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El tabaco, un negocio muy rentable para el Estado

Hipocresía, éste es el término que mejor define la actitud del Estado respecto al ámbito del tabaco. Por un lado, la nueva reforma legislativa persigue a los fumadores con mayor ahínco mientras que, por otro, amplía los puntos autorizados para la venta de cigarrillos. De ahí, precisamente que, más que Ley Antitabaco, ésta deba ser calificada como Ley Antifumadores. Y es que, al contrario de lo que se piensa, al Gobierno le interesa, y mucho, que la gente siga fumando, ya que dicho hábito le genera pingües beneficios.

Los políticos son conscientes de que este particular producto, debido a la adicción que provoca, se caracteriza por tener una demanda muy inelástica, de modo que su consumo apenas varía en función de la subida o bajada de precios. El Estado aprovecha esta circunstancia para aumentar los impuestos que gravan el tabaco, incrementando así sus ingresos, si bien luego, de cara a la opinión pública, trata de ocultar este hecho alzándose como el gran defensor de la salud de los ciudadanos. Nada más lejos de la verdad. Los datos así lo demuestran.

La recaudación fiscal vinculada a esta actividad no ha dejado de crecer ni un solo año. Así, el Estado ingresó 9.842,3 millones de euros en 2010 mediante los impuestos especiales y el IVA del tabaco. En concreto, 7.966,1 millones correspondieron al Impuesto Especial sobre las Labores del Tabaco y los 1.876,2 millones restantes al IVA. Esta cifra supone un 4,19% más que lo recaudado en 2009 y un nuevo récord histórico. No es de extrañar si se tiene en cuenta que los impuestos representan casi el 84% del precio de una cajetilla, de modo que el Estado se fuma 16 pitillos por paquete.

Desde 1990, los ingresos derivados del tabaco se han multiplicado por seis gracias a las constantes subidas tributarias que ha experimentado este producto. Desde entonces, los fumadores han desembolsado a las arcas públicas más de 115.000 millones de euros en total, lo cual no está nada mal. Para poner esta cifra en perspectiva, los fumadores pagan cada año en impuestos el equivalente al 25% del Impuesto de Sociedades y al 15% del IRPF. De este modo, cada fumador paga de media algo más de 1.000 euros al año en el pago de impuestos asociados al tabaco. 

En teoría, las leyes antifumadores se promulgan con la intención de reducir el consumo de cigarrillos y el número de fumadores, pero la realidad, una vez más, es bien distinta. El porcentaje de fumadores en España apenas ha variado en los últimos años. De hecho, ha aumentado ligeramente desde 2006, año en el que se aprobó la Ley que acaba de ser reformada y endurecida: desde el 34% de los mayores de 15 años en 2006 hasta el 35% en 2009, frente al 29% de media en la UE-27. En concreto, 9,23 millones de personas fumaban cigarrillos a diario en 2009, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE).

Así pues, es evidente que la ley ha obtenido un rotundo fracaso en la consecución de los objetivos perseguidos a no ser, claro está, que el fin último del Ejecutivo sea realmente otro. Y es que, efectivamente, aunque el número de fumadores apenas varía (un 1% más), la recaudación fiscal que origina el tabaco se ha elevado en 1.700 millones desde 2006, un 20,8% más. Sin duda, un negocio muy rentable para el Estado.

Una sociedad violenta

Una vez más, el carácter violento y el espíritu de frontera americano se han vuelto a poner de manifiesto con la matanza perpetrada por un perfecto cretino inadaptado en un mall de Arizona.

Y, si bien, algunas eminencias como Paul Krugman han acusado directamente al Tea Party de haber incitado dicha salvajada, demostrando de paso el mismo grado de sentido común que cuando se pone a hablar de economía, para el progre medio las causas son mucho más profundas, estando enraizadas –como está tan de moda decir– en el propio ADN de la sociedad estadounidense.

Así, la explicación progre canónica de la violencia inherente a la sociedad americana se remonta a los mismos orígenes de ésta; una sociedad que se construyó masacrando a los indios, una especie de hippies eco-pacifistas que adoraban al Gran Manitou, fumaban la pipa de la paz y cazaban sólo los bisontes que necesitaban para comer, reciclando, por supuesto , los desechos…

Y qué decir de la esclavitud…Todos esos negros que vivían felices en África hasta que llegaron los tratantes blancos a llevárselos a América (para el progre, el detalle de que esos tratantes blancos comprasen a los esclavos a tratantes negros es irrelevante) y los pusieron a trabajar en plantaciones, manteniéndoles sometidos gracias a la violencia y a la crueldad.

Con estos comienzos, marcados por la violencia, era lógico todo lo que vino después: la Guerra Norte contra Sur, una guerra de anexión contra México, pistoleros y forajidos, algunos tan conocidos como Jesse James o Billy el Niño… o el incidente del Maine.

Ya en el siglo XX, qué decir del Chicago de los años 20, con un Al Capone que solo pudo ser metido en chirona por evasión fiscal…, o de las guerras de Corea, Vietnam, Irak… Solo la dos guerras mundiales tienen un pase.

Está claro que, con estos antecedentes y esa trayectoria, con la violencia como el pecado original de su corta historia, la sociedad americana no podía acabar más que como ha acabado, enferma y paranoica, armada hasta los dientes y dispuesta a resolver sus diferencias a tiros, sin consenso.

Qué diferencia con nuestra sociedad… Por suerte, nuestro ADN tiene unas raíces mucho más pacíficas…

Así, mientras, mejor dicho, desde mucho antes de que los americanos la emprendieran con los indios, los españoles disfrutábamos de la multiculturalidad de la España Musulmana, con pequeños incidentes aislados como las razzias de Almanzor o las Navas de Tolosa, que no pudieron empañar casi ocho siglos de convivencia.

Pero seamos justos, comparemos la corta historia de los USA con el periodo equivalente de la nuestra, es decir, saltemos directamente a los comienzos del siglo diecinueve, cuando los Estados Unidos empezaron su camino como nación independiente.

Y, mira por dónde, aquí también teníamos esclavos… Y aunque en la España peninsular la esclavitud se abolió veintiséis años antes de que Lincoln redactase la Proclamación de la Emancipación, en la España extra peninsular se abolió veintitrés años después, pues no nos olvidemos de que Cuba era España. Pero a diferencia de lo que pasó con el ADN americano, el nuestro salió indemne de dicho periodo esclavista…

Lo que vino después, Guerra de la Independencia contra los gabachos, invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis, tres guerras carlistas, guerras africanas, bandoleros como El Tempranillo, Curro Jiménez o el cura Merino…, parece que tampoco afectó a nuestras cadenas de nucleótidos.

Finamente en el S XX, la Barcelona de los años 20 tampoco tenía mucho que envidiar al Chicago de la Ley Seca y pocos años después nos vimos envueltos en una de las guerras civiles más cainitas de la historia, que desembocó en una dictadura militar… La segunda de este pasado siglo y la enésima si le sumamos el diecinueve. (Curiosamente, la violenta sociedad americana nunca tuvo una dictadura militar…).

Pero el caso es que nuestro ADN ni media…

Finalmente, volviendo al comienzo, una manifestación de paranoia como la americana –el chalado que entra en un mall o en una universidad y se lía a tiros– en España es virtualmente inexistente, siendo sucesos como los de Puerto Hurraco o el sheriff de Lérida casos marginales…

Y además en muchos casos podemos ver la perniciosa influencia americana. Así, en la paliza al Consejero murciano, los agresores usaron ¡un puño americano!

Por otro lado, el chalado hispano siempre puede, en vez de actuar por su cuenta haciendo matanzas inconexas, integrarse en un grupo de liberación regional, sabiendo que sus acciones no solo serán apoyadas por un sector de la sociedad, mayoritario en ciertas áreas, sino que incluso puede ser reconocido como interlocutor por parte del gobierno…

¡Qué tranquilidad da saber que son ellos, los americanos, los de la sociedad enferma, violenta y paranoica! ¿O no?

Diego de Covarrubias

Hace algún tiempo que pensaba escribirles sobre el Centro Diego de Covarrubias, una flamante iniciativa que ha puesto en marcha el economista Vicente Boceta. Con el horizonte de referencia de otras instituciones, como el Acton Institute, reúne a empresarios, profesores de universidad, filósofos o economistas interesados en ese diálogo, supuestamente complicado desde algún punto de vista, entre la actividad económica y una concepción cristiana de la vida.

Se eligió el nombre de este ilustre canonista, doctor de la Escuela de Salamanca, arzobispo de Segovia y Presidente del Consejo de Castilla con Felipe II, por unas acertadas intuiciones que escribió sobre la teoría subjetiva del valor y el precio de los bienes. Covarrubias anticiparía algunos conceptos del liberalismo económico, como la fijación de los precios en el mercado (oferta y demanda, que los escolásticos de Salamanca llamaban atinadamente "libre concurrencia"). Era hijo del famoso arquitecto de la catedral de Toledo Alonso de Covarrubias, y precisamente estamos en la antesala de los quinientos años de su nacimiento (25 de julio de 1512).

Les animo a que visiten la página web del Centro, donde explica sus objetivos, actividades, etc. Allí pueden leer cómo "los principios e ideas liberales constituyen la base determinante para un enfoque cristiano en la solución de los retos sociales, políticos y económicos de la sociedad… El liberalismo económico está íntimamente ligado al cristianismo desde sus orígenes en los autores escolásticos de la Escuela de Salamanca y es una doctrina económica plenamente coherente con las enseñanzas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Defiende una visión de la sociedad comprometida con la libertad individual, guiada por el sistema de valores en los que se basa la civilización occidental que ha demostrado ser la más libre, próspera y justa".

Entre sus más recientes actividades está un completo Ciclo de Conferencias en la Facultad de CC. Económicas y Empresariales del CEU, en colaboración con el Círculo de Estudios Jovellanos de la Asociación Católica de Propagandistas. Lo inauguró el pasado mes de octubre la profesora Cecilia Font de Villanueva hablando sobre "El origen hispano del liberalismo económico: los escolásticos de la Escuela de Salamanca". Explicaba cómo uno de los cimientos de la tradición liberal europea debe situarse en aquellos Maestros, quienes avanzaron importantes consideraciones sobre el funcionamiento de la economía (en un entorno de libertad) a partir de algunas cuestiones morales que se suscitaron en la España del Siglo de Oro. Esta reflexión es bien conocida por los lectores del Instituto Juan de Mariana, que también recibe su nombre de otro famoso doctor de Salamanca.

Sobre aquellos escolásticos también habló en noviembre el académico Juan Velarde, considerándoles precursores de una Doctrina Social de la Iglesia que no tiene reparos en admitir el mercado como cauce legítimo (y más eficaz que otras utopías comunitaristas) del desarrollo económico. Un planteamiento que, sin embargo, es visto con alguna precaución desde otros puntos de vista; por ejemplo, el doctorando del CEU, Daniel Ballesteros Calderón, ha intervenido más recientemente en estas conferencias hablando sobre los "Beneficios, tipos de interés y especulación en el liberalismo cristiano". Sostenía que el creyente debe orientar moralmente todas sus acciones, y en esa dinámica aparece como peligrosa la acumulación de riquezas. Claro; éste es un tema complejo que no vamos a resolver aquí, y que suscitó un interesantísimo debate entre los asistentes (y, en general, siempre que se plantea esa aparente controversia entre liberalismo y cristianismo, como indicaba el Vicedecano del CEU Ángel Algarra, moderador de esta sesión).

Es cierto que la teología católica ha condenado algunas proposiciones "liberales"; pero sospecho que la cuestión aquí es precisar qué se entendía por "liberalismo" en los epígonos del siglo XIX con el Concilio Vaticano I recién clausurado. Parece evidente que la moral cristiana condena a aquellos que "depositan su confianza" en las riquezas; pero no a las riquezas mismas. Entonces, ¿dónde ponemos el límite a la posesión de bienes, a los salarios, a los beneficios? Estoy convencido de que existe un ámbito de entendimiento entre la defensa de la propiedad privada o el éxito en los negocios, y las exigencias de una actitud religiosa. En mi opinión, más que buscar límites exteriores o cálculos de cifras de lo que es ser "demasiado rico", la cuestión estriba en la conciencia personal y el uso que se hace de los bienes. En aquella España del siglo de Oro esto se resolvió con bastante naturalidad a través de las fundaciones, las obras de caridad, la institución de hospitales y colegios, etc., a cuenta de benefactores. (Y obsérvese que ése fue, en cierto sentido y con otras medidas, un cauce a los objetivos de un Estado del Bienestar, de una sociedad con preocupaciones sociales pero sin tanto control gubernamental y presupuestos manirrotos). Dicho con otras palabras: un juicio moral a la economía debe apuntar más bien al modelo antropológico en el que se sustenta; el liberalismo utilitarista es, pienso, criticable precisamente si considera al hombre como un simple "útil" de placer, ajeno a valores trascendentes o a la solidaridad fraternal con sus semejantes, dotados siempre de una dignidad personal.

Termino con ese juicio de Juan Pablo II que recordaba el profesor Velarde: "Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre»".

El dinero mercancía

Como los servicios y la información no pueden ser dinero, sólo quedan las mercancías, los bienes físicos, las cosas materiales, como entidades monetizables fundamentales. No vale cualquier cosa: deben ser objetos fáciles de reconocer, manipular, almacenar y transportar y cuyo valor sea estable respecto a todos los posibles cambios relevantes (de persona, lugar, tiempo, cantidad y posición como comprador o vendedor).

Aunque algunas mercancías sean las que mejor cumplen alguna de esas características de forma independiente, los dineros efectivamente utilizados son las mercancías que mejor cumplen el conjunto de rasgos necesarios para satisfacer las funciones de depósito de valor (atesorar y desatesorar), medio de intercambio y unidad de cuenta. Pueden coexistir varios dineros si cada uno cumple mucho mejor alguna función: un dinero (oro) con valor muy alto para atesorar y para grandes intercambios, y otro (plata) de menor valor para los intercambios menores; un dinero como unidad de cuenta (oro), y complementos o sustitutos para los intercambios.

La facilidad de producción, manipulación, almacenamiento y transporte de un bien dependen de la tecnología y los bienes de capital disponibles en una sociedad. Conforme los grupos humanos avanzaron en su desarrollo económico los bienes monetarios fueron cambiando, desde cosas recolectadas de la naturaleza (conchas de moluscos, semillas) hacia bienes producidos con cada vez mayor grado de procesamiento (sal, metales preciosos).

Las cosas más duraderas (por su estabilidad interna y su resistencia ante perturbaciones externas) y con mayor densidad de valor por unidad de masa y volumen son más fáciles de almacenar y transportar (pero la posibilidad de robo implica costes de protección). El buen dinero debe tener unidades homogéneas persistentes, reconocibles, difíciles de falsificar, de alto valor y de una calidad uniforme (es un bien fungible, sus unidades o cantidades de sustancia son indistinguibles), y debe ser fraccionable y sumable para adaptarse a los diferentes valores de los diversos intercambios (su valor debe ser aproximadamente proporcional a su cantidad o masa, y esta debe ser ajustable a discreción). Como el ajuste y pesado de cantidades es costoso e incómodo, resulta conveniente disponer de diversas unidades estandarizadas (de composición y masa conocidas), que se puedan combinar y contar con facilidad (cabezas de distintos tipos de ganado, bolsas de sal, monedas de metales preciosos).

Los sistemas orgánicos son seres vivos caracterizados por su dinámica autónoma de organización y reproducción: son relativamente poco persistentes, complejos, internamente no homogéneos (no divisibles sin perder su naturaleza), y requieren mantenimiento; parece difícil que puedan utilizarse como dinero, pero el alimento es una necesidad humana universal y durante mucho tiempo no hubo otras alternativas. Han sido dinero algunas semillas y ciertos animales.

Las plantas no se mueven por sí mismas y suelen estropearse rápidamente al ser arrancadas: pero algunas semillas son homogéneas y persistentes. Algunos animales domesticados (ganado) se transportan e incluso buscan alimento por sí mismos con poca atención humana, sus costes de transporte y mantenimiento son relativamente pequeños; su perdurabilidad es limitada pero se reproducen a sí mismos; además son bienes de capital que generan servicios (fuerza motriz) y producen bienes regularmente y no sólo al sacrificarlos (fertilizantes, combustibles, alimentos, abrigo); para su monetización es problemático que sus unidades no sean homogéneas (diferencias entre individuos) y que no sean divisibles sin pérdida de valor (un animal es una unidad compuesta por subsistemas interdependientes).

Las cosas inorgánicas suelen ser sustancias simples (o combinaciones homogéneas de sustancias simples), persistentes y divisibles sin perder su naturaleza. Pero los gases no son apropiables con facilidad; los líquidos son difíciles de manipular (el principal, el agua, es tan abundante que su poder adquisitivo es muy bajo); las piedras o la tierra son por lo general poco valiosas o no fungibles.

Las conchas de algunos moluscos son ornamentos valiosos y bastante uniformes en unidades naturales. La sal es muy útil para la conservación de la carne y su cantidad es ajustable con precisión; protegida de la humedad es persistente de forma indefinida, pero se consume al utilizarse.

Los metales preciosos oro y plata, manipulables mediante la metalurgia, son dineros muy buenos: muy valiosos (ornamento, símbolo de estatus), persistentes, simples, ajustables a discreción en unidades persistentes de calidad y cantidad estandarizada (monedas o lingotes). Otros metales como el cobre y el hierro son menos resistentes o valiosos; el platino es demasiado escaso. Las piedras preciosas no son por lo general buenos dineros: los diamantes no son fraccionables (su valor no depende de la cantidad de sustancia sino de su estructura, y crece más que proporcionalmente con su tamaño y pureza).

La insidia como ideología

En estas páginas se ha abordado por mejores plumas las regulaciones derivadas de ese esperpento de moldeamiento de mentes infantiles que la perversidad habitual de sus mentores dio en llamar Educación para la Ciudadanía.

Sin embargo, los efectos destructivos (constructivos, evidentemente, para aquellos que quieren forjar un ser humano autómata que obedezca sin rechistar al poder establecido) de una sola asignatura obligatoria de doctrina quedarían muy atenuados si no fuera acompañada en todos los grados de la enseñanza y los medios de comunicación de un discurso ideológico que se ha colado transversalmente en todas las materias imaginables.

El ejemplo de la monserga del "calentamiento global" –nótese que convertido en escaso tiempo al mantra del "cambio climático"– nos ha demostrado hasta qué punto estas tendencias de manipulación grosera de la realidad se proyectan, incluso, sobre campos científicos donde la cautela y las advertencias sobre las limitaciones del conocimiento humano impiden llegar a conclusiones precipitadas. Menos aún, emprender un sistema de planificación a escala mundial para controlar la emisión de determinados gases. Tarde o temprano, los efectos contraproducentes del Protocolo de Kioto conducirán a su abrogación de facto.   

A pesar de la preeminencia en el mundo cultural y académico de ideas socialistas y liberticidas, no resulta difícil desmontar la implacabilidad de las machaconas técnicas proselitistas de sus turiferarios. Una de ellas, muy utilizada por el diario El País y allegados, consiste en la sistemática purga de hechos y datos que desluzcan los precocinados ideológicos que sirven a sus lectores. Solo proceden a sus famosas campañas de persecución y linchamiento cuando perciben a un rival peligroso para su tambaleante influencia. Como se sabe, este diario de referencia para los "progres" españoles comenzó su existencia blandiendo el espíritu de la ilustración y teniendo cierta calidad formal. Sin embargo, lleva mucho tiempo convertido en una caricatura autocomplaciente de si mismo, gracias a los ímprobos esfuerzos de una hornada de semialfabetos que lo han despeñado por la mediocridad, a mayor gloria de los poderes fácticos proclives al PSOE.

Otro ámbito en el que se descubren improbables casualidades es el de los manuales de enseñanza de idiomas. Va ya para demasiado tiempo que los estragos causados por la corrección política nacida en Estados Unidos se esparcen entre las principales lenguas del globo. Pero, en concreto, cuando, observamos los manuales más utilizados en la enseñanza del español para extranjeros encontramos los mimbres de esa recreación ideológica y de ese moldeamiento potencial de los futuros hablantes de nuestra lengua. Siguiendo las contraindicaciones para el mantenimiento de la salud mental y la búsqueda del conocimiento, nos podemos quedar perplejos con las selecciones de textos y los asuntos de actualidad escogidos. Afiliarse a Greenpeace o a una ONG es lo que un joven español medio está pensando en hacer. El reciclaje de basuras y la lucha contra el cambio climático pavimentan el camino a la perfección de todo ser humano. La "lucha contra las desigualdades" en su versión pajinesca lleva bastante tiempo anunciada en muchos manuales.

No puede sino mover al pasmo que un libro de escasas páginas reduzca el pensamiento y la literatura españoles y latinoamericanos a autores como Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez o Ernesto Cardenal, con alguna concesión a Octavio Paz y Arturo Pérez Reverte. No cabe duda de que los perfectos idiotas latinoamericanos … y españoles, como bautizaran de forma sublime los autores del gran manual dedicado a ellos (entre ellos, Carlos Alberto Montaner, ganador del premio Juan de Mariana 2010), que pululan por la facultades de filología española y las editoriales al uso priman el adoctrinamiento a través del aprendizaje del español como lengua extranjera.

Un observador imparcial no puede dejar de reconocer la grandeza artística de la literatura de García Márquez, pero, si además de no mencionarse a otros autores tan relevantes al menos –como el reciente Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa– se atribuye mérito al primero por haber impulsado la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, la sospecha de tendenciosidad se convierte en certeza.

No sería justo dejar de reconocer la cantidad y, en algunos aspectos, la calidad del material didáctico para aprender español que puede encontrarse en el mercado. En general, sirve para el fin propuesto, en la medida que conjuga el enfoque comunicativo con múltiples tareas para estimular la adquisición de las destrezas necesarias para dominar el idioma. Se aprecia,  sin embargo, un claro sectarismo en la selección de los temas para incitar a hablar a los alumnos, así como cuando ofrecen información sobre la cultura, la sociedad y las costumbres españolas y latinoamericanas. Por cierto que el mantenimiento de una medida contra la libertad de comercio de libros en España, como es la imposición de precios semifijos a los editores (Arts. 9 y 10 de la Ley 10/2007, de 22 de junio, de la lectura, del libro y de las bibliotecas), permite conseguir estos manuales más baratos en librerías localizadas en el extranjero.

Obviamente, los atractivos diseños e ilustraciones a todo color no mitigan esos vicios, sino que ponen de manifiesto el terrible desfase que existe entre los medios técnicos de que dispone el hombre actual y la amalgama de supersticiones e ideas falsas que tanto predicamento tienen entre las élites supuestamente cultas.

Ley antitabaco: más allá de la crítica fácil al prohibicionismo

Fumar tiene su encanto, es placentero y aviva con su humo todo tipo de cónclaves y contubernios. Lo que ha venido sucediendo en los últimos decenios es que el tabaco de calidad y su aroma han cedido frente al cigarrillo y su peste. Siempre existieron dos clases de lugares donde el humo del tabaco definía el ambiente: las salas de fumar de clubes y casinos, y las tascas y tabernas llenas de ruido y tosquedad. En el primer tipo de recintos se imponía la razón de no afectar a terceros sin que éstos quisieran. Conteniendo el fumeteo, ritualizándolo y afinando las calidades del material, no se hacía sino institucionalizar en clave de respeto la limitación de externalidades: dentro eran positivas, mientras que fuera se intuían negativas. Sin embargo, en tabernas y tascas el humo acabó dominando, y la figura del fumador pasivo adquirió en todas partes la condición de paria social, por no tener ni voz ni voto en el asunto. Los fumadores baratos acabaron dominando, incluso entre los ricos, y perdido el gusto por las apariencias, el cigarrillo comenzó su reinado.

Por supuesto que no se trata de prohibir con carácter público e imperativo. Pero lo cierto es que venimos de años donde el fumador desconsiderado hacía de su capa un sayo, y se ponía el mundo por montera cual petroquímica exonerada de asumir sus efectos contaminantes sobre terceros. Se fumaba en el suburbano, en el autobús, en aviones y trenes, también en las aulas. Profesores y alumnos universitarios compartían un ambiente viciado que impregnaba sus ropas y espíritus. El tabaco era señor todo poderoso y ¡ay! de quien se atreviera a pedir respeto, contención o prudencia. Si te molesta el humo, cámbiate de sitio.

Este tipo de conductas tienden a ser coartadas gracias a la espontánea reprobación de cada vez más individuos, convencidos de que están en su derecho cuando piden a los fumadores que no propaguen su polución en ambientes compartidos. Como reflejo de este anhelo o preferencia, aquellos actores dedicados al servicio colectivo, de transporte, espectáculo, bebidas o viandas, toman nota y optan por ofrecer también un producto desintoxicado. Zonas de no fumadores, o zonas de fumadores, que es lo propio. Otras emisiones, quizá más naturales, han sido paulatinamente proscritas de entre aquellas reglas que gobiernan el decoro social y las buenas maneras. Con el tabaco no ha existido semejante proceso de aprendizaje e interiorización de límites. El humo, como decía, ha dominado en lo público salvo contadas excepciones y sólo la prohibición ha logrado expulsarlo de recintos donde, hoy en día, a cualquiera le resultaría extraño y fuera de lugar.

Algunas culturas arrastran una mayor consideración, pero la nuestra obedece a un "sálvese quien pueda" unido a la típica crispación del conductor que no aguanta ni una: los fumadores patológicos son tan egocéntricos que rara vez asumen o entienden la posición del otro.

El Estado maternal se dedica a propagar a través de la imposición un arbitrario criterio de urbanidad, que queda unido a cierta definición del tipo ideal de ciudadano cortés. Bajo el escudo de la salud (junto con el genérico de la seguridad, el mito más potente manejado por el estatismo), trata de convencer al reticente para que acepte la máxima de que toda medida de restricción se hace por su bien. El bien de todos y la garantía de un respeto artificial, forzoso y bajo pena de apremio desconsiderado sobre sus bienes, e incluso sobre su persona. Bajo tales tópicos y falsedades actúa el Estado cuando de disciplinar la conducta de sus súbditos se trata. Pero a pesar de la crítica, admitamos que en este concreto ámbito no le ha ido tan mal como podría parecer en un primer momento: los no fumadores, felices en un mundo sin humos (de tabaco), y los fumadores, muchos de ellos tremendamente agradecidos por haberles conducido a dejar de fumar como propósito de año nuevo. Ciudadanos mediocres y lastimeros que, por sí mismos, se creen incapaces tanto de hacer valer su dignidad como de afrontar o asumir con respeto sus propios vicios. En esta sociedad amodorrada siempre se aguarda a que irrumpa el Estado y haga del mala trago algo mucho más llevadero. ¿Obligará algún día la ley a no abandonar el gimnasio antes de finalizar el mes de enero? Muchos lo estarán deseando, no me cabe la menor duda al respecto.

La conclusión es la que sigue. El imperio del cigarrillo era excesivo y abusivo, pero el imperio de la ley no es la mejor manera de disciplinar la sensibilidad, la mesura o contención de los individuos. Sea como fuere, el resultado evidente, al margen del desastre que ha supuesto para los hosteleros emprender reformas en sus locales que ahora resultan irrelevantes, es que la mayoría de la población, abiertamente o con la boca pequeña, agradece el palo legislativo. Unos porque quieren dejar de fumar y creen que no pueden. Otros porque, siendo en general incapaces de defender abiertamente su propia dignidad en el ejercicio de pedir respeto a los fumadores desconsiderados, se agazapan detrás del Estado como cobardes y delatores. El resultado final es que se refuerza el espíritu de dependencia y debilidad individuales frente a un Estado cada vez más maternalista. Al mismo tiempo, se refuerza y extiende entre los ciudadanos esa vieja y falaz convicción hobbesiana sobre el poder absoluto y su aparente condición como presupuesto necesario para que la convivencia sea posible. Más Estado, menos libertad, equivalen a una endeble moralidad. Los éxitos del prohibicionismo definen la categoría de los grupos humanos.

El Estado según de Jasay

“¿Qué haría usted si fuera el Estado?”

Así comienza el pensador húngaro Anthony de Jasay la introducción de su libro El Estado: la lógica del poder político, donde expone su visión acerca del funcionamiento y dinámica del Estado.

Piensa que la teoría política ha descuidado el análisis del Estado como una entidad real con voluntad propia –más allá de sus súbditos– que persigue fines determinados. Éste es el enfoque de fondo de su estudio sobre el Estado: “explicar su comportamiento para con nosotros en función de lo que podría esperarse que hiciera”.

Para nuestro autor, el Estado no es un instrumento al servicio de los demás, como sí lo ha sido, y sigue siendo, para el pensamiento político dominante a lo largo de los siglos, a pesar de los importantes matices y diferencias (Hobbes, Locke, Rousseau, Mill, Marx, e incluso para los autores de la Public Choice).

Con el objetivo de entender el comportamiento del Estado, de  Jasay propone comenzar el análisis en un contexto donde no existe el Estado, es decir, donde nadie renuncia a su soberanía y nadie posee el monopolio del uso de la fuerza. Aunque para muchos autores, desde los clásicos teóricos del contrato social, pasando por economistas modernos como Mancur Olson, este estado de naturaleza es radicalmente incompatible con el orden y la civilización, el húngaro mantiene una postura diferente.

Sostiene que esta cuestión no pasa por el análisis histórico, dado que las situaciones en las que la sociedad ha vivido sin Estado durante periodos de tiempo prolongados son escasas. Pero de Jasay tiende a pensar que existiría cooperación en ausencia de esta entidad monopolística de la fuerza. De hecho, señala el caso de los estados nacionales que cooperan con sus vecinos a pesar de no existir un ‘superestado’. Y se pregunta: “¿Respetaría la gente los contratos si no hubiera un agente que velara por su cumplimiento monopolizando el último recurso de la fuerza?”.

Él piensa que sí, a contracorriente de la opinión mayoritaria entre los científicos sociales. No obstante, coincide con una serie de trabajos de investigación que, tanto desde la teoría como desde el análisis de distintos casos históricos, apuntan a la notable capacidad de los individuos de cooperar productivamente sin un gobierno efectivo encargado de velar por el cumplimiento de los contratos, leyes, y la seguridad de los derechos de propiedad.

Su obra es además una crítica a todos aquellos que, como Hayek o Buchanan, han pensado que se podía limitar efectivamente el poder político mediante Constituciones. Escribe que éstas, que son concebidas originalmente como contrapeso y restricción del poder político, pueden incluso llegar a usarse en beneficio del Estado, dándole una mayor legitimidad ante la población para llevar a cabo sus fines y expandirse más fácilmente. Asimismo critica la visión ingenua de que “la sociedad civil se gobierna a sí misma y controla al Estado, el cual, a su vez, no es más que una máquina de registrar y ejecutar ‘elecciones sociales’”.

Quizá uno de los puntos más interesantes de de Jasay sea su planteamiento acerca de la dinámica del Estado. Por un lado, expone cómo su expansión no se produce de forma lineal y continua, sino mediante mutaciones y lavados de cara. Por otro lado, explica cómo el Estado en su proceso de evolución va perdiendo progresivamente autonomía real y discrecionalidad en sus políticas. Esto sucede al verse constreñido a utilizar su poder para… seguir en el poder, lo cual implica, según el autor, que sus políticas deben generar mayor número de ganadores que de perdedores que le otorguen democráticamente la victoria en las urnas.

No obstante, un posible punto débil del análisis del autor es su consideración del Estado como una entidad totalmente homogénea y monolítica, con unos fines determinados y aparentemente únicos. Así, no parece tener en cuenta la probable multiplicidad de intereses que existe en las Administraciones Públicas, concebidas como las partes heterogéneas del Estado.

El trabajo de Jasay supone un intento de hacernos entender mejor la lógica detrás del poder político, lo que motiva la dinámica del Estado que vemos, siquiera solo en parte, en la realidad.

La libertad de prensa y el control político de los medios de comunicación

No abundan los gobernantes respetuosos con los derechos civiles y la libertad de prensa. Más bien, al contrario, los gobiernos quedan integrados por políticos intervencionistas a los que les vuelve locos la "ingeniería social", intentando imponer su visión del mundo al resto de los ciudadanos. Llevados por su sectarismo ideológico, no sienten reparos en atacar derechos individuales previos a la existencia de cualquier Constitución que instaure una democracia liberal y, por tanto, anteriores al ordenamiento jurídico positivo.
 
Los medios de comunicación libres y críticos con el positivismo jurídico son imprescindibles para la existencia de una verdadera democracia liberal, pero resultan incómodos para cualquier Gobierno intervencionista. Por ello, los dirigentes sectarios buscan silenciar cualquier voz discrepante respecto de los mensajes y políticas gubernamentales que pretenden guiar la sociedad a favor de sus intereses con justificaciones como el "interés público", el "bienestar social" o, en el caso que analizamos, "garantizar la transparencia y el pluralismo en el sector" o "los derechos de los ciudadanos".
 
Una primera fase, de acoso y derribo de los disidentes, es la marginación y demonización de los representantes de la sociedad civil que alzan su voz frente a la corrupción, los desmanes presupuestarios y los atropellos de derechos civiles realizados por los políticos. Los medios progubernamentales muelen a palos al opositor con campañas de amedrentamiento y calificativos variados como "fascista", "neoliberal", "anarquista", "facha", "radical", "antidemocrático"…
 
Una segunda fase, más seria y peligrosa para el ejercicio de las libertades individuales, es la introducción de legislación liberticida para silenciar y controlar "legalmente" a los medios de comunicación por medio de leyes de Consejos Censores que permiten desde las sanciones pecuniarias hasta la retirada de las concesiones administrativas.
 
Pues bien, el proceso de ingeniería social en España no se conforma con imponer leyes que pretenden adoctrinar sobre ámbitos de decisión privados relativos a los valores morales, la lengua, la cultura y la libertad de elección de los individuos como, por ejemplo, con la "educación para la ciudadanía", la "inmersión" lingüística o la "prohibición" de fumar en lugares privados de uso público.
 
La Ley 7/2010, de 31 de marzo, General de Comunicación Audiovisual (LGCA) impone un amplio corsé al ejercicio de la libertad empresarial y de la libertad de prensa en los medios de comunicación audiovisual. Sin embargo, lo más preocupante es que preveía la creación de un organismo público denominado Consejo Estatal de Medios Audiovisuales (CEMA) que dependerá del Ministerio de Presidencia y, según el artículo 48 LGCA, realizará inspecciones e instruirá y sancionará un amplio abanico de conductas tipificadas como infracciones.
 
Recientemente, el Ministro de Presidencia ha anunciado que en los próximos meses se creará el CEMA y, tal y como preveía la LGCA, tendrá potestad "sancionadora" sobre los comportamientos en materia audiovisual que "violenten radicalmente los principios en los que se configura nuestra convivencia". La excusa oficial que encubre las intenciones reales es la preocupación gubernamental por la "banalización", los "personajes de escaso mérito como modelos sociales", los "valores devaluados de convivencia" y los "climas de crispación y enfrentamiento".
 
Se impone un tutelaje gubernamental de los medios de comunicación como si los ciudadanos fuesen tontos y no tuviesen un mando a distancia con el que decidir que canales quieren ver entre una amplísima oferta. Los ciudadanos más instruidos y aquellos que ya sufrieron la censura franquista saben con certeza que la intención real, detrás de una ley de censura audiovisual, es el castigo y el cierre de las emisoras que critiquen a un Gobierno.
 
Nótese que el artículo 49 LGCA indica que los miembros del CEMA serán nombrados por el Gobierno mediante Real Decreto y a propuesta del Congreso de los Diputados (aprobada por mayoría de tres quintos), por lo que existen fundadas sospechas de que los personajes que gestionarán este Consejo Censor Público pueden trabajar al servicio de los intereses políticos que hayan promovido su candidatura, tal y como ya sucedía con los censores durante la dictadura franquista.
 
Adviértase que en ningún momento aparece la figura de un juez o tribunal de justicia independiente que pudiese proporcionar ciertas garantías procesales y jurídicas al periodista o al medio de comunicación audiovisual, o bien que pudiese tutelar de modo profesional los derechos civiles conforme al artículo 53 CE de la Constitución Española de 1978.
 
Entre los derechos fundamentales que pueden recabar la tutela judicial en España, se encuentra el artículo 20 CE que reconoce y protege el derecho "a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión" y que, aparentemente, debería permitir el ejercicio de la libertad de prensa en los medios audiovisuales sin ninguna interferencia política.
 
De modo absolutamente arbitrario, las sanciones del CEMA se impondrán a aquellos medios de comunicación audiovisual que inquieten al poder político, sin que exista la mediación de un juez. Sólo después de que termine la vía administrativa, es decir, con la sanción ya aplicada, y sólo después de ocasionado el daño por su imposición, la empresa podrá recurrir por la vía judicial contencioso-administrativa.
 
Sin embargo, el artículo 56 LGCA no se olvida de la labor "censora" (sancionadora) de los políticos autonómicos, siempre que "no sobrepase sus respectivos límites territoriales". Es decir, también se consiente el control político de los medios de comunicación audiovisuales en el ámbito autonómico y, por tanto, quedan indirectamente validadas las sanciones del Consejo Audiovisual Catalán (CAC) que retiraron licencias de emisión a diversas empresas por haber mantenido líneas editoriales opuestas a los criterios de los políticos nacionalistas de Cataluña.
 
Obsérvese que el artículo 60 LGCA establece sanciones con multas que pueden alcanzar el millón de euros en televisión y 200.000 euros en radio y, adicionalmente, permite imponer la "revocación de la licencia para prestar el servicio de comunicación audiovisual".
 
Se trata de introducir legislación y comités para el control de los medios de comunicación audiovisual, al igual que anteriormente se ha legislado la interceptación de comunicaciones o se intenta aprobar una ley de censura en Internet. Un paquete de leyes liberticidas que, si logran implantarse sin el concurso previo de jueces independientes, permitirán remover los últimos obstáculos que mantienen viva la libertad de prensa y que dificultan la imposición del culto al Estado a favor de los intereses de una casta política que pretende seguir tutelando una sociedad civil estabulada

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Forty niners

En 1848 corrió, como un reguero de pólvora encendido, la noticia de que en California, en el extremo occidental del país, el oro abundaba. El mineral, aferrado a las rocas milenarias, yacente en los ríos de aquél territorio, estaba a la espera de que lo arrancasen las primeras manos que llegasen. Y acudieron a miles. A una velocidad inusitada. Fue el gold rush (fiebre del oro) y a aquellos hombres se les llamó forty niners, por el año en que acudieron en masa a la busca del metal amarillo.

Podemos imaginarnos por un momento la situación. Millares de hombres, en su mayoría jóvenes, acudiendo a un territorio escasamente explotado y movidos por el sueño de ser inmensamente ricos en muy poco tiempo. Hábiles todos en el manejo de las armas, que les acompañan en todo momento, aficionados los más al alcohol. Su carrera fue tan frenética que dejaron atrás las instituciones de los Estados Unidos que, año a año, ganaban territorio hacia el oeste. Pero los forty niners fueron mucho más rápidos. ¿Qué cabría esperar de la llegada en masa de unos hombres ávidos de riqueza, dispuestos a ocupar recursos valiosos y escasos y sin el apoyo de las instituciones legales? La guerra sin cuartel, el amontonamiento de cadáveres, el caos, el crimen convertido en ley y la ley en crimen.

Sin embargo, lo que ocurrió no fue eso. Lee Harris, en The next American Civil War, dice que “estas expectativas no se cumplieron. Agudos observadores que se habían cruzado en su camino con los campos de oro quedaban unánimemente asombrados al encontrar que los mineros habían marcado de forma espontánea un conjunto de normas y regulaciones que a todos concernían y que todos aceptaban”. Las normas variaban enormemente de distrito en distrito, incluso en ocasiones entre territorios contiguos. “Pero todas tenían el mismo objetivo: la minimización de conflictos debidos a los reclamos sobre las minas”.

Lo cual tiene sentido. El oro es un bien muy preciado, pero lo es menos que la propia vida. Y el conflicto continuo es muy costoso e inseguro, y desvía los esfuerzos que, de otro modo, se dedicarían a la explotación del territorio. Lo más eficaz para todo el mundo es la sumisión a unas normas aceptadas, que permitan la extracción del mineral sin conflictos. Y los hombres, constituidos en compañías mineras, se prestaron con dedicación a fijar tales normas y dar con la forma de hacerlas cumplir.

Terry L Anderson y P. J. Hill escribieron el artículo “An American Experiment in Anarcho-Capitalism: The Not So Wild, Wild West”, en el que describen cómo esa sociedad libertaria no se parecía, ni de lejos, a la existencia solitaria, pobre brutal y breve que Hobbes previó consustancial al estado de naturaleza, como fase previa al surgimiento del Estado. En el artículo citan a un historiador,J. H. Beadle, quien dice en uno de sus libros: “No había ninguna autoridad constitucional, y no había ningún juez o funcionario a menos de quinientas millas. Los invasores quedaban expuestos a las leyes fundamentales de la naturaleza, acaso con los derechos inherentes a la ciudadanía americana”. Anderson y Hill añaden que “el primer derecho civil que evolucionó de este proceso se aproxima al anarco capitalismo tanto como cualquier otra experiencia en los Estados Unidos”.

Las compañías que se creaban para explotar las minas de oro fijaban sus propias normas. Entre ellas se incluían, a menudo, “acuerdos para la contribución para cuidar de los enfermos o desafortunados, reglas de conducta personal como el uso de las bebidas alcoholicas o las multas que se podían imponer a las conductas impropias” (Anderson y Hill) u otras como el modo de financiar las operaciones. “No conocían una jurisdicción superior a la ley de la mayoría de la compañía”.

Cuando se trataba de lidiar con otros disputas sobre la propiedad, “la solución general fue la de mantener unas reuniones generales y designar comités a los que se les encargaba la redacción de normas”.

Y recogen un ejemplo citado por Beadle, y que se refiere a un distrito de Colorado: “Se mantuvo una reunión general de mineros el 8 de junio de 1859, y se designó a un comité para que redactase un código de leyes. Este comité trazó los lindes del distrito y su código civil. Después de un período de discusión y enmiendas, fue unánimemente adoptado en otra reunión general el 16 de julio de 1859. El ejemplo fue rápidamente seguido en otros distritos, y todo el Territorio se dividió pronto en multitud de soberanías locales”.

Un historiador del negocio de la minería en aquellos años explica que “ningún alcalde, consejo o juez de paz fue jamás impuesto sobre un distrito por un poder venido de fuera. El distrito era la unidad de organización política, en muchas regiones, tras la creación de un Estado. Y los delegados de los distritos colindantes se reunían para abordar los lindes o las materias del gobierno local, que luego explicaban en sus respectivas circunscripciones en reuniones al aire libre, en una ladera o en la rivera de un río”. La desconfianza hacia las normas venidas de fuera era tal que en muchos distritos se prohibía el ejercicio del derecho a los abogados. En el distrito Union Mining se dictó la siguiente norma: “Se resuelve que no se permitirá el ejercicio del derecho a ningún abogado en este distrito, bajo la pena de no más de cincuenta ni menos de veinte latigazos, más la expulsión para siempre del distrito”.

Se creaban cortes por reclutamiento de voluntarios del lugar. Rara vez eran permanentes. Cualquier ciudadano que cumpliese la ley podría convertirse en acusador o defensor en el proceso, y a cualquiera se le podía encargar la tarea de hacer cumplir las resoluciones de la corte. Había competencia entre las cortes, que cobraban por el servicio de impartir justicia. Las partes llegaban más fácilmente a un acuerdo sobre a cuál recurrir si ésta se había ganado fama de ser justa en sus resoluciones, de modo que la competencia entre distintas cortes, si se daba, favorecía que prevaleciese la justicia.

Aun así, se daban casos en que una parte no estaba contenta con la resolución de la corte, pero entonces aún quedaba un recurso. La parte que se consideraba que sus derechos habían sido tratados injustamente tenía la opción de ponerse en contacto con todas las partes y llamar a un nuevo acuerdo sobre la división del territorio y la formación de un nuevo distrito.

Todo ello le resultará extraño a quien esté habituado a pensar que sin el expreso consentimiento, la prohibición terminante y el apremio y guía constantes del Estado, los ciudadanos somos incapaces de organizarnos. La experiencia, y la constatación de que los hombres podemos pensar racionalmente, señalan en sentido contrario.

Ideas inapropiables

La propiedad intelectual es una ficción, pues no puede existir un derecho de propiedad sobre "bienes intelectuales". Un derecho de propiedad es un derecho a controlar, un derecho a decidir qué uso debe darse a lo que se posee. Sucede así con los bienes tangibles. Si tengo un derecho de propiedad sobre mi casa, significa que puedo controlar su uso, que puedo decidir quién entra, cómo la decoro, qué se hace en ella, etc. Pero con los bienes "intelectuales", intangibles y no rivales por naturaleza, no ocurre lo mismo.

Si concibo una tostadora innovadora, una nueva fórmula para una bebida energética, una canción o un poema, puedo decidir no contárselo a nadie ni plasmarlo materialmente. Uno es dueño de su silencio, como bien empieza el proverbio. Pero una vez hago pública mi idea, una vez alguien la escucha o la observa sin que medie fuerza ni fraude, ya es tan suya como mía. No puedo decir que una idea que ha sido asimilada por otra persona, originada en mí pero que ya reside en su mente, me pertenece en exclusividad.

Un derecho de propiedad, decíamos, es un derecho a controlar, y no puedo controlar lo que piensa otra persona, o cuándo lo piensa, o cómo lo piensa. Si yo fuera propietario de esa idea podría denunciar a la otra persona por pensar en ella sin mi consentimiento. Podría, de hecho, impedir que esa persona piense en mi idea, del mismo modo que puedo impedir que alguien entre y utilice mi casa. Pero no puedo hacerlo, pues las ideas que una persona tiene en su mente ya forman parte de su pensamiento, con independencia de dónde se hayan originado.

La propiedad intelectual admite implícitamente esta realidad al hacer objeto de protección únicamente la copia o reproducción en bienes tangibles. El autor o inventor de un poema, una canción o una tostadora no puede denunciarte por saber la letra o el mecanismo de memoria, solo puede demandarte si copias la idea en un soporte físico (CD, DVD, papel…) o la reproduces haciendo uso de materiales tangibles (instrumentos, un local, piezas). Pero entonces la propiedad intelectual ya no es un "derecho de propiedad sobre una idea", sino un derecho de propiedad de un bien tangible con respecto a la plasmación de una idea. La propiedad intelectual solo se puede aplicar sobre los bienes tangibles, y en este sentido implica una redistribución de títulos de propiedad difícilmente justificable desde el liberalismo: el propietario de un CD, DVD, papel, instrumentos, local, piezas… deja de controlar de forma exclusiva lo que es suyo, pues ya no puede hacer con ellos lo que quiera. ¿Y cuál es el fundamento de este recorte del derecho de propiedad?

La respuesta no puede ser "la plasmación de una idea que es propiedad de otro", pues sería circular. Ya hemos establecido que las ideas no son apropiables, o que su autor no retiene un derecho de propiedad exclusivo cuando la idea ya ha sido asimilada por la mente de otra persona (que puede haber escuchado u observado ese patrón de información sin utilizar la fuerza ni violar ningún contrato).

Otra forma de exponer el mismo razonamiento: una canción se origina en mi mente y yo la canto en un concierto o en la radio. Otra persona la escucha y memoriza su melodía y su letra. Esa canción está ahora en su mente de forma absolutamente legítima. La canción es mía en origen, pero es de ambos de facto en el presente. La segunda persona da un concierto en un local de su propiedad, con instrumentos de su propiedad, y luego graba esta reproducción en un CD de su propiedad. ¿Está iniciando la fuerza contra alguien? ¿Tengo yo derecho, como autor de la canción original, a exigirle royalties o a silenciarle por la fuerza?

El debate sobre la propiedad intelectual está estrechamente relacionado con el derecho al honor, un "derecho" ampliamente disputado desde el liberalismo. El derecho al honor también es un derecho de propiedad sobre ideas, en particular sobre la idea o imagen que los demás tienen de uno. Esto es, la reputación. Pero nadie puede controlar lo que una persona piensa de otra, luego no puede haber un derecho de control sobre la reputación de uno. Afirmar que somos propietarios de nuestra reputación implica arrogarnos un derecho imposible sobre los pensamientos ajenos, del mismo modo que declararse propietario de una idea implica arrogarse un control sobre un patrón de información que ya ha sido asimilado por otros.

En definitiva, una idea es como los rayos del sol: un bien no escaso, cuya cantidad no disminuye para el resto cuando la consumimos, ni podemos excluir a los demás de su uso. No son físicamente "controlables" y por tanto no pueden ser objeto de "control" exclusivo. No son apropiables.