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Los problemas del crudo están en la superficie

El precio del barril de crudo traspasó los 144 dólares el pasado mes de julio y su suelo de resistencia está en torno a los 105. Los poderes públicos y sus economistas a sueldo lo tienen claro: lo determinante ha sido la especulación, por tanto hay que regular más el sector financiero para que los inversores no entren en los mercados de futuros libremente.

Es lo típico del dirigismo económico, a saber, crear un chivo expiatorio (con visos de veracidad) al que poder achacar todos los males de la situación para tener justificación de intervenir más en el "deficiente" mercado y, de paso, ocultar otros motivos bien reales del alza del precio del crudo en los últimos años pero incómodos de reconocer; a saber:

  • Producción (oferta) insuficiente o, al menos, demasiado ajustada o rígida que, junto a la creciente demanda inelástica, supone una combinación explosiva. Lo siento por la imaginería progre, pero todas las petroleras juntas, las llamadas International Oil Companies (IOC), tales como ExxonMobil, Chevron, ConocoPhillips, BP, Shell, etc., por mucho poder que se les atribuya, sólo aportan un 10% de la producción mundial y mantienen sólo un 3% de las reservas actuales. Si hay que buscar responsables por parte de la deficiente oferta hay que mirar más bien a los gobiernos petroleros.

    El 97% de las reservas actuales y más del 80% de todos los recursos mundiales de hidrocarburos están en manos (más bien manazas) públicas mediante las llamadas National Oil Companies (NOC) bien directamente o bien por sus contratos con las petroleras internacionales. Ejemplos de NOC son, Pdvsa (Venezuela), Petrobras (Brasil), Pemex (México) Aramco (Arabia Saudí), NIOC (Irán), Gazprom (Rusia) o Pertamina (Indonesia).

    Se sabe que los gobiernos petroleros otorgan desde hace años renovaciones o licencias de nuevas explotaciones de forma casi exclusiva a sus propias compañías NOC que, por su voracidad recaudatoria, tan sólo explotan los yacimientos descubiertos por las IOC (lo fácil) mostrando una aversión congénita a explorar y evaluar nuevas zonas (lo difícil).

    Por su parte, el cártel de la OPEP, que controla el 40% de la oferta mundial y casi un 70% de todo lo que se negocia internacionalmente, asegura que la producción actual de 86 millones de barriles diarios es suficiente. A pesar de que no lo desmienta la Agencia Internacional de la Energía –adversario teórico de la OPEP que representa a los países consumidores– parece que las expectativas del mercado apuntan hacia otra dirección.

  • Devaluación brutal del dólar debida a la mala práctica de la Fed de bajar agresivamente los tipos en EEUU para salvar el sistema financiero americano. Lleva aparejado, entre otros efectos perturbadores, el deterioro de los ingresos por ventas de petróleo de los países productores que se ven abocados a subir, lógicamente, su precio referenciado a dólares.

  • Inestabilidad geopolítica de los países exportadores tanto real (Nigeria, Irak) como latente (Irán, Venezuela, Rusia) que obliga a pagar suculentas primas de riesgo para garantizar su suministro.

  • Aumento de población mundial y despegue económico de países emergentes, especialmente China e India. Es más, ciertos países (India, Malasia, Indonesia, Sri Lanka) han subsidiado los combustibles para no alterar su producción. Con esta intervención pública sus ciudadanos ignoran su encarecimiento y la demanda tarda en modularse en ellos.

  • Aumento progresivo del "Government take" que las autoridades nacionales (intentos incluidos de la ex-candidata americana) han venido imponiendo a las IOC. Esta confiscación ha pasado en la mayor parte de los casos a un 90% de la rentabilidad de la explotación de los yacimientos en origen (entre regalías, impuestos o topes a las ganancias). Además está la altísima fiscalidad del crudo en los países de mayor consumo. Estos bocados de los gobiernos en ambas puntas impiden aumentar el beneficio y, por ende, las inversiones de las IOC y otras empresas para desarrollar las innovaciones tecnológicas tan deseadas en perforación, producción, recuperación o refino para atender la demanda creciente. Recordemos que las NOC están a otra cosa (al mero recaudar sin la mirada empresarial).

  • Falta de inversión, cuadros profesionales y tecnología adecuada para perfeccionar y extender todas las actividades del upstream (exploración, evaluación y producción) y del downstream (transporte, refino, petroquímica y comercialización). El crudo vale cero si no llega al depósito del motor de transporte (como gasolina o gasóleo), del avión (como queroseno) o se transforma en derivados, plásticos, lubricantes o, simplemente, en energía. Desde 1986 a 2002 los bajísimos precios del mercado (25-30 dólares por barril de media) no estimularon la anticipación inversora necesaria para atender la actual demanda. El tiempo está maduro para invertir en explotaciones de nuevas zonas menos accesibles ahora que los precios de mercado están por encima del coste marginal de los campos menos productivos. No obstante, las presiones que algunos ejecutivos "petronacionalistas" ejercen sobre las IOC (rompiendo contratos unilateralmente, cambiando las reglas de juego y elevando aún más la presión fiscal) han creado una inseguridad jurídica que desalienta el acometer grandes proyectos intensivos en capital que necesitan largo tiempo de maduración.

  • Intensificación de la especulación o inversión financiera en mercados de futuros de commodities (entre ellas el crudo) huyendo de otros activos poco fiables o de bajo rendimiento. Como causa sobrevenida del encarecimiento del crudo está, efectivamente, este ligero trasvase de los activos dentro de las carteras de muchos inversores particulares e institucionales al haberse convertido el mercado de petróleo, y el de otras materias primas, en un activo refugio. Pero esto es un síntoma, no el fundamento del alza del precio del barril del crudo. Además, la responsabilidad última de que la conservación de los saldos líquidos en dólares les queme "gesellianamente" en las manos a los inversores ha sido de los bancos centrales (especialmente la Reserva Federal) por sus temerarias políticas llevadas a cabo de expansión crediticia sin respaldo de ahorro verdadero.

Pese a que lo que vende más son las anteojeras interesadas de los planificadores estatales, lo cierto es que, si nos fijamos en todos y cada uno de los factores antes mencionados, es siempre de algún modo u otro el quehacer de gobiernos públicos el causante directo o mediato del actual desajuste entre la oferta y la demanda del crudo que no se produciría con tal intensidad de haber un mercado con menos presencia gubernamental.

Con ocasión del último Congreso Mundial del Petróleo celebrado recientemente en Madrid, el representante de BP comentó con acierto en su exposición que los problemas del crudo están más en la superficie de la Tierra (maniobras políticas) que en su subsuelo.

Del liberalismo al utilitarismo pasando por Hiroshima

El pasado día 6 de agosto fue el 63 aniversario del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima durante la Segunda Guerra Mundial. La decisión de Truman suscita opiniones encontradas y acalorados debates, también en los círculos liberales.

Hay una tendencia a considerar inevitable aquello que ha sucedido, quizás porque cuesta visualizar un futurible y pensamos que si la historia se ha desarrollado de esta manera por alguna buena razón será. En el caso de Hiroshima y Nagasaki, el discurso de la "necesidad" del lanzamiento de las bombas atómicas resuena con fuerza. Pero los hechos no parecen apuntar tan claramente en esa dirección a pesar de todo y, lo más importante, cuando exploramos las posibles alternativas nos damos cuenta de que el liberal tiene que abandonar sus premisas o poner en suspenso sus principios si quiere secundar la "necesidad" de esa decisión.

Consideremos, por ejemplo, el asunto de la rendición incondicional. Los japoneses estaban derrotados desde antes de Hiroshima, no podían causar ningún daño en territorio americano y su rendición era cuestión de tiempo, sobre todo después de que los soviéticos empezaran a avanzar en Manchuria. Japón estaba militar y económicamente exhausto, y buscaba unos términos de rendición "aceptables", que incluyeran el mantenimiento del emperador. Estados Unidos, a través de la Declaración de Postdam, dio a entender implícitamente que el sistema imperial sería desmantelado y el emperador sería juzgado por crímenes de guerra, algo inaceptable para los japoneses.

Llegados a este punto, la pregunta es: ¿valía la defenestración del emperador el precio de lanzar dos bombas atómicas sobre población civil? Una posible respuesta es: "sí, el emperador era como Hitler, ¿deberían haber aceptado los aliados una rendición en la que se mantuviera a Hitler en el poder?" Pero esta clase de respuesta únicamente tiene en cuenta la moralidad de dejar impune a un criminal de guerra, no evalúa los costes y beneficios, no considera los trade-off de una decisión de esta magnitud.

Es verdad que hubiera sido sumamente injusto dejar a Hitler o a Hirohito impunes, ¿pero justifica su impunidad la masacre de decenas de miles de personas? En cualquier otro contexto el trade-off lo hacemos a favor de las víctimas: preferimos dejar impune a un criminal que encerrar a 10 inocentes, y en este sentido somos partidarios de una fuerte presunción de inocencia.

Sea como fuere, la realidad posterior a la rendición hace estéril esta discusión: Estados Unidos acabó respetado al emperador. De hecho trabajó para limpiar su nombre y descargarle de responsabilidad en las atrocidades que cometió el Imperio japonés. En 1975 Hirohito fue recibido en la Casa Blanca por Gerald Ford como un jefe de Estado cualquiera. En 1989 George Bush asistió a su funeral. Si Estados Unidos hubiera manifestado su intención de no tocar al emperador existe la posibilidad de que los japoneses se hubieran rendido.

Hay varias cosas que Estados Unidos podría haber hecho antes de lanzar las bombas y que no hizo. A lo mejor no hubieran alterado la determinación japonesa a continuar la guerra en el contexto de una rendición incondicional. A lo mejor sí. Nunca lo sabremos.

Los japoneses podrían haber sido advertidos de que iban a ser víctimas del arma más mortífera jamás inventada y, tal y como pidieron algunos científicos que participaron en el proyecto atómico, podría haberse mostrado el poder de la bomba en alguna zona deshabitada o evacuada. Tampoco se informó a los japoneses de que la Unión Soviética iba a declarar la guerra a Japón, algo que como señala Ralph Raico hubiera conmocionado a Tokio más que las bombas.

Luego viene la guerra de cifras, donde liberales que de normal rechazan y desprecian los argumentos utilitaristas suscriben alegremente la máxima de que el fin justifica los medios. Matar inocentes se vuelve justo y defendible porque se evita un mal mayor. Las bombas salvaron la vida de aquellos soldados y civiles que hubieran muerto en una invasión por tierra (o sirvieron para atemorizar a los soviéticos y poner freno a sus ambiciones). Dejando a un lado que había informes que pronosticaban una cifra de víctimas bastante inferior al popularizado millón de muertos, la idea de que es lícito matar a Juan porque eso salvará la vida de Miguel es difícil de cuadrar con una ética que acostumbra a condenar las agresiones contra personas, en particular el asesinato de una persona inocente con independencia de la motivación del crimen. Por qué cuando en lugar de Juan y Miguel hablamos de decenas de miles de soldados americanos y civiles japoneses la conclusión es distinta es un misterio.

Muchos liberales que apoyan la decisión de Truman responden a los intervencionistas que la redistribución es injusta porque implica agredir a unos para beneficiar a otros, con independencia de que los beneficiados puedan ser más o que vaya a haber ganancias en "utilidad". Pero tan pronto como hablamos de guerras, o del lanzamiento de las bombas, estos liberales empiezan a usar los mismos argumentos que utilizaban los intervencionistas y que ellos desechaban.

Otro argumento es que para Truman las vidas de los soldados americanos eran lógicamente más valiosas que las vidas de los civiles japoneses. Pero esto no es un argumento, es una descripción de la realidad y de las motivaciones de Truman. Que uno valore más la vida de un familiar suyo que la de un desconocido no significa que el desconocido tenga menos derechos. Podemos poner más ejemplos con Juan y Miguel. Habrá a quien le parezca insólito que juzguemos la decisión de Truman como liberales y no como si fuéramos el propio Truman, pero eso es exactamente lo que hacemos en tantos otros casos: juzgar las acciones de los políticos de acuerdo con unos determinados principios, aunque ellos los ignoren o repudien.

En última instancia, aunque Japón no fuera a rendirse hay otra alternativa a las bombas y a la invasión, y es el dar por terminada la contienda sin más. Coger los bártulos e irse a casa. ¿No es realista? Claramente no lo es. Tampoco lo es defender la privatización de la educación o la prohibición de las drogas. Pero la ausencia de un contexto propicio para la implementación de estas políticas, la ausencia de una mentalidad que aceptara terminar la guerra sin más, no implica que sea una opción indefendible. Japón empezó la guerra y es natural que los agredidos busquen justicia. Pero Japón estaba técnicamente derrotada, no podía infringir ningún daño en territorio americano, y causar la muerte de miles de personas inocentes para juzgar a unos cuantos militares no se acerca a mi idea de justicia. No me importa que esta opinión choque con la convención de que las guerras deben terminarse o de que "los buenos deben ganar". Si no nos preocupa ir a contracorriente en otros temas, no sé por qué tendría que importarnos en este caso.

Los periódicos de mañana

El movimiento ya ha comenzado. Más de 6.300 periodistas han perdido su trabajo en los EEEU, y todos estos trabajadores estaban empleados en las ediciones impresas; ninguno pertenece a las ediciones online. 28 medios han eliminado más de cien puestos de trabajo y 7 han prescindido de más de 200 personas. El New York Times comunicó en febrero de 2008 que iba a recortar 100 puestos de trabajo, el San Francisco Chronicle anunció en mayo que se desharía del 25% de sus trabajadores para finales del verano y otros medios como el Washington Post, LA Times, Chicago Tribune o el Baltimore Sun también han llevado a cabo despidos.

Ya no son teorías. Los medios online están acabando con los medios impresos. La transformación que están viviendo los medios de comunicación es imparable. Los periódicos además de transformarse de medios off a on están inmersos en un nuevo mercado, ya que no sólo compiten con sus iguales si no con otras empresas como buscadores, portales o agregadores.

Los medios están buscando diferentes fórmulas para adaptarse a la nueva situación: medios como el New York Times han optado por la vía de las adquisiciones, comprando About.com; otros han probado mezclar la venta de publicidad offline y online (que no está funcionando); otros han intentado juntarse y agrupar su tráfico para ofrecer a los anunciantes mayor volumen; y por último otros han decidido vender un paquete que incluye anuncios del periódico con anuncios de buscadores como Google y Yahoo. Son fórmulas, algunas buenas y otras no tanto, pero revelan que los medios se están adaptando a nuevo mercado, un mercado que si a alguien está beneficiando es a los usuarios, a las personas que consumen información.

Se empiezan a escuchar opiniones contrarias a esta transformación que argumentan que estos cambios hacen que los periodistas cobren menos importancia y que los medios online están demasiado volcados a lo que demandan sus usuarios. Muchas de estas opiniones vienen de los propios periodistas, que ven mermada su capacidad de influencia al tener que someterse a las necesidades informativas de los lectores y no a líneas editoriales predeterminadas. Pero están nadando contracorriente. Este nuevo mercado de los medios de comunicación es un ejemplo perfecto para demostrar que los mercados libres tienen a internet como el mejor aliado.

Notas sobre economía de la ciencia

El conocimiento humano tiene características peculiares en comparación con otros factores de la acción humana respecto a su extinción por consumo, la rivalidad en el consumo y la dificultad de exclusión de beneficiarios.

El conocimiento humano no se gasta con el uso sino que por el contrario en muchos ámbitos el uso perfecciona el conocimiento, lo fija en la memoria de forma más persistente, lo precisa y enriquece.

Algunos bienes económicos presentan rivalidad en el consumo: el consumo de una persona imposibilita (o dificulta en mayor o menor grado) el consumo de otras personas. Las ideas consideradas como patrones inmateriales de información no parecen presentar este problema, ya que el hecho de que una persona utilice una idea no imposibilita que otra persona utilice la misma idea. Pero lo que existe en la realidad y se utiliza como medio para la acción son representaciones concretas de ideas abstractas, las cuales pueden ser relativamente fáciles de copiar pero siempre son escasas en mayor o menor grado: el uso de una copia concreta por una persona excluye su uso por otros.

Algunos bienes económicos presentan dificultades de exclusión de beneficiarios no dispuestos a pagar: el vendedor no puede controlar que sólo los compradores que paguen disfruten de su producto. En ocasiones los generadores de conocimiento intentan beneficiarse del mismo controlando su difusión, exigiendo un pago a los receptores de su información; pero cuando el originador de un mensaje lo comunica transmite una copia del mismo que el receptor puede en principio volver a transmitir a otros sin la colaboración del creador.

Que la copia de ideas sea en general fácil y barata no implica que su utilización y aprovechamiento también lo sea. Algunos memes, especialmente relacionados con el arte y el entretenimiento (canciones, historias), pueden copiarse y disfrutarse con mucha facilidad sin conocimientos especiales. Muchas ideas científicas y tecnológicas son complejas y sofisticadas: disponer de una representación de la información no es suficiente para entenderla y asimilarla, es necesario dominar previamente otras ideas relacionadas con un alto nivel de maestría. Cantidades ingentes de información técnica y científica están disponibles a muy bajo coste pero pocos seres humanos en cada ámbito tienen la formación intelectual y profesional requerida para ser capaces de distinguir los elementos relevantes para sus intereses y aprovecharlos.

Función emprendedora y función empresarial

Uno de los aspectos más etéreos y, al mismo tiempo, más importantes que aporta la teoría económica austriaca es todo lo relacionado con la función de emprendimiento del empresario. Es dicha función la que explica la dinámica de la economía, la que hace que el mundo avance hacia ese equilibrio inalcanzable (salvo para los teóricos neoclásicos).

El emprendedor está alerta ante las oportunidades que se presentan en el mercado. Estas se muestran a través de unas poderosas señales, los precios. Allí donde el emprendedor cree ver un desfase de precios entre los recursos y sus usos, se vislumbra y se puede explotar una oportunidad de negocio. En un entorno de incertidumbre, el emprendedor puede equivocarse en sus presunciones.

Si acierta, la implicación es que ha encontrado un mejor uso para el recurso hasta entonces infravalorado, y el mercado le premia con beneficios que, como bien sabemos, tienen una vida efímera. Si falla, ha malgastado ese recurso, y no le queda más que soportar las pérdidas de su fallida actuación, de forma que el mercado le está diciendo que no el uso del recurso de la forma propuesta era ineficiente.

Siguiendo a Kirzner, y desde un punto de vista de teoría económica, podemos diferenciar entre dos dimensiones del hombre: la de "maximizador" y la de "emprendedor". La primera es capaz de seleccionar los cursos de acción, en el contexto de unos medios determinados, que le aseguran el cumplimiento de tantos objetivos como sea posible. Es como una calculadora humana, capaz de encontrar la solución implícita en un sistema de objetivos y recursos.

La dimensión de emprendedor es la que permite al ser humano la propia percepción del marco de medios y recursos, que constituye el punto de partida para la maximización. Esta es la parte creativa y activa del ser humano, la verdadera parte humana y rica del individuo.

Hay mucha gente que duda de la capacidad de emprendimiento del ser humano. Por supuesto, los más prominentes son la gran masa de economistas neoclásicos, que directamente eliminan esta dimensión de sus modelos económicos. Los seres que pululan por la economía neoclásica, los individuos racionales de estos modelos, han perdido toda su humanidad y se limitan a hacer cálculos a la perfección.

Pero no solo ellos. Después de todo, dicen, mucha gente actúa como ovejas, por mera imitación, y no son capaces de innovar. La prueba puede encontrarse en que hay realmente pocos empresarios, para los que cabría esperar en un mundo lleno de emprendedores, como postula Kirzner.

Y llegamos al punto que me interesa destacar: todo el mundo tiene capacidad de emprendimiento, pero no todo el mundo es capaz de asumir los riesgos de la función empresarial, con sus posibles pérdidas asociadas. Por ello, interesa distinguir entre función emprendedora (entrepreneurship, término usado por los economistas austriacos) y la función empresarial (mediante la que esa idea se lleva a la práctica con el objetivo de obtener beneficios económicos).

La función emprendedora se manifiesta en todos los aspectos de nuestra vida, no solo cuando se trata de ganar dinero. Por ejemplo, si yo sé que el camino por el que voy al trabajo suele estar atascado, mi función emprendedora me puede llevar a intentar una ruta alternativa nueva. Esto es tan innovador como un nuevo servicio de internet, pero no me supone un riesgo apreciable. De la misma forma, en un partido de fútbol en el que constantemente el defensa aborta nuestros regates, trataremos de utilizar otra técnica para sobrepasarle. Una vez más, ejercemos la función emprendedora.

Los ejemplos son innumerables, y sería muy difícil encontrar una persona que no haya utilizado su capacidad emprendedora, no ya en su vida, sino en las últimas 24 horas.

Esta función emprendedora es la que, eventualmente, se puede convertir en función empresarial. Pero para ello son necesarios otras muchas condiciones, externas normalmente al individuo: condiciones culturales, institucionales, de acceso al crédito…

Los españoles no son menos creativos que los americanos, pero a lo mejor están inmersos en una sociedad que obstaculiza la función empresarial. De la misma forma, la incorporación de millones de personas (China, India) a los mercados globales supone la explosión de la capacidad emprendedora y eventualmente de la empresarial, a poco que las condiciones en dichos países lo permitan. Y eso sólo puede traducirse a una mayor eficiencia en la utilización de los recursos para la sociedad.

¿Quiénes fueron?

Aunque parezca sorprendente, los agentes del Estado no han respondido una de las preguntas más elementales que cabe formular ante la monstruosa masacre del 11 de marzo de 2004 en Madrid. No podía esperarse que el Tribunal Supremo contestara esa pregunta, dadas sus funciones. Sin embargo, después de conocerse la sentencia que cinco magistrados de su sala de lo penal dictaron el 17 de julio –diez días después de la celebración de la vista– resurge la pregunta crucial que no podrán acallar los disimulos autocomplacientes de la casta político judicial: ¿quiénes fueron?

Es cierto que la resolución judicial tenía que limitarse a dirimir los treinta y un recursos de casación interpuestos contra la sentencia de la audiencia nacional. En la línea marcada por el tribunal de instancia, el Supremo ratifica que sólo tres individuos –Jamal Zougam, Otman el Gnaoui y José Emilio Suárez Trashorras– participaron en los atentados con conocimiento de ello. Aparte de confirmar la absolución de otros tres acusados por la fiscalía de haber inducido los crímenes –Rabei Osman, Hassan el Haski y Youssef Belhad–, el Tribunal Supremo estima los recursos de tres condenados por pertenencia a banda terrorista –Mouhannad Almalah, Abdelilah Fadual Akil y Basel Ghayoun– y los absuelve de todos los cargos, a despecho de las tesis que les atribuían una implicación directa en los atentados.

Ahora bien, el TS apuntala la comisión de los atentados sobre unos mimbres tan sueltos, que ha defenestrado la reconstrucción histórica y la teoría explicativa que subyacía en la sentencia de la Audiencia Nacional. Me pregunto, pues, si esos magistrados no deberían haber anulado la mayor parte de las actuaciones (artículo 240.2 LOPJ), y, en consecuencia, haberlas devuelto al juez instructor para que continuara una investigación que proporcionara un relato de los hechos consistente con lo realmente acontecido. Cuando estos magistrados mutilan la "verdad judicial" hasta reducirla a un rompecabezas tan incompleto y contradictorio, cabe plantearse si, entonces, no tendrían que haber reconsiderado lo poco que admiten como probado, pues precisamente ese conocimiento fragmentario no resiste un contraste con un relato coherente de los hechos.

Dicho de otra forma, la cuestión esencial reside en la imposibilidad de juzgar este sumario definitivamente cuando sus diligencias no han servido para averiguar la identidad de un número mínimo de participantes cuya interrelación explicara la dinámica de lo ocurrido. Tal vez si los magistrados del TS hubieran analizado el asunto de manera menos acelerada, habrían constatado el rotundo fracaso de una instrucción que no sirvió para preparar el juicio oral y quedó totalmente adulterada para el fin que tiene señalado en las leyes procesales. Téngase en cuenta, por ejemplo, que los únicos tres condenados por su participación en los hechos no tenían ninguna relación personal entre sí, según las propias sentencias. Por un lado, se da por supuesta la pertenencia a la trama criminal de los suicidados del piso de Leganés. Pero, por otro lado, se absuelve de participar en los crímenes a un supuesto huido de ese inmueble –Abdelmajid Bouchar–. Un misterioso personaje denominado Jamal Ahmidan "El Chino", a la sazón encontrado muerto en la misma vivienda, habría organizado materialmente el transporte de los explosivos que se utilizaron en los atentados. Sin embargo, quien se presentara en las tesis del fiscal como lugarteniente de ese muñidor resulta absuelto de todos los cargos que se formularon contra él. Desaparecida de la verdad judicial la implicación de Al-Qaeda, sostenida por algunas acusaciones, los magistrados del TS mantienen la "inspiración" islamista de los atentados. Sin embargo, tal apostilla se revela como un marco inane que contradice la ausencia de toda referencia sobre este particular en los condenados musulmanes y que choca frontalmente con el perfil del supuesto suministrador de los mortíferos explosivos. Un sujeto que uniría a su condición de cristiano de dudosa reputación el haber servido de confidente policial al mismo tiempo que cooperaba con los terroristas.

Desde el punto de vista procesal, puede suponerse que el asunto llegará al Tribunal Constitucional español por la vía del recurso de amparo de alguna de las partes del proceso y, probablemente, al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.

De cualquier modo, aunque se entendiera que la resolución del TS fuera acertada, conviene precisar que la lógica del sistema procesal penal español no impide la investigación y enjuiciamiento de otros aspectos no abordados en este sumario. Un ejemplo de éstos sería la participación como autores, cómplices o encubridores de personas distintas a las ya juzgadas. Por otro lado, la ley también prevé un recurso especial de revisión contra sentencias firmes de los tribunales penales –a salvo de lo pudiera ocurrir en las instancias extrajudiciales indicadas– si, por ejemplo, sobreviniera el conocimiento de hechos nuevos u otras pruebas evidenciasen la inocencia de los condenados. Asimismo, si algún condenado consiguiese una sentencia criminal firme que declarase la falsedad de los documentos o los testimonios que fundamentaron su condena, tendría abierto el camino para instar esa revisión.

Entre las reacciones a dicho fallo, no faltaron escalofriantes apelaciones a dar por cerrado el asunto. En contra de cualquier análisis racional de las sentencias judiciales y de las diligencias sub iudice, nada menos que toda una vicepresidenta llegó a afirmar que la justicia había despejado toda sombra de duda. Un portavoz en el Senado del partido que gobernaba cuando ocurrió la matanza se apresuró a declarar que "hoy por hoy, no hay nada más que investigar sobre el 11-M". En lugar de reclamar a los poderes del Estado que agilicen las investigaciones pendientes en torno al caso, una abrumadora mayoría de los medios de comunicación aplaudieron la última rebaja judicial del número de condenados y el buen funcionamiento de las instituciones (¡!). Debe mencionarse a la COPE, El Mundo y Libertad Digital como las honrosas excepciones a esa degeneración ética circundante.

¿Y a qué viene tanta autocomplacencia, si parece muy verosímil que anden libres muchos implicados en esta muestra del horror y el mal absoluto? Provoca estupefacción que, dado el tiempo transcurrido, las diligencias que el propio instructor segregó del sumario principal, algunas de las cuales tenían como objeto averiguar la procedencia de los explosivos que estallaron en los trenes, no hayan avanzado. Y ello a pesar de que el propio Tribunal Supremo manifiesta su "sorpresa" ante la incineración de los restos de los trenes pocos días después de los atentados, obstaculizando objetivamente un análisis completo de los vestigios que hubieran servido para determinar con total certeza la naturaleza y el origen de todos los empleados para asesinar alevosamente. Durante el juicio oral se pusieron de manifiesto conductas injustificables por parte de aquellos elementos de la policía que asumieron diligencias de investigación, particularmente aquellos encargados de la recogida y la custodia de restos de explosivo en los trenes. Escuchar las evasivas y las declaraciones parciales de numerosos policías durante el juicio, a pesar de que deponían como testigos y que, por las funciones de su cargo, tenían la obligación de contar todos los hechos, circunstancias y datos que hubieran conocido, aunque no se les preguntara por ello, producía repugnancia y alarma. El desarrollo de la prueba pericial para analizar la composición de los explosivos sobre unas muestras ridículas y el enfrentamiento que se produjo entre los peritos hicieron aún más clamorosa la omisión de esa prueba durante la instrucción.

Dentro de ese contexto, no parece sorprendente que una reciente encuesta revele que tres de cada cuatro españoles consideran que no se conoce aún "toda la verdad sobre el 11-M". Pero no es suficiente. Solo una sociedad envilecida por el terror o el cinismo más canallesco puede renunciar a reclamar una investigación que descubra la realidad de lo sucedido. Las dobleces exhibidas durante estos cuatro años no sirven para ocultar la cuestión fundamental: no se conoce la identidad de los individuos implicados en el planeamiento, preparación y ejecución de unos atentados, cuyo primer objetivo fue causar una masacre entre las personas que se trasladaban a la gran ciudad en trenes de cercanías.

Para las víctimas era una mañana cualquiera.

Derechos y prohibiciones

Resulta paradójico que aquellos que pretenden proteger a la infancia de los males de la sociedad, los que se presentan como paladines de sus derechos más fundamentales, sean los primeros que la usen para intentar implantar su particular modelo moral. Organizaciones de lo más variopinto suelen dirigirse a las autoridades para protestar por múltiples situaciones que afectan a ciertos colectivos. Cualquiera que tenga hijos, sobre todo si estos son aún muy pequeños, es especialmente sensible a las campañas que periódicamente se realizan para adecuar los programas de televisión que se emiten en determinadas horas a ciertos códigos morales. El problema no es que estos códigos sean más o menos conservadores o progresistas, sino que terminen conformando una moral pública que se imponga a aquellos que no la deseen.

No es extraño que este tipo de peticiones tengan buen recibimiento entre las autoridades. El político observa estas quejas como una oportunidad perfecta para legislar, para hacer ingeniería social, en especial aquellas que se adecuan a su ideología o sus objetivos. Las campañas contra el tabaco, contra la anorexia o contra la obesidad son algunos ejemplos de por donde nos hemos movido durante los últimos años. El resultado ha sido una legislación que limita las tallas de la ropa, que impide fumar incluso en recintos privados y que impone una estricta normativa a la fast food. Y toda la propaganda, toda la morralla que acompaña a cada una de estas decisiones políticas va acompañada de justificaciones en forma de derechos (salud, educación, cultura, etc.) que se convierten en pasos previos a la prohibición.

Que nadie piense que mi intención es censurar este tipo de quejas ya sean particulares o colectivas. Los padres pueden y deben pedir a las televisiones que varíen sus contenidos de forma que sus niños puedan encender la televisión sin encontrar situaciones que vayan contra la moral que se pretende transmitir. Desde luego que se puede pedir a los diseñadores de moda que no paseen modelos escuálidas por las pasarelas. También se puede exigir que las hamburgueserías usen ingredientes más sanos, según el baremo de lo políticamente correcto. De la misma manera, empresas, diseñadores y televisiones pueden o no ser sensibles a estas quejas y tomar o no medidas en este sentido. Al fin y al cabo, la clientela les puede ir en ello.

En todo este asunto suele brillar por su ausencia un elemento indispensable: la responsabilidad individual. No es necesario acudir al mandamás para solucionar situaciones comprometidas. Los primeros y únicos que deben evitar que sus hijos vean programas subidos de tono, que jueguen a videojuegos violentos, que coman lo adecuado o que tengan amistades en las que se pueda confiar son los padres y tutores, y nadie más. El hecho de que no siempre sea fácil no es una excusa, es simplemente una justificación de su propia irresponsabilidad. Lo más cómodo es, desde luego, que otro haga el trabajo difícil, y si el elegido es el Estado, entonces debemos estar seguros de algunas cosas, que el objetivo no se terminará de cumplir nunca, que aquellos a los que queremos proteger nunca estarán protegidos, que en el peor de los casos habremos creado una generación de irresponsables que estarán al servicio de los políticos de turno y que el legislador honesto de hoy puede convertirse en inmoral mañana. No dirijamos nuestras quejas hacia los gobiernos porque un día de estos podremos ver como se han prohibido hasta los "Kinder Sorpresa". Todo sea por los niños.

Los contribuyentes acuden al rescate de las inmobiliarias

En un momento de crisis económica como es el actual, muchos ciudadanos contemplan boquiabiertos el desesperado intento del Gobierno por tratar de rescatar a las empresas que se ven abocadas a la quiebra, en concreto aquellas que pertenecen al sector de la construcción. No deberían extrañarse tanto. A poco que conozcan cómo funciona en realidad el negocio inmobiliario en España, se percatarían de inmediato que la corrupción y el pago de favores son los ejes esenciales que dominan las relaciones existentes entres promotores y autoridades locales, autonómicas e, incluso, estatales.

El elevado grado de intervencionismo público que reina en el ámbito urbanístico es la causa esencial de la podredumbre y el mal olor que desprenden los lazos político-inmobiliarios en este país. Y es que, todo proyecto, obra pública, edificio residencial o reforma inmobiliaria ha de pasar, obligatoriamente, por el despacho administrativo de turno. Es decir, por la aprobación de la autoridad política pertinente.

Tras más de diez años de crecimiento exponencial, el negocio del ladrillo en España ha generado suculentos beneficios económicos para ambas partes. Los promotores se han enriquecido hasta niveles exorbitantes gracias a la burbuja inmobiliaria, al tiempo que los ayuntamientos y los gobiernos regionales se frotaban las manos viendo el caudal de ingresos fiscales proveniente de la venta, transmisión y construcción de pisos y suelo (tanto urbano como rural).

Y eso ciñéndonos exclusivamente a la vía legal. Es decir, sin contar los sobres y maletines que se intercambiaban diariamente en el seno de los despachos públicos, a cambio del ansiado permiso o concesión que permitiera la recalificación de un terreno que, hasta ese momento, tan sólo podía emplearse a modo de patatal.

Sin embargo, la fiesta del ladrillo ha llegado a su fin tras el pinchazo de la burbuja crediticia. El sector de la construcción se derrumba a nuestro alrededor. Ante esto, la Administración Pública ha acudido al SOS lanzado por el sector aprobando todo un paquete de medidas destinadas a rescatar a sus socios y amigos. Sin embargo, será usted quien, finalmente, pague la factura de este particular Plan Marshall made in Spain.

En este sentido, la Administración Central prevé inyectar, por el momento, cerca de 25.000 millones de euros (2,5 por ciento del PIB) en el mercado residencial, a través de avales crediticios otorgados por el Instituto de Crédito Oficial (ICO), para la concesión de hipotecas destinadas a VPO y préstamos a los promotores de vivienda protegida. A ello, se suman, como mínimo, otros 12.000 millones de euros extra para impulsar obra pública.

Y ello, sin contar los planes específicos de rescate que han puesto en marcha la mayoría de gobiernos regionales. El último caso es el de Castilla-La Mancha. En concreto, la Junta se ha comprometido a comprar el stock de pisos que acumulan las inmobiliarias que no sean vendidas antes de un año. Tal barbaridad se traducirá, sin duda, en un abultado coste para las arcas regionales, cuya cuantificación será difícil de precisar. Cómo no, los principales promotores manchegos aplauden la propuesta. ¿Será casualidad que muchas de estas empresas participan activamente en el accionariado de algunos grupos de comunicación a nivel regional? No sean ustedes mal pensados. La Junta lo hace por el bien de la economía autonómica. La única pega es que, además de tener que cumplir puntualmente con el pago de sus hipotecas, serán los contribuyentes manchegos e, incluso, los hijos de éstos, quienes, finalmente engordarán las cuentas corrientes de los constructores gracias a sus impuestos. Qué poca vergüenza, qué gran despilfarro…

Garantizar la independencia judicial y el Estado de Derecho

Resulta vergonzoso observar el reparto que llevan a cabo los principales partidos políticos nacionales de los miembros del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ).

Para garantizar el Estado de Derecho, es imprescindible que los jueces sentencien con independencia sobre los actos administrativos del Gobierno y sobre las leyes del Parlamento. Pero si los órganos de dirección de los jueces son elegidos por los políticos, la libertad del poder judicial se quiebra y, paulatinamente, los ciudadanos asisten a un espectáculo dantesco de sentencias politizadas, arbitrariedades, desigualdad ante la ley y rápido ascenso de los jueces y fiscales que consienten las tropelías que bajo el manto de la política ejecutan sus protagonistas.

Ya era calamitosa la situación de politización del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) como institución que, según el artículo 122 de la Constitución, debe velar por la independencia de los jueces y magistrados frente a los demás poderes del Estado.

Pero PSOE y PP volverán a demostrar su espíritu liberticida al aplicar la ley orgánica que les permite repartirse la renovación del CGPJ entre jueces acólitos, en vez de buscar una fórmula que faculte a los propios jueces para elegir a los candidatos más idóneos.

Nada nuevo podía esperarse de los grandes partidos nacionales que guían torticeramente la justicia para lograr sustentar con sentencias favorables una deriva intervencionista, al parecer orientada a instaurar un cambio de régimen en España basado en cuatro pilares básicos: la consolidación legislativa del nacionalismo secesionista, el abandono a su suerte de los ciudadanos no nacionalistas, la negociación con los asesinos terroristas y, la ruptura del modelo de Estado instaurando un confederalismo asimétrico que pueda sustentar la futura independencia de regiones.

Sin apego real por la libertad, los partidos políticos en el poder se han dedicado a controlar los medios de comunicación y a callar a los periodistas críticos. Sin apego real a la separación de poderes, sus dirigentes se han aplicado a seleccionar convenientemente aquellos jueces y fiscales plegados a sus políticas de ingeniería social.

La erosión nacionalista causada a la democracia en España ha sido posible por la carencia de sentido de Estado de toda una generación de políticos, herederos de las ideas de propaganda y de dirigismo social del régimen anterior, tanto en la oposición como en el poder.

Sin embargo, los atropellos a los derechos individuales a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la igualdad ante la ley que están sufriendo cientos de miles de personas en regiones como el País Vasco, Cataluña y Galicia, deberían abrir los ojos a miles de ciudadanos sobre la importancia de recuperar the Rule of Law. Su voto inteligente será clave en las elecciones venideras para consolidar proyectos políticos que propugnen una reforma seria y profunda de la Constitución.

En escritos anteriores, analizamos algunas fórmulas que se pueden introducir en la Constitución como la tutela judicial efectiva sobre los derechos individuales, la independencia del Tribunal Constitucional, la introducción de garantías para la educación libre y el uso y enseñanza del castellano como lengua común, la legislación para evitar el secesionismo totalitario, el referéndum en las decisiones políticas trascendentales, la democracia interna en los partidos políticos, o un sistema electoral a doble vuelta.

Antes que permitir avanzar el paulatino cambio de régimen en España, se deberían debatir una propuesta que proponga garantizar la independencia del Consejo General del Poder Judicial con la reforma del artículo 122 , así como otra que dote de independencia al Fiscal General del Estado con cambios en el artículo 124, mediante el alejamiento de sus altos cargos y profesionales del ámbito político.

Reconstruir la separación de poderes y el Estado de Derecho en España va a ser una tarea difícil, pero esencial si queremos garantizar la convivencia pacífica sin límite en el tiempo.

En esa línea debemos seguir trabajando ya que, tal y como señala el profesor Pedro Schwartz en su ensayo En busca de Montesquieu, a pesar de los políticos intervencionistas "existen en la sociedad moderna tendencias espontáneas que la empujan hacia mayores grados de libertad. Ahora es el momento, pues, de intentar una reconstrucción del constitucionalismo liberal, cuyas bases echaron Montesquieu, Locke, Madison, Tocqueville y los demás grandes filósofos de la división de poderes".

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La libertad como principio humano racional

"Libertad" es un término manoseado hasta la saciedad. Lo mismo justifica las acciones de un tirano que las pretensiones de un mafioso, los resentimientos de un bohemio o los afanes de quien aspira a una libertad igual para todos. Pero que libertad signifique tantas cosas, si es que algunas de ellas son, realmente, significaciones, no excluye la necesidad de ser racional al acercarse a su estudio. Si hay que buscar referentes de la libertad, en el último de los sentidos señalados, es en la larga lista de pensadores y actores que se alzaron contra el absolutismo en la Europa de los Austrias, en la Francia de los fisiócratas o en la tradición de pensamiento social que surge entorno a la Escuela Austriaca de economía: Carl Menger, Böhm-Bawerk, Mises, Hayek, Rothbard, Hoppe, etc.

La búsqueda de la libertad puede llevar a errores graves, sin duda, como el de no poder prever todos los engaños que los enemigos de la libertad inventan para hacer pasar por ella lo que no son más que emanaciones de su pereza mental o, peor aún, justificaciones farragosas de la servidumbre. Pero esos errores de previsión no causan refutación alguna de la libertad, sino mejoras en su perfil, más bruñido, limpio y prometedor después de identificar la burla.

Muchos de esos errores son los que uno de los grandes entre los grandes de la libertad, Ludwig von Mises, abordó en su fructífera vida. Para empezar, como los de la larga tradición intelectual en que se inserta, define la libertad en los términos más humanos, básicos y críticamente racionales que pueda concebir: la libertad es propiedad. Propiedad privada de uno mismo, de lo que produce y de lo que adquiere legítimamente. Cuando el liberalismo de Mises habla de legitimidad de la propiedad se refiere a toda aquella propiedad que ha sido adquirida con consentimiento de las dos partes. Este es el régimen natural de propiedad, aquél que todos llevamos con nosotros.

Sólo los ideólogos que miran los bienes ajenos con "visión de estado", "altura de miras" y "espíritu de sacrificio" son capaces de concebir sistemas políticos y coartadas ideológicas para que el robo a gran escala, a fecha fija y con alevosía sea para bien. Sólo quienes desde su personal código moral, concebido como los de los demás seres humanos que ostentan uno propio para su mayor gloria que no la ajena, aspiran a llenar de normas, modelos de comportamiento a los demás, sostienen la impostura del tirano. Frente a eso, los liberales decimos sólo: ¡déjennos en paz y dejen en paz a la gente!

Mises cifraba la libertad en la propiedad privada individual porque sin ella la libertad no sólo no es posible, sino que deviene en abuso. Frente al liberalismo así concebido sólo cabe, políticamente, el colectivismo, la llamada propiedad colectiva, la cual, no pudiendo gestionarse colectivamente acaba siendo apropiada por una élite. No obstante, muchos son los que conciben la libertad como el pequeño ámbito de los sentimientos, los vuelos del alma, casi inexpresables de tan íntimos, y repudian las expresiones objetivas, sociales y, por tanto, humanas de la libertad.

Entre ellos están los bohemios, los románticos que abjuran de la razón y exaltan el sentimiento, es decir, aquél ámbito en el que ellos y sólo ellos pueden ser competentes para juzgar porque la subjetividad de la íntima emoción siempre será incomparable. Estos personajes han producido obras de arte sublimes cuya validez les ha sido dada por el aprecio que han despertado, el cual se ha traducido, como no podía ser de otro modo, por la compra de sus obras con un dinero que, si bien desprecian en la oda, aprecian en la cantina.

Mises, hombre culto e inteligente donde los hubiera, mantuvo su sentimiento apasionado por la libertad con el cultivo honesto de la racionalidad. Sabía que ese era el único camino para llegar al meollo. Y, no dejándose llevar por la fantasía imposible de aplicar el método de las ciencias físico-naturales al estudio de la sociedad, se mantuvo en la tradición austriaca que arraiga en la España del siglo XVI y concibió al hombre actuante como eje de su pensamiento. No el colectivo, la tribu, las masas, la nación, el estado, no, sino el ser humano individual que siente, piensa y actúa y, al actuar, se muestra a los demás. Lo que los actos no expongan las palabras nunca dicen.

Antes de Mises, con él y después de él la Escuela Austriaca, hilo conductor de un enfoque humano de la vida social y compatible con muchas otras aportaciones filosóficas, pervivirá en la mente de muchos hombres y mujeres inteligentes y sensibles.

¡Libertad!