sino con la avaricia de los comerciantes. Como en todo régimen socialista, las consecuencias de cada medida intervencionista crea problemas aún mayores que justifican adicionales dosis de intervencionismo. El siguiente paso era obvio: imposición generalizada de controles de precios. Éste es un caso paradigmático, de libro de texto, de cómo descoordinar por completo la actividad económica. Por un lado, a precios menores de los de mercado, la oferta se estrangula: los pocos productores que quedaban dejan de producir, por no poder ni recuperar sus crecientes costes. Por otro, la demanda se dispara. En consecuencia, aparece el fenómeno del desabastecimiento crónico y la paralización de la producción. Aparecen los estantes vacíos, las colas interminables, las peleas en los supermercados, la cartilla de racionamiento y los mercados negros. Aparecen, en fin, las señas de identidad del socialismo: la miseria, el caos y el conflicto social.

Hoy el gobierno de Venezuela no hace más que recoger la cosecha de lo sembrado durante más de una década y media en el poder. Éstos son los frutos del socialismo: una Venezuela en ruinas, al borde de la quiebra económica y la ruptura social. ¿Existe alguna solución a esta desesperada situación? Sí, existe. La solución pasa por que se asuma el fracaso del socialismo y se implemente un ambicioso plan de choque. Hace falta una estabilización monetaria, una liberalización seria de la economía y una reestructuración del aparato estatal. Es imprescindible que Venezuela sea un lugar donde los venezolanos se atrevan a ahorrar, invertir y emprender, un lugar capaz de atraer capital extranjero. Sobre los cimientos de la propiedad privada y la seguridad jurídica, el pueblo venezolano tiene que reconstruir, sin la asfixia gubernamental, el tejido productivo, empresarial e industrial del país. Desandar la senda del socialismo del siglo XXI, que no es sino el socialismo de toda la vida, es un proceso duro y difícil. Pero ésta es la solución, y no hay otra.

El Papa, como Obama y Zapatero, debilidad ante el yihadismo

Tras la masacre en la redacción de la revista Charlie Hebdo se ha producido una casi unánime condena en el mundo occidental del atentado –es una lástima que la solidaridad haya olvidado en buena medida a las víctimas del restaurante judío–. También se ha dado una generalizada defensa de la libertad de expresión por parte de los políticos y los medios de comunicación (algunos periodistas de rancio servilismo católico han preferido cargar contra las víctimas, pero son excepciones).

Dicha defensa no estaba exenta de hipocresía por parte de algunos gobernantes. Lo demuestra el hecho de que en la multitudinaria manifestación de París participaran representantes de Ejecutivos que destacan en la represión del periodismo y el libre uso de internet de sus países. Es el caso del primer ministro húngaro, Viktor Orban, el ministro de exteriores ruso, Serguei Lavrov (en cuyo país el Gobierno es el principal sospechoso del asesinato de varios periodistas hace unos años), o el rey de Jordania.

Un caso singular ha sido el del Papa Francisco, cabeza de la Iglesia Católica, al tiempo que jefe de un pequeño Estado europeo, el Vaticano, que no envió representante alguno a la manifestación. Aunque ha condenado el atentado contra Charlie Hebdo, ha puesto un “pero” muy peligroso. Olvidando cualquiera de los valores cristianos, se ha mostrado comprensivo con los yihadistas al decir que si insultan a tu madre, cualquiera responde con un puñetazo.

El Papa ha enviado un peligroso mensaje a los integristas, unos totalitarios que amenazan la vida y la libertad de millones de seres humanos. Les ha dicho que la máxima autoridad de la principal confesión cristiana, a la que ellos identifican de forma automática con el conjunto de Occidente, no está dispuesta a defender los valores de esa misma civilización occidental y hasta les ofrece cierta cobertura moral.

Existen diversos antecedentes de este tipo de mensaje. Son varios los políticos occidentales que en el pasado mostraron cierta comprensión ante la violencia islamista por viñetas sobre Mahoma o vídeos críticos con el Islam. En el caso español, Rodríguez Zapatero ha publicado en El Mundo un insulso artículo en el que condenaba el asesinato de los dibujantes de Charlie Hebdo. Pero en el pasado no actuó así.

Cuando en 2006 se produjo una oleada de violencia islamista por las viñetas del diario Jyllands-Posten, el entonces presidente del Gobierno adoptó una postura equidistante, condenando tanto a los radicales islámicos como al periódico del pequeño país del norte de Europa. De hecho, lo hizo en al menos dos ocasiones. Y en ambas actuó acompañado de sendos gobernantes con un pésimo historial en lo referido a la libertad de expresión.

Zapatero primero publicó una carta abierta junto con el turco Recep Tayyip Erdogan en la que condenaban tanto la violencia como las viñetas. Ambos decían:

La publicación de las caricaturas puede ser perfectamente legal, pero pueden ser rechazadas desde el punto de vista de la moral y la política.

Esta condena, sobre todo por el llamamiento al rechazo “desde el punto de la política”, lanzaba un mensaje claro a los radicales: hay gobiernos que no están dispuestos a defender un valor tan supremo como es la libertad de expresión, si contra ella se usa la violencia.

Días después, en una intervención pública junto con Vladimir Putin, Zapatero volvía a la carga. Afirmaba que le gustaba la libertad de expresión “siempre que” se dieran una serie de circunstancias. Una de ellas era “el respeto” a las religiones. Una excepción que volvía a mandar un mensaje de debilidad.

El caso del actual presidente de Estados Unidos, que ni estuvo en la manifestación ni envió a un miembro de su Gobierno en su representación, es todavía peor. Ante una oleada de violencia en respuesta a una película ofensiva con Mahoma (y tan mala que es dudoso que alguien haya aguantado viéndola más de tres minutos) subida a Youtube, Obama reaccionó reclamando a Google que la retirara de su canal de vídeos:

Para nosotros, para mí personalmente, el vídeo es repugnante y reprensible. Parece tener el cínico propósito de denigrar una gran religión y generar odio.

Condenó con más fuerza el vídeo que la violencia con la que respondieron hordas de radicales musulmanes en muchos países. Afortunadamente, Google no cedió a las presiones de Obama para que retirara el vídeo en cuestión. Esa exigencia era un claro atentado contra la libertad de expresión y suponía una victoria moral del integrismo. El sentimiento de ofensa de muchos musulmanes era legítimo (nadie puede prohibir que te moleste determinada cosa), pero no la violenta respuesta.

Zapatero y Obama, como ahora el Papa Francisco, yerran profundamente. La libertad de expresión implica que nos puedan ofender. Las caricaturas molestas para una religión pueden ser de mal gusto, pero también tenemos derecho a actuar con dicho mal gusto. Además, si se comienza a ceder ante un totalitario que se siente ofendido, no hay límites.

Para los islamistas es ofensivo que se dibuje a Mahoma. Pero también lo es que alguien que no cree en el islam escriba que esa misma persona no era un profeta, puesto que Dios no le hablaba y ni le transmitió el Corán. Es legítimo que se molesten, como puede hacerlo un judío ultraortodoxo si se niega que Moisés recibiera las tablas de la Ley en el Sinaí o un fundamentalista cristiano si se rechaza la divinidad de Jesús. Pero su legítimo sentimiento de ofensa no puede restringir la libertad de otros. Es ilegítimo tratar de silenciar a quien pone en duda su fe.

Antes Zapatero y Obama, ahora el Papa, han enviado un peligroso mensaje de debilidad ante los islamistas que amenazan nuestra vida y nuestra libertad. Craso error: cuando no se muestra firmeza en la defensa de los propios valores ante los totalitarios, estos se sienten reforzados y animados a atacar con mayor dureza. Sobran los ejemplos en el terrible siglo XX.

La propiedad de lo sagrado

No deja de sorprender la capacidad humana para destruir y para crear. Como si no fuéramos de la misma especie, como si viviéramos en realidades diferentes, los mismos seres humanos somos capaces de lo más grande y de lo más terrible. Este nuevo año se ha despertado de mal humor y nos está regalando episodios muy duros, ataques terroristas, muertes, violencia, como recordándonos que seguimos teniéndonos miedo, los unos a los otros, miedo como el que no ve y desconfía de lo que le rodea por puro sentimiento de supervivencia.

La demanda de conspiraciones

Ante sucesos como los acaecidos en Francia en las pasadas semanas, siempre hay una venta exitosa de conspiraciones que apuntan a supuestos autores de lo más variopintos: el Mosad, los gringos, la mano negra. Y como toda teoría de la conspiración que se precie, los argumentos están diseñados para que el hilo de la lógica se retuerza sobre sí mismo y no deje más opción que aceptar la conspiración, o bien, reconocer que a una le encanta vivir en la mentira.

Lo mejor, o lo peor, es que por poder, claro que puede ser. Igual que es posible que seamos un sueño de un alienígena, o que haya una civilización paralela en un planeta remoto donde exista otro yo y que estemos unidos solamente en los sueños.

No puedo demostrar ninguna de esas hipótesis y si las niego la alternativa es reconocer que “mi” explicación, basada en los hechos que conozco, es la mejor de las mentiras, y que quienes aceptan esas teorías están en la verdad, y su mente preclara les permite entender lo que yo no soy capaz.

Yo reconozco que ante un atentado reivindicado por terroristas de una facción extremista de un movimiento musulmán radical, tiendo a creer que han sido ellos, antes que pensar que no, que han sido otros ocultos tras los terroristas por razones recónditas. Ya ven. Soy rara. Pero me temo que esas conspiraciones, junto la famosa amenaza franquista de la “conspiración judeo-masónica”, la amenaza de quedarse ciego al practicar el sexo en solitario, o la de quedarse bizco si te daba el aire en los ojos cuando de niño cruzabas los ojos haciendo muecas, tienen una base similar en cuanto a su poca fundamentación.

Los derechos de propiedad sobre las imágenes sagradas 

Dicho lo cual, dejando de lado la autoría, merece la pena reflexionar un poco acerca de las razones que llevan a algunas personas a matar, a los resortes que tocan en muchas personas determinados comentarios acerca de lo que ellos consideran sagrado y los límites de la libertad de expresión.

Planteaba en su muro de Facebook el jurista de Estados Unidos, Stefan Kinsella, experto en temas de propiedad intelectual y apasionado detractor precisamente de los derechos de propiedad intelectual, que podría re-pensarse el ataque terrorista al semanario “Charlie Hebdo” en términos del monopolio que algunos creen tener sobre las imágenes que representan lo que ellos entienden que es sagrado. Efectivamente, muchos entre quienes profesan una fe sienten que ellos son los únicos que pueden hacer uso de las imágenes que representan a su Dios, santos, profetas, etc. Un uso inadecuado puede ser interpretado como falta de respeto. Y estoy pensando, por ejemplo, en la moda de exhibir un rosario alrededor del cuello a modo de collar, o el crucifijo colgando de la oreja de algún cantante. Me pregunto si esas personas tan susceptibles ante lo que ellos llaman “Dios” sienten tanto respeto por todas las manifestaciones de lo sagrado pasadas y presentes.

Más allá de eso, entiendo que el tema que levanta ampollas es la sátira y el mal gusto. Personalmente creo que la sátira, la burla hacia lo ajeno, hacia la autoridad, y muchas veces hacia lo propio, es un síntoma de buena salud, y sé que duele cuando te tocan lo que más quieres. Pero la capacidad de cachondearse uno hasta de su sombra, no es mala, incluso si transgrede la corrección y el respeto. Lean a Quevedo. Es la sociedad la que debería no ver ese programa de televisión, no comprar esa revista, y no alimentar a quienes se pasen de la raya. No debería ser necesaria una ley que sustituyera el deber de cada cual de posicionarse y hacer algo. Algo no violento, por supuesto: afear la conducta, denunciar el mal gusto, poner en marcha una campaña para evitar que la gente vea o lea esas publicaciones. Hay muchas cosas que no son un puñetazo en la cara.

Y, por supuesto, al lado de las discusiones serias, de los debates bienintencionados, Occidente, desdibujado como está en este siglo XXI, permite que sus políticos, los mismos que miran al techo frente a las masacres en África, cuando no sacan partido de ellas, se atribuyan también el monopolio del dolor y la indignación. Lo que nos faltaba.

Keynes y Mises frente a la Gran Guerra

Cien años se cumplen del siglo XX, cuando el XXI lleva dos décadas y media abriéndose paso. Aquel corto y brutal siglo XX que comenzó con la Primera Guerra Mundial y se cerró con el fracaso histórico del socialismo. La Gran Guerra comenzó como ilustración de dos ideas distintas, casi contrapuestas. Fue fruto del choque de grandes fuerzas que superan los esfuerzos del individuo, pero fue fruto también de la casualidad, del mal cálculo, de las pasiones y debilidades del hombre, de decisiones concretas, precisas, erróneas.

Dos economistas, John M. Keynes y Ludwig von Mises, dedicaron sendos libros a la postguerra, ambos en 1919. El más conocido es sin duda Las consecuencias económicas de la paz, de John M. Keynes. Cuando salió contribuyó a dar nombre a aquel economista de Cambridge[1], y hoy ocurre lo contrario, es el apellido el que le da relevancia a la obra, aun hoy. El otro es Nación, Estado y Economía, de Ludwig von Mises.

Según Keynes, “mi propósito con este libro es mostrar que una paz cartaginesa no es adecuada, desde el punto de vista práctico, ni posible”. Keynes comienza por exponer las décadas de progreso de Europa, aquél continente liberal, abierto, que venció la trampa maltusiana e hizo que la prosperidad dejase atrás viejas ideas y alentase nuevos sueños falsos sobre las posibilidades de transformar la sociedad y unir cielo y Tierra. “¡Qué extraordinario episodio en el progreso del hombre fue el que terminó en agosto de 1914!”, se lamentaba el economista. Describe un mundo en el que un londinense puede comprar cualquier bien o invertir en cualquier parte del mundo, desplazarse gracias a los medios de transporte. Exageraba, eso sí, al decir que “los proyectos y la política del militarismo y del imperialismo, de las rivalidades raciales y culturales, de los monopolios, las restricciones y la exclusión, que tenían su papel de serpiente en este paraíso, eran poco más que entretenimientos de los periódicos”, pero no lo es que “parecían no ejercer influencia alguna sobre el curso normal de la vida social y económica, cuya internacionalización era en la práctica casi completa”.

Todo lo que pueda tener de exagerado es porque, tal como se entendió en su momento, la obra de Keynes tiene mucho de teatral. A la descripción de la plácida Europa le sigue la escena en la que se desarrolla la conferencia: “París era una pesadilla, macabro todo el que estaba allí. Una sensación de inminente catástrofe colgaba sobre la frívola escena: la futilidad y la pequeñez del hombre ante los grandes acontecimiento a que se enfrenta; la mezcla entre la importancia y la irrealidad de las decisiones. La ligereza, la ceguera, la insolencia, las confusas llamadas desde el interior; todos los elementos de la tragedia griega estaban ahí”.

En realidad quiere mostrar que Alemania no puede hacer frente a las reparaciones a las que le someten los aliados, especialmente por la presión de Francia. Y el argumento se vuelve entonces contra los propios aliados, a quienes acusa de faltar a los propósitos expresados en un principio por ellos, y en particular por el árbitro de la situación, que era el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson: “Sin anexiones, sin contribuciones, sin daños punitivos”.

Keynes calcula que si los pagos se limitasen al pago de “todos los daños infligidos a la población civil de los aliados, y a la propiedad por la agresión de Alemania por tierra, mar y aire” Alemania se vería obligada a pagar 10.600 millones de dólares, 4.000 a Francia, 2.850 a Gran Bretaña, 2.500 a Bélgica y el resto a los demás aliados. Pero Alemania podría pagar sólo, según los cálculos del autor, 500 millones anuales. Suponiendo un tipo de interés del 5 por ciento más el pago de un uno por ciento anual del capital, Alemania pagaría 8.500 millones de dólares en un período de 30 años, y que la cantidad máxima que, bajo todos los conceptos, sería capaz de pagar, eran 10.000 millones de dólares. De hecho, en 1932 había pagado unos 5.000 millones.

Por otro lado, en su revisión del tratado (1921), concluyó que cualquier intento de hacer pagar a Alemania llevaría a la depreciación del marco, y a una gran inflación, que conduciría a una catástrofe económica y social. Lo que de hecho ocurrió.

El libro de Keynes es un ejercicio literario, combinado con el recurso profuso y cuidado de los datos más las armas de la ciencia económica. Es un panfleto, en la mejor tradición de los panfletos; una llamada a la acción, una alarma, una advertencia a los políticos y a la opinión pública para revertir el curso de los acontecimientos. Tenía una causa concreta, y un objetivo específico. Keynes siempre se ha creído capaz de influir en el curso de la historia. No era su momento, pero éste llegaría quince años más tarde, con su Teoría General.

Por lo que se refiere a Nación, Estado y Economía, la primera cuestión que aborda el libro es qué ha conducido a Europa a la guerra. Señala, como la mayoría de los juicios históricos, a Alemania. Comienza por el problema de la nacionalidad, y los conflictos que se asocian a la vecindad, y la la mezcla en un territorio de varias nacionalidades. Cree que “lo que es específicamente nacional reside en el idioma”. Una comunidad de un idioma “constituye un vínculo que crea relaciones sociales concretas. Al aprender un idioma, el niño adquiere un modo de pensar y expresar sus pensamientos que está predeterminado por el lenguaje, y recibe un sello que escasamente puede quitar de su vida”.

Sigue con la cuestión del imperialismo, ya que achaca al de Alemania la responsabilidad de la guerra. Según la idea liberal, “la nación, como una entidad orgánica, no puede ni incrementarse ni reducirse por cambios en los Estados; el mundo, en su conjunto, no puede ganar o perder por éstos”. Pero las zonas de nacionalidades mixtas, con poblaciones de distintos idiomas, son un acicate para el conflicto entre Estados animados por ese nuevo nacionalismo imperialista. El Este de Europa, que tiene un crisol de nacionalidades mezcladas geográficamente, ha favorecido la aparición del imperialismo. Y, por otro lado, en los “territorios políglotas”, la democracia “se antoja opresión para las minorías”. Como los alemanes son minorías en varios de esos territorios europeos, prevaleció el imperialismo y la desconfianza hacia la democracia.

La tercera cuestión son las consecuencias de la guerra. Despacha de un plumazo el problema de las reparaciones, que tanto preocupa a Keynes, y señala que la verdadera tragedia para su país (recordemos que es de habla alemana), es otro: “Mucho peor que las consecuencias directas de la guerra, son las repercusiones sobre la posición de la economía alemana en el mundo”. Alemania pagaba las materias primas que transformaba en su pujante industria con los bienes manufacturados y las rentas de su capital en el exterior. Pero ese capital ha sido expropiado, y muchos de los mercados que acogían sus productos, se han cerrado. Ni siquiera la emigración es una solución para muchos, pues hay un rechazo a los inmigrantes alemanes. “Sólo ahora podemos apreciar el daño que el abandono de los principios de una política liberal ha causado para el pueblo alemán”. “El resultado del imperialismo” es que “todo lo que poseía el pueblo alemán, su cultura intelectual y material, ha sido sacrificada sin instrumento a un fantasma, para beneficio de nadie, y perjuicio de todos”.

La siguiente cuestión trata de cómo abordar la postguerra. Dedica un gran esfuerzo a explicar por qué la guerra es perjudicial desde el punto de vista económico, y muestra que incluso quienes desprecian los criterios económicos son incapaces de asegurar una victoria en el campo de batalla. En definitiva, “no es sobre la base de la guerra y la victoria, sino sólo sobre el trabajo, puede crear una nación las condiciones de un bienestar de sus miembros”.

Pero el momento en el que se publica el libro es el de exponer cómo se puede evitar un desastre como el ocurrido. El viejo pacifismo utópico, que hacía una llamada al voluntarismo idealista, fue según el autor sustituido por el pacifismo liberal, que se basa en los intereses reales de la gente, que pasan por participar en el orden de cooperación humana, que es el mercado. Y rechaza la Sociedad de Naciones, que Keynes aprueba con entusiasmo, porque es un nuevo recurso a la amenaza de guerra en las relaciones exteriores.



[1] La reseña del libro en The American Economic Review comienza diciendo que “John Maynard Keynes es el hijo de John Neville Keynes, el autor del tratado canónico sobre El alcance y el método de la economía política”. 

Escolios a un texto implícito

Quizás sea oportuno destacar en estos días la obra del filósofo más relevante del siglo XX en América Latina, máxime en los tiempos tan convulsos que está atravesando (y que atravesará) el mundo occidental en el siglo XXI, debido a la pérdida de los valores tradicionales, fundamentalmente en Europa y América, por el intervencionismo político, la ingeniería "social" y el suicido demográfico.

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) es un autor independiente, contradictorio, inclasificable y, quizás, excesivamente aristocrático en su forma de entender la vida pero que, desde mi punto de vista, es muy recomendable porque sus aforismos provocan la reflexión profunda del lector avisado. Nacido en Bogotá, su privilegiada posición económica y social le permitió sumergirse entre los libros de su amplia biblioteca desde el año 1949, enclaustrarse voluntariamente y realizar una destilación del pensamiento de la sociedad de Occidente que se apoya en frases cortas y elípticas, maduradas durante años, analizando las grandes preguntas de la filosofía, de la religión y de la política.  

Su obra principal es Escolios a un texto implícito, que está formada por un amplio conjunto de aforismos que se presentan como las notas al margen de un sistema filosófico que prefirió no explicitar formalmente, sino desplegarlo por medio de las ideas, que alambicaba y destilaba con pequeñas gotas de sabiduría, del mismo modo que hacían los escolásticos en los escolios.

Los "escolios" eran los comentarios que los escolásticos anotaban en los márgenes de los manuscritos antiguos y de los incunables en las bibliotecas de los monasterios para explicar los pasajes de una obra desde un punto de vista gramatical, estilístico, explicativo o interpretativo. Esta referencia a la escolástica, no es una mera casualidad en la obra de Gómez Dávila. Los escolios eran una referencia importante en su estudio de la tradición de las obras antiguas que eran leídas y cuidadas por los autores escolásticos, pasando de generación en generación a lo largo de los siglos. Sin duda, Gómez Dávila les daba una importancia máxima, dado que los inscribe directamente en el título, empleándolos también como fuente de inspiración para preparar y redactar su obra académica del mismo modo que hicieron los autores escolásticos, con un trabajo lento y pausado, durante años de lectura y reflexión sobre los autores clásicos.

Quizás sea preciso recordar que, desde la publicación de la obra The School of Salamanca (1952) de Marjorie Grice-Hutchinson (1909-2003), se ha demostrado cómo los escolásticos españoles identificaron muchos de los principios del crecimiento económico y, también, las instituciones morales responsables del arraigo de una sociedad civilizada: 

Posteriormente, se produjo un desarrollo prometedor en la discusión de estas cuestiones por obra de los escolásticos medievales al advertir la existencia de esa categoría intermedia de fenómenos que son «resultado de la acción humana pero no de la intención humana»… En efecto, en el tratamiento de los problemas sociales por parte de los escolásticos tardíos, los jesuitas españoles del siglo XVI, el término naturalis se convirtió en un término técnico empleado para designar aquellos fenómenos que no son producto de la creación deliberada por la voluntad humana.

Hayek, 2006, pp. 98-99.

Friedrich Hayek (1889-1992) destacaba la importancia de las obras de los autores escolásticos y del cristianismo como "guardián de la tradición" por transmitir entre múltiples generaciones de ciudadanos los patrones de conducta, fundamentos o instituciones morales que generan (y son generados por) una sociedad civilizada.

Por su parte, Nicolás Gómez Dávila, si bien era crítico con el comportamiento (progresista) de parte de la curia eclesiástica, daba importancia máxima a la tradición cristiana, observando como base de su filosofía las ideas que identificaron y comentaron los escolásticos. A modo de ejemplo, a continuación, cito tres escolios que se refieren a la tradición, la Iglesia y la necesidad de reconstruir el "ethos occidental" conforme a la tradición cristiana:

— Cuando el respeto a la tradición perece, la sociedad, en su incesante afán por renovarse, se consume a sí misma. (Gómez Dávila, 2001), p. 108

— La Iglesia evitó su esclerosis en secta exigiéndole al cristiano que se exigiese perfección a sí mismo, no que se la exigiese al vecino. (Gómez Dávila, 2001), p. 316

— Hoy el individuo tiene que ir reconstruyendo por dentro de sí mismo el universo civilizado que va desapareciendo en torno suyo. (Gómez Dávila, 2001), p. 332

Se autodefinía como un "reaccionario" en el sentido de ser un individualista, posicionado en contra de las ideas que consideraba no merecen la pena ser conservadas y que entendía deben ser refutadas desde la aristocrática soledad de la inteligencia. Creía en la necesidad de una clase dirigente preparada y consciente de la importancia de los valores morales vinculados a la religión cristiana, con capacidad para entender el proceso histórico y sus responsabilidades. Sirvan como ejemplo, estos cinco escolios que expresan sus pensamientos frente al estatus quo imperante en los órdenes moral, jurídico, científico y político:

— Reformar la sociedad por medio de leyes es el sueño del ciudadano incauto y el preámbulo discreto de toda tiranía. La ley es forma jurídica de la costumbre o atropello a la libertad. (Gómez Dávila, 2001), p. 79

 — Varias civilizaciones fueron saqueadas porque la libertad le abrió impensadamente la puerta al enemigo. (Gómez Dávila, 2001), p. 241

— En las elecciones democráticas se decide a quiénes es lícito oprimir legalmente. (Gómez Dávila, 2001), p. 315

 — No parece que las ciencias humanas, a diferencia de las naturales, lleguen a un estado de madurez donde las necedades automáticamente sean obvias. (Gómez Dávila, 2001), p. 316

 — Salvo el reaccionario, hoy solo encontramos candidatos a administradores de la sociedad moderna. (Gómez Dávila, 2001), p. 332

Sin embargo, la obra de Nicolás Gómez Dávila es ante todo reaccionaria por argumentar en contra de las ideologías sobre las cuales la modernidad ha construido una religión antropoteista, que se manifiesta en las diversas formas confesionales o «actos de fe laicos» que defienden los políticos intervencionistas y aquellos ciudadanos que los eligen como, entre otros, los cultos al Estado Minotauro, a la democracia asamblearia, a la lucha de clases, al progresismo, al ecologismo, al materialismo, al ateismo, al populismo… que guían hacia la «colectivización» de la sociedad. Creo es interesante finalizar con más frases del autor, indicando cinco escolios adicionales, como ejemplo, de algunas de sus críticas:

— El Estado moderno es la transformación del aparato que la sociedad elaboró para su defensa en un organismo autónomo que la explota" (Gómez Dávila, 2001), p. 256

— Las ideologías son ficticias cartas de marear, pero de ellas depende finalmente contra cuales escollos se naufraga. Si los intereses nos mueven, las estupideces nos guían. (Gómez Dávila, 2001), p. 315

— El progresista sueña con la estabulación científica de la humanidad. (Gómez Dávila, 2001), p. 317

— La inflación económica de este final de siglo es fenómeno moral. Resultado, y a la vez castigo, de la codicia igualitaria. (Gómez Dávila, 2001), p. 373

— Los hombres se dividen en muchos altruistas, ocupados en corregir a los demás, y pocos egoístas, ocupados en adecentarse a sí mismos. (Gómez Dávila, 2001), p. 393

En definitiva, sus escolios condensan pensamientos sobre densos debates intelectuales como, por ejemplo, la necesidad de las instituciones morales para sostener una sociedad civilizada, el vacío existencial en una modernidad sin Dios que condujo hacia una posmodernidad sin valores morales, la opresión de los ciudadanos por un Estado que invade todos los ámbitos de decisión de las personas, la alienación de los derechos individuales del hombre a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad de trato ante la Ley o, también, la tergiversación deotras instituciones morales como el cumplimiento de los contratos, la familia, el lenguaje, la función empresarial, el libre comercio, la banca, el dinero…

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Alquileres de renta antigua: el privilegio antisocial de los negocios inviables

Ha desaparecido el régimen de la renta antigua de los locales comerciales desde el 1 de enero de 2015 y, con ello, el inmoral y antisocial privilegio de muchos comercios. Se habla de unos 70.000 comercios (TINSA) que tendrán que renegociar el alquiler. 

Los arrendatarios no podrán seguir disfrutando de los "contratos" impuestos hace más de 30 años y los inmuebles comerciales volverán al mercado libre. 

Esto significa que los arrendadores podrán volver a negociar el alquiler de sus inmuebles a precios de mercado, cosa que hasta ahora les era imposible por impedimento legal. Podrán volver a cobrar rentas a precios de mercado. 

Hasta ahora los afortunados inquilinos estaban pagando de 5 a 10 veces menos de lo que hubieran tenido que pagar (sobre todo en zonas céntricas de grandes ciudades). No es de extrañar que hayan puesto el grito en el cielo tratando de salvaguardar sus privilegios.

Ciertamente regresar al mercado libre les puede doler. Tener que pagar precios de mercado puede ser odioso. Pero más odioso debe ser para el propietario, que es consciente de estar perdiendo una importante cantidad de dinero (miles de euros cada mes en muchos casos) por leyes inmorales y liberticidas impuestas coactivamente por el Estado.

Pero el libre mercado es inseparable de la justicia y el derecho, es decir, es inseparable de la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. El inmueble es propiedad privada del arrendador, y resulta totalmente inmoral e injusto que éste no puede negociar libremente a qué precio alquila sus propiedades.

Muchos de los privilegiados comerciantes se han hecho las víctimas argumentando que deberán cerrar su negocio por la subida de los alquileres.

Sin embargo, esta actitud sólo puede ser tildada de caradura y antisocial. Por un lado hay que dejar meridianamente claro que el propietario también tiene un negocio: el alquiler de su inmueble. Un inmueble que, como hemos dicho, es de su propiedad y que por tanto debe poder controlar sin interferencias de terceros. Ya es hora que los propietarios dejen de subvencionar a los arrendatarios.

Cuando los comerciantes afectados se reúnen en lobby y piden al Estado que prorrogue la Ley 29/1994 de Arrendamientos Urbanos, lo que están pidiendo es que se beneficie su negocio a costa del negocio del propietario. Piden que se privilegie a unos negocios frente a otros. Piden que se pisotee la propiedad privada de los demás. Piden una sociedad más injusta e inmoral. Piden la ley de la selva. Piden una sociedad regida por comportamientos mafiosos y no por un estado de derecho. Piden una sociedad desigual y parasitaria.

Todo sin olvidar que han tenido más de 30 años para ir actualizando progresivamente la renta que pagaban a lo que deberían pagar realmente en un mercado sin intervenir. Muchos de ellos se han negado por mucho que el propietario lógicamente insistiese. Una muestra más de su comportamiento injusto e antisocial.

Pero el beneficio no sólo es para los arrendatarios. La sociedad en su conjunto es la gran beneficiada del fin de las rentas antiguas.

Por un lado, al subir los alquileres a precios de mercado se pondrán de manifiesto qué negocios eran viables y cuáles no lo eran. Se eliminarán los negocios que no crean suficiente valor para los ciudadanos. Serán sustituidos por otros que sí sean capaces de ofrecer productos y servicios que los ciudadanos deseen, y por tanto crear más riqueza y más empleo.

De perdurar las rentas antiguas se estaría haciendo sobrevivir artificialmente a unos negocios ineficientes a expensas de otros que sí son eficientes. Las rentas antiguas significan discriminación y trato desigual entre negocios. Significan injusticia, asimetría y desigualdad. Son, por definición, antisociales. Todos los negocios y personas tienen derecho a existir y ser tratados de forma justa e igual.

Por otro lado, se reactivará el mercado de alquiler de locales comerciales. El fin de las rentas antiguas introducirá en el mercado todos estos locales que hasta ahora estaban fuera de mercado. Incluso es posible que el incremento de la oferta de alquiler haga que los precios de los locales bajen en según qué zonas más afectadas por las rentas antiguas. Algo realmente necesario para salir y sobrevivir a la crisis económica que sufrimos. Quizás si esto se hubiera solucionado hace tres décadas posiblemente existiría más equilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado inmobiliario.

Por todo ello, y por mucho que los lobistas insistan, su causa no es la del interés general. No es la causa de todos. Mentira. Su causa es estrictamente personal, individual y discriminatoria. Los grandes afectados de esta historia han sido los propietarios, que no han podido ejercer su legítimo derecho a la propiedad privada del inmueble teniendo unas pérdidas de rentas inaceptables en una sociedad que aspira a ser próspera, justa y libre.

Lenguaje y libertad de expresión

La ética de la libertad se basa en los equivalentes o complementarios derecho de propiedad y principio de no agresión: uno es libre de hacer lo que quiera (nada está prohibido ni es obligatorio) en el ámbito de su propiedad sin interferir violentamente con lo ajeno, sin agredir o coaccionar a otros. Está prohibido hacer el mal (dañar a otros), y no es obligatorio hacer el bien (ayudar a otros). El propietario manda sobre su propiedad y no tiene ningún derecho sobre lo que es de otros. Este es el único sistema normativo con carácter universal y simétrico que es además funcional: sirve para evitar, minimizar o resolver conflictos, y fomenta el desarrollo humano y la convivencia pacífica y armoniosa. Es posible modificar esta norma básica universal mediante contratos o acuerdos voluntarios entre las partes involucradas: así se intercambia la propiedad sobre los bienes y se generan prohibiciones, obligaciones y derechos positivos particulares que sólo afectan a las partes contratantes.

La ética de la libertad puede modularse, modificarse o precisarse según qué se entienda como agresión o daño. Agresiones típicas y claras son el asesinato, los daños físicos contra la persona o los bienes ajenos, la violación, el secuestro y el robo. Los actos de habla o expresiones lingüísticas (verbales, escritos, dibujados, cantados, expresados corporalmente o mediante otros actos simbólicos) no constituyen violencia física ni robo de bienes materiales, y por lo tanto, según la visión más restringida o estricta de lo que constituye una agresión, cada individuo es en principio libre de decir o escribir lo que quiera siempre que no obligue a otros a escuchar o leer ni les exija proporcionarle los medios necesarios para producir y transmitir su mensaje. Nadie tiene derecho a censurar a otros o impedirles expresarse libremente.

Sin embargo algunos conflictos sociales se deben a interacciones lingüísticas: mediante el habla es posible causar daños que pueden ser percibidos subjetivamente como graves; los intercambios verbales pueden subir de tono y propiciar agresiones físicas.

El lenguaje es una herramienta que puede utilizarse tanto para la cooperación (permite la coordinación social entre los agentes) como para la competencia: transmitir datos, información o conocimiento; compartir opiniones, expresar deseos, preferencias, valoraciones; influir sobre los demás, emocionarlos y manipularlos; dar consejos o recomendaciones; crear, mantener o romper relaciones; mostrar aprecio o desprecio, declarar amor u odio, aprobación o rechazo; desear el bien o el mal; infundir miedo, transmitir advertencias o amenazas; realizar promesas; señalar lealtad y compromiso; hablar bien o mal de algunos, cotillear, chismorrear, esparcir rumores; alabar o humillar; mentir, engañar, estafar; mostrar respeto o falta de respeto; demostrar sumisión o superioridad; insultar, burlarse, mofarse, reírse de otros; injuriar, difamar; criticar de forma constructiva o destructiva; atacar a unos y defender a otros.

El lenguaje funciona entre individuos a través de sus relaciones pero también los une y separa en grupos a distintos niveles de agregación. Los cooperadores tienden a hablar bien unos de otros, se muestran respeto y se ríen juntos; los competidores tienden a insultar u ofender, hablan mal y se ríen o burlan unos de otros (de forma más o menos explícita o intensa).

Al decir algo (y al callar) los individuos no sólo hablan acerca de otros sino que también transmiten información sobre sí mismos: qué tipo de persona se es, de qué cosas se habla y de cuáles no, cómo se habla. Por prudencia la gente no suele decir todo lo que piensa y limita voluntariamente su libertad de expresión usando su propio juicio para decidir qué decir y qué callar. Es posible callar para no herir al otro o para evitar daños contra uno mismo por la reacción del otro. Es peligroso decir que el emperador está desnudo o denunciar las corruptelas, mentiras, trampas, incompetencia o abusos de los poderosos.

Las críticas a otros pueden intentar ser constructivas y respetuosas, pero también son posibles los ataques ofensivos que pretenden causar daño, provocar, avergonzar, humillar, ridiculizar: sátira, humillación, infamias, injurias, escarnio, calumnias, libelo, difamación. Además de incluir algún argumento estos ataques pueden referirse a diversos defectos, prácticas o creencias: estulticia, fealdad o rasgos desagradables en general (olores), atributos o prácticas sexuales; falta de éxito (recordar alguna derrota, fracaso o humillación), honor, coraje; indignidad; pueden utilizarse obscenidades, referencias degradantes a excrementos y desechos corporales, y realizar comparaciones con animales detestables.

Los seres humanos son animales hipersociales preocupados por su estatus, reputación, prestigio, fama, dignidad u honor. Quieren ser percibidos como buenos cooperadores o amigos (leales, fiables, honestos, comprometidos, competentes, eficientes), y como temibles competidores o enemigos (para evitar la posibilidad de ser atacados o consolidar una posición de superioridad y dominio sobre otros). Les importa mucho lo que los demás piensan y dicen de ellos: lo que piensan, porque en eso consiste la reputación, y lo que dicen, porque mediante el lenguaje los individuos influyen sobre lo que piensan los demás (la gente suele creerse lo que le dicen, la actitud racional crítica y escéptica es difícil y el sesgo de confirmación está generalizado).

Es muy difícil comprobar y controlar plenamente lo que la gente piensa, pero es más factible y práctico influir sobre lo que se dice, especialmente cuando se hace en público: es más fácil de comprobar y se trata de actos lingüísticos mucho más importantes por su impacto más generalizado sobre los receptores de los mensajes (no sólo porque son más, sino porque además cada oyente o lector sabe que no es el único, que hay otros receptores que comparten el mensaje, lo cual puede permitir su coordinación); es posible prohibir ciertas expresiones (críticas, disenso), y obligar a realizar otras (muestras de sumisión, de compromiso, de conformidad).

La cultura (costumbres, tradiciones, vestidos, gastronomía, expresiones artísticas, música, danzas, leyendas, mitos, idiomas, acentos) y muy especialmente las creencias (sobre todo las religiosas pero también las políticas) pueden utilizarse para delimitar y cohesionar grupos (especialmente si son extensos y no pueden gestionarse mediante relaciones personales entre conocidos), para saber quién es miembro y quién no, para fomentar la uniformidad y la conformidad y para comprobar el compromiso y la lealtad del individuo con el colectivo.

El ámbito religioso suele ser especialmente problemático para la libertad de expresión. Ciertos líderes (profetas, héroes, mártires, santos, semidioses, dioses) pueden servir como representantes o puntos de referencia de un grupo, y atacarlos verbalmente a ellos equivale a atacar a todo el grupo. Ciertas creencias arbitrarias o absurdas pero consideradas sagradas (tabús intocables, dogmas irrenunciables) pueden servir como señal honesta costosa para probar la lealtad o respeto al grupo: el miembro fiel renuncia a la racionalidad crítica y a la expresión abierta de dudas, no se queja o protesta, participa activamente en los rituales y repite regularmente el credo común; el hereje, disconforme o impertinente muestra que es individualista y no conformista, que le interesa más la verdad que la solidaridad con el colectivo expresada a través de los autoengaños compartidos; el apóstata es un traidor desleal; los enemigos muestran su hostilidad mediante la burla blasfema y la demonización del adversario.

El hecho de que ciertas creencias o prácticas sean intelectualmente débiles y fácilmente ridiculizables puede no ser un error sino un rasgo de diseño: son sensores de respeto, sirven para detectar al problemático o al enemigo y para incitar a los miembros a que demuestren su lealtad al sentirse ofendidos por los ataques o críticas. Las creencias religiosas (y frecuentemente las políticas) suelen implicar autoengaño y cierto grado de fanatismo (tienen que importar o afectar al individuo de forma íntima para incitarle a actuar). Indignarse de forma pasional y resentida ante los ataques críticos es la forma de advertir que estos no se toleran y que provocarán alguna represalia. Algunas civilizaciones, culturas o etnias dan mucha importancia, incluso obsesiva, al honor, no sólo individual sino también familiar. No todas las religiones (ni todos los creyentes) son iguales en su tolerancia o intolerancia con los blasfemos, herejes, apóstatas o creyentes de otras fes, y su actitud puede cambiar según las circunstancias históricas.

Permitir una crítica o burla o no reaccionar agresivamente ante ella puede indicar debilidad o fortaleza: el inferior no responde por miedo; el superior desdeña, desprecia al no atender; el indiferente no se ve afectado, o se contiene o no querer entrar en el combate verbal o físico. Las burlas o humillaciones pueden utilizarse por los poderosos contra los débiles o por los débiles contra los poderosos: los opresores pueden estigmatizar o deshumanizar a los oprimidos; los débiles pueden reírse de la solemnidad de los mandatarios y criticar sus abusos.

Las limitaciones legales de la libertad de expresión pueden proceder de diversas fuentes o tener distintas motivaciones: los gobernantes quieren evitar conflictos, o que se denigre o discrimine a determinados colectivos; aquellos individuos o grupos que pueden verse afectados negativamente por ciertas cosas que otros digan promueven leyes que defiendan su honorabilidad o dignidad; los poderosos opresores evitan ser criticados e impiden que los oprimidos se organicen para oponerse a ellos; los tramposos, delincuentes o criminales no quieren ser denunciados; algunos creyentes religiosos de frágil sensibilidad no aspiran al martirio y pueden exigir que las leyes protejan de forma especial sus convicciones.

Si algunos actos verbales se consideran agresivos, tal vez la respuesta legítima proporcional no sea usar la fuerza contra las palabras sino defenderse mediante otros actos verbales críticos: si uno puede decir lo que quiera sobre cualquier cosa, otros pueden igualmente criticar esas expresiones como deseen. Es posible practicar el repudio social o el boicoteo contra quienes sean considerados ofensivos, o ignorarlos y no alimentar su deseo de atención. Para madurar como individuos y sociedades conviene practicar el escepticismo y no ser hipersensibles o fácilmente irritables. Quienes quieren que otros no se burlen de ellos podrían no hacer cosas de las cuales sea fácil reírse en lugar de exigir la prohibición de esas burlas. Aquellos que lo deseen pueden pactar normas contractuales que limiten su libertad de expresión, pero no pueden exigirles lo mismo a quienes no estén interesados.

Defender el derecho a expresar cualquier idea no es equivalente a defender o estar de acuerdo con esas mismas ideas ni implica tener que participar en su difusión: es posible defender el derecho a expresar cosas que se califican como estupideces, o ideas erróneas o nocivas.

Tolerancia no es solamente permitir aquello con lo que no estamos de acuerdo: es no prohibir lo que nos disgusta, asquea o repugna, lo que resulta repulsivo y puede herir los sentimientos, especialmente si tiene algún contenido moral.

Libertad total de expresión puede significar que mediante el lenguaje se mienta, se acuse falsamente de delitos, se defiendan las violaciones de la libertad, la violencia o la incitación a la misma, se coordinen agresiones, o se produzcan humillaciones y vejaciones contra individuos o colectivos oprimidos o estigmatizados. Pero aquellos que se expresan así pueden atraer la atención de otros y ser rechazados de forma masiva, o si se considera que realizan amenazas efectivas de agresión física puede actuarse de forma defensiva contra ellos.

La no existencia de críticas o lenguaje ofensivo en una sociedad puede facilitar la convivencia al evitar conflictos, pero también puede implicar que las conductas o ideas erróneas no se corrigen, que los delitos o crímenes no se denuncian, que la opresión se mantiene, que el conocimiento no avanza, que la cultura se estanca por falta de movimientos rompedores, o que la gente no sabe qué es lo que realmente piensan los demás. El prohibir las críticas y las ofensas puede llevar a que se realicen a escondidas o de forma anónima.

Es común distinguir entre la crítica a las ideas y la crítica a las personas que las expresan o defienden: se insiste en respetar a las personas al criticar las ideas, tal vez porque las ideas no se enfadan, no sufren, no se sienten humilladas, no les importa nada. Son los individuos quienes tienen, asumen y comunican ideas, y a través de las ideas se critica a las personas que las tienen; las ideas no son agentes, por sí solas no hacen nada, deben estar en la mente de alguien que actúe para ser peligrosas.

Escribo tu nombre, libertad

En estos difíciles momentos, cuando el olor de la pólvora y la sangre del aberrante atentado de París no se han disipado del todo, resulta indispensable hallar una respuesta enérgica ante la brutalidad de este crimen, así como aliviar las repercusiones que este nefasto hecho tendrá en occidente.

Sostengo que es posible evaluar con realismo la magnitud de estos homicidios si consideramos a la libertad como el bien político más elevado, y explicar debidamente su significación en los términos de su expresión intelectual más acabada, el liberalismo. De esta manera, los periodistas y caricaturistas asesinados en Francia han muerto en nombre de una libertad insustituible, que nos interpela siempre a quienes habitamos en las sociedades generadas y nutridas por ella: la de creer lo que mejor les parezca, realizando sus proyectos de vida en torno a esas creencias y pareceres particulares, y que se proyectan en los demás en torno a un marco institucional que, respetando y haciendo respetar al prójimo y sus derechos, no contempla el crimen como respuesta si tales creencias y su expresión resultan blasfemas a otros.

Así explicado, se intuiría a primera vista que esa visión no entraña ningún peligro. Pero este acto barbárico nos ha sacado de nuestra zona de confort. Cual un alarido que no cesa, nos grita de forma rotunda que la libertad y su solo ejercicio es peligrosa para muchos, que hay millones de seres humanos convencidos de ello y por ende prefieren –sin dudarlo un instante– la devota sumisión como la agradecida esclavitud, que no surge naturalmente, que es resultado de un delicado y paciente trabajo de filigrana, que en cada momento es posible perderla sin recuperarla o lográndolo a un altísimo costo y que está permanentemente a merced de quienes, saturados como están de sus ímpetus autoritarios, van a terminar de una vez y para siempre con ella mediante una revolución, un golpe de Estado, una corrupción sin freno ni límite, o, según este caso, ejerciendo el terrorismo como antesala para imponer un totalitarismo religioso de fervorosos feligreses en lo que alguna vez fuera una república democrática de ciudadanos libres.

En cuanto es un disparo a sangre fría al corazón de nuestra libertad, rechazar enérgicamente este acto vesánico es el primero de muchos pasos para garantizar la supervivencia del estado de derecho y el régimen democrático en nuestros países. Y no sólo los deben dar los gobiernos que garantizan nuestra vida y seguridad, persiguiendo, enjuiciando y encarcelando con el máximo rigor a quienes, como los terroristas de París, tienen como propósito de vida destruirnos si no comulgamos con su proyecto teocrático. También, las empresas, los medios de comunicación, los líderes y organizaciones sociales y culturales, entre otros, que no deben ser presas del pánico y autocensurarse por temor a la violencia islamista: se volverían rehenes de estos extremistas, acabarían con la libertad de expresión que tanto costó en occidente, y que millares han respaldado en calles y plazas estos días, pero sobre todo deshonrarían el legado de los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo, quienes cumplieron cabalmente con la frase que Cervantes le hace decir al Quijote: "por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres".

Finalmente, este atentado debe constituir el parte aguas definitivo para los musulmanes de Francia y del mundo que seguramente ansían la paz y vivir según el modo de vida occidental, de rechazar este crimen y distinguirse de una vez de los grupos terroristas que merecen toda la severi­dad penal y militar que corresponda. Su cada vez más peligroso silencio incrementa los temores del resto de la sociedad civilizada, alimenta los votos y los argumentos de los nacionalistas europeos y de otras latitudes que harán lo indecible para expulsarlos de sus países, y justifica, en particular, la desconfianza de que el Islam inicie un proceso de secularización como lo han hecho otras religiones. Así, para poder convivir civilizadamente, católicos, musulmanes, ateos, todos, como en el poema de Eluard, debemos escribir tu nombre, libertad, para realizarla y ejercerla. Ojalá así sea.

Yo apoyo la libertad de expresión

El otro día fui a ver la película The imitation game donde relatan la vida de Alan Turing, y cómo pasó de ser un héroe por su decisiva contribución a descifrar las comunicaciones alemanas en la segunda guerra mundial a ser un delincuente cuando fue descubierto que mantenía relaciones sexuales con otro hombre a cambio de dinero.

Es un buen ejemplo de las miles y miles de personas que han tenido que pasar por situaciones similares, y mucho peores, a lo largo de la historia simplemente por tener una orientación sexual distinta a la de la mayoría. Y lo peor es que en muchos lugares del mundo sigue ocurriendo.

Por eso, precisamente porque la persecución de los homosexuales se ha realizado en base a una mayoría que persigue a una minoría, es por lo que los comentarios, bromas y opiniones injuriosas contra los homosexuales deben ser repudiados, consiguiendo así que sus autores sean conscientes de que en estos tiempos ellos son la minoría, y que no podrán imponer más leyes absurdas sobre este ámbito.

En cambio no se puede caer en algo que sería mucho peor: aplicar el rodillo de la mayoría a quienes tienen opiniones minoritarias, por muy absurdas y repugnantes que éstas sean.

Si algo se puede aprender del caso de Turing es que las leyes, y las condenas que conlleva incumplirlas, son un tema muy serio que puede marcar la vida de muchas personas de forma injusta. Es el último recurso a utilizar en casos donde el comportamiento de una persona perjudique de forma clara y objetiva a los derechos fundamentales de otras personas.

Y aunque mucha gente crea lo contrario, las opiniones no pueden ser un delito. Y no necesitan ser un delito para ser penalizadas socialmente.

Para mí es mucho más trágico que en España se siga implicando a la justicia para perseguir bromas sin gracia y de pésimo gusto, que en Francia dos extremistas hayan tenido la capacidad para matar a dibujantes que ofendían su religión. No podemos controlar que no sucedan más casos como el de Charlie Hebdo, pero sí podemos concienciar a la sociedad para que el Estado respete la libertad de expresión en todos los casos dentro de nuestras fronteras.

De nada sirve ponernos una caricatura de los dibujantes asesinados en nuestras redes sociales si luego miramos para otro lado cuando imputan a la persona que nos ofende. No, no nos convierte en asesinos, ni mucho menos, pero en el Estado Británico también pensaban que eran muy civilizados cuando en 1951 condenaron a Alan Turing a una terapia de hormonas en vez meterle en la cárcel. Más de 60 años después miles de espectadores salen del cine avergonzándose de dicho pensamiento. Intentemos que dentro de otros 60 años nadie se avergüence de los nuestros.