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Mahoma, Obama y la libertad

La reacción de la Casa Blanca ante la oleada de violencia desatada por los islamistas con la excusa, pues se trata de una mera excusa, del vídeo ofensivo con la figura de Mahoma ha sido de una extrema torpeza. Y lo ha sido por partida doble. Para empezar, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, se apresuró a condenar la película en los siguientes términos:

Para nosotros, para mí personalmente, el vídeo es repugnante y reprensible. Parece tener el cínico propósito de denigrar una gran religión y generar odio.

A esto añadió:

Rechazamos totalmente su contenido y su mensaje. Sin embargo, como dije ayer, no hay justificación, ninguna, para responder al vídeo con violencia. Condenamos la violencia que se ha generado en los términos más duros.

Resulta llamativo que la condena del contenido del vídeo se expresa en términos casi más tajantes que el repudio a la violencia desatada. Hay, cuando menos, una equiparación. Además, se echa en falta una defensa firme de la libertad de expresión, consagrada en la Primera Enmienda de la Constitución de EEUU , así como en otras Cartas Magnas democráticas, y uno de los más firmes pilares de lo que debe ser una sociedad libre. Tal vez, la señora Clinton no apeló a ese derecho tan básico de los seres humanos precisamente porque la Casa Blanca estaba maquinando para restringirlo en el caso del vídeo en cuestión. Ha actuado en la medida de sus posibilidades para que desaparezca de internet, reclamando a Google que lo retire de YouTube. Por fortuna, la empresa ha hecho valer la ley y sus propios principios y se ha negado a cumplir los requerimientos de la Administración Obama.

Lo que está en juego es algo más que poder ver un vídeo o no, o los sentimientos de miles de fanáticos seguidores del totalitarismo político-religioso que conocemos como integrismo islámico. Lo que el mundo, no sólo EEUU, se juega es el propio fundamento de la libertad. Como señala acertadamente Gabriel Albiac en un reciente artículo, en las sociedades libres si a alguien no le gusta una película se limita a no verla. Es más, es legítimo que haga uso de su libertad de expresión para tratar de convencer al resto de la sociedad a que haga un boicot pacífico y no acuda a las salas de cine ni compre los DVD con el título en cuestión. No existe ahí agresión alguna.

También se puede, si se quiere, comprar un montón de DVD de la película que molesta y destruirlos en un acto público. Como si se quiere acudir a las librerías a adquirir todos los ejemplares de una obra para acto seguido prenderles fuego. Quemar libros siempre es un acto que produce repulsa estética y moral, pero mientras se compren antes de su incineración no deja de ser un uso legítimo, aunque repugnante y estúpido, de una propiedad legítimamente adquirida. Lo que en ningún caso tiene legitimidad alguna es agredir a personas o, incluso, propiedades ajenas, para mostrar su rechazo a lo expresado.

Por repugnante o de mal gusto que sea el video al que se ha respondido con asesinatos y ataques a embajadas en varios países islámicos, la Casa Blanca debería haber puesto la defensa de la libertad de expresión por delante de la condena a la película. El mensaje que ha enviado el Gobierno de EEUU a los totalitarios es que pueden asustar y que a largo plazo resulta factible recortar la libertad en occidente. Además, las conclusiones que pueden extraer quienes en el mundo islámico sí creen en la libertad no pueden ser más desalentadoras. Podrán entender que quienes no están dispuestos a defender sus valores en su propio territorio, difícilmente van a apoyar a quienes cada día luchan por ser más libres en lugares donde esto es un reto casi imposible.

No cabe ni tan siquiera la mala excusa de que es legítimo restringir la libertad de expresión en defensa de los legítimos sentimientos religiosos. Precisamente, durante décadas la lucha para lograr dicha libertad fue en buena medida contra la censura que ejercían numerosas autoridades religiosas, con independencia en nombre de qué fe ejercieran su poder. Además, ¿dónde está el límite de lo ofensivo en materia teológica? Por poner un ejemplo, si se dice que Jesús murió en la cruz, habrá musulmanes que entiendan que se está acusando al Corán de mentir, puesto que este libro sostiene que murió de viejo. Y viceversa, ante esta última afirmación los cristianos podrían aducir que el Islam sostiene que sus creencias se fundamentan en una falsedad. Y todos ellos podrían mostrarse ofendidos ante cualquiera que dijera que Dios sencillamente no existe.

Su ofensa es legítima, pero no por eso debe atentar contra el derecho de los demás a decir lo que quieran. Cuando comienza a restringirse la libertad de expresión con cualquier excusa, se abre la puerta a que siga limitándose de manera creciente. Y eso sería una gran pérdida para el conjunto de la humanidad. Ese es el mensaje, y no otro, que tenía que haber enviado la Casa Blanca. De nada sirve enviar marines o barcos de combate a los lugares donde se ataca a las embajadas de EEUU si no se está dispuesto a defender los principios más básicos de las sociedades libres. Más bien es un error. Los totalitarios podrán sumar un nuevo mensaje a su propaganda: "reconocen que tenemos razón pero aún así nos mandan a sus tropas".

El miedo a la libertad (I)

El problema de la sociedad contemporánea no es un exceso de individualismo, sino la existencia de una estructura institucional deficitaria: sin dispersión pluralista del poder, sin independencia judicial, sin elecciones de jueces, sin separación de poderes, sin democracia directa, sin protección de la igualdad ante la ley

La ideas que promueve la casta política están deteriorando el marco institucional y "guiando" España hacia la fragmentación en Reinos de taifas donde triunfan la corrupción, la prevaricación y el intervencionismo; con una actitud acrítica, dócil y borreguil de la población y con ausencia del Estado de Derecho para la protección eficiente de la libertad y del ejercicio de los derechos individuales que son los responsables del crecimiento económico.

Hoy quiero analizar brevemente la paradoja de la libertad porque, en teoría, una democracia multipartidista promueve el ejercicio de la libertad de elegir pero, en la práctica, gran parte de la población renuncia a ejercer responsablemente su libertad individual y prefiere ser guiada dócilmente en la dirección que decida la casta política en cada territorio; con la ayuda de leyes, actos administrativos y, especialmente, medios de comunicación que trabajan al servicio de ideas intervencionistas.

De hecho, operan mecanismos psicológicos que permiten a muchos ciudadanos rehuir su propia responsabilidad individual. El psicoanalista Erich Fromm publicó en 1941 el libro El Miedo a la Libertad en donde, desde el individualismo metodológico, analizaba el comportamiento social de los individuos y la evolución que se produce en las sociedades como consecuencia del arraigo de determinados patrones de comportamiento.

Su psicología social identificaba tres mecanismos de evasión psicológica de la responsabilidad individual,que explican el apoyo de una mayoría de la población a líderes e ideologías colectivistas, nihilistas o conformistas que terminan destruyendo la libertad individual en las sociedades abiertas:

  1. Autoritarismo (o colectivismo) caracterizado por el abandono de la independencia del propio yo individual que, ante un entorno de crisis e incertidumbre, siente la necesidad de que le dirijan y cede su responsabilidad psicológica a algo o alguien exterior, como un Estado dirigido por un líder político, social o religioso, con el objetivo de adquirir la fuerza de la cual carece el propio yo del individuo y así intentar encontrar una solución fácil ante la incertidumbre vital que padece.
  1. Destructividad (o nihilismo) que consiste en la búsqueda de la destrucción de algo o alguien exterior, como forma de evasión del individuo en contra de su aislamiento en la sociedad, destruyendo instituciones o personas del mundo que le rodea, y como intento psicológico desesperado de no sucumbir ante la adversidad.
  1. Conformidad Automática (o conformismo) que se caracteriza porque el individuo dejar de ser él (completamente libre) y asume el papel que la sociedad le asigna, renunciando a ejercer su propia responsabilidad individual y al análisis crítico de la realidad y, por tanto, asumiendo como propias las ideas de algo o alguien exterior (políticos y medios de comunicación) y, en definitiva, siendo acrítico y conforme con las imposiciones coactivas que le vengan del exterior (Estado).  

El individuo tiene instintos primarios individuales, inmanentes e innatos, que le permiten sobrevivir y le proporcionan seguridad para actuar en un orden extenso, complejo y abierto de colaboración humana (sociedad civilizada) como, por ejemplo, el respeto por la vida, la libertad, la propiedad y la búsqueda de la igualdad de trato ante la ley y el cumplimiento de los contratos.

Sin embargo, desde temprana edad, a cada individuo se le enseñan instintos secundarios (colectivos o sociales), es decir, se le adoctrina a pensar y experimentar sentimientos que no le pertenecen, con normas sociales inculcadas mediante la educación por la familia, el entorno sociocultural, la religión, la ideología y, especialmente, por el Estado.

Según Erich Fromm, se produce una separación del yo real del individuo que, en una mayoría de casos, puede forzar un sentimiento de soledad y alienación por supeditación de la persona a lo que es socialmente correcto (en cada momento y en cada territorio) y, por tanto, por el abandono de la libertad individual para decidir responsablemente.

Estos factores psicológicos llevan al hombre hacia la toma de decisiones a medio camino entre lo racional y lo irracional, a supeditar su voluntad a instintos secundarios adquiridos socialmente, y a ponerse bajo el mando de dictadores o de dirigentes políticos, sociales y religiosos que "guían" la sociedad hacia una utopía intervencionista.

El análisis de la psicología del nazismo que realiza Eric Fromm muestra como la población de una democracia como la Alemania de los años 30 en el siglo XX apoyó y quedó supeditada a las tendencias psicológicas sadomasoquistas, de anhelo de poder de dominación y de sumisión a un poder exterior omnipotente como la "raza", el "pueblo", la "lengua", la "cultura" o la "nación" superiores a otras, supuestamente más débiles.

Como menciona Erich Fromm de modo absolutamente clarividente:

La ‘revolución’ de Hitler, y a ese respecto también la de Mussolini, se llevaron a cabo bajo la protección de las autoridades existentes, y sus objetivos favoritos fueron los que no estaban en condiciones de defenderse. (Fromm, E.: 2008 [1941], p. 224)

Ese análisis psicológico del nacionalsocialismo lo abordaré en el próximo artículo, porque no deja de sorprender cómo se siguen produciendo involuciones institucionales ante la inacción de las autoridades, y cómo existe un enorme similitud con la psicología del nazismo en el arraigo y la imposición de la ideología nacional-separatista en Cataluña, Galicia y, especialmente, en el País Vasco.

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El fin del Estado del Bienestar o de España

Se ha llegado al final de un modelo. El actual sistema o modelo de sociedad, el llamado Estado de Bienestar, está llegando a su fin tal y como lo conocemos. La presunción de este sistema de "protección social" es la de asumir la responsabilidad del bienestar social y económico de los ciudadanos mediante un conjunto de prestaciones en beneficio de los trabajadores y de sus familiares que tienen por objeto elevar su nivel de vida económico, social, cultural e integral.

Pues bien, esta pretensión se ha demostrado totalmente inviable.

¿Por qué? Sencillamente por la dimensión del desequilibrio entre ingresos y gastos públicos. Desequilibrio que, por cierto, arrastramos desde hace décadas, pero que desde el 2007-2008 se ha manifestado como inasumible.

Desde 2007 estamos claramente en déficit, que es el faltante en que incurre el Estado al intervenir mediante gasto público en la actividad económica. Es decir, es el resultado negativo de la diferencia entre gastos e ingresos. El déficit de 2008 a 2011 es de unos 352.000 millones de euros. Sólo en 2011 el desequilibrio fue de 91.350 millones euros, lo que supone un déficit del 8,5%. En 2011 los gastos superaron a los ingresos en un 24,20% (¡en 2009 fue un 32%!).

Claro está, este déficit se ha intentado cubrir con deuda. Los gastos se tienen que pagar y no se ingresa lo suficiente. En 2011 la deuda era de 734.961 millones de euros, es decir, un 68,50% del PIB. Esta semana se han conocido datos del 2012: la deuda es de 804.388 millones de euros, es decir, ¡el 75,9% del PIB!

Estos datos vienen a significar que el actual Sistema del Bienestar se ha basado exclusivamente en el crédito y la deuda y no en la riqueza creada por el país. Por pura lógica es insostenible, se ha llegado a un límite físico. Por cierto, que este crédito lo han ofrecido los malvados mercados, de lo contrario ya habríamos quebrado hace bastante tiempo…

Dicho esto, ¿es la gran deuda española el punto más preocupante? No. El principal problema de la economía española es que está en permanente déficit, es decir, no puede ingresar más que lo que gasta. Esto, simple y llanamente, significa que no somos solventes. No podremos devolver las deudas que contraemos. Es decir, estamos técnicamente quebrados. Ahora mismo no podríamos hacer frente a los pagos de nuestros pasivos con nuestros activos. Esto es algo que parecen no entender premios Nobel como Krugman y Stiglitz, que continúan queriendo resolver un problema de deuda con más gasto, más deuda y más monetizaciones. No tiene ninguna lógica salvo para keynesianos y demás escuelas de pensamiento que son incapaces de comprender el ciclo económico.

La deuda es una consecuencia del déficit, y es el déficit lo que puede causar el impago de la deuda. Hay países que pueden estar mucho más endeudados que España, pero sin embargo su capacidad de pago es mucho mayor porque siguen creando riqueza, por lo que el riesgo de invertir en ese país es menor. Pongamos un ejemplo. ¿Qué es más preocupante, que Emilio Botín tenga una deuda de 1 millón de euros o que yo tenga una deuda de 50.000 euritos? Pues eso, está claro. No es tanto la deuda, sino la capacidad de pago de la misma. En el caso de España la capacidad de pago actual es nula.

Es evidente que en algún momento los ingresos deberán ser superiores a los gastos. En caso contrario nos dirigimos rápidamente al colapso.

Hay dos vías para eliminar el déficit: la vía del ajuste por ingresos o la vía del ajuste por el gasto. No cabe ninguna duda de que el gobierno de Rajoy ha intentado centrarse en aumentar los ingresos mediante la subida masiva y espectacular de todos los impuestos. Ha sido un auténtico y doloroso fracaso. No solamente no ha recaudado lo que se proponía, sino que además la recaudación no ha hecho más que caer (más de un 10% este año el IVA). Es comprensible: los impuestos se comen la renta de los ciudadanos y los beneficios de las empresas, a la vez que impide el desapalancamiento. La consecuencia es que parte de la producción se destruye (cierran empresas) y otra parte de la producción se sumerge y pasa a ser mercado negro, por lo que cada vez se recauda menos.

Al gobierno se le llena la boca hablando de recortes, pero lo único que ha hecho ha sido subir impuestos. No ha recortado en absoluto el gasto, sólo ha recortado el poder adquisitivo del sector privado y, de esta forma, la posibilidad de salir de la crisis. Austeridad no significa subir impuestos, sino bajar el gasto. Además, ¿cómo se va a reducir el déficit subiendo el IVA si éste representa el 5,5% del PIB español? Seamos serios…

Ya no debe quedar duda de que hay que incidir en los gastos, disminuyéndolos.

Pues bien, ¿qué es lo que hace que el Estado esté quebrado? Respuesta: lo que llamamos gasto social, la llamada "protección social". El gasto social en los Presupuestos Generales del Estado para 2012 es del 56% del presupuesto total. Dentro de esta partida, las pensiones significan el 66% del gasto social y el 37% del presupuesto total. Las prestaciones por desempleo, otras prestaciones y fomento del empleo significan el 27% del gasto social y el 15% del presupuesto total. Por tanto, las pensiones más las prestaciones y servicios al desempleo suman el 46% del gasto estatal para 2012.

Lo que hace que el Estado esté quebrado no son los coches oficiales (0,3% del gasto), la justicia (0,5%), el ejército y la defensa (2%), la educación (0,7%) ni la sanidad (1,2%). Todo esto hay que reformarlo y recortarlo, claro está, pero es evidente que no es lo que provoca estar en una posición deficitaria sistemática.

La causa son las siguientes partidas, que juntas suman el 55% del gasto: las pensiones, desempleo, fomento del empleo, otras prestaciones económicas, servicios sociales y promoción social, acceso a la vivienda y gestión y administración de la seguridad social. Es decir, el Estado del Bienestar en sí mismo es lo que nos lleva al abismo y a la quiebra más absoluta. El sistema actual está listo para sentencia. No se genera riqueza para pagar estos servicios.

Y aquí no hay ni trampa ni cartón, se pongan los estatistas como se pongan. Rajoy mintió cuando dijo que subir el IVA era la única medida que se podía tomar. Se debe disminuir el gasto y está claro cuáles son las partidas a recortar. Y los gobernantes lo empiezan a tener claro. Hace poco De Guindos insinuó que si la economía española no crecía en el corto plazo, sería imposible mantener las prestaciones de pensiones y desempleo. ¡Touché!

Repetimos: forzosamente tiene que haber recortes para ajustar por la vía del gasto en las partidas que hemos comentado. La alternativa es quebrar, impagar las deudas a los acreedores, ser expulsados del euro, tener una divisa hiperdevaluada, no poder financiarse en los mercados en varias décadas y, evidentemente, no poder tener "protección social" de ningún tipo. Dicho de otra manera: o es el fin del Estado de Bienestar o es el fin de España.

¿En qué piensa el PP?

Mientras Rajoy anuncia nuevas subidas de impuestos cuando todavía no ha terminado de aplicar las anteriores, cabe preguntarse en qué piensa el Partido Popular.

En su libro Moral Politics, el profesor de lingüística George Lakoff definía los marcos como las estructuras mentales que conforman nuestro modo de ver el mundo. La importancia de los marcos en el pensamiento político resulta crucial a la hora de transmitir ideas y dar coherencia a todo un relato político. Lakoff, intelectual izquierdista y comprometido resumió el contenido de su obra en un panfleto breve que tituló como No pienses en un elefante. Era su forma de llamar la atención a los demócratas para que dejaran de ofrecer soluciones dentro del marco que habían establecido los republicanos en el poder (el elefante es el animal que se asocia al Partido Republicano). Por resumir, la verdadera alternativa política sólo se puede definir desde una visión integral y confrontada.

De alguna forma hoy nos encontramos que el Partido Popular parece haber asumido el marco establecido por el gobierno socialista anterior. La solución para ajustar unas cuentas públicas imposibles en las que se gasta más de lo que se tiene y se pide prestado para seguir gastando, no es otra que exprimir a los contribuyentes para aumentar los ingresos de la Hacienda pública. No hay, dicen, alternativa real a una política inevitable. No la hay entre los políticos ni entre una mayoría de la población que no concibe otra educación que la que proporciona el Estado sin cuestionarse porque en otras sociedades la educación es mejor, más barata por alumno y su coste no se diluye entre impuestos prácticamente confiscatorios.

El problema es el marco. Y el marco en el que se mueven nuestros políticos no es otro que el Estado. Todas las soluciones, medidas, reformas, contrarreformas y legislaciones se buscan y se aplican desde la perspectiva del Estado. Los gobiernos y la oposición pretenden dar viabilidad a un sistema fallido, la redistribución de la riqueza organizada por burócratas a través de la recaudación de impuestos. Se trata de un modelo inviable y artificial que impide al mercado asignar recursos regulando la oferta y la demanda espontáneamente. Ya escribía Hayek aquello de “los socialistas de todos los partidos” así que no se trata de algo nuevo pero sí crítico en este callejón sin salida al que nos ha conducido la burbuja estatal.

Si Lakoff les dijo que a los demócratas americanos que debían dejar de pensar en un elefante para ganar las elecciones a los republicanos, nosotros deberíamos dejar de pensar en el Estado para permitir que la sociedad pueda salir de la crisis. No tanto los políticos, cuya supervivencia y modo de vida depende de que el marco estatal no cambio sino de nosotros mismos. No necesitamos un rescate del Estado, necesitamos que nos rescaten del Estado.

Venezuela: la revolución más larga de la historia

La oposición venezolana dio un paso fundamental de cara a poner punto y final a los años de Chavismo, organizándose alrededor de un candidato único, Henrique Capriles. Frente a la desunión que la caracterizó tiempo atrás, esto suponía un avance evidente.

La siguiente etapa consistió en enfatizar la importancia de la participación, pese a que existen dudas razonables sobre la limpieza de las votaciones. En este sentido, la misión de la UNASUR cobra una especial trascendencia, toda vez que la OEA se ha mostrado, históricamente, excesivamente condescendiente con los liberticios de Chávez (y de los Castro, y de Ortega, y de Correa y de Morales…).

Durante la campaña electoral, la estrategia de Hugo Chávez se ha centrado en descalificar a su rival y coaccionar a la sociedad venezolana. En efecto, el actual Presidente no ha tenido reparos en desempolvar los fantasmas característicos conforme se acerca el 7-O.

Esta prolongada campaña electoral venezolana ha servido, igualmente, para que los problemas congénitos del país sigan sin solucionarse. Si en Europa Occidental la principal amenaza hoy en día es el paro, en Venezuela lo es la ausencia seguridad pública y jurídica, sin olvidar que la pobreza caracteriza a amplios sectores sociales.

Este último fenómeno trató de eliminarlo Chávez a través de las "misiones", lo cual no ha sido más que una herramienta para afianzar el modelo económico del socialismo del siglo XXI, creando un elevado grupo de ciudadanos dependientes y cuya fidelidad al Chavismo está fuera de toda duda.

El resultado de estos años de gobierno del PSUV no es otro que la irrupción de organizaciones subsidiadas que muestran más lealtad hacia la figura caudillesca que a su modelo de organización política, económica y social, el cual, probablemente, desconozcan.

Las misiones se están convirtiendo en protagonistas de la campaña. El propio candidato Capriles ha afirmado que "mantendrá las que funcionen". Esto supone una forma de huir hacia delante con la que busca evitar (sin éxito) las críticas de que gobernará siguiendo las directrices del FMI. Como se observa, aparece otra de las características definitorias del populismo latinoamericano: estigmatizar al oponente.

En efecto, este es uno de los puntos que más está enfatizando Hugo Chávez: Capriles tiene una "agenda secreta neoliberal", término que en América Latina ha sido desfigurado, pervirtiendo su significado real, de tal modo que se emplea como arma arrojadiza contra aquellos que desafían el statu quo, en este caso, el socialismo del siglo XXI.

Ahí es donde ha fallado el candidato opositor a la hora de explicar sus propuestas, reculando y presentando una visión edulcorada de las misiones. Dicho con otras palabras, no ha sabido asociar "neoliberalismo" con la defensa de la propiedad privada, de un Estado de Derecho dotado de instituciones sólidas e independientes, ni con la óptima utilización de los recursos con que cuenta el país, en particular el petróleo, que hasta la fecha han sido empleados como herramienta de proselitismo ideológico por parte de Hugo Chávez.

Asimismo, en los últimos días ha habido una parte del discurso de Chávez que nos pone en alerta del clima clientelar que se vive actualmente en Venezuela y que puede mantenerse en caso de sea el ganador el 7 de octubre. Al respecto, ha pedido el apoyo en las urnas de las clases pudientes "para que puedan seguir haciendo negocios con tranquilidad". Clientelismo y amenaza se combinan a partes iguales en esta premisa.

El pasado mes de agosto lanzó la otra parte de este mensaje: "si la burguesía regresa al gobierno (en alusión a Capriles), el país entraría en una tormenta de violencia". El carácter mesiánico, rasgo consustancial del populismo, combinado con dosis de coacción, ha irrumpido y se traduce en una suerte de chantaje electoral lanzado por el oficialismo: o Chávez o la desestabilización. Más correcto sería decir: o Capriles o la revolución permanente. O Capriles o el caos.

El triunfo de la geopolítica

Los estados existen y se constituyeron en entes absolutamente determinantes de la vida humana. El espacio y la población de La Tierra están repartidas entre ellos, los cuales son, por naturaleza, expansivos y tienden, como los gases, a ocupar el total de su recinto y como cualquier otro colectivo biológico, a competir por los recursos.

La Unión Europea es el fruto innegable de un horrible siglo, el XX, de contiendas en y desde el Viejo Continente. No es el resultado de una mentalidad de paz expresamente labrada en lo más profundo de los hábitos y proclamas de sus habitantes. Europa se comporta como cualquier otro bloque geoestratégico o como cualquier estado de la historia.

No podría negársele un puesto entre los axiomas de la acción humana a la observación (comprensible también por simple introspección) de que a las diferencias de potencia militar les corresponden variaciones en la visión de los problemas. Un estado o un bloque hiperpotente prescinde de un enfoque pacifista hasta que pierde poder militar y uno que no es poderoso deja de ser pacifista en cuanto adquiere la suficiente capacidad ofensiva. La Unión Europea no es una construcción idealista basada en la prosperidad bien repartida y los valores del diálogo, sino un producto necesario para la estabilidad mundial y para sus miembros porque neutraliza, de momento eficazmente, el grave problema que fue Europa. 

El desarme de Alemania ha sido una bendición para el mundo, para los europeos y, especialmente, para Alemania por el simple y radical hecho de que existió un factor externo dispuesto a salvar a Europa de las réplicas de su tragedia: los europeos ya no tendrían que armarse para alejar la amenaza histórica de Rusia (pre-soviética, soviética y post-soviética). En un hobbesiano mundo de estados en permanente competición de poder Europa habría alcanzado una burbuja kantiana, al fin, de paz perpetua. Pero ¿por sí misma? No. No es posible financiarse una burbuja de falsa riqueza que vaya desde los estados europeos más ricos hasta los más históricamente quebrados sin subvenciones exteriores.

El pacto Atlántico suscrito tras la Segunda Gran Guerra estableció que la seguridad europea sería sostenida directamente por los Estados Unidos y que la reconstrucción militar de Alemania sería inaceptable. Una subvención en toda regla que liberó, por una parte, inmensos recursos de esa y de otras naciones ricas de Europa para financiar la burbuja de paz y, por la otra, cerraría el paso al recurrente problema de la belicosidad de los estados del Viejo Continente.

Hoy nos encontramos con una crisis que ha de ser resuelta aplicando medidas nacidas de la ciencia económica. El debate permanente está en qué políticas de ingresos, gastos, moneda e impuestos han de aplicarse. Las alternativas son solo tres. O se acierta rotundamente, o se yerra estrepitosamente o se sale, mal que bien, con una combinación de fallos y éxitos. Esto último es lo más probable pero, y esto es absolutamente decisivo, sean cuales sean los resultados, el nuevo ciclo estará marcado por la clara percepción de quién financia el invento de la Europa Unida, quién tendrá el mando en ella, legítimamente reclamado, y quién sostendrá desde el exterior el poder económico, poder blando, de Alemania en su continente.

La dinámica entre poderes geoestratégicos sostenidos por y con las armas dicta la marcha de los grandes asuntos, los enmarca y determina la forma de los subsistemas a los que engloba, como es el económico. Cualquier análisis de la crisis realizada con modelos endógenos siempre será un mero instrumento, intencionado o no, en manos del reparto de poder europeo y mundial entre estados.

El enemigo está en casa

Uno de los grandes estragos que ha causado la burbuja crediticia es su efecto en la mentalidad de la gente. Ahora creemos que tenemos derecho a todo. Si nuestro Estado gasta el doble de lo que ingresa de forma sistemática, consideramos que tenemos un derecho innegable a que nos presten la diferencia de manera ilimitada y sin condiciones. Sin plantearnos cuándo pretendemos amortizar esa deuda, ni cómo. Y si un día resulta que no nos prestan, entonces hablamos del ataque de los mercados. Nos creemos que nuestro problema es que los malvados especuladores se han levantado con ganas de llevarnos a la bancarrota. Además creemos que aunque no nos presten al menos seguimos teniendo el derecho a que alguien nos rescate de manera gratuita. Es más, tildamos de sinvergüenza a Merkel si se le ocurre poner alguna condición a cambio de darnos el dinero de los alemanes, o de incompetente a Draghi si no imprime dinero con la suficiente velocidad. Creemos que tenemos derecho a seguir despilfarrando a costa de los demás.

Lo que pasa es que la gente tiene la costumbre de no querer regalar su dinero. Los malvados especuladores no son otra cosa que personas ahorrando para su jubilación, y su capital es escaso, no ilimitado. Los ahorradores, y quienes gestionan estos ahorros, tratan de tener cuidado sobre dónde invierten porque si la cosa sale mal se quedan sin jubilación. Cuando los terribles mercados perciben que el riesgo de una inversión es excesiva, buscan otro destino para su capital. El mecanismo es simple. Nada que ver con ataques al euro ni conspiraciones internacionales. Los ahorradores quieren volver a ver su dinero, y no se lo van a regalar al Estado español para que mantenga a toda la casta política que vive a cuerpo de rey.

Sucede que en España, cada vez más y desde prácticamente todas las zonas de espectro ideológico, hay un clamor contra un supuesto enemigo exterior. Arremeten contra los mercados, contra Merkel y contra Draghi, que lo mismo da. En la izquierda y en la derecha. Incluso en medios liberales como Libertad Digital. Dice esta semana José García Domínguez, por poner uno de muchos ejemplos, que "si el BCE se condujese no como lo que es, otro lobby al servicio de Berlín, sino como un verdadero banco central, el Reino de España retribuiría con un interés próximo al tres por ciento su deuda soberana". Son los de fuera los que nos hacen la vida imposible, vamos. Que nos tienen manía y disfrutan viéndonos sufrir.

Un Estado no quiebra porque el Banco Central no imprima lo suficientemente rápido, ni porque los alemanes no se lancen a regalar dinero sin condiciones. Quiebran por el destrozo causado por sus gobernantes sobre la economía. Y nuestro caso no es una excepción. El hecho de que el rescate termine por ser necesario e inminente sólo se debe a una cosa: que el Estado gasta mucho más de lo que ingresa. Así de sencillo. El Gobierno gasta como si estuviéramos en una burbuja, manteniendo un Estado hipertrofiado y una vasta y acomodada clase política tres veces mayor en número que, por ejemplo, la alemana, que tiene casi el doble de población. Y, a su vez, los gobernantes han optado por exprimir a base de impuestos a los ciudadanos y a las empresas para poder seguir manteniendo este despilfarro, resultando, como era de esperar, en un desplome de la actividad económica y, por tanto, de la recaudación.

Existe un método infalible para terminar de un plumazo con el problema de la deuda: el déficit cero. Y sí, se puede sin subir impuestos. Es lógico que desde el Gobierno y la clase política se insista en que es imposible, pues es a ellos a quienes afectaría. Se pueden recortar más de 120.000 millones sólo en duplicidades, empresas públicas innecesarias, cargos nombrados a dedo, asesores inútiles y despilfarros de corte político. Y sin déficit descubriríamos que el problema con los salvajes Merkel y Draghi y el temible ataque de los mercados en realidad no era tal. Se habría esfumado como lo que es, una vulgar excusa para que no nos fijemos en el problema subyacente. Nos quitaríamos la venda de los ojos y veríamos la realidad. Que el BCE tiene prestados a la economía española alrededor del 45% de nuestro PIB, más que la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra a sus respectivos países, por ejemplo. O que Merkel lleva años concediendo rescates a los manirrotos periféricos con el dinero bien ahorrado por los alemanes. Vamos, que no es que nos estén asfixiando, precisamente. Pero sin duda el Gobierno y la clase política prefiere echar las culpas a un supuesto enemigo exterior antes de admitir que el problema son ellos mismos. Como muy bien suele decir Carlos Rodríguez Braun, "el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio". Y es que los grandes enemigos de la economía española no están fuera, conspirando contra nosotros. Se sientan en el Congreso de los Diputados.

Una alternativa a EuroVegas

Las opiniones son como los culos, todos tenemos la nuestra. Por eso una vez conocido que la empresa Las Vegas Sands ha decidido que Madrid albergará su nuevo complejo de hoteles y casinos en Europa, todo el mundo ha sacado a relucir su opinión sobre el tema.

Por supuesto, como esto es España, hay dos frentes opuestos que casualmente coinciden con la derecha y la izquierda. Unos creen que es una inversión fantástica que debe ser fomentada, ya que nos ayudará a salir de la crisis, y otros que caminamos firmes hacia Sodoma y Gomorra.

Puede parecer curioso que quien saque a relucir argumentos moralistas sea la izquierda. Pero ya se sabe que para algunos el vicio y la perversión sólo son malos si van a acompañados del lucro. Si fuera gratis (pagado por todos) o los casinos fueran públicos seguramente les parecería bien.

Pero dejando a un lado las neuras de la izquierda, a las que no se les debería dar tanta importancia, lo cierto es que unos y otros vuelven a cometer uno de los errores típicos en los que siempre cae el español común: pensar que su opinión le debería importar a alguien.

Si una empresa quiere construir una docena de hoteles en los secarrales que rodean Madrid está en su derecho. No se entiende que nadie argumente a favor (como si diera su bendición) o en contra (como si dependiera de su permiso). Sólo una sociedad tan liberticida como la española puede pensar que todo, hasta actos que ni les va ni les viene, tiene que pasar por su aprobación.

Alguno me replicará que el problema no es lo que piensen construir, sino cómo lo van a construir. Vamos, que les van a dar dinero o financiación pública o algún tipo de ventaja fiscal.

Si el gobierno regional, el estatal o algún ayuntamiento le da dinero, financiación o ventajas fiscales a alguien, es simple y llanamente porque puede hacerlo. Así que en vez de malgastar electricidad en escribir sobre lo malo que es EuroVegas, sería bastante más recomendable hacerlo sobre el exceso de poder político, que permite gastar nuestro dinero en inversiones que ni nos van ni nos vienen, o realizar tratos de favor según les convenga.

Pero claro, si nos centramos en eso resulta que también habría que criticar multitud de proyectos que cuentan con el beneplácito de unos u otros, según quién sea el que se beneficie del asunto.

Por último están los que se quejan amargamente de que al apostar por EuroVegas nos agarramos a una economía del ladrillo y la burbuja, sin más aspiraciones que vivir del turismo y el juego. Demostrando así que hay personas que siguen sin enterarse de nada pese a llevar cuatro años sumergidos en información económica a diario.

El problema del ladrillo fue que se construían viviendas porque la gente estaba dispuesta a comprarlas, y la gente estaba dispuesta a comprarla porque podían financiar su compra y luego venderlas por más dinero. Por lo tanto cuando se acabó la financiación explotó la burbuja.

En el caso de EuroVegas es una empresa la que corre con una parte importante de la financiación y tendrá que buscar que otros inversores (esperemos que privados) confíen en que la rentabilidad de su modelo de negocio sea lo suficientemente sólida como para que se les devuelva la inversión con sus correspondientes plusvalías.

Evidente, se pueden equivocar, y el proyecto puede ser un fracaso. Pero en ese caso Las Vegas Sands, y sus inversores, verán disminuido su capital y Madrid ganará 12 hoteles que podrán ponerse al servicio de otros modelos de negocio más rentables.

Por supuesto, eso será así sólo si el gobierno de turno no decide intervenir por el bien común y regar el proyecto con dinero público. Aunque esto nos llevaría a lo de siempre: el problema no sería EuroVegas, sino un gobierno con capacidad de hacer con nuestro dinero lo que le da la gana.

Y sí, muchos preferimos tener a lado de casa un complejo de Google o Apple que un casino. Pero resulta que la realidad es la que es, y Google y Apple no se plantean ni por un segundo establecerse en España. ¿Y por qué? Me imagino que por muchas razones, entre ellas impuestos muy altos, trabajadores poco cualificados, poca cultura empresarial, electricidad cara, etc.

Así que todos aquellos que quieran una alternativa a EuroVegas solo deben empezar a trabajar por conseguir un entorno adecuado para inversiones más a su gusto. Un buen comienzo sería pedir un impuesto de sociedades y rendimientos de capital por debajo del 10%, la supresión de cualquier barrera a las empresas (incluidas laborales e importación), un sistema educativo libre, que permita innovar y conseguir jóvenes con una formación orientada al mercado y no a intereses políticos y burocráticos, y un mercado energético verdaderamente liberalizado sin trabas (no subvenciones) a ninguna tecnología segura.

Ciudades al margen del Estado

Los medios españoles han recogido, como una curiosa anécdota, los planes de Ikea de crear dos nuevos barrios, uno en Londres y otro en Hamburgo. La compañía sueca ha pagado 25 millones de libras por una extensión, cercana a la ciudad olímpica, de unos 100.000 metros cuadrados. Soportan, en su mayoría, construcciones industriales que darían paso a 1.200 viviendas para el alquiler, oficinas, hoteles y una torre de 40 metros de altura. Para apreciar la arquitectura habrá que ir en bicicleta o andando, ya que los coches recorrerán Strand East en una cota más baja, moviéndose como en una madriguera. Está pensada para que la vivan la clase media. El proyecto para Hamburgo es menos ambicioso. Es interesante porque recuerda que el desarrollo urbanístico no tiene por qué estar en manos de los políticos. Pero hay proyectos más ambiciosos y más interesantes.

Es el caso de la provincia de Limón, en Costa Rica. Hay un proyecto, que tiene visos de quedarse en eso, de crear un ordenamiento jurídico propio para Limón, aunque seguiría formando parte del país. La elección de esa provincia está basada en que es una zona pobre y degradada del país, con una composición racial peculiar, fruto de pasadas oleadas inmigratorias, y la relación con el gobierno central es tensa. Una fruta madura, piensa Rigoberto Stewart, su principal impulsor, que puede caer en una verde pradera de derechos individuales, libre comercio y libre empresa. Sin comportamientos consensuados convertidos en crímenes. Sin impuestos. Sin moneda oficial. Con una justicia y una seguridad privada.

El proyecto comprende un área de algo más de 9.000 kilómetros cuadrados en la que viven 340.000 personas. Quizás demasiado ambicioso y que es difícil que cuente con el beneplácito de los limonenses, pese a ser muy atractivo. Hay otro proyecto, triple, menos ambicioso quizás, y acaso por ello más factible. Tanto, que se puede decir que está ya en marcha.

Se trata de tres ciudades que se erigirán en Honduras bajo el patrocinio de Coalianza, comisión para la promoción de alianzas público-privadas. No busca una secesión pacífica, surgida desde las exigencias del pueblo, como Limón. Coalianza es una institución pública que, bajo el amparo de una ley, promueve la licitación de proyectos de desarrollo por parte de empresas privadas de nuevas ciudades. Las empresas pueden tener derechos temporales “sobre bienes patrimoniales del Estado” y aportar “servicios que correspondan al Estado”. Se puede decir que el proyecto entronca con las ideas de Paul Romer.

Un grupo inversor bajo las siglas MGK ha llegado a un acuerdo con Coalianza para construir la primera ciudad modelo, así llamada, dentro de la RED (región especial de desarrollo) de Trujillo. Está en el Valle de Sula. MGK ha anunciado la inversión de los primeros 15 millones de dólares.

La urbanización se hará bajo una planificación privada, como los barrios promovidos por LandProp, la compañía de Ikea. Pero lo interesante no es eso, sino que las tres ciudades tendrán sus propias leyes, sus propios impuestos, su propia policía, en unas condiciones que forman parte de un memorando acordado con el Estado de Honduras, dentro de lo previsto por la ley. Es una concesión revisable. La seguridad jurídica no es completa, pues no es lo que pretende Rigoberto Stewart que sea Limón, una región completamente independiente. Pero cabe pensar que si las leyes de Valle de Sula, y las de las otras tres ciudades, son mejores que las del resto de Honduras, tendrán un éxito que podría asentar su futuro.

Suiza rechaza caramelos sindicales

Suiza es el estado del mundo más próximo a una democracia directa debido a los numerosos refrendos que se celebran cada año para modificar o impugnar sus leyes. El pasado 11 de marzo se convocó a instancias de uno de sus principales sindicatos un referéndum para preguntar si se aumentaban dos semanas más las vacaciones pagadas (por la empresa o empleador, se entiende). Resultado: se votó mayoritariamente que no en la totalidad de los cantones helvéticos, no importando si el predominio era protestante o católico. Sin más.

Actualmente todo trabajador suizo tiene, por ley, cuatro semanas de vacaciones pagadas durante el año. Los suizos entienden que es suficiente. Así se han pronunciado en las ya seis ocasiones en que se les ha consultado al respecto en sucesivos refrendos desde 1958.

Constitucionalmente está reconocido el derecho a sindicarse. Los sindicatos están sustentados allá sólo por las contribuciones de sus propios afiliados. Son tendentes, como cualquier par europeo, a "expandir" los derechos de los trabajadores todo lo que el sistema legal les permita. La diferencia es que en Suiza se consulta antes a la gente y, al menos por el momento, la mayor parte de sus habitantes no se deja seducir fácilmente por las satisfacciones inmediatas. Ven más allá de las consecuencias a corto plazo, como Bastiat.

Su productividad es alta pero sin llegar a alcanzar los índices de los líderes mundiales; además ha ido descendiendo aquélla débilmente en las últimas décadas. Su población es consciente de que su nivel de riqueza logrado no es regalado ni tampoco está blindado frente a un mundo globalizado y cada vez más competitivo. La tasa de actividad -es decir, los ocupados en proporción a la población total potencialmente activa- es allí elevadísima (el 80%) y, por si esto fuera poco, son también los campeones europeos en horas de trabajo semanal, con un máximo legal de 45 y una media efectiva de 42,4 (parecida a la de Japón).

De hecho, algunos trabajadores disfrutan de más de cuatro semanas de vacaciones ya al año debido a sus condiciones especiales pactadas con su empresa. Ese plus lo determina el contrato o el convenio de empresa, no una norma federal impuesta a todos. Esa excepción es posible asumirla por la mayor productividad de ciertas compañías, especialmente las orientadas al mercado exterior, las más dinámicas. A medida que ésta aumenta, se alargan en cada caso las vacaciones así como los demás derechos laborales, sin necesidad alguna de que se decrete centralmente desde el gobierno.

Los sindicatos suizos han pretendido una vez más convencer a sus compatriotas de que la voluntad política del pueblo puede hacer caso omiso de lo que marquen ciertos indicadores económicos y extender dicho privilegio de unos pocos a todos los trabajadores. A pesar de la sexta intentona, les fue imposible persuadirlos. Así de "testaduros" son los suizos.

Pese a otras iniciativas populares de sus sindicatos, las leyes helvéticas no han formalizado tampoco ningún salario mínimo oficial. Éstos están recogidos allí donde deben estar: o bien en ninguna parte o bien en los acuerdos de negociación colectiva voluntaria. En aquellos sectores que carecen de dichas cláusulas de compensación mínima sólo un 10% aproximadamente de los empleados son pagados menos de lo considerado como promedio.

El sector privado de la economía suiza es enorme, éste financia directamente las tres cuartas partes del presupuesto dedicado a I+D en dicho país. Existe un mercado laboral flexible e integrador. El mantenimiento de la paz laboral es un mandato expreso de todos los convenios colectivos para sindicatos y patronales. En la mayor parte de ellos está expresamente prohibida la lucha sindical violenta en cualquiera de sus manifestaciones.

Este pequeño y próspero país mantiene desde hace mucho tiempo unas tasas de paro singularmente bajas (actualmente por debajo del 3%). Allí no existe propiamente "derecho" de indemnización por despido; se tiene asumido que, independientemente del tiempo que se lleve trabajado, si el empleador decide resolver la relación laboral existente paga al empleado tres mensualidades en concepto de preaviso y asunto concluido. Eso sí, hay un seguro de desempleo que cubre incluso al empleado que causa baja voluntaria. En cualquiera de los casos el contratado debe haber cumplido con rigor todas las condiciones del trabajo, haber contribuido un mínimo de 12 meses en los dos últimos años y haberse registrado en la oficina de empleo para encontrar rápidamente otro trabajo adecuado a su formación.

Suiza conserva uno de los niveles más bajos por impuestos tributarios totales de entre los países desarrollados (29% de su PIB). La política de sus gestores públicos a favor de una estabilidad monetaria y una contención de la inflación sostenida en el tiempo han dado como resultado que sea el único país pequeño poseedor de una moneda relevante a escala internacional. Por contra, esto supone convertirse en moneda-refugio y exponerse a las violentas fluctuaciones que sacuden a los mercados financieros en épocas de crisis.

Si exceptuamos los productos agrícolas, el comercio internacional de la república alpina está bastante liberalizado. Desde que se vienen confeccionando los índices de libertad económica, Suiza aparece siempre entre los primeros puestos del planeta. En fin, la renta per cápita de los suizos es francamente envidiable (dicho esto desde un punto de vista sano, no progre).

Parece evidente que saben en su mayoría apreciar y conservar su riqueza generada responsablemente.