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Distorsión y depredación

Muy interesante, si bien triste, el Estudio Internacional Values and Worldviews, publicado por la Fundación BBVA, y brillante el análisis que de él ha hecho Domingo Soriano. Y es que si el Estado distorsiona siempre, a los habitantes del sur de Europa, y manifiestamente a los españoles, nos desorienta aún más.

La preferencia temporal de los ciudadanos es la primera víctima del crecimiento estatal cuya presencia omnipotente induce a exponer recursos públicos ante aquellos, que se excitan por la posibilidad de una captura inmediata. Queremos bienes y servicios rápidamente, y el único mérito que pretendemos atribuirnos es el de gritar y acosar para obtenerlos. En un argot decimonónico, reactivado en el tardofranquismo y nunca desaparecido en democracia, la lucha callejera, desaforada y acosadora, guarda en sí el germen de la validez. "Merezco algo gratis porque lloro, porque insulto, porque envidio, porque sufro". Protestar puede ser la reacción obligada ante un derecho legítimo pisoteado o, por el contrario, constituir la expresión del más primitivo instinto depredador. Mediante lo primero se reclama lo ganado; por lo segundo se accede a lo inmerecido. ¿Dónde podemos encontrar el criterio que nos ayude a distinguirlo?

La sabiduría empírica y racional de muchos individuos, pioneros que fueron imaginando pequeñas mejoras en las costumbres, y la difusión de estas bien por imitación, bien por respeto a la auctoritas o por cualquier otro mecanismo de influencia social, acabó decantando la mejor y más exitosa de aquellas: la propiedad privada. La solución ante bienes naturales cada vez más escasos es la apropiación particular extensa y dispersa de ellos. Creerse dueño de algo: una tierra, una vasija o una espada, objetos que se sentían como la prolongación de uno mismo, pudo suponer el comienzo intuitivo de una institución. Sea cual sea el cómo inicial del proceso, lo cierto es que, de percepciones subjetivas se fue pasando a un sistema de respeto de lo privativo y, con ello, a regular con objetividad los modos lícitos de apropiarse de un bien y a asegurar la inviolabilidad de lo que es legítimamente de uno. Nada hay de innato en la propiedad privada y nada de definitivo en su forma actual, pero tampoco existe algo más eficaz y justo a día de hoy. Por último, tampoco se atisba en el horizonte algún modelo social que lo vaya a sustituir.

Frente a ello se alza el pensamiento, místico en el fondo, racional en su ropaje y falsario en la intención, por el que quien no gana algo con su trabajo y talento o viola un contrato no engañoso, pretende obtener el premio. Este modo de enfocar el ineludible obstáculo de ganarse la vida es místico porque extrae de la nada el "derecho a", simuladamente racional porque cubre con términos cultos y globales su aspiración, y es, asimismo, malintencionado porque persigue, simplemente, regresar al estado salvaje de la apropiación coactiva.

La presunción de un financiero. La arrogancia intelectual de Nassim Taleb

Todos los años, la revista mainstream The Economist publica una interesante edición analizando el año que entra. Cubre temas de la actualidad de muchos rincones del mundo, desde las economías más grandes a las más pequeñas, pasando por la política y la cultura, tocando la ciencia y tecnología. Asimismo, se efectúan análisis de empresas y sectores y abordan cuestiones financieras. Este número especial se mantiene a la venta durante varios meses, por lo que puede entenderse como un gran logro empresarial.

Desde una perspectiva de negocio, la revista es un éxito, introduciéndose en los nuevos medios de comunicación y cosechando beneficios como ninguna otra editorial tradicional. Desafortunadamente, el conocimiento de mercado que tan bien domina en sus prácticas empresariales es ignorado completamente en la gran mayoría de sus escritos. La edición actual, titulada The World in 2013, no es diferente. Las palabras del financiero Nassim N. Taleb que encontramos en sus páginas no deben pasar desapercibidas.

En libros y artículos anteriores, los ataques del Sr. Taleb a la Economía Matemática han sido duros y muy atinados (1), y así es como comienza su artículo en The Economist. Por desgracia, este buen arranque rápidamente se desvanece al venir seguido de soluciones normativas que entiende que deberían imponerse en el mercado financiero y en sus participantes. No afirma de manera tajante que el Gobierno deba imponer dichas normas, pero, una vez que opta por el empleo de términos como “to oblige (obligar)”, “Let’s ban (prohibamos)” o “should force (debería obligar)”, la mano coercitiva del Estado se convierte en la única alternativa.

Antes de dar cuenta de sus propuestas normativas, argumenta que éstas son prácticas y sólidas, y que las está seleccionando porque son a la vez sencillas y muy eficaces. Parece que el Sr. Taleb ahí se dejó llevar por la misma Pretensión del Conocimiento (2) que afecta a los financieros matemáticos que con tanta frecuencia son el foco de sus críticas.

En su propuesta inicial, escribe: “A una empresa que sea candidata a un rescate financiero por parte del gobierno no debería permitírsele pagar a sus empleados más de lo que gana un empleado público equivalente”. Está claro que esto no es algo práctico, sin complicaciones ni tampoco eficaz. ¿Quién haría la clasificación de las empresas que sean candidatas a los rescates? ¿Los Bancos Centrales? ¿Las agencias antimonopolio? ¿Cómo sería esta calificación? ¿Cómo se elegiría a los funcionarios públicos equivalentes?

En primer lugar, una solución simple, práctica, sencilla y muy eficaz sería no rescatar a nadie y a ninguna empresa. Esa es la única manera de que el dinero de los contribuyentes no sea utilizado en beneficio de burócratas y altos ejecutivos receptores de bonus, pero esa no parece ser una alternativa para el Sr. Taleb.

La expectativa de los rescates crea riesgos morales (moral hazards) que ningún conjunto de regulaciones futuras puede deshacer. No importa cuán estrictas y restrictivas sean las nuevas normas coactivas, al final, jamás serán tan eficientes como los controles naturales del mercado en una sociedad libre. Proveedores, acreedores, clientes, empleados y cualquier otra parte con intereses en la empresa realizarán sus evaluaciones de riesgo, condicionados por la ilusoria vía de escape que les ofrece la garantía de un rescate. Estructuras de incentivos que normalmente conducirían a que las partes interesadas no percibieran seguridad suficiente darán una falsa sensación de certeza que en realidad no existe.

Los empleados que buscan estabilidad laboral a largo plazo no se preocuparán por los riesgos asumidos por la empresa; al final, si la empresa quiebra, saben que siempre podrán contar con el Estado para que salve la compañía y sus puestos de trabajo. Los proveedores, al igual que los empleados, no van a tener la diligencia debida y se embarcarán con demasiada calma en arriesgados acuerdos comerciales que normalmente no establecerían. Los clientes, acreedores y cualquier otra parte involucrada en la firma también verán cómo sus elecciones se distorsionan por una visión turbia de la realidad y por las falsas garantías que surgen por la posible llegada de rescates. Por lo tanto, si los incentivos son ya terribles y desastrosos en una realidad sin listas oficiales de candidatos potenciales a ningún rescate, podemos esperar un aumento exponencial del riesgo moral habiendo una lista oficial pululando por ahí.

Le doy la razón al Sr. Taleb en que es escandaloso, ridículo y simplemente un error que los ejecutivos de las empresas que actualmente son propiedad del Estado ganen cuantiosas bonificaciones a costa de los contribuyentes norteamericanos. Pero sería aún peor ir tan lejos como pretende: tomar la decisión de crear de una lista de empresas candidatas a rescates y privarles de pagar a sus empleados de la forma que quieran.

Como resultado de dicha norma, todo se complica: el riesgo moral ya infligido al mercado por la existencia de los rescates aumenta considerablemente, se les da un enorme poder a los burócratas a cargo de las listas y se pone en jaque la libertad sin contemplaciones. En lugar de presentar una solución altamente eficaz, Nassim Nicholas Taleb propone algo muy destructivo.

La segunda de sus recomendaciones es la que más daño hace a la libertad individual. Quiere “obligar a quienes empiezan a ejercer como cargos públicos a comprometerse a no ganar nunca posteriormente en el sector privado más de una cuantía determinada; la diferencia debería ir a los contribuyentes”, y dice que esto “asegurará sinceridad en el servicio público, donde los empleados están supuestamente mal pagados porque existe una recompensa emocional por servir a la sociedad”. Leyendo estas líneas, uno podría tener la impresión de estar leyendo el manifiesto de un déspota. Para alguien que reconoce los límites de la econometría, no imponerse límites en su propia capacidad de decir cómo debe vivir la gente parece contradictorio.

¿No puede ver que con esa medida está básicamente dificultando que la gente abandone sus puestos de trabajo, o al menos a sus empleadores? ¿No puede ver que está yendo contra la libertad de los individuos de manera fuerte y voraz? ¿Cómo puede pensar que él tiene algún derecho a fijar un tope a los ingresos provenientes de los esfuerzos de otra persona?

Esta atroz recomendación no sólo destruye la libertad personal, sino que también es muy complicada de aplicar y resulta extremadamente ineficiente. ¿Quién estaría a cargo de vigilar e imponer esa regulación? ¿Cuánta gente tendría que estar trabajando para el gobierno en esta función? ¿Qué sectores e industrias serían vetados? ¿Qué pasa si un ex funcionario decide poner en marcha una empresa; esto sería legal? ¿Cualquier cargo público estaría sujeto a tales normas?

Con una regla práctica, sólida, sencilla y muy eficaz (según sus propias palabras), el Sr. Taleb aniquila la libertad, decide (por todos nosotros) que trabajar para el gobierno es moralmente superior a trabajar en el mercado libre, establece rígidas clases sociales y sienta las bases de un gobierno aún más grande y creciente.

Comparto las preocupaciones del Sr. Taleb con respecto a la estrecha relación entre las grandes empresas de los sectores altamente regulados y las agencias reguladoras en sí. Los ejecutivos están siempre cambiando de bando, ya sea en el sector financiero, en el sector de la salud, en el sector energético o en cualquier otro mercado que soporte una gran carga regulatoria. Esto sucede mucho: pasan de las agencias a las industrias o de las industrias a las agencias. Sí, es triste, y crea un buen número de problemas para la economía, pero el problema no es que algunos individuos jueguen de esa manera. El problema es que las agencias reguladoras existen y obligan a la gente a actuar de esa manera. Contrariamente al argumento de que esos organismos están ahí para fomentar la competencia y evitar el abuso contra los consumidores, las agencias reguladoras existen para ayudar a las grandes empresas a mantener su posición en el mercado, a luchar contra la futura competencia y a dificultar la aparición de nuevos participantes en el mercado (3).

Por lo tanto, la única solución aquí no es la propuesta por el Sr. Taleb, quien básicamente pretende hacer frente a los problemas de la regulación con más regulación, sino reducir y, en última instancia, poner fin a las agencias reguladoras.

El Sr. Taleb sigue atentando contra las libertades individuales con su tercera sugerencia. Pretende decir a los agentes cómo deben regir su negocio, y una vez más se equivoca. “Deberíamos obligar a los gestores de empresas a comerse parte de las pérdidas”, es su obvia solución para poner fin en el Problema del agente-principal.

Resumiendo, su punto de vista es que los gestores que tienen su patrimonio en juego son menos propensos a emprender estrategias arriesgadas, puesto que sus beneficios y pérdidas están en sintonía con los de los inversores. Sí, esto tiene sentido a primera vista y, hasta cierto punto, esto sucede también en el mercado (los gestores tienen su capital en juego en la compañía). Aunque parezca increíble, nos encontramos con muchos más gestores de fondos de inversiones libres (industria menos regulada) que hacen de esto una parte integral de su estrategia de venta a inversores potenciales que con bancos llevándolo a cabo (industria más regulada). Una vez más, el Sr. Taleb toma el camino equivocado, no al identificar el problema, sino en su intento de imponer regulaciones ridículas que no son ni prácticas ni sencillas.

Mientras ignora las diferencias fundamentales entre inversores y gestores (4), cierra los ojos ante muchos de los posibles resultados de su perversa recomendación. Dicha imposición puede excluir la posibilidad de que alguien tenga activos y gestione patrimonio algún día o, en el mejor de los casos, hacer que sea mucho más difícil. A muchos individuos capaces simplemente se les desplazaría del mercado, sin posibilidad de trabajar en determinadas funciones, condenados a operar al margen de la ley o en campos que no se ajustan a sus capacidades. ¿Y el impacto en el número de fondos de inversión, en la calidad de los productos y en la diversidad de estrategias que existen en el mercado? ¿En algún momento se le pasó esto por la cabeza? Me pregunto cómo el Sr. Taleb se ocupará de las consecuencias no deseadas que se derivan de sus recomendaciones. ¿Más regulación?

Sin duda, el problema del agente-principal existe, pero, en lugar de intentar poner fin a éste a través de la reglamentación que propone, sería mucho más fácil tratar de entender por qué surge generalmente en grupos de empresas de sectores demasiado regulados. Tal vez sería más inteligente, menos complicado y más eficaz eliminar las regulaciones (5) que se llevan por delante aquellos controles naturales del mercado que deberían actuar para atenuar estos conflictos de intereses.

Por último, el Sr. Taleb critica con dureza el Value-at-Risk (VaR). En cuanto a sus argumentos técnicos, tengo que estar de acuerdo con lo inadecuado de esta herramienta de gestión de riesgos (6). Sin embargo, de ahí a suscribir su idea de prohibirla, hay una brecha enorme. Una vez más, dejemos que las empresas, sus directivos y sus emprendedores decidan qué métodos desean emplear en sus negocios. Si optan por adoptar una gran herramienta, el mercado libre les recompensará. Si eligen las malas (como el VaR, en nuestra compartida opinión), las fuerzas del mercado les harán fracasar y caer en el olvido.

El culpable de la utilización generalizada y sin frenos del VaR no es el mercado libre, sino las regulaciones y agencias gubernamentales que obligan a su empleo. Los Acuerdos de Basilea, los Bancos Centrales y otras agencias reguladoras exigen o hacen campaña para fomentar su uso. Deshagámonos de esas reglas draconianas, y nos desharemos de muchas herramientas malas. Deshagámonos de las regulaciones, y los incentivos perversos del riesgo moral pronto se desvanecerán. Deshagámonos de imposiciones gubernamentales, y los controles naturales del mercado serán restaurados. ¡Es así de simple!

El Sr. Taleb ha identificado correctamente algunos problemas que nos podemos encontrar ahí afuera, pero no ha podido darse cuenta de que son consecuencia de una excesiva regulación, y no deficiencias del mercado libre. Él falla al interpretar qué causó estos problemas, y yerra otra vez cuando no ve las ramificaciones de sus muy peligrosas sugerencias. Estas cuatro reglas prácticas, sólidas, sencillas y muy eficaces que, según dice, deben ser impuestas sobre todos nosotros coercitivamente no tendrían la capacidad de resolver ningún problema, pero sí tendrían el poder de hacer al gobierno más grande y más poderoso, restringir la acción humana, privar a los individuos de libertad y anular la función empresarial.

Si al menos uno de los problemas señalados por el Sr. Taleb se dejara en manos del libre mercado para que éste lo solucione, entonces 2013 será un gran año. Si alguna de sus ideas es impuesta de arriba hacia abajo, como él sugiere, entonces 2013 será un año pésimo. 


Notas:

1) Sheehan, James, “Fools Put Faith in Data Alone” http://mises.org/daily/2056;

2) “The Pretense of Knowledge” es el discurso dado por F.A. Hayek en la aceptación de su Premio Nobel de Economía http://mises.org/daily/3229;

3) Sugerencia de lecturas acerca de los efectos de las regulaciones y de las agencias reguladoras: Rockwell, Llewllyn, “Regulatory-Industrial Complex” http://mises.org/daily/5930/RegulatoryIndustrial-Complex; and Armentano, Dominck, Antitrust. The Case for Repeal:http://mises.org/document/6061/;

4) Inversores son los que asumen el riesgo y la incertidumbre del proceso de producción utilizando sus ahorros para avanzar el pago de salarios a los trabajadores -gestores incluidos – por servicios que no producen resultados hasta el futuro. En cierto sentido, los inversores, cambian bienes presentes (los salarios en este caso) por bienes futuros (el producto marginal del trabajador añadido al proceso de producción. Lecturas recomendadas que ofrecen una explicación más profunda sobre el tema son: Mises, Ludwig, La Acción Humana (capítulos 21 y 22) http://mises.org/Books/humanaction.pdf; y Rothbard, Murray, Man, Economy and State (capítulos 6 y 7) http://mises.org/Books/mespm.PDF.

5) Tanto el FDIC como la posibilidad de Rescates son buenos ejemplos de intervenciones gubernamentales dañando los controles naturales del mercado;

6- El debate de 1997 entre Philippe Jorion y Nassim Taleb es un buen resumen de los argumentos del Sr. Taleb contra la VaR: www.derivativesstrategy.com/magazine/archive/1997/0497fea2.asp. Las críticas de Murray Rothbard contra la economía matemática también se pueden aplicar al VaR: http://mises.org/daily/3638.  

Max Stirner

Max Stirner ocupa un papel extraño en la historia del anarquismo, del individualismo, de la izquierda hegeliana, y de todo aquello con lo que le podamos asociar. Su principal obra es The ego and it’s own, título en inglés de Der Einzige und sein Eingenthun, y el liberalismo debe prestarle una cumplida atención.

Su nombre verdadero es Johan Kaspar Schmidt. Recurrió a un pseudónimo para no perder su empleo como profesor de la escuela para señoritas de Madame Gropius. Su afirmación del yo como fuente de moral parecería corresponderse con una vida menos anodina que la suya. Aunque su soledad y pobreza de los últimos años sí parecen guardar cierta coherencia con sus ideas.

Formó parte de Los libres, Die Freien, un grupo de jóvenes hegelianos que recibieron la visita ocasional de Marx y Engels. La primera publicación de importancia de Stiner fue para la revista Rheinische Zeitung, dirigida por un joven Marx. Traducida al español como El falso principio de nuestra educación, en ella distinguía entre el hombre educado y el hombre libre: “Si uno despierta en los hombres la idea de la libertad, entonces los hombres libres irán, incesantemente, hacia su liberación. Si, por el contrario, uno sólo los educa, en todo momento se acomodarán a las circunstancias de los más educados y elegantes, y degenerarán en rastreras almas de siervos”. Su carácter se amoldará a los propósitos de otro, ya sea el Estado, la Iglesia o la humanidad.

Es un buen bocado para lo que va a venir con la obra que en España se ha traducido como El único y su propiedad, un título que no acaba de ser del todo fiel. Rechaza el idealismo hegeliano. De modo que parte del yo, pero no de una idea universal del ego, sino de un yo radical, lo que le lleva a las aguas del nihilismo en las que, sin embargo, no se ahoga. Reconoce que hay una realidad exterior, formada entre otras cosas por otros egos distintos al suyo. Su ego es previo a cualquier concepto, como “individuo”, “sociedad”, “justicia” y demás. Ese ego, que es una realidad radical, es creador de lo demás. Una segunda característica es que es único (einzig): “Mi carne no es la carne de otro; mi mente no es la mente de otro”.

Con ese punto de partida, Stirner acepta que pueda existir una verdad objetiva, pero no es de su interés per se; sólo como instrumento del yo. Esa verdad objetiva prescindible alcanza a conceptos como el derecho o la moral: “Somos perfectos como somos, y en toda la tierra no existe un solo hombre que sea un pecador”, pues su realidad parte de su ego, que es anterior a cualquier concepto de pecado que se le pueda aplicar: “Dueño y creador de mi derecho, yo no reconozco otra fuente de derecho que yo; ni Dios, ni el Estado ni la naturaleza, ni siquiera al hombre”, dicha esta palabra en el sentido de la humanidad. Y añade: “Aquello que tienes el poder de hacer, tienes también el derecho de hacerlo”, pues “yo decido qué es lo correcto en mí, no hay derecho fuera de mí”. Es interesante el contraste del yo como realidad previa a la moral de Stirner y el observador imparcial de Adam Smith, que contribuye al individuo a forjar una moral válida.

El liberalismo tiene un problema con la defensa del derecho de propiedad, ya que es, en esencia, una pretensión sobre el comportamiento del otro. Esta idea merece un desarrollo mayor, que no me he atrevido a emprender. Stirner le da una solución, a su modo. Siguiendo su línea de razonamiento, Stirner rechaza el derecho de propiedad. Pero no porque rechace la propiedad, que no es el caso, sino porque lo que rechaza es el concepto ideal de derecho.

Alega aquélla perfección de la persona sólo para elevar al ego a cotas inalcanzables para otros baremos ideales, como la justicia, la ética o la moral. Porque no cree que la persona sea en realidad perfecta. Es más, Stirner nos propone un proceso de posesión progresiva del yo por parte de la persona. “Yo soy mi dueño sólo cuando yo soy el señor de mí mismo”. Ese camino de auto posesión, de control sobre la propia persona, es también el camino hacia la libertad. La libertad, quedará claro a estas alturas, no puede ser un concepto ideal. No puede ser la libertad positiva de Hegel: la “libertad” de servir a una causa más grande que el propio individuo, pues ello supondría convertirse en un esclavo. Pero tampoco es suficiente la libertad negativa, porque no te libera necesariamente de seguir otras servidumbres, como las de la tradición o los valores prevalentes. “Toda libertad”, por tanto, “es auto liberación, que sólo puedo lograr en la medida en la que yo procure para mí mi auto propiedad”.

Pero hemos dicho que Stirner, que no es ni solipsista ni nihilista, reconoce la existencia del mundo exterior. ¿Qué relación deberá tener con él? Será la que determine el yo, claro. Puramente utilitarista. En este sentido, Stirner niega la acción desinteresada. Amo “porque el amor me hace feliz, amo porque amar es natural a mí, porque me satisface”. Es un concepto que convierte al egoísmo en el nombre que le damos a albergar cualquier motivación y, por tanto, diluye al concepto de egoísmo en una tautología, en una identificación con cualquier acción, que siempre ha de estar motivada por algún fin. El egoísmo de Stirner, por esta vía, llegaría a ser compatible con la moral cristiana, que él rechaza, si el individuo llega a abrazarla, eso sí, después de un acto de autoposesión y libertad. En última instancia, su ética se basa en la elección libre, conscientemente egoísta, que le conduzca al disfrute de la vida.

La relación de esa posición, ética a pesar de las pretensiones del autor, con el Estado, no puede ser buena. El Estado hace suyo el concepto de soberanía, y ello implica la sumisión de los individuos. Por cierto, que eso no cambia en una democracia, frente a la cual, nos dice el autor, el individuo se encuentra en la misma posición que en una monarquía absoluta: a merced del poder. Stirner no comparte el engaño de muchos otros sobre el carácter del Estado: a su violencia le llama Ley, mientras que a la de los individuos le llama crimen. La ley, que es instrumento de su violenta imposición, necesita algo más para ser efectiva, y es una falsa ideología de hermandad y comunidad: “una red de dependencia y adherencia, es una pertenencia conjunta, una sujeción conjunta”. En consecuencia, “yo soy libre en ningún Estado”. El Estado no tiene fuero para “mandar en mis acciones, a decir el curso que yo seguiré y fijar un código para gobernarlo”.

También rechaza la sociedad en la que vive, la sociedad heredada. Pues ésta es una asociación coercitiva, que exige de cada miembro que piense de una forma determinada, no fijada por su propio yo, y le exige también que actúe de determinada manera para el bien del conjunto.

Stirner tiene todas las papeletas para convertirse en ese mítico liberal que defendería una sociedad formada por átomos independientes unos de los otros. Es una idea perfectamente absurda; tanto, que yo sólo se la he leído a autores socialistas. Stirner, con toda su exaltación del yo y su ética del egoísmo, dice que “no hay aislamiento ni soledad, sino que la sociedad es el estado original del hombre. La sociedad es nuestro estado de naturaleza”. Es lógico que haga esta afirmación, porque el hombre del que él habla es el hombre real, el hombre particular, no ideal.

Si el hombre vive en sociedad, pero debe rechazarla para conquistar su yo y alcanzar su libertad, ¿qué opción le queda? Que nos lo diga el propio autor con sus palabras: “Nosotros dos, el Estado y yo, somos enemigos. Yo, el egoísta, no tengo en mi corazón el bienestar de la sociedad humana. No sacrifico nada por ella, sólo la utilizo. Pero para poder utilizarla por completo, la transformo en mi propiedad y mi criatura. Es decir, la aniquilo y pongo en su lugar una unión de egoístas”.

De modo que Stirner no rechaza la sociedad, sino esta sociedad. Y no sólo reconoce que la persona es un ser social, sino que le otorga una salida tras el rechazo de esta sociedad: la creación de otra formada por personas libres, egoístas (ya hemos visto que eso no quiere decir mucho), sobre una base utilitarista. Esto es así, ya que los otros no son el infierno de Sartre, sino que contribuyen al pleno disfrute de la vida que Stirner plantea como ideal.

El liberalismo resolvió muy pronto la aparente contradicción entre el individuo y la sociedad, gracias a la división del trabajo; gracias, en realidad, al descubrimiento de la interrelación en el mercado. Stirner no lo plantea en estos términos en The ego and it’s own. Tiempo después de escribir su gran obra, y por motivos probablemente distintos de los que él temía, perdió su trabajo como profesor de señoritas en la academia de Madame Gropius. Para obtener ingresos, tradujo las obras de Jean Baptiste Say o Adam Smith. No sé si los había leído antes de publicar su libro (1845), pero desde luego no los cita ni los utiliza.

Hay algo contradictorio en su propuesta. Rechaza el idealismo. Es nominalista y particularista. Pero Stirner no habla de él mismo, sólo, sino de cada individuo, en quien reconoce también un yo. Plantea un ideal para toda persona, que es la auto posesión como camino a una libertad plena. Puede que no reconozca un individuo ideal, y sólo un conjunto de personas reales, pero su mensaje es válido para todas ellas, de modo que no hay una diferencia significativa.

Otra dificultad relacionada con la anterior es que el yo, que a todo se antepone, que ve el mundo en términos utilitaristas, podría servirle a un brutal dictador, o a un criminal que quisiera imponerse sobre sus semejantes. Pero él rechaza eso. Rechaza la imposición sobre él y sobre los demás. La unión de egoístas es una unión pacífica, para la colaboración sin el recurso a la violencia, a la imposición. Luego su egoísmo utilitarista no puede recurrir a cualquier método que el yo considere adecuado para sus fines, pues choca con los fines de otras personas. La plena libertad que él desea para todos sólo es posible no ya al margen del Estado, sino con ciertos límites a la actuación individual. Esa unión con otros tiene que ser de cooperación, pero para que se produzca tienen que darse varios presupuestos, como el respeto a la persona y la propiedad ajenas, reforzados por una moral propia de una sociedad libre. Un Steiner defiende la libertad, pero otro rechaza su contexto institucional.

Carlos Marx es un intelectual despreciable, por muchas razones. Una de las peores es su desprecio por la honradez intelectual, que se manifiesta en sus largos textos de historia de las ideas. Uno de ellos es La ideología alemana. Más de la mitad de ese libro está dedicado a retorcer las ideas de Max Stirner y a lanzar sobre él abyectos ataques ad hominem. Él y Federico Engels, coautor de la obra, no pueden esconder su temor a Stirner. La creación intelectual de Marx se diluye ante la crítica que Stirner hace del comunismo, con unas pocas palabras: “El comunismo, por la abolición de toda propiedad personal, sólo me presiona para retraerme todavía más hacia la dependencia del otro, sea la generalidad o la colectividad. Y, tan alto como critica al ‘Estado’, lo que intenta es de nuevo un Estado, un status, una condición para limitar mi libre movimiento, un poder soberano sobre mí. El comunismo se rebela justamente contra la presión que experimento de los propietarios individuales, pero aún más horrible es el poder que pone en manos de la colectividad”.

Con estas palabras llegamos a la última consideración sobre Stirner. Ha motivado la crítica, cuando no el escándalo, de varios moralistas. Adam Smith quizás hubiera sido uno de ellos de haber tenido la ocasión de leerle. En definitiva, formalmente, rechaza toda moralidad previa al individuo. Pero ningún intento por adoptar personalmente o de forma colectiva el pensamiento de Stirner hubiera llevado a las atrocidades que muchos de los supuestos amantes de la humanidad han propiciado con sus escritos; Marx y Engels al frente de todos ellos.

África (II). Neocolonialismo autóctono

Después de los procesos de descolonización, primero de Oriente Medio y luego de Asia, tocó el turno a África a finales de los años 50 del siglo pasado. Sus líderes políticos estaban obsesionados con la independencia, la integración nacional y la modernización de sus países respectivos. Una diminuta minoría, urbanita y occidentalizada, aspiraba fervientemente a gobernar la vasta mayoría de una sociedad básicamente rural que había padecido durante largos años el colonialismo. La reivindicación nacional según fronteras heredadas fue obra de élites políticas e intelectuales; en ningún caso tuvo un masivo respaldo popular. El líder africano típico de aquella época era socialista, no alineado y rabiosamente antiimperialista.

Fueron aquellas flamantes élites indígenas las que en 1963 acordaron en el seno de la Organización para la Unidad Africana dar por buenas las fronteras trazadas durante la expansión europea que, recordemos, se fijaron en Berlín en 1884 sin la presencia de un solo africano. Este acuerdo demostró ser uno de los más duraderos entre políticos africanos.

Kwame Nkrumah y su cohorte añoraban el "reino político" al que debían rendir todos adhesión y tributo. Declaró que su partido político (el CPP) era la fuerza más poderosa que había aparecido en Ghana; debía pilotar la nación y su supremacía no debía ponerse jamás en cuestión. Llegó a decir que "CPP es Ghana, y Ghana es el CPP". El guineano Sékou Touré, popularmente llamado el "Gran Elefante", condujo con mano de hierro arrogante la pretendida modernización de su país. Al llegar al poder el tanzano filósofo Julius Nyerere, colectivizó salvajemente la agricultura y concentró a los granjeros en comunas; se trataba de que no apareciesen clases en África, no de superarlas. Fue su delirante proyecto denominado Ujamaa que llevó a un serio retroceso en la productividad entera del país. Jomo Kenyatta reprimió a la oposición e implantó en Kenia un régimen de partido único; la corrupción y el favoritismo hacia su clan marcaron su larga presidencia. El ecuatoguineano Macías Nguema impuso una dictadura comunista, prohibió la medicina occidental y la pesca para evitar la huida de su población, a la que masacró. Tras una descolonización caótica, tomó el poder el congoleño Mobutu Sese Seko, que nacionalizó sin dudarlo las empresas extranjeras y echó del país a los inversores europeos. La corrupción alcanzó cotas incluso obscenas para aquellos pagos. La fortuna personal de Mobutu llegó a superar la deuda externa de su país. Además de quedar impunes sus múltiples crímenes, lo peor fue el haber arrasado con todas las instituciones del Congo. El ugandés Milton Obote llevó a cabo cruentas represiones étnicas, al tiempo que condenó el apartheid en Sudáfrica; su sucesor, Idi Amin Dada, multiplicó las matanzas de forma compulsiva, oprimió a destajo a sus rivales y echó a los indo-pakistaníes del país. El marfileño Félix Houphouët-Boigny, pese a ser más presentable, amasó una inmensa fortuna y costeó de su propio bolsillo la construcción de una de las mayores basílicas del mundo en las afueras de su ciudad natal. Suma y sigue…

La lista es en verdad interminable. Todos los dirigentes africanos empobrecieron casi sin excepción el país al que supuestamente vinieron a liberar. Fueron los impresentables reyes de Calibán, tal y como denominó en su Historias con vida propia Fernando Díaz Villanueva a toda aquella patulea gobernante, siguiendo la estela del historiador Paul Johnson.

El colonialismo fue identificado con el capitalismo, por lo que los líderes del África postcolonial rechazaron todo lo que tuviera que ver con él. La mayoría de sus "emancipadores" abrazaron, por tanto, el llamado socialismo africano que se asoció a la modernidad de la nación. Comenzó pronto a funcionar el rodillo centralizador. Se nacionalizaron empresas, se incrementaron los controles gubernamentales sobre sus economías y se crearon monopolios. Además de eliminar los incentivos a la producción, se convirtieron en muchos casos en mono-economías. Asimismo, ante el pretexto de conseguir una supuesta cohesión social y evitar una desintegración política a causa de la gran diversidad étnica existente, se impusieron también sistemas políticos de un solo partido.

Las lealtades debían ser hacia el partido y el Estado, ya no hacia las etnias y sus instituciones tradicionales. La justicia, antaño integradora, se convirtió en correa de transmisión del partido único y en instrumento de represión a los disidentes. La rotura de valores seculares acabó por descoyuntar la moderna sociedad africana. Se desataron sanguinarias rivalidades por ver qué líder y su clan se imponía para adueñarse y repartirse el botín estatal. Los golpes y contragolpes militares fueron, por tanto, frecuentes.

Los gobernantes postcoloniales, prevaliéndose de una estructura de Estado proveniente de la antigua colonización y ajena a la larga tradición local, se especializaron en el arte del pillaje, del asalto y del robo. La gran mayoría de los Estados africanos se convirtieron en verdaderos depredadores del país y de la gente a la que se suponía debían servir. El mayor daño infligido a África por la colonización fue el haber hecho tabla rasa de las instituciones autóctonas preexistentes. Tras la independencia se produjo desgraciadamente un cambio de los amos blancos (ingleses, franceses, portugueses, belgas, españoles, italianos y alemanes) por otros negros autóctonos que replicaron e incrementaron la implacable explotación sobre la población civil. Este tipo de dirigentes en nada se asemeja a los jefes o consejos de ancianos que el África indígena conoció durante siglos en su historia precolonial. El historiador y periodista británico Basil Davidson, pese a ser inicialmente un entusiasta de los modernos nacionalismos africanos, llegó a su pesar a esta conclusión tras escribir más de 30 libros sobre África; su afamado estudio de 1992 fue el definitivo.

Dicha casta neocolonial de bandidos ha reducido un continente rico en materias primas en tierra de saqueo, ofreciendo al mejor postor platino de Zimbabwe, petróleo de Sudán y Nigeria, coltan del Congo o bauxita de Guinea. Todo ello en detrimento y empobrecimiento de su propia población. La emancipación alcanzada por los países africanos fue sólo de nombre. Los límites y contrapesos que siempre habían existido en la tradición africana ya no sirvieron más de freno a los modernos gobernantes que actuaban desde el importado y foráneo modelo de nación Estado. Los líderes africanos de los últimos 50 años, salvo honrosas excepciones, han demostrado ser los peores enemigos del pueblo africano.

Aquellos supuestos liberadores empobrecieron miserablemente las recién creadas naciones africanas y las hicieron, a partir de entonces, dependientes de las ayudas externas.

Antes de los años 60, el África subsahariana era autosuficiente y podía incluso exportar alimentos. Actualmente importa más del 40% de todos los alimentos que consume. Antes de los años 70, los países africanos no recibían apenas ayuda extranjera; ahora casi un 50% del presupuesto anual de muchos de ellos depende de la misma y de las directrices del FMI y del Banco Mundial. La renta per cápita de la mayoría de ellos ha retrocedido con respecto a la alcanzada en la década de los años 50. Es el único continente en que el porcentaje de pobres ha aumentado, la tasa de analfabetismo es la mayor del mundo y los problemas de salud son endémicos. Sus instituciones son débiles, sus infraestructuras escasas y la rendición de cuentas públicas es nula. Algo esencialmente mal se ha hecho en África.

Los mismos políticos que hicieron quebrar económicamente a los países africanos en los años 60 siguen en el poder. No las mismas personas, pero sí la misma élite depredadora y ansiosa por alcanzar el poder central carente de límites. Persiste la miseria debida fundamentalmente a la misma estructura de Estado alienígena de la época colonial, tan solo que adaptada a las relaciones de patronazgo y a las redes clientelares que se estilan allí.

Para mayor desolación, según mostró el economista Paul Collier, la ayuda extranjera sirve para sufragar hasta el 40% de la compra de armas por parte de los Estados africanos. En un continente donde la inestabilidad política corre pareja a la fragilidad institucional, aquellas armas sirven generalmente para aplastar a los opositores y a la población civil sin conmiseración. Las matanzas, genocidios y guerras desatados en el África contemporánea han dejado un reguero de destrucción lasciva, caos gratuito y detritos humanos. Desde 1996 sólo las tres guerras del Congo –en las que participaron también los gobiernos de Ruanda y Uganda- han masacrado a seis millones de personas; la limpieza étnica de Sudán, ha eliminado unos dos millones. Son dos episodios horrendos, pero hay muchos más. Desde 1960, las matanzas y abusos acumulados de los diferentes gobiernos africanos surgidos tras la descolonización nada tienen que envidiar a los perpetrados durante la colonización.

A día de hoy, se cuentan por millones los refugiados que han cruzado fronteras y las personas desplazadas internamente. Es el continente con mayor número de ellos.

La corrección política internacional ha escudado reiteradamente a los déspotas dirigentes de África. Los gobiernos occidentales son reacios a condenarlos, cuando no, les brindan su apoyo decidido o imponen su influencia para proteger y engrasar sus propios intereses inconfesables. Esto es indecente. La inversión del gobierno chino en dicho continente parece seguir el mismo modus operandi. A resultas de ello, las causas profundas de los factores internos destructivos de África apenas se han podido corregir o atemperar.

Ya no basta sólo con terminar con los regímenes dictatoriales. Actualmente hay una veintena de "democracias" africanas. Bajo su paraguas, una buena parte de ellas sostiene un sistema meramente formal de elecciones para mantener la apariencia de legitimidad política. Los incontables fraudes y artimañas arruinan la mayor parte de los procesos electorales por ser poco fiables. Eso sin contar con que las papeletas de voto significan poca cosa si no existe la libertad de prensa o de opinión efectiva. Lo que mejor resume el fracaso de la moderna democracia en África es el hecho de que existan mandatarios -considerados grandes promesas con el inicio de la democratización en la década de los 80- que siguen aún hoy enquistados en el poder. Tal es el caso de Angola (Jose Eduardo dos Santos desde 1979), Zimbabwe (Robert Mugabe, desde 1980), Camerún (Paul Biya, desde 1982), Uganda (Yoweri Museveni, desde 1986) o Ruanda (Paul Kagame, desde 1994).

Algunos han manipulado o modificado autoritariamente la Constitución con el objetivo de renovar mandato a modo de sus pares chavistas al otro lado del Atlántico. Así sucedió, por ejemplo, en Guinea en el año 2001 o en Camerún, en 2008, donde se aprobó el final de la limitación del número de mandatos presidenciales. Han degenerado en falsas democracias.

Por otro lado, la supuesta libertad económica que existe actualmente en algunos países africanos apenas sirve a la población civil cuando el gobierno y sus monopolistas amigachos (cronies) copan y dominan la mayor parte de su economía. África, con sus más de treinta millones de kilómetros cuadrados, sigue sin ser liberada.


­Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los factores internos causantes de los problemas actuales de África (cleptocracias despóticas, ideologías equivocadas, fragilidad institucional, libertad secuestrada, abuso de poder, guerras civiles), así como sus posibles soluciones endógenas (reconocimiento y adaptación de las instituciones autóctonas, paz y seguridad jurídica, limitación de los poderes ejecutivos, liberar y permitir a la sociedad civil actuar en todos los ámbitos). Contradice el diagnóstico que carga, sobre todo, las tintas en los factores exógenos como explicación del origen de los primeros (neocolonialismo exterior, imperialismo, comercio internacional) y como opción más recomendable de las segundas (ayudas externas, reformas patrocinadas por el FMI o el BM). Para una lectura completa de la serie, ver también I.

El paraíso de los free riders

Una de las conclusiones derivadas de los interesantes estudios en Psicología Evolucionista de Leda Cosmides y John Tooby se refiere a la supervivencia de una sociedad o grupo extenso en función de su actitud frente al resto, lo que llamaríamos, en términos comunes, el comportamiento social.

Que los individuos actúan motivados por su propio interés, como ya explicaron Adam Smith y muchos otros autores, no es una novedad. Efectivamente, sin que ello implique que todos somos egoístas, nuestros genes y nuestra herencia cultural como especie nos lleva a tratar de perpetuarnos, y para ello, desarrollamos el instinto de la supervivencia, por un lado, y por otro, la propagación genética. Por supuesto, eso no quiere decir que nos veamos arrastrados por las pasiones y los instintos. Sino que esa es nuestra tendencia y nuestro fin más allá de la consciencia individual.

Incluso el altruismo aparece como un intercambio recíproco, de manera que damos algo esperando que de alguna forma nos sea devuelto, no en ese momento, o de la misma forma, o por las mismas personas, pero sí tenemos esa expectativa. Sea la búsqueda de un lugar en el Paraíso, la aceptación del grupo, la gratificación de nuestra propia conciencia, los actos que llamamos altruistas son en realidad actos con un componente de reciprocidad. No es que Cosmides y Tooby ignoren la realidad, en la que existen personas verdaderamente altruistas, lo que defienden es que se trata de un "producto secundario", una mutación de un comportamiento generalizado, en el que la recompensa se disocia del receptor, el momento y el lugar más evidente.

Cosmides y Tooby también estudian la cooperación frente al engaño del gorrón (el free rider). Es muy interesante cómo llegan a la conclusión de que, si bien en nuestra sociedad existe la creencia buenista de que todos deberíamos cooperar, resulta que las sociedades cooperativas puras son las más vulnerables al engaño de los gorrones. Por la misma razón que explica que las sociedades pacíficas y desarmadas sean las más propensas a ser invadidas.

Es llamativo, en este sentido, que una sociedad en la que todos fuéramos bien pensantes acabaría en la tiranía de los free riders, en la explotación del que coopera por el que no lo hace. Pero ¿y una sociedad de free riders? ¿Qué sucedería si todos fueran gorrones? Se desmoronaría la sociedad porque nadie pagaría

Y esa es la situación hacia donde se dirigen España y Europa. Todos quieren vivir a costa de los demás, nadie quiere pagar lo adeudado. De repente, las deudas contraídas por el Estado ya no son deudas de la ciudadanía, son deudas de los políticos. Ahora, cuando toca devolverlas. Pero, cuando se contrajeron, era el Estado en nombre de todos el que se endeudaba para pagar los cheques-bebé, o el peaje electoral al lobby de turno. Los desmanes de entonces, que cuando eran denunciados caían en el más flagrante de los olvidos, y se apelaba a que estábamos en vacas gordas y que éramos muy avanzados, con un "estado social" enorme y maravilloso como un sol de verano, se ven de diferente manera. Cada ciudadano votante del partido político correspondiente (en términos nacionales, regionales y locales) entona el "yo no he sido". La soberanía, la representatividad, el estado social… han desaparecido, ahora hay una masa de free riders frente a una masa de votantes, que pagan impuestos, que van a la cárcel, que son tratados como sospechosos en los aeropuertos, y que se encuentran secuestrados por un sistema electoral nefasto.

Este modelo de sociedad en el que los cooperantes y los gorrones conviven se mantendrá mientras esos pagadores sigan manteniendo a los free riders. Cuando los gorrones vean que no hay manera de subir impuestos, o cuando la insumisión fiscal nos dé menos miedo, dejaremos de alimentar este mecanismo tan perverso. Es difícil creer que los propios free-riders van a cambiar el sistema de incentivos en su propio perjuicio. Podría suceder pero no me lo creo. Tal vez una autoridad externa podría imponer que eliminaran esas expectativas de beneficio a costa de los demás, pero en la medida que el fenómeno es generalizado solamente nos queda la insumisión, la rebelión cívica como alternativa.

El punto intermedio, el más "posibilista", es la adopción taimada de medidas de maquillaje para hacer creer que ya no va a pasar más. Para ello tendrían que aceptar esa situación todos los partidos políticos, incluso los pequeños recién llegados. Tendrían que hacerse cómplices todos los medios de comunicación. Tendría que mantenerse ciego el pueblo español. Nada de lo sufrido habría servido para nada: ni el alto paro, ni los comedores atestados de Cáritas, ni el sufrimiento de tanta gente.

Me da lástima reconocer que es lo que probablemente suceda.

El debate sanitario. Externalizar no equivale a liberalizar

En los últimos tiempos, fruto de las medidas de externalización promovidas por varios gobiernos autonómicos emulando soluciones que ya funcionaban en España y en el resto de Europa, ha surgido un debate en torno a los servicios sanitarios que, lejos de ser lo serio que debiera, ha terminado convirtiéndose en un instrumento de agitación política. Falseando la cuestión, sectores de la izquierda han conseguido definir las reformas como "liberalizadoras" en tanto privatizan lo público a favor de la empresa privada. Este argumento, lejos de ser cierto, adolece de un defecto fundamental, ya que privatizar recursos o entregar su gestión a empresas privadas vía concesión no equivale a liberalizar el sector. Esto último supondría, en cualquier caso, eliminar regulación, reducir la carga fiscal y liberar al ciudadano del deber de sostener y pertenecer el sistema público sanitario.

La categoría del servicio no deriva de la naturaleza de quien lo preste, sino de la fuente de financiación de la que se alimenta, las reglas de lo restringen, y quién toma las decisiones relativas a su presupuesto y objetivos. Por mucho que una función pública no la desempeñen personas sometidas a disciplina marcial, sino meros contratados o funcionarios de carrera, dicha función no perderá su condición estrictamente pública. Aunque la sanidad que se paga con cargo al erario público se regula por autoridades públicas, y es objeto de dirección y planeamiento por parte de dirigentes políticos, sea prestada por entidades privadas, no perderá en lo fundamental su naturaleza. Se trata de modelos de gestión de una misma cosa: la sanidad pública. Por tanto, el debate no es entre público y privado, sino en cuanto a formas de gestión de lo público.

El segundo aspecto más relevante de la discusión es si efectivamente una externalización de servicios sanitarios públicos reduce el gasto destinado en los presupuestos de la administración, y al mismo tiempo, mejora la calidad de la prestación. En este punto existe cierta controversia, opacidad y tendencia a la manipulación por todas las partes interesadas. Lo cierto es que a corto plazo sí se produce una reducción del gasto por paciente. También es cierto que en general los pacientes no notan diferencia e incluso agradecen recibir atención en centros "que parecen privados". Lo parecen porque lo son. Y he ahí uno de los elementos que hacen más "atractiva" la externalización de la sanidad. Porque el único dato cierto es que todo aquel individuo que puede permitírselo tiende a contratar un seguro privado sanitario. La huida de lo público es una tendencia constatada. Por eso quien no puede escapar del yugo de lo público suele ver con buenos ojos que se le trate como si la cosa fuera privada. Mejores instalaciones, menor espera, habitaciones individuales… Es lo que la gente busca en los servicios privados porque es exactamente lo contrario de lo que suele recibir en el sector público.

Volvamos a la cuestión de fondo. ¿Por qué determinados sectores de la izquierda se empeñan en asociar externalización con una sanidad estrictamente privada, o un pretendido libre mercado sanitario? La respuesta es muy sencilla: porque saben que a medio/largo plazo las ventajas iniciales de la externalización posiblemente queden diluidas entre los vicios inherentes a lo público, que contagia a todo lo que toca. Los detractores de la externalización saben que si al final vuelven a aparecer los vicios de lo público podrán falsear la realidad relacionándolos con carácter supuestamente liberalizador del cambio experimentado, defendiendo así el regreso a la gestión estrictamente pública de los recursos públicos, argumentando que ésta es la opción más eficiente y deseable.

Si la externalización se limita a transferir la gestión de los recursos públicos desde la administración hasta empresas privadas vía concesión, el destino del experimento será que acaben resurgiendo tanto el gasto desbocado, como el racionamiento de recursos y la degradación de la prestación. Sólo si la externalización va acompañada de un rápido avance de la sanidad privada, esta sí, como sector del mercado encargado de ofertar servicios sanitarios a aquellos usuarios que libremente decidan suscribir pólizas de seguro con empresas estrictamente privadas, existirá una posibilidad de éxito para este modelo mixto. La razón de que esto sea así es tan sencilla como la que explica por qué es imposible el socialismo. Sin precios de mercado es imposible efectuar cálculo económico, y sin cálculo económico cualquier actividad productiva queda condenada al más estrepitoso fracaso.

¿Por qué no sabemos cuánto cuesta una sanidad de calidad? Fundamentalmente porque no existen precios de mercado. Lo que ahora existe, pese a la multitud de empresas que ofertan seguros privados o prestan servicios sanitarios al cobijo del sector público, no cumple los requisitos que permitirían hablar de la existencia de un mercado sanitario. Los beneficios que obtienen muchas de estas empresas dependen de una asignación presupuestaria que a su vez deriva de un cálculo de costes cuyo origen tampoco procede de mercados sectoriales. Ni las farmacéuticas operan en mercados libres, ni los proveedores de material e instrumental médico lo hacen, como tampoco los funcionarios que trabajan en la pública reciben salarios de mercado. De igual modo, las empresas privadas que prestan servicios para la pública estiman su beneficio en base a unos costes que tampoco se corresponden con los precios que sí surgirían en un mercado libre, y siempre quedan al albur de la decisión política que establece la asignación por paciente en cada ejercicio presupuestario, o de restringir la actividad sanitaria mediante reglas cada vez más concretas.

Los menos interesados en mejorar y salvar la sanidad pública son aquellos que se acantonan en un sistema que no funciona, que no puede pagarse y que no aguanta en comparación con la privada en muchos elementos que contribuyen a la calidad del servicio sanitario. Los políticos han optado por una salida cortoplacista que les sirva para reducir el presupuesto del año siguiente. Lo que deberíamos exigir los ciudadanos es que este proceso, que a priori es una alternativa al desastre actual, no acabe reproduciendo trágicamente los defectos del modelo público sanitario. Para conseguirlo la única opción es que el Estado retroceda, liberalice, permita la deducción de los seguros privados en la declaración del IRPF, para que el sector estrictamente privado crezca y cubra al mayor número posible de individuos. De esa fuente surgirán las señales, los precios, las expectativas de beneficio, que podrán orientar a todas empresas del sector, incluidas aquellas que presten sus servicios para la pública a través de la externalización. Lo deseable es que, poco a poco, nadie que pueda permitirse un seguro privado quede atrapado por la pública por culpa de impuestos y cotizaciones injustas. Que sólo aquellos que realmente lo necesiten acudan a un servicio, el público, que ha de ser excepcional, complementario o de urgencia, pero nunca la base del sector sanitario. De seguir siéndolo, no habrá precios que nos guíen, y, por esa razón, no habrá forma de calcular cuánto cuesta una sanidad de calidad sostenible y accesible para la mayoría de los individuos, lo que nos conducirá irremediablemente al colapso de este servicio fundamental para la calidad de vida de los individuos.

Hugo Chávez, Carl Schmitt y la dictadura

La muerte de Hugo Chávez nos ha dejado una congregación de plañideras que entre llanto y llanto se han dedicado a loar los logros del líder de la revolución bolivariana. Justificadas sus tropelías y bravuconerías con las victorias electorales, sus hagiógrafos decían cosas como que Hugo Chávez "era pueblo".

Semejante legitimación enraíza con el filósofo alemán Carl Schmitt, autor de La dictadura. Y es que, tras la justificación "ser pueblo", dejan entrever el pensamiento schmittiano que construye sobre Hugo Chávez al defensor de la Constitución, la encarnación de la voluntad del pueblo que encierra en su persona la decisión política.

Los teóricos de esa voluntad general indivisible y absoluta que no admite disenso encuentran en la figura del defensor de la Constitución la horma de su zapato. Carl Schmitt resolvió sobre el papel el callejón sin salida e ingobernable que había dejado Rousseau pero que en la práctica ya se había substanciado en esas vanguardias conscientes de clase capaces, no solo de dirigir al colectivo, sino de gobernarlo.

La comparación resulta interesante porque nos permite, además, retrotraernos a la polémica entre Kelsen y Schmitt sobre el guardián de la Constitución. Un debate que se truncó con las embestidas totalitarias que recorrieron Europa en la mitad del siglo XX. Frente a la teoría de la decisión, Kelsen proponía una teoría pura del Derecho que venía a justificar el Derecho en sí mismo. Una cuadratura del círculo positivista que fundamentaba el Derecho y la legalidad en lo formal excluyendo cualquier otra consideración.

Este sistema kelseniano se vio superado por el ascenso al poder de Hitler y la subversión de la Constitución de Weimar. De la democracia a la dictadura a través de la modificación de leyes que desde el poder se van alterando de la misma forma que se aumenta poco a poco la temperatura de una cazuela para que la rana no salte mientras el agua empieza hervir. Una lección histórica que algunos pretenden olvidar cuando ya en el pasado son varios los dictadores que han llegado al poder aupados por mayorías electorales en lugar de carros de combate.

La fusión de ambas perspectivas filosóficas desde un punto de vista utilitario ha permitido a lo largo de la historia reciente los mayores atropellos de la libertad individual. Lo que en principio parecía antagónico se ha reconciliado tantas veces como ha sido necesario para desvirtuar la democracia representativa e imponer la voluntad de uno sólo, legitimada en el bien de todos.

Una teoría que en muchos lugares se ha llevado a la práctica. En España, en varias ocasiones el pueblo se ha echado a las calles al grito de "¡vivan las cadenas!", mientras los intelectuales justificaban y proclamaban la necesidad de cirujanos de hierro que pusieran orden en los desbarajustes institucionales del país. Incluso se han llegado a idear términos como el de dictablanda o demodura para mantener la conciencia tranquila mientras se justificaba lo injustificable.

La novedad chavista introdujo el elemento de la legitimación democrática permanente para retener el poder y manejarlo a su antojo. El régimen bolivariano es una pantomima que guarda aparentemente las formas democráticas, pero que en ningún caso permite la pluralidad de un sistema electoral libre para electores y candidatos en los que se pueda elegir una alternativa en igualdad de condiciones.

Cuando todo el entramado de pesos y contrapesos falla, olvidamos que el último resorte, la red de seguridad del trapecismo de la política, no es otra que la propia gente educada y responsable individualmente, celosa de su libertad y desconfiada de las intromisiones del poder estatal en sus vidas. Cuando falla, no hay garantía constitucional ni nación capaz de resistir la deriva populista.

Que la crisis iba en serio

"Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", decía el poeta Gil de Biedma. En España, tras años de crisis, parece que es ahora cuando, como adolescentes perdidos, empezamos a comprender que iba en serio eso de la recesión. 

Los estados alterados de conciencia… solidaria

Y lo primero de lo que nos estamos dando cuenta es de los diferentes planos en los que se despliega la pseudo-solidaridad, con minúscula, esa coactiva que no es virtud sino trasvase de rentas de agentes conocidos (los pagadores) a agentes desconocidos. Porque se va descubriendo adónde han ido muchos ríos de dinero, trama a trama, y no era adonde pensábamos, ni adonde nos dijeron. Esa pseudo-solidaridad es más arraigada cuando soy receptor, cuando tengo ases en la manga y cuando la seño me conoce. Estoy hablando, por supuesto, de la solidaridad autonómica. Ahora resulta que la brecha norte-sur ya no se refiere a hemisferios sino a autonomías. Y es más profunda. Porque hay autonomías que tienen menos paro o que han tenido que aplicar menos recortes. Pobrecitos, oiga. Tal vez sería mucho pedir que contaran que esas comunidades autónomas (en concreto Extremadura y Andalucía) han tenido que recortar más porque su desfase presupuestario era mayor. Y si Madrid o País Vasco exportaban sería porque algo han hecho. Y si hay menos paro igual es porque no hay PER.

Aún así, a muchos se les encogerá el corazón y reclamarán solidaridad autonómica. Otra cosa es saltar ahí a la solidaridad con Chipre. Nosotros por Chipre, oiga, lo que haga falta, salimos a la calle, montamos tres manifas, pero poner un duro, que sinceramente no tenemos, eso ya no. Y ser solidarios con los afectados por la Política Agrícola Comunitaria, tampoco, que es más prójimo el agricultor que vive de cultivos no rentables subvencionado con el dinero de todos que el cultivador de un país africano que simplemente quiere mercados abiertos. 

El que la hace no la paga, la paga otro

Otra de las lecciones que estamos aprendiendo con sorpresa, a pesar de los años que han pasado desde que comenzó la crisis, es que la palabra "otro" señala a alguien indefinido. Puede ser usted. Así que antes de defender que el que la hace no debe pagarla sino que la responsabilidad la debe asumir "otro", piense que a lo mejor escupe al cielo. Gran parte de la banca invirtió mal. Pero nadie (excepto algunos desalmados sin corazón ni sangre en las venas como yo) era partidario de dejar quebrar los bancos podridos. Iba a dejar de salir el sol por las mañanas.

Cuando Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana y vecino de blog en este diario, proponía que se hicieran cargo de las pérdidas aquellos que hubieran arriesgado más, y explicaba que se podía privatizar la deuda de forma discriminada, de manera que se repercutiera más la pérdida a aquellos que hubieran tomado la peor decisión, muy poca gente le hizo caso. El argumento era aquello de arreglarlo entre todos, porque se trataba de gente, personas con cara y ojos.

El caso es que ese "otro" que hemos tratado de diferir hasta el infinito, primero a nuestro Estado, a Alemania, a la Unión Europea, al Fondo Monetario Internacional, etc., tiene ya la ubre seca de tanto dar. Y claro, o ponemos más todos en las arcas de esas mismas instituciones, o volvemos al punto de partida: que cada cual asuma lo suyo. Y el "otro" termina siendo el reflejo en el espejo. Pero después de engrosar la deuda, dar vueltas, marear la perdiz y perder un tiempo muy valioso. 

No nombrar la austeridad en vano

Esta es la lección por aprender. Uno no es austero porque dice que lo es sino porque vive austeramente. Por la misma regla de tres, un gobierno no es austero porque dice en rueda de prensa que va a tomar medidas para recortar, lo es cuando, dato en mano,  el gasto es menor, el déficit se reduce. Y en España, (como decía Martirio "me duele la boca de tanto decirlo"), el gasto ha aumentado. Se ha recortado en lo más escandalosamente evidente, tal vez, pero el gasto político, el despiporre autonómico, el sistema de clientela política regado con dinero de todos… los males mayores, ahí están, siguen con nosotros, royendo los bolsillos, cerrando las empresas, acompañando a los parados a los comedores de Cáritas. A nuestro lado, nuestros pecados políticos, nuestros vicios democráticos surgidos desde el mismo parto, desde la Transición, marcan nuestra trayectoria como el miedo pauta al agresor.

No me consuela que sea algo generalizado en Occidente. Cada persona debe vivir conforme a sus valores, no en función de la permisividad del sistema. Lo contrario lleva a una sociedad con molicie moral, autodestructiva, y es un proceso muy difícil de detener. Albergo la esperanza de que no sea demasiado tarde.

Aprender a compartir

Es un lema precioso. "Aprender a compartir". Qué bonito… Desde que somos pequeños, desde que vamos al jardín de infancia, luego en el colegio, todos lo hemos sufrido…

Estabas encantado en el cole jugando con tus madelman y llegaba el cretino de Luisito, un tipo que te caía mal, que nunca traía sus propios madelman, se ponía llorar y la "seño" te decía "tienes que aprender a compartir". El problema es que yo no tenía que aprenderlo, yo ya sabía compartir…

Compartía con mi amigo Nando, a cambio de la mitad de su fabuloso bocata de chorizo Revilla con Tulipán, en una perfecta demostración de las ventajas del libre comercio, a pesar de las instrucciones de corte "proteccionista" de su madre. Compartía con Manu, un chaval majete, hijo del bedel, que no aportaba ni bocatas ni madelmans ni nada, pero me caía bien, jugaba al fútbol como Pirri y era siempre la primera opción en el draft previo a los partidillos del recreo. Compartía con Laura, una preciosidad de ojos azules, a cambio de… bueno, en fin.

Pero con el tal Luisito, un llorón, un acusica, un caradura que nunca tenía nada suyo que compartir, que no aportaba nada, ni era simpático, que solo sabía quejarse a la profesora, la verdad es que me repateaba hacerlo… Y solo cuando no había escapatoria, cuando la profesora se ponía muy en serio y veías la posibilidad de un cero en compañerismo, accedías de mala gana a cederle tus madelman… Los cuales, en una demostración infantil de la tragedia de los bienes comunes, te eran devueltos en pésimo estado…

Y estas experiencias infantiles, ese "aprender a compartir" bajo coacción están grabadas a fuego en generaciones y generaciones de españoles.

Un "aprender a compartir" que para muchos, para millones de Luisitos, significaba y significa "obligatoriedad de los demás de compartir con ellos", formando un amplio sector de la sociedad que cree que tiene el derecho a disfrutar de los bienes y propiedades del prójimo y dispuesta a votar a los políticos que les prometan usar la coacción para lograrlo.

Así, ese "compartir obligado", esa falsa solidaridad basada en la coacción, está insertada en el acervo cultural común de una sociedad que no cree en ni respeta la propiedad privada, fuente de la cual emana el principio básico de la libertad y no del hecho votar cada cuatro años.

Y así nos va…

PD: Gracias a Facebook, he podido volver a contactar con mis compañeros de patio de colegio. Nando está calvo y gordo, muy gordo debido a la falta de mi influencia correctora sobre su ingesta, Manu juega fútbol sala de veteranos y a Laura, divorciada y una auténtica milf, la he invitado a cenar…

Respecto a Luisito, como ya apuntaba, ha acabado metido en política y, lógicamente, no le he agregado…

Francisco de Vitoria y el Derecho Internacional

Este mes de marzo se ha celebrado en la Universidad CEU San Pablo un interesante Congreso Internacional: "New perspectives on Francisco de Vitoria. Does International Law lie at the heart of the origin of the modern world?". La pregunta dio lugar a varios debates, conferencias o presentación de comunicaciones, y quería comentarles algunas impresiones sobre el Encuentro.

Lo primero de todo, lamentar la escasa participación de profesores españoles. Es verdad que en Madrid resulta difícil hacer un hueco en la agenda para asistir a tantas convocatorias de buena calidad que semanalmente se nos ofrecen… Pero creo que este evento habría merecido dejar libre un par de mañanas o tardes para escuchar a alguno de los ponentes. Y es que los organizadores (el Instituto Universitario de Estudios Europeos del CEU) consiguieron reunir, entre otros, a los siguientes expertos en Vitoria, el Derecho Internacional o la Filosofía Política: los profesores austríacos Herbert Schambeck y Franz Koeck; los italianos Simona Langella y Franco Todescan; Annabel Brett, de la Universidad de Cambridge o Martti Koskenniemi de la de Helsinki.

En cuanto a los contenidos, voy a expresar una conclusión paradójica: no se hablaron de cosas demasiado nuevas, aunque se plantearon algunos enfoques muy discutibles. Me explico: tanto en la Apertura del Encuentro (estaban presentes Marcelino Oreja y José María Beneyto representando al IUEE) como en muchas ponencias y comunicaciones, escuchamos la consabida lectura de Vitoria como fundador del moderno Derecho Internacional y sus polémicas Relecciones sobre El poder político, Los Indios o La guerra, en las que fundamentaba la presencia española en América sobre la única justificación de un derecho a la comunicación, al comercio y la libre navegación por los océanos; en vez de la tradicional referencia a las bulas papales o el poder político del Emperador. También se recordó el papel pionero de los Maestros de Salamanca en perfilar una visión moderna (y liberal) de las relaciones económicas sobre la base de una confianza racional en el libre comercio, como actividad que perfecciona la sociedad humana, y que se sustenta en la formación de los precios en mercados abiertos (la estimación común), lo que a su vez es el fundamento de una teoría del valor de los bienes que descansa en los conceptos de abundancia/escasez, utilidad y aprecio subjetivo de los agentes.

En esta exposición de aspectos más conocidos (sobre todo, para los seguidores del IJM), los visitantes italianos presentaron una consistente explicación de los fundamentos jurídicos y filosóficos del pensamiento de Vitoria. Franco Todescan desarrolló una brillante comparación entre los términos (más jurídicos) de ius y lex , imprescindible para comprender bien el sistema escolástico descendente de ley eterna, divina, humana y derecho de gentes. Que la Modernidad, a partir de la interpretación de Hugo Grotius, cambiaría por las categorías de primeros principios, derecho natural, derecho civil y también ius gentium (nótese que este nivel de preceptos jurídicos, el derecho internacional de las naciones, se ha mantenido en ambas estructuras metodológicas).

Junto a Todescan, la profesora Simona Langella ofreció un acercamiento más filosófico, a partir de los conceptos de dominium, propietas o facultas. Y es que en torno a los comentarios de Vitoria a la Summa Theologiae de Tomás de Aquino, concretamente en las cuestiones sobre la justicia y la restitución, se planteaba una importante distinción entre el dominio jurisdiccional (que afecta a las personas) y la propiedad (que se refiere a las cosas). Desde estos presupuestos, la doctora Langella explicaría que el hombre tiene además dominio sobre sus actos (libertas) con la expresión: capax Dei, capax dominii. Existe por tanto un derecho natural a la propiedad, a la libertad y al autogobierno, del que disfrutaban también los nativos americanos.

He citado antes a la profesora de Cambridge Annabel Brett (autora de un muy recomendable libro: Liberty, right and nature, en el que estudia a Vitoria, Vázquez de Menchaca y otros escolásticos hispanos). Su charla discurrió por el pensamiento político de la Escuela de Salamanca, destacando su esfuerzo por compaginar la fe y la razón, su preocupación por los problemas reales de la sociedad de su tiempo, o su referencia a la causalidad aristotélica (todo necesita de un fin). En cuanto a la potestad (otro elemento revolucionario de los salmantinos), nos recordaba cómo sostuvieron que el poder viene de Dios, pero a través de la comunidad. Lo contrario al discurso de las monarquías absolutas de la Europa central y nórdica.

Termino con una breve referencia al Dr. Martti Koskenniemi (aunque cronológicamente fue quien abrió el Congreso; y además lo cerraría, planteando ese debate que anunciaba). Desde una perspectiva de la historia del Derecho Internacional, hizo un interesante repaso de la aportación de la Escuela de Salamanca a los fundamentos modernos de las relaciones internacionales o la estructura económica mundial. Suele decirse, con cierta razón, que la primera globalización tuvo lugar en el seno de un Imperio en el que "no se ponía el sol". Ahora bien, no es del todo correcto juzgar aquella época con nuestras categorías: sobre todo, se plantea una importante dificultad a la hora de valorar el hecho religioso. La Europa del XVII es una historia compleja de Reforma y Contrarreforma, de conflictos religiosos y airadas discusiones teológicas sobre la gracia, el pecado o la predestinación (no solo entre católicos y protestantes, sino también en el seno de sólidas instituciones de la Iglesia romana como los jesuitas y dominicos). Pienso que es muy interesante celebrar este tipo de reuniones, siempre que se respete un diálogo constructivo (resulta demasiado frecuente atascarse en un juicio acerca de los abusos cometidos sobre los indios y la responsabilidad de los políticos e intelectuales hispanos del momento): uno de los objetivos de la Universidad debe ser el recuerdo del pasado, pero mirando cómo construir un futuro mejor.