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Cuestiones liberales

La del Estado, desde el punto de vista de su limitación, es una vieja cuestión. Bien lo sabemos los que nos decimos liberales no de talante. Lo cierto es que en los términos más actuales la cuestión teórica se remonta a los años sesenta y setenta, donde autores provenientes de corrientes austroliberales o de tendencias neoclásicas han resucitado el tema elevados por la crisis del modelo estatista keynesiano expandido antes y, sobre todo, después de la Segunda Guerra Mundial. Victorias "suecas" como la de Hayek, Friedman, Becker o Coase han sido hitos en el camino. La extensión del libertarismo y de la crítica del Estado de la mano de Nozick, Rothbard o Lemieux, también han sido influyentes.

Pero lo determinante en una corriente es lo que hacen los políticos con sus recetas. ¿Qué ha ocurrido en los años ochenta del pasado siglo? Esencialmente, que se han aplicado algunas de estas medidas de reducción del Estado en la anglosfera. De la mano de Reagan y de Thatcher, los estados respectivos han dado un giro de unos grados en sentido reductor. Han aplicado, para ello, recetas esencialmente monetaristas, cuyo fundamento es relativamente consistente, y desregulaciones asentadas esencialmente en privatizaciones de empresas públicas, más generalizadas en Europa que en Norteamérica. El resultado fue, sin duda, una liberalización de ciertos mercados, especialmente de los financieros. En los años noventa les llegó el turno a los estados iberoamericanos y a las ex repúblicas soviéticas. Para ellos la receta fue, simplemente, privatizaciones, sin más, y ajustes de las finanzas nacionales a las exigencias del FMI. Por unos y por otros esas dos décadas han pasado por ser las más liberales de la Historia y sus resultados, decepcionantes a todas luces, les han sido asignados al liberalismo.

La ola liberal estuvo mucho más en la boca de los periodistas, de los mediadores de opinión y de ciertos estamentos políticos más que en las realidades. El ex colaborador de Ronald Reagan David Stockman lo explicó muy bien desde el pesimismo liberal en su El triunfo de la política. Sólo tuvieron lugar unos pocos grados de giro hacia la derecha, pero fueron acompañados de una enorme cobertura publicitaria, como si de una gran revolución liberalizadora se hubiera tratado. Grandes alharacas en torno a las privatizaciones ha hecho pasar por liberalizador lo que no fue más que una modalidad de gestión estatista de la economía. No es de extrañar, pues, que tras el fracaso de las promesas de algunas de las privatizaciones y desregulaciones, las culpas hayan recaído sobre los teóricos. Una liberalización cosmética y superficial, que no consigue reducir los precios porque no consigue en realidad incrementar la competencia y dar vía libre a la función empresarial, arrastra en su fracaso a la teoría liberal.

El liberalismo se encuentra, por tanto, en una encrucijada. Por una parte, teórica y, por otra, política. El dilema teórico es que, siendo muy variados los teóricos liberales y sus propuestas económicas, todos son incluidos en la misma casilla. Además, habiéndose aplicado más las recetas de los liberales friedmanitas, monetaristas y neoclásicos, las críticas a sus "inadecuaciones a la realidad" han recaído sobre todos por igual. El mismo Friedman, en un alarde de rigor empirista, reconoció que las recetas de privatización dirigidas por él en la Europa del Este habían sido erróneas. Que es mucho más importante para organizar sociedades libres establecer sólidos regímenes jurídicos de protección a la propiedad. Si no, la privatización es una depredación de rentas estatales con la formación resultante de mafias.

El positivismo friedmanita es de cortas miras. Parece que se niega a admitir que existe una tradición teórica liberal más antigua y sabia que la suya que le hubiera hecho concluir lo mismo y mejor antes de la caída del muro de Berlín.

La encrucijada política deriva de aquella. Si la tradición teórica que puede ser comparada por los políticos, la monetarista, pierde valor, el liberalismo ya no vende. La agenda política norteamericana de los últimos años es clara en esto y no porque a los norteamericanos les preocupe la seguridad, que es muy plausible, sino porque han sacrificado amplias cotas de libertad económica no sólo a ella, sino a las subvenciones, la "solidaridad", la compasión y a todas aquellas propuestas que prometen lo que nunca podrán cumplir.

Frente a este fracaso neoliberal se alza, impasible en el plano teórico, la tradición austriaca. Inexpugnable en sus análisis, infalible en sus pattern predictions es, no obstante, incapaz de entusiasmar a ningún político ni a ningún medio de comunicación de importancia. De nada sirve, no obstante, lamentarse. La tradición austriaca sigue siendo académicamente minoritaria por más que su solidez sea insuperable en el plano económico. Para la opinión pública general, además, o no existe o es considerada como una variante menor del mismo inconvincente liberalismo. Y no vende porque le falta ofrecer un producto político que venda, algo que sea asumible desde quien busca acceder al poder político o desde quien desea reformarlo en un sentido determinado.

No arraiga en la opinión porque sólo prende en las minorías que nos apasionamos con la libertad y, colateralmente, con la expansión sin límites de la productividad y la felicidad humana. Pero no aporta nada a la organización de la sociedad política, salvo generalidades derivadas de la idea de fraccionamiento simple y como sea, del poder territorial, formal, institucional y total. Pienso que ha llegado el momento de que haya una teoría austriaca, o complementaria a ésta, del Estado. Mientras ésta no exista, seremos minoritarios, muy minoritarios, desoladoramente minoritarios… e incapaces de generar una sociedad de minorías orgullosas, es decir, de individuos.

Un estatuto para gobernarlos a todos

Y llevarlos a las tinieblas. Reaparece el proyecto de ley del Estatuto del Periodista. Retornando a los tiempos en los que gobernaba España un general gallego llamado Francisco Franco, una norma jurídica pretende entre otras cosas decir quién es periodista y quién no lo es. No es una cuestión menor, puesto que para poder ocupar ciertos puestos en los medios de comunicación será obligatorio estar reconocido como tal por el Estado o por aquellas organizaciones a las que el Estado les otorgue la potestad de hacerlo.

Y por supuesto, como ocurría en aquellos años de dictadura, el carné de periodista podrá ser retirado a aquel que no se comporte como un "chico bueno". Parece ser que los propulsores del estatuto de marras quieren copiar la Ley de Prensa e Imprenta de 1966, derogada en algunos de sus aspectos pero vigente en otros. Cierto es que la conocida como "Ley Fraga" (por ese otro gallego de nombre Manuel que hoy va de reformista de la derecha y que por aquel entonces era el ministro de Información y Turismo que impulsó la norma) en su momento pudo ser un avance por eliminar la censura previa, pero contiene aspectos que supondrían un serio paso atrás para la libertad en una democracia.

Y son precisamente algunos de estos aspectos los que están presentes en el Estatuto cuya tramitación parlamentaria llevaba varios años congelada y que ahora parece comienza de nuevo a caminar. Uno de ellos es el ya citado reconocimiento oficial como periodista para poder ejercer ciertas funciones. Es posible que tal poder se la vaya a otorgar, como durante la dictadura, a las asociaciones de la prensa. Eso explicaría que el mismo presidente de la organización de Madrid, Fernando González Urbaneja, que en 2004 dijera que el proyecto de Estatuto era un disparate e inadmisible por devolvernos al franquismo, actualmente que también ocupa la presidencia de la Federación de Asociaciones de la Prensa no lo vea tan mal.

También en aquel entonces se establecía entre las limitaciones a la libertad de expresión faltar a la "verdad" o a la "moral". El Estatuto que quieren imponer desde IU, ERC, PSOE, sindicatos de periodistas, Colegio de Periodistas de Cataluña y alguno más utiliza otras palabras para decir lo mismo. Se sancionarán las faltas de deontológicas. Es incluso peor, pues por aquel entonces quien juzgaba y sancionaba eran los tribunales, mientras que ahora pretenden que sea un nuevo órgano no judicial llamado Consejo de la Información Estatal, junto al que existirían otros autonómicos con iguales competencias en su ámbito territorial.

Ese Estatuto del Periodista que nos puede caer a los españoles (sus víctimas directas serían los profesionales de los medios, pero sus efectos perjudicarían a todos los ciudadanos) puede se un terrible paso atrás para la libertad. Conjuga lo peor de ese corporativismo profesional que no es otra cosa que una actualización de los gremios medievales con el control de los medios y, por tanto, de la información y la opinión.

El poder político contra la Iglesia

El gran error que cometemos los cristianos es tener la ingenua creencia de que la Iglesia puede colaborar y cooperar con los poderes del Estado en la tarea de dar solución a los problemas sociales.

Ya señaló Hegel que el Estado era Dios sobre la Tierra. El filósofo alemán profesaba una platonizante admiración por el Estado, era un colectivista radical y poseía un estilo verdaderamente infumable, pero en su afirmación no podía estar más en lo cierto. Hoy más que nunca, la figura del Estado, cualquiera que sea el partido que gobierne, está deificada. Todo lo puede y todo lo debe solucionar. Esto es fomentado y aprovechado por el poder político, que sólo existe por y para sí mismo.

Si algo caracteriza al estado democrático actual es la hipertrofia legislativa y la mentalidad constructivista en las ciencias jurídicas. La ley se ha convertido en un medio para conseguir fines políticos. Así, la justicia consiste en la arbitraria estimación sobre la base de la impresión más o menos emotiva que produce el resultado final y concreto del proceso social al Gobierno de turno. De esta forma, el estado democrático se ha convertido en una institución moral. Se adueña de la moral y la legisla, es decir, elige los fines que deben perseguir los individuos y se los impone.

En su camino encuentra un gran obstáculo: aquellas organizaciones que ponen a disposición del individuo una visión del mundo, unas creencias, una forma de pensar, un modelo de vida y una moral. Entre ellas se encuentra la Iglesia y el cristianismo.

Y es entonces cuando se evidencia que los poderes políticos del Estado tienden a aplastar cualquier alternativa moral, ya sea amenazando a la Iglesia con cortar la financiación de los colegios concertados por su oposición a la asignatura de Educación para la Ciudadanía o incluso diciendo que la Iglesia "no respeta o ignora principios esenciales de la democracia" por oponerse públicamente a una determinada medida política.

De todas formas, haríamos mal en pensar que sólo los socialistas sienten un profundo desprecio hacia la Iglesia. Sería un tremendo error. González Pons, vicesecretario de Comunicación del Partido Popular, no dudó en recurrir al chantaje cuando hace una semana aconsejó a la Iglesia y a los obispos que no fuesen demasiado críticos con su partido porque "la Iglesia va a necesitar el apoyo del PP esta legislatura". Es bueno que este señor, que ya vemos que es cristiano cuando le conviene, nos haya revelado la verdadera naturaleza de los políticos: simples matones de barrio, no seres angelicales cuyo único fin en la vida es preocuparse de nuestro bienestar, nuestra autorrealización y nuestra felicidad.

Precisamente por este motivo la Iglesia debe abandonar la falsa ilusión de poder "colaborar" con el Estado, cualquiera que sea el partido que gobierne. La Iglesia debe privatizarse, es decir, rechazar y devolver el dinero que obtiene del Estado por poco que sea. No puede actuar como si de un grupo de presión se tratase (véase la SGAE o el cine español). Éstos intentan obtener, mediante favores oficiales, ganancias que nunca lograrían en un mercado competitivo. A cambio, deben prestar al poder político su apoyo incondicional. Estos grupos organizados necesitan de este tráfico de favores para sobrevivir.

La Iglesia no puede actuar con esta lógica porque su naturaleza es radicalmente distinta a la de estos grupos privilegiados. La clave está en lo que le pide el Estado a cambio de su limosna, que es básicamente que no proteste ante las imposiciones morales y el adoctrinamiento ideológico. Vamos, que le pide que renuncie a lo que es. Le pide su destrucción. Los grupos parasitarios viven gracias al Estado mientras que la Iglesia sobrevive a pesar del Estado, aunque parezca lo contrario.

La Iglesia debe autofinanciarse por completo. Ante esto surge la pregunta de si se lograría la suficiente financiación privada para mantener todas las actividades de la Iglesia. Pero esa pregunta es engañosa y no podemos contestarla hasta que la Iglesia se convierta en una institución totalmente independiente del poder, porque las relaciones actuales de los cristianos con nuestra Iglesia se encuentran distorsionadas.

Y es que los cristianos no conocemos las necesidades reales de nuestra Iglesia y, por lo tanto, no sabemos en qué medida debemos contribuir, hasta dónde debe llegar nuestro compromiso y nuestro esfuerzo. Tendemos a creer que lo que se obtiene del Estado es suficiente. Desconocemos si su estructura está sobredimensionada o no para el número de fieles actuales, pero lo que sí es cierto es que muchos cristianos despertarían y se preocuparían mucho más de mantener a la Iglesia que tanto les da y que tan importante es para ellos. Aparecerían iniciativas curiosas como Buigle, que quiere convertirse en página de inicio y motor de búsqueda de todos aquellos que sienten aprecio por las ideas y la labor cristiana y que dona íntegramente el dinero que genera  a la Iglesia Católica. Otra manera de defender lo que nos importa es apoyando las iniciativas de organizaciones como Hazte Oír, que ha ayudado a que empresas como Heineken, Ocaso, el Corte Inglés o Fujitsu hayan retirado la publicidad de programas que ofenden claramente a la Iglesia.

Además, la Iglesia debe rechazar los fondos que recibe del Estado porque hay que respetar el que haya gente que no se identifique con los valores cristianos y no quiera que su dinero se destine a proyectos cristianos.

En cualquier caso, la idea de este artículo es que los cristianos debemos de darnos cuenta de que el actual estado democrático del "bienestar" supone un continuo y progresivo avance en cuanto a la intervención y control de todos los aspectos de nuestra vida y, por tanto, también conlleva la destrucción de la Iglesia porque le pide que abandone sus creencias, le usurpa muchas de las funciones que tendría en una sociedad libre y pervierte las relaciones con sus fieles.

Las malas alternativas al oro

En los dos anteriores artículos tratamos de explicar cuáles han de ser las propiedades que debe cumplir todo buen dinero y por qué el oro es, hasta el momento, el bien que las cumple de una manera óptima.

A lo largo de la historia, sin embargo, también ha habido otros materiales que han desempeñado el papel de dinero, pese a que con el tiempo hayan terminado sucumbiendo ante el oro. Asimismo, son hoy comunes los argumentos que despachan al oro como un culto irracional y ridículo para proponer patrones monetarios alternativos. En este artículo analizaremos por qué otros materiales no cumplen de manera adecuada las propiedades del dinero, razón por la cual han fracasado o fracasarán en el mercado frente al oro.

  • Ganado: Uno de los primeros tipos de dinero (en latín era pecus y a la moneda se la llamaba pecunia). El ganado tenía la gran ventaja de poder trasladarse a grandes distancias, lo que facilitaba el transporte de grandes unidades de valor para el intercambio. Sin embargo, tiene grandes inconvenientes: no existen un patrón homogéneo de ganado (la salud, el tamaño o la fuerza de las reses es diferente), es cara de almacenar (hay que alimentarlo), carece prácticamente de atesorabilidad estricta (el ganado muere y por tanto es un pésimo depósito de valor) y de desatesorabilidad (si queremos realizar transacciones de poco valor tendríamos que trocear la res para venderla por partes, pero es probable que así destruyéramos la mayoría de su valor: una res con tres patas no se vende demasiado bien) y, por último, la proporción stock-flujo es muy baja (en un par de generaciones puede duplicarse o triplicarse la cabaña ganadera si fuese necesario).
  • Sal: Convivió con el ganado como dinero (de ahí la palabra salario) para tratar de suplir sus carencias como depósito de valor. Su gran demanda no monetaria previa como conservante, su relativa homogeneidad y, sobre todo, su fácil desatesorabilidad la hicieron muy adecuada para ello. Sin embargo, se degrada fácilmente al absorber el agua y conforme se han ido abaratando las técnicas para producirla a gran escala, su valor unitario se ha derrumbado, lo que eleva enormemente los costes de atesoramiento (si tomamos el precio internacional del kilo de sal de 3 céntimos de dólar, necesitaríamos 30 millones de kilos de sal para conservar una fortuna de un millón de dólares).
  • Conchas: También fueron utilizadas en la antigüedad como dinero en distintas partes del planeta. Sin embargo, en su estado natural no son homogéneas, se rompen con relativa facilidad y se corroen con numerosos ácidos.
  • Productos agrícolas: El trigo, el maíz o el arroz han sido utilizado en momentos puntuales como dinero, pero de nuevo tienen ciertos inconvenientes importantes. Primero, se estropean con el paso del tiempo y les afectan numerosos agentes externos (como el agua o el fuego). Segundo, tienen un bajo valor unitario, lo que supone grandes costes de almacenamiento y transporte. Tercero, su proporción stock/flujo es bajísima: prácticamente cada año se renueva toda la producción del año anterior, de modo que las épocas de buenas o malas cosechas afectarían de manera muy significativa al valor del dinero y, por tanto, de los patrimonios.
  • Papel: Aunque pueda parecer que hoy en día vivimos en un patrón papel, lo cierto es que el valor de los billetes está sustentado por los activos del banco central. En ausencia de este respaldo de facto, el papel es un muy mal dinero. Tiene un bajísimo valor unitario, lo que eleva enormemente los costes del transporte y de almacenamiento; se estropea al contactar con el agua; pueden destruirse por numerosas circunstancias, como un incendio; y sobre todo, puede elevarse su proporción stock/flujo de manera muy rápida. De hecho, el ejemplo más claro de cuando el papel se usa como patrón monetario son las hiperinflaciones.
  • Petróleo: Los altos precios actuales del crudo han llevado a ciertas personas a defender la necesidad de un patrón petróleo. Sin embargo, hay varios factores que lo desaconsejan enormemente. El primero es que hasta hace relativamente poco tiempo carecía de demanda previa y por tanto no pudo desarrollarse como dinero. El segundo es que tiene un bajo valor unitario, lo que de nuevo dificulta su transporte y almacenamiento. Cada barril de petróleo está compuesto por 159 litros, de modo que grosso modo podemos decir que hoy un dólar equivale a un litro de petróleo. Dicho de otro modo, necesitaríamos atesorar mil millones de litros de petróleo para mantener una fortuna actual de mil millones de dólares. Tercero, un incendio puede destruir fácilmente toda una reserva de petróleo y, por tanto, un patrimonio individual.
  • Inmuebles: La reciente burbuja financiera también dio pie a que muchas personas decidieran utilizar las viviendas como depósito de valor. Al fin y al cabo, los inmuebles tienen una demanda previa bastante fuerte, es resistente y su ratio stock/flujo no es demasiado bajo (por ejemplo, en España existen unos 25 millones de viviendas y en circunstancias normales pueden construirse 500.000 al año, lo que significa que se tardaría 50 años en doblarlo). Sin embargo, las viviendas no son homogéneas (el tamaño, la ubicación, los materiales o incluso el diseño modifican su valor) y adolecen de la propiedad esencial del desatesoramiento. La vivienda deriva buena parte de su valor del servicio de habitación que presta, pero los materiales que la forman no prestan una porción de servicio. Un ladrillo no tiene una fracción proporcional del valor de una vivienda, ya que su servicio no se puede dividir. Así pues, el desatesoramiento sólo puede realizarse vendiendo el inmueble, lo que genera siempre una pérdida significativa de valor (hay que renunciar al supuestamente buen dinero "vivienda" por otros dineros de calidad inferior para consumir sólo una porción del valor atesorado previamente).
  • Diamantes: Aquellos que consideran que la cualidad dineraria del oro sólo procede de un apego irracional a su brillo y su belleza no dudan en sugerir otros patrones alternativos como los diamantes. No obstante, los diamantes tienen importantes defectos que los hacen inadecuados. Son muy duros (de hecho, el material más duro, un diamante sólo puede rayarse con otro diamante) lo que dificulta la inscripción y estandarización. Son, por el contrario, relativamente frágiles (poco resistentes a los golpes) y muy caros de reconstruir una vez se han roto. Tampoco existe un patrón homogéneo de diamante, sino que su valor varía por su tamaño, color y forma. Por esto mismo, tienen una muy baja desatesorabilidad, ya que dividir un diamante en partes más pequeñas genera importantes pérdidas en su valor. Por último, la gran concentración geográfica de sus yacimientos (India, Brasil, África y Australia básicamente) han dificultado que emergiera como un dinero universal.

En el próximo artículo nos centraremos en analizar el caso de metales alternativos al oro (como el cobre, la plata o el platino) y trataremos de mostrar por qué el oro también es muy superior a todos ellos.

Represión y moral en el régimen cubano

Antonio José Chinchetru presentó este miércoles, 25 de junio, su primer libro, que es también el primero de la editorial Episteme, llamado Bajo el signo de Fidel. Trata de las experiencias que compartió con Luis Margol en un viaje a Cuba. Estas vivencias le sirven a Chinchetru para reflexionar sobre las características de un Estado totalitario.

Uno de los asuntos que plantea el libro es el de la moral. Las normas morales son propias de una sociedad libre, o al menos en la que se permite una cierta autonomía a la voluntad. Hay un conjunto de normas que facilitan los intercambios, las interacciones pacíficas entre las personas. Puesto que en una sociedad no tribal tenemos que tratar con desconocidos, tenemos que formarnos alguna idea de cuál será su comportamiento. Necesitamos saber si el otro respetará a mi persona o mi propiedad, si mentirá, si cumplirá sus promesas, si pagará sus deudas… El comportamiento moral reduce estas incertidumbres y facilita la libre colaboración entre las personas.

Pero el Estado totalitario quiere sustituir ese entramado de relaciones voluntarias entre ciudadanos por miles, millones de relaciones personales… con el Estado. Las relaciones de cada individuo con los demás constituyen un estorbo para el Estado, que quiere tener un monopolio con cada persona. Es la atomización de la sociedad, que tan ajena es al ideario liberal, pero que es el objetivo último del totalitarismo. Privado de las solidaridades trabadas en las relaciones interpersonales, cada individuo sólo tiene un apoyo: el Estado, que es su proveedor, su salvador, al igual que su amo y su verdugo.

En la medida en que el Estado logre sustituir esos lazos solidarios entre las personas por la dependencia de cada uno de esos individuos hacia sí, habrá minado la moral de la sociedad. Primero, porque en esa relación atomizada de dependencia individual del Estado, la moral no cumple ninguna función. El régimen de Cuba sigue esa política y mina la moral de los cubamos.

La pobreza es un subproducto del socialismo. Pero se convierte también en un arma, pues si el pueblo se debate al borde de la supervivencia, si no puede mantenerse con los recursos propios, si un comportamiento laborioso, probo, austero, no es garantía de nada, las normas de la moral se tornan irrelevantes, cuando no inconvenientes.

La inmoralidad es también un instrumento en manos de Fidel y su camarilla, porque mina la persona. Si un padre se alegra porque ve en la llegada de un extranjero la oportunidad de prostituir a su hija, ¿tendrá la fuerza moral para enfrentarse al régimen? Los vicios privados, ¿no serán un argumento más para la represión? La dignidad personal es, como la propiedad, un bastión contra el poder.

Chinchetru ha sabido recoger esta situación en su libro, breve pero aleccionador. Gracias, Antonio.

Partitocracia

Conmovidos aún tras el indecente espectáculo del Congreso a la búlgara del Partido Popular, muchos se preguntan por qué ocurre eso, a santo de qué se forman semejantes circos, estériles y absurdos, pero que tanta expectación levantan. Y no es para menos. La opereta interpretada a una voz durante tres días por la derecha española, a modo de obsequio a sus votantes y a los que no son, es una representación a pequeña escala de la naturaleza misma del sistema de partidos, su código genético, su causa primera y su última consecuencia.

El Partido, que nació como asociación voluntaria de votantes que compartían ciertas opiniones y enfoques sobre las políticas públicas, ha terminado por convertirse en el pilar fundamental de cualquier país democrático. Hay diferencias, claro está. En los Estados Unidos, por ejemplo, los partidos no son tan monolíticos y poderosos como en Europa, pero son igualmente la columna vertebral del sistema y la razón de existir de los políticos, que batallan incansables por controlarlos antes de dar el salto y controlar a toda la sociedad, objetivo único y último de prácticamente todos los políticos del planeta. Alguna excepción hay que, por descontado, no dura mucho en un escenario donde el papel principal consiste quitar al otro para ponerse uno mismo.

Quien quiera mandar, imponernos su parecer y freírnos a leyes tiene que hacerse antes con el dominio sobre un partido, es una condición sine qua non. Y si pierde ese dominio las posibilidades de perder el poder son altas. De ahí que los navajazos más genuinos se den dentro de los partidos, lugar donde el político de raza llega a serlo gracias a que sobrevive a una severísima selección darwiniana. En este caldo de verdades absolutas, lealtades inquebrantables, traiciones al alba y maquiavelismo sin tasa los socialistas siempre se han movido con la mayor de las solturas. Es su ambiente. No por casualidad en los regímenes comunistas el Poder con mayúscula es siempre sinónimo de Partido, con mayúscula también y, por supuesto, único y verdadero.

Es en Cuba, Corea del Norte o la antigua Unión Soviética donde el Partido ha alcanzado su máxima expresión monopolizándolo todo, desde un ambicioso plan quinquenal hasta el telegrama más indescifrable con el que dos disidentes tratan de comunicarse. En Occidente, por el contrario, han aprendido a convivir repartiéndose el pastel del poder entre dos o tres, a lo sumo cuatro o cinco partidos hegemónicos que disponen a placer presentando listas de candidatos cuidadosamente elaboradas en el sancta sanctórum de la sede central. El trayecto que esa lista transformada en papeleta realiza de la sede a la urna –campaña electoral mediante– es, en esencia, lo que nos venden por democracia, es decir, poder del pueblo, que en realidad no pasa de apaño entre políticos dedicados full time al viejo arte de meterse en la vida del prójimo.

Nuevos tiempos, nuevos pastores

A lo largo del siglo XX hemos vivido el intento de suplantación de la Iglesia por el Estado. Las tareas tradicionalmente atribuibles a la Iglesia por ser la institución en cuyas manos Dios ha delegado parte de su labor de pastoreo fueron objeto del intrusismo "profesional" de los mandatarios y gobernantes.

Por ejemplo, el conocimiento era un don divino y por ello el alumno de las universidades medievales no pagaba por recibirlo. Ahora el Estado asegura una educación gratuita para todos. El matiz es que gratuito ahora significa cobrado anticipadamente vía impuestos. El cuidado de los enfermos, dar cobijo al que no tiene techo, vigilar la moral de los parroquianos… poco a poco esas funciones han sido usurpadas por el Estado que se ha convertido en el objeto de una nueva religión.

Y como sucede en la religión católica, muchos son los llamados pero pocos los elegidos. Sólo que en este caso todos son los llamados a pagar y pocos los elegidos para recibir. Tiene usted que pertenecer a una congregación (o lobby) cercana al poder del nuevo Papa (el gobernante de turno): jóvenes, mujeres, inmigrantes… en una palabra, potenciales votantes. Si es usted mayor de cuarenta, hombre, divorciado y no comulga con ruedas de molino, está usted fuera de juego. Esa es la nueva igualdad.

Pero esta situación ha ido evolucionando con el cambio de siglo. En primer lugar, en lugar de pretender configurarse como una nueva religión "a la antigua", nuestros gobernantes se han convertido en predicadores de película, a la americana. Obsérvense si no los mítines en grandes estadios, los mensajes al más puro estilo Warren Sánchez, el personaje de Les Luthiers. ¿Quién va a un mitin pensando que le van a decir la verdad? ¿Qué director de campaña, redactor de discursos, asesor de comunicación, pone su empeño en otra cosa que no sea la obtención de votos, financiación o ambas cosas? ¿Qué mayor logro que la captura de incautos votantes, a ser posible convencidos del mensaje?

De la misma manera que para un predicador de tres al cuarto, para conservar a los adeptos el mayor tiempo posible se imponen cada vez más conductas sectarias. Y me refiero a la definición amplia: un conjunto de tendencias internas subyacentes en todo grupo humano que gira alrededor de un concepto aglutinante y que tienden a provocar la separación y/o división del grupo "madre" generando subgrupos que tienden a aislarse de su contexto socio-cultural reivindicando la exclusividad de la verdad. Los partidos políticos en el poder cumplen las características definitorias de las sectas de acuerdo con la conclusión de la Jonhson Foundations Winspread Conference Center, reunida en 1985 en Racine (EE.UU.):

  1. La adscripción de personas totalmente dependientes de las ideas de un líder y de las doctrinas del grupo.
  2. Puede presentarse bajo la forma de identidad religiosa, asociación cultural, centro científico o grupo terapéutico.
  3. Utiliza las técnicas de control mental y persuasión coercitiva para que todos los miembros dependan de la dinámica del grupo y pierdan su estructura de pensamiento individual en favor de la idea colectiva y del grupo, creándose muchas veces un fenómeno de epidemia psíquica y un fenómeno de pensamiento colectivo, sin que tenga que ver la personalidad propia del individuo.

En el ámbito de los gobernantes del siglo XXI, cada vez más se prioriza el seguimiento del líder frente al objetivo principal: la política está al servicio del ciudadano, el líder es secundario. Y como sucede en estas religiones de masas, siempre surgen divisiones, nuevos líderes que cuestionan el status quo. Las soluciones pueden ser la escisión o la comunión. O se crea un nuevo partido que opta a imponerse o se integran a los discrepantes. ¿Les suena?

Sin embargo, y contra todo pronóstico, la cosa va a peor, y quienes detentan el poder estatal no solamente actúan como una secta multitudinaria como las descritas, sino que ahora predican doctrinas de autoayuda llevadas a la política. Las recetas de Zapatero para combatir la crisis parecen sacadas del best-seller Aprenda a gobernar mientras espera el ascensor (si no está escrito, alguien debería hacerlo). Las consignas ministeriales se parecen cada vez más a las páginas en las que gurús de pacotilla te enseñan todo tipo de tácticas para lo de siempre: "Diez trucos para acabar con la celulitis en diez minutos", "Como conservar la templanza cuando su jefe le toca las narices" o "Cómo pasar del sedentarismo a correr en cinco pasos". Los argumentos aportados son tan peregrinos como los títulos: diviértete mientras corres, cálmate para no enfadarte, bebe agua para que la piel esté hidratada…

De forma similar, nuestros renovados pastores nos ofrecen soluciones vacías, insultantemente vacías, para solucionar temas serios, y nos llevan a situaciones notoriamente peores a las iniciales. Incluso los candidatos a gobernantes muestran sus habilidades y montan congresos multitudinarios con líderes y disidentes, palabras huecas y tópicos al uso.

¿Por qué siguen saliendo elegidos entre aclamaciones y vítores? Bueno… para eso sirve la manipulación. Por más que parezca que el centro político está superpoblado, en realidad, en el centro no hay nada. Y como la nada no es nada, puede ser cualquier cosa.

Modelos de educación

La asignatura Educación para la Ciudadanía (EpC) se ha constituido en la polémica más importante del sistema educativo español desde que el Gobierno socialista de Felipe González aprobara la LOGSE en 1990. No sólo ha conseguido que se manifiesten cientos de miles de personas contrarias a su implantación, sino que ha movilizado a la sociedad civil hasta el punto de que se han creado innumerables organizaciones que luchan activamente por su desaparición y cientos de padres se han acogido al derecho a la objeción para sus hijos. Algunos tribunales les han dado la razón y el conflicto entre sociedad civil y poder político no ha hecho más que empezar.

Pero EpC es una consecuencia lógica del sistema educativo que sufrimos en España, de cualquier sistema educativo público. La instrumentalización de la educación para conseguir determinados fines políticos es una tentación demasiado fuerte como para que los gobiernos no la usen de manera interesada. En España, hay que unir a la EpC las políticas educativas de los gobiernos nacionalistas de Cataluña y el País Vasco y de las coaliciones socialistas-nacionalistas en Galicia y las Islas Baleares. En todos ellos la educación en la lengua de la región (y no en castellano) se ha convertido, no en una opción, sino en una obligación para los residentes. Incluso en comunidades autónomas como la valenciana, gobernada por un PP que en teoría es contrario a este proceso, la educación pública en valenciano tiene un peso considerable.

La educación pública es, como vemos, un difusor del credo socialista, ecologista o nacionalista y olvida su labor docente. Poco importan los resultados si al final de la edad académica los jóvenes han aprendido los principios básicos del régimen. No importa que las pruebas que periódicamente se realizan para evaluar los conocimientos de los alumnos arrojen resultados cada vez más lamentables. Una ley que baje el listón de los conocimientos básicos o que permita la posibilidad de pasar de curso o incluso acabar todo el proceso con varios suspensos, resuelve en términos estadísticos el problema. La propaganda hace el resto.

La descentralización se ha convertido en un proceso nefasto para la educación española, pero no por su naturaleza policéntrica, sino por el carácter de las instituciones que compiten entre sí. De hecho, estamos ante una competencia entre estamentos públicos, que nada tiene que ver con la competencia entre empresas y particulares en un sistema de libre mercado. Los conflictos con y entre ellos se resuelven mediante el enfrentamiento directo y la coacción, no con la captación de los clientes de la competencia, y los gobernantes legitiman en las urnas políticas liberticidas, mientras que los ciudadanos tienen pocas opciones para revertirlas, salvo la protesta o largos y complicados procesos en los tribunales.

Como hemos visto, no importa la suavidad o la dureza del régimen, su legitimidad o su carácter ilícito, el sistema público es susceptible de corrupción en todos los casos, y su eficiencia está limitada por su propia naturaleza. La educación privada es la única opción razonable ante los desastres que aquejan a la pública, pues en ella confluye la actividad empresarial, la competencia por un servicio mejor y la voluntariedad de todas las partes. El problema es que para que cale esta idea hay que refutar uno a uno todos los tópicos que recaen sobre la educación privada.

Entendiendo Internet, o no

La red está marcando la agenda de multitud de sectores, pero especialmente la de los medios de comunicación, radio, televisión y prensa escrita. Pero aunque las transformaciones a las que obliga internet se están produciendo, hay muchas empresas que se defienden de una manera numantina ante los cambios. Por ejemplo, hemos conocido esta semana que Telecinco va a demandar a YouTube por piratear sus programas.

Los derechos que tiene Telecinco sobre sus contenidos son innegables, y es entendible que quiera defenderlos ante un tercero que se está beneficiando de ellos sin pagar nada a cambio. El problema reside en el modelo de televisión y, en concreto, en el de la televisión por internet. YouTube ha demostrado a las cadenas de todo el mundo cuáles son los nuevos hábitos de consumo audiovisual y la reacción de estas ha sido acudir a los tribunales, sin molestarse en ofrecer alternativas al consumo audiovisual por internet.

Las cadenas se niegan a que haya un nuevo intermediario que no sean ellos y se encierran en estrategias que proponen modelos cerrados de televisión por internet, cuando el presente y el futuro pasan por la distribución de contenidos en la mayor parte de sitios posibles. Es cierto que algunos contenidos escapan a los derechos territoriales que han adquirido, pero se ha demostrado que, por ejemplo, la distribución de resúmenes de partidos de fútbol se puede filtrar por países y por tenedores de los derechos.

El cambio empuja tanto a las televisiones como a otros medios de comunicación a adaptarse. No es que esté en contra de la demanda de Telecinco, pero la misma denuncia encierra un profundo desconocimiento de lo que sucede actualmente en su sector y no aclara que estrategias seguirán cadenas como la de Mediaset en el nuevo mapa de medios de comunicación que empresas como YouTube están construyendo.

Acción intencional, memes y ciencia

La psicología evolucionista explica la estructura y funcionalidad de la mente humana como una sociedad de agentes especializados que constituyeron adaptaciones útiles para la resolución de problemas relacionados con el éxito en la supervivencia de los ancestros humanos en su entorno vital. Rasgos esenciales de la mente humana son la capacidad de acción intencional, la producción y transmisión de cultura y la coordinación social mediante el lenguaje.

Un agente intencional diseña mentalmente un plan de actuación basado en sus deseos y su conocimiento de la realidad; el plan es una estructura de acciones intermedias a partir de un estado inicial cuya ejecución conduce a un estado final deseado; la acción intencional persigue los objetivos subjetiva y relativamente más valiosos, utiliza medios escasos y puede fallar; los medios utilizados son bienes naturales, bienes de capital (herramientas previamente producidas) y la propia capacidad de trabajo del ser humano. La capacidad de acción humana se incrementa si dispone de más y mejores herramientas y conocimiento acerca de la realidad (tanto generalidades teóricas como concreciones empíricas).

El ser humano es capaz de imitar conductas ajenas y de este modo puede aprovechar las innovaciones exitosas de otros sin tener que aprender todo por sí mismo. La producción y copia de patrones de información genera los memes (las ideas estudiadas como reproductores) y la cultura. El lenguaje es un sistema memético que sirve como vehículo de expresión de ideas y herramienta de coordinación social. Algunos memes objetivos se utilizan para representar la realidad y expresar conocimiento; la ciencia es un sistema de obtención y comprobación metódica de información sobre la realidad; la tecnología aprovecha el conocimiento científico y lo incorpora en herramientas utilizables para la acción humana.

El conocimiento otorga poder. El ser humano es instintivamente curioso, desea aprender nuevas cosas, descubrir, inventar. La investigación como exploración de lo desconocido es una acción intencional peculiar, ya que el estado final objetivo es imposible de concretar con precisión: se trata de saber más pero no se conoce a priori exactamente el contenido concreto de lo que se va a aprender, es un proceso parcialmente aleatorio de prueba y error (selección de resultados de ensayos cuyos resultados no son perfectamente previsibles). Muchos descubrimientos científicos importantes son consecuencias imprevistas o no intencionadas de diversos programas de investigación, y en ocasiones resultan más de la observación atenta que de la acción planificada.

Los memes alcanzan éxito reproductivo en función de múltiples factores entre los cuales es especialmente importante la utilidad: que la idea tenga aplicación práctica para su portador. El meme es más exitoso si su portador lo comunica y lo comparte con otros; pero en ocasiones el ser humano prefiere mantener secreto su conocimiento para obtener una ventaja competitiva respecto a otras personas, o hacerlo público pero exigiendo derechos especiales sobre su uso (propiedad intelectual, derechos de copia, patentes). Las ideas nuevas no siempre son bienvenidas aunque sean correctas y útiles, ya que pueden amenazar la supervivencia de ideas establecidas atrincheradas como prejuicios en las mentes de sus portadores.

El conocimiento incrementa la capacidad de acción humana, pero esto no implica que sea sistemáticamente beneficioso, ya que la acción puede consistir en destruir o dañar a otras personas o sus posesiones. La valoración de cualquier realidad es subjetiva y relativa: algunas personas pueden preferir la ignorancia (propia y ajena) en ciertos ámbitos; que algo sea valorado positivamente no implica que deba actuarse para obtenerlo, ya que quizás el coste sea excesivo y no merezca la pena.