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Cálculo económico y tamaño del Estado en España

El cálculo económico es todo juicio estimativo que hace el actor sobre el valor que tienen los recursos económicos y, especialmente, en una sociedad civilizada, entendida como un orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana.

Así, desde una perspectiva económica austriaca, se distinguen el mundo interno subjetivo, "ordinal" y no cuantitativo de los agentes económicos, y el mundo externo "cardinal", que opera con cómputos y cálculos numéricos.

Existen dos instituciones que unen el mundo interno (cualitativo) con el mundo externo (cuantitativo) de las transacciones económicas del día a día. Es decir, estas instituciones permiten que se produzcan las transacciones económicas como resultado de acciones subjetivas (cualitativas y sin posibilidad de cómputos numéricos) o psíquicas que se proyectan sobre los medios o fines económicos.

Por un lado, existe la institución del intercambio sometido a Derecho o, si se prefiere, los vínculos contractuales. Y, por otro lado, también existe la institución del dinero, que se define como el medio de intercambio común y generalmente aceptado por la población de un territorio.

1. Imposibilidad de cálculo económico

Cuando el marco institucional dificulta o impide el intercambio sometido a Derecho y/o el medio de intercambio común que constituye el dinero, se producen situaciones de deterioro económico que pueden llegar a imposibilitar el cálculo económico por medio de, por ejemplo: el crecimiento del gasto público que permite aumentar el tamaño del Estado y significa la expropiación creciente del dinero privado vía impuestos, la hiperlegislación en contra del libre ejercicio de la función empresarial, o la alteración del valor del medio de intercambio que constituye el dinero.

Es decir, se considera que la acción humana ejercida en libertad permite mayores niveles de prosperidad por medio de la maximización del intercambio de bienes y servicios en un territorio donde prevalecen las dos instituciones mencionadas, el intercambio sometido a derecho y dinero. El intervencionismo introduce barreras que impiden el libre ejercicio de esas instituciones.

En ese sentido, la acción humana se considera equivalente al ejercicio de la función empresarial que se caracteriza por la aplicación por el ser humano de sus capacidades de creatividad y de coordinación que le permiten la búsqueda, la identificación y el aprovechamiento de las oportunidades de ganancia que existen en el entorno.

Por ello, las instituciones del intercambio sometido a Derecho y del dinero deben ser protegidas por el marco institucional de un país para que la acción humana entendida como ejercicio de la función empresarial se produzca con un mínimo de coacción.

2. Sociedades de Mercado versus sociedades de Estado

Por otro lado, desde este punto de vista de maximizar la eficiencia dinámica en economía por medio del ejercicio de la función empresarial (o, si se prefiere, por medio de la acción humana), se pueden distinguir dos tipos de sociedades. Por un lado, las sociedades basadas en vínculos contractuales o vínculos interpersonales de tipo voluntario (por mutuo acuerdo entre las partes), en donde prevalece el mercado. Y, por otro lado, las sociedades basadas en vínculos hegemónicos en donde se imponen coactivamente los vínculos hegemónicos o vínculos interpersonales de tipo forzado y en donde prevalece el Estado (central, regional-autonómico y local).

Las características principales de las sociedades donde prepondera el mercado y de las sociedades donde se impone el Estado son las siguientes:

Sociedad donde prevalece el MERCADO Sociedad donde se impone de ESTADO
1. Cooperación social por contratos. 1. Cooperación social por mandatos.
2. Relaciones sociales simétricas. 2. Relaciones sociales asimétricas.
3. Cada ser humano persigue sus propios fines. 3. Se persiguen los fines ajenos del que manda por coacción institucional.
4. Mayor riqueza producida por medios económicos, preponderando el comercio y la industria. 4. Menor Riqueza producida por medios políticos, preponderando la subasta de prebendas, subsidios, ayudas, oligopolios…
5. Estado de Derecho o situación donde impera la Ley como norma de carácter general que se aplica a todos sin tener en cuenta ninguna particularidad (personal, territorial, idiomática, cultural, de clase, de género…) 5. Estado de hiperlegislación con el Derecho Público o Administrativo preponderando sobre el derecho privado y sobre el derecho civil, mercantil y penal.
6. LIBERTAD entendida como "ausencia de coacción". 6. Libertad entendida como "poder hacer" del que manda ya sea dictador o una mayoría democrática coyuntural.
7. Sociedad civilizada entendida como orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana y basada en el comercio y los acuerdos voluntarios 7. Sociedad basada en "ismos" hegemónicos como el comunismo, el socialismo, el fascismo, el nacional-socialismo, el nacional-separatismo… que pretenden "guiar" la sociedad hacia utopías y desembocan en la imposibilidad de cálculo económico al impedir las instituciones del libre intercambio sometido a derecho y del dinero 

3. Tamaño del Estado en España en el año 2012

Habiendo señalado los anteriores conceptos económicos, resulta curioso observar el tamaño que ha alcanzado el Estado (central, regional-autonómico y local) en España:

PIB 2012 de España (según estimación de la Comisión Europea) 1.054.399 Millones €  
Gasto AGE (PGE 2012) 362.115 Millones € 34,34 % PIB
Gasto Autonomías (presupuesto 2012) 164.993 Millones € 13,34 % PIB (*)
Gasto Entidades Locales (presupuesto 2012) 63.632 Millones € 4,61 % PIB (*)
TOTAL GASTO AA.PP. (presupuesto 2012) 551.373 Millones € 52,29 % PIB

Fuente: Secretaría de Estado de Presupuestos. Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas.

Nota: (*) Porcentajes descontando previamente las transferencias de la AGE en el año 2012, presupuestadas en 24.309 Millones € para las autonomías y en 15.058 Millones € para las entidades locales.

Como se observa en el cuadro, desviaciones presupuestarias aparte, tenemos un tamaño del Estado que suma un 52,3% del PIB en el año 2012, lo que debe proporcionar una idea a los lectores sobre las importantes reformas estructurales que se precisan en España.

Especialmente, si se considera el entorno de economía global y la necesidad de competir con muchos países emergentes (como, entre otros, los conocidos como BRICKS: Brasil, Rusia, India, China, Corea del Sur y Sudáfrica), que están alcanzando tasas de crecimiento elevadas, con un tamaño de Estado que está entre quince y veinte puntos porcentuales por debajo del nivel alcanzado por España, nos damos cuenta de la necesidad de realizar profundos cambios estructurales para poder obtener crecimiento económico en el medio y largo plazo.

En resumen, España requiere transitar hacia una sociedad en donde prevalezcan las soluciones de mercado para lograr tasas de crecimiento por medio del ejercicio libre de la función empresarial y olvidarse de una sociedad con una estructura territorial hipertrofiada y en donde se impone coactivamente el Estado, con exceso de gasto público "social" y "autonómico", con exceso de endeudamiento, con elevados niveles de impuestos, con mercados hiperregulados y con múltiples barreras en contra del comercio y de la empresarialidad.

Tres centenarios: 1492, 1500, 1812

Voy a resumirles la conferencia que hace unos pocos días tuve el gusto de impartir en el Acto de Inauguración de Curso del Colegio Mayor Montalbán, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid. Presentada con este mismo título, la charla trató sobre los contenidos y las celebraciones en el centenario de estos tres momentos de la historia de España: el descubrimiento de América, el nacimiento de Carlos V y las Cortes de Cádiz.

Comencé recordando algunas citas famosas sobre el significado de la Historia; desde la frase de Cicerón: "La historia es maestra de la vida y testigo de los tiempos", hasta otras dos bien conocidas, ya del siglo XX: "Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo" (George Santayana) y "Lo que no es tradición, es plagio" (Eugenio d’Ors).

Quería considerar que el hombre es un ser biográfico, construye su identidad en el tiempo. Del mismo modo ocurre con las sociedades, que son agrupaciones humanas: las naciones tienen un pasado, bromeaba, como las personas tenemos abuelos. Eso quiere decir que los países no pueden cambiar de pasado, como tampoco podemos cambiar a nuestros abuelos…

Aunque, desde hace siglos, siempre ha habido gente que cree que es posible, o le interesa convencernos de que sea posible. Tratan de convertir la Historia en una herramienta con un uso interesado: deciden lo que ha pasado y lo que no. Como ya denunció Orwell en su novela 1984 (inspirada en la dictadura marxista), el Gran Hermano pretende rescribir la Historia (según las necesidades cambiantes del Partido) por medio de un Ministerio de la Verdad: es la filosofía del doblepensar

(que significa el poder, la facultad de sostener simultáneamente dos opiniones contradictorias). A menor escala, y en tiempos y lugares más cercanos a nosotros, algunas personas se empeñan en recuperar una memoria histórica que tiene algo de orwelliano.

Pero no se trataba de ofrecer una clase de Filosofía de la Historia, por lo que en seguida pasé a comentar los tres Centenarios y sus diversas conmemoraciones:

1492: Descubrimiento de América o encuentro de dos mundos

Sobre este acontecimiento, que acabamos de celebrar el pasado día 12, quise recordar la discusión planteada en su momento acerca de las imputaciones morales que se hacen a la gesta española. Desde masacre, genocidio o imperialismo, a las consideraciones "políticamente correctas" de la UNESCO (¡dirigida entonces por el español Mayor Zaragoza!), que enfatizaban "el encuentro de dos mundos", proponiendo los objetivos de "recoger testimonios de las culturas indígenas de América, y realzar y preservar el patrimonio cultural del nuevo continente".

Simplificando un poco, creo que la postura del gobierno español (que en 1992 celebraba los diez años del PSOE en la presidencia) más bien discurrió por estos cauces, y –desatendiendo una reflexión crítica- se centró en el impulso de aquella Andalucía y Sevilla (el AVE o la EXPO 92), gran caladero electoral. Con resultados bastante cuestionables: desde las anécdotas de Luis Yáñez al frente de la Sociedad Estatal Quinto Centenario a las corruptelas económicas (el pellonazo) que todavía en abril de este año andaba queriendo resolver el gabinete de Rajoy.

Afortunadamente, sí hubo una voz importante en el panorama internacional que destacaría la hazaña española. Aunque centrado en el aspecto religioso, Juan Pablo II no se cansó de recordar el alcance positivo de la evangelización del continente americano. Porque junto a su crítica de tantos abusos, los clérigos y teólogos españoles diseñaron un nuevo modelo en las relaciones sociales y políticas. Como, por ejemplo, señalaba: "Pero la labor evangelizadora, en su incidencia social, no se limitó a la denuncia del pecado de los hombres. Ella suscitó asimismo un vasto debate teológico-jurídico, que con Francisco de Vitoria y su escuela de Salamanca analizó a fondo los aspectos éticos de la conquista y colonización. Esto provocó la publicación de leyes de tutela de los indios e hizo nacer los grandes principios del derecho internacional de gentes".

1500 – 1598. Centenarios del nacimiento de Carlos V y muerte de Felipe II

En segundo lugar, recordaba cómo entre 1998 y 2000 se celebraron en nuestro país estas dos conmemoraciones, unidas en una Sociedad Estatal con ambos objetivos. Resulta interesante comprobar que casi discurre un siglo entre el nacimiento del Emperador en Gante y la muerte de su hijo Felipe en monasterio de San Lorenzo del Escorial.

Entre las muchas cuestiones memorables sobre aquel Imperio en el que "no se ponía el sol", voy a destacar ahora su formación: al contrario de los que a veces se piensa, Carlos y Felipe apenas conquistaron territorios por las armas. Fueron razones genealógicas las que fueron sumando a las coronas de Castilla y Aragón los estados de Flandes y Borgoña, el archiducado de Austria con derecho a la sucesión imperial, o el reino de Portugal. Adicionalmente, Castilla y Aragón llevaban tiempo gestionando un mecanismo de virreinatos por Italia y América (y Asia) que nos permiten hablar de ese gran imperio hispano.

Lo que desde luego supuso un esfuerzo titánico, sorprendente para las circunstancias de la época, fue mantener y gobernar todas aquellas posesiones. Que por lo demás fueron sistemáticamente hostigadas por otros reyes y príncipes europeos; además de la también colosal amenaza que era el imperio Turco.

1808-1812. La Guerra de Independencia, Cádiz y las Emancipaciones americanas

Terminamos con una tercera celebración que ya nos resulta más cercana, y en cuyo entorno hay una faceta menos conocida a la que voy a referirme (y sobre la que había escrito algún otro comentario anterior): la influencia de aquellos escolásticos de Salamanca en los orígenes del pensamiento político e incluso podríamos decir, del liberalismo constitucional, también del nacido en Cádiz.

Hay una lógica en lo que explicaba. Porque si decíamos que Francisco de Vitoria y sus discípulos escribieron sobre la dignidad de la persona y los derechos humanos, tiene también sentido que propusieran un sistema de organización social acorde a estos principios… Que no será otro que la defensa de la libertad en cualquier sistema de gobierno. No es que propugnaran tal o cual régimen político, sino que señalaron las bases que por derecho natural debían ser respetadas en esta faceta de la organización humana.

Los nombres de Francisco Suárez y Juan de Mariana son bien conocidos para los lectores de esta web: unos teólogos jesuitas que continuaron el argumento anterior del dominico Francisco de Vitoria, sobre el origen de la autoridad. El poder viene de Dios, y es necesario su ejercicio para la convivencia pacífica entre los hombres; pero esa autoridad no le es entregada directamente al gobernante, sino que la recibe través de la sociedad. Por ello, los escolásticos distinguieron entre la potestas, que siempre pertenece a la sociedad, y la auctoritas, que se podía transferir al legítimo gobernador.

Ideas que estarían debajo de la oposición al dominio francés en nuestro país y también entre los artículos del texto gaditano. Pero además, ese mismo fundamento animó a las Juntas de Patriotas que se rebelaron en el Nuevo Mundo contra José Bonaparte, y que pronto devinieron (a mi juicio, por la torpeza de Fernando VII), en los movimientos independentistas que cristalizarán en las nuevas naciones iberoamericanas.

Crisis: dinero, crédito, banca, Estado

Vivimos una crisis económica grave, caracterizada por paro, recursos desaprovechados, empobrecimiento, decrecimiento, impagos, desahucios, viviendas vacías o inacabadas, terrenos devaluados, pérdidas y quiebras empresariales, déficit público, deudas muy difíciles de pagar, falta de confianza y crédito.

Hemos llegado a esta crisis a causa de una expansión crediticia insostenible: el crédito demasiado fácil y barato, el optimismo infundado y nada realista (por exuberancia irracional, efecto manada, e incultura financiera: “el ladrillo nunca baja”; “las casas suben de precio porque la gente puede pagarlas”; “la economía va bien”; “hemos acabado con los ciclos económicos”), han originado una burbuja financiera, un endeudamiento exagerado, una prosperidad ficticia, un exceso de asunción de riesgos que ha derivado en daños inevitables.

Buscamos culpables: el mercado o el Estado; la libre competencia evolutiva entre alternativas, o la planificación coactiva centralizada.

El mercado libre no puede ser culpable porque no existe: no se respetan los derechos de propiedad ni hay libertad contractual; no se privatizan beneficios y pérdidas; abundan las regulaciones, prohibiciones, obligaciones, garantías, subvenciones, protecciones. Además el mercado no es un agente, una entidad unitaria cohesionada, sino un sistema y un proceso mediante el cual múltiples agentes intentan coordinarse, cooperar y competir. Muchos de estos actores económicos han cometido errores sistemáticos: bancos, cajas, banca en la sombra, agencias de calificación de riesgos, sector inmobiliario (constructoras, promotoras, agencias de tasación), familias, inversores, ahorradores, especuladores, trabajadores. Pero estos errores han sido fomentados y agravados por el intervencionismo estatal en los ámbitos monetario y crediticio.

El Estado es un agente poderoso y omnipresente, que interviene, dirige, regula y supervisa todos los aspectos de la economía de forma torpe y defectuosa por problemas de conocimiento e incentivos, y sus errores provocan daños generalizados. El gobierno presuntamente actúa con sabiduría, experiencia e imparcialidad, pero en realidad se equivoca sin asumir la responsabilidad y el coste de sus errores, impone reglas arbitrarias, injustificadas o disfuncionales, elimina la libre competencia evolutiva entre alternativas descentralizadas, dificulta la generación y transmisión de información, desactiva los mecanismos naturales de vigilancia, protección y generación de confianza de la sociedad, y genera riesgo moral de forma sistemática. “Papá Estado vigila, así que no te preocupes y sigue durmiendo tranquilo.”

En teoría el Estado actúa para evitar, mitigar o compensar el ciclo económico de expansión y depresión presuntamente causado por el libre mercado. En realidad es el Estado su principal causante por el envilecimiento de la moneda, la expansión insostenible del crédito y el fomento de la asunción excesiva de riesgos. Las intervenciones estatales descoordinan las estructuras productivas y financieras del sistema económico: los bancos centrales, emisores monopolistas de dinero y supervisores y protectores de la banca privada, generan inflación, desestabilizando el valor del dinero, y manipulan a la baja los tipos de interés, responsables de la coordinación intertemporal y las decisiones de consumo y ahorro; los estados ofrecen garantías explícitas o implícitas de refinanciación o rescate a ciertos agentes privilegiados, los bancos y algunos de sus acreedores, los cuales adaptan su conducta al marco legislativo asumiendo más riesgos para intentar obtener mayores beneficios, a sabiendas de que sus posibles pérdidas serán socializadas con la excusa del riesgo sistémico por ser entidades demasiado grandes e interconectadas para caer.

Para comprender los ciclos económicos es esencial entender el dinero, el crédito y la banca, y su distorsión por parte del Estado.

El dinero es el bien cuyo valor o poder adquisitivo es lo más estable o invariante posible (liquidez, para todas las personas, en todo momento y lugar, en cualquier cantidad, como comprador o vendedor). Debe ser fungible, duradero, fácilmente almacenable y transportable (alto valor por unidad de masa y volumen), reconocible, divisible, producible en unidades homogéneas, y con una baja y estable relación entre flujo y existencias. El dinero es necesario, junto a los intermediarios, para unir a vendedores y compradores de bienes y servicios en una sociedad extensa con especialización y división de trabajo.

El dinero cumple tres funciones que deben estar adecuadamente equilibradas: medio de intercambio, depósito de valor y unidad de cuenta. El intervencionismo estatal suele distorsionar la función de depósito de valor (poder no intercambiar mientras no se desee hacerlo y guardar reservas líquidas para el futuro), generando inflación, para forzar a los agentes a realizar más intercambios (aunque no sean libres y voluntarios) y así aparentar prosperidad y crecimiento (“estimular la economía”) y obtener recursos fiscales.

El dinero es una institución social, evolutiva, espontánea y adaptativa: es un patrón de conducta repetitivo, generado mediante imitación generalizada de conductas empresariales exitosas, que facilita la coordinación social. No requiere ninguna intervención estatal para su existencia.

Tener dinero o saldos de tesorería tiene el riesgo de su posible robo y el coste de oportunidad de lo que no se compra con ese dinero o los rendimientos que no se obtienen al invertirlo (en préstamos, compra de bienes de capital o acciones).

Para economizar el uso de dinero los agentes económicos pueden realizar intercambios incompletos, diferidos, a crédito: se entregan bienes o servicios presentes a cambio de promesas de entrega de dinero en el futuro; se genera una deuda entre un deudor (deber de pago) y un acreedor (derecho de cobro). El tipo de interés de la deuda depende de su plazo y riesgo: a menor plazo y riesgo, menor es el interés.

El crédito se concede en función del conocimiento y la confianza que tiene el acreedor en la solvencia (honestidad y capacidad de pago) del deudor; suele reforzarse mediante garantías como colateral y avalistas. Las deudas pueden cancelarse entre sí, pagarse a su vencimiento, renovarse, o impagarse (morosidad).

Las deudas a muy corto plazo y cuyo cobro es muy seguro pueden llegar a aceptarse como medio de pago (complementos o sustitutos monetarios): circulan, se monetizan. Los comerciantes, que interaccionaban frecuentemente y se conocían, utilizaban sus letras de cambio como sustitutos del dinero.

Los bancos extienden el uso del crédito como medio de pago a toda la sociedad al utilizar su conocimiento especializado para comprar deuda segura como activo (lo que tienes o te deben), y emitir su propio pasivo (lo que debes) convertible a la vista (billetes y depósitos) para el uso de sus clientes. Esta creación privada de medios de pago es sostenible si el activo del banco que respalda sus pasivos monetizados es seguro y a corto plazo.

Un banco puede caer en la tentación de incrementar sus beneficios descalzando plazos y riesgos y monetizando activos cada vez menos líquidos: pidiendo prestado a corto plazo (más barato) y prestando a más largo plazo o con más riesgo (más caro); así los bancos expanden el crédito, facilitan el endeudamiento insostenible propio y de otros agentes sin que haya ahorro real a los plazos correspondientes. Pero este desajuste hace que el cobro de los billetes y depósitos de ese banco sea menos seguro, que no se acepten como medio de pago (o que lo hagan con descuento), y puede ocasionar retiradas masivas de dinero por los depositantes, pudiendo hacer quebrar al banco si este no puede vender sus activos suficientemente rápido y sin excesivas pérdidas. Un banco en un mercado libre no podría descalzar plazos y riesgos impunemente y generar el ciclo económico. Pero sí puede hacerlo si está respaldado por el Estado.

No sólo los bancos pueden intentar descalzar plazos: cualquier agente puede pretender financiar proyectos largos mediante deuda a más corto plazo, confiando en que le renovarán constantemente la deuda pero arriesgándose a que le corten el grifo de la financiación y tener que liquidar su proyecto inacabado y con pérdidas. Pero el descalce de plazos de los bancos es especialmente grave porque afecta a toda la economía por su papel de intermediarios de pagos y de financiación, y por la relativa opacidad de sus actividades al interponerse entre prestamistas y prestatarios.

El Estado interviene históricamente de forma sistemática en los ámbitos monetarios y crediticios: monopoliza o certifica la acuñación de la moneda (y engaña al respecto al devaluarla); impone leyes de curso legal forzoso para impedir que prosperen dineros alternativos de mejor calidad; privilegia a algunos grandes bancos a cambio de que faciliten su financiación comprando deuda pública; nacionaliza los bancos centrales; incumple sus promesas de pago y elimina la convertibilidad de los billetes; garantiza los depósitos de todos los bancos privados a cambio de regular su actividad, y refinancia a los bancos a tipos de interés bajos mediante la creación de nuevo dinero de mala calidad (respaldado por activos poco líquidos).

Para evitar los ciclos y las crisis económicas es fundamental desnacionalizar el dinero y dejar que funcione como una institución social, permitir la competencia entre dineros alternativos, eliminar o privatizar los bancos centrales, no garantizar los depósitos de los bancos para que sus clientes se responsabilicen de comprobar su liquidez y solvencia, y permitir quebrar a los bancos y otras entidades financieras sin proteger a sus acreedores.

La adicción al Gobierno

¿A qué eres adicto? ¿Internet, tu smartphone, tu nueva serie de televisión…? Durante el último siglo han sido unas cuantas las nuevas adicciones inexistentes antes. Como por ejemplo, nuestra adicción al azúcar, cuyo incremento en el consumo ha sido inversamente proporcional al valor del dólar. El mundo cada vez consume más azúcar, y emplea dólares con menor valor.

El Gobierno americano en ambas catástrofes como imprescindible no puede negarse, embarcándose desde los años 50 aproximadamente en la tarea de demonizar políticamente la grasa (y, de rebote casi inevitable, recomendando una dieta alta en carbohidratos; la propia FDA en 1986 exoneraba al azúcar de cualquier mal), y, en cuanto al devaluado dólar, inundando el sistema con billetes emitidos por la Reserva Federal (ente gubernamental), creada en 1913.

Dado que además las subvenciones a las industrias que crean alimentos inflamatorios son incalculables (la tríada hipersubvencionada del maíz, trigo y soja), los precios de tan poco saludables alimentos permanecen artificialmente bajos. Y puesto que como hemos visto se ha producido una constante pérdida de valor adquisitivo del dólar (no distinto ha sucedido en Europa), los ciudadanos con pocos ahorros y bajos salarios se ven más abocados a tener que consumir trigo, soja, maíz y otros derivados subvencionados. Todo ello por no mencionar el efecto inflación (al inundar el sistema de billetes o dinero de nueva creación) que disparará los precios relativamente más en alimentos como carnes, pescados o verduras. Otro empujón para que los pobres no salgan del pasillo del pan, pizzas, bollos y aceites vegetales.

Pocas cosas creo que son casualidad. Y quizás no lo sea que los gobiernos occidentales hayan promovido alimentaciones tan nefastas. Con ello, nos han inflamado no sólo el cuerpo, sino especialmente nuestros cerebros, para así poder seguir, como si nada, capitaneando la alianza que el Gobierno ha sellado por debajo de la mesa con el complejo bancario-farmacéutico-militar.

No es cuestión de que no haya bancos, sino de que éstos no dispongan del privilegio político-gubernamental de por ejemplo prestar el dinero en depósito a la vista de los ahorradores (lo cual acaba creando dinero de la nada, burbujas artificiales y finalmente crisis dramáticas). No es cuestión de que no haya compañías farmacéuticas, sino de que éstas no disfruten de tan enormes privilegios político-gubernamentales; al acabar pagando los gobiernos gran parte del coste farmacéutico para reducir el precio final, el incentivo de las farmacéuticas es servir al proceso político antes que al consumidor-paciente. Hasta tal punto los gobiernos han engrandecido el establishment farmacéutico, que ahora son los políticos quienes están a su servicio (las farmacéuticas, en sus enormes cuarteles de Washington, amenazan a los congresistas y senadores que pasan leyes que les perjudican con arruinarles su carrera simplemente inundando de donaciones a sus futuros contrincantes en su distrito o condado en las próximas elecciones). Esto es, hoy los gobiernos arrebatan dinero a los contribuyentes para pagar los fármacos, los enormes cuarteles farmacéuticos encargados de hacer presión y campaña política en Washington (o en Bruselas), y las eventuales amenazas cumplidas en forma de donaciones millonarias a los contrincantes de quienes osen cuestionar el monopolio farmacéutico. Porque, no lo olvidemos, lo contrario a la libre competencia no es la solidaridad, no, sino el monopolio.

Y lo mismo cabría decir del complejo militar. No es cuestión de que nadie nos proteja. Pero ¿el Gobierno es un buen protector y, es más, es deseable un monopolio de la protección (el Estado)? Los gobiernos, que imprimen a antojo dinero en sus Bancos Centrales, creen con ello poder sufragar todos los gastos militares. El Estado, como decía un pensador, muestra en la guerra su más pura naturaleza, reluctante de poder, en número, en orgullo y en dominación absoluta de la economía y la sociedad. En la antigüedad, solía diferenciarse entre las sociedades comerciantes y las sociedades guerreras. Clásicos, aunque no exactos, son los casos de la comercial República Romana frente al guerrero Imperio Romano, o la comercial Atenas frente a la militarista Esparta. O rememoremos la gloriosa época de las ciudades-estado comerciales de la Baja Edad Media europea que terminó haciendo brotar el Renacimiento. Donde prima el comercio libre, prima la paz. Y donde se prepara la guerra, se acaba la libertad económica y todas sus corolarias (todas son una: no puede haber libertad de prensa y expresión si los medios de comunicación no son privados y libres; no puede haber libertad sexual si está perseguida la actividad económica de la prostitución; no hay libertad religiosa si no puedes abrir tu comercio un domingo -un día no festivo para los judíos-, etc.). Las grandes guerras y conflictos bélicos que en el mundo han sido no han tenido como protagonistas a Ford, General Motors, El Corte Inglés, Harrods, Repsol o Coca Cola, sino a los gobiernos.

Si mañana El Corte Inglés quiere amenazar a Mercadona, lo último que se le pasaría por la cabeza es bombardear todos sus supermercados. En primer lugar, el coste no parece muy asumible. Aunque lo fuera, lo que menos le puede interesar es que la respuesta de Mercadona sea bombardear en justa represalia los centros de El Corte Inglés. Esto sí sería un coste absolutamente inasumible, pues supondría la bancarrota total de El Corte Inglés, que soporta una inversión billonaria en infraestructuras. Es decir, el poder económico nunca se dirime en términos militares, porque la propia lógica económica aborrece la guerra (cuestión distinta es cuando el poder ‘económico’ se alía con el político). "Si las mercancías no pueden cruzar las fronteras, lo harán los soldados", hacía notar un pensador francés del XIX remarcando la oposición entre el comercio y la guerra. Aparte de todo lo mencionado, pensemos en el consumidor, ¿cuál sería el prestigio e imagen de una marca que se embarca en agredir físicamente de forma abierta a sus competidores? Por el contrario, el poder político (uso de la fuerza, el monopolio, la coacción) se siente fuertemente atraído para dirimirse en términos militares. Quien hace la ley (el político) se la hace para sí mismo… Siguiendo con los ejemplos, si El Corte Inglés mañana bombardea a un competidor comercial en Afganistán, justamente los directivos de aquel serán juzgados y encarcelados. Sin embargo, si mañana un Gobierno bombardea Afganistán nos tenemos que poner muy serios y graves a analizar sesudamente la cuestión y todos los factores socio-político-estratégicos involucrados, para posiblemente concluir que todo se debe al justo y recto fin de extender valores superiores como la libertad (sólo para los más necios dejo la ridiculez de que las guerras son brutales o humanitarias en función de si el gobernante es conservador, progresista o mediopensionista). Aparte de lo extraño que es extender la libertad a base de bombas, está la cuestión de si los ciudadanos de A desean en efecto que se bombardee el territorio de B.

Dado que el tema me da más de lo que suponía, sigamos el razonamiento un poco más. ¿Y si mañana sale un Hitler, otro Bin Laden? Todo esto me recuerda a una cita de un político libertario americano de los 80 que decía que "el gobierno es experto en una cosa: romperte las piernas, darte después una muleta, y decir ¡lo ves, si no fuera por mí, no podrías andar!". Y lo explico con claridad. Es un asunto público que Bin Laden fue un producto de EEUU en tanto éste le armó junto con grupos afganos árabes y muyahidines en los 80 como contrapeso a la Unión Soviética. Por otro lado, para entender el ascenso de Hitler en los años 30 hay que entender la 1ª Guerra Mundial y especialmente el Tratado de Versalles de 1919 que le puso fin. En realidad, la 2ª Guerra Mundial que estalló en 1939 puede verse como una poco evitable continuación de la 1ª. La clave está en el Tratado de Versalles, que humilló por completo a los alemanes y les obligó a pagar unas sumas impagables. La humillación sociopolítica se unió a la hiperinflación alemana en los años 20 como consecuencia de los gastos militares previos más el querer pagar las deudas a que Versalles les obligó (es decir, imprimiendo billetes a diestro y siniestro, con la consiguiente devaluación del marco alemán, la escalada de precios y la inflación brutal). Todo esto hizo posible el surgimiento en los años 20 del nacionalsocialismo de Hitler.

Si EEUU no hubiera entrado en 1917 en la 1ª Guerra Mundial (no tenía por qué, puesto que sus intereses no estaban en peligro alguno ni fue agredido) y sobre todo no se hubiera forzado a Alemania a asumir el humillante e incumplible Tratado de Versalles, Hitler no habría probablemente existido. Y si la CIA en los 80 no hubiera tenido la ocurrencia de entrenar y armar a Bin Laden y su séquito en los 80, no habría sido peligro alguno en los 2000. Con lo cual vuelvo de nuevo al tema de la guerra. No sólo los gobiernos y el poder político son los máximos protagonistas de la guerra, el militarismo y la agresión, sino que en no pocos de los casos en que parece casi inevitable su actuación, en realidad, lo es por culpa de ese mismo poder político y gobiernos por actuaciones anteriores. No por casualidad los países con gobiernos más limitados y autolimitados (en recaudar, gastar y regular) y donde la libertad comercial florece (Suiza, Andorra, Lietchestein, Luxemburgo…), la guerra y el militarismo brillan por su ausencia.

Así que hagamos la paz, nunca la guerra. Para ello es necesario mantener alejado al Gobierno (y los políticos) de nuestras vidas, urgiendo la devolución a la sociedad (mercado) de todas las competencias que se han arrogado los Gobiernos, y no dar más poder, competencias ni dinero a gobierno alguno con independencia de su color, tamaño u orientación. Y de nuestras mesas y cocinas. Porque no es cuestión de encontrar gobernantes buenos, ni sabios, ni eficientes. Porque no hay nada más sabio, moral y eficiente que las relaciones voluntarias y pacíficas. Ningún político ni sus adláteres te van a enseñar nunca la libertad. Porque si no, no les considerarías necesarios. Y tampoco podrían seguir con sus guerras, atiborrándote de pastillas que te medio matan lentamente, de comida basura para enfermarte el cerebro y rescatando a bancos y bancos con dinero creado de la nada con el que acaban esquilmando (vía inflación, es decir, pérdida de poder adquisitivo) a los más pobres. Y todo ello gracias a ti, que trabajas el 40% de tu tiempo, tus horas a la semana, tus semanas al año… durante toda tu vida, no para ti ni tu familia, sino para esos políticos y burócratas que han venido a saquearte, enfermarte y convertirte en cómplice de guerras y dramáticas crisis. El tan cacareado Bienestar del Estado no es más, finalmente, que el más gigantesco invento de marketing político jamás ideado para parapetarse en la depredación, esquilmación y subyugación de la sociedad civil a manos del Estado.

Pero ya se sabe, todo esto, todo, es por su bien. Vote, calle y pida que el Estado le dé más y sea más grande. Seamos todos yonquis del Gobierno de turno. Hasta que nos aplaste.

"La democracia es tener un aparato de radio, y ser forzado a escuchar a Justin Bieber, sin más alternativas, simplemente porque es lo más mayoritariamente popular".

Marx y el fin del capitalismo

Marx, quien se consagró a desarrollar su teoría de las crisis capitalistas, era muy consciente de la existencia de ciclos comerciales. Los ciclos, por definición, implican oscilaciones ascendentes y descendentes en la economía. Es por ello que Marx podía encontrar dificultades para llegar a su objetivo último si aceptaba la recurrencia de los ciclos: a una crisis le sucederá una recuperación y posterior auge. Entonces, cómo se justifica que el colapso del capitalismo vendrá causado por sus contradicciones internas si, tras un duro invierno, sobreviene una floreciente primavera en la economía. Sencillamente, porque las crisis capitalistas (las que duran unos 10 años) se sucederían cada vez con más frecuencia, acercándonos paulatinamente al ocaso final del capitalismo, ya muera éste por inanición, ya lo haga porque surgiera una revuelta del proletariado, hastiada de la intolerable situación de precariedad.

Lo intolerable de la situación para el trabajador proletario nos lleva a su teoría de las plusvalías. Durante los auges, los empresarios obtienen cuantiosos beneficios, beneficios que, ya vimos en un anterior comentario, expropia al trabajador, quien apenas vería aumentar sus salarios. Vemos la imagen esculpida en nuestra mente de un avariento capitalista, alardeando en un exclusivo club con puro y copa en mano, mientras amasa una fortuna a costa de sus trabajadores. Películas, año tras año, se han ocupado de que la imagen no se nos vaya de la cabeza.

Qué sucede entonces cuando arrecia la crisis. Que los beneficios se colapsan y los asalariados ven resentirse sus retribuciones de manera aún más pronunciada, llegando a niveles difíciles de soportar. Sería, sin ir más lejos, lo que denuncian los sindicatos de clases en estos momentos. Los empresarios y banqueros se han llenado las manos durante el boom y ahora todos los males salpican a los pobres asalariados, que poco disfrutaron de la burbuja y mucho aguantan de la recesión.

La sucesión de ciclos de estas características, al final, llevaría a que los salarios cada vez menguaran más, lo que conduciría al alzamiento del proletariado contra los propietarios de los factores de producción.

Los ciclos comerciales se originaban con motivo de las inversiones de capital fijo. Lo que esto implicaba es que alrededor de cada 10 años (en media), se tenían que renovar los bienes de equipo al tener esa vida útil. La suya es una teoría del ciclo de reposición del capital. También, siguiendo de nuevo a clásicos como Ricardo o Stuart Mill, afirmaba que la rentabilidad marginal del capital en la economía tiende a caer (algo que también defendió posteriormente Keynes). Con el paso del tiempo y la acumulación de ciclos, cada vez habría menos oportunidades de inversión.

Marx, con todo, fue tan prolífico (y caótico) que también tuvo presente la teoría del crédito en tanto intensificaría los ciclos comerciales, siendo que un ciclo comercial se podría ver magnificado por un ciclo crediticio. No era necesario en su teoría, pero avivaría las tensiones propias de los ciclos, pues durante el boom, empresarios y trabajadores tendrían acceso al crédito y comprarían en masa recurriendo al endeudamiento, haciendo que los precios de ciertos factores o bienes subieran de precio. Cuando se da la vuelta la tendencia, el batacazo será aún mayor en tanto que la deuda tiene que devolverse.

Su marco teórico, a lo Sismondi (y Keynes), es el del subconsumo, aunque también es el de la sobreproducción. El auge en la producción, propiciado por la inversión en bienes de equipo y, pudiera ser, por la expansión del crédito, toca su techo en tanto que los consumidores, mayormente asalariados, no cuentan con recursos suficientes para absorber los bienes que se han sobreproducido. Hemos dicho que durante el auge apenas suben los salarios y si hay sobreproducción, no hay manera de colocar los bienes si no es a la baja en precios. Llega la crisis y, con ella, la deflación también en salarios. Dos fenómenos se refuerzan para dar la puntilla al sistema: sobreproducción y subconsumo.

Hay un error en todo ello y es no dar la importancia debida al ciclo crediticio. La Escuela Austríaca de Economía ha puesto el dedo en la llaga al sostener que éste es el culpable máximo de los ciclos (no como lo veía Marx: accesorio, aun teniendo su importancia). Para empezar, durante el boom, sí hay una tendencia a que suban los salarios o a que, aunque no lo hagan significativamente, sí se incorpore una muy importante masa de gente a la población ocupada. Esto lo hemos vivido en España con el fenómeno inmigratorio o de incorporación de jóvenes y mujeres al mundo laboral. Si hijos y esposas entran a trabajar, las rentas familiares sí crecen.

Pero además, siendo el elemento crediticio el que dispara los ciclos, durante los auges las rentas disponibles se multiplican sin parangón. El asalariado medio no está viviendo en niveles de subsistencia: se está comprando su primera vivienda o cambiando de casa, se está comprando un coche, se está yendo de vacaciones a los lugares más exóticos, va a cenar a restaurantes más caros sin reparar mucho en el precio, lleva a sus hijos a los mejores colegios, se hace la cirugía estética, deja de ir de vacaciones al "pueblo", ahora ya no toma "chatos de vino", sino que degusta el vino como un sumiller. Con todas las excepciones que haya habido en los años del auge, reconocemos estos comportamientos en muchas personas durante aquellos tiempos.

Y de dónde viene todo esto. Cómo hemos podido cambiar nuestras pautas de consumo si las rentas laborales no han subido tanto (no en la misma cuantía, desde luego). Sencillo: gracias al crédito. Crédito para comprar, crédito que contribuye a revalorizar activos y, por extensión, al crecimiento de la riqueza o patrimonios personales y crédito que ayuda a hacer sostenibles y muy rentables ciertos sectores de la economía, confiriendo aparente estabilidad laboral. El crédito nos permite comprar, nos hace más ricos y encima nos da estabilidad laboral. ¡Más madera entonces! A saber, la pelota del crédito crece cada vez más si individuos y empresas aparentan ser de lo más solventes.

La sobreproducción del boom de la que nos habla Marx, si no es por esta explicación, ¿a qué se debe? A que hay gente comprando, y mucho, y a que el empresario, en consecuencia, adapta su estructura productiva a tamaña demanda. Demanda que, ya de paso, se piensa va a crecer en progresión geométrica hasta el infinito. Pero el infinito, y eso lo vio bien Marx, no es posible. El límite lo pone nuestra capacidad de endeudamiento. Y ésta sí que no es infinita cuando la gente se pone en situación de no poder devolver la deuda hasta dentro de media vida…

Desde luego que en las crisis muchos trabajadores –como muchos empresarios, jubilados, capitalistas, etc.- lo pasan mal. Nos suben impuestos, caen las remuneraciones, se devalúan nuestros activos (vivienda, entre otros), perdemos nuestro trabajo, hay que devolver deuda y no hay manera de incrementar nuestro bienestar acudiendo al crédito. Quedaremos vacunados de estos excesos al menos un par de generaciones. El último, el de la vivienda, no ha sido un ciclo comercial más, como tampoco será el fin del capitalismo…

Referendos constitucionales

Todavía calientes los resultados de las recientes elecciones autonómicas en el País Vasco y Galicia, una cuestión política trascendental apremia: La necesidad de una reconversión profunda de un régimen político podrido, asentado en abundantes mentiras (algunas tan siniestras como la autoría de los atentados del 11-M) y que hace tiempo se ha convertido en el mayor lastre para la libertad y el bienestar de los españoles individualmente considerados.

Con todas sus imperfecciones, el estamento político español se ha demostrado particularmente reacio a defender el estado de derecho, pues durante años cada una de sus banderías ha elegido cumplir solo las reglas que le convenían de la constitución de 1978 y violar aquellas que resultaban contrarias a sus planes de ocupar el poder. Obviamente, sin ninguna consecuencia judicial, puesto que la curia sometida "únicamente" al imperio de la Ley, según el artículo 117.1 de esa constitución, en realidad forma un apéndice por cuotas de ese opaco estamento partitocrático.

Podría debatirse largo y tendido sobre cuáles han sido los factores que han llevado directamente a la situación presente. Incluso habrá muchos que centren su atención en los experimentos posmodernos del chamán y su camarilla del PSOE, quien, después de impulsar reiteradas vulneraciones de las leyes, disfruta a costa de los españoles de un puesto como miembro vitalicio de una institución tan prescindible y redundante como el Consejo de Estado. Sin embargo, la inanidad y la incompetencia, cuando no la complicidad, de quienes les sucedieron en el PP, tras las elecciones generales del año pasado, no les hace mucho peores.

En una situación política tan abierta, debe responderse al órdago lanzado de forma conjunta por los partidos nacionalistas catalanes, vascos y gallegos. En medio de la vorágine de noticias e instantáneas, los medios de comunicación que solo reflexionan sobre lo que pasa el día anterior (o en la posguerra, claro) no resaltan que esos fanáticos nacionalistas sostienen unas ideas claramente fascistas, mantenidas con una coherencia y perseverancia notables, frente a la frivolidad de los llamados partidos mayoritarios. Durante años, con pasos hacia la superación de la legalidad y paradas tácticas (unos pocos días después del asesinato de Miguel Ángel Blanco), su estrategia ha sido clara: subvertir el orden constitucional en el que participan para, consiguiendo cuotas de poder, clientelas y el dominio de la educación y los medios de comunicación, horadarlo desde dentro y alcanzar la independencia antes o después "como sea". Por el camino, han compartido sustanciosos botines de la corrupción político mercantil común en toda España, pero esa es otra historia, relacionada con lo anterior…

Así las cosas, no debe temerse una discusión sobre la independencia, cualquiera que sea el significado que esta idea tenga en términos prácticos para quienes proclaman su voluntad de someterse, empero, a las directrices de la Unión Europea. Por el contrario, la casta política debe a los españoles (entre quienes se encuentran por derecho propio catalanes, vascos y gallegos) un debate monográfico sobre esta cuestión como paso previo a otra serie de reformas constitucionales. Ha hurtado demasiadas veces el debate público al mismo tiempo que por detrás (reforma del estatuto de Cataluña y otros) subvertía una legalidad que parte del presupuesto histórico de considerar a España como nación. Para muchos extranjeros resultará una muestra más de nuestro pintoresquismo (¿mayor que el de los británicos?), pero los españoles contemporáneos podemos (y debemos) discutir (y decidir) si procede trocear en estaditos ese otro mayor que ha sometido nuestras vidas durante tanto tiempo. Todo ello a pesar de que la nación a la que pertenecemos había surgido -de acuerdo, pudo ser de otra manera en algún momento del siglo XVII- mucho antes de que el convaleciente Sabino Arana aprendiera sus primeras frases en vascuence, Joan Maragall compusiera su "Oda a Espanya" o Murguía lanzara sus embates racistas a los pocos gallegos que quisieron escucharle en el siglo XIX. Nos guste o no, esa identidad nacional fruto de una larga evolución nos distingue de otras naciones y así puede percibirse objetivamente, a poco que uno salga de su particular aldea.

No obstante lo anterior, si los españoles queremos demostrar que hemos llegado a altas cotas de civilización, a pesar del maniqueísmo imbécil destilado en las grutas de la propaganda nacionalista, debemos exigir a los gobernantes que los términos de ese debate sigan los cauces de la legalidad constitucional refrendada hace treinta y cuatro años. Las reglas de convivencia pacífica de una sociedad libre deben reformarse o mantenerse de acuerdo con las normas vigentes y no imponerse por vías subversivas o coactivas. Por lo tanto, por una vez, y, acaso para que sirva de precedente, no puede aceptarse el planteamiento de una de las partes interesadas de esa casta política, esto es, el anuncio de convocatoria de un referéndum ilegal y tramposo por parte del presidente de la Generalidad de Cataluña, Artur Mas, máximo representante del Estado en dicha Comunidad autónoma hasta, al menos, las elecciones del próximo 25 de noviembre.

Antes al contrario, de acuerdo con la constitución (Art.92) y la ley orgánica que regula las distintas modalidades de referéndum, "todos los ciudadanos españoles" son el cuerpo electoral que tiene derecho a participar en un referéndum consultivo sobre una cuestión tan crucial: Nada menos que la alteración de la comunidad política sobre la que se asienta la propia constitución y el ordenamiento jurídico.

Por otro lado, tiene todo mucho sentido que todos los españoles sean consultados sobre la pertinencia o impertinencia de que determinadas partes de España se separen para formar nuevos estados. Después de tantos años de pactos secretos y enjuagues en la trastienda, bajo los que los políticos han escondido sus planes reales, resulta necesaria una clarificación de posturas. Si las viejas preguntas de quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos cobran palpitante actualidad, todos tienen derecho a dar su opinión. Para expresarla con todas sus consecuencias no necesitan de la interpretación que avispados iluminados otorguen al "espíritu del pueblo". El gobierno debería estimular los debates públicos pacíficos y garantizar la libertad del voto, así como los habituales mecanismos contencioso-electorales velar con especial celo por la limpieza del resultado. En las últimas elecciones, el 34´17 por ciento de los vascos y el 37´20 de los gallegos se abstuvieron de votar a ningún partido. ¿Cabría una abstención similar en un referéndum sobre la concreta cuestión de la independencia de sus respectivas comunidades?

En consecuencia, a mi modesto entender, de acuerdo con el procedimiento constitucional, la pregunta que debería formularse en la convocatoria de referéndum por parte del Rey, a propuesta del presidente del gobierno, previamente autorizado por el Congreso de los diputados, debería ser la siguiente:

¿Aprueba Vd.la independencia de las comunidades autónomas de Cataluña, País Vasco y Galicia del resto de España?

En cuanto a la fecha, frente al ciudadano Mas, yo prefiero la primavera de 2013. No entiendo la necesidad de aplazar una consulta tan urgente. Asimismo, tengo preparado mi voto negativo para tal eventualidad, aunque, cualquiera que fuera el resultado, creo que, a continuación, dentro de un proceso de reforma constitucional posterior ineludible, los liberales deberíamos contribuir para que los proyectos colectivistas pergeñados hasta ahora en España cedieran paso a un estado mínimo… de Derecho.

Libertades en los imperios del mundo atlántico

Casualmente, coincidiendo con la reciente fiesta de la Hispanidad, tuve oportunidad en participar en una sesión de coloquios sobre una obra del conocido hispanista John H. Elliott. La obra en cuestión se titula "Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América (1492-1830)". En la misma, el historiador, en su mejor tradición de empirista inglés, realiza una recopilación de hechos, comparando ambos imperios americanos en los distintos momentos de su evolución histórica, desde su descubrimiento y conquista hasta su secesión, pasando por la explotación de recursos, orden legal y político y evolución de la población.

El objetivo, no explicitado, de tal comparación podría ser tratar de comprender por qué en un caso, el de los Estados Unidos, derivado del imperio británico, se alcanzó una sociedad plena de libertad que le llevó a constituirse en la gran potencia de la época moderna, mientras que en las repúblicas procedentes del imperio español no se alcanzó una situación similar y, en algún caso, ha desembocado en una situación completamente opuesta (casos de Cuba o Venezuela en la actualidad).

Es obvio, no obstante, que en la comprensión de tal situación han de tener alguna influencia los hechos ocurridos con posterioridad a 1830, de los que el tratado no se ocupa. Pero tampoco es discutible que durante los casi 400 años analizados se pondrían bases importantes para lo que luego habría de acaecer.

Pues bien, por mucha metodología empirista que se presuma, lo cierto es que la obra no recoge absolutamente todos los hechos ocurridos durante la existencia de los imperios, algo que sería imposible. Luego existe un criterio para la selección de los hechos descritos, que necesariamente ha de reflejar la tesis implícitamente sostenida por Elliott para explicar la divergencia apuntada hace dos párrafos.

¿Cuál parece ser esa tesis? Simplificando mucho, las colonias británicas se vieron obligadas a aceptar en su seno a todo tipo de religiones y nacionalidades europeas. Ello, unido a la mayor libertad de expresión y comunicación, habría dado lugar a un caldo de cultivo que permitió cambiar completamente el mundo del que provenían sus colonos. Y así se alumbraron unos valores y aspiraciones "definitorios de la identidad nacional estadounidense", cual fueron "un espíritu innovador y emprendedor, la búsqueda del mejoramiento individual y colectivo, y la búsqueda sin descanso de oportunidades" (ver p. 583 de la obra).

Frente a ello, en el imperio español se impidió la aparición de otras religiones, predominando la extensión de un catolicismo dirigido por los propios monarcas como parte de su compromiso "divino". Además, se habría dado un férreo control ideológico, no tanto de forma expresa como a partir de los lazos mantenidos con la metrópoli. Estos lazos y sistemas burocráticos, junto con la escasa difusión de obras impresas, habrían hecho innecesario e impedido el debate ideológico, que tan fructífero resultó a las colonias británicas cuando llegó el momento de independizarse.

En resumen, habría sido la libertad de religión, ideológica y de expresión la que habría conducido a esa búsqueda sin descaso de oportunidades característica de los estadounidenses, esto es, a la libertad económica que ha hecho de tal país la potencia económica que conocemos en la actualidad.

Sin embargo, el análisis praxeológico, apunta una causalidad inversa. Es precisamente la libertad económica la que puede permitir las otras libertades citadas, al menos de forma efectiva. Se puede tener nominalmente libertad política, religiosa o de expresión, pero es difícil llevarlas a la práctica si no existe libertad económica, por la sencilla razón de que el Estado puede optar por privar de recursos aquellas manifestaciones de esos tipos de libertad que no le sean conformes. En cambio, la libertad económica conlleva la posibilidad efectiva de ejercer los otros tipos de libertad, aunque estén proscritos por el Estado, eso sí, a un coste superior que si no lo estuvieran.

Elliott acumula en su obra indicios de la libertad económica existente en la América española, y durante la mayor parte del imperio. Así, nos dice que "las consideraciones comerciales estaban presentes desde el principio de la iniciativa española" y que los proyectos de expansión, ingleses y castellanos, "para su realización dependían en gran medida de iniciativas privadas y colectivas" (p.56). Aunque también sabemos, porque lo explica en otro momento, que la iniciativa inglesa estaba bastante impulsada por el Estado británico quien, envidioso del homólogo español, trataba de promocionar estos proyectos mediante la concesión de monopolios legales de comercio. Y es que el descubrimiento de América es una gran empresa, que solo podía darse en el país más emprendedor de la época, el más libre, que no era otro que la España reconquistadora.

Tal capacidad de emprendimiento y libertad económica se trasladan a ultramar. Así, nos cuenta Elliott (p.52) que, dado que "las formas de riqueza más fáciles (la plata y los indios) estaban reservadas a una afortunada minoría", los mayoría de inmigrantes tuvieron, para sobrevivir, que "aplicar su habilidad como artesanos o explotar las posibilidades locales para desarrollar nuevas fuentes de riqueza". Vamos, que se vieron obligados a ser emprendedores, cosa a la que ya estaban acostumbrados pues lo hicieron "en las tierras recuperadas por los cristianos en la Andalucía medieval."

Esta situación de libertad parece mantenerse en el tiempo, pese al evidente interés de la corona y el Estado por los metales preciosos encontrados en las Indias. Diversos mecanismos jurídicos e institucionales contribuyen a mantener una gran libertad económica en el imperio español de ultramar, entre los que no hay que desestimar las enormes dificultades logísticas que supondrían al Estado conseguir que se le obedeciera en tan inmensa región con los medios tecnológicos disponibles en la época. En otras palabras, que la considerable intervención que pretendía el Estado español era, en muchos casos y por distintos motivos, ineficaz, permitiendo una libertad económica impensable en la actualidad.

Como prueba de lo anterior, Elliott nos cuenta (p.379) que "cualquiera que visitara a mediados del siglo XVIII los grandes virreinatos de Nueva España y Perú habría quedado impresionado (…) por las muestras de actividad empresarial, vitalidad comercial y movilidad social en extensas áreas del territorio". Los conocimientos de teoría económica de Elliott le hacen atribuir esto erróneamente "a la renovada pujanza de sus economías mineras", como si este fuera un hecho exógeno a la economía, en lugar de a la causa que un economista buscaría (y que apunta más adelante) cual podría ser "un nivel más bajo de impuestos por parte de la Corona".

En suma, puede que el imperio español de América careciera de libertad religiosa o ideológica, pero de lo que parecía disponer en abundancia era de libertad económica. Los españoles ya disponían pues de ese "espíritu innovador y emprendedor, la búsqueda del mejoramiento individual y colectivo, y la búsqueda sin descanso de oportunidades" que Elliott considera definitorios de la identidad nacional estadounidense, aunque no se hubiera gestado en un caldo de otro tipo de libertades.

Y es que el emprendimiento es innato al ser humano. Todo ser humano busca cómo mejorar su situación con los recursos a su disposición, e imagina constantemente nuevos usos y nuevos recursos. Este espíritu no es definitorio de ninguna identidad nacional. Solo depende de si tiene libertad para imaginar, para usar sus bienes y para retener los beneficios de sus iniciativas.

Que América se descubra desde España, no es casualidad: es producto de la libertad que existía en España en la época. Que Estados Unidos sea hoy la potencia que es tampoco es casualidad: es producto de la libertad que ha conocido este país desde sus mismos orígenes coloniales. La cuestión clave para entender la distinta evolución de los Estados Unidos respecto a los estados hispanoamericanos se reduce a preguntarse en qué momento y por qué perdieron estos últimos su libertad económica.

PS: Este texto es una reflexión personal, que hubiera sido imposible sin las escuchadas a los restantes participantes en el Coloquio 812, organizado por el Liberty Fund y la Universidad Francisco Marroquín. Es por tanto obligado agradecerles a todos ellos sus ideas, y a la UFM y al LF, especialmente a Lucy y sus dos Andreas, la impecable organización y los buenos momentos disfrutados.

Razones para no seguir los resultados electorales

El pasado domingo, los vascos y vascas, gallegos y gallegas, como diría un político “progreta”, acudieron a las urnas a expresar su voluntad. Periódicos, radios, televisiones y redes sociales se volcaron en el seguimiento de los resultados. Pero yo decidí dedicar mi domingo a cualquier otra cosa. Me sobraban las razones.

La pantomima electoral

Disfrazada de sacrosanta democracia, los ciudadanos, informados o no, acuden a depositar su voto. Y frente a quienes creen que deberían estudiar los programas electorales, informarse de qué propone cada cual, etc., yo creo que, dado que en este país mentir en campaña no es mentir, da lo mismo. Se vota al que mejor mienta, al que lo haga a tu favor, o al que creas que miente menos. Y no pasa nada. Al parecer, tampoco es para tanto. Nos toman el dinero de la cartera mientras nosotros nos dejamos como madres benevolentes (e irresponsables) que hacen la vista gorda cuando el hijo les “sisa” dinero en las vueltas de la compra. Eso sí, nos hemos empobrecido casi un 40% según dicen los expertos, moneda a moneda, y ese dinero que ya no tenemos no está en hospitales, carreteras o tejido industrial. Se evaporó en votos comprados a golpe de subvención y privilegio.

Además, los ciudadanos votan en un sistema electoral que es manifiestamente deficiente, penaliza a los pequeños nuevos, y perpetúa el bipartidismo. Quien pone la norma electoral se lleva el gato al agua. No es nuevo, también lo hacen los propios partidos en su organización interna. Manipulan para que salga el/la candidato/a que debe. Y si no, pues directamente designan al más conveniente. ¿Por qué iban a estar dispuestos a exponerse aplicando un sistema electoral diferente pudiendo asegurarse el escaño?

El significado de las elecciones vascas y gallegas

Tanto en el caso del País Vasco como en Galicia, se trata de elecciones anticipadas por razones que no han quedado del todo claras. Lo más probable es que, como indica el instinto de los analistas políticos, ninguno de los presidentes autonómicos quieran afrontar los recortes y prefieran ceder la batuta para que se queme otro, o bien emprender lo que sea pero reforzados.

Pero en el panorama político nacional, no es relevante si a Feijóo le queman en una pira por recortar, sino que el déficit se ajuste al previsto por Bruselas y el Gobierno. Le pese a quien le pese, las autonomías son importantes en cuanto que nos conducen al abismo. Los focos ahora mismo están en el rescate o “eso que ustedes llaman rescate”, el ajuste al déficit, los presupuestos, la destrucción del euro, y cuestiones macro en los que el País Vasco, Cataluña, Andalucía o Galicia no dejan de ser “un problema regional de España”.

Una comunidad autónoma tendrá atención periodística si es capaz de chantajear al Gobierno para conseguir más dinero. Algunas lo hacen como la Cataluña de Mas. Pero incluso si gana Bildu las elecciones (aunque sea moralmente) y ya son dos las partes de España dispuestas a poner su poder político particular por delante del interés de los españoles (e incluyo a vascos y catalanes), Bruselas no desaparece, ni la deuda, ni el Memorando de Entendimiento. Así que Rajoy habrá de respirar hondo y dar un paso al frente.

Todos ganan, todos pierden

Sea como fuere, bien en la semana de Halloween y de don Juan Tenorio, o más tarde, Rajoy tomará la decisión de reclamar el dinero de la banca concedido por Europa y, tal vez, pedir un rescate general para activar que el Banco Central Europeo compre deuda soberana. Si, como opina Huw Pill, economista jefe de Goldman Sach para Europa, lo peor está por llegar porque la recesión se quedará con nosotros también en el 2013, las reclamaciones independentistas van a tener poco sentido. Especialmente si, como pretende Mas, la separación debería producirse en el 2014… una vez pasado el temporal, pero el ingreso del fondo de rescate autonómico ha de ser inmediato.

Mientras los políticos autonómicos parecen jugar a superman, los políticos europeos ya han inventado la manera en que van a evitar ser salpicados por el temporal español: el default interno. Para el 2013, según parece, la deuda viva interna en manos domésticas (tal y como sugiere Daniel Lacalle) será el 85%. ¿Eso qué quiere decir? Que si hay impagos, atrasos, problemas… el globo nos estalla en la cara. Y habrá quiebra interna. Y entonces sí que vendrá el hombre del saco a rescatarnos.

El FMI detesta la austeridad

Desde el inicio de la crisis se ha instalado en el común de los mortales un argumento que, por más que se ha repetido, no deja de ser falaz. El Fondo Monetario Internacional (FMI), uno de los agentes públicos que conforma la temida troika -junto a la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (BCE)-, exige "austeridad" por encima de todo a los países inmersos en graves dificultades económicas, ya sea la zona euro, Estados Unidos o Reino Unido. Ojalá fuera así, pero, por desgracia, la realidad dista mucho de tal afirmación.

El FMI fue uno de los principales defensores de los denominados y archiconocidos "planes de estímulo" tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2007. Es decir, recomendó, apoyó y presionó a los gobiernos que dirigen las economías desarrolladas para que dispararan el gasto público y así esquivar la Gran Recesión que, por entonces, afectaba a los principales países de la OCDE. Zapatero y Obama siguieron al pie de la letra dicha receta, convirtiéndose en los alumnos más aventajados del ente internacional.

Años después, tal y como se preveía, se demostró que el mal llamado "estímulo" público no sólo logró evitar la caída del PIB sino que, además, agravó la crisis de deuda que, posteriormente (2010), golpeó de lleno el seno de la zona euro. Hoy por hoy, EEUU cuenta con una deuda pública superior al 100% del PIB y un déficit fiscal de dos dígitos. La fortaleza de su economía privada, el rápido ajuste de su sector inmobiliario y el privilegio de contar con la principal impresora monetaria del mundo han logrado ocultar una incipiente crisis de deuda pública que, de seguir por esta senda, acabará también afectando a los estadounidenses.

Así pues, entre 2007 y 2010, el citado Fondo centró toda su labor de asesoramiento y monitorización en conseguir que los gobiernos aumentaran su gasto, mucho más allá del sustancial incremento que ya de por sí implicaba la activación de los denominados "estabilizadores automáticos" (prestaciones de desempleo, gasto social, etc.). ¿Austeridad? Ninguna, si por austeridad se entiende, como debe ser, gastar menos de lo que se ingresa (ahorro). Solo cuando estalló la crisis de deuda europea en 2010, el FMI cambió tímidamente su discurso, abogando entonces por sustituir los "estímulos" del pasado por programas de "consolidación fiscal" que, erróneamente, se interpretaron de forma generalizada como la necesidad de aplicar drásticos recortes públicos.

Es cierto que, desde entonces, los expertos del Fondo recomiendan reducir el abultado déficit público que presentan ciertos países, pero muchos olvidan un pequeño matiz. En primer lugar, la insistencia del FMI en que tal reducción, aunque deseable, debe alcanzarse a medio e incluso largo plazo para no dañar el crecimiento económico; y, en segundo lugar, aún más importante, que dicha consolidación en ningún caso implica acometer el necesario ajuste fiscal exclusivamente por el lado del gasto sino, más bien, combinando algunos recortes con brutales subidas de impuestos. Una vez más, España, ahora con Rajoy a la cabeza, se está convirtiendo en uno de los alumnos favoritos del FMI. No en vano, el ajuste fiscal emprendido por el PP consiste, básicamente, en estrechar la brecha del déficit combinando a partes iguales reducción de gastos y subidas tributarias. ¿Austeridad? Nuevamente… ¿Dónde?

Y ahora, dos años después, tras comprobar que los países en problemas (y rescatados) no están logrando los pretendidos objetivos de cumplimiento del déficit, lejos de corregir el desastroso enfoque teórico implementado durante la crisis (keynesianismo y monetarismo puros y duros), el Fondo acaba de dar una nueva vuelta de tuerca en la dirección equivocada a sus recomendaciones de política económica. Así, en su último informe de previsiones económicas, dedica un apartado sustancial a desmontar uno de los últimos fundamentos neoclásicos a favor de la austeridad: el "multiplicador fiscal".

Hasta ahora, el Fondo, al igual que otros muchos economistas, mantenía que el multiplicador fiscal es del 0,5%. Es decir, que por cada euro de recorte de gasto, el PIB pierde 50 céntimos en el plazo de dos años. Sin embargo, el FMI dice ahora que el efecto de la austeridad sobre el PIB es muy superior, ya que oscila entre el 0,9 y el 1,7, lo cual significa que cualquier recorte de gastos implicará caer en una espiral autodestructiva como resultado de una dramática y duradera recesión. Así pues, el último acicate al que se agarraba tenuemente el Fondo para recomendar cierta moderación en el gasto acaba de ser fagotizado por completo. No es de extrañar, pues, que el FMI insista estos últimos días en conceder más tiempo a los países insolventes del euro para cumplir con los objetivos de déficit, o bien que recomiende a Londres y Washington no pisar en ningún caso el acelerador de la austeridad pública. Por última vez… ¿Austeridad? La respuesta es evidente, pese a que la mayoría piense lo contrario. El FMI, simplemente, detesta la austeridad.

El capital y el plan de negocio en un mundo de incertidumbre

Para la producción de bienes y servicios con valor es necesario realizar una serie de actividades a lo largo del tiempo. No es un hecho automático y necesita de la acción y decisión humana. A ciertos niveles, también es necesario que el empresario organice el proceso productivo.

Por tanto, la actividad productiva requiere de tiempo, se lleva a cabo durante el tiempo real. A lo largo de éste, los recursos productivos, en combinación con otros recursos físicos o humanos, son capaces de aportar valor –si el proceso resulta exitoso-. Esa relación entre el valor que añaden los recursos y el tiempo –valor y tiempo- es lo que caracteriza esencialmente al concepto económico de "capital".

El conjunto de recursos productivos, de bienes que forman el capital, son bienes de capital, forman una estructura en el seno de la empresa, porque están ordenados y combinados de una determinada manera para que rindan sus servicios a lo largo del tiempo y que, si es un proyecto exitoso, producirán bienes valorados por los consumidores. La valoración de los productos que ayudan a producir es lo que da un valor a los bienes de capital. En definitiva, el valor de los bienes de capital no es más que el resultado de un proceso de búsqueda prospectiva planeada por el empresario.

Plan de negocio

Para esa búsqueda del valor debe haber un plan de producción –o un plan de negocio-. En la elaboración del plan de negocio intervienen dos fuerzas contrarias entre sí: la reducción de incertidumbre y la adaptabilidad. Por un lado, se tratará de reducir el grado de incertidumbre a través de la inclusión de determinados contratos de diversos términos, tiempos y condiciones –con empleados, proveedores, etc.-. Sin embargo, esto se hará a costa de reducir la adaptabilidad del proyecto. Dado que pueden acontecer innumerables circunstancias imprevistas en el plan, el empresario deseará desarrollar un programa lo más flexible y adaptativo posible, de modo que su plan pueda adaptarse a dichas circunstancias.

En el plan, trazado por el empresario de manera consciente, y más o menos precisa o vaga, se reflejan tres conceptos clave, el conocimiento del empresario –o como ahora gusta decir, emprendedor-, sus expectativas y los recursos que, cree, deberá emplear.

Recursos productivos heterogéneos

Los recursos productivos son heterogéneos porque están construidos para propósitos más o menos específicos, tienen un rango de aplicaciones limitado. Esos propósitos deben ser descubiertos por el empresario, que otorga una función económica determinada a cada bien de capital, para la cual la forma física de estos es apropiada.

Cada bien de capital tiene unos atributos útiles para el proceso de producción que determina los servicios que prestan. No tienen que ser completamente conocidos en la elaboración del plan de negocio porque durante la realización del proyecto empresarial en la que los bienes se combinan con otros factores productivos, pueden descubrirse nuevas características valiosas o potenciales del bien productivo. Dependerá de la perspicacia del empresario en cada momento del tiempo.

Expectativas heterogéneas

Las expectativas es otro de los elementos reflejados en el plan de negocio. Las combinaciones de bienes de capital deben ser organizadas por el empresario en función de lo que subjetivamente perciban que va a ser el valor del producto realizado con estos recursos, o la corriente de ingresos que se espera que generen en circunstancias cambiantes.

Las expectativas del valor de esas combinaciones de recursos productivos no es lo único relevante, también deben tenerse en cuenta las acciones futuras de sus competidores y productores de bienes o servicios complementarios, dado que estos afectarán igualmente al valor del bien o servicio ofrecido –si el producto es la fabricación de chips, deberán hacerse cábalas sobre la venta de ordenadores, uno de sus bienes complementarios-.

Dependiendo de su apreciación subjetiva, los empresarios tendrán unas expectativas u otras. No en vano, lo que en realidad hacen los empresarios en la combinación de los recursos productivos es plasmar su particular visión. En definitiva, los modelos cognitivos son heterogéneos también. Por ello es inevitable que las expectativas no siempre sean consistentes –o complementarias- entre sí. Hay que recordar que los modelos económicos rivales son la esencia del proceso competitivo y las expectativas son parte normal de la experimentación del proceso de mercado.

Por consiguiente, los empresarios enfrentan sus juicios unos contra otros. Unos juicios necesarios en un mundo donde el valor del producto es incierto. Cuanto más exitoso sea el juicio, más ganancias obtendrán.

El conocimiento

El conocimiento es una dimensión importante y compleja de cada plan de producción. De hecho, los atributos de los bienes de capital, los recursos productivos, son un conocimiento (productivo) útil para el empresario. De ahí que sea necesario saber cómo el conocimiento entra en el proceso de producción.

La relación fundamental del conocimiento y el capital es que el primero está plasmado en los bienes de capital. Es decir, los bienes de capital expresan un conocimiento sobre el proceso productivo y cómo este debe ser llevado a cabo; encierran el conocimiento para cumplir su función y propósito. Por eso se dice que gran parte del conocimiento de una sociedad puede encontrarse no en nuestras mentes, sino en los bienes de capital que empleamos. Por ejemplo, el conductor de un camión puede no disponer de los conocimientos necesarios para construir un camión, pero sin embargo lo usa dentro de un plan de producción –elemento de transporte de mercancías-. Es decir, este medio de transporte es la plasmación, la materialización, del conocimiento de quienes diseñaron y combinaron todas sus piezas.

Además, este conocimiento hace que los factores productivos menos cualificados alcancen elevadas tasas de productividad. Pero también los trabajadores con mayor capital humano pueden aportar y mejorar el diseño de sus herramientas y dejar su impronta de conocimiento –los denominados intraempresarios-. 

En suma, todo este conocimiento del poder productivo de los recursos es extraordinariamente relevante para que el empresario pueda organizar la producción, ya sea integrando dichos bienes en una empresa, subcontratando parte de los servicios necesarios y, en definitiva, perfilando la forma y tamaño de la empresa que quiere montar según su proyecto.

La economía está basada en el conocimiento. Y las empresas están basadas en el conocimiento porque se basan en el capital.

(Este comentario está basado en el excelente y muy recomendable trabajo de Peter Lewin "The capital-based view of the firm").