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Usted, ciudadano, es un terrorista potencial

Desde principios del mes de noviembre, el Estado, en su afán y denostado esfuerzo por garantizar la seguridad de sus frágiles y desamparados ciudadanos, ha vuelto a hacer uso de su omnipotencia regulatoria para, en este caso, impedir la entrada de sustancias altamente peligrosas en los aviones que, diariamente, sobrevuelan el espacio aéreo europeo: perfumes, geles de baño, champús, pastas de dientes, máscaras de pestañas, cremas, lociones, aceites corporales y demás líquidos de similar naturaleza son las nuevas armas de destrucción masiva, a los ojos de nuestra inepta clase política.

De este modo, todas aquellas personas que se preocupen mínimamente por su aseo e higiene personal se convierten, de facto, en un potencial terrorista químico dispuesto a volar por los aires el medio de transporte de larga distancia más empleado hoy en día en los países desarrollados. Su neceser es susceptible de ser revisado hasta el más mínimo detalle por las autoridades competentes para que todas aquellas sustancias que no se ajusten a los parámetros y criterios contenidos en la nueva normativa comunitaria puedan serle incautados automáticamente… eso sí, ¡por su propio bien!

Ya puede viajar tranquilo y exento de preocupaciones, pues ahí está el Estado, poniendo nuevamente a pleno rendimiento su arsenal regulatorio, confiscatorio y coercitivo al servicio de la defensa y protección de la integridad física de sus resignados súbditos, ante la amenaza plausible de que algún desalmado haga uso de la pasta dentrífica fluorada e, incluso, del esmalte de uñas, para articular un complejo y sofisticado explosivo con el macabro fin de ser detonado en pleno vuelo.

Esta brillante medida fue propuesta a iniciativa de la Comisión Europea a raíz de un plan terrorista, frustrado por las autoridades policiales británicas el pasado verano, que tenía por objetivo atentar contra, al menos, diez aviones que, preferentemente, realizaran trayectos entre Reino Unido y EEUU. No es algo nuevo. Desde los atentados del 11-S, los servicios de seguridad occidentales recomiendan la adopción de este tipo de medidas cautelares, de forma progresiva, en función de los nuevos ingenios destructores que diseñan las mentes terroristas islámicas.

Primero fue la prohibición de transportar tijeras u objetos punzantes a bordo de los aparatos aéreos, al tiempo que se extremaban los cacheos y registros individualizados de prendas y maletas en los controles de seguridad aeroportuarios de EEUU y Europa, llegando incluso a desvestir completamente a ciertos pasajeros escogidos al azar, es decir, de forma aleatoria. A ello, hay que sumarle los rígidos sistemas de verificación identitaria puestos en marcha por las autoridades norteamericanas a fin de comprobar hasta los más íntimos datos personales de los viajeros con destino a su país. Pero, lejos de quedar satisfechos, la paranoia burocrática, en su afán de alertar a la población del inminente riesgo de sufrir nuevos ataques, ha servido de excusa para que el Estado extienda su manto protector a ámbitos de la esfera personal hasta ahora excluidos de la intervención gubernamental, con el correspondiente detrimento de la libertad individual que, lógicamente, ello supone.

La siempre atenta progresía europea no tardó en denunciar a viva voz el recorte de las libertades civiles que se estaba produciendo en EEUU como consecuencia de la puesta en práctica de determinadas medidas de seguridad. Sin embargo, curiosamente, en cuanto Europa fue azotada por la furia islamista radical, la burocracia europea de todo signo y condición corrió a imitar sin miramientos las políticas allí adoptadas, llegando a superar, en algunos casos, las restricciones impuestas por la Casa Blanca a la siempre denostada e infravalorada sociedad estadounidense. Entonces, las críticas acallaron de golpe para que, a continuación, la UE se hiciera cargo de la situación.

Las directivas europeas emergieron, así, cual chaleco antibalas o salvavidas, para implementar toda una serie de instrumentos legislativos que, en la práctica, al tiempo que coartan y restringen nuestras libertades, consiguen tan sólo matar moscas, pero eso sí, a cañonazos. En los próximos meses, dicha batería normativa empezará a entrar en vigor a pleno rendimiento: la Ley de Retención de Datos, próxima a ser aprobada por el Gobierno, obligará a los operadores de telefonía (fija y móvil) e Internet a conservar durante, al menos, un año, todos los datos relativos a nuestras comunicaciones, con un coste aproximado de entre veinte y treinta millones de euros anuales por compañía; el anteproyecto de ley de la Sociedad de la Información dotará a las autoridades competentes (es, decir, estatales) de competencia plena para clausurar cualquier página web cuyos contenidos sean considerados inconvenientes, sin necesidad de intervención judicial alguna (tal y como ocurre hoy en día en la tan democrática República Popular China, o en la también comunista Cuba de Fidel).

La prohibición de llevar en nuestro equipaje de mano líquidos de todo tipo es tan sólo un capítulo más, aunque, por desgracia, no el último, de la inefable y caótica política de nuestra clase dirigente que, con la excusa de protegernos, nos convierte a todos en potenciales e hipotéticos terroristas capaces de perpetrar los más terribles y sanguinarios actos, por lo que debemos someternos irremediablemente al exhaustivo control estatal. No se extrañe usted si en el futuro, nuestro Gobierno protector le obliga a subir en el avión desprovisto de toda prenda de vestir, cual nudistas en una playa, pues tan sólo hace falta que un ingenioso y desvergonzado terrorista invente los calzones explosivos… El error de origen, estriba en la complacencia ciudadana a la hora de depositar nuestra seguridad personal en manos de la clase política al rezo colectivo de… Oh, Estado, líbranos de todo mal.

Bosques más sanos

El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra
.

La indignación de Antonio Machado, que es negro retrato de la pobreza del campo español durante buena parte del siglo XX, aún nos parece plenamente justificada. Así comprobamos con horror como la “sombra errante de Caín” se ha cebado en las costas gallegas, penúltima consecuencia de los incendios del verano pasado. Sin embargo, pese a la terrible tragedia que han sufrido los montes de Galicia y muy particularmente quienes viven o simplemente disfrutan de ellos, lo cierto es que, incluso descontando las más de 140.000 hectáreas arrasadas en España en lo que va de año, el número de árboles se ha incrementado considerablemente en los últimos diez.

Y no sólo en España, como hemos sabido gracias a un reciente informe, “La identidad forestal“, elaborado por un grupo de científicos liderados por el finlandés Pekka Kauppi. Un informe que establece una interesantísima relación entre la riqueza del un país (PIB) y su afán reforestador. Relación positiva que no convencerá a los impermeables. Es previsible que la reacción ante tamaño varapalo consista, como siempre, en acusar a los países ricos de externalizar sus problemas medioambientales, esta vez sobre los amenazados bosques primarios del Brasil de Lula e Indonesia.

En España la reacción de Greenpeace ha vuelto a evidenciar su desprecio por el problema, que en relación con la conducta humana, suponen los incentivos. A su coordinador para la campaña de Bosques, Miguel Ángel Soto, le parece que se están perdiendo los bosques más valiosos a favor de sucedáneos, bosques de pega cuya calidad cuestionaría el optimismo que, por otro lado, encontramos en el propio Ministerio de Medio Ambiente. Al menos es lo que nos cuentan las cifras del tercer Inventario Forestal Nacional (IFN3), cifras parciales ya que todavía no han finalizado los trabajos de recogida de datos en todas las comunidades autónomas. En palabras del Ministerio:

[El IFN3] se está desarrollando ahora y habrá abarcado toda España el año 2007. Este nuevo ciclo ha ampliado notablemente la cantidad de parámetros de los montes objeto de investigación, introduciendo aspectos como la biodiversidad, el paisaje, el desarrollo sostenible, la valoración integral, el recreo, el hábitat, la socioeconomía y otros que en anteriores inventarios o no se estudiaban o se hací­a muy someramente, Así pues, la información que suministra el IFN3 es mucho más amplia, útil y perfecta que la de anteriores inventarios, y está ya disponible para los interesados la correspondiente a diez comunidades autónomas (Galicia, Principado de Asturias, Cantabria, La Rioja, Comunidad foral de Navarra, Illes Balears, Región de Murcia, Comunidad de Madrid, Cataluña y Canarias) y a parte de otra (Castilla y León).

Pues bien, comparando los datos del tercer inventario con los del segundo, el Ministerio adelanta que:

  • Se detecta un notable aumento de la superficie de monte arbolado a costa de una disminución de la del desarbolado y cultivo.
  • La biomasa arbórea existente en los montes es ahora mucho mayor que la que mostraba el IFN2, tanto en valores absolutos como en valores por hectárea.
  • En las provincias cantábricas la expansión del eucalipto ha sido espectacular a pesar de que cada vez se corta más madera de dicha especie.
  • Las frondosas autóctonas (robles, castaño, haya, quejigos, etc.) han crecido considerablemente tanto en superficie como en biomasa.
  • La cantidad de árboles de grandes dimensiones se ha incrementado mucho pero, en cambio, hay ahora menos pies pequeños que hace 10 años.
  • En general los bosques españoles están en la actualidad igual o más sanos que antes.

Así mismo, volviendo a Machado y a sus lloradas llanuras de asceta, encontramos un interesantísimo documento elaborado por la consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León, en el que se informa que en relación con inventarios anteriores:

  • La superficie arbolada ha pasado de las 2.119.139[ha] a las 2.982.318[ha].
  • El volumen de madera se ha incrementado en casi 70 millones de metros cúbicos, alcanzando los 153 millones en 2002. Incluso mi adorada sabina gana 800 mil metros cúbicos.
  • Traducido a número de árboles, se observa una variación favorable del 64% alcanzándose en 2002 los 3.198.967.772 , que ya es precisar.
  • En valores del almacenamiento de CO2 equivalente supone un incremento del 80%.

Ya vemos que las apariencias engañan. La táctica habitual de nuestros ecologetas consiste en extrapolar y exagerar: tomar datos parciales y generalizar las consecuencias de una catástrofe para convencernos de que el ser humano, egoísta por naturaleza, lo es hasta el punto de ignorar tozuda y estúpidamente sus propios intereses. Las buenas intenciones que quieren vendernos y que sirven de coartada a nuevas coacciones no suelen salirnos gratis. La ecología de mercado nos enseña que cuando los incentivos y la información son caros la administración de los recursos se complica. No debemos pensar que la conservación de la naturaleza es un problema moral, una elección estética a delegar y que se resuelve con voluntarismo impuesto a golpe de decreto: más y más regulación diseñada por expertos omniscientes y administrada por burócratas. Citando a Terry Anderson y a Donald Leal:

[La ampliación de los procesos de mercado] para incluir los recursos naturales y los espacios de alto valor ecológico ofrece la única posibilidad de mejorar la calidad del medio ambiente, elevar los niveles de vida y –tal vez lo más importante– de ensanchar el espacio de las libertades individuales.

La recuperada salud de los bosques así parece demostrarlo.

Maltusianos

En el año 1798 se publicó anónimamente An Essay on the Principle of Population (Ensayo sobre el principio de la población), aunque rápidamente se identificó con su autor, Thomas Robert Malthus. En dicha obra se sostenía que el crecimiento de la población humana y del suministro de comida eran divergentes, ya que mientras que la primera crecía de forma geométrica, el segundo lo hacía de forma aritmética. Llegó incluso a predecir cuándo esta situación provocaría un colapso al decaer la cantidad de comida por persona, situación que tendría lugar a mediados del siglo XIX.

Los siglos XIX y XX transcurrieron sin que se produjese la catástrofe maltusiana. No obstante, durante dicho período no han cesado de aparecer opiniones que de una manera u otra son herederas de Malthus y que predicen debacles provocadas por el aumento de la población humana y el agotamiento de los recursos. Una de las obras que más impacto tuvo en su época fue Limits to Growth (Los límites del crecimiento), publicado en 1972, y encargado por el Club de Roma a Donatella Meadows, Dennis Meadows, Jorgen Randers y William Behrens.

En dicho libro se vuelve a insistir en un principio similar, el del crecimiento exponencial de la población humana, de su consumo, y sobre la limitación de los recursos, lo que acabará por provocar un colapso. De hecho se realizan distintas proyecciones sobre lo que tardarían en agotarse las reservas existentes conocidas en dicho período (incluso aunque se quintuplicasen). La más famosa de estas proyecciones sea quizás la relativa al petróleo. Según los autores, y tomando como fecha de partida el año 1972, se podría agotar en 20 años (con crecimiento exponencial y sin descubrimiento de nuevas reservas), 31 (con crecimiento estático) o 50 años (quintuplicando las reservas y con un crecimiento exponencial). Como se puede comprobar, los dos primeros plazos han transcurrido sin que de momento se hayan agotado las reservas, y las reservas descubiertas hasta ahora son más que suficientes para asegurar el consumo hasta el tercero.

Aunque se hayan realizado correcciones posteriores a dicho informe, como Beyond the Limits (Más allá de los límites del crecimiento) en 1993 y Limits to Growth: The 30-Year Update (Los límites del crecimiento: 30 años después) en 2004, sus predicciones son igualmente equívocas, ya que comete los mismos errores de partida que sus predecesores. La causa primigenia por la que todas estas predicciones han fallado no se encuentra ni en los datos de partida, ni en el modelado matemático. Indudablemente, tener buenos datos ayuda a realizar una predicción, y el modelo World3 tiene más funcionalidades que el Dynamo y a su vez éste es más complejo que las matemáticas exponenciales de Malthus. No obstante, ni el más complejo modelo matemático deja de ser una simulación, y como tal, sus predicciones son inservibles si sus planteamientos iniciales son incorrectos.

El principal fallo de todas estas obras radica en el hecho de tratar de predecir el efecto del hombre sobre la Tierra y los llamados recursos naturales, sin tener en cuenta precisamente lo que lo hace humano, es decir, su capacidad de inventiva, adaptación y superación. La historia de la humanidad no deja de ser sino un testimonio de cómo los individuos han ido venciendo obstáculos aparentemente insalvables. Durante el paleolítico inferior se calcula que la población humana ascendía a unos 125.000 individuos, mientras que al final del paleolítico superior esta cifra subió hasta los cinco millones de habitantes.

Este aumento no fue casual, sino que refleja el hecho de que el hombre fue capaz de obtener un mayor rendimiento de los recursos de la zona donde vivía. Así, dejó de ser un mero recolector y se convirtió también en carroñero inicialmente, y cazador posteriormente. Esto permitió que el número de hectáreas que necesitaba explotar para sobrevivir descendiese, a la par que regularizó el aporte alimenticio en el tiempo. Posteriormente, consiguió reducir aún más el espacio que tenía que explotar al descubrir la agricultura y la ganadería. Una hectárea de tierras cultivadas tiene un rendimiento muy superior al que podía obtener de una hectárea de bosque mediante la caza.

Además, la agricultura posibilitó, por vez primera, que existiesen hombres que puedan vivir sin necesidad de trabajar la tierra, con lo que podían dedicarse a otras labores, haciendo su aparición los núcleos urbanos. El rendimiento fue incrementándose posteriormente con el arado, la rotación de la tierra, los molinos, etc. Si durante el paleolítico se hubiese realizado una predicción con la metodología maltusiana, se habría llegado a la conclusión de que una gran catástrofe inmediata se cernía sobre el hombre al haber aumentado tanto la población. No obstante, y como hoy en día sabemos, hubiese fallado estrepitosamente porque no hubiese tenido en cuenta los efectos de la agricultura. Igualmente, cuando Malthus realizó su predicción no tuvo en cuenta los incrementos tecnológicos, fallo que también cometieron los diversos informes del Club de Roma.

El ser humano, además, cuenta con otros mecanismos frente a posibles restricciones. Si por un momento las previsiones sobre las reservas de hidrocarburos realizadas por Club de Roma hubiesen sido ciertas, el precio del petróleo se hubiese incrementado (en precios reales). Dicho incremento hubiese supuesto un acicate para investigar motores con mayor rendimiento (como así ha ocurrido siempre que ha subido el precio del petróleo). También se estarían desarrollando tecnologías que hasta entonces no habían sido rentables. Es decir, en el peor de los casos el petróleo no se acabaría jamás, ya que conforme fuesen cayendo las reservas conocidas, su precio se incrementaría, buscándose bienes sustitutivos y desarrollándose nuevas tecnologías que permitiesen obtener un mayor rendimiento del petróleo. Este comportamiento humano no ha sido tenido en cuenta por los maltusianos y sus sucesores, motivo por el cual sus predicciones han fallado siempre.

Por tanto, la conclusión que se obtiene al leer todo este tipo de informes es siempre la misma; aunque lo revistan de racionalidad matemática, jamás podrán acertar mientras traten de predecir el comportamiento del ser humano si eliminan la característica fundamental de su comportamiento: su racionalidad.

Argentina: la crisis del intervencionismo monetario

El 27 de marzo de 1991 fue sancionada en Argentina la Ley de Convertibilidad Austral por la que se establecía un tipo de cambio fijo entre el austral y el dólar en una cuantía de 10000 a 1. Posteriormente el austral sería sustituido por el peso convertible, cuyo tipo de cambio con el dólar pasó a ser de 1 a 1.

En otras palabras, la convertibilidad del peso con el dólar establecía que toda emisión de nueva moneda por parte del Banco Central estaría respaldada por un incremento de dólares en sus activos: la ley configuraba la responsabilidad de que todo pasivo (peso) tuviera su correspondiente activo (dólar).

En sus primeros años de funcionamiento, la Ley de Convertibilidad logró detener la hiperinflación que estaba sufriendo Argentina al respaldar su divisa con un activo con suficiente credibilidad como es el dólar. Las deudas del banco central (sus pasivos o pesos) parecían tener ahora una mayor calidad.

Los problemas vinieron durante la década del 1991-2001. Mientras la economía creció un 40%, el gasto público se multiplicó por dos. Buena parte de ese incremento fue financiado a través de la emisión de deuda pública denominada en dólares y adquirida por extranjeros.

En enero de 1998 el gobernador del Estado brasileño de Minas anunció el impago de la deuda pública y posteriormente el gobierno brasileño devaluó el real. Esto encareció y hundió las exportaciones argentinas, dando lugar a un empeoramiento de la situación económica del país, a una mengua de la recaudación fiscal y a un incremento del riesgo país con el derivado aumento del coste de financiación. Todo ello agravó aún más la situación de las arcas públicas.

En 2001 el pago de la deuda ascendía a 12.000 millones de dólares y para el período 2003-2005 alcanzaba los 40.000. El previsible impago (en diciembre de 2001 el Parlamento decretó el impago de toda la deuda externa entre gritos de "Argentina, Argentina") hundió el valor de la deuda pública, lo cual redujo el valor de los activos de los fondos de pensiones y, especialmente, de los bancos comerciales.

Dado que la deuda formaba parte de los activos de los bancos, la caída de valor imposibilitó que éstos pudieran atender al pago de sus deudas con los acreedores (depósitos a la vista).

En este contexto de crisis bancaria se aprobó el célebre corralito, por el cual los argentinos sólo podían retirar una pequeña cantidad diaria de dinero en efectivo por semana o bien "transferir saldos mediante cheque, giro o transferencia", en otras palabras, se permitía que otro se subrogara en la posición de acreedor frente al banco pero no que ejecutara su crédito para cobrar en efectivo. Este corralito interno fue acompañado por su corolario externo, esto es, la prohibición de extraer más allá de una cierta cantidad de dinero del país.

El objetivo de esta retención de fondos en los depósitos bancarios tenía bastante poco que ver con tratar de conceder más tiempo a los bancos para que lograran atender a sus deudas y pasara el pánico bancario ya que, de hecho, el corralito sólo logró estimularlo y magnificarlo con las famosas caceroladas.

En realidad, la finalidad del gobierno era la de confiscar los depósitos de los argentinos derogando la ley de convertibilidad peso-dólar y luego devaluando el peso en un 40%, de manera que los bancos sólo tuvieran que responder por un importe del 60% de sus deudas originales, aun cuando restituyeran el 100% del nominal en el peso devaluado.

Para que entendamos la jugada plutocrática: imagine que deposita 1000 litros de aceite en un banco agrario. El banco consume 500 litros de ese aceite y al cabo de un mes entra en bancarrota. Usted acude a la ventanilla y pide que le devuelvan los 1000 litros, pero obviamente éstos ya no están en reserva. Para evitar el incumplimiento contractual el gobierno emite una ley que redefine la unidad de litro como 500 mililitros. El "nuevo litro" tiene la mitad de líquido real que el "antiguo litro", pero ello permite al banco agrario devolverle los 1000 "nuevos litros" de aceite.

La convertibilidad fracasó precisamente porque el excesivo endeudamiento público deterioró la calidad de la deuda y de este modo los activos del banco central y de los bancos comerciales. La imposibilidad de atender la deuda envileció el peso, hizo caer en un 25% el PIB del país y confiscó a los ahorradores argentinos y extranjeros más del 40% de su dinero.

Lo más gracioso de toda la historia, sin embargo, es que los socialistas siguen atribuyendo la crisis argentina al mal funcionamiento del sistema capitalista. Será que el déficit desbocado, la monetización de la deuda o el monopolio del dinero son recetas típicamente liberales hacia la prosperidad.

En cualquier caso, si la experiencia argentina algo ilustró fue la teoría austriaca del ciclo económico y las nefastas del intervencionismo monetario que permite prever. No es posible crear riqueza convirtiendo las piedras en pan ni el papel en crédito solvente; una lección importante que se suele aprender demasiado tarde.

¿Es el tamaño de nuestro culo un asunto del gobierno?

La Ministra de Sanidad ha tenido la ocurrencia de amenazar a los restaurantes de comida rápida por los productos, a su juicio poco saludables, que expenden a la clientela. Es una forma como cualquier otra de sublimar su frustración por no haberse convertido en la jerifalta de la Organización Mundial de la Salud. Pero el problema no es que una émula de la señorita Rottenmaier la emprenda desde su posición política contra una empresa privada, sino la aprobación casi general que este tipo de medidas suscitan entre la gente.

Ayer mismo comentábamos el asunto en una reunión de amigos, todos con hijos en edad de McMenú, y las opiniones reflejaban la práctica unanimidad (yo siempre tocando las narices) en que los restaurantes de este tipo de comida "basura" deberían estar prohibidos. Se daba la feliz circunstancia de que una de las más furibundas censoras del McDonald’s y el Burger King es una fanática de los salazones, producto típico de las zonas costeras que en Murcia tiene mucho éxito gastronómico. Pues bien, en términos de salud, resulta que los alimentos salados son tan peligrosos o más que los que tienen excesivo colesterol. Ante mi propuesta de que se cerraran también todas las fábricas de salazones, en aras de nuestra salud cardiovascular, la respuesta inocente de la aludida fue: "hombre, no es lo mismo". Claro que no es lo mismo, porque a ella no le gustan las hamburguesas pero se pirra por el bonito, los encurtidos y la mojama.

La cuestión es: ¿quién puede atribuirse la facultad de dictar a los demás como deben conducir su dieta? En el tema de los restaurantes de comida rápida, se utiliza también el señuelo de los niños para estimular el celo censor de la "superioridad". Se supone que como son niños, no tienen capacidad para decidir sobre sus gustos alimenticios. Bien, ocurre que para eso están los papás, a menos que les supongamos también insuficiente capacidad mental para decidir qué y qué no deben comer sus criaturas.

Mis hijos no van a los McDonald’s, entre otras cosas porque su madre, enfermera nutricionista, prefiere darles otro tipo de meriendas. Jamás nos hemos sentido coaccionados por la existencia de estas empresas ni por el hecho de que sus amigos frecuenten este tipo de restaurantes. Cada cual elige su forma de vida y nada ni nadie debería prohibirle esa conducta, siempre que con ella no lesione derechos de terceros.

Lo que subyace en esta aquiescencia paterna hacia las medidas inquisitoriales de los políticos en materia de salud infantil, es su incapacidad vocacional para decidir por sí mismos cómo educar a sus hijos. En efecto, si no hay restaurantes de comida rápida se evitan decirle al niño que en lugar de hamburguesas con ketchup tiene que merendar un pepito de ternera con dos rodajas de tomate.

La obesidad infantil es un problema, sí, pero no de la industria alimenticia ni de los políticos, sino de los padres. Asumamos esta verdad elemental y dejemos el asunto de las tallas de calzoncillos en el terreno de la intimidad, que es donde debería seguir siempre.

Dinero en abundancia en la donación de órganos

Hace ya tiempo, publiqué en mi blog una referencia a un artículo de Sowell donde éste defendía la libre compraventa de órganos. Esa anotación es ahora la segunda página que aparece en Google al buscar "venta de órganos", lo que provocó que muchas personas se ofrecieran a vender los suyos en los comentarios. No soy el único a quien le ha pasado; también a los críticos de esta práctica les sucede. Sin embargo, desde el momento en que un ungido lo descubrió se produjo cierto escándalo, bastante hipócrita, por otra parte.

Se considera que es inmoral vender una parte de tu cuerpo, aunque no regalarla. Es el mismo tipo de moralidad que encuentra perfectamente aceptable el sexo libre pero no la prostitución voluntaria. La cuestión no es que no resulte espeluznante que haya gente dispuesta a desprenderse de una parte de su cuerpo por dinero, sino en qué mejora la vida de esas personas que están tan desesperadas como para estar dispuestos a realizar esa transacción el prohibirles hacerla. Los ungidos pueden tener la moral que quieran, pero no deberían arrogarse el derecho a imponérsela a los demás vía Congreso de los Diputados. Porque, mientras ellos sestean satisfechos en sus casas, los pobres siguen igual de pobres y quienes mueren sin el órgano que necesitan siguen muriendo. Pero los ungidos nunca han buscado el bien de los demás, sino su propia autosatisfacción moral, a costa de quien sea.

Lo curioso es que muchos alegan que introducir dinero en el sistema de donaciones destrozaría un sistema que, al parecer, "funciona bien". Ningún sistema funciona bien en términos absolutos cuando hay listas de espera; cuando eso sucede es evidente que hay una carencia de oferta. Aún así, es cierto y generalmente reconocido que el sistema español de trasplantes es el mejor del mundo. El problema es que eso sucede debido a que el dinero corre, y a raudales, por el mismo. Claro que ese dinero lo reciben a manos llenas los médicos y las enfermeras, y no los donantes. Eso, cabe suponer, es lo que lo hace "moralmente aceptable".

En España no se hacen más donaciones de órganos porque seamos mejores y estemos "más concienciados"; las bajísimas cifras de donación de sangre así lo demuestran. Nuestro mayor número de donantes se debe a que se ofrecen enormes incentivos económicos a los trabajadores del sistema estatal de salud implicados en la identificación y captación de donantes; estos médicos y enfermeras pueden cobrar el doble que quienes han tenido la mala suerte de especializarse en otra rama de la medicina, puesto que "reciben, más o menos disfrazada y aparte de sus sueldos, una retribución especial por trasplante hecho, retribución sustanciosa que los mantiene en alerta continua, diligentes en identificar y seguir a todos los enfermos potenciales donantes que entran en el hospital y en persuadir a los familiares para que autoricen la extracción de los órganos". En definitiva, nuestros "éxitos" en las donaciones se deben a una característica típica del funcionamiento político de las instituciones: el gasto exagerado en una parte del sistema para presentarlo como éxito mientras en otras partes el dinero escasea; es el llamado "faraonismo". Es lo mismo que sucede en Cuba, donde la dictadura alardea del gran número de médicos por persona mientras escasean las medicinas y las cucarachas proliferan en los hospitales.

Los ungidos exponen así su doble moral: les parece mal cobrar por donar un órgano, pero no que alguien cobre por convencer de que se done gratuitamente. Es como estar moralmente en contra de la prostitución pero a favor de las web de contactos; lo importante no es que no haya dinero de por medio, sino que no lo cobre quien ofrece el bien deseado. Es como estar a favor de la compraventa de hortalizas siempre y cuando no cobre el agricultor sino los mayoristas, transportistas y minoristas. En fin, que de tan "laicos" resultan ser mucho más papistas que el Papa.

Pero lo importante no es lo que ni ellos ni nosotros consideremos en nuestro fuero interno que es bueno o malo. Mientras no haya terceras personas a las que se dañe con ello, ¿quiénes somos para interponernos en los tratos voluntarios que pueda haber entre dos personas?

La epifanía del liberalismo en España

Juan Carlos Girauta acaba de sacar a la calle un ensayo sobre la eclosión liberal, palabras estas últimas que ha elegido con acierto para el título. El texto merece sus recensiones, pero el objeto del libro dará, de esto estoy seguro, para muchos otros. ¿Qué es este fenómeno de la eclosión liberal? ¿Cómo se explica que con ese término, tan preciso y en consecuencia tan ambiguo, se identifique al movimiento político con más nervio en la España de hoy?

La primera explicación es, y no podía ser otra, el fracaso del liberalismo en España. Nuestro país ha dado eximios liberales al mundo, además de haberle regalado la preciosa palabra con que se designa la ideología de la libertad. Pero por razones históricas que no cabe analizar aquí, una parte importante del liberalismo se pudrió de sectarismo y por éste se unió en el poder con quienes eran sus mayores enemigos. Y la otra parte, la de amplio espíritu, veía cómo por uno y otro camino el devenir de España se alejaba de sus queridos ideales de libertad y de paz, con una guerra fratricida de por medio. El largo invierno franquista nos heló. Siguió habiendo liberales, sí, pero sin "liberalismo", es decir, sin un movimiento o una propuesta que ofrecer a la gente. Fue elitista personal y políticamente. Acaso la situación lo requería, pero la llegada de la democracia no mejoró sensiblemente las cosas.

Otra razón es el éxito de la izquierda, que ha penetrado profundamente la piel de los españoles, y que es la principal proveedora de entendimiento de lo que ocurre. Se filtra desde los medios de comunicación, las universidades, los intelectuales, la política… En España tuvo el reflejo político en los gobiernos de Felipe González, trece años en el poder. Su experiencia tuvo que despertar el interés de muchos jóvenes con espíritu crítico. Además, el socialismo, el progresismo, o simplemente la izquierda tienen un mensaje embriagador, pero que es esencialmente falso y que es incapaz de traspasar la piel de muchos. Súmese a ello que el socialismo desatado ha fracasado históricamente y el democrático ha agotado su programa con resultados penosos Y son muchos los que no se lo tragan y buscan una guía alternativa.

La derecha acomodaticia, anti intelectual y reaccionaria no podía competir, para ese papel, con el liberalismo. Creo sinceramente que las ideas de libertad son enormemente potentes. Por un lado porque permiten recoger las piezas sueltas y componer un puzzle con sentido y que se refiere vivamente a la realidad. Por otro, están fuertemente enraizadas en el espíritu humano y llaman con fuerza a los sentimientos de justicia y ética. Por eso hay un liberalismo instintivo, como dice uno de nosotros, que resulta atractivo y convincente.

Pero esas ideas tienen que abrirse camino. En España hay dos nombres que destacan por encima de los demás: Federico Jiménez Losantos, que ha acercado el liberalismo a la vida diaria y a la política, y Jesús Huerta de Soto, que ha traído a nuestro país el mejor pensamiento liberal, enhebrándolo, además, con nuestra mejor tradición.

Esa juventud que desconfía de la izquierda, que no puede digerir sus caducos mensajes, ha tropezado con un conjunto de ideas coherente y feraz y se ha adherido a ellas sin el complejo que aqueja a otras derechas. Ha tenido que meterse entre pecho y espalda unos cuantos libros y artículos. Ha tenido que hacer el esfuerzo intelectual de formar sus propias opiniones frente a las precocinadas y predigeridas que recibe a diario desde los medios de comunicación. Ese esfuerzo se ve recompensado por la conciencia de que jamás le mirará un socialista de cualquier partido por encima del hombro.

Y por último, Internet. A pesar de su origen, Internet es un espacio ideal para el ejercicio de la libertad. No caben las concesiones y por tanto no es el lugar donde la izquierda se pueda sentir cómoda. Nunca lo ha hecho. En el caso de España contamos, además, con un fenómeno único en el mundo: Libertad Digital. En Internet se han encontrado los jóvenes liberales, con sus convicciones por delante y con un desparpajo que asusta y desconcierta a muchos. Y con la firme voluntad de defender los derechos y las libertades propias, que son también las de los demás.

Una sociedad de propietarios como alternativa al Estado de bienestar

El estudio Una sociedad de propietarios que mañana divulga el Instituto pretende abrir un debate público en torno a alternativas plausibles al agotado modelo de Estado de Bienestar. Según el psicólogo norteamericano Abraham Maslow, los individuos buscan satisfacer sus necesidades, y la victoria en esa lucha abriría nuestro apetito a otras nuevas, de distinto rango. Estas necesidades, empezando por las más básicas, son las fisiológicas, de seguridad, relación, estima y autorrealización. En la actualidad, en los países occidentales, las necesidades más básicas (alimento, vestido, salud o cobijo) están en general superadas y las personas buscan alcanzar y quemar etapas más elevadas. Emergen con mucha más fuerza necesidades de seguridad, como la protección física y económica frente a cualquier contratiempo. En el terreno del afecto y de las relaciones, es una queja habitual la dificultad de compatibilizar el trabajo con la familia y el cuidado de los hijos. En cuanto a la falta de “autorrealización”, muchos son los individuos que se hallan afligidos por la arbitrariedad directiva o la falta de desarrollo personal en trabajos que estiman alienantes.

La sociedad de propietarios busca reforzar el abastecimiento de recursos financieros en el hogar para lograr independencia y seguridad financieras sólidas, gracias a las cuales no deberemos estar al amparo de terceras personas. Para no estar atados al sueldo de un único empleador, temerosos porque peligran nuestras pensiones, agobiados por una actividad laboral que no nos satisface ni nos motiva emocional y profesionalmente, angustiados porque nuestra vida familiar se resiente por falta de tiempo, lo que necesitamos es acumular un patrimonio que nos permita una mayor autonomía económica y de decisión.

La socialdemocracia o el estado del bienestar ha resultado ser un verdadero fracaso en su intento de proveer cualquiera de las necesidades ubicadas en los escalafones más altos que nos explica Maslow. La sociedad de propietarios es un modelo alternativo al propuesto por el Estado con el que se quiere dar más autonomía, responsabilidad y libertad al individuo con el fin de que éste pueda ir satisfaciendo sus necesidades crecientes sin verse sometido a todas las cortapisas que hoy padece. Para ello se aprovecharán las ventajas que el capitalismo ofrece al individuo, especialmente la habitualmente desdeñada participación en la ganancia capitalista, para lo que se necesitará de una adecuada cultura financiera. Si deseamos una seguridad económica no atada a un único salario, retirarnos a una edad más temprana que la que nos fijan los estados, desarrollar actividades profesionales que nos satisfagan más, tener más tiempo para pasar con nuestra familia, mejor educación para los hijos, etc., seguramente debamos acometer cambios en la manera de llevar nuestras finanzas familiares.

Y la forma de hacerlo es emplear la magia de la capitalización compuesta, que requerirá de nosotros que empecemos cuanto antes a ahorrar e invertir lo ahorrado. Para ilustrar las cuantías que nos puede ofrecer un escenario medio, ni demasiado optimista ni pesimista, vamos a simular qué podría alcanzar un trabajador que empiece con el hábito de ahorro e inversión a una edad temprana, a los 25 años, y que separe anualmente 6.000 euros (1 millón de pesetas) durante los siguientes 20 años con el fin de invertirlos podría obtener, unos 41 millones de las pesetas al valor actual. Si a partir de entonces dejara de ahorrar, esa inversión se traduciría en los siguientes 10 años en 80,7 millones de pesetas. Todo esto con una hipótesis realista-conservadora de un 10% nominal de rendimiento anual de las inversiones y un 3% de inflación.

No obstante, el Estado, a través de impuestos y regulaciones, dificulta el proceso creativo y con él la productividad y el crecimiento económico y empresarial, lo que provoca que no obtengamos ni como trabajadores ni como accionistas todo lo que podríamos conseguir. Por eso proponemos la eliminación de requisitos burocráticos a la puesta en marcha de empresas y negocios productivos, una reforma de IRPF que elimine los tramos que desincentivan la movilidad social, eliminación del impuesto a las ganancias patrimoniales y eliminación o exención para los casos en que la base imponible sea inferior a 2 millones de euros de los impuestos sobre sucesiones y sobre el patrimonio.

Este modelo alternativo al estado del bienestar no tiene por qué eliminar el papel de éste en el cuidado de los desamparados, pero tal esfera de actuación quedaría circunscrita a aquellos casos de incapacidad que, fruto del azar o la mala suerte, no queden totalmente cubiertos por el propio trabajo del ciudadano o la acumulación de capital (apoyo familiar, herencia, inversiones anteriores, etc.). Cuidar a quienes lo necesitan de verdad no debe llevar a atarnos a todos al modelo obligatorio impuesto por el Estado.

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Precampaña navideña y derechos humanos

Cada vez con más frecuencia nos bombardean con noticias relacionadas con la violación de los derechos humanos. Políticos de todos los pelajes se unen para denunciar en voz alta semejante brutalidad aquí y allá, con una indignación tal, que finalmente me he sentido abochornada. Sí, confieso avergonzada que no he leído la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Para preparar mi espíritu solidario de precampaña de Navidad, aprovechando que ya están colgados en la Castellana los… ¿adornos navideños con forma de monocadena de ADN?… que ha preparado el candidato no liberal a la Alcaldía de Madrid, he decidido ponerme a ello.

Y, la verdad, más que a las puertas de la Navidad me siento en plena Semana Santa.

Al principio, uno lee con cierta tranquilidad cosas como: "Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona" en el tercero de los artículos, o "Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes" en el quinto, y más adelante: "Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente" (artículo 17) y se siente reconfortado, civilizado, miembro de una sociedad que ha avanzado lentamente en el transcurso de la historia y piensa en las luces navideñas, en el calvo de la Lotería y en cosas de esas… por poco tiempo.

Se me eriza el vello de la nuca cuando leo esto: "Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho –tomen aire– a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad" (artículo 22). Y sigue el calvario: "Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial –vuelvan a respirar– la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene, asimismo, derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad" (artículo 25). Y me pregunto, ¿con cargo a quién va todo este gasto? ¿Quién realiza ese esfuerzo para que toda persona disfrute del "libre desarrollo de su personalidad"? De manera involuntaria, agarro el bolso con fuerza aún sabiendo que es inútil, no hay nada que hacer… es a mi costa. Con el bolso aún asido, leo los dos últimos artículos: "Toda persona tiene deberes respecto a la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad". ¿En esta comunidad, solamente en ésta puedo? Y la puntilla: "Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración".

¿Dónde puede borrarse uno de este club? ¿Se puede?

Dice Anthony de Jasay en la introducción a su Justice and Its Surroundings: "A freedom is a freedom and not a right". Según el liberal de origen húngaro, si necesitas definir un derecho para asegurar una libertad, ya no se trata de una libertad propiamente dicha. Más bien, lo que se consigue es convertir la libertad, apuntalada por un derecho, en un privilegio. Tal y como lo plantea, un derecho para alguien siempre implica una obligación para otra persona.

La situación de cada individuo debería ser la consecuencia de la libertad de acción, no el objeto de un sistema de privilegios acordados de manera supuestamente universal que restringe la capacidad individual de elegir, mi poder adquisitivo, mis recursos. El sentimiento de esclavitud es doble cuando, mientras me aseguran el derecho a expresarme, se me prohíbe luchar contra la barbaridad impuesta.

La cosa cambiaría solamente con redactar, por ejemplo, el terrible artículo 25 de esta manera: "Toda persona tiene libertad para dedicar sus esfuerzos y capitales a intentar alcanzar un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo libertad para acceder, si quiere, a los seguros privados en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad".

Está claro que me equivoqué de bando. En la próxima vida quiero ser damnificada social, y recibir todo eso que ignoraba que es indispensable para mi dignidad y el desarrollo pleno mi personalidad en esta sociedad, por supuesto a costa de otro. Usted, por ejemplo.

Hay algo podrido en el sistema

La gente está harta de la política y de los políticos. Se refleja en los altos índices de abstención electorales y en el desprecio con el que son tratados en las charlas de sobremesa. Si en algo coinciden personas de distintas tendencias es en el rechazo de la clase política y en el hastío que les produce el juego partitocrático. Hay algo podrido en el sistema actual, los ciudadanos lo huelen, lo intuyen, algo no funciona como debería. ¿Qué es? La mayoría lo tiene claro: son los políticos.

"Si los políticos no fueran corruptos", dicen algunos. "Si los políticos realmente se preocuparan por el pueblo", dicen otros. Los males que aquejan a la sociedad desaparecerían, da la impresión, si la presidiera un platónico gobierno de rectos y sabios estadistas. Es una tragedia que, sabiendo que solo nos hacen falta las personas adecuadas para ejercer el poder, no consigamos encontrarlas y otorgarles un mandato. Así la discusión a veces acaba girando en torno a la necesidad de que los gobernantes sean personas con estudios o superen una suerte de examen selectivo. "No puede ser que nos gobierne alguien que ni siquiera tiene un título universitario". O en torno a la conveniencia de las listas abiertas, las consultas populares u otro tipo de reformas que nos acerquen a la "auténtica democracia". Hay quienes perciben que la podredumbre del sistema llega más lejos y en un ataque de rebeldía incluso dejan escapar que una dictadura ilustrada sería preferible a la democracia. En su fuero interno no lo suscriben, pero creen que la propuesta tiene un poso indudable de sentido común. Tampoco es extraño escuchar opiniones que podrían encuadrarse en la categoría de "si yo fuera dictador…".

Pero todas estas cuestiones son secundarias, no responden con acierto a la pregunta: "¿qué es lo que está podrido?". El origen de la podredumbre no son los políticos ni las reglas por las que salen elegidos. No es principalmente un problema del sistema de gobierno o de sus integrantes, es un problema de las atribuciones del gobierno. No es quién ostenta el poder, ni siquiera cómo lo ostenta, es el tamaño y el alcance de este poder. El problema no es qué políticos deciden sobre nuestras pensiones, sobre nuestra salud o sobre la educación que reciben nuestros hijos, el problema es que no lo decidimos nosotros. El Estado se ha arrogado el derecho a elegir por los individuos, y éstos, en lugar de reclamar que les devuelvan lo que es suyo, se han limitado a pelearse por el color de las cortinas. ¿Acaso lo malo del ladrón es que luego no administra bien lo que roba? Lo malo del ladrón es que roba en primer lugar. El problema del Estado del Bienestar no es la bajeza de los políticos y el signo de sus medidas intervencionistas, el problema es que usurpa a los ciudadanos su libertad de elección en primer lugar. Da igual si te sube los impuestos un político con título universitario o sin él, la cuestión es que se incauta de una porción mayor de tu renta justamente ganada. Da igual si una ley que prohíbe la tenencia de marihuana o la eutanasia es aprobada por una mayoría de votantes en un referéndum o una mayoría de diputados en un parlamento, la cuestión es que se trata de tu vida, de tu cuerpo, y nadie tiene derecho a decidir por ti.

Uno no deja de ser esclavo por cambiar de amo, la libertad se consigue rompiendo las cadenas y decidiendo por ti mismo. La gente que toma el Estado intervencionista como algo dado e inamovible y achaca la podredumbre del sistema a los políticos está dejando de contemplar el bosque por fijarse en los primeros árboles. Los políticos son un simple subproducto del sistema. Intuir la podredumbre es, al menos, un comienzo, pero si las causas de la enfermedad no se diagnostican correctamente va a ser imposible curar al paciente. De hecho un mal diagnóstico puede empeorar su situación. Hay algo podrido en el sistema, en efecto, y es el sistema en sí mismo. No basta con criticar a los políticos, es preciso atacar la raíz del problema: el poder estatal. Lo que debemos cuestionar no es la dignidad de tal o cual político, sino el poder que ostenta sobre nuestros asuntos.