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La ceja reaparece (nunca se fue)

Que la crisis económica actual se está cebando sobre los más débiles es algo que no admite discusión. Aumenta el número de familias que viven situaciones dantescas, donde el paro es sólo la punta del iceberg. Se trata de un escenario que debería servir para sumar esfuerzos, nunca para minar al gobierno de la nación, cuyo partido ganó por mayoría absoluta las pasadas elecciones de 20 de noviembre.

Sin duda alguna, estos resultados ofrecían el mejor caldo de cultivo para que "el clan la ceja" dispusiera de munición durante cuatro años para vender toneladas de su moralina particular. Este grupo nunca juzga el contenido de la oración, sino el sujeto de la misma. El sectarismo es su leit motiv y a quien no comulga con sus ideas, se le desprecia. Dicho con otras palabras: no se le considera representante de la cultura y, si además en alguna etapa de su vida había mostrado sentimientos pro izquierda, se le etiqueta como traidor.

Sin embargo, mientras un sector importante de la población española opta por alejarse de la política, considerando a los representantes de la misma como los culpables de la crisis, nos encontramos con este otro, más minoritario pero muy mediático. Los integrantes del otrora clan de la ceja se hallan sin su referente ideológico natural, José Luis Rodríguez Zapatero, al que "sorprendentemente" no citan en ningún momento, pero tampoco culpabilizan de nada.

El recuerdo del ex presidente, no obstante, sí que permanece puesto que el clan hace suyas las manidas expresiones de aquél (por ejemplo, España plural). Para ello, apelan a su (supuesta) superioridad moral sobre el resto de mortales, lo que les legitima para definir lo correcto e incorrecto, el bueno y el malo.

Así las cosas, el clan de la ceja ha irrumpido cual tsunami mediático; de hecho, bien podríamos decir que se ha convertido en la verdadera oposición, repitiendo mantras y lemas caducados, en algunos casos propios de latitudes no especialmente amigas de las libertades. Todo es válido con tal de socavar al gobierno, siempre y cuando éste sea de derechas. Sin embargo, sus argumentos son débiles y no por repetidos se convierten en verdad absoluta como a ellos les gustaría. Arremetidas contra el capitalismo, utilización indiscriminada y vacua del término neoliberal o empleo del término derecha como algo peyorativo son algunos ejemplos.

Aun así, lo que más llama la atención es su autodenominación: "mundo de la cultura", que de todo sabe y de todo opina. Uno de los últimos temas sobre los que se ha pronunciado es la embestida independentista de Artur Mas, realizando una defensa a ultranza del federalismo, por lo que sería conveniente pedirles una definición de esta forma de organización política. Las respuestas podrían llenar un libro que llevara por título "tratado de la anti-Ciencia Política", sobre el cual, naturalmente, cobrarían derechos de autor. Cuando de dinero se trata, en este grupo los traumas ideológicos se diluyen cual azucarillo.

También curioso es cómo estos millonarios se erigen en los portavoces de los más perjudicados por la crisis. Tampoco debe pasar desapercibido su victimismo ni su poco "talante" para encajar los reproches. La autocrítica no tiene cabida en su diccionario. Ninguna exigencia de responsabilidad hacia los subvencionados sindicatos se les conoce.

De cara al 14 de noviembre, la ceja es firme partidaria de la huelga general, cuando hace un año se adherían al lema "esto lo arreglamos entre todos" (al que deberían haber añadido "siempre y cuando gobiernen los nuestros"). Con su apuesta por la huelga, que evidentemente no mejorará la situación económica de España, se busca única y exclusivamente desgastar al gobierno, apelando al pancarterismo de años no lejanos. Para este grupo, el fin justifica los medios y si hay que enfrentarse a las fuerzas de seguridad, se hace, pero con cámaras delante, que así pueden seguir reivindicando lo demócratas que son.

El huracán de intervencionismo que recorre Nueva York

"Empty America" es un curioso proyecto artístico en el que se muestra cuál sería el aspecto de las principales ciudades de Estados Unidos si estuvieran completamente desiertas. Tiene su gracia que publicaran el montaje que mostraba una desolada Nueva York, al puro estilo ‘Soy Leyenda’, precisamente el 29 de octubre, día de la llegada del huracán Sandy a la ciudad que nunca duerme. No hizo falta un enorme esfuerzo para imaginarse la ciudad vacía, pues ese día se hizo realidad. Los neoyorkinos se refugiaron en sus casas con la esperanza de que Sandy tuviera piedad y no causara demasiados estragos.

El mundo estaba expectante por ver el impacto de la denominada "tormenta perfecta" sobre esa locomotora económica que es la ciudad de Nueva York. Y lo cierto es que el impacto no ha sido para nada despreciable. Sandy se considera el mayor huracán registrado, y el segundo en daños provocados tras la tragedia del Katrina en Nueva Orleans en 2005. Nueva York tardará meses en volver a la normalidad por los destrozos causados, por las zonas inundadas, las instalaciones dañadas y edificios afectados. Eso, claro, sin contar las más de 120 víctimas mortales que el huracán se ha cobrado por la Costa Este de Estados Unidos.

En las catástrofes, sean donde sean, tienden a producirse dos curiosos efectos humanos. El primero es que el comportamiento de los ciudadanos suele ser ejemplar. Algunas veces, incluso heroico. La gente rápidamente extiende una admirable red de colaboración y ayuda para atender a quienes lo necesiten. El segundo efecto es que los políticos suelen pecar de soberbia y demagogia. El paso de Sandy ha confirmado esta natural tendencia. El afán intervencionista de los políticos se exacerba cuando se encienden los focos y toda la atención se centra en algún lugar. Sienten la necesidad de convertirse en los salvadores de la ciudad. Y, lo hagan a propósito o sin darse cuenta, terminan torpedeando el buen hacer de los ciudadanos para superar la situación.

El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, fue bautizado como "La Niñera" (‘The Nanny’) por su reciente prohibición de los refrescos de más de 16 onzas (algo menos de medio litro). No ha sido su única victoria en la cruzada alimenticia. Algunos meses atrás había aprobado una prohibición que ha tenido un duro impacto tras el paso del huracán Sandy, principalmente entre los más necesitados: había prohibido las donaciones de alimentos a los refugios de indigentes. El motivo alegado es que las autoridades no son capaces de controlar los niveles de sal, grasa, calorías y fibra de los alimentos donados. Por lo visto, aquí o comes sano, o no comes.

En las fechas previas a la llegada del huracán, las autoridades políticas se volcaron en lanzar amenazas a los comercios respecto a posibles subidas de precios debidas al huracán. Es un fenómeno al que despectivamente llaman price gouging. Es cierto que este tipo de intervencionismo de precios es muy fácil de vender. Cualquier político medianamente populista lo incluye en su repertorio. Basta decir que los malvados empresarios "se aprovechan" de las circunstancias, o que "depredan" a la gente. Pero, como dice David M. Brown en un artículo titulado "Price Gouging Saves Lives in a Hurricane", los precios nos dicen cómo bienes escasos son asignados de acuerdo con las condiciones reales. "Cuando se incrementa la demanda, los precios suben. Eso no es inmoral. (…) Y cuando la demanda de un bien se desploma o la oferta repentinamente aumenta, los precios bajan. ¿Debería ser ilegal también bajar los precios?". Para hacer una crítica a este tipo de intervencionismo no hace falta más que sacar los apuntes de economía del colegio.

Si, por cualquier motivo, no hay posibilidad de ofrecer la misma cantidad de bienes que en circunstancias normales, no se puede consumir al mismo ritmo de siempre. Así de simple. Es necesario que los precios se ajusten para que esos bienes escasos se asignen a aquellos consumidores que más los demandan. Como decía David M. Brown en el artículo anterior, "si eso es rapacidad, bienvenida sea". Bloquear este mecanismo de precios produce un grave impacto sobre la asignación de bienes. Cualquiera que haya estudiado un mínimo de economía, o simplemente tenga sentido común, sabe que limitar las subidas de precios, sean éstas repentinas por un cuello de botella puntual, como es el caso de un huracán, o por circunstancias más duraderas, provoca una cosa muy simple: desabastecimiento.

Las consecuencias de las amenazas de las autoridades ha tenido su efecto. Circulan por Internet espectaculares imágenes de desabastecimiento en tiendas y supermercados. Al limitar el proceso de mercado, los bienes no se han terminado asignando a quienes más los demandaban, sino a los que han llegado antes. Se ha sustituido el mecanismo de precios por el de "tonto el último". Y lo mismo ha pasado en el suministro de gasolina. Ha sido tal el desabastecimiento de combustible, que los políticos han vuelto a sacar su manual de intervencionismo y han aplicado la siguiente receta en la lista: la cartilla de racionamiento.

Si en un producto en concreto se han volcado los políticos en su amenaza por posibles subidas de precios, ese ha sido el de los combustibles. Bloomberg ordenó que haya al menos un policía en cada gasolinera de forma permanente para vigilar que no suban los precios. Ahora que se han encontrado con el desabastecimiento, el alcalde de Nueva York ha anunciado el racionamiento de la gasolina. La ridícula norma aprobada ordena que los días pares solo podrán ser atendidos en las gasolineras los coches cuya matrícula termine en número par, y los mismo con los impares.

Aunque en Europa la gente crea que Estados Unidos es el paraíso de la libertad, la realidad es que el intervencionismo crece a marchas forzadas. Y en Nueva York especialmente. El huracán Sandy ha servido para desnudar las vergüenzas intervencionistas de la que en su día fue la ciudad campeona de la libertad. Ahora América quiere ser como Europa, y está poniendo todo su empeño en lograrlo. Aún le falta para alcanzar el grado de perfección socialista del Viejo Continente. Pero a este paso pronto le alcanzará.

El voto a un partido libertario

Tres millones de votos es lo que separa el apoyo popular a Barack Obama al que ha recabado Mitt Romney. Poco más de un millón de votos, apenas el uno por ciento del total, es lo que ha logrado reunir Gary Johnson. Puede parecer un magro resultado, y sin duda lo es. Pero es más del doble que lo que logró reunir Bob Barr hace cuatro años, son más votos que los que nunca haya recibido un candidato libertario, y el porcentaje de apoyo queda sólo por debajo de Ed Clark en 1980. Y sin embargo es difícil no considerarlo decepcionante.

Bien, nadie pensaba que Johnson fuera a disputarle la presidencia a Obama y Romney. Aunque eso no quiere decir que no pueda haber una parte de la sociedad importante, aunque no mayoritaria, que se sentiría cómoda votando libertario. Echando la vista hacia atrás, Ross Perot logró en 1996 más de 8 millones de votos, el 8,4 por ciento del voto. Y en 1992 obtuvo 19,7 millones de votos, que suponían poco menos del 19 por ciento del total. Perot no era un candidato libertario, claro está. Pero una parte de sus mensajes sí lo eran, y es fácil pensar que una proporción mayor que el millón podría haber ido al partido libertario con un mensaje o un candidato mejores. En 1984, Reagan concitó el apoyo de casi el 59 por ciento del voto, y de nuevo es difícil pensar que una parte de ese voto no mostraría sus simpatías por un candidato libertario.

Pero en todas esas elecciones había candidatos libertarios y no concitaron todo el apoyo potencial que podrían haber ganado. ¿Por qué? Porque parte de la relevancia del voto es su utilidad. Y un voto al partido libertario no iba a granjearle votos electorales (los que otorgan la presidencia) y, en cierto sentido, son votos perdidos. Hay un contraargumento a esta consideración. David Friedman lo expone así: Tiene sentido votar a un tercer partido en ciertos Estados, no a pesar de que no tenga posibilidades de cambiar el resultado, sino precisamente por eso. Y pone el ejemplo de California, donde la ventaja de los demócratas es abrumadora y votar al partido republicano no resulta tan útil. Lo mismo vale para aquellos Estados en los que haya una clara mayoría republicana y una parte del voto demócrata o independiente podría ver atractivo un candidato libertario. Y privado de la utilidad en la elección del presidente, el voto puede tener otra utilidad: la expresión de una posición contraria al estatismo y favorable a la libertad. La estrategia de Gary Johnson se basaba en el objetivo de lograr el 5 por ciento del voto nacional, lo que le conferiría al partido ventajas electorales posteriores y, cabe pensar, mayor presencia en los medios.

Pero hay otra estrategia opuesta, pero complementaria. Consiste en ir a la caza de lo pequeño, de algún que otro ayuntamiento en el que se puedan poner en marcha los programas libertarios, para mostrar sus efectos y ganar con ello un apoyo social más amplio. Es una estrategia razonable, aunque un poco ilusoria, porque el comportamiento electoral no es tan racional.

A veces, aunque queda fuera del planteamiento de este artículo, lo más efectivo es que triunfen las tesis libertarias en un partido mayoritario, lo que en este momento histórico sólo podría darse en el partido republicano.

¿Y en el caso de España? Contamos con una organización libertaria, el Partido de la Libertad Individual. Cualquiera de las dos estrategias válidas en el caso de los Estados Unidos no tiene mucho sentido en España. Aquí no se lo lleva todo el ganador, sino que las listas de los partidos se cortan en uno u otro punto en función de los restos, y un puñado de votos pueden decidir que uno de los diputados sea de un partido u otro. Y la capacidad de maniobra de un alcalde, con la maraña legislativa que condiciona su actuación, es más escasa en nuestro país. Por desgracia, con la posible excepción de la Comunidad de Madrid y con enormes reservas, no podemos confiar en que el gran partido de centro derecha, el Partido Popular, vaya a ser libertario, o acaso liberal, en algún sentido.

Capindialismo (II). 1991: liberación parcial de la economía india

Pese a las tímidas reformas liberalizadoras de Rajiv Gandhi de los años ochenta, la economía india llegó exhausta y excesivamente endeudada al inicio de la década siguiente. En 1991 vino la quiebra de facto del Estado indio y su colapso económico, que le llevó a pedir el rescate al FMI. Tuvieron que hacerse reformas estructurales, no cosméticas. Los retóricos del tercermundismo quedaron desacreditados. Por fin la economía india empezó a liberalizarse en serio y a abrirse al mundo.

Así, en julio de 1991, caído el muro de Berlín y estando ya la planificada economía soviética y la propia URSS ambas en coma, se desregularon en la India muchos sectores, se bajaron decididamente los impuestos, se devaluó la rupia junto a su progresiva convertibilidad, se controló la inflación, se redujo el déficit presupuestario, se cortaron subsidios y subvenciones, se privatizaron algunas industrias estatales, se desmanteló la infausta licencia Raj, disminuyó el control del gobierno sobre el comercio exterior y se fomentaron las inversiones del exterior, entre otras. Sólo a partir de aquellas medidas patrocinadas por Narasimha Rao y, más tarde, por Manmohan Singh, la economía india se puso verdaderamente en marcha al desembarazarse de muchas de las trabas sangrantes que impedían su desarrollo desde que obtuvo la independencia.

Los escépticos en ese momento abundaron. Pronosticaron que la India sufriría una "década perdida", tal y como sucedió con los países africanos en los años 80 al disponerse a adoptar supuestamente las mismas recetas impuestas por el Banco Mundial y el FMI. También alertaron de que la apertura de la economía india permitiría a las multinacionales hacerse fácilmente con las empresas indias y dominar el mercado. Nada de esto sucedió: el PIB indio creció desde entonces una media del 7% anual y muchas empresas locales no sólo se mantuvieron y evolucionaron, sino que algunas se convirtieron ellas mismas en multinacionales. Los antiliberales, siempre tan alarmistas y tan errados en sus predicciones.

El muy imperfecto capitalismo activado hace ya veinte años está dando sus frutos. Las exportaciones, las importaciones y las reservas han ido aumentando sostenidamente cada año. La famosa "tasa de crecimiento hindú" quedó más que duplicada desde entonces. Si observamos la propiedad de sus principales empresas por volumen de facturación, el 41% son estatales, otro 41% son propiedad de tradicionales sagas familiares (Birla, Tata, Ambani, Singhania, Mittal, Mahindra, Agarwal…) y el 18% restante son de titularidad institucional o tienen el accionariado más difuso. Sin embargo el grueso del entramado empresarial está formado por millones de pequeñas o medianas empresas dispersas por doquier que han resurgido al calor de las reformas de 1991. Sus anhelos y proyectos modestos contribuyen a su manera a la modernización y prosperidad de su país. Estas pymes son las que contratan la mayor parte de la fuerza laboral india; muchas de ellas operan en la economía sumergida.

Inesperadamente la nueva economía india se especializó en servicios de software y en la tercerización de otros servicios técnicos y de información. En concreto, la industria de la tecnología de la información fue el primer sector que tuvo éxito fuera de sus fronteras sin ser parte de ninguno de los planes del gobierno de la India. La Administración no supo cómo regular ni hacer tributar todo lo relativo a dicha tecnología. La dejó a su suerte –en contraste con las computadoras y demás equipos de hardware-, por lo que se convirtió por sí sola en una de las actividades más pujantes e innovadoras del país. India pudo así exportar libremente códigos y bits hacia el resto del mundo, a diferencia de lo sucedido con sus mercancías, más fáciles de gravar o regular. Infosys, TCS, Cognizant, Wipro o HCL Technologies están por sus propios méritos dentro de las cuarenta empresas top desarrolladoras de IT a nivel internacional. Por su parte, las compañías más grandes del mundo han establecido casi todas sus centros de software en Bangalore o en Haydarābād.

Otro sector en que apenas el gobierno interfirió y que experimentó un desarrollo espectacular fue la industria del cine. Hoy, Bollywood es una verdadera potencia industrial de la región, no necesitando protección o subvención cultural de ningún tipo. Por lo demás, otros sectores dinámicos del país son la biotecnología, el turismo, las telecomunicaciones, el sector financiero no bancario o el farmacéutico.

Más de la mitad de la población activa trabaja aún en la agricultura, pero es el sector servicios el que representa significativamente el 60% de su PIB. Porcentaje algo inferior a lo que sucede en países como Alemania, Corea del Sur o Japón, que está en torno al 70% (lejos aún del 81% de EE UU o Países Bajos).

La India –antes una economía aislada del mundo- se incorporó formalmente en enero de 1995 junto a Brasil como miembro de la Organización Mundial del Comercio (China lo haría en 2001 y Rusia en 2011). Desde 2010 se ha incorporado también la India a la zona regional de libre comercio de la Asociación de países del Sureste Asiático (ASEAN). Después del prolongado enfriamiento de las relaciones bilaterales con China desde los años 60 a los 80, Pekín es ahora el mayor socio comercial de la India. Por su parte, se están normalizando también las relaciones bilaterales con Pakistán; fruto de ello ha sido el reciente acuerdo firmado en septiembre de 2012 para liberalizar cuatro décadas de restrictivo régimen de visado mutuo.

Se prevé que para finales de 2012 se concluya un acuerdo preferencial con la Unión Europea. Por su parte, los políticos profesionales norteamericanos están también presionando para que se firme uno con su país. El comercio internacional en régimen preferencial es lo que se está imponiendo.

Gracias a las reformas llevadas a cabo a mediados del año 1991 se han ido desmontando en la India buena parte de los anteriores encorsetamientos de décadas enteras de políticas autárquicas y socialistas impuestas coactivamente por los gobernantes indios desde que obtuvieron su ansiada independencia. Después de dos décadas de liberalización parcial de su economía, más del 40% del PIB de la India está ahora ligado al comercio internacional. Su producción empieza ya a abandonar niveles muy inferiores a su verdadero potencial.

Afortunadamente pasaron también a la historia los nocivos programas de ayuda masiva de los años 50 y 60 por parte de los países desarrollados hacia la India. Quedó demostrado, una vez más, que lo que necesitan los países en vías de desarrollados es comercio, no ayuda (trade, not aid).

El índice de pobreza en la India, según estándares actualizados del Banco Mundial, estaba en torno al 55% de la población en 1980, pasó al 45,3% en 1994 para descender acusadamente en 2011 al 29,8%, al mismo tiempo que mantiene una población de altísimas tasas de crecimiento. Esto es un triunfo pocas veces resaltado. Igualmente capeó razonablemente bien la crisis asiática del 97, así como la actual crisis financiera global. Es innegable la mejora con respecto al pasado reciente. Con todo, es el país más pobre de los cuatro grandes emergentes de los BRIC, con una renta per cápita en cuanto a paridad de poder adquisitivo unas 2 veces menor que la de China y cuatro veces menor que la de Brasil o Rusia. La edad media de su población es, por el contrario, la menor de todos ellos (28 años) y es probable que para 2025 sea la nación más poblada de la Tierra.

Lo logrado hasta ahora en la India es encomiable pero queda mucho por hacer. Abundan actualmente las críticas –escasas antes de 1991– debido a la desigualdad y a las muchas carencias entre la población india, que no dudan en atribuirlas a ese capitalismo local o capindialismo. Aunque estos reproches son certeros en algunos casos (Amartya Sen, Jean Drèze, Angus Deaton, Abhijit Banerjee), no hemos de perder de vista que la mayoría de las penurias existentes aún hoy son fruto de décadas pasadas de socialismo fabiano, planificador y venalmente burocratizado que se resiste a desaparecer del subcontinente indio.

Una segunda transición hacia la prosperidad es, pues, necesaria en la mayor democracia del planeta.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los daños y secuelas producidos en la India al abrazar el socialismo tras su independencia y la transformación que supuso la tardía introducción de un capitalismo sui generis en dicho país a partir de julio de 1991, pese a contar aún con numerosos lastres endémicos. Para una lectura completa de la serie, ver también I y III.

El antiliberalismo por interés

A todos nos gusta teorizar mucho sobre el impacto de las ideas de la izquierda o la derecha en las corrientes de opinión. Que si el socialismo deriva de ciertos sentimientos generales… O cómo el conservadurismo influye en el devenir de la sociedad. Pero la realidad es que cuando uno habla con la gente de la calle, se da cuenta de que generalmente las personas se comportan como los políticos: no les importa cambiar de ideas si casualmente le viene bien a sus intereses. O al menos lo que ellos creen que son sus intereses.

Retocando la famosa cita, se podría decir que las personas tienen ciertos ideales, pero si a las circunstancias no les gustan, tienen otros.

Es una de las principales razones de que el liberalismo no sea más popular. ¿Quién va a adoptar unas ideas que no se pueden cambiar en unas circunstancias desfavorables?

Pongamos por caso que un funcionario de la clase A tiene ciertas simpatías por el liberalismo. Paga bastantes impuestos y es una persona con ciertos conocimientos económicos, al que le parece correcto recortar el Estado y dar más margen para la iniciativa privada.

Hasta ahí sus ideales. Ahora, cuando le preguntas si considera que su sueldo es alto te explicará que no, ya que si estuviera trabajando en el sector privado, cosa que puede hacer, estaría ganando mucho más.

El argumento parece sólido, y no entra en contradicción con el liberalismo. A fin de cuentas, si cobra por hacer su labor pública menos que en el sector privado, parece evidente que no es necesario recortarle el suelo, ni mucho menos privatizar sus funciones.

El problema es que un liberal de verdad sabe que eso no se sostiene. Si esta persona se estuviera sacrificando cobrando menos que en el sector privado, poca gente se presentaría a las oposiciones para cubrir las plazas de su ocupación. Y los que ya tuvieran plaza se irían en su gran mayoría al sector privado a cobrar más.

La realidad es justo la contraria. Las oposiciones para ser funcionario de clase A no solo no están desiertas, sino que no suele caber un alfiler. A eso hay que sumarle que miles de personas no solo se presentan al examen, sino que se preparan durante años para el mismo. Con el coste personal y económico que ello conlleva.

¿A qué se debe esto si en el sector privado podrían cobrar más? ¿Son los aspirantes a funcionarios hermanitas de la caridad que se sacrifican por el bien común?

Pues evidentemente no. Puede que el sueldo sea mayor en el sector privado (a igualdad de puesto), pero las condiciones de trabajo, y la posibilidad de perderlo, no son ni por asomo las mismas. Y como cualquier persona debería saber, las condiciones laborales influyen en el sueldo. Por lo tanto es lógico que el sector privado compense con más salario beneficios que difícilmente podría dar.

Por tanto a los funcionarios se les puede recortar el sueldo, al menos hasta que las oposiciones empiecen a quedarse sin cubrir plazas. Sería lo que cualquier empresa haría para ajustar el salario de sus empleados.

Por supuesto decir esto te lleva a que la inmensa mayoría de los funcionarios van a dejar de mirar con simpatía el liberalismo. Una cosa es estar a favor del libre mercado y pagar menos impuestos, y otra distinta apoyar que se les acabe el chollo a ellos mismos.

Por supuesto nadie lo va a reconocer. Hay trampas intelectuales para estas ocasiones y simplemente dirán que tomar esa medida degradaría un servicio público, que aunque sea reducido, tiene que existir.

Y si insistes con la evidencia de que si las oposiciones no rebajan su dureza los perfiles contratados serán tan capaces como antes, se inventaran cualquier otra cosa. Muy poca gente será capaz de reconocer la evidencia si ésta va contra sus intereses.

Y esto nos lleva a la pregunta de siempre. ¿Es necesario endulzar el liberalismo para que pueda llegar a toda gente sin espantarla?

Mi opinión es que no. No hay manera humana de aplicar la lógica para contentar a todo el mundo. Ni siquiera para que contente a la mayoría. La lógica se aplica y punto. Si la mayoría se niega a aplicarla cuando le desfavorece habrá que aprender a convivir con ello.

Crímenes sin víctimas, prohibiciones que las causan

La dimensión adquirida por el estado, también en democracia o especialmente en ella, incrementa el número de grupos interesados en fomentar la idea de que un círculo de funcionarios, que unen algo de ciencia simplificada y mucha pretenciosidad, es capaz de definir qué necesita cada uno de los individuos que componen el ámbito de población que gobiernan. Cuanto mayor sea la creencia en esa capacidad, mayor será su estatus económico y de poder. La realidad es muy tozuda y la pretensión de omnisciencia se resquebraja masivamente cuando suceden periodos de profunda crisis, como la actual, donde los economistas del mainstream, asociados a los políticos que compran sus productos, muestran con más claridad su ignorancia. La arrogancia fatal hace aguas también en muchas otras áreas en que se deja ver.

La premisa inicial de que debemos partir al tomar en cuenta cualquier modo humano de actuar es el carácter inerradicable del error. Todo proceso evolutivo es tal en virtud de las características concretas que el conocimiento tiene: limitado, disperso, tácito y no siempre articulable, lo que trae como consecuencia que las acciones humanas tengan una considerable carga de error y que la perspectiva humana sea, siempre, incierta. Esto que, junto con la complementaria concepción subjetivista de la acción humana, constituye el avance más sustancial en las ciencias sociales, es espuriamente encubierto, una y otra vez, por los planificadores gubernamentales.

Las víctimas masivas de todo ello son los individuos en cuanto tales, y se benefician los que están en el negocio de lo público, los cuales, en su balance particular de pérdidas y ganancias, se consideran satisfechos. Las invasiones del ámbito de lo privado son contraproducentes, dada la naturaleza humana, siempre, y no solo cuando hay una cadena de intereses afectados, como en el ejemplo de la contaminación ambiental.

Un caso poco cuestionado en que se invade la soberanía del individuo es el de los llamados crímenes sin víctimas. Siempre ha habido penalizaciones públicas a unos u otros de esos actos individuales, aunque el presunto perjuicio del mismo no recaiga más que en quien los lleva a cabo. La tradición de invasión de la libertad en este tipo de acciones es larga. Las justificaciones son tan antiguas como nuestro pasado tribal y, a pesar de haberse roto algunos moldes colectivistas, los antiguos castigos a la llamada conducta inmoral se han reinstaurado sobre conductas casi similares, pero por motivos diferentes. En unos casos, se ha sustituido una moral puritana religiosa por una de otro tipo y, en otros, el argumento seudosanitario ocupa el mismo lugar que el religioso y para los mismos fines restrictivos.

Si diéramos por refutados los motivos moralistas, asunto fácil en una sociedad suficientemente abierta, nos quedarían los relativos a la salud y al delito concomitante al tipo de "vicios" a que nos referimos. Empezando por el segundo, la doctrina comúnmente aceptada vincula la delincuencia, la esclavitud y el crimen organizado o esporádico a la práctica de la prostitución y al consumo de drogas. Sin duda es muy sencillo asociar causalmente dos hechos que se dan con bastante correlación sin tener en cuenta otros factores que están presentes. Es evidente que la criminalidad de ambas actividades no es ajena a las restricciones que se les impone o a su inserción en el código penal, a pesar de lo cual todas las campañas contra ellas obvian este dato crucial. ¿En qué queda, por tanto, la supuesta omnisciencia de los gobiernos? Sin duda se muestra inexistente.

Siendo lógicos y exigiendo a los políticos, a los moralistas de todo tipo y a los sanitaristas que lo sean, podríamos aplicar a otras actividades el argumento por el que se prohíben esas dos. Por ejemplo, a la política. Lo mejor es formularlo así: dado que el empleo corrupto de los cargos públicos en España ha avanzado considerablemente en los últimos diez años, es necesario perseguir la actividad política. Y si, avanzando en la argumentación, se adujera el su carácter "indispensable", en lugar de discutir lo discutible, podríamos señalar la contradictoria legalidad de producción, venta y consumo de bebidas alcohólicas. A estos argumentos, nada que decir; solo se aportan juicios emocionales vinculados a prejuicios insostenibles. De nuevo la ostentación de sabiduría, ciencia y omnisciencia por parte de políticos y funcionarios queda en entredicho.

En el caso específico de las drogas se añade el inequívoco deterioro de la salud del drogadicto. Excluyamos de esta consideración los efectos sobre el comportamiento delictivo para financiar el mercadeo y el consumo, teniendo en cuenta que la mera prohibición, persecución y penalización de todo lo relativo a los estupefacientes dispara su precio exponencialmente y somete a los agentes del mercado de la droga a situaciones de alto riesgo con fuerte incentivo para cometer delitos, tal y como ocurrió en los EEUU durante catorce años.

El 16 de enero de 1920 Estados Unidos incurrió en uno de los mayores desaciertos de su historia: aquel día entró en vigor la Volstead Act o ley seca, que impulsó el consumo de alcohol, tanto el contrabandeado como el elaborado en los hogares y destilerías clandestinas. Toda prohibición incurre en un encarecimiento del producto, un aumento de los beneficios con concomitante aumento de la oferta, y nunca una reducción de la demanda. Si estos son los efectos de la prohibición de un estupefaciente, ¿cuál es la razón de que esta se mantenga en otros?, ¿la omnisciencia del político, quizá, por razones a las que nadie más es capaz de acceder?

De esta manera solo queda aducir que el perjuicio para la salud del adicto podría justificar el prohibicionismo dictado por el Estado. En ese caso, se expone, el gobierno debe evitar que el propio individuo se perjudique a sí mismo y, para eso, prohíbe. Dado este planteamiento, ¿podríamos aplicarlo a otros casos? Sí, podemos hacerlo: al alcohol, en primer caso. Sucede que es un tipo legal de estupefaciente cuyo consumo, en la mayoría de los casos, no implica ningún desastre para la vida productiva y social de la mayoría de individuos que lo consume, y que es claramente equiparable al caso de las drogas ilegales. La prohibición del alcohol tiene en su favor que está inserto en la cultura occidental y que, de ser ilegalizado, produciría idénticos desastres sociales que las drogas, aunque si no se acepta su prohibición es porque se ha vinculado su consumo a multitud de ganchos económicos, emocionales y culturales. Nada se dice sobre el segundo argumento, mucho más objetivo para no darle al alcohol el mismo tratamiento que a las drogas ilegales.

Y si tratáramos el tema de la prostitución, nos toparíamos con una similar vinculación con la delincuencia. La censura o restricción solo precariza su práctica, y fomenta que las empresas dedicadas a producir el servicio y contratar a las profesionales sean mafias que no respetan la libertad de contratos entre la empleada y la empresa. Desmontada la teoría de la relación intrínseca entre prostitución y delincuencia y excluido el argumento sanitarista (¿es malo para la salud comprar o vender favores sexuales?, ¿no se dan intercambios de los mismos fuera del ámbito de la prostitución establecida como tal?) no queda nada más que el moralista cuya refutación es, por evidente, innecesaria.

Sean motivos religiosos, místicos, seudocientíficos o relativos a una difusa salud social, lo cierto es que no cabe aducir daño alguno a terceros para penalizar la prostitución, las drogas y, en general, la disponibilidad sobre el propio cuerpo y la propia vida decidida libremente.

Hable de economía y no le importe ser rubia

A medida que los acontecimientos económicos en España y en Europa van ensombreciendo nuestro horizonte, el número de comentaristas de la actualidad que analizan, diseccionan y, a veces, pontifican acerca de los problemas económicos se incrementa. La "prima de riesgo" es tema de bares, el rescate, la deuda soberana, las acciones preferentes… son términos que aparecen, noche sí, noche también, en los programas de mayor audiencia de las televisiones públicas y privadas. Pero, o bien se repiten las mismas recetas sin sentido, que, por otro lado, nos han llevado a donde estamos, o bien los términos empleados por los especialistas son demasiado técnicos. El caso es que hay un alto porcentaje de la población que, por decirlo de manera coloquial, se queda a dos velas.

Y no se trata tanto de un problema de vocabulario como de conocimiento del proceso económico. Así que, cada cierto tiempo, hay personas que se te acercan y te preguntan por un manual para empezar, algo que les sirva de base. Pues bien, éste es el libro. ¿Qué tiene de especial que no tengan los demás? Dos cosas: una, que está basado en los libros de cabecera de los economistas de la Escuela Austriaca; y dos, que está escrita "para rubias".

Todos, hombres y mujeres, llevamos una rubia dentro, lo sepamos o no. Cada uno de nosotros, en alguna ocasión, en algún aspecto de nuestra vida, probablemente no relacionado con nuestra actividad profesional, nos hemos sentido muy torpes, incapaces de dar pie con bola si no nos explicaban despacito y desde el principio cómo van las cosas. Sea en el gimnasio, en el metro, frente a un ordenador o al levantar el capó del coche, todos hemos pensado: "Dios mío, ¿y esto cómo se come?". Esa es nuestra particular "rubia", la torpe, la que necesita que la lleven de la mano y le expliquen despacio cómo cambiar una rueda, o a comprobar que el botón está en ON antes de llamar al técnico del ordenador, o que las líneas del metro siguen un código de color.

Economía para Rubias establece las bases de la teoría económica desde el principio. De la mano de las ilustraciones de Isabel Sánchez Bella y los textos de Félix Moreno, el lector (o la lectora) recorre los fundamentos de la economía real y los de la economía monetaria. La teoría del valor, los precios, el coste de oportunidad, el dinero, su funcionamiento… se presentan a partir de la vida cotidiana de una mujer, la mejor manera para hacer accesible la teoría económica.

Porque todos a lo largo de cada día, de cada semana, de nuestra vida, tomamos decisiones respecto a cualquier aspecto. Desde el "¿qué me pongo?" matutino hasta las decisiones de inversión más complicadas, nuestras vidas consisten en elegir caminos. Y Félix Moreno e Isabel Sánchez Bella nos van guiando gracias a Meri, rubia, lista y emprendedora, para que entendamos las variables relacionadas con las decisiones económicas y su entorno.

Una vez comprendidos los fundamentos más rudimentarios es mucho más fácil comprender las razones que nos mantienen en la situación en la que nos encontramos, o razonar acerca de las medidas que toma o que no toma el gobierno, o reflexionar acerca de las exigencias que la troika nos impone. Todos estos temas también se basan en la acción humana y tienen como base un conjunto de decisiones, unas pasadas (el gasto desorbitado), otras presentes (pedir o no el rescate) en un entorno determinado que hace más o menos posible hallar una solución (los derechos de propiedad, la libertad económica, la flexibilidad del mercado laboral, etc.).

La utilidad del libro "Economía para rubias" es considerable si tenemos en cuenta la baja calidad de los manuales habituales de economía y empresa de nuestros colegios (con una sola excepción, el de Jordi Franch Parella). Si a usted le da vergüenza reconocerse falto de base en economía, cómprelo para sus hijos y léalo de paso.

Para poner la guinda del pastel, en breve, Economía para Rubias, que ahora está a su disposición por menos de tres euros en la página web, en español o en inglés, se distribuirá en otros formatos de manera que pueda regalarlo o comprarlo para usted.

Enhorabuena a los autores y a quienes encontraban en la economía un escollo insalvable. Ya no hay excusa.

Artur Mas, Sandy y los cisnes de colores

Fue Nassim Taleb quien formuló y difundió la “teoría del cisne negro”. Mediante esa metáfora Taleb explicaba cómo los hechos altamente impredecibles son considerados inexistentes por los observadores hasta que suceden. Hay eventos con una baja probabilidad de que sucedan y, por tanto, difíciles o imposibles de predecir, y que tienen un alto impacto en el curso de los acontecimientos; se convierten en desencadenantes de grandes cambios.

A veces sabemos que se acerca un acontecimiento pero somos incapaces de predecir su repercusión. Y cuando sobreviene, nos culpamos por no haber sido más previsores, por lo que podíamos haber hecho y hablamos de “tentar” a la suerte como si lo inevitable no existiera. Esta pasada semana han sucedido dos catástrofes y media de diferente contenido e impacto.

La tragedia del Madrid Arena

La primera, una avalancha en un pasillo del Madrid Arena se ha llevado a cuatro jóvenes por delante y ha dejado muchos heridos. Heridas físicas y de las otras. Espero una investigación a fondo, la exigencia implacable del cumplimiento de la ley y las normas vigentes y la aplicación inmisericorde de las penas a quienes lo merezcan. Pero más allá de eso, la tragedia del Madrid Arena ha dejado a su paso varios debates como lenguas de lava incandescente. Había menores, alguno de 15 años acompañados de sus padres. Los jóvenes son expertos falsificadores de carnets y burladores de las barreras de entrada a fiestas y discotecas. Beben y se drogan y lo van a seguir haciendo, les prohibamos lo que les prohibamos. Probablemente como nosotros en nuestro momento. Van a seguir yendo de fiesta a su modo, no al nuestro. De hecho, la noche siguiente muchos jóvenes que estuvieron en el Madrid Arena y no se enteraron del horror que sucedió, salieron de nuevo hasta las mil. “No voy a dejar de salir por miedo”, oí afirmar a uno de ellos en una televisión.

¿Se puede evitar una avalancha? No. Tal vez se podían haber paliado los efectos, pero las avalanchas humanas, como otras muchas cosas, suceden. Uno empuja al de delante, el de delante se enfada, grita, los de más allá oyen un altercado, se ponen nerviosos y empujan más… El comportamiento humano ante una situación así es imprevisible. Puede que guarde la calma o puede que estalle el pánico. Y eso sucedió. Pero nos negamos a aceptar que hay imponderables.

El segundo cisne negro: el huracán de Nueva York

Pero, antes del terrible suceso de Madrid, otro “cisne negro” invadía nuestro espectro informativo. Sandy, la tormenta anunciada, asolaba, convertida en huracán, la costa Este de Estados Unidos, Haití y Cuba. Pero, a pesar de que, como suele suceder, es en los países más pobres donde las catástrofes naturales azotan con una repercusión más desgarradora y atroz, los corazones de todos se paralizaron viendo a la Gran Manzana colapsada, sin luz, sin gasolina, con escasez de recursos, con estaciones de Metro inundadas. Nueva York, la capital real de occidente por aclamación popular mundial, se rendía ante los efectos de un huracán imposibles de prever. Como si viéramos una reposición actualizada y real de “Los Ricos También Lloran” los europeos comentábamos esa noche las incidencias, los heridos, el número de vidas humanas perdidas en ascenso, impasibles ante la riada caída del cielo.

Solamente se puede valorar, en parte como en el primer caso, la capacidad de reacción de las autoridades. En Nueva York, además, se han visto ejemplos de altruismo voluntario, de organización espontánea de la población, anticipándose a la actuación de los organismos estatales. Gente que te devuelve la fe en el ser humano. De nuevo, la lección de la madre naturaleza que nos somete inevitablemente, por más avances tecnológicos que despleguemos y satélites que coloquemos en el espacio. La sorpresa ante la fuerza creadora y destructora de la naturaleza es lo único que nos queda.

Los cisnes multicolores de Artur Mas

Por último, Cataluña nos ha regalado con media catástrofe para culminar los siete días. Artur Mas ha vuelto a hablar y en algún sitio ha subido el pan y Dios ha matado un gatito. Las palabras del líder catalán no tiene desperdicio: "ni tribunales, ni constituciones ni nada de lo que nos pongan por delante" frenará el camino de independencia frente a la "fuerza de la democracia". En esa frase al contraponer los tribunales y la Constitución a la fuerza de la democracia acaba de destruir el mismo concepto de democracia. El proceso soberanista de Cataluña tendría sentido democrático si Mas propusiera un cambio en la Constitución y consiguiera los apoyos necesarios para ello, y una vez hecho eso, sin tener que saltarse los tribunales a la torera, que convoque los referéndums que quiera.

Si no es así, todas las comunidades autónomas tendrían el mismo derecho de saltarse la constitución y los tribunales en aquello que les convenga más. Pero es que además, la idea de Mas es como pedir cisnes de colorines: no puedes proponer en un referéndum qué le parece al personal pertenecer a una Cataluña fuera de España y dentro de Europa, porque no depende de la gente, ni de España, sino de Europa. Y en la UE bastante lío hay ya como para sentar el precedente de que se incorporen a la Unión países secesionados, y menos si hay bronca interna del país del que se han separado. Mas, callado, gana mucho. Sin duda.

La Guerra de Secesión Americana (III)

Las guerras salen caras. Y las guerras largas salen aún más caras. La guerra es posiblemente la actividad antieconómica más eficiente a la hora de destruir recursos y riquezas, pero dicha circunstancia no impide que sociedades, países y Estados opten por ella cuando quieren alcanzar un objetivo concreto. Es bastante probable que los gobernantes que la eligen y las sociedades que la sustentan piensen en un conflicto corto, en la gloria del combate, el honor de servir a la patria, el miedo de ser dominado por el enemigo o en el interés de tener este territorio o aquel recurso. Razones históricas o prácticas no faltarán. En lo que no suelen pensar es en los costes, en los pagos a proveedores e implicados; y no lo hacen ni antes, ni durante, ni después del conflicto.

Norte y Sur se vieron rápidamente obligados a crear, mantener y alimentar dos ejércitos que pronto consiguieron ser de los más numerosos del momento. Y un ejército consume mucho y lo hace todos los días. Para que nos hagamos una idea, uno de campaña de 100.000 hombres (principalmente combatientes, pero también cocineros, oficinistas, médicos, etc.) requería 2.500 carros de suministro, al menos, 35.000 animales, entre mulos y caballos, y 600 toneladas de suministro diario. A ello habría que unir todas las necesidades de la cadena logística que permitía el avituallamiento desde los depósitos hasta el frente. Si tenemos en cuenta que, en un momento dado, hay varios ejércitos en movimiento, algunos en combate, otros formándose en la retaguardia, y que todos necesitan recursos, nos haremos una idea de lo que puede costar un infierno logístico como éste.

Norte y Sur no fueron muy imaginativos a la hora de financiar sus ejércitos y tiraron de las habituales herramientas de los Estados cuando tienen que hacer frente a gastos extraordinarios: el incremento de los impuestos, el endeudamiento y, cuando todo parecía insuficiente, incrementar aún más la masa monetaria, produciendo un efecto devastador sobre las economías de sus ciudadanos. En este sentido, Norte y Sur no se diferenciaron mucho, pero las circunstancias de cada uno de ellos eran muy distintas, por lo que uno podía hacer frente mejor que el otro a los compromisos adquiridos y el riesgo para los inversores era menor. En este sentido, el tándem gobierno-empresarios fue uno de los peores enemigos de los confederados.

En 1861, en el Sur se calcula que no había más de 25 ó 30 millones de dólares en oro en manos privadas, lo que era, a todas luces, demasiado poco para financiar un conflicto bélico. A diferencia del Norte, en el Sur los impuestos nunca funcionaron demasiado bien, aunque eran muy bajos y sobre transferencias claramente definibles, como los de aduana. El secretario del Tesoro, Christopher Memminger, intentó crear nuevos impuestos (a la exportación del algodón, a la propiedad), pero con escaso éxito. Mejor resultado le dieron los bonos, pero debido a las circunstancias de la guerra.

El Sur había logrado vender bonos de guerra entre sus ciudadanos en forma de dos empréstitos de 15 y 100 millones de dólares, pero su capital líquido era muy limitado, dado el estilo de vida rural mayoritario, por lo que se vio obligado a acudir al exterior. Las emisiones tradicionales de deuda tuvieron poco o nulo éxito en los mercados europeos, por lo que los financieros tuvieron que idear otros sistemas y, para ello, echaron mano de su principal recurso: el algodón.

El Sur comenzó a emitir bonos respaldados por el algodón, a 20 años y un cupón del 7%, cuyo mayor atractivo era que podían convertirse en algodón al precio anterior a la guerra, 6 peniques por libra. Los bonos de algodón tuvieron muy buena recepción en los mercados británico y holandés, los principales del mundo en aquella época. Los líderes sudistas pensaron que un embargo propio del algodón provocaría una escasez que dispararía el precio internacional y elevaría el interés por los propios bonos. Realmente, su valor se mantuvo bastante estable durante todo el conflicto, debido al valor creciente del algodón en todo el mundo.

Pero este ingenioso artificio financiero tenía un importante punto débil: los dueños de dichos bonos deberían poder tomar físicamente el algodón con el que se garantizaban los mismos, en caso de que el Sur no pagara el interés. A medida que se incrementaba la eficacia del bloqueo naval del Norte, esta posibilidad se hacía cada vez más remota. Cuando el 29 de abril de 1862, las fuerzas del Norte toman la ciudad de Nueva Orleans, el Sur perdió el último puerto desde el que los bonistas podían tomar el algodón sin un riesgo muy elevado. Los mercados internacionales y los grandes inversores perdieron así el interés por estos bonos, dado su excesivo riesgo.

Existía una segunda razón por la que los sudistas pensaban que este embargo era adecuado. Creían que la escasez de algodón en Gran Bretaña generaría una depresión en la industria textil, que obligaría a despedir a buena parte de los trabajadores del sector, lo que llevaría al gobierno británico, acuciado por las revueltas en las ciudades afectadas, a reconocer a la Confederación e intervenir en el conflicto a su favor.

Y lo cierto es que no iban del todo desencaminados. Para que nos hagamos una idea, en 1860, más del 80% de las importaciones de algodón que entraban en Gran Bretaña provenían de los Estados secesionistas. El embargo que ordenaron los propios terratenientes junto a los líderes confederados provocó que el precio del algodón se disparara de 6 ¼ peniques por libra de peso a 27 ¼, con lo que las importaciones cayeron de 2,6 millones de balas en 1860 a menos de 72.000 en 1862. Y desde luego que tuvo un efecto real entre los trabajadores; a finales de este mismo año, en la región de Lancashire, la mitad de la mano de obra había sido despedida y alrededor de la cuarta parte de la población dependía del auxilio social.

Sin embargo, los británicos no estaban por la labor. Durante años, la política del Imperio había sido la erradicación de la esclavitud como institución (que no es lo mismo que la igualdad racial, que en esa época ni se contemplaba) y, aunque sí hubo divisiones políticas a la hora de apoyar o no a alguno de los bandos, lo cierto es que ni la situación planteada por la escasez de algodón propició el reconocimiento del Sur ni la intervención de su marina. Además, el Imperio tenía otros problemas más inmediatos en Europa y la India.

Los europeos en general y los británicos en particular buscaron mercados alternativos en los que conseguir algodón, mercados que surgieron sin demasiados problemas en la propia India, Egipto y China, que se beneficiaron de los elevados precios que creó esta carestía artificial. Además, los almacenes británicos no estaban tan carentes de algodón, así que, quienes especularon, de alguna manera vieron recompensadas sus perspectivas y contribuyeron a que no se elevara aún más el precio.

Así que, en última instancia, los dirigentes sudistas se vieron obligados a imprimir dinero. Al principio, incluso antes de que se iniciara la guerra, en pequeñas cantidades, pero poco a poco se llenó de papel. El agosto de 1861 ya había unos 100 millones de dólares, algunos negocios privados empezaron a imprimir su propio dinero y, para 1863, se calcula que había unos 700 millones. Pero su dólar apenas valía unos pocos centavos de dólar en oro.

A diferencia de sus enemigos, el Norte tenía más capacidad para encarar los pagos derivados de la financiación de los ejércitos y sus campañas. Por una parte, tenía una base productiva superior a la del Sur, capaz de cubrir las necesidades militares una vez que la Industria se pusiera al servicio de la maquinaria bélica. En segundo lugar, debido a que los puertos del Norte no estaban bloqueados y la gran mayoría de la marina mercante se había mantenido fiel al Gobierno Federal, podía complementar su producción con importaciones, sin las dificultades que tenía el Sur.

Por último, el crédito norteño en el extranjero seguía siendo fuerte, debido a la habilidad financiera de sus administradores. Robert P. Chase, secretario del Tesoro, desarrolló un instinto desconocido en los dirigentes del Norte para vender bonos de guerra entre pequeños inversores. Chase rehuía las deudas y no era demasiado amigo de los bancos, así que cargó los costes de la guerra en los impuestos. El sistema impositivo del Norte tomó como modelo el británico en las guerras napoleónicas, pero fue más allá y no sólo tributaron productos de lujo e ingresos, sino también servicios, transacciones comerciales y herencias. Todos estos ingresos cubrieron los gastos derivados del conflicto y, en 1865, fueron suprimidos.

Pese a que la cantidad de oro que existía en el Norte era mayor que en el Sur, pronto Chase se vio obligado a emitir bonos, vendidos a un precio inferior al valor nominal para hacerlos más interesantes de cara los inversionistas. En febrero de 1862, el Congreso permitió la impresión de papel moneda (greenbacks). Al final de la guerra, se habían emitido un total de 492 millones de dólares. Al final, Chase había impedido que la situación se le escapara de las manos y evitó una devaluación exagerada de su moneda.

El resultado de la guerra fue un profundo empobrecimiento de la población del Sur y otro menos intenso en el Norte. En el Sur, entre octubre 1861 y marzo de 1864, los precios subieron cada mes un 10% de media, hasta el punto de que, en 1865, eran 92 veces superiores a los de cuatro años atrás. Mientras que un soldado ganaba unos 11 dólares al mes, en octubre de 1864, un barril de harina valía 425 dólares y una fanega de maíz, 72. Sin embargo, en el Norte, los precios habían aumentado, pero sólo un 60% de media. Los billetes de la Unión valían en torno a unos 50 centavos en oro al final de la guerra, mientras que el papel moneda de la Confederación valía 1 centavo en oro.

Pese a que los alimentos eran relativamente abundantes en el campo, sus problemas de distribución llegaron a causar hambrunas locales y productos indispensables como la ropa o el calzado se hicieron escasos. Por el contrario, la sociedad norteña se vio mucho menos afectada por la situación de escasez, que podían paliar a través de otras herramientas. En el Norte, el sistema financiero no se había corrompido del todo. Había mucho dinero en circulación y, a diferencia de lo que ocurría en el Sur, había productos que comprar.


Este comentario es parte de una serie de artículos relativos a la imposibilidad del cálculo económico en la Guerra de Secesión Americana. Para una lectura completa de la serie, ver también I y II.

Los ricos

En una sociedad libre donde los individuos persiguen fines particulares de manera competitiva en un entorno institucional basado en la propiedad privada, la mayoría de ellos termina acumulando cierta riqueza. Los ricos, denominados así por ser propietarios de suficientes bienes de capital como para que sólo con las rentas que éstos generen poder alcanzar un alto nivel de vida, son una consecuencia inevitable de la libertad individual.

El rico puede serlo por diferentes caminos: teniendo un notable éxito empresarial, produciendo bienes o servicios muy valorados; siendo un trabajador altamente especializado con un salario extraordinario; o lográndolo por herencia, juegos de azar, o por su pertenencia a una determinada familia, propietaria de una gran cantidad de bienes de capital y empresas. En cualquiera de los casos, el rico lo será dentro de un ámbito institucional, en relación y dependencia absoluta con el resto de agentes.

Los ricos, además de ahorrar, invertir en nuevos bienes de capital y reponer los ya existentes, son grandes y selectos consumidores. Con su gasto y elección, contribuyen a que los empresarios apuesten por nuevos bienes y servicios, investiguen, prueben, mejoren sus productos, y provean al mercado de calidades y aplicaciones mejores y alternativas. Los ricos gastan en tecnología, premian la innovación y lo hacen con la intensidad suficiente como para que todos esos nuevos bienes y sus aplicaciones sean menos costosos y, por tanto, accesibles a un público creciente.

Los ricos, más allá de su carácter productivo y como meros consumidores, patrocinan un tipo de solidaridad que tiende a no enquistar situaciones de dependencia y marginalidad. La competencia caritativa hace que se cubran las necesidades de un número mayor de causas de desamparo. La sensibilidad del individuo y la necesidad que tiene de corregir las tragedias que le rodean, y compensar, de algún modo, el infortunio más evidente, guía a quien dispone de suficiente riqueza como para vivir sin restricciones hasta convertirlo en un agente solidario perspicaz y creativo. La caridad que procede de la voluntaria aportación y movilización de los individuos no estabiliza la dependencia, sino que crea instrumentos que la reducen o transforman, cuando esto es posible. En los casos más críticos, los medios que se emplean tienden a ser mayores y mejor distribuidos entre las distintas causas benéficas.

La persecución fiscal se justifica en la idea falaz de que el individuo, libremente, nunca llegará a compensar las situaciones de desequilibrio e infortunio que resulten del propio proceso social. En este sentido, se defiende la centralización en la toma de decisiones sobre la redistribución de la riqueza, negando casi por completo esta facultad a todos y cada uno de los ciudadanos, quienes, por culpa de la política fiscal, terminan convirtiéndose en contribuyentes forzosos de un gran entramado estatal de pseudocompensación. La progresividad fiscal pretende penalizar a los ricos, exigiéndoles una contribución exponencialmente mayor que al resto.

La Política, con mayúsculas, representa la antítesis del panorama descrito al principio de este artículo, donde los ricos lo son o llegan a serlo porque son capaces de proporcionar al resto de individuos esos bienes y servicios más útiles para perseguir los fines más valorados por la mayoría. Muy al contrario, un orden social que reserva la riqueza a quienes, a través de la Política, expropiando, interviniendo o regulando en el mercado, alcanzan cotas de poder y prebendas equivalentes a las que en una sociedad libre sólo se lograría de la manera antes descrita, es un sistema basado en la violencia, el fraude y el expolio de la mayoría a favor de una casta privilegiada de dirigentes. Poco importa que éstos sean políticos con "cargo público", o políticos con "empresa privada".

La ideología que no llega a entender el papel de los ricos en la sociedad, porque tampoco entiende que su mera existencia es una consecuencia inevitable de la libertad individual, recurre al argumento moral para desprestigiar a quienes más riqueza acumulan. Existe cierta conexión con la persecución fiscal, dado que se utiliza el argumento de que los ricos nunca pagan suficientes impuestos, y que cuando pueden, los evitan o huyen a algún refugio fiscal.

De acuerdo con este principio, como los ricos "pagan pocos impuestos" (o "menos de los que deberían…"), ha de exigírseles una extraordinaria generosidad en proyectos de caridad. No es raro comprobar cómo muchos de esos ricos terminan cayendo en esta trampa, demostrando una absurda "mala conciencia" que no es sino el resultado de la injusta propaganda que promueven sus enemigos, que lo son también de la libertad individual.

Lo cierto es que sin necesidad de esta presión moral, en entornos de libertad, cuanto más tienen los individuos, más tienden a hacer donativos (voluntarios) a quienes consideran necesitados de atención. Sus enemigos, sin embargo, nunca lo entenderán de ese modo, sino que incidirán en el discurso de la mala conciencia, porque en realidad, "los ricos no aportan tanto como reciben de la sociedad". Los enemigos de los ricos defienden además que la riqueza de los que más tienen, procede precisamente de la explotación de trabajadores, de la destrucción del medio ambiente, de la creación de bienes y servicios que idiotizan o alienan a los consumidores con falsas necesidades…

Pero la realidad es tozuda, y la demagogia cae por su propio peso. El único mundo donde podría no haber ricos, en los términos descritos para una sociedad libre, sería muy parecido a la antigua URSS, donde el poder político se confundía con el económico, y sus detentadores lo obtenían sirviéndose de medios ilegítimos, la conspiración, la purga y el engaño, y sobre todo, gracias a la violencia atroz y generalizada ejercida precisamente sobre el resto de individuos, a quienes se les condenaba a ser más pobres y dependientes de lo que lo serían en un mercado libre.

Los enemigos de los ricos, con sus discursos hueros y cargados de inquina, no afrontan la gran contradicción unida a su defensa a ultranza del Estado frente al Mercado. Las grandes mansiones, los mejores coches y el lujo más obsceno seguirían estando al alcance de unos pocos. Pero a costa de que esta nueva élite de Partido, seguramente inferior en número y mucho más cerrada de lo que son los más ricos de una sociedad libre, disfrutase de los placeres que reporta el control ilegítimo de los medios de producción, el resto, un número mayor y mucho más homogéneo de ciudadanos, viviría terriblemente peor y sin libertad.

Las importantísimas funciones que cumplen los ricos en las sociedades libres no las puede suplir ninguna organización burocrática estatal. La conservación e incremento del capital, la innovación tecnológica y una caridad potente, descentralizada y perspicaz, sólo son posibles cuando los individuos pueden amasar fortunas sin otra restricción que el Derecho, la propiedad privada y la libertad del resto de individuos.

@JCHerran