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La teoría del valor contra la pobreza

La teoría económica es una ciencia compleja a la que no suelen prestar atención los profanos. Al parecer su nivel de abstracción la despoja de cualquier relevancia para el debate política actual y la recluye a un ámbito meramente academicista. Pero lo cierto es que las ideas siguen importando y que en particular la vulgarización de las malas ideas ha instalado en la sociedad una cosmovisión de sesgo antiliberal.

Un ejemplo bastante claro lo tenemos en la teoría de la imputación del valor y de los costes. En general casi toda la teoría clásica y neoclásica sostiene que los costes determinan el precio, esto es, que cuanto más costosa sea una mercancía tanto mayor será su precio.

La Escuela Austriaca, gracias a las seminales aportaciones de Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, sostiene en cambio que son los precios los que determinan los costes, ya que éstos en última instancia no son más que los precios de los factores productivos. El empresario demandará trabajadores, maquinaria o materias primas en función de los ingresos esperados por la venta de los productos; y estos ingresos esperados dependen del precio que están dispuestos a pagar los consumidores.

En el lenguaje coloquial la teoría clásica del valor se ha importado bajo la forma del prejuicio habitual de que los más pobres serían incapaces de pagar ciertos bienes o servicios. Así, por ejemplo, la privatización de la sanidad resulta inaceptable ya que sería demasiado cara para los pobres.

Este tipo de clichés, sin embargo, sólo demuestra una falta de interiorización y comprensión de la auténtica teoría del valor. En efecto, si los costes finales no se ven influidos de ninguna manera por las valoraciones de los consumidores, siempre habrá sectores de la población que quedarán excluidos perpetuamente de ciertos productos.

Por ejemplo, supongamos que el bien X sólo puede producirse hoy a un coste medio de 5.000 unidades monetarias y que se oferta a una ciudad de mil habitantes al precio de 5.500 um. De esos mil habitantes, sólo cien están dispuestos a pagar tan elevado precio, mientras que los 900 restantes lo adquirirían si su precio fuera de 4.000 um. Sus ingresos serían 550.000 um (5.500 um x 100), sus gastos 500.000 (5.000 um x 100), sus beneficios 50.000 um (ingresos menos gastos) y el retorno sobre la inversión el 10% (beneficios sobre gasto).

En este caso tenemos una enorme parte de la demanda insatisfecha. Con una mala teoría del valor nos quedaríamos aquí: hasta que los costes no se reduzcan por algún motivo, sólo los ricos podrán adquirir el bien X. En cambio, si incorporamos la teoría del valor austriaca, la imagen de unos empresarios totalmente desinteresados por satisfacer la demanda de los más pobres cambia por entero. Si algún empresario fuera capaz de reducir los costes de producción hasta, por ejemplo, 3.000 um, podría ofrecer el producto a 4.000 um y vender mil unidades del bien X. En este caso, su retorno sobre la inversión sería del 33%, es decir, más de tres veces la anterior.

Ahora bien, no resulta verosímil asumir que la reducción de los costes medios le vendrá al empresario caída del cielo, sino que en la mayoría de los casos necesitará, a su vez, incurrir en nuevos costes (por ejemplo, para investigación y desarrollo, adquisición de nuevas máquinas o mejora de la logística).

Por tanto, es necesario calcular cuál será la cuantía máxima que estará dispuesto a gastar el empresario en reducir los costes medios para que la inversión le resulte igual de rentable que la primera (10% de retorno). Con los datos anteriores, este gasto máximo sería de 636.363 um; de modo que una vez reducidos los costes medios y el precio, los ingresos serían 4.000.000 um (4.000 um x 1.000), los gastos 3.636.363 um (3.000 um x 1.000 + 636.363 um), los beneficios 363.636 um y el retorno el 10%.

En otras palabras, el empresario estaría dispuesto a gastar sólo en reducir costes medios más de los ingresos que obtenía en el primer supuesto (550.000 um). Las razones que justifican esta inversión en reducir los costes medios son básicamente dos: el mayor margen por unidad vendida y el gran número de consumidores que pasan a ser satisfechos (lo que permite repartir los gastos de inversión entre un gran número de individuos).

De hecho, el gasto en reducir costes medios es creciente en estos dos factores. Por ejemplo, para reducir los costes medios hasta 1000 estaría dispuesto a invertir hasta 2.636.363 um (casi cinco veces más que los ingresos iniciales) y si el número de consumidores aumentara hasta 10.000, la inversión se podría multiplicar por diez.

Por tanto es completamente falaz que los empresarios se despreocupen por los más pobres. Más bien al contrario; el hecho de que no puedan o no quieran pagar los inicialmente elevados precios convierte en rentables las inversiones destinadas a reducir los costes para captar esa demanda insatisfecha. El capitalismo convierte los lujos de ayer en las necesidades de hoy: masifica los bienes y servicios y los hace accesibles a todo el mundo.

De hecho, en medio del proceso globalizador actual –donde el número de potenciales consumidores se multiplica y donde el coste de la investigación se reduce gracias a los menores salarios– los efectos anteriores son todavía más intensos.

Ahora bien, es importante darse cuenta de que esta reducción de costes medios sólo permite incrementar el bienestar de los consumidores cuando tiene lugar en el mercado. Y es que el gasto en inversión para reducir el precio del bien X tendrá que proceder o bien de un incremento de la oferta de factores productivos (por ejemplo, un individuo que decide trabajar más horas al día) o bien de una reducción del gasto destinado al producto Y.

Si el Estado se fijara como objetivo reducir los costes medios de X subvencionando la investigación en I+D o la renovación de la maquinaria, los factores productivos serían desviados hacia tareas menos valoradas por los consumidores.

Los pobres no necesitan al Estado para mejorar su situación. Una correcta teoría del valor permite comprender cómo los empresarios y los capitalistas son los más interesados en adaptar sus precios a la demanda de las masas. La teoría económica sigue teniendo su importancia en la lucha por la libertad.

El “crimen de 1873”

En los Estados Unidos, desde su constitución como nación independiente, reinó el contradictorio sistema bimetálico. Alexander Hamilton fijó la denominación del dólar en 24,75 gramos de oro puro, y a la vez en 371,25 gramos de plata pura. De este modo, el dueño de los billetes de podría reclamar libremente la cantidad correspondiente de uno u otro metal, en una relación entre ambas cantidades de uno a quince.

De forma independiente al cambio oficial entre oro y plata, se fijaba en el mercado un mercado entre ambos metales, que se compraban y vendían libremente. Cuando el precio real coincidía con el cambio no surgía mayor problema, pero cuando difería se ponía en marcha la ley de Gresham, según la cual la moneda mala (sobrevaluada artificialmente por el cambio oficial) substituía a la buena (depreciada).

Así, por ejemplo, el precio plata dólar alcanzó en 1805 la relación 15,75:1, de modo que la relación artificialmente fijada en 15:1 depreciaba el oro frente a la plata. Así, la plata acudió al país, mientras que el oro se retiró del mercado y buscó lugares donde fuera más apreciado, y en parte hizo el camino opuesto de la plata, cruzando la frontera hacia fuera. La plata se impuso como patrón monetario. Su reino no duró más que unos años y ambos metales fueron ocupando respectivamente el papel de patrón en función del ratio entre su precio en el mercado y la relación entre los contenidos oficiales de oro y plata del dólar.

Así fue hasta 1873. Poco antes Prusia había ganado la guerra que libró contra Francia. Tenía grandes cantidades de oro, y le interesaba imponer el metal amarillo como patrón único, como de hecho se fue imponiendo en toda Europa. En Estados Unidos, al ver que la plata se iba desmonetizando en el Viejo Continente, y que perdía valor (una parte importante de su demanda era monetaria) decidieron seguir el mismo camino, prohibiendo el derecho privado de acuñación en ese metal. La medida pasó desapercibida en el momento, ya que se había vuelto a imponer el oro como patrón. No fue hasta después cuando se llamó a aquella violación de los derechos privados "El crimen de 1973".

Se creó todo un movimiento en defensa de la plata cuando ya era muy tarde. Pero ¿fue realmente un crimen el de 1873? Echemos en primer lugar un vistazo a la larga historia de las relaciones entre estos dos metales preciosos como dinero. Convivieron desde los orígenes de la civilización humana, con una relación entre ellos con una estabilidad sencillamente inconcebible en cualquier otra relación económica: 10:1 De modo imperceptible para la experiencia diaria, pero aprehensible a la mirada del historiador, la plata se fue depreciando hasta fijarse en 14:1 en la era moderna, y rondar el 15:1 a partir del XVII. Acaso esta estabilidad notable hiciera posible creer en un bimetalismo con una relación fija entre ambas monedas. En realidad, podrían convivir ambas, con denominaciones distintas y sin la necesidad de que el Estado impusiera un precio artificial entre ambas. Convivirían, manteniendo su secular estabilidad, y probablemente jugaran funciones complementarias, sin necesidad de que una se impusiera sobre otra.

Pero la convivencia en el mercado de dos monedas, con todas las ventajas que podría prestar a la sociedad, resultaría un estorbo para los eternos deseos inflacionistas del Estado. Esta es, a juicio de Antal Fekete, la verdadera razón del "crimen de 1873". Comentando sus ideas, Ferdinand Lips dice en su libro Gold Wars:

Una manipulación a gran escala del crédito era posible sólo si el Gobierno y el sistema bancario asumían el control sobre una de las monedas-metal. El primer paso en esta dirección fue la decisión de desechar el bimetalismo e introducir el monometalismo. Dado que la plata estaba mucho más distribuida entre la población, el control sobre la plata como medio de manipulación crediticia apareció, así, menos prometedora. En consecuencia, el oro se convirtió en el único metal monetario.

Rothbard, en Man, Economy and State decía:

Es imposible predecir si el Mercado habría continuado indefinidamente utilizando oro y plata o si uno se hubiera impuesto gradualmente sobre el otro como medio general de intercambio. Pues, a finales del siglo XIX, la mayoría de los países occidentales condujeron un golpe de Estado contra la plata, para establecer un patrón monometálico por medio de la coacción.

La lucha de los gobiernos contra nuestro dinero había dejado su primer cadáver en la cuneta.

Una oportunidad única

No es posible comprender el Instituto Juan de Mariana sin referirse al seminario de Jesús Huerta de Soto. Por él han pasado, además de su presidente, Gabriel Calzada, muchos otros de los investigadores de la institución, como Francisco Capella, José Carlos Rodríguez, Gorka Echevarría, Jorge Bolaños, Raquel Merino o un servidor. La gran noticia es que para el curso académico 2007-2008 se pone en marcha un Master de postgrado en Economía de la Escuela Austriaca completo con hasta cinco profesores impartiendo clases y tutelando a los doctorandos.

George Stigler –premio Nobel de Economía en 1982– escribía en su relato autobiográfico Memorias de un economista no regulado que tenía el convencimiento de que “al menos la mitad de lo que uno aprende en la universidad, lo aprende de los compañeros. Conviven juntos y discuten entre ellos con un vigor y un candor que se considera inapropiado en las discusiones con los profesores de la facultad. Si uno fuese capaz de atraer buenos estudiantes sin necesidad de disponer de un buen plantel académico, se podría llevar una gran universidad de una forma muy económica.”

Milton Friedman añadía a este respecto que “el papel de los profesores tiene que ser doble: atraer buenos estudiantes y proporcionarles el material para el debate y la investigación. Un buen profesor no sólo suministra buenos temas para el debate, sino también el suficiente contenido inicial para poner en marcha la discusión intensiva. Nosotros somos nuestros maestros, pero no existe diálogo socrático que pueda equiparase a las intensivas sesiones de discusión entre estudiantes consagrados seriamente al estudio de su materia.”

Efectivamente, es extraordinario el grado de ebullición intelectual que se puede llegar a alcanzar en estos seminarios. Joseph Schumpeter solía señalar que las universidades deberían acoger sólo a postgrados (licenciados realizando su especialización y tesis doctoral) e investigadores, pues ese era el auténtico ámbito de la educación superior.

Schumpeter sabía bien de lo que hablaba. En su juventud había sido miembro del Seminario Böhm-Bawerk en Viena. Repasando la lista de participantes descubrimos que un buen número de ellos tendrían un más que notable impacto en el devenir intelectual del siglo XX. El propio Schumpeter, además de efímero ministro de Hacienda de Austria, formuló una muy sugestiva teoría del desenvolvimiento capitalista y llegó a ser uno de los más importantes historiadores del pensamiento económico. Peter Drucker se convirtió en el mayor gurú del management y la teoría de la administración de empresas de todo el siglo. Ludwig von Mises siguió con la magnífica tradición de Carl Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, rematando además la teoría del dinero y los ciclos capitalistas, denunciando la imposibilidad del cálculo en las economías socialistas e investigando toda una serie de cuestiones epistemológicas y de ámbito de la ciencia económica. Félix Somary destacó en el campo de la teoría y la práctica bancaria.

Asimismo, el seminario vio desfilar una panoplia de teóricos y futuros cabecillas socialistas que recalaron en el seminario para tratar de encontrar puntos débiles en la refutación de la teoría de la explotación del propio Böhm-Bawerk: Nikolai Bujarin (que tan importante papel desempeñaría en la puesta en marcha de la NEP), Otto Bauer (líder de los socialdemócratas austriacos y presidente del país tras la Primera Guerra Mundial), Rudolf Hilferding (afamado teórico socialista y Ministro en Weimar), Henryk Grossman (economista de referencia para el trotskysmo), Emil Lederer, etc.

Si el seminario de Böhm-Bawerk produjo tan distinguida hornada, el de su discípulo Mises no le anduvo a la zaga. Por el seminario de Viena desfilaron dos premios Nobel: F. A. Hayek, cuyas investigaciones destacaron en campos tan variados como la teoría del capital, la moneda, el carácter evolutivo de las instituciones o los desarreglos producidos por la ingeniería social, y Oskar Morgenstern, uno de los padres de la teoría de juegos. También fueron miembros regulares del seminario Lionel Robbins (a quien se debe la definición más comúnmente utilizada de economía como “ciencia que trata de la asignación de recursos escasos susceptibles de usos alternativos”), Gottfried Haberler (comercio internacional, efecto Haberler-Pigou), Ragnar Nurske, que tanta relevancia tendría –desgraciadamente– en la teoría del desarrollo merced a su hipótesis del círculo vicioso de la pobreza y del ensanchamiento de la brecha, o Fritz Machlup (crédito, bolsa y formación de capital).

El seminario de Nueva York vio florecer a Murray N. Rothbard (que reformuló la teoría del monopolio, propuso una ética anarco-capitalista y realizó una incansable labor de investigación histórica), George Reisman (autor del monumental Capitalism y crítico extraordinario de la doctrina ecologista), Israel Kirzner (empresarialidad, proceso dinámico del mercado) o el que ha sido seguramente el más famoso banquero central de la historia moderna, Alan Greenspan.

Con un poco de suerte y en un ámbito más reducido este nuevo Master tiene visos de convertirse en otro foco de ebullición investigadora que quien tenga la posibilidad y las ganas de aprovechar haría bien en no perderse.

No diga diversidad cuando quiere decir otra cosa

Dice David Friedman, el hijo rebelde del Nobel de Economía, que en el mundo académico la palabra diversidad es un eufemismo de acción afirmativa y de discriminación. De manera que cuando uno tiene un diversity hire (que es como decir "empleo de diversidad", o en castizo, la cuota famosa) sabe que, en parte, le contratan exclusivamente por pertenecer a una minoría (mujer, discapacitado, negro, gay, o lo que sea).

Para Wendy McElroy, feminista individualista, la acción afirmativa no es otra cosa que una estratagema planificadora: el individuo cede su capacidad de elegir y actuar al planificador, quien se ocupa de redistribuir el poder económico canalizándolo hacia los grupos merecedores. Merecedores de privilegios según su criterio, el del planificador. Y siempre con la inestimable ayuda de la historia, ya que ¿qué mejor argumento que el agravio histórico para redistribuir?

Las supuestas bondades de la acción afirmativa tal y como las enuncia la autora son que la implicación femenina en el mundo laboral es un bien social, lo cual dependería en todo caso de las características de cada mujer, como pasa con los hombres, y también del trabajo en concreto de que se trate; la justicia compensadora, que es el motivo histórico según el cual las generaciones posteriores a las discriminadas son a las que se les compensa por lo padecido por sus antecesores; y, finalmente, el fin igualitario. Esta es la más peligrosa de las argumentaciones porque toca la moral del común de los mortales. La naturaleza nos hace diferentes, pero al ser racionales, podemos hacer algo para restablecer la igualdad entre todos. Porque eso es lo fetén ¿no? ser todos iguales y tener lo mismo.

Sin embargo, en ese caso estaríamos en una sociedad sin incentivos individuales. La desigualdad genera riqueza, como se sabe desde Adam Smith, porque promueve el intercambio.

Friedman, el anarco capitalista, defiende la idea de que, al menos en la universidad, aquellos departamentos que con más ímpetu defienden la contratación de las minorías en nombre de la diversidad son los más intolerantes y reacios a tener alrededor gente que opine diferente.

Y suele ser extrapolable a otros ámbitos. Por ejemplo, los diversos "institutos de la mujer" supranacionales, nacionales, autonómicos y locales (así se pilla más subvención) consideran que la mujer que decide quedarse en casa cuidando de su familia, independientemente de las razones que le lleven a ello, es una pobre ignorante abducida por el patriarcado, criada entre machismo e injusticia y, en definitiva, la chica no decide realmente ella sino que es una víctima más. Por eso existen ellas, las feminazis, para salvarnos a todas. Sin preguntar y con nuestros impuestos, claro. (No puedo poner un vínculo porque me lo han dicho en mi cara).

¿Se trata de discriminar para obtener la igualdad como decía Wendy McElroy? Ni siquiera eso. Se trata de predicar la igualdad para decidir a quién le transfiero poder económico y secuestrar votos. Así de simple.

El caso es que hay minorías y aún hay discriminación, siendo la más grave que no te dejen competir, que te traten como a una incapaz, porque eso realmente te incapacita en el futuro. Una de las virtudes del mercado es que al competir aprendes de tus errores y decides cada vez mejor, hay autoaprendizaje.

Esta virtud se torna abismo cuando en lugar de hablar de las mujeres de la sociedad hablamos de una raza diferente, o de otra cultura. ¿Estaría usted dispuesto a defender la libertad de entrada y salida de personas si quienes entran son más capaces que usted? ¿O más prolíficos? ¿O más entrenados para competir en el mundo laboral?

Casi que no, ¿verdad? Pongamos barreras para que nadie me quite mi puesto de trabajo (ese que lleva mi nombre y huellas digitales desde que nací porque yo lo valgo), para que nadie me "obligue" con su presencia a ser más dispuesto, a prepararme, a despabilar.

Un buen escudo es la cultura patria, hay que mantenerla, hay que defenderla de ataques extranjeros. Cómo vende la patria… ¡qué invento! Cine de barrio, versión española. Y no olviden la versión ampliada: Eurovisión, euro-cine, euro-loquesea… tenemos subvención y euro-subvención. Con nuestro dinero por la diversidad, por la cultura… por nuestro bien.

De repente, ya no sabemos si dejar que el Estado salve a las minorías (en ocasiones a su pesar) a cambio de que no me muestren que no me esfuerzo porque me he vuelto comodón, o ser coherente y que ambas cosas las solucione el mercado.

Se nos olvida que la libertad no es un medio. Es un fin. Esa es la clave.

Mugabe, el nuevo genocida de cabecera de la progresía internacional

La magnitud del genocidio provocado por la política del tirano Mugabe en la que fuera próspera Rodesia se eleva según algunas fuentes a los dos millones de personas. A eso hay que sumarle la limpieza racial llevada a cabo por el dictador, saldada con el abandono de miles de granjeros blancos.

Según testigos oculares, Harare, la capital del país, es desde hace años un auténtico cementerio comercial. La mayoría de las tiendas han cerrado, no hay transporte colectivo, y sólo queda un hotel abierto. El desempleo alcanza la escalofriante cifra del 80% de la población activa y el hambre se apodera de millones de personas. La oposición política al tirano ha sido diezmada, y las regiones menos proclives al Gobierno son las más castigadas por la hambruna y la enfermedad. Las ONGs internacionales han sido expulsadas del país por promover "valores extranjeros" y cualquier foráneo puede dar con sus huesos en prisión por el simple hecho de ser percibido por el Gobierno como una mala influencia sobre la población local. El único mamífero que parece haber prosperado desde que el "experimento democrático" de Mugabe –progres dixit– comenzó en 1996 es la hiena, cada día más aficionada a la carne humana que se encuentra por doquier en las fosas comunes abiertas que se reproducen como setas en otoño por todo el país.

Para muchos activistas antiglobalización y parte de la izquierda negra norteamericana, Mugabe es un símbolo de la lucha de los oprimidos, un hombre que "habla por los negros de todo el mundo", en palabras del comentarista político sudafricano Harry Mashabela. En efecto, Sudáfrica, convertida en los últimos años en el paraíso de diversos turistas del ideal occidentales, es en la actualidad el mayor aliado de Mugabe, que también cuenta con la ayuda de algunas dictaduras africanas, árabes y por supuesto latinoamericanas. Como en el caso de Idi Amín, cualquier crítica al dictador es respondida con la sempiterna acusación de "racismo" por los progres, incluidos algunos importantes miembros del Partido Demócrata de estados como Nueva York.

Hace poco más de un mes, la Comisión de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible eligió al representante de Zimbabwe como nuevo presidente. La mayoría de los medios solventaron el asunto con comentarios del estilo "el país africano ha sido criticado por la mala administración de su economía". Algunos adherentes a la teoría del fundamentalismo democrático de Juan Luis Cebrián que tanto éxito ha tenido en algunos círculos académicos de intelectuales catetos celebrarán este triunfo del igualitarismo democrático y multicultural, mientras que los partidarios de la Alianza de Civilizaciones hablarán del "ligero desajuste" que situaciones como esta provocan, aunque nada puede hacerse ante el veredicto democrático de la sociedad internacional.

Mientras escribo estas líneas saboreo un magnífico café africano y un delicioso brioche au chocolat hecho con cacao de Costa de Marfil y me pregunto si desear que los habitantes de África no mueran de hambre o de asco en las cárceles gestionadas por los sicarios de algún tirano y sufragadas con el dinero desviado de fondos de ayuda al desarrollo occidentales es una muestra de racismo, eurocentrismo o "negrofobia". Para mí, el desarrollo sostenible significa poder seguir disfrutando de suculentos desayunos a base de productos agrícolas made in Africa llegados a Europa sin haber pagado tasa de exportación en su país de origen y sin que ningún aduanero español haya expedido una factura al importador. ¿Soy racista?

Sea como fuera, no seré yo quien sufra si Mugabe y sus aliados se empeñan en convertir África en un erial en nombre de la nueva democracia, los derechos culturales y el desarrollo sostenible. Sólo tengo que pasarme a las tostadas con mantequilla y mermelada y al café de Colombia, que aún resiste, y asunto arreglado. Sin embargo, me pregunto cuál será el precio en sangre que los africanos tendrán que pagar por esta nueva victoria del socialismo consistente en que un desalmado como yo tenga que renunciar a su desayuno imperialista. Pregunten a cualquier economista marxista.

Si usted no tiene conciencia ecologista no es un inmoral

Conviene aclararlo pues los gurús del ecologismo, los máximos representantes de los grupos ambientalistas, los políticos más implicados en sacarnos los cuartos para acabar de una vez por todas con las agresiones medioambientales, llevan años sugiriendo que el que no comparte su punto de vista es un insolidario, un inmoral, en definitiva una mala persona. La satanización del contrario es desde luego uno de los pasos propagandísticos esenciales para el control de masas.

Hace poco Cristina Carbona, ministra de Medio Ambiente, criticaba a los votantes del PP en la Comunidad Valenciana y los acusaba de falta de conciencia ya que a su entender la política urbanística del Partido Popular, ganador por mayoría absoluta en las recientes elecciones autonómicas, es depredadora y destructora del entorno, y que los ciudadanos no son conscientes de “de las consecuencias a medio y a largo plazo de algunas actuaciones que se están desarrollando”. Lo cierto es que Cristina Carbona olvida que las prácticas urbanísticas de su partido en otros lugares de España, incluso en la propia Comunidad Valenciana, no distan mucho de las del PP y muchas veces es cuestión de matiz, de añadir el concepto “vivienda pública” en unas cuantas páginas del legajo para hacer la construcción más políticamente correcta. El suelo es público y comunidades y ayuntamientos, sean del color que sean, viven de la venta de suelo.

Pero quizá eso no es lo más grave de las declaraciones de la ministra sino que para esta política el español, en especial el votante del PP, es medio lerdo ya que no ve las consecuencias de su nefasta elección ante las urnas, presuponiendo de esta manera una debilidad mental, una incapacidad insultante. La inconsciencia forma por tanto parte de una moral desviada o en el peor de los casos, de una falta de moral y de ahí, la necesidad de una asignatura en la educación pública española como “Educación para la ciudadanía”. El mesianismo es un defecto (puede que desde su punto de vista sea una virtud) de los políticos populistas, un insulto hacia él que dicen servir. Las declaraciones de la ministra no dejan de ser una mera comparsa de un plan mucho más profundo y peligroso para nuestros bolsillos, el de José Luis Rodríguez Zapatero que ha anunciado 170 medidas concretas y urgentes para luchar contra el cambio climático, con un “calendario claro y disposición de recursos”. Hay que justificar semejante latrocinio.

Zapatero considera el cambio climático como el mayor problema al que se enfrenta la humanidad y por tanto la sociedad española, aparcando a un lado otros mucho más nimios como el terrorismo de la ETA o una economía, la española, que parece dirigirse hacia épocas de vacas flacas. El cambio climático es una excelente excusa para la regulación y control del sector energético, a través de la promoción de las energías renovables, es un excelente vehículo para el “ordenamiento” de sectores tan básicos para la economía española como el turismo y sí, el ladrillo y la infraestructura pública de la que viven tanto nuestros políticos como un buen puñado de empresarios, es una buena excusa para la adopción de medidas educativas básicas como la ya mencionada asignatura de “Educación para la ciudadanía” o de otras iniciativas del ministerio. Pero esto no es inmoral, no para el ingeniero social.

El ganador de un Óscar, Al Gore, ha declarado recientemente que la lucha contra el cambio climático es “una cuestión moral”, que el deshielo de Groenlandia es mucho peor que los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, que estamos inmersos en un enfrentamiento entre “nuestra civilización y la Tierra”. Está claro cuál es el malo en esta película, y lo dice alguien que no duda en consumir más energía que la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, lo dice alguien alguna de cuyas inversiones es de las más contaminantes que existen en Estados Unidos, lo dice alguien que no se aplica los principios que el mismo predica, pero al que le parece inmoral el que no los cumple. A eso se le suele llamar hipocresía, por mucho que uno lo disfrace. No es extraño que Al Gore haya recibido otro premio, además del óscar, del Gobierno español, el “Príncipe de Asturias de Cooperación”, Zapatero y Gore son tal para cual.

Concluyo, desengáñese, si usted no piensa como todos estos sacacuartos no es un inmoral, incluso es posible que se encuentre muchos tramos de escalones por encima de de ellos. Es posible que piense en otras posibilidades, que no perciba el problema como ellos y le importe muy poco. También es posible que considere que de existir, se puede solucionar de otra manera, dejando actuar al capitalismo y al libre mercado, dejando de lado a ingenieros sociales y a iluminados verdes, que se puede acometer según surgen los conflictos, experimentando cuál debe ser la respuesta más adecuada en cada momento, pero no destinando dinero a algo que no se sabe cómo, cuándo y con qué fuerza va a surgir. De hecho es posible hasta que el problema ni siquiera exista pese al supuesto “consenso” científico que dicen que existe, no al menos como está planteado. En cuanto a inmoralidad, algunos deberían hacérselo mirar.

Algo está cambiando en el mundo de las ideas

Lyndon Johnson fue el trigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos entre los años 1963-1969. A Johnson, del Partido Demócrata, le tocó gobernar en un periodo donde la izquierda era especialmente fuerte y su mandato fue acorde al momento. Johnson impulsó el socialismo en América creando varios programas estatales como la Medicare (dirigido a los mayores), Medicaid (lo mismo que la anterior pero para la gente pobre), desvió dinero estatal a la educación, la rediseñó y aplicó colosales cambios como la llamado “Guerra contra la Pobreza” o la “Gran Sociedad”.

Las nuevas medidas socialistas dividieron a los americanos. Levantaron la indignación de conservadores y liberales que vieron como el Estado de Johnson iba a agredir la libertad individual de los ciudadanos así como su bolsillo. En esta época empezaron a tomar fuerza organizaciones y revistas conservadores y liberales que intentaron plantar cara al avance socialista que parecía inevitable e inminente.

Algo similar está ocurriendo en España con el actual presidente español José Luís Rodríguez Zapatero. Su política antiterrorista, su voluntad de imponer una moral de estado a los niños, fiscalizarlo todo y a todos, prohibirlo todo, su aumento voraz del intervencionismo económico, o la continua manipulación de las instituciones son algunos ejemplos. Y eso sin mencionar su expreso respaldo a países tan poco ejemplares democráticamente como Cuba, Venezuela o Bolivia.

Desde que Zapatero llegó al poder se han creado y expandido organizaciones, asociaciones, clubs, televisiones o grupos de presión de todo tipo unidos bajo las ideologías del conservadurismo o liberalismo. Muchos de ellos, a pesar de los denostados esfuerzos del gobierno para impedir que viesen la luz.

Esto no significa que la izquierda haya muerto. Ahora es muy fuerte, pero sólo en su campo más visible. Ser de izquierdas es lo fácil hoy día, la moda, la corriente. Algunos autores ya se han empezado a dar cuenta de que el socialismo se ha vuelto un gigante con pies de barro.

El socialismo lleva 30 años sin avanzar en lo más mínimo en el campo de las ideas. No es de extrañar que personajes como Hillary Clinton reclamasen “capital intelectual nuevo” viendo el déficit que sufrían. Esta misma semana en España, un diario sensacionalista de izquierdas, aunque en un tono exagerado, también se ha lamentado del auge derechista de algunos medios y grupos de presión. Y es que las “nuevas” teorías económicas socialistas no son más que un lavado de cara de las que ya existían. Sólo hacen que rizar el rizo, siempre lo solucionan todo igual: prohibiendo, multando y subiendo los impuestos. La falta de originalidad y continuos fallos históricos y teóricos sólo les han llevado a una situación barroca y esperpéntica incapaz de generar ideas nuevas. Las nuevas teorías de la izquierda se inspiran en algo tan poco científico y subjetivo como la moral, han pasado a ser puro populismo. En este sentido, el liberalismo y el conservadurismo han representado todo lo contrario.

Traducido a la política, esto no significa que éste vaya a ser el último gobierno de Zapatero ni mucho menos de los socialistas. Cuando Johnson se retiró, gobernaron los Republicanos, Richard Nixon, y siguieron una política tanto o más socialista que el propio Johnson. De no salir Zapatero en las próximas elecciones (2008), se proclamaría presidente del gobierno Mariano Rajoy. A igual que ocurrió con Nixon después de Johnson, ya sabemos que Rajoy practicaría el mismo tipo de socialismo —si no más en algunos aspectos— que Zapatero. En cierta medida, el sinsentido de Zapatero ha sabido, sin proponérselo ni quererlo, estimular a la derecha. ¿Quién iba a decir antes de Zapatero que veríamos a grupos conservadoras en las calles manifestándose?

Ahora que este sentimiento empieza a tomar cuerpo es el momento de explotarlo al máximo porque la lucha contra la tiranía del gobierno no se hace sola, necesita varias décadas como nos enseña la historia. Es el momento de acabar con el establishment, aplastar la ideología de la barbarie socialista mediante ideas y de que el ciudadano proclame abiertamente su rebeldía ante el Estado para basar el cambio en el individualismo, el capitalismo, la libertad y el antiestatismo.

¿Y si el Banco de España no existiese?

Lucía va por la mañana a su instituto, donde tiene un examen de Economía. Pero para su sorpresa el precio del viaje en autobús se ha quintuplicado por el descontrol de la inflación, los billetes los emite el sospechoso banco Avalancha, no existen cajeros automáticos y no hay examen porque sus profesores se manifiestan para pedir más sueldo. En el mundo ficticio de Lucía, imaginado por siete alumnos de 2º de Bachillerato del instituto de Secundaria Torrellano, de Elche (Alicante), desaparece el Banco de España y el monstruo hiperinflación campa a sus anchas. Los estudiantes imaginan un caos económico: los billetes no están emitidos por el BCE, nadie acepta las tarjetas de crédito ni se pueden hacer transferencias y los bancos no responden a sus obligaciones. Lucía se acuerda del corralito y empieza a entender por sus propias experiencias las funciones del banco central.

Se trata de un cuento con el cual han ganado el concurso “El Banco de España y la estabilidad de la economía” convocado para dar a conocer la institución. Según Miguel Ángel Fernández Ordóñez, su gobernador en el mundo real, “Afortunadamente, la protagonista se despierta de la pesadilla”. Seguramente se refiere a que él conservará su muy lucrativo e influyente puesto de trabajo desde el cual ejercer de semidiós controlador del sistema financiero del país. Está encantado de ver cómo calan las ideas de los bancos centrales sobre el socialismo estatista en lo monetario y lo prioritario que es controlar la inflación: ellos la causan, pero con total desvergüenza aseguran que luchan contra ella (contra la deflación también, que ambas son malísimas, sólo vale la estabilidad de los precios y papá estado ha de estar vigilante por el bien común).

La supina ignorancia sobre asuntos económicos, monetarios y financieros que estos críos demuestran con su relato es normal para su edad y el proceso de adoctrinamiento y aborregamiento conocido como educación pública. Pero algo de vergüenza podría darle a su profesor de Economía, José Ángel Molina, orgulloso de su necedad (la suya propia y la de sus pupilos): “Les dije que pensaran en qué pasaría si no existiese el Banco de España”. Dada la patética situación de la ciencia económica tampoco sorprende que los maestros sean meros transmisores irreflexivos de las falacias oficiales. Muchos presuntos economistas (entiéndase licenciados en ciencias económicas) tienen una ignorancia tal vez peor, porque en su sofisticación creen que saben.

Una burocracia coactiva que pretenda sobrevivir parasitando a los ciudadanos productivos necesita emitir propaganda sobre lo esenciales que son sus servicios y cómo éstos no pueden ser proporcionados en un mercado libre. Hay que saber mentir creyéndoselo, que así se engaña mejor. Sería interesante ver la reacción del (¿imparcial?) jurado del concurso ante un ensayo que mencionara la escuela Austriaca de Economía, el liberalismo, la emergencia espontánea de instituciones evolutivas como el dinero, el derecho y el lenguaje, la banca libre y competitiva con emisión privada de moneda, la posibilidad de organismos privados de certificación, los daños del intervencionismo estatal, y los ciclos económicos causados por la expansión monetaria y crediticia orquestada por los bancos centrales.

Dado que niños y adolescentes viven muchos años encerrados en entornos artificiales aislados del mundo real, es explicable que estos chicos ignoren que bancos centrales los hay en prácticamente todos los países (también en el del corralito, qué curioso) y en todas partes hay inflación y a menudo huelgas y manifestaciones para pedir aumentos de salario. Y que cuando no había bancos centrales había dinero emitido por bancos privados con bastante prestigio, y la economía y las finanzas funcionaban, y ya existían las transferencias y los bancos solían responder a sus obligaciones ante sus clientes o ante la justicia (salvo cuando los gobernantes les hacían algún favorcillo inconfesable como montar un banco central para que los bancos fraudulentos pudieran seguir trampeando sin que los bancos honestos los pusieran en evidencia).

Estos adolescentes demostraron no ser del todo intelectualmente irrecuperables: pidieron ver el oro del banco; no les dejaron ni acercarse a las cámaras acorazadas donde se supone que se guarda el poco que queda. Total, es una bárbara reliquia.

La inquisición cinematográfica

La Ley del Cine avanza irremisiblemente hasta aparecer próximamente en el BOE, generando, en medio de su tramitación, críticas por todos los lados. Los amigos de la extorsión al contribuyente, los del séptimo arte español que sólo se refieren a su país para mantener el negocio del subsidio se quejan porque no cumple con sus expectativas. Mientras tanto, las salas de cine se lanzan a la huelga como muestra de su negativa a aceptar lo inaceptable: exponer películas españolas por decreto.

Con una frase propia de dictadorzuelo de república bananera, la Ministra Clavo explicó que no tendría que promulgar esta Ley si los españoles fuéramos "a ver nuestro cine". De nuevo, un Gobierno impone lo que se debe ver, como antes hizo con el tabaco, al prohibirnos fumar porque no sabemos ser libres.

Además del cinismo moral de gobernar por nuestro bien y obligarnos a que veamos cine que no queremos ver (ni, por cierto, pagar con nuestros impuestos), lo que esconde esta decisión es un atentado al derecho de propiedad. Mejor dicho, otro más en la larga e interminable sucesión de políticas que vulneran este derecho.

A casi nadie parece chocarle que se impongan cuotas al cine español porque la cultura está por encima de cualquier cosa; como sucediera antaño la religión, funciona como justificación última para cualquier atropello a la libertad. Sin embargo, a todos les repugnaría si el Gobierno les dijera con quien deben emparejarse, casarse o relacionarse. Al fin y al cabo, en su cuerpo manda cada cual, ¿o no?

Siendo coherentes, si somos dueños de nuestras vidas, también lo somos de lo que pensamos, por eso, la ministra lucha denodadamente contra los piratas informáticos que vulneran la propiedad intelectual. Pero la pregunta siguiente es por qué lo "intelectual" tiene validez jurídica mientras que lo material, una sala de cine, no.

La lógica no entiende de políticas o, más bien, no es de izquierdas, porque si lo fuera no haría prevalecer un derecho de propiedad sobre otro, vulnerándolo flagrantemente. Los dueños de las salas de cine deberían proyectar lo que les viniera en gana y los cineastas españoles, producir lo que decidieran pero sin que lo pagáramos los ciudadanos bajo coacción. La obsesión por fijar cuotas es propia de un Gobierno que ama tanto la libertad como los cineastas españoles el libre mercado. Lo uno no se entiende sin lo otro.

En cualquier caso, lo que está claro es que la inquisición cultural ha vuelto a resurgir. Tenemos un Gobierno reaccionario al que hemos de dar gracias por retornar a prácticas tradicionales sacrosantas y claramente higiénicas para la salud mental del país. ¿Para cuándo un nuevo NODO?

Sólo imaginarse a la Calvo, a ZP y a sus ministros hablando del país de las maravillas, debería colmarnos de alegría. Un país donde el cine se ve, porque así lo quiere el Gobierno, en contra del sentir popular, que no sabe sentir nada de lo que debe sentir, como debería cualquier pueblo progre. En ese país multicultural, reinaría la felicidad… ¿Por qué entonces, tanto ruido? ¡Alabemos la Ley del Cine y nada de The end sino Fin, que ya vale de tanta americanada!

La coartada de la inflación de costes

John Maynard Keynes había sostenido que el desempleo en la economía era consecuencia de una demanda insuficiente. Su receta mágica para salir de las recesiones económicas pasaba por incrementar el “gasto autónomo” (el gasto discrecional en la economía). A falta de inversión o consumo privados “suficientes”, la solución venía a coincidir en esencia con más gasto público.

El paradigma keynesiano entró en crisis durante los años 70 cuando la economía estaba padeciendo simultáneamente inflación, estancamiento económico y desempleo. Si los apóstoles del inflacionismo y el despilfarro público querían sobrevivir había que inventar algo y pronto. ¿Cómo podía explicarse que los precios comenzasen a subir y además de forma significativa, antes de alcanzarse el pleno empleo? Fue en este contexto en el que apareció la idea de la “inflación de costes” como presunta explicación de tal paradoja: la culpa de todo la tenían los costes. No era la demanda la que hacía subir los precios, sino el creciente coste de los factores de producción. Esa carestía de los factores constreñía la producción. Suya era la culpa de la caída en la renta y la subida de los precios de los bienes y servicios finales.

La “inflación de costes” ha sido seguramente la penúltima trinchera en la que la teoría keynesiana ha tratado de refugiarse aprovechándose de una pobre comprensión sobre el proceso de formación de los costes y de los precios entre el gran público y no pocos economistas.

Armen Alchian describía con un bonito ejemplo cómo incluso la más evidente de las subidas de precios originadas por aumentos de la demanda de los consumidores aparecía como inflación de costes ante el observador casual. Supongamos que el Estado incrementa sus gastos y que recurre para su financiación al banco emisor forzándole a la emisión de nueva moneda para cubrir tales gastos –si los gastos se financiasen con una mayor recaudación fiscal estaría quitando poder adquisitivo a unos para dárselo a otros y no tendría necesidad de nueva moneda envilecida–. La nueva moneda incrementa los ingresos de los receptores del gasto público, que a su vez incrementan sus expendios pasando por ejemplo a comer carne o pescado cinco veces por semana en lugar de tres.

Las carnicerías y las pescaderías –que de momento no tienen motivo para subir los precios– ven reducirse sus existencias más aprisa de lo que venía siendo habitual y de lo que tenían previsto. Para reabastecerse se dirigen a los mercados mayoristas, produciéndose en éstos el mismo fenómeno de rápida minoración de stocks. Así que los mayoristas dan orden a sus agentes de que se reabastezcan en las lonjas y en los mataderos. Llegados a este punto es donde la presión de la nueva demanda se manifiesta con toda su intensidad. A los antiguos precios no hay pescado ni carne para todos los reabastecimientos. En tal caso y como hay disparidad entre la oferta y 1a demanda, el precio sube hasta que la oferta y la demanda coincidan, de tal modo que ningún oferente o demandante dispuesto a aceptarlo abandona insatisfecho el mercado. Cuando a la semana siguiente las amas de casa protestan por la subida en el precio de la carne, el carnicero comentará todo convencido que han sido los costes incrementados a los que se enfrenta los que le obligan a cargar precios más caros.

Una de las grandes aportaciones que realizó la Escuela Austriaca a la Ciencia Económica fue la del concepto de coste de oportunidad. El coste de llevar a cabo una acción es la utilidad que dejamos de obtener por tener que renunciar a otra acción alternativa. En términos monetarios, el coste de un factor es igual al valor que tiene que pagarse por un factor para incorporarlo a una línea de producción y superar las pujas de otros que tratan de atraerlo a producciones alternativas. La demanda final de los consumidores es la que determina qué línea productiva se lleva el gato al agua y, por ende, el nivel al que se acaba fijando el coste de los factores. Si, por ejemplo, los fabricantes chinos aumentan sus volúmenes de producción para satisfacer la creciente demanda de sus productos, presionarán al alza sobre el coste de los factores intermedios (acero, cemento…) y las materias primas (petróleo, cobre…) para poder disponer de los mismos en mayores cantidades. De nuevo aquí, una insuficiente comprensión de la cadena causal pone el énfasis de la inflación en los costes en vez de en la demanda. La cadena de causas en realidad va de los precios esperados a los costes ofrecidos y no, como sostenían los antiguos economistas clásicos, de los costes satisfechos a los precios solicitados. Si bastase con comprar factores de producción y luego ponerles un margen y revenderlos cualquiera podría dedicarse al comercio, pues cualquier línea o negocio produciría beneficios sin mayores calentamientos de cabeza.

Existe un tercer escenario en el que la idea de inflación de costes –distinta de la inflación de demanda– aparenta mayor plausibilidad que las dos anteriores. Se trataría del caso en el que los propietarios de los factores retienen parte de la producción, sacando menos cantidad al mercado y, de esta forma, elevando su precio. Aunque tal caso parece ser una excepción del supuesto de que es la demanda final la que es la responsable última de las subidas de precios, un examen más cuidadoso nos hace comprender que esto no es así. En realidad, los “especuladores” que retienen producción están actuando como agentes de la demanda futura que se prevé más fuerte que la actual. Es el previsible mayor precio del futuro el que retira la producción del presente. En casos de depreciación sistemática del signo monetario, no es de extrañar, por tanto, que se produzca un significativo incremento de los inventarios al existir pocas dudas de que las pujas en términos monetarios nominales de mañana serán significativamente superiores a los de hoy.

Resumiendo: en general y salvo casos muy excepcionales de desabastecimientos causados por guerras, plagas o catástrofes naturales (difícilmente el caso en los años 70 y para todo el mundo), la subida generalizada y constante de precios es consecuencia del incremento del circulante envilecido, la anticipación de incrementos futuros y la parcial monetización de materias primas, inmuebles y otros bienes reales como depósitos de valor alternativos más adecuados. Algo que, por otra parte, todos los críticos del inflacionismo y las teorías keynesianas habían pronosticado con cierta antelación; augurios que los predicadores del envilecimiento monetario se esforzaron por silenciar.