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La tiranía invisible

La realidad de los sistemas totalitarios se expresa sin ambages. Los gulags, las hambrunas provocadas y los asesinatos en masa son pruebas suficientes del horror soviético. Mao aniquiló a 70 millones de chinos y Pol Pot a un tercio de la población camboyana. Los balseros van de Cuba a Florida, no de Florida a Cuba, y los cientos de miles de "boat people" vietnamitas no estaban emigrando a climas mejores sino huyendo del despotismo. Sólo había francotiradores en el lado comunista del muro de la vergüenza y son las playas norcoreanas las que están cercadas con alambre de espino para impedir que la gente se fugue por mar. Basta comparar Alemania oriental con Alemania occidental en tiempos de la Guerra Fría o Corea del Norte con Corea del Sur para advertir que la planificación central de toda la economía va de la mano de la miseria más absoluta. Cualquier persona de bien que no esté cegada por prejuicios asocia sin dificultad el régimen totalitario con sus atroces consecuencias: están a la vista de todos y la relación causal es demasiado evidente. Pero a medida que la tiranía toma cauces menos perceptibles, se vuelve sutil en sus métodos y el nexo de relaciones causales adquiere complejidad, cuesta más identificar la injusticia y señalar al culpable.

A veces cuando en una discusión los liberales comparamos el Estado del Bienestar con el nazismo o el comunismo nuestro interlocutor se sorprende y niega que sea de recibo la analogía. "No es lo mismo", objeta. Naturalmente no lo es ni puede serlo, ya que plantear una analogía es poner en relación cosas distintas con atributos comunes. Nosotros lo que nos proponemos es enfatizar dichos atributos comunes y sugerir que la diferencia entre un sistema totalitario y el Estado del Bienestar democrático no es tanto cualitativa como cuantitativa o de grado. Pero nuestro interlocutor sigue rechazando la lógica de este planteamiento. "Hitler y Stalin asesinaban a la gente, los gobiernos democráticos no hacen nada de esto", puede decirnos. No, está claro que no matan a la gente por pensar diferente, ¿pero seguro que no son responsables de la muerte de nadie? No te envían a Siberia, sin embargo ponen en peligro tu vida cuando racionan la sanidad y te ponen en lista de espera, cuando restringen el comercio de órganos y retrasan la salida de medicamentos al mercado, cuando son ineficientes aplacando la delincuencia o cuando te prohíben portar un arma para defenderte. Al mismo tiempo ponen en peligro la vida de otras personas cuando obstaculizan el progreso del tercer mundo con medidas proteccionistas y patrocinan con ayudas públicas modelos de desarrollo obsoletos. Pero los efectos letales de la acción del Estado del Bienestar son indirectos y no se distinguen fácilmente. La relación de causa y efectos entre la muerte de un individuo inocente y la orden de fusilamiento de Stalin es directa y no escapa a la comprensión de nadie. La relación de causa y efecto, no obstante, entre la muerte de decenas de miles de personas y los controles de calidad públicos que retrasan artificialmente la salida de medicamentos al mercado no es menos real ni menos trágica, aunque sí más sutil.

"Pero los regímenes comunistas no permitían la propiedad privada y los gobiernos democráticos sí la respetan". Nominalmente sí, de facto… El expolio no deja de ser expolio por reducirse la cuantía del botín. Antes la gente trabajaba los 365 días del año para el Estado, ahora "sólo" la mitad del año. Esclavismo a tiempo parcial. El Estado usurpa los ingresos de los individuos y regula severamente el modo en que pueden emplear su cuerpo, su casa, su negocio… ¿Nos encontramos ante una diferencia cualitativa o de grado?

La cuestión es que la propiedad pública de todos los medios de producción acarrea una miseria terrible, mientras que el Estado social-democrático deja al mercado margen suficiente para crear una enorme riqueza. Así, la gente puede asociar de un vistazo el comunismo con la pobreza, pero no asocia el Estado del Bienestar con la pauperización económica. Las relaciones de causa y efecto son más profundas, menos visibles, y es preciso comprender los entresijos de los procesos sociales para identificar la enfermedad, el virus que la causa y la cura necesaria. Poca gente sabe que el alza general de precios es un fenómeno causado por la intervención pública en el ámbito monetario y que sus efectos asimétricos golpean especialmente a las capas menos pudientes, que tienen que asumir precios más altos antes de que suban sus salarios. Para llegar a esta conclusión hace falta saber qué es el dinero, cómo se forma su precio y por qué la introducción de nuevos medios de pago no respaldados no es neutral. Del mismo modo mucha gente ignora lo que comporta un sistema de pensiones redistributivo como el actual: los trabajadores no están ahorrando parte de su renta para su futuro sino que están destinándola al consumo de los jubilados; el ahorro hubiera servido para capitalizar las estructuras productivas, aumentar la productividad y producir más y mejor en el futuro, así como para devolver el principal más intereses y pagar pensiones de jubilación elevadas. Hoy no se crea riqueza alguna con el sistema de pensiones –el dinero simplemente cambia de manos–, pero para entender por qué esto es así antes es preciso saber en qué consiste el ahorro y la acumulación de capital. La gente también desconoce que la causa del desempleo son las regulaciones laborales y el salario mínimo. El paro es una realidad visible, pero su causa no es fácilmente identificable para el profano. Las regulaciones laborales hacen que el coste de contratar un trabajador sea mayor y el salario mínimo impide contratar por debajo de un determinado precio; si el coste de contratar al trabajador supera el valor de su contribución el empresario no le contratará, no le sale a cuenta. Para advertir esta consecuencia hay que tener alguna noción de cómo se forman los precios en general y los salarios en particular.

Juzgar las cosas por su apariencia puede ser harto engañoso en este contexto. El prisionero que, complacido con el plato de comida que le traen cada día, no repara en lo bien que viviría si le dejaran salir de la mazmorra, no parece estar evaluando su situación con acierto. La tiranía social-demócrata tampoco nos mata de hambre, pero nos niega una prosperidad mucho mayor: el crecimiento medio de las economías con un sector público en relación con el PIB inferior al 25% es del 6,6% anual. Si España hubiera crecido a este ritmo en los últimos 20 años hoy seríamos el doble de ricos. ¿Qué haría usted con el doble de renta? Si el sector público desapareciera o quedara reducido a su mínima expresión y hubiéramos experimentado, pongamos, un crecimiento económico del 10% anual sólo en los últimos 20 años, hoy tendríamos el triple de renta per cápita. ¿Se imaginan un crecimiento del 10% pero durante todo el siglo XX? Supone doblar la riqueza nacional cada 8 años.

Como dijera Bastiat, una de las principales enseñanzas de la economía es que no debemos juzgar las cosas sólo a partir de lo que vemos, más bien debemos juzgarlas a partir de lo que no vemos. No basta con tener en cuenta los réditos de tomar un camino determinado, hay que ponderar también lo que dejamos de ganar por renunciar a los caminos alternativos. Los procesos sociales son complejos y las relaciones causales en el marco del Estado del Bienestar no están a la vista de todos. Por eso es necesario que señalemos las injusticias de este sistema político y expongamos lo que estamos dejando de ganar, haciendo visible esta tiranía invisible. No podemos esperar que la gente se rebele en tanto no mire más allá de su ostentoso plato de comida y sea consciente de que está tras unos barrotes, de que otro mundo es posible ahí fuera, un mundo de libertad sin concesiones y extraordinaria prosperidad.

Beneficios y salarios

Una de las controversias más habituales de la economía ha sido la contraposición de intereses entre el capital y el trabajo. Un incremento de los salarios supone una reducción de los beneficios de los capitalistas y, de la misma manera, un incremento de los beneficios sólo puede provenir de una reducción de los salarios que le habrían correspondido al trabajador.

En realidad, la pugna entre salarios y beneficios es mucho más absurda de lo que la izquierda suele plantear. Un incremento de los salarios a costa del capital de la empresa supone una reducción de su rentabilidad, lo que dificulta la reinversión y, en ciertos casos, incluso la amortización. Una capitalización total de los beneficios simplemente imposibilitaría la contratación de mano de obra o la adquisición de materias primas, ya que elevaría la rentabilidad de trabajar fuera de tal empresa.

Dado que el socialismo ha pretendido mezclar el análisis económico del salario y el beneficio con problemas distributivos ligados a la nadería de la justicia social, puede resultar útil eliminar la separación de rentas con el fin de ilustrar mejor el anterior argumento.

Imaginemos un empresario autónomo que no tiene trabajadores asalariados. Este empresario ejercerá una actividad en el mercado que, en caso de ser adecuada, le reportará unos flujos de caja (a partir de aquí hablaremos de flujos de caja en lugar de beneficios porque los primeros son una medición objetiva de la ganancia monetaria de la empresa mientras que los segundos dependen de criterios contables, aun cuando la literatura económica prefiera el segundo término). En este punto, el empresario tendrá dos opciones: o bien reinvertirlos en la empresa o bien sacarlos del circuito fabril e ingresarlo en su cuenta corriente particular a modo de salario.

Dependiendo de la cuantía destinada a cada una de las dos partidas, los efectos serán distintos:

a)      Un primer caso extremo es aquel en que el empresario autónomo no reinvierte ninguna porción de sus flujos de caja, sino que se queda, a título particular, con la totalidad de ellos. En este caso, el empresario será incapaz de amortizar los bienes de capital de su empresa y, una vez se hayan depreciado, tendrá que abandonar el negocio o bien realizar una inversión con cargo a posibles ahorros personales o endeudándose en el mercado de crédito. En cualquiera de estos dos últimos casos, el excesivo consumo pasado le obligará a reducir su consumo futuro para conservar el capital.

b)      El autónomo destina a la reinversión la porción exacta de los flujos caja para lograr la amortización del capital. En este caso, la empresa seguirá en funcionamiento y el autónomo disfrutará del máximo salario posible sin consumir su propio capital. Sin embargo, el margen de maniobra de nuestro empresario será reducido, ya que ni podrá modificar su estructura productiva conforme los antiguos bienes de capital se vayan depreciando (no tenemos en cuenta el efecto expansivo de la amortización o efecto Lohmann-Ruchti porque, en todo caso, implica un ahorro y reinversión adicionales que estamos descartando en este supuesto por dirigirse a engrosar los salarios) ni, por supuesto, podrá plantearse expandir su negocio y aprovechar nuevas oportunidades de ganancia; como mucho podrá adquirir una nueva estructura productiva cuyo valor capital sea idéntico al anterior. El resultado será que el salario disfrutado –salvo por causas ajenas a su acción, como disminución de la competencia o incremento de la demanda de sus bienes– permanecerá más o menos constante a lo largo del tiempo; mientras que el resto de empresas, al acumular nuevo capital a través del ahorro, serán más productivas y podrán pagar mayores salarios. A la larga es posible que las empresas de la competencia le ofrezcan a nuestro autónomo salarios superiores a los que él mismo puede lograr con los flujos de caja derivados de su pobre y primitiva estructura de capital, por lo que probablemente decida abandonar su propia empresa y convertirse en un trabajador por cuenta ajena. Este proceso es precisamente el que tuvo lugar durante la Revolución Industrial entre artesanos y las grandes compañías capitalizadas.

c)      El autónomo ahorra parte de sus flujos de caja y los reinvierte en la empresa, quedándose con el remanente en forma de salario. Esta actitud le permite acumular capital, expandir su negocio e incrementar sus flujos de caja futuros, de modo que su salario también aumentará. Aun así, la decisión del autónomo no resulta sencilla; si la reinversión que realiza dentro de su empresa le reporta unos flujos de caja menores a los que podría conseguir invirtiendo en otras empresas y si, para más inri, su salario es menor al que podría obtener trabajando por cuenta ajena, es obvio que el autónomo abandonará su negocio e invertirá en otras empresas (en forma de, por ejemplo, accionista) parte de su salario. Por tanto, el autónomo no invertirá en su propia empresa una porción de los flujos de caja que reduzca la rentabilidad de su capital por debajo del que puede conseguir en otras compañías; y si además el salario restante después de la reinversión es menor al que puede lograr como trabajador por cuenta ajena, liquidará su empresa, invertirá ese capital en comprar acciones y se pondrá a trabajar para otra compañía.

d)     El autónomo ahorra y reinvierte todos los flujos de caja, sin destinar nada a su remuneración personal o salario. Esta estrategia tiene sentido cuando el empresario acaba de descubrir una oportunidad de ganancia muy rentable que requiere de una fuerte inversión actual para su explotación, o bien cuando el autónomo se plantea capitalizar su empresa para enajenarla a un elevado precio en el futuro. En estos casos, renunciamos a consumir en el presente para consumir más en el futuro con cargo a los flujos de caja esperados. No obstante, fijémonos que ésta no puede ser una estrategia permanente del autónomo (a menos que su forma de satisfacer sus fines sea, precisamente, estar ocupado en la empresa), porque en caso contrario obtendría una mayor renta personal trabajando para otra compañía como asalariado.

Una vez analizadas las consecuencias y efectos de las distintas distribuciones de los flujos de caja, nos será sencillo comprender la falsa contraposición de intereses que se plantea en las empresas capitalistas.

Si los trabajadores percibieran el "producto íntegro de su trabajo" como rezan los marxistas, es decir, si se quedaran con todos los flujos de caja de la empresa, ésta desaparecería ante la incapacidad por amortizar el capital y los trabajadores quedarían desempleados.

Si la empresa sólo reinvierte la porción exacta para mantener la estructura vigente de capital, podrá sobrevivir a corto plazo mientras mantenga rentabilidades similares a las del resto de empresas; una vez se convierta en poco competitiva (debido a la falta de inversión en bienes de capital e I+D) y su rentabilidad caiga, los capitalistas desinvertirán y la empresa desparecerá o bien por suspensión de pagos (falta de capital circulante) o bien por depreciación total de su activo fijo.

Si la empresa ahorra y reinvierte parte de sus flujos de caja y logra rentabilidades iguales o superiores a las de la competencia (bien repartiendo dividendos o, preferiblemente incrementando el valor presente de la compañía), permanecerá en el mercado a menos que ese ahorro se haya logrado a costa de reducir los salarios de sus trabajadores por debajo de los que pueden obtener en la competencia, en cuyo caso la compañía se quedará sin mano de obra.

Por último, si la empresa no pagara a sus obreros y sólo se dedicara a reinvertir o repartir los flujos de caja brutos (flujos de caja que no incluyen el pago en salarios), es evidente que ningún trabajador acudiría a ella, serían los propios capitalistas y empresarios los que deberían actuar como autónomos en perspectiva de unos mayores flujos de caja futuros.

En definitiva, dado que es la disposición al pago de los consumidores la que determina la cuantía de esos flujos de caja, entenderemos perfectamente cómo bajo el libre mercado la retribución tanto de trabajadores y capitalistas se realiza en función de su servicio al consumidor y no del expolio interclasista, por muchas mentiras que nos hayan inoculado desde hace más de un siglo de nefasta teoría económica.

Liberalismo y liberalidad

La praxeología enseña que el ser humano individual actúa intencionalmente para conseguir objetivos subjetivamente valorados, para alcanzar una satisfacción o evitar un malestar psíquico. Se actúa para obtener beneficios (hacer el bien) que no son necesariamente monetarios o materiales. Si una persona generosa regala voluntariamente sus bienes es porque obtiene a cambio un placer íntimo al hacer el bien a su prójimo, o porque mejora su reputación (asume costes presentes a cambio de beneficios futuros), evitando el malestar que puede producir ser considerado egoísta por los demás: el desprendido también busca su propio bienestar, igual que el que no regala nada sino que comercia (pidiendo algo a cambio de sus bienes o servicios, estableciendo relaciones mutuamente beneficiosas), e igual que el agresor (ladrón, violador, asesino, estafador, secuestrador) que persigue su propio beneficio aun a costa de perjudicar a los demás.

Desde el punto de vista del actor, todo ser humano actúa para obtener beneficios: el altruista se alegra del bienestar ajeno y asume todos los costes, el comerciante ofrece oportunidades de beneficio recíproco donde los costes se reparten entre ambas partes, y el agresor vive a costa de las víctimas a quienes causa daños.

La agresión no puede ser muy popular para las víctimas, de modo que a menudo se camufla con diversos ropajes: es por tu propio bien, es por bien del colectivo, te quito a ti para ayudar a otros más necesitados…

El altruismo suena muy bien: es fantástico que todos los demás sean generosos ya que así yo recibiré algo gratis. Y si quiero ser popular yo también seré generoso (no me lo pueden exigir porque el auténtico desprendimiento no espera nada a cambio). Es una lástima que la generosidad tenga serios problemas: la capacidad emocional de las personas reales es limitada, sólo sentimos como próximos a unos pocos familiares y amigos; la capacidad intelectual de las personas reales es limitada, de modo que aunque queramos beneficiar a los demás tal vez no sepamos cómo hacerlo, sobre todo si son extraños alejados de nosotros; la capacidad de acción de las personas reales es limitada, de modo que no podemos regalar riqueza indefinidamente. Se suele desear expandir estas capacidades, pero una cosa son los deseos y otra la realidad. Además los generosos incautos pueden ser fácilmente parasitados por vagos sin escrúpulos que prosperen a su costa: un grupo de generosos ingenuos es evolutivamente inestable.

Los intercambios voluntarios o altruismo recíproco (yo te doy a cambio de que tú me des, ahora o en el futuro) resuelven los problemas de la generosidad ingenua: es posible comerciar con conocidos y con extraños, próximos y lejanos, sin necesidad de amarlos intensamente; la inteligencia se utiliza de forma distribuida y local, de modo que ya se encarga cada participante de asegurarse que lo que hace es en su beneficio; los derechos de propiedad, los precios y los beneficios empresariales economizan los recursos escasos y fomentan su producción y su asignación a los fines más valorados.

Una cosa es lo que cada persona hace, otra lo que dice en público, otra lo que quiere que hagan los demás, y otra lo que quiere que los demás piensen de él. Si alguien dice que sólo hace lo que le beneficia (sin agredir a los demás), se está suicidando socialmente, aunque sea una verdad universal: lo que los demás quieren oír es que lo que haces también les beneficia a ellos, que eres generoso, que compartes, que no tienes afán de lucro, que les ayudarás cuando te necesiten. Y como hablar es barato, no compromete a casi nada y tiempo habrá de escurrir el bulto o buscar excusas, el discurso o meme predominante es el de la generosidad, ignorando sus limitaciones y problemas. A menudo la promoción de la generosidad es sincera, pero tiende a fingirse y exagerarse: además de fijarse en las declaraciones de la gente, fíjese en sus acciones. Promover la generosidad puede ser maravilloso para las relaciones humanas, el problema es que suele imponerse políticamente por la fuerza (liberalidad sin liberalismo), y entonces ya no es todo tan idílico.

El liberalismo suele basarse en un análisis racional de la realidad, no en la participación en un concurso de popularidad. Por eso propone que antes que hacer el bien a los demás es fundamental (y mucho más sencillo y realizable) no hacerles el mal: no robar, no matar, no estafar, no violar, no secuestrar. Todo resumido en respetar el derecho de propiedad. El comerciante egoísta (liberalismo sin liberalidad) al menos no perjudica a nadie. Si además de no agredir al prójimo usted quiere sacrificarse por él, estupendo: pero sobre todo no sea usted generoso con lo que no le pertenece.

Aprendices de brujo

Si algo hay que reconocerle al socialismo es su capacidad para reemplazar su indigencia científica con sobresalientes dosis de demagogia. Sin calentarse mucho la cabeza, hasta tenemos donde elegir para erradicar la pobreza y acabar con los males de este mundo. Si optamos por la ortodoxia tardomarxista, bastará con devolverle al trabajador lo que es suyo –la plusvalía que el capitalista le arrebata en forma de rentas del capital–. Si preferimos la redistribución de la riqueza que propone, sin ir más lejos, un Joaquín Estefanía, no tenemos más que confiscar la riqueza de esa decena de millar de familias cuyo patrimonio supera el PIB anual del conjunto de las naciones más pobres del planeta.

Las implicaciones teóricas de la teoría de la plusvalía pueden apreciarse con un sencillo ejemplo. Imagine el lector un edificio lleno de apartamentos propiedad de, digamos, cincuenta viejecitas distintas que tienen alquiladas dichas residencias a cincuenta familias también diferentes. Cada apartamento se alquila por 600€/mes. El mantenimiento y la vigilancia del edificio están a cargo de un portero, que es el único asalariado de la finca. Pues nada, según los marxistas, las viejecitas habrían de quedarse sin sus pensiones de 600€ al mes para que el empleado de la finca pudiera cobrar los ¡30.000€ mensuales! a los que “tiene derecho”, recuperando toda la plusvalía que le están extrayendo como rendimientos del capital. Por algo dicen en Cuba que no hay nada como ser portero bajo el socialismo.

Una primera aproximación a las limitaciones respecto a la redistribución del capital quizás puedan apreciarse con el mismo ejemplo anterior. Con una renta por apartamento de 7.200€ anuales y valorados dichos inmuebles a un múltiplo de 30 veces su renta (216.000€), los socialistas, con su increíble perspicacia, han descubierto que cada viejecita tiene una riqueza equivalente a las rentas anuales que serían suficientes para dar una vivienda digna a 30 familias. Vamos que el problema no es que el edificio sólo tenga cabida para 50 familias, sino que la riqueza está mal distribuida. Con quitarle a las viejecitas sus apartamentos, 1.500 familias más podrían ser alojadas… en el mismo edificio. Toma ya.

Si el ejemplo de los inmuebles ya es chocante, cuando para aliviar la pobreza nos ponemos a “redistribuir” como renta el valor cotizado de las empresas, la cosa es todavía más esperpéntica. En este caso nos encontramos además con que las acciones cotizan muy por encima del precio de coste de cada uno de sus componentes. Así por ejemplo la fortuna de Sergei Bind y Larry Page, fundadores de Google y dos de los treinta hombres más ricos del mundo, consiste esencialmente en un paquete de acciones de una compañía que cotiza a sesenta veces lo que dejó de beneficio el año pasado y a más de diez veces su valor contable (el coste de cada uno de los elementos adquiridos). O, dicho de otro modo, en su valoración tienen mucha más importancia sus expectativas de crecimiento que el material informático o los locales que tiene la compañía.

En resumidas cuentas, el valor de una buena empresa es como el de una gallina de los huevos de oro. Sólo es posible comprenderlo por su capacidad para generar beneficios futuros y éstos sólo pueden ser generados si se la deja vivir y funcionar. Los socialistas siguen viviendo de espaldas –no se sabe si por supina ignorancia o por pura mala fe– al hecho de que riqueza y renta son dos magnitudes distintas. Así, cada vez que los socialistas toman el poder, millares de estas gallinas de oro son sacrificadas en el altar de la envidia, quedándose con el despiece las élites de la robolución. Aunque la pérdida neta de riqueza sea bestial y la pobreza no haga más que agravarse y generalizarse, dichas élites políticas alcanzan un poder y bienestar con el que jamás podrían haber soñado. La inteligentsia convenientemente bien engrasada se encarga del resto del trabajo.

Dueños de tu vida

Crees ganar tu sustento libremente. Crees que cada esfuerzo que has hecho en tu vida, ha merecido la pena. Crees que mientras que te ocupes de tus propios asuntos, lo que suceda alrededor de ti, carece de importancia. Piensas que eres feliz y que no hay obstáculos en el camino.

Pero un buen día cuando vuelves de vacaciones, te encuentras con que tu casa ha sido literalmente asolada. La puerta; destrozada. Tu televisión de 32 pulgadas ha desaparecido. Y así sucesivamente con todas y cada una de las cosas que habías ido acumulando. Nunca habías robado a nadie pero ahora te roban a ti. Nunca habías vulnerado la ley pero otros la incumplieron y se salieron con la suya.

Supongo que eso debería pensar el abogado barcelonés de 57 años a quien unos ladrones, tras secuestrarle y robarle, pegaron dos tiros. Hoy puede contarlo porque unos vecinos avisaron a la guardia civil y a los servicios sanitarios.

Es curioso que alguien que ha estado pensando en que lo que sucede en la vida se debe a la causalidad, resulte que ahora se vea compelido a creer en la casualidad. Entonces, comienza a considerar que el hecho de que viva, no ha sido gracias al Estado a quien, por cierto, a cuenta de la Campaña de la Renta debe pagar una buena suma.

En el preciso instante en que se replantea lo que está recibiendo del Gobierno empieza a comprender que ya no es dueño de nada de lo que tiene. Todo lo que ha hecho desde que tiene uso de razón es trabajar y ahora teme por su vida, por sus propiedades y cree que algunos de sus congéneres le pueden agredir o matar en cualquier momento.

Ha dejado de ser un individuo soberano para depender totalmente de la voluntad de otros. Unos, para quitarle el dinero legalmente, so pena de embargarle sus cuentas y propiedades y encarcelarlo de por vida. Otros, para arrebatarle cuanto tiene, sin ninguna explicación.

Como subrayaba el economista Anthony de Jasay, "el Estado (…) tiene todas las armas. Aquellos que lo armaron, desarmándose ellos, están a su merced. La soberanía estatal significa que no hay recurso contra su decisión".

No cabe llamarse a engaño. Las personas carecen de derechos porque si estos dependen para su protección de un organismo que no les defiende sino que claramente delinque por omisión, cuando no expolia al ciudadano sus bienes, detrayéndole mes a mes, como un vampiro chupa la sangre de sus víctimas, parte de su nómina; entonces, estamos ante un orden claramente injusto.

Cuando en una de sus canciones, Sabina, decía, "si lo que quieres es vivir cien años vacúnate contra el azar", casi había resumido la respuesta con que le responderá el Gobierno cuando pregunte por qué no ha hecho nada para protegerle. La culpa, como se imaginará, habrá sido suya. No tomó las precauciones debidas. Y si las hubiera tomado, no habiendo nacido, entonces hubiera evitado el delito.

Esa es la maldita verdad con la que millones de personas se tienen que enfrentar a diario. ¿Qué les podemos decir para tranquilizarlos? ¿Acaso que el Estado les protege? No, rotundamente, no.

El dinero tiene valor porque circula

La inmensa mayoría de la ciencia económica predominante carece de una sólida teoría del dinero. El economista medio se limita a enunciar las funciones del dinero (a saber, medio de pago, depósito de valor y unidad de cuenta), pero es incapaz de explicar por qué ciertos bienes han devenido dinero (y son aptos para prestar esas funciones) y otros no.

En su momento, ya explicamos que la demanda del dinero está íntimamente relacionada con la liquidez y ésta, su vez, con la utilidad marginal. El dinero es un medio de pago porque es líquido, esto es, porque su utilidad marginal decrece muy lentamente.

La tragedia de los economistas neoclásicos es que explican la liquidez al revés: el dinero es líquido porque es un medio de pago. ¿Y por qué es un medio de pago? La razón suelen encontrarla en las ineficiencias del trueque: “era necesario superar esa etapa, por eso nació el dinero”. ¿Pero por qué unas mercancías y no otras? Acaso si los individuos hubieran empezado a intercambiar con piedras por simple inercia, ¿las piedras hoy en día serían más líquidas que el oro?

Las consecuencias de creer que el dinero puedes desmaterializarse son muy peligrosas. Keynes ya nos advirtió de que el oro era una bárbara reliquia cuya cantidad era muy inflexible, ¿por qué teníamos que apegarnos al dinero como oro si la misma función circulatoria podía realizarla cualquier otro bien? Si el dinero sólo se caracteriza porque pasa de unas manos a otras, será el planificador social que controle qué arbitraria mercancía será la que circule entre los individuos; en cambio, si el dinero, para ser dinero, debe ser valorado por la sociedad, el Estado, so pena de incurrir en inflación permanente, no podrá más que reconocer la soberana elección de los individuos.

La inane explicación de que el dinero es esencialmente circulación y no una mercancía líquida, sin embargo, la podemos encontrar en numerosos autores. Valga como ejemplo Knut Wicksell, al que tanto Mises como Keynes mostraron su aprecio y admiración.

En su libro “La Tasa de Interés y el Nivel de Precios” Wicksell nos explica que el dinero surge automáticamente cuando en la economía tenemos más de dos bienes. Esto de entrada ya presupone que el dinero no es un bien y que, por tanto, no se rige por las leyes del valor. Ya explicamos que, en realidad, el dinero es el bien más líquido de una sociedad y, por tanto, en una economía de dos bienes, uno de ellos sería más líquido que el otro (en este caso, la liquidez vendría determinada por la capacidad de trasladar el valor a lo largo del tiempo, lo cual podría venir influido por ser menos perecedero que el otro bien)

Si denominamos al bien más líquido X y al menos líquido Y, tendría sentido que un individuo comprara bienes X a cambio de bienes Y. La razón sería un simple intercambio intertemporal: dado que deseo consumir mayor cantidad de Y en el futuro que en el presente y dado que X conserva mejor el valor a lo largo del tiempo, adquiero hoy bienes X (dinero) para poder comprar mañana bienes Y.

Pero los errores de Wicksell no se detienen aquí. Una vez alcanzada la economía de tres bienes, nos propone el siguiente esquema. Tenemos los tres propietarios de los tres bienes: propietarios de A, propietarios de B y propietarios de C. Los propietarios de A desean C, los propietarios de B desean A y los propietarios de C desean B. El intercambio deberá proceder un camino indirecto: A adquirirá B para comprar C.

Wicksell ya nos advierte de que esta forma de intercambio “es demasiado pesada  dificultosa para cualquier sistema económico desarrollado, a menos que fuera dirigido de forma planificada (sic)”. Y es aquí donde el dinero hace su aparición estelar como una especie de lubricante del sistema económico: “el poseedor del bien A, suponiendo que tiene cantidad bastante del bien M, se haría con el bien C que necesita, intercambiándolo por M. Entonces los propietarios del bien C pueden utilizar la cantidad así adquirida de M para procurarse el bien B que precisan y los propietarios del bien B adquirirán a cambio de M la cantidad de A que necesiten”.

La clave de este párrafo es la suposición inicial. ¿Por qué los propietarios del bien A tienen además una cierta cantidad de M (es decir, de aquello a lo que Wicksell llama dinero)? Como ya hemos visto, existen dos explicaciones posibles: o bien porque A atribuye valor a M en cuanto a bien, o simplemente porque A espera que M circule, esto es, que sepan que los propietarios de C van a entregarles su propiedad a cambio de M.

En el último caso, deberemos explicar por qué los propietarios de C estarán dispuestos a aceptar M a cambio de sus mercancías. Y de nuevo tenemos dos justificaciones posibles: porque le atribuyen valor en cuanto a bien o porque esperan que M circule, es decir, que sepan los propietarios de B van a entregarles su propiedad a cambio de M.

Si otra vez optamos por la última opción, deberemos explicar por qué B acepta entregar su propiedad a cambio de M. Y nuevamente tenemos dos opciones: porque valora M en cuanto a bien o porque espera que circule, esto es, que los propietarios de A acepten entregar su propiedad a cambio de M.

Alto. ¿Por qué iban los propietarios de A a entregar su propiedad a cambio de M si hemos empezado diciendo que los propietarios de A sólo valoraban M por su perspectiva de adquirir C y ya han comprado C? Si los propietarios de A no valoran M en cuanto a bien, ¿por qué deberían desprenderse de A? Y si los propietarios de B saben que no van a poder adquirir A a cambio de M, ¿por qué van a entregarles a los propietarios de C sus mercancías a cambio de M? Y si los propietarios de C saben que no van a poder adquirir B con M, ¿por qué van a entregarles su propiedad a los propietarios de A si saben que no podrán adquirir B? Siendo todo esto es así, el dinero no podrá circular y si no circula no tendrá valor.

Vemos, por tanto, que el valor no puede proceder de la circulación, sino que en todo caso deberá anteceder a esta. El dinero emerge porque los individuos lo valoran previamente como mercancía no dineraria (esto es el famoso teorema regresivo de Mises) y, por tanto, el dinero sólo podrá emerger espontáneamente de la sociedad, nunca ser impuesto desde arriba. En caso contrario, el envilecimiento de la moneda oficial devendrá inevitable.

Sed buenos

Decía Theodore Dalrymple que es un error suponer que todos los hombres quieran ser libres. Añadía que incluso aquellos que celebran su libertad con entusiasmo, lo demuestran mucho menos cuando toca responsabilizarse de las consecuencias de sus actos (libres, añado). Tan acostumbrados estamos a que el Estado tutele nuestra existencia que cedemos crecientes parcelas de intimidad sin darle prácticamente importancia. Más aún, esta cesión nos parece una consecuencia natural de nuestra pertenencia a un conglomerado ciudadano, conjunto de individuos prensados y mezclados en la épica de la justicia social, pleonasmo que Hayek señalo como remedo de la justicia distributiva aristotélica.

Consentir que el estado penetra en nuestras vidas, particularmente en las relaciones familiares, es incompatible con la libertad, toda vez que supone un menoscabo de la responsabilidad que le da sentido. Un ejemplo especialmente doloso es la obligatoriedad de la educación, que se traduce en su presunta gratuidad a cambio de la conversión del desarrollo moral e intelectual de nuestros hijos en un desarrollo curricular pleno en transversalidades ideológicas y vacío en contenidos. No deseo que se eduque a mis hijos en valores, cuando esos valores los deciden pedagogos a sueldo del Estado.

No es admisible que la educación de nuestros hijos esté inspirada en agendas políticas cocinadas en una supuesta neutralidad ideológica. Neutralidad que, en el caso español de la Educación para la Ciudadanía, hay que entender como una opción más ya que en la práctica supone que nuestros hijos deberán aprender a sentir y a relacionarse con los demás de acuerdo a la receta psicopedagógica impuesta por los políticos, cocineros que, tratándose de la educación, suelen ser de izquierdas. Una opción más y por lo tanto no autónoma sino inspirada en la muy heterónoma moral de sus redactores.

El filosofo José Antonio Marina ha defendido recientemente la necesidad de la Educación para la Ciudadanía, la necesidad de aprender a ser un buen ciudadano, concepto que califica como expansivo, práctico y creador. No es de extrañar el interés del filósofo en  dar al término “ciudadano” un empujón para apartarlo de las connotaciones estatistas que lo acechan sin remedio. Así, nos explica que si bien la persona es el centro de la ética, el fundamento de los derechos fundamentales (sic), “el acceso real a esos derechos se consigue en la ciudad, en la ciudad justa, por supuesto”. Será esta ciudad justa la que permita al ciudadano la posibilidad de disfrutar de sus derechos. Posiblemente Hayek estaría de acuerdo con Marina, al menos parcialmente, ya que el austriaco concedía al estado los mínimos necesarios para que facilitase la instrucción indispensable que permitiera que todos los ciudadanos compartiesen un “fondo cultural común”, en palabras de Paloma de la Nuez. En lo que Hayek no estaría de acuerdo, y no digo que Marina lo esté, lo malicio, es que, entre las propuestas a añadir a ese fondo, figurase la encaminada a conseguir buenos contribuyentes, que no son aquellos que no defraudan sino los que colaboran voluntaria y ciegamente en el endeudamiento del estado.

Marina se apoya en un ejemplo de atractivo innegable para los padres: la responsabilidad, esto es,  “que nuestros jóvenes sean responsables, es decir que sepan tomar las decisiones correctas, para que no tengamos que someterlos a una vigilancia agotadora que acaba produciendo efectos nefastos.”  Un ejemplo poco afortunado, a mi modo de ver, por dos motivos: en primer lugar porque acepto el papel tutelar que como padre me he comprometido a desarrollar (en otro momento comentaré por qué yo no creo en la familia anarcocap) y porque al constatar el lamentable estado en que ha quedado la “responsabilidad” durante estos años de LOGSE, se denuncia implícitamente la incapacidad de el Estado para afrontar un ámbito, la educación en valores de la persona, sobre el que se ha proyectado una y otra vez con animosidad política y con “efectos nefastos”.

Sin embargo, el mejor ejemplo, que es el peor espejo en el que reflejarse, nos lo ofrecen los políticos que cada día nos sorprenden menos con sus privilegios, corruptelas y violación del ámbito ciudadano, esa ciudad justa, que se comprometieron a defender.

Espera Marina que con la Educación para la Ciudadanía “los ciudadanos razonen bien en temas morales, tengan buenos sentimientos y se comporten justamente”.

Es curioso, mi hijo de tres años demuestra el despuntar de estas capacidades, eso sí, cuando no le perturba el sueño o el hambre o la varicela, al fin y al cabo es un niño. Espero que la educación obligatoria no haga buena la hipótesis del determinismo cultural y termine como tantos buenos ciudadanos dando por buena la libertad regalada por el estado.

 

Calidad para el aire, no para los ciudadanos

A finales de mayo, el Ministerio de Medio Ambiente remitió a las Comunidades Autónomas el borrador de la futura Ley de Calidad del Aire y Protección de la Atmósfera para que hicieran las oportunas aportaciones y alegaciones. Solamente ha sido necesario una lectura superficial para comprobar que estamos ante otra regulación intervencionista, una ley que con la excusa de una atmósfera limpia, permitirá subir un escalón más hacia la sociedad limitada, hacia la sociedad controlada.

Resultaría tedioso contar las veces en las que el medio ambiente ha servido, sirve, a los políticos como pretexto para limitar la libertad. La emotividad del ciudadano ante un tema tan mediático junto a una información sesgada y el escaso conocimiento que sobre la mayoría de estos asuntos tiene buena parte de la sociedad, propicia el miedo y la desconfianza hacia determinados círculos sociales, hacia ciertos sectores industriales, desconfianza que se traduce en este tipo de normativas.

El prólogo de la ley lleva ya una carga de catastrofismo que ayuda a aceptar el trago que se nos avecina:

La contaminación atmosférica continúa siendo motivo de seria preocupación en España” […] Aún existen niveles de contaminación con efectos significativos para la salud humana y el medio ambiente, particularmente en las aglomeraciones humanas”.

Con semejantes afirmaciones, quién no se va a sentir acongojado y va a aceptar, sino exigir, las medidas que prevé la futura Ley.

La Ley de Calidad del Aire se presenta como una ley global que afectará a una parte importante de las actividades humanas de forma directa o indirecta. De entrada se dividirá el mapa nacional en zonas contaminadas de forma que éstas deberán tenerse en cuenta en la elaboración y aprobación de planes urbanísticos y de ordenación de territorio. Si ya eran pocas las limitaciones que desde las Administraciones Públicas se imponen al urbanismo en España, la contaminación se añade a la lista. Los efectos son fáciles de prever, ya no sólo un más que posible conflicto entre las administraciones locales y autonómicas, que son las que desarrollan los planes urbanísticos, con el Gobierno central, no ya un encarecimiento de las viviendas al añadir otros factores que repercutirán sobre los costes, sino otro factor que impedirá el simple uso y disfrute de la propiedad privada como desee su dueño.

Pero la situación va más allá que el mero control urbanístico, las Comunidades y Municipios deberán articular medidas que controlen o supriman aquellas actividades que sean “significativas en la situación de riesgo, incluido el tráfico automovilístico”. Qué decir tiene que esto abre las puertas a la limitación del tráfico en los grandes núcleos urbanos o en cualquier sitio que la arbitrariedad del funcionario decida, incluso la supresión si las administraciones correspondientes son suficientemente extremistas. Entre estas medidas, se especifican algunas de carácter económico en forma de ayudas, subvenciones o beneficios fiscales que “favorezcan la prevención y reducción de la contaminación atmosférica” y que mejoren los precios de las opciones tecnológicas menos contaminantes. Tampoco debemos descartar aquí que surjan esas alianzas Empresa-Estado que tanto daño han hecho a sectores como la energía, el periodismo o las telecomunicaciones.

Ante semejante nivel de control, el Ministerio no ha podido quedar al margen. De forma periódica las administraciones autonómicas y municipales mandarán datos sobre los niveles de contaminación que nutran un nuevo organismo, un sistema nacional de información y vigilancia de la contaminación. Pero es que además Medio Ambiente creará un sistema de comercio de derechos de emisión, similar al que se ha creado con el CO2 como consecuencia del Protocolo de Kyoto, de cualquiera de los 14 contaminantes controlados, un nuevo coste al que tendrá que hacer frente la ya poco competitiva industria española.

Quizá una de las novedades más interesante a la vez que liberticida que presenta esta ley se trata de que en este asunto de la contaminación no se libra nadie, aunque no tenga coche:

Los particulares se esforzarán en el ejercicio de sus actividades cotidianas en contribuir a la reducción de las sustancias contaminantes en la atmósfera”.

Esta imprecisión a la hora de enunciar los deberes de la gente abre las puertas en multitud de aspectos de la vida cotidiana de los ciudadanos, desde cuándo, cómo y dónde puede ir un particular a cómo y cuánto puede consumir.

El miedo es libre, dice el refrán, y los ecologistas y aquellos que siguen sus preceptos lo saben. Se asegura que 12 millones de españoles respiran un aire con niveles de contaminación superiores a lo permitido, pero lo cierto es que la gente vive cada vez más y en general con una mayor calidad de vida a pesar de los achaques, más propios de nuestra longevidad que de un medio ambiente agresivo. Cierto es que queremos calidad en el aire que respiramos, pero no por ello debemos renunciar a algo tan necesario como este preciado gas, nuestra libertad. Uno de los mensajes más exitoso de los liberticidas es que ambos conceptos, calidad y libertad, son incompatibles, y este es nuestro lastre.

Corbatas anticapitalistas

En ocasiones es usual encontrar a numerosas personas  que se ganan la vida amparando los resultados y valores de la economía de mercado, pero que íntimamente -y a veces de forma explícita- reniegan de los mismos con ferocidad. No se trata de intelectuales de peaje ni agentes al servicio de una causa extremista. Son, por un lado, directivos de alto nivel y mandos intermedios en las empresas; por otra parte, son consultores que prestan de modo temporal sus servicios en las firmas. Gente que entiende una cuenta de pérdidas y ganancias, aunque detesta todo lo que ello significa.

La pasada semana descubrí, tras una larga conversación, las motivaciones profundas de un presunto experto en empresa familiar. Supongo que cuando se alcanza cierto grado de prepotencia, algunos, de modo involuntario, se destapan sin dilación. Ya me sorprendió desfavorablemente que, en una futura conferencia dirigida a jóvenes emprendedores, me comentara su intención de ponerles a caldo sin motivo alguno. Cuando encuentran el momento o la confianza, todos estos anticapitalistas en penumbra sueltan la cantinela característica de las causas de la pobreza en el mundo, se atragantan con el liberalismo, así como vapulean el significado profundo del dinero. Eso sí, estos white-collar workers gozan de múltiples prebendas por causa de su oficio que nunca reparten con nadie, y es evidente su directo desprecio por aquellos que no han logrado alcanzar su estatus de (aborrecible) excelencia.

En La mentalidad anticapitalista, Ludwig von Mises considera que los motores que propulsan tales comportamientos adversos a la libertad entre esta clase de impostores son el resentimiento  y la envidia:

El trabajador de corbata, además de la común animadversión contra el capitalismo, padece de dos espejismos peculiares a su categoría laboral. Tras una mesa de trabajo, escribiendo y anotando cifras, tiende, por un lado, a sobrevalorar la propia trascendencia… El capitalismo, evidentemente no reconoce el “verdadero” valor del trabajo “cerebral”, sobreestimando, en cambio, la faena meramente muscular de seres “ineducados”. Por otro lado, al igual que a los titulados, también mortifica a nuestro administrativo la visión de quienes, dentro de su mismo grupo, sobresalieron. 

El argumento es veraz y guarda relación con ejemplos cosidos a la realidad. Hace escasos días, tuve ocasión de preguntar a un grupo de jefes de obra de una importante constructora una serie de preguntas en torno al liderazgo, el clima laboral y la retribución por objetivos. Sus respuestas fueron clarividentes: muchos ejecutivos de pacotilla  no hubieran estado nunca a la misma altura en sus argumentos. Respecto del cobro de incentivos por obra terminada con anticipación, algunos lo entendían como estímulo esencial en su trabajo, y otros preferían acabar- por seguridad psicológica- en la fecha fijada; más todo el mundo con franqueza  estaba de acuerdo en la  pervivencia del incentivo voluntario, sin plantear ninguna clase de aversión o enmienda como determinados colectivos profesionales lo hubieran hecho con elevada probabilidad.

Lo que quiero indicar es que en nuestra vida cotidiana pueden aparecer sólidos aliados ajenos a  la demagogia e impregnados de sencillez, a favor de una libertad pura, fundacional, irrestricta: tengámoslos en cuenta. Los mensajes del liberalismo no pueden rebotar una y mil veces frente a profesiones sugerentes pero de mentalidad prácticamente irrecuperable.

Gastando lo indefendible

¿Somos conscientes del increíble montante que llega a gastar el Estado cada año a expensas de los ciudadanos y de la economía productiva?¿Hasta qué punto los progresistas son conscientes de que el gasto público excede con creces la cuantía necesaria para garantizar los servicios básicos a toda la población?¿Se dan cuenta de que muchas políticas de gasto no tienen absolutamente nada que ver con la asistencia a los más desfavorecidos y la igualdad de oportunidades?¿Saben que los efectos redistributivos del gasto público son prácticamente nulos y que este intervencionismo galopante inhibe la creación de riqueza y en buena medida se ceba en los más pobres

El presupuesto del Estado central español para 2006, incluyendo las cotizaciones sociales, las transferencias a otras administraciones y la deuda pública, asciende a 301.488.420.680 euros. En total el sector público español gestiona el 40% de la riqueza nacional, además de regular el conjunto de la economía. Sanidad, educación, vivienda e infraestructuras ni siquiera representan un 7% del gasto público. Aun añadiendo las partidas de defensa, seguridad ciudadana y justicia, no alcanzamos el 12% del presupuesto del Estado. Si sumamos las pensiones, el mayor capítulo de todos, llegamos al 39,9%. Todavía nos falta un 60%… El Gobierno de Estados Unidos, que algunos ingenuamente asocian al liberalismo, destina a las categorías de justicia, seguridad, defensa nacional, educación, carreteras, protección ambiental y Reserva Federal cerca de un 40% del gasto público. También nos falta un 60%… ¿Cómo puede justificarse, incluso desde posiciones rawlsianas o de tercera vía, semejante cuadro de expolio y despilfarro?¿Qué tiene que ver la cultura y el deporte con la justicia social y la ayuda a los necesitados?¿O la agricultura y el turismo?¿O las subvenciones al transporte y la regulación de la industria y la energía? Sólo desde el desconocimiento o el estatismo más acérrimo puede defenderse un Estado como el que padecemos en la actualidad, no digamos uno de mayores proporciones. Los ciudadanos no siente la necesidad de rebelarse porque sólo tiene en cuenta lo que palpan y lo que ven: la ingente riqueza que esa fracción libre del mercado consigue producir. Las cosas no van tan mal vistas desde esta miope perspectiva, pero es como si el prisionero se complaciera con la comida que le traen cada día sin reparar en lo bien que comería si le dejaran salir de la mazmorra. No se trata de considerar únicamente la prosperidad de que gozamos, también hay que sopesar la prosperidad sacrificada en el altar del Estado del Bienestar. Es una prosperidad no materializada, en cierto sentido invisible, pero su pérdida no por ello es menos real.

Los que defienden este volumen de gasto público apelando a la redistribución de la renta entre ricos y pobres aluden a un Estado idealizado que responde a sus deseos, no a la estructura de incentivos a la que están sometidos legisladores, burócratas y votantes en el mundo real. El Estado de sus sueños redistribuye la riqueza y ayuda a los más pobres, pero al Estado real los más pobres le importan muy poco, y la riqueza la redistribuye horizontalmente para satisfacer a unos grupos en detrimento de otros. En Francia el 30% más pobre recibe el 35% de las prestaciones sociales, el 30% más rico el 25%, y el 40% del medio recibe el 40% de las prestaciones. En Alemania el 30% más pobre recibe el 32% de las prestaciones, el 30% más rico recibe el 31% de las prestaciones, y el 40% del medio recibe el 37%. El caso de Italia es aún más ilustrativo: el 30% más pobre recibe el 20% de las prestaciones, mientras que el 30% más rico recibe el 35%; el restante 45% es para el 40% del medio. Es decir, no sólo los pobres no reciben más que los que no son tan pobres, sino que a veces incluso reciben menos que los ricos. Si a esto añadimos que numerosas Haciendas Públicas casi recaudan lo mismo en concepto de imposición indirecta (regresiva, acostumbra a penalizar a las rentas más bajas) que en concepto de imposición directa (progresiva, penaliza a las rentas más altas), ¿de qué redistribución estamos hablando?

David Friedman caricaturiza el proceso de redistribución estatal de una forma muy gráfica: cien personas se sientan en círculo, cada uno con los bolsillos repletos de dólares. Un político recorre el círculo tomando a su paso un dólar de cada uno. A nadie le importa, ¿a quién le importa un simple dólar? Cuando ha dado la vuelta completa deposita 50 dólares en la mano de uno de los presentes, que se regocija de felicidad ante ese inesperado regalo. Luego el político vuelve a repetir el proceso dejando cada vez 50 dólares en las manos de un individuo distinto. Al final, después de 100 vueltas, todos son 100 dólares más pobres, 50 dólares más ricos, y felices.

El coste de una prestación, como viene a decir la analogía de Friedman, se reparte entre todos los contribuyentes, mientras que los beneficios los disfruta en exclusividad el receptor de dicha prestación. Así, los individuos tienden a despreciar los costes de que otros reclamen ayudas y prestaciones (pues se reparten entre todos los contribuyentes) y al mismo tiempo tienden a codiciar las prebendas estatales (cuyos beneficios recoge en exclusividad el agraciado). El resultado: todos se lanzan a pedir prestaciones y el gasto público se dispara. Al final los subsidios se generalizan hasta tal extremo que mucha de la gente que creía beneficiarse acaba pagando más de lo que obtiene. En este contexto, en palabras de Arnold Kling: “se supone que el Estado del Bienestar redistribuye los ingresos y reduce la pobreza. De hecho, pienso que lo que hace el Estado del Bienestar es redistribuir la pobreza y reducir los ingresos. Como dijo Karl Kraus refiriéndose al psicoanálisis, el Estado del Bienestar es la enfermedad que éste pretende curar.”

El gasto público ha alcanzado cotas delirantes, y la redistribución horizontal de la renta deja, si cabe, aún más en evidencia a los apologistas del statu quo. Es posible que la situación no degenere pasado cierto punto: si bien todo Estado alberga en su seno un Estado absoluto y tiende a expandirse, tampoco beneficiaría a la casta burocrática matar a la gallina de los huevos de oro. En cualquier caso, aunque llegue a prevalecer un equilibrio entre opresión y libertad como el que padecemos en la actualidad, no hay motivo para congratularse y tolerar la intervención masiva del Estado. No tenemos por qué soportar el expolio y la mengua de oportunidades como precio por una parcela de libertad.