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Capindialismo (I). Dislates tras la independencia

Después de la independencia en 1947, buena parte de los recursos de la India se orientaron hacia la creación de un Estado democrático, pero centralizado y de exaltación nacionalista. Formalmente quedó dividido en diferentes estados federados (actualmente 28) y en uniones territoriales (hoy 7). Se importó de fuera un modelo de Estado ajeno a la propia historia y rica diversidad india.

Los procesos de centralización estatal en Europa a partir del siglo XVI se basaron en una intensa homogeneización cultural con el fin de lograr la construcción de identidades nacionales. Este manto uniformador practicado en occidente fue sencillamente imposible en la nueva India por su compleja realidad pluriétnica, plurirreligiosa y plurilingüística (unos dos mil idiomas y dialectos, de los cuales sólo son reconocidos de manera oficial veintiuno). Esto no fue óbice para que se llevara a cabo un proyecto estatista cuyo gobierno central quedaba fuertemente reforzado en detrimento de los estados y de otros gobiernos locales descentralizados, como los tradicionales panchayati (sólo recientemente se incorporó dicha institución local a la Constitución india).

La India se adhirió de forma entusiasta al modelo de desarrollo socialista desde su independencia. Se impuso una economía de planificación centralizada. El padre de su emancipación moderna, JawāharlālNehru, fue un rendido admirador de la economía soviética y de Stalin (la misma URSS ofreció apoyo a la descolonización india). Pese a que existieron desde sus inicios conglomerados privados de origen familiar y pese a que no todos los factores de producción pasaron a manos del Estado, éste fue el único agente económico relevante. Por ello, desde su separación del imperio británico, el mercado perdió allí prácticamente toda su razón de ser como mecanismo asignador de recursos.

Desde los años 50 hasta fines de los 80 fueron constantes, por tanto, las bajas tasas de crecimiento anual que experimentó el subcontinente indio en contraste con las altas tasas de los tigres asiáticos. El economista Raj Krishna llegó incluso a acuñar el término de "tasa de crecimiento hindú", dando a entender que existían límites al crecimiento en dicha nación dada su idiosincrasia. Otro economista, Arun Shourie, desmontó dicha falacia al señalar las políticas laicistas y muy socialistas como las responsables directas de aquel anquilosamiento, no teniendo nada que ver con ello el hinduismo.

Las reiteradas manipulaciones en los procesos de mercado fueron llevadas a cabo mediante sucesivos planes quinquenales aún hoy existentes (el año próximo estrenarán su duodécimo plan económico). Con frecuencia se olvida que la India era la séptima nación industrial antes de su independencia. Desde entonces, su economía estuvo volcada en devenir una potencia nacional y militar a expensas de sus masas depauperadas. Todo nacionalismo, sobre todo en grandes países, tiende a ser intervencionista en el interior y proteccionista frente al exterior. El nacionalismo indio no fue excepción.

La heredada burocracia del imperio británico no hizo sino crecer y perfeccionarse tras su independencia. Llegó a límites irracionales. Como botón de muestra mencionaremos la licencia Raj, vigente hasta 1991. Con la coartada de distribuir (¡ah, los distribuidores!) equitativamente el trabajo entre todos los indios y todas las regiones de la India, durante más de cuarenta años toda actividad económica de aquel país estuvo sometida a innumerables permisos por parte de laberínticas instancias burocráticas que regulaban con minuciosidad la cantidad, la forma, el lugar y el modo de producción o la manera de ofertar servicios. Se debía obtener no menos de cien certificados de "no objeción" para el desarrollo de cualquier actividad media. Cada instancia debía ir firmada y sellada por un ejército de funcionarios-brahmanes con arraigados sentimientos de desprecio por los negocios y por la actividad privada en general. Excuso decir que con ese sistema de administración opresiva la corrupción se convirtió en el deporte nacional. Además, con ello se impidió gravemente el desarrollo normal de su inmenso mercado interior y el aprovechamiento de sus economías de escala.

Por su parte, la rígida legislación laboral india que pronto instauraron sus poderosos sindicatos impidió que surgieran grandes fábricas intensivas en mano de obra y exportadoras de productos manufacturados tal y como ocurrió en otros países asiáticos. Escasearon, pues, sus terminales de contenedores de relevancia internacional que hicieron que el subcontinente indio se conectara tarde y mal al fenómeno de la globalización. El único puerto importante hoy es el ubicado en Mumbai.

A esto hubo de añadirse la desconfianza de su torpe clase política hacia el mercado mundial, la cual se empeñó en mantener una autarquía mediante una política de sustitución de importaciones. No querían ser dependientes de occidente. El nivel promedio de aranceles llegó a ser del 87%. Las teorías de Raúl F. Prebisch y de Gunnar Myrdal fueron las inspiradoras de tamaño desvarío al ignorar que el comercio es siempre una fructífera relación entre comprador y vendedor. Otros "hitos" de la emancipación nacional vinieron luego de la mano de Indira Gandhi al decretar la autonomía alimentaria, así como los programas de esterilización semiforzosa en un intento de diseño arrogante de desarrollo. En consonancia con estas ideas dominantes de entonces, muy pocas voces se alzaron contra dicho modelo aberrante de crecimiento. Sólo la honestidad intelectual del lúcido Peter Th. Bauer brilló con luz propia como excepción crítica frente aquella opinión mayoritaria.

La década de los 70 fue especialmente desafortunada. Los grandes negocios y los ingentes beneficios fueron vistos con desconfianza. Desde el punto de vista industrial, el gobierno se propuso evitar la concentración del poder económico en unas pocas empresas privadas. Fruto de ello, fue la aprobación de una severa ley contra los monopolios y las prácticas restrictivas en 1970 que no hizo más que obstaculizar la estructura productiva y dinámica que la India precisaba. Por el contrario, tal y como pregonaba el laborista y pensador Harold Laski, que tanta influencia tuvo entre los jerarcas indios de la época, el Estado era la coronación del moderno edificio social teniendo supremacía sobre todas las demás formas de agrupación social; el gobierno de la India vio deseable, por tanto, el concentrar el poder económico en manos públicas por lo que empezó a nacionalizar cada vez más sectores de la economía (industria, minas, seguros, bancos…).

Durante las cuatro décadas de post-independencia, los índices de pobreza del país indostaní se enquistaron sin experimentar apenas mejora y eso que contó con la bendita y criticada Revolución verde. Pocos han denunciado este decepcionante historial del Estado moderno indio planificador.

El populismo reinante de aquellos años se reflejó asimismo en una tributación confiscatoria y caprichosa. Mientras la actividad agrícola quedó exenta, los tipos del impuesto directo fueron aumentando gradualmente hasta llegar a alcanzar el 97,5% (!) en el tipo marginal superior. El impuesto de sociedades, por su parte, vio fluctuar su tipo impositivo entre el 55 y el 80%. Era probablemente el país con la mayor carga tributaria del mundo. La evasión se convirtió en una cuestión de supervivencia. El camino hacia el desastre de todo este aislamiento e intervencionismo excesivo llevado a cabo por la clase política estaba ya trazado; era cuestión de tiempo que estallara.

Así, a finales de junio de 1975 se decretó el estado de emergencia y su correlativa suspensión de derechos civiles; su paroxismo de abuso de poder y detenciones masivas a punto estuvo de llevarse por delante su democracia. Cuando el grado de acoso a las libertades económicas y empresariales ejercido por los gobernantes alcanza cierto límite, no tardan en caer las demás libertades y derechos de sus gobernados. La libertad es indivisible; es un mal negocio restringir cualquiera de sus facetas.

La India se convirtió, pues, en una atrasada autarquía de innumerables licencias kafkianas acompañadas de un rígido mercado laboral, una presión fiscal desbocada y una regulación rampante. La consecuencia inmediata fue el inmovilismo y la destrucción de cualquier incentivo por desarrollar proyectos empresariales. De ahí el fenómeno masivo de la diáspora india –considerable hacia Reino Unido, EEUU, Canadá, Sureste Asiático y Oriente Medio- constituido por cientos de miles de "refugiados económicos" que voluntariamente huyeron de aquella India estancada y corrupta hacia otros sitios más prometedores del planeta con el fin de desarrollar sus legítimas aspiraciones.

Hubo que esperar muchos años antes de que la cordura hiciera acto de presencia entre los dirigentes indios. Sólo cuando las ideas contrarias a la colonización empezaron a perder fuerza, pudieron tomar su relevo aquellas otras un poco más respetuosas con la economía de mercado y los intercambios internacionales.

Este proceso de descolonización mental supuso una verdadera liberación, tal y como argumentó el ejecutivo y columnista Gurcharan Das. También influyó para que cambiara la mentalidad de allí el regreso ocasional de los indios de la diáspora que exhibían su fortuna y conocimientos adquiridos en el extranjero. Fueron considerados héroes, y en verdad lo fueron. A su manera, y sin pretenderlo, desempeñaron un papel importante en la legitimación del capitalismo en su país de origen.


Este comentario es parte integrante de una serie publicada acerca de los daños y secuelas producidos en la India al abrazar el socialismo tras su independencia y la transformación que supuso la tardía introducción de un capitalismo sui generis en dicho país a partir de julio de 1991, pese a contar aún con numerosos lastres endémicos. Para una lectura completa de la serie, ver también II y III.

Empresarios privilegiados: el oxímoron de nuestros días

El martes 2 de octubre fue entrevistado en el programa de Melchor Miralles "Cada Mañana Sale el Sol" el vicepresidente de la CEOE, Arturo Fernández (la entrevista, aquí). El reconocido restaurador habló en tanto que vicepresidente de la patronal, institución que disfruta de subvenciones estatales que, tal y como consta en la propia página de la CEOE, integra y representa a más de 5.000 organizaciones de base que aglutinan a 1.450.000 empresarios y autónomos. También fue preguntado como empresario titular de la contrata de la hostelería del Congreso de los Diputados y la Asamblea de Madrid.

Melchor Miralles le puso en evidencia al mostrar un ticket del menú completo en el que aparece el precio para un diputado de la Asamblea de Madrid: 3,55 euros. Mientras tanto, en otros establecimientos (por ejemplo, universidades privadas) donde la empresa "Arturo" tiene la contrata, un menú completo cuesta casi el doble. Hasta ahí, tal vez el problema es simplemente de mal gusto al cobrar menos a un diputado que a un universitario. Pero a nadie se le escapa que ese precio menor se debe a la subvención que recibe la empresa. Al intentar dar una respuesta coherente y vendible al periodista, Arturo Fernández afirmó que, en realidad, "eso son chascarrillos", que lleva 20 años siendo el restaurador del Congreso y la Asamblea y "si no hubiera una ayuda sería inviable poder atender a los señores diputados porque el negocio no da". Según afirmó, "no es una subvención a la comida de sus señorías sino una ayuda para mantener los cincuenta y tantos empleos que tiene en cada una de las cámaras". No es una subvención al menú sino "a la concesión". Y repitió en varias ocasiones "si no, es que sería inviable el negocio".

Bochornoso. No puedo evitar recordar las palabras de Adam Smith en La Riqueza de las Naciones cuando afirmaba que la "gente del mismo oficio rara vez se reúne (…) sin que la conversación termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios". Aquí lo tenemos: el señor Arturo Fernández, escaqueándose y cerrando la conversación con un "a mí no me digan nada, soy titular de una contrata". Da mucha vergüenza repasar la página del grupo de empresas de Arturo Fernández y comprobar el número de contratas públicas que tiene la primera empresa hostelera de Madrid.

Se trata del ejemplo de empresario privado que tenemos en España. Estos son los que van a crear empleo en nuestro país a golpe de subvención y compadreando con diputados nacionales y autonómicos. Efectivamente, por alguna razón tiene la contrata desde hace 20 años. Si el negocio no es viable, cierre, don Arturo. No nos haga asumir sus pérdidas. Porque hay miles de empresarios de hostelería a quienes supuestamente representa que están cerrando porque no tienen el privilegio del poderoso y nadie les subvenciona los menús.

Adam Smith defendía al empresario austero que competía sin privilegios. De hecho, su obra es un monumento a la abolición de los privilegios empresariales. Un empresario debería ser libre para buscar su propio interés sin dañar la libertad del otro. Y esa salvaguarda es la competencia. Gracias a ella, lo que mantiene o derriba las empresas es su buen hacer, su capacidad para satisfacer las necesidades del consumidor soberano, no el privilegio. Mientras ese monopolio en forma de tan longeva contrata permanezca y además implique usar el dinero público para la mayor gloria de un único empresario, los capitales y la actividad empresarial hostelera no fluirán adecuadamente. Este fenómeno, que seguramente se reproduce en los chiringuitos de playa y concesiones diversas, es especialmente sangrante cuando el privilegiado dice representar a 1.450.000 empresarios y autónomos, sin privilegios. Cualquier persona con conciencia y vergüenza torera dimitiría de su puesto.

Obviamente, eso no es un empresario. Es cualquier otra cosa.

El soberanismo

La noción clásica de soberanía la define como aquel poder absoluto, inapelable, exclusivo, supremo y no derivado que se ejerce sobre una sociedad política, diferenciada de otras, y que se asienta sobre un territorio definido (Bodino y Matteucci). Este término, además de totalmente desfasado en nuestros días, resulta engañoso cuando es utilizado en el discurso nacionalista. Poco importa que el nacionalismo provenga de la exaltación colectiva del genio nacional de un pueblo que sí dispone de Estado independiente, como que proceda de aquel movimiento particularista o independentista que aspire a tener un Estado propio.

Al hilo del concepto de soberanía nos topamos con el de independencia política. Son independientes, al menos en apariencia, aquellos pueblos que no se hallan sometidos al dominio de otros pueblos por disponer de una organización política capaz de frenar las intromisiones de otros gobiernos o Estados. El discurso nacionalista periférico (aquel que defiende la secesión de un cuerpo político más amplio) ignora la existencia de plena integración social y política del pueblo del que dice defender su derecho de autodeterminación, respecto del pueblo común al que se opone como si de dos cuerpos distintos se tratara. En este sentido, el nacionalismo concibe al pueblo como una realidad colectiva autodefinida, y no por el contraste con otros pueblos que resultan ciertamente extranjeros por falta de integración.

La autodeterminación, como reconocimiento político de la sociedad internacional a todo aquel pueblo que se halle sometido al dominio de otro pueblo sin que entre ambos exista plena integración política, es una facultad legítima que tiende a constituirse en movimiento reivindicativo. La autodeterminación, por tanto, sólo opera en situaciones de colonización o de auténtico sometimiento y segregación. En este caso, el pueblo sometido se define no tanto por la identidad cultural que le es propia como por el esfuerzo legislativo del Estado dominante por establecer límites y mecanismos de control sobre el mismo.

El ejemplo de los EEUU resulta muy ilustrativo. Se trata de una nación política moderna capaz de integrar varios pueblos, que muchas veces continúan definidos internamente, pero que sin embargo han tendido a unirse políticamente sin que el Estado haya necesitado utilizar importantes mecanismos de integración. Se trata, por otro lado, de pueblos que no serían capaces de definir un ámbito territorial propio dentro del territorio norteamericano, al menos no a un nivel lo suficientemente amplio como para siquiera aspirar a cierta autonomía política dentro de la nación común a la que pertenecen. La mera ciudadanía norteamericana, que iguala jurídicamente, y reconoce idénticas libertades públicas a todos los individuos, ha servido para que desaparezcan los elementos que en Europa sí han propiciado algunos nacionalismos legítimos.

Volviendo al concepto de soberanía, que es la aspiración fundamental de todo nacionalismo sin Estado o con un Estado relativamente sometido, no debe tomarse en su versión premoderna. La soberanía ha sufrido un proceso de despersonificación, abstracción y racionalización unida a la idea de poder. La teoría política, y su plasmación en los textos constitucionales, atribuye la soberanía a un concepto de nación política solo aplicable a sociedades integradas en términos no sólo culturales, sino políticos, económicos y morales. Las naciones modernas se desprendieron de sus rasgos meramente etnicistas para extenderse sobre órdenes sociales más amplios y complejos, de individualismo creciente, y en los que la acción y la participación políticas dejaban de pertenecer en exclusiva a una aristocracia poco numerosa dotada de privilegios ancestrales. La soberanía, abstracta y despersonificada, queda engarzada en las sociedades modernas como poder inapelable que ejerce el pueblo a través de un Estado.

La anterior definición, tan ingenua como imposible, choca con otra, no menos discutible, dada por Carl Schmitt, quien entiende que el soberano es siempre un individuo cuyas decisiones determinan el destino político de una comunidad al margen de que la fuente de su poder derive de un complejo proceso de reconocimiento social. Para Schmitt, soberano es quien decide en estado de excepción.

En los órdenes sociales complejos y plurales, que a su vez interaccionan o se integran a distintos niveles con otros órdenes similares, la soberanía es relativa y limitada, tanto interna como externamente. El nacionalismo periférico, identitario e independentista, sostiene todo su discurso sobre el mito de la soberanía como poder ilimitado, absoluto y despersonificado. La realidad es que tal cosa no existe, por no decir que no ha existido nunca en sociedades mínimamente avanzadas. Es un mito que se desvanece.

Lo cierto es que las naciones políticas propias de nuestra época, al menos en el mundo occidental, pueden ser tan amplias y plurales como quepa concebir. Lo realmente importante es el grado de correspondencia política e integración social que dé como resultado estructuras de poder compartido sistematizadas y distinguibles de otras equivalentes que ejerzan su potestad sobre pueblos y territorios distintos. No ha existido nación política moderna sin que un poder soberano, o un Estado, haya decidido previamente constituir una. Ha podido hacerlo ofreciendo ciudadanía y libertad, o bien a través de mecanismos coercitivos y de ingeniería social con mayor o menor éxito. Ha habido, igualmente, exitosos procesos federativos, propiciados por una identidad cultural anterior, pero que nunca habrían cuajado sin que existiera el interés político y económico de constituir uniones estatales suficientes. A partir de ahí, el proceso de homogeneización e integración en todos los órdenes ha resultado asimilable al de otros ejemplos de formación de grandes ámbitos de ejercicio de soberanía.

El discurso nacionalista maneja conceptos con la sola intención de manipular sentimientos y movilizar a las masas hacia una deriva desintegradora que rompa el statu quo sin que, previamente, se haya desligado el conjunto social afectado en el resto de sus órdenes. La ruptura política no puede plantearse como algo que no afecte a todo lo demás. El nacionalismo esboza un desafío claro al proceso natural de abertura y expansión del orden social (espontáneo), unido a formas federativas de poder (deliberadas). La tendencia ha de ser ascendente y compositiva, no descendente y deconstructiva. Carece de toda legitimidad y justificación aquel movimiento secesionista que no pretenda la independencia política de un pueblo que se halle efectivamente dominado por otro. El nacionalismo particularista, lejos de reivindicar la libertad para los ciudadanos, aspira exclusivamente a que se produzca un cambio de rostros, denominaciones y banderas en el ejercicio de la soberanía, la cual seguiría justificando una intromisión ilimitada en la vida de los individuos que pasaran a formar parte de ese nuevo ámbito de dominio político.

Sobre este mismo tema:

@JCHerran

La Guerra de Secesión Americana (II)

Un conflicto militar se desarrolla en tres niveles de fronteras confusas, difíciles de establecer. El nivel táctico es el más intuitivo para el común de los ciudadanos y al que nos solemos referir en comentarios improvisados, generalmente referido al intercambio de fuego, aunque es mucho más amplio. El nivel operacional, que tiene mucho que ver con el logístico y el movimiento de las tropas, muchas veces se da por supuesto y, sin embargo, ciertas decisiones en este nivel pueden determinar el éxito o el fracaso de un choque violento, incluso antes de comenzar, al colocar los ejércitos en posiciones ventajosas o cortando el acceso a los suministros del enemigo. El tercero es la estrategia, a la que en muchos casos se añaden las decisiones políticas. El nivel estratégico-político establece de alguna manera el contexto en el que se van a desenvolver los otros niveles, establece los objetivos a conseguir para alcanzar el triunfo y, de alguna manera, las reglas que se imponen al conjunto. Para que exista una mayor probabilidad de victoria, las decisiones en los tres niveles deben ser coherentes y acertadas, o al menos, más coherentes y acertadas que las del enemigo.  

Son esta complejidad y la incertidumbre del resultado las que invitan a los militares, al menos a los más formados, a no acudir al enfrentamiento de manera frecuente y, en todo caso, echar mano de la disuasión. Suele ser frecuente que los políticos tengan poca o nula experiencia militar, por lo que esta reflexión puede no ser realizada a tiempo. Teniendo en cuenta la rapidez con la que ambos bandos entraron en conflicto, no parece que esta preocupación hubiera tenido mucho peso en el cálculo político de los líderes de Norte y Sur.

Aunque a posteriori es fácil ver por qué se produjo la derrota del Sur y no la del Norte, había algunos aspectos que tendrían haber hecho a los políticos sudistas reflexionar, percatarse de que su plan de secesión era una locura política, pues podía convertirse, como así fue, en una pesadilla militar. Para que el Sur hubiera tenido la oportunidad de derrotar al Norte, se tenían que haber dado dos circunstancias, a saber: que su ejército hubiera conseguido una victoria rápida, en unas pocas batallas decisivas, y que su Gobierno hubiera obtenido un rápido reconocimiento internacional, en parte alentado por tales victorias. Ninguna de las dos se dio.

La planificación de un hecho caótico como es la guerra resulta harto complicada, y si el tiempo y los recursos son suficientes, suelen ponerse las cosas en su sitio. Pero lo anterior no implica que no tenga que haber planes de guerra y preparación para la misma, algo que el Sur no había hecho. No había realizado acopio de armas ni municiones, no tenía un ejército formado y preparado, sino una milicia con pocos o nulos conocimientos militares, no tenía objetivos estratégicos, sólo improvisación, voluntad política y apoyo popular. Y es que hay que reconocer que ambos bandos encontraron un más que entusiasta respaldo de sus ciudadanos, al menos los primeros años de conflicto, lo que es difícil de entender desde una sociedad como la nuestra.

Para que nos hagamos una idea de esta improvisación, quizá una de las decisiones más importantes fuese la elección de la capital de los Estados Confederados en Richmond (Virginia), a unos 160 kilómetros de la capital federal, Washington, lo que en términos militares de la época suponía sólo dos días de marcha. Ambas ciudades estaban protegidas por una densa red fluvial y una gran masa boscosa que las hacía fácilmente defendibles, pero a su vez, objetivos inevitables para ambos bandos. Una capital más alejada, situada en una de las dos Carolinas o incluso en Georgia, podría haber permitido una mayor flexibilidad en el manejo de los ejércitos y no habría condenado a ambos bandos a situar importantes ejércitos defendiendo y asaltando ambas ciudades, sobre todo para el Sur, en una situación demográfica desfavorable.

La planificación del Norte era tan improvisada como la del Sur. Sin embargo, presentaba una serie de factores que suavizaban estas carencias. Una capacidad financiera y logística para adquirir armas en el extranjero, una base demográfica con la que crear grandes ejércitos en caso de un conflicto prolongado, la capacidad industrial para satisfacer las demandas de dichos ejércitos, una marina de guerra que garantizaba el comercio propio y lo negaba al enemigo, una red de ferrocarriles que favorecía el movimiento de tropas y mercancías por su propio territorio y que facilitaba así el acceso al del enemigo, y un reconocimiento diplomático y político del que carecía el Sur.

A pesar de estas ventajas, sus efectos tardarían en hacerse determinantes, pues también el Sur presentaba las suyas. Éstas eran básicamente dos; por una parte, en el bando sudista se situaban los mejores generales tácticos y operacionales de la guerra, Robert E. Lee, Thomas "Stonewall" Jackson, J. E. B. Stuart, Nathan Bedford Forrest y Joseph E. Johnston. La labor de éstos y algunos otros oficiales durante los primeros años de la guerra fue fundamental. A diferencia de Lincoln, Jefferson Davis no tenía demasiadas dificultades a la hora de buscar militares que lideraran sus ejércitos. Mientras tanto, en Washington, congresistas, senadores y otros políticos revoloteaban en torno al presidente con la intención de conseguir gloria militar para adornar su carrera política. Fueron éstos y otros militares menos capacitados que los del Sur los que durante los primeros años de conflicto se convirtieron en carne de cañón para las tropas sureñas.

El otro factor que jugaba a favor del Sur era la enorme superficie y accidentada orografía del territorio confederado. Paradójicamente, Estados Unidos era en esa época un país relativamente desconocido. Para que nos hagamos una idea, la India estaba mejor cartografiada que los territorios americanos en aquella época. Los mapas eran un activo militar valioso que no debía caer en manos del enemigo. Como curiosidad, la biblioteca de planos que llevaba Ulysses S. Grant a la batalla y que había ido coleccionando como hobby, era más completa que la que tenía oficialmente el Gobierno Federal. De hecho, estas distancias fueron determinantes para que una victoria rápida, elemento esencial para el Sur, fuera imposible.

Así pues, ambos bandos se enfrentaban a la gran extensión del teatro de operaciones, de forma que los objetivos estratégicos, cuya toma podía haber determinado el fin de la guerra, estaban demasiado lejos para que tanto los ejércitos del Norte como los del Sur llegaran a ellos, pese a que intentaron una invasión física en varias ocasiones, enfrentándose a una pesadilla logística. Incluso para el Norte, el Sur tenía pocos objetivos que pudieran ser considerados verdaderamente estratégicos, dado el pequeño tamaño de sus ciudades y su escasa importancia relativa.

La Guerra de Secesión americana fue una guerra larga, una contienda en la que los soldados y oficiales aprendieron a hacer la guerra casi desde cero, pues tenían poca experiencia militar y desconocían en buena medida las estrategias y tácticas de los más experimentados ejércitos europeos. Ambos bandos aprendieron a costa de derramar sangre, y lo hicieron tan bien que adelantaron algunas de las situaciones a las que se enfrentarían los ejércitos europeos en la Gran Guerra medio siglo después. La guerra americana vivió la primera guerra de trincheras, se usaron por primera vez de manera efectiva submarinos y se construyeron y se enfrentaron entre sí los precursores de los acorazados, barcos que decidirían en las siguientes décadas y hasta la aparición de los portaviones, la guerra en el mar. Se inventaron las primeras minas terrestres, se usó el primer rifle de repetición, se hizo un uso extensivo del telégrafo, se utilizaron las líneas ferroviarias para transportar cantidades hasta ese momento desconocidas de tropas, mercancías y municiones, así como los globos cautivos para la observación, y por primera vez, los recursos industriales de uno de los bandos para mantener el esfuerzo de guerra. Además, en el Norte, se estandarizó la fabricación de uniformes y botas.

Y una guerra larga e innovadora suele ser una guerra cara. La financiación de la guerra y sus consecuencias es uno de los principales retos a los que se enfrentan los líderes durante el conflicto. Si éste es corto, por lo general no tiene un peso relevante, pero si el conflicto se alarga, la economía puede ser decisiva en su desarrollo y desenlace. Y esto es más evidente cuando lo prestado puede y debe ser devuelto, con sus respectivos intereses. Norte y Sur tuvieron distintos retos en distintos escenarios.


Se puede leer el primer comentario de esta serie aquí.

Efectos económicos de la independencia de Cataluña

Parece que en los últimos tiempos el separatismo propugnado por los políticos catalanes está acelerando su eclosión. Lógicamente, en torno al fenómeno proliferan los debates de todo tipo, desde administrativos y filosóficos, hasta deportivos (¿podría jugar el Barça la liga española?), y, por supuesto, económicos.

Como suele ser el caso, los análisis económicos se utilizan como arma arrojadiza de unos a otros. Unos dicen que será catastrófico para España y Cataluña (los patriotas españoles), y otros dicen que será maravilloso para Cataluña, y no les preocupa lo que pase a España (los patriotas catalanes). Y, sin embargo, la praxeología proporciona una herramienta potente y de resultados poco discutibles para tratar de anticipar los efectos económicos de dicho fenómeno, ceteris paribus, esto es, si nada más cambiara.

La deducción es bastante trivial, por cierto. Si no cambia nada más, la independencia del territorio catalán del estado español carece de efectos económicos significativos. Los individuos sitos en territorio catalán seguirían comerciando con los individuos de otras partes del territorio español prácticamente en idénticas condiciones a las actuales. Evidentemente, habría un fenómeno marginal ocasionado por patriotas españoles, que, ante la independencia, evitaran comprar productos de origen catalán. Pero, si estos productos son realmente mejores (y eso asumiendo que los individuos quieran dedicar tiempo a aislar el origen de los productos que compran, lo que tampoco sería trivial), en el medio plazo no se notaría mayor efecto, y más en un entorno de crisis donde la gente está para pocos caprichos.

Entonces, ¿de dónde salen las previsiones catastróficas que se suelen manejar tanto para Cataluña como para España de tal independencia? Evidentemente, de que tal independencia sí traería cambios, pero no cambios en las preferencias de los individuos, sino cambios en el comportamiento de los Estados involucrados.

Por ejemplo, se plantea implícitamente que el Estado español crearía fronteras en torno al estado catalán, castigando los productos de este origen, y dañando así la economía de los separatistas. Efectivamente, si tal se hiciera, se pondrían obstáculos al movimiento de recursos entre ambos territorios, lo que resultaría perjudicial y hasta catastrófico para españoles y catalanes. Pero ¿por qué habría de hacer el Estado español tal tontería? ¿Contaría con el apoyo mayoritario de los españoles?

Otra amenaza es que se fragmentara el mercado español por diferentes regulaciones en el territorio catalán y en el español. Pero, como muchos economistas ya han denunciado, tal ruptura de mercado existe ya en la actualidad. Es cierto que se podría agudizar, pero resulta difícil imaginar que ello nos pueda llevar a un nivel de catástrofe superior al que tenemos en la actualidad.

Más posible es que el nuevo estado catalán, viendo los precedentes históricos recientes y los intereses de la clase política catalana, opte por incrementar la presión fiscal de sus ciudadanos. Eso sí sería catastrófico para los catalanes, pero no se puede deducir de forma directa de la independencia.

Pudiere pasar justo lo contrario (obsérvese el uso del futuro de subjuntivo para transmitir la baja probabilidad a mi entender de tal evento), y que el nuevo estado catalán bajara los impuestos y liberalizara los mercados, entre ellos el laboral, cosas que se niega a hacer el Estado español hasta el momento. En ese caso, la independencia habría sido una bendición para el ciudadano catalán, y el aumento en la generación de riqueza de Cataluña posiblemente se trasladaría al ciudadano español, vía mejores precios y productos catalanes.

Es más, la pérdida de poder de cada uno de los nuevos estados respecto al actual (por disminuir su ámbito territorial) puede resultar positiva para la economía de ambas zonas. Una forma en que ello se podría producir sería, por ejemplo, mediante competencia fiscal, algo a lo que hasta ahora la Cataluña se ha negado con todas sus fuerzas, usando al estado central para forzar cierto tipo de colusión entre CCAA.

En resumen, los efectos teóricos sobre la economía de la mera independencia de Cataluña son neutros o incluso positivos, por la pérdida de poder de cada estado. Ahora bien, eso solo ocurriría si los Estados resultantes no hicieren el burro (y uso de nuevo el futuro de subjuntivo).

Así que mi recomendación es que se permita la independencia de Cataluña sin ningún tipo de medida disuasoria, que, ésta sí, podría dañar catastróficamente nuestra economía. Que no solo se permita la independencia de Cataluña, sino la de cualquier territorio, no importa su tamaño o configuración. Llevado al extremo, que se pueda independizar del Estado cualquier individuo que así lo desee.

Ojalá no quede el poder de independizarse, como tantos otros, solo en los políticos.

Las valoraciones y su expresión lingüística

Un agente intencional dirige su acción y elige según sus preferencias, que son subjetivas, relativas, dinámicas e interactivas. Sin embargo los seres humanos frecuentemente expresan valoraciones como si fueran entidades objetivas, absolutas y estáticas: “esto es bueno” en lugar de “esto me gusta”.

Expresar que algo es bueno o malo de forma objetiva puede referirse no a una preferencia psíquica sino a la existencia de una relación (física, biológica o técnica) de promoción o utilidad de una entidad sobre otra (la cual a veces no se menciona): “el agua es buena (para la vida)”; “el veneno es malo”. No se trata de una bondad (o maldad) absoluta, sino de una bondad para algo o para alguien: “esta medicina es buena para ti”; hay dos fenómenos distintos, los efectos reales de la medicina sobre el organismo y la valoración psíquica (que te gusten o no).

Las preferencias son subjetivas: son fenómenos psíquicos íntimos, privativos, que dependen de las características y circunstancias concretas y particulares de cada persona. Las valoraciones no existen si no existe un sujeto cognitivo que las genere y utilice para su acción: las cosas no tienen valor, sino que los agentes otorgan valor a las cosas. Aunque una situación externa objetiva sea la misma para dos sujetos, sus valoraciones pueden ser diferentes porque dependen de su estado interno.

Las valoraciones subjetivas pueden ser diferentes, pero no lo son necesariamente: en la medida en que los sujetos son semejantes también lo son sus preferencias. Algunas valoraciones son innatas, comunes a toda la especie humana por su carga genética compartida. Un entorno o una cultura común pueden contribuir a que las valoraciones de los individuos sean más parecidas.

Las valoraciones son subjetivas pero no son arbitrarias: tienden a ser funcionales, a dirigir la conducta de forma favorable al desarrollo y la supervivencia del agente; si guían la acción hacia conductas y resultados nocivos, el sujeto (y con él sus preferencias) se extingue. Algunas preferencias son innatas, otras pueden aprenderse mediante experiencias personales placenteras o dolorosas, o mediante la enseñanza o persuasión de seres queridos, expertos o figuras de autoridad (dinamismo e interactividad de las valoraciones).

Los seres humanos utilizan el lenguaje para interaccionar en sociedad, influirse mutuamente, comunicarse y transmitir información (o desinformación para el engaño). Mediante el lenguaje un individuo (el emisor, hablante, escritor) hace algo a otro individuo (el receptor, oyente, lector), actúa sobre él, le causa algún cambio o efecto. Muchos mensajes se refieren a valoraciones, pero la manifestación de las preferencias no es necesariamente sincera: es posible exagerar la valoración de lo que se quiere vender o disminuir la valoración de lo que se quiere comprar (negociación, regateo), fingir que se sufre mucho y hacerse la víctima para justificar recibir alguna ayuda o privilegio, o realizar gratuitas afirmaciones de buenos deseos para todo el mundo y declaraciones políticamente correctas de lo mucho que uno valora todo aquello que suene bien (la solidaridad, el altruismo, la justicia social, la paz en el mundo). Puede haber discrepancias entre lo que uno hipócritamente dice que quiere y lo que con sus acciones demuestra que realmente le importa.

En el habla humana distintos tipos de contenidos (hechos, valoraciones y reglas) a menudo están mezclados o incluso confundidos y presentan sesgos sistemáticos: se mencionan reglas (obligaciones, prohibiciones) como si fueran hechos inamovibles sin necesidad de justificación o explicación (“debemos hacer esto”, “no podemos hacer aquello”); se expresan valoraciones subjetivas particulares como si fueran realidades objetivas universales (“esto es bueno o malo”); se pretende regular las valoraciones (“esto es indeseable”).

Esta falta de claridad y precisión puede deberse a procesos de economización lingüística (si se conoce el contexto se entiende lo que se quiere decir, sólo se enfatiza brevemente parte de la realidad); puede ser resultado de las limitaciones e imperfecciones de las capacidades cognitivas y lingüísticas de los seres humanos (no se conoce la realidad o no se habla correctamente de ella); pero también puede ser una estrategia, consciente o inconsciente, mediante la cual el hablante intenta gestionar sus relaciones públicas y mejorar su propia imagen (afiliándose con “lo bueno” los individuos compiten por su estatus o reputación en un entorno social) o manipular a los demás inculcándoles determinadas preferencias o reglas de conducta (todo agente puede ser un medio para otro agente que lo controla). La manipulación puede ser egoísta (publicidad de una empresa para que se desee y venda su producto) o altruista (el “nene, caca” de una madre que intenta evitar que un hijo se haga daño con conductas cuyos peligros desconoce).

La expresión de ciertas valoraciones como hechos objetivos sin referencia a ningún sujeto que protagonice la preferencia (“esto es bueno” en lugar de “esto me parece bueno” o “esto me gusta”; “esto es asqueroso” o “esto es inaceptable” en lugar de “esto no me gusta” o “esto va contra mis intereses”) puede ser un intento de imponer a otros una preferencia particular camuflándola como algo objetivo que no puede depender de la opinión de nadie. Por ejemplo “este salario o estas condiciones de trabajo son indignas”, o “la naturaleza tiene valor intrínseco”: para defender sus propios intereses o gustos el intolerante niega su carácter subjetivo; quizás ni siquiera es capaz de imaginar la posibilidad de que otra persona tenga preferencias diferentes de las suyas.

Los seres humanos suelen discutir sobre qué es mejor, defendiendo cada uno su opinión particular. Las valoraciones subjetivas no sólo se objetivizan sino que se expresan mediante términos grandilocuentes: lo más alto, lo más noble, lo ético, lo moralmente superior. Algunos filósofos utilizan la argumentación para proclamar con rotundidad que su propia actividad de pensamiento es la tarea más alta y noble posible, lo mejor: no reconocen el conflicto de interés que les afecta. Buena parte de la filosofía moral no es más que el intento de unos de decirles a otros lo que deben querer, aquello a lo que deben aspirar. Presuntos sabios que no se dan cuenta de su profunda intolerancia hablan de la posibilidad de no saber valorar correctamente, de no valorar de forma adecuada ciertas cosas, especialmente aquellas que los individuos intercambian libremente en los mercados: en realidad están expresando metapreferencias (preferencias sobre las preferencias de otros) e imponiendo sus propias valoraciones sobre las ajenas.

La objetivización de las valoraciones también puede ser un intento y un resultado de conseguir, mediante la presión de la conformidad social, una mayor uniformidad en ciertas preferencias de los miembros de un grupo para facilitar la convivencia y la cohesión social: el amor al propio grupo, a una misma tribu, patria o nación y sus símbolos (banderas, himnos, héroes, divinidades), o a ideales de solidaridad. La uniformización de las preferencias evita conflictos entre valores incompatibles y facilita la integración de agentes con intereses compartidos en colectivos con mayor capacidad de acción conjunta. Lo que el grupo valora se expresa de forma objetiva como bueno, se omite la posibilidad de discrepar al respecto: quizás incluso se olvida o cuesta pensar que es posible hacerlo. El disidente puede ser percibido como alguien no integrado o como un enemigo. La armonía interna contrasta con los conflictos externos con otros grupos: nosotros somos los buenos, los que queremos el bien, tenemos justificación para lo que hacemos; los otros son malos, quieren el mal, deben ser destruidos.

¿Reconsiderar la libertad?

Las recientes reacciones contra un vídeo y unas caricaturas publicados en Estados Unidos y Francia, que los musulmanes del mundo entero consideran ofensivos, merecen una atenta reflexión sobre los enormes peligros que acechan a la libertad de expresión en el mundo.

Comencemos por repasar la cadena de acontecimientos. La subida a Internet de un vídeo satírico deliberadamente destinado a la mofa y befa de un personaje histórico como Mahoma, el principal profeta de los musulmanes, sirve como pretexto a unas hordas de fanáticos seguidores de esta religión para asaltar el consulado norteamericano en Benghazi y asesinar a su embajador y otras tres personas de esa legación diplomática en Libia. Durante los días siguientes, las embajadas de EEUU, Reino Unido y Alemania sufren ataques en Sudán y Túnez por parte de similares turbas que arguyen la misma justificación y responsabilizan a los gobiernos de tan representativos países occidentales de promover el antiislamismo.

Días más tarde, una revista satírica francesa, Charlie Hebdo, publica unas caricaturas sobre el mismo personaje que desatan nuevas protestas y amenazas, hasta ahora con un resultado incruento, pero que llevan al gobierno francés a adoptar medidas especiales de seguridad en todas sus embajadas y centros oficiales en veintidós países islámicos.

Desde el momento que se produjeron los crímenes, el debate sobre la naturaleza del vídeo y las caricaturas de marras no pasa de la anécdota frente a la monstruosidad cometida por aquellos que dicen sentirse indignados, ofendidos o damnificados por las burlas. Sin embargo, lejos de centrar la cuestión en lo intolerable de este tipo de atentados que tratan de justificarse como respuestas a una agresión equiparable anterior, la mayoría de los medios de comunicación occidentales tomaron partido por la causa de los supuestos humillados y comenzaron a lanzar mensajes desautorizando a los autores de esos documentales y revistas. Como si fuera su función juzgar los límites de la libertad de expresión. A este respecto, el gobierno norteamericano destacó por su renuncia a defender uno de los pilares fundamentales de su propia constitución. En lugar de aclarar los límites de su función,  presionó al servidor donde se encuentra colgado el vídeo para conseguir su retirada. Al mismo tiempo, no tardó en revelar la identidad del supuesto productor y relacionar aviesamente la revisión de su condena condicional por un delito de estafa -con interrogatorio sin detención por parte del FBI incluido- con una conducta para la que no existe una sanción penal. El gobierno socialista francés tampoco ha destacado por defender esa libertad de expresión, a pesar de una alusión a la misma de su ministro de asuntos exteriores.

Recuerdo la espontánea reacción de solidaridad que en 1989 desató la condena a muerte ("fatwa") por blasfemia dictada por el ayatollah Jomeini contra el autor de los "Versos satánicos", Salman Rushdie. Acaso fue la última vez que un ataque tan brutal a la libertad de expresión suscitaba un generalizado rechazo en las sociedades libres. Lo que entonces eran voces minoritarias de condena al "blasfemo" Rushdie han pasado a ser mayoritarias. Entonces, como ahora, los argumentos que se esgrimían son los mismos. Desde la perspectiva de la libertad de expresión, no cabe entrar en disquisiciones sobre si los vídeos y las caricaturas son subproductos de pésimo gusto frente a la calidad de una novela de un autor consagrado. ¿Qué ha cambiado? Que la agenda de la corrección política se ha configurado como la ideología dominante. El asesinato de Theo van Gogh y la posterior estigmatización de Ayaan Hirsi Ali ya demostraron que la claudicación frente al fanatismo religioso musulmán tenía una amplísima batería de propagandistas. En apenas treinta años, los llamados progresistas occidentales han convertido en tabú toda crítica acerva al Islam y amalgamado en su propaganda a los defensores de la libertad con posiciones de extrema derecha.

Nótese que los países occidentales, sometidos a gobiernos fuertemente intervencionistas y arbitristas, probablemente no han caído en el totalitarismo más absoluto debido, precisamente, a la existencia de espacios de libertad que se consideraban intocables. Así, la libertad de expresión, aun con excepciones, ha venido considerándose por los juristas de ambos lados del Atlántico como una precondición para el desarrollo de una sociedad libre. Con no pocas controversias dentro de la sociedad, dependiendo del sesgo de los supuestos agraviados, un brillante cuerpo doctrinal fue elaborándose en el Tribunal Supremo aplicando a casos particulares la primera enmienda de la Constitución norteamericana. La defensa de esa libertad, que, como una manifestación más de la libertad ideológica y religiosa, sostuviera John Stuart Mill, parecía no tener opositores serios hasta hace poco. Incluso con zonas más ambiguas, las convenciones europeas de derechos humanos y el pacto de derechos civiles y políticos, auspiciados por el Consejo de Europa y las Naciones Unidas, dejaron patente durante muchos años que existe una sustancial diferencia entre los regímenes políticos que respetan esos derechos y aquellos otros donde el gobierno o una mayoría impone una determinada visión del mundo y, por lo tanto, la censura de las opiniones discrepantes.

Pero hete aquí que de un tiempo a esta parte esas claras diferencias están desapareciendo aceleradamente. Durante un tiempo, la BBC británica presumió de una objetividad que incluso reconocían los críticos de una televisión estatal que se financia principalmente por un impuesto especial que pagan los propietarios de aparatos de televisión del Reino Unido. En sus programas podían contemplarse opiniones de muy distinto signo, a menudo discrepantes. Es por esto por lo que la semana pasada sentí un escalofrío al observar la cobertura informativa que su canal internacional daba a la publicación de las caricaturas de la revista francesa. Es cierto que recabaron la autodefensa que el editor de la publicación ofreció a los medios de comunicación sobre su derecho a hacerlo. Pero, en un salto cualitativo, además de unos comentarios del periodista que valoraba las caricaturas "incluso como ofensivas para los no musulmanes", presentaron un primer plano de la portada de la revista donde solo se podía ver su título con las caricaturas cubiertas. La BBC considera que no debe mostrar precisamente el contenido que suscita la controversia y lo censura. Lejos quedan los días de la presentación de los hechos para que los televidentes juzgaran según sus propias convicciones.

Para los que defendemos la libertad, este ejemplo sería anecdótico si solo afectara a la BBC. Sería un problema de sus telespectadores y los contribuyentes británicos soportar las peroratas políticamente correctas de tan conocido medio de comunicación. Lo trágico es que esa deriva está socavando insidiosamente los que parecían bastiones de la defensa de la libertad y pueden llegar a afectar a la judicatura. En las sociedades occidentales parecía asentada la idea de que el ejercicio de la libertad permite la tolerancia de críticas ácidas y burlas, por más que éstas sean de mal gusto o desagradables en opinión de sus destinatarios o un sector influyente. En ningún caso podían equipararse esas chanzas o críticas con un acto real de agresión merecedor de una respuesta defensiva. Ahora se imponen los dobles raseros para, al fin al cabo, reconsiderar el ejercicio de la libertad.

Un aspecto no menos preocupante de esa "comprensión" por sensibilidades tan incompatibles con la libertad guarda una relación proporcional con los desmanes y crímenes que son capaces de cometer quienes se proclaman afectados.

Antropología cristiana y economía de mercado

Tenía pendiente escribirles sobre una segunda conferencia que ha promovido el Centro Diego de Covarrubias gracias al soporte de la Fundación Rafael del Pino (los comentarios a la primera, las encontrará el lector aquí). Ésta se celebró a comienzos de julio, y el profesor invitado fue Gabriel Zanotti, de la Universidad Austral de Buenos Aires.

El título de la charla, con el que encabezo nuestro comentario, es similar al de un interesantísimo libro suyo publicado por Unión Editorial en 2011, al que se añade en las páginas interiores la siguiente coda: "… Sobre la base de Santo Tomás de Aquino y la Escuela Austríaca de Economía". Desde luego que invita a su lectura.

El profesor Zanotti es bien conocido en nuestro Instituto (participó en la Universidad de Verano de 2007 en Aranjuez hablando sobre "La filosofía de la Escuela Austríaca"; tema sobre el que además tiene editados varios libros en UE y en la Universidad Francisco Marroquín), pero sobre todo es un gran ciber-comunicador: a través de sus propios blogs y del eficiente Instituto Acton Argentina (del que es Director Académico). En esta ocasión pudimos comprobar que también es un ameno y entretenido conferenciante.

Su discurso trató sobre la compatibilidad y ausencia de contradicción entre una concepción cristiana del hombre, basada en Santo Tomás de Aquino, y las nociones de racionalidad, orden espontáneo y mercado desarrolladas por la Escuela Austríaca de Economía, concluyendo con el tema de la posibilidad de la santificación de la acción empresarial. Pero veámoslo por partes:

Comenzaba explicando ese acceso escolástico a la Ciencia Económica, que nos llevaría en seguida a hablar de la Escuela de Salamanca. Partiendo de los conceptos de limitación, escasez, ruptura de la armonía natural (que en lenguaje cristiano es hablar del pecado), señalaba cómo la respuesta humana sería aplicar la racionalidad al mundo de la economía. Pero no desde un imposible cálculo matemático, sino desde la "función aprendizaje" (empleando la expresión de Hayek): hay que partir de la realidad de un conocimiento disperso, en el que los precios funcionan como señales. Por el contrario, la obsesión socialista por la planificación tiene como resultado un mayor desconocimiento del problema y, por lo tanto, una menor capacidad para resolverlo.

En este punto, sin embargo, Zanotti no se refiere tanto a los fundamentos escolásticos de la economía de mercado sino que va más directamente a la concepción de persona. Le interesaba proponer una antropología de fondo que permita superar esa (aparente) contradicción entre un ejercicio de la acción humana desde la perspectiva de la libertad cristiana y aquella compleja condena del liberalismo desde los presupuestos de la Iglesia Católica del siglo XIX. Para lo que plantea establecer un diálogo sin prejuicios con el pensamiento austríaco de Mises y Hayek, como ya había escrito en su libro Antropología cristiana:

Por supuesto, de una antropología cristiana no se puede deducir que Hayek tenga razón, pero su punto de partida -el conocimiento humano limitado y la creatividad intelectual como su contracara- nos parece mucho más compatible con todo lo que hemos afirmado de la inteligencia humana desde una antropología cristiana, donde la inteligencia humana es limitada en sí y más limitada aún por el pecado; pero herida por el pecado original, tiene la capacidad de crear, de dar sentido, de interpretar (todo faliblemente)…

Hay que aclarar que tanto Mises como Hayek dependieron también, en cierta medida, en sus planteos, de la noción de racionalidad instrumental de Weber y absorbieron sin darse cuenta la negación de la metafísica, típica del positivismo y neopositivismo de su tiempo… al cual combatieron tanto, sin embargo desde un punto de vista epistemológico. Ricardo Crespo lo ha señalado muy bien (La crisis de las teorías económicas liberales, 1998).

Pero por ello mismo, he desarrollado la tesis de que las nociones fundamentales de estos autores sobre la racionalidad limitada, si se eliminan los factores remanentes de sus posiciones antimetafísicas, son totalmente compatibles con una antropología cristiana con base en Sto. Tomás de Aquino y en Husserl, donde la acción humana es acción libre e intencional, además de intersubjetiva (p. 68).

Con mis disculpas por tan larga cita, vuelvo a la última parte (y más sorprendente, añadiría) de su conferencia: la santidad del empresario. Acudiendo al Concilio Vaticano II, Zanotti explicaba que la vocación de todo cristiano es una llamada a la excelencia, una aspiración a la santidad. También para el empresario: su vocación se materializa en el proyecto que desea sacar adelante; tiene un anhelo, una idea, un sueño que conseguir. Y no con aquella interpretación weberiana de la ganancia como señal del éxito empresarial y de la predestinación; sino como una consecuencia lógica del buen ejercicio de su trabajo. Necesita rentabilidad, por supuesto, pero como medio, no como fin. El fin es el proyecto; lo que pone en marcha su energía y su capacidad es esa idea final.

Ahora bien; este legítimo derecho (y casi, obligación) al beneficio empresarial se matiza, en una perspectiva cristiana, con la exigencia al desprendimiento y a la solidaridad. Pero no desde ese trasnochado discurso pseudosocialista de la justicia social y el reparto a los pobres, sino desde una conciencia de la virtud personal y la mirada "al otro en tanto otro". Podría ser interesante completar esta conferencia de Gabriel Zanotti con otro libro suyo más reciente: Ley natural, cristianismo y razón pública, que justamente se presenta estos días en Buenos Aires. Aquí trata del problema (de nuevo) sobre la conciliación del mundo moderno con la fe y la cultura cristiana, proponiendo un mayor esfuerzo de comunicación por parte de la Iglesia, sin abandonar esa pretensión de verdad y universalidad que ya postulaba desde sus primeros tiempos.

Thomas Szasz: La nueva psiquiatría libertaria

Si le hablas a Dios, estás rezando; si te responde, tienes esquizofrenia.
T. Szasz

Este pasado 8 de septiembre falleció una de esas personas cuya falta de popularidad y nombre entre el público resulta bastante injustificada. Parte de esto podría deberse a un mensaje, el suyo, más que incómodo para no pocos poderes tanto formales como fácticos. Thomas Szasz, nacido en 1920 en Hungría, con apenas 18 años se trasladó a estudiar y vivir a EEUU, donde acabó estudiando medicina y especializándose en psiquiatría. Pronto destacó como un profundo crítico de la psiquiatría oficial.

Baste mencionar, para comprender su antagonismo con la psiquiatría dominante, que Szasz consideraba por ejemplo falsa la existencia de enfermedades de tipo mental. Tal es el argumento central de su obra El Mito de la Enfermedad Mental. Szazs afirmaba que el concepto de “enfermedad”, según la definición clásica-victoriana, sólo es aplicable a lesiones del cuerpo físico y sus órganos. A lo que uno replicará que el cerebro es, sin duda, también un órgano. Szasz no niega evidentemente esto, sino que puntualiza que las enfermedades del cerebro como órgano son estudiadas por la neurología. La psiquiatría, sin embargo, ocupada de la mente, no trataría de enfermedades en tanto la mente no es un órgano físico. Es decir, hablar de mente enferma sería para Szasz como hablar de una economía enferma; se trata meramente de metáforas lingüísticas. La psiquiatría estudiaría por tanto comportamientos, pero no enfermedades. Si uno acaba teniendo problemas de comportamiento por una enfermedad cerebral (intoxicaciones, infecciones, etc., cerebrales), esto pertenece por tanto a la neurología, no a la psiquiatría. Y si un día halláramos que todos los problemas mentales son enfermedades cerebrales, la psiquiatría desparecería en pos de la neurología. Como inequívocamente aclaraba Szasz, si un problema no puede observarse en una autopsia no es una enfermedad.

Son otros sin embargo los argumentos en los que Szasz fue más contracorriente. Basándose en sus profundas ideas libertarias e individualistas –de que uno es dueño absoluto de su cuerpo y mente-, Szasz fue un incansable crítico del uso del tratamiento en pacientes de forma coactiva, o dicho resumidamente de la hospitalización involuntaria. Forzar a alguien a ser hospitalizado o tratado contra su voluntad es mera y llanamente esclavitud, y todos somos y debemos ser libres en tanto no hayamos arrebatado antes la libertad a alguien (robando, matando, secuestrando, etc.). Exactamente Szasz consideraba la hospitalización involuntaria un crimen contra la humanidad. Así, en los 70 contribuyó a la fundación de la Asociación Americana por la Abolición de la Hospitalización Mental Involuntaria. Dentro de su lógica libertaria, defendía por supuesto el derecho al suicidio, que se cuidaba mucho de diferenciar de la eutanasia sancionada por el Estado. Nada menos que dos obras íntegras dedicó al tema: La prohibición del suicidio: La vergüenza de la medicina y Libertad Fatal: Ética y Política del suicidio. Ya saben, desconfíen del que se proclama liberal y está contra de la legalidad del suicidio (o eutanasia), pues será otro intervencionista-colectivista enmascarado. Y es que, por supuesto, Szasz fue un acérrimo enemigo del Estado. Siempre defendió, hasta el final de sus días, que la psiquiatría, y la medicina entera, debía separarse del Estado por las mismas razones que, parafraseando a Ayn Rand, debía separarse la Iglesia del Estado.

Esa invasión de la medicina por parte del Estado es para Szasz en no poca medida responsable de la desquiciante medicalización farmacológica de la sociedad actual. “En tanto la teocracia es el sistema de Dios y sus clérigos o la democracia el sistema de la mayoría, la farmocracia es el sistema de la medicina y los médicos”. Décadas después de esta cita, la fundación Life Extension recuperó felizmente el término farmocracia. La medicina en general, y la psiquiatría en particular, con prácticas en su historial como la lobotomización o la crítica de la masturbación, ha llegado según Szasz a convertirse en una nueva y perniciosa religión. A este propósito dedicó, entre otros, su libro Farmocracia: Medicina y Política en América.

Una de sus definiciones más características fue la acuñada en los años 60 de “Estado Terapéutico” para dar cuenta de la alianza del Gobierno o Estado con la psiquiatría. Para Szasz se trata de un sistema totalizante y prototalitario en el que se busca reprimir las acciones, pensamientos, ideas o emociones censuradas por el órgano político empleando la farmacología como brazo de implementación. La timidez, la ansiedad, la promiscuidad, la homo o bisexualidad, el tabaquismo, el uso de drogas que el órgano político-gubernamental etiqueta como ‘ilegales’, comer en exceso… deben ser, según la religión secular del Estado y la farmacología, tratadas y remediadas. Sin duda el gran libertario Murray Rothbard pecó hace 30 años de ingenuidad cuando en las páginas finales de su brillante obra La Ética de la Libertad aún dudaba de si se extendería por todo Occidente el puritanismo moral intervencionista ‘por nuestra salud’. En esta línea, hace pocos días veíamos cómo la ciudad de Nueva York prohibía la venta de refrescos gigantes. Quizás no falte tanto para que el Gobierno multe y sancione a quien se ponga enfermo, rediseñen el Impuesto sobre la Renta como Impuesto sobre Grado de Enfermedad, o directamente prohíban a uno morirse. No bebas, no fumes, no tengas relaciones sexuales, no comas demasiadas ni demasiadas pocas calorías, sé sociable sin caer en la excesiva extroversión… ¿A qué nos suena todo esto? Al terrible mundo feliz de Aldous Huxley donde somos máquinas y autómatas dirigidos por el órgano gubernamental de turno. Por supuesto no deberíamos fumar o beber demasiado alcohol si queremos estar sanos, pero estas cuestiones competen a los que nos dedicamos a la salud y a los ciudadanos libres de hacer, o no, caso, pero no al Gobierno que emplea la coacción y el palo de la ley a ciudadanos convertidos en siervos y lacayos. Como dice el libertario Ron Paul, si el Gobierno debe protegernos de nosotros mismos, absolutamente ya cualquier cosa imaginable le estará permitida a un Gobierno.

Y como no podía ser menos, Szasz abogaba por la legalización sin cortapisas de todas las drogas. Teniendo efectos nocivos para la salud muchas de ellas, la prohibición y la guerra contra las drogas no hace sino aumentar la tragedia y el perjuicio infligidos por éstas. El libre mercado, la libre competencia y la libertad de elegir del paciente y consumidor eran para Szasz parte de la receta, nunca mejor dicho, libertadora en el campo de los fármacos y las drogas. Y he aquí uno de sus libros más célebres: Nuestro derecho a las drogas.

Entre las decenas de premios recibidos en su vida, por ejemplo, fue nombrado en 1973 humanista del año por la Asociación Humanista Americana y doctor honoris causa por la Universidad Francisco Marroquín por su contribución a las ideas de la libertad.

Thomas Szasz es de esas personas que, si no existieran, habría que inventarlas. Nunca, sin embargo, nacerá un Szasz auspiciado por la industria farmacéutica ni por las subvenciones e intereses político-burocráticos. El mundo, nuestro mundo, necesita de muchos Szaszs. Que proclamen que la libertad es una e indivisible. Que no puede haber libertad intelectual y de mente si no la hay económica. Y viceversa.

La plaga de la humanidad es el miedo y el rechazo a la diversidad: el monoteísmo, la monarquía, la monogamia. La creencia de que sólo hay una manera correcta de vivir, sólo una forma de regular el derecho religioso, político, sexual, es la causa fundamental de la mayor amenaza para el ser humano: los miembros de su propia especie, empeñados en asegurar su salvación.
T. Szasz.

El papel de las ganancias y pérdidas de capital

Ahora que se habla de las plusvalías y de las ganancias de capital por el nuevo anuncio del Gobierno de incrementar los impuestos sobre este tipo de ingresos, quizá merezca la pena traer aquí algunas reflexiones sobre el papel de estas ganancias en la Teoría del Capital de la Escuela Austriaca y, en general, en la economía y el bienestar de la población.

Los activos empresariales son utilizados por los empresarios de acuerdo con sus planes de negocio o de producción. La producción es una actividad conjunta, es decir, es un proceso de creación de valor -cuando resulta ser exitoso- que depende de una variedad de factores productivos complementarios entre sí. Dicho proceso productivo mantiene una estructura implícita de inputs y outputs que evoluciona con el tiempo.

Las empresas producen de cara al futuro. El mayor o menor valor de una empresa y sus activos dependerá del valor que se espera que sus clientes atribuyan a los bienes futuros que sea capaz de comercializar. Dependiendo de si esas expectativas con las que los empresarios trazan sus planes de negocio son correctas o no, el proyecto será exitoso y creará valor, beneficios, o destruirá valor, pérdidas. Expectativas no solo sobre la propia actuación del proyecto empresarial emprendido sino también sobre el entorno que lo rodea –qué otras empresas o bienes son necesarios o complementarios para que el proyecto prospere-.

Puesto que hasta la fecha no se conoce ser humano omnisciente, la multitud de planes empresariales con sus respectivas expectativas no contienen toda la información –presente y futura- para que todos los planes sean perfectos. De modo que existirán expectativas empresariales que diverjan unas de otras –no serán consistentes (complementarias) entre sí -.

Con el paso del tiempo, el hecho de que los empresarios mantengan expectativas inconsistentes hará que algunos fracasen –total o parcialmente- mientras que otros sobrepasen las expectativas. Durante este proceso, emergerán nuevos productos y métodos de producción, y desaparecerán otros.

Una de las consecuencias que se manifiestan por el hecho de que los planes empresariales excedan o no lleguen a las expectativas que de ellos se tenían es que los empresarios reevalúen los activos empresariales utilizados. Esta nueva valoración de los activos, que traerá consigo unas ganancias o pérdidas de capital, tienen su reflejo en los activos financieros asociados a la empresa –por ejemplo, acciones o deuda-. El valor de estos derechos sobre los activos empresariales dependerá del valor que sus titulares den a esos factores productivos –o las opiniones que den otros a ese valor-.

Dependiendo de las distintas combinaciones de activos financieros que posean los individuos, a nivel global habrá una determinada “estructura de activos”. Esta estructura de activos es el reflejo de la estructura de capital –la estructura productiva- de la economía, esto es, cómo se ordenan y combinan los distintos planes empresariales, los activos empresariales y los activos financieros.

Existen instituciones que ayudan a definir esta estructura. Ludwig Lachmann daba la máxima importancia el mercado de valores, que reflejaba continuamente las expectativas de las actuaciones de las empresas consideradas y, en consecuencia, de sus ganancias o pérdidas de capital. Pero también podría hablarse de los mercados de futuros o, en general, el sistema de precios.

Pero estas instituciones no sólo definen la estructura de capital sino que ayudan a conformarla o modificarla a través, por ejemplo, de las ganancias o pérdidas de capital. Por ejemplo, las plusvalías o minusvalías en acciones –también futuros u opciones- refleja el éxito o fracaso de los planes de negocio de acuerdo con las expectativas con las que se llevaron a cabo. Estas ganancias o pérdidas facilitan y transmiten información relevante a los empresarios para que estos puedan decidir sobre las mejores combinaciones de bienes de capital y facilitan, así, una mejor coordinación entre los distintos planes de acción y proyectos empresariales. Por tanto, ayudan a cambian la estructura de inversiones al modificar el valor relativo de estas –por cierto, aquí ejercen un papel fundamental los denostados especuladores, que con su actuación tienden a ejercer una influencia estabilizadora sobre los precios de los activos-.

Por tanto, las ganancias o pérdidas de capital sirven para que los empresarios –managers, inversores, etc.- se decantes continuamente –un proceso- por determinados planes empresariales, combinaciones de activos empresariales y financieros que se traduzcan en una economía más competitiva y compleja, que provea a la población una mayor cantidad de bienes y más variados.

De ahí que hacer tributar este tipo de ganancias, y hacerlo de manera agresiva –elevando los tipos marginales hasta un 50% de media para las que se generan en menos de un año- distorsiona el papel que estas ganancias tienen en la economía y en la manera en que se estructura. Esto trae como consecuencia una peor coordinación empresarial y una mayor dificultad a la hora de reconvertir una estructura productiva basada en el ladrillo a otra basada en sectores más competitivos.